El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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miércoles, 26 de abril de 2017

Sobre pillos, bribones y corruptos

Se confirma día a día que un nutrido grupo del partido que gobierna en el Estado y en diversas autonomías está corrompido. Actúa como una máquina de delinquir, decía el líder de un partido opositor. Y otro aseguraba que numerosos miembros investidos de autoridad en el mencionado partido se dedican a saquear al país.

No hay día que los medios de comunicación dejen de aportar noticias de corrupciones, malversaciones, prevaricaciones, blanqueo de dinero, etc. La corrupción hace las veces de una bestia negra que protagoniza mil y una pesadilla. Quienes no pueden saciar el estómago, quienes no disponen de recursos para poner en marcha la calefacción y escuchan los millones que los corruptos ganan en cuestión de días, sino de horas, se escandalizan e indignan.

Mientras tanto, los corruptos —la inmensa mayoría miembros del mismo partido político en el gobierno— cuentan sus ingresos por millones, se llevan sus dineros a paraísos fiscales, blanquean capitales, mienten a troche y moche. Se dan la buena vida. Y por lo que concierne al gobierno tal parece que algunos nombramientos más apuntan a guardar las espaldas de los sospechosos que a vigilar sus pillerías. Abundan los ejemplos. Afortunadamente parece que los jueces, en este ámbito, no se doblegan fácilmente. 

Funcionarios de estómago agradecido

Sucede que en la organización de la justicia se tropieza uno con personajes que parecen dedicarse a obstruir la justicia. Han sido elegidos para defender la justicia, pero la impresión es que su objetivo consiste en agradar a sus jefes. Se detectan con facilidad estómagos agradecidos en cuanto uno se pone al tanto de la actualidad.

Pues bien, numerosos ciudadanos hacen caso omiso de la corrupción. Unos votan tapándose la nariz a fin de obviar el olor a podrido. Otros dan por cierto que, como todos roban, conviene seguir votando a los de siempre. Sorprende que, una y otra vez, venzan en las urnas quienes han saqueado a conciencia en su entorno. Se diría que son inmunes a la corrupción y la inmundicia expandida frente a sus narices.  

Los medios de comunicación han señalado los latrocinios, fraudes, rapiñas y pillaje de señores que presumían de su honorabilidad hasta que les sorprendieron con las manos en la masa. Los jueces han certificado que los políticos en cuestión han hecho gala de un comportamiento desvergonzado. Han dejado claro que no se trata de culpas individuales, sino de tramas, tinglados y complots bien calculados. Los votantes no pueden alegar ignorancia.     

¿Qué se puede concluir ante un tal panorama? Los hechos obligan a concluir que a una gran mayoría de ciudadanos no les preocupa la honradez, ni la ética. Les da igual que las manos de los gestores estén limpias o sucias. No les importa que se otorgue impunidad a ciertas siglas políticas detrás de las cuales se parapetan los políticos.

Una tal actitud podría deberse a que se da por supuesto que todo el mundo es un pillo y un bribón. Quien paga el IVA sustrae horas de trabajo en la oficina. Quien no engaña a la Seguridad Social falsea la declaración de hacienda. La vida es así, dicen. Y quien se deja desplumar pasivamente se comporta como un necio. 

En una ocasión escuché un diálogo, en República Dominicana, entre dos personas mientras observaban a un sacerdote que abandonaba la casa parroquial por haber sido destinado a otro pueblo. En una sola maleta cabían todas sus pertenencias. Le llamaban “pendejo” (estúpido) por no haber sabido llenar las arcas después de tantos años en el puesto. 

Las consecuencias de la impunidad

La impunidad quizás haya que atribuirla a que los ciudadanos prefieren la corrupción a la regeneración, puesto que el cambio les produce un vago temor. Se cumple el dicho mezquino de que es mejor lo malo conocido… Aunque estas maldades se alimenten de desahucios inmisericordes, recortes perversos en sanidad y educación, fraudes a hacienda y abundantes comisiones ilegales a todos los niveles.

Les da igual a estos ciudadanos que siguen votando en favor de la corrupción. A ellos, de todos modos, ya les va bien. Por otra parte hay partidos que muestran modos poco educados y no les caen bien. Además, siempre han votado a los mismos y no van a cambiar por algunos detalles que consideran de poca monta. No somos ángeles, dicen. La solidaridad hacia los más desvalidos no les inquieta, no les impide dormir la siesta.  

Ahora bien, quien adopta tales actitudes tropieza con la ética, la moral y la religión. Porque pensar en el prójimo tiene consecuencias morales. Somos seres sociales. Ello plantea también n problema religioso, pues Jesús actuó siempre en favor de los más desvalidos. Sus seguidores —si quieren seguir siéndolo— no pueden cambiar las reglas del juego.  

No es suficiente subir algo los sueldos o mejorar las condiciones de trabajo para evitar revueltas y algaradas cuando los de abajo ya no aguantan más. Así actúan quienes se acogen a aquel dicho cínico: cambiar algo para que todo siga igual. Pero a quien mantiene un poco de sentido religioso en el cuerpo le preocupa el bienestar del prójimo y, sobre todo, la dignidad de los pobres.

El ciudadano que se desinteresa de la moral en la política se distancia del evangelio. Y de nada sirve alegar que no se debe mezclar la religión con la política. Se da el caso de que determinados políticos son muy capaces de humillar a los pobres, de gestionar verdaderas injusticias y aupar a individuos sin escrúpulos. Todo lo cual va directamente contra el evangelio. Sí, la política tiene que ver con la religión en multitud de circunstancias.

De todos modos, hay gente en nuestra sociedad que vive totalmente al margen de las preocupaciones religiosas y en nada le preocupan los valores humanos. Para ellos habría que establecer unas reglas de juego que impidan la corrupción y castiguen a los delincuentes.

¿Qué tal si se suprimiera la prescripción en los delitos de corrupción derivados de la administración pública? ¿Y si no hubiera perdón para aquel que no devolviera el dinero apropiado injustamente? También resultaría de ayuda suprimir el aforamiento de los cargos públicos, puesto que se dice una y otra vez que todos somos iguales ante la ley… 

domingo, 16 de abril de 2017

Cuando la liturgia se desborda

En la noche de Pascua parece como si la Liturgia se desbordara y no diera con las palabras adecuadas. Recurre a los pregones, se desata en emociones y cánticos, intercala aleluyas en cada párrafo. Luego quiere renovarlo todo: luz nueva, agua nueva, compromiso nuevo…

Pensándolo bien, no es para menos. La liturgia no hace sino transmitir el eco de una sorpresa mayúscula ante el gran anuncio: “Jesús de Nazaret, el crucificado, ha resucitado”. Los discípulos saborearon ante estas palabras el pasmo, el miedo, la alegría. Quedaron sumergidos bajo un torbellino de impresiones.

Ante la resurrección de Jesús, ante la Buena Noticia de que no hay que buscar entre los muertos a quien está vivo, también a los cristianos de hoy debiera embargarnos la emoción. Y sin embargo….

Cuestión de ojos claros

Sin embargo, muchos se quedan tan fríos e indiferentes. Muchos oyen el anuncio dormitando o con la mente volando sobre los parajes de las vacaciones. S. Pablo clamaba: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”. ¿Sería que eso de la fe no roba el sueño en demasía?

Uno está tentado de pensar que toman más en serio la Pascua aquellos para quienes la Resurrección es escándalo y locura, como ya sucediera en tiempos pasados. Tal vez sea preferible la postura del que se resiste a creer, duda y discute que la de quien todo lo traga sin mover los párpados.

Los que niegan o afirman conmoviéndose hasta las entrañas tienen algo en común: buscan, toman partido, son conscientes de que la cuestión es muy seria. Los que no reaccionan son más peligrosos. Se encuentran al borde de la insensibilidad. O sea, de la muerte.


Es curioso. Los fariseos leían las Escrituras como las leían los primeros cristianos. Los ateos de hoy tal vez leen los Evangelios como los creyentes. Sin embargo unos no van más allá de la inmensa y pesada losa que tapona el sepulcro, mientras los otros están convencidos de que no fue la muerte, sino la vida, quien dijo la última y definitiva palabra. Quizás todo sea cuestión de ojos claros.

Las raíces de la fe

Por estos y por otros motivos el Domingo de Resurrección invita a todos los creyentes a volver la vista a los orígenes, a las raíces de la fe. Ha de ser necesariamente saludable comprobar dónde y cómo nació. Entre otras cosas porque el lastre de veinte siglos tal vez haya enturbiado las aguas.

La Resurrección – y con ella el amor, el servicio, la cruz y el sepulcro- tienen un lenguaje muy nítido. Éstas son las aguas originarias que no dan pie a ninguna ambigüedad.

El Triduo pascual es elocuentísimo. Jueves: el gesto sencillo de partir el pan y beber una copa. El gesto sorprendente de que el líder se ciña una toalla y lave los pies a los suyos. Viernes: el contacto rudo de un madero y un cuerpo humano, sin adornos ni aditamentos, totalmente desnudos. Sábado: la muerte de la muerte, un sepulcro vacío.

Un pan, una copa, una jofaina, una cruz astillosa, un cuerpo desnudo, un sepulcro vacío: he ahí en síntesis el lenguaje inequívoco de la Pascua. Lo del catálogo de dogmas detallando cuanto el cristiano debe creer, vendría después. Los problemas de las vestimentas clericales, todavía más tarde. Los organigramas de acción pastoral, otro tanto. Supongo que estas cosas deben tener su lugar en la Iglesia, pero a la vista está que en los momentos trascendentales de la vida de Jesús no aparecen. Ya sería triste que nos hicieran perder de vista lo fundamental.

Experimentar a Jesús resucitado

Para nosotros hoy y ahora la experiencia de Jesús resucitado no debe concebirse sin más como la restauración de un cadáver. La radical novedad de la Pascua es que uno de nuestra raza vive otra forma superior de existencia. Y nosotros estamos llamados a lo mismo.

La experiencia de Jesús resucitado que nosotros podamos tener en el fondo no difiere mucho de la de los Apóstoles. Sabemos que la causa de Jesús prosigue. Sabemos que no obstante las sombras, los caminos tortuosos y las zancadillas, su espíritu continúa aleteando.

Y el Espíritu de Jesús va a pronunciar la última palabra sobre todo sufrimiento, debilidad y congoja que, al cabo, no son sino caminos abocados a la muerte. La Comunidad cristiana anuncia en el día de Pascua que el último y peor enemigo de todos –la muerte- también será derrotada. No es trata de un consuelo imaginario. Cristo, la primicia de la Humanidad, nos lo garantiza. Él ya ha resucitado.

Cree en la Resurrección quien siente la persona cálida de Jesús junto a sí. No cree en la Resurrección quien lo concibe como un fantasmal sobreviviente. Cree en la Resurrección quien no busca entre los muertos al Viviente.

miércoles, 5 de abril de 2017

Vocabulario de semana santa


Hay algunas palabras que resuenan en los templos durante los días de semana santa. Son, entre otras, cruz, tumba, servicio, sufrimiento, resurrección, perdón y alegría. Un buen resumen del misterio que celebramos. Bueno será ir a lo esencial y no perderse por entre las ramas. Como si de un vocabulario se tratara, quizás sirva el intento de describir brevemente el núcleo de cada una de las palabras citadas. 

CRUZ. - Instrumento para matar a los condenados a la última pena en tiempo de los romanos. Jesucristo murió en ella por no saber ser flexible, negociador y pactista con sus adversarios. Poco a poco la cruz ha sido sustituida (a medida que los hombres se han ido refinando) por la horca, el fusilamiento, la silla eléctrica, la cámara de gas, etc. La cruz se ha convertido en símbolo del cristianismo, pero a la vez ha ido perdiendo todas las aristas y asperezas. Se ha transformado en objeto de ornamentación en el cuello de personas respetables. También las jerarquías la muestran en el pecho. Es de suponer que no sólo para informar a la gente el rango que ocupan.

TUMBA. - Lugar donde se depositan los restos humanos. Ha adquirido gran celebridad la tumba de Jesucristo, así como la losa que la cubría. Se sabe que su propietario era un hombre que se puso decididamente de parte de Jesús... cuando ya era cadáver. La tarde del viernes santo aquella tumba hacía presagiar la oscuridad perpetua alrededor del ajusticiado. Pero el domingo, tres días más tarde, debió pasar algo extraordinario, demasiado deslumbrante para poderlo relatar con toda objetividad. El hecho es que desde este día los discípulos perdieron el miedo y comenzaron a construir una Asamblea, alias, Iglesia. Aún hoy en día esta obra mantiene la vitalidad a pesar de los ataques procedentes del exterior, las debilidades de los de dentro y los desaciertos de los de arriba.


SERVICIO. - El Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa, Jesús escuchó gritos de entusiasmo de los labios del pueblo. Jesús estaba allí sentado sobre un borrico, presto para cumplir su misión, la de servir. El Viernes Santo escuchó gritos insultantes, salidos de las mismas bocas que le habían aclamado días antes. No desfalleció su voluntad de servicio. Sus seguidores también apelan a menudo al servicio. Pero no les es indiferente el lugar desde donde hacerlo. Prefieren ejercerlo en los despachos importantes y las poltronas afelpadas. De hecho nunca hay que lamentar candidaturas para las altas cátedras.

SUFRIMIENTO. – La semana cruel, llamada también semana santa, fueron días en los que Jesucristo padeció tormentos físicos y morales. Cabe notar que su muerte no ha sido la más dolorosa a lo largo de la historia de la humanidad, tal como piadosamente se ha dicho y escrito. Él estaba al margen de todo tipo de competición. Tampoco sufría por sufrir o por amasar méritos. Los tormentos se los infligían unos hombres en nombre de Dios y su justicia. Los hubiera podido evitar a cambio de volver atrás, desdecirse, ceder o mostrarse más diplomático. No quiso pactar bajo tales condiciones.

RESURRECCIÓN. - El dogma más decisivo del cristianismo, de cuya verdad el creyente sorbe la savia necesaria para no desfallecer. Sin embargo, en la práctica, la cosa es menos halagadora. Los seguidores de Cristo en el siglo XXI parecen más propensos a adorar y magnificar al Cristo muerto en la cruz que al Cristo resucitado en la gloria. Y es que se observa una clara tendencia a otorgar más relieve a los hechos luctuosos que a los acontecimientos gloriosos. Dar el pésame tal vez reconforta, permite saborear una cierta victoria sobre la muerte y sobre el allegado que la sufre. En cambio, felicitar al triunfador implica reconocer que no soy yo el protagonista. La secreta carcoma de la envidia se resiste a reconocer el triunfo ajeno. 

PERDÓN. - Acción difícil, que requiere una gran generosidad de corazón. Mucho más si es necesario perdonar a aquella gente que el Domingo de Ramos se desgañitaba aclamando a Jesús y que después cambió de signo su griterío. “Perdónales que no saben lo que hacen”. Mucha comprensión, una enorme ternura y una bona dosis de inteligencia se necesitan para entender la frágil sinceridad humana y sobreponerse a la rabia que provoca la hipocresía. Exactamente lo que es capaz de hacer un hombre tan entero que es Dios a la vez. Y precisamente lo que poquísimos humanos son capaces de hacer.

ALEGRÍA. - El sentimiento que debería reinar, por ejemplo, en la Eucaristía de la Vigilia Pascual y a lo largo de la vida del creyente en Jesús. Si tal fervor existe de veras, sin duda se disimula. Las palabras dicen que “mi alma exulta de gozo” y se triplican los aleluyas. Sin embargo, uno contempla la nave del templo y no logra apreciar el gozo por “el día en que actuó el Señor”. Entre las palabras y las actitudes se detecta un desfase. ¿Motivo? Puede que, al no vivir a fondo el mensaje cristiano, el sentimiento de júbilo al que invita la liturgia resulte demasiado protocolario. Un expediente que cumplir. O tal vez que, al no experimentar profundamente la tragedia de la muerte, se viva con sordina la alegría que conlleva la Resurrección.

viernes, 24 de marzo de 2017

Ideologías para consumo inmediato

El cristianismo no debe confundirse con un producto más en el supermercado de las ideologías, repite una y otra vez el Papa Francisco en sus numerosos discursos y escritos. Más bien hay que compararlo con un hospital de campaña que acoge a quienes necesitan cicatrizar las heridas. En este hospital no se discrimina según la identidad o las ideas.

Me parece muy auténtico y valioso un tal enfoque. Porque las palabras han ido perdiendo su fuerza. ¡Tantas voces resuenan en nuestra sociedad! ¡Se escucha tanta propaganda y se exhiben tantas ideologías…! Quien quiera convencer a nuestros contemporáneos hará bien en actuar mejor que en hablar. 

La dificultad de mantener las ideas claras

Las ambigüedades de las palabras y las ideologías impiden mantener las ideas claras. Hay partidos políticos y movimientos sociales que se alimentan de lo que podríamos llamar un catolicismo difuso: un talante fraternal, el protagonismo de sentimientos elevados, una compasión sincera por quienes no llegan a fin de mes, actuaciones para colectivos necesitados (como los refugiados), etc.

La gente que se decanta por este camino podrían ser apellidadas de izquierdas. No aprecian el hecho religioso, pero sintonizan con valores que tradicionalmente ha cultivado la religión. En cambio, los partidos de derechas muestran un respeto explícito por la cuestión religiosa, concretamente por el catolicismo. Sin embargo, resulta que este enfoque se desprestigia al constatar que numerosos políticos actúan sin escrúpulos y caen de bruces en la corrupción más escandalosa. Y quede claro que nos hallamos en un terreno que no admite afirmaciones categóricas.

Entre unos y otros, la gran mayoría de la gente vive con la proa enfilada hacia el hedonismo y se deja llevar por la corriente, por las voces que sobresalen en el estrépito diario. Se refieren al relativismo, a la sociedad líquida, a la posmodernidad, a la post-verdad. Los nombres son lo de menos. 

De acuerdo, la Iglesia debe ser un hospital de campaña y hacer caso omiso de los carnets o las ideologías de los heridos. Ahora, quienes la conforman, los militantes, conviene que compartan un conjunto de verdades definidas y sólidas. De otro modo la Iglesia se disolverá y entonces se derrumbarán los hospitales de campaña. Como bien dice la frase tan repetida: nada hay tan práctico como una buena teoría.

Lo digo porque son muy pocos los que protestan cuando ciertos grupos poderosos imponen una determinada forma de pensar, a menudo en contradicción con la fe cristiana. Sin negar en absoluto que la sociedad evoluciona y que es nefasto caminar por senderos trillados con el desdichado argumento de que siempre se ha hecho así.

El relativismo que se impone hoy en día puede que no sea del agrado de mucha gente y hasta que sea repudiado explícitamente en su vida privada. Pero en público no se atreven a levantar la voz para contradecirlo. Reprimen su sentido crítico. De ahí, por ejemplo, que la ideología de género sea cada vez más aceptada. Se declara tranquilamente que la identidad sexual tiene que ver con la cultura y la educación, pero que no existe una identidad arraigada en la naturaleza. Opinión muy discutible y matizable desde la ciencia, pero los que no están de acuerdo callan. En unos pocos años se ha impuesto como interpretación casi generalizada de la condición humana.

Lo mismo se podría decir de la ingeniería biológica, la eutanasia, el aborto, la clonación, la transexualidad y otros temas éticos. A todo se dice que sí antes de examinar el asunto y alertar de los eventuales peligros. Pobre de aquel que tiene el coraje de discrepar de estas teorías de última hora, que invaden los medios de comunicación. Se le postergará y se le hará saber con desdén que vive en una caverna rodeado de las ideas más obsoletas.

El fundamentalismo no es la solución

Hay un grupo que sí habla y contradice estas ideologías. Exhiben una ideología bautizada con el nombre de vida. Desgraciadamente se remiten a fórmulas políticas arcaicas y exclamaciones patrióticas fuera de lugar. No razonan, sólo gritan. Esta gente no le hace ningún favor a la moderación. Imposible discutir con ellos. Son adversarios implacables instalados en el campamento de la emoción, que no de la razón. Actúan con talante fundamentalista, temerosos de que sus ideas se diluyan. No lo permiten. Les va su seguridad vital en ello. Tratarán de imponerse a cualquier precio. 

A poco que el personal tenga algún contacto con los medios de comunicación habrá oído hablar del autobús que no hace tanto se ha exhibido por diferentes ciudades del estado. Ha afirmado cosas que merecen matizar y que mejor sería exponer en ambientes tranquilos y reflexivos que en plazas alborotadas. Hay planteamientos que no maduran precisamente cuando se convierten en polémicas callejeras y necesitan de la policía para mantener la calma de sus valedores. 

La vida humana es sagrada ciertamente. Pero esta afirmación, que no admite rebajas, no se debe defender con tono agresivo y formas despectivas. La vida es sagrada, sí, pero no sólo la que late en el vientre materno. También la de los adultos, la de los obreros, la de los que tienen ideas diferentes. Conviene no olvidarlo. Requiere rigor y esfuerzo mantener un equilibrio sensato y racional.