El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

domingo, 12 de agosto de 2018

Lluc y el simbolismo del entorno (I)


Llevo ya unos cuantos años viviendo en el santuario de Lluc. Poco a poco el entorno va penetrando por los poros de la persona casi inconscientemente. No estará de más tratar de describir la experiencia de quien merodea por el lugar. Dividiré el escrito en dos partes.

A menudo se oye de boca de los excursionistas, sea que suban a Lluc a pie o en vehículo, que es agradable respirar aire puro, otear el horizonte azul y caminar entre encinas centenarias. Más aún si el balar de las ovejas y cabras resuena en los alrededores. ¿Por qué no profundizar en la experiencia que supone subir la montaña y poner nombre a las emociones y a los estados de ánimo que cada elemento del entorno produce en el caminante?

La montaña

La Serra de Tramuntana es el conjunto montañoso más extenso de Mallorca. Unos 90 kilómetros de largo per unos 15 de ancho: desde el Cap de Formentor hasta la Mola d’Andratx. Más de 10 kilómetros superan los 1.000 metros de altura. Lluc se sitúa en la zona norte de la Serra. Aquí, dice el poeta Costa i Llobera, entre montes solitarios, Maria, com a Reina, té un castell.


No es indiferente al sentimiento humano y religioso la situación geográfica del Santuario de Lluc. La montaña simboliza universalmente la proximidad con el mundo espiritual o divino. Está más cerca de lo que llamamos cielo y que un tradicional modo de hablar considera vivienda de Dios.

Desde la montaña se domina el mundo de los humanos. A la cima se le atribuye el punto de encuentro entre cielo y tierra. Las peregrinaciones a menudo tienen como objetivo algún santuario situado en lo alto de una montaña. Éste es el caso de Lluc. Entre los numerosos significados de la peregrinación se incluye el de dejar atrás el día a día para ascender a la altura y en algún modo acercarse a la transcendencia.

Por otro lado, la montaña incluye también el concepto de estabilidad y permanencia, e incluso el de pureza. Si se nos permite aludir a una de les tradiciones de nuestro mundo, la china, diremos que la montaña se opone al agua. La inmutabilidad frente al cambio permanente.

En la Biblia grandes acontecimientos tienen lugar en la cima de una montaña. He aquí una muestra:  El Moriah, en el que Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo. En el Sinaí Dios se aparece a Moisés y le hace entrega de las tablas de la Ley. El Tabor es la colina en la que Jesús se transfigura. El Calvario es el montículo en el que muere clavado en la cruz. La montaña como escenario de grandes hazañas en el judaísmo y el cristianismo, pero también en muchas otras tradiciones.

Hay que subir para llegar a Lluc. Muchas generaciones, desde hace 750 años han hecho este camino y lo han sembrado de leyendas. Lluc, en lo alto de una montaña, donde se respira aire limpio y puro, desde donde a menudo se observa un firmamento incontaminado. Aquí se alza el Santuario, el castillo de la Virgen.  

La cueva

Los místicos cristianos frecuentemente hacían referencia a la cueva. Eckhart comparaba la gruta a la chispa del alma. Sta. Teresa aludía a ella como un castillo interior. Desde la psicología, pero ya antes de que existiera esta ciencia, la cueva es un símbolo del inconsciente y un lugar idóneo para el encuentro con Dios.

No es extraño comparar la cueva con el corazón humano. El corazón está en el interior de la persona. En él el individuo se sumerge y profundiza en sus pensamientos. Los primeros monjes no sólo iban al desierto, sino que muchos de ellos decidieron vivir en una cueva. Allá habitaban en compañía de una profunda quietud. El yo egoísta, el ruido, la imaginación desbordante y también las angustias, todo lo dejaban a la entrada de la cueva para encontrarse con el  yo auténtico y más profundo.

Salida de la conocida como
"cova dels morts" a poca distancia del santuario
En el entorno de Lluc tiene lugar la espectacular acción de la erosión cárstica. El adjetivo, que suena un poco extraño, designa un terreno compuesto por rocas de carbonato cálcico. Este material, si se halla en la superficie, se disuelve poco a poco por la acción del agua. Entonces configura algunas rocas, valga la extrapolación, en formas imaginativas como el camell. Y si el material está cubierto por capas de tierra entonces el agua drena en dirección horizontal por el terreno cárstico y lentamente va construyendo las cuevas.

El valle conocido como Cometa dels Morts aloja un buen número de cuevas. La más conocida es la cova dels morts. El topónimo tiene relación con los restos de enterramientos de la época talayótica. Por cierto, esta cueva fue excavada por un religioso de la comunidad del santuario, el P. Cristòfol Veny, y parte del material se puede ver en el Museo de Lluc.

El extenso encinar que se halla alrededor de las cuevas, les rocas cinceladas por la lluvia de siglos, el azul infinito del firmamento… sugirieron a los habitantes de la prehistoria que esta región era habitada por sus deidades. Un sitio en el que enterrar a sus muertos. Un paraje mágico que los romanos llamaron lucus, adaptando fonemas anteriores. Y lucus significa precisamente bosque sagrado.

Lluc participa del simbolismo de la cueva: lugar sagrado, de quietud imperturbable. Lluc se encuentra rodeado de árboles, de rocas, de un cielo incontaminado. En la cueva no hay elementos que puedan distraer de la presencia y la experiencia de Dios. Lluc está situado en un valle e irradia paz. Recuerda que los antepasados se hallan muy cerca, en el seno de la tierra. Con ellos se hace presente todo un conjunto de costumbres y estilos de vida. El momento y el lugar son propicios para reflexionar sobre el misterio del tiempo y de la transcendencia. Dins el cor de la muntanya —el corazón, símbolo de la cueva— Mallorca guarda un tresor. (Continuará)

miércoles, 1 de agosto de 2018

Cien mil visitas al blog


A estas horas el contador de mi blog —que generosamente (?) me proporciona Google— me informa de que 100.000 transeúntes han pasado por la web cuya clave tengo en mi poder. Claro que no todo el que pasa lee el artículo hasta el final, en cualquier caso, todos ellos han estado frente a la página y algo habrán ojeado desde el momento que entraron en el lugar.

Voy a celebrar este número redondo de artículos “leídos” tratando de aflorar algo del trasfondo que sostiene la tarea.  

Una autoexploración

Escribir es un ejercicio de autoexploración. Es preciso exprimir los sentimientos para que segreguen los vocablos adecuados. De ahí que cuanto más uno escribe, más se conoce a sí mismo. Sus emociones, sus sentimientos, sus ideas solapadas entre las rendijas del alma.

El proceso de escribir podría compararse incluso con una especie de alquimia que tiene que ver con el pensar, el sentir y la realidad de las cosas que nos rodean. Me atrevo a decir que escribir es una forma de relacionarse con el mundo de alrededor. Cada uno tiene su forma de mirar el mundo como cada ave tiene su forma de volar. La escritura atestigua justamente esta propia y exclusiva forma de mirar el mundo.

Recuerdo haber leído en alguna parte que “buscando escribo y escribiendo busco”. Un excelente resumen de lo que me propongo decir. Escribir es una aventura refinada. Casi diría que genera endorfinas. Naturalmente, siempre que el sujeto tenga las papilas gustativas suficientes para degustar el manjar.

Una terapia

Escribir puede equivaler a una consulta con el psicólogo. Plasmar en un folio en blanco aquello que nos preocupa, la rutina diaria, lo que nos agrada y lo que nos fastidia ayuda a sostenerse en los días aciagos. Hay quien escribe para no ahogarse, para no salir derrotado de los días malos que inevitablemente desfilan en la vida de uno. Incluso el hecho de ocupar un tiempo para lo que yo quiero, y me gusta, ayuda a sobreponerse al estrés.
Hay cosas que a uno le incomodan, pero que no tiene la oportunidad de decir en voz alta. O simplemente no le parece correcto. O no se anima a desembucharlas. Con la escritura se facilita el proceso. Algunas ideas quedarían para siempre en el anonimato si no fuera porque hallan salida en el papel o la web que las sostiene. 

Un modesto legado

Cada día que pasa tenemos un día más o, quizás mejor, un día menos. Nadie vive más allá de la fecha de caducidad marcada —aunque invisible— en su lomo. ¿Por qué no dejar unos pensamientos, un libro, unas cuartillas a los nietos o simplemente a los que nos sobrevivirán? Puede que no les interesen, pero puede que sí.

Con la escritura se siembran pedacitos de uno mismo en el interior del prójimo. Aun cuando uno no sea muy leído, siempre las semillas permanecen ahí, dispuestas a enterrarse en el alma ajena.  Escribir es un coloquio con uno mismo y con el vecino que se tome la molestia de descifrar el escrito.

Normalmente las palabras se disuelven al poco tiempo de resonar en el aire. Los escritos tienen mayor garantía de solidez. Los fonemas se apagan al poco rato, en cambio, permanece la posibilidad de leer lo que se plasmó en blanco y negro. Además, el hecho de estampar ideas en el papel permite escapar de la rutina y la inercia. Escribir, afirmó Larra, es llorar. Sí, pero también puede ser imaginar y explorar.

Con el blog uno se comunica. He tenido numerosos estudiantes en las aulas de varios centros de enseñanza. Entre ellos, los de Sto. Domingo (República Dominicana) y Puerto Rico. Pienso en los rostros de aquellos estudiantes. Y me consta que más de uno lee estos escritos. A la distancia de miles de kilómetros causa satisfacción saber que estamos en comunión. Luego el que un día fue alumno reflexionará y diferirá o no de lo leído. Pero, por un momento, habrá bebido de la fuente que le he proporcionado.

Perfilar las ideas

Las ideas suelen tener unos perfiles difuminados. Son suficientemente consistentes cuando las piensa uno mismo. Pero en cuanto se quieren expresar al prójimo, cuando hay que convertirlas en palabras, entonces se requiere que los perfiles sean sólidos y contundentes.

Tengo experiencia de ello en mis muchos años de enseñanza. Los alumnos iban tranquilos al examen. Habían dado vueltas en su cabeza a la idea que expresarían frente al tribunal. Sin embargo, luego —no sólo por nerviosismo— no eran capaces de expresar lo que sí estaba muy claro para sí mismos. Trataban de formular el concepto, pero los bordes se desmoronaban como mantequilla en el microondas. Mi consejo era que la mejor manera de recordar y dar forma a las ideas consistía en escribir un guión, un resumen, los aspectos más sobresalientes de las mismas.

No raramente surgen de nuestro interior sensaciones de contornos indefinidos. Se completarán, como si un puzle se tratara, a medida que se desmenucen las emociones, los relatos y anécdotas vividas. Pero todo ello acontece si uno mantiene la pluma entre los dedos o las dos manos sobre el teclado. De no ser así las ideas acaban difuminándose y desmoronándose finalmente en el caos.

Frente a la cuartilla en blanco, con la disposición de emborronarla, y obligado a soltar amarras, se le dan vueltas a las ideas y a los sentimientos. A lo largo de la experiencia se descubren matices que antes habían pasado desapercibidos.

El placer de escribir

Al escribir uno navega por aguas familiares y conocidas. Escoges los adjetivos que te placen. Nadie te contradice —al menos en el momento que presionas las teclas— y la bonanza empuja el bajel.

Escribir es un placer, por otra parte, siempre que uno alimente inquietudes y tenga un mínimo de gusto literario. Recrear —que no copiar— el estilo de los grandes escritores y verificar que se consiguen algunas metas, sin duda proporciona un notable placer espiritual.

Las palabras son como un enorme rebaño que pace en el diccionario. Constituye un placer elegir una entre muchas. La que se ajuste al tono, al contexto, a lo que se pretende comunicar, al propio carácter.

Cada uno tiene su forma de mirar el mundo como cada pájaro tiene su forma de volar. La escritura atestigua justamente esta propia y exclusiva forma de mirar el mundo.
Gracias a los 100.000 navegantes de mi blog.

domingo, 22 de julio de 2018

Teleadicción

                        

Atado a la pequeña pantalla, siente menos interés por la vida real. ¿Cómo es posible? Si la televisión precisamente pretende informar de la vida real... Pues es así, y ya decían los antiguos que contra los hechos no valen argumentos. Se clasifica la televisión como medio de comunicación, pero por una paradoja de la vida —la vida abunda en paradojas— acaba funcionando como medio de aislamiento.


Imágenes esclavizantes


El hombre se fue a dormir tarde porque le retenían en el sofá unas imágenes la mar de atractivas. Se le esfumó el tiempo sin darse cuenta. Al día siguiente se resintió de ello y su labor fue menos productiva. Al regresar al hogar estaba cansado. Para descansar se hundió en la butaca y permaneció estático ante la pantalla durante largas horas.

Y así, día a día, los vínculos con la pantalla van reforzándose y llega un momento en que resultan sencillamente esclavizantes. Puesto que el individuo está fatigado, la televisión le emborracha de imágenes sin tener que moverse, sin necesidad de elegir, sin la molestia de pensar. Ni siquiera se le exige poner en funcionamiento la fantasía. Se la sirven a la carta.

Ahora bien, quien contempla el televisor y se entera de muchísimos acontecimientos —casi es testigo personal a través de las imágenes— tiene la sensación de que está implicado en la trama de hechos que mueven la sociedad. Se siente ciudadano del mundo. Es capaz de dar cuenta de lo que sucede en Singapur, tiene datos, según cree, para emitir juicios sobre diversos gobernantes de lejanos países. 

                             
¿A dónde conducen estas actitudes y sensaciones? A todas partes y a ninguna parte. Para ser más precisos, empiezan y acaban en la butaca situada frente al televisor.

La pantalla embelesa y crea adicción. Nada más fácil, nada más suave que dejarse arrastrar y apresar por las imágenes. No hace falta el menor esfuerzo. En cambio, engendrar un proyecto de vida requiere activar apetencias y estimular afanes. Pide, sobre todo, la voluntad de llevarlo a la práctica.


El mundo del teleadicto, como el de cualquier otro que mantiene embotados sus sentidos, se limita drásticamente. Rueda en torno a la sustancia que su organismo —o su psique— reclama a gritos. Ello le hace perder el sentido de las proporciones. Porque nada considera más importante que el objeto de su impulso ansioso. 

Los párrafos anteriores explican por qué la televisión se convierte fácilmente en un medio de incomunicación o aislamiento. Pero hay más razones. Resulta que a los dieciocho meses el niño empieza a interesarse por los destellos de la pequeña pantalla. Veinte años después ha visto un millón de anuncios, unos mil por semana. Al menos en los países USA.


Penosas consecuencias


Contemplar la televisión se hace, en buena parte, a costa de hablar y escribir. Ahora bien, en cuanto pasa el tiempo y uno siente menos necesidad de hablar, de comunicarse, de expresarse, suelen aparecer los problemas emocionales. Pues que uno no puede vivir sin comunicarse. 

Más aún, la televisión obstaculiza a los jóvenes el aprendizaje que necesitan para afrontar con éxito los retos que se les presentarán en la vida. Sucede que, a causa del aparato, escapan de la realidad cotidiana en la que debieran sumergirse, tal como lo exige su edad, su papel en la familia, sus aficiones del momento. 

Se vuelven apáticos de cara a la participación pública. Gozan de menos tiempo para compartir con la familia, para las tareas escolares, para el hogar, el deporte, el sueño. Uno acaba permaneciendo a solas con la televisión. ¿Y la llaman un medio de comunicación?

El hecho de jugar, de hablar, de discutir tiene mayor importancia de lo que se pensaría. La interacción enseña a los más jóvenes a relacionarse. Se preparan, sin darse cuenta, para la vida real. Pero si no juegan ni se relacionan, el sano crecimiento psíquico encontrará mil obstáculos. 

Y las dotes creadoras enmohecerán, las relaciones se irán marchitando gradualmente. De modo que el peligro de la televisión no solamente radica en impedir conversaciones, juegos y relaciones. Está también en el vacío que impone a su alrededor. Lo cual acaba modelando negativamente el carácter de los implicados. Porque no sólo de televisión vive el hombre.


La televisión puede favorecer el aislamiento y convertirse en un medio de incomunicación. El que la contempla tiene la sensación de llevar una vida trepidante, de estar enterado de las razones profundas que mueven a la sociedad, así como de los mínimos detalles que acontecen en la ciudad. En realidad, todo su dinamismo termina en el esfuerzo que le exige sentarse en la butaca. Se completa, si se empeñan, en el ejercicio que lleva a cabo cuando se levanta del mullido sillón para irse a la cama.

lunes, 9 de julio de 2018

Zoolatría

Un noble animal, el perro. Será o no el mejor amigo del hombre, pero le ayuda en mil tareas domésticas, de policía, de salvamento. Hace buena compañía acurrucado bajo una mesa o jugueteando con los más pequeños en el jardín de la casa.
De todos modos, habrá que frenar el fervor cuando empieza a implicarse una calidad de afecto sólo destinada a otro ser humano. No es vana la advertencia. Se da el caso, no tan extraño, aunque sí extravagante, de que el hombre incapaz de encontrar consuelo en otros semejantes, se refugia en la lealtad del dócil animal. Y ahí puede empezar a complicarse la cuestión.
Vaya por delante que el perro, como cualquier otro ser viviente, puede y debe tener su lugar en el admirable paraíso de la creación. Es de justicia que no se lo haga sufrir inútilmente e incluso que existan sociedades protectoras del animal, siempre que no se confundan los planos y se guarden las debidas distancias.
Claro que son de aplaudir los servicios que realiza el perro al hacer más cómoda la vida de su dueño y llegar en ocasiones donde al ser humano le es negado. Lo mismo le transporta a través de la nieve tirando del trineo, que se interna por barrancos a la búsqueda del montañista desorientado. Realiza la buena labor de olfatear las maletas en la aduana, por si hay doble fondo, y defiende la propiedad encomendada en mitad de la noche.
A nadie le duelan prendas a la hora de elogiar al animal. Pero un perro no es un ser humano y no puede convertirse en sucedáneo del amigo. No es raro escuchar argumentos favorables al perro que, más o menos, se formulan así: "el perro no me falla jamás, las personas sí me han fallado y decepcionado". Puede que algo de verdad haya en esta tremenda y dolida afirmación. Es cierto que, en ocasiones, los humanos llevan a la práctica aquello que antiguos literatos y filósofos han denunciado o simplemente constatado: "el hombre es un lobo para el hombre".

He escuchado a un respetable esposo -más en serio que en broma- una estremecedora confesión. Decía que, al llegar a su hogar, no estaba seguro de recibir un abrazo o un saludo cordial de su mujer, mientras que inexorablemente el perro le correría detrás haciéndole fiestas y jugueteando alegremente para celebrar el regreso.
Aunque sea verdad, el hecho de buscar la compañía del perro y distanciarse de la esposa ocasiona un mal irreparable a sí mismo y a los suyos. La solución no consiste en encariñarse con el perro y dar la espalda a la persona. Actuar así no es más que una vulgar huida que, por añadidura, habla muy mal del propio comportamiento. Lo razonable es analizar el porqué del escaso calor humano que demuestra el prójimo y poner luego el remedio que haga al caso.
Hay que esperar que nadie tenga la desfachatez de afirmar que la compañía del perro es más gratificante que la de un semejante. El intercambio de ideas, el encuentro de los sentimientos, la convergencia de los afectos, no es comparable al donaire de una cola que se mueve en espiral ni a la gracia de una lengua que busca la nariz de su dueño. Quien crea otra cosa merece toda compasión.
El mito de la creación del hombre, tal como se refleja en el Génesis, explica en profundidad por qué no se pueden superponer los planos. Adán descubre su soledad y su indigencia cuando mira alrededor y no ve más que animales. Desfilan ante él y a cada uno de ellos le pone nombre, lo cual significa que es dueño y administrador de todos ellos. Pero no encuentra ninguno que se le parezca ni que pueda corresponderle. Su dignidad es muy otra. No puede dialogar con el animal ni tratarle de tú. Buscar en los animales un sucedáneo de la esposa, los hijos o el amigo es una actitud abominable según la Biblia.
En cambio, con elevado sentido poético y humano, dice el texto que la mujer está formada de la costilla del varón. Entre ellos sí existe comunidad de naturaleza y cada uno se ve reflejado en los ojos del otro. La expresión de Adán al contemplar a la mujer es muy distinta de la que tiene al ver desfilar a los animales. ¡Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne!, exclama Adán. Frase que en versión libre significa: ¡Esta es la mujer de mis sueños!
El perro ladra, mientras que el hombre habla. Imposible el diálogo. El perro necesita comer, descansar y reproducirse, mientras que el ser humano, además, canta, piensa y acarrea nostalgias de perfección. Aun cuando el perro sea más leal que un ser humano, no es más que un perro. Désele el afecto que merece un perro. Nada más.  
La persona tiene un corazón llamado a compartir de tú a tú con otras personas. Solamente en la periferia del mismo debiera haber espacio para el afecto hacia el animal. Porque el corazón humano tiene muy otras características que el del perro. Y quien prodiga en exceso el afecto al animal da muestras de que su corazón no alcanza la medida deseada. Peligro que se le atrofie esta su víscera central. Entonces acaba habitando la galería de personajes desprovistos de corazón.