El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

sábado, 12 de agosto de 2017

El mar: metáfora, poesía, inspiración...


Vista del mar desde la ermita de S. Lorenzo 
En verano se impone un protagonista que asoma en todos los ambientes: el mar. Las conversaciones gravitan en torno al sol y la playa. Los recursos de la propaganda turística apuntan a los niños jugando en la arena. Pisos cercanos a la playa, hamacas, toallas, bañadores, chiringuitos… elementos que en numerosas zonas ya conforman la clásica estampa del verano y el mar.

He tenido oportunidad de contemplar el mar durante largos ratos. El mar de una cala de Mallorca (Tuent, cercano a la más conocida La Calobra). Siento la necesidad de escribir unos párrafos sobre el mar, pero no el de los turistas aliados con las agencias de viajes, preocupados por los alquileres de pisos y la comida servida en los grandes hoteles. Deseo poner unas ideas en negro sobre blanco a fin de transmitir algo del alma profunda que embarga las aguas marinas. 

El mar ha sido protagonista de varias películas. Recuerdo vagamente una en que el deseo de contemplarlo le empujaba a un niño o adolescente hasta la orilla, sin reparar en dificultades ni contratiempos. Le movía al individuo una fuerza, un sentimiento cuya expresión cabal no se le puede exigir a un autor de cine o de novela. Sencillamente, hay sentimientos y emociones que no se dejan atrapar por las palabras y desbordan las mismas imágenes. Sin embargo, quien tiene ojos penetrantes es capaz de ir más allá de las imágenes y las palabras para sintonizar con lo que el autor pretendió expresar sin lograrlo. 

La aterradora belleza del mar

Difícil expresarlo, sí, pero el mar les produce a unos un enorme respeto por su grandeza y majestad, por su enorme extensión. El observador se confunde y se le pierde la mirada en la inmensidad azul. Ante el mar se le despiertan quizás sentimientos de temor. Sus olas incesantes y tozudas, su masa de agua incalculable le hace sentir pequeño e impotente. 


Los antiguos hablaban del “horror vacui”. En efecto, el vacío puede producir un sentimiento de pánico. Y el mar no está vacío, pero tampoco es sólido ni controlable. A poco que se exponga, uno se hunde entre la espuma de sus olas. El vacío y la nada engendran vértigo. 

El mar se muestra indómito exhibiendo sus olas rebeldes y contumaces. En cambio, se diría de rostro amable y acogedor cuando le llega al espectador la brisa suave de sus aguas en calma. Cuando sus surcos acuáticos se doran a causa de los últimos rayos de sol. El mar se muestra de muy diversas formas. Su aspecto es volátil, discontinuo, mudadizo.

La poesía del mar

No es el único sentimiento, el del temor, el que engendra el mar. También produce admiración y llena el alma con un profundo sentimiento de belleza. Fácilmente el mar tiende a evocar al Hacedor —ni yo ni los antepasados lo engendramos— y proyectar en Él su belleza e inmensidad como el arroyo remite a su fuente.

Uno de los detalles que el observador no debe dejar escapar al contemplar el mar es el mudable color de sus aguas. Los destellos que emite danzan al dictado del sol. Desde lo alto de un monte se descubren las muy diversas tonalidades de azul. La línea del horizonte que delimita el mar parece fundirse con la que enmarca el firmamento.


A la placentera visión del mar y el firmamento hay que añadir un plus, el de los olores de los pinos o de otros árboles y hierbas en el entorno. Sin dejar de mencionar las discretas palomas y las distinguidas gaviotas que acuden a besar sus aguas. Ellas picotean acá y allá. Emprenden luego el vuelo con elegancia. 

En una palabra, el mar provoca intensas sensaciones, seduce con su aterradora belleza. Sus olas juegan con el viento. Cuando arriban a la playa sueltan burbujas de espuma y salpican al observador con una especie de neblina mágica. El gusto salobre de sus aguas le es connatural y gracias a la sal que las ha conquistado y sometido, gracias al movimiento continuo de sus olas es capaz de anular cualquier hedor, de sobreponerse a la putrefacción, de esquivar toda purulencia. 

A quienes tienen un tímpano poético el mar les habla con voz sedosa o con tonalidad rabiosa, según el estado en que se halla. Si quien escucha también es capaz de trajinar sus sentimientos al papel entonces puede que permanezcan plasmadas para siempre frases sublimes, trascendentes, repletas de inspiración. Lo mismo nos conducen hacia las honduras metafísicas que nos pasean entre jardines de palabras armoniosas. 

No es tan difícil encontrar páginas de grandes autores que hablan del mar con imágenes luminosas, con metáforas sorprendentes. Autores clásicos y actuales son capaces de conducirnos por las aguas encrespadas del mar despertando emociones dormidas. O estimular el sentido de la belleza al describirnos los hermosos reflejos de las aguas marinas.

La playa de Tuent
Cada escritor tiene un alma que vibra de modo distinto frente al mar. Cada una nos enseña su visión particular del mismo. Hay quien lo hace protagonista de su historia o de sus versos. Otros lo observan con ojos profundos, casi filosóficos. Mientras unos se sirven de él para referirse a la grandeza de la creación, otros simplemente recurren a su potencialidad como imagen o metáfora literaria.

lunes, 31 de julio de 2017

Las diversas vertientes del santuario de Lluc


Tras haber comentado las distintas vertientes que, en general, cabe encontrar en un santuario, llega el momento de que entre en juego el santuario de Lluc en el cual resido y en el que ejerzo algunas funciones. Tengo el encargo de atender a los peregrinos, del ordenamiento del culto y el cuidado de la información que se mueve en torno. Tanto la de tipo convencional como la que se refiere a internet.  

Acogida

Conviene remarcar que el santuario debe diferenciarse de la función que tiene la parroquia, a la cual no tiene que suplir ni imitar. El santuario goza de un perfil y una realidad singular, y desde ahí tiene que hacer la propia oferta. En principio debe ser un símbolo del Pueblo de Dios en marcha, un zumbido del misterio divino que atraiga a los peregrinos. Sentido del misterio, sintonía con la naturaleza, fraternidad de los seres humanos, comunión con los antepasados, identificación con una misma cultura… Esto es lo que idealmente tendría que ofrecer y transmitir el santuario.

El ambiente del santuario es más abierto que el de la parroquia. Uno tiende a sentirse más hermano del compañero de camino mientras se diluyen las diferencias de raza, religión e ideología. Todo el mundo tiene cabida en su entorno. El extranjero, el emigrante, el refugiado, el enfermo, el visitante casual, todos son bienvenidos y nadie se siendo observado.

A menudo los peregrinos van al santuario después de largas ausencias de su parroquia o incluso en franca hostilidad hacia ella. De ahí la necesidad de la acogida, de favorecer el contacto con Dios y el camino de regreso a la comunidad.

Se manifiesta la acogida en la disponibilidad a la escucha y está claro que también en sencillos detalles de tipo material. Normalmente el peregrino es más favorable a la confidencia. Presbíteros y laicos tienen que aprovechar el kairós, la ocasión. Conviene que la acogida tenga presente el carácter específico de cada grupo, de cada persona, de sus expectativas y necesidades. De manera que está fuera de lugar una acogida estándar.


Quién visita un santuario lo hace probablemente en circunstancias especiales: vive momentos de preocupación, incertidumbre, esperanza, sufrimiento, gozo, fracaso, agradecimiento... Otros buscan el sentido en la vida. Cargan con muchas preguntas, cosa que facilita el diálogo. Naturalmente que la inmensa mayoría de los grupos, ya sean turistas o peregrinos, no piden un diálogo personalizado, pero algunos sí lo hacen.

Los encargados del santuario tienen que tener muy presente la responsabilidad de la acogida. No sólo deben disponer de una preparación no sólo técnica, sino también espiritual. Bueno será que descubran en este servicio un estilo de vivir y testimoniar la propia fe. Bien se puede afirmar que la espiritualidad del presbítero que dirige un santuario, y proporcionalmente también de los seglares que le ayudan, es la de la acogida.

La acogida supone una actividad interior personal y voluntariosa. Implica ternura, y amabilidad, entre otras virtudes. El mero hecho de recibir al peregrino o confidente puede que resulte pasivo e incluso puede coexistir con una actitud a la defensiva o de mero cumplir el expediente. Se puede recibir a alguien sin acogerlo. Además, sabemos que los santuarios son lugares donde se va y se regresa, no lugares de permanencia indefinida. Por lo tanto, está fuera de lugar cualquier clase de proselitismo, y menos la voluntad de crear dependencias. El peregrino sólo circunstancialmente pisa el santuario y en estas condiciones tiene que ser acogido.

El patrimonio y los visitantes

La Sierra de Tramuntana fue declarada Patrimonio mundial por la UNESCO en la categoría de paisaje cultural. Quiso así reconocer la muy notable y positiva interacción entre la naturaleza y el hombre: cultura, tradiciones, espiritualidad....

En el interior de la Serra se levanta el santuario de Lluc. Los poetas han insistido en la idea de que se constituye en la catedral del campesinado, de la parte foránea. Los bosques de encinas y robles ya existían en tiempos antiquísimos. La palabra latina lucus hace referencia a un bosque sagrado en el cual se veneraría alguna divinidad. El paisaje es del todo relevante: el cielo azul, la tierra que combina con las paredes de piedra seca, la montaña y el mar que besa su regazo... Los edificios que se han ido construyendo a lo largo de los siglos se han adaptado perfectamente al entorno empleando la piedra y la madera.

Desde un punto de vista religioso Lluc es el núcleo de donde han brotado numerosas leyendas. Algunas tan populares como las de la bella dona. Los aniversarios de la coronación de la Virgen María han brindado la oportunidad de componer coronas literarias en las cuales han participado poetas de primerísima fila. Numerosos músicos han escrito extensos pentagramas dedicados a la Virgen María.

En Lluc hay un archivo que, a diferencia de tantos otros, se mantiene íntegro. Nunca ha sido incendiado ni devastado. También hay un museo con elementos arqueológicos del entorno, una colección de monedas, de cerámica, de joyas ofrecidas a la Virgen... El visitante puede admirar la pinacoteca donde se recogen firmas de pintores mallorquines y catalanes muy conocidos. No falta una biblioteca con secciones de literatura catalana/mallorquina, colecciones de revistas de temáticas muy diferentes, libros de teología, de espiritualidad y colecciones completas de obras clásicas.


La oferta de Lluc es atractiva para los peregrinos y para los mallorquines creyentes, pero también para no creyentes, escépticos o indiferentes en asuntos religiosos. La oferta de Lluc llama la atención a numerosos ciclistas, especialmente en primavera y en otoño. El santuario participa de este fenómeno acontecido en Mallorca los últimos años. Lo mismo se puede decir de los excursionistas.

Muy numerosos son los caminos y senderos que se internan en terrenos en los cuales abundan los olivos y las encinas. Las paredes de “piedra seca”, quizás las cabras que pastan por el lugar y un cielo azul, en el que se han alojado cuatro nubes blancas, conforman un panorama ideal para el excursionista con mochila. 

Parecen tener un objetivo más turístico que religioso las subidas de autocares y coches particulares que suben la montaña y aprovechan para escuchar a la Escolanía de los Blauets. Durante la temporada turística a menudo la Iglesia está atestada de gente que desea escuchar los cantos de los pequeños cantores. A lo largo del día, de manera más bulliciosa o más tranquila, numerosas personas admiran la Basílica y no olvidan visitar  la imagen de la Virgen en su  camarín. Es muy posible que sus motivaciones sean de carácter cultural o paisajístico —la vegetación que cubre la montaña, las rocas, las paredes de piedra seca, los cantos de los Blauets...—sin ignorar la propaganda de las agencias básicamente preocupadas por el negocio.

No podemos olvidar a los mallorquines que suben, sobre todo los fines de semana y los días de fiesta, para respirar aire fresco, admirar el perfil de las montañas, dar un paseo y —si de una familia se trata— favorecer los juegos y el retozar de los pequeños. Entre los diferentes visitantes hay que contar igualmente con extranjeros que van en busca de unos días de tranquilidad y alquilan una celda. Algunos son creyentes y frecuentan las celebraciones.

Hay algunas convocatorias particularmente destacadas: Des Güell a Lluc a peu es una marcha no propiamente religiosa, a pesar de que los inicios lo fueran y todavía los dirigentes ofrecen un ramo de flores a la Virgen María. La prensa habla de un número exagerado de participantes, pero difícilmente son más de 4.000 los que llegan a destino.

De cariz más religioso es la subida de la gente mayor de los pueblos por el mes de mayo. La asistencia oscila, pero algún año se han contado unas 3.000 personas en dos turnos. La subida está bien organizada y no faltan la presencia de alcaldes de varios pueblos y autoridades políticas de Mallorca. El edificio de l’Acolliment es el escenario donde se celebra la multitudinaria eucaristía. Antes también toman la palabra algunas personas representativas

Tiene un carácter claramente religioso la subida de los pueblos de la parte foránea. Organizada por los Antiguos Blauets, reúne a más de un millar de personas. También celebran la eucaristía en el Acolliment. Antes de la misma algún dirigente habla al público y se condecoran los méritos de alguna persona que se ha distinguido por el altruismo en su entorno.  

Los peregrinos tradicionales que subían la montaña exclusivamente para rogar a la Virgen María han menguado sin duda, pero siguen viniendo. Son los grupos organizados en asociaciones de vecinos —de gente mayor— o relacionados con los ayuntamientos. Es verdad que acabada la misa se van para sentarse gozosa y amistosamente en torno a la mesa, pero la motivación primera es la de visitar a la Virgen María, así como rogar por los familiares y por los que un día formaron parte del grupo.

Devoción popular a la Virgen María

No podemos negar la secularización a marchas forzadas del pueblo mallorquín, que se constata en la disminución de los participantes en la Eucaristía, así como en el rezo del rosario por la colina de los misterios y otras muestras de devoción, años atrás muy presentes. Aun así no disminuyen las visitas a Lluc, más bien al contrario. Ni, por supuesto, a la Virgen María.

La imagen del camarín conforma el núcleo y centro de la devoción. Muy escasas deben ser las excepciones de gente que sube la montaña y no vaya a ver o a saludar, como se suele decirse, a la Virgen María. En los libros de las peticiones se escriben cada día numerosas plegarias y cada vez más en idiomas extranjeros.

La comunidad se esfuerza a través de predicaciones, conversaciones y escritos, para favorecer la dimensión ecuménica de la Virgen María que recibe peregrinos de todo el mundo. Unos carteles que reproducen plegarias del Beato Ramon Llull, también en el original árabe, abundan sobre este particular. Igualmente trata de sensibilizar a la gente de cara a una mayor solidaridad hacia los pobres. Por eso no es extraño escuchar homilías y leer escritos que se refieren al sufrimiento maternal de María. Se retoma así el versículo de aquella canción: per les passades dolors, morena sou en figura (por los pasados dolores, morena sois en figura).

Se remarca el hecho que los Blauets cantan a la Virgen María cada día en nombre de todos los mallorquines. Y a partir de aquí cabe hablar de la lengua y cultura que une y que ya cultivaron los antepasados. Defender la lengua, la tierra y el sentido de pueblo es un valor típico del santuario, que no vacila a la hora de defender el carácter identitario de los mallorquines.

Un signo de devoción muy apreciado consiste en beber el agua de la Font Coberta. No hay la misma afición que años atrás, pero todavía mucha gente aprovecha la subida para hacerse con un sorbo. Antiguamente la fuente representaba el final del camino que hacían los peregrinos antes de entrar en el Santuario. Al lado del agua que mana hay una inscripción atribuida a Costa i Llobera que dice así: Grans mercès d’aquesta aigua, Oh Reina i Mare, amb que apagau la set tan dolçament, dins nostres cors feis-n’hi brollar des d’ara l’aigua de vida eterna sempre clara que hi brolli eternament. (Grandes mercedes de esta agua, Oh Reina y Madre, con que apagáis la sed tan dulcemente, dentro de nuestros corazones haced brotar desde ahora el agua de vida eterna siempre clara que mane eternamente). No es un sacramental estrictamente el agua de la Font Coberta, pero mucha gente se aproxima a ella como si lo fuera.


Dejamos de lado la concreta programación pastoral del Santuario de Lluc, dirigida a los habitantes de Mallorca que profesan y practican su fe. Tampoco es el momento de aludir a la programación de las fiestas y ocasiones especiales. En otra ocasión habrá que concretar estos puntos. Las celebraciones tienen lugar en la lengua catalana. Pero está claro que también para cualquier visitante la puerta permanece siempre abierta.

jueves, 20 de julio de 2017

El fenómeno del turismo religioso


Santuario de Lourdes (Francia)
¿Quién acude al santuario? No deja de ser interesante y provechoso saber su perfil. Aunque finalmente no queda sino resignarse a una respuesta imprecisa. Mientras hace medio siglo aún quedaba claro que en el país había católicos y no católicos, ahora el asunto se ha complicado. Años atrás al santuario acudían los que tenían fe con el fin de agradecer beneficios recibidos, pedir favores o cumplir promesas. A los ateos o adeptos a otras religiones —numéricamente poco numerosos— no se les ocurría ir.

En nuestro tiempo los santuarios son puntos de destino donde acuden católicos practicantes, no practicantes y esporádicamente practicantes. También van escépticos, ateos y gente que no sabe exactamente a qué categoría pertenece. En el santuario encontramos turistas que quieren conocer mundo, amantes del arte, gente que anhela paz y tranquilidad. Por supuesto que lo siguen visitando los peregrinos de siempre.

Visitantes de todos los perfiles

Hay factores que explican la gran diversidad de personas que llegan al santuario. En primer lugar, la gente hoy en día se mueve mucho más que años atrás. Dado que ha aumentado la demanda, se ha adecuado la oferta, y muchos santuarios adoptan las condiciones apropiadas para atraer visitantes. Por poner un ejemplo, Montserrat es un punto claro de destino de turistas. Las agencias turísticas explotan el encanto de la montaña y su entorno. A menor escala lo mismo cabe decir de Lluc en Mallorca o del Toro en Menorca.

El camino de Santiago lo hace mucha gente que no asume las actitudes tradicionales del peregrino. La llamada del camino, las numerosas posibilidades de alojamiento, el aliciente de contemplar arte románico, y el ejercicio corporal que supone, son motivaciones escasamente religiosas. Pero deciden a la gente a ponerse en camino. Está claro que el peregrino no busca lo mismo que el turista, si bien ambos recorren los mismos caminos, contemplan el mismo paisaje y se reúnen en el mismo hostal.

Otro factor que empuja al santuario y que dificulta la clasificación del visitante es la diferente situación corporal y anímica que vive cada uno. Se cuentan jóvenes y viejos, niños y adolescentes, escolares, matrimonios con hijos, enfermos y acompañantes, sacerdotes y religiosas. Hay quien busca consolación, mientras otros quieren mantener una tradición familiar. Algunos dan salida a los sentimientos de devoción popular y otros van a la búsqueda de un ambiente que les ayude a profundizar su experiencia espiritual. A su vez la estética, el arte o el paisaje juegan un papel nada secundario. Ciertamente todavía hay grupos que se dirigen al lugar como un colectivo que quiere vivir la fe.


Santuario de Guadalupe (Mexico) 

El lugar donde se levanta el santuario determina también en parte el perfil de los visitantes. Un santuario en medio de una gran ciudad —los Desamparados en Valencia, el Pilar en Zaragoza— condiciona diversamente que un santuario levantado en la cima de una montaña, alejado de la población. El lugar, por otra parte, se corresponde con el carácter de la población. Y así es de esperar que el ambiente del Rocío de Huelva tenga muy poco que ver con Arantzau en en el país vasco. Por supuesto que tene distinta incidencia el Santuario si interesa en el ámbito de un pueblo, de una comarca, una región o todo un Estado.

Un factor que también cuenta a la hora del desplazamiento de los visitantes, sean peregrinos o turistas, es la atención o servicio que el santuario está capacitado para dar. Los hay habitados por una comunidad religiosa o monástica. Otros están bien dotados con un equipo de responsables. En cambio, la mayoría están circunscritos en lugares aislados y tienen un donado por toda estructura de servicio. O quizás las puertas permanecen cerradas.

Ante tantos condicionamientos y circunstancias, frente a tantas diferentes expectativas, se hace urgente y necesario reflexionar la oferta que se debe elegir y los servicios a ofrecer.

Peregrinación y turismo religioso

El turismo religioso aumenta en los países más desarrollados. Los estudios realizados al respecto concluyen que un 20% del turismo mundial está motivado por el de carácter religioso. Se aventura que los centros religiosos visitados reciben cada año 235 millones de personas, cristianas la mayor parte. Son bien conocidos los santuarios que más gente atraen. Los interesados ​​en el tema apuntan que la mayoría de lugares de peregrinación en el cristianismo —un 80%—tienen que ver con el culto a la Virgen.

¿Cuáles son los rasgos que configuran el turismo religioso? Tanto un turismo como el otro presupone que el viajante dispone del tiempo y los recursos necesarios. Ambos géneros de actividad rompen con la rutina ordinaria, pero las diferencias son claras. Sobre todo, las motivaciones resultan muy diferentes. La peregrinación —a pie o en vehículo— quiere ser un camino hacia la búsqueda de Dios y hacia la experiencia religiosa. Tiene que ver con el perdón, la acción de gracias, el cumplimiento de una promesa, el inicio de un nuevo estilo de vida... El peregrino se interesa por los lugares sagrados debido a que lo mueve un sentimiento religioso. Su interés no se centra tanto en la cultura o la estética cuanto en la participación del culto. 

En el lenguaje coloquial la expresión reciente de turismo religioso se asocia a una cierta frivolidad. En cambio, la imagen del peregrino se legitima por sí misma, sin necesidad de explicaciones ni justificaciones ulteriores.

Santuario de la Aparecida (Brasil)

lunes, 10 de julio de 2017

Publicar con buena intención

Desde antes de los 25 años, he colaborado escribiendo artículos en revistas y periódicos. Donde quiera que he residido —España, República Dominicana y Puerto Rico— no he tenido dificultad para que se aceptaran mis colaboraciones. En los países citados he encontrado páginas acogedoras en diversos periódicos y revistas. 

Estoy por cumplir 71 años y pienso que una mirada hacia atrás sobre el particular no está fuera de lugar. Tras guardar en 11 gruesos volúmenes los recortes de lo que he ido publicando (sin contar los libros y folletos) pienso que procede una breve reflexión más allá del terreno personal. También he ido escribiendo este blog desde el año 2009. Su destino es el ciberespacio, pero, impresos en papel, los artículos ocupan más de 400 páginas.  

Los escritos publicados en la prensa son mensajes que no esperan respuesta. A menos que a uno no se le mencione con nombre y apellido, se suele hacer el despistado. Siempre mira —miramos— alrededor pensando en lo bien que le caería la exhortación al vecino de enfrente. De todos modos, todo párrafo lleva ya en su vientre diminutas semillas de respuesta. Así que no hay que preocuparse. Aunque las palabras caminen siempre en una sola dirección, cumplen su labor.

El riesgo de la indiscreción

Los escritos a que me refiero quizás tengan algo de indiscretos. Puede que carezcan de tacto y diplomacia. Pero es que los filtros y la diplomacia suelen difuminar el núcleo de la cuestión y, al final, no se logra identificarlo ni con lupa. Ciertas misivas de ciertos diplomáticos no hay quien las descifre. Un párrafo parece decir que sí, mientras el otro se diría que dice que no. Los términos resultan genéricos y vaporosos. Las adversativas abundan, las condicionales se repiten, los tiempos potenciales se prodigan. Al final, uno no sabe con qué carta quedarse.

¿Qué puedo añadir yo a todo lo que han dicho sesudos y afamados oradores en los diversos medios de comunicación? Reconozcamos que casi todo está dicho. Aunque no está de más recordar que, en ocasiones, las publicaciones parecen sepultarse en las bibliotecas. Al menos, por unos días, bien está que asomen breves escritos en el foro por donde circula la gente y dejen percibir la brisa de la actualidad. Por otra parte, los medios de comunicación suelen colocar en segundo término la orientación cristiana que modestamente pretenden llevar entre sus pliegues los escritos de quien estas líneas firma. 

El interés o el bostezo

Cuando uno escribe puede provocar el interés o el bostezo. Aparte estas dos posibilidades, sus palabras pueden hacer bien o mal. El autor escribe en cuanto cristiano, si bien no hay por qué declararlo explícitamente a cada paso. Tampoco es necesario colgarle etiquetas a cuanto se dice. En consecuencia, desea con todo el corazón hacer más bien que mal. Para ello requiere de una notable dosis de reflexión y fortaleza. Tendrá que asimilar reacciones menos benévolas. Echar ideas al aire constituye un riesgo. Algunas levantan ronchas. Existen palabras que tienen la función de un bisturí. También son necesarias, de acuerdo al estado del paciente.

Por lo demás, no es infrecuente que el escritor quiera decir una cosa, las palabras le sean infieles y diga otra, para finalmente el lector entender una tercera. También en tales casos hay que saber digerir las críticas, el comentario mordaz o despectivo.

Es lógico que quien se expresa en público afronte las consecuencias. Y todo hay que decirlo: en ocasiones llegan las felicitaciones. Bienvenidas. No hay que escribir de cara a la galería ni a los aplausos porque sería un modo de corromper las palabras. Pero tampoco hay porqué ruborizarse cuando alguien sintoniza con el mensaje y la forma del autor.

Hay que aspirar a ser libres en el actuar, el hablar, el escribir y el vivir. Nada más descorazonador que hablar con la oreja tiesa, atenta a los cuchicheos del personal, a fin de frenar o impulsar la arenga sobre la marcha. Escribir es un servicio, una diaconía. Como predicar, dar clases, despachar en una tienda, cocinar para la familia, limpiar el piso. Que cada uno trate de realizar su servicio con dignidad, sin trampas, pensando en el bien común más que en el propio. Si no es mi realidad, querido lector, al menos es mi deseo.

Escritos con amor y humor

Confío que en las palabras arrojadas al viento se perciba una pequeña dosis de humor para sazonar los conceptos demasiado insípidos. Un humor que invite más a la sonrisa que a la risa estentórea. Cada uno tiene sus cánones de estética. Espero igualmente que al lector no le pase desapercibida una buena ración de aquellas virtudes que se conocen como solidaridad, afecto, ternura… 

Respecto del humor quiero decir que resulta del todo imprescindible para que no nos tomemos demasiado en serio. La seriedad del propio prestigio y la propia persona constituyen un caldo de cultivo donde se incuban toda clase de gérmenes nocivos. Cuando hay que defender el prestigio con mucho celo el organismo empieza a segregar bilis en exceso y se desarrollan en los tobillos algo así como unas espuelas. 

Hay que tomar en serio, eso sí, la tarea a realizar. Pero, luego, surte un efecto muy refrescante reírse de uno mismo y de sus meteduras de pata. Hasta del vecino puede uno reírse —con la venia de los moralistas— mientras se haga con la justa dosis de cariño. 
Viejos colegas visitando "Catalunya en miniatura".
La Sagrada Familia en segundo plano.
Pedro Santos, Gaspar Alemany y Manuel Soler
He tenido mis conflictos con el modo de entender el amor a la Iglesia. En mi opinión, largamente reflexionada, no equivale a echar un tupido velo sobre sus deficiencias (que son las nuestras). Más bien a eso habría que llamarlo pecado de complicidad. La historia nos ofrece una larga lista de hombres y mujeres que amaban apasionadamente a la Iglesia y, justamente por ello, adoptaron posturas críticas frente a ella. 

Cincuenta años de emborronar cuartillas bien merece la reflexión desgranada en estos párrafos. Salud al amigo lector.