El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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martes, 22 de diciembre de 2015

¡Plácida Navidad! / Bon Nadal!

Molts anys!
Que passeu un Nadal plàcid i profitós.
Que no hi falti la virtut de la germanor,
ni tampoc un tros de torró.
Que la Mare de Déu ens aixoplugui amb el seu mantell,
i ens alliberi de tot fardell.


¡Felicidades!
Mi deseo, que paséis una Navidad plácida y provechosa.
Que no se eche de menos el ambiente de fraternidad,
ni una dosis de espiritualidad.
Que la Virgen nos cobije bajo su manto
y nos libre de todo quebranto




Potser que el video de felicitació
tingui una mirada folklòrica i intimista:
la neu, el tió, els torrons, els reis...
De segur que altres felicitacions ompliran aquest buit

i tindran més present el vertader protagonista.
Per una vegada, i sense que serveixi de precedent,
ens quedarem amb records d'infància
tenyits de tradicions populars nostranes.
Després de tot el Nadal també és això.


Puede que el video de felicitación
se exceda en el acento floklórico e intimista:
la nieve, los turrones, los reyes....
Seguro que otras felicitaciones llenarán el vacío
y tendrán más presente al verdadero protagonista.
Por una vez, y sin que sirva de precedente,
nos quedaremos con los recuerdos de infancia,
coloreados de tradiciones populares y familiares.
Después de todo Navidad también es esto.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Navidad tridimensional


La tentación para quien escribe a las puertas de la Navidad se viste de tópico moralista: hay que rehuir la navidad consumista, folklórica y sentimental. Una tentación razonable, después de todo, dado que en estos calificativos se aloja el peligro. Cedamos en parte a la tentación, pero no tanto por lo que de baladí y consumista conlleva la fecha sino más bien por el peligro de celebrarla sin el Niño. El acento lo pongo en lo que le falta y no en lo que le sobra.

Disimulemos los excesos. Después de todo una navidad algo desenfocada la avalan tímidamente el peso de la tradición y el hecho de que no estamos diseñados a escuadra y compás. Lo cierto es que, a fuerza de limar aristas y vaciar los símbolos de sus contenidos originales podemos llegar —y llegamos de hecho— a esta extraña paradoja: celebrar la navidad sin niño, es decir, sin protagonista. En otras palabras, levantamos todo un escenario de luces y colores para iluminar… la nada.

¿Cómo sucede tal fenómeno? Se saca el niño del pesebre y se llena de turrones. Se limpian las telarañas del establo y se adorna con un árbol rebosante de metales brillantes y de surtidos colores. En lugar de recordar a José y María se colocan un montón de revistas frívolas en una butaca. También se echa fuera del lugar al buey y la mula de la tradición si impide el despliegue del mueble bar.

Perdone el lector esta inocente dosis de cinismo, si es que el cinismo puede ser inocente. El hecho es que estamos por celebrar la navidad y conviene saber qué tipo de navidad. Porque las hay de diferentes tamaños, colores y medidas: desde la orgiástica a  la familiar. Como también existe la navidad que mira hacia el pasado, empuja el presente y sueña con el futuro. Detengámonos en ello.

Pasado, presente y futuro

En primer lugar Navidad nos lleva a volver la vista atrás. En nuestra historia, en un lugar localizable en el mapa, aconteció algo digno de mención. Deslumbrante por una parte: apenas los ojos de la fe son capaces de resistir la luz que se desprende del misterio. Sin embargo también se trató de un hecho común, pues innumerables son los niños nacidos bajo las duras condiciones de la pobreza y la cálida acogida del afecto.

Aquel niño inició un camino de honradez, de fraternidad y sinceridad. Desde entonces los senderos de nuestro mundo ya no son tan oscuros. Ahora bien, el camino está hecho para conducir a alguna parte, de otro modo desemboca en la frustración y el absurdo. De ahí que este camino iniciado hace dos mil años debe continuar. Por ello navidad es también un presente.

En este punto parecen entrar en liza dos diversas visiones o conflictos. Unos dicen que Jesús vino para implantar un Reino y a sus seguidores toca extender este Reino de paz y de justicia. Hay que poner, pues, el acento en la tarea inaugurada. Lo cual puede inducir a olvidar al Rey, absorto como está el personal en el Reino, en el campo de trabajo. Quienes así piensan no saben muy cómo manejarse en la navidad, el nacimiento del Rey.

Los otros sacan dispar conclusión. Dios se ha hecho niño. Es preciso correr a adorarlo, a obsequiarle generosamente. Construyen pesebres de yeso y azúcar, cantan canciones y adornan el lugar con lucecitas de colores. ¿Y el Reino que vino a poner en marcha? Lamentablemente pasa más bien desapercibido, se lo margina. Todo se resuelve en efluvios sentimentales y recuerdos de sabor mítico.

A la postre navidad es un camino que desemboca en los brazos de Dios Padre. Entre tanto exige un esfuerzo esperanzado, un soñar despiertos con ansia de futuro mejor.  Así se comportaban los viejos profetas proclamando el anhelo de enormes utopías: construir arados de las espadas y que los lobos pastorearan pacíficamente junto a los corderos.  

Cosas parecidas han soñado también otros profetas más cerca de nosotros. Martin Luther King, por ejemplo, tuvo el sueño de que un día la gente dejara de fijarse en el color de la piel y que en las poltronas de los ministerios se sentaran personas con ganas de trabajar por el bien común.

Navidad es un hecho tridimensional. El acontecimiento que fue en el pasado, el que debe influir en nuestro hoy de cada día y el que será en el futuro. Son las tres patas que necesita este taburete navideño para no cojear de superficialidad.

La verdad dolorosa es, sin embargo, que la fecha con demasiada frecuencia se construye  con materiales frívolos y acaba sonando a huero. Pasados los días del bullicio no quedan sino ilusiones maltrechas y sueños frustrados. Los materiales con que se levantó la fiesta resultaron en exceso endebles y anodinos. El resultado final era de prever.

Al avizorar la navidad del 2015 no parece que las espadas vayan a convertirse en arados ni que los lobos renuncien a comerse a los corderos. Más bien resuenan ecos de espadas y cañones. Se fabrican bombas para ceñirlas a la cintura y se amenaza a los adversarios de cultura distinta con palabras duras. Por fortuna también la navidad puede vivirse en el corazón del individuo y en el hogar familiar. Ojalá sean éstas más pacíficas e ilusionantes que la navidad de nuestro mundo globalizado.



                                                                          

viernes, 4 de diciembre de 2015

El evangelio no proporciona recetas


Por carácter, por convicción o neurosis, un buen número de individuos demandan de la sociedad —la empresa, la escuela, la Iglesia...— un programa detallado de lo que deben hacer, de sus derechos y obligaciones. Quieren sentirse seguros, tienen la compulsiva necesidad de sentirse seguros, no se fían de los principios genéricos de los cuales es preciso extraer conclusiones y aplicaciones detalladas.

El peso de la libertad

Más aún, los amantes de los programas bien previstos, minuciosamente elaborados, los admiradores del orden como valor primario, quienes prefieren las esclerotizadas convenciones sociales a la espontaneidad de las relaciones humanas, no raramente mantienen una queja, más o menos tácita, hacia el evangelio.

Ellos quisieran que la Buena Nueva les ofreciera recetas bien precisas para cada problema que les incomoda. Quisieran poder escuchar el evangelio como un CD y tomar nota, con puntos y comas, de lo que deben hacer. Les agradaría que, al leerlo, les quedara claro por quién deben votar, hasta dónde llega el erotismo y empieza la pornografía, qué cantidad de dinero pueden ahorrar y qué suma compartir. Son amigos de las cosas claras, definidas e inmutables.

No pueden soportar que el ser humano esté en continua evolución, que progrese en ideas y afine la sensibilidad. Les desconciertan las situaciones de diferentes tonalidades, la libertad de conciencia y de pensamiento. Se adivina en el fondo del corazón de los tales un indisimulado temor ante la vida, frente a las situaciones imprevisibles. Se intuye una total falta de espontaneidad. Necesitan las órdenes de otros, requieren de normas y cosas a las que aferrarse.

¿Quién no ha dado con instituciones y/o movimientos eclesiales de talante muy conservador que hoy día tienen un éxito insospechado y desconcertante? Años atrás, estaba en boga la corriente Lefevriana, luego hay que citar a los Legionarios, los Heraldos de Cristo Rey, los del “Lumen Dei” y otras muchos, quizás menos radicales en sus expresiones, pero que defienden idénticos dominios.

Estos grupos, Institutos o personas necesitan caminar cogidos de la mano. No les interesa la reflexión, el talante crítico, la personalidad, la libertad... Estos conceptos se les antojan secundarios, o más bien peligrosos. Los desechan. Quieren saber cómo, cuándo, adónde. Que les digan lo que hay que hacer y cumplirán el encargo. Pero si quienes mandan no bajan a detalles y permanecen en la nebulosa, entonces es de temer que se adueñe de ellos la confusión, el caos, la angustia, el temor y la inseguridad. En este humus crece el fundamentalismo más rampante.

Tales individuos incluso se hallan en la disposición de avenirse a un trato que se les antoja favorable. Abdicar de todos los valores relativos a la libertad y la conciencia mientras les aseguren que nada tienen que temer si siguen las pisadas de sus valedores. Se liberan entonces del peso enorme que supone para ellos la responsabilidad de decidir personalmente.

Sin embargo la persona adulta no puede aceptar un evangelio hecho de recetas y píldoras. Resultaría un tanto ofensivo dictarle a la persona —desde el exterior— lo que tiene que hacer, pensar y decidir. La sed del ser humano no se apaga con aguas tan superficiales. El individuo que ha llegado a un cierto grado de madurez ha de buscar y reflexionar en cada momento, nada ni nadie puede excusarle de consultar con su conciencia, de afrontar la duda y cargar sobre sus hombros el el peso de tomar una decisión arriesgada. 

La verdad os hará libres

Los creyentes no somos ejecutivos de un código de moral. Ni simples cumplidores de una ética que lo tiene todo previsto. Ni funcionarios de una tentacular multinacional que sería la Iglesia. Somos gente que no rechaza la propia responsabilidad y que está obligada a escribir la propia historia en los momentos de lucidez como también en los de menor claridad.

Los evangelios no dan siempre soluciones hechas y acabadas, indiscutibles y definitivas. Hay que aceptarlo. Pero sí ofrecen siempre un rayo de luz que ilumina el camino ofreciendo líneas de acción comprometidas. Las soluciones que brinda oscilan en el amplio margen de la calidez humana, la generosidad, la justicia y el respeto al prójimo.

Ello es suficiente, al menos para quien mantenga el corazón limpio, no pretenda hacer trampas y manifieste una mínima capacidad para meditar la Palabra de Dios en todas y cada una de las imprevisibles situaciones en las que se hallará.

martes, 24 de noviembre de 2015

Creer a la intemperie

Creer a la intemperie equivale a constatar que en el entorno donde uno trabaja se pueden contar con los dedos de la mano a quienes se declaran cristianos. Que las cosas de la fe les suenan a muchos, no a música celestial, sino a música dodecafónica. Verificar que los preadolescentes no saben persignarse. Que los alumnos de ESO reservan el mismo espacio mental para Cristo que para Buda o Zeus. Comprobar que los bancos de la Iglesia se llenan —es un decir porque en realidad están medio vacíos— de señoras dolientes. Que los hijos de los padres comprometidos avizoran otros horizontes.

Tales datos y otros parecidos contribuyen a que el creyente experimente una difusa angustia. Porque creer a la intemperie es tan difícil como nadar contra corriente. Sin embargo, y a pesar de todo, el creyente (a no confundir con el crédulo) ha hecho una experiencia demasiado gozosa, está demasiado íntimamente convencido de su opción como para mandarlo todo a la porra.

Por lo demás el cristiano sabe que el Espíritu sigue animando aquel proyecto que un día Jesús llamó “el Reino”. Seguramente de modo más anónimo y silencioso, pero sin dejar de actuar. Sabe también que el encuentro fraternal en torno del pan y del vino eucarístico irradia la suficiente fuerza y luz como para seguir confortando e iluminando el camino.

Ya no es el ambiente –y cada vez lo será menos— el que sostiene el corazón, la fe del creyente. Más bien a la fe se le encarga aguantar la estructura. Al cristiano sincero no le bastará mantener su personal rescoldo bajo las cenizas. Tendrá que encender el fuego del vecino, es decir, es llamado a anunciar el evangelio. Un anuncio modesto, pero que será necesario proclamar.

La hora de los simpatizantes llega a su fin y deben entregar la antorcha a los militantes. De poco sirven los disimulos o los rodeos. Cuando la fe vale la pena para uno mismo, sin duda se contagia alrededor. Y si no tiene utilidad alguna, entonces mejor clarificar las cosas dejando de lado equívocos y confusiones.

No seamos simplistas. El panorama que insinúo, tan poco halagüeño, no se debe a la perversidad de nuestra sociedad, ni a potencias extranjeras enemigas de la Iglesia, ni a marxistas infiltrados. No culpemos a quien no tiene culpa o la tiene en escasa medida. Las causas que nos han conducido donde nos encontramos son muy complejas y no todas, por cierto, son negativas. Algunas han ayudado a purificar a la fe de intereses creados y ambiciones personales. No todo lo que lleva en su dorso la etiqueta de Dios es necesariamente divino.

La culpa que nos concierne

La marginación del cristianismo en amplios sectores de la sociedad ha sido responsabilidad, en buena parte, de los mismos cristianos. Ellos velan, más que revelan, el auténtico rostro de Dios, dijo el Vaticano II. El comportamiento de la Iglesia, afirmó el mismo Concilio, necesita de una reforma constante.

Efectivamente, se mantienen añoranzas residuales de los tiempos en que la Iglesia dominaba la situación en la sociedad. Todavía resuena los aplausos a determinadas personas más próximas al fascismo que a la fe. La Iglesia —que somos todos los creyentes— no raramente distorsiona el mensaje evangélico. Como acontece con ciertos instrumentos musicales, se les sacan sonidos que no son los originales.

Unos aspectos de la vida de Jesús han ganado todo el protagonismo: la plegaria, la mansedumbre en el trato, la obediencia, el mensaje escatológico. Pero curiosa o interesadamente otros rasgos cristianos no menos importantes han quedado cubiertos por el silencio y el desinterés. Jesús fue itinerante, tuvo conflictos con su familia, denunció el legalismo, privilegió a los pobres, se mostró intransigente con los hipócritas y redimensionó la autoridad. ¡Que poco se habla de estos temas!

Buena nueva, triste nueva

Todavía más. Se da el caso de que la Buena Nueva con frecuencia se vive como una triste nueva, como una losa que oprime el gozo y reprime la libertad. De modo que, no obstante la apoteosis de la Resurrección, hay quien sólo alcanza a ver los restos leñosos y ásperos de la cruz.

No se trata de entregarse al marketing y vender buena imagen, como tampoco limar aristas a fin de que las moscas acudan a la miel. Se trata simplemente de vivir la Buena Nueva como lo que es: un mensaje de salvación, de ilusión, alegría y esperanza. Se trata de acercar la misa, por poner un ejemplo, a lo que fue originalmente, es decir, a una cena entre amigos. Y no hundirla en el precipicio del legalismo y la rutina.

Habrá que repintar y reformar la Iglesia, hacer una limpieza a fondo. Quien se acerque entonces a sus puertas, quizás por mera curiosidad, no encontrará los muebles viejos y polvorientos. No se topará con señores de caras agrias, vestidos de luto, clamando que el mundo está podrido. No tendrá que contemplar rostros crispados y amenazadores. Quién sabe si, en tales circunstancias, alguien atravesará la puerta y, más allá de los perfiles humanos, se encontrará con Jesús el Cristo.

sábado, 14 de noviembre de 2015

La hostilidad hacia el pobre


El vocablo "xenofobia" ha logrado una notable presencia en la prensa y hasta en el lenguaje de cada día. Hecho un poco extraño, dada esta “X” inicial que le dota de un indisimulable aspecto extranjero. Y justamente con el extranjero tiene que ver la palabra. Indica la hostilidad hacia el extranjero, como el racismo tiene que ver con la discriminación hacia el individuo de otra raza.

Llama la atención que no exista una palabra precisa para significar la hostilidad hacia el pobre. Una realidad, no obstante, de sobrada presencia en la convivencia cotidiana. El que carece de recursos, el que no puede ofrecer nada interesante a cambio, el que quizás va mal vestido y hasta mendiga por la calle, éste molesta, suscita la hostilidad, la fobia.

Didáctico e histriónico
Recuerdo a este propósito a un amigo diácono, empeñado en resultar didáctico y dotado de indudables habilidades histriónicas. Un día recibió la invitación para dar un retiro en una parroquia de clase alta. Sí, en un barrio de señores con abultadas cuentas corrientes, de señoras asiduas de la peluquería y con muchacha de servicio en la casa. El hombre apareció con vestimentas raídas, barba descuidada y aspecto general deplorable. En cuanto quiso entrar en el salón donde se hallaba reunido el público, se le impidió el paso. Allá no tenía nada que buscar.

El mencionado diácono hizo valer los derechos humanos y la caridad cristiana, pero sólo lograba arrancar vagas excusas de los que protegían la entrada. Finalmente se identificó con los documentos pertinentes y consiguió franquear la puerta. Su charla abundó sobre lo que había ilustrado con creces: la hostilidad hacia el pobre. Una actitud tanto más reprochable a un grupo cristiano cuanto que ya la temprana carta de Santiago la condena sin paliativos.

Se me ocurre que cuando se juntan la xenofobia y la hostilidad hacia el pobre la mezcla resulta explosiva. Porque un extranjero rico puede soportarse la mar de bien. Incluso una persona de color o de ojos rasgados, elegantemente vestida, no causa malestar. Pero que el extranjero o el individuo de otra etnia, además, sea pobre, se considera una clara extralimitación, si es que no una provocación. 

Nada que decir contra los americanos espigados y rubios que visitan con asiduidad las playas del Caribe. No suscitan problemas los árabes rebosantes de petrodólares, que pasean por la costa del sol en España. Cierto que los alemanes se dedican a comprar pueblos perdidos en el mediterráneo e inundan el lugar donde se alojan de revistas y comidas germanas, pero, al fin y al cabo, favorecen la economía del país. 

Sin embargo, sí son objeto de amplio e indisimulado rechazo los gitanos apegados a su forma de vida tradicional, tan alejada del afán de producir y consumir. Los inmigrantes del norte de África que llegan a Europa por el estrecho de Gibraltar, los dominicanos que surcan el mar en frágiles yolas hacia Puerto Rico, los mejicanos que pretenden eludir las fronteras del país vecino. El problema mayor no es de raza ni de extranjería, sino de pobreza. Más que racistas y xenófobos hay multitud de personas hostiles al pobre.

Los ricos son más noticiables
Las mismas víctimas generan mayor noticia si proceden de países ricos que si vienen de países pobres. Muchos seres humanos mueren en naufragios previsibles y los medios de comunicación no lo reportan, o simplemente aparece la noticia en un rincón de  periódico o en unos segundos periféricos del noticiario televisivo. Pero cuando las víctimas resultan ser un grupo de turistas bien alimentados y con fuerte poder adquisitivo, entonces los medios noticiosos persiguen la noticia y se aprestan a transmitir los mayores detalles posibles.

Estremece comprobar el desdén con el que los ciudadanos de los países ricos contemplan a la masa de desesperados y de hambrientos. Una masa que suele ser de color oscuro, amarillo o cobrizo. Ellos mueren masivamente, pero sus muertes apenas arañan la conciencia de los poderosos.

Son humanos de segunda, y se da por descontado —tácitamente, eso sí— que sus oscuras vidas no valen ni la mitad que las de los ciudadanos de países avanzados, exuberantes, cubiertos de riqueza y con envidiables avances técnicos.

La historia del amigo diácono no es tan original después de todo. Yo no sé si era consciente de que simplemente puso en escena el inicio del capítulo segundo de la carta de Santiago. La cosa viene de lejos y no parece que vaya a remitir.

Recomienda el apóstol no hacer diferencias entre quien llega peinado y perfumado a la reunión y quien viste sucios harapos. Califica de pésimos los criterios que llevan a obrar de otro modo. Luego asegura que Dios ha escogido a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe. Y acaba con una afirmación que deja en claro lo grotesco de un tal comportamiento. Justamente a quienes se suele tratar con delicadeza y respeto son los que aplastan a la gente y los meten en la cárcel. Claro como el agua este apóstol.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

El suicidio de Europa



La comparación la he leído últimamente a propósito de los miles de refugiados que llegan a Europa. Uno de los términos alude al año 376 cuando una enorme masa humana acudió cabe la frontera del Danubio. Sus miembros trataban de pasar la frontera porque ya no aguantaban la presión de Atila y sus hordas. Por otra parte Roma había perdido muchas cotas de su fuerza y prestigio. El intento desembocó en el éxito.

Había habido ya anteriormente a esta fecha muchas oleadas de hombres, mujeres y niños con idénticas intenciones, pero acabaron siendo exterminados, esclavizados o en todo caso sometidos. Sin embargo la necesidad no ceja en sus intentos de superación y al final hubo final feliz para quienes deseaban adentrarse en otras tierras. 

Los godos —que de esta etnia procedían los invasores— no se conformaron con ganar la frontera. Una vez conseguido el objetivo lucharon por comer más y vivir con mayor holgura. Comprobaron que los romanos se peleaban entre sí, se enlodaban en los vicios y no eran tan fuertes como creían. Era llegado el momento de pasar al ataque. Los godos se enfrentaron al ejército romano y mataron al emperador. Apenas un centenar de años después acabaron con el último y supremo mandatario, Rómulo Augústulo, y dieron por finiquitado el poderoso imperio. 

La historia enseña con creces que unos pueblos invaden a otros y que los invasores violan a las mujeres del pueblo sometido, esclavizan a los jóvenes y matan a los ancianos. Tal vez cambian un poco los modales, pero perduran los objetivos. 

¿Y cuál es el otro término de la comparación mencionada? El otro término es la Europa de hoy en día. También a sus puertas se hallan miles de seres humanos hambrientos, sufriendo el frío, la lluvia y el menosprecio cuando no la repulsa. Son muchos y rebosan ganas de vivir. El elemental instinto de supervivencia los conduce al otro lado de la frontera. Se instalarán entre los europeos de vieja raigambre, donde no caen bombas y el futuro hace guiños esperanzados.

Se instalarán entre ellos porque la civilización ha debilitado a los viejos habitantes de Europa. Ya no están por degollar a los invasores. Los ejércitos no sacan a relucir sus ametralladoras ni sus tanques para frenar a estos seres humanos necesitados. En todo caso les cierran temporalmente las fronteras, los abandonan por unos días a la intemperie, pero al final les alargan la mano. Los ejércitos acaban convirtiéndose en agencias benefactoras.


En resumen, hoy día los invasores no son tan fuertes ni crueles como para matar a los invadidos ni éstos tan despiadados como para degollar a los que se amontonan en la frontera. La gente se ha refinado un poco, aunque en ocasiones se levanten interrogantes al respecto. Sin embargo, existen grandes probabilidades de que los invasores acaben haciendo tambalear los baluartes del poder establecido. Es muy posible que la cultura de los europeos se coloree en un primer momento de la cultura de los recién llegados y acabe siendo residual con el transcurso del tiempo. 

La Europa que hace gala de libertad religiosa y bienestar económico, a no mucho tardar, quizás cambie de actitud. Porque la sangre nueva, vigorosa, joven e ilusionada, enriquece a una población avejentada y con menos horizontes vitales. Y cuando los individuos llegan en avalancha entonces transforman, sino destruyen, la cultura, la religión y el modo de vida de los habitantes primeros. 

Tales terremotos en el epicentro de la sociedad europea multiplicarán y atizarán a los grupos xenófobos. Por otra parte los recién llegados clamarán por más comida y más bienestar. Se avizoran los conflictos. Los que vienen no se mantendrán indefinidamente en actitud pedigüeña. A medida que se sientan más fuertes y numerosos pasarán al ataque de diversas formas.

¿Qué quiero decir con todo ello? Ni por asomo apelo a la xenofobia. Me apena escribirlo, pero es lo que imagino sucederá porque no parece haber otra salida. Los recién llegados son muchos y fuertes. Los nuevos bárbaros cruzarán todas las fronteras que se les pongan por delante. Transformarán hasta hacerla irreconocible la cultura del lugar, arrinconarán su religión y tomarán el poder con medios democráticos o violentos. 

Para mirar de frente la historia del próximo futuro —aunque los adultos de hoy quizás ya no lo veamos— hay que revestirse de lucidez. Es sencillamente inevitable que acontezca la invasión. Unos acogerán a los nuevos llegados con los brazos abiertos mientras otros se resistirán y organizarán el contrataque. De todos modos los desplazados acabarán introduciéndose en casa de los viejos inquilinos europeos. 

Nuestra civilización se ha humanizado y no resiste el espectáculo de contemplar cadáveres de niños flotando en las olas de la playa. Su sensibilidad chirría cuando ve a unas masas humanas ateridas de frío, hambrientas, empapadas por la lluvia. La fe de los creyentes añade todavía más motivos a los que ya esgrime el mero sentido humanitario. Sí, hay que dejarlos entrar, aunque ello sea una especie de suicidio de la propia cultura y modo de vida.

El obispo Pere Casaldáliga escribía y predicaba que el primer mundo debe suicidarse si quiere ayudar a las masas de pobres y harapientos de los otros mundos. Las cotas de bienestar de unos se alimentan a expensas de la escasez de otros. El Estado del bienestar debe menguar. Ahora quizás se dará un paso más. No sólo se trata de suicidio económico, sino también cultural y social. Europa se verá forzada a renunciar —queriendo o sin querer— a su cultura. Es triste decirlo y doloroso preverlo, pero preciso es afirmarlo sin resentimiento. La sensibilidad humana y cristiana nos invita a ello. 


La historia con frecuencia se despliega de modo arbitrario, pero inevitable. No pocos se rebelarán ante tal perspectiva, pero ¿existe un modo racional, o razonable al menos, de otear el futuro? Insisto en los vocablos racional o razonable porque ni el sentimiento ni los aspavientos resultarán de gran ayuda.

sábado, 24 de octubre de 2015

Encuentro de Santuarios en Guadalupe

Cada dos años todos los santuarios de España son convocados para un encuentro de intercambio de experiencias y profundización académica entorno de lo que sucede en los santuarios. Por supuesto que en la cita sólo asiste una pequeña minoría, pero normalmente se trata de los santuarios de mayor proyección. Yo estuve representando el de Lluc (Mallorca).


Introducción y escenario
El encuentro lo organizó el Departamento de Santuarios, Peregrinaciones y Piedad popular, de la Conferencia Episcopal Española. Asistieron unas 70 personas. Nos visitaron unos cinco obispos a lo largo de los tres días. Se desarrolló desde el 30 de septiembre al primero de octubre. El lema era: muéstranos a Jesús.

Tuvimos como escenario el santuario y monasterio de Guadalupe, de inicios legendarios, como sucede con frecuencia con los santuarios y las imágenes que alojan. La talla va vestida, como era costumbre siglos atrás, pero también porque se encuentra en un estado deplorable, según explicaba el Prior franciscano del monasterio. El lugar tiene mucha historia debido a que lo frecuentaron los antiguos reyes de Castilla y el descubridor de las Américas.

No me propongo hacer una relación de lo que vimos y escuchamos, sino simplemente reproducir unas notas telegráficas de lo que me pareció más interesante. La primera ponencia la dictó el obispo auxiliar de Barcelona y presidente de la Comisión de Pastoral de la CEE, en la que se cobija la pastoral de los santuarios.

El título de la ponencia: el rostro de Jesús presente en los escritos del Francisco. Hacía alusión a un rostro alegre que nos contagia la alegría. Pero nuestro corazón puede sucumbir a la tristeza si se cierra y no deja entrar a los demás. Remitía al rostro de una Iglesia en salida. Tenemos que dejar atrás la propia comodidad, como Abraham y Moisés. Debemos caminar hacia las periferias existenciales. Finalmente abundaba sobre el rostro de la misericordia. La misericordia triunfa del juicio. El poder de Dios se muestra ejerciendo la misericordia (S. Tomás y la liturgia).

Experiencias: una pastoral desde el corazón
Lo que se espera del santuario es que sepa acoger. Ahí tiene su misión principal. A diferencia de la parroquia otorga más relieve al misterio, acentúa el papel de la naturaleza, la relación de fraternidad entre las personas, la comunión con los antepasados, la identificación con una misma cultura...

El ambiente del santuario es más anónimo y mucha gente hoy en día necesita liberarse de las miradas poco amistosas del prójimo. Todo el mundo tiene cabida: el extranjero, el inmigrante, el refugiado, el visitante casual...

A menudo el peregrino es hostil a la Iglesia y a la parroquia. El Santuario puede reconciliarle y por ello està obligado a abrir las puertas físicas, como también las figurades. El peregrino vive momentos de preocupación, sufrimiento, gozo o agradecimiento, lo cual le hace proclive a la confidencia. Conviene escucharlo. La espiritualidad de quienes están al frente del santuario se llama acogida.

Acogida en los aspectos materiales: instalaciones, materiales litúrgicos, audiovisuales... Además conviene planificar las actividades y pedir opiniones al respecto. Por eso es necesario que la responsabilidad sea compartida, que haya un grupo de pastoral eficiente.

Un proyecto social en Arantzazu
El Rector de este lugar explicaba que querían ir más allá de los actos convencionales en el clima de crisis en que se encontraba la Sociedad. Deseaban comulgar con los que más sufren, imitar a S. Francisco de Asís aportando un poco de alegría a los más pobres. No en vano pertenecen a la Orden franciscana.

Acordaron brindar una estancia de tres días en el monasterio, todo pagado. Se les ofrecían visitas guiadas a diferentes lugares: el parque, el centro de interpretación... les sugerían talleres de música o pintura, visitas al museo...

Los invitados gozaban siempre de plena libertad para escoger las actividades que más les complacieran. No se les exigía ningún gesto de carácter religioso. La invitación estaba abierta a cualquier religión. Los grupos escogidos elegían según peticiones y posibilidades: síndrome down, discapacitados físicos o psíquicos...

Las atenciones se tenían a través de los voluntarios. Mucha gente ha quedado agradecida y también admirada de tales iniciativas. Han servido para concientizar a voluntarios, a gente de dentro y de fuera.

De la financiación los proyectos se ocupa el Gobierno vasco al cual se le presentaban previamente. También ayudaban las campañas realizadas entre los feligreses durante la cuaresma.

¿Qué podemos hacer en el año del jubileo de la misericordia?
· Crear una atmósfera religiosa, cautivar el peregrino remitiendo a la atmosfera misteriosa del lugar (sobre todo si tiene un papel importante la naturaleza) y de las tradiciones.
· Cuidar con esmero las celebraciones y homilías.
· Tener muy presente el papel central de Cristo resucitado, sin despreciar los gestos de religiosidad popular.
· Promover la formación de laicos y cofrades, así como conversaciones a los novios, jóvenes y otros grupos. Aprovechar las webs que se tengan y remitirlos a ellas.
· Proporcionar material informativo sobre el santuario, así como oraciones significativas.
· Abrir puertas físicas, pero también las espirituales, es decir: disposición a escuchar, a abrirse a las "periferias existenciales", en la pastoral de divorciados.
· Un posible lema: la Virgen, consuelo de los penitentes y esperanza de los pobres.
· Programar algún proyecto de carácter social, por modesto que sea.


martes, 13 de octubre de 2015

En torno a la misericordia

Es sabido que el Papa ha publicado una bula titulada “el rostro de la misericordia”. En ella convoca al jubileo extraordinario de la misericordia que iniciará el 8 de diciembre del año en curso. Indudablemente el Papa Francisco alberga entre pecho y espalda un corazón sensible, ocupado y preocupado por el sufrimiento físico y moral del prójimo. Me propongo comentar algunos flecos de lo que implica esta hermosa virtud.  

Resulta imprescindible comprender en sus justos términos lo que el teólogo vasco afincado en San Salvador, Jon Sobrino, llama “principio de la misericordia”. Y es que el término puede sugerir conceptos insuficientes y hasta peligrosos. No se reduce al mero sentimiento de compasión, que podría caminar desvinculado de toda praxis. Como cuando el espectador tuerce el gesto ante el televisor cuya pantalla le muestra las torturas de un semejante. Siente su dolor y hace una mueca de desagrado. Pero ahí termina su compromiso.

Tampoco la misericordia debe ser asociada, sin más, a las llamadas “obras de misericordia.” Merecen las tales todos los elogios, sólo que acecha un peligro: el de que su gestor, atareado por la acción y la urgencia, no repare en identificar las causas que humillan, excluyen y maltratan a las personas. Y entonces bien pudiera suceder que la sociedad engendre continuas situaciones de injusticia, mientras unos pocos ponen el bálsamo del consuelo en las heridas de las víctimas.

Seguramente resulta prioritario tomar acciones contra las causas que fabrican víctimas.  Significa ello que el hecho de aliviar a los individuos traspasados por la lanza de la injusticia no exime de preocuparse por la buena salud de las estructuras, de la matriz que conforma la sociedad.

La misericordia no tiene nada en común con el paternalismo. El paternalista acoge las necesidades del pobre y del excluido, pero, a cambio, exige reverencias y aplausos. El otro tiene que reconocer que su salvación pende de quien se digna fijar en él sus pupilas. Ahora bien, su particular mesías se halla situado a un muy diverso nivel. Debe reconocerlo y, si hace al caso, proclamarlo.

No sería de buen gusto confundir los mencionados conceptos con la auténtica misericordia. Quizás nos acercaríamos a una definición aceptable si dijéramos que la misericordia es una acción/reacción contra el sufrimiento ajeno. Una acción que puede aflorar porque previamente la persona sintoniza con el dolor del prójimo desde la profundidad de sus entrañas. Desde el corazón. La misma semántica ofrece pistas: “miseri-cor-dia” equivale a compadecerse con el corazón.

No pasar de largo

Desde ahí adquiere todo su sentido que la más conocida descripción de Dios en el Antiguo Testamento se refiera al Dios fiel y misericordioso. El rostro de Dios aparece vibrante al reaccionar contra el sufrimiento de sus criaturas. Así escucha el clamor del pueblo y lo saca de la dura esclavitud de Egipto. Los profetas claman y proclaman la misericordia de Dios. Es precisamente lo que mueve las denuncias contra las injusticias de los poderosos. Les interesa poner coto al sufrimiento de los inocentes. El mesianismo no es sino la promesa de que un día el Rey —el verdadero Rey: Dios en último término— pondrá las cosas en su lugar, es decir, hará la justicia que los pequeños desean y no encuentran.

Jesús siente misericordia ante las multitudes, pero también cuando encuentra a la viuda cuyo hijo cadáver acompaña al cementerio y cuando observa el dolor de Marta y María frente a su hermano muerto. Entonces llega hasta el sollozo. Él es el buen samaritano que no pasa de largo. La parábola refleja su quehacer. La reacción que le provoca el sufrimiento ajeno y, sobre todo, el sufrimiento generado por las injusticias y prepotencias, es lo que vertebra su forma de actuar, de predicar y orar.

La tradición cristiana lo expresa con claridad al decir que el fundamento de la vida y de la espiritualidad está en el amor. Sin embargo, si queremos afinar un poquito más, quizás tengamos que decir: en el amor coloreado de misericordia. Porque hay amores egoístas, prepotentes y falsos. El camino hacia el auténtico amor cristiano va del brazo de la misericordia. Las curaciones de Jesús están movidas por su misericordia, lo mismo que la parábola del hijo pródigo que muchos exegetas preferirían llamar del Padre misericordioso. Un padre, como se ha dicho, con corazón de madre. No pregunta, no juzga, no reprocha. Un corazón de pura fibra maternal.

Cuando la misericordia constituye la trama que entrelaza el quehacer de la persona, entonces, naturalmente, es mejor curar a un hombre en día festivo que apelar a la ley del sábado y dejarlo en la orilla. Por supuesto, una Iglesia que quiere mirarse en el espejo de Jesucristo no puede sino estructurarse en torno a la misericordia.

Ello implica salir del pequeño mundo que uno se construye, tomar en serio la misión, compartir, no temerle a que se le recorten los dineros públicos o los de instituciones y personas que no ven con buenos ojos tanto afán por los inmigrantes, la gente de la periferia, los sin trabajo y sin papeles.... Tantas finuras les generan mala conciencia a los ciudadanos que se consideran por encima de toda sospecha. Determinados juicios y acciones les perturban la digestión. Y, además, los excluidos podrían envalentonarse. Son muchos... La Iglesia vertebrada por la misericordia ya no se limita a ofrecer un vaso de leche al pobre moribundo de la esquina. Pregunta, interpela... molesta.

viernes, 2 de octubre de 2015

Entre la fe y la cultura religiosa

La polémica acerca de si es conveniente o no estudiar religión en la escuela parece no tener fin. Intermitente, por uno u otro motivo, se atiza el fuego. Un ejército de analistas, editorialistas y panelistas opinan sobre el particular. Nos agobian con sus dictámenes y juicios categóricos.

También quiero colaborar con mi granito de arena. El tema se columpia sobre la ola de la actualidad y no deja de ser tentador dejar constancia de la propia opinión. Y después de todo, uno de los propósitos de este blog consiste en clarificar los pensamientos de quien escribe, explicitándolos y ordenándolos a través de la escritura. Porque lo que no se expresa con demasiada frecuencia permanece en una nube vaporosa que no se deja aprehender cuando las circunstancias lo precisan.     

A lo largo de muchos años me he ido convenciendo de que es del todo necesario distinguir entre educación de la fe cultura religiosa. La fe hay que cuidarla en la familia y la comunidad religiosa, llámese parroquia o cualquier otra entidad o confesión del signo que sea. Luego está la enseñanza religiosa de carácter cultural que tiene que ver, por ejemplo, con la historia de las religiones, al papel de la Biblia en la literatura, la función de la Iglesia en las costumbres sociales, etc.  

Estos temas hay que abordarlos en igualdad de oportunidades con los demás conocimientos típicos de la escuela y la Universidad. Se trata de cuestiones que han permeado la cultura occidental y han movido a muchos seres humanos a adoptar determinadas actitudes, a veces heroicas, como es el caso de los mártires. Nos las tenemos que ver con hechos que han dejado una profunda huella en la historia. ¿Quién ha influido más que Jesucristo en nuestro mundo? Si se le destierra de los conocimientos propios de la cultura general el educando se moverá en un terreno falso y manipulado, no logrará captar el significado de muchos símbolos, pinturas, libros, etc.  

Cualquier religión o confesión que haya ocasionado cambios en la mente de los hombres y condicionado el curso de la historia merece ser tenida en cuenta.

Con el paso de los años me he reafirmado en la distinción entre catequesis i cultura religiosa. El estudio de la catequesis en el ámbito escolar más bien resulta contraproducente. Es suficiente comprobar cómo las hornadas de los estudiantes —finalizados los años de la escuela— arrinconan todo cuanto desprende un vago efluvio religioso. Con el inicio de la universidad cambia el ambiente y a no tardar suelen derrumbarse los débiles cimientos de la fe.

No es ningún secreto que numerosos profesores de religión se las ven canutas a la hora de conseguir la imprescindible atención por parte de los alumnos. Entonces no raramente planean una estrategia para alcanzar —casi uno está tentado de decir “mendigar”— el interés de los adolescentes o jóvenes. Y cambian furtivamente el programa. Donde la guía didáctica se refiere a los sacramentos se habla de la amistad. Cuando toca estudiar la Biblia se plantea el tema del aborto. En lugar de los actos litúrgicos se propone la fraternidad entre los pueblos. En otras palabras, arrastran vergonzantemente por las aulas el programa relativo a la religión/catequesis. ¿Entonces?

Duele que se ponga a la altura de los quebrados al Dios Padre de Jesús. Se pretende fijarlo junto a la geografía del país y las fórmulas físicas a memorizar. Uno se pregunta si es que Dios tiene tan baja autoestima que compite por conseguir un puesto en la pizarra.

Este Dios impuesto lo asocio, y no sé exactamente por qué, a algunos personajes tétricos y siniestros que han salpicado los últimos capítulos de la historia global. Un Pinochet y un Videla de misa y comunión diaria... un Bush y un Aznar que deciden, con la mayor frivolidad y el menor escrúpulo, bombardear un país y provocar muertos por miles.  

Lo asocio al dios en minúscula, venerado por ciertos capitalistas exaltados, que compensan su voracidad, sus fraudes, sus sueldos blindados y su jubilación escandalosa con algún momento de oración o lo que ellos entienden por tal.

En ese dios nadie puede creer honradamente. Porque es el mismo que mueve los músculos de algunos eclesiásticos endureciéndoles el rostro y mientras miran aviesamente a su alrededor. Imposible creer en el dios que permite el insulto y discrimina según el color de la piel. Un dios así no es digno de crédito.

En cambio yo me siento seducido por la grandeza del Dios que inspiró  los pinceles del Greco, los éxtasis de Sta. Teresa, la estética de Claudel, la búsqueda científica de Teilhard de Chardin. Estos personajes de primer rango tienen algo que decir a los niños y jóvenes que frecuentan las aulas, por más que no les hablen de misas ni rosarios.

¿Qué puede entender un muchacho, al pisar las losas de un museo, si no sabe distinguir la Asunción de la Ascensión, la Virgen de Sta. Magdalena y Jesucristo de S. Pablo? ¿Y qué captará del sentimiento que asoma en el rostro de los místicos si jamás ha experimentado la más leve conmoción de una vibración religiosa?

viernes, 18 de septiembre de 2015

Ciencia, ideología y religión

No raramente la ciencia pretende dictaminar sobre la entera realidad de nuestro mundo. Sin embargo no logra cumplir su promesa de otorgar la felicidad definitiva. Sencillamente porque la ciencia positiva es muy capaz de explicar el cómo de las cosas, pero no su por qué. Por su parte la ideología pretende dar razón de la realidad de modo unitario y sin fisuras, pero sólo consigue seducir a los incautos. La realidad es compleja y tiene muy diversos puntos de vista.

La ciencia

Las ciencias han impulsado grandemente el progreso. Sus fundamentos son seguros, lógicos y metódicos, aunque le queda mucho trecho para descubrir numerosos secretos en campos tales como la astrofísica, la biología, la psicología... Los descubrimientos científicos aplicados a la técnica han resuelto problemas que nuestros antepasados ni imaginaron. También nos han proporcionado una vida más fácil y cómoda. Baste pensar en los aparatos electrodomésticos, en los medios de locomoción, en la informática. El trabajo ya no requiere el esfuerzo de otros tiempos y, gracias a la máquina, la vida humana, ha adquirido más calidad y se ha prolongado considerablemente.

Claro que el progreso tiene su cara oscura. El progreso es ambivalente. Las técnicas más avanzadas nos permiten dominar en buena parte la naturaleza, pero también sirven para manipular a la persona humana (propaganda subliminal, selección de la información, etc.). ¿Es lícito hacer todo aquello que se puede hacer técnicamente? No, nunca debería llevarse a cabo lo que daña la dignidad de la persona, tanto en el campo biológico como psicológico y moral.

Una cosa es cierta, las ciencias dan soluciones parciales y concretas a unas cuestiones muy dignas, pero no consiguen dar respuesta al interrogante acerca del sentido de la vida, de la humanidad, del universo. Las ciencias positivas —las susceptibles de demostraciones en el laboratorio— están supeditadas a una metodología totalmente incapaz de dar respuesta a la cuestión del sentido. El método usado nada logra formular acerca del amor, el humor, la esperanza... Y si se atreven a expresar alguna opinión al respecto, ciertamente van más allá de lo que les es permitido. Es como si el oculista se atreviera a indicar al paciente qué cosas le es lícito mirar y qué otras no.

En todo caso es tarea de la filosofía y de la teología pronunciarse sobre el particular, pues que estas ciencias sí pretenden pensar la totalidad del ser y no meramente resolver unas cuestiones concretas. Ahora bien, el método de la filosofía o de la teología no permite dar soluciones contundentes al estilo del álgebra o la química. 

De manera que los sectores de la realidad que más nos importan, inquietan y fascinan, escapan a la ciencia y a la técnica. Nada pueden decirnos del sentido último de las cosas. Del porqué estamos en este mundo, hacia dónde vamos y qué esperamos. Y, en el fondo, éstas son las grandes preguntas que nos persiguen, como nuestra propia sombra, a lo largo de la vida. Hay gente que pasa de largo frente a ellas, pero habría que preguntarse si ha despertado verdaderamente a su humanidad. Porque no se comprende que un ser inteligente no quiera saber acerca de la meta de su existir.

La ideología

Las ideologías pretenden proporcionar una interpretación total de cuanto existe y acontece. Pero una tal pretensión las lleva a ser reduccionistas o a manipular la realidad a fin de que encaje en sus esquemas. Así se comporta el darwinismo, el neoliberalismo, el marxismo, el freudismo, el materialismo, el nihilismo, etc.

Alardean de haber encontrado la raíz última que aguanta y da sentido a las diversas realidades y acontecimientos. El freudismo lo explica todo a través de la libido, el marxismo cree hallar la raíz última de la sociedad y su desarrollo en la economía y el afán de lucro, el darwinismo identifica las fuerzas de la evolución biológica y social en el dominio del más fuerte.

Una visión tan unidimensional no responde a la multiplicidad de los fenómenos ni al misterio que es el hombre y su mundo. El que se deja apresar por la ideología se torna totalitario e incapaz de observar la realidad sin prejuicios. El punto de vista obtenido desde un determinado lugar varía del que obtiene el observador situado en las antípodas. La ideología sólo es capaz de ofrecer intuiciones más o menos provisionales.

Un breve paréntesis en este punto. La fe cristiana contiene algunos elementos de la ideología: un grupo bien organizado dirige y traza las líneas de comportamiento, propone unas verdades no comprobables empíricamente, unos símbolos, unos principios morales, unas explicaciones acerca del origen y del fin del universo... Sin embargo la fe cristiana no coincide con la ideología por cuanto el cristianismo —como su nombre indica— se refiere últimamente a una persona y no a unas ideas. Jesucristo es el definitivo punto de referencia.

En fin, nos seguimos preguntando por el sentido de la vida. Ni la ciencia ni la ideología responden de modo satisfactorio. En nuestro momento histórico parecen derrumbarse, además, valores e ideas que orientaban a muchos en épocas pasadas. Se extiende la sensación de vacío, se cierran los grandes horizontes, se abre paso la resignación y se acude a los programas inmediatos.

¿Dónde hallaremos la respuesta al sentido de la vida? Habrá que escuchar las razones de la filosofía y de la religión. Sus respuestas no tendrán la contundencia de la física o la matemática, pero puede que toquen las fibras profundas del corazón. El ser humano no es solo razón ni cerebro. En realidad atiende más al sentimiento y al corazón.


Manuel Soler Palá, msscc

jueves, 10 de septiembre de 2015

La estrategia de salpicar al prójimo

Las mayorías silenciosas de los ciudadanos suelen dar por supuesto que todos los políticos son iguales, corruptos, incapaces de sintonizar con la gente de la calle, ávidos a la hora de barrer para casa, sumisos a los intereses del partido.

Sin embargo, es muy verdad que unos individuos son más corruptos que otros. Y que quien se siente señalado por el índice acusador suele defenderse diciendo que todo el mundo está repleto de malas intenciones y rebosa de malas acciones. No es cierto, en la corrupción hay grados.

La que podría llamarse «táctica del ventilador», consistente en poner en marcha las hélices para salpicar a todos los circunstantes, no deja de ser una estrategia antiética y muy interesada. No todo el mundo es igual, ni defiende los mismos intereses, ni tiene la misma responsabilidad.

Esto hay que decirlo y sostenerlo sin ambages, pero luego es preciso añadir que la raya divisoria entre el mal y el bien pasa por el mismo corazón. Respondió bien aquella niña, ingenua y lúcida, a la que le preguntaron de qué color sería ella si los malos fueran negros y blancos los buenos. Respondió que luciría rayas en su cuerpo. Alternaría el blanco con el negro. Todos somos cebras.

Abundemos sobre el particular a través de una historieta. Nuestro imaginario protagonista quería encontrarse cara a cara con un gran santo. No reparó en medios para conseguirlo. Recorrió pueblos y ciudades, se internó por las selvas y caminó por los desiertos hasta que le flaquearon las fuerzas. Tocó a la puerta de los palacios, no desdeñó la choza humilde, se encaramó por los rascacielos.

Encontró a grandes ascetas. Parecían vivir del rocío del cielo. Apenas ingerían alimentos, les bastaba con un taparrabos para vestirse, no necesitaban camas para yacer ni sillas para sentarse. Pero parecían todos ellos obsesionados con su propia virtud y encerrados en sí mismos. Les faltaba el lubricante de la atención y la delicadeza para ser realmente santos.

Halló nuestro hombre a personas dedicadas por completo al servicio del prójimo. Unos repartían comidas innumerables a lo largo del día, a los deambulantes, a los estigmatizados por el sida y por la pobreza. Otros visitaban a los presos de la ciudad y se preocupaban por echar a andar proyectos habitacionales en favor de los más necesitados. Les sobraba, sin embargo, una sombra de vanidad en su actuación.

También nuestro protagonista anhelaba verle la cara a un pecador. Tras mucho andar y observar resultó que no encontró a un verdadero pecador. Unos hacían cosas horribles, no se detenían ante los más sagrados derechos, pero no acababan de ser conscientes de lo que llevaban entre manos.

Otros actuaban mal, aunque era por pura y simple debilidad, no por maldad. Los había incluso que hacían el mal creyendo realizar el bien. De manera que no apareció un pecador de cuerpo entero, sólido y macizo.

Moraleja. Habrá que evitar las clasificaciones estereotipadas y los juicios cerrados. Basta ya de jugar a buenos y malos. En la profundidad del corazón humano los acontecimientos tienen poco que ver con las imágenes que se suceden en la pantalla. Sólo en el cine existen perfectos villanos o ciudadanos por encima de toda sospecha.

En la pantalla los buenos se distinguen a la legua. Los malos son tan malos que hasta visten mal y muestran una apariencia desagradable. El cine deja las cosas claras porque a los espectadores les encanta aplaudir a los vencedores, que son los buenos, y abuchear a los perdedores que naturalmente son muy malos.   

Si los párrafos antecedentes tienen alguna validez, permitirán extraer unas gotas de humildad y tolerancia. Sea dicho sin ánimo moralista, pero habría que acostumbrarse a no vivir pegando y repartiendo etiquetas. A no perder la esperanza ante los líderes de la sociedad, pues también ellos visten la conciencia a rayas. Son buenos y malos a la vez. Pero tampoco hay que confiar demasiado, ya que no son enteramente blancos.

Los discursos encendidos a favor de un partido, un candidato, un presidente o un alcalde, acostumbran ser fruto de la mera imaginación, del puro voluntarismo o de los intereses creados. No suelen reflejar la realidad objetiva. La raya divisoria entre el bien y el mal atraviesa el propio corazón. Cuando uno aprende esta realidad se hace más cauto por un lado y se dispone a hacer acopio de mayor tolerancia por el otro. No se precipita en el cinismo ni se arroja en brazos de la ingenuidad. 

domingo, 30 de agosto de 2015

¿Realidad virtual o realidad real?



Vivo en un lugar frecuentado por los turistas. Resulta del todo sorprendente —aunque uno llega a acostumbrarse— observar que en cuanto atraviesan el umbral de la plaza, de la Iglesia o de cualquier eventual vista fotografiable, la inmensa mayoría del personal acaricia la cámara fotográfica. Acto seguido ajusta la mirilla al ojo y dispara. 

Antes de haber observado el panorama ya lo han fotografiado. Será por aquello de la obsesión del tener. La cuestión es disponer de las cosas y los panoramas como sea. Tener antes que admirar, poseer antes que gozar, atesorar antes que paladear. El fenómeno es universal. Entran ustedes en un restaurante y un buen número de clientes se entretiene fotografiando los platos que luego ingerirá. Naturalmente, más tarde las colgarán en las redes sociales. 

Exhibicionismos varios

Se trata de la última versión actualizada del exhibicionismo. Años atrás, cuando uno visitaba a un amigo corría el peligro de acoso para que viera el álbum de fotos de la boda. Más tarde la obligación consistía en visionar los videos que daban fe de la celebración de un cumpleaños o simplemente exhibían las monerías llevadas a cabo por los pequeñajos. Al visitante no le quedaba sino despotricar interiormente y fingir un interés que ciertamente no sentía. 

Hoy día le abruman a uno con las imágenes que guardan en su teléfono móvil. Lo malo es que el radio del peligro se ha ensanchado y, dado que el teléfono viaja con uno, en cualquier tiempo y lugar acecha la eventualidad. ¿Qué hay que ver en las fotos? Un montón de situaciones insípidas que, cuando más, interesan al autor de las mismas. 

Más aún, las imágenes fijas o móviles viajan por los correos electrónicos —nunca mejor dicho— a la velocidad de la luz. También infestan las redes sociales. Nadie se libra de los platos que le sirvieron al cuñado en el restaurante o de las gracias del felino doméstico o de las insignificancias del bebé de turno. Que, por supuesto, pueden ser hasta graciosas para quien se siente concernido personalmente. La vanidad, el exhibicionismo, la mediocridad y la superficialidad se mezclan en tales comportamientos. 

Mejor ser que tener

Particularmente aplicados a la fotografía son los japoneses. Tal parece que ven el mundo a través de la cámara. Quizás consideren que la plenitud del placer admirativo no se encuentra en la observación ocular “in situ”, sino en los puntos de luz que discurren por la pantalla. Tal parece que la Sagrada Familia de Barcelona, la Torre Eiffel de París o la ópera de Sidney irradian su magnífico esplendor cuando se proyectan en la quietud de la casa. 

He leído que en algunos restaurantes han llegado a la conclusión de que es bueno para los clientes la prohibición de fotografiar. Alegan que el improvisado fotógrafo molesta cuando se levanta de la mesa para encontrar el ángulo más apropiado. O, peor aún, cuando monta un trípode con flash incluido encima de la mesa. Me parece muy normal. Tras la acción, la reacción. 

Un consejo sensato: cuando recorran el mundo en plan turístico admiren el panorama, observen los detalles del edificio objetivo de sus correrías. Degusten la gastronomía del lugar. Muy en segundo lugar, si les apetece, hagan una foto tranquilamente, sin avidez, sin que se convierta en el objetivo último del viaje. 

Un segundo consejo no menos sensato. No castiguen a sus amigos y conocidos importunándoles para que miren las fotos que acumulan en su móvil. Probablemente no les interesan. De lo contrario se lo harán saber. 

Y una reflexión final. Lo dicho podría ser la anécdota. Erich Fromm, en su libro «ser o tener» se refiere a la categoría. Cuando una persona cifra toda su identidad, todo su patrimonio en el tener debiera preguntarse qué le sucederá si lo llega a perder. Porque las cosas que se tienen son susceptibles de ser robadas o perdidas. En cambio quien prefiere ser juega con ventaja, cifra su identidad en las experiencias habidas: habrá visto, amado, sentido, admirado… y esto nadie se lo puede sustraer.

Realmente es mucho mejor ser que tener, como me resulta más fiable admirar que fotografiar. No es que ambas cosas se opongan, pero a cada una debe otorgársele la jerarquía que merece.