El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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viernes, 9 de noviembre de 2018

La cara fea de la institución


Las mejores intuiciones se marchitan al poco tiempo, si no son cobijadas por algún cascarón que las mantenga a salvo de las inclemencias del tiempo. Se derrumban, si no se salvaguardan de la mala hierba que las invade. Las grandes ideas, las causas hermosas, deben ser revestidas de esta piel un poco áspera que es la institución. Sólo ella consigue que no se desvanezca el perfume del ideal originario. 

La institución se asocia a verdades bien definidas, jerarquías, normas, protocolos y oficinas. Lo cual resulta de ayuda para mantener a buen recaudo la semilla del proyecto inicial. Pero, a la vez, tiende a desfigurar, caricaturizar y dominar. Nace para amparar y termina por oprimir. Surge para custodiar y acaba por alterar los colores y la fragancia del sueño que le dio origen. Como el mito de Saturno, también la institución tiende a devorar a sus propios hijos.

Resistencia al cambio

Precisamente para evitar este proceso nefasto urge renovar cauces y estructuras de vez en cuando. Al cuadro se le acumula el lastre con el paso de los siglos y se hace preciso descostrar el lienzo. También la Institución requiere de renovación constante y más en nuestra época postmoderna que, en principio, sospecha de ella. 

Ardua labor la de quitar el polvo y abrillantar las paredes de la institución. Cuando ésta se halla fortalecida se resiste por sistema al cambio y arrolla al incauto que la cuestiona. Cuando alguien lucha por el cambio puede esperar reacciones duras y desproporcionadas del burócrata en defensa de la institución.


Me interesa señalar uno de los rasgos típicos de quien se identifica con la institución: su insinceridad. La gente de la institución —y más si ésta atrapa las capas profundas de la persona— exige que todo cuanto entre en conflicto con la verdad oficial sea eliminado de raíz.

Una tal postura conduce a múltiples aberraciones, entre las cuales, situar fácilmente al personal del entorno bajo sospecha. También hace el vacío y margina a cuantos plantean problemas y suscitan dudas. En bien de la institución, en nombre de la unidad, hay que arrinconarlos. Se les dirá, por ejemplo, que son unos amargados, que la ciencia hincha, que les falta humildad, que no entienden y no sé cuantas cosas más. Lo que no conviene decir es que alguien se beneficia a manos llenas de esta artificiosa y peculiar unidad construida a la medida.

Domesticados y sumisos

La institución tiende a globalizar, a totalizar, a atrapar y domesticar. Sabe a quién premiar y a quien castigar dado que con anterioridad se ha procurado los recursos para ello. De manera que algunos de sus miembros quizás rechazan determinadas opiniones o puntos de vista, pero guardan las formas y se someten exteriormente.

Una vez domesticados, hombres y mujeres tienen respuestas claras y precisas para todo. Se comprende. Quien se sale de la verdad oficial puede prepararse a ser tratado como la oveja negra de la familia. Y si esperaba hacer carrera, despídase de subir ulteriores peldaños. 

Y así se dice una cosa mientras se cree la otra. El hombre de institución aprende rápidamente que la verdad es peligrosa. Por consiguiente, la mantiene a buen recaudo. A quienes mandan hay que decirles lo que quieren escuchar y disfrazarles la verdad. Importa lo que se dice, no lo que se piensa. Lo lamentable de la cuestión es que los efectos más notorios de la enfermedad del burócrata —cerrazón e insinceridad— no los padece tanto él mismo cuanto la gente de su entorno. 

La cuestión es de gravedad suma. La insinceridad penetra por todos los poros de la institución. Muy pocos disponen de la energía suficiente para denunciar lo que acontece y ponerle altavoz a los rumores. Al contrario, la mayoría sigue repitiendo las verdades establecidas, las que halagan los oídos de las autoridades de turno. 

El clima de insinceridad generalizado no es abono adecuado para el progreso, no atrae las mentes más lúcidas ni las almas más apasionadas. Más bien cansa el corazón, y le lleva a perder toda flexibilidad. El corazón del burócrata está vendido al mejor postor. Cerrado a cal y canto, apenas conoce los auténticos sentimientos. Los prójimos se le antojan adversarios que quieren desbancarlo de su sillón.