El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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lunes, 30 de diciembre de 2013

Mentiras y verdades del año nuevo


¡Feliz año nuevo! Responde el interlocutor: ¡Año nuevo, vida nueva! Estas y otras expresiones semejantes saturan el aire del hogar, resuenan en las cenas de amigos o empresas. Se acompañan con besos y abrazos en un ambiente decorado con globos y confeti.

Imaginemos una escena irreal, pero no sin sentido. El velo del escenario se levanta. Irrumpe en la fiesta el pesimista vestido de negro, con los ojos entornados y los brazos caídos. Tiene todo el perfil del aguafiestas y se empeña en hurgar en la herida, a la vez que declama unas frases en tono fúnebre. Salen estas palabras de su boca:  
***
Es lo que toca decir, mentiras piadosas para despistar. Porque no tenemos un año más, sino un año menos. Del año que se fue quedan las arrugas en el rostro, las grasas en la barriga y las decepciones en el corazón.

Nada de vida nueva. Vida tan vieja como siempre, porque nada cambiará. El alcohólico no dimitirá de la botella, el estafador de cuello blanco y gesto de rapiña ya planifica sus próximas estafas para el año recién nacido. La envidia seguirá corroyendo las entrañas del que quiso y no pudo llegar.

El drogadicto jadea anhelando la primera dosis del año nuevo. En los semáforos seguirán correteando los niños de los países pobres. Sus oídos se acostumbraron a los insultos y a los desprecios. Ahora les queda el dilema de padecer las cornadas del hambre o mendigar las monedas de la humillación.

No acabará, no, en el año cuya entrada celebramos, el rosario de corrupciones, violaciones y especulaciones. Las quejas y las denuncias sobreabundan. Dirigen el dedo índice hacia los políticos que deciden su propio sueldo, hacia los banqueros que desahucian a los inquilinos y los echan a la calle. Pues en este preciso momento en que la gente con una diminuta dosis de vergüenza pide que la tierra se los trague, de la bancada de los parlamentarios una voz volverá a gritar: ¡que se jodan!

El año 2014 no evitará a los adolescentes cargar con sus pesados traumas. Ni las viejecitas podrán entrar en las tiendas para apaciguar el hambre de sus nietos. Y es que nada pueden ofrecer a cambio de los alimentos, a no ser un dolor difuso, oscuro y silencioso.

Una vez más subirán los precios y bajarán los ingresos. Dicen que es la crisis. No queda otro remedio si queremos ser competitivos. También los funcionarios y pensionistas deben arrimar el hombro y apretarse el cinturón. Pasan por alto quienes dicen tales cosas que sus sueldos son indecentes y sus ganancias obscenas. No ven ni quieren ver a su prójimo durmiendo en los escasos metros cuadrados donde se ubica el cajero automático. Que cada palo aguante su vela, contestan, si alguien les señala al harapiento con el índice. No es su problema, dicen, poniendo punto final al diálogo.

Un año más o un año menos en que los sepultureros seguirán enterrando vidas e ilusiones. No dejan de vestir corbata y guardar las buenas formas por el cuidado que les trae. Sus vidas dependen en proporción inversa de las vidas de los demás. ¿Cruel? Quizás sí, pero es la vida. El pez grande se come al chico. El pájaro tiene hambre y se zampa la lombriz. Ni uno ni otro son culpables.

Un nuevo año genera nuevas mentiras piadosas, colectivas, rutinarias, alienantes. Los niños volverán a tener hambre. Sus barrigas se hincharán al ritmo que impongan los parásitos albergados en sus intestinos. Las ratas no detendrán sus paseos furtivos de rincón en rincón, de basura en basura, de barrio en barrio.
***
¡Feliz año nuevo! ¡Año nuevo, vida nueva! Besos y abrazos mientras el personal intercambia sus felicitaciones y enhorabuenas. Pero ahora sale a escena el optimista. Se abre paso entre las botellas en desorden. Viste de blanco e ilumina su mirada. Declama en tono festivo.

Felicita cordialmente el año nuevo a los presentes porque se otea un nuevo horizonte. Es posible iniciar un cuaderno en blanco, sin manchas ni borrones. Comienza un año que deja atrás las penas, angustias, traumas y maltratos de los 365 días desaparecidos.

La vida sigue ahí burbujeando, coleteando, hormigueando. Toma cuerpo la sed de vivir y hasta quien sufre cáncer confía en que la enfermedad revertirá. Otros lo han superado. Nuevos fármacos ya se depositan en el estante de la farmacia.

Todo el mundo siente la sed del futuro. Unos se contentan con un futuro limitado y con fecha de caducidad. Otros apuntan mucho más lejos y estimulan sus deseos de una vida sin recortes ni descuentos. Una vida eterna.
***
Cada uno elige el guión del año nuevo. No es necesario negar la existencia de uno para declamar el otro. Pero el corazón siempre acaba declarándose a uno de los dos.

¡Feliz año nuevo!

jueves, 19 de diciembre de 2013

Vocabulario de Navidad

Niño. Originalmente era el protagonista de la Navidad. Consta en libros antiguos y predicaciones de tiempos añejos que se celebraba el aniversario de un niño al que los creyentes llamaban Dios. En estos días, antes que la TV emprendiera el vuelo y que las rebajas de los grandes almacenes alcanzaran el actual protagonismo, todo giraba a su alrededor. Poco a poco se concluyó que también cabía celebrar la Navidad sin Niño y hoy en día apenas resulta un elemento de mera decoración. Suele representársele en yeso o plastilina y se coloca en un rincón de la casa para entretener a los pequeños.
Diciembre. Último mes del año. Días de frío y nieve en Europa. Las sobremesas se alargan hacia finales de mes, se excita la ilusión de los pequeños, los regalos pasan de mano en mano. La presión consumista se exaspera. Debido a estos fenómenos las tiendas se animan de modo espectacular y generan cuantiosos beneficios. Se le conoce también como el mes de los comerciantes.
Leyenda. Anomalía que acontece a determinados hechos con alguna base histórica. La imaginación popular los desenfoca y deforma. Mientras quedan al margen aspectos esenciales, otros secundarios crecen monstruosamente. Fenómeno comparable a la cirugía estética, aun cuando no pretende embellecer, sino endulzar. La leyenda, en efecto, sirve para entretener a los pequeños en las largas noches invernales. Algunos creyentes se interesan incluso más por el buey y la mula, por los ríos de plata y  los angelitos que por el misterio de un seno repleto de Dios. Cuando la leyenda continúa el proceso de degradación se transforma en un idilio insípido o un infantilismo anecdótico.
Solsticio. Época del año en que el sol pasa por uno de los dos trópicos. El de invierno casi coincide con la Navidad. Los días comienzan a ganar en claridad. La luz se sobrepone a la oscuridad. Antes de que existiera la Navidad precisamente se celebraba el combate victorioso de la luz contra la penumbra en estos días. Los paganos de tiempos pasados tenían la impresión de que la vida da círculos ininterrumpidos. A la oscuridad le sigue la luz y viceversa. Los paganos de hoy también tienen la impresión de que la vida es un círculo que se muerde la cola: a las fiestas que tienen la nieve como escenario les siguen las que acontecen en la playa.
Camino. Se dice del sendero que conduce a alguna parte. En sentido figurado el gran camino lo comenzó el Niño Jesús hace 2000 años. En este camino no transita el convencionalismo, ni el fariseísmo, ni el fanatismo ni otros conceptos acabados en “ismo”, como egoísmo. Camino por el cual avanza sobre ruedas todo cuanto tiene que ver con la sinceridad, la sencillez y la fraternidad. Pero un camino que no lleva a parte alguna resulta frustrante y si se termina en el ayer es inútil. De ahí que Navidad sea un camino por el que andar aquí y ahora.
Cinismo. Conviene a la actitud de aquel que celebra el veinticinco de diciembre entre pompas de cava sabiendo que ello a nada compromete. O a aquel que brinda con la copa no obstante prever que mañana todo volverá a la normalidad de las cosas serias: el trabajo, la gasolina y los sindicatos. O también del que lima las aristas de los sucesos puntiagudos para hacerlos inocuos y sacarle el mayor provecho posible.
Indigestión. Se dice de la excesiva injerencia de alimentos que el aparato digestivo no logra asimilar. En las proximidades de Navidad tal parece que entra dentro de la normalidad sufrir indisposiciones de este tipo. La palabra se atribuye también de modo figurado a las ceremonias largas y fastuosas de la noche de Navidad en el templo, particularmente cuando las dirige un celebrante con poca traza.  
Utopía. Anhelo experimentado en Navidad, pero que no se cumple plenamente en las condiciones presentes. Tiene estrechas vinculación con las proclamaciones de los viejos profetas al desear que las espadas de conviertan en arados y los lobos pazcan junto a los corderos. También tiene que ver con sueños de profetas más recientes: … llegará un día en que nadie se fijará en el color de la piel, en que los sillones de los ministerios los ocuparán personas interesadas en el servicio del bien común…
Reino. Palabra muy común en los evangelios. Jesús vino a implantar el Reino de Dios en nuestro mundo. Esencia de este Reino es la justicia, la paz, la fraternidad. Los creyentes adoptan el compromiso de extenderlo. Inexplicablemente muchos han olvidado el Reino extasiados ante el Rey. Corren a adorar al Niño y construyen pesebres de yeso y azúcar, encienden lucecitas y cantan villancicos. Necesitan todo el tiempo para los efluvios sentimentales, las líricas místicas y los recuerdos de sabor mítico.
Ocurrencia. La que tuvo el mismo Dios, que habría rechazado por indigna más de una piadosa señora de misa diaria y más de un diplomático funcionario del Estado Vaticano. Resulta que a Dios Padre le ocurrió poner en práctica un plan desconcertante. Que un Niño naciera en el anonimato, entre un par de pobres, en un establo improvisado, adornado con telarañas (que andando el tiempo se metamorfosearían en brillantes bolas de colores). Un Niño que merecía la adoración de los humanos porque era mucho más que un Niño.

martes, 10 de diciembre de 2013

Una imagen de Dios más atractiva


A medida que pasa el tiempo tiendo menos a hablar o escribir sobre cuestiones religiosas secundarias. Me da la impresión de que ello implicaría perder oportunidades en un marcado ambiente de indiferencia, laicismo y escepticismo. Preciso es ir al grano, afrontar los asuntos más esenciales. Lo cual significa abordar el tema de Dios.

El clima que nos envuelve en muy poco ayuda a hacer la opción cristiana a nuestros contemporáneos. En parte se debe a que a la fe que predicamos y ejercemos falla al presentar la genuina imagen de Dios. Mi experiencia me dice a las claras que muchísimos creyentes se relacionan con Él por rutina, porque así se lo enseñaron de pequeños, por temor, por obligación, porque así debe ser…. A todos ellos les falta experimentar lo más importante: sentirse atraídos por Dios.

Cuando falla este resorte básico, entonces llega el día en que inevitablemente uno deja de lado su fe. Primero se recubre insensiblemente de desinterés y de olvido. Luego acontece algún hecho importante que sacude el diario vivir. Entonces el individuo toma conciencia de que la fe guardada tiempo atrás en su alhacena interior ya no está ahí, se ha evaporado.

El fenómeno de la pérdida gradual de la fe hay que achacarlo en buena parte, efectivamente, a que los creyentes han recibido una imagen deformada de Dios. Como dice el Vaticano II en uno de sus documentos, se les ha velado, más que revelado su rostro. Algunos, y no necesariamente los peores, han llegado a la conclusión de que su relación con Dios se ha vuelto insoportable. A continuación se han desvinculado de ella. No han tenido el falso coraje de vivir en un clima religioso insano que segregaba constantes sentimientos de culpa, amenazas, prohibiciones y castigos.

La transmisión de la experiencia de Dios
Las homilías del domingo todavía las escuchan varios millones de personas alrededor del mundo. Los presbíteros, diáconos y obispos predican el Evangelio, comentan los episodios protagonizados por Jesús, explican sus parábolas y comentan sus palabras. Considero urgente reflexionar acerca de qué experiencia de Dios se comunica y qué imagen de Dios se transmite. ¿Atraemos los corazones de los fieles hacia el Dios de rostro amoroso que se transparenta en los hechos y palabras de Jesús? ¿Alejamos a la gente porque nuestras palabras carecen de alma o quizás expresan sentimientos que el predicador no experimenta?

Jesús sí comunicaba su experiencia de Dios y su proyecto de construir un mundo más digno y agradable para todos a quienes escuchaban. Cierto que algunos andaban demasiado ocupados en cumplir una ley fosilizada o en atender a que no se les escapara el control de sus súbditos. Hay que contar con ello y con minucias parecidas. Pero otros sentían esponjarse su corazón porque Dios se les hacía cercano, porque recuperaban la dignidad y descubrían que el Creador era mucho mayor que las palabras de sus líderes.

Muchos fueron tras Jesús al entusiasmarse tras escuchar las palabras de las bienaventuranzas. Un corazón generoso, un  afán de construir la paz, un sentimiento fraternal hacia el prójimo… Estas cosas les cambiaban su visión del mundo. El planeta azul en que nos movemos podía ser menos mezquino y miserable de lo que era. Cabía poner su granito de arena de cara al cambio. Experimentar una especie de enamoramiento ante las palabras y actitudes de Jesús. Y de este modo engendrar una fuerza interior capaz de superar cualquier obstáculo.

Jesús lograba despertar a su alrededor el deseo de Dios. La gente comprendía que el Reino por Él predicado era mucho más gozoso que las lecturas rutinarias del sábado en la sinagoga. Acontecía que Dios era un descubrimiento inesperado, una sorpresa mayúscula. Su fuerza lograba provocar un cambio fundamental en la vida.

Los oyentes encontraban un tesoro escondido. Repletos de alegría y esperanza lo vendían todo y compraban el campo en cuyas entrañas yacía el tesoro. Quienes rodeaban a Jesús se comportaban como comerciantes de perlas finas que identificaban algunas de gran valor y las compraban al precio que fuera. Dios les resultaba atractivo y sorprendente. Nada volvía a ser como antes. Hallaban el sentido de la vida. No podían explicar su transformación, pero la experimentaban en lo más hondo.  

Ha pasado el tiempo de detenernos en cuestiones secundarias o periféricas. El ser humano está abierto a la trascendencia y quiere saber, necesita saber, el sentido de la vida. Al menos hasta tanto no pierda la sensibilidad en las papilas gustativas del alma. En su búsqueda intenta encontrar al Creador a través de los caminos que le ofrece la naturaleza y las pistas que encuentra en su propio interior.

El entorno de nuestros días no ayuda a recorrer este camino. Ni los medios de comunicación en general, ni el ambiente de la ciudad, ni las conversaciones que se escuchan en el medio ambiente. Habrá que contagiar esta experiencia a través de la vida y el ejemplo. Que perciba quien esté junto a un hombre o mujer de fe una imagen de Dios transparente y gozosa. Que nuestros contemporáneos tengan la oportunidad de un acercamiento a Dios más allá de todo hábito y rutina. 

viernes, 29 de noviembre de 2013

Cuchillas en las vallas


A decir verdad, no hemos progresado gran cosa a la hora de convivir unos con otros y en un mismo terreno. El descendiente del homo erectus, enseñaba los dientes a la entrada de la caverna y despachaba los conflictos blandiendo un fornido tronco en las manos. El homo sapiens de la península ibérica, a las órdenes de un tal Rajoy, ha mejorado la técnica y sabe fabricar finas cuchillas que sitúa en lo alto de una valla para que corten manos y pies, vientres y espaldas a quienes osan traspasar terrenos vedados. 

¿Xenofobia en la aldea global? 

Ya pueden los bien intencionados exhortar al intercambio de culturas, a la aceptación, al pluralismo a la justicia repartida por igual. Nada de intercambiar culturas. Eliminar la ajena es lo que priva. Sin embargo, las pruebas son más que evidentes: en casa del ciudadano medio se encuentra algún producto de ornamentación fabricado en Taiwán, una computadora procedente de Estados Unidos, una radio ideada en Japón, un reloj diseñado por dedos suizos. 

Dicen que en muchos locales de España se baila el ritmo de salsa y de merengue, mientras en Rusia mueven el esqueleto al son de música americana. Cuando al ama de casa no le alcanza el tiempo para cocinar el esposo se desplaza hasta la esquina para comprar un plato de arroz chino, incluida la salsa de soya. Ah!, y los ciudadanos del planeta tierra tratan mayormente de aprender el inglés para entenderse con sus semejantes de otros países. 

No obstante, todo ello acontece simultáneamente con el surgimiento de bandas locales xenófobas y clanes que ven en todos los frentes ataques ofensivos al honor del país, la bandera y los próceres. El caso es que todo ello resulta de nuevo compatible con las antenas parabólicas, las autopistas de la información, el diluvio de celulares. Nadie es capaz de ponerle dique a este proceso de mundialización. 

El trasiego de los migrantes 

El intercambio cultural y técnico se debe, al menos en buena parte, al continuo trasiego de los migrantes. Estos son, muy en particular, los que se echan la maleta al hombro para abordar el avión o la yola. Los de Melilla tienen que despojarse de bultos y mochilas porque las cuchillas que culminan la valla exigen agilidad y rapidez, lo cual no es compatible con un equipaje pesado. 

¿A qué estas ganas de transitar de un lugar a otro? Está claro, para ir a donde se viva mejor. Donde trabajando menos se pueda conseguir más. ¿Quién podrá reprocharles un tal comportamiento? Bien es verdad que, en el proceso, se difuminan valores y el país pierde brazos y cerebros, pero no todo el mundo tiene madera de héroe ni ha nacido para ser un prócer de la patria. 

Naturalmente, los que viven más o menos tranquilos en su propio país, no ceden el lugar de buenas a primeras. Miran a los recién llegados como intrusos que conviene mantener a raya. Entrará en juego el miedo a perder el trabajo, la identidad, la tranquilidad. Los que vienen son los otros y los otros siempre dan miedo hasta tanto no pasan a ser conocidos. 

Los ciudadanos xenófobos y demagogos se prestarán de buen grado a atizar y divulgar los miedos y las eventuales amenazas encarnadas por los migrantes. Llamar a la guerra patriótica suele encontrar oídos bien dispuestos. En ocasiones incluso ofrece buenos dividendos. Los gobernantes, en cuanto las cosas les salen demasiado mal, no suelen dudar en pulsar la tecla patriotera. Entonces la gente mira a otra parte, que es justamente lo que interesa al mandatario. Así le dejan tranquilo. 

Ahora bien, por más barreras que se levanten y por más obstáculos que se acumulen contra los inmigrantes, éstos empujarán y acabarán derribando, de uno u otro modo, las barreras que les impiden el paso. Por tierra o por mar, falsificando pasaportes o sobornando funcionarios, las corrientes migratorias seguirán en aumento. La gente no suele dejarse morir por inanición. 

¿Multiplicar barreras o asumir diferencias? 

Llegados a este punto, cabe optar por dos alternativas. La primera, construir una sociedad de grupos y ghettos donde se multipliquen las barreras físicas y culturales, donde se evite al que tiene otro color de piel, come alimentos extraños y habla con acento inhabitual. La segunda, esforzarse por crear sociedades en las cuales las diferencias se vayan asumiendo paulatina, gradual, armónicamente. 

La primera opción es la que exige menos creatividad y la más extendida. Hay países que exigen pasaportes, visas y otros documentos. Tienen a un nutrido ejército vigilando la frontera y exigen examinar las maletas en la aduana. Los policías se dedican a rastrear ilegales por las ciudades del país. El observador atento, de todos modos, olfatea una fuerte dosis de violencia soterrada en todo ello. En algún momento estallará de forma brutal. Entonces algunos se asombrarán impúdicamente y con una buena dosis de cinismo pedirán más mano dura. 

Bueno será enterarse de la actualidad política y social de otros países. Es aconsejable conocer otras culturas. No está de más acercarse a quien tiene la piel de otro color y abrir el oído a sus inquietudes. Con todo lo cual quizás a alguno le dé por escuchar las razones del corazón. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El Vaticano II desde el retrovisor



A lo largo de los pasados meses hemos recordado que se cumplieron 50 años desde la convocatoria del Concilio Vaticano II. El próximo día 24 se cierra el llamado “año de la fe”, en el cual se conmemoraba también este acontecimiento. Durante este tiempo me han solicitado unas cuantas charlas sobre el mismo. En el arciprestazgo al que pertenece el Santuario de Lluc en Mallorca (Lluc-Raiguer), en el del centro de la isla (Es Pla), en el Instituto de Ciencias Religiosas de Barcelona, etc. También he escrito en este mismo blog algunas entradas meses atrás. 

Después de recordar, leer los documentos y numerosos comentarios sobre los mismos, unos párrafos del excelente profesor jesuita -también misionero entregado a los pobres en América latina- de nombre Víctor Codina, me ha ayudado a aflorar unos pensamientos que no terminaban de cuajar. 

Al observar el Concilio Vaticano por el retrovisor cambia bastante el juicio que hago del mismo hoy en día. Sigo creyendo que su desarrollo y su impacto en la sociedad fue enorme y, de no haberse dado, la Iglesia actual estaría mucho más desdibujada y extraviada en medio de la crisis o tsunami que padece. Se trató del acto de magisterio más importante posterior al Vaticano I, del cual se cumplían casi cien años. Incluso el presidente De Gaulle afirmó sin reparos que se trataba del mayor acontecimiento del siglo XX.

Cambios extraordinarios

Desde el retrovisor, y tras los extraordinarios cambios que ha sufrido nuestra sociedad, el Vaticano II ya no tiene la fuerza ni la ilusión que despertó en sus inicios. Después de la revolución del mayo del 1968, que cambió tantos paradigmas y despojó de prestigio a la autoridad, las cosas nunca volvieron a ser igual. 

Desde entonces se vino abajo el muro de Berlín con todas las derivaciones ideológicas y económicas que ello supuso. Se derrumbaron las torres gemelas de Manhattan. Aconteció la revolución feminista, la píldora anticonceptiva cambió el ritmo y las posibilidades de vida de las mujeres. 

Se habló una y otra vez de postmodernidad, la globalización y la crisis económica. Las nuevas tecnologías de la información avanzaron con paso formidable. Sobre el tapete de la discusión se instaló el cambio climático, los avances en biología, los indignados… Y todavía más, sin pretensiones de ser exhaustivos: la colonización en África toca a su fin. Las brisas de la primavera árabe recorrieron los países del Norte de África.

¿Cómo no iba a afectar todo ello a nuestra época y nuestra convivencia, nuestras ideas, planes y sentimientos? ¿Y por qué la religión iba a quedar al margen?

Recuerda el citado Víctor Codina que hubo un tiempo en que el slogan decía: Cristo sí, Iglesia, no. Se dio un paso más y se formuló así: Dios sí, Cristo no. Otro paso y se escuchó decir: Religión sí, Dios no. Ahora transitamos el último eslabón: Espiritualidad sí, religión no. Y ciertos escritores, numerosos usuarios de las redes sociales, comentaristas de los diarios digitales, se han contaminado de una total antipatía a cuanto se relacione con el elemento religioso. Parece dispararles el dispositivo del insulto, la mordacidad, la dureza, la agresividad…

Retos radicales y definitivos

Un tal ambiente repercute en los creyentes. Unos se esconden, otros disimulan, los de más allá se llenan de dudas e interrogantes. ¿Qué sentido puede tener reanudar el debate sobre determinados ritos litúrgicos, la reforma de la Curia vaticana, la disminución de la práctica religiosa, la comunión de los divorciados, el celibato sacerdotal y la ordenación de la mujer?

Abórdense si es oportuno y yo confío en que algún fruto se recogerá. Pero los retos son mucho más radicales. La pregunta ya no hay que dirigirla a la Iglesia interrogándola acerca de qué dice de sí misma. Este interrogante fue válido hace medio siglo y en consecuencia todo el Concilio gravitó a su alrededor. Pero hoy la gran pregunta a formular es qué dice la Iglesia acerca de Dios. 

Escribía el ya fallecido teólogo K. Rahner, considerado por muchos el más eximio del siglo XX, que el futuro no preguntará a la Iglesia por la estructura y estética de la liturgia, ni por cuestiones discutidas en teología, ni por el comportamiento de los curiales romanos. Preguntará por el misterio inefable de Dios. Al menos, añado yo, lo preguntarán quienes todavía mantengan papilas para saborear el misterio y no lo arrinconen con ademán prepotente (y estúpido).

Nos encontramos en un momento histórico caótico en el cual muchos creen que no hay verdad, ni existe justicia y la libertad es un fraude. A la Iglesia le corresponde volver a las fuentes del Evangelio, rescatar la figura del Jesús histórico y hacer la experiencia de Dios. Una experiencia que camina en paralelo con la de los pobres, marginados y desesperanzados de nuestro mundo. 

Acabo con una cita del mencionado teólogo V. Codina: No nos engañemos, ni caigamos en la tentación de tocar violines mientras el Titánic se hunde. La Iglesia ha de ser una comunidad mistagógica, una comunidad hermenéutica, que sea mediadora y no obstáculo para el encuentro con el Dios de Jesús y con los pobres.


domingo, 10 de noviembre de 2013

¿Prensa rosa o prensa marrón?


Reconozco que en ocasiones cedo a la tentación del zapping. No muchas, porque los momentos que paso ante la TV son más bien escasos. Y entonces escojo el menú sin esperar ofertas ajenas. Incluso diré que soy selectivo: sólo acepto los platos que contienen noticiaros o el fútbol del Barça.  
Pues en uno de esos deslices dedicados al zapping asomó por la pantalla un panel de señores en torno a una mesa solemne, bien iluminada y con numerosas cámaras enfocando desde diversos ángulos. Supuse que estaban debatiendo algún tema interesante sobre nuestra sociedad. Las apariencias lo daban a entender. Pues las apariencias engañan, como es bien sabido.  
Al cabo de unos segundos caí en la cuenta de que el debate no versaba precisamente sobre economía, política o espiritualidad. Los protagonistas eran personajillos de los que pululan por las revistas llamadas del corazón. Los sesudos panelistas -hasta se diría que de gesticulación grave- investigaban si había tenido lugar el ayuntamiento de un individuo de la farándula con otro compinche.
Era de admirar los argumentos que sacaban a colación para defender las respectivas hipótesis. Se enfadaban cuando otro les contradecía. Tal parecía que les herían en lo más hondo su dignidad personal. De vez en cuando un mini-reportaje relacionado con el tema imponía una pausa a la vez que añadía más leña al fuego. Los participantes discutían, levantaban la voz, se formaba un guirigay que el moderador no lograba atajar. Un observador ignorante del asunto de seguro supondría que se estaba tratando un tema de gran enjundia y pasión.  
Me permito hacer algunas precisiones. Quizás no habría que referirse a la prensa rosa al tratar las cuestiones de parejas que se juntan y desjuntan, que hablan mal de sus rivales, que se ofrecen a los platós de TV para criticar, murmurar o testimoniar falsedades de vidas ajenas. La prensa rosa remite a cuentos de hadas, aves que cantan y vuelan entre nubes rosáceas.  Resultaría más apropiado hablar de prensa marrón que más fácilmente induce a pensar en montajes, rencores, envidias, calumnias y toda clase de elementos putrefactos. Sí, la prensa marrón remite a cavidades intestinales y emanaciones deletéreas.
Pues si de tales materias trata la prensa marrón, se preguntará el lector por qué abundan tanto estos programas en los canales de TV. Fácil respuesta: porque todo ser humano mantiene algún desagüe interior que requiere ponerse en funcionamiento. Y a fe que algunos no le dan descanso al sumidero. Abundan también porque muchas vidas vacías requieren llenarse de otras vidas que se exhiben sin pudor.
Y, por supuesto, abundan tales programas porque engrosan las cuentas corrientes de la emisora, del Director del panel, de los tertulianos, de los difamadores, de la víctima difamada en el banquillo, etc. Todo el mundo saca sus buenos beneficios. 
Los chismorreos de hoy y de ayer
La curiosidad, los rumores, los chismes y el chismorreo no son cosa de hoy. Acontecen desde tiempos inmemoriales. Se dan en el pueblo, la oficina, la escuela, el restaurant. Existe mucha gente con el instinto del chismorreo.
Tiempos atrás este proceder se personificaba en alguna típica mujer mayor del pueblo, bien conocida, que estaba al tanto de la vida de sus vecinos y nada le escapaba de sus conductas. Luego desembuchaba a los oídos de quien quisiera escuchar lo que había conseguido recoger, junto con los comentarios de otros a quienes no desagradaba linchar al prójimo. La susodicha señora no desaprovechaba ocasión para asomarse a cualquier ventana, ni le hacía ascos al menor caudal de información que tuviera al alcance.  
Esta celestina fisgona y entrometida irradiaba incluso un cierto encanto folklórico, mientras no se excediera. También es verdad que, mirada la situación desde otro ángulo, más bien daba pena. Pero resulta que hoy día no es una mujer mayor la mirona que recoge datos para intercambiar con la vecina. Hoy el asunto ha tomado proporciones gigantescas. Un pelotón de periodistas se dedican profesionalmente al poco honroso oficio de meterse donde no les llaman. O quizás sí que les llaman… y entonces todavía peor.
Como fuere, la situación ya no tiene el menor encanto. Más bien induce al vómito. Ya no es una vecina del pueblo la que fisgonea por la necesidad de llenar su vacío existencial con el chisme de vidas ajenas. Ahora las cámaras de TV, los periodistas, los banqueros, las casas comerciales a través de la propaganda, persiguen los chismes, devaneos y amoríos de los llamados famosos.

El espectador acaba interesándose por el divorcio de la señora X y la infidelidad de su cuñado. Participará en la encuesta que solicita opinión acerca de si unos inquilinos de revistas satinadas llegaron a la intimidad sexual o no. Incluso discutirá con su vecina acerca del comportamiento del duque N. o del nuevo rico X. Con todo lo cual se pone en marcha un torrente de verborrea insustancial, insípida y trivial. Nos hallamos en plena vacuidad existencial.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Ínfulas principescas



Para hacerse famoso también sirve la ostentación y el despilfarro. Tristemente famosos se hacen algunos. El nombre del obispo titular de Limburg, en Alemania, ha dado repetidas veces la vuelta al mundo. Su nombre se asocia a los 35 millones gastados en el palacio y aledaños que ordenó construir.

Cuando un magnate gasta tales cantidades para su personal bienestar o por pura ostentación, la indignación ronda cerca. Piensa uno en los múltiples beneficios que podrían llevarse a cabo con semejante suma. Cuando el tal es un obispo cuya tarea principal consiste en predicar el evangelio y dar ejemplo del mismo, entonces la irritación sube de grado. 

No se trata de si el dinero se adquirió legítimamente, sino del escándalo que produce el hecho. Son contadísimos los ciudadanos en el mundo que pueden gastar tan millonarias cantidades. Si encima el responsable se fotografía junto a un lujoso coche sin pudor alguno, y se enteran los feligreses de que su bañera costó 15.000 €… me limito a los puntos suspensivos.

Ganar en credibilidad

¿Qué credibilidad puede otorgársele a una persona con tales hechos? Nos hallamos frente al típico obispo con ínfulas principescas que se siente superior al común de los mortales y al cual no se le ha adherido ni una mota de evangelio. Lo más triste es que el descrédito salpica a todos los fieles, pues un obispo en teoría pasa por muchos filtros ya que en él se refleja -debiera reflejarse- el rostro de la Iglesia. 

Los creyentes tienen el derecho y el deber de defenderse y segregar de la comunidad a personajes de este cariz. Una cosa es pecar por debilidad y otra empecinarse a lo largo del tiempo. Si este señor se manejaba así en lo tocante a la virtud de la pobreza, una regla de tres sugiere cómo se las gastaría respecto de otras virtudes. 

El Papa Francisco le ha relevado de sus funciones, pues con buen criterio trata de adecentar el rostro de la Iglesia. Ha impartido una oportuna lección para otros obispos de estilo y modos renacentistas. Que ofrecen fiestas con camareros vestidos de etiqueta y no les duelen prendas a la hora de amontonar maderas preciosas en sus habitaciones. A los tales les agrada fotografiarse rodeados de personajes linajudos y adinerados mientras se desenvuelven con ademanes señoriales. 

Paralelamente -porque tiene vasos comunicantes- parece que está en proceso de extinción el modelo majestuoso de jerarca que recurre al ejercicio autoritario del poder. Un modelo que se parapeta en su palacio y escucha complacido las adulaciones de sus subordinados. Que favorece el servilismo y reprime a quien osa formular alguna crítica. 

Los fieles están llamados a impedir que individuos de este talante narcisista suban el escalafón jerárquico. Los presbíteros y los fieles necesitan pastores afables, atentos, dialogantes, humildes y pobres de verdad. Sólo así el evangelio resultará creíble. 

La coherencia del Papa Francisco

Todavía existen ámbitos eclesiásticos que admiran el lujo de tiempos periclitados. Pero el actual Papa va denunciando, día a día, un tal modo de pensar y actuar. Determinadas vestimentas, propias de una corte imperial y cortesana, transmiten el mensaje tácito de que quien así se adereza se siente superior a sus congéneres. ¿No lleva ello a pensar en el altivo fariseo más que en el humilde publicano? 

Este mundo suntuoso y de rancio tufo resulta grotesco a la sensibilidad actual. Quienes usan tan peculiares vestidos y modos se equivocan de medio a medio. Mientras suponen que sus modales impresionan a la gente del entorno, se da el caso de que esta gente no entiende cómo en los tiempos que corren alguien puede disfrazarse con tan mal gusto.

El Papa Francisco trata de que la coherencia evangélica no camine en paralelo con los usos y costumbres cortesanos. Ha pronunciado frases muy duras al respecto. En una entrevista publicada en el diario italiano “La Repubblica” ha asegurado que trabajará por una Iglesia sin cortesanos, alejada del narcisismo que ha caracterizado a muchos jefes de la Iglesia. 

Sigue diciendo que los más afectados por el narcisismo son las personas que tienen mucho poder. Y añade todavía: "¿Sabe qué pienso sobre esto? Los cabezas de la Iglesia han sido a menudo narcisistas, adulados por sus cortesanos. La Corte es la lepra del Papado".

Jesús juzgó con severidad a los fariseos que se mostraban rigoristas, exigentes y daban por supuesta su superioridad. Con ese talante cabe apostar sin riesgos que sus actitudes eran poco humanas, escasamente compasivas, altamente presumidas y despreciativas.

A Jesús le eliminaron porque su manera de ser y de hablar llegó a hacerse insoportable para los grupos solidificados en sus ideas y empedernidos en su orgullo. Del Papa Francisco ya algunos grupúsculos empiezan a decir cosas muy feas. Una de ellas es la blasfemia vestida de oración: “ilumínalo o elimínalo”. Señal de que ha dado en el clavo. Ya lo advirtió el erudito Cervantes: “¿Ladran? Luego cabalgamos”.

domingo, 20 de octubre de 2013

A vueltas con la guerra civil


El próximo jueves tengo que dar una charla en la catedral de Mallorca. Forma parte de un ciclo de conferencias con motivo del año de la fe. Se enfoca desde el sentir de la isla. Mi tema es el de los mártires del Coll (Barcelona) que dieron testimonio de su fe en los primeros días de la guerra civil del 1936. La mayoría de los ajusticiados procedían de Mallorca.

Precisamente con las beatificaciones masivas celebradas en Tarragona el fuego se ha atizado nuevamente y numerosos escritos destilan fuerte irritación. Unos han lamentado que se perdiera otra oportunidad de pedir perdón, de reconocer errores y de beneficiarse, por tanto, de los efectos sanadores del perdón.

Los más polarizados a la izquierda han clamado que se trataba de un acto politizado, a favor de una Iglesia franquista, insensible al clamor de los pobres, hoy como hace 77 años. Una Iglesia que sólo honra a los muertos de un bando y cubre con un manto de silencio, si no de desprecio, a los del otro. 

Una espiral sin fin

No creo que sea conveniente espolear la escalada. El terreno se presta a echar en cara aquello de “y tú más”, con lo cual la espiral se agiganta. Una y otra vez se apela al agravio comparativo. Sólo voy a tratar de puntualizar algunos extremos.

1. Los muertos de la guerra civil tienen que ser vistos en el contexto de una historia visceralmente tensa, injusta y compleja. Acercarse al acontecimiento desde un punto de vista anecdótico y contabilizando los muertos de uno u otro bando difícilmente hará justicia a lo acontecido en la incivil explosión de violencia del año 36.

2. El contexto es que existió maltrato y agresiones a la Iglesia por parte de amplios sectores. Pero no puede silenciarse que estos sectores consideraban que la Iglesia/jerarquía (no les importó gran cosa la distinción) se hizo cómplice de un sistema político y social que explotaba y reprimía a las clases populares. Alguna responsabilidad tuvieron en la crispación que desembocó en el conflicto bélico. 

3. Posteriormente la jerarquía de más peso en la Iglesia española se decantó por el levantamiento franquista. La carta pastoral sugerida por el mismo Franco al Cardenal Gomá no dejaba lugar a dudas de la postura asumida por la mayoría de obispos, aunque con algunas honrosas excepciones. El escrito estaba destinado a contrarrestar la condena de amplios sectores del catolicismo europeo y americano. 

4. Dicho esto no debiera cuestionarse la inocencia de la inmensa mayoría de los sacerdotes, religiosos y laicos asesinados por los milicianos. Ellos estaban al margen de intrigas y complots. Vivían embebidos en sus estudios, en su catequesis y en la administración de sacramentos. Su día a día transcurría con sencillez y fe viva. Si algo se les puede echar en cara es que su fe era un tanto ingenua.

Presbíteros y católicos asesinados por tropas franquistas

5. Es cierto que los presbíteros asesinados por las tropas franquistas no han gozado de gran resonancia. Hubo curas vascos ajusticiados por estar implicados en la cultura del país sin que ni de lejos renegaran d su fe. Otros personajes, como Carlos Cardó, fue un intelectual catalanista y promotor de un cristianismo social. Fue perseguido por ambos bandos. 

6. En Mallorca está el caso del cura Jeroni Alomar Poquet que fue fusilado por ayudar a escapar a algunos republicanos a Menorca donde todavía no dominaba el franquismo. Se trata de un caso en el que sí se puede hablar de martirio porque fue su fe cristiana la que le inspiraba la caridad con que trataba de salvar la vida de sus prójimos. 

6. También es cierto que, excepto el cura Poquet, la mayoría de estos sacerdotes y laicos no murieron directamente por su fidelidad a la fe, sino por otras causas, aunque muy nobles. Sin embargo, la Iglesia beatifica a quienes murieron a causa de su fe. 

7. Posiblemente fuera conveniente una petición de perdón relativa a la actitud de la Iglesia en la guerra civil y que la hiciera la Conferencia Episcopal. Nunca está de más el perdón. Pero también hay que decir que se pidió en la Asamblea conjunta ya en los años 60, aunque no llegó al tercio requerido para su aprobación oficial. Desde entonces numerosos personajes representativos han apelado al perdón y la reconciliación. En la reciente beatificación de Tarragona también ha habido referencias al perdón. Juan Pablo II pidió perdón por los pecados de la Iglesia. 

8. Tenemos todo el derecho de honrar y venerar a unos mártires que murieron por su fe, a veces perdonando explícitamente a sus verdugos. No nos avergonzamos de homenajear a quienes dieron la vida en la prueba del mayor amor. Ellos murieron por odio a una forma de ser Iglesia que ellos no representaban. Pagaron por unas responsabilidades que no eran suyas.

jueves, 10 de octubre de 2013

Beatificaciones en Tarragona


Un muy numeroso grupo de mártires del pasado siglo, exactamente 522, serán beatificados en Tarragona el próximo día 13. Se prevé que asistan alrededor de 25.000 personas. De ellas unos 4.000 serán familiares. Participarán un centenar de obispos, un tercio de los cuales procedente del exterior. Se prevé la asistencia de 1.400 sacerdotes.

Acudirá también a la cita el Presidente de la Generalitat, Artur Mas, así como algunos miembros de su gabinete. Lo cual será motivo de interpretaciones varias, de acuerdo a las diversas filias y fobias. 

El acontecimiento ha vuelto a atizar la polémica. Que si muertos de primera o de segunda, que si es oportuna o no la canonización. Personalmente escribí un libro sobre los mártires del Coll (Barcelona) que alcanzó una segunda edición en versión castellana y catalana. También un folleto en ambas lenguas. 

Este hecho propició la ocasión para que me invitaran repetidas veces a hablar públicamente sobre el tema, principalmente en Mallorca. Ello antes y después de la beatificación que tuvo lugar en Roma en octubre del 2007, si no ando equivocado. Una ceremonia parecida a la que se llevará cabo en Tarragona, tanto por las personas que sufrieron el martirio como por las circunstancias en que lo padecieron. 

No voy a abundar en la polémica. Simplemente mi opinión coincide con una proclama que publicó mi Congregación y de la cual reproduzco un par de párrafos:

Os prometemos que nuestra intención no es mirar hacia atrás ni organizar revanchas de ningún tipo. Más bien, aprovechamos la oportunidad para hacer examen de conciencia y evaluar cuáles son nuestras alianzas. Pedimos perdón, humildemente, por las veces que la Iglesia no estuvo de parte de los pobres y descuidó el ministerio de reconciliación universal que le correspondía.

No nos avergonzamos tampoco de rendir homenaje a quienes dieron la vida, que es la prueba de amor más grande, en el seguimiento del buen Jesús... Reconocemos públicamente que nuestros hermanos y hermanas fueron víctimas del odio a una forma de ser Iglesia que ellos no representaban... en la periferia marginada de la metrópoli, vivían dedicados a la evangelización, al cuidado de los enfermos y a enseñar las primeras letras a los hijos de los obreros... Murieron perdonando, aceptando una condena injusta y sin apelación para que otro mundo fuera posible.

Creo legítimo, pues, canonizar a unas personas que, por lo general pagaron por responsabilidades que no eran las suyas. Fueron usados como símbolos de un sector de la Iglesia que demostró muy escasa sensibilidad social. Y pagaron el precio de unos odios desmesurados y desorbitados que no hablan nada bien del otro bando. Los asesinos querían matar unas ideas o a unos individuos que incidían en la marcha del país retrasando el progreso de los pobres. Pero dispararon sus fusiles contra personas de carne y hueso, del todo inocentes de intrigas políticas. 

Hoy, sin embargo, quiero añadir algunas ideas al asunto. La sensibilidad religiosa ha variado al cabo de los años. Los mártires desempeñaban un papel esencial en la piedad popular en tiempos de cristiandad. Sus muertes gloriosas llevaban a invocarlos, a desear su intercesión en el momento de la muerte. 

Era éste un lenguaje y un pensamiento típico de la cristiandad, que daba sus últimos coletazos allá por los años 30. No hay por qué renegar del mismo. Pero hoy día se ha pasado la página de la cristiandad. No invocamos a los mártires para que sean nuestros abogados en el morir porque tampoco imaginamos a Dios organizando un juicio espantoso y aterrador. 

El tipo de santidad de la época, por otra parte, casa poco con la sensibilidad de nuestros días, que transcurren en plena postmodernidad. Ascetismo, devoción mariana intensa, observancia que incluía algunas futilidades, tendencia a la fuga mundi: tales eran las virtudes más exaltadas de la época y las más practicadas por lo general. Virtudes, sí, pero más pasivas que activas, por lo demás. 

Al escribir estas cosas de ninguna manera quiero desmerecer el martirio de quienes lo sufrieron. Cuando alguien entrega la vida por una causa merece un silencio preñado de respeto. Si es por la fe en Jesús, entonces el creyente se arrodillar ante su cadáver y toma nota de que la Iglesia sigue siendo creíble, no obstante el lodo que la mancilla. 

No hay que desmerecer el mérito del martirio, pero la huida del mundo y una exagerada piedad mariana no parece que sean los raíles por los que pueda discurrir la piedad de un joven en nuestros días. Ese tipo de devoción no puede ser esgrimido como modelo para las nuevas generaciones. Y conste que los próximos beatos pudieron hacer un gran bien a su alrededor. Seguramente lo hicieron.

La beatificación y/o canonización de los santos ha significado desde los primeros siglos que la iglesia primitiva, y luego la de la Edad Media, se alimentaba de héroes. Han transcurrido muchos lustros. No vivimos en la era de la cristiandad. Nuestros modelos por lo general tienen un perfil distinto. Y nos hallamos en horas bajas en cuanto a las plegarias dirigidas a los santos. 

No quiero ser malicioso, pero en ocasiones lo más visible de la beatificación/canonización consiste en una gestión de preparación burocrática engorrosa y económicamente onerosa. Normalmente emprenden la tarea con éxito las congregaciones religiosas, que disponen de recursos, medios y motivaciones para lograr el objetivo propuesto. Si ello redunda en beneficio de dichos religiosos, bienvenida sea la beatificación, después de todo. Y si de rebote también sale beneficiado algún dicasterio vaticano... todo el mundo tiene derecho a vivir.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Un Rey criminal y cínico


Todo el mundo asocia el nefasto nombre de Hitler con los mayores crímenes y genocidios del siglo XX. Pues no es el más relevante ni el más nefasto. Existe una larga lista de individuos despiadados, malhechores y granujas, dispuestos a matar si así se les antoja. Ahí está Stalin y su Gulac. Mao con la muy publicitada revolución cultural. Pol Plot eliminando a intelectuales, mandando hombres por miles a los trabajos forzados en Camboya… ¡Cuántos horribles asesinatos se han ido acumulando a lo largo de la historia!
¿Y Leopoldo II de Bélgica? ¿También un criminal de esta pestilente camada? Pues al parecer aventaja a todos los nombrados. Procedente de Bélgica, la civilizada nación asentada en el centro de Europa. Apenas salen a relucir los crímenes de Leopoldo II porque las víctimas no llamaban en absoluto la atención. Sólo unos diez  o doce millones de hombres y mujeres de piel negra repartidos entre varias tribus del lejano Congo…
Corrían los años en que se inventaron los neumáticos de caucho. La demanda mundial de látex, su materia prima, se disparó, pues los automóviles y las bicicletas requerían grandes cantidades del producto. Leopoldo obligó a la población indígena a un régimen de trabajo cruel. La presión y la violencia sobre los trabajadores iban en aumento.  
Los judíos asesinados por Hitler no llegaron a seis millones, la mitad de las víctimas de Leopoldo, rey de Bélgica. Este rey, número uno, del asesinato tenía, además, la desfachatez de presentarse como un benefactor favorable a los nativos. Realmente hay motivos para sorprenderse de los sórdidos ejemplares que las olas de la historia depositan en reflujo sobre nuestros días.   
El individuo de marras fue el hombre más rico del planeta hasta su muerte en 1909. Guerras, matanzas y dictadores legó al país africano. Todavía hoy la gente se mueve en un caos donde la vida vale menos que un pedazo del coltan que requieren los móviles y ordenadores. Los diamantes para ornamentar el cuello de las señoras pesan más en la balanza que el hambre de millones de indígenas. Algunos países poderosos saben bien del asunto y han tramado lazos que les beneficien. Es la herencia de Leopoldo II, al que no bastó masacrar al por mayor en vida y por eso dejó un país desvertebrado a fin de que los crímenes continuaran en el futuro.
El tal Leopoldo fue propietario personal del Estado libre del Congo. Porque estos inmensos territorios no eran una colonia belga, sino su propiedad privada. Y en ella se movían libremente miles de matones para torturar, azotar y explotar a los congoleños. Al menos hasta que los escándalos adquirieron tal envergadura que las presiones internacionales le obligaron a cederlo al país. Claro que con muchas condiciones favorables a sus herederos, en particular amantes e hijos.
Un discurso de infeliz memoria
Me ha movido a escribir estos párrafos la dosis indigerible de cinismo que se halla en uno de sus discursos que casualmente llegó a mis manos. Precisamente el que tiene que ver con el envío de unos sacerdotes misioneros al Congo belga. Palabras que indignan y escandalizan. Para más inri su autor pretendía esconderse detrás de la máscara cristiana. 
He aquí algunas frases entresacadas del citado discurso correspondiente al año 1883. Pocas veces se leen escritos tan abominables, abyectos e infames, tan abiertamente desvergonzados. Leopoldo II hizo méritos, con solo este escrito, para pasar a la historia como un ser indigno, mezquino, perverso, pérfido, egoísta, manipulador y embrutecido. Perdone el lector que me anime engrosando la lista de adjetivos. Por ganas, podría añadir alguno más.   
Sacerdotes, vosotros vais ciertamente para evangelizar, pero esta evangelización debe inspirarse ante todo en los intereses de Bélgica.
Vuestro papel principal es el de facilitar la tarea a los funcionarios de la Administración y a los empresarios. Esto quiere decir que interpretareis el evangelio de cara a proteger nuestros intereses en la colonia.
Para hacer esto vigilareis entre otras cosas que no se interesen por las riquezas que abundan en sus suelos y subsuelos, a fin de evitar que interesándose en ellas nos hagan una competencia mortal y sueñen en desalojarnos a nosotros algún día.
Vuestro conocimiento del evangelio os permitirá encontrar fácilmente textos recomendando a los fieles amar la pobreza, como por ejemplo "felices los pobres, ya que el reino de los cielos es para ellos", "es más difícil a los ricos entrar en el reino de los cielos". Haréis lo posible para que los negros tengan miedo de enriquecerse y así puedan ganarse el cielo.
Para evitar que de vez en cuando se rebelen, deberéis recurrir a la violencia. Les enseñareis a soportarlo todo aunque sean injuriados y golpeados por vuestros compatriotas de la Administración. Les invitareis a seguir el ejemplo de los santos que han puesto la otra mejilla después de haber sufrido golpes.
Insistid sobre todo en la sumisión y la obediencia. Evitad desarrollar el espíritu crítico en vuestras escuelas. Enseñad a vuestros discípulos a creer y no a razonar. Evangelizad a los negros hasta la médula de sus huesos y que permanezcan siempre dóciles.
Hacedles pagar una tasa cada semana en la misa dominical. Utilizad luego este dinero destinado pretendidamente a los pobres  para convertir vuestras misiones en centros comerciales florecientes..
Instaurad para ellos un sistema de confesión que permita denunciar a todo negro subversivo a las Autoridades investidas del poder de decisión.
Enseñad a los negros que sus obras de arte son obras de Satán, confiscadlas y llenad nuestros museos. Enseñad a los negros a olvidar a sus héroes, a fin de que no adoren más que a los nuestros. No prestéis una silla a los negros que os vienen a visitar. Dadles a lo más una colilla de cigarro. No le invitéis jamás a comer aunque él mate un pollo cada vez que vayáis a visitarle.
Queridos compatriotas, si practicáis a la letra todas estas instrucciones los intereses de Bélgica en el Congo serán salvaguardados durante siglos. Muchas gracias.

(Texto extraído de "La balance" n. 13 - 9 Agosto 1995).

viernes, 20 de septiembre de 2013

Mentiras, embustes y otros sinónimos


Imaginemos un escenario frecuente. Los ciudadanos lamentan algún recorte especialmente doloroso, tras haber sufrido ya una larga serie de tijeretazos en diversos campos. Un periodista aborda al político responsable del mismo y, sin inmutarse, éste responde simplemente que este recorte en realidad es para reforzar el servicio a los ciudadanos. 

Así, contradiciendo la evidencia, sin matizar, sin ruborizarse. ¿Un engaño o una burla? La pretensión de engañar -o de intentarlo, que no todo el mundo es tan ingenuo como suponen- se ha generalizado hasta extremos impensables. Se diría que la mentira constituye un componente de nuestra cultura. 

Una liturgia de la mentira
La mentira, el embuste, la insidia, la patraña y la calumnia han venido a ser armas de las que uno echa mano con pasmosa naturalidad. Si se puede sacar provecho del engaño, pues adelante, que todo el mundo lo hace, que nadie es un santo, que mejor adelantarse al adversario y, después de todo, “más vale prevenir que curar”. A todas estas expresiones y refranes de contenido indecente se recurre para justificar lo que no tiene justificación. 

Se ha ido tejiendo una liturgia con los mimbres de la mentira y la materia prima de los embustes. Una liturgia que también podría llamarse “ceremonia de la confusión”. En ocasiones los protagonistas de la pantomima nos irritan y nos ponen de los nervios. En otras más bien provocan la hilaridad. En efecto, contemplar a personajes bien vestidos, bien alimentados y perfumados soltando ridículas tonterías, a las que nadie con una pizca se sentido común puede dar crédito, provoca la risa. 

Dicen que el humor tiene que ver con los contrastes. Un contraste robusto tiene que ver con el político tutelado por guardaespaldas, de rostro afeitado / maquillado que se embrolla y da vueltas a la frase tratando -sin lograrlo- que la mentira parezca verdad. 

Los tiempos que nos ha tocado vivir son tiempos donde reinan las patrañas y las medias verdades. Los políticos, los economistas, los hombres de la cultura, los de la farándula y también, lamentablemente, los de las Iglesias, recurren con frecuencia a la mentira. Mienten los profesionales de la información, los funcionarios y los banqueros. Los grandes banqueros muy en particular. Quizás quepa decir aquello de que “quien tenga las manos limpias que tire la primera piedra”. 

¿Por qué las cosas son así? Propongo una hipótesis entre tantas. Para mí que quienes dicen la verdad y se niegan a encubrir a los tramposos acaban molestando y por ello se les margina. Son poco maleables, estorban, generan situaciones incómodas para quienes mandan y carecen de escrúpulos. 

En contrapartida quienes atemperan la verdad o la disimulan son los triunfadores. Sucede en el ámbito de la política, de la banca, de la empresa y en otros muchos. Tal vez esta situación hace comprensible que cuando hace su aparición una persona sincera y valiente, que no le teme al qué dirán, se la maltrata. Sus adversarios multiplican las bromas sobre su proceder y no se detienen hasta llegar a la difamación y la insidia. Al parecer no caen bien las personas transparentes y honradas que se niegan a colaborar o encubrir la mentira. 


¿Vivir en un charco de inmundicia?

Las mentiras de unos y otros, de los mentirosos profesionales, de los ocasionales y de los compulsivos, pero también de los simples ciudadanos, nos están deseducando a todos. Invitan a prevaricar para trepar más alto. 

Y esto no es todo. La economía capitalista, en su vertiente más salvaje, miente a cara descubierta o a calzón quitado, como prefieran. En realidad sólo puede funcionar a base de engaños. La letra pequeña de los contratos resulta de gran ayuda al respecto. La publicidad constituye una inmensa mentira con poquísimas excepciones. Los contratos relativos a las hipotecas sabemos cómo las gastan. Y para mí que las inversiones en bolsa son un camelo de gran tamaño. Las ganancias suelen estar relacionadas con insidias y rumores esparcidos con la peor voluntad. 

Como el pez vive rodeado de agua, así la sociedad acabará encontrando su humus en los infundios. En consecuencia se sigue votando a quienes sueltan burdas mentiras y engañan a conciencia. A quienes dicen exactamente lo contrario de lo que hacen sin molestarse siquiera en matizar ni justificar nada. ¿Será que a un amplio sector de la población le agrada que la engañen? Ya sería el colmo, pero por ahí parecen ir los tiros. 

Unos hablan del respeto a los imputados y de la sagrada presunción de inocencia, aunque los indicios del crimen desborden por todos los costados. Pero contratan abogados diestros en retorcer la ley, en inventar amparos para entorpecer los procesos. El objetivo apunta a maniatar a la justicia o presionar las balanzas que aguanta en sus manos. El fin, justifica los medios. 

Otros discursean acerca de la democracia y el Estado de Derecho, mientras alegan escuchar a las mayorías silenciosas que nada dicen y se niegan a escuchar los gritos de las mayorías cuyas voces resuenan por las calles y atraviesan las fronteras. 

Nos deseducan los farsantes, troleros y embusteros. Va siendo hora de desenmascararlos e impedir tantos embrollos. No debemos acostumbrarnos a vivir en una cultura de la mentira, es decir, en un charco de inmundicia.


martes, 10 de septiembre de 2013

En dirección hacia el Jesús de la historia


El curso pasado me estrené dando clases por internet. La Institución que me invitó y que organizaba los encuentros virtuales, además de aportar el programa y algunos recursos, era el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona. ISCREB le llaman por sus siglas que, por cierto, no suenan especialmente delicadas al oído. Pero, como acontece con toda costumbre, a fuerza de repetirlo acaba uno por parecerle la mar de normal el fonema.  

El caso es que el personal dirigente de ISCREB, a través de la Directora de estudios -Nuria Caüm- me ha transmitido una encomienda: que escriba una especie de libro digital que sirva de texto para los estudiantes de Cristología. 

Bajo el peso de la bibliografía
Tareas de este tipo he realizado varias a lo largo de los años y por eso no me negué. Luego, reflexionando conmigo mismo, sin embargo, fui consciente de que la labor no es sencilla. Sí, dispongo de mucho material, incluso de un librito que escribí en Santo Domingo titulado “Jesús, el corazón humano de Dios”. Pero un vistazo a la más reciente bibliografía sobre el tema me hizo experimentar el agobio.   

No podía escribir un texto ignorando totalmente lo que ha salido a la luz en los últimos 20 años. Ahora bien, las publicaciones conforman un río formidable de textos, artículos y escritos de todo tipo. Corren tiempos laicistas y escépticos, pero no se detienen las máquinas de las editoriales. ¿Cómo incorporar lo más relevante de estas publicaciones al encargo que he aceptado? ¿O simplemente hay que ignorarlo?

Escogeré el camino de en medio. Ignoraré todo lo que transite por los caminos de una excesiva especialización o de cuanto sea discutido de entrada. Trataré de incorporar lo que tenga visos de mayor perdurabilidad y resulte más digerible para alguien que, después de todo, sólo despliega las primeras brazadas en este mar de la cristología.  

Mis autores preferidos hasta el presente, particularmente en cristología, eran José I. González Faus, Hans Küng, José A. Pagola, Leonardo Boff y José M. Castillo. No renuncio a ellos y pienso que la mayor parte de sus escritos sigue siendo válido. Pero otros muchos autores se han sumado al pelotón. 

Hay un tema que ha merecido un cultivo excepcional: el del Jesús de la historia. Autores creyentes y escépticos, católicos y de otras confesiones han querido aportar su contribución. Con lo cual el pobre lector vaga desorientado, sin capacidad para enterarse del caudal que sueltan las editoriales. Con frecuencia anda desconcertado, además, porque las conclusiones en ocasiones son tan distintas como distantes. 

Una página de presentación
Yo tengo pensada una página introductoria al capítulo del Jesús histórico que, más o menos, dirá lo que sigue. 

Jesús es una figura histórica, sin duda, y por eso no la podemos secuestrar de su entorno ni de los datos históricos que han llegado hasta nosotros. De lo contrario construiríamos un personaje de perfil fantasmagórico y huérfano de credibilidad.

Las estampas que nos presentan a Jesús de Nazaret son por lo general muy refinadas. Piel blanca, vestidos limpios y planchados, posturas ceremoniosas... Seguro que el aspecto del Jesús de la historia no era tan pulido. Preciso es tener en cuenta que Él vivió hace más de 2.000 años, en un país oriental, de cultura muy diferente a la europea. Por otra parte, los siglos de cristianismo que nos preceden han construido un Jesús tirando a místico y poco humano. Precisamente por eso cuando algún film ha acentuando sus rasgos más humanos, ha indignado a mucha gente.

De todos modos, la investigación del Jesús de la historia -que no coincide sin más con el de la fe ni el del catecismo- es un intento de reconstrucción, una hipótesis. Tampoco hay que creer a los sabios que estudian el tema como si sus conclusiones fueran definitivas. La verdad es que entre ellos mismos difieren notablemente. Aún así, la reconstrucción histórica nos ofrece un Jesús a menudo más sugerente y sorprendente, más cerca del personaje que vivió en la Palestina del siglo primero.

El estudio de Jesús con perspectiva e intereses históricos data de la época de la Ilustración. Anteriormente nadie sintió esa necesidad o, en todo caso, no la planteó. No se ponía en duda que los evangelios eran testigos fidedignos y que remitían a las palabras y los hechos de Jesús. En tiempos del renacimiento y los orígenes del protestantismo ya algunos intelectuales notaron determinadas incoherencias, pero trataban de salir del paso como mejor se les antojaba y -sin hacerse mucho problema.

Sin embargo era previsible que llegara el momento en que se explicitaran serias dudas sobre los evangelios. El momento llegó y tuvo el efecto de un terremoto. Muchos interrogantes irrumpieron. Algunos teólogos incluso confesaron haber perdido la fe. A pesar de estos inconvenientes, la empresa de estudiar el Jesús histórico se convirtió en una aventura apasionante.

La investigación acerca del Jesús de la historia emplea los recursos y criterios que le brinda la metodología. Al final se trata de reconstruir la persona de Jesús de Nazaret, pero después de tantos años y de tantas cosas que ignoramos -de arqueología, sociología, política de la época, etc.- el resultado será inevitablemente limitado. Es necesario moderar el entusiasmo. De paso evitaremos también futuras decepciones dado que las conclusiones y propuestas cambian a menudo.

La investigación sobre el Jesús de la historia se ha convertido en un tema central en los últimos 250 años. A. Schweitzer decía que la hazaña más importante de la teología alemana era el estudio de la vida de Jesús. De hecho, nos hallamos ante un tema central para la exégesis y la teología que quiere dialogar con la cultura del entorno. La sensibilidad por la historia es un rasgo característico del hombre contemporáneo.

Los orígenes geográficos del cristianismo se pueden señalar con el dedo sobre un mapa. Las palabras más fundamentales de la fe cristiana sabemos quién y cuándo las pronunció. Otras religiones remiten al mito, pero el cristianismo lo hace a un evento histórico. Renunciar a la historia de Jesús en principio nos hunde en el docetismo, ignora el hecho de la encarnación y lleva a perder la credibilidad.

viernes, 30 de agosto de 2013

Los estudios de los políticos


Repetidamente se leen o escuchan comentarios acerca de las numerosas meteduras de pata de los políticos. La pregunta resulta inevitable: ¿qué se estudia para ser político? ¿Qué conocimientos han adquirido los diputados, los parlamentarios, los ministros y demás personal del gremio para decidir por los demás y ganarse un jugoso sueldo? 

Aguijoneado por la curiosidad, me dispuse a investigar las condiciones para formar parte del grupo político de más rango, a saber, del ejecutivo del país. Le formulé el interrogante a Google, que parece saberlo casi todo. Me respondió al cabo de pocos segundos que, de acuerdo al artículo 11 de la Ley del Gobierno, para ser miembro del Ejecutivo basta con «ser español, mayor de edad, disfrutar de los derechos de sufragio activo y pasivo, así como no estar inhabilitado para ejercer empleo o cargo público por sentencia judicial firme».

No se necesitan estudios

Ni una palabra acerca de los conocimientos requeridos. No es que sobrevalore los títulos o diplomas, ni que considere a sus poseedores un peldaño más arriba que el resto de la población. No. A lo largo de los años he tropezado con doctores -incluso doctores en varios campos a la vez- que han fracasado tristemente en todo lo que han emprendido. Sólo triunfaron en las aulas. 

No me impresiona, pues, que alguien haya frecuentado asiduamente las aulas de la universidad. Por otra parte es justo distinguir entre conocimientos técnicos y decisiones de tipo político. Las cuestiones políticas se alimentan por conductos diferentes de los académicos o técnicos. Beben de la ideología, del partido, del ADN familiar… 

Castigar al gobierno de un país en guerra puede ser moralmente bueno si un elemental sentido humanitario exige colaborar contra la injusticia y hay garantías de que no van a padecer justos por pecadores. Y puede ser malo si se hace por puros intereses económicos o de prestigio. 

Cierto que los conocimientos estrictamente técnicos no suelen tener mucho que decir a la hora de las decisiones políticas. De todos modos un individuo cultivado, bien leído y correctamente aconsejado, en principio parece aventajar a quien desconoce el pasado de los pueblos y sus costumbres. Estar familiarizado con el humus de la propia historia, saber lo acontecido en épocas pasadas, sin duda resulta un valor añadido al mero sentido común del individuo. 

No, no me arrodillo ante títulos ni diplomas. Pero me sorprende en gran medida que quienes se mueven en el Olimpo del Estado en el que me toca vivir tengan tan escasos conocimientos de los idiomas y concretamente del inglés. No menos me desconcierta que en general los ministros carezcan de experiencia profesional previa en los asuntos que van a gestionar. De sus palabras y decisiones pueden originarse grandes bienes o grandes males para muchos millones de habitantes. 

¿Quién no se asombra de que un individuo pueda ejercer de ministro de defensa y al cabo de unos meses cambiar la cartera por la de turismo o deporte? Tales cambios probablemente obedecen al prurito de contentar a los amigos, o son una total falta de respeto a la población o una broma de mal gusto. No sé encontrar otra explicación. Ni conozco ningún sector profesional donde ocurran tales cosas. Aunque también es verdad que el sector público se alimenta del dinero público -anónimo, pero fiel al guiño de quien manda- mientras que los negocios privados no disponen de ingresos ajenos. 

Decisiones políticas y técnicas

Existen decisiones políticas y decisiones técnicas. Los estudios sirven particularmente para ejercer con competencia en las cuestiones de tipo técnico. Cierto, pero no estorban en absoluto a la hora de tomar decisiones político-ideológicas. A un político no le haría ningún mal profundizar en la Constitución. Tampoco le enfermaría saber acerca de leyes laborales, presupuestos, recursos humanos, geografía nacional, etc. 

Lejos de mí lamentar el sistema democrático que Occidente se ha dado a si mismo tras muchos años de rodeos y retrocesos. Pero mantengo igualmente lejos de mi la ingenuidad de pensar que quien gana los comicios es siempre y en todo caso el mejor. Gobierne el ganador de las elecciones, pero no se vanaglorie de ser el mejor. Las elecciones tienen mucho que ver con el físico del candidato, con sus apariciones en TV, con el financiamiento (quizás ilegal) de su partido, con la fama y con tantas otras cosas ambiguas. Me abstengo de citar nombres cuya fama en el deporte, el cine o la TV les ha reportado jugosos réditos. 

Nadie se dejaría diagnosticar por quien no poseyera los oportunos estudios en medicina, ni permitiría que cualquier aficionado le pusiera en orden la dentadura. Sin embargo se encumbra a personas sin apenas estudios en los altos círculos de la política. Es de esperar que equivoquen el tipo de bisturí, operen sin anestesia, se les infecten las heridas y ahonden el mal que pretendían apaciguar. 

Uno se juega mucho confiándose a los profesionales de la salud: desde la salud al patrimonio personal. De ahí que la sociedad exija los oportunos conocimientos al respecto. Pues para dirigir un país, presupuestar millones de euros, y tomar muy delicadas decisiones, basta con estudios elementalísimos. Claro, también con la venia del partido, los dineros de quienes lo financian y las pasarelas en las cuales se mueven. 

A quien corresponda diseñe el currículum adecuado para ser buen político. Y no olvide algunos apéndices muy útiles. Por ejemplo, el candidato debería haber vivido de su trabajo profesional y no de los beneficios del partido desde jovenzuelo. En su expediente no podría figurar ninguna imputación. El tiempo máximo de actuación pública no sobrepasaría los cuatro años. 

Como Luther King, yo también he tenido un sueño. Un sueño modesto y con grandes posibilidades de que permanezca en el reino de las entelequias. Ya lo dijo Calderón de la Barca: los sueños, sueños son.