El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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viernes, 30 de diciembre de 2016

A un envidioso

Apreciado envidioso: deja que empiece sin preámbulos diciéndote que, por propia voluntad, te vas amargando la vida de cada día y haces del bienestar del prójimo una tragedia de uso personal.

No vives tu propia vida, pues la condicionas a lo que hacen los demás. Te desenvuelves bien con tu coche, pero de pronto, si el vecino compra uno mejor, te entra el prurito de cambiarlo. Sufres pesadillas nocturnas hasta que lo consigues. Luego lo paseas frente a su casa para que sepa muy bien de tus superiores posibilidades económicas.

Objetivo: opacar al prójimo.

Cuando bautizas a tu hijo recién nacido o casas a tu hija salida de la adolescencia, quieres que tu entorno se entere.

Deseas impactar. ¿Qué la ceremonia resultaría más calurosa y familiar en un ambiente privado y modesto? Te da igual. No vas a dejar pasar la oportunidad. Si tienes que empeñarte por unos años o trabajar para lograr un doble sueldo, lo harás con gusto. La cuestión es mirar por encima del hombro a tus vecinos. Lo de menos es el gozo del acontecimiento.

Ésta es tu tragedia que cada día va anulando tus mejores energías. A cualquier suceso que te salga al paso quieres sacarle el jugo. Lo utilizas como pretexto para brillar. Mejor dicho, para opacar a quienes viven en tu entorno. Eres un devastador. Estás dispuesto a cercenar todas las cabezas que sobresalgan por encima de la tuya.

Y no menos preocupante resulta que te vayas destruyendo interiormente. Un gusano va royendo tu felicidad y tu tranquilidad. O quizás habría que decir que tú mismo eres el gusano que se va carcomiendo paulatinamente.

En ocasiones has luchado por causas realmente dignas de elogio. Pero, curiosamente, si otro es el que va delante con la bandera de la misma causa, entonces se agosta tu entusiasmo y empiezas a encontrarle puntos oscuros. Acabas, quizás, despreciándola, aunque en realidad a quien desprecias es al que brilla gracias a ella.

Observa hasta dónde conducen los mecanismos que mueven los secretos resortes del envidioso. No empleas las energías que posees para hacer el bien, sino para impedir que otro lo realice. O sea, cometes un pecado de omisión por partida doble: evitas que otros hagan y dejas de hacer. Para ti, el planeta yo debe estar en el centro y ser admirado por todos los demás, que jamás dejarán de ser satélites.

Una lógica peculiar.

Tus juicios han dejado de moverse por la lógica. Valoras las obras de los demás según tus particulares conveniencias, a saber, si te permiten brillar o te opacan. Debieras saber que existen multitud de refranes que miden la verdadera estatura del envidioso. La envidia es la venganza de los incapaces, reza un proverbio americano. Ya el viejo autor Plinio el Joven sentenciaba que envidiar significa reconocerse inferior.

Es así. Desde el momento que segregas este líquido viscoso, por más que invisible, llamado envidia, confiesas que no estás a la altura del otro. Y, en lugar de admirarle, pretendes hundirle. Donde se mueve un envidioso, señal de que algún valor se hace presente. Ya ves, acabas siendo un termómetro que calcula lo valioso que es justamente a quien deseas quitar de en medio. Arrojas piedras contra el árbol lleno de frutos. Si el árbol fuera estéril, no te molestarías tanto. El resultado que consigues es exactamente el contrario al que pretendías.

El triunfo ajeno te desgarra íntimamente. El bienestar del prójimo te causa un indisimulado desasosiego. Tu envidia va enterrando tus propias ilusiones. Genera inútiles sufrimientos. Es responsable de la frialdad que va apoderándose de tu corazón.

Es interesante comprobar que se suele envidiar a los que están cerca: los vecinos, los colegas, los de la misma profesión, los de idéntica clase social. Ningún pobretón envidia al presidente del país, a no ser soñando con los ojos abiertos. Pero, si el pobretón sale de su miseria y está afectado por el virus de la envidia, entonces, en lugar de vivir agradecido, empezará a mirar de reojo a sus nuevos vecinos para conseguir trepar más alto que ellos. La envidia no tiene tope. Asemeja a una carcoma que no ceja.

Y es que, por definición, la envidia es la tristeza o pesar del bien ajeno. Como siempre habrá quien posea, sepa o brille más que tú, jamás curarás de esta enfermedad. Moraleja: revísate a conciencia, detecta si la envidia echó metástasis y ponte en manos de un buen médico. Que, en este caso, no puede ser otro que tú mismo. Tu voluntad de ver con ojos limpios los bienes y las cualidades de tus hermanos.

Contra envidia, amplitud de espíritu. Éste es el antídoto recomendado.

Con los mejores deseos de que te liberes de tantas amarguras como te aquejan inútilmente, se despide tu seguro servidor.


martes, 20 de diciembre de 2016

Dimensión política de la Navidad

Los evangelios de la infancia de Jesús no se clasifican en la categoría de la historia estricta, como bien saben los interesados por el tema. Sin embargo, proclaman una gran verdad. Como sucede tantas veces, la verdad más genuina no se relaciona necesariamente con la ecuación matemática o la probeta de laboratorio.

El lírico relato del nacimiento de Jesús es más apto para imprimir huellas duraderas en el corazón humano que el acta certificada por un notario. Jamás se han convocado agrupaciones festivas con el propósito de celebrar una fiesta alrededor de un acta de nacimiento o de una cédula. Pero desde hace dos mil años, en los más lejanos rincones del planeta, hay gente que recuerda el aniversario de un niño en pañales, gimiendo en una cueva, al calor de unos animales.

Más allá de la vertiente poética
Los cristianos que todavía mantienen estelas infantiles en su interior tratan de reproducir el bosque recurriendo al musgo. Construyen un establo de cartón y simulan un río de aguas cristalinas con papel de aluminio. Les da por manipular el algodón hasta asemejarlo a las blancas nubes que recorren el firmamento. Tal parece que alguna pandemia infantil y nostálgica se apropia de los corazones en la época navideña. Es el momento del canto y el abrazo, de la comida compartida y de olvidar los malos ratos que la vida proporcionó hasta ayer mismo.   

Más allá de la vertiente poética, que no debiera evaporarse aún en tiempos de técnica y consumo, la Navidad interpela la dimensión política de la sociedad. Bien está la poesía, siempre que no suma en el letargo. Pero el relato evangélico, a decir verdad, no se refiere a una noche silenciosa, ni describe los cabellos rubios y ensortijados de un bebé con mofletes color de rosa. El pesebre y los pañales remiten a un mundo pobre y fruto del rechazo. No había lugar para ellos en la posada. Los evangelios canónicos ni siquiera dan fe de un asno y un buey atentos a calentar el ambiente.

Los papeles se invierten
Está claro que el pasaje de Belén se posiciona en favor de los desprovistos de voz y de poder —los pobres, los pastores— y en contra de poderosos. Cita con displicencia al emperador Augusto, ya que no queda más remedio que datar el hecho. Pero junto al pesebre no están los sumos sacerdotes, ni el gobernador, ni los sabios escribas, tan versados en los vericuetos de la Ley. Curiosamente, sí desempeñarán ellos un papel relevante en la pasión y muerte de este niño apenas nacido.

El canto de María, la llena de gracia, habla de la humillación de los poderosos y la exaltación de los humildes, de la saciedad de los hambrientos y la postergación de los ricos. No por nada, sino porque a la mayor riqueza de unos corresponde la mayor pobreza de otros. El niño ya va acostumbrando el oído a las expresiones de su madre, que apuntan a una convivencia social muy distinta. Ahora el pequeño todavía balbucea, pero cuando crezca insistirá en que los últimos son los primeros y viceversa.

Bien está la noche de paz que nos propone el más famoso villancico. No escatimemos la poesía de una noche fulgurante de estrellas alumbrando la gruta de Belén. Pero tampoco pasemos por alto lo que le sucederá al pequeño protagonista tres décadas más tarde. El niño del pesebre ya lleva grabada la cruz en la frente. Será mal visto porque, entre otras cosas, cuestionará los pilares de los que el pueblo se muestra tan orgullos y el orgullo de los dirigentes. Concluirán los poderosos que vale más que muera un hombre por el pueblo que no todo el pueblo por un hombre.


El niño que yace en el pesebre no muestra el menor entusiasmo por la pax romana, sustentada en impuestos y en el temor de las lanzas. En esta paz sólo los poderosos encuentran acomodo. El niño prefiere la que luego se llamará Pax Christi, basada en un nuevo orden de relaciones humanas. La que proyecta un corazón sencillo y limpio e insta a luchar por la justicia y la verdad. La que se remite al sueño del viejo profeta Isaías: que las espadas se conviertan en arados y los lobos se amansen hasta convivir con los corderos.

La historia del niño Jesús va más allá de una entretenida y poética narración para escuchar cuando la familia se reúne en torno a la mesa en los días de Navidad. Es la semilla de la buena nueva. Interpela a los hombres y mujeres de nuestro mundo a ser creativos y generosos a fin de poner en pie un nuevo estilo de convivencia. El niño de Belén todavía no habla, pero ya levanta la voz contra la injusticia de la desigualdad entre los seres humanos. La primera paradoja de las muchas que formulará andando el tiempo.  

sábado, 10 de diciembre de 2016

El ecosistema del silencio y la palabra

Hemos escuchado una y otra vez que nuestra época se caracteriza por la comunicación. Las nuevas tecnologías las favorecen hasta la exasperación. Y generan adicciones: Facebook, whatsapp, twitter

En el proceso de la comunicación es muy necesario tomar en consideración la relación entre silencio y palabra. Se trata de dos momentos íntimamente relacionados. La comunicación se degrada si falta una de las dos alas, pues deja de volar para precipitarse en tierra. Cuando hay exceso de palabras el interlocutor queda aturdido. Cuando el exceso le corresponde al silencio, la relación se enfría.
Escuchar, ampliar horizontes
El silencio, en su justa medida, forma parte esencial de la comunicación. Conforma el marco que permite escuchar y reflexionar acerca de lo que el otro dice y de lo que nosotros pretendemos transmitir. Cuando uno calla, tácitamente le cede al otro el turno de la palabra. Cuando escuchamos atenta y silenciosamente se nos ofrece la oportunidad de ampliar horizontes y no aferrarnos a nuestras ideas y palabras. Tras la escucha los pensamientos se ensanchan y flexibilizan.
Por lo demás, en el silencio el lenguaje corporal o gestual pasa a primer plano. La expresión del rostro se dibuja con mayor precisión. Los estados de ánimo se transparentan más fácilmente a través de los ojos. Determinados silencios son muy elocuentes si se acompañan con un gesto, una sonrisa, una caricia. Por supuesto que cuando las palabras callan se posibilita discernir mejor los mensajes recibidos. Y resulta muy positivo discriminar los que valen la pena.
Hoy día se insiste en la necesidad de conservar y equilibrar el ecosistema. Pues de la misma manera hay que cuidar este otro sistema de equilibrios precarios. Es preciso poner en su justa relación y correspondencia el silencio con la palabra, la imagen con el sonido.
También Dios habla y calla
Por algo será que tanto en el cristianismo como en otras tradiciones religiosas el silencio y la soledad gozan de un fuerte aprecio. Son espacios que favorecen el encuentro de la persona consigo misma. Más aún, conducen al individuo hacia la búsqueda de la Verdad en mayúscula.

Bien puede decirse que el Dios que se revela habla también sin palabras. Por paradójico que parezca el silencio de Dios puede manifestar el mayor amor. La cruz es la mejor demostración. Puesto que Dios es capaz de hablar en el silencio, en justa correspondencia a través del silencio el ser humano consigue hablar con Él. Porque hay silencios capaces de metamorfosearse en contemplación para permitir luego entrever la trascendencia.

En el último Concilio hay un párrafo bien logrado y denso de contenido. Afirma que la Revelación divina se lleva a cabo con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas (Dei Verbum, 2).

Para mí que éste es también el ideal de la comunicación humana: que los hechos y las palabras caminen unidos y se ilustren mutuamente. Lo cual equivale a desear que no acontezca desfase alguno entre la cabeza y el corazón, que no se cuele la hipocresía entre lo que uno dice y lo que hace.

La verdadera y auténtica comunicación implica el aprendizaje de la escucha. Escuchar, contemplar y hablar son momentos básicos en orden a que los seres humanos se comprendan a fondo. Lo cual sirve exactamente para los que se comprometen a transmitir la buena nueva del evangelio a sus contemporáneos. 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Carta para leer en Adviento


Estimado amigo que de vez en cuando cruzas el umbral del templo, saboreas la paz del silencio y te sumerges en lo más hondo de tus pensamientos: estas letras son para ti. Tienes que saber que también la Iglesia tiene su calendario o su ciclo litúrgico. Y éste empieza unas semanas antes que el civil. Cuando leas estas líneas habrá comenzado ya la época de Adviento.

Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma, Semana santa... Marcan la reflexión, la predicación y las vivencias de los cristianos a lo largo del año. Recordamos los inicios de Jesús, su Encarnación, su estancia entre nosotros, sus palabras, su camino hacia la cruz y luego su victoria final. Tanta es la riqueza de la vida, muerte y resurrección de Jesús que cada año debemos volver sobre ello.

Adviento es un misterio de esperanza cristiana. Cada vez que nace un niño, ha dicho un poeta hindú, algo nos indica que Dios sigue confiando en los hombres. Cuando este Niño es el reflejo de Dios, cuando en este niño que luego será adolescente, joven y adulto, habita total y plenamente Dios, cuando El nos puede enseñar el camino porque es la Luz y la Vida, entonces podemos decir con toda verdad y realismo que Dios sigue confiando y esperando en los hombres.


Por el solo hecho de que nuestra tierra haya sido pisada por Jesús de Nazaret ya vale la pena vivir en ella, luchar y esperar. En Adviento recogemos toda esta esperanza y nos preparamos para que Jesús siga naciendo en tantos lugares donde no se le conoce. En tantas conciencias áridas donde no nacen ni los cactus más resistentes. Para que asome su cabeza, es decir, sus valores en nosotros mismos. Quizás los mantenemos oprimidos bajo enormes cargas de egoísmo, envidia e indiferencia.

                    
Por eso en Adviento escuchamos la palabra severa y solemne del gran profeta, de Juan Bautista: "Preparen los caminos del Señor". ¿No te atrae su figura austera que nos invita a no quedarnos en buenas palabras ni en emociones poéticas, sino a fructificar en hechos? En el Adviento resuenan también las palabras de los viejos profetas anhelando que los lobos sepan convivir con los corderos. Y no se refieren al reino animal, sino a los hombres y mujeres que somos nosotros. Porque hay personas-lobos voraces y sin escrúpulos. Y hay personas-corderos que no cuentan sino como platos aderezados para las comilonas de los poderosos.

Nuestro Adviento lo preside María, la que meditaba estas cosas en su corazón, la madre silente. Ella nos enseña que, en ocasiones, el silencio vale más que la palabra. Nos habla de recogimiento, de entrega generosa y anónima. Ella nos enseña a vivir grávidos de Dios. Nos impulsa a dar a luz lo mejor de nosotros mismos, lo que tenemos guardado muy adentro. Que no sale por temor, por cobardía, por pereza. Ella nos ayuda en estos trances maternales.

El Adviento recuerda que estamos llamados a ver a Dios cara a cara. No ya al Niño llorando entre pajas, rodeado de padres humildes y de pastores repletos de buena voluntad, sino al Dios que lo habita, en todo su esplendor. Evocamos estas cosas a propósito de su venida en la carne humana. Decimos, como los primeros creyentes: "Maranatha, Ven Señor Jesús".

En consecuencia, amigo, tratamos de estar vigilantes. Como las vírgenes de la parábola, no queremos dormirnos en el entretanto, no queremos abotargar nuestro cuerpo ni nuestro espíritu con sucedáneos de eternidad ni con piedrecitas de fantasía que nos roban la atención sobre lo realmente importante. Porque sucede frecuentemente que nos movemos de un lado para otro, urgidos por la prisa, y no reparamos en lo más importante: hacia dónde vamos. El Adviento es un toque de atención: hay que hacer un alto en el camino. No vaya a suceder que nos movamos y agitemos mucho, pero... sin saber por qué.

Amigo, hay cosas muy urgentes en tu vida. Sin duda que sí. Tienes que buscar el alimento de tus hijos, necesitas un hogar para tu próximo matrimonio, te urge reparar la nevera dañada. Estas cosas son urgentes y hay que afrontarlas. Hay otras que las puedes dejar para mañana y aparentemente nada sucederá. Pero son más importantes. Si se van dejando para más adelante, fatalmente se acaba no haciéndoles caso. No se perciben. A pesar de todo, te lo repito, son más importantes. Feliz y comprometido adviento. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

El virus de la corrupción o la ocasión hace al ladrón

Pase el lector algunas páginas atrás de la historia de su pueblo o su ciudad. El deseo general de la comunidad, al menos el deseo explícito, apuntaba a llevar una vida honrada. Este era el mayor título de orgullo. Cristalizaba en la tópica expresión: pobres, pero honrados. Pues bien, en otro momento de la misma sociedad, resulta que el dicho se escucha mucho menos.

Sí, los periódicos sacan el tema a relucir porque no les queda otro remedio. La administración navega en la indecencia y la corrupción prácticamente ha infectado el sistema. Ha pasado en nuestro país, más vale reconocerlo. Los juicios contra los ladrones de cuello blanco se suceden con una rapidez inusitada. Cada día la televisión anuncia nuevas demandas y apunta a nuevos investigados. Y estoy convencido de que sólo aparecen en escena los fraudes y las rapacidades de mayor categoría. Los protagonistas de tan tristes actos no lo dicen, pero de seguro lo piensan: delincuentes, pero ricos. Se les antoja que la pobreza es motivo de mayor vergüenza.

¿Qué recóndito motivo o elemento determina que una determinada sociedad en un período dado persiga la honradez y posteriormente se sumerja en la podredumbre del latrocinio y prefieran muchos ejercer de maleantes antes que constatar números rojos en sus cuentas bancarias?

La corrupción, un caldo de cultivo.

La codicia y la avidez encuentran un muy buen caldo de cultivo en el humus de la corrupción de su entorno. Como en un medio séptico proliferan las bacterias infectadas, de igual modo en un medio corrupto se estimula el deseo del pillaje.

El caldo de cultivo de la corrupción hay que cifrarlo, por ejemplo, en el mal ejemplo repetitivo, constante y escandaloso. Cuando el ciudadano de a pie va adquiriendo la convicción de que los de arriba y los de al lado se aprovechan cuanto pueden de las oportunidades al alcance de la mano, mal anda la cosa. Hay que temer lo peor. Sin temeridad cabe aventurar que las más íntimas convicciones de este ciudadano empezarán a tambalear.

Se preguntará por qué tiene que ser él el único inocente entre tanto delincuente, pícaro y aprovechado. Objetará que no puede desenvolverse en inferioridad de condiciones. El estímulo está dado. Sólo falta la ocasión que es la que, como bien reza el dicho, hace al ladrón. O, al menos, lo hace en un elevado tanto por ciento.

En tal situación los escrúpulos morales se debilitan, quedan en segundo plano. Y empieza una interminable espiral. Con el dinero va cambiando el modo de ser del ciudadano una vez honrado. Cambia su personalidad, invierte los valores y tergiversa el sentido mismo de la vida. Entonces aparecen a borbotones las excusas. La mía no es la mejor actitud, pero como todo el mundo lo hace, como hay que sobrevivir en una sociedad hostil, como los demás empujan sin miramientos... Siguen las excusas, se inventan coartadas y se racionaliza el asunto. Uno tiene que defenderse y mirar por su propio bolsillo. Una cosa es la teoría y otra la praxis. El negocio tiene sus propias dinámicas. No se puede ser santo en este mundo hostil...

La espiral crece. Se desvinculan con desfachatez las nociones de trabajo y riqueza. Se piensa poder vivir con refinada comodidad y ostentación, con abundancia de dinero, sin contrapartida alguna. A quien muestra una tal actitud no le preocupa trabajar para producir riqueza, ni calcular cómo invertir el dinero o garantizar su conservación... Acaba como el nuevo rico que gasta sin mesura y se muestra insolvente frente a los gastos que ocasiona. Entonces no queda otra alternativa sino la corrupción.

Si el caldo de cultivo de una sociedad fuera la honradez, difícilmente el corrupto tendría la desfachatez de presentarse en público. Primero porque no es tan difícil identificarle. Cuando a una persona no se le conocen grandes inversiones o negocios, cuando procede de una familia pobre o media y de pronto pasa a ser un individuo derrochador, refinado y ostentoso... hay que interrogarse. Hagan, si no, algunas sencillas operaciones matemáticas. Observen si con sueldos reales, por muy abultados que sean, o con negocios honestos, por muy saneados que luzcan, es posible acumular mansiones o lujosos medios de transporte por tierra, mar y aire.

Atajar la corrupción.

Si la persona cuestionada resulta que tiene un cargo en la administración pública o se desenvuelve en la esfera de la política, entonces las sospechas se disparan de modo incontenible. Una sociedad fuertemente institucionalizada, con mecanismos para supervisar las gestiones de sus funcionarios, quizás pueda aminorar la dosis de corrupción hasta relegarla a niveles no inquietantes.

O también lograría algo parecido una sociedad en la que los medios de comunicación dispongan de recursos generosos que les permitan fiscalizar a los funcionarios, dejarlos en evidencia si llega el caso y crear una opinión pública capaz de inducirles a la renuncia.

De lo contrario, el futuro que se avizora no será más radiante que el pasado ni que el presente. A no ser que se obligara a seguir determinadas normas a rajatabla. La primera, que el funcionario tenga que hacer declaración detallada de sus bienes antes de asumir el cargo y deba demostrar luego cómo adquirió lo que supera el inventario. Aun así cabe hacer trampas, claro está, pero también la ley podría tener iniciativas complementarias que las redujesen a la mínima expresión.

Importa que el investigado tenga que demostrar la procedencia de sus bienes. Al menos cuando de un funcionario público se trata. Porque resulta obvio que este hombre público, al delinquir, se esmerará mucho en no dejar rastro del delito. Y, como no hay que suponerle tonto, es muy posible que consiga su propósito. De ahí que, en este caso, habría que presumir que el hombre es culpable hasta tanto no explique cómo logró aumentar su patrimonio.

Después de todo, los hombres públicos suelen proclamar su amor a la patria y su dedicación total al bien de la sociedad. No podrían molestarse al exigirles tales condiciones en el momento de jurar el cargo. Más aún, debieran reclamar tales requisitos, a fin de alejar la más mínima sospecha de su persona y dar fe de su honradez y transparencia.

En la empresa privada, a quien le sorprenden con las manos en la masa se le inicia un expediente, se le castiga y despide. Pero en la empresa pública tal parece que el delito es un título de gloria. En todo caso, se tiende a ser demasiado benevolente con el dolo, el tráfico de influencias, la prevaricación o el robo sin más.

Quizás así el afán por el dinero fácil, la creencia de que la riqueza se debe a un azar o a la habilidad huérfana de escrúpulos, menguaría un tanto. Tan digno es el bienestar que produce el trabajo honrado y provechoso a la sociedad, como indigna la riqueza indebida. Tal vez entonces, con algunos de estos principios y medidas, se mantendría a raya el clima de corrupción, se alejaría este virus infecto que nos invade por los cuatro costados.

No hay que esperar mucho de la proclamación de los valores morales, pues es verdad, en buena parte, aquello de que la ocasión hace al ladrón. Pero su proclamación, completada con medidas administrativas y jurídicas, con castigos públicos y ejemplares, es posible que mejoren el comportamiento del ciudadano. Porque el corrupto es un cáncer que estimula la metástasis en el cuerpo social. Y priva de unos recursos muy necesarios al conjunto de la población, ya suficientemente deprimida. 

jueves, 10 de noviembre de 2016

Lenguajes implícitos y explícitos

Cada expresión artística tiene su lenguaje y el cine o la televisión no son excepciones. De ello andaba convencido el autor de aquella frase —McLuhan— que alcanzó la cima de la celebridad: el medio es el mensaje. El medio, el cine o la televisión, en nuestro caso, tiene su lenguaje y sus trampas. Muchas veces no apuesta por situaciones escabrosas, egoístas o políticamente chocantes. Pero quizás todo ello, y más, lo manifiesta a través del lenguaje implícito.

De ahí que algunos censores se muestren bastante ineptos sobre su quehacer. No se trata de tronar por un centímetro más o menos de carne al descubierto, sino de entender el planteamiento y la interpretación de lo que se cuenta. En este sentido el cine dispone de enormes recursos para simular la normalidad de una conducta que no lo es. Es muy efectivo prestigiar o denigrar determinadas actitudes o valores encarnándolas en un tipo simpático o repugnante. Sin necesidad de hablar de los valores en sí. 

Este es el lenguaje que tiene efectos poderosos. Porque detrás de cada historia hay siempre una interpretación de la realidad, una serie de presupuestos que se proponen como normales, cuando quizá no lo son. Al lado del protagonista puede haber una mujer y unos hijos con un matrimonio convencional. Puede también el protagonista acarrear un par de divorcios en su pasado y prestarse a cualquier escarceo amoroso. El hecho no se aprueba ni desaprueba explícitamente, pero la simpatía o el rechazo que irradia el personaje ya se encargará de ello.

El cine acarrea muchos aciertos humanos y artísticos sobre sus espaldas. Lo que sucede es que se trata de un medio y los medios son instrumentos que lo mismo pueden acarrear resultados positivos que negativos. Un cuchillo puede servir para pelar patatas o para ser hundido en el abdomen del vecino. 

Es preciso acertar con el tipo de lenguaje debe emplearse también a la hora de comunicar los valores. El cine religioso suele pecar —más bien solía, pues apenas existe— de excesivamente explícito. De ahí que el relato en cuestión se desvincula de la vida de cada día, sumerge al espectador en un universo religioso con escasa conexión con la experiencia real. En el fondo la visualización de un film de este tipo equivale casi a participar en un acto religioso. Ahora bien, al terminar la sesión el espectador tiende a desconectar para sumergirse de nuevo en la vida real. 


De modo que resulta mucho más interesante y efectivo el cine que aborda la dimensión religiosa de forma implícita a través de los problemas humanos de fondo. El que muestra y sugiere la dimensión trascendente de la vida humana a través de la narración de una historia concreta, palpable y cargada de humanidad. 

Con lo dicho se concluye, por ejemplo, que resulta mucho más eficaz transmitir un valor religioso sin necesidad de decir expresamente que es religioso. Y que parece más acertado alquilar quince minutos de programación religiosa en un canal no religioso que retransmitir doce horas en un canal con etiqueta religiosa. Porque si la etiqueta está ahí.... claro, ya se sabe qué se nos va a decir...

domingo, 30 de octubre de 2016

Una misericordia creíble y solvente

El Jubileo de la misericordia, también conocido como Año de la Misericordia, se ha venido celebrando desde el 8 de diciembre de 2015 para concluir el próximo 20 de noviembre de 2016. Varias fueron las motivaciones y objetivos para proclamarlo. Apuntaban a la celebración del quincuagésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, así como a profundizar en su implantación y situar en un primer plano la misericordia de Dios y las entrañas compasivas que los cristianos deben tener en favor de los más necesitados.
Difícil tarea la de evaluar los resultados. Por supuesto, los frutos más interiores son del todo reacios a cualquier medición. A ojo de buen cubero cabe decir que del Concilio Vaticano II se ha hablado más bien poco. Sí ha tenido mayor protagonismo el concepto de la misericordia. Discursos, publicaciones, homilías, jornadas… También se han revitalizado las obras de misericordia. Al parecer, un número no desdeñable de creyentes ha atravesado la puerta santa con las condiciones requeridas para lucrar las indulgencias.
Desde el punto de vista de la espiritualidad del corazón, la misericordia juega un papel decisivo. Me dispongo a exponer algunas ideas sobre el particular como despedida del Año santo.
La riqueza del vocablo corazón
El núcleo vital de la persona, el impulso que mueve y agita al individuo, su urdimbre más profunda, lo hallamos en la necesidad de amar y ser amado. Tradicionalmente decimos que todo ello se concentra en el corazón. En este órgano ―que más bien hace las veces de símbolo― se asienta el centro ordenador de la humana existencia, el eje en torno al cual gira lo que el individuo hace, dice y quiere. Corazón es, pues, también, el lugar donde Dios habita, actúa y se comunica.
Se ha hecho notar con razón que el vocablo corazón es una palabra fundamental e imprescindible en todos los idiomas. De ahí que, referida a Jesús y a la Virgen haya tenido tanto eco en la vida cristiana. Un famoso pensador, K. Rahner, ha afirmado que existen palabras originarias que sirven de conjuro. Es decir, que convocan, unen, condensan la realidad del entorno. ¿Cuál será esta palabra en la espiritualidad cristiana? Escuchémosle: no hay ninguna otra. No se ha pronunciado ninguna otra palabra que la de Corazón de Jesús.
La Congregación a la que pertenezco -los misioneros de los Sagrados Corazones- desean aproximarse, pues, al corazón de Jesús y de su madre María para beber del manantial de bondad, generosidad y misericordia que de él brota. Pongamos en primer plano la misericordia en este año en el cual ha venido a ser como el lema de los creyentes en Jesús.
El corazón de Jesús expresa de modo sencillo la gran noticia: Dios ama a sus criaturas. El corazón resume el misterio de un Dios hecho carne, con un corazón que late y de un hombre divino cuyo corazón exprime hasta la última gota de sangre en favor de sus hermanos.  
Compasión nacida del corazón
Misericordia es una palabra cuya etimología lo dice casi todo. Se refiere al corazón (cor) y a la compasión (miserere). Jesús le otorga un sorprendente protagonismo cuando exclama: misericordia quiero y no sacrificio. A los intransigentes que blanden la ley como una espada, a los de entrañas duras que no perdonan una, a los que miran a otro lado cuando se asoma la desgracia a su ventana… A todos ellos interpela Jesús con esta frase rotunda y categórica: misericordia quiero y no sacrificio.
Estas reflexiones difícilmente podrán ser discutidas. Sin embargo, sí se echa en cara a los seguidores de Jesús, el hecho de que sus obras no se correspondan con sus hermosas teorías. Y reconózcase que no andan huérfanos de razón. En demasiadas ocasiones nos parecemos al hermano mayor del evangelio. Dijo que sí iba a ayudar en el trabajo del campo, pero luego no fue.
Nosotros decimos que la buena noticia del amor hay que comunicarla y vivirla. Probablemente la comunicamos más que la vivimos. Lo cual conduce a un desfase que acaba traduciéndose en descrédito. A la hora de la verdad pasamos por alto muchas oportunidades de ejercer la misericordia, de com-padecer al otro. Disimulamos ante los gritos ―silenciosos o ruidosos― de auxilio. Miramos a otro lado cuando aparece ante nuestros ojos la miseria en la que vive el prójimo. Tenemos prisa cuando las circunstancias aconsejarían conversar con quien carece de compañía… Y así cabría escribir una larguísima lista.  
Las grandes opciones necesitan de hechos concretos que las reflejen y acrediten. Las doctrinas sublimes requieren testimonios tangibles. De otro modo las opciones y las doctrinas pierden credibilidad. 

jueves, 20 de octubre de 2016

La preocupación ecológica desde los santuarios

El día 13 de octubre el coordinador de los santuarios de Mallorca me invitó a dirigir unas palabras sobre la preocupación ecológica vista desde los santuarios. Los oyentes eran un grupo de sacerdotes y laicos encargados de gestionar material y espiritualmente los diversos santuarios de Mallorca. He aquí un amplio extracto.



El papel funcional de los santuarios

En el Antiguo Testamento los santuarios tienen un notable relieve. Son lugares privilegiados de encuentro con Dios. Pero también conviene saber que la revelación bíblica evoluciona y las relaciones entre Dios y el pueblo se espiritualizan e interiorizan. Progresivamente se toma conciencia de la presencia de Dios en el ámbito de la vida de la persona y el pueblo. El acento se desplaza sobre el encuentro personal más que sobre el lugar donde acontece. Se hablaba a menudo del templo, el santuario, el desierto y de Jerusalén. Sin embargo, desde que Cristo ha resucitado estos sitios son meramente funcionales. El Cristo presente en la comunidad deviene el único y definitivo santuario. 

No hay lugares sagrados que nos garanticen la presencia de Dios y menos que podamos manipular esta presencia. ¿Entonces el santuario deja de tener sentido? En la peregrinación el objetivo no es tanto el lugar geográfico cuanto el evento salvífico. La peregrinación debe ser considerada como un evento que se inscribe en la historia de la salvación teniendo bien presentes sus dimensiones memoriales y escatológicas. 

Por otra parte la historia necesariamente implica el espacio. Los acontecimientos necesitan de la historia y de un espacio donde acontecer. De hecho la Iglesia es el Pueblo de Dios en camino, que transcurre en el espacio y el tiempo. Esta estructura forma parte de su esencia. Hay que tener bien presentes la historia y la geografía, coordenadas que remiten a los hechos acontecidos a unas personas determinadas. Apuntan, pues, a una lengua, unas costumbres, unas vivencias religiosas. 

Afirmamos que no hay lugares sagrados que garanticen la presencia de Dios ni su protección, como pretendían los judíos respecto del templo. Ya los profetas lo dejaron claro. Ahora bien, sí hay lugares donde han sucedido vivencias y experiencias y que tienen un carácter funcional relevante. Lugares donde la gente se encuentra, recuerda los antepasados ​​y admira la naturaleza del entorno. 

La naturaleza bien puede considerarse un mensaje sacramental. Es un primer paso en el diálogo que la persona establece con el misterio. Después quizás sigan otros. El paisaje, con todo lo que lo configura —las rocas, los árboles, el cielo azul, el mar, los barrancos— son vestigios, huellas del Absoluto. Ante la naturaleza del hombre se siente pequeño, ante la belleza se extasía. Es una experiencia religiosa típica de la dependencia y de la epifanía. Recuerda el bien conocido tremendum et fascinans. 


Muy a menudo los santuarios se instalan en la cima de una montaña Hay unas razones para ello, muy arraigadas en el alma de los habitantes del lugar. Conviene tenerlo muy presente en la pastoral. Peregrinación, santuario y ecología no deben andar separados. 


El santuario y el paisaje que lo rodea 


El santuario no urbano desvela e intensifica la emoción de la persona (cristiana) ante la creación. Aunque el cristianismo sea una religión más histórica que natural, deja sin duda lugar para la admiración de la naturaleza. El paisaje, que en último término nos remite al Creador, es una ventana que nos permite entreverlo. Quedamos así liberados del urbanismo asfixiante, del sedentarismo empedernido para experimentar la belleza del paisaje, junto con el gozo de la fraternidad, tal vez de la mesa común y de la oración. 

El santuario normalmente sintoniza profundamente con el paisaje del entorno. Y lo mismo cabe decir de muchos monasterios. En cierto modo culminan y consagran el entorno donde se han construido. Miradas las cosas en perspectiva, se puede afirmar que los paisajes de Europa se han humanizado y cristificado gracias a los santuarios, ermitas y oratorios sembrados por los cuatro puntos cardinales a lo largo de siglos. Espacios inhóspitos han ido adquiriendo un rostro humano que tiende a devenir cristiano. 

La cultura impulsada por la sed de tener sin límite da como resultado la expoliación y destrucción de la naturaleza, mientras que la cultura contemplativa y genuinamente cristiana la hace transparente hasta vislumbrar el misterio de la creación. El santuario es el resultado final de un paisaje y un edificio. La naturaleza y la técnica se dan la mano de manera fecunda y amistosa. 

En este contexto bueno será recordar las palabras de Juan Pablo II cuando visitó Montserrat. Para él los valores de la peregrinación se unen a los hechizos de la montaña. El cielo se funde con la tierra. Considera que Montserrat, como otros monasterios, es la irrupción de Dios en la historia humana. Ello en consonancia maravillosa con esta vocación tradicional y siempre actualísima de todos los santuarios de ser una antena permanente de la buena nueva de nuestra salvación. El ambiente invita irresistiblemente a la oración, una necesidad para los peregrinos que han subido la montaña. El cántico al Creador brota espontáneo en los labios: es un deber de agradecer con amor filial sus dones generosos, también en nombre de nuestros hermanos... Que la montaña santa, Señor, sea bosque de olivos, sea sacramento de paz. (07-11-1982). 


Las peregrinaciones son una constante de la historia de las religiones porque derivan del dato antropológico: el deseo de adentrarse en la naturaleza, de pisar unos lugares donde los antepasados ​​tuvieron fuertes experiencias de Dios y donde quizás ocurrieron hechos que los marcaron intensamente. Nada de extraño que el cristianismo también aprecie la peregrinación y el santuario. 

Conviene tener presente que el santuario implica a menudo la peregrinación y ésta remite a un simbolismo muy rico: el camino del peregrino apunta al viaje interior, implica la conversación entre los compañeros de ruta, el alimento que se comparte, la oración, la contemplación silenciosa. 

En cuanto a la contemplación y la admiración de la belleza que irradia la creación contentémonos con mencionar a Ramon Llull y los primeros franciscanos. Decía Dostoievski que no podemos vivir sin pan, pero tampoco sin belleza. Una belleza que es más que estética, pues contiene una dimensión ética y religiosa. Afirmaba el autor que "Jesús era un ejemplo de belleza y la inyectó en el alma de la persona para que a través de la belleza todos se sintiéramos hermanos". Dejó escrita la tan citada frase: la belleza salvará el mundo (En el libro el idiota). 

Por su parte el Papa Francisco ha dado gran importancia a la vía pulchritudinis. El mensaje debe ser bueno y justo, pero también bello, pues sólo así llega al corazón de las personas y suscita el amor (La alegría del Evangelio, 167). 

Es necesario que el Occidente recupere las dimensiones estéticas de la fe y del sentido de la fiesta. Mientras algunos —afectados por el pesimismo o el maniqueísmo— parecen pensar que las cosas o los acontecimientos no pueden ser buenos si son agradables, hay que afirmar que la belleza forma parte de la bondad. Porque la bondad es bella. 

Es habitual hablar de Dios como Creador. En cambio, se habla mucho menos de Dios que descansa (el día del sábado). Pero el descanso contemplativo y admirativo es la culminación de la actividad creadora. Después de crear, hay que admirar y descansar. Dado que los hombres somos imagen de Dios también debemos ser creadores / creativos, pero no menos ociosos en el sentido de admirar las cosas y comportarnos con respeto ante lo que Dios ha puesto en nuestro camino, así como de lo que los antepasados nos han legado. 

Muchas aplicaciones se derivan de un tal pensar. El tiempo libre no debe ser contaminado con el negocio que, como reza la etimología, es la negación del ocio. Cuando la contaminación llega entonces no tenemos tiempo para nada que valga la pena. En lugar de contemplar la naturaleza miramos la televisión. En lugar de andar se hace footing. El deporte no es motivado por el placer, sino por afán de aumentar el músculo. 

Una tal contaminación con frecuencia se resuelve con la agresividad contra la naturaleza. En conclusión: tenemos que vivir más contemplativamente, más en contacto con la naturaleza que relaja y proporciona placer. El santuario tiene su lugar en esta nueva perspectiva. Es todo un paradigma de lo que debería ser la vida humana en el planeta.

lunes, 10 de octubre de 2016

Lázaro y Epulón ayer y hoy

Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas (Lc 16, 19)


Palabras escritas hace dos mil años, pero que son de plena actualidad hoy en día. En realidad, se trata de un mensaje válido para todas las épocas. Cada día presenciamos la ostentación de los más ricos de la sociedad. Fiestas con todo tipo de lujos. Bodas con detalles e iniciativas extravagantes. El prurito de llenar la casa con toda clase de electrodomésticos y aparatos electrónicos.

Las copas rebosan en el mundo de los ricos mientras el panorama es muy otro en el mundo de los desfavorecidos. Largas filas de exiliados que en el camino pierden el futuro y las ilusiones. Gente que nunca podrá poseer una casa ni un coche. Ciudadanos impedidos de visitar al médico porque no tienen los papeles en regla...

Las desigualdades son del todo escandalosas. El pecado del rico, al que la tradición ha puesto el nombre de Epulón, es la falta de gran parte de nuestra sociedad. Aparece nítido el pecado de la rica Europa respecto de los inmigrantes. Lázaro y Epulón de nuevo frente a frente. No es que Epulón sea un despiadado criminal, no. Tampoco rebosa de odio contra el pobre. En buena teoría no transgrede ley alguna. Su pecado es de omisión, de mirar a otro lado.

Omisión, el gran delito

Su pecado es de omisión. No ve al pobre, no tiene la sensibilidad de imaginarse bajo su piel y experimentar su sufrimiento. No le afecta el dolor del vecindario. Mira a otro lado cuando de repente se encuentra la figura de Lázaro en el camino.

El pecado de omisión consiste en no ser consciente de que todo lo que se desperdicia pertenece al pobre. Los bienes de este mundo son para todos. Compartir los bienes con los pobres no es algo optativo, sino de obligatorio. Debería ser la expresión normal de quien no ha perdido el sentido de la humanidad ni el sentido cristiano.

Vivimos en un sistema —el capitalismo, el liberalismo— que no entiende eso de compartir. Se ha vuelto ciego para todo lo que no sea lucro, lujo y posesión. Cuando el proceder neoliberal traspasa los límites deviene inhumano. Y no vale decir que no es tan malo que al rico le sobre porque entonces le caerán las migajas de la mesa y los pobres las aprovecharán. Esta visión, aparte de ofensiva, no se corresponde a la verdad. Muchos no están dispuestos a compartir ni siquiera lo que cae de la mesa.

También es una falacia argumentar que estamos atrapados por el sistema y que éste es una fatalidad contra la que no hay nada que hacer. No, las fuerzas que impulsan a la sociedad existen porque las hemos creado. Podrían ser otras. ¿Por qué la consagración de la propiedad privada? ¿Por qué el protagonismo de los bancos? ¿Acaso no podríamos vivir con otras regles de juego?

Seguro que sí. De hecho no en todas las épocas ha dominado el capitalismo ni tampoco en todos los países. El humanismo cristiano propone otra visión. La idea remite a aquellas palabras de los hechos de los apóstoles: La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y ​​ninguno de ellos consideraba como propios los bienes que poseía, sino que todo estaba al servicio de todos (Hechos apóstoles 4,32).

Transgresiones personales y sociales

Los cristianos a menudo nos preocupamos mucho de los pecados personales. Nos angustian quizás los pensamientos de tipo sexual, las ausencias de la misa dominical, los sentimientos de rencor...  Bien està mantener una conciencia fina y sensible, pero ¿y los pecados de proyección social? Estos hacen sufrir a nuestros hermanos.

Pecado social es la obsesión de aumentar la cuenta corriente sin límites. Porque lo que uno se queda para él ya no es aprovechable para su vecino. La fiebre de la posesión nos hace insensibles. Entonces nos distanciamos de los otros porque nos pueden robar o se les puede ocurrir pedir lo que llamamos nuestro y hacernos sentir mal. Los otros dejan de ser amigos, compañeros y hermanos para convertirse en pacientes, clientes, compradores... Gente sin rostro.

Uno de los pecados más grandes, si no el que más, el que corroe las raíces, es la falta de fraternidad, la indiferencia que nos torna insensibles ante el rostro del otro. Es el pecado de omisión, el que hace invisible al prójimo que pasa necesidad.

Una última observación. Cuando todo es para mí, cuando el afán de poseer y acumular consume todas las energías, cuando acabamos soñando en abultadas cuentas de banco... entonces hemos dejado de ser monoteístas. No nos arrodillamiento ante un billete de 100 euros, pero nuestro corazón sueña despierto con este símbolo de riqueza. Dios queda lejos. Los ídolos han ganado la partida al Dios verdadero.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Insultos, falacias, demagogias y prejuicios

El diálogo propicia y corona una de las metas que se pretenden en el encuentro humano. Se trata de una herramienta madura, la más apta para resolver las inevitables tensiones y diferencias que sobrenada entre los grupos humanos. La voluntad de conseguir la paz es digna de elogio, sin reserva alguna. Se trata de una voluntad que hunde sus raíces en el mismo sermón de la montaña. De boca de Jesús salió aquello de que son felices los que trabajan por la paz. Dios los llamará hijos suyos (Mt 5,9).

En los discursos del Papa actual el diálogo ha tenido un protagonismo indiscutible. Con él la gente logra comprenderse, permite resolver profundos problemas sociales y políticos. Por supuesto, siempre que detrás del diálogo se hallen dosis de buena voluntad y honradez. Porque también es cierto que el diálogo frecuentemente se invoca para mejor confundir. Demasiadas sesiones se acaban sin deseos de conciliación, aunque luego ambos bandos aboguen por el diálogo frente a los micrófonos. Nadie quiere que se le señale por renunciar a la palabra que debe acabar con la incomprensión o la cerrazón. 

No echar a perder el diálogo

Se requieren algunas condiciones previas para que el diálogo no se eche a perder. El otro debe ser considerado un interlocutor válido con el cual se desea llegar al acuerdo. De manera que no es un individuo al que conquistar o apastar. Ni un adversario a quitar de en medio. Más bien debe ser considerado como una persona digna, merecedora de respeto. Sin diálogo fluido, sin el esfuerzo de comprender los puntos de vista ajenos, no será posible desbrozar el camino. Ambos bandos deben estar convencidos de que el diálogo es un medio apto para reforzar la convivencia. 

Muchos debates políticos que uno escucha en los medios se hallan en las antípodas de este modo de entender el diálogo. El comunicador o panelista va a la búsqueda de la descalificación, de la victoria dialéctica. No le interesan tanto los argumentos cuanto los aplausos de los demás, estén presentes o ausentes. 

En este contexto se echa mano de la falacia y la demagogia, se repiten una y otra vez los tópicos. Se refuerzan los prejuicios, se recurre a la mentira. Si alguna persona o incluso algún colectivo es humillado y vejado, no importa. Sigue la violencia verbal y no obsta pisar la raya de la mala educación una y otra vez. 

Tristemente hay que constatar que es justamente la violencia, los tópicos y la mala educación lo que aumenta el interés de las audiencias e impulsa así a los medios a continuar en este tono. Es la mejor manera de ir degenerando las papilas de la audiencia. Los anunciantes, por su parte, nada tienen que decir. A más espectadores, mayores posibilidades de negocio. Por tanto, a subvencionar el programa se ha dicho. Y a elegir al presentador o moderador más zafio, atrevido o malhablado. La cuestión es que proporcione buenos dividendos. 

Sin embargo tales programas son piedra de escándalo para los cristianos y agnósticos, no menos que para los ateos y la gente de buena voluntad. Todos ellos quedan boquiabiertos cuando comprueban que lo que interesa a algunos es expulsar la tinta ―como los calamares― para encubrir la falta de razones. Al final lo que interesa a unos es ganar la batalla ideológica aunque sea a base de mentiras. Y a otros interesa aumentar sus cuentas corrientes sin que escrúpulo alguno estorbe su intento.  

Lo más triste para mi es que un material tan tóxico tenga una buena acogida en los medios de comunicación. Que se pague a los presentadores sumas escabrosas. Y todavía resulta más triste ―o indecente, si lo prefieren― que algunas de estas emisiones lleguen a los espectadores u oyentes, a través de las ondas generadas por medios de comunicación adscritos a la Iglesia. Pasaba años atrás con una virulencia digna de mejor causa, pero sigue aconteciendo hoy en día. Y quienes están al frente los saben. Las denuncias asoman una y otra vez en los medios.

Una institución que debiera tratar de pacificar los ánimos y no tomar partido en asuntos que no comprometen la moral se dedica a exponer las particulares obsesiones de algunos individuos ideologizados hasta el extremo. Gente que no se detiene ante el insulto ni la falacia. La cuestión es vencer ante los ojos de la gente huérfana de pensamiento. Aunque estén muy lejos de convencer a quienes sí saben discurrir y creen en aquello de que son felices quienes trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos. 

martes, 20 de septiembre de 2016

El dilema del voto cristiano

Hoy día el cristiano despierto, que ha digerido la doctrina del Concilio Vaticano II, asume la autonomía de la política, del arte y de la ciencia. Sabe que tales cosas no tienen por qué estar bajo la tutela de la fe o de los hombres de la Iglesia. Entiende su fe como instancia crítica y liberadora. No está en condiciones de dictar los caminos del arte y de la política, pero no se recata de criticar sus realizaciones incompatibles con su ideal trascendente. Su fe no le permite diseñar un programa político o cultural, pero sí le empuja a denunciar los límites que no deben ser transgredidos.

No está de más refrescar estas cosas en un ambiente electoral interminable, con sus secuelas de tensión, escepticismo y manipulación. El proceso de conformar un gobierno está resultando difícil y espinoso. La corrupción despide un olor nauseabundo hasta el punto de que los electores ―sobre todo los del partido en el poder― se ven obligados a introducir la papeleta en la urna mientras se tapan la nariz.

En un tal ambiente a más de uno le encantaría añadir la etiqueta de cristiano a un partido político como para exhibir sus credenciales ajenas a la corrupción. Pero es del todo imprescindible contrastar qué hay de auténtico en la realidad de los apellidos y qué de creíble en tales proclamaciones. De otro modo el descrédito es mayor. No basta con etiquetar el producto. Tiene que responder a la realidad contante y sonante. 

Ningún partido coincide con el Evangelio

Quede claro: no hay partido alguno que se adecue plenamente a las exigencias del Evangelio. Éste apunta a una utopía y una convivencia tan perfecta ―un solo corazón y una sola alma, mandar para servir― que todos los programas permanecen a mucha distancia. 

El Evangelio no exige votar a un partido en particular, a no ser el menos malo. Y entonces habrá que escrutar por dónde asoma su maldad. Que lo mismo puede ser por deficiencias en el campo social que por la brecha de la moralidad individual. Tampoco la Iglesia como tal está en situación de recomendar el voto para ningún partido. Aunque sí puede y debe mostrarse en desacuerdo ante ciertos principios poco afines al Evangelio.

En tal caso debe andar con cautela para huir de opciones más viscerales que racionales, para no dejarse seducir por los cantos de sirena de las grandes palabras que luego no concuerdan con los hechos. No se ve por qué un programa cristiano en sus grandes líneas, pero delineado por hombres increyentes, deba ser preterido a otro esbozado por hombres que proclaman su fe, pero adolecen de materialismo práctico.

Casi todos los estudiosos del Evangelio dan por sentado que Jesús no propuso un orden político definido. Ni lo permitía la coyuntura de la sociedad, ni encontramos máximas escritas de este cariz. No obstante también es verdad que casi todos los estudiosos concluyen que las actitudes de Jesús provocaron de hecho una confrontación en su tiempo.

El que manda debe servir

Jesús fue juzgado por un tribunal político-religioso. Le condenaron porque no soportaron la fuerza revolucionaria de su mensaje. Un mensaje de amor y libertad con derivaciones muy concretas y exigentes. Aceptar las grandes opciones de Jesús equivalía a renunciar a la opresión que ejercían sus jueces. Era tanto como cambiar el estilo, los valores y los privilegios de los que estaban en la cúspide social y religiosa de la sociedad.

El testimonio de Jesús chirriaba frente a unas instituciones religiosas y civiles fundamentadas sobre el orgullo y el poder. El fondo de su predilección consistía en proclamar la palabra oída de quien le envió. A partir de esta palabra Jesús tomó postura crítica frente a determinadas actitudes y formas de hacer política. 


Las máximas de Jesús suenan extrañas a las de los ambientes políticos. Eso de que el primero debe ser el último, de que el que manda se ponga a servir y de que es dichoso quien sufre persecución y tiene un corazón de pobre, son enseñanzas que cortan de raíz todo deseo de medrar. Ahora bien, los políticos suelen tener una desmedida afición a subir como la espuma.

El creyente está convencido de que los seres humanos somos hermanos. No es lícito servirse de los otros para los propios intereses. Más aún, son los pequeños, los marginados, los últimos, quienes gozan de protagonismo en el Evangelio. Es verdad: Jesús no ofrece ninguna receta política, pero inquieta a todos los poderes establecidos, hasta el punto de que acaban por eliminarlo.

El cristiano debe exigir unos mínimos éticos de convivencia a los programas políticos. Lo mismo que debe cuestionar una sociedad opulenta y consumista, fundada en el mito de la eficiencia tecnológica, que machaca aún más a los oprimidos y favorece los intereses de quienes ya lo tienen todo. 

La función crítica de la fe ante los programas políticos la puede y la debe hacer el cristiano corriente, el ciudadano común. ¿Cómo? Castigando o apoyando con su voto las formaciones políticas que más se alejan o acercan del ideal. Y dejando de lado cualquier otro criterio egoísta, pasional o autosatisfactorio.