El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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viernes, 9 de noviembre de 2018

La cara fea de la institución


Las mejores intuiciones se marchitan al poco tiempo, si no son cobijadas por algún cascarón que las mantenga a salvo de las inclemencias del tiempo. Se derrumban, si no se salvaguardan de la mala hierba que las invade. Las grandes ideas, las causas hermosas, deben ser revestidas de esta piel un poco áspera que es la institución. Sólo ella consigue que no se desvanezca el perfume del ideal originario. 

La institución se asocia a verdades bien definidas, jerarquías, normas, protocolos y oficinas. Lo cual resulta de ayuda para mantener a buen recaudo la semilla del proyecto inicial. Pero, a la vez, tiende a desfigurar, caricaturizar y dominar. Nace para amparar y termina por oprimir. Surge para custodiar y acaba por alterar los colores y la fragancia del sueño que le dio origen. Como el mito de Saturno, también la institución tiende a devorar a sus propios hijos.

Resistencia al cambio

Precisamente para evitar este proceso nefasto urge renovar cauces y estructuras de vez en cuando. Al cuadro se le acumula el lastre con el paso de los siglos y se hace preciso descostrar el lienzo. También la Institución requiere de renovación constante y más en nuestra época postmoderna que, en principio, sospecha de ella. 

Ardua labor la de quitar el polvo y abrillantar las paredes de la institución. Cuando ésta se halla fortalecida se resiste por sistema al cambio y arrolla al incauto que la cuestiona. Cuando alguien lucha por el cambio puede esperar reacciones duras y desproporcionadas del burócrata en defensa de la institución.


Me interesa señalar uno de los rasgos típicos de quien se identifica con la institución: su insinceridad. La gente de la institución —y más si ésta atrapa las capas profundas de la persona— exige que todo cuanto entre en conflicto con la verdad oficial sea eliminado de raíz.

Una tal postura conduce a múltiples aberraciones, entre las cuales, situar fácilmente al personal del entorno bajo sospecha. También hace el vacío y margina a cuantos plantean problemas y suscitan dudas. En bien de la institución, en nombre de la unidad, hay que arrinconarlos. Se les dirá, por ejemplo, que son unos amargados, que la ciencia hincha, que les falta humildad, que no entienden y no sé cuantas cosas más. Lo que no conviene decir es que alguien se beneficia a manos llenas de esta artificiosa y peculiar unidad construida a la medida.

Domesticados y sumisos

La institución tiende a globalizar, a totalizar, a atrapar y domesticar. Sabe a quién premiar y a quien castigar dado que con anterioridad se ha procurado los recursos para ello. De manera que algunos de sus miembros quizás rechazan determinadas opiniones o puntos de vista, pero guardan las formas y se someten exteriormente.

Una vez domesticados, hombres y mujeres tienen respuestas claras y precisas para todo. Se comprende. Quien se sale de la verdad oficial puede prepararse a ser tratado como la oveja negra de la familia. Y si esperaba hacer carrera, despídase de subir ulteriores peldaños. 

Y así se dice una cosa mientras se cree la otra. El hombre de institución aprende rápidamente que la verdad es peligrosa. Por consiguiente, la mantiene a buen recaudo. A quienes mandan hay que decirles lo que quieren escuchar y disfrazarles la verdad. Importa lo que se dice, no lo que se piensa. Lo lamentable de la cuestión es que los efectos más notorios de la enfermedad del burócrata —cerrazón e insinceridad— no los padece tanto él mismo cuanto la gente de su entorno. 

La cuestión es de gravedad suma. La insinceridad penetra por todos los poros de la institución. Muy pocos disponen de la energía suficiente para denunciar lo que acontece y ponerle altavoz a los rumores. Al contrario, la mayoría sigue repitiendo las verdades establecidas, las que halagan los oídos de las autoridades de turno. 

El clima de insinceridad generalizado no es abono adecuado para el progreso, no atrae las mentes más lúcidas ni las almas más apasionadas. Más bien cansa el corazón, y le lleva a perder toda flexibilidad. El corazón del burócrata está vendido al mejor postor. Cerrado a cal y canto, apenas conoce los auténticos sentimientos. Los prójimos se le antojan adversarios que quieren desbancarlo de su sillón.

domingo, 28 de octubre de 2018

Cuando la justicia se desprestigia


No me resultan agradables los textos jurídicos. Se me antojan pesados, fastidiosos y pedantes. A pesar de que existe un movimiento en pro de la modernización y simplificación del lenguaje administrativo, por lo general los magistrados hacen caso omiso. Creo no pecar de mal pensado si en muchas ocasiones los administradores de la justicia buscan expresamente complicaciones gramaticales, se solazan en párrafos de extensión exagerada, buscan las palabras más altisonantes para así demostrar su ciencia, más allá del común de los mortales.

Deben pensar que es justo que quede constancia de ello. Además, si todo el mundo pudiera entender sus interlocutorias (vaya palabrejo, para empezar) no desprenderían el aura de misterio que patrocina su túnica, su toga y sus adornos de puntilla en la bocamanga (que, por cierto, se llaman puñetas, según el diccionario).

Una sentencia vergonzante

De todos modos, no han sido motivos estéticos los que me empujan a emborronar este espacio. No, ha sido la indignación que me ha producido la paralización de la sentencia del supremo respecto del asunto de las hipotecas.  Como sabrá el lector, una sentencia cambió la ley vigente. Ya no será el cliente hipotecado quien pague los costos de la documentación jurídica, sino el banco que es quien realmente tiene interés en tales documentos.

De ahí que, a pesar de mi alergia a los textos jurídicos voy a citar el artículo 117 de la Constitución Española. En este caso no resulta tan difícil su comprensión.  Dice así: "la justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey por Jueces y Magistrados integrantes del poder judicial, independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley".

No ahorra adjetivos solemnes, enfáticos y hasta pomposos: los integrantes del poder judicial son independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley.


Sin embargo, los magistrados atendieron a la “enorme repercusión económica y social”. De manera que el presidente de la Sala consideró que había que dejar sin efecto la sentencia. Quien sepa leer entre líneas —un ejercicio de lo más conveniente— entenderá que la enorme repercusión económica se reflejó en la bolsa y la sintieron en sus carnes los banqueros.

Hasta ahí podíamos llegar. A los banqueros no les gusta salir en público. Escasean las conferencias que pronuncian y son muy parcos a la hora de conceder entrevistas. Al contrario que los políticos, por cierto. Sin embargo, saben defender muy bien sus intereses cuando les pisan el callo. Porque ellos tienen el dinero, por tanto, el cebo con el que dirigir y mantener a buen recaudo a políticos y magistrados. Desde la  penumbra de sus despachos se ponen ceñudos, pulsan teléfonos exclusivos y hasta ocurre que sueltan palabras gruesas si el interlocutor no acata su sugerencias e inclina el espinazo.

Es lo que pienso y que sostiene toda lógica. ¿Por qué se iba a suspender la sentencia? Este nefasto episodio protagonizado por los magistrados y estimulado por los banqueros  es injusto e indignante. Uno había escuchado siempre que los jueces y magistrados sólo tenían por norma la ley desnuda, sin aditamentos. Ahora resulta que con el rabillo del ojo también atienden a las repercusiones económicas de sus decisiones. Y son muy capaces de volver atrás contraviniendo las palabras solemnes de la tan cacareada constitución.

Dama justicia prostituida

La constitución es un gran referente para los jueces cuando se trata de mantener a políticos catalanes presos, los que mucha gente de prestigio, fuera de España, entiende que no debieran estar entre rejas. Es la palabra definitiva para consagrar la inviolabilidad del Rey y el aforamiento de muchos miles de políticos. Pero a la constitución se la pisotea cuando exige que todo ciudadano tenga una casa y cuando manda que los jueces sólo dependan de las leyes, sin atender a los cantos de sirena de los poderosos.

Después de este espectáculo, ¿qué credibilidad puede mantener la justicia? Y lo escribo con pesar, dado que alguien debe administrarla para que la sociedad no se precipite en el darwinismo, para que no se convierta en una jungla donde se impone la ley del más forzudo.

Por si fuera poco, publican los periódicos que se dan ascensos inmerecidos y hasta irregulares en el engranaje de la justicia. Sabemos que no es casualidad que a uno le toquen determinados casos muy mediáticos. Se nos dice una y otra vez que la justicia es imparcial y al margen de toda presión, sin embargo, a los partidos no les da igual elegir a uno u otro magistrado. Muy al contrario, se generan soterradas batallas para conseguir a quien detenta un determinado nombre y apellido. ¿Cómo es posible si los jueces están por encima de toda sospecha?

Cuando se dice que la justicia es ciega se pretende significar que no mira a las personas, sino a los hechos objetivos que proceden de tales personas. Desde hace unos cuantos siglos se representa a la justicia con los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra. Un símbolo que habla con elocuencia: la justicia castiga a quien delinque, sin distinciones, no atiende al miedo ni las amenazas. No tiene en cuenta el dinero ni el poder del delincuente.

A la vista de los últimos espectáculos quizás habrá que interpretar el símbolo de otro modo. La ajusticia es ciega, se niega a mirar de frente los delitos. Si tiene los ojos vendados mantiene los oídos bien abiertos para escuchar el siseo de los poderosos a fin de seguir sus indicaciones. Con la espada ataca al que más se acerca a la justicia confiando en su equidad. El malhechor sabe ponerse a buen recaudo. La balanza significa el equilibrio, el razonamiento, la búsqueda de la mayor rectitud en la sentencia. Pero hay balanzas trucadas que engañan miserablemente a quien confía en ellas.

jueves, 18 de octubre de 2018

La insolidaria propuesta neoliberal


Pocos adversarios halla la afirmación de que el ser humano está en continua búsqueda de felicidad. Incluso uno pasa por grandes privaciones si, a la postre, sirven como cauces que conducen hacia ella. El empresario es muy capaz de pasar noches en blanco y arriesgar un infarto de miocardio persiguiendo un mayor volumen de ventas y ganancias. La madre que vela junto al lecho de su hijo postrado no regatea esfuerzos ni lágrimas con tal de conseguir un grado de bienestar mayor para su hijo. Quiere para él la felicidad que, por lo demás, forma parte de la suya propia.

El neoliberal presume de haber conseguido la sabiduría que desemboca en la felicidad. Aunque él prefiere hablar del éxito en la vida. A la postre, no cambia apenas el panorama, dado que tener éxito se confunde con la realización de los más profundos anhelos, o sea, con el hambre de felicidad.

La propuesta neoliberal

La propuesta neoliberal otea varias dimensiones. Ante todo, la económica. Apuesta fuerte por la economía y tiene la íntima convicción de que a ella hay que dar la primacía. Es la joya en el estuche, la médula del sistema, su instancia reguladora.

No se dicen estas cosas por afán retórico. No. El ser humano se mide por lo que produce, por su eficacia económica, según los criterios de nuestro protagonista. Tanto produces, tanto vales. Si eres elemento favorable para el capital, has conseguido la salvación. De lo contrario, se abren los abismos a tus pies.
Las consecuencias de estos principios quedan a la vista. Existe diversidad de seres humanos. Los que poseen capital, los que aportan trabajo y los que ni poseen lo primero ni aportan lo segundo. La producción económica no es un proceso dirigido a satisfacer las necesidades de la población en general. Claro que no. Su objetivo es satisfacer las necesidades o los caprichos de los que pueden pagarlos.

Ahora bien, para abaratar la producción y obtener mayor beneficio, es de lógica elemental que conviene mantener el salario al nivel más bajo posible. Importa ser competitivo por encima de cualquier otra consideración. El darvinismo neoliberal no tiene como escenario la selva, ni recurre a los músculos para exhibir su fuerza. Acontece en el escenario de los bancos y los monopolios. Se lleva a cabo a golpe de chequera y con las armas de la especulación.

Estos planteamientos suponen que la propiedad privada no sabe de fronteras, ni hipotecas sociales, aunque no siempre lo entienden los poco versados en la cuestión. Suponen también una publicidad dinámica y ágil. Si lo que importa es vender, de todo punto se requiere estimular las ganas de comprar. Luego hay que favorecer el consumismo. Y si las necesidades están cubiertas, pues se crean otras a base de publicidad bien organizada.

Habría que revisar aquello de que el hombre es un animal racional. Más bien es un animal económico. Un ser que produce, vende, compra y consume. El que no entra en la espiral, debe ser excluido, se halla fuera de la ley, de la ley del mercado. Los pobres no cuentan porque no compran. Tienen la desfachatez de pasarse años y años en un barrio periférico sin asomarse a los grandes centros de venta. ¿Cuál es su utilidad?
Mientras los ciudadanos más despiertos diseñan nuevos edificios de bella arquitectura, decoran escaparates, instalan aire acondicionado por los corredores y contratan a las más seductoras vendedoras... los pobres no responden. Siguen pululando por las calles, jugando a dominó, aumentando la familia... sin soltar un peso. Cuando más, se pasan la vida de tienda en tienda, en disgustosa actitud de regateo y en espera de seguir fiando.

El horizonte político

El hombre neoliberal también otea el horizonte político. La sociedad anhela vivir en paz y los dueños del dinero, las fábricas y los inmuebles no deben ser molestados. Eso sería como matar la gallina de los huevos de oro. Si se hostiga a los capitalistas, mercaderes, especuladores y banqueros, entonces se derrumbará la sociedad del bienestar.


Al menos, la sociedad del bienestar que algunos disfrutan. Que tampoco es saludable andarse por ahí con eufemismos y cortesías. Llega un momento en que es preciso llamar al pan pan y al vino vino. A los políticos, junto con los jueces y los policías, les toca vigilar el recto funcionamiento de los contratos. Para ello son necesarios el orden y la estabilidad.

Inefable la sabiduría del hombre neoliberal que sabe lo que se lleva entre manos en cuestión de economía, sociedad y política. Sólo un interrogante frente a tanta sabiduría teórica y práctica. ¿En qué condiciones, en qué situación se halla el corazón del hombre amigo de estimular la economía y de la mano dura contra los que no cooperan?

Su corazón se ahoga, se sofoca, pues que mantiene taponados los conductos por donde debiera llegarle el oxígeno del cariño, de la ternura y de la compasión. A menos que se someta a un profundo cateterismo, su víscera principal está sentenciada a muerte por arteriosclerosis.

domingo, 7 de octubre de 2018

Roles machistas, roles feministas

Hay mujeres fuertes a las que las normas de la sociedad —tácitas, pero taxativas— imponen la obligación de aparentar debilidad. Por su parte existen hombres débiles que se ven empujados a parecer fuertes. Cada uno con su rol, con su careta. No vayan a ser motivo de sonrisa socarrona o de chisme de mal gusto. La sociedad tiene sus razones que la razón desconoce, cabría decir parodiando a Pascal. Pero la mujer fuerte, que debe aparentar fragilidad, y el hombre débil, de quien se espera desmuestre fortaleza, vivirían más felices si pudieran mostrarse como realmente son.


Lo del rol y la careta es como una maldición que persigue a los varones y mujeres de nuestra sociedad. Que, por cierto, alardea de ser libre, de actuar sin prejuicios. Hay innumerables mujeres cansadas de actuar como si fueran frívolas y poco enteradas de lo que llevan entre manos. Y multitud de varones que soportan un enorme peso sobre sus espaldas: el de aparentar que todo lo saben y de todo entienden.

Las cosas andarían mucho mejor si cada uno cargara con su particular problema y dejara de mirar de reojo al vecino. Porque sucede también que hay mujeres cansadas de que se les atribuya el monopolio de los sentimientos y las emociones, mientras que a los varones se les niega el derecho de derramar lágrimas y de actuar con delicadeza.

Sigamos la larga y nefasta lista. Hay mujeres que recelan del ejercicio físico y de la competencia porque podrían ser catalogadas como menos femeninas. A cambio, muchos hombres que preferirían permanecer en el hogar se sienten empujados a competir con el fin de que nadie dude de su masculinidad.

Quizás donde más apuballante resulta tomar sobre las espaldas el rol asignado es en la cuestión del sexo. ¡Cuántas mujeres están verdaderamente hartas de ser consideradas objeto sexual! ¡Seguramente el mismo número de varones angustiados por no rebajar el listón de las prestaciones sexuales!

Se espera de la mujer que sea tierna y cariñosa con sus hijos, que viva atada a ellos. En cambio el hombre tiene que acariciar a los suyos casi a escondidas, como si de algo vergonzante se tratara. Se le niega el gozo de la paternidad, tiene que ejercerlo desde el anonimato.


En el terreno laboral las cosas no van mejor. A muchas mujeres se les niega un trabajo o un sueldo digno. Pero, en el extremo contrario de esta espiral ominosa, muchos varones tienen que asumir la pesada responsabilidad de sostener económicamente a sus compañeras. ¿Y por qué el varón tiene que conocer los más recónditos secretos del motor del automóvil y en cambio no se espera de él que muestre mayor interés por los secretos de la cocina?

Algo funciona mal cuando circulan por el ambiente tantas órdenes tácitas, cuando existen tantos recelos y tantas expectativas equivocan el blanco. Por lo demás, si existe el machismo es porque, a su vez, existe el hembrismo. Se trata de la otra cara de la moneda. El varón tiene que aparentar unas prestaciones determinadas para no defraudar las expectativas. La mujer tiene que aparentar una fragilidad que quizás no va con ella, pero que es lo que a su alrededor se espera.

No es este el camino. Por alguna parte hay que romper la espiral. Cuando al varón no se le exija lo que los roles tradicionales y las costumbres requieren, ya la mujer dejará de tener razones para un comportamiento que suena a falso y a menos adecuado. Cuando la mujer se niegue a ejercer papeles de muñeca, de modelo permanente o de adorno del varón, éste tendrá que inventar otros cauces para relacionarse con ella. 


Seguramente se tratará de una relación mucho más sincera y menos convencional. Caerán las caretas, desaparecerán los pesados fardos que a cada uno, sin saber por qué, se le han asignado.

domingo, 23 de septiembre de 2018

La represión no es la solución


Informan periódicamente los medios que un adolescente se apodera de una pistola —puede que incluso una escopeta o un rifle— y mata a su profesor o a unos cuantos alumnos. En ocasiones, incluso a sus padres. Sucede con más frecuencia de la que sería de desear y particularmente en USA. Acontece, además, que la excepcionalidad del hecho multiplica las imágenes y los comentarios hasta el punto de que la próxima vez ya resulta menos insólito.  

Reparto de culpas
Vienen los analistas, los pensadores o los filósofos y miran el acontecimiento al trasluz. Empiezan a repartir culpas. Que si la agresividad del medio ambiente, que si la abundancia de las armas, que si la televisión, que si la ausencia de los padres, etc.
Claro que tales datos influyen en innumerables tragedias de muerte y violencia. Merece todos los parabienes organizar una campaña y eliminar todas las pistolas que circulan sin motivos sólidos. Al fin y al cabo, dice la estadística, cuantos más artefactos hay a mano, por los motivos que sea, más se usan. Con el resultado que es de suponer.
¿Y si los medios de comunicación recurrieran menos a la violencia y rebajasen las cifras de muertos en películas, noticieros y telenovelas? Porque horroriza la cantidad de muertos y disparos mortales que un adolescente atrapa diariamente en su retina.
Cuanto menos los medios estimulen el pensamiento de los potencialmente agresivos, mucho mejor. Sin embargo, sospecho que la solución última hay que buscarla en estratos más profundos. El mero quitar instrumentos y limitar opciones para que la gente no cometa delitos no me convence. En todo caso, aplaza el problema, pero no lo resuelve.
No es saludable la solución adoptada por todas las dictaduras y todos los dictadores que en el mundo han sido. ¿Los jóvenes acosan a las muchachas en las aulas? Pues vamos a separar los sexos de nuevo. ¿Existen productores, vendedores y consumidores de droga? ¡A la cárcel con ellos! ¿Hay quien dice cosas incómodas para el gobernante? Pues se le destituye o incluso —si molesta más de la cuenta— se le hace desaparecer. ¿Los adolescentes buscan pornografía en Internet? Pues a impedirlo con un programa cibernético y a ponerle multa a quien la haga circular. ¿Hay quien osa disparar el arma y matar a un ser humano? La condena a la pena capital es la solución.

Con esta dinámica se logrará que las ciudades se parezcan a cementerios o cárceles. Es posible que haya menos delincuentes, pero habrán aumentado los guardias, los aduaneros, los carceleros y los dictadores en progresión geométrica. Habrán desaparecido todos los productos peligrosos y los que podrían ser potencialmente arriesgados.
Alguna de estas pretendidas soluciones quizás sea de ayuda en algún momento o circunstancia. Pero hay que buscar otras respuestas más lógicas, creativas y humanas. Es preciso apuntar a la formación del ser humano, a hacerle comprender que la violencia es inútil y perniciosa, que la pornografía habita en la antípoda del amor, que cuando se condena a la pena capital, la espiral de muerte corre al galope.
La frivolidad de juzgar a bote pronto
Además, es demasiado fácil, juzgar y condenar —casi obsceno— cuando el juez no se preocupa de la vida, el pasado, los traumas, los golpes, las desilusiones del infractor. Es una manera de sacarse el problema de encima, de mandar a callar a quien molesta a fin de que no estorbe la digestión de los privilegiados. Se pretende acabar con los síntomas, pero no con las enfermedades.
Los jueces de los tribunales, los políticos bien comidos, los directores de banco, los monseñores distinguidos, probablemente jamás irán a la cárcel. Al menos no la visitarán por robar unos cientos de euros, por sustraer unas libras de carne en el mercado. No tienen la menor necesidad de cometer estas acciones.

Las lamentaciones, las descalificaciones y las cárceles no dan en el clavo. Simplemente aplazan el problema, dejan tranquilos a los que tienen las riendas del dinero y del poder. Sólo en apariencia, y a corto plazo, solucionan la dificultad y permiten que sea apacible las digestión de los poderosos. De ahí que el represor, que no se distingue por tener un corazón tierno y delicado, opte por darle duro al adversario e insistir en aquel refrán nefasto, en teoría periclitado, de que la letra con sangre entra.  
Puede que peque de ingenuo. Y admito que determinados castigos contundentes palían el mal y hasta pueden ser del todo necesarios en algunas circunstancias. Sin embargo, el problema de fondo sigue siendo la educación. Y también evitar traumas y malos tratos al individuo para que no se apodere de él el odio ni el resentimiento hacia la sociedad.

martes, 11 de septiembre de 2018

Carta a la Virgen de Lluc


Querida Mare de Déu de Lluc. Me dirijo a ti con este título —la confianza me permite tratarte de tú— porque me inclino a pensar que te gusta más que el de Virgen. En todo caso es como te llamamos los catalanes y los mallorquines.  Además, sabes mejor que yo que, en buena teología, toda tu grandeza se origina precisamente en la maternidad.
Esta carta es informal. Estaba a punto de escribirte sólo un correo electrónico, que hoy día ha batido en retirada a las cartas. Pero quiero que el contenido se alargue algo más de lo que normalmente miden los emails. Un sabio dijo que el medio es el mensaje. Una frase profunda y repleta de razón.
Sabes bien que soy el encargado de la atención a los peregrinos que suben a Lluc. Un poco por devoción y otro poco por obligación hago frecuentes visitas al camarín, que es el espacio dedicado a tu imagen. Un espacio muy digno y, sin duda, el más visitado de todos los edificios que conforman el conjunto lucano. Es interesante comprobar que casi todo el mundo que sube a la montaña pasa por tu capilla.
Bien seguro que las dosis de fe que cada cual carga son muy desiguales, pero el hecho es que acaba ante tu imagen el ciclista —vestido de ciclista—, el excursionista con la mochila al hombro, el peregrino clásico, más bien de rostro un tanto arrugado y de caminar ya no tan ligero. Incluso he visto mujeres con diferentes velos de cariz islámico. Ningún burka, pero sí algunos hijabs y otros semejantes.
Pienso a mendo que si los sentimientos y las emociones, las plegarias y las súplicas ocuparan espacio, el camarín estaría atestado y ya ni entrar sería posible. Las plegarias que se musitan son numerosísimas. Las hay de alabanza, de arrepentimiento, de acción de gracias, de petición... Dado que resultan ininteligibles, debo recurrir al voluminoso cuaderno donde, quien así lo desea, plasma por escrito su sentimiento o su oración.
Peticiones de toda clase
La mayoría de los escritos piden por la salud propia o de la familia. También por el hijo que vendrá o por tantas pequeñas cosas que mueven su día a día. Algunos querrían poder volver a un lugar tan bello. Los hay que se saltan toda convención y te imploran sin contemplaciones. Una mujer joven te contaba que su esposo la había dejado. Al regresar a su casa no quería permanecer sola. Te pedía que, si no su el que se fue, otro estuviera allí para acompañarla.
¿Qué pensarás de súplicas un tanto excéntricas? Y sólo te he transmitido un ejemplo, pero encontraría varias oraciones estrafalarias y desconcertantes. Tú, seguramente cuando las escuchas, amplías tu sonrisa inicial que muestras en la imagen. No te enfadas, al contrario. No por casualidad te esculpieron de pie y en actitud de salir al encuentro del peregrino. Eres de piedra, pero estoy seguro de que el corazón y la sonrisa trascienden la piedra y te hacen del todo humana a los ojos de tus hijos.
Me molesta que una gran parte de tus visitantes, apenas pisan el camarín, desenfundan el móvil y se disponen a fotografiarte desde todos los ángulos. ¿No sería más educado saludarte primero, admirar tu imagen, dirigirte unas palabras y, en todo caso, después, sacarte una fotografía? No, parece que lo que vale es tener y acumular, más que disfrutar y admirar.
Además, no veo el porqué de tantas fotografías. No tienes ningún interés en salir en las páginas de las revistas del corazón, de papel satinado y encantadoras imágenes. Tú no eres ninguna reina al uso como las que salen en la prensa. Mujeres casi anoréxicas, preocupadísimas por los vestidos y obsesionadas para que las hijas den una buena impresión. En la advocación de Lluc muestras un aspecto elegante, aunque sin pretensiones. Te esculpieron con la digna vestimenta de los templarios.
Por cierto, no entiendo en absoluto cómo, hace más de 125 años, surgió una discusión virulenta y tempestuosa a propósito de tu figura. Era costumbre vestirte con un manto que ocultaba la bella factura de la imagen. Unos sensatos expertos dijeron que resultabas más atractiva y vistosa sin el tal manto, también llamado gonella en mallorquín. Pues hubo profundos disgustos e irrevocables dimisiones porque un buen número de gente tozuda y escaso gusto quería seguir con el manto.
Una Reina muy atípica
Volviendo al título de Reina, es verdad que muchos poetas te lo han atribuido e incluso las letanías marianas lo repiten una y otra vez. El insigne poeta Costa i Llobera escribió que, en Lluc, como Reina, habitas en un castillo. Está claro que estas afirmaciones son producto del afecto y de las ganas de elevarte sobre una peana. Sin embargo, cuando andabas por nuestro mundo, de carne y hueso, nada presagiaba que un día te llamarían Reina. Si alguien te hubiera dirigido este título, habrías pensado que se mofaba de tu persona. Quizás tus mejillas habrían enrojecido, fruto de la vergüenza o de la indignación.
Tú no necesitas la gesticulación barroca ni el abigarramiento colorido de las imágenes de otras regiones. Tú no tienes ningún interés de transmitir mensajes que provoquen escalofríos a tus admiradores. Hay algunas colegas tuyas —y perdona la palabra que es del todo inexacta—, como la de Medjugorje, que cada día proclama un discurso mediante una vidente. Tu eres más discreta y mesurada. Te basta señalar con el dedo el libro en las manos del niño Jesús. Es el libro de la vida. Este gesto, la sonrisa y la actitud de salir al encuentro del visitante te caracterizan y te hacen del todo apacible.
En el camarín se ve de todo. Quién te mira como atónito y quién lo hace de reojo, casi como con alguna animadversión. Como si tuvieras la culpa de todos los deslices que cometen los curas. Que, por cierto, son muchos, pero ni de lejos todos los que se les atribuyen.
A menudo se crean largas colas para besar tu imagen, sobre todo cuando los que te quieren saludar provienen de los países del Este. Cuando están ante tu figura no quieren a nadie a su lado. Se quedan quietos durante unos largos segundos para que las vibraciones les lleguen sin interferencias. Un guía de estos grupos me explicó que éste era el motivo de las largas filas. En general se trata de gente perteneciente a la rama ortodoxa del catolicismo. Nada tengo que decir, sólo que la gente se amontona y, a veces, se pone nerviosa.
Sé que miras con simpatía a las personas que leen la salve escrita en los reclinatorios y ponen cara de no entender nada. Paseas la mirada sobre los mallorquines que buscan el escudo de su pueblo en las paredes y sueltan comentarios fuera de lugar. Sonríes cuando los niños te miran absortos y preguntan quién es esta señora. Tocas las fibras más íntimas del corazón del peregrino que se siente abrumado porque no llega a fin de mes o porque su cónyuge le trata con dureza. Quieres que vuelva a vivir esperanzado porque, como decía el cartel del 125 aniversario, A Lluc, hi reneix l’esperança (En Lluc renace la esperanza).
Virgen de Lluc, haz que nuestras oraciones sean ardientes y transparentes.  Continua de pie en tu capillita escuchando las súplicas de tus hijos. Confórtalos. Escucha los deseos más difíciles. Por ejemplo, que los políticos no se corrompan. Que no se siga maltratando el medio ambiente. Que la gente rebosante de españolismo —yo diría que más bien rancio— ensanche la mente y sea capaz de entender a los catalanes y a los mallorquines que tienen un concepto un tanto distinto de la convivencia.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Lluc y el simbolismo del entorno (y II)


El bosque y los árboles

Los bosques excitaron la imaginación de las sociedades prehistóricas. El conjunto de árboles tenía vida, pero no se movían de un lugar a otro. Cambiaban de aspecto, pero permanecían atrapados en un lugar muy concreto. Para los primitivos los árboles eran muy valiosos: ofrecían alimento, leña y eran aptos para ser transformados en diferentes objetos útiles.

Muy a menudo las diferentes tradiciones asocian el bosque sagrado a ritos de iniciación. Los más indicados apropiados para ello eran los bosques de encinas. Bajo estos árboles los druidas y los antiguos griegos, entre otros, realizaban los ritos más secretos y discutían los asuntos más importantes de la tribu. El vocablo Druida hace referencia al conocimiento de la encina. Y es que atribuían a este árbol numerosas propiedades curativas, casi un poder mágico. En la antigua Grecia la encina simbolizaba la fuerza y la justicia.

Bien se puede considerar que los bosques fueron los primeros templos de la humanidad, lugar en el que se rendía culto a diferentes divinidades y donde éstas se alojaban. La encina fue el árbol sagrado y venerado por los habitantes a lo largo de las regiones bañadas por el Mediterráneo. En Mallorca había abundantes y extensos bosques de encinas. Los ritos funerarios estaban relacionados con la proximidad y el simbolismo de este árbol.


Ya sólo falta decir que Lluc estaba saturado de encinas y que los difuntos de diferentes épocas prehistóricas eran enterrados en cuevas rodeadas de estos árboles. Desde el mismo nombre lucus, se nos sugiere un lugar sagrado. Aquí habitaban los dioses, se enterraba a los muertos y se llevaban a cabo ritos para que la vida fuera dirigida y facilitada per las deidades que tutelaban los acontecimientos humanos.  Todo un ambiente y una atmósfera que de alguna manera aún perdura. Purificada de supersticiones, el alma humana sigue vinculada a los elementos de la naturaleza y no puede hacer nada salvo bracear en el océano del misterio.

El cielo azul

Muchas culturas relacionan el color azul con la divinidad. El motivo es que lo asocian al firmamento —el cielo, habitáculo de Dios— que percibimos como azul. El azul evoca también la eternidad, a lo mejor porque los elementos que se nos antojan más gigantescos y duraderos, como el mar y el cielo, los percibimos de este color.

El azul pues, tiene relación con la calma, la tranquilidad y la melancolía porque sugiere estos estados de ánimo.  De hecho, la obra Azul del poeta Rubén Darío afirma que este color se opone a la desesperación y al sufrimiento y, en cambio, conecta con la esperanza y el ideal. Considera que el azul es el color de los sueños y del arte. El color del océano y del firmamento.

En Lluc hay días en los que el cielo se tapa con la neblina o las nubes. Sin embargo la mayoría de las jornadas veraniegas muestra un azul brillante, sin nube alguna. Entonces genera un estado de gozo, casi de excitación, caminar per los viejos senderos observando el horizonte.


No se olvide la sotana azul de los monaguillos que deambulan por estos parajes cantando a la Virgen. No son angelitos, como muchos visitantes suponen, pero sí saben salir bien ordenados hacia el presbiterio y trepar por el pentagrama. Sus educadas voces son capaces de inducir al llanto a más de un peregrino.

De noche cabe admirar el mantel oscuro del firmamento que cubre Lluc, virgen de toda contaminación lumínica y repleto de lucecitas fulgurantes. El conjunto inspira sentimientos de poesía, aguijonea la imaginación. El conjunto habla de trascendencia asegurando que, más allá del entorno cercano, Alguien acompaña nuestros pasos con ternura. Entonces el peregrino pone su pensamiento rumbo a la imagen de la Virgen de Lluc con su hijo en brazos. Y de la imagen da un salto hacia el misterio con mayúscula del que también balbucean la cueva, los árboles y el cielo azul.  

domingo, 12 de agosto de 2018

Lluc y el simbolismo del entorno (I)


Llevo ya unos cuantos años viviendo en el santuario de Lluc. Poco a poco el entorno va penetrando por los poros de la persona casi inconscientemente. No estará de más tratar de describir la experiencia de quien merodea por el lugar. Dividiré el escrito en dos partes.

A menudo se oye de boca de los excursionistas, sea que suban a Lluc a pie o en vehículo, que es agradable respirar aire puro, otear el horizonte azul y caminar entre encinas centenarias. Más aún si el balar de las ovejas y cabras resuena en los alrededores. ¿Por qué no profundizar en la experiencia que supone subir la montaña y poner nombre a las emociones y a los estados de ánimo que cada elemento del entorno produce en el caminante?

La montaña

La Serra de Tramuntana es el conjunto montañoso más extenso de Mallorca. Unos 90 kilómetros de largo per unos 15 de ancho: desde el Cap de Formentor hasta la Mola d’Andratx. Más de 10 kilómetros superan los 1.000 metros de altura. Lluc se sitúa en la zona norte de la Serra. Aquí, dice el poeta Costa i Llobera, entre montes solitarios, Maria, com a Reina, té un castell.


No es indiferente al sentimiento humano y religioso la situación geográfica del Santuario de Lluc. La montaña simboliza universalmente la proximidad con el mundo espiritual o divino. Está más cerca de lo que llamamos cielo y que un tradicional modo de hablar considera vivienda de Dios.

Desde la montaña se domina el mundo de los humanos. A la cima se le atribuye el punto de encuentro entre cielo y tierra. Las peregrinaciones a menudo tienen como objetivo algún santuario situado en lo alto de una montaña. Éste es el caso de Lluc. Entre los numerosos significados de la peregrinación se incluye el de dejar atrás el día a día para ascender a la altura y en algún modo acercarse a la transcendencia.

Por otro lado, la montaña incluye también el concepto de estabilidad y permanencia, e incluso el de pureza. Si se nos permite aludir a una de les tradiciones de nuestro mundo, la china, diremos que la montaña se opone al agua. La inmutabilidad frente al cambio permanente.

En la Biblia grandes acontecimientos tienen lugar en la cima de una montaña. He aquí una muestra:  El Moriah, en el que Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo. En el Sinaí Dios se aparece a Moisés y le hace entrega de las tablas de la Ley. El Tabor es la colina en la que Jesús se transfigura. El Calvario es el montículo en el que muere clavado en la cruz. La montaña como escenario de grandes hazañas en el judaísmo y el cristianismo, pero también en muchas otras tradiciones.

Hay que subir para llegar a Lluc. Muchas generaciones, desde hace 750 años han hecho este camino y lo han sembrado de leyendas. Lluc, en lo alto de una montaña, donde se respira aire limpio y puro, desde donde a menudo se observa un firmamento incontaminado. Aquí se alza el Santuario, el castillo de la Virgen.  

La cueva

Los místicos cristianos frecuentemente hacían referencia a la cueva. Eckhart comparaba la gruta a la chispa del alma. Sta. Teresa aludía a ella como un castillo interior. Desde la psicología, pero ya antes de que existiera esta ciencia, la cueva es un símbolo del inconsciente y un lugar idóneo para el encuentro con Dios.

No es extraño comparar la cueva con el corazón humano. El corazón está en el interior de la persona. En él el individuo se sumerge y profundiza en sus pensamientos. Los primeros monjes no sólo iban al desierto, sino que muchos de ellos decidieron vivir en una cueva. Allá habitaban en compañía de una profunda quietud. El yo egoísta, el ruido, la imaginación desbordante y también las angustias, todo lo dejaban a la entrada de la cueva para encontrarse con el  yo auténtico y más profundo.

Salida de la conocida como
"cova dels morts" a poca distancia del santuario
En el entorno de Lluc tiene lugar la espectacular acción de la erosión cárstica. El adjetivo, que suena un poco extraño, designa un terreno compuesto por rocas de carbonato cálcico. Este material, si se halla en la superficie, se disuelve poco a poco por la acción del agua. Entonces configura algunas rocas, valga la extrapolación, en formas imaginativas como el camell. Y si el material está cubierto por capas de tierra entonces el agua drena en dirección horizontal por el terreno cárstico y lentamente va construyendo las cuevas.

El valle conocido como Cometa dels Morts aloja un buen número de cuevas. La más conocida es la cova dels morts. El topónimo tiene relación con los restos de enterramientos de la época talayótica. Por cierto, esta cueva fue excavada por un religioso de la comunidad del santuario, el P. Cristòfol Veny, y parte del material se puede ver en el Museo de Lluc.

El extenso encinar que se halla alrededor de las cuevas, les rocas cinceladas por la lluvia de siglos, el azul infinito del firmamento… sugirieron a los habitantes de la prehistoria que esta región era habitada por sus deidades. Un sitio en el que enterrar a sus muertos. Un paraje mágico que los romanos llamaron lucus, adaptando fonemas anteriores. Y lucus significa precisamente bosque sagrado.

Lluc participa del simbolismo de la cueva: lugar sagrado, de quietud imperturbable. Lluc se encuentra rodeado de árboles, de rocas, de un cielo incontaminado. En la cueva no hay elementos que puedan distraer de la presencia y la experiencia de Dios. Lluc está situado en un valle e irradia paz. Recuerda que los antepasados se hallan muy cerca, en el seno de la tierra. Con ellos se hace presente todo un conjunto de costumbres y estilos de vida. El momento y el lugar son propicios para reflexionar sobre el misterio del tiempo y de la transcendencia. Dins el cor de la muntanya —el corazón, símbolo de la cueva— Mallorca guarda un tresor. (Continuará)

miércoles, 1 de agosto de 2018

Cien mil visitas al blog


A estas horas el contador de mi blog —que generosamente (?) me proporciona Google— me informa de que 100.000 transeúntes han pasado por la web cuya clave tengo en mi poder. Claro que no todo el que pasa lee el artículo hasta el final, en cualquier caso, todos ellos han estado frente a la página y algo habrán ojeado desde el momento que entraron en el lugar.

Voy a celebrar este número redondo de artículos “leídos” tratando de aflorar algo del trasfondo que sostiene la tarea.  

Una autoexploración

Escribir es un ejercicio de autoexploración. Es preciso exprimir los sentimientos para que segreguen los vocablos adecuados. De ahí que cuanto más uno escribe, más se conoce a sí mismo. Sus emociones, sus sentimientos, sus ideas solapadas entre las rendijas del alma.

El proceso de escribir podría compararse incluso con una especie de alquimia que tiene que ver con el pensar, el sentir y la realidad de las cosas que nos rodean. Me atrevo a decir que escribir es una forma de relacionarse con el mundo de alrededor. Cada uno tiene su forma de mirar el mundo como cada ave tiene su forma de volar. La escritura atestigua justamente esta propia y exclusiva forma de mirar el mundo.

Recuerdo haber leído en alguna parte que “buscando escribo y escribiendo busco”. Un excelente resumen de lo que me propongo decir. Escribir es una aventura refinada. Casi diría que genera endorfinas. Naturalmente, siempre que el sujeto tenga las papilas gustativas suficientes para degustar el manjar.

Una terapia

Escribir puede equivaler a una consulta con el psicólogo. Plasmar en un folio en blanco aquello que nos preocupa, la rutina diaria, lo que nos agrada y lo que nos fastidia ayuda a sostenerse en los días aciagos. Hay quien escribe para no ahogarse, para no salir derrotado de los días malos que inevitablemente desfilan en la vida de uno. Incluso el hecho de ocupar un tiempo para lo que yo quiero, y me gusta, ayuda a sobreponerse al estrés.
Hay cosas que a uno le incomodan, pero que no tiene la oportunidad de decir en voz alta. O simplemente no le parece correcto. O no se anima a desembucharlas. Con la escritura se facilita el proceso. Algunas ideas quedarían para siempre en el anonimato si no fuera porque hallan salida en el papel o la web que las sostiene. 

Un modesto legado

Cada día que pasa tenemos un día más o, quizás mejor, un día menos. Nadie vive más allá de la fecha de caducidad marcada —aunque invisible— en su lomo. ¿Por qué no dejar unos pensamientos, un libro, unas cuartillas a los nietos o simplemente a los que nos sobrevivirán? Puede que no les interesen, pero puede que sí.

Con la escritura se siembran pedacitos de uno mismo en el interior del prójimo. Aun cuando uno no sea muy leído, siempre las semillas permanecen ahí, dispuestas a enterrarse en el alma ajena.  Escribir es un coloquio con uno mismo y con el vecino que se tome la molestia de descifrar el escrito.

Normalmente las palabras se disuelven al poco tiempo de resonar en el aire. Los escritos tienen mayor garantía de solidez. Los fonemas se apagan al poco rato, en cambio, permanece la posibilidad de leer lo que se plasmó en blanco y negro. Además, el hecho de estampar ideas en el papel permite escapar de la rutina y la inercia. Escribir, afirmó Larra, es llorar. Sí, pero también puede ser imaginar y explorar.

Con el blog uno se comunica. He tenido numerosos estudiantes en las aulas de varios centros de enseñanza. Entre ellos, los de Sto. Domingo (República Dominicana) y Puerto Rico. Pienso en los rostros de aquellos estudiantes. Y me consta que más de uno lee estos escritos. A la distancia de miles de kilómetros causa satisfacción saber que estamos en comunión. Luego el que un día fue alumno reflexionará y diferirá o no de lo leído. Pero, por un momento, habrá bebido de la fuente que le he proporcionado.

Perfilar las ideas

Las ideas suelen tener unos perfiles difuminados. Son suficientemente consistentes cuando las piensa uno mismo. Pero en cuanto se quieren expresar al prójimo, cuando hay que convertirlas en palabras, entonces se requiere que los perfiles sean sólidos y contundentes.

Tengo experiencia de ello en mis muchos años de enseñanza. Los alumnos iban tranquilos al examen. Habían dado vueltas en su cabeza a la idea que expresarían frente al tribunal. Sin embargo, luego —no sólo por nerviosismo— no eran capaces de expresar lo que sí estaba muy claro para sí mismos. Trataban de formular el concepto, pero los bordes se desmoronaban como mantequilla en el microondas. Mi consejo era que la mejor manera de recordar y dar forma a las ideas consistía en escribir un guión, un resumen, los aspectos más sobresalientes de las mismas.

No raramente surgen de nuestro interior sensaciones de contornos indefinidos. Se completarán, como si un puzle se tratara, a medida que se desmenucen las emociones, los relatos y anécdotas vividas. Pero todo ello acontece si uno mantiene la pluma entre los dedos o las dos manos sobre el teclado. De no ser así las ideas acaban difuminándose y desmoronándose finalmente en el caos.

Frente a la cuartilla en blanco, con la disposición de emborronarla, y obligado a soltar amarras, se le dan vueltas a las ideas y a los sentimientos. A lo largo de la experiencia se descubren matices que antes habían pasado desapercibidos.

El placer de escribir

Al escribir uno navega por aguas familiares y conocidas. Escoges los adjetivos que te placen. Nadie te contradice —al menos en el momento que presionas las teclas— y la bonanza empuja el bajel.

Escribir es un placer, por otra parte, siempre que uno alimente inquietudes y tenga un mínimo de gusto literario. Recrear —que no copiar— el estilo de los grandes escritores y verificar que se consiguen algunas metas, sin duda proporciona un notable placer espiritual.

Las palabras son como un enorme rebaño que pace en el diccionario. Constituye un placer elegir una entre muchas. La que se ajuste al tono, al contexto, a lo que se pretende comunicar, al propio carácter.

Cada uno tiene su forma de mirar el mundo como cada pájaro tiene su forma de volar. La escritura atestigua justamente esta propia y exclusiva forma de mirar el mundo.
Gracias a los 100.000 navegantes de mi blog.