El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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domingo, 24 de diciembre de 2017

Bon Nadal / Feliz Navidad / Merry Christmas / Joyeux Noël / Buon Natale

Mis mejores deseos para la Navidad 2017. La foto reproduce una poesía en la que afirma que si ya no eres capaz de sentirte pastorcito ni de entender el bellomensaje navideño, al menos ten el coraje de seguir el camino con un corazón limpio.
El video ofrece el villancico "St. Josep s'aixeca a l'alba" interpretado por la conocida cantante mallorquina Maria del Mar Bonet y acompañada por el coro de la escolania de blauets de Lluc.


lunes, 11 de diciembre de 2017

Los que mandan y los que quieren mandar

Tal vez habría que ser menos malicioso y titular estos párrafos de otro modo: “los que mandan y los que obedecen”. Pues no siempre ni en todos los casos cabe identificar a los que obedecen con los que aspiran a mandar. De todos modos, los titulares tienen licencia para chirriar un poquito, pues una de sus funciones consiste en atraer la atención del personal.

El dinero es un fetiche que tiene a mucha gente embelesada. Pero existen otros ídolos que provocan la misma o mayor admiración. Por ejemplo, el poder. Sé que existen sus nexos más o menos explícitos entre dinero y poder. Se percata uno con facilidad al comprobar que generalmente los gobernantes proceden del mundo de las finanzas y a él vuelven cuando se les acaba el mandato. Sí, las famosas “puertas giratorias”.

Poder y economía se erigen en dos diosecillos de poca consistencia, pero de gran brillantez y eficacia. Dos diosecillos de escasa talla moral, pero capaces de provocar largas y asombradas interjecciones. A ciertos personajes que disponen de todo cuanto se les antoja les aguijonea, sin embargo, el fetiche del poder, el cual les inocula el desasosiego hasta alcanzar la poltrona soñada.

Me interesa expresar unas palabras acerca de la reconciliación. Si es auténtica implica mucho más que el mero abrazo. Lo repito: la reconciliación entre quien manda y quien obedece requiere unos hechos previos al signo del abrazo.

La reconciliación de signo político

Los políticos de oficio tendrán que cambiar sus ideas y sus realizaciones. Ellos no tienen inconveniente en besar los pies del pueblo en época de campaña electoral. Abrazan a los viejecitos y acarician a los pequeños. El gesto queda de maravilla en la pequeña pantalla. Ellos hacen gala de amplias sonrisas, aunque estén agotados. Bien. El pueblo les vota y los políticos empiezan a preocuparse por los cargos del partido, por las presiones en la cumbre, por la escalada hacia poltronas más firmes.

Y los que obedecen parecen depositar en las urnas, junto con el voto, la libertad de expresarse y decidir durante cuatro años. Pues bien, sostengo que la reconciliación exige que el pueblo no enmudezca al depositar el voto en la urna. Y el político no debiera confundir las papeletas de la elección con las renuncias de los derechos ciudadanos.

Habría muchas más cosas, previas a una verdadera reconciliación. Como botón de muestra, que los que andan no se llenen la boca con palabras sonoras y rimbombantes a base de “servicio”, “bien común”, “fraternidad”, cuando esas palabras encubren el servicio a uno mismo y al bien particular. A veces se escuchan piezas oratorias verdaderamente graciosas. Como en ciertas películas, todo cuanto coincide con la realidad resulta ser casual.

El que manda debiera aspirar a ser sencillo de verdad y no sólo para provocar el comentario que ensalce su sencillez. Con el prurito de crear la imagen adecuada para extraer el máximo número de votos, uno ya no sabe si el personaje es como parece o si está desempeñando algún papel. En todo caso habría que evitar ponerse la careta de la sencillez para causar impacto. Es el máximo retorcimiento que a uno se le pueda ocurrir.

Obediencia en caricatura

Con el transcurrir del tiempo nos hemos ido refinando y las envidias han creado una fina red de recelos y sutilezas. Así existe el tipo obediente que en el fondo no obedece. Vayamos por partes.

El individuo servil está negando la obediencia por la base. En vez de colaborar con el bien común está deseando agradar a sus superiores. Tiene su fachada en orden, lo de dentro no le preocupa. Fácilmente dobla el espinazo y lame la bota de quien manda si esto le reporta beneficios. Aunque después recurra a subterfugios, ruindades, diplomacias, adulaciones…

Luego está el formalista. Ése no se mueve por agradar al superior sino para complacer su propia conciencia. El formalista, entre otros defectos, tiene el de no ser inteligente. Su miopía no alcanza a ver los motivos últimos de lo que se le encarga. Se contenta con hacer lo que está mandado, pero no le pregunten el por qué ni el para qué. Sencillamente lo ignora.

Cabría poner sobre el tapete otros tipos de obediencia distorsionada: infantilismo, inconstancia, etc. Parodiando a un escritor inglés, pienso que, contra todos ellos, el obediente quizás deberá quitarse el sombrero ante el superior, pero jamás la cabeza.

Nada digo del que obedece porque no tiene más remedio, pero entretanto se le corroen las entrañas de envidia. Su aspiración consiste en desplazar a quien manda para instalarse en su lugar. El pobre sufre más cuantos más éxitos tiene aquel a quien admira y envidia a la vez. Su indigestión no tiene que ver con lo que come, sino con lo que come el vecino.

La cuestión del mandar y el obedecer tiene grandes aplicaciones en la Iglesia, pues es una institución jerarquizada, en la cual adquiere mucho valor el ejercicio de la obediencia. Una obediencia, claro está, responsable, consciente, inteligente, deseosa de colaborar con el bien común. Los sacerdotes, los religiosos, las monjas, los laicos, los obispos… todos tienen que obedecer. El Papa también, sí, y hasta me atrevo a decir que más que ellos. El Evangelio no se lo puede inventar, ya está escrito.                                      

miércoles, 29 de noviembre de 2017

El conflicto entre el Estado y Catalunya (y II)

Una difícil convivencia

Después de tantos conflictos y divisiones, ¿puede regresar la paz y la convivencia amistosa? Cuando se sepa lo que quiere la mayoría del pueblo y se lleve a cabo entonces sí. De otro modo se me antoja francamente difícil. Porque un pueblo no se puede mantener sometido y entre rejas. El tiempo de las colonias ha caducado.

Quienes han instigado la separación han cometido errores, sin duda, y lo han confesado. También es muy posible que no hayan sido imparciales a la hora de contar el relato de lo sucedido. Claro que en la otra frontera el descaro de la comunicación no ha tenido límites. Con el agravante de que el Estado tiene muchísimos más medios. ¿No es penoso escuchar a todo un ministro de exteriores decir por el mundo que en Catalunya los niños no estudian la lengua castellana? La primera víctima del conflicto es la verdad. La idea se ha repetido muchas veces y se ha evidenciado una vez más.  

Hay quien acusa a los catalanes de mostrarse orgullosos, de pretender ser mejores que los demás. Nunca he escuchado tal afirmación en el otro bando. Sí, en cambio, he oído que los catalanes serían muy capaces de gobernarse por sí mismos. La lengua propia conseguiría más altas cotas de respeto y los presupuestos se ajustarían en mayor medida a lo que desea la gente que reside cerca de donde se aprueban.

Por todo lo cual me adhiero a la idea aquella de que lo mejor es enemigo de lo bueno. Vivamos como buenos vecinos, respetándonos, en lugar de hacerlo como hermanos en permanente conflicto. Respeto y admiro la lengua castellana como tantas otras cualidades de quienes habitan en el Estado español. No tengo el menor inconveniente de usarla en el blog. También porque así me comunico con numerosos amigos que dejé el Caribe, donde impartí clases a lo largo de veinte años.

Ellos no entienden la problemática suscitada en Catalunya. Lo comprendo porque su escenario es muy distinto. Como también comprendo la incomprensión —valga el juego de palabras— de numerosos habitantes de otras regiones de España. Sus vecinos hablan el mismo idioma y tienen la misma historia. Sólo un leve folklore los diferencia. No es el caso respecto de Catalunya.


La lengua es la joya de la corona del catalanismo. Ella encierra los matices del hacer y del decir. Se ha ido conformando a lo largo de siglos. Sirve para expresar los sentimientos y emociones más profundos. Una lengua aprendida frente al diccionario jamás tendrá los matices y sentimientos de la que se aprendió en los pechos de la madre. Sólo quien lo ignora es capaz de afirmar que cualquier lengua da igual porque su función es la de entenderse y nada más. 

¿División de la sociedad?

Determinados parlamentos, tertulianos y periódicos no se cansan de atribuir la división de los catalanes al afán separatista. Vayamos por partes, admitiendo que, en el fragor de la batalla el ruido siempre retumba con más fuerza.

De todos modos, una cosa es cierta: las dos opciones están ahí, se confronten más o menos. En una sociedad adulta, civilizada y democrática no veo por qué no se deba hablar de los conflictos y problemas que surgen en su seno.  El silencio más bien es propio de una sociedad autoritaria, temerosa de la libertad de expresión. Se trataría en todo caso de una sociedad poco sana. Mejor hablar abiertamente de los temas que preocupan.

Hay quien culpa a los partidarios de la secesión de los males que acarrean a la economía, la política y la sociedad. ¿Deben desaparecer entonces estos millones de ciudadanos? Con idénticos argumentos, volteando el argumento, cabría el deseo de eliminar a los que no desean la separación. Los unos como otros tienen derecho a sostener sus puntos de vista. El problema sólo tiene una solución. Contabilizar los votos uno a uno y aceptar el resultado.


Una sociedad madura debiera poder llegar a esta encrucijada y admitir sin la menor violencia los resultados. Lo han conseguido en otros lugares de nuestro mundo: Escocia y Canadá, por aludir a los más conocidos. Si hace falta, establézcanse unas determinadas condiciones: un mínimo de votantes, un tanto por ciento de votos favorables para el cambio. Y así se terminará de una vez el conflicto.


¿No le parece lo más razonable al lector? Dirá tal vez que corresponde decidir el asunto al conjunto de los españoles. Repito: es muy extraño que no sea la propia nación, sino la vecina, quien deba dictaminar su futuro. Por lo demás, si el obstáculo es la Constitución, con un poco de buena voluntad se pueden cambiar los términos. 

jueves, 16 de noviembre de 2017

El conflicto entre el Estado y Catalunya (I)

Observaciones previas

La cabecera de este blog se delata al anunciar que pretende reflexionar —entre otros— sobre los hechos que acontecen en derredor de su autor. No puedo negarme a emborronar unos párrafos sobre los acontecimientos que últimamente han acontecido en Cataluña. Aunque sé muy bien que el asunto enciende los ánimos y levanta pasiones.

Mi aportación consiste en ofrecer una especie de cápsulas superpuestas, obviando una sistematización rigurosa. Sería una quimera pretender decir todo cuanto el tema da de sí. Lo hago siendo consciente de que religión y política —más aún si mezclados— aumentan la explosividad del tema. Ahora bien, cuanto tiene que ver con los derechos de la persona tiene vasos comunicantes con el núcleo de la fe cristiana. Objetivos básicos del cristianismo son los de promover la paz, la libertad y el entendimiento entre la gente.

Es sencillamente un sofisma aquello de que no se debe mezclar religión y política. Aunque sólo sea porque pocas cosas escapan a la dimensión política. Lo que comemos y los impuestos que pagamos, por sólo poner un ejemplo, dependen plenamente de las decisiones de los gobernantes. Exhortaba el Papa actual el 30 de abril del año 2015: no tengáis miedo de meteros en las grandes discusiones, en la Política en mayúscula.

Determinar el propio futuro

Parece razonable que un pueblo pueda determinar su propio futuro. Y, en cambio, no tengo para nada razonable que sea el pueblo vecino quien deba darle permiso para quedarse o marchar de un determinado status político.

El papa Juan Pablo II, en el discurso en la ONU (5-X-1995), legitima este derecho fundamental cuando dice: Ni un estado, ni otra nación ni ninguna organización internacional, no tiene derecho a afirmar que una determinada nación no es digna de existir. Con algunos matices diversos documentos de la ONU caminan en la misma dirección. 



Se da por supuesto, por parte española, que organizar un referéndum sobre lo que desea el pueblo catalán es ilegal. Sin embargo, juristas de gran prestigio opinan que una tal prohibición no está escrita en parte alguna de la Constitución ni las leyes fundamentales.

En todo caso, bien se podría resolver el asunto si hubiera voluntad de hacerlo. Hace unos años, se reunieron los dos partidos más numerosos y en el lapso de unas pocas horas cambiaron un artículo de la Constitución. El asunto se refería a la capacidad de endeudamiento del Estado. Otros partidos minoritarios se enteraron del hecho una vez consumado. No debe ser tan intocable la Constitución. Por no sacar a flote aquello de que le asiste el derecho de una casa y un trabajo a todo ciudadano….

Buenos vecinos mejor que malos hermanos
Cataluña considera que se puede gobernar por sí misma. Es un hijo llegado a la mayoría de edad que se quiere emancipar y cree que le asiste todo el derecho. Por lo demás, toda una historia de siglos atestigua que las relaciones entre ambas partes a menudo se enrarecen. Ocurren conflictos con la lengua, agravios comparativos en la financiación, carencia de inversiones en comparación con otros lugares. Y el gobierno central acude a la querella ante muchas leyes procedentes de Catalunya. 

No es cosa de hoy lo que pasa. Basta con pronunciar algunos nombres como Primo de Rivera, Franco y el presidente Companys para que se acumulen inicuos e ignominiosos recuerdos en la mente de quienes conocen algo del paño. Añadamos a todo ello los recortes del Estatuto que aprobaron los parlamentos del Estado y de Catalunya para ser votados finalmente por el pueblo catalán. Unos recortes demandados por un partido político en el marco de una campaña hostil en la que también se pedía el boicot a los productos catalanes. 

Todos estos motivos empujan a pensar si no sería mejor ejercer como buenos vecinos en lugar de empeñarse en seguir viviendo como malos hermanos. 



Últimamente se ha llegado lejos en la represión del pueblo catalán. Prisión a los miembros del gobierno, utilización de los juzgados, un fiscal que amenaza a diestra y siniestra. Las Instituciones catalanas han sido incautadas y dirigidas desde fuera recibiendo un tratamiento menos respetuoso que el de una colonia. 

El gobierno del Estado siempre ha asegurado que no habría independencia. Pero al mismo tiempo se ha apresurado a facilitar el traslado de las empresas fuera del territorio catalán. ¿Cómo quedamos? ¿No se castiga así también a los que viven en Catalunya y no son partidarios de la secesión? Otro tanto cabría argumentar a propósito del corredor mediterráneo, subvencionado por Europa. Provocaría la hilaridad, si el asunto no fuera tan patético. ¿Por qué este empeño de derivarlo todo hacia el centro de la península? 

No es demasiado aventurado afirmar que detrás de estos hechos está la voluntad de una política de tierra quemada. Para que no se le ocurra a sus políticos resucitar el sentimiento de independencia en muchos años.

Entre legalidad y justicia

Mucho se ha hablado de la ilegalidad del referéndum y de todo el proceso. He hecho referencia a estudiosos de prestigio que no lo ven así. Sin embargo, supongamos que sí. Hay que gritar bien alto que la legalidad no equivale a la justicia. El esclavismo ha sido legal, así como el apartheid, por citar sólo unos botones de muestra. A la inversa, el aborto es legal, mientras que no es justo para numerosas conciencias.

Una cosa es la legalidad y otra bien diferente a la justicia. Y por si fuera poco no es ningún secreto que los mismos jueces hacen y deshacen de acuerdo a sus criterios, sentimientos y banderías. Hay quien manda a prisión preventiva por unos hechos que otros consideran merecedores de libertad condicional. 

La gente se escandaliza de ver políticos corruptos y partidos políticos corrompidos que siguen su ritmo tranquilamente. Quizás acabarán yendo a la cárcel algunos de sus miembros, pero pueden pasar años y años antes de que el día llegue. Se alega que la justicia es lenta, aunque cuando conviene acelera el paso de modo asombroso. Algunos jueces son capaces de citar, escuchar la declaración y mandar a la cárcel en cuestión de horas. Puede que se encuentren sutiles razones jurídicas para tales comportamientos, pero la gente de la calle —denlo por seguro— no lo entiende.


Surge la sospecha de que el gobierno del Estado desea humillar, arrasar, castigar. En la línea que rugía un numeroso grupo de ciudadanos al despedir a los policías que viajaban a Catalunya: ¡a por ellos! Abundan los corazones vengativos, más que los que buscan justicia. Por otra parte, se repite el comportamiento del Estado siglos atrás en relación a los pueblos de América del Sur. No se fue en son de paz. Sólo se marchó cuando fue echado de malos modos. Nada que se parezca a una especie de Commonwealth.

Los obispos de Cataluña caminan con pies de plomo al aludir al asunto de la independencia. Pero han pronunciado unas palabras, muchas veces repetidas, que son ilustrativas. El reconocimiento de una cultura específica catalana expresada, especialmente, en la lengua, se une al reconocimiento de la propia nacionalidad y al del derecho al autogobierno. Así lo escribieron los Obispos de Cataluña en 1985 en la carta pastoral Las raíces de Cataluña. Sí, Cataluña es una nación porque posee una lengua propia, una historia milenaria, unas costumbres y una tradición de fuertes raíces. ¿Qué más se requiere para constituirse en nación? (CONTINUARÁ)

sábado, 4 de noviembre de 2017

El mensaje y el mensajero

Los periódicos no sólo informan, sino que opinan sutilmente en el mero hecho de titular la noticia. La televisión no sólo informa, también opina solapadamente a través de la mueca del locutor. Las emisoras de radio opinan también según el tono y el horario reservado a la noticia. Opinan, por supuesto, las revistas cuando ilustran la noticia con precisas imágenes. Y cuando la colocan en el apartado de sociedad, curiosidades, farándula, etc.
Tiene mucho que ver en todo este proceso la orientación política y económica de los dueños de cada medio, sus intereses, y el de los consumidores habituales. Por lo demás, factores como la proximidad de la noticia, su actualidad, su espectacularidad, su morbosidad, etc., influyen de manera decisiva. Lo confirman los manuales a propósito de cómo gestionar la información.
Los códigos de la comunicación
La Buena Noticia no puede escamotear este proceso alegando que se sitúa en otro plano. En primer lugar, porque los evangelizadores son —quiéranlo o no— materia noticiable. Y de nada sirve su alegato de que no les interesa la atención pública, que sólo pretenden ser hombres de Dios. Viven en la sociedad y ésta tiene unas leyes que ya están inventadas. A ellos se les trata con los criterios generales aplicables a la prensa escrita o hablada.
De lo cual derivan resultados más bien negativos para la causa de la fe. Las iglesias y sus ministros aparecen por los motivos que más interesan al público, el cual suele cebarse en lo menos edificante que llevan a cabo los protagonistas religiosos.
Prestos a evitar ambigüedades, a difundir la buena noticia y armados con las mejores intenciones, de pronto unos creyentes piensan dar con la solución. Van a crear sus propios medios de difusión, a los que darán un toque de unción y un amplio contenido evangélico. Se acabaron los condicionamientos y las limitaciones.
Pero olvidan que los medios de comunicación exigen un lenguaje peculiar, un lenguaje periodístico, adaptado a cada medio. Y, aun cuando se consiga, los oyentes tenderán a cambiar el dial, la revista o el periódico, pues el mismo hecho de que ostente un determinado sello religioso ya impulsa a considerar su contenido como mera propaganda. Lo cual resta credibilidad a la noticia. De antemano, en la misma raíz, el hecho noticioso recibe una ráfaga de minusvaloración en pleno rostro.
Interesan los hechos, mucho más que el sesgo que le dan las emisoras religiosas. Los   creyentes que convencen por su autenticidad son noticiables. Y las cámaras van tras ellos. En cambio, los acontecimientos que se fuerzan para engrosar los noticieros religiosos suelen tener mucho menos eco. Siempre albergan la duda de si se trata de un producto genuino o si se ofrece un gato vestido de liebre..
La Iglesia debe reconsiderar su lenguaje. Cierto ropaje, determinadas vestimentas, tanto en el templo como en la calle… ¿ayudan a la sensibilidad moderna a captar la fibra última de la buena nueva? ¿No obedecen más bien a tradiciones, ideologías o tomas de postura cuyo nexo con el evangelio resulta débil y lejano, cuando no contradictorio?
¿Cómo juzgar determinadas expresiones, gestos y planteamientos que se desprenden de muchos predicadores en el púlpito? El hombre de hoy es especialmente sensible a ciertos tics de tufo clerical que rechaza visceralmente.

Encontrar los registros adecuados

¿Han encontrado los obispos el lenguaje adecuado para transmitir sus mensajes a través de cartas pastorales u otros documentos? Ellos lamentan que frecuentemente son manipulados por los medios de comunicación, pero no caen en la cuenta de que quizás dan pie a ello cuando usan y abusan de términos abstractos, decimonónicos e impenetrables para el ciudadano medio.
Algunos grandes pastores del pasado reciente de América Latina supieron inyectar credibilidad a su lenguaje, que por lo demás, ya andaba respaldado por la vida. Lo que decían no sonaba a hueco, se escuchaba con atención. Sabían qué decir y cómo decirlo al hombre de hoy. La emisora o el periódico confesional no siempre ayuda. En ocasiones obstaculiza los buenos propósitos.
Hay que felicitarse porque ahora mismo en la sede de Pedro hay un Papa que habla el mismo lenguaje que la gente a la cual se dirige. No es un hecho común. La comunicación del Papa Francisco tiene un tono de cercanía y de autenticidad que bien podrían imitar otros pastores.  Claro que no es sólo cuestión de palabras, sino que ello tiene que ver con el trasfondo de la propia vida. El comunicador del evangelio tiene que superar prejuicios, huir de frases hueras y de afirmaciones tópicas, pues que todo ello lastra profundamente los sermones, homilías o conferencias que ofrecen al público.  
Numerosos pastores dirigen el dedo acaloradamente hacia la cultura viciada de nuestra sociedad y le achacan haber perdido el norte, olvidar los valores cristianos. De muy escasa ayuda resultará seguir increpando a sus responsables. Sería más positivo pasar de una actitud polémica y defensiva —tal vez impulsada por el temor— a una postura de diálogo sincero. Una postura que ha ido dejando muchos jirones por el camino.

Comunicar equivale a expresar, a difundir, a amar. Efectivamente, en la relación amorosa son suficientes pequeños detalles —la mirada, la sonrisa, la caricia— para decirlo todo. El amor es la cumbre de la comunicación. Pues toda comunicación sincera y honesta es un acto de amor porque es un acto de solidaridad social, de transmisión de la verdad (o de una verdad, o de mi verdad, para ser más cautelosos). Es un acto de amor, a menos que la comunicación resulte secretamente impulsada por el afán de dominar, dictaminar y humillar.
A la hora de tomar la palabra, la pluma o el teclado, hoy día, un cristiano no puede permitirse el lujo de ignorar los códigos culturales en los que se desenvuelve. Debe acudir a la semántica que sus congéneres entienden. Para ello, es necesario que se sumerja en la cultura y sensibilidad de nuestro tiempo. Que logre ser hombre o mujer de su momento histórico y no le falte la habilidad para comunicarse con sus semejantes. Adquirir el lenguaje de los grandes medios de comunicación le será dado por añadidura, fluirá por sí mismo. No será sino una técnica de fácil aprendizaje.

lunes, 23 de octubre de 2017

Juventud, ¿divino tesoro?


Diría el espectador poco avisado, o quizás crédulo, que la juventud es un paraje o etapa de la vida pulimentado y feliz. Diría por supuesto el mencionado espectador que todo el mundo desea habitar en esta zona templada, llena de frescura y vigor, donde normalmente las enfermedades, todavía no han puesto pie.

Diría todo eso y mucho más al observar cómo la industria se rinde a los pies de los jóvenes —ellos y ellas— a la hora de ofrecerles vestidos, diversiones, música y cosméticos. Multinacionales de gran envergadura mantienen la mirilla puesta en la juventud. Quieren ganársela al precio que sea. No ahorran esfuerzos para el fin.

Se da por sentado que es deseable gozar del talle ágil y esbelto de la juventud. Por tanto, la obligación de unos consiste en mantenerlo y la de los otros en recuperarlo. Despierta envidia la elasticidad muscular de la época moza. Quienes han ido añadiendo años a su biografía parecen sentir nostalgia del rostro terso y lozano que extraviaron por algún recoveco de su historia personal.

El protagonismo de la juventud

Al llegar la primera juventud quedan atrás los pensamientos mágicos de la infancia y el individuo todavía no siente la menor necesidad de computar la longitud de su futuro. En esta situación de privilegio —se piensa comúnmente— sólo existe el presente, el aquí y el ahora. Un espacio limpio de premoniciones y purificado de memorias desagradables.

Hacia los años sesenta la sociedad occidental erigió a la juventud en punto de referencia en su afán de vivir hasta los topes, de experimentar y saborear todo aquello que pudiera extasiar los ojos, la piel y los sentidos. La mocedad equivalía tácitamente a una explosión de sentimientos gozosos y de alegre porvenir.

Luego la decisión se ha ido consolidando. Juventud, belleza, un cuerpo escultural: he aquí los haberes que suelen asociarse a la etapa joven y que los medios de comunicación y el mundo del espectáculo exprimen hasta la última gota en todas las variantes.

El temor ante las expectativas

Pero es posible que, al colocar en la peana a la juventud y sus valores, no se hayan verificado a fondo los datos. Porque esta etapa de la vida carga el peso enorme de la angustia, de la incertidumbre ante la futura profesión, de la ignorancia respecto a la futura —buena o mala— inserción en la sociedad. Los jóvenes se preguntan con temor si alcanzarán las expectativas que han ido alimentando.


Por estas y otras causas ellos son frecuentes protagonistas de trastornos psicológicos. Se comprende que abunden en su expediente los conflictos de carácter, de personalidad y de ambientación. Resulta que el joven está construyendo lo que va a ser y vivir el día de mañana. Es presumible, pues, que las inseguridades, las frustraciones, las angustias y depresiones hagan su aparición una y otra vez.

A la larga lista de déficit en el haber de la juventud hay que añadir las dificultades para encontrar trabajo en los últimos lustros. También el notabilísimo incremento de la anorexia y la bulimia que han configurado un fenómeno social contemporáneo cada vez más precoz.

No cabe escamotear las explosiones de agresividad en forma de violencia colegial, familiar o callejera. En ocasiones las cotas se exasperan hasta la irracionalidad y hacen de los niños unos reales asesinos. Al respecto, echar un vistazo a la historia reciente de los EE.UU.

Todavía hay más lacras que inciden en la adolescencia y juventud de nuestro hoy. Preciso es señalar el creciente absentismo y fobia a la escuela, así como los habituales conflictos familiares. Por cierto, numerosas son las familias de carácter monoparental que viven tales dramas.

Se sabe que un 10% de adolescentes en algún momento han desarrollado una tentativa de suicidio y hasta un 17% les ha rondado por la cabeza la idea de emigrar al otro mundo. Las toxicomanías, el tabaquismo, el creciente consumo de alcohol,cada vez a edades más tempranas, hablan con elocuencia de las penas y amarguras del adolescente o del joven.

Para redondear ese perfil no está de más sacar a colación cómo Ortega se expresaba a propósito de los jóvenes. Estaba de acuerdo en hacerles objeto de su mirada, pero no le interesaba escuchar lo que decían. Su silueta, su agilidad y lozanía le alegraba la pupila, pero no hallaba motivo para prestarles atención. Todavía los jóvenes no han pensado ni han experimentado. En todo caso no han tenido tiempo para realizar una síntesis. Sus discursos no suelen pasar del balbuceo ni ir más allá de una primeriza impresión.


Miremos a los jóvenes con agrado, decía el pensador, pero obviemos el escucharlos. Claro   que esta opinión es válida si la persona va meramente a la búsqueda de ofrecer un alimento para su intelecto o su sentido estético. Porque tampoco hay que negarse a la escucha en caso de que se les quiera tender una mano. Sea dicho sin tono paternalista.

Y no deja de tener su lado positivo escuchar la voz del joven. Así el adulto no se distancia excesivamente de la realidad que, indudablemente, tiene también rasgos juveniles.

sábado, 7 de octubre de 2017

Vuelve, Francisco...

Enhorabuena, Francisco. Pocos hombres son recordados novecientos años después. Felicidades. Aunque ha pasado el día señalado por la liturgia para recordarte, no quiero obviar que las numerosas familias franciscanas se han reunido para reavivar tu mensaje. Se han colocado en derredor de tu figura porque una sola no podía cargar con la totalidad de tu mensaje. Demasiado intenso y extenso para sus limitados hombros. 

Los franciscanos y franciscanas te recuerdan, te quieren. A veces puede que viven un poco de rentas, gracias a tu figura portentosa, pero... comprenderás que el discípulo nunca es más que el maestro. Sin embargo, ya eres patrimonio de la Iglesia universal. Y muchos hijos de la Iglesia admiran tu afición por lo sencillo y esmirriado. Esperan de una tal actitud —de la debilidad, en lenguaje paulino— la verdadera salvación, el sentido de la vida.

Te escribo estas letras en un blog que probablemente también llega hasta el cielo. La cibernética es muy poderosa. Y más si la patrocina Google. Quiero decirte algunas cosas en tono amistoso, pues sé bien que a ti las formas solemnes y rígidas no casan contigo. 

Necesitamos tu antorcha

Vuelve, Francisco, haces falta. ¿Acaso no ves que los editores imprimen uno tras otro los libros acerca de tu carisma y tu persona? ¿No te has dado cuenta de cómo se multiplican los estudios y los congresos sobre el franciscanismo? Hay un fuerte deseo de recuperar lo que representas y que, poco a poco, se nos ha ido evaporando de entre las manos.

No acabamos de saber leer el Evangelio sin glosas ni comentarios. Urge volver los ojos a los pobres (¡Hay quien dice que no existen pobres en nuestra sociedad!). Porque ellos pueden alimentar la esperanza. Es preciso que, como tú, osemos restaurar la Iglesia, no sea que se vaya convirtiendo en una jaula, más que en una Comunidad fraterna. Urge una renovada decisión de seguir a Jesucristo o acabaremos ilusionándonos con el Código de Derecho canónico. Echamos de menos el amor espontáneo al hermano, vivir con sencillez y valorar la naturaleza. Todo esto, tú lo hiciste a la perfección. Ayúdanos. 


Dios quiera que tu aniversario no sirva para hacer retórica en los templos, ni sea motivo de quedar bien para los cardenales, obispos, monseñores, canónigos y otros personajes eclesiales, maestros en cuestión de diplomacia.

Tú no quisiste subir ningún peldaño más allá del diaconado. Rehuiste el compromiso con los potentados, amaste la libertad —hermana de la Dama pobreza—, tú expulsaste del corazón la bestia negra del ridículo. No permitas que ahora te traicionen y todo quede en filigranas retóricas y suaves apretones de manos. Tú que te extasiabas bajo el cielo estrellado y no sentías necesidad alguna de acudir a los fuegos de artificio.

No te dejes secuestrar

No negarás que en vida tenías ocurrencias muy originales. Casi osaría calificarlas de infantiles o pintorescas, si ello no te molesta. Alabar a Dios en la cueva dando gritos a todo pulmón… Mendigar las sobras con la escudilla en mano... Desnudarte frente a todo el pueblo de Así, obispo incluido… Predicar a los pájaros y cantarle al hermano sol y la hermana agua...

Todo ello no es muy normal. Ignoro el secreto de tales gestos. Probablemente no querías rodar por la pendiente del prestigio. Quizá las vitaminas evangélicas de las que te alimentabas te permitían ver más allá del común de los mortales. Como sea, reconocerás que eran cosas poco serias.

¿Como explicas, pues, que te colocaran enseguida sobre los altares? Tuviste fortuna por cuanto todavía no existía el llamado abogado del diablo en el proceso. Seguramente hubiera visto indicios de erotismo sublimado cuando entregaste la ropa a tu padre Bernardone. (¿Sabes que el mencionado abogado descubrió que Juan XXIII bebía una copa de licor después del café?)


Tus gestos no merecerían tanta atención ni tantos estudios, si los hicieras hoy. Te tildarían de extravagante y visitarías a menudo las comisarías. ¿Cómo, pues, la Iglesia jerárquica, oficial, te ha cumplimentado en tan alto grado tras tu muerte?

En buena teoría tú deberías alargar la lista de aquellos santos que nunca serán canonizados. Claro que, bien mirado, con tanta gente como se enamoró de tu sencillez y tu generosidad, hubiera sido peligroso mantenerte en la oposición. 

Hoy te asustarías, Francisco

Pedir que vuelvas quizás es pedir demasiado. Es posible que te pasaras el día llorando. La sed de tener, la ambición de dominar y las ganas de divertirse bien que ya existían a tu tiempo y contra ellas luchaste con decisión. Pero hoy ya forman parte del engranaje, del sistema. Más aún, nuestro mundo se fundamenta sobre tales pilares.

¿Cómo reaccionarías ante los sprays que sirven para enamorar, deslumbrar y vivir feliz? ¿Qué dirías de las horas extras, agotadoras, a fin de comprar un coche de más caballos?

A ti te bastaba la admiración de una flor, la poesía del cielo estrellado y la compañía de un gorrión. No entenderías ciertamente que hoy en día confundiéramos tan fácilmente el consumo con la felicidad. Somos miopes a más no poder. Hemos convenido que el comprar, trabajar y consumir produce la felicidad. La verdad es que más bien provoca la frustración, la angustia y el infarto, pero continuamos afirmando que ests resultados son la etiqueta de la felicidad.


¿Y qué dirías, de estos hombres tan sensibles a la ecología —tú, ecologista avant la lettre— que han inventado la bomba de neutrones? ¿Cómo calificarías una sociedad en la que la competitividad nos hace mirar de reojo al compañero porque nos puede quitar el trabajo, el cargo, la mujer o el prestigio?

Vuelve, Francisco. Necesitamos algún gesto extravagante que nos saque del letargo y la irresponsabilidad.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Para que Jesús no sea un mito (y II)

Los toques de atención en orden a no minusvalorar el alcance del seguimiento y el relieve del Jesús histórico nunca serán excesivos. El peligro más bien se aloja en la otra orilla: limitar el cristianismo a una relación personal, íntima, del creyente con Jesús, en un mundo aséptico y privatizado. Lo cual ocurre hasta la exasperación en algunas sectas recientes de vaga inspiración cristiana; pero los católicos no estamos del todo limpios de pecado. En efecto, cuando se proclama una y otra vez que Jesús es el Señor, el Redentor, el Maestro; cuando se dice a voz en grito que la cruz nos salva, que la sangre del Cordero nos lava; cuando insistentemente se echa mano de jaculatorias y alabanzas… hay que levantar la guardia.

No mutilar el evangelio

Porque todo eso no está mal, al contrario, está muy bien. Sin embargo, resulta tremendamente ambiguo. Puede ocurrir que una tal vivencia de la fe sirva para convencerse uno mismo de que Dios está con él, que tiene una experiencia religiosa de calidad. Todo al margen del conflicto histórico que Jesús vivió y que viene a ser como la piedra de toque a la hora de desenmascarar los conflictos de nuestra historia de hoy.

Quien se salta la historia de Jesús y se sumerge en su vida de resucitado junto al Padre peligra caer en el mundo de los sentimientos desenganchados de la realidad y hasta fácilmente incursiona en la magia. Es tan cómoda la tentación de la magia, que no se agota en los estadios primitivos de la cultura.

Decir “Señor, Señor”, murmurar aleluyas y proclamar alabanzas, al fin y al cabo, no compromete demasiado. Y, a cambio, le deja a uno tranquilo y reconfortado. No es más cristiano el que más vivas grita a Jesucristo, ni el que más títulos musita con sus labios, sino el que vive más de acuerdo con las actitudes y máximas de Jesús. Y ahí cabría hablar de las denuncias, del problema del arroz, del aumento de sueldos, de criminales que no aparecen, etc.

Aludir a la calidad redentora de la muerte de Jesús, olvidando porqué murió y quién lo mató es, cuando menos, un grave despiste. La muerte violenta de Jesús no se debió al azar; en realidad no podía morir de otra manera. Quien puso en cuestión los intereses de los sacerdotes, echó en cara el legalismo y la hipocresía de los influyentes fariseos, imaginó a Dios de parte de los hijos fugitivos del hogar, debía esperar con toda lógica que la Ley y el orden establecido le devolverían el golpe.

No se resquebrajan impunemente los cimientos de la sociedad. Por eso estaba escrito que Jesús tenía que morir, pero se pasaría por alto la trama más significativa de la vida de Jesús si simplemente se dijera que murió porque estaba escrito. No estaba escrito por casualidad ni por arbitrariedad, sino en previsión de las actitudes que Él iba a tomar.

No fue una muerte neutral la de Jesús

Quedarse con una muerte neutral y con la resurrección, al margen del conflicto que padeció Jesús, significa mutilar el evangelio. El Jesús glorificado puede ser invocado por cualquiera sin el menor problema. No interpela la economía ni la injusticia del orante, antes bien le hace experimentar una sensación gratificante. Pero el recuerdo del Jesús histórico sí que interpela muchas cosas y actitudes. Nadie puede leer las bienaventuranzas o las malaventuranzas y quedarse tan tranquilo. Sólo quien tenga la sensibilidad poblada de callos podrá repasar la historia de la pasión y muerte de Jesús sin preguntarse de qué parte se encuentra: si tiene más de víctima que de asesino. Los ingentes esfuerzos realizados para espiritualizar el camino de la cruz no consiguen sino convocar a la mala conciencia.

El Jesús resucitado fue el mismo que el crucificado. Conservó, como signo, las llagas de las manos, de los pies y del corazón. El resucitado es el Jesús llagado por los hombres que defendían intereses muy concretos y particulares. El significado de la resurrección radica en que el Padre afirma que Jesús tiene razón y no sus enemigos, no obstante ser los oficialmente buenos y los legítimos intérpretes de la Ley.


En ningún caso el evangelio debe convertirse en una colección de anécdotas descoloridas, aptas para entretener a los niños. Las acciones y pretensiones de Jesús tienen un entramado claro, significativo e ineludible. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

Para que Jesús no sea un mito (I)

Un montón de fórmulas, triunfalismos, devociones y discusiones recubre la imagen de Jesús, tras dos mil años. Urge redescubrir la imagen genuina de Jesús y sorprenderle en la espontaneidad del hombre que caminaba por los caminos polvorientos de Palestina, pedía agua junto al pozo y decía cuatro verdades a los meticulosos legistas. De entre todas las manipulaciones realizadas en la persona y el mensaje del Maestro tal vez la que se ha operado con mayor buena voluntad y menos fortuna ha sido la de recluirlo en un marco tan irreal como el de cualquier dios del Olimpo griego.

La atracción de los portentos

Muchas de las cosas que se predican de Él tienen un toque prodigioso y maravilloso en esta perspectiva. Anunciado de modo extraordinario a su madre; nacido por vía milagrosa; rodeado de ángeles cantores de Navidad; manifestado gracias a una estrella itinerante. A este Jesús de nacimiento singular le sigue un Jesús niño y adolescente no menos asombroso. Un ángel se encargará de avisar a los padres para que Herodes no dé con Él. En su adolescencia ya discute sabiamente con los Doctores de la Ley.

Luego, cuando inicia la tarea de predicar la Buena Nueva y se rodea de discípulos, acaece que el cielo se abre y se escucha la voz de Dios. Sus tentaciones no son tomadas apenas en consideración. E trata de un mero expediente para poder demostrar quién es Él y, de paso, ofrecerse de guía en las tentaciones de sus discípulos.

Su vida está salpicada de milagros: da la vista a los ciegos, cierra las heridas de la lepra, apacigua las tempestades. Ni siquiera la muerte se resiste a sus mandatos. Acaba cosido a un madero, tal como lo había anunciado, pero para destacar su esplendorosa y definitiva victoria: la resurrección. Finalmente -para que no quepan dudas de su vida extraordinaria- escala el cielo a lomos de una nube.

Con la mejor buena voluntad se han buscado los elementos más inciertos de los evangelios, a tenor de la crítica histórica, y se han magnificado. Con el mejor de los propósitos se han sacado de contexto sus acciones extraordinarias para destacar lo portentoso, lo asombroso de su vida.

Una vez amañado así el material bíblico —y de nuevo con toda buena voluntad, claro está— el paso de los siglos ha contribuido a desviarlo todavía más. La colección de títulos, a cual más grandilocuente; las devociones y las letanías que lo ensalzan hasta perderlo de vista; las decisiones de la ortodoxia, de trazos cansinos y perfiles difuminados; los rostros barrocos y espiritualizados que han esbozado los pintores una época tras otra…

Una vida de Jesús muy distinta a la nuestra. Las páginas del evangelio que hablan de sus lágrimas, de su enojo, de sus denuncias, de sus angustias, de su libertad frente a la familia, la autoridad… ¿por qué se pasan tan aprisa? ¿Por qué muchos cristianos sienten incluso un cierto rubor de leerlas en voz alta?

 No a la taxidermia religiosa

Sin embargo, es justamente en tales páginas donde mejor podemos descubrir el perfil de un Jesús que tiene mucho que ver con nuestro vivir y peregrinar. Un Jesús al que se puede seguir, sin renunciar a la tarea de anteaño. Todo cuanto Jesús hizo y dijo fue para nosotros. Ahí radica la verdadera clave de la lectura evangélica. Luego hasta los hechos prodigiosos deberán leerse a esta luz, pero de ninguna manera acabe pensar que lo importante de Jesús radica en lo asombroso y pasmoso de los hechos, de modo que lo menos milagroso de su vida se reduzca a material de relleno.


Jesús no es una leyenda que se pierde en la noche de los tiempos, ni un mito del cual se desconoce el lugar y la fecha de nacimiento. Se puede señalar con el dedo en el mapa el lugar donde Jesús nació y vivió. Sabemos quién gobernaba el país cuando vio la luz y cuando expiró en la cruz.

El Reino que Él predicaba no era extramundano ni atemporal. Sus exigencias éticas no afectaban sólo los pliegues más íntimos de la persona, sino que apuntaban a las relaciones sociales de cada día. Jesús tenía un corazón manso y humilde, pero ello no era obstáculo para denunciar con nombres y apellidos. Habrá que recuperar al personaje, rescatándole del mundo de la fantasía, la leyenda, el mito.

La taxidermia es una ciencia que cambia a los seres vivos en bellos ejemplares, pero opera con cadáveres. Éstos se parecen en todo a los seres vivos, no les falta ni un detalle, sólo que están muertos. En ningún caso está permitida la taxidermia religiosa que trata de conservar a Jesús disecado, exaltado, al margen de su quehacer histórico. Un Jesús al que no se puede o no se quiere seguir en el quehacer de su historia bien concreta y palpable, es en todo igual al Jesús vivo, pero está muerto en el corazón del creyente.

Seguir a Jesús hoy equivale a luchar por lo que Él luchó, a ver el mundo con sus ojos, a asimilar sus criterios, a experimentar la miseria con sus sentimientos. Decididamente un Jesús así tiene que ver con la escasez de arroz, con la criminalidad, con la falta de agua, con las viviendas indignas. Éste es el alcance de la Buena Noticia.


domingo, 3 de septiembre de 2017

El ladrón y la ocasión

Es un hecho. Pasen las páginas de la historia hacia atrás y observarán que el deseo general de numerosas sociedades, al menos el deseo explícito, apuntaba a la honradez. Cristalizaba en la tópica expresión: "pobres, pero honrados". Pues bien, en distinta etapa, muchos hombres y mujeres de la misma sociedad encuentran en la pobreza el título de mayor oprobio.
La estadística no suele ser tan caprichosa ni arbitraria. Algún elemento poderoso precipita la apetencia de la virtud o del vicio. Este elemento es el caldo de cultivo que el individuo encuentra en su entorno. Como en un medio séptico proliferan las bacterias infectadas, de igual modo en un medio corrupto se estimulan las opciones para el vicio.
Una preocupante espiral
El caldo de cultivo de la corrupción lo genera —y es un botón de muestra— el mal ejemplo repetido, constante y escandaloso. Cuando el ciudadano de a pie va adquiriendo la convicción de que los de arriba y los de al lado se aprovechan cuanto pueden de las oportunidades que el azar o su cargo les brinda, mal anda la cosa. Sin pecar de malevolencia cabrá vaticinar que las más íntimas convicciones de este ciudadano empezarán a tambalear.
Se preguntará por qué tiene que ser él el único inocente entre tanto delincuente, pícaro y aprovechado. Objetará que no puede desenvolverse en inferioridad de condiciones. El estímulo está dado. Sólo falta la ocasión que es la que, como bien reza el dicho, hace al ladrón. O, al menos, lo hace en un elevado tanto por ciento.
Entonces los escrúpulos morales se debilitan e inicia una preocupante espiral. El dinero cambia su modo de ser, su personalidad, el sentido mismo de la vida. Y aparecen a borbotones las excusas y los atenuantes...  La espiral crece. Se desvinculan con desfachatez las nociones de trabajo y riqueza. Se piensa poder vivir con refinada comodidad y ostentación, con abundancia de dinero, sin contrapartida alguna.
Si el caldo de cultivo de una sociedad fuera la honradez, difícilmente el corrupto tendría la desfachatez de presentarse en público. Primero porque no es tan difícil identificarle. Cuando a una persona no se le conocen grandes inversiones o negocios, cuando procede de una familia pobre o media y, de pronto, se metamorfosea en un individuo derrochador, refinado y ostentoso... hay que interrogarse. Hagan, si no, algunas sencillas operaciones matemáticas. Observen si con sueldos reales, por muy abultados que sean, o con negocios honestos, por muy saneados que luzcan, es posible acumular mansiones, lujosos medios de transporte por tierra, mar y aire.

Inquietar al corrupto
Si la persona cuestionada resulta que tiene un cargo en la administración pública o se desenvuelve en la esfera de la política, entonces las sospechas se disparan con la fuerza de un arma a presión. De ahí que sea del todo preciso aminorar la dosis de corrupción. Lo cual se conseguirá, al menos en parte, si la sociedad está vertebrada por las instituciones, si goza de mecanismos para supervisar las gestiones de sus funcionarios. Entonces quizás logre relegarla hasta niveles menos inquietantes.
       O también lograría algo parecido una sociedad en la que los medios de comunicación dispusieran de recursos generosos que les permitieran fiscalizar a los funcionarios, dejarlos en evidencia si llega el caso y crear una opinión pública capaz de inducirles a la renuncia. De lo contrario, el futuro que se avizora no será más radiante que el pasado ni que el presente.

En la empresa privada, a quien le cogen con las manos en la masa se le inicia un expediente, se le castiga y despide. Pero en la empresa pública tal parece que el delito es un título de gloria. En todo caso, se tiende a ser demasiado benevolente con el dolo, el tráfico de influencias, la prevaricación o el robo sin más.

       No hay que esperar mucho de la proclamación de los valores morales, pues es verdad, en buena parte, aquello de que la ocasión hace al ladrón. Pero su proclamación, completada con medidas administrativas y jurídicas, con castigos públicos y ejemplarizantes, pueden mejorar el comportamiento del ciudadano. Porque el corrupto es un cáncer que estimula la metástasis en el cuerpo social. Y priva de unos recursos muy necesarios al conjunto de la población, ya suficientemente deprimida.

martes, 22 de agosto de 2017

Creer a la intemperie


Creer a la intemperie. Constatar que en el ámbito del trabajo los cristianos se pueden contar con los dedos de la mano. Que las cosas de la fe suenan a música dodecafónica. Verificar que los niños ya creciditos no saben santiguarse. Que los alumnos de ESO reservan el mismo espacio mental a Cristo que a Buda y a Zeus. Comprobar que los bancos del templo se llenan en buen porcentaje de mujeres enlutadas. Que los hijos de padres comprometidos otean otros horizontes ...

Estas, y otras cosas, hacen que la fe se torne angustiosa. Creer a la intemperie es tan difícil como nadar contracorriente. Sin embargo, el hombre creyente —que no equivale al hombre crédulo— ha hecho una experiencia demasiado gozosa, está demasiado íntimamente convencido de su opción, para que lo pueda enviar todo al traste.

Por otra parte, el cristiano sabe que el Espíritu continúa su tarea; más anónima, más silenciosa, pero no deja de actuar. Y el encuentro fraternal entorno del pan y del vino eucarístico irradia fuerza suficiente para seguir confortando la fe e iluminando el camino.

Ya no es el ambiente el que aguanta el corazón del creyente, sino la fe que debe fermentar la estructura. Ya no es suficiente para el creyente sincero mantener su personal rescoldo. Es necesario que encienda el del vecino, es decir, que anuncie el mensaje. Un anuncio más silencioso, si se quiere, pero que sigue siendo necesario proclamar. La hora de los simpatizantes ha llegado al fin. Se requieren militantes. De nada sirven los engaños y los recodos. Si la fe es válida para uno mismo, se contagiará al que está cerca y si no es válida ... entonces es mejor tener las ideas claras.


 No seamos simplistas. El panorama poco halagador que contemplamos no es debido a la perversidad del mundo actual, ni a los enemigos de la Iglesia pagados por potencias extranjeras, ni tampoco a los agentes marxistas infiltrados dentro de las filas de la misma Iglesia. No echemos mano de los tópicos rebuscados o trillados. Hay causas muy complejas que nos han llevado donde estamos. Y no todas de resonancia negativa. Algunas han ayudado a purificar la fe de intereses creados, de ambiciones personales. Porque no todo lo que se ofrece con la etiqueta de Dios es necesariamente divino.

La culpa de los cristianos

De la marginación del cristianismo en amplios sectores de la sociedad, tienen buena culpa los mismos cristianos. Ellos velan, más que revelan, el auténtico rostro de Jesucristo, según dijo el Vaticano II. Hay que culpar a la Iglesia que, en palabras del mismo Concilio, necesita de una reforma constante.

Efectivamente, necesita una reforma seria. Porque no protestó bastante del fascismo que saturaba las mentes de los jerarcas y los poderosos. Porque aceptó demasiado resignadamente las órdenes que procedían de la cúpula política, sin profundizar en su legitimidad. Además, la Iglesia —que conforman todos los creyentes— a menudo ha distorsionado el mensaje evangélico. Como los aparatos que emplean los conjuntos de música concreta, los cuales modifican, alargan, otorgan nuevos timbres a los sonidos originales.


Unos aspectos de la vida de Jesús han pasado a primer plano: su oración, la dulzura de trato, la obediencia, su mensaje escatológico, etc. Pero curiosamente —o interesadamente— otros rasgos igualmente reales de su vida han quedado cubiertos por el silencio y por el desinterés: Jesús fue también itinerante, comía y dormía donde las circunstancias brindaran, tuvo más de un conflicto con sus padres y familiares, denunció el legalismo, privilegió a los pobres, se mostró intransigente con la hipocresía y redimensionó la autoridad.

¿Por qué esta selección arbitraria a la hora de anunciar el evangelio? ¿Acaso necesita ser destilado y edulcorado su mensaje? ¿Y por qué a muchos obispos se les dispara el registro de la protesta al oír hablar de homosexualidad, aborto, y en general ante las cuestiones nuevas derivadas de la bioética? En cambio, muestran un interés casi irrelevante cuando se trata de asumir iniciativas contra la pobreza, la corrupción y otras taras de carácter social.

Buena nueva, triste nueva

Aún hay más. Resulta que la Buena Nueva a menudo es vivida como una triste nueva, como una losa que reprime el gozo originario del mensaje. Así, de la apoteosis final de la Resurrección, hay quien sólo acierta a dar con el leño áspero de la cruz. 


No se trata de vender una buena imagen, ni de limar aristas para que las moscas acudan a la miel. Se trata simplemente de vivir la Buena Nueva como lo que es: un mensaje de salvación integral y, pues, de ilusión, de alegría, de esperanza. De acercar la misa, por poner un ejemplo, a lo que fue originariamente: una cena de amigos, en lugar de hundirla en el precipicio del legalismo y la rutina.

Habría que repintar y reformar la Iglesia. Hacer lo posible para limpiarla un poco. Que quien se acerque —por curiosidad tal vez— no encuentre los muebles viejos, llenos de polvo. Que no tropiece con individuos enlutados informándole que el mundo está podrido. Que no haya que contemplar rostros crispados y amenazantes ...

Quizás entonces alguien atravesará la puerta y se encontrará con el Cristo.