El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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domingo, 17 de abril de 2011

Semana Santa: procesiones y opiniones


Tema polémico el de las procesiones de Semana Santa y que requiere ser abordado desde diversas perspectivas. El fondo de la verdad sólo suele hacerse encontradizo a base de matizar y distinguir.   

¿Folklore sí o folklore no?
Indudablemente las procesiones parecen hechizar a mucha gente. No cabe negarles su poder de atracción. Llega el momento esperado y los pasos se abarrotan de costaleros, los cofrades se ponen su clavel en la solapa y los espectadores invaden las calles, algunos con el taburete a cuestas.

Los sabiondos no reprimen el comentario: a lo largo del año no pisan una Iglesia ni los cofrades ni los mirones, pero luego las calles revientan de gente dispuesta a ver los desfiles. Acabado el espectáculo, se guardan las capuchas en el baúl de los recuerdos y con ellas la dosis de religiosidad que se les pueda adherir. Hasta dentro de doce meses. ¿Mueve este tinglado la fe, el folklore, el arte popular  o el sentimentalismo?

Dicen unos que las procesiones son un modo de expresar la religiosidad. Quien participa de ella canaliza así su credo. Quien la contempla reacciona con respeto y acaso el clima de silencio y emoción termina cuajando en una oración. Una súplica a la Virgen, un santiguarse más consciente, un beso al Cristo muerto… La procesión, en consecuencia, haría la función de una catequesis.

No niego sin más todo ello, aun cuando debo confesar que la estética de las procesiones me deja totalmente frío. Ni me emocionan las saetas ni me impresionan los tambores. Mi sentido de la belleza bebe de muy otras aguas. El espectáculo de los encapuchados se me antoja lúgubre y lóbrego.

Personalmente catalogo las procesiones en el departamento de folklore: una expresión cultural que recurre a la música, las costumbres y las tradiciones. Unos elementos que por lo visto tocan el alma de los cofrades. Un folklore que tiene como coartada o subterfugio el misterio de la pasión y muerte de Jesús.

De todos modos reconozco que existen otros gustos y otras miradas. Admito que el conjunto puede despertar algún sentimiento o emoción de tipo religioso. Es posible que la estética de las procesiones estimule las papilas de la religiosidad y hasta levante algún interrogante acerca de una vaga trascendencia. Pero no en mayor medida que la belleza de la luna llena sobre el mar o que un bosque tupido atravesado por los rayos del sol. 

¿Una procesión atea?
Me entero por la prensa que el laicismo radical y los fieles de la anti-Iglesia tienen una extensa hoja de ruta. Ahora le toca el turno a la Semana Santa. Se anunció una procesión atea que desfilaría por las calles de Madrid el jueves santo. Luego las autoridades competentes la prohibieron. La organizaban colectivos feministas, homosexuales y ateos. Si se hallan en el mismo saco no es culpa mía, pues que así lo he leído. Más aún, creo que se trata de elementos heterogéneos que no hay por qué alinear en la misma fila. Por supuesto, en este plagio procesional las Cofradías y Hermandades tenían nombres ofensivos y provocativos para los católicos.

Escasa creatividad demuestran los organizadores cuando copian el patrimonio de quienes desean combatir. De muy poca visibilidad deben gozar cuando su procesión tiene que mezclarse con las de la Semana Santa para que los ciudadanos perciban su presencia.

Algunos escritos favorables a la procesión no tan sólo apuntan a provocar, ofender y denigrar, sino que también tratan de argumentar. Niegan el derecho de los cofrades y de los espectadores a invadir las calles de la ciudad que son de todos, por supuesto. Alegan sus autores que los ateos o indiferentes no tienen por qué soportar espectáculos que les desagradan y privativos de un grupo de gente. Dicen además que el gobierno no debiera permitir tales desmanes. Pues se trata de grupos que muerden la mano que les da de comer. Sí, protestan contra el aborto y otras leyes cuando los católicos reciben jugosas subvenciones para Caritas u otras organizaciones.

Pueden caer más o menos simpáticas las procesiones, pero no cualquier argumento se sostiene a la hora de denigrarlas. En primer lugar, el gobierno no da de comer a los católicos. Las subvenciones no proceden del bolsillo del presidente de ministros, sino de los impuestos de los ciudadanos. Y si se pueden trasferir muchos millones a los Sindicatos y otros tantos a los numerosos asesores políticos cuyos trabajos se ignoran, no veo por qué no se puedan entregar unas migajas a organizaciones como  por ejemplo Caritas. Una asociación en la que básicamente colaboran voluntarios, ayuda a numerosos parados, proporciona alimentos a mucha gente y hasta les paga la hipoteca a familias al borde de la desesperación.   

Entiendo que no a todos los ciudadanos les agraden las procesiones de Semana Santa. ¿Tienen que desaparecer entonces? De ninguna manera. Si la calle es de todos, pues es de todos. ¿A santo de qué los homosexuales, bisexuales y travestis sí pueden organizar cabalgatas y manifestaciones ataviados con taparrabos minúsculos y disfrazados con vestimentas de pésimo gusto?  Yo me aguanto la náusea y reprimo los adjetivos si se tropiezan conmigo en la calle o aparecen en la pantalla del televisor. Bien pueden tomar ejemplo quienes vean con disgusto las procesiones de Semana Santa.

He escuchado muchas veces que si uno no quiere ver una película ofensiva para los ojos religiosos, pues que se quede en casa. Si no desea ver un programa crítico contra la Iglesia, que cambie de canal. Pues eso. Quien no quiera ver procesiones en Semana Santa mate el tiempo en la cocina preparando una nueva receta. Pero que no esté relacionada con la gastronomía de Cuaresma o Semana Santa. Se daría de bruces con sus propios demonios y contradicciones.
  
Conclusión final
Dicho lo cual declaro nuevamente mi escasa simpatía por las procesiones. Me cuesta asociar la sana piedad con un desfile de señoras exhibiendo peinetas y repletas de joyas. Se me hace cuesta arriba imaginar a Jesús rodeado de hombres encapuchados con no se sabe qué pretensiones. Las procesiones de Semana Santa se me antojan desfiles para alimentar la vanidad y fruto de un rancio populismo cultural.

A juzgar por las Iglesias medio vacías y las calles repletas, las procesiones son más atractivas que las funciones litúrgicas. Las procesiones se corresponden con una liturgia callejera de mucho movimiento, con sonidos originales y un conjunto de gran colorido.

La liturgia oficial, en cambio, no consigue llegar al alma del pueblo. Probablemente es así, aunque el remedio no consiste en rebajar unas ceremonias austeras, pero densas de significado religioso, a un puro espectáculo teatral. Porque de espectáculo se trata y a las pruebas me remito. En estos días se ven numerosos anuncios que dicen así: Semana Santa de XXX, declarada de interés turístico nacional. Apuesto a que Jesús de Nazaret no preveía un éxito de esta traza. 

1 comentario:

Luis Madrigal Tascón dijo...

Querido Padre Soler: He leido con interés su artículo, y creo puedo decir, con total sinceridad, y no con el menor ánimo de incurrir en esta peste de propiciar elogios al autor, en este mundo de los Blog, que comparto por completo sus conclusiones y, en general, cuanto usted dice en el mismo. Me parace, muy en genaral, sin perjuicio de la buena intención y sinceridad de algunas personas (cada vez menos)que este "negocio" de las procesiones es una muestra palpable de auténtico folklore. Y de propagación del turismo, que puede equilibrar la Balanza de Pagos. Me parece muy discutible que, incluso en el caso de tales buenas intenciones, sea este el modo adecuado de expresar ningún tipo de religiosidad. Prescindo de la ya tristemente famosa "procesión atea", que trataban de organizar, aquí en Madrid, estas pobres gentes, de las que hemos de compadecernos, e incluso querer, como a todos los demás. También ellos son hijos de Dios, pero sinceramente me cuesta tanto hacerlo que prefiero "evitar la ocasión" de hacer referencia alguna a sus odios seculares, casi instintivos. En un Estado, que dice ser de Derecho y, sin duda erróneamente, por ello otorga personalidad juridica a una "Asociaciónd de Ateos", no pueden esperarse cosas demasiado distintas. Lo de menos es que ahora prohiben semejante aquelarre. Pero, un Estado que apuesta por "la nada", que es el "no ser", ya es ateo casi, en sí mismo. Posiblemente, muchos de quienes decimos ser creyentes, también somos esencialmente ateos, pero esa es otra cuestión. El Estado, ha de ser neutral, creo yo, ante una cuestión tan sumamente transcendente, como la del origen del mundo y del hombre. Perdone la extensión, querido Padre Soler. Le envío un fuerte abrazo en Cristo Jesús, el Redentor del hombre. Luis Madrigal Tascón (Madrid).-