El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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jueves, 10 de septiembre de 2015

La estrategia de salpicar al prójimo

Las mayorías silenciosas de los ciudadanos suelen dar por supuesto que todos los políticos son iguales, corruptos, incapaces de sintonizar con la gente de la calle, ávidos a la hora de barrer para casa, sumisos a los intereses del partido.

Sin embargo, es muy verdad que unos individuos son más corruptos que otros. Y que quien se siente señalado por el índice acusador suele defenderse diciendo que todo el mundo está repleto de malas intenciones y rebosa de malas acciones. No es cierto, en la corrupción hay grados.

La que podría llamarse «táctica del ventilador», consistente en poner en marcha las hélices para salpicar a todos los circunstantes, no deja de ser una estrategia antiética y muy interesada. No todo el mundo es igual, ni defiende los mismos intereses, ni tiene la misma responsabilidad.

Esto hay que decirlo y sostenerlo sin ambages, pero luego es preciso añadir que la raya divisoria entre el mal y el bien pasa por el mismo corazón. Respondió bien aquella niña, ingenua y lúcida, a la que le preguntaron de qué color sería ella si los malos fueran negros y blancos los buenos. Respondió que luciría rayas en su cuerpo. Alternaría el blanco con el negro. Todos somos cebras.

Abundemos sobre el particular a través de una historieta. Nuestro imaginario protagonista quería encontrarse cara a cara con un gran santo. No reparó en medios para conseguirlo. Recorrió pueblos y ciudades, se internó por las selvas y caminó por los desiertos hasta que le flaquearon las fuerzas. Tocó a la puerta de los palacios, no desdeñó la choza humilde, se encaramó por los rascacielos.

Encontró a grandes ascetas. Parecían vivir del rocío del cielo. Apenas ingerían alimentos, les bastaba con un taparrabos para vestirse, no necesitaban camas para yacer ni sillas para sentarse. Pero parecían todos ellos obsesionados con su propia virtud y encerrados en sí mismos. Les faltaba el lubricante de la atención y la delicadeza para ser realmente santos.

Halló nuestro hombre a personas dedicadas por completo al servicio del prójimo. Unos repartían comidas innumerables a lo largo del día, a los deambulantes, a los estigmatizados por el sida y por la pobreza. Otros visitaban a los presos de la ciudad y se preocupaban por echar a andar proyectos habitacionales en favor de los más necesitados. Les sobraba, sin embargo, una sombra de vanidad en su actuación.

También nuestro protagonista anhelaba verle la cara a un pecador. Tras mucho andar y observar resultó que no encontró a un verdadero pecador. Unos hacían cosas horribles, no se detenían ante los más sagrados derechos, pero no acababan de ser conscientes de lo que llevaban entre manos.

Otros actuaban mal, aunque era por pura y simple debilidad, no por maldad. Los había incluso que hacían el mal creyendo realizar el bien. De manera que no apareció un pecador de cuerpo entero, sólido y macizo.

Moraleja. Habrá que evitar las clasificaciones estereotipadas y los juicios cerrados. Basta ya de jugar a buenos y malos. En la profundidad del corazón humano los acontecimientos tienen poco que ver con las imágenes que se suceden en la pantalla. Sólo en el cine existen perfectos villanos o ciudadanos por encima de toda sospecha.

En la pantalla los buenos se distinguen a la legua. Los malos son tan malos que hasta visten mal y muestran una apariencia desagradable. El cine deja las cosas claras porque a los espectadores les encanta aplaudir a los vencedores, que son los buenos, y abuchear a los perdedores que naturalmente son muy malos.   

Si los párrafos antecedentes tienen alguna validez, permitirán extraer unas gotas de humildad y tolerancia. Sea dicho sin ánimo moralista, pero habría que acostumbrarse a no vivir pegando y repartiendo etiquetas. A no perder la esperanza ante los líderes de la sociedad, pues también ellos visten la conciencia a rayas. Son buenos y malos a la vez. Pero tampoco hay que confiar demasiado, ya que no son enteramente blancos.

Los discursos encendidos a favor de un partido, un candidato, un presidente o un alcalde, acostumbran ser fruto de la mera imaginación, del puro voluntarismo o de los intereses creados. No suelen reflejar la realidad objetiva. La raya divisoria entre el bien y el mal atraviesa el propio corazón. Cuando uno aprende esta realidad se hace más cauto por un lado y se dispone a hacer acopio de mayor tolerancia por el otro. No se precipita en el cinismo ni se arroja en brazos de la ingenuidad. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

És veritat que som bons i dolents alhora. Per part meva lo únic - i difícil - que deman és arribar a ser una bona persona.

Anónimo dijo...

Totalment d'acord! Els humans som molt complexos i crec que és en aquesta complexitat on resideix la nostra vàlua. No crec que res sigui blanc o negre. M'agrada més fixar-me en la quantitat de matisos que podem trobar arreu. Quant més matisos, més variació, més riquesa; això passa en totes les coses i sobretot en les persones. No estic d'acord amb el monolitisme, si busquéssim les millors facetes de cadascú ens hi aniria molt millor.

Margarida
Los viernes al sol