El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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sábado, 10 de diciembre de 2016

El ecosistema del silencio y la palabra

Hemos escuchado una y otra vez que nuestra época se caracteriza por la comunicación. Las nuevas tecnologías las favorecen hasta la exasperación. Y generan adicciones: Facebook, whatsapp, twitter

En el proceso de la comunicación es muy necesario tomar en consideración la relación entre silencio y palabra. Se trata de dos momentos íntimamente relacionados. La comunicación se degrada si falta una de las dos alas, pues deja de volar para precipitarse en tierra. Cuando hay exceso de palabras el interlocutor queda aturdido. Cuando el exceso le corresponde al silencio, la relación se enfría.
Escuchar, ampliar horizontes
El silencio, en su justa medida, forma parte esencial de la comunicación. Conforma el marco que permite escuchar y reflexionar acerca de lo que el otro dice y de lo que nosotros pretendemos transmitir. Cuando uno calla, tácitamente le cede al otro el turno de la palabra. Cuando escuchamos atenta y silenciosamente se nos ofrece la oportunidad de ampliar horizontes y no aferrarnos a nuestras ideas y palabras. Tras la escucha los pensamientos se ensanchan y flexibilizan.
Por lo demás, en el silencio el lenguaje corporal o gestual pasa a primer plano. La expresión del rostro se dibuja con mayor precisión. Los estados de ánimo se transparentan más fácilmente a través de los ojos. Determinados silencios son muy elocuentes si se acompañan con un gesto, una sonrisa, una caricia. Por supuesto que cuando las palabras callan se posibilita discernir mejor los mensajes recibidos. Y resulta muy positivo discriminar los que valen la pena.
Hoy día se insiste en la necesidad de conservar y equilibrar el ecosistema. Pues de la misma manera hay que cuidar este otro sistema de equilibrios precarios. Es preciso poner en su justa relación y correspondencia el silencio con la palabra, la imagen con el sonido.
También Dios habla y calla
Por algo será que tanto en el cristianismo como en otras tradiciones religiosas el silencio y la soledad gozan de un fuerte aprecio. Son espacios que favorecen el encuentro de la persona consigo misma. Más aún, conducen al individuo hacia la búsqueda de la Verdad en mayúscula.

Bien puede decirse que el Dios que se revela habla también sin palabras. Por paradójico que parezca el silencio de Dios puede manifestar el mayor amor. La cruz es la mejor demostración. Puesto que Dios es capaz de hablar en el silencio, en justa correspondencia a través del silencio el ser humano consigue hablar con Él. Porque hay silencios capaces de metamorfosearse en contemplación para permitir luego entrever la trascendencia.

En el último Concilio hay un párrafo bien logrado y denso de contenido. Afirma que la Revelación divina se lleva a cabo con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas (Dei Verbum, 2).

Para mí que éste es también el ideal de la comunicación humana: que los hechos y las palabras caminen unidos y se ilustren mutuamente. Lo cual equivale a desear que no acontezca desfase alguno entre la cabeza y el corazón, que no se cuele la hipocresía entre lo que uno dice y lo que hace.

La verdadera y auténtica comunicación implica el aprendizaje de la escucha. Escuchar, contemplar y hablar son momentos básicos en orden a que los seres humanos se comprendan a fondo. Lo cual sirve exactamente para los que se comprometen a transmitir la buena nueva del evangelio a sus contemporáneos. 

1 comentario:

Maria Àngels Manén Folch dijo...

Estic molt d'acord amb l'articulista: del silenci ple d'escolta en pot brollar la paraula que mereixerà de ser escoltada.