El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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domingo, 11 de junio de 2017

Consideraciones variadas en torno a una hospitalización


He estado diez días ingresado en una clínica. Triplemente atado a una cama. Atado porque no podía ejecutar mi voluntad de escaparme. Los médicos mandan en estas circunstancias Atado a una cama porque unos largos cordones plásticos —como extensos gusanos transparentes— me nutrían de sueros y antibióticos. Y bien que me lo recuerdan los moratones de mis brazos. Una enfermera poco experta, y con una dosis de desenfado, me interrogaba acerca de la entidad de mis venas. Le aseguraba que por allá andaban y que tal vez con un poquito más de tino hasta daría con ellas. 

Finalmente, atado a una cama porque me encontraba impedido de llevar a cabo mis tareas, mis planes y mis hobbies. Tenía que contentarme con girar páginas de la novela els hereus de la terra o con pasar revista a algunas webs favoritas que me brindaba mi diminuto ordenador. Aproveché la ocasión para escuchar a fondo los impromputs de Schubert, tan delicados y evanescentes.

Cuando me cansaba de transitar de la cama al sillón y de éste al sofá, regresaba a la cama y, para que las horas fueran más risueñas, ponía en funcionamiento una pequeña radio con sus respectivos auriculares. Por supuesto que había tiempo para rezar las horas litúrgicas. También para echar el pensamiento a volar, no sé si cabe las nubes de la oración, el mar de la filosofía o el reino de los recuerdos. 

La enfermedad, compañera de viaje

La enfermedad se presenta cuando menos la esperas. Siempre coge desprevenidos, por mucho que en teoría hablemos de su presencia ineludible y universal. En cierto sentido acontece como con la muerte: siempre son los demás los que mueren, si bien la teoría —más cicatera— sea otra y bien que lo sabemos. Es cierto, cualquier virus, cualquier trombo, la más inesperada disfunción se entromete en la vida de uno y lo cambia todo de golpe. 


No contamos con ella en principio. Pero en cuanto se instala en el organismo nos roba las vacaciones, nos arruina los planes, obliga a postergar encuentros y trabajos comprometidos de antemano. En particular suceden estos imprevistos si la enfermedad requiere hospitalización. Entonces la autonomía se va al garete. Las consultas, las cirugías, las analíticas toman el timón de nuestras vidas. Otros deciden los horarios.

No soy partidario de hablar de la enfermedad como una enemiga que quiere derrotarnos hasta la aniquilación. En consecuencia, tampoco recurro al lenguaje guerrero, militante. Al fin y al cabo, el trastorno biológico brota de nuestras células, de nuestros tejidos. Mejor considerarla una compañera de viaje que —sin ser invitada— se ha entrometido en nuestra diaria rutina. Nada de lenguajes bélicos o épicos. 

Tampoco recomiendo martillear las preguntas clásicas: ¿Por qué precisamente a mí? Tienen tanto sentido este tipo de preguntas como sus contrarias: ¿Por qué no me ha tocado a mí hasta ahora? Para familiarizarnos con tales interrogantes debiéramos pedir prestados algunos conceptos a la metafísica, a la fe. No es el momento. Probablemente tiene más enjundia preguntarse qué puede uno aprender de la nueva situación. Cómo puede resultar menos dañina. 

Ciertamente la enfermedad marca la hora de apoyarse en las personas más cercanas, de mirar al prójimo con ojos más benignos, de sacarle el polvo a los fundamentos más ocultos de la fe. No es Dios, ciertamente, quien nos manda los virus o quien nos reduce las plaquetas de la médula espinal. Somos organismos expuestos a mil peligros ambientales y pagamos el tributo a esta situación. Conviene distinguir entre causas primeras y causas segundas, como bien aconsejaban los escolásticos.

Valorar debidamente la salud

Lo escuchamos frecuentemente: no valoramos la salud cuando la tenemos. Escuché en una ocasión decir que empleamos los primeros cuarenta años para estropearla con toda clase de excesos. Los cuarenta restantes los dedicamos a repararla en lo posible. Suelen decir los mayores que lo que importa es la salud. No es una frase hecha ni una muletilla, sino una gran verdad.

A veces las enfermedades son realmente graves y a uno no le queda más remedio que vivir con y para su enfermedad. Todo lo demás parece desvanecerse y perder su silueta original. Otros sufren dolores muy agudos, pero no caen en la tentación de tomar una postura de rebeldía, no recurren al registro del rencor, no lo hacen pagar a quienes se mueven a su alrededor. 


Estoy con los que, no obstante permanecer tumbados en la cama, no hacen de su situación un imán para atraer la atención, los cuidados, la compasión de quienes les rodean. Mi ideal de enfermo lo fijo en quien padece la enfermedad con entereza, sin necesidad de comentar cada uno de los síntomas, sin pretender ser el que más aguanta, sin actitud de rebelión, ni de envidia rencorosa al observar sanos, ágiles y sonrosados a quienes rodean su cama. 

Acabo con un pensamiento políticamente poco correcto. La enfermedad nos oscurece el horizonte, nos roba energías, nos impide realizar nuestros sueños o simplemente nuestras rutinas. Pienso que ello tiene una utilidad. La de despegarle a uno de sus comodidades y la excesiva confianza en sí mismo. Así, poco a poco, se hará a la idea de que no somos eternos. La fecha de caducidad, cosida en algún fleco invisible de la vida, quizás esté muy cerca.

2 comentarios:

Astrid Acevedo dijo...

Espero mejore pronto! Con Dios! Astrid

Maria Àngels Manén Folch dijo...

DEU DIES I DEU NITS SÓN MOLTES HORES. HA D'HAVER ESTAT MOLT DUR. HO SENTO.
ho expliques molt bé al blog.
Paul Claudel diu:
Un creu que tot s'ha acabat, però llavors un pit-roig es posa a cantar.