El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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miércoles, 20 de noviembre de 2013

El Vaticano II desde el retrovisor



A lo largo de los pasados meses hemos recordado que se cumplieron 50 años desde la convocatoria del Concilio Vaticano II. El próximo día 24 se cierra el llamado “año de la fe”, en el cual se conmemoraba también este acontecimiento. Durante este tiempo me han solicitado unas cuantas charlas sobre el mismo. En el arciprestazgo al que pertenece el Santuario de Lluc en Mallorca (Lluc-Raiguer), en el del centro de la isla (Es Pla), en el Instituto de Ciencias Religiosas de Barcelona, etc. También he escrito en este mismo blog algunas entradas meses atrás. 

Después de recordar, leer los documentos y numerosos comentarios sobre los mismos, unos párrafos del excelente profesor jesuita -también misionero entregado a los pobres en América latina- de nombre Víctor Codina, me ha ayudado a aflorar unos pensamientos que no terminaban de cuajar. 

Al observar el Concilio Vaticano por el retrovisor cambia bastante el juicio que hago del mismo hoy en día. Sigo creyendo que su desarrollo y su impacto en la sociedad fue enorme y, de no haberse dado, la Iglesia actual estaría mucho más desdibujada y extraviada en medio de la crisis o tsunami que padece. Se trató del acto de magisterio más importante posterior al Vaticano I, del cual se cumplían casi cien años. Incluso el presidente De Gaulle afirmó sin reparos que se trataba del mayor acontecimiento del siglo XX.

Cambios extraordinarios

Desde el retrovisor, y tras los extraordinarios cambios que ha sufrido nuestra sociedad, el Vaticano II ya no tiene la fuerza ni la ilusión que despertó en sus inicios. Después de la revolución del mayo del 1968, que cambió tantos paradigmas y despojó de prestigio a la autoridad, las cosas nunca volvieron a ser igual. 

Desde entonces se vino abajo el muro de Berlín con todas las derivaciones ideológicas y económicas que ello supuso. Se derrumbaron las torres gemelas de Manhattan. Aconteció la revolución feminista, la píldora anticonceptiva cambió el ritmo y las posibilidades de vida de las mujeres. 

Se habló una y otra vez de postmodernidad, la globalización y la crisis económica. Las nuevas tecnologías de la información avanzaron con paso formidable. Sobre el tapete de la discusión se instaló el cambio climático, los avances en biología, los indignados… Y todavía más, sin pretensiones de ser exhaustivos: la colonización en África toca a su fin. Las brisas de la primavera árabe recorrieron los países del Norte de África.

¿Cómo no iba a afectar todo ello a nuestra época y nuestra convivencia, nuestras ideas, planes y sentimientos? ¿Y por qué la religión iba a quedar al margen?

Recuerda el citado Víctor Codina que hubo un tiempo en que el slogan decía: Cristo sí, Iglesia, no. Se dio un paso más y se formuló así: Dios sí, Cristo no. Otro paso y se escuchó decir: Religión sí, Dios no. Ahora transitamos el último eslabón: Espiritualidad sí, religión no. Y ciertos escritores, numerosos usuarios de las redes sociales, comentaristas de los diarios digitales, se han contaminado de una total antipatía a cuanto se relacione con el elemento religioso. Parece dispararles el dispositivo del insulto, la mordacidad, la dureza, la agresividad…

Retos radicales y definitivos

Un tal ambiente repercute en los creyentes. Unos se esconden, otros disimulan, los de más allá se llenan de dudas e interrogantes. ¿Qué sentido puede tener reanudar el debate sobre determinados ritos litúrgicos, la reforma de la Curia vaticana, la disminución de la práctica religiosa, la comunión de los divorciados, el celibato sacerdotal y la ordenación de la mujer?

Abórdense si es oportuno y yo confío en que algún fruto se recogerá. Pero los retos son mucho más radicales. La pregunta ya no hay que dirigirla a la Iglesia interrogándola acerca de qué dice de sí misma. Este interrogante fue válido hace medio siglo y en consecuencia todo el Concilio gravitó a su alrededor. Pero hoy la gran pregunta a formular es qué dice la Iglesia acerca de Dios. 

Escribía el ya fallecido teólogo K. Rahner, considerado por muchos el más eximio del siglo XX, que el futuro no preguntará a la Iglesia por la estructura y estética de la liturgia, ni por cuestiones discutidas en teología, ni por el comportamiento de los curiales romanos. Preguntará por el misterio inefable de Dios. Al menos, añado yo, lo preguntarán quienes todavía mantengan papilas para saborear el misterio y no lo arrinconen con ademán prepotente (y estúpido).

Nos encontramos en un momento histórico caótico en el cual muchos creen que no hay verdad, ni existe justicia y la libertad es un fraude. A la Iglesia le corresponde volver a las fuentes del Evangelio, rescatar la figura del Jesús histórico y hacer la experiencia de Dios. Una experiencia que camina en paralelo con la de los pobres, marginados y desesperanzados de nuestro mundo. 

Acabo con una cita del mencionado teólogo V. Codina: No nos engañemos, ni caigamos en la tentación de tocar violines mientras el Titánic se hunde. La Iglesia ha de ser una comunidad mistagógica, una comunidad hermenéutica, que sea mediadora y no obstáculo para el encuentro con el Dios de Jesús y con los pobres.


1 comentario:

Gaspar Alemany dijo...

A los 50 años del Concilio Vaticano II es un regalo el poder contar con el Papa Francisco que va abriendo camino con paso decidido. Lástima que algunos miembros de la Iglesia piensen y a veces se expresen con cierto recelo sobre las afirmaciones del Papa. Más aun, parece que incluso algunos miembros de la Jerarquía no se hayan enterado de que hubo un cónclave y que nuevos aires sanean el ambiente de la Iglesia.