El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

lunes, 9 de abril de 2018

Si no tengo amor, nada soy (S. Pablo)

Hay que calificar como excelente el empeño de llevar a cabo los deberes que uno ha asumido o debe asumir. Frente a la sobreabundancia de frivolidad y falta de compromiso en la que nuestra sociedad se halla inmersa, es de agradecer la postura comprometida de no dar un paso atrás en las tareas a realizar. Sin embargo, hacer muchas cosas por la obligación que impone un mero deber árido y enjuto, a la larga le pone a uno de mal humor. Se requiere también el ingrediente del amor. Un empeño sin grietas te hace implacable. Y este comportamiento no se halla precisamente en el haber de las virtudes.  

La justicia resulta esencial para vivir con honradez, para sobrenadar en el mar de los sobornos y de las amistades que presionan para lograr sus ambiciosos propósitos. Huir del soborno, ofrecer la mano a los débiles son actitudes muy dignas, hijas de la justicia. Pero una justicia sin amor te endurece. Quizás, incluso, lleve a encarnizarte contra tu prójimo.

Gran instrumento el de la inteligencia para moverse por la vida. Hay que saber cuándo hablar y cuándo callar. Es preciso bregar con muchas circunstancias para que las cosas salgan bien. Sobre todo, saber cómo gestionar los sentimientos. Resulta del todo imprescindible para salir airoso de las mil batallas diarias. No obstante, ten presente un detalle: la inteligencia sin amor acaba haciendo de ti un ser cruel.

La persona amable es bien recibida en todas partes. Se aprecia su sonrisa, sus cumplidos, sus palabras halagadoras. Quien siembra amabilidad normalmente no cosecha bofetones, a menos que se tropiece con algún psicópata o desalmado. Cierto, aunque la amabilidad carente de amor te metamorfosea en un ser hipócrita. Abundan las sonrisas que velan una lengua viperina. Como también las palabras aduladoras que obedecen a precisos intereses creados.

Bien está que en tu habitación destierres el desorden. Tus costumbres no rompen la armonía de un buen comportamiento. En cada momento lo que toca, sin extravagancias ni excentricidades. Nada de caprichos fuera de lugar. De acuerdo, aunque deberías examinar si tanto orden no acaba haciéndote un ser rígido y complicado para los que te rodean.

Presumir de honor es más propio de épocas periclitadas que no de nuestros tiempos. Aunque quizás ello se deba a una distinta concepción del honor. Hoy día ha desaparecido de la circulación el duelo a causa de ofensas que lo mancillaban, según se creía. Sin embargo, es cierto que disgusta profundamente ser tachado de frívolo, irresponsable, insolvente, mentiroso... También estos defectos atentan contra el honor que priva en nuestros tiempos. Pues bien, puedes estar repleto de honor hasta los bordes, pero, si te falta el amor, no dejarás de ser un altanero arrogante.  

Bien está que uno pueda vivir sin temor a que le falte el pan de mañana. La dignidad humana se resiente cuando las necesidades más básicas no pueden ser satisfechas. El pan, la casa, los zapatos son propiedades de las que nadie debiera carecer. Una vez conseguidas hay que mantenerse en guardia para que el elenco de las posesiones no crezca desmesuradamente. Un tal deseo te ataría a las cosas y si, además, careces de amor hacia el necesitado y eres incapaz de compartir, entonces te conviertes en un simple y vulgar avaro.  

En la historia han abundado las gentes de profundas creencias religiosas. La brújula de su fe las marcaba un bien definido rumbo. Saber hacia dónde caminar, bien atrechado de los instrumentos que puedas necesitar, es del todo elogiable. Mucho más que sentirse perdido en la inmensidad del cosmos, sin una estrella a través de la cual orientarse.  Pero la fe no debe restarte la necesaria cuota de humanidad —de amor, al cabo— o te volverás inflexible y fanático. Podrías confundir los ritos circunstanciales y transitorios con la realidad última e inmutable.


Quede claro que el amor posee muchos nombres y calificativos. No vayamos a caer en el reduccionismo de verlo sólo en el beso apasionado de un hombre y una mujer. Hay amor paternal y filial, amor al prójimo necesitado y a un montón de causas humanitarias. Existe, naturalmente, el amor a Dios por el que tantos han llegado incluso a dar su vida. Cada uno elige a lo largo de su vida cuál es el amor que cultivará con más ahínco. Hay amores que otorgan más sentido que otros, pero la vida enteramente huérfana de amor es una vida sin sentido.  


Todo lo cual se refleja en aquel verso de Dante Alighieri: “el Amor mueve al Sol y las demás estrellas”.

No hay comentarios: