
Hans Küng ha marcado la teología contemporánea. Es un gran pensador que ha escrito en profundidad sobre numerosos temas: ha inspeccionado con el bisturí las carnes de las tres religiones monoteístas, ha esbozado un proyecto de ética mundial, ha rastreado los argumentos y actitudes de grandes hombres y pensadores de la historia (Pablo, Agustín, Pascal, Lutero…), ha mirado al trasluz los argumentos y los autores que han debatido la existencia de Dios, ha recogido cuanto se ha dicho acerca de la Cristología…
Una obra gigantesca con la que sintonizo en líneas generales. También a mí me ha marcado. Personalmente leí con fruición dos libros: “¿Existe Dios?” y “Ser cristiano”. El autor tiene el don de sumergir al lector en la problemática que analiza y de desvelar el contexto en que transcurre. Sabe cuándo recurrir a la historia y cuándo a la filosofía, cuando citar y cuando argumentar pro sí mismo. Los dos libros citados los devoré con deleite y me sirvieron mucho para preparar las clases de teología durante varios lustros.
Al fin era posible dialogar con los grandes pensadores de la historia. Al fin alguien los hacía inteligibles. Küng confesaba que ningún cocinero logra ablandar la carne dura, pero él hacía un esfuerzo para hacer comestible el menú que ofrecía al lector. Y muchas veces con éxito. El se distanciaba claramente de un cierto tono tenebroso y obscurantista que desde hacía siglos envolvía a la teología y la espiritualidad.
Los aciertos de Hans Küng
Es innegable su acierto en dividir la historia en paradigmas, así como de desembarazar la cristología de cuestiones intrascendentes y en ocasiones hasta ridículas. Su esfuerzo en orden a plasmar un proyecto ético válido para toda la humanidad sólo merece elogios.
El Concilio Vaticano II llegó a dialogar con la modernidad (la revolución industrial y la revolución intelectual, los filósofos de la sospecha…). Fue una gran adquisición. En la Iglesia hay muchísima gente que no ha logrado escalar esta discreta cima. Un buen número de jerarcas viven en un escalón inferior. Quizás ni saben de qué se trata, absortos como andan en sus vestimentas y en la defensa de su autoridad.
Pues bien, H. Küng ha mostrado que el gran problema para la Iglesia no es ya la modernidad, sino la postmodernidad. Al poco de finalizar el Concilio Vaticano II, la postmodernidad encontraba luz verde. Se le asignó como fecha de nacimiento -por más que estos asuntos no la tienen nunca precisa- la revolución de mayo del 68 en París.
Y se da el caso, afirma Küng, que la Iglesia no logra entenderse con los postmodernos. Habla un lenguaje tan distinto… Sólo sabe condenar el relativismo y sancionar, desaprobar, censurar la moral que no encaja con los cánones de los viejos moralistas. No es cuestión de compartir o no las ideas -que muchas no se pueden compartir- sino conseguir hablar de tú a tú, de no sacar la espada del juicio antes que la pluma del diálogo, de no dictaminar sobre temas altamente especializados con el ademán seguro de quien todo lo sabe de antemano.
Empieza sus memorias diciendo que deseaba vivir la sucesión papal de Juan Pablo II. Se ha cumplido la esperanza, pero en un sentido muy ajeno al que esperaba. Suspiraba por un Papa en la línea de Juan XXIII mientras que la realidad le ha deparado otro escenario.
Está claro que no estoy de antemano de acuerdo con todo lo que ha escrito Hans Küng. Pienso que en ocasiones se ha radicalizado, quizás por la incomprensión y la cerrazón que ha encontrado entre las altas jerarquías. Pero no todo puede admitirse. Sobre todo hay ciertos puntos delicados en el origen del cristianismo y su relación con la Trinidad que no es posible asumir sin más.
La urgencia del cambio
Su vida personal parece que no es del todo ejemplar. De hacer caso a lo que se lee por ahí -que puede ser sesgado o malintencionado- le apetece vivir bien: no le disgustan los coches caros ni le hace ascos a las comodidades de la casa. Tampoco tiene reparos en viajar y alimentarse sin restricciones. Como fuere, no es cuestión de juzgar sobre su vida personal, sino sobre su teología. Aunque es posible que su estilo de vida le haya impedido atender debidamente la llamada “teología de la liberación”. Una lástima, si así fuera.
El autor que nos ocupa argumenta sus posturas y opciones. Lucha con entusiasmo por la unión de los cristianos y también por el entendimiento entre las religiones. Teme que la Iglesia vaya adquiriendo los rasgos de la secta cuando simpatiza con quienes muestran ideas fundamentalistas y cierra el paso a quienes desean una renovación a fondo. El último episodio, la rehabilitación de los obispos lefebvrianos.
Hans Küng insiste en que debe cambiarse la ley del celibato para los presbíteros, hay que dar pasos en el tema del ministerio relacionado con las mujeres y revisar las normas relativas a la contracepción. Lo exige la sociedad actual, que cada vez se aleja más de la Iglesia. Y estas cosas, sin perjuicio del evangelio, podría llevarlas a cabo el Papa, dado que reúne en su persona los tres poderes. Mientras los estados democráticos reparten en distintos ámbitos y personas, para un mayor equilibrio y participación, los diversos poderes, la Iglesia los reúne en la cúspide: el Papa es el último legislador, el definitivo juez y el indiscutible ejecutor.
El hecho innegable es que muchos cristianos de base viven desengañados. Incluso un conocido cardenal, papable en su momento, ha escrito que ya no sueña con otra Iglesia. No podemos seguir como si nada sucediera. Y no basta con decir que todos somos Iglesia y tenemos las mismas responsabilidades. No. A quien toca adecuar el tiempo de la Iglesia al de la sociedad es a los pastores puestos por Dios, de acuerdo a S. Pablo, para apacentar el rebaño. En realidad, bastaría que no impidieran los movimientos que acontecen en las bases.
¿Podremos seguir soñando?