El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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miércoles, 18 de marzo de 2009

La Iglesia en aguas polémicas



A mí personalmente me duele mucho que la institución encargada de anunciar la buena noticia (que eso significa evangelio) tenga una muy mala imagen en la sociedad. Abundan las emisoras de radio y televisión que hablan mal de la Iglesia, más que las que hablan favorablemente. Otro tanto dígase de los periódicos. Y mejor echar un tupido y púdico velo sobre los comentarios que aparecen en los blogs y periódicos del espacio cibernético.  

Es un honor constituirse en blanco de las críticas cuando ello lo motiva la defensa de los valores humanos y/o espirituales. Sin embargo, no se haga de la necesidad virtud, no se imite a la zorra de la fábula alegando que las uvas estaban verdes. En muchos casos la deteriorada imagen que ofrece la Iglesia corresponde a una realidad que nada tiene de respetable.

Ahí están las lamentables actuaciones de algunos clérigos en el escabroso terreno de la pederastia. Se ha encargado la prensa de que tales noticias den la vuelta al mundo una y otra vez y en ocasiones con comentarios sesgados o con tendencia a la generalización. Cierto, pero ha habido un núcleo de verdad.

Luego acontecen periódicamente declaraciones inoportunas de obispos dejando entrever añoranza de tiempos pasados, alineándose con opiniones y actitudes que suelen apuntar hacia la derecha. Y se leen documentos sobre opiniones -como el modelo territorial del país- en las que el evangelio ni entra ni sale. O se patrocinan emisoras de radio que alimentan insidias y dividen a los católicos.

¿Por qué, se pregunta uno, el perfil de obispo hoy en día no suele coincidir con el de un cristiano de mente abierta, con capacidad de liderazgo y autoridad moral, deseoso de dialogar con las bases y las cúspides? Cristianos así existen, pero no suele ofrecérseles la mitra. Resuenan todavía nombres que fueron grandes maestros y se echan de menos otros semejantes: Casaldáliga, Proaño, Helder Camara…

Creo que se da una cierta hostilidad hacia la Iglesia en los medios de comunicación de la sociedad. Lo deja entrever la forma de redactar las noticias, de reseñar una conferencia de prensa o difundir un comunicado. Determinados titulares no dejan la más mínima duda.  Si sirve como excusa, en ocasiones se debe a que existe un profundo desconocimiento de lo que significa la Iglesia, es decir, a ignorancia. De todos modos no raramente se da pie para tal postura.

Hay opiniones contrarias a la Iglesia que conviene relativizar y hasta acompañarlas con una sonrisa. Que si hay que vender las riquezas del Vaticano, que si la fe es un puro engaño para que los curas vivan bien… Pero hay una imagen negativa que sí debe tomarse muy en serio. El escaso entusiasmo que la jerarquía muestra por la promoción de la mujer en su propio seno, la seguridad con que habla de temas científicos, la facilidad con que se esgrimen ciertas excomuniones en casos trágicos…

Mucha gente asocia a la Iglesia con la negativa al progreso. Puede que no sea del todo verdad, pero no vamos a discutirlo ahora. Lo cierto es que el evangelio propone una buena noticia y hay innumerables campos en los que convendría concretarla. He aquí algunos: mantener un corazón limpio (ajeno a la corrupción), mostrarse misericordioso (y recriminar la injusticia), compartir los bienes (contra el capitalismo salvaje), perdonar al que actúa mal (antes que descargar la excomunión). Y así sucesivamente.

De lo contrario la buena noticia que es generosidad, amor mutuo y atención exquisita al prójimo, se convierte en una sarta de condenas y recurre a predicar el miedo mientras blande un cráneo. No es eso, no es eso.

En ocasiones hay que saber sufrir por la verdad y hasta resulta muy coherente llegar al martirio si las circunstancias lo requieren. Pero no se identifique una tal actitud con la necesidad de contraer el rostro y proferir condenas. Flaco favor se le hace así a la Iglesia.

Casos concretos

Habría que saber matizar y no caer en un extremismo contraproducente. Cierto que el aborto es un drama y un fracaso. De seguro que si se deja vía libre al embrión éste desemboca en una persona hecha y derecha. Pero de ahí a salir a la calle con pancartas alusivas al asesinato, hay un trecho. No se olvide que grandes lumbreras de la teología, como S. Agustín y Sto. Tomás, vacilaron al respecto y sostuvieron opiniones diferentes de las que mantiene la actual jerarquía. Grandes moralistas, como B. Haering, matizan acerca de la bondad o maldad del aborto en casos extremos. Por lo demás, la prohibición absoluta de atentar contra la vida humana no se ha mantenido con igual firmeza en otros ámbitos.

Y en cuanto a la polémica sobre el preservativo, está claro que urge humanizar la sexualidad y no echarse a rodar por el tobogán del hedonismo. Una sexualidad desgajada del amor a la larga sucumbe bajo una tristeza mortal. No tiene otra propuesta más que explorar todos los ángulos y experimentar todas las posturas. Nada más. Ahora bien, que el preservativo aumente el problema del sida, sin ulteriores matices, constituye una afirmación rotunda que no hace sino dar carnaza a los medios de comunicación. Ofrece en bandeja titulares hostiles.     

En conclusión: es aconsejable matizar, escalonar, medir y discernir so pena de dejarse arrastrar por las olas fundamentalistas. Conviene mantenerse firmes en los principios cuando realmente la causa está clara y vale la pena. Pero no cuando falta la claridad o la causa carece de envergadura suficiente. Porque una mala imagen de la Iglesia en nada ayuda a la evangelización.

Un cardenal escribió que había soñado con una Iglesia distinta tiempos atrás, pero que ya dejó de soñar. Yo sigo soñando, aunque no para un futuro próximo, que la Iglesia de Jesús de Nazaret mantendrá las puertas abiertas y hará del firmamento su cúpula. Sueño con una Iglesia misionera que camine con la gente, que comprenda, acompañe, que no juzgue y no condene. Que se dedique a predicar el meollo del evangelio: el amor al prójimo.

El Instituto al que pertenezco tiene un “credo” que comienza así: “creemos que Dios no nos envía a condenar a nadie. Creemos en el poder del amor que sirve hasta la muerte”. Me parece mucho más evangélico que perder el horizonte de vista e insistir, una y otra vez, en temas de bioética y sexualidad. Podrán ser importantes -y algunos lo son sin duda-, pero el horizonte es más amplio. 

Hasta el catecismo dice que los mandamientos se encierran en dos: amar a Dios y al prójimo. En su momento habrá que aludir a los embriones y los preservativos, pero el anuncio del evangelio no se reduce a estos temas. Las banderas que se enarbolan, sin embargo, suelen ser monocolores. Habrá que animarse añadirles otros colores: el de la justicia social, el de la misericordia, el del gozo...        

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