El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

lunes, 10 de octubre de 2016

Lázaro y Epulón ayer y hoy

Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas (Lc 16, 19)


Palabras escritas hace dos mil años, pero que son de plena actualidad hoy en día. En realidad, se trata de un mensaje válido para todas las épocas. Cada día presenciamos la ostentación de los más ricos de la sociedad. Fiestas con todo tipo de lujos. Bodas con detalles e iniciativas extravagantes. El prurito de llenar la casa con toda clase de electrodomésticos y aparatos electrónicos.

Las copas rebosan en el mundo de los ricos mientras el panorama es muy otro en el mundo de los desfavorecidos. Largas filas de exiliados que en el camino pierden el futuro y las ilusiones. Gente que nunca podrá poseer una casa ni un coche. Ciudadanos impedidos de visitar al médico porque no tienen los papeles en regla...

Las desigualdades son del todo escandalosas. El pecado del rico, al que la tradición ha puesto el nombre de Epulón, es la falta de gran parte de nuestra sociedad. Aparece nítido el pecado de la rica Europa respecto de los inmigrantes. Lázaro y Epulón de nuevo frente a frente. No es que Epulón sea un despiadado criminal, no. Tampoco rebosa de odio contra el pobre. En buena teoría no transgrede ley alguna. Su pecado es de omisión, de mirar a otro lado.

Omisión, el gran delito

Su pecado es de omisión. No ve al pobre, no tiene la sensibilidad de imaginarse bajo su piel y experimentar su sufrimiento. No le afecta el dolor del vecindario. Mira a otro lado cuando de repente se encuentra la figura de Lázaro en el camino.

El pecado de omisión consiste en no ser consciente de que todo lo que se desperdicia pertenece al pobre. Los bienes de este mundo son para todos. Compartir los bienes con los pobres no es algo optativo, sino de obligatorio. Debería ser la expresión normal de quien no ha perdido el sentido de la humanidad ni el sentido cristiano.

Vivimos en un sistema —el capitalismo, el liberalismo— que no entiende eso de compartir. Se ha vuelto ciego para todo lo que no sea lucro, lujo y posesión. Cuando el proceder neoliberal traspasa los límites deviene inhumano. Y no vale decir que no es tan malo que al rico le sobre porque entonces le caerán las migajas de la mesa y los pobres las aprovecharán. Esta visión, aparte de ofensiva, no se corresponde a la verdad. Muchos no están dispuestos a compartir ni siquiera lo que cae de la mesa.

También es una falacia argumentar que estamos atrapados por el sistema y que éste es una fatalidad contra la que no hay nada que hacer. No, las fuerzas que impulsan a la sociedad existen porque las hemos creado. Podrían ser otras. ¿Por qué la consagración de la propiedad privada? ¿Por qué el protagonismo de los bancos? ¿Acaso no podríamos vivir con otras regles de juego?

Seguro que sí. De hecho no en todas las épocas ha dominado el capitalismo ni tampoco en todos los países. El humanismo cristiano propone otra visión. La idea remite a aquellas palabras de los hechos de los apóstoles: La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y ​​ninguno de ellos consideraba como propios los bienes que poseía, sino que todo estaba al servicio de todos (Hechos apóstoles 4,32).

Transgresiones personales y sociales

Los cristianos a menudo nos preocupamos mucho de los pecados personales. Nos angustian quizás los pensamientos de tipo sexual, las ausencias de la misa dominical, los sentimientos de rencor...  Bien està mantener una conciencia fina y sensible, pero ¿y los pecados de proyección social? Estos hacen sufrir a nuestros hermanos.

Pecado social es la obsesión de aumentar la cuenta corriente sin límites. Porque lo que uno se queda para él ya no es aprovechable para su vecino. La fiebre de la posesión nos hace insensibles. Entonces nos distanciamos de los otros porque nos pueden robar o se les puede ocurrir pedir lo que llamamos nuestro y hacernos sentir mal. Los otros dejan de ser amigos, compañeros y hermanos para convertirse en pacientes, clientes, compradores... Gente sin rostro.

Uno de los pecados más grandes, si no el que más, el que corroe las raíces, es la falta de fraternidad, la indiferencia que nos torna insensibles ante el rostro del otro. Es el pecado de omisión, el que hace invisible al prójimo que pasa necesidad.

Una última observación. Cuando todo es para mí, cuando el afán de poseer y acumular consume todas las energías, cuando acabamos soñando en abultadas cuentas de banco... entonces hemos dejado de ser monoteístas. No nos arrodillamiento ante un billete de 100 euros, pero nuestro corazón sueña despierto con este símbolo de riqueza. Dios queda lejos. Los ídolos han ganado la partida al Dios verdadero.

1 comentario:

Maria Àngels Manén Folch dijo...

Avui he escoltat per ràdio persones que treballen per pal·liar els efectes de la pobresa i m'ha impactat que han dit que "cada vegada s'ha de ser més pobre perquè et considerin pobre" (vol dir que el nivell de pobresa per a ser ajudat ha de ser més baix, sinó no hi ha ajuda)
Però uns quants en la nostra societat són corruptes i es queden amb mil·lions d'euros que caldria repartir.
Estic d'acord amb la idea que pequem molt per omissió en aquest terreny.