El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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viernes, 26 de mayo de 2017

Si las palabras naufragaran...

Si las palabras naufragaran, si no pudieran ser ya recuperadas… nos encontraríamos ante un acontecimiento de primera magnitud para la digna sobrevivencia de nuestra sociedad. Con las palabras irían a pique, irremediablemente, la confianza, la honradez, la sinceridad y tantas otras virtudes suspendidas del verbo humano.

La flor más preciada de la persona libre es la palabra. Por ella el individuo se zafa de su caparazón egoísta y se capacita para otear horizontes más amplios que los de sus intereses. Por ella, se dirige a un tú, o sea, llama por su nombre a quien hasta entonces era simple porción de una masa. Estamos hablando, naturalmente, de la palabra que desempeña el papel asignado:  la comunicación.

La palabra desnaturalizada, que no comunica, sino que somete, negocia o degrada no cumple los requisitos más esenciales: sugerir, relacionar, amar, informar. Más bien hace las veces de la metralleta, de la máscara, del cuchillo o del tambor.

Desde que a Dios también se le puede aludir llamándole Verbo /Palabra, toda palabra auténtica deberá estar emparentada con la Palabra de Dios. A saber, con la bondad, la belleza, la sinceridad.

Urge salvar a toda costa las palabras. Se trata de una tarea al menos tan necesaria —y más digna— que la de frenar la degradación del medio ambiente. Hay que devolver el sentido a las palabras, recuperar su contenido. La inflación verbal engendra situaciones más temibles que las de tipo económico. Y esa es la verdad: la palabra se ha deteriorado, ha perdido su valor.

¿Por qué? Porque aumentan las reuniones, los seminarios, los congresos, las discusiones… Porque nos inundan los comunicados, las notas, las declaraciones…Porque se echan a volar las manifestaciones, las réplicas y las contrarréplicas… Porque la palabra impresa —o la imagen parlante— se acumula ante nuestros ojos y oídos…Y esta riada de palabras no se corresponde con los hechos. Éstos continúan siendo escasos, mezquinos, preocupantes. Tal vez sea verdad aquello de que una imagen vale más que mil palabras, pero todavía es más cierto que un hecho vale más que mil imágenes por sonorizadas que estén.

Hay que salvar la palabra del naufragio total, lo cual nos llevará, sin duda, a la denuncia de unos cuantos hechos como, por ejemplo, los siguientes:

1.- Denuncia de la palabra que no se pronuncia para comunicar, para ser escuchada, sino para imponer. O sea, aquella que no espera la respuesta de un tú, sino la reacción de un anónimo consumidor. Aquella que no se dice para progresar juntamente en el camino de la humanidad, sino para amarrar la libertad y robotizar al prójimo.

2.- Denuncia de la palabra que, profusamente aireada, pretende inyectar en el ciudadano una determinada ideología. Que, embistiéndole sin miramientos, intenta arrebatarle su capacidad de optar y de elaborar una alternativa. No raramente se ha logrado sonsacar el “sí” de los demás para favorecer los propios planes.

Pero un sí pronunciado porque se temen las consecuencias del no resulta de muy menguado valor. Aparte de que ciertas afirmaciones —para quien sepa escuchar el tono— son claras negaciones.


3.- Denuncia de la palabra pronunciada no por quien tiene algo que decir, sino por quien tiene algo que ganar. Es sabido que los poderosos pueden levantar más la voz, pues que su dinero les permite apoderarse de la técnica y así poner altavoz a sus palabras. Pero entonces puede suceder que los medios de comunicación nos incomuniquen. O, al menos, que transmitan mensajes de la cúspide a la base; jamás de la base al vértice. Con lo cual los débiles y necesitados no tienen otra opción que la de escuchar la voz modulada a gusto de los señores.

4.- Denuncia de la palabra que sólo se pronuncia a medias o en voz baja. Existe el extraño prurito de disimular lo que pasa en la empresa, la sociedad, la Iglesia… Y los miembros de la empresa, la sociedad y la Iglesia no se enteran de lo que a ellos les concierne. Los secretos inútiles, las palabras oscuras por lo general son una ofensa a la dignidad humana y una lesión de sus derechos. Porque si es verdad que nadie tiene derecho a inmiscuirse en la vida privada del prójimo, también lo es que no se puede abusar de las materias reservadas y los secretos oficiales sin caer en la arbitrariedad y el despotismo.

La palabra constituye una herramienta fundamental y valiosísima en vistas a que el hombre sea un animal más racional, más político, más ético, más religioso. Desgraciadamente esa herramienta sirve también para forjar un hombre-animal domesticado.

Por eso hay que rescatar las palabras, devolverles su fragancia original y redimirlas de toda inflación degradante. Nadie mejor que el periodista, el locutor, el cineasta pueden desempeñar esta tarea. Ellos son —qué duda cabe— los grandes modeladores de nuestra sociedad.

martes, 16 de mayo de 2017

Más allá de la crisis, la espiritualidad


¿Cuándo acabará la dichosa crisis? Lo preguntan millones de personas que todavía la sufren en sus carnes. Algunos políticos les repiten por activa y pasiva que ellos ya la han solucionado. Pero ante la evidencia de sus cuentas corrientes desnudas y sus bolsillos vacíos se niegan a prestarles oídos.

Puede que la crisis haya remitido un tanto. Sin embargo, ha tenido como efecto una bajada severa de los sueldos —que aún que perdura— y ha dejado en la cuneta del mercado laboral a un gran número de potenciales trabajadores.

La crisis económica está ahí y añadiría yo que queda envuelta en una crisis aún de mayor tamaño, de carácter ético. Nuestro planeta produce lo suficiente para alimentar a sus habitantes. Las técnicas que le sacan más rendimiento a la agricultura han demostrado su efectividad. En ocasiones incluso se echan a perder cosechas enteras y miles de litros de leche para no comprometer el equilibrio de los precios.

Interesa repartir más que producir

Entonces preciso es concluir, con toda lógica, que el problema es de reparto, no de producción. Por lo demás, basta echar un vistazo a las fortunas ―tan ostentosas como impúdicas― que poseen determinados multimillonarios. Unas quizás menos criminales que otras, pero en todo caso totalmente desproporcionadas a las necesidades de un ser humano.

Asombra enterarse de los millones robados al hambre ajena. Sorprende las dimensiones que puede llegar a tener la humana ambición. Aturde comprobar que un hombre o una mujer es capaz de pasar por delante de un mendigo sin inmutarse, sin sonrojarse, cuando sus cuentas corrientes están a punto de reventar en distintos paraísos fiscales. Cuando sigue defraudando cuanto puede a hacienda.  

Está claro: la crisis económica procede de la matriz de otra crisis de carácter moral. Tengo la osadía de indicar algunos comportamientos que ayudarían a solucionar la crisis ética. Comportamientos vinculados con la espiritualidad que, por cierto, puede ser patrimonio de creyentes, escépticos y hasta ateos.

Una espiritualidad que incluye la sensibilidad del alma, la emoción de la belleza, la fe en la bondad humana a pesar de todo. Una espiritualidad amante de la paz y la justicia. Que nos impulse a mirar al misterio de frente. Que se extasíe frente al firmamento estrellado, que se estremezca ante la mirada limpia de un niño y se duela ante del rostro dolorido del emigrante.

Una espiritualidad atenta al latido del corazón del prójimo y al corazón del universo. Que consiga embelesarnos ante un bosque atravesado por los rayos del sol, ante un mar cuyos confines no se divisan. Y que, enternecidos por tanta sensibilidad, no le neguemos la mano ni la mirada, ni le demos la espalda al prójimo necesitado cuando las circunstancias hacen sonar la hora del compartir.

La espiritualidad se entendió como hermana gemela de la religión durante muchos siglos. Preciso es reconocer que desde hace unos lustros se ha emancipado y en ocasiones prescinde del sistema de creencias, de ritos y normas, de toda autoridad establecida. Todo ello conforma un rasgo fundamental de la revolución cultural de nuestro tiempo.

Superar el muro del hedonismo

Después de todo, siempre es mejor que un individuo viva nutriéndose de espiritualidad a que sólo se preocupe por el buen funcionamiento de su estómago y de sus órganos reproductivos. La primera obligación de todas consiste en no embrutecerse. Y no darle la espalda a la espiritualidad resulta imprescindible para ello.

Quien desea sintonizar con la espiritualidad debe crecer desde dentro. La meditación le nutrirá en el camino suscitándole pensamientos positivos. Una persona espiritual escucha las más profundas inspiraciones de su alma. Vive en paz, no existe temor que la pueda perturbar. Las opiniones de los vecinos, los comentarios de la farándula, los alaridos de la publicidad no logran alterar su paz.  

Qué duda cabe que la ciencia ha progresado de modo maravilloso y nos sorprende con sus inventos e innovaciones. Nos hace la vida más cómoda, es capaz de explicarnos el cómo de muchos enigmas. Es verdad, pero no logra desvelarnos el porqué de tales maravillas. Nos cuenta el cómo de una semilla que crece, de un niño que nace, de una estrella que se mantiene en lo alto del firmamento. Pero no nos explica su porqué. Y el ser humano necesita saberlo.

Existen mundos más allá de los que perciben los sentidos. El mundo del sentimiento, de la belleza, del amor, de la bondad… La ciencia no tiene acceso a ellos o, si acaso, sólo logra rozarlos. El hombre, la mujer espiritual, sí tiene capacidad de sintonizarlos.

Resulta difícil determinar qué es primero, si la espiritualidad o los valores que ella saca a flote. A saber, el silencio, la reflexión, la tolerancia, la austeridad en el vivir, la habilidad de saber escuchar y ayudar… Probablemente constituyen un círculo en el cual la raíz y los frutos se enlazan como un pez que se muerde la cola. 


sábado, 6 de mayo de 2017

Religiosidad popular, sí y no


Tema espinoso el de la religiosidad popular. Sí, porque la religiosidad es como un estuche que encierra la fe. Del estuche se podrá hablar con más o menos tino. De su contenido no nos es dado a los seres humanos decir la última palabra. Los quilates de la fe no se miden con medidas humanas.

La fe se expresa de mil modos según el carácter, las circunstancias, la época, etc. A veces los cauces por los que circula y se manifiesta son muy refinados. Tienen incluso un valor estético de primera categoría. Recuérdese la obra musical de Bach en su mayor parte inspirada por su fe, o los lienzos ingenuamente sublimes de Fra Angelico, o la misma profundidad teológica de un Ramón Llull o tantos otros místicos. En las bibliotecas dormitan tomos repletos de sabiduría bíblica, teológica, de historia de la Iglesia, de reflexiones morales y espirituales, de humanismo y doctrina social que posiblemente hayan nacido de una reflexión o vivencia de la fe.

Religiosidad anémica y deformada

En contrapartida, la fe se vierte también en recipientes mediocres. Zonas muy considerables de nuestro planeta se alimentan de una religiosidad anémica y un tanto deformada. Bautismos para proteger a los hijos de malos hechizos, bodas con el altar como decorado de fondo para que resulten más solemnes, invocaciones y promesas interesadas a la Virgen cuando surge el más pequeño contratiempo, movilizaciones de todos los santos cuando la gripe acecha. Por no hablar de los brazos y piernas de yeso — hoy de plástico— que hacen la función de exvotos.

No hay que ser parciales. Detrás de todo esto suele haber una relación, más o menos encubierta, con Dios. Probablemente de otro modo el núcleo de la misma no saldría a flote. De todos modos, no hay que cerrar los ojos a muchas desviaciones supersticiosas que el catecismo más complaciente no puede dejar de señalar.

Tales desviaciones son, entre otras cosas, creer que S. Antonio está dispuesto en todo momento a modificar, según el gusto de cada uno, cualquier ley natural o psicológica. Creer que el hombre es un pobre inútil incapaz de mantenerse en pie si no es aliándose con toda clase de espíritus sobrenaturales. En tal concepción se esconde una idea en desacuerdo con la confianza que Dios depositó en el hombre desde las primeras páginas de la Biblia. 

Más desviaciones: convertir la fiesta religiosa en ocasión de bullicio y borrachera al estilo de la canción: “Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad, saca la bota María, que me quiero emborrachar”. Otras todavía: que la piedad se convierta en un seguro contra riesgos; dar para recibir. Que se convierta en puro motivo para reunir cofrades amargadas que no saben cómo pasar el tiempo. Y así sucesivamente. Todo ello un poco aberrante, ¿no?

España, país de misión

Quede constancia de que la ignorancia religiosa no es incompatible, ni mucho menos, con una notable cultura en otros campos. Pero esto es lo de menos por ahora. Lo que interesa es cómo compaginar el respeto que merece el pueblo fiel con el respeto que exige la vivencia religiosa.

Porque evidentemente no pueden borrarse de un plumazo todos los signos populares de religiosidad: procesiones, exvotos, cirios y un largo etc. En último término ahí se esconde —no sabemos en qué medida— la fe. La fe del carbonero. Pero tampoco se debe favorecer alegremente esta religiosidad hasta el punto de que invada los linderos de la ignorancia.

¿Cómo solucionar, pues, el dilema? Tomando en serio el grito desgarrado de H. Godin en su libro “Francia, país de misión” (y donde dice Francia podría escribirse el nombre de muchos otros países). Más de 70 años han pasado desde entonces y no queremos acabar de convencernos de una realidad, quizás poco agradable, pero realidad al cabo: ya no hay países católicos. Ni siquiera países con mayoría católica. Al menos si por tales entendemos algo más que el estar bautizados por la Iglesia.

En efecto es engañoso —mejor dicho, a nadie engaña ya— contar los católicos según los ficheros de la parroquia. Si queremos hacer recuentos deberá ser a partir de la conducta moral, de una sólida participación en el culto litúrgico, a partir del grado de compromiso socio-político, etc.

Si no todos los católicos se comportan como tales, no se ve el por qué la inflación de sacramentos ni el por qué poner el acento sobre las exigencias de la cristiandad. Más bien habrá que iniciar desde los fundamentos de la evangelización. En otras palabras, hay que empezar desde abajo, explicando desde los cimientos el mensaje evangélico de modo inteligible y puesto al día. No demos demasiadas cosas por supuestas. Sólo conseguiríamos engendrar un gigantesco malentendido. Como el que estamos viviendo.

Y antes de poner punto final quiero acabar cómo empezaba: en el santuario de la fe únicamente Dios penetra. A nosotros solamente nos es dado juzgar por las apariencias. Una cosa es cierta: un granito de fe bien vale los cauces de la fe del carbonero. No lo suple ni la teología ni la cultura. Pero mientras exista el granito de fe. De lo contrario se monta un tinglado impresionante, sonoro e inútil. Contraproducente.

miércoles, 26 de abril de 2017

Sobre pillos, bribones y corruptos

Se confirma día a día que un nutrido grupo del partido que gobierna en el Estado y en diversas autonomías está corrompido. Actúa como una máquina de delinquir, decía el líder de un partido opositor. Y otro aseguraba que numerosos miembros investidos de autoridad en el mencionado partido se dedican a saquear al país.

No hay día que los medios de comunicación dejen de aportar noticias de corrupciones, malversaciones, prevaricaciones, blanqueo de dinero, etc. La corrupción hace las veces de una bestia negra que protagoniza mil y una pesadilla. Quienes no pueden saciar el estómago, quienes no disponen de recursos para poner en marcha la calefacción y escuchan los millones que los corruptos ganan en cuestión de días, sino de horas, se escandalizan e indignan.

Mientras tanto, los corruptos —la inmensa mayoría miembros del mismo partido político en el gobierno— cuentan sus ingresos por millones, se llevan sus dineros a paraísos fiscales, blanquean capitales, mienten a troche y moche. Se dan la buena vida. Y por lo que concierne al gobierno tal parece que algunos nombramientos más apuntan a guardar las espaldas de los sospechosos que a vigilar sus pillerías. Abundan los ejemplos. Afortunadamente parece que los jueces, en este ámbito, no se doblegan fácilmente. 

Funcionarios de estómago agradecido

Sucede que en la organización de la justicia se tropieza uno con personajes que parecen dedicarse a obstruir la justicia. Han sido elegidos para defender la justicia, pero la impresión es que su objetivo consiste en agradar a sus jefes. Se detectan con facilidad estómagos agradecidos en cuanto uno se pone al tanto de la actualidad.

Pues bien, numerosos ciudadanos hacen caso omiso de la corrupción. Unos votan tapándose la nariz a fin de obviar el olor a podrido. Otros dan por cierto que, como todos roban, conviene seguir votando a los de siempre. Sorprende que, una y otra vez, venzan en las urnas quienes han saqueado a conciencia en su entorno. Se diría que son inmunes a la corrupción y la inmundicia expandida frente a sus narices.  

Los medios de comunicación han señalado los latrocinios, fraudes, rapiñas y pillaje de señores que presumían de su honorabilidad hasta que les sorprendieron con las manos en la masa. Los jueces han certificado que los políticos en cuestión han hecho gala de un comportamiento desvergonzado. Han dejado claro que no se trata de culpas individuales, sino de tramas, tinglados y complots bien calculados. Los votantes no pueden alegar ignorancia.     

¿Qué se puede concluir ante un tal panorama? Los hechos obligan a concluir que a una gran mayoría de ciudadanos no les preocupa la honradez, ni la ética. Les da igual que las manos de los gestores estén limpias o sucias. No les importa que se otorgue impunidad a ciertas siglas políticas detrás de las cuales se parapetan los políticos.

Una tal actitud podría deberse a que se da por supuesto que todo el mundo es un pillo y un bribón. Quien paga el IVA sustrae horas de trabajo en la oficina. Quien no engaña a la Seguridad Social falsea la declaración de hacienda. La vida es así, dicen. Y quien se deja desplumar pasivamente se comporta como un necio. 

En una ocasión escuché un diálogo, en República Dominicana, entre dos personas mientras observaban a un sacerdote que abandonaba la casa parroquial por haber sido destinado a otro pueblo. En una sola maleta cabían todas sus pertenencias. Le llamaban “pendejo” (estúpido) por no haber sabido llenar las arcas después de tantos años en el puesto. 

Las consecuencias de la impunidad

La impunidad quizás haya que atribuirla a que los ciudadanos prefieren la corrupción a la regeneración, puesto que el cambio les produce un vago temor. Se cumple el dicho mezquino de que es mejor lo malo conocido… Aunque estas maldades se alimenten de desahucios inmisericordes, recortes perversos en sanidad y educación, fraudes a hacienda y abundantes comisiones ilegales a todos los niveles.

Les da igual a estos ciudadanos que siguen votando en favor de la corrupción. A ellos, de todos modos, ya les va bien. Por otra parte hay partidos que muestran modos poco educados y no les caen bien. Además, siempre han votado a los mismos y no van a cambiar por algunos detalles que consideran de poca monta. No somos ángeles, dicen. La solidaridad hacia los más desvalidos no les inquieta, no les impide dormir la siesta.  

Ahora bien, quien adopta tales actitudes tropieza con la ética, la moral y la religión. Porque pensar en el prójimo tiene consecuencias morales. Somos seres sociales. Ello plantea también n problema religioso, pues Jesús actuó siempre en favor de los más desvalidos. Sus seguidores —si quieren seguir siéndolo— no pueden cambiar las reglas del juego.  

No es suficiente subir algo los sueldos o mejorar las condiciones de trabajo para evitar revueltas y algaradas cuando los de abajo ya no aguantan más. Así actúan quienes se acogen a aquel dicho cínico: cambiar algo para que todo siga igual. Pero a quien mantiene un poco de sentido religioso en el cuerpo le preocupa el bienestar del prójimo y, sobre todo, la dignidad de los pobres.

El ciudadano que se desinteresa de la moral en la política se distancia del evangelio. Y de nada sirve alegar que no se debe mezclar la religión con la política. Se da el caso de que determinados políticos son muy capaces de humillar a los pobres, de gestionar verdaderas injusticias y aupar a individuos sin escrúpulos. Todo lo cual va directamente contra el evangelio. Sí, la política tiene que ver con la religión en multitud de circunstancias.

De todos modos, hay gente en nuestra sociedad que vive totalmente al margen de las preocupaciones religiosas y en nada le preocupan los valores humanos. Para ellos habría que establecer unas reglas de juego que impidan la corrupción y castiguen a los delincuentes.

¿Qué tal si se suprimiera la prescripción en los delitos de corrupción derivados de la administración pública? ¿Y si no hubiera perdón para aquel que no devolviera el dinero apropiado injustamente? También resultaría de ayuda suprimir el aforamiento de los cargos públicos, puesto que se dice una y otra vez que todos somos iguales ante la ley… 

domingo, 16 de abril de 2017

Cuando la liturgia se desborda

En la noche de Pascua parece como si la Liturgia se desbordara y no diera con las palabras adecuadas. Recurre a los pregones, se desata en emociones y cánticos, intercala aleluyas en cada párrafo. Luego quiere renovarlo todo: luz nueva, agua nueva, compromiso nuevo…

Pensándolo bien, no es para menos. La liturgia no hace sino transmitir el eco de una sorpresa mayúscula ante el gran anuncio: “Jesús de Nazaret, el crucificado, ha resucitado”. Los discípulos saborearon ante estas palabras el pasmo, el miedo, la alegría. Quedaron sumergidos bajo un torbellino de impresiones.

Ante la resurrección de Jesús, ante la Buena Noticia de que no hay que buscar entre los muertos a quien está vivo, también a los cristianos de hoy debiera embargarnos la emoción. Y sin embargo….

Cuestión de ojos claros

Sin embargo, muchos se quedan tan fríos e indiferentes. Muchos oyen el anuncio dormitando o con la mente volando sobre los parajes de las vacaciones. S. Pablo clamaba: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”. ¿Sería que eso de la fe no roba el sueño en demasía?

Uno está tentado de pensar que toman más en serio la Pascua aquellos para quienes la Resurrección es escándalo y locura, como ya sucediera en tiempos pasados. Tal vez sea preferible la postura del que se resiste a creer, duda y discute que la de quien todo lo traga sin mover los párpados.

Los que niegan o afirman conmoviéndose hasta las entrañas tienen algo en común: buscan, toman partido, son conscientes de que la cuestión es muy seria. Los que no reaccionan son más peligrosos. Se encuentran al borde de la insensibilidad. O sea, de la muerte.


Es curioso. Los fariseos leían las Escrituras como las leían los primeros cristianos. Los ateos de hoy tal vez leen los Evangelios como los creyentes. Sin embargo unos no van más allá de la inmensa y pesada losa que tapona el sepulcro, mientras los otros están convencidos de que no fue la muerte, sino la vida, quien dijo la última y definitiva palabra. Quizás todo sea cuestión de ojos claros.

Las raíces de la fe

Por estos y por otros motivos el Domingo de Resurrección invita a todos los creyentes a volver la vista a los orígenes, a las raíces de la fe. Ha de ser necesariamente saludable comprobar dónde y cómo nació. Entre otras cosas porque el lastre de veinte siglos tal vez haya enturbiado las aguas.

La Resurrección – y con ella el amor, el servicio, la cruz y el sepulcro- tienen un lenguaje muy nítido. Éstas son las aguas originarias que no dan pie a ninguna ambigüedad.

El Triduo pascual es elocuentísimo. Jueves: el gesto sencillo de partir el pan y beber una copa. El gesto sorprendente de que el líder se ciña una toalla y lave los pies a los suyos. Viernes: el contacto rudo de un madero y un cuerpo humano, sin adornos ni aditamentos, totalmente desnudos. Sábado: la muerte de la muerte, un sepulcro vacío.

Un pan, una copa, una jofaina, una cruz astillosa, un cuerpo desnudo, un sepulcro vacío: he ahí en síntesis el lenguaje inequívoco de la Pascua. Lo del catálogo de dogmas detallando cuanto el cristiano debe creer, vendría después. Los problemas de las vestimentas clericales, todavía más tarde. Los organigramas de acción pastoral, otro tanto. Supongo que estas cosas deben tener su lugar en la Iglesia, pero a la vista está que en los momentos trascendentales de la vida de Jesús no aparecen. Ya sería triste que nos hicieran perder de vista lo fundamental.

Experimentar a Jesús resucitado

Para nosotros hoy y ahora la experiencia de Jesús resucitado no debe concebirse sin más como la restauración de un cadáver. La radical novedad de la Pascua es que uno de nuestra raza vive otra forma superior de existencia. Y nosotros estamos llamados a lo mismo.

La experiencia de Jesús resucitado que nosotros podamos tener en el fondo no difiere mucho de la de los Apóstoles. Sabemos que la causa de Jesús prosigue. Sabemos que no obstante las sombras, los caminos tortuosos y las zancadillas, su espíritu continúa aleteando.

Y el Espíritu de Jesús va a pronunciar la última palabra sobre todo sufrimiento, debilidad y congoja que, al cabo, no son sino caminos abocados a la muerte. La Comunidad cristiana anuncia en el día de Pascua que el último y peor enemigo de todos –la muerte- también será derrotada. No es trata de un consuelo imaginario. Cristo, la primicia de la Humanidad, nos lo garantiza. Él ya ha resucitado.

Cree en la Resurrección quien siente la persona cálida de Jesús junto a sí. No cree en la Resurrección quien lo concibe como un fantasmal sobreviviente. Cree en la Resurrección quien no busca entre los muertos al Viviente.

miércoles, 5 de abril de 2017

Vocabulario de semana santa


Hay algunas palabras que resuenan en los templos durante los días de semana santa. Son, entre otras, cruz, tumba, servicio, sufrimiento, resurrección, perdón y alegría. Un buen resumen del misterio que celebramos. Bueno será ir a lo esencial y no perderse por entre las ramas. Como si de un vocabulario se tratara, quizás sirva el intento de describir brevemente el núcleo de cada una de las palabras citadas. 

CRUZ. - Instrumento para matar a los condenados a la última pena en tiempo de los romanos. Jesucristo murió en ella por no saber ser flexible, negociador y pactista con sus adversarios. Poco a poco la cruz ha sido sustituida (a medida que los hombres se han ido refinando) por la horca, el fusilamiento, la silla eléctrica, la cámara de gas, etc. La cruz se ha convertido en símbolo del cristianismo, pero a la vez ha ido perdiendo todas las aristas y asperezas. Se ha transformado en objeto de ornamentación en el cuello de personas respetables. También las jerarquías la muestran en el pecho. Es de suponer que no sólo para informar a la gente el rango que ocupan.

TUMBA. - Lugar donde se depositan los restos humanos. Ha adquirido gran celebridad la tumba de Jesucristo, así como la losa que la cubría. Se sabe que su propietario era un hombre que se puso decididamente de parte de Jesús... cuando ya era cadáver. La tarde del viernes santo aquella tumba hacía presagiar la oscuridad perpetua alrededor del ajusticiado. Pero el domingo, tres días más tarde, debió pasar algo extraordinario, demasiado deslumbrante para poderlo relatar con toda objetividad. El hecho es que desde este día los discípulos perdieron el miedo y comenzaron a construir una Asamblea, alias, Iglesia. Aún hoy en día esta obra mantiene la vitalidad a pesar de los ataques procedentes del exterior, las debilidades de los de dentro y los desaciertos de los de arriba.


SERVICIO. - El Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa, Jesús escuchó gritos de entusiasmo de los labios del pueblo. Jesús estaba allí sentado sobre un borrico, presto para cumplir su misión, la de servir. El Viernes Santo escuchó gritos insultantes, salidos de las mismas bocas que le habían aclamado días antes. No desfalleció su voluntad de servicio. Sus seguidores también apelan a menudo al servicio. Pero no les es indiferente el lugar desde donde hacerlo. Prefieren ejercerlo en los despachos importantes y las poltronas afelpadas. De hecho nunca hay que lamentar candidaturas para las altas cátedras.

SUFRIMIENTO. – La semana cruel, llamada también semana santa, fueron días en los que Jesucristo padeció tormentos físicos y morales. Cabe notar que su muerte no ha sido la más dolorosa a lo largo de la historia de la humanidad, tal como piadosamente se ha dicho y escrito. Él estaba al margen de todo tipo de competición. Tampoco sufría por sufrir o por amasar méritos. Los tormentos se los infligían unos hombres en nombre de Dios y su justicia. Los hubiera podido evitar a cambio de volver atrás, desdecirse, ceder o mostrarse más diplomático. No quiso pactar bajo tales condiciones.

RESURRECCIÓN. - El dogma más decisivo del cristianismo, de cuya verdad el creyente sorbe la savia necesaria para no desfallecer. Sin embargo, en la práctica, la cosa es menos halagadora. Los seguidores de Cristo en el siglo XXI parecen más propensos a adorar y magnificar al Cristo muerto en la cruz que al Cristo resucitado en la gloria. Y es que se observa una clara tendencia a otorgar más relieve a los hechos luctuosos que a los acontecimientos gloriosos. Dar el pésame tal vez reconforta, permite saborear una cierta victoria sobre la muerte y sobre el allegado que la sufre. En cambio, felicitar al triunfador implica reconocer que no soy yo el protagonista. La secreta carcoma de la envidia se resiste a reconocer el triunfo ajeno. 

PERDÓN. - Acción difícil, que requiere una gran generosidad de corazón. Mucho más si es necesario perdonar a aquella gente que el Domingo de Ramos se desgañitaba aclamando a Jesús y que después cambió de signo su griterío. “Perdónales que no saben lo que hacen”. Mucha comprensión, una enorme ternura y una bona dosis de inteligencia se necesitan para entender la frágil sinceridad humana y sobreponerse a la rabia que provoca la hipocresía. Exactamente lo que es capaz de hacer un hombre tan entero que es Dios a la vez. Y precisamente lo que poquísimos humanos son capaces de hacer.

ALEGRÍA. - El sentimiento que debería reinar, por ejemplo, en la Eucaristía de la Vigilia Pascual y a lo largo de la vida del creyente en Jesús. Si tal fervor existe de veras, sin duda se disimula. Las palabras dicen que “mi alma exulta de gozo” y se triplican los aleluyas. Sin embargo, uno contempla la nave del templo y no logra apreciar el gozo por “el día en que actuó el Señor”. Entre las palabras y las actitudes se detecta un desfase. ¿Motivo? Puede que, al no vivir a fondo el mensaje cristiano, el sentimiento de júbilo al que invita la liturgia resulte demasiado protocolario. Un expediente que cumplir. O tal vez que, al no experimentar profundamente la tragedia de la muerte, se viva con sordina la alegría que conlleva la Resurrección.

viernes, 24 de marzo de 2017

Ideologías para consumo inmediato

El cristianismo no debe confundirse con un producto más en el supermercado de las ideologías, repite una y otra vez el Papa Francisco en sus numerosos discursos y escritos. Más bien hay que compararlo con un hospital de campaña que acoge a quienes necesitan cicatrizar las heridas. En este hospital no se discrimina según la identidad o las ideas.

Me parece muy auténtico y valioso un tal enfoque. Porque las palabras han ido perdiendo su fuerza. ¡Tantas voces resuenan en nuestra sociedad! ¡Se escucha tanta propaganda y se exhiben tantas ideologías…! Quien quiera convencer a nuestros contemporáneos hará bien en actuar mejor que en hablar. 

La dificultad de mantener las ideas claras

Las ambigüedades de las palabras y las ideologías impiden mantener las ideas claras. Hay partidos políticos y movimientos sociales que se alimentan de lo que podríamos llamar un catolicismo difuso: un talante fraternal, el protagonismo de sentimientos elevados, una compasión sincera por quienes no llegan a fin de mes, actuaciones para colectivos necesitados (como los refugiados), etc.

La gente que se decanta por este camino podrían ser apellidadas de izquierdas. No aprecian el hecho religioso, pero sintonizan con valores que tradicionalmente ha cultivado la religión. En cambio, los partidos de derechas muestran un respeto explícito por la cuestión religiosa, concretamente por el catolicismo. Sin embargo, resulta que este enfoque se desprestigia al constatar que numerosos políticos actúan sin escrúpulos y caen de bruces en la corrupción más escandalosa. Y quede claro que nos hallamos en un terreno que no admite afirmaciones categóricas.

Entre unos y otros, la gran mayoría de la gente vive con la proa enfilada hacia el hedonismo y se deja llevar por la corriente, por las voces que sobresalen en el estrépito diario. Se refieren al relativismo, a la sociedad líquida, a la posmodernidad, a la post-verdad. Los nombres son lo de menos. 

De acuerdo, la Iglesia debe ser un hospital de campaña y hacer caso omiso de los carnets o las ideologías de los heridos. Ahora, quienes la conforman, los militantes, conviene que compartan un conjunto de verdades definidas y sólidas. De otro modo la Iglesia se disolverá y entonces se derrumbarán los hospitales de campaña. Como bien dice la frase tan repetida: nada hay tan práctico como una buena teoría.

Lo digo porque son muy pocos los que protestan cuando ciertos grupos poderosos imponen una determinada forma de pensar, a menudo en contradicción con la fe cristiana. Sin negar en absoluto que la sociedad evoluciona y que es nefasto caminar por senderos trillados con el desdichado argumento de que siempre se ha hecho así.

El relativismo que se impone hoy en día puede que no sea del agrado de mucha gente y hasta que sea repudiado explícitamente en su vida privada. Pero en público no se atreven a levantar la voz para contradecirlo. Reprimen su sentido crítico. De ahí, por ejemplo, que la ideología de género sea cada vez más aceptada. Se declara tranquilamente que la identidad sexual tiene que ver con la cultura y la educación, pero que no existe una identidad arraigada en la naturaleza. Opinión muy discutible y matizable desde la ciencia, pero los que no están de acuerdo callan. En unos pocos años se ha impuesto como interpretación casi generalizada de la condición humana.

Lo mismo se podría decir de la ingeniería biológica, la eutanasia, el aborto, la clonación, la transexualidad y otros temas éticos. A todo se dice que sí antes de examinar el asunto y alertar de los eventuales peligros. Pobre de aquel que tiene el coraje de discrepar de estas teorías de última hora, que invaden los medios de comunicación. Se le postergará y se le hará saber con desdén que vive en una caverna rodeado de las ideas más obsoletas.

El fundamentalismo no es la solución

Hay un grupo que sí habla y contradice estas ideologías. Exhiben una ideología bautizada con el nombre de vida. Desgraciadamente se remiten a fórmulas políticas arcaicas y exclamaciones patrióticas fuera de lugar. No razonan, sólo gritan. Esta gente no le hace ningún favor a la moderación. Imposible discutir con ellos. Son adversarios implacables instalados en el campamento de la emoción, que no de la razón. Actúan con talante fundamentalista, temerosos de que sus ideas se diluyan. No lo permiten. Les va su seguridad vital en ello. Tratarán de imponerse a cualquier precio. 

A poco que el personal tenga algún contacto con los medios de comunicación habrá oído hablar del autobús que no hace tanto se ha exhibido por diferentes ciudades del estado. Ha afirmado cosas que merecen matizar y que mejor sería exponer en ambientes tranquilos y reflexivos que en plazas alborotadas. Hay planteamientos que no maduran precisamente cuando se convierten en polémicas callejeras y necesitan de la policía para mantener la calma de sus valedores. 

La vida humana es sagrada ciertamente. Pero esta afirmación, que no admite rebajas, no se debe defender con tono agresivo y formas despectivas. La vida es sagrada, sí, pero no sólo la que late en el vientre materno. También la de los adultos, la de los obreros, la de los que tienen ideas diferentes. Conviene no olvidarlo. Requiere rigor y esfuerzo mantener un equilibrio sensato y racional.

martes, 14 de marzo de 2017

Cuestión de perspectiva...


Cuando el pasajero mira a través de la ventanilla del autobús, el paisaje adquiere dimensiones y tonalidades cambiantes. Desde lo hondo del valle ve la mole pedregosa de la montaña solemne y hasta amenazante. Desde la cima del cerro observa la carretera y los vehículos que por ella circulan como miniaturas que mueven a la ternura y a considerar la pequeñez congénita del ser humano en el escenario del cosmos.


¿No sucederá algo muy parecido con la fe? ¿No estará, ella también, sujeta a esa filosofía llamada perspectivismo? ¿No tendrá mucho que ver con la circunstancia de espacio y tiempo, de cuenta corriente y residencia? Inevitablemente, la fe adquiere tonalidades diversas según desde donde se la viva. Tonalidades y hasta contenidos diferenciados de acuerdo a la personal circunstancia.

La fe, cuestión sobre el sentido

Entiendo por fe, no la mera creencia en un ser más allá del espacio y el tiempo, de características enigmáticas, remunerador de los humanos. Ésta sería una muy elemental comprensión de la fe. No distaría mucho del planteamiento teórico acerca de si existen seres extraterrestres más allá de nuestras experiencias de espacio y tiempo. Se puede o no creer en los extraterrestres, en los OVNI o tantos otros enigmas todavía opacos a la mente humana. Hay quien opta por la respuesta afirmativa y quien por la negativa. Y se acabó.

¿Qué implica creer en un OVNI, en un extraterrestre o en un Dios entendido según tales coordenadas? Digamos sin rodeos que, en el fondo último de la persona, nada cambia. No pasa de ser un recuadro en blanco al lado de una pregunta a la que se pone —o no— una crucecita.

La f es otra cosa, evidentemente. Creer en Dios conlleva admitir que las cosas, en su última raíz, resultan inteligibles. Que mi vida tiene sentido. Que las cosas, y sobre todo las personas, cobran un valor muy específico. Creer en Dios equivale a entregarse a Él, a vivir con los criterios que brotan de su voluntad, una vez discernidos, a mirar el mundo con sus ojos.

De nada sirve creer en el primer principio que puso en marcha las galaxias con un empujón inicial. Si este Dios no garantiza el sentido de la historia en mayúscula y de la historia de cada existencia personal… no tiene ninguna utilidad. Vivir sin sentido, frustrados, con el absurdo como amenaza constante y, a la vez, creer en Dios, parece algo incompatible. Si abundara más la lógica, los partidarios de la realidad como absurdo y frustración serían todos ateos. Y los partidarios del sentido, más allá de los fragmentarios sinsentidos, proclamarían su fe.

La fe, cuestión de liberación

Haga el lector los cambios y las aplicaciones que vengan al caso y observará que, cuanto hemos venido diciendo, cabe plantearlo en otros términos. Los aprovechados, los opresores, los que ponen el placer, el prestigio o el dinero como ideal de la vida, no pueden tener la misma fe —ni las tonalidades, ni el contenido— que los que sufren, lloran y se dan la mano.

El Dios de los primeros, ya lo adelantó S. Pablo, es su vientre. O es el dinero. Es el Dios que bendice los tanques de guerra, multiplica residencias y al que da gracias la gente de la alta sociedad por lo bien que marchan sus negocios. Más allá de los nombres y de la gramática, ellos ponen en plan de igualdad a Dios con sus particulares egoísmos. A los que, además, dan una buena mano de barniz espiritual que les permite sentirse en buena forma moral.

En cambio, en la periferia de la urbe, o donde la ciudad pierde su nombre, malviven los empobrecidos, las víctimas de la especulación. La enfermedad, la ignorancia, la falta de oportunidades, les condenan a sobrevivir con angustias miles. A malvivir.


También entre ellos los hay que cultivan su fe en Dios. Pero la palabra adquiere significados bien distintos. No ven en Él el apoyo de sus posesiones, sino la fortaleza, el sentido, la utopía, el estímulo a la lucha por lograr una vida digna para ellos y la comunidad. No se trata de demagogia barata, se trata de hablar de Dios con el lenguaje bíblico. Dios es el que defiende la vida: el viviente y el vivificador. Quien se dirige a Él desde sus obras de muerte navega en una fatal ambigüedad.

Dios es promesa. El que escucha los gemidos del pueblo sufriente. Los que ríen y banquetean esperan que Dios mantenga la situación vigente. Los que lloran y comen migajas esperan en un Dios cuya voluntad apunta a un futuro mejor, que incita a la lucha por la dignidad. La palabra es la misma, pero la realidad, bien otra.

En fin, desde la experiencia de los desvalidos, la fe no es mera creencia en un Dios creador aséptico y neutral. Mucho menos en un Dios garante del orden vigente. En términos políticos: Dios no es conservador. Se da el caso que el Dios de Jesús tampoco lo era. Su Hijo murió en la cruz por cuestionar muchas evidencias, por solidarizarse con los de la cola. Realmente, existen palabras que todo el mundo pronuncia y que mantienen significados diversos según la situación en que uno se halla instalado.

Las perspectivas son muy distintas dependiendo del lugar y situación desde dónde uno observa la situación.

sábado, 4 de marzo de 2017

Derechos humanos, deberes humanos


Han hecho falta muchos siglos, muchas tragedias y violencias para que nuestros contemporáneos llegaran a asimilar que la esclavitud es del todo injustificable. Hoy en día suele aceptarse que la tortura es denigrante para quien la practica, que la libertad de expresión se reivindica muy legítimamente. Aunque ello no significa que en todas partes se pueda hablar sin cortapisas, ni que en muchas comisarías dejen de existir rincones sórdidos en los que se practica la tortura.

Del dicho al hecho continúa existiendo un gran trecho. El desprecio o, al menos, el recelo a otras razas perdura a lo largo y ancho de nuestro mundo. La esclavitud se presenta quizás bajo formas más sutiles, pero no menos trágicas para los que la sufren.

Mayores simpatías por los derechos humanos

A primera vista, en nuestro mundo, los derechos humanos suelen ser reconocidos teóricamente. Acerca de ellos circula mayor información, se analizan a conciencia determinadas situaciones, los juicios éticos por lo general afinan más la puntería. Crecen y se multiplican los grupos interesados en promoverlos y defenderlos.

Aumenta incluso el deseo de revertir y transformar estructuras que favorecen relaciones opresivas. Se busca el reconocimiento legal y efectivo de los derechos fundamentales del hombre. Algunas organizaciones de ámbito mundial han aportado su digna y loable contribución al particular. También la Declaración de los Derechos Humanos de 1948, el Consejo Ecuménico de las Iglesias, la encíclica Pacem in Terris, etc.

Un cristiano no debiera vacilar ante la importancia de los derechos humanos, ni dejar de actuar ante la urgencia de situaciones muy lamentables. Si el Antiguo Testamento reconoce que el ser humano es imagen de Dios, si el Nuevo Testamento afirma que es hijo de Dios… ¿A qué esperar? ¿Por qué dudar? Sin embargo, a la Iglesia le costó inicialmente mirar con simpatía el florecimiento de los derechos humanos, cuando debiera ser abanderada de esta causa. 

Derechos con sus correspondientes deberes

Dejemos el interrogante abierto, que muy matizadas debieran ser las respuestas. Interesa poner de relieve que a todo derecho le sigue su correlativo deber. Derecho y deber constituyen dos polos de una misma realidad. Evidentemente, los derechos del hombre no se proyectan indefinidamente, ni dejan de tener su contrapartida escrita en la columna paralela de los deberes.

Un ser humano que se moviera únicamente en la esfera de los derechos, se transformaría en un individuo engreído, en un tirano exigente e intolerante. Un ser humano al que se le sumergiera en un mar de deberes, sin la contrapartida de los derechos, acabaría destrozado bajo la presión de sus obligaciones.

Se explica que, tras una etapa en que se le han suprimido o recortado los derechos a un individuo o a una sociedad, reclame con urgencia la reivindicación de los mismos y hasta se exceda en sus reclamaciones. Lo mismo si hablamos de la familia, la sociedad o la Iglesia. De todos modos, una tal agresividad reivindicatoria fácilmente adquiere ribetes adolescentes que es bueno superar a la mayor brevedad posible.

Hace falta cultivar el tipo humano y cristiano que crezca por ambos polos, que propicie el desarrollo de ambas dimensiones. El ejercicio de los derechos, con sus correspondientes deberes, concurren para formar una personalidad madura.

Mentalidades parasitoides

Estos individuos que van por el mundo vociferando sus derechos al tiempo que no reparan en pisotear los del prójimo conforman una categoría del todo deleznable y antisocial. Son parásitos, egoístas, que absorben cuando pueden de su alrededor y, a cambio, no devuelven sino actitudes agrias y prepotentes.

Abundan tipos de esta calaña en la carretera: se les antoja que el pavimento es suyo y que están exentos de sujetarse a las normas de tráfico. Es fatal tenerlos como vecinos. El de al lado debe sufrir, a la hora que se les ocurra, la radio a todo volumen o sus perros ladradores. Es lamentable que uno se tope con ellos en la cola frente a la ventanilla: creen que quienes guardan la cola es por pusilanimidad y se cuelan con total desfachatez.

Cada uno tiene derecho a que le permitan expandirse en libertad y sin trabas. Es muy legítimo que nadie quiera un inquisidor al lado, mientras pasea por la ciudad u ojea la revista que le place. Pero también tiene el deber de no lastimar al prójimo ni traspasar sus márgenes de libertad. Como lo tiene de no perturbar la paz ciudadana

Exigir derechos y detestar deberes es síntoma de mentalidad inmadura, parasitoide. Junto con las operaciones elementales de la matemática y las normas básicas de ortografía, el niño, adolescente o joven deben mantener un contacto constante y familiar con los deberes que les asigna su condición de vecinos, de ciudadanos y de seres humanos. De otro modo la ciudad se transformará en una jungla. Y el darwinismo se impondrá como única ley posible.

lunes, 20 de febrero de 2017

¿Escépticos o creyentes?

La telaraña de redes que es Internet con frecuencia sorprende a quienes navegan por sus playas. Nunca se sabe si la palabra sembrada en este espacio cibernético obtendrá su correspondiente respuesta, se consumirá en el fuego lento del silencio o acabará siendo semilla fecunda.

Si el lector permite una confesión de gustos personales le diré que no va conmigo perder horas y horas a través de chats, las más de las veces intrascendentes, si es que no del género comadreo y chismoso. Sin embargo, aunque no a través del chat, me permití un comentario sobre un libro de Nietzsche. Fue en un periódico digital que a invitaba a reaccionar. Me decidió el hecho de que quienes antes habían opinado sólo tenían expresiones de elogio para el texto.

Un fabuloso escritor

Escribí lo siguiente: el estilo literario de Nietzsche es digno de todo encomio. Su frase, lapidaria y repleta de contenido ha sido pocas veces superada. Su pensamiento es valiente y bastante original. Bastante porque bebe mucho de Darwin y de Feuerbach, especialmente en sus aplicaciones a la religión.

Que sea buen escritor no le legítima para afirmar una serie de despropósitos con el fin de exhibirse, ejercer de enfant terrible y tratar de curarse de sus frustraciones. No logran disimular su resentimiento contra la mujer, contra la persona religiosa y solidaria. Asegura que Dios ha muerto, pero no acaba de darnos las pruebas. Y los hechos no le dan la razón. ¿Será porque la mayoría son meros gusanos —como gusta calificarles— y no se han dado cuenta?

Puede que sí, pero también puede ser que el hombre fuera un loco genial. De hecho se derrumbó en la locura más tenebrosa.

Había olvidado el asunto cuando, a los pocos días, un e-mail me trataba de ingenuo y, con indisimulada agresividad, preguntaba dónde guardaba yo las pruebas de la existencia de Dios.

Le respondí en los siguientes términos: Me coges desprevenido, amigo anónimo del espacio cibernético, pues escribí el comentario sobre "el anticristo" como un desahogo al finalizar el libro. Me salió sin reflexionar demasiado, pues conocía con anterioridad acerca de sus ideas y sospechas.

Te escribo sin la menor pretensión docente, pero tampoco me pare cortés ignorar tus preguntas, aunque una clara agresividad late tras ellas. He aquí unas breves palabras sin ánimo de convencer, pero para que sirvan de testimonio de que no todo el mundo tiene que plegarse a la moda o callar frente al que más duro vocea.

¿Pruebas de la existencia de Dios? El camino de la historia está sembrado de ellas. Platón, Agustín Aristóteles, S. Anselmo, Sto. Tomás, Leibniz, Pascal, Kant. H. Küng... Estos autores, y los escritores que han inspirado, dan fe de ello. Por supuesto que no a todo el mundo convencen. Por un motivo muy sencillo: enfocan la cuestión desde el razonamiento. Mientras que Dios tiene que ver también con la sensibilidad y el corazón... Equivocan parcialmente la metodología. Como decía Pascal, para estos asuntos el corazón es más apto —más sensible— sensible que la razón.

Pruebas racionales, pruebas cordiales

Se dirá que este tipo de pruebas surgidas del corazón resultan ambiguas, pues que no tienen carácter matemático, ni han recibido el beneplácito de la ciencia positiva. Es cierto. Sólo que uno cree en el amor, en la confianza, en el humor y en cien mil cosas más (las que más importan en la vida) sin tener pruebas racionales para ello, sin preguntar la opinión de la ciencia.

En último término se trata de buscar con sinceridad y de afrontar el tema sin juicios previos, es decir, sin pre-juicios. Quizás entonces no se encuentren pruebas contundentes, pero si se experimenta la clara sensación de que ciertamente Dios está ahí. No cabe ir más allá.

Por lo demás: la existencia del cosmos, de la humanidad, de la inteligencia... ¿es una pura casualidad? ¿Una broma de mal gusto? ¿Hay otras explicaciones más solventes que el fundamento de una voluntad superior? ¿Nada tiene sentido ni vale la pena, dado que al cabo todo desemboca en la oscuridad y la nada?

El tema Dios pone muchas preguntas sobre el tapete. La hipótesis de su existencia podría aclarar muchas cosas, sería el último fragmento del puzzle. Mientras que su negación sume en el pesimismo más negro o en el azar más azaroso. Yo confío en la realidad y en el instinto. Cuando tengo sed confío en que el agua existe y no me equivoco. Cuando siendo ansias de trascendencia apuesto por la existencia de Dios.


En todo caso Nietzsche me parece demasiado militante como para ser imparcial en el debate. No parece muy lógico pasarse la vida luchando contra alguien que no existe.

Si estas palabras mías, con contestación o sin ella, ayudan a pensar (que no pretendo convencer), me doy por satisfecho. Y me despido deseando que te puedas aproximar a la felicidad.

Al amigo lector, gracias por seguir el razonamiento.

viernes, 10 de febrero de 2017

Las extrañas virtudes de la paradoja


¿Qué preciados elementos contendrá la paradoja que le da sabor a los más íntimos contenidos de la fe, de la moral y de la teología? La paradoja, esa expresión contrastante por definición y, las más de las veces, sorpresiva. Los genios suelen ser paradójicos en el sentido de que nos desconciertan frecuentemente. A los intelectuales también se les puede atribuir el adjetivo por cuanto suelen confrontan las diversas perspectivas del objeto que analizan y ponen de manifiesto las contradicciones de las mismas.
Tal parece que también Dios es paradójico. Se hallan huellas de su obra en las grandiosas y majestuosas realizaciones de la naturaleza. Los astros, las galaxias, la infinitud del espacio... No menos se rastrea su presencia en las más diminutas realidades: el pétalo de la flor, el átomo... El torbellino, el trueno y el mar saben de Él. Los delicados sentimientos de ternura ante el ser amado y el recién nacido desvalido le evocan igualmente.                            
Las múltiples paradojas del cristianismo
No hay que extrañar, pues, que el cristianismo entero sea una paradoja sostenida. Empezando por el hecho de que Dios se hace carne, de que el Inefable se visibiliza en el rostro de un niño y de que el Creador de cielos y tierra llama a la puerta para cenar con quien se digne abrirle, como se lee en el Apocalipsis.

Jesús proclama bienaven-turados a los mansos y a los humildes. Son dichosos los que lloran. Hay que gozarse íntimamente cuando sobreviene la persecución. Veinte siglos tratando de descifrar cómo sea ello posible y todavía no tenemos la respuesta precisa. Intuimos que debe ser así. Los que han llegado más cerca de estas realizaciones, aseguran que es verdad. Aconsejan la acción decidida, arriesgada y confiada. Lo demás —dicen— vendrá por añadidura.

Resulta que el evangelio es buena noticia. Lo es siempre. Buena y nueva noticia. Huelga decir que, si es noticia, es nueva. Mal puede llamarse noticioso a lo que es viejo y sabido por todo el mundo. Dios es siempre nuevo, siempre lo hallamos delante de nosotros. Es el Señor de la promesa y el Soberano del futuro. Responde en mayor medida a la verdad imaginarlo así que como el viejecito de largas y blancas barbas, rezagado en los inicios del tiempo y de la eternidad. Y perdonen los lectores la contradicción que implica referirse al inicio de la eternidad.
¿Qué tendrá de inefable la paradoja que, en labios de Jesús, quien pierde la vida la gana? ¿Cómo es posible tener que morir para dar mucho fruto? Lo es, con la misma posibilidad de que ya tenemos la salvación en las manos, somos hijos de Dios, pero todavía no, hay que esperar a la consumación. Ya, pero todavía no es uno de los slogans más escuchados por los estudiantes de teología.
Se inicia el año y decimos que tenemos un año más. Aunque también resulta que tenemos un año menos. Pero la paradoja se exaspera cuando, a los ojos de la fe, la pérdida irreparable de los 365 días que quedaron detrás de nosotros, nos acercan a la vida sin fin, a la definitiva meta  esperada y suspirada.
Más paradojas todavía
Para el común de los mortales está claro que el bocado que yo me como no puede comérselo mi vecino. Para la fe se da el caso que lo que yo llevo a cabo lo hace, simultáneamente, Dios mismo. Dios hace haciendo que nosotros hagamos.  Para que aprendan a ser menos simplistas los que afirman —sin paradoja alguna— que ya Dios se ocupará de sus necesidades. Mientras tanto, aderezan los bártulos requeridos para la siesta. Escúchenlo igualmente quienes remiten a la Providencia una y otra vez, olvidando que la providencia actúa gracias al cerebro y los brazos que nos ha proporcionado previamente.
Lo que más anhela el cristiano es unirse al Amor con mayúsculas. Lo que no obsta para que deba vivir su muy singular y personal vida. El creyente reparte sus deseos y anhelos entre el ser uno con el amado y ser lo que debe ser en cuanto persona individual. Su modelo máximo es el Dios Trinitario: la unidad en la trinidad. Por si fueran pocas las paradojas recogidas hasta el momento.
La más grande de todas las paradojas no es, de todos modos, aquello de que es preciso amar a los que nos odian ni de que a los muertos toca enterrar a sus muertos. No. La mayor de todas es contemplar al Señor de la vida crucificado y pagando su tributo a la muerte. ¿No podría suceder, con tales precedentes, que hubiera alguna paradoja oculta en la riqueza, en el poder, en los títulos y en la belleza? ¿Y si la riqueza no estuviera en el dinero, ni la grandeza en el poder, ni la sabiduría en los títulos, ni la belleza en las facciones del rostro? Habrá que pensarlo en serio.
Puede ser que nos desvíe del camino correcto el exceso de racionalidad. Hay que ir con la razón a todas partes, sí, pero sabiendo que por la razón no llegaremos a todas partes. Ya Pascal —gran amigo de la paradoja, por cierto— dijo que existen razones que la razón desconoce. Son las razones del corazón.
Crea el lector que el asunto de las paradojas es más serio de lo que parece a primera vista. Y no diga que no entiende nada de cuanto acaba de leer. Porque le responderé, abusando una vez más de su paciencia, con la frase de Saint-Exupéry: lo esencial no alcanzan a verlo los ojos. Sólo se percibe con el corazón.