El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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lunes, 10 de junio de 2013

Bienvenida la crisis

Apenas iniciada la dura crisis que padecemos ya algunos entreveían “brotes verdes”. Pero no, por ninguna parte se apreciaban tales brotes. Se trataba de llenar de palabras los discursos, de dulcificar engañosamente el sufrimiento de quienes la padecían, de alimentar esperanzas vanas. Han ido pasando los años e intermitentemente hay quien divisa brotes verdes o alcanza a ver la lucecita al final del túnel. 
La crisis y quienes la provocan
La crisis ha echado raíces. Será larga, dura y penosa, para qué engañarnos. Seis millones de trabajadores sin trabajo requieren de mucho tiempo para ser absorbidos. Mes tras mes las cifras del paro no mejoran o mejoran levemente para retroceder luego. Por más que se establezcan comparaciones y se rice el rizo sosteniendo que la cosa no va tan mal, el hecho es que las mejoras al cabo son ficticias.
Seguiremos siendo testigos de desahucios, de gente que no llega a fin de mes, de niños llorosos a causa del hambre, de jóvenes a quienes se les diluye la esperanza. Tropezaremos con gente que carga dramas enormes sobre sus hombros. Para algunos las recetas son como sentencias de muerte. Carecen de tarjeta sanitaria y les resulta del todo imposible hacerse con el medicamento. 
Frente a tanto sufrimiento, los ciudadanos se enteran de que hay banqueros que se retiran con los bolsillos repletos de millones. Oyen decir que los asesores, nombrados a dedo, se multiplican. Llegan a sus oídos que las bebidas de alta graduación consumidas por los políticos en el parlamento están subvencionadas con el dinero de todos.
Cada día los periódicos descubren sorprendentes y descarados casos de corrupción. Los telediarios nos asoman a los juzgados día sí y otro también. Las personalidades que debieran vertebrar el país también tienen las manos sucias…
Agobiados por tales escenas y mensajes unos se indignan, otros se desmoralizan. Impotencia, rabia, animosidad, desesperación…  Posturas y sentimientos que crecen al socaire del sufrimiento y la irritación. De seguro que aumentará el delito contra la propiedad privada. Probablemente subirá unos grados el egoísmo del personal. El gran interrogante radica en saber cómo acabará reaccionando el grueso de la sociedad. 
Yo pienso -y sobre todo deseo- que también la solidaridad vaya en aumento. Como sucede cuando acontece un terremoto o una desgracia de gran envergadura, quizás los ciudadanos sientan que las fibras de su alma reaccionan de modo positivo. A lo mejor la crisis rescata la humanidad de muchos ciudadanos, esta virtud que mantenían cubierta de cenizas.
Una pobreza que interpela
Tal vez la pobreza creciente nos interpele de cara a compartir más y mejor. Como en los barrios marginados de los países del Tercer Mundo, es posible que los vecinos se presten los vasos, se regalen una sopa y se reúnan para espantar las penas. En un escenario un tanto idealizado entreveo el despertar de la sensibilidad de la gente. Cuando es preciso dar una mano, el personal no se hade rogar.  
De la enorme crisis que nos cubre con su velo a lo mejor surge una sociedad menos corrupta y más dispuesta a la solidaridad. Unos ciudadanos menos frívolos, menos obsesionados por el consumo y más atentos al rostro sufriente de sus vecinos.
Lo han dicho personajes que merecen todo el crédito. La solución de la crisis la debemos buscar en un estilo de vida austero, menos consumista y más respetuoso con el entorno. Nos equivocaremos si queremos salir de ella a base de violentar todavía más los recursos naturales. No iremos en la dirección correcta si tratamos de escapar de la misma a base de empujones y zancadillas, enzarzados en una loca carrera para conseguir llegar primeros. No, no imitemos a la jauría de perros hambrientos que se pelean encarnizadamente para hacerse con los huesos más apetitosos.    
La crisis puede sacudirnos a fondo y superar nuestra mediocridad. Y, apelando a un estrato más profundo, debiera ayudarnos a salir de la crisis una mirada al evangelio. No podemos compartir la Eucaristía sin hacer otro tanto con el pan de cada día. No es de recibo ignorar a los millones de seres humanos despojados de su dignidad.  
¿Cómo vamos a darnos la paz los que celebramos la Eucaristía, sin tomar en consideración las multitudes a quienes se les ha desposeído de la paz y del pan? ¿Cómo vamos a vivir despreocupados cuando a nuestro alrededor hay muchos hombres y mujeres a quienes se les escapa la esperanza entre los dedos y acaban dimitiendo de la vida? 

Yo no sé dónde ni cómo desembocará la crisis que padecemos. Pero si consiguiera despertarnos de nuestras inercias y hacernos más sensibles hacia quienes sufren, quizás tendríamos que darle la bienvenida. Si nos conduce hacia un estilo de vida más austero y menos depredador, si superamos la frivolidad y el consumismo, bienvenida sea la crisis.  

2 comentarios:

María Jiménez dijo...

he llegado a tu blog a través de este artículo: http://lasrazonesdelcorazon.blogspot.com/2010/09/el-placer-de-la-musica-clasica.html sobre la musica clasica. Muy interesante. Me ha llamado la atencion tu blog. si puedes pasa por el mio: http://asihablamaria.blogspot.com

rosas blancas dijo...

no se crea aquí las cosas están muy parecida, hay mucho de empleo ,y mucho robo escalamiento y todo por falta de trabajo, hacia que estamos mas o menos en la misma situación , saludo de pablo y el chico,