El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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miércoles, 10 de julio de 2013

La interpretación del silencio


Meses atrás escribí una entrada en la que lamentaba la dificultad de interpretar el silencio. Decía que si hay algo difícil de dilucidar en este planeta azul en que nos movemos los seres humanos es el silencio. Puede significar mucho o nada.

Me refería en concreto a los emails y notaba que en numerosísimas ocasiones no reciben sino la callada por respuesta. No digo la canallada, que tampoco hay que caer en la desmesura. 

La exégesis del silencio

Cuando se escucha el silencio en lugar de la respuesta tropezamos con la dificultad de interpretarlo. Puede ser que el escrito no haya llegado a destino perdiéndose por el espacio cibernético. O tal vez al receptor le deje indiferente el contenido de la nota recibida. O ignore al remitente. 

Contémplese también la posibilidad de que una respuesta implique un correlativo compromiso. En consecuencia resultará más cómodo amordazar el email e introducirlo en el disco de duro corazón o sepultarlo sin contemplaciones en la papelera de reciclaje. Puestos a explorar eventualidades y contingencias el silencio podría achacarse a la mera negligencia. O simplemente a un exceso de trabajo. 

Igualmente hay que tomar en consideración, a la hora de hacer la exegesis del silencio, la eventualidad de que el destinatario no sea ducho en la técnica del ordenador y no encuentre la dirección del remitente, por más que esté al alcance de un clic. Aun puede suceder que el aparato se haya dañado a causa de un virus indecente o de un apagón inoportuno. ¡Cuántas cosas puede significar el silencio!

Lo cierto es que un silencio persistente y tozudo causa numerosos perjuicios. Cuando la interpelación es personalizada -no un mero envío de listas- y no obtiene eco, entonces logra disminuir el flujo de la amistad y tal vez apagarla de modo definitivo. 

Para bien o para mal

Más o menos decía estas cosas en mi artículo que, por cierto, tuvo bastante aceptación, según infiero de las estadísticas que generosamente me ofrece google. No doy marcha atrás de lo dicho, pero sí deseo ampliar el ángulo de visión y reconocer que me faltaban cosas por decir a propósito del silencio. No todos los silencios son tan negativos. 

Depende de su procedencia, del cómo y del cuándo que el silencio pueda ser interpretado de muy diversos modos. Ni es necesario gozar de una gran inteligencia para entender su sentido profundo en el contexto de las circunstancias en que se produce. 

La falta de palabras, la falta de miradas y de gestos pueden ser tan elocuentes como unas parrafadas llenas de elocuencia. El silencio puede ser una herramienta la mar de útil. 

Cuando uno ha dejado de esperar en el otro, el silencio indica la opción tomada: en lugar de disimular o de discutir, mejor callar. Cuando el interlocutor no entiende o no hay posibilidad de sintonizar en idéntica longitud de onda, el silencio tal vez sea el mejor recurso. 

Existe el silencio de la huida: no se desea enfrentar una situación o una persona. Pero también existe el silencio que tranquiliza el ánimo y recobra el aliento para seguir en la tarea a pesar de todo. 

El silencio inteligente es el que tiene vasos comunicantes con aquel proverbio hindú: "cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio".

El silencio puede hacer las veces de punto y aparte. Como en el párrafo escrito, marca la transición de un tema, sentimiento o emoción. 

Es curioso. Según el momento o la circunstancia, el silencio dice: “te quiero”. O bien, “déjame en paz, no quiero saber de ti”. Es tan fácil de discernir como una mirada amorosa de una mirada resentida. 

Combinar el silencio y la palabra

Es conveniente que exista buena relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse y alternarse para lograr un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca el aturdimiento o porque crea una atmósfera de frialdad e indiferencia. 

El tiempo del silencio es el tiempo apto para acoger los hitos más auténticos de la comunicación entre personas que se aprecian. Entonces adviene el momento justo para reparar en el gesto, la expresión del rostro, la calidad de la mirada. 

El artículo en el que fustigaba el silencio no dejaba de tener su buena parte de razón. Porque me refería al mutismo de una persona que no reacciona, no obstante ser interpelada. Hay momentos en que el silencio nada tiene de sonoro ni significativo. Se convierte entonces en mudez inerte o, peor aún, en menosprecio rampante. 

Leído el escrito que me ocupa, uno sacaba la impresión de que el silencio es dañino por naturaleza. Ahora quiero dejar constancia de que, según el contexto, el silencio quizás resulte estimable, útil y hasta provechoso. Sobre todo en una sociedad en que los ruidos ensordecen al personal. En que la mayoría habla sin que se le pregunte y movida más por la ideología o el afán de negocio que por expresar una convicción o una emoción.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La verdad es que soy más partidario del silencio que del hablar. Pero está claro que cada cosa tiene su momento. Quien no habla al ser preguntado, quien no responde al ser interpelado, es como un trasto inútil con el que no se puede establecer ningún vínculo.
Bien por el articulo. Me gusta más que el anterior, aunque la forma no llaman tanto la atención.