El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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lunes, 6 de junio de 2011

El antes y el después de "los indignados"


Tengo para mí que no se presta la debida atención al movimiento de los indignados o del 15-M. Sin embargo pienso que va a marcar un antes y un después. O quizás el antes y el después se dio con anterioridad cuando los políticos rescataron a los banqueros con cifras multimillonarias. Entonces quedó del todo patente lo que sospechábamos desde hacía tiempo. A saber, que la política se dedica a incensar, en actitud infamante, el altar del dios dinero. Quien manda son los banqueros, las finanzas, el mercado.
La reacción contundente que esperaban los ciudadanos ante el escándalo de los millones trasvasados a los banqueros no llegó a producirse. Más aún, éstos siguieron asignándose sueldos desvergonzados. Los políticos fueron acostumbrándose a la nueva situación. Dado que escaseaba el dinero trataron de solucionar el asunto recortando gastos en la sanidad, la educación, las pensiones, los funcionarios…
El común de la gente no quería eso y se irritó. Transcurrido un tiempo en el organismo social aparecieron unos sarpullidos visibles a lo largo y ancho del país. Eran los grupos que tomaron la calle: los indignados del 15-M. Gente que sufre en sus carnes el desempleo y contempla el despilfarro y la ostentación en su entorno. Saben de los sueldos de los asesores, si bien ignoran sus trabajos. Han escuchado historias relativas a las tarjetas de crédito en manos de los políticos, mientras se ausentan del parlamento. No desconocen la corrupción que corroe a los partidos. Entonces proclamaron a voz en grito el ardiente deseo de una democracia real y no meramente formal.
Los indignados no han llegado a propuestas precisas, pero saben muy bien lo que no quieren. Habría que escucharlos con mayor atención. No hay vuelta atrás. De una u otra manera el movimiento continuará. Será una piedra en el zapato de los políticos y un alarido en los oídos de los banqueros. Caso de no tenerlos en cuenta aumentará el griterío en la misma medida que el malestar vaya infectando todo el tejido social.
Ni siquiera se percibe la inquietud que expresaba “el Gatopardo” de Giuseppe Tommaso di Lampedusa: algo debe cambiar para que todo siga igual. Pues no. Lo que se les ocurre a los políticos es más de lo mismo. Por ejemplo, recortar los gastos médicos. Hay que ser estúpido para no entender que un trabajador enfermo jamás dará de si lo que podría a la hora de crear riqueza y que resulta un peso muerto para la economía.  
Ya no hay quien pare este movimiento mientras las tribulaciones y sinsabores sigan ahí y no se aborde la solución. La gente ha dejado de ser ignorante y ya no se la engaña fácilmente, como en tiempos pretéritos, cuando los caciques acometían al vecindario para cosechar votos a su favor.  Además, disponen de esta arma afilada -internet- que les permite hacer oír su voz. Los medios para que la sociedad sea más democrática existen. Los deseos también. Quien tenga oídos que oiga.
Simpatías por el movimiento
Por otra parte, día a día, el movimiento despierta y multiplica innegables simpatías. Quiero citar en este punto el libro/folleto que está en el origen del movimiento. Se titula  “indignaos”.  Su autor es un inquieto anciano de 93 años llamado Stéphane Hessel. Lo publicó a finales del 2010 en francés y al poco tiempo se tradujo al castellano, entre otros idiomas.
Hessel recuerda los viejos tiempos de la resistencia al nazismo e invita a los jóvenes de hoy a indignarse como él y sus coetáneos lo hicieron. Sigue habiendo muchos motivos para asumir este estado de ánimo. Las páginas del libro pasan breve revista a los de más envergadura.
El excelente profesor de teología José I. González Faus también comparte y felicita la iniciativa de los indignados. Escribe una hermosa carta en la que proclama que la democracia es profundamente irreal, casi sólo virtual. De ahí que también él demande una democracia real, aunque no vayamos a obtenerla por ahora.
González Faus, de quien aprendí mucho de sus escritos años atrás, exhorta a que no aceptéis la palabra de nadie que no haya visto y palpado la crisis de cerca: que no conozca esos rostros tristes de niños hambrientos, ni la desesperación de las madres cuando oyen llorar de hambre al niño; que no haya visto la mirada baja del señor en paro crónico que no se atreve ni a levantar la vista porque se culpabiliza él de lo que pasa a su familia.
Y sigue: en segundo lugar dos consejos del Nuevo Testamento (al que no creo que conozcáis mucho, pero eso ahora importa menos): “La raíz de todos los males es la pasión por el dinero” (1 Tim 6,10): sabia constatación hecha hace veinte siglos y mucho más valiosa en la actual estructura económica. (…) Y sabéis ya que la única posible solución de nuestro mundo es lo que el mártir Ignacio Ellacuría llamaba “una civilización de la sobriedad compartida”. Porque por el camino que vamos se incuba un doble terrorismo (político y ecológico) que un día acabará con nosotros”.
Una llamada de atención como punto final. González Faus aboga por la civilización de una sobriedad compartida. Por su parte el militante y presidente de “Justicia y Paz” -Arcadi Oliveres- se refiere una y otra vez a la necesidad y urgencia de decrecer para no poner en peligro la sociedad y hasta el planeta. Hessel insiste en una radical ruptura con el concepto de crecer. Y es que de ninguna manera debe confundirse la idea de compartir con la de incrementar el desarrollo. Tantos hombres lúcidos no pueden equivocarse a la vez.

viernes, 27 de mayo de 2011

La hora de los “indignados”

Los indignados del 15-M en Plaça Catalunya (Barcelona)

A lo largo de muchos años las tertulias radiofónicas, las columnas periodísticas y los conferencistas han lamentado la apatía de los jóvenes. Alegaban que daban la espalda a la política, que sólo sabían de botellón y sexo, que dormitaban una siesta perenne, que no había quien los echara de casa…  
De pronto muchos jóvenes -y otros con más años- han despertado y han dicho basta. Están indignados y toman la calle para gritarlo a los vecinos.  Les asquean los políticos y más todavía los banqueros. Están hartos de pagar la hipoteca incluso cuando les han requisado el piso.  
Ellos avizoran un muy negro horizonte. Saben que los rescates millonarios a los bancos les han robado su futuro. Encima los banqueros se asignan sueldos obscenos y, dado que el dinero no basta, los políticos recurren a los recortes sociales. Nada recortan de los bestiales gastos militares o de los sueldos a asesores, senadores y otros ejemplares improductivos. Que lo paguen los enfermos, los pensionistas y los funcionarios. 
Los indignados no quieren seguir doblando el espinazo ante los banqueros mendigando créditos. Se reúnen, discuten, adoptan decisiones. Consideran que la democracia tiene que ser real y no formal. Participativa y no lucrativa. Más allá de depositar la papeleta en la urna cada cuatro años tienen algo que decir y las nuevas tecnologías les proporcionan los medios. 
Me caen simpáticos los indignados del 15-M. Prefiero la creatividad a la pasividad, las iniciativas a los quejidos. He pasado por entre los carteles pegados en soportes elementales, he escuchado sus charlas y comentarios. Les he visto a ellos y a ellas con la escoba en la mano y parándole los pies a quienes pisaban la raya de las buenas formas. No era un grupo de adictos al botellón. Firmé algunos manifiestos que se me antojaron muy sensatos. 
Los indignados y el Mayo del ‘68
He asociado el suceso de los indignados al mayo ‘68, aun cuando han pasado 43 años desde entonces y los motivos de fondo son muy otros. En este largo período los historiadores y ensayistas se han referido una y otra vez el acontecimiento. A mí me llegaron los ecos del momento de modo muy pálido. Tenía 22 años y estudiaba en Roma. No fui consciente de lo que suponía el fenómeno, aunque me enteré después. El hecho es que despertó enormes ilusiones, si bien muchos protagonistas, con el andar del tiempo, metamorfosearon y empequeñecieron sus ideales hasta venderse al gran capital, medrar en los cargos e instalarse en la opulencia.  
Uno de los blancos de la lucha del mayo ‘68 era el aburrimiento: “el aburrimiento es contrarrevolucionario”. No querían morir de hambre, pero tampoco de aburrimiento. Admiraban la imaginación: “sed realistas, elegid lo imposible”. Luego están aquellas frases lapidarias llenas de sentido, aunque quizás ambiguas: “la imaginación al poder”. “Prohibido prohibir”. Entendían la democracia más allá del voto o del plebiscito: “votemos a favor o en contra; nos hará idiotas”. Alguno atajaba el camino hasta el insulto, aunque la estética literaria de la frase tenía su gracia: “La humanidad no será feliz hasta el día que el último burócrata sea ahorcado con las tripas del último capitalista”.  
Las frases más célebres del mayo del 68 espoleaban las ganas de vivir y de respirar aire puro. Quizás las del 15 de mayo no logren igual resonancia y carezcan del mismo grado de creatividad, pero no dejan de tener su miga. Expresan un enorme malestar frente a los banqueros estafadores, los políticos corruptos y un oscuro futuro fabricado con los mimbres del paro, de los recortes sociales y la desigualdad de oportunidades. 
Los slogans del 15-M constituyen frases lapidarias que a unos les suponen una piedra en el zapato y a otros les allanan el camino hacia la reflexión. Suenan con chasquido impertinente en muchas ocasiones. Principal blanco, los banqueros. “El oro del banquero es la sangre del obrero”. “Tenemos la solución: los banqueros a prisión”. “Banqueros rescatados, obreros desahuciados”.
También hay veladas amenazas por donde supura la herida indignada. “La sociedad despierta, se os acabó la fiesta”. “Islandia, mejor que Disneylandia” (en recuerdo de la gesta de los islandeses). “Sembrad corrupción y habrá revolución.” “Recortad nuestros derechos y quemaremos vuestros techos”. “Falta pan para tanto chorizo”. Y una demanda de democracia real de la que tanto presumen los políticos: “¿Por qué manda el mercado si yo no lo he votado?”
Ellos quieren saber
Los indignados quieren saber hacia qué bolsillos acaba derivando la riqueza de todos, cómo se gestiona y se reparte. Los indignados buscan mayor transparencia en la gestión del dinero público y en las decisiones políticas. Quieren saber qué oportunidades se les ofrecen a los que se esfuerzan por trabajar y ser útiles. Se acabó la era de los caciques, aunque los de hoy día recurran a formas  educadas y sonrisas artificiosas. La gente ha dejado de ser ignorante y no se conforma con las migajas que les echan quienes se han instalado en la ostentación y el derroche. 
El movimiento ha hecho su aparición inesperada en la plaza pública. Gracias en particular a las redes sociales que es por donde se moverá la política, a mi entender, en el próximo futuro. A través de estos medios la democracia puede tornarse más real y más participativa. No nos contentemos con depositar una papeleta cada cuatro años. 
¿Será un espejismo el movimiento de los indignados? En mis años de profesor de teología recuerdo que profundicé una temporada en el fenómeno de la teología de la liberación, tan vivo en América Latina. Los hermanos Boff -Clodovis y Leonardo- explicaban que lo primero es indignarse. Sin este estado de ánimo no se mueve un dedo. Pero la indignación tiene que dejar paso a la racionalización. Analizar el entorno, examinar las propias fuerzas, evaluar posibilidades…. Y luego pasar a la acción. Poner en práctica lo que ha generado la indignación y la reflexión. Porque el grito desguarnecido y yermo a nada conduce.  
Nota bene: escribí estos párrafos ayer y posteriormente escuché una charla del Doctor Arcadi Oliveras, Doctor en economía, Presidente de Justicia y Paz, activista comprometido en favor de las mejores causas. Confieso la gran satisfacción de comprobar que coincido plenamente con sus ideas.  Y añado un dato que nos dio en la charla. El Estado español gasta 54 millones de euros diarios en gastos militares. Aunque solapa la mitad en otras partidas como Industria y Comercio, Investigación, etc. Luego recorta los sueldos de los funcionarios y las pensiones de los jubilados…

martes, 17 de mayo de 2011

¿Cuestión de ideología?


Está claro que una cosa es el poder -la posibilidad de castigar o imponer- y otra la autoridad: la capacidad de convencer con el ejemplo y persuadir con las propias palabras. Lo cual se corresponde con la larga tradición bíblica que atribuye a Jesús los rasgos del Siervo de Yavé. Quienes la siguen no apagan la mecha que humea, no rompen la caña cascada y, sin embargo, dejan una estela a su paso. En este contexto se dice de Jesús que no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. El vino a servir y no a ser servido.

Es de justicia reconocer que los seguidores de Jesús, el Siervo, hemos recogido algunas frases del Maestro y las hemos grabado a sangre y fuego en el frontispicio de los templos y hasta en las carnes del prójimo. Así, por ejemplo, por lo que se refiere a no separar lo que Dios ha unido o a aquello de que Pedro es la piedra sobre la que se funda la Iglesia, con todas las consecuencias que se sacan del texto.

Unas frases sí, otras no
Cuesta comprender el motivo por el cual otras frases del evangelio, no menos importantes, han quedado en la sombra y su eco se ha debilitado hasta hacerse inaudible. Es el caso de poner la otra mejilla, de no pretender servir a Dios y al dinero a la vez, de darlo todo a los pobres y seguir al Maestro…

A primera vista se diría que se trata de decisiones coloreadas de ideología, si es que no declaradamente interesadas. Unos enunciados se han blandido como espadas contra el adversario, otros han permanecido intocados. Y es que normalmente no suele equivocarse quien dice lo que dice, pero sí suele desacertar al callar lo que calla.

Quien acepte la etiqueta de cristiano no puede menos que estar de acuerdo en cultivar la familia. Y declarar que un aborto es un fracaso, una desgracia que deja secuelas graves en quien lo padece. Y saber que el divorcio no es un objetivo a perseguir ni una meta a celebrar.

El problema no radica en la defensa de estas causas, si bien se dan acentos y distingos en los argumentos esgrimidos. Conviene tenerlo en cuenta. De lo contrario se acaba pagando un alto precio al sectarismo. Hay grados de maldad en el aborto, en el divorcio y en todas las circunstancias. No todo es igualmente aberrante, por más que no se pueda sostener desde la moral.

¿Una doble medida?
De nuevo hay que preguntarse por una tal diferencia de trato a propósito de unas mismas enseñanzas. ¿Por qué quienes se manifiestan y reniegan del aborto, del divorcio y otros males… dejan de lado valores no menos vitales que los señalados?

En efecto, exigir oportuna e inoportunamente a los gobernantes el 07 por ciento decretado para el Tercer Mundo sería una tarea cargada de valores evangélicos. Pero la causa, a decir verdad, no parece motivar a las jerarquías ni movilizar a las multitudes. Como tampoco los derechos de los inmigrantes suelen incentivar ni espolear declaraciones al respecto. No suscita mayor interés la redistribución de la riqueza a través de Hacienda o la subida de unas pensiones más dignas para los ancianos que apenas logran sobrevivir…

¿Por qué unas causas enardecen y otras no logran superar la apatía? Se trata en ambos casos de la sana doctrina salida de boca del Maestro. Abundemos todavía más. ¿Por qué cuanto se refiere al sexo y a la moral privada suele suscitar un notable interés (no exento de cierta hipocresía)? ¿Por qué pasar por alto las virtudes de la convivencia y permanecer indiferente ante las desigualdades de los ciudadanos? ¿Cómo callar ante el bochorno de que haya quien cobre 50 o 100 veces el sueldo mínimo? Estas cosas dañan las relaciones entre los ciudadanos que -para los creyentes- son además hermanos e hijos de un mismo Padre.

Cuando el agua se lleva al propio molino -y más si es con petulante seguridad- fácilmente se generan situaciones en las que el personal dice cosas salidas de tono y pisa la raya de la cordura. No es raro entonces que uno se deslice por el tobogán de la ideología más rancia. Frente a lo cual no deja de tener una cierta lógica que numerosos cristianos sientan debilitarse el sentido de pertenencia. No vibran en absoluto ante la defensa de unas ideas movidas por resortes ambiguos y que consideran unilaterales.

Por lo demás, quede claro que la suavidad en las formas, la capacidad de dialogar con el que no está de acuerdo, no significa abandonar la firmeza de las propias convicciones. No es justo imponer al prójimo la propia visión, pero es muy lícito manifestarla. No es sencillo vivir como cristiano en el mundo, pero ello no permite afirmar, sin más, que el cristiano sufre persecución.

sábado, 7 de mayo de 2011

A propósito de una boda real

El presente post ha superado ampliamente el momento de su publicación. Ha quedado obsoleto de acuerdo a las exigencias de la noticia. Alega como excusa que en los criterios de su autor una boda real no es tan importante como para alterar el calendario del blog. Y, por supuesto, que no interesa la noticia, ni siquiera el comentario, sino la tercera o la cuarta dimensión del acontecimiento. Al grano.
Existe en el entorno europeo una fina sensibilidad para la democracia. Sin embargo, los príncipes relevan a los reyes, al margen de toda participación ciudadana, y el gesto encuentra mucha gente dispuesta al aplauso. En otros contextos y situaciones -piensen en los hijos de los dictadores- el personal bulliría de indignación y las protestas resonarían en todas las esquinas de la política internacional.
Se casa un príncipe con una princesa y millones de personas permanecen embelesadas ante el televisor. Admiran el vestido de la novia, la belleza de la catedral -de Westminster, en el caso que nos ocupa-, los cánticos del coro, los estrafalarios sombreros de las señoras invitadas al acto. Disfrutan ante el espectáculo de los caballos tirando la carroza y los protagonistas saludando al público.
El personal prefiere entretenerse con el espectáculo antes que reflexionar acerca del sentido de la institución monárquica en pleno siglo XXI. Por un día olvidan que las calles repletas de gente que aclama a los novios hace muy poco reventaban de protestas por los recortes de los servicios médicos, de la educación y de otros renglones del presupuesto.
Todo muy irracional. Pero soy consciente de que hay asuntos en la vida que traspasan las fronteras de la razón. Lo comprendo porque también hay muchos miles de personas -entre los que me cuento- cuyo sueño es más dulce cuando el Barça gana el partido. De ahí que no me indigne contra los televidentes que se pasaron unas horas contemplando el cuento de hadas de la boda real. Aunque existe una diferencia notable: a nadie se le obliga ser del Barça, mientras que a determinados ciudadanos no les queda más remedio que rascarse el bolsillo para sufragar los cuantiosos gastos de los reyes.   
Hay factores que en algo explican la irracionalidad de la gente aclamando a los reyes en la calle o derramando una lágrima frente a la tele. En el interior de cada persona palpita un cuento de hadas. Ya pueden arreciar las críticas al gobierno en tiempos de crisis, ya pueden preguntarse los sesudos columnistas por el sentido de una institución caduca, ya pueden izarse las banderas republicanas… El hechizo del cuento de hadas pulveriza cuantos argumentos le salen al paso. 
Me da por pensar que, en el fondo, toda la pompa y boato de los príncipes casaderos se origina en el inconsciente. El ciudadano anónimo por un momento desea o envidia vivir como un príncipe/princesa. Imagina ser el protagonista de la ceremonia. Como en los cuentos infantiles el lector vive por ósmosis la aventura del protagonista del cuento. Lo mismo vuela, que se casa con una pareja adorable o tiene a sus órdenes a todos los conejos del Reino. Dejémosle, pues, que se libere del cepo de la rutina mientras no haga mal a nadie.   
En el caso británico resulta, además, que si la novia es una plebeya venida a más por la elección del príncipe, la realidad se acerca a la fantasía. Refuerza el conjunto el hecho de que años atrás, en Inglaterra, una princesa mítica también besó en la boca al hijo de la Reina frente a las multitudes hechizadas. Más tarde derramaría lágrimas por la traición del esposo. La gente la admiró por su belleza y generosidad. Esta princesa que murió en circunstancias oscuras y en plena juventud, es la madre del novio que será Rey un día. Perfecto coctel de amor, traición y tragedia.
En las esquinas de la mítica habitan princesas rotas, princesas surgidas de la plebe y príncipes deseosos de metamorfearse en reyes. Éstos llevan el pecho repleto de medallas, aquellas visten vestidos vaporosos. El mito, la fantasía, el deseo de un protagonismo imaginario habita el espectáculo de la boda real y aguijonea a la gente a invadir la calle para aclamar la proyección quimérica de sus propios sueños. 
El magnetismo funciona a pesar de las ideas de cada cual, de los partidos republicanos, de los chistes en los bares y los comentarios mordaces de los columnistas. Las bodas reales, precisamente porque recurren a un aparato excesivo y barroco, adquieren  mayor atractivo. El espectáculo del exceso otorga un plus de magia a la vida gris del ciudadano anónimo.

miércoles, 27 de abril de 2011

Una montaña y una Virgen



El 27 de abril es una fiesta muy sentida en Catalunya, un colectivo diferenciado en el conjunto del Estado español con el que mantiene complejas reivindicaciones. La Virgen de Montserrat, conocida popularmente como la Moreneta, es su patrona.

Lo de la diferenciación salta a la vista incluso en la advocación mariana que nos ocupa.  Se da el caso de que en castellano los fieles se refieren a la Virgen, mientras que los catalanes creyentes lo hacen a la Mare de Déu. Unos ponen el acento en la virginidad y los otros en la maternidad. 

La Virgen monserratina se venera en el Santuario de Montserrat que, a su vez, se asienta en una cordillera de montañas de formas caprichosas, puntiagudas, espectaculares, como cortadas con una sierra. De ahí  letra del poeta J. Verdaguer al componer el himno: amb serra d’or els angelets serraren aquests turons… (con sierra dorada los ángeles aserraron estos montes… ).

Montaña, Santuario e imagen se han convertido en lugar de peregrinaje para los creyentes y de visita obligada para los turistas. Para los catalanes constituye un símbolo entrañable que les sintoniza con la religiosidad de los ancestros. El paraje les susurra coplas poéticas al oído y les recuerda que de los peñascos surgieron voces aguerridas en defensa de la propia lengua y cultura.    

La leyenda: más allá de la historia
La leyenda es una metahistoria: va más allá de la historia. Irriga con la poesía y el sentimiento unos acontecimientos demasiado trillados. Pues la leyenda dice que encontraron la imagen unos niños pastores en el siglo IX. Tras atisbar una luz en la montaña, los niños descubrieron la descubrieron en el interior de una cueva. El obispo quiso trasladarla a la población cercana de Manresa, pero la estatua pesaba demasiado. El mitrado interpretó la circunstancia como el deseo de la Virgen de permanecer en el lugar del hallazgo. Ordenó la construcción de la ermita de Santa María, origen del actual monasterio.

La imagen que en la actualidad se venera es una talla románica del siglo XII tallada en madera de álamo. Representa a la Virgen con el niño sentado en su regazo y mide unos 95 centímetros de altura. En su mano derecha sostiene una esfera que simboliza el universo. El niño tiene la mano derecha levantada en ademán de bendecir, mientras que en la mano izquierda sostiene una piña.

La imagen es dorada, con excepción de las manos de María y el niño, de color negro, lo que le ha originado el apelativo popular de la Moreneta (la morenita). Pertenece al grupo de las llamadas vírgenes negras, tan extendidas en Europa en tiempos del románico, como atestiguan numerosos estudios. Si bien en el caso de la Virgen montserratina no todos están de acuerdo. Parece que la oscuridad de la faz y de las manos tiene una explicación más prosaica: el paso del tiempo, el humo de los cirios…

El 11 de septiembre de 1844, el Papa León XIII declaró oficialmente a la Virgen de Montserrat como patrona de Cataluña. Fue la primera imagen de España en ser coronada. Y en este contexto no está fuera de lugar afirmar que cada colectivo cultiva especial cariño hacia alguna determinada advocación cuajada en la tierra donde habita. Constituye un hecho antropológico y pastoral de envergadura y que no debiera desdeñarse. Toca las fibras profundas de la persona.

La actual Iglesia es de estilo gótico. Tuvo que padecer ultrajes y destrucciones por las tropas francesas en 1811. Durante la dictadura de Franco fue refugio del sentimiento nacional. Se produjeron graves conflictos entre la comunidad eclesiástica y las autoridades franquistas.

En varios países latinoamericanos hay réplicas de la devoción y la imagen de la Virgen de Montserrat. Me causó una agradable sorpresa enterarme -cuando residía en P. Rico- que también la advocación existía en la isla. En la población de Mayagüez, en el sur, se asienta el santuario de la Monserrate. Los catalanes, en sus viajes a través de la geografía, plantaron semillas de la devoción que albergaban muy dentro de sí y que dieron su fruto.

Uniformadores e impositivos
En la fiesta de la Virgen de Montserrat -hoy, 27 de abril- despiertan sentimientos muy distintos y matizados, de difícil definición, aunque con algún común denominador: sentimientos catalanistas, de religiosidad popular, de arraigo a la tierra, de comunión con los antepasados, de defensa de la lengua y la cultura…

Los obispos de Catalunya hicieron público un escrito el 21 de enero pasado titulado: al servicio de nuestro pueblo. En el mismo citan lo que 25 años antes ya habían escrito sus predecesores: reconocemos la personalidad y los rasgos nacionales propios de Catalunya, en el sentido genuino de la expresión, y defendemos el derecho de reivindicar y promover todo cuanto esto comporta, de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia.

Recurren también a unas palabras de Juan Pablo II: los pueblos europeos unidos no aceptarán la dominación de una nación o cultura sobre las otras, sino que sostendrán el derecho común  a todos de enriquecer a los demás con su propia diversidad.  

Si una y otra vez hay que defender derechos tan primarios es sencillamente porque no se dan por sentados. Quienes van por el mundo con ánimo uniformista y ademán impositivo se sienten extrañamente agredidos. Pero no debiera ser así. La defensa de los propios rasgos no constituye un grito de guerra contra los vecinos. No es por incordiar a los castellanoparlantes que existe la lengua catalana. 

Fiesta de la Virgen de Montserrat. Los intensos y más profundos sentimientos del ser humano parecen tener vasos comunicantes. El elemento religioso no vive al margen del sentimiento que suscita la tierra y la propia cultura. He aquí la fe inculturada, amasada conjuntamente con la historia, la lengua y la cultura.

domingo, 17 de abril de 2011

Semana Santa: procesiones y opiniones


Tema polémico el de las procesiones de Semana Santa y que requiere ser abordado desde diversas perspectivas. El fondo de la verdad sólo suele hacerse encontradizo a base de matizar y distinguir.   

¿Folklore sí o folklore no?
Indudablemente las procesiones parecen hechizar a mucha gente. No cabe negarles su poder de atracción. Llega el momento esperado y los pasos se abarrotan de costaleros, los cofrades se ponen su clavel en la solapa y los espectadores invaden las calles, algunos con el taburete a cuestas.

Los sabiondos no reprimen el comentario: a lo largo del año no pisan una Iglesia ni los cofrades ni los mirones, pero luego las calles revientan de gente dispuesta a ver los desfiles. Acabado el espectáculo, se guardan las capuchas en el baúl de los recuerdos y con ellas la dosis de religiosidad que se les pueda adherir. Hasta dentro de doce meses. ¿Mueve este tinglado la fe, el folklore, el arte popular  o el sentimentalismo?

Dicen unos que las procesiones son un modo de expresar la religiosidad. Quien participa de ella canaliza así su credo. Quien la contempla reacciona con respeto y acaso el clima de silencio y emoción termina cuajando en una oración. Una súplica a la Virgen, un santiguarse más consciente, un beso al Cristo muerto… La procesión, en consecuencia, haría la función de una catequesis.

No niego sin más todo ello, aun cuando debo confesar que la estética de las procesiones me deja totalmente frío. Ni me emocionan las saetas ni me impresionan los tambores. Mi sentido de la belleza bebe de muy otras aguas. El espectáculo de los encapuchados se me antoja lúgubre y lóbrego.

Personalmente catalogo las procesiones en el departamento de folklore: una expresión cultural que recurre a la música, las costumbres y las tradiciones. Unos elementos que por lo visto tocan el alma de los cofrades. Un folklore que tiene como coartada o subterfugio el misterio de la pasión y muerte de Jesús.

De todos modos reconozco que existen otros gustos y otras miradas. Admito que el conjunto puede despertar algún sentimiento o emoción de tipo religioso. Es posible que la estética de las procesiones estimule las papilas de la religiosidad y hasta levante algún interrogante acerca de una vaga trascendencia. Pero no en mayor medida que la belleza de la luna llena sobre el mar o que un bosque tupido atravesado por los rayos del sol. 

¿Una procesión atea?
Me entero por la prensa que el laicismo radical y los fieles de la anti-Iglesia tienen una extensa hoja de ruta. Ahora le toca el turno a la Semana Santa. Se anunció una procesión atea que desfilaría por las calles de Madrid el jueves santo. Luego las autoridades competentes la prohibieron. La organizaban colectivos feministas, homosexuales y ateos. Si se hallan en el mismo saco no es culpa mía, pues que así lo he leído. Más aún, creo que se trata de elementos heterogéneos que no hay por qué alinear en la misma fila. Por supuesto, en este plagio procesional las Cofradías y Hermandades tenían nombres ofensivos y provocativos para los católicos.

Escasa creatividad demuestran los organizadores cuando copian el patrimonio de quienes desean combatir. De muy poca visibilidad deben gozar cuando su procesión tiene que mezclarse con las de la Semana Santa para que los ciudadanos perciban su presencia.

Algunos escritos favorables a la procesión no tan sólo apuntan a provocar, ofender y denigrar, sino que también tratan de argumentar. Niegan el derecho de los cofrades y de los espectadores a invadir las calles de la ciudad que son de todos, por supuesto. Alegan sus autores que los ateos o indiferentes no tienen por qué soportar espectáculos que les desagradan y privativos de un grupo de gente. Dicen además que el gobierno no debiera permitir tales desmanes. Pues se trata de grupos que muerden la mano que les da de comer. Sí, protestan contra el aborto y otras leyes cuando los católicos reciben jugosas subvenciones para Caritas u otras organizaciones.

Pueden caer más o menos simpáticas las procesiones, pero no cualquier argumento se sostiene a la hora de denigrarlas. En primer lugar, el gobierno no da de comer a los católicos. Las subvenciones no proceden del bolsillo del presidente de ministros, sino de los impuestos de los ciudadanos. Y si se pueden trasferir muchos millones a los Sindicatos y otros tantos a los numerosos asesores políticos cuyos trabajos se ignoran, no veo por qué no se puedan entregar unas migajas a organizaciones como  por ejemplo Caritas. Una asociación en la que básicamente colaboran voluntarios, ayuda a numerosos parados, proporciona alimentos a mucha gente y hasta les paga la hipoteca a familias al borde de la desesperación.   

Entiendo que no a todos los ciudadanos les agraden las procesiones de Semana Santa. ¿Tienen que desaparecer entonces? De ninguna manera. Si la calle es de todos, pues es de todos. ¿A santo de qué los homosexuales, bisexuales y travestis sí pueden organizar cabalgatas y manifestaciones ataviados con taparrabos minúsculos y disfrazados con vestimentas de pésimo gusto?  Yo me aguanto la náusea y reprimo los adjetivos si se tropiezan conmigo en la calle o aparecen en la pantalla del televisor. Bien pueden tomar ejemplo quienes vean con disgusto las procesiones de Semana Santa.

He escuchado muchas veces que si uno no quiere ver una película ofensiva para los ojos religiosos, pues que se quede en casa. Si no desea ver un programa crítico contra la Iglesia, que cambie de canal. Pues eso. Quien no quiera ver procesiones en Semana Santa mate el tiempo en la cocina preparando una nueva receta. Pero que no esté relacionada con la gastronomía de Cuaresma o Semana Santa. Se daría de bruces con sus propios demonios y contradicciones.
  
Conclusión final
Dicho lo cual declaro nuevamente mi escasa simpatía por las procesiones. Me cuesta asociar la sana piedad con un desfile de señoras exhibiendo peinetas y repletas de joyas. Se me hace cuesta arriba imaginar a Jesús rodeado de hombres encapuchados con no se sabe qué pretensiones. Las procesiones de Semana Santa se me antojan desfiles para alimentar la vanidad y fruto de un rancio populismo cultural.

A juzgar por las Iglesias medio vacías y las calles repletas, las procesiones son más atractivas que las funciones litúrgicas. Las procesiones se corresponden con una liturgia callejera de mucho movimiento, con sonidos originales y un conjunto de gran colorido.

La liturgia oficial, en cambio, no consigue llegar al alma del pueblo. Probablemente es así, aunque el remedio no consiste en rebajar unas ceremonias austeras, pero densas de significado religioso, a un puro espectáculo teatral. Porque de espectáculo se trata y a las pruebas me remito. En estos días se ven numerosos anuncios que dicen así: Semana Santa de XXX, declarada de interés turístico nacional. Apuesto a que Jesús de Nazaret no preveía un éxito de esta traza. 

jueves, 7 de abril de 2011

La incultura triunfante


Tengo un hermano que ejerce de maestro y muy de vez en cuando charlamos sobre su tarea. Cuenta y no acaba acerca de los alumnos, de los padres y de quienes programan el sistema educativo. Insiste en que calcula los días restantes para la jubilación. Otros maestros que conozco no andan lejos de estas impresiones. 

Voy a elaborar en versión libre y cargando un poco las tintas, para que mejor se entienda, lo que he captado. Empiezo por decir que debe resultar difícil convencer a los alumnos de la bondad del estudio y la educación. El adolescente, todavía con tenue sombra por bigote, exhibe un aire displicente, poco espontáneo -la personalidad no ha cuajado todavía- y pregunta por qué le obligan a estudiar cosas tan enrevesadas e inútiles como la historia o la geografía.

La utilidad de la cultura

El maestro/a echa mano de sus mejores reservas y responde que, aunque no lo perciba a primera vista, se trata de asignaturas convenientes y útiles. Incluso para la vida de cada día. Gracias a la geografía sabemos donde vivimos, lo cerca o lejos que estamos de otros países, conocemos los nombres y el estado de los ríos que nos alivian la sed, posibilitan el regadío y la higiene… En un loable ejercicio de comprensión añade que, gracias a la geografía, cabe entender mejor al compañero que procede de Marruecos o de Bolivia.

De los labios del adolescente parece desprenderse un "baah” permanente. Pero el maestro/a no se arredra y se atreve a abordar la historia a continuación. Es la materia que oganiza, en abreviada síntesis, las diversas etapas de tiempos pretéritos. Gracias a ella sabemos lo que probablemente hacían los primeros pobladores del planeta y cómo se las arreglaban para sobrevivir. La historia relata cómo se sucedieron los diversos imperios y pueblos de la tierra. Cada uno con su peculiar concepción del arte, del trabajo, de la cocina…

Esta asignatura llamada historia, que tan antipática les cae a algunos -sigue la  enternecedora maestra- es capaz de explicar por qué algunas chicas de la clase llevan velo en la cabeza. Incluso permite saber el motivo por el cual un país tiene el gozo o sufre la pesadilla de tener un Rey.

La verdad sea dicha, al adolescente estos datos se le antojan rancios y del todo ajenos a sus intereses personales. Nada le aportan desde el momento en que puede usar la videoconsola y el móvil sin saber ni pizca de personaje histórico alguno. El va a la discoteca de turno sin que le quite el sueño lo que hacían los romanos en las termas ni cómo se peleaban los griegos en el paso de las Termópilas.

No pierde la paciencia el enseñante y trata de sacarle jugo a su última alusión al Rey. De nuevo agradece a la historia el hacernos sabedores del motivo por el cual un señor de apellido Borbón es el Rey y no otro. Al mismo se le asigna un muy jugoso presupuesto. Un dinero, por supuesto, que pagamos entre todos a través de Hacienda. Esto sí que afecta nuestra vida de cada día, pues hasta se refleja en la  cesta de la compra.  

El maestro/a trata de cerrar el discurso con broche de oro: en consecuencia, la historia y la geografía tienen su razón de ser. Aparte de que nos permiten situarnos en el mundo, en nuestras coordenadas de espacio y tiempo. No somos los primeros habitantes de la tierra. Hemos recibido en herencia multitud de esfuerzos, inventos y obras artísticas: la luz, las catedrales, el arte de cocinar, la astronomía, los avances médicos, etc. etc. La maestra cree haber ganado la batalla tras un suspiro de alivio y suponiéndose vencedora en el envite.

La zafiedad, un valor en alza

Pues no hay tal. ¿Para qué quiere saber el mentado adolescente, con sombra de bigote, dónde está Bolivia si no piensa viajar nunca a este exótico país? ¿Y para qué quiere saber cómo el Borbón ha llegado a ser Rey si de todos modos siempre se pagan impuestos? Además, que no los paga él, sino sus padres. Así que menos rollo.

Naturalmente a individuos de este cariz les resbala si un país es democrático o no. Si acontece una matanza sangrienta entre tribus de un país africano a él le da exactamente igual que si viven un idilio permanente. Si un tercio de la población del planeta pasa hambre… a él que le registren. Todo lo cual lo suelta con gesto displicente que adquiere un punto de desvergüenza. Exhibe su ignorancia con descaro. Nada de lo que la maestra diga le sirve ni le interesa. La pobre ha dedicado su vida a perder el tiempo y a incordiar al prójimo.

Quien dice geografía e historia, dice lengua, matemáticas y biología. Todo lo desprecia el jovencito, sin que la música y la literatura constituyan excepción. Lo malo del caso es que los padres no rara vez comulgan con estas o semejantes actitudes. En todo caso no batallan en contra. El adolescente, que no tiene bigote, pero tampoco es tonto, observa que no son los científicos ni los catedráticos quienes más cobran ni más fama tienen, sino los artistas, los deportistas y la farándula que aparece en los programas del corazón. Con lo cual consideran que sus incultas teorías llevan toda la razón.

Hemos llegado al punto en que presumir de zafio y maleducado está bien visto y levanta las simpatías de alrededor, sean padres, compinches o espectadores. Ciertas boutades incultas -en programas televisivos, por ejemplo- levantan risas aquí y por allá. Un desprecio en toda regla a la cultura y a la educación.  

Bastante pena tiene quien no ha podido levantarse una mediana cultura y va por el mundo inseguro y amedrentado. No es a éste a quien hay que denostar, sino a quien no quiere saber y se regodea en su propia ignorancia.   

Ha llegado el momento de reaccionar. Lo difícil es saber por dónde comenzar: si por la televisión, por los padres, por los mismos jóvenes… Hay un Ministerio de educación que algo debe saber al respecto. Pero de continuar las cosas como andan, las vocaciones a la enseñanza entrarán en peligro de extinción. Y se creará un clima oscurantista y tosco que dominará el panorama. A medio plazo quizás las bibliotecas sean pasto de los ratones.