El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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lunes, 28 de marzo de 2011

Valores y vergüenzas de la izquierda


Derechas e izquierdas, dos vocablos que dan mucho juego. Palabras de perfil vaporoso, pero recurrentes al referirse al espectro ideológico en el ámbito de la política.  Quizás por su  imprecisión y elasticidad logran sortear numerosas contradicciones.
  
Existen otros puntos de vista y paradigmas bipolares para tantear el asunto de las ideologías. Tales como pacifistas-militaristas, demócratas-oligárquicos, partidarios de la globalización y del antisistema, liberales-socialistas, ecologistas-capitalistas, etc. etc. El hecho es que el tópico derechas-izquierdas fagocita otras referencias alternativas.   

De acuerdo a la acepción común la derecha equivale a la ideología conservadora, atenta a la defensa de las prerrogativas y privilegios de los poderosos. Ve con buenos ojos las altas cunas y las voluminosas fortunas. Mientras que la izquierda lucha por una mayor igualdad y democracia. Prefiere la libertad individual al orden social. No le interesa tanto el libre mercado cuanto potenciar el valor de la igualdad y la dignidad personal. 

Todo esto es la teoría que no coincide sin más con la práctica. Pero las palabras sirven para entendernos en principio, si bien es posible que a la postre enmarañen la situación. Basta con observar a quienes ondean la bandera de la izquierda mientras no escatiman recortes sociales, aumentan los impuestos indirectos y hacen guiños cómplices a las grandes fortunas.

No acaba aquí la ceremonia de la confusión. Determinados sueldos de izquierdistas convictos y confesos multiplican por diez o quince veces el de un trabajador promedio. Y puestos a echar más leña al fuego recuerde el lector la larga lista de gente con etiqueta de izquierda a los que se ha pillado con las manos en la masa. 

Un guiño a la izquierda

Si los comportamientos se correspondieran con el significado de las palabras firmaría con gusto la frase que escribió J. B. Metz hace ya muchos años en el libro “más allá de la religión burguesa”: El carrusel de la política se movería más bien hacia la izquierda si girase según la melodía del evangelio

Es un hecho cierto que en nuestro mundo superdesarrollado mueren anualmente unos 40 millones de personas por hambre. Y un centenar de millones de niños son esclavos laborales o sexuales. Pero apenas 300 personas poseen el 45 por ciento de los bienes de la humanidad. Y un centenar de países en los últimos años ha retrocedido en su bienestar. Perdonen si las cifras no son exactas, aunque de todos modos provocan vértigo.  

Si las izquierdas fueran lo que deben insistirían en que la lucha contra tal escándalo constituye la causa primera de la humanidad. Mientras no se la aborde con decisión, las otras pueden esperar.  Mucho se alejará de los cuarteles de la izquierda quien piense que vale la pena seguir ahondando el surco del progreso mientras la brecha entre unos y otros se va agigantando.  

Suele apelarse a la Constitución para cualquier nimiedad. Que si un referéndum es o no constitucional, que si las condiciones de permanencia de los jueces van contra la Carta magna… En cambio no suele citarse la Constitución cuando dictamina que todo ciudadano tiene derecho al trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia. Lo cual incumbe particularmente a los poderes públicos. 

Miles de ciudadanos duermen en la calle y otros tantos arañan las cuerdas de la guitarra en el metro para conseguir unas monedas. Sin embargo la Constitución proclama que todo el mundo tiene derecho a una vivienda digna y adecuada. En buena lógica la conclusión es que existe mucho político inconstitucional. Dato de gran envergadura, aunque los periodistas y los panelistas no suelen traer a colación este asunto.  
Luego llega el día de la Constitución y se organiza el gran tinglado. Los prohombres de la  política, de la ciencia o la literatura se prestan a leer sus páginas con solemne ademán. Se organizan cenas y recepciones para dejar constancia del enorme aprecio por la Carta magna. Un homenaje del vicio a la virtud, como diría Talleyrand. Un alevoso acto de hipocresía. 

El diálogo, el universalismo….

Se asocia a las izquierdas la incapacidad para dialogar.  A Luis XIV se le ocurrió un día decir: El Estado soy yo. La frase hizo historia. Consta que Pío IX le dijo al cardenal Guidi: la Tradición soy yo. La izquierda no dice literalmente el progreso soy yo, pero lo manifiesta en perífrasis varias. Los nobles de antaño se enorgullecían de tener la sangre azulada. Los de izquierda se enorgullecen de tener las ideas limpias y la verdad entera. La han atrapado, la han encerrado en su zurrón y no piensan soltarla. 

La izquierda en principio es universalista, o así lo proclama. Sólo que con frecuencia se trata de un universalismo raquítico. Todos deben pasar por el mismo aro. Años atrás, todo el mundo tenía que vestir al estilo Mao-Tse-Tung. Todos hablar la misma lengua y cultivar el mismo cereal. Nadie podía eximirse de pensar según las categorías de los líderes. Lo cual tiene bastante que ver con el fascismo. Y es que los extremos se tocan. 

El genuino universalismo no consiste en respirar el mismo aire, sino en dejar que cada uno respire el aire de su entorno. No en hablar una misma lengua, sino en permitir hablar la lengua que la cultura y la historia le brinda a cada uno. Consiste el mencionado universalismo en reconocer que no a todos los individuos ni a todos los pueblos les sienta bien el mismo traje. De otro modo las proclamas de universalidad resultan chatas y miopes.   

La izquierda pinta a la derecha como unos señores perversos, con facciones de perro bulldog e incisivos de doberman. Sin embargo, sucede que la realidad es enormemente compleja y está enferma de pecado estructural. El sistema anda renqueante, pero un mal sistema bien gestionado es manifiestamente mejor que un mal sistema gestionado con torpeza.

La derecha no tiene ningún interés en hacer justicia a los pobres, pero quizás tiene la mano izquierda -ya es casualidad que sea la izquierda- más diestra a la hora de crear riqueza. Desde este punto de vista maltrata al pobre en menor medida. Porque la nefasta y horrible teoría del goteo a veces se cumple. Y la riqueza llega a todos a medida que desborda el cauce. Del todo inmoral el postulado, pero no deja de tener su efectividad.  

La izquierda considera que es preciso sustraer los bienes de los ricos para repartir el botín entre los pobres. Sólo que cuando los ricos se dan cuenta de la estratagema, esconden sus dineros y se acabó el goteo. O cometen un error de cálculo o son más ingenuos de lo que uno esperaba.

Habría que reforzar las buenas intenciones de la izquierda, pero uno se desmoraliza cuando observa su afición al travestismo. Es decir, cuando sustituye las más genuinas reivindicaciones, como el derecho a tener una casa, un trabajo y un plato de comida, por la protesta en contra de la escuela concertada, en contra de la clase de religión y a favor de la píldora del día después. La operación tiene menos costos y deviene rentable ante la opinión pública. Pero a cambio de dar gato por liebre. Lo cual no debería ser de izquierdas.

viernes, 18 de marzo de 2011

Una Cuaresma bailable


Tal parece que la Cuaresma del 2011 va a tener mucho que ver con la danza. Llegó hace unos días un email a mi buzón electrónico con el siguiente título referido a un versículo del salmo: cambiaste mi luto en danza. Encabezaba un escrito cuyo autor era el reconocido teólogo benedictino y maestro Zen Willigis Jäger.
A los pocos días encontré de nuevo el artículo en varios blogs y en facebook. Empezaba con estas palabras: a mí la Cuaresma hoy, aquí y ahora, me suena a danza… Y terminaba con estas otras: La creación es la Danza de Dios.
El autor había dado en el clavo. El estilo se alejaba manifiestamente de las charlas, retiros y ejercicios convencionales de Cuaresma. Sí, la letra hablaba del poder, del tener, del aparentar… pero la música era muy diversa de lo que acostumbran a escuchar los oídos de los fieles cristianos.
Puestos a hablar de la danza, el título me bailaba en la cabeza y se tropezó en algún pliegue del cerebro con el mismo versículo del Salmo citado. Estaba allí alojado desde hacia varios años. Encabezaba en esta ocasión un artículo firmado por la conocida religiosa Dolores Aleixandre.
Incluía Aleixandre en sus páginas una poesía de Madeleine Delbrel que no tiene desperdicio. Me detengo un momento en esta mujer cuyo nombre es muy posible que les suene. Nació en una familia indiferente a la religión. A los 12 años eligió ser creyente. A los 15 hubo quien la convenció de abandonar todo tipo de religiosidad. Pero a los 20 decidió definitivamente abrir las puertas y ventanas de su alma a la fe.
Los escritos de Madeleine manifiestan finas dotes poéticas y una profunda vivencia mística. Lo que no le impidió vivir en el suburbio y dialogar con marxistas de pelo en pecho. Muchos la consideran una de las personalidades espirituales de mayor calado del siglo XX. Murió en pleno concilio Vaticano II. Su causa de beatificación yace -o quizás danza, a despecho de la Curia- en Roma.
Un “pas à deux”
Al remitente del email mencionado al inicio de este escrito se le antojaba que la vivencia de Dios del P. Joaquim Rosselló, el Fundador de la Congregación a la que pertenezco, encajaba muy bien con el fondo y la forma del articulista. Pues bien, dado que el P. Rosselló transita por el largo camino de la beatificación, a la par que Madeleine Debrel, imagino que ambos se habrán dado la mano al encontrarse y hasta quizás hayan intentado un pas à deux.
En honor a la verdad no consta que el P. Joaquim conociera paso de baile alguno ni que le interesara la danza. Más bien su porte y su biografía dan a entender que carecía de talento danzante y de talante bailarín. Pero es cierto que su espiritualidad no tenía parentesco alguno con la del ceño fruncido y que se movía con agilidad por los caminos luminosos que Dios le iba revelando.  
Los tiempos que le tocaron vivir al P. Rosselló eran muy recelosos respecto de la proximidad entre varón y mujer. El mismo se mostraba grandemente recatado en este asunto y no se permitía confianzas que ni de lejos pudieran derivar en amoríos. Pero en el más allá este tipo de cautelas ya no son necesarias. Y seguramente las carencias del acá en cuestión de canto y danza resultan plenamente colmadas.
Así pues, no habría que maravillarse si la pareja Joaquín y Madeleine cantan y danzan juntos allá arriba en el azulado firmamento. Y en los momentos de descanso quizás comentan la habilidad seductora de Dios que, gracias al cantabile del bosque, el presto de la tempestad y el adagio de la liturgia les marcaba ágilmente el paso de sus vidas.  
La danza del Espíritu
He aquí algunos versos extraídos de la poesía de Madeleine. Recréense en ellos y así, de seguro, la Cuaresma del 2011 no se les atragantará.
Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir,
ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.
No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado,
saber detenerse y deslizarse en vez de caminar.
Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.
Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor.
Haznos vivir nuestra vida,
no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula,
no como un partido en el que todo es difícil,
no como un teorema que nos rompe la cabeza,
sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,
como un baile,
como una danza entre los brazos de tu gracia,
con la música universal del amor.
Señor, ven a invitarnos.

martes, 8 de marzo de 2011

Elecciones en el estamento episcopal


Cuando un periodista se le acerca a un obispo, micrófono en ristre, el clérigo no suele poner buena cara. Mentalmente activa la alarma porque sospecha que el hombre de la prensa no se arrima con buenas intenciones. Teme ser el blanco de preguntas capciosas o conjetura que le quieren arrancar algún secreto que debe mantener a buen recaudo.

El periodista es considerado un intruso, no un cauce entre la Institución y los fieles cristianos. Es evidente que en general la Iglesia institucional (perdonen la inexactitud del término, pero así nos entendemos mejor) desconfía de la prensa. La busca para la propaganda, pero la rehuye cuando se le requiere para una entrevista cara a cara y sin redes protectoras.

Este breve preámbulo viene a cuento por cuanto la semana pasada se celebraron unas elecciones en la Conferencia Episcopal Española y los periodistas revolotearon por la casa. No voy a tratar el tema como un analista lo haría: manejando datos estadísticos, confidencias de los interesados, con las antenas prestar para  captar las apetencias de los personajes en liza.

No me sitúo en esta perspectiva sencillamente porque no soy analista. En el ámbito en que me muevo no me llega de modo directo el bullir de la trastienda. No tengo otra ventana a la que asomarme que las publicaciones periódicas, algunas de ellas especializadas en el tema. Ahora bien, los comentarios de quienes se mueven por estos ámbitos ayudan a leer entre líneas y a escrutar los entresijos. Además, las expresiones de los rostros en las imágenes y las declaraciones, por más que recatadas, dejan entrever lo que se cocina en la rebotica.  

Por otra parte tampoco soy tan lego en el asunto. Conozco algunas reacciones típicas del estamento episcopal. Asistí a unas cuantas reuniones con obispos cuando era Vicepresidente de la CONDOR (Confederación de Religiosos de R. Dominicana) y de la COR (Confederación de Religiosos de Puerto Rico). También los he visitado por asuntos congregacionales e incluso por problemas personales de los que no salí muy bien parado. Todo lo cual aporta una modesta experiencia.

Cuestión de nombres y sutilezas
Cuando el periodista recurre al lenguaje que maneja y que entiende el común de los mortales, el Obispo hace como que no entiende. ¿Candidatos conservadores, moderados y progresistas? No existen tales categorías en la Iglesia, replica el mitrado. Y quizás añada: anda usted muy despistado. Si el entrevistado se nutre de la veta devota no es aventurado pensar que aludirá al Espíritu Santo, que es quien cuida de estas cosas.
A los obispos no les agrada que les apliquen las categorías político-sociales de lucha por el poder, ni que les califiquen como conservadores o progresistas. Pero ésas son las categorías que entiende el común de los mortales, incluidos los fieles católicos interesados en el asunto. Me dirán que la Iglesia está más allá de las categorías humanas. Cierto, pero la más ortodoxa teología admite plenamente que no deja de ser humana. Necesita, pues, de categorías, mediaciones y lenguajes humanos.

En las elecciones episcopales no hay campaña, no se pegan carteles por las Iglesias ni tampoco se organizan partidos. Ahora bien, el observador experto sabe que no hay campaña institucionalizada, pero la hay sin institucionalizar. Incluso existen lo que se llama en la jerga muñidores de votos. Es decir, obispos muy atareados echando cables a los indecisos. A los cuales quizás llega alguna propuesta relacionada con el Comité ejecutivo  o la presidencia de una Comisión.

Hay obispos contentísimos con la labor de quien ha estado al frente de la CEE y los hay descontentos por muchos motivos. Lo cual se echa de ver simplemente observando cómo se reparten los votos de unos y otros.   

En clave sutil y con la sordina propia del alto estamento clerical, que no pierde la compostura en la palabra, ni el birrete en el gesto, lo cierto es que el episcopado funciona, más o menos, como otros colectivos frente a las elecciones.  ¿No hay partidos? No, les llaman sensibilidades. ¿No hay candidatos? No, pero sí líderes de diversas corrientes. Por supuesto, también los portátiles funcionan con mayor intensidad los días previos a las elecciones y hasta los emails se multiplican, aun cuando la cibernética no constituya el punto fuerte del episcopado.  

El nuevo -más bien viejo- Presidente de la Conferencia Episcopal es bien considerado por unos. No seamos malévolos, pero hay quien tiene motivos para estarle agradecido. Sin embargo, otros andan descontentos con su estilo autoritario, poco amigo de ceder responsabilidades, huérfano de carisma y de liderazgo espontáneo.

Dicen del Cardenal Rouco que es muy listo y que tiene todos los cabos bien atados después de tantos años en el poder. Conoce el momento oportuno en que el nombramiento de un nuevo obispo puede decantar la balanza. Defiende unos contenidos que considera le otorgarán buenos réditos: reconquista de la familia, la escuela y la parroquia. Pinta un cuadro en blanco y negro. La sociedad no puede ir peor: matrimonio homosexual, jóvenes por mal camino, total relativismo…  Conclusión: hay que cerrar filas a su alrededor.   

Preguntas con respuestas implícitas
Las encuestas y muchos artículos periodísticos resultan tristemente desfavorables a la Iglesia. Ya no se trata de un grupito con ínfula de progresía. Parte muy notable de la sociedad se manifiesta visceralmente en contra de la Iglesia o muestra su desagrado por la imagen que ofrece. Incluso numerosos movimientos creyentes de base se expresan en este sentido.
¿No resultaría muy conveniente, pues, romper con el próximo pasado que nos ha conducido hasta aquí y ofrecer rostros nuevos, palabras esperanzadoras e iniciativas más ilusionantes? Yo tengo muy claro que la Iglesia es plural y que no es lícito confundir la jerarquía con el pueblo fiel. Pero el ciudadano medio con demasiada facilidad toma la parte por el todo y al Cardenal Rouco por la Iglesia de España.

Son ya muchos años de desgaste. Nadie habrá tenido tanto poder ni durante tiempo como el recién elegido Presidente de la CEE. Un Presidente cuyo rostro no transparenta precisamente ilusión. Y sus palabras conforman una retahíla de quejas que surten el efecto previsible de no entusiasmar a nadie. La Iglesia que ofrece el Cardenal es la del ceño fruncido, lo cual asusta a la gente, que prefiere descansar en brazos más afables.

La prensa ha comentado la decepción del cardenal por haber recibido los votos justos y dar la impresión de división en el episcopado. El deseaba una confirmación masiva.  Considero que habría sido mucho más elegante y magnánimo no aferrarse al sillón, sino dejar paso a otros colegas más jóvenes y con ideas nuevas. A veces la mejor manera de servir a la Iglesia consiste en desplazarse hacia el anonimato.

Renovar y hasta regenerar la familia y la escuela es un programa que ningún católico rechaza. Pero las declaraciones contra el matrimonio homosexual, contra el aborto, contra la asignatura de educación para la ciudadanía se han sucedido repetitiva y cansinamente. Surge la pregunta: ¿ con la intención de erosionar al gobierno? Se echa de menos una voz que defienda los derechos sociales, a los inmigrantes, a los que sufren los recortes económicos en sus carnes, una voz en pro del 0,7% para el Tercer Mundo. ¿Por qué tan escasa sensibilidad hacia estos temas sangrantes y punzantes?

Por si hiciera falta, dejo constancia de que nada más lejos de la intención del autor que ofrecer una crítica destructiva del ministerio de los Obispos y de su Presidente. Quien ama a la Iglesia quiere lo mejor para ella. Y el rechazo de la ciudadanía, reflejado en las encuestas, le ocasiona angustia y sufrimiento. El silencio confunde, pues fácilmente se echa mano del mismo alegando mayorías silenciosas. Manifestar el deseo de otra Iglesia más acogedora, afable y dialogante me parece una obligación a favorecer con las armas que uno posea y a la que nadie debe dar la espalda.

lunes, 28 de febrero de 2011

Nada que aprender


Desde hace unos días vengo rememorando tiempos pretéritos de mi vida. Un ejercicio que tiene algo de agridulce. Melancolía y añoranza por los fragmentos de la existencia que quedaron atrás y no volverán, pero también gozo por lo experimentado y aprendido de unas circunstancias que ayudaron a crecer y madurar.   
Eran otros años y otras geografías. También era diferente la tarea que tenía asignada. Dándole vueltas a los recuerdos me he topado mentalmente con un personaje que no me cayó ni me cae simpático, pero que me ha inspirado los párrafos que siguen. Al grano, sin más prolegómenos, y con el talante que indica la sentencia: mirando hacia atrás sin ira.
Jamás les asalta la duda
Existe un ejemplar de hombre o de mujer -a decir verdad, más de hombre que de mujer-  particularmente abundante en jerarquías de diversa índole, que ha llegado a la fantástica conclusión de que lo sabe y lo ha entendido todo. No hay problema para el que no tenga respuesta. La solución a cualquier eventual pregunta la mantiene alojada en la punta de la lengua. Dispone de las respuestas como de las píldoras de un frasco. 
Suele tratarse de individuos biológicamente reacios a cualquier palabra crítica que les roce el vestido. La toman como una ofensa personal, injusta, malvada. En consecuencia, no debe quedar sin castigo. Es muy posible que gocen de notable talento, que se desenvuelvan bien y aten cabos con un alto grado de sentido común.
Pero el tiempo ha jugado en contra de ellos. A medida que transcurrió se les subieron a la cabeza las alabanzas, se embriagaron de aplausos y reverencias. Y acabaron íntimamente convencidos de que su única misión consiste en enseñar y manifestar sus pensamientos para que otros los ponderen, elogien y practiquen. 
Se suben al estrado y abren los labios con la seguridad de que la cátedra les pertenece. Nada tienen que aprender, jamás les asalta la duda acerca de si andarán equivocados. Dan por sentado que han atrapado la verdad en sus redes y que, por tanto, forma parte de su monopolio personal. Hacen de la tal verdad una especie de coraza con el fin de protegerse de las adversidades y contrariedades de cada día.
Han elaborado, con más fantasía que realismo, unos postulados que consideran inmutables e intocables. En cuanto la ocasión se propicia los revisten con ropaje constitucional, doctrinal o jurídico. Y ya nada tienen que añadir, les basta con repetir una y otra vez la argumentación. Un peligro que acecha, más si cabe, a personas declaradamente religiosas
Viven de rentas, desechan cualquier interrogante que revolotee alrededor de su cerebro. Mucha gente les escucha opinar con tal aplomo que dan por supuesta su enorme sabiduría. Bien es verdad que suele tratarse de un tipo de gente escasa de ideas y sobrada de encomios. La purpurina del decorado y el empaque del gesto les deslumbra.
En el interior de su búnker
El común de los mortales se siente asaeteado por multitud de interrogantes y dilemas. Ellos no. Desde lo alto de su cátedra, de su ambón, de su tribuna o su estrado, al resguardo de cualquier ráfaga de duda, dictaminan a diestra y siniestra.
No aceptan confrontaciones abiertas. Consideran que el papel que les ha tocado en suerte consiste en elaborar respuestas y señalar soluciones. Y las guardan bien clasificadas. No tienen por qué discutir con cualquier inculto o advenedizo que tenga la desvergüenza de contradecirles.
Sus verdades ejercen la función de paraguas. Les impiden mojarse con las dudas inquietantes que llueven sobre los demás mortales. Digo mal, sus seguridades no son tanto comparables al paraguas cuando a las gruesas paredes de un búnker. Paredes de acero que impiden el paso del interrogante, la duda, el titubeo, del sufrimiento que afecta a quien busca afanosamente la verdad. Los muros construidos alrededor de su habitáculo velan para que no sea alterado su sueño e impiden que penetre por sus poros la más leve dubitación.
Andan demasiado seguros por la vida. Tanto más dolorosa les resultará la caída. Nadie posee la verdad entera y sin resquicios. Además, por la verdad se puede sufrir, pero no hacer sufrir.
Se dice por ahí que los líderes no pueden permitirse la debilidad de dudar, aunque en su interior desfallezcan y se sepan ignorantes. Peligrosa convicción que puede llevar al precipicio a quienes les están sometidos. La inmoralidad de conducir a un pueblo, un grupo o una institución hacia el caos, la consideran menos grave que el reconocimiento del error por parte del líder.  
Vale más que muera un hombre que no un pueblo. Así dictaminó el pontífice que juzgaba a Jesús en su pasión. Palabras injustas en aquella ocasión, pero que contenían una enorme verdad. En muchas otras circunstancias seguramente resulta más adecuada la sentencia: mejor que muera un hombre por el pueblo que no toda una multitud.
Porque nadie está llamado, por mucho carisma que se le suponga, a la tarea de esparcir verdades monolíticas a su alrededor. Una tal actitud equivale a vestir una falsa careta, a nutrirse de mentiras. Pero los engaños suelen tener vida breve. Lo dice plásticamente un refrán catalán: las mentiras tienen las piernas cortas.

viernes, 18 de febrero de 2011

El espectáculo de la vanidad

Resulta un espectáculo entretenido el de explorar la vanidad de los seres humanos. Por de pronto es constatable a cada paso aquello de que cada uno presume de lo que puede. Y así uno ostenta su talento, el otro se pavonea de su cabellera y el de más allá pone a la vista los bíceps bien torneados. Se encuentra sin dificultad a quien hace gala de habilidad para sustraer dinero al fisco y -con más aprietos- quien reconoce con sano orgullo que paga todas sus deudas.
Todo el mundo encuentra algún motivo para alimentar su vanidad. El adolescente ante los ojos de sus compinches se jacta de hacer brincar su moto. El señor con bigote alardea de que, aunque en plano muy general, salió en una película ejerciendo de extra. El oscuro funcionario blande su colección de cajas de cerillas asegurando que nadie puede hacerle la competencia.  
Cuando a uno no se le ocurre ningún motivo personal para ejercer de presuntuoso, siempre podrá recurrir a alguna gloria colectiva. Sus antepasados fueron marqueses, o nació en el mismo pueblo que un famoso futbolista, o pertenece a una Orden religiosa de estricta observancia, o es pariente lejano de alguien que estuvo a punto de ganar un premio literario.   
La vanidad es una enfermedad para la cual no se ha encontrado vacuna todavía. Es vanidoso el futbolista que al meter un gol se golpea el pecho cual renacido Tarzán, indicando con tales aspavientos que nadie puede comparársele. Peca de vanidad el predicador que fustiga tal vicio, pues que también ensaya el gesto y engola la voz en el momento culminante del discurso. No es inmune a la vanidad el humorista que se dispone a dibujar una viñeta. Su mente ya adelanta los parabienes que recibirá por tan feliz ocurrencia. Y quien esto escribe no quiere eximirse de pagar el tributo que corresponda.
De todos modos hay grados que marcan diferencias entre los diversos tipos de presunción. No es lo mismo vanagloriarse de dar un millón de Euros a una Fundación benéfica que engreírse sobre la pasarela exhibiendo unas formidables delanteras. No es lo mismo, presumir de saber tocar las maracas que de poseer el saber de un gran director de orquesta. Si, como se ha dicho, los vicios y las virtudes son simétricos, entonces ufanarse de saber silbar con clase adquiere idéntica importancia -en el plano de la moral- a la de humillarse por carecer de tal habilidad.
Individuos enrevesados y retorcidos
En el asunto de la vanidad y su antónima la humildad se ocasionan embrollos mayúsculos. Hay quien confiesa ser el mayor pecador del mundo. La película sobre Sor Juana Inés, por ejemplo, se titula: Yo, la peor de todas. ¡Qué arrogancia! Tal vez suceda que quien se confiesa el mayor  pecador del mundo apunta a los réditos que le producirá tal declaración: así aumentará su fama de individuo humilde. A veces el desmadre se refleja en frases espontáneas como la de aquel que dijo: ¡a mí a humilde no me gana nadie!
El Sr. Obispo ruega por su persona en un momento dado de la Eucaristía confesándose indigno siervo. Debe tratarse de un cálculo inexacto, pues que este mismo Sr. Obispo monta en cólera descomunal cuando un párroco de su Diócesis le arroja a la cara su indignidad. ¿Y qué me dicen de quien se muestra humilde para que un día, aunque difunto, pueda recibir los elogios de los fieles cristianos gracias a sus virtudes heroicas?
Los hay, retorcidos ellos, que son vanidosos por defecto. No están donde debieran para que así surja la conversación mentando su ausencia. El día de su cumpleaños desaparecen y cuando hay una convocatoria importante en la que nadie puede faltar, ellos no se dan por enterados. Usan su ausencia como recurso para hacerse presentes. Ya que no levantarían ningún comentario de cuerpo presente, lo provocan de cuerpo ausente. Una estrategia retorcida que les permite presumir de humildad al mismo tiempo que mendigan reconocimiento. 
Puestos a embrollar las cosas, respondan a este interrogante: ¿Es más humilde quien vive en el anonimato, pasando desapercibido y en la penumbra o quien se finge orgulloso a fin de que le critiquen y así vivir realmente la humildad? ¡Buen rompecabezas! 
La vanidad constituye una mina de materia prima inacabable para elaborar refranes mil y abundar en frases irónicas. A alguien se le ha ocurrido que resultaría un negocio fabuloso si fuera factible hacer con las personas lo que hacen ciertos comerciantes avispados con algunos artículos de consumo. ¿Qué les parece si pudiera comprarse a un individuo por lo que vale de verdad y venderlo luego por lo que él imagina que vale?
Me parece muy sagaz la ocurrencia de Gustave Droz: el vanidoso es como un gallo imaginando que el sol sale para oírlo cantar. Y para quienes no cumplen lo que ya Jesucristo predicó acerca de que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, formula J. Chardonne: el pobre a quien damos limosna debería muchas veces darle las gracias a los que nos están mirando.

martes, 8 de febrero de 2011

Ministerios para el pueblo fiel

En mis años de profesor de teología -y fueron más de 30- leí a muchos autores. Tres nombres  sobresalen por encima de los demás: González Faus, José M. Castillo y Hans Küng. Otros muchos, sin embargo, me aportaron ideas y me aguijonearon en el camino: Josep Vives, K. Rahner,  L. Boff…
Gracias a la era digital me he topado, sin esperarlo, con el blog de González Faus y Castillo. Resulta tonificante constatar cómo trasladan en unos pocos párrafos la quintaesencia de sus gruesos libros. Prescinden, claro está, del aparato bibliográfico y de elementos secundarios para hacer frente a lo que resulta nuclear. Ahorran largos rodeos por los fiordos de la teología a los que tan aficionados son algunos autores. Evitan conceptos complejos y vocablos excesivamente técnicos. Cumplen a la perfección la máxima de Ortega y Gasset : la claridad es la cortesía del filósofo.
El tema de los ministerios
Uno de los temas recurrentes de José M. Castillo es el de los ministerios. En una época en que las vocaciones para los mismos escasean de modo alarmante, algunas de sus ideas cobran una notoria actualidad. La vocación presbiteral goza de exiguos pretendientes, aun cuando los miembros de este colectivo son de los pocos a los que no concierne el problema del paro.
En Estados Unidos y en Europa las vocaciones siguen menguando. Iglesias convertidas en museos, horarios de misas que se encogen, sacerdotes que atienden a varias parroquias… Por si fuera poco, los presbíteros han alcanzado una edad media preocupante. Lo cual conlleva impedimentos varios a la hora de movilizarse, como también a la hora de comunicarse con los más jóvenes. Y es que las ideas no raramente corren a la par con la edad biológica o, en todo caso, se expresan con palabras y acentos diversos según los años acumulados. Es sabido, además, que la persona con muchos lustros a cuestas tiende a hacerse invisible para el joven.  
Las ideas del viejo teólogo que es José M. Castillo gozan de un armazón consistente. Los argumentos bíblicos, teológicos, especulativos e históricos se dan cita para sostener su construcción.
A propósito de los ministerios apela al Vaticano II: todos los fieles cristianos tienen el derecho de recibir de los sagrados pastores, de entre los bienes espirituales de la Iglesia, ante todo, los auxilios de la palabra de Dios y de los sacramentos. (LG 37, 1). Pues se da el caso de que este derecho se quebranta una y otra vez. A lo largo de la geografía de América Latina y de África numerosos núcleos de población no pueden celebrar la Eucaristía. Echan de menos un sacerdote para ungir a los enfermos, para explicar el Evangelio, para organizar la ayuda a los necesitados.
Se pregunta entonces Castillo si la jerarquía eclesiástica no debería atender a este derecho, mucho antes que imponer condiciones no esenciales para ejercer el ministerio sacerdotal. El derecho es inherente a la condición misma de cristiano. Frustrarlo implica una enorme responsabilidad. En cambio son mudables y secundarias las condiciones para acceder al sacerdocio en comparación con el derecho aludido. ¿Se trata de un abuso de poder o de una persistente miopía?
No, no es que aligerando los años de estudio y dispensando el celibato los jóvenes acudan en tropel a recibir la unción del sacerdocio. Pero seguramente a alguno de ellos se le facilitaría el camino.   
De antemano escucho una respuesta que hace las veces de objeción: cuando los jóvenes no responden a la llamada, nada puede hacer el Papa ni los obispos. Tal respuesta no pasa de ser una escapatoria que rehúye enfrentar el asunto porque la jerarquía eclesial tiene la capacidad de modificar las circunstancias y condiciones de acceso al sacerdocio.
Los peligros de “la llamada de Dios”
También urge pasar de la idea de llamada de Dios a la de llamada de la comunidad. Durante más de mil años la Iglesia desconfió en principio de quienes alegaban tener una llamada de Dios para el ministerio. Prefería elegir para el mismo a quienes se resistían a ser ordenados. Los fieles cristianos de la comunidad eran quienes discernían y elegían a las personas adecuadas para ejercer el ministerio y presidir la comunidad. Sobre este punto existe una prolija documentación.
Posteriormente, sin embargo, se olvidó la llamada de la comunidad y se puso todo el acento en la llamada de Dios. Una llamada que puede ser ilusoria o interesada dado que el ser humano se desliza por recovecos y complejidades y su inconsciente muy laborioso.
El hecho es que la idea acerca del sacerdocio cambió en el segundo milenio. Mientras que en el primero constituía una responsabilidad y una pesada carga ser presbítero u obispo, en el segundo se infiltró la sutil tentación de buscar un beneficio a través de la ordenación. Tanto más cuanto más favorable a la clerecía resultaba el ambiente social. Todavía en el presente es innegable que en ocasiones algún candidato recurre a la ordenación con la aviesa intención de hacer carrera.  
La comunidad -los vecinos, la parroquia- conocen mejor que nadie las necesidades que tienen y reconocen a quien de entre ellos reúne las condiciones exigidas para servirla. El modelo de organización de la Iglesia ha variado. Y según numerosos teólogos, no precisamente para bien, ni atendiendo a los mejores argumentos de la Tradición. 
Por otra parte, parece lógico pensar que quien ha sido elegido de entre la comunidad se mostrará cercano a sus miembros y no cobijará ideas extravagantes sobre el ministerio. Las posibilidades de que ejerza su tarea en un clima afable y altruista serán numéricamente mayores que las de que se convierta en un individuo excéntrico, con raras obsesiones o afectado por alguna psicopatía. 
¿Por qué pues rechazar un modo de actuar arraigado ya en la Iglesia del primer milenio y que ofrece tan numerosas ventajas? Pues los elegidos de este modo no deberían necesariamente pasar años y más años en un Centro de Estudios eclesiásticos ni ser obligados al celibato. Tal vez haya que buscar la causa de la negativa en que no se otorga confianza al candidato que no ha pasado largos años en el Seminario. O haya que buscarla en el recelo que levanta un hombre casado y con menos dependencias económicas de la Institución. Por no hablar ya de los temores respecto de la mujer.
¿Por qué albergar tantos miedos? En todo caso debiera preocupar más el derecho quebrantado de los cristianos sin Eucaristía. Y el desprestigio de la Iglesia que progresivamente va saboreando más y más una penosa y dolorosa soledad.
Postscriptum:
a) hace pocos días ha saltado a la prensa una carta que yacía en un oscuro archivo. Testifica que en el año 1970 varios teólogos alemanes de peso, entre ellos J. Ratzinger, actual Papa, propugnaron un cambio en la norma del celibato. El profesor Ratzinger contaba 42 años. Tendrá sus explicaciones, pero no deja de sorprender cómo los cargos redondean y domestican las aristas de las ideas.  
b) ayer mismo otra noticia relacionada con el tema: 144 teólogos de habla alemana firmaron un manifiesto en el que se muestran partidarios de importantes reformas en la Iglesia. Entre las cuales la supresión del celibato, la ordenación de la mujer y la elección de obispos y párrocos por el pueblo fiel. Se trata de una noticia de envergadura. ¿Serán escuchados?