El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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lunes, 20 de febrero de 2017

¿Escépticos o creyentes?

La telaraña de redes que es Internet con frecuencia sorprende a quienes navegan por sus playas. Nunca se sabe si la palabra sembrada en este espacio cibernético obtendrá su correspondiente respuesta, se consumirá en el fuego lento del silencio o acabará siendo semilla fecunda.

Si el lector permite una confesión de gustos personales le diré que no va conmigo perder horas y horas a través de chats, las más de las veces intrascendentes, si es que no del género comadreo y chismoso. Sin embargo, aunque no a través del chat, me permití un comentario sobre un libro de Nietzsche. Fue en un periódico digital que a invitaba a reaccionar. Me decidió el hecho de que quienes antes habían opinado sólo tenían expresiones de elogio para el texto.

Un fabuloso escritor

Escribí lo siguiente: el estilo literario de Nietzsche es digno de todo encomio. Su frase, lapidaria y repleta de contenido ha sido pocas veces superada. Su pensamiento es valiente y bastante original. Bastante porque bebe mucho de Darwin y de Feuerbach, especialmente en sus aplicaciones a la religión.

Que sea buen escritor no le legítima para afirmar una serie de despropósitos con el fin de exhibirse, ejercer de enfant terrible y tratar de curarse de sus frustraciones. No logran disimular su resentimiento contra la mujer, contra la persona religiosa y solidaria. Asegura que Dios ha muerto, pero no acaba de darnos las pruebas. Y los hechos no le dan la razón. ¿Será porque la mayoría son meros gusanos —como gusta calificarles— y no se han dado cuenta?

Puede que sí, pero también puede ser que el hombre fuera un loco genial. De hecho se derrumbó en la locura más tenebrosa.

Había olvidado el asunto cuando, a los pocos días, un e-mail me trataba de ingenuo y, con indisimulada agresividad, preguntaba dónde guardaba yo las pruebas de la existencia de Dios.

Le respondí en los siguientes términos: Me coges desprevenido, amigo anónimo del espacio cibernético, pues escribí el comentario sobre "el anticristo" como un desahogo al finalizar el libro. Me salió sin reflexionar demasiado, pues conocía con anterioridad acerca de sus ideas y sospechas.

Te escribo sin la menor pretensión docente, pero tampoco me pare cortés ignorar tus preguntas, aunque una clara agresividad late tras ellas. He aquí unas breves palabras sin ánimo de convencer, pero para que sirvan de testimonio de que no todo el mundo tiene que plegarse a la moda o callar frente al que más duro vocea.

¿Pruebas de la existencia de Dios? El camino de la historia está sembrado de ellas. Platón, Agustín Aristóteles, S. Anselmo, Sto. Tomás, Leibniz, Pascal, Kant. H. Küng... Estos autores, y los escritores que han inspirado, dan fe de ello. Por supuesto que no a todo el mundo convencen. Por un motivo muy sencillo: enfocan la cuestión desde el razonamiento. Mientras que Dios tiene que ver también con la sensibilidad y el corazón... Equivocan parcialmente la metodología. Como decía Pascal, para estos asuntos el corazón es más apto —más sensible— sensible que la razón.

Pruebas racionales, pruebas cordiales

Se dirá que este tipo de pruebas surgidas del corazón resultan ambiguas, pues que no tienen carácter matemático, ni han recibido el beneplácito de la ciencia positiva. Es cierto. Sólo que uno cree en el amor, en la confianza, en el humor y en cien mil cosas más (las que más importan en la vida) sin tener pruebas racionales para ello, sin preguntar la opinión de la ciencia.

En último término se trata de buscar con sinceridad y de afrontar el tema sin juicios previos, es decir, sin pre-juicios. Quizás entonces no se encuentren pruebas contundentes, pero si se experimenta la clara sensación de que ciertamente Dios está ahí. No cabe ir más allá.

Por lo demás: la existencia del cosmos, de la humanidad, de la inteligencia... ¿es una pura casualidad? ¿Una broma de mal gusto? ¿Hay otras explicaciones más solventes que el fundamento de una voluntad superior? ¿Nada tiene sentido ni vale la pena, dado que al cabo todo desemboca en la oscuridad y la nada?

El tema Dios pone muchas preguntas sobre el tapete. La hipótesis de su existencia podría aclarar muchas cosas, sería el último fragmento del puzzle. Mientras que su negación sume en el pesimismo más negro o en el azar más azaroso. Yo confío en la realidad y en el instinto. Cuando tengo sed confío en que el agua existe y no me equivoco. Cuando siendo ansias de trascendencia apuesto por la existencia de Dios.


En todo caso Nietzsche me parece demasiado militante como para ser imparcial en el debate. No parece muy lógico pasarse la vida luchando contra alguien que no existe.

Si estas palabras mías, con contestación o sin ella, ayudan a pensar (que no pretendo convencer), me doy por satisfecho. Y me despido deseando que te puedas aproximar a la felicidad.

Al amigo lector, gracias por seguir el razonamiento.

viernes, 10 de febrero de 2017

Las extrañas virtudes de la paradoja


¿Qué preciados elementos contendrá la paradoja que le da sabor a los más íntimos contenidos de la fe, de la moral y de la teología? La paradoja, esa expresión contrastante por definición y, las más de las veces, sorpresiva. Los genios suelen ser paradójicos en el sentido de que nos desconciertan frecuentemente. A los intelectuales también se les puede atribuir el adjetivo por cuanto suelen confrontan las diversas perspectivas del objeto que analizan y ponen de manifiesto las contradicciones de las mismas.
Tal parece que también Dios es paradójico. Se hallan huellas de su obra en las grandiosas y majestuosas realizaciones de la naturaleza. Los astros, las galaxias, la infinitud del espacio... No menos se rastrea su presencia en las más diminutas realidades: el pétalo de la flor, el átomo... El torbellino, el trueno y el mar saben de Él. Los delicados sentimientos de ternura ante el ser amado y el recién nacido desvalido le evocan igualmente.                            
Las múltiples paradojas del cristianismo
No hay que extrañar, pues, que el cristianismo entero sea una paradoja sostenida. Empezando por el hecho de que Dios se hace carne, de que el Inefable se visibiliza en el rostro de un niño y de que el Creador de cielos y tierra llama a la puerta para cenar con quien se digne abrirle, como se lee en el Apocalipsis.

Jesús proclama bienaven-turados a los mansos y a los humildes. Son dichosos los que lloran. Hay que gozarse íntimamente cuando sobreviene la persecución. Veinte siglos tratando de descifrar cómo sea ello posible y todavía no tenemos la respuesta precisa. Intuimos que debe ser así. Los que han llegado más cerca de estas realizaciones, aseguran que es verdad. Aconsejan la acción decidida, arriesgada y confiada. Lo demás —dicen— vendrá por añadidura.

Resulta que el evangelio es buena noticia. Lo es siempre. Buena y nueva noticia. Huelga decir que, si es noticia, es nueva. Mal puede llamarse noticioso a lo que es viejo y sabido por todo el mundo. Dios es siempre nuevo, siempre lo hallamos delante de nosotros. Es el Señor de la promesa y el Soberano del futuro. Responde en mayor medida a la verdad imaginarlo así que como el viejecito de largas y blancas barbas, rezagado en los inicios del tiempo y de la eternidad. Y perdonen los lectores la contradicción que implica referirse al inicio de la eternidad.
¿Qué tendrá de inefable la paradoja que, en labios de Jesús, quien pierde la vida la gana? ¿Cómo es posible tener que morir para dar mucho fruto? Lo es, con la misma posibilidad de que ya tenemos la salvación en las manos, somos hijos de Dios, pero todavía no, hay que esperar a la consumación. Ya, pero todavía no es uno de los slogans más escuchados por los estudiantes de teología.
Se inicia el año y decimos que tenemos un año más. Aunque también resulta que tenemos un año menos. Pero la paradoja se exaspera cuando, a los ojos de la fe, la pérdida irreparable de los 365 días que quedaron detrás de nosotros, nos acercan a la vida sin fin, a la definitiva meta  esperada y suspirada.
Más paradojas todavía
Para el común de los mortales está claro que el bocado que yo me como no puede comérselo mi vecino. Para la fe se da el caso que lo que yo llevo a cabo lo hace, simultáneamente, Dios mismo. Dios hace haciendo que nosotros hagamos.  Para que aprendan a ser menos simplistas los que afirman —sin paradoja alguna— que ya Dios se ocupará de sus necesidades. Mientras tanto, aderezan los bártulos requeridos para la siesta. Escúchenlo igualmente quienes remiten a la Providencia una y otra vez, olvidando que la providencia actúa gracias al cerebro y los brazos que nos ha proporcionado previamente.
Lo que más anhela el cristiano es unirse al Amor con mayúsculas. Lo que no obsta para que deba vivir su muy singular y personal vida. El creyente reparte sus deseos y anhelos entre el ser uno con el amado y ser lo que debe ser en cuanto persona individual. Su modelo máximo es el Dios Trinitario: la unidad en la trinidad. Por si fueran pocas las paradojas recogidas hasta el momento.
La más grande de todas las paradojas no es, de todos modos, aquello de que es preciso amar a los que nos odian ni de que a los muertos toca enterrar a sus muertos. No. La mayor de todas es contemplar al Señor de la vida crucificado y pagando su tributo a la muerte. ¿No podría suceder, con tales precedentes, que hubiera alguna paradoja oculta en la riqueza, en el poder, en los títulos y en la belleza? ¿Y si la riqueza no estuviera en el dinero, ni la grandeza en el poder, ni la sabiduría en los títulos, ni la belleza en las facciones del rostro? Habrá que pensarlo en serio.
Puede ser que nos desvíe del camino correcto el exceso de racionalidad. Hay que ir con la razón a todas partes, sí, pero sabiendo que por la razón no llegaremos a todas partes. Ya Pascal —gran amigo de la paradoja, por cierto— dijo que existen razones que la razón desconoce. Son las razones del corazón.
Crea el lector que el asunto de las paradojas es más serio de lo que parece a primera vista. Y no diga que no entiende nada de cuanto acaba de leer. Porque le responderé, abusando una vez más de su paciencia, con la frase de Saint-Exupéry: lo esencial no alcanzan a verlo los ojos. Sólo se percibe con el corazón.

lunes, 30 de enero de 2017

Globalización poco global

Los muchos escritos acerca de la globalización suelen elaborarse desde una trinchera crítica. Les sobran razones para ello a sus autores. Pero seguramente tendría su utilidad asomarse a otros horizontes más positivos. Un mayor acercamiento entre culturas, una confianza generalizada, una economía más porosa, podrían resultar derivaciones muy válidas del fenómeno globalizador.
De por sí la globalización es un fenómeno de enorme envergadura que une, aproxima, acerca unos a otros de modo impensable años atrás. Los medios de transporte —rápidos y sofisticados— así como la tecnología de las comunicaciones han convergido de modo decisivo para ello.
Paradoja: déficit de globalización
Pero una de las paradojas del fenómeno, y la más amarga queja que suscita, radica precisamente en su tremenda contradicción: la globalización es muy poco global. Nos llenamos la boca con el vocablo, pero a l ahora de la verdad la globalización afecta de verdad a un reducido tanto por ciento. La parafernalia de las tecnologías informáticas, las bolsas de valores que flotan en torno al mundo neoliberal, el cacareado multiculturalismo afecta apenas a un 15% de la población mundial. ¿A eso le llamamos globalización?
La gran mayoría de los habitantes del planeta sigue viviendo en unos niveles de bienestar muy precarios. He leído casualmente —y de ahí estas reflexiones— que el 65% de los habitantes del planeta nunca ha hecho una llamada telefónica. Me he enterado de que en la isla de Manhattan (donde se asienta Wall Street y se levantan orgullosos rascacielos hay más conexiones electrónicas que en toda África.
De modo que el primer producto globalizado ha sido la pobreza. Lo primero que se ha globalizado es la pobreza. Es decir, lo más real y palpable de nuestro mundo es el hecho de la pobreza de la cual sólo se libra un 15% de la humanidad. No me hago fuerte en los números que simplemente me limito a recoger. A primera vista no se me antojan exagerados a la vista de las guerras, las larguísimas filas de exiliados, las hambrunas en diferentes regiones del mundo, los excluidos de las grandes ciudades…
Considero que el ser humano tiene una enorme margen de adaptación y de sufrimiento. Sin embargo, llega un momento en que el dilema se dibuja con fuerza: dejarse morir por inanición o acudir a la revolución para conseguir aquellos mínimos que otros seres humanos les niegan. Ante carencias extremas —en medio del frío, de la insalubridad, del hambre, de la desesperanza— suele tener escaso éxito apelar a la resignación. La espiritualidad y la no violencia son objetivos admirables, pero no todo el mundo tiene madera de héroe.
La distancia del nivel de vida entre los países —y entre los diversos niveles sociales en cada uno de ellos—  ha crecido en los últimos decenios de modo preocupante. Entre un rico de un país rico y un pobre de un país pobre se abre un abismo tal que produce vértigo.
Más allá de los conocimientos técnicos y las explicaciones elaboradas me parece que una cosa es cierta: cuando la gente sufre carencias elementales y no se le proporcionan razones para la esperanza, el entorno en que nos movemos puede explotar hecho añicos. Las grandes civilizaciones de nuestro mundo perecieron porque, en un primer momento, no quisieron compartir sus bienes con quienes permanecían fuera de las murallas. En un segundo momento porque no fueron capaces de mantener a los hambrientos fuera de las mismas. La historia se repite.
Falsa democracia la que margina la economía
La primera globalización válida y humana debiera ser la económica. Enaltecer las virtudes de la democracia formal cuando no existe el mínimo rastro ni voluntad de democracia económica no deja de ser un sarcasmo.
Nos encontramos ante una globalización que habla inglés y tiene su epicentro en EE. UU.  y sus países satélites. Una globalización unilateral, que elude el encuentro con las regiones de escaso patrimonio. E nuestros días, por si faltara tensar más la situación, el nuevo presidente USA se empeña en sembrar muros para impedir el acceso a los pobres. Y encima, con plena desfachatez e impudicia, les dice que el muro lo pagaran los que ya no tienen con qué alimentarse.
Vivimos un momento complejo y tenso. La Iglesia debiera tomar conciencia de lo que sucede y de cómo su credibilidad está en juego. Bien está que proteste para que se reduzcan las víctimas en el vientre de las madres. Pero los que ya han nacido y padecen mil carencias bien merecen una palabra a su favor. Aunque les desagrade a los poderosos. No podemos contentarnos con unos gestos litúrgicos pulcros y estéticos. No es suficiente reunir diariamente un grupito de piadosas y ancianas señoras junto al altar. Nos desengancharíamos del Jesús de la historia. 

viernes, 20 de enero de 2017

Declaraciones e incontinencias

Entre las numerosas enfermedades que aquejan al ser humano hay que contar con la que impulsa a declarar más de la cuenta. Se trata de un impulso incontrolable que actúa en las cercanías de un micrófono, una cámara o el bolígrafo del periodista. El individuo en cuestión es muy capaz de declarar incontinentemente, por más que el objeto a que se refiere se halle muy lejos de sus conocimientos y habituales preocupaciones. Se diría que acaba declarando contra su propia voluntad.

Y, claro, al día siguiente no raramente cuaja una pequeña tempestad en torno a las declaraciones extemporáneas o inexactas. Al declarante le toca matizar, volver atrás, decir que se le interpretó mal o sencillamente —y muy recomendable— confesar a las claras que se equivocó.

De seguro vale más tarde que nunca. Mejor enmendar que sostener el error. Pero ello no quita que el mal esté hecho, que la población se preocupe indebidamente y sospeche más de la cuenta de sus ya suficientemente denostados gobernantes. El malestar —o peor, tal vez, el pánico— ha hecho presa en la población. La raquítica vanagloria de asomar el rostro por la pequeña pantalla o de lanzar las ondas vocales al aire ha podido más que la sensatez.

Por lo demás, a fuerza de acumular declaraciones, los medios de comunicación terminan por ser instrumentos repletos de palabras, que se refieren a intenciones o buenos propósitos. ¿Y los hechos? Habría que invitar a un experto a medir el volumen de las informaciones que se refieren simplemente a declaraciones. No me extrañaría que se llevaran un ochenta y tanto por ciento. Los titulares suelen referirse a lo que tal personaje dice u opina. Muchísimo menos a lo que hace o ha hecho.

Excesiva verborrea
El asunto es penoso. Excesiva verborrea para tan escasos acontecimientos. Tanto más penoso cuanto que nuestro protagonista anda convencido de que lo que piensa es noticia. No porque sea de mayor o menor trascendencia. No. Sencillamente porque lo piensa él. Si, encima, el hombre tiende a la mediocridad, ya dirán ustedes el drama de los medios de comunicación social que desean relatar hechos contantes y sonantes. Hechos y no ruedas de prensa, declaraciones y comunicados...

Es de toda conveniencia que la población se acostumbre a calibrar lo que se le dice por las palabras mismas, independientemente de su procedencia. Que cada uno escuche mucho y filtre poco. O, en todo caso, filtre lo justo, lo que vale la pena asimilar. Lo que merece la confianza. Nada de pagar tributo sobre el altar de la fama. Los títulos de quien habla no mejoran los contenidos de cuanto expresa. Más bien al contrario: los contenidos de lo que comunica prestigian los títulos que pueda exhibir.

Declaraciones para salir del aprieto
Otra vertiente del asunto consiste —y apunto con el dedo a la administración— en gastar ríos de tinta y palabras en cantidades industriales a propósito de determinados temas sobre los que, de todos modos, no se piensa actuar. Simplemente, quien habla lo hace para salir del paso. Adopta, quizás, expresión de gravedad o firmeza, para sintonizar con sus oyentes. Habla con el tono que le gustaría a él escuchar si se hallara entre el auditorio y otro fuera el declarante.

Cíclicamente, aparentando una justísima indignación, se refieren algunos funcionarios a las medidas que tomarán respecto de bandas violentas, gente de malvivir, conductores irresponsables… Imprecan a los culpables. Amenazan con regular estrictamente el uso de las armas de fuego. En cuanto a los corruptos, dicen, tienen los días contados. Compruebe por sí mismo el lector cómo en el año recién iniciado acontecerá lo mismo que en los pasados.

A las armas de fuego se extienden como mancha de aceite. Hay que ponerles coto dicen a una los rostros que aparecen por la pequeña pantalla. Cuantas más circulen, más muertes se producirán. Que se decomisen, que se regulen con mayor rigor. Tales cosas, entre muchas otras, se dicen ciertamente. ¿No les suena la letra? Pues las escucharán otras muchas veces. Y aplomados funcionarios volverán sobre el particular con idénticas palabras, amenazas y exhortaciones. Al tiempo.

Tal parece que estamos jugando a declarar, a escribir artículos ocurrentes o indignados, a llenar páginas de periódico. Visite el lector alguna hemeroteca y compruebe con creces cuanto lee en los presentes párrafos. Verifique, de paso, cómo hay multitud de temas que saltan a las primeras páginas, apasionan a los lectores, se desarrollan en un clímax prominente...y luego se desvanecen sin solución ni resolución. El crimen queda sin responsable. El juicio terminó, para la prensa, a mitad del proceso. De la adolescente desaparecida nunca más se supo...

¿Será verdad —más de lo que uno sospecha— aquello de que la vida humana es un sueño, una comedia, un papel que a uno le han asignado? Uno es periodista y escribe. El otro es funcionario y declara. El de más allá es vanidoso y asoma el rostro por la pequeña pantalla. El que tiene un pleito publica un comunicado para expresar la injusticia de la que es víctima. ¿Interesa la verdad pura y escueta? ¿Nos indignamos realmente ante el crimen o todo permanece en el rictus del rostro contraído por unos minutos?

martes, 10 de enero de 2017

El hechizo de la queja

Es un hobby extendido el de la queja. Un deporte profusamente practicado. Se diría que muchos mortales son incapaces de desgranar el día a día sin acudir a la queja. Hasta los usos del lenguaje ratifican estas afirmaciones.
Le preguntan a uno cómo le va en tal asunto. Y dado que le va bien, pero es adicto a la queja y a la lamentación, contesta: “la verdad, no puedo quejarme...” Es decir, a él lo que le agradaría es poder quejarse, pero las circunstancias no dan para ello. Es una verdadera lástima que no pueda quejarse con lo que disfruta haciéndolo.
No se resignan a abandonar el lamento
La tarea que lleva entre manos le va bien, quienes se mueven alrededor lo saben y, por tanto, no puede quejarse. No puede quejarse desgraciadamente, porque a él le encantaría. Y ya que no puede quejarse, al menos no renuncia al derecho de quejarse de que no puede quejarse. Una laberinto gramatical y conceptual, afín con el embrollo mental del sujeto.
Claro que en ocasiones uno no se queja porque no le dejan. Puede que la queja atraiga severos castigos sobre la cabeza del ciudadano, dado el régimen político del país o las circunstancias en que vive inmerso. Cuentan de un judío que llegó a Israel como emigrante y con el deseo de comenzar una nueva vida. En el mismo aeropuerto le entrevistaron. El periodista le preguntó acerca de su nivel de vida en la Unión Soviética, de su actividad laboral y el sueldo anejo, acerca del margen de libertad de que disfrutaba... y acerca de otras muchas cosas. Cansina y lacónicamente el entrevistado respondía: “no me puedo quejar”.
El reportero perdió la paciencia y le espetó: “entonces, ¿para qué viene a Israel”? Y la respuesta: “porque aquí sí me puedo quejar”. Se trata de un chiste cuya gracia radica en su ambigüedad y que se difumina entre la inventiva y la realidad. Pero permite sacar la conclusión de que al personal le fascina poderse quejar.

¿Por qué la queja produce esta leve, pero grata sensación? Posiblemente porque de este modo uno descarga la culpa de sus propias tribulaciones en otras personas. Lo de menos es de lo que uno se queja y a quién. Lo de más, que se puede quejar. Es un alivio la queja. Hasta permite sentirse más importante. A juzgar por lo que venimos diciendo, tal parece que vale la pena aguantar un rosario de desgracias si a la postre el lamento y la queja pueden fluir gozosamente de los labios.
Llaman poderosamente la atención algunos diálogos en que los participantes pugnan por sobresalir a causa de alguna desgracia. Aumentan y exageran las dolencias como si el que más acumulara fuera a ganar una copa o un honroso diploma. Hablan de sus males y maleficios, de las enfermedades que ni los más afamados doctores son capaces de atajar. Contabilizan las operaciones quirúrgicas, enseñan las cicatrices cual si de trofeos se tratara. La última palabra, la que cierra la boca a los contrarios la dice en tono victorioso quien alega estar definitivamente desahuciado por los doctores.
No saturar el medio ambiente de lamentos
Posiblemente el lector ha sacado de antemano la conclusión de los párrafos precedentes. Conviene mantenerse al margen de abonar un terreno ya suficientemente fecundo en toda clase de llantos, quejidos, suspiros, gimoteos y jeremiadas. De lo contrario crearemos un ambiente poco propicio para el gozo y el asombro que, sin embargo, constituyen sentimientos más propicios para emprender la marcha hacia un sereno compartir.
En los inicios de un nuevo año resultaría beneficioso para todos no rellenar los diálogos con quejas ni suspiros innecesarios. Cuando a uno se le pregunte cómo le va, por mera rutina, como una manera de saludar, no es necesario que el interlocutor responda con una retahíla bien surtida de los males que le aquejan. También esta actitud contribuirá a la mejora del medio ambiente psicológico en el que nos movemos.
Pueden encontrarse sin dificultad sentencias a propósito de la queja. Baltasar Gracián decía que “la queja trae descrédito”. Sí, como los malos perdedores que inevitablemente le atribuyen su derrota al árbitro. “Nacemos llorando, vivimos quejándonos y morimos desilusionados”, sentenciaba Thomas Fuller. Y acabo con una frase de cosecha propia: quejarse es el hobby favorito de quienes carecen de proyecto propio.

viernes, 30 de diciembre de 2016

A un envidioso

Apreciado envidioso: deja que empiece sin preámbulos diciéndote que, por propia voluntad, te vas amargando la vida de cada día y haces del bienestar del prójimo una tragedia de uso personal.

No vives tu propia vida, pues la condicionas a lo que hacen los demás. Te desenvuelves bien con tu coche, pero de pronto, si el vecino compra uno mejor, te entra el prurito de cambiarlo. Sufres pesadillas nocturnas hasta que lo consigues. Luego lo paseas frente a su casa para que sepa muy bien de tus superiores posibilidades económicas.

Objetivo: opacar al prójimo.

Cuando bautizas a tu hijo recién nacido o casas a tu hija salida de la adolescencia, quieres que tu entorno se entere.

Deseas impactar. ¿Qué la ceremonia resultaría más calurosa y familiar en un ambiente privado y modesto? Te da igual. No vas a dejar pasar la oportunidad. Si tienes que empeñarte por unos años o trabajar para lograr un doble sueldo, lo harás con gusto. La cuestión es mirar por encima del hombro a tus vecinos. Lo de menos es el gozo del acontecimiento.

Ésta es tu tragedia que cada día va anulando tus mejores energías. A cualquier suceso que te salga al paso quieres sacarle el jugo. Lo utilizas como pretexto para brillar. Mejor dicho, para opacar a quienes viven en tu entorno. Eres un devastador. Estás dispuesto a cercenar todas las cabezas que sobresalgan por encima de la tuya.

Y no menos preocupante resulta que te vayas destruyendo interiormente. Un gusano va royendo tu felicidad y tu tranquilidad. O quizás habría que decir que tú mismo eres el gusano que se va carcomiendo paulatinamente.

En ocasiones has luchado por causas realmente dignas de elogio. Pero, curiosamente, si otro es el que va delante con la bandera de la misma causa, entonces se agosta tu entusiasmo y empiezas a encontrarle puntos oscuros. Acabas, quizás, despreciándola, aunque en realidad a quien desprecias es al que brilla gracias a ella.

Observa hasta dónde conducen los mecanismos que mueven los secretos resortes del envidioso. No empleas las energías que posees para hacer el bien, sino para impedir que otro lo realice. O sea, cometes un pecado de omisión por partida doble: evitas que otros hagan y dejas de hacer. Para ti, el planeta yo debe estar en el centro y ser admirado por todos los demás, que jamás dejarán de ser satélites.

Una lógica peculiar.

Tus juicios han dejado de moverse por la lógica. Valoras las obras de los demás según tus particulares conveniencias, a saber, si te permiten brillar o te opacan. Debieras saber que existen multitud de refranes que miden la verdadera estatura del envidioso. La envidia es la venganza de los incapaces, reza un proverbio americano. Ya el viejo autor Plinio el Joven sentenciaba que envidiar significa reconocerse inferior.

Es así. Desde el momento que segregas este líquido viscoso, por más que invisible, llamado envidia, confiesas que no estás a la altura del otro. Y, en lugar de admirarle, pretendes hundirle. Donde se mueve un envidioso, señal de que algún valor se hace presente. Ya ves, acabas siendo un termómetro que calcula lo valioso que es justamente a quien deseas quitar de en medio. Arrojas piedras contra el árbol lleno de frutos. Si el árbol fuera estéril, no te molestarías tanto. El resultado que consigues es exactamente el contrario al que pretendías.

El triunfo ajeno te desgarra íntimamente. El bienestar del prójimo te causa un indisimulado desasosiego. Tu envidia va enterrando tus propias ilusiones. Genera inútiles sufrimientos. Es responsable de la frialdad que va apoderándose de tu corazón.

Es interesante comprobar que se suele envidiar a los que están cerca: los vecinos, los colegas, los de la misma profesión, los de idéntica clase social. Ningún pobretón envidia al presidente del país, a no ser soñando con los ojos abiertos. Pero, si el pobretón sale de su miseria y está afectado por el virus de la envidia, entonces, en lugar de vivir agradecido, empezará a mirar de reojo a sus nuevos vecinos para conseguir trepar más alto que ellos. La envidia no tiene tope. Asemeja a una carcoma que no ceja.

Y es que, por definición, la envidia es la tristeza o pesar del bien ajeno. Como siempre habrá quien posea, sepa o brille más que tú, jamás curarás de esta enfermedad. Moraleja: revísate a conciencia, detecta si la envidia echó metástasis y ponte en manos de un buen médico. Que, en este caso, no puede ser otro que tú mismo. Tu voluntad de ver con ojos limpios los bienes y las cualidades de tus hermanos.

Contra envidia, amplitud de espíritu. Éste es el antídoto recomendado.

Con los mejores deseos de que te liberes de tantas amarguras como te aquejan inútilmente, se despide tu seguro servidor.


martes, 20 de diciembre de 2016

Dimensión política de la Navidad

Los evangelios de la infancia de Jesús no se clasifican en la categoría de la historia estricta, como bien saben los interesados por el tema. Sin embargo, proclaman una gran verdad. Como sucede tantas veces, la verdad más genuina no se relaciona necesariamente con la ecuación matemática o la probeta de laboratorio.

El lírico relato del nacimiento de Jesús es más apto para imprimir huellas duraderas en el corazón humano que el acta certificada por un notario. Jamás se han convocado agrupaciones festivas con el propósito de celebrar una fiesta alrededor de un acta de nacimiento o de una cédula. Pero desde hace dos mil años, en los más lejanos rincones del planeta, hay gente que recuerda el aniversario de un niño en pañales, gimiendo en una cueva, al calor de unos animales.

Más allá de la vertiente poética
Los cristianos que todavía mantienen estelas infantiles en su interior tratan de reproducir el bosque recurriendo al musgo. Construyen un establo de cartón y simulan un río de aguas cristalinas con papel de aluminio. Les da por manipular el algodón hasta asemejarlo a las blancas nubes que recorren el firmamento. Tal parece que alguna pandemia infantil y nostálgica se apropia de los corazones en la época navideña. Es el momento del canto y el abrazo, de la comida compartida y de olvidar los malos ratos que la vida proporcionó hasta ayer mismo.   

Más allá de la vertiente poética, que no debiera evaporarse aún en tiempos de técnica y consumo, la Navidad interpela la dimensión política de la sociedad. Bien está la poesía, siempre que no suma en el letargo. Pero el relato evangélico, a decir verdad, no se refiere a una noche silenciosa, ni describe los cabellos rubios y ensortijados de un bebé con mofletes color de rosa. El pesebre y los pañales remiten a un mundo pobre y fruto del rechazo. No había lugar para ellos en la posada. Los evangelios canónicos ni siquiera dan fe de un asno y un buey atentos a calentar el ambiente.

Los papeles se invierten
Está claro que el pasaje de Belén se posiciona en favor de los desprovistos de voz y de poder —los pobres, los pastores— y en contra de poderosos. Cita con displicencia al emperador Augusto, ya que no queda más remedio que datar el hecho. Pero junto al pesebre no están los sumos sacerdotes, ni el gobernador, ni los sabios escribas, tan versados en los vericuetos de la Ley. Curiosamente, sí desempeñarán ellos un papel relevante en la pasión y muerte de este niño apenas nacido.

El canto de María, la llena de gracia, habla de la humillación de los poderosos y la exaltación de los humildes, de la saciedad de los hambrientos y la postergación de los ricos. No por nada, sino porque a la mayor riqueza de unos corresponde la mayor pobreza de otros. El niño ya va acostumbrando el oído a las expresiones de su madre, que apuntan a una convivencia social muy distinta. Ahora el pequeño todavía balbucea, pero cuando crezca insistirá en que los últimos son los primeros y viceversa.

Bien está la noche de paz que nos propone el más famoso villancico. No escatimemos la poesía de una noche fulgurante de estrellas alumbrando la gruta de Belén. Pero tampoco pasemos por alto lo que le sucederá al pequeño protagonista tres décadas más tarde. El niño del pesebre ya lleva grabada la cruz en la frente. Será mal visto porque, entre otras cosas, cuestionará los pilares de los que el pueblo se muestra tan orgullos y el orgullo de los dirigentes. Concluirán los poderosos que vale más que muera un hombre por el pueblo que no todo el pueblo por un hombre.


El niño que yace en el pesebre no muestra el menor entusiasmo por la pax romana, sustentada en impuestos y en el temor de las lanzas. En esta paz sólo los poderosos encuentran acomodo. El niño prefiere la que luego se llamará Pax Christi, basada en un nuevo orden de relaciones humanas. La que proyecta un corazón sencillo y limpio e insta a luchar por la justicia y la verdad. La que se remite al sueño del viejo profeta Isaías: que las espadas se conviertan en arados y los lobos se amansen hasta convivir con los corderos.

La historia del niño Jesús va más allá de una entretenida y poética narración para escuchar cuando la familia se reúne en torno a la mesa en los días de Navidad. Es la semilla de la buena nueva. Interpela a los hombres y mujeres de nuestro mundo a ser creativos y generosos a fin de poner en pie un nuevo estilo de convivencia. El niño de Belén todavía no habla, pero ya levanta la voz contra la injusticia de la desigualdad entre los seres humanos. La primera paradoja de las muchas que formulará andando el tiempo.  

sábado, 10 de diciembre de 2016

El ecosistema del silencio y la palabra

Hemos escuchado una y otra vez que nuestra época se caracteriza por la comunicación. Las nuevas tecnologías las favorecen hasta la exasperación. Y generan adicciones: Facebook, whatsapp, twitter

En el proceso de la comunicación es muy necesario tomar en consideración la relación entre silencio y palabra. Se trata de dos momentos íntimamente relacionados. La comunicación se degrada si falta una de las dos alas, pues deja de volar para precipitarse en tierra. Cuando hay exceso de palabras el interlocutor queda aturdido. Cuando el exceso le corresponde al silencio, la relación se enfría.
Escuchar, ampliar horizontes
El silencio, en su justa medida, forma parte esencial de la comunicación. Conforma el marco que permite escuchar y reflexionar acerca de lo que el otro dice y de lo que nosotros pretendemos transmitir. Cuando uno calla, tácitamente le cede al otro el turno de la palabra. Cuando escuchamos atenta y silenciosamente se nos ofrece la oportunidad de ampliar horizontes y no aferrarnos a nuestras ideas y palabras. Tras la escucha los pensamientos se ensanchan y flexibilizan.
Por lo demás, en el silencio el lenguaje corporal o gestual pasa a primer plano. La expresión del rostro se dibuja con mayor precisión. Los estados de ánimo se transparentan más fácilmente a través de los ojos. Determinados silencios son muy elocuentes si se acompañan con un gesto, una sonrisa, una caricia. Por supuesto que cuando las palabras callan se posibilita discernir mejor los mensajes recibidos. Y resulta muy positivo discriminar los que valen la pena.
Hoy día se insiste en la necesidad de conservar y equilibrar el ecosistema. Pues de la misma manera hay que cuidar este otro sistema de equilibrios precarios. Es preciso poner en su justa relación y correspondencia el silencio con la palabra, la imagen con el sonido.
También Dios habla y calla
Por algo será que tanto en el cristianismo como en otras tradiciones religiosas el silencio y la soledad gozan de un fuerte aprecio. Son espacios que favorecen el encuentro de la persona consigo misma. Más aún, conducen al individuo hacia la búsqueda de la Verdad en mayúscula.

Bien puede decirse que el Dios que se revela habla también sin palabras. Por paradójico que parezca el silencio de Dios puede manifestar el mayor amor. La cruz es la mejor demostración. Puesto que Dios es capaz de hablar en el silencio, en justa correspondencia a través del silencio el ser humano consigue hablar con Él. Porque hay silencios capaces de metamorfosearse en contemplación para permitir luego entrever la trascendencia.

En el último Concilio hay un párrafo bien logrado y denso de contenido. Afirma que la Revelación divina se lleva a cabo con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas (Dei Verbum, 2).

Para mí que éste es también el ideal de la comunicación humana: que los hechos y las palabras caminen unidos y se ilustren mutuamente. Lo cual equivale a desear que no acontezca desfase alguno entre la cabeza y el corazón, que no se cuele la hipocresía entre lo que uno dice y lo que hace.

La verdadera y auténtica comunicación implica el aprendizaje de la escucha. Escuchar, contemplar y hablar son momentos básicos en orden a que los seres humanos se comprendan a fondo. Lo cual sirve exactamente para los que se comprometen a transmitir la buena nueva del evangelio a sus contemporáneos. 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Carta para leer en Adviento


Estimado amigo que de vez en cuando cruzas el umbral del templo, saboreas la paz del silencio y te sumerges en lo más hondo de tus pensamientos: estas letras son para ti. Tienes que saber que también la Iglesia tiene su calendario o su ciclo litúrgico. Y éste empieza unas semanas antes que el civil. Cuando leas estas líneas habrá comenzado ya la época de Adviento.

Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma, Semana santa... Marcan la reflexión, la predicación y las vivencias de los cristianos a lo largo del año. Recordamos los inicios de Jesús, su Encarnación, su estancia entre nosotros, sus palabras, su camino hacia la cruz y luego su victoria final. Tanta es la riqueza de la vida, muerte y resurrección de Jesús que cada año debemos volver sobre ello.

Adviento es un misterio de esperanza cristiana. Cada vez que nace un niño, ha dicho un poeta hindú, algo nos indica que Dios sigue confiando en los hombres. Cuando este Niño es el reflejo de Dios, cuando en este niño que luego será adolescente, joven y adulto, habita total y plenamente Dios, cuando El nos puede enseñar el camino porque es la Luz y la Vida, entonces podemos decir con toda verdad y realismo que Dios sigue confiando y esperando en los hombres.


Por el solo hecho de que nuestra tierra haya sido pisada por Jesús de Nazaret ya vale la pena vivir en ella, luchar y esperar. En Adviento recogemos toda esta esperanza y nos preparamos para que Jesús siga naciendo en tantos lugares donde no se le conoce. En tantas conciencias áridas donde no nacen ni los cactus más resistentes. Para que asome su cabeza, es decir, sus valores en nosotros mismos. Quizás los mantenemos oprimidos bajo enormes cargas de egoísmo, envidia e indiferencia.

                    
Por eso en Adviento escuchamos la palabra severa y solemne del gran profeta, de Juan Bautista: "Preparen los caminos del Señor". ¿No te atrae su figura austera que nos invita a no quedarnos en buenas palabras ni en emociones poéticas, sino a fructificar en hechos? En el Adviento resuenan también las palabras de los viejos profetas anhelando que los lobos sepan convivir con los corderos. Y no se refieren al reino animal, sino a los hombres y mujeres que somos nosotros. Porque hay personas-lobos voraces y sin escrúpulos. Y hay personas-corderos que no cuentan sino como platos aderezados para las comilonas de los poderosos.

Nuestro Adviento lo preside María, la que meditaba estas cosas en su corazón, la madre silente. Ella nos enseña que, en ocasiones, el silencio vale más que la palabra. Nos habla de recogimiento, de entrega generosa y anónima. Ella nos enseña a vivir grávidos de Dios. Nos impulsa a dar a luz lo mejor de nosotros mismos, lo que tenemos guardado muy adentro. Que no sale por temor, por cobardía, por pereza. Ella nos ayuda en estos trances maternales.

El Adviento recuerda que estamos llamados a ver a Dios cara a cara. No ya al Niño llorando entre pajas, rodeado de padres humildes y de pastores repletos de buena voluntad, sino al Dios que lo habita, en todo su esplendor. Evocamos estas cosas a propósito de su venida en la carne humana. Decimos, como los primeros creyentes: "Maranatha, Ven Señor Jesús".

En consecuencia, amigo, tratamos de estar vigilantes. Como las vírgenes de la parábola, no queremos dormirnos en el entretanto, no queremos abotargar nuestro cuerpo ni nuestro espíritu con sucedáneos de eternidad ni con piedrecitas de fantasía que nos roban la atención sobre lo realmente importante. Porque sucede frecuentemente que nos movemos de un lado para otro, urgidos por la prisa, y no reparamos en lo más importante: hacia dónde vamos. El Adviento es un toque de atención: hay que hacer un alto en el camino. No vaya a suceder que nos movamos y agitemos mucho, pero... sin saber por qué.

Amigo, hay cosas muy urgentes en tu vida. Sin duda que sí. Tienes que buscar el alimento de tus hijos, necesitas un hogar para tu próximo matrimonio, te urge reparar la nevera dañada. Estas cosas son urgentes y hay que afrontarlas. Hay otras que las puedes dejar para mañana y aparentemente nada sucederá. Pero son más importantes. Si se van dejando para más adelante, fatalmente se acaba no haciéndoles caso. No se perciben. A pesar de todo, te lo repito, son más importantes. Feliz y comprometido adviento. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

El virus de la corrupción o la ocasión hace al ladrón

Pase el lector algunas páginas atrás de la historia de su pueblo o su ciudad. El deseo general de la comunidad, al menos el deseo explícito, apuntaba a llevar una vida honrada. Este era el mayor título de orgullo. Cristalizaba en la tópica expresión: pobres, pero honrados. Pues bien, en otro momento de la misma sociedad, resulta que el dicho se escucha mucho menos.

Sí, los periódicos sacan el tema a relucir porque no les queda otro remedio. La administración navega en la indecencia y la corrupción prácticamente ha infectado el sistema. Ha pasado en nuestro país, más vale reconocerlo. Los juicios contra los ladrones de cuello blanco se suceden con una rapidez inusitada. Cada día la televisión anuncia nuevas demandas y apunta a nuevos investigados. Y estoy convencido de que sólo aparecen en escena los fraudes y las rapacidades de mayor categoría. Los protagonistas de tan tristes actos no lo dicen, pero de seguro lo piensan: delincuentes, pero ricos. Se les antoja que la pobreza es motivo de mayor vergüenza.

¿Qué recóndito motivo o elemento determina que una determinada sociedad en un período dado persiga la honradez y posteriormente se sumerja en la podredumbre del latrocinio y prefieran muchos ejercer de maleantes antes que constatar números rojos en sus cuentas bancarias?

La corrupción, un caldo de cultivo.

La codicia y la avidez encuentran un muy buen caldo de cultivo en el humus de la corrupción de su entorno. Como en un medio séptico proliferan las bacterias infectadas, de igual modo en un medio corrupto se estimula el deseo del pillaje.

El caldo de cultivo de la corrupción hay que cifrarlo, por ejemplo, en el mal ejemplo repetitivo, constante y escandaloso. Cuando el ciudadano de a pie va adquiriendo la convicción de que los de arriba y los de al lado se aprovechan cuanto pueden de las oportunidades al alcance de la mano, mal anda la cosa. Hay que temer lo peor. Sin temeridad cabe aventurar que las más íntimas convicciones de este ciudadano empezarán a tambalear.

Se preguntará por qué tiene que ser él el único inocente entre tanto delincuente, pícaro y aprovechado. Objetará que no puede desenvolverse en inferioridad de condiciones. El estímulo está dado. Sólo falta la ocasión que es la que, como bien reza el dicho, hace al ladrón. O, al menos, lo hace en un elevado tanto por ciento.

En tal situación los escrúpulos morales se debilitan, quedan en segundo plano. Y empieza una interminable espiral. Con el dinero va cambiando el modo de ser del ciudadano una vez honrado. Cambia su personalidad, invierte los valores y tergiversa el sentido mismo de la vida. Entonces aparecen a borbotones las excusas. La mía no es la mejor actitud, pero como todo el mundo lo hace, como hay que sobrevivir en una sociedad hostil, como los demás empujan sin miramientos... Siguen las excusas, se inventan coartadas y se racionaliza el asunto. Uno tiene que defenderse y mirar por su propio bolsillo. Una cosa es la teoría y otra la praxis. El negocio tiene sus propias dinámicas. No se puede ser santo en este mundo hostil...

La espiral crece. Se desvinculan con desfachatez las nociones de trabajo y riqueza. Se piensa poder vivir con refinada comodidad y ostentación, con abundancia de dinero, sin contrapartida alguna. A quien muestra una tal actitud no le preocupa trabajar para producir riqueza, ni calcular cómo invertir el dinero o garantizar su conservación... Acaba como el nuevo rico que gasta sin mesura y se muestra insolvente frente a los gastos que ocasiona. Entonces no queda otra alternativa sino la corrupción.

Si el caldo de cultivo de una sociedad fuera la honradez, difícilmente el corrupto tendría la desfachatez de presentarse en público. Primero porque no es tan difícil identificarle. Cuando a una persona no se le conocen grandes inversiones o negocios, cuando procede de una familia pobre o media y de pronto pasa a ser un individuo derrochador, refinado y ostentoso... hay que interrogarse. Hagan, si no, algunas sencillas operaciones matemáticas. Observen si con sueldos reales, por muy abultados que sean, o con negocios honestos, por muy saneados que luzcan, es posible acumular mansiones o lujosos medios de transporte por tierra, mar y aire.

Atajar la corrupción.

Si la persona cuestionada resulta que tiene un cargo en la administración pública o se desenvuelve en la esfera de la política, entonces las sospechas se disparan de modo incontenible. Una sociedad fuertemente institucionalizada, con mecanismos para supervisar las gestiones de sus funcionarios, quizás pueda aminorar la dosis de corrupción hasta relegarla a niveles no inquietantes.

O también lograría algo parecido una sociedad en la que los medios de comunicación dispongan de recursos generosos que les permitan fiscalizar a los funcionarios, dejarlos en evidencia si llega el caso y crear una opinión pública capaz de inducirles a la renuncia.

De lo contrario, el futuro que se avizora no será más radiante que el pasado ni que el presente. A no ser que se obligara a seguir determinadas normas a rajatabla. La primera, que el funcionario tenga que hacer declaración detallada de sus bienes antes de asumir el cargo y deba demostrar luego cómo adquirió lo que supera el inventario. Aun así cabe hacer trampas, claro está, pero también la ley podría tener iniciativas complementarias que las redujesen a la mínima expresión.

Importa que el investigado tenga que demostrar la procedencia de sus bienes. Al menos cuando de un funcionario público se trata. Porque resulta obvio que este hombre público, al delinquir, se esmerará mucho en no dejar rastro del delito. Y, como no hay que suponerle tonto, es muy posible que consiga su propósito. De ahí que, en este caso, habría que presumir que el hombre es culpable hasta tanto no explique cómo logró aumentar su patrimonio.

Después de todo, los hombres públicos suelen proclamar su amor a la patria y su dedicación total al bien de la sociedad. No podrían molestarse al exigirles tales condiciones en el momento de jurar el cargo. Más aún, debieran reclamar tales requisitos, a fin de alejar la más mínima sospecha de su persona y dar fe de su honradez y transparencia.

En la empresa privada, a quien le sorprenden con las manos en la masa se le inicia un expediente, se le castiga y despide. Pero en la empresa pública tal parece que el delito es un título de gloria. En todo caso, se tiende a ser demasiado benevolente con el dolo, el tráfico de influencias, la prevaricación o el robo sin más.

Quizás así el afán por el dinero fácil, la creencia de que la riqueza se debe a un azar o a la habilidad huérfana de escrúpulos, menguaría un tanto. Tan digno es el bienestar que produce el trabajo honrado y provechoso a la sociedad, como indigna la riqueza indebida. Tal vez entonces, con algunos de estos principios y medidas, se mantendría a raya el clima de corrupción, se alejaría este virus infecto que nos invade por los cuatro costados.

No hay que esperar mucho de la proclamación de los valores morales, pues es verdad, en buena parte, aquello de que la ocasión hace al ladrón. Pero su proclamación, completada con medidas administrativas y jurídicas, con castigos públicos y ejemplares, es posible que mejoren el comportamiento del ciudadano. Porque el corrupto es un cáncer que estimula la metástasis en el cuerpo social. Y priva de unos recursos muy necesarios al conjunto de la población, ya suficientemente deprimida.