El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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jueves, 7 de julio de 2011

Entrada número cien

Se cumplen cien entradas del blog. Lo inicié a finales del año 2007, pero en aquel año y el siguiente apenas si escribí unos cinco artículos. Al principio fue una excusa para explorar el funcionamiento de este recurso informático que cada vez levantaba más el vuelo. Me asaltaban varios interrogantes al emprender la tarea. ¿Quiénes serían los lectores? ¿Tendría la perseverancia de actualizarlo periódicamente? ¿Cada cuanto en concreto?
Al cabo de cien entradas algunos interrogantes han encontrado respuesta. No me ha faltado la perseverancia de renovarlo cada 10 días. Bien es verdad que en ocasiones he echado mano de viejos escritos y los he maquillado para que fueran presentables a pesar del tiempo transcurrido. Más de un millar han aparecido, tiempo atrás, en diversos periódicos y revistas de distintos países.
El rostro de los lectores queda muy difuminado. Sólo sé de unos pocos que me los comentan y de otros pocos que dejan algún comentario en facebook, pues lo enlazo con esta red social. Tengo indicios de que buena parte de los lectores son antiguos alumnos de teología que asistieron a mis clases en República Dominicana y Puerto Rico. Por este motivo lo escribo en castellano y no en catalán. También un número indeterminado de congregantes se asoma al blog. Ayuda a ello el hecho de que les envío noticias y documentación del Instituto de vez en cuando y en el correo consta la dirección automática del blog.
Luego hay internautas que se topan con el blog casualmente. El contador me asegura que tengo visitas de Rusia y China, entre otros países con los que mantengo nula relación. También puede ser que los buscadores lo ofrezcan a quien pregunta por alguno de los temas tratados. En el pasado septiembre puse el mencionado contador en la web y he constatado que un promedio de 20 lectores diarios se internan en la página. En total superan con creces los seis mil en 10 meses.   
La actitud con la cual uno escribe en el blog es más distendida y menos formal que la que exige presentar un artículo en el periódico o en una revista. Invita, además, a usar la primera persona. Y pienso que el lector lo agradece.
Los beneficios del blog
El blog estimula la observación y el sentido crítico acerca de lo que sucede en el entorno. Aun de modo inconsciente, la obligación autoimpuesta de plasmar en blanco y negro los pensamientos y sucesos sobre el dorso de la web, induce a vivir con la conciencia más despierta. Y cuando uno se dispone a teclear sus ideas e impresiones consigue desvanecer la bruma que las envuelve. Le presta cuerpo a los acontecimientos y emociones. Y es que de la reflexión silenciosa a la explicación oral o escrita media un trecho muy notable. Que lo digan a los estudiantes que aseguran saberse la materia y, sin embargo, se les atolla en los labios en el momento más inoportuno.
Antes de ponerme a escribir se me hace cuesta arriba elegir el tema y el enfoque. Ambos se requieren para que el escrito deje alguna huella en el lector. ¡Dejar huella en el lector! Ardua tarea cuando nos invade un océano de informaciones y la oferta supera la demanda. Pero hay que afrontar el reto o resignarse a la total irrelevancia.
La tarea de escribir cada diez días un artículo exige una perseverancia que no está al alcance de cualquiera. Como también un espíritu reflexivo y la capacidad de sentarse un buen rato. ¿Cualidades corrientes y abundantes? Ni muchísimo menos. Miren en derredor y saquen conclusiones.
Una vez elegido el tema y su enfoque no me resulta tan difícil rellenarlo de carne y hasta intentar algún pinito literario. Simultáneamente o, en una primera revisión del borrador, hay que adjudicarle al nombre el adjetivo que más le cuadre. Para lo cual hay que disponerse a iniciar la búsqueda y captura de este extenso rebaño que pace en las páginas del diccionario. El adjetivo precisa y pone en su justo contexto la expresión.
También considero importante dotar las frases de un cierto ritmo y musicalidad. Hablo de prosa y no de poesía, pero la precisión, la música y el ritmo no están reñidos ni mucho menos con un texto en prosa. Detesto los escritos que plasman el pensamiento tal como fluye, sin miramiento alguno para con la forma. Huyo del vicio común consistente en amontonar palabras mediocres, improvisadas, anodinas. Aun cuando el fondo sea valioso, me caen de las manos este tipo de escritos estropajosos y desaseados.   
Para mí que escribir periódicamente tiene algo de terapéutico. Determinados pensamientos que merodean por la mente, una vez expresados, son comparables al pus que ha despedido la herida. Alivian al individuo. O si se quiere, las palabras que van apareciendo en la pantalla son comparables al vapor de agua que fluye de la caldera. La presión aminora, la persona se relaja.
Reconozco que he escrito en ocasiones teniendo presentes determinadas fisionomías. Es posible que alguien conocedor de la persona y las circunstancias haya podido sacar conclusiones muy aproximadas. Por supuesto, no pongo nombres ni doy pistas demasiado fáciles. No es mi deseo hacer mal a nadie. Sí trato de explorar y expresar la realidad según la diagnostico. 
Aterrizo refiriéndome a una figura señera de la literatura catalana. EJoan Maragall, de finales del s. XIX e inicios de XX, es autor de poesías muy bellas. Una vez leídas o escuchadas uno queda seducido tanto por las imágenes e ideas como por la musicalidad de sus palabras. Entran ganas de obnviar todo comentario para permanecer en silencio oteando la ventana hacia el infinito que el autor ha entreabierto.
El insigne Joan Maragall dice, más o menos, en uno de sus escritos, que la palabra es lo más maravilloso de este mundo, pues que en ella se abraza y confunde lo más sorprendente del cuerpo y el espíritu. Tal parece que la naturaleza encauce sus mejores esfuerzos en orden a dar a luz al ser humano y que éste llega a su más alta cima, a su mayor éxtasis, al pronunciar la palabra. Una locución que es la expresión de sus anhelos más entrañables y el alegato de su mejor capacidad de diálogo.    



lunes, 27 de junio de 2011

Creyente gracias a los ateos


Es conocida la boutade de Buñuel: soy ateo gracias a Dios. De vez en cuando me vienen ganas de darle la vuelta a la frase y formularla así: soy creyente gracias a los ateos. Y es que cuando se contempla el mundo que han creado muchos de los ideólogos ateos, uno desea distanciarse al máximo de tales fundamentos y proclamar su creencia en Dios. Si lo que saben producir los ateos son los campos de concentración nazis o los gulags soviéticos…

Cuando Dios desaparece del horizonte queda abonado el terreno para que florezca la idolatría. Los ídolos son construcciones humanas con pretensiones de sustituir a la divinidad. Tienen vocación totalitaria. Seducen el corazón y lo quieren todo para si. La idolatría tiene su mejor caldo de cultivo en el ámbito del poder, del dinero, del prestigio, de la ciencia.

Se dirá que nadie se arrodilla ante un billete de 500 € ni ante el Director del periódico que le saca en portada. Cierto. Sin embargo, su corazón está con el billete de banco y en sueños recorre las mencionadas columnas. Todo compromiso moral y altruista viene muy en segundo lugar, si es que existe. Y todas las energías se gastarán en el altar del dios dinero, del dios prestigio o del dios placer. Justamente lo que pretende el ídolo o falso dios: tomar posesión del corazón del hombre.

Para mí que el ser humano se halla abocado a elegir una y otra vez ante el dilema: Dios o los ídolos. Los primeros cristianos se declaraban ateos de los dioses de los romanos a la vez que proclamaban su fe en el Dios de Jesús. Cuando una persona cree en Dios puede permitirse el lujo de no creer en casi nada más. Bien entendido: no es que deje de confiar en sus semejantes, sino que deja de poner su confianza última en el dinero, el poder, el sexo, el prestigio o las meras fuerzas humanas. Se libera de los ídolos.

Un buen número de ateos sin duda que ha llegado a un tal posicionamiento al observar el comportamiento de quienes se declaran religiosos. ¡Se han elaborado tantas caricaturas de Dios! ¡Se ha enlodado tantas veces el nombre de Dios convirtiéndolo en tapadera de intereses personales! Con demasiada frecuencia se ha predicado una moral estrecha, unos comportamientos infantiles, unos dogmas de andar por casa. Frente a todo lo cual ha habido quienes se han revelado y negado a pasar por el aro.

Se comprende entonces que haya quien prefiera alejarse del concepto de Dios y rehúya su imagen. Lo que resulta menos comprensible es que se agarren al ateísmo para rechazar una caricatura de Dios. Me cuesta comprenderlo porque, como decía líneas atrás, en nombre del ateísmo se han construido mundos sórdidos, entornos repugnantes, conciencias rastreras. Lo lógico sería desechar la caricatura e ir a la búsqueda de la imagen original.

Pongo atención, al leer a personajes entrevistados por la prensa, para saber si se confiesan ateos, cristianos, religiosos… Por mi cuenta trato de deducir qué clase de ateísmo es el que sustentan y por qué han llegado hasta él. Pues hay ateísmos de muchas clases, tamaños y colores. Existen ateos que han profundizado con seriedad en su decisión. Los hay vulgares y mediocres que jamás se han planteado la alternativa.

Algunos han adoptado el ateísmo porque piensan que creer en Dios va en detrimento de su humanismo. De Lubac habló del “drama del ateísmo moderno”. Hay ateos frívolos y por  conveniencia. Unos carecen de papilas gustativas para la realidad de Dios. Otros andan demasiado ocupados en ser protagonistas las veinticuatro horas del día. Y, claro, quien no atisba el horizonte, no logrará observar el sendero que recorre. 

Si Jesús de Nazaret fuera entrevistado intuyo que recurriría a algunos de sus pensamientos favoritos: Felices los misericordiosos porque Dios tendrá misericordia de ellos. Felices los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Se resistiría a describir a Dios porque, si el Espíritu no late en el corazón, de poco sirve la erudición.  

El núcleo de la fe
A este respecto, y alejándome un poquito del tema, confesaré que me asaltan dudas acerca de lo que hemos hecho con la fe. He dedicado la mayor parte de mi vida al estudio y la enseñanza de la teología. En más de una ocasión me pregunto si el cristianismo en general no habrá ido demasiado lejos a la hora de descifrar y elucubrar el contenido de la fe. En realidad todo debería ser mucho más sencillo.

Temo que hemos complicado en exceso la fe. Tenemos un extensísimo legado que parte del Antiguo y del Nuevo Testamento. Luego recogemos la herencia de los PP. Apostólicos, los Apologetas, el Tomismo, el Escotismo… Tampoco echamos a un lado las cavilaciones, reflexiones y elucubraciones de tantísimos teólogos: Karl Barth, Karl Rahner…

En el camino de la fe hemos luchado y dejado cadáveres numerosos en la cuneta. Unos pertenecen a las verdades del luteranismo, otros del Calvinismo, o del anglicanismo o del catolicismo. Hemos debatido acerca de si lo primero era la fe o las obras, si la transubstanciación o la transfinalización… Hemos porfiado a favor de la fe fiducial y en contra de la fe como afirmación de contenidos. O al revés.

Las sutiles, etéreas, livianas distinciones que el estudioso encuentra en su camino cuando trata de enterarse de lo que es la gracia o el pecado original son exageradas. Muchas de ellas no tienen la menor consecuencia práctica y se asientan en fundamentos escuálidos.   
A quien tiene como objetivo ordenarse de presbítero se le acumulan años y años de estudio que no raramente van cavando un foso entre el individuo y la sociedad. Quizás opacan incluso el originario sentido común religioso. No quisiera caer en el simplismo de quien carece de cultura y echa todo a rodar sin distinción. Pero sí desearía dejar muy clara la diferencia entre lo que constituye el núcleo de la fe y lo que -en todo caso- es su periferia.      

viernes, 17 de junio de 2011

Dar razón de la propia gestión



De vez en cuando me sorprendo revoloteando con el pensamiento acerca del goteo -imparable, al parecer- de las defecciones que afectan a los cristianos. Me preocupa el tema. El asunto es muy complejo y de nada serviría, a no ser para embrollar las cosas, recurrir a las simplificaciones. Dejemos éstas para los mítines y los ataques demagógicos al adversario. De poco sirven a la hora de buscar una respuesta a los hechos, los cuales hay que observar desde muy diversos ángulos.  
Las cifras de los que anualmente abandonan la Iglesia son imprecisas, aunque se dice que alarmantes. No vamos a precisar números. El hecho es que se trata de un goteo constante, sin pausa. Por lo general quienes desaparecen de la escena no meten mucho ruido. Tal como acontece con el cambio climático o la deforestación de nuestros bosques. 
Por supuesto que resultaría injusto cargar sobre las espaldas de los dirigentes eclesiásticos la responsabilidad de un tal descalabro. Pero nada injusto es que se les soliciten explicaciones de cuanto ocurre y de cómo gestionan la situación para detener la hemorragia. Puesto que la alta jerarquía es la que monopoliza las grandes decisiones en la Iglesia. 
Dar las explicaciones requeridas
En las Instituciones políticas o de negocios los dirigentes tienen que dar la cara periódicamente, según determinen los estatutos. Se les obliga a dar cuenta del estado de la nación o de la empresa. No sucede tal cosa en la Iglesia a nivel general, aunque sí sucede en las Órdenes y Congregaciones religiosas que cada cuatro o cada seis años eligen a un nuevo equipo dirigente. Los que terminan el período exponen su visión de las cosas y detallan el cómo de su gestión ante los representantes del Instituto. Normalmente esta rendición de cuentas adquiere el nombre de Capítulo. 
No hay tal en la marcha de la Iglesia. Los dirigentes se hallan exentos de dar explicaciones. Unos dirigentes que no se renuevan hasta que se jubilan, al contrario de lo que sucede en las mencionadas Congregaciones. No dicen aquello de que Dios y la historia juzgarán las acciones (del Papa o de los respectivos obispos), pero lo dan por supuesto. Dios y la Historia… ¿y por qué no los agentes de pastoral o los fieles o una representación de los mismos?
Porque es muy cierto que los eventuales errores, despropósitos y corrupciones salpican muy de cerca a quienes se ven obligados a dar la cara, pues que se tropiezan en la calle con los inconformes y disidentes. La alta jerarquía suele permanecer a buen recaudo en sus amplios habitáculos y por lo general no se desplaza en transporte público o por las calles mezclándose con los cristianos de a pie.  
Las murmuraciones -si es que no los insultos- llegan a los oídos de quienes comparten las aceras o cualquier sala de espera. A saber, los párrocos, los vicarios, los que no disponen de chófer ni de secretario, los cristianos a secas. Por lo cual parece de toda razón, justo y saludable, que se les den explicaciones de la gestión.  
Y, si no es mucho pedir, hasta se les podría invitar a quienes más directamente pagan las consecuencias, a que formularan preguntas y manifestaran ideas. Al fin y al cabo conocen bien el paño ya que andan donde se cocinan las dificultades, aparecen los escollos y amenazan los riesgos.
No sería justo, no, cargar en el haber de la alta jerarquía todos los yerros que empujan a muchos a salir de la Iglesia dando un portazo. Pero sería menos injusto que los sufridos y acosados agentes de pastoral obtuvieran el beneplácito del esclarecimiento de la situación. Por ejemplo, por qué unos temas emergen una y otra vez en las declaraciones episcopales mientras otros se cubren de sombras.  Por qué no se ha escuchado la voz de los obispos en un tema que ha levantado tanta polvareda como el de “los indignados” o “movimiento del 15-M”.   
Una comunidad de hermanos
Sólo las instituciones de lastre autoritario se consideran exoneradas de dar explicaciones de la gestión de sus dirigentes. Exigir la rendición de cuentas de las altas jerarquías no inferiría ofensa alguna a la naturaleza de la Iglesia. Porque si ésta no es democrática, mucho menos es antidemocrática. No es lo primero porque su naturaleza no depende del número de votos. Menos todavía es lo segundo. Una comunidad de hermanos que se quieren y respetan jamás puede regirse por pautas antidemocráticas.    
Por lo demás, alegar que la Iglesia es antidemocrática porque su naturaleza no tiene que ver con el frío conteo de los votos sería un despropósito. En los mejores momentos de la historia eclesial los fieles eran escuchados. Por ejemplo, a la hora de elegir al obispo o al líder de la comunidad parroquial.
Hay quienes tratan de limpiar la mala imagen de la Iglesia en la sociedad, puesta a la luz por las encuestas, buscando un chivo expiatorio. Tratan de elegir unas cuantas banderas de batalla como el aborto, el divorcio, la escuela católica y silenciar otros temas de no menor importancia, como la pobreza, la corrupción, las libertades… 
En un segundo momento se cohesiona un núcleo interno ideológicamente muy conservador, a la vez que se intercambian guiños con grupos políticos de ideología afín. Con tales maniobras artificiosas desaparece la crisis eclesial del horizonte y se elabora una agenda más favorable.  
Mi gran temor es que la Iglesia también sucumba a la privatización. Entonces el espacio intraeclesial se empobrecería. Hacia dentro la crítica encontraría serios impedimentos. Hacia afuera se lanzarían condenas contra quienes piensen de modo diverso. Con lo cual quizás se consiga alguna victoria a corto plazo, pero a mediano y largo término el fracaso resulta inevitable.     


lunes, 6 de junio de 2011

El antes y el después de "los indignados"


Tengo para mí que no se presta la debida atención al movimiento de los indignados o del 15-M. Sin embargo pienso que va a marcar un antes y un después. O quizás el antes y el después se dio con anterioridad cuando los políticos rescataron a los banqueros con cifras multimillonarias. Entonces quedó del todo patente lo que sospechábamos desde hacía tiempo. A saber, que la política se dedica a incensar, en actitud infamante, el altar del dios dinero. Quien manda son los banqueros, las finanzas, el mercado.
La reacción contundente que esperaban los ciudadanos ante el escándalo de los millones trasvasados a los banqueros no llegó a producirse. Más aún, éstos siguieron asignándose sueldos desvergonzados. Los políticos fueron acostumbrándose a la nueva situación. Dado que escaseaba el dinero trataron de solucionar el asunto recortando gastos en la sanidad, la educación, las pensiones, los funcionarios…
El común de la gente no quería eso y se irritó. Transcurrido un tiempo en el organismo social aparecieron unos sarpullidos visibles a lo largo y ancho del país. Eran los grupos que tomaron la calle: los indignados del 15-M. Gente que sufre en sus carnes el desempleo y contempla el despilfarro y la ostentación en su entorno. Saben de los sueldos de los asesores, si bien ignoran sus trabajos. Han escuchado historias relativas a las tarjetas de crédito en manos de los políticos, mientras se ausentan del parlamento. No desconocen la corrupción que corroe a los partidos. Entonces proclamaron a voz en grito el ardiente deseo de una democracia real y no meramente formal.
Los indignados no han llegado a propuestas precisas, pero saben muy bien lo que no quieren. Habría que escucharlos con mayor atención. No hay vuelta atrás. De una u otra manera el movimiento continuará. Será una piedra en el zapato de los políticos y un alarido en los oídos de los banqueros. Caso de no tenerlos en cuenta aumentará el griterío en la misma medida que el malestar vaya infectando todo el tejido social.
Ni siquiera se percibe la inquietud que expresaba “el Gatopardo” de Giuseppe Tommaso di Lampedusa: algo debe cambiar para que todo siga igual. Pues no. Lo que se les ocurre a los políticos es más de lo mismo. Por ejemplo, recortar los gastos médicos. Hay que ser estúpido para no entender que un trabajador enfermo jamás dará de si lo que podría a la hora de crear riqueza y que resulta un peso muerto para la economía.  
Ya no hay quien pare este movimiento mientras las tribulaciones y sinsabores sigan ahí y no se aborde la solución. La gente ha dejado de ser ignorante y ya no se la engaña fácilmente, como en tiempos pretéritos, cuando los caciques acometían al vecindario para cosechar votos a su favor.  Además, disponen de esta arma afilada -internet- que les permite hacer oír su voz. Los medios para que la sociedad sea más democrática existen. Los deseos también. Quien tenga oídos que oiga.
Simpatías por el movimiento
Por otra parte, día a día, el movimiento despierta y multiplica innegables simpatías. Quiero citar en este punto el libro/folleto que está en el origen del movimiento. Se titula  “indignaos”.  Su autor es un inquieto anciano de 93 años llamado Stéphane Hessel. Lo publicó a finales del 2010 en francés y al poco tiempo se tradujo al castellano, entre otros idiomas.
Hessel recuerda los viejos tiempos de la resistencia al nazismo e invita a los jóvenes de hoy a indignarse como él y sus coetáneos lo hicieron. Sigue habiendo muchos motivos para asumir este estado de ánimo. Las páginas del libro pasan breve revista a los de más envergadura.
El excelente profesor de teología José I. González Faus también comparte y felicita la iniciativa de los indignados. Escribe una hermosa carta en la que proclama que la democracia es profundamente irreal, casi sólo virtual. De ahí que también él demande una democracia real, aunque no vayamos a obtenerla por ahora.
González Faus, de quien aprendí mucho de sus escritos años atrás, exhorta a que no aceptéis la palabra de nadie que no haya visto y palpado la crisis de cerca: que no conozca esos rostros tristes de niños hambrientos, ni la desesperación de las madres cuando oyen llorar de hambre al niño; que no haya visto la mirada baja del señor en paro crónico que no se atreve ni a levantar la vista porque se culpabiliza él de lo que pasa a su familia.
Y sigue: en segundo lugar dos consejos del Nuevo Testamento (al que no creo que conozcáis mucho, pero eso ahora importa menos): “La raíz de todos los males es la pasión por el dinero” (1 Tim 6,10): sabia constatación hecha hace veinte siglos y mucho más valiosa en la actual estructura económica. (…) Y sabéis ya que la única posible solución de nuestro mundo es lo que el mártir Ignacio Ellacuría llamaba “una civilización de la sobriedad compartida”. Porque por el camino que vamos se incuba un doble terrorismo (político y ecológico) que un día acabará con nosotros”.
Una llamada de atención como punto final. González Faus aboga por la civilización de una sobriedad compartida. Por su parte el militante y presidente de “Justicia y Paz” -Arcadi Oliveres- se refiere una y otra vez a la necesidad y urgencia de decrecer para no poner en peligro la sociedad y hasta el planeta. Hessel insiste en una radical ruptura con el concepto de crecer. Y es que de ninguna manera debe confundirse la idea de compartir con la de incrementar el desarrollo. Tantos hombres lúcidos no pueden equivocarse a la vez.

viernes, 27 de mayo de 2011

La hora de los “indignados”

Los indignados del 15-M en Plaça Catalunya (Barcelona)

A lo largo de muchos años las tertulias radiofónicas, las columnas periodísticas y los conferencistas han lamentado la apatía de los jóvenes. Alegaban que daban la espalda a la política, que sólo sabían de botellón y sexo, que dormitaban una siesta perenne, que no había quien los echara de casa…  
De pronto muchos jóvenes -y otros con más años- han despertado y han dicho basta. Están indignados y toman la calle para gritarlo a los vecinos.  Les asquean los políticos y más todavía los banqueros. Están hartos de pagar la hipoteca incluso cuando les han requisado el piso.  
Ellos avizoran un muy negro horizonte. Saben que los rescates millonarios a los bancos les han robado su futuro. Encima los banqueros se asignan sueldos obscenos y, dado que el dinero no basta, los políticos recurren a los recortes sociales. Nada recortan de los bestiales gastos militares o de los sueldos a asesores, senadores y otros ejemplares improductivos. Que lo paguen los enfermos, los pensionistas y los funcionarios. 
Los indignados no quieren seguir doblando el espinazo ante los banqueros mendigando créditos. Se reúnen, discuten, adoptan decisiones. Consideran que la democracia tiene que ser real y no formal. Participativa y no lucrativa. Más allá de depositar la papeleta en la urna cada cuatro años tienen algo que decir y las nuevas tecnologías les proporcionan los medios. 
Me caen simpáticos los indignados del 15-M. Prefiero la creatividad a la pasividad, las iniciativas a los quejidos. He pasado por entre los carteles pegados en soportes elementales, he escuchado sus charlas y comentarios. Les he visto a ellos y a ellas con la escoba en la mano y parándole los pies a quienes pisaban la raya de las buenas formas. No era un grupo de adictos al botellón. Firmé algunos manifiestos que se me antojaron muy sensatos. 
Los indignados y el Mayo del ‘68
He asociado el suceso de los indignados al mayo ‘68, aun cuando han pasado 43 años desde entonces y los motivos de fondo son muy otros. En este largo período los historiadores y ensayistas se han referido una y otra vez el acontecimiento. A mí me llegaron los ecos del momento de modo muy pálido. Tenía 22 años y estudiaba en Roma. No fui consciente de lo que suponía el fenómeno, aunque me enteré después. El hecho es que despertó enormes ilusiones, si bien muchos protagonistas, con el andar del tiempo, metamorfosearon y empequeñecieron sus ideales hasta venderse al gran capital, medrar en los cargos e instalarse en la opulencia.  
Uno de los blancos de la lucha del mayo ‘68 era el aburrimiento: “el aburrimiento es contrarrevolucionario”. No querían morir de hambre, pero tampoco de aburrimiento. Admiraban la imaginación: “sed realistas, elegid lo imposible”. Luego están aquellas frases lapidarias llenas de sentido, aunque quizás ambiguas: “la imaginación al poder”. “Prohibido prohibir”. Entendían la democracia más allá del voto o del plebiscito: “votemos a favor o en contra; nos hará idiotas”. Alguno atajaba el camino hasta el insulto, aunque la estética literaria de la frase tenía su gracia: “La humanidad no será feliz hasta el día que el último burócrata sea ahorcado con las tripas del último capitalista”.  
Las frases más célebres del mayo del 68 espoleaban las ganas de vivir y de respirar aire puro. Quizás las del 15 de mayo no logren igual resonancia y carezcan del mismo grado de creatividad, pero no dejan de tener su miga. Expresan un enorme malestar frente a los banqueros estafadores, los políticos corruptos y un oscuro futuro fabricado con los mimbres del paro, de los recortes sociales y la desigualdad de oportunidades. 
Los slogans del 15-M constituyen frases lapidarias que a unos les suponen una piedra en el zapato y a otros les allanan el camino hacia la reflexión. Suenan con chasquido impertinente en muchas ocasiones. Principal blanco, los banqueros. “El oro del banquero es la sangre del obrero”. “Tenemos la solución: los banqueros a prisión”. “Banqueros rescatados, obreros desahuciados”.
También hay veladas amenazas por donde supura la herida indignada. “La sociedad despierta, se os acabó la fiesta”. “Islandia, mejor que Disneylandia” (en recuerdo de la gesta de los islandeses). “Sembrad corrupción y habrá revolución.” “Recortad nuestros derechos y quemaremos vuestros techos”. “Falta pan para tanto chorizo”. Y una demanda de democracia real de la que tanto presumen los políticos: “¿Por qué manda el mercado si yo no lo he votado?”
Ellos quieren saber
Los indignados quieren saber hacia qué bolsillos acaba derivando la riqueza de todos, cómo se gestiona y se reparte. Los indignados buscan mayor transparencia en la gestión del dinero público y en las decisiones políticas. Quieren saber qué oportunidades se les ofrecen a los que se esfuerzan por trabajar y ser útiles. Se acabó la era de los caciques, aunque los de hoy día recurran a formas  educadas y sonrisas artificiosas. La gente ha dejado de ser ignorante y no se conforma con las migajas que les echan quienes se han instalado en la ostentación y el derroche. 
El movimiento ha hecho su aparición inesperada en la plaza pública. Gracias en particular a las redes sociales que es por donde se moverá la política, a mi entender, en el próximo futuro. A través de estos medios la democracia puede tornarse más real y más participativa. No nos contentemos con depositar una papeleta cada cuatro años. 
¿Será un espejismo el movimiento de los indignados? En mis años de profesor de teología recuerdo que profundicé una temporada en el fenómeno de la teología de la liberación, tan vivo en América Latina. Los hermanos Boff -Clodovis y Leonardo- explicaban que lo primero es indignarse. Sin este estado de ánimo no se mueve un dedo. Pero la indignación tiene que dejar paso a la racionalización. Analizar el entorno, examinar las propias fuerzas, evaluar posibilidades…. Y luego pasar a la acción. Poner en práctica lo que ha generado la indignación y la reflexión. Porque el grito desguarnecido y yermo a nada conduce.  
Nota bene: escribí estos párrafos ayer y posteriormente escuché una charla del Doctor Arcadi Oliveras, Doctor en economía, Presidente de Justicia y Paz, activista comprometido en favor de las mejores causas. Confieso la gran satisfacción de comprobar que coincido plenamente con sus ideas.  Y añado un dato que nos dio en la charla. El Estado español gasta 54 millones de euros diarios en gastos militares. Aunque solapa la mitad en otras partidas como Industria y Comercio, Investigación, etc. Luego recorta los sueldos de los funcionarios y las pensiones de los jubilados…

martes, 17 de mayo de 2011

¿Cuestión de ideología?


Está claro que una cosa es el poder -la posibilidad de castigar o imponer- y otra la autoridad: la capacidad de convencer con el ejemplo y persuadir con las propias palabras. Lo cual se corresponde con la larga tradición bíblica que atribuye a Jesús los rasgos del Siervo de Yavé. Quienes la siguen no apagan la mecha que humea, no rompen la caña cascada y, sin embargo, dejan una estela a su paso. En este contexto se dice de Jesús que no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. El vino a servir y no a ser servido.

Es de justicia reconocer que los seguidores de Jesús, el Siervo, hemos recogido algunas frases del Maestro y las hemos grabado a sangre y fuego en el frontispicio de los templos y hasta en las carnes del prójimo. Así, por ejemplo, por lo que se refiere a no separar lo que Dios ha unido o a aquello de que Pedro es la piedra sobre la que se funda la Iglesia, con todas las consecuencias que se sacan del texto.

Unas frases sí, otras no
Cuesta comprender el motivo por el cual otras frases del evangelio, no menos importantes, han quedado en la sombra y su eco se ha debilitado hasta hacerse inaudible. Es el caso de poner la otra mejilla, de no pretender servir a Dios y al dinero a la vez, de darlo todo a los pobres y seguir al Maestro…

A primera vista se diría que se trata de decisiones coloreadas de ideología, si es que no declaradamente interesadas. Unos enunciados se han blandido como espadas contra el adversario, otros han permanecido intocados. Y es que normalmente no suele equivocarse quien dice lo que dice, pero sí suele desacertar al callar lo que calla.

Quien acepte la etiqueta de cristiano no puede menos que estar de acuerdo en cultivar la familia. Y declarar que un aborto es un fracaso, una desgracia que deja secuelas graves en quien lo padece. Y saber que el divorcio no es un objetivo a perseguir ni una meta a celebrar.

El problema no radica en la defensa de estas causas, si bien se dan acentos y distingos en los argumentos esgrimidos. Conviene tenerlo en cuenta. De lo contrario se acaba pagando un alto precio al sectarismo. Hay grados de maldad en el aborto, en el divorcio y en todas las circunstancias. No todo es igualmente aberrante, por más que no se pueda sostener desde la moral.

¿Una doble medida?
De nuevo hay que preguntarse por una tal diferencia de trato a propósito de unas mismas enseñanzas. ¿Por qué quienes se manifiestan y reniegan del aborto, del divorcio y otros males… dejan de lado valores no menos vitales que los señalados?

En efecto, exigir oportuna e inoportunamente a los gobernantes el 07 por ciento decretado para el Tercer Mundo sería una tarea cargada de valores evangélicos. Pero la causa, a decir verdad, no parece motivar a las jerarquías ni movilizar a las multitudes. Como tampoco los derechos de los inmigrantes suelen incentivar ni espolear declaraciones al respecto. No suscita mayor interés la redistribución de la riqueza a través de Hacienda o la subida de unas pensiones más dignas para los ancianos que apenas logran sobrevivir…

¿Por qué unas causas enardecen y otras no logran superar la apatía? Se trata en ambos casos de la sana doctrina salida de boca del Maestro. Abundemos todavía más. ¿Por qué cuanto se refiere al sexo y a la moral privada suele suscitar un notable interés (no exento de cierta hipocresía)? ¿Por qué pasar por alto las virtudes de la convivencia y permanecer indiferente ante las desigualdades de los ciudadanos? ¿Cómo callar ante el bochorno de que haya quien cobre 50 o 100 veces el sueldo mínimo? Estas cosas dañan las relaciones entre los ciudadanos que -para los creyentes- son además hermanos e hijos de un mismo Padre.

Cuando el agua se lleva al propio molino -y más si es con petulante seguridad- fácilmente se generan situaciones en las que el personal dice cosas salidas de tono y pisa la raya de la cordura. No es raro entonces que uno se deslice por el tobogán de la ideología más rancia. Frente a lo cual no deja de tener una cierta lógica que numerosos cristianos sientan debilitarse el sentido de pertenencia. No vibran en absoluto ante la defensa de unas ideas movidas por resortes ambiguos y que consideran unilaterales.

Por lo demás, quede claro que la suavidad en las formas, la capacidad de dialogar con el que no está de acuerdo, no significa abandonar la firmeza de las propias convicciones. No es justo imponer al prójimo la propia visión, pero es muy lícito manifestarla. No es sencillo vivir como cristiano en el mundo, pero ello no permite afirmar, sin más, que el cristiano sufre persecución.

sábado, 7 de mayo de 2011

A propósito de una boda real

El presente post ha superado ampliamente el momento de su publicación. Ha quedado obsoleto de acuerdo a las exigencias de la noticia. Alega como excusa que en los criterios de su autor una boda real no es tan importante como para alterar el calendario del blog. Y, por supuesto, que no interesa la noticia, ni siquiera el comentario, sino la tercera o la cuarta dimensión del acontecimiento. Al grano.
Existe en el entorno europeo una fina sensibilidad para la democracia. Sin embargo, los príncipes relevan a los reyes, al margen de toda participación ciudadana, y el gesto encuentra mucha gente dispuesta al aplauso. En otros contextos y situaciones -piensen en los hijos de los dictadores- el personal bulliría de indignación y las protestas resonarían en todas las esquinas de la política internacional.
Se casa un príncipe con una princesa y millones de personas permanecen embelesadas ante el televisor. Admiran el vestido de la novia, la belleza de la catedral -de Westminster, en el caso que nos ocupa-, los cánticos del coro, los estrafalarios sombreros de las señoras invitadas al acto. Disfrutan ante el espectáculo de los caballos tirando la carroza y los protagonistas saludando al público.
El personal prefiere entretenerse con el espectáculo antes que reflexionar acerca del sentido de la institución monárquica en pleno siglo XXI. Por un día olvidan que las calles repletas de gente que aclama a los novios hace muy poco reventaban de protestas por los recortes de los servicios médicos, de la educación y de otros renglones del presupuesto.
Todo muy irracional. Pero soy consciente de que hay asuntos en la vida que traspasan las fronteras de la razón. Lo comprendo porque también hay muchos miles de personas -entre los que me cuento- cuyo sueño es más dulce cuando el Barça gana el partido. De ahí que no me indigne contra los televidentes que se pasaron unas horas contemplando el cuento de hadas de la boda real. Aunque existe una diferencia notable: a nadie se le obliga ser del Barça, mientras que a determinados ciudadanos no les queda más remedio que rascarse el bolsillo para sufragar los cuantiosos gastos de los reyes.   
Hay factores que en algo explican la irracionalidad de la gente aclamando a los reyes en la calle o derramando una lágrima frente a la tele. En el interior de cada persona palpita un cuento de hadas. Ya pueden arreciar las críticas al gobierno en tiempos de crisis, ya pueden preguntarse los sesudos columnistas por el sentido de una institución caduca, ya pueden izarse las banderas republicanas… El hechizo del cuento de hadas pulveriza cuantos argumentos le salen al paso. 
Me da por pensar que, en el fondo, toda la pompa y boato de los príncipes casaderos se origina en el inconsciente. El ciudadano anónimo por un momento desea o envidia vivir como un príncipe/princesa. Imagina ser el protagonista de la ceremonia. Como en los cuentos infantiles el lector vive por ósmosis la aventura del protagonista del cuento. Lo mismo vuela, que se casa con una pareja adorable o tiene a sus órdenes a todos los conejos del Reino. Dejémosle, pues, que se libere del cepo de la rutina mientras no haga mal a nadie.   
En el caso británico resulta, además, que si la novia es una plebeya venida a más por la elección del príncipe, la realidad se acerca a la fantasía. Refuerza el conjunto el hecho de que años atrás, en Inglaterra, una princesa mítica también besó en la boca al hijo de la Reina frente a las multitudes hechizadas. Más tarde derramaría lágrimas por la traición del esposo. La gente la admiró por su belleza y generosidad. Esta princesa que murió en circunstancias oscuras y en plena juventud, es la madre del novio que será Rey un día. Perfecto coctel de amor, traición y tragedia.
En las esquinas de la mítica habitan princesas rotas, princesas surgidas de la plebe y príncipes deseosos de metamorfearse en reyes. Éstos llevan el pecho repleto de medallas, aquellas visten vestidos vaporosos. El mito, la fantasía, el deseo de un protagonismo imaginario habita el espectáculo de la boda real y aguijonea a la gente a invadir la calle para aclamar la proyección quimérica de sus propios sueños. 
El magnetismo funciona a pesar de las ideas de cada cual, de los partidos republicanos, de los chistes en los bares y los comentarios mordaces de los columnistas. Las bodas reales, precisamente porque recurren a un aparato excesivo y barroco, adquieren  mayor atractivo. El espectáculo del exceso otorga un plus de magia a la vida gris del ciudadano anónimo.