El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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martes, 22 de mayo de 2012

Arte, belleza y trascendencia


Desde hace unos meses aparece por las páginas de los periódicos la expresión atrio de los gentiles. Alude a un ámbito de diálogo y reflexión entre creyentes y escépticos o ateos. Un lugar donde todos puedan convergir en amistoso y respetuoso encuentro. No faltan interrogantes ni inquietudes comunes.

El Papa Benedicto XVI y el Cardenal Ravassi son considerados los promotores de los diversos encuentros programados. Todavía no hace una semana -los días 17 y 18 de mayo- se desarrolló una de estas sesiones en Barcelona. Se centró en la relación entre la belleza y la fe cristiana. Su lema rezaba así: Arte, belleza y trascendencia. En la elección del tema y en el lugar elegido para su conclusión influyó la grandiosidad de la Basílica de la Sagrada Familia.

La iniciativa del Atrio de los Gentiles apunta a reunir a interlocutores creyentes y no creyentes. Trata de construir un puente entre ambos talantes. Se puede creer o no en Dios, pero la cerrazón previa no hablaría bien de unos ni de otros. Tantas generaciones crecidas al socaire de la fe, tantas filosofías creyentes, tantas inquietudes e interrogantes como acechan al ser humano, no pueden ignorarse sin más.   
La programación de Barcelona terminó en la Basílica de la Sagrada Familia con este reclamo: El diálogo de las voces: poesía y música.
Con razón se ha dicho que el divorcio entre la fe y la cultura es uno de los dramas de nuestra época. En un ambiente hostil para la fe los creyentes experimentan la tentación de defenderse cerrando puertas y ventanas, a la vez que emigrar hacia las tareas intraeclesiales. Pero la fidelidad a la fe exige apertura y no clausura. Actuar de otro modo equivaldría a traicionar la secular tradición de la Iglesia que desde los inicios se confrontó con las culturas del entorno.
En la sesión de Barcelona la materia común de diálogo se centró en cómo  el arte y la belleza pueden constituir un sendero que desemboca en la trascendencia. El cardenal Gianfranco Ravasi valoró el diálogo entre arte y fe como camino para llevar al hombre hasta el horizonte del misterio. Pues el verdadero arte genera inquietud y no deja indiferente. Luego parafraseó a Miró con la frase el arte no representa lo visible, sino lo invisible.
El conseller de Cultura de la Generalitat, Ferran Mascarell, se hizo presente en la inauguración y consideró oportuno el debate en un momento en que la abundancia de información no garantiza profundidad ni criterio. Hoy estamos sometidos a palabras pasajeras sin contenido -lamentó el conseller- agradeciendo a la vez un espacio de reflexión tan necesario como el arte, la belleza y la trascendencia. Concluyó su discurso afirmando que la cultura no es un mero entretenimiento, sino el fundamento del hombre.
A modo de reflexión
Este hecho de crónica invita a reflexionar un poco más a fondo sobre el tema. Tomo como punto de partida la experiencia de que basta con ser un poco hábiles para convencer al interlocutor de la propia razón. O para arrancar los aplausos de un auditorio. Por algo un viejo refrán de la Edad Media afirmaba que la razón tiene la nariz de cera. Es decir, se la puede modelar como uno desee.
Si las cosas son así, ¿de quién fiarnos? Del impacto que produce la belleza. Sí, porque el hombre no es sólo razón. La belleza tiene mucho que ver con las raíces profundas del ser humano. El encuentro con la belleza equivale al dardo que da en el centro del alma, desprende las escamas de los ojos y lleva a descubrir nuevos horizontes de juicio y de valor.  
Una música puede provocar el éxtasis en el oyente. Hasta el punto de llegar a la firme convicción de que la armonía de sus notas sólo puede surgir de la Verdad en mayúscula.
Se confirma entonces aquello de que la mejor apología de la fe cristiana se encuentra por un lado, en sus santos y, por otro, en la belleza que la fe genera. La fe brota con fuerza cuando las miradas se concentran en el quehacer de los santos y en la belleza que transporta hacia la trascendencia.
Una belleza -importa el matiz- que por pura paradoja puede tomar forma incluso en un rostro desfigurado. Sucede cuando la belleza llega hasta el extremo y se revela más fuerte que la mentira y la violencia.
Precisamente en el rostro desfigurado del Siervo de Isaías aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que llega hasta el extremo y que por ello se revela más fuerte que la mentira y la violencia. En el momento culminante el rostro de Jesús pierde incluso su forma humana. Justamente aquel rostro que los salmos anunciaban como el más bello entre los hijos de los hombres.
En el hechizo de la música, en las estrellas resplandecientes, en el impacto de unos versos… en todo ello se desparrama la Belleza y obliga al individuo a interrogarse acerca de la trascendencia. Pero más allá de la belleza/estética quien más nos acerca a la belleza/trascendencia es el mismo Cristo a través de los gestos y palabras de su vida. El resplandor de Jesucristo proyectado en el rostro de los hombres y mujeres que vivieron con honradez y sin pretensiones desmesuradas.

sábado, 12 de mayo de 2012

¿Qué es eso de la inteligencia espiritual?


A estas alturas quien más quien menos ha escuchado acerca de la llamada inteligencia emocional. La raíz remota de la expresión y el concepto tiene su origen en Howard Gardner que se refirió a las inteligencias múltiples. Lo cual responde a una precisa realidad. Nadie es inteligente sin más, sino para algo en concreto: la música, la orientación espacial, las matemáticas, los idiomas, la filosofía… 

Posteriormente otro autor llamado Daniel Goleman tuvo un enorme éxito al dar a luz el concepto de inteligencia emocional. Entendía con el mismo la capacidad de identificar las emociones, expresarlas y canalizarlas de modo que, a la postre, no dañaran la persona de quien procedían ni a la gente de su entorno. 

Un paso más apareció, ya a principios de nuestro siglo, el concepto de inteligencia espiritual de la mano de Zohar y Marshall. En el mundo anglosajón, así como en Estados Unidos, obtuvo enseguida una gran repercusión.

La expresión remite a la capacidad del ser humano de interrogarse acerca del sentido último de la existencia. Las otras inteligencias no disponen de las debidas antenas para captar este sentido. Por supuesto, hablamos de inteligencia espiritual obviando cualquier confesión religiosa en concreto.

Qué es y cómo se desarrolla

Dicen los entendidos que esta inteligencia no se transmite tanto por instrucción cuanto por interacción. Del mismo modo que se aprende la lengua materna -por interacción y por estímulos externos- de igual modo sucede con la inteligencia espiritual. 

Gracias a ella el ser humano se capacita para la búsqueda de sentido. Formula preguntas relativas al por qué y para qué nos encontramos en este mundo, qué nos es dado esperar… 

Este tipo de inteligencia nos permite distanciarnos de la realidad -siempre tan bulliciosa- y así lograr una crítica imparcial, una mayor libertad y sentido del humor. En una palabra, nos indica que no estamos atrapados por el medio, como les sucede a los animales, sino que gozamos de un mundo propio y libre (hasta cierto punto, claro).

La inteligencia espiritual ofrece las herramientas para que consigamos asombrarnos y maravillarnos ante la realidad. Es decir, ante la belleza encerrada en la pintura, la literatura, la música, los paisajes, la intimidad con el prójimo…

Con este tipo de inteligencia desarrollamos el sentido holístico. Nos experimentamos unidos al Todo. Sin caer en ningún género de panteísmo, no hay duda de que este sentimiento ayuda a desarrollar relaciones más armónicas. Los grandes maestros orientales consideran estos objetivos los más importantes y auténticos.  

Dicho todo esto, ¿cómo un individuo puede lograr el progreso en la inteligencia espiritual? ¿Cómo cultivarla? El profesor Francesc Torralba, muy interesado en divulgar estas enseñanzas y un intelectual muy apreciado en los últimos años, indica cuatro vías.  

1) La práctica asidua de la soledad. En la calma y la soledad se halla el humus que invita a plantearse preguntas. Ahí es donde germina la vocación y el proyecto de vida.  

2) La práctica de la reflexión. Con la reflexión –que siempre tiene algo de filosofía- se ponen en pie numerosos interrogantes que se daban por sentados. Entonces acaece el asombro y la comprensión profunda de las cosas, así como una toma de conciencia de la identidad de la propia persona.  

3) El contacto con el arte. Hay composiciones musicales -clásicas o no- que le transportan a uno al país de la belleza y lo elevan al éxtasis. Y lo que se dice de la música cabe ampliarlo a cualquier tipo de arte o de relación humana amistosa. Estas experiencias abren una ventana hacia la trascendencia.

4) La experiencia de fragilidad. Cuando asoma la enfermedad en la vida, cuando el envejecimiento se hace más palpable, cuando se acerca el final, los interrogantes acerca del sentido bullen en toda su plenitud. 

Los beneficios de la inteligencia espiritual

Se preguntará el lector: ¿y qué saco de todo ello, cuáles son los beneficios contantes y sonantes? Es evidente que no se trata de beneficios financieros ni de ventajas sociales. Si bien es cierto que una vida bien asentada y sosegada proporciona beneficios a la hora de generar iniciativas de diverso tipo.  

La inteligencia espiritual desarrollada se distancia de la cultura del usar y tirar, del zapping, de la necesidad de los constantes estímulos externos. Contribuye en gran medida a hacer un proyecto de vida, aun cuando haya que remar contra corriente.  

La inteligencia espiritual es capaz de mirar con el corazón que, como es sabido, profundiza en mayor medida que la de los ojos. Busca lo auténtico y fundamental en las relaciones humanas. Todo lo cual lo refleja en la conversación superando las frivolidades, los tópicos y las habladurías.

En cambio, cuando la inteligencia espiritual se atrofia sobreviene un estado de desasosiego equivalente a lo que Sartre llamaba la náusea y los existencialistas vacío existencial. No es extraño que un tal sentimiento desemboque en algún tipo de violencia o de conducta autodestructiva. 

El citado profesor Torralba considera un gran error educar como si sólo el ser humano tuviera tres dimensiones: la biológica, la psicológica y la social. ¿Por qué arrinconar la dimensión espiritual? Sin esta inteligencia es muy probable que el individuo tropiece en el abismo del fanatismo o el maniqueísmo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

El símbolo del corazón

Pertenezco a una Congregación cuyo título le suena a más de uno a tiempos periclitados: Misioneros de los Sagrados Corazones. La expresión les lleva a imaginar unos cuadros o estampas de colores vivos, rostros acaramelados y mejillas sonrosadas. Unas pinturas -digámoslo claramente- de mal gusto. En la jerga pictórica lo llaman kitsch. 

 Si el espectador medio trata de recordar la letra que acompaña a los cuadros devaluados a que me refiero, irá a buscarla en el pozo de las expresiones lastimeras y quejumbrosas. El resultado, un texto de sabor barroco y de contenido intimista que retrotrae a muchos años atrás y a unos gustos literarios decididamente venidos a menos. 

Mi empeño a lo largo de mucho tiempo, como el de algunos de mis colegas, se ha concretado en darle un giro a esta tradición pictórica y literaria a fin de modernizar el texto, la pintura y la música del entorno de las figuras de Cristo y María contemplados desde su corazón. La tarea resulta espinosa, pues no se desvía tan fácilmente el flujo de la tradición. Ni se abaten sin más los prejuicios acumulados.

Saco a colación el tema porque estos días en la comunidad del Santuario de Lluc tenemos a un pintor con nosotros. Puede que no sea muy conocido en el mundo de las exposiciones y las ventas, pero es un buen pintor, con un estilo propio bien definido y cuya obra sintoniza con la sensibilidad actual en las formas, volúmenes y colores. Aúna en equilibrada síntesis algo del cubismo de Picasso y de los rostros estilizados de Modigliani. Se llama Just Nicolás, nacido en Catalunya y con familia en Mallorca.

Un cuadro de los SS. Corazones
Queremos que nos pinte un cuadro de los SS. Corazones para la capilla. Apuntamos a unas imágenes que rompan con la citada tradición empalagosa, todavía viva en muchos ámbitos. Deseamos cambiar la inercia de unos rostros y gestos que se han elaborado desde el paradigma intimista. Es decir, pensamos en imágenes que no rechinen en relación a la sensibilidad de nuestros días y que traspasen los límites del horizonte intimista.

Le explicamos al pintor que la figura del Corazón de Jesús es la del resucitado. Pero mantiene las llagas -la del costado en particular- porque el que resucitó es el mismo que fue crucificado. Las señas de identidad son las heridas que perduran, ahora glorificadas. La resurrección de Cristo es la apoteosis de quien antes llegó a expropiar su vida en favor de los más pequeños, pobres y marginados. Sus palabras firmes incomodaban a los poderosos y a los que conducían las riendas del pueblo. Tanto molestaban que le estrecharon el cerco hasta clavarlo en la cruz. 

Se ha abusado del corazón en el ámbito de la devoción religiosa y también en el del mundo de los sentimientos. Del abuso religioso ya he dicho unas palabras. Añado que la manía por dibujar en detalle las aortas, venas y ventrículos, no casa con lo que se pretende. Un esbozo estilizado que remita al corazón es suficiente. 

El abuso del corazón en el mundo de los sentimientos está a la vista: abundan tanto en dibujos y palabras que producen una inflación desagradable. Los colores pasteles y la purpurina en cantidades excesivas provocan una mueca de fastidio.

Interesa hablar del corazón en cuanto símbolo, aceptado casi universalmente como centro de la persona y sede de sus afectos. Necesitamos del símbolo. Sobre todo cuando queremos desvelar realidades estrechamente unidas a los intereses, deseos o afectos más profundos.

Las matemáticas y los razonamientos precisos resultan de poca ayuda en este terreno. En cambio sí se logra comunicar algo de ello a través de la metáfora y la poesía. Todavía no se ha definido qué es el amor con palabras claras y definitivas. Sin embargo, probablemente tocan las fibras más sensibles y llevan a comprender algo del amor ciertas escenas de llanto, la poesía, las imágenes cinematográficas, las expresiones radiantes, las actitudes jubilosas...

La necesidad del símbolo
Se necesita el símbolo al referirnos a realidades religiosas que no nos es dado apresar. La vista, el tacto y los otros sentidos nos sirven de muy escasa ayuda para el caso. Y es que tales realidades siempre se hallan más allá. Sólo se nos abre una brecha en orden a apuntar hacia ellas y evocarlas con el símbolo y la metáfora.

Dios siempre es mayor... Mayor que nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestros proyectos, nuestras palabras... Por eso, si no nos resignamos definitivamente al silencio, no nos queda más remedio que echar mano de los símbolos. Ellos nos permiten vislumbrarlo entre sombras.

El signo y el símbolo son un lenguaje que comprende cualquiera. Y ningún signo tan expresivo como el corazón. Es como una llave que abre mil puertas. Tanto si hablamos de nuestra realidad más interior y personal como si nos referimos a conceptos y hechos religiosos, el corazón ofrece unos servicios de los que no podemos prescindir. 

La pintura firmada por el pintor Just nos ayudará a ubicarnos en el corazón de Cristo y su Madre para otear desde allí las amplias perspectivas de la fe. Desde este lugar privilegiado contemplaremos los aspectos más cordiales de Dios, valoraremos las enseñanzas de Jesús acerca de la interioridad, de un corazón pobre, limpio y manso. Apreciaremos la actitud orante de María, la discípula del corazón traspasado. Y, por supuesto, trataremos de que todo ello nos lleve a servir al Traspasado en los traspasados

domingo, 22 de abril de 2012

Si yo fuera ateo...


Si yo fuera escéptico o positivamente ateo, el vocabulario religioso no pertenecería a mi diccionario. Multitud de conceptos sobre la trascendencia y sobre la moral me resbalarían. Seguramente me instalaría en una precaria resignación. Las cosas se acaban -pensaría- y nosotros mismos nos acabamos. Bebamos entre tanto, a largos sorbos, los placeres sencillos de los colores, los paisajes, la música, la naturaleza…

No ingresaría en las filas de los que anhelan disfrutar a cuatro manos de los placeres elementales del comer, el beber y el copular. Porque ello me conduciría a la ansiedad de apurar cualquier fruición al alcance de la mano. Un tal estado de ánimo provoca desazón y desasosiego. A la postre impide la felicidad. 

Dios sería un término poco usual en mi vocabulario, aunque quizás habría que recurrir a él en algún momento, dado que en la sociedad hay gente para quienes significa mucho. Entendería muy bien que estas personas creyeran en una trascendencia espiritual. No estaría de acuerdo con ellas: ¡demasiados interrogantes, demasiados escándalos de quienes dicen hablar en su nombre! Pero tampoco me sentiría satisfecho con la negación pura y simple de Dios. Los interrogantes, cuestionamientos e incertidumbres no serían menores.   

Si fuera ateo dejaría el cómo de los fenómenos físicos a los científicos. Y no me pronunciaría sobre el por qué del mundo, dado que no se ha hallado solución después de tantas y tan variadas filosofías. Depositaría mi no saber en un enigma arropado por la oscuridad. Pero comprendería muy bien que otros prefirieran encomendar sus interrogantes a un misterio deslumbrante de luz. Sería una opción al menos tan válida como la mía. Y merecería mi total respeto.

Si fuera ateo aborrecería profundamente de la fe de los fanáticos, la intransigencia de los obcecados, la imposición del propio credo, la represión en nombre del dogma. Sin embargo, sabría distinguir entre quienes se aprovechan de la fe para medrar y quienes se nutren de la fe para irradiar luz y ayuda a su alrededor. 

Reconocería que existen creyentes respetuosos y dispuestos siempre a dar una mano, preocupados por su entorno y por el progreso de la sociedad. Con ideas amplias y tolerantes, incapaces de insultar. Personas que jamás humillan a sus semejantes, aun cuando éstos caigan en excesos inaceptables. Individuos que no se atreven a dictar juicios definitivos y tratan de salvar la conciencia del prójimo, también la del homosexual y la del abortista. No están de acuerdo con determinadas conductas, pero andan lejos de condenar a diestro y siniestro.  

Estas buenas gentes, sinceras y amistosas, me incitarían a esbozar un Dios maravilloso (aunque inexistente) que a todos quiere hermanos y que para todos ellos creó la tierra. Un Dios que se indigna cuando unos pocos se la apropian. Que, sin embargo, no fulmina a la gente malvada porque respeta exquisitamente la libertad que Él mismo les otorgó.

Caso de encontrarme en las filas ateas pensaría que a Dios se le caricaturiza cuando se le imagina tratando de sorprender a hombres y mujeres con las manos en la masa. No creería en las palabras del Nuevo Testamento, pero las leería sin lentes reductoras ni fundamentalistas. Concedería de buen grado que los textos escritos muchos siglos atrás deben ser interpretados teniendo muy en cuenta su contexto vital. 

A lo que los buenos creyentes llaman moral yo le daría el nombre de ética. Las experiencias religiosas que a ellos conmueven yo las consideraría experiencias estéticas. Me inclinaría ante la Pasión de S. Mateo compuesta por Bach y no menos ante el Ave Verum escrito por el genio de Mozart. 

Si yo fuera escéptico me abochornaría ante tanto barroquismo callejero en Semana Santa. Sospecharía que los cofrades no son precisamente los más genuinos representantes de la fe. Como tampoco comulgaría con el prurito de reunir grandes multitudes para demostrar indirectamente el poder de la Institución. No estaría de acuerdo con hacerle el caldo gordo a un Dios vanidoso y excesivo, más propio del consumo que del recogimiento.

Sin embargo, defendería el derecho de cualquier ciudadano a recorrer la calle en procesión disfrazado con estrambótica capucha y propinándose latigazos en el lomo. Tampoco discutiría el derecho que asiste a los predicadores a declarar en público sus convicciones, siempre y cuando lo hicieran con respeto y dejando claro que no pretenden imponer, sino simplemente exponer. Quienes tienen fe consideran que la religión no es sólo para consumo en la intimidad. Con ella pretenden mejorar la sociedad. Pues bien, dado que creería en la libertad de expresión, la acataría aun cuando no me agradase su formulación en determinados casos.  

Si yo fuera ateo no dejaría de maravillarme la vida callada de los monjes, la plegaria silenciosa del creyente, la paciencia de los catequistas, la generosidad anónima de los voluntarios de Caritas o cualquier otra ONG dedicada al servicio del prójimo.   

Y finalmente, si yo fuera ateo, no dejaría de interpelarme ante la fe valiente, generosa y decidida de un ejército de creyentes que trata de dar una mano de humanidad a nuestro mundo desquiciado.

jueves, 12 de abril de 2012

Los males de la abundancia

El cuerno de la abundancia o cornucopia

Con demasiada frecuencia el exceso nos desborda. Y es que cuando algún tema nos agrada o nos ha dado buenos resultados, entonces se nos ocurre repetirlo una y otra vez. De donde resultará, como acontece en la alimentación, que acecha el peligro de obesidad mental, institucional o burocrática, por mentar algunos ámbitos.


Es sabido que al exceso le sigue la obesidad y a ésta una lenta paralización. Sí, sucede más o menos lo que al cuerpo humano: se hincha el abdomen, las piernas se tornan pesadas y los reflejos se ralentizan. Pues en numerosos campos acontece otro tanto: en la política, los medios de comunicación, la economía, las reivindicaciones sindicales, el arte, el deporte…. No menos ocurren excesos en el terreno individual. Uno acaba por sufrir adicción al lujo, al sexo, al juego, al consumo, etc.

¿Ha reparado el lector en que los siete pecados capitales dejan de ser vicios si se adelgazan hasta reducirlos y mantenerlos en una discreta proporción? El orgullo entonces se convierte en sana autoestima. La ira se corresponde con la justa indignación, en cuanto se la obliga a retroceder del más allá de la cordura que había traspasado. La envidia equivale al estímulo que nos ofrece la virtud del prójimo en orden a no abotargarnos, sólo que al envenenarse deja de ser sano.

Excesos en el ámbito religioso

No cabe duda de que también en el terreno religioso han ocurrido excesos, particularmente en las religiones institucionalizadas. Hagamos un paréntesis sobre las que se declaran católicas. Ahí están los Institutos, Órdenes o Congregaciones: siguen con sus numerosos Consejeros, Delegados, Archiveros, Secretarios, Superiores, Administradores. Y no cejan de elaborar documentos e informes para organismos superiores, así como para el propio consumo: Capítulos, Juntas, Reuniones, Delegaciones… Ello aun cuando disminuya a ojos vista el personal y los recursos.

No hablemos ya de la Iglesia-Institución con sus Dicasterios, Congregaciones, Tribunales, Comisiones, Academias, Sínodos, Comités y Secretarías. Y no basta la inteligencia ni el sentido común para ocupar los puestos. Se requieren personas con los correspondientes títulos, rangos y renombres.

La Institución eclesiástica que personalmente considero más desafinada es la del cardenalato. Una Institución hecha a medida para saciar apetencias y orgullos que, por tanto, se sitúa en las antípodas del mensaje evangélico, amasado de sencillez y humildad. Pero la lógica del exceso lleva a que estos señores se engalanen con vestidos extravagantes hasta el punto de que el resultado final desemboca en el ridículo.

El exceso institucional produce cansancio. El exceso de normas acaba royendo el espíritu. ¿De verdad ayudan a nutrir la fe los cientos de cánones, encíclicas, cartas pastorales, motu proprio, exhortaciones y constituciones apostólicas?

Una liturgia interminable y meticulosa llega a irritar y exasperar. Una homilía fuera de lugar, que no logra aterrizar y expone las ideas de modo confuso, es una falta de respeto a los fieles y una sutil manera de invitarles a que no regresen.

El exceso de información y comunicación ha llegado ya a la obesidad mórbida: a todas horas nos acosan los periódicos, las emisoras de radio o televisión, internet y otros mil cauces para enterarnos de lo que -por otra parte- desean que nos enteremos quienes manejan el cotarro. Porque determinados datos se mantienen de modo permanente a buen recaudo de la luz.

Regreso al paraíso de la sencillez

Al socaire de la crisis, la palabra de moda en los presupuestos de diversos Estados es la del recorte o la reestructuración. Se demanda a los ciudadanos apretarse el cinturón, vivir con mayor austeridad, mostrarse solidarios.

Aunque -dicho sea de paso- los recortes y la austeridad deberían iniciar su recorrido en los sueldos de los políticos y banqueros, en las cuentas corrientes de los multimillonarios. De todos modos nos conviene una dieta de adelgazamiento en tantos excesos como cometemos.

Regresemos a la sencillez del paraíso perdido. Es decir, a primar el ser por encima del hacer y el tener. A favorecer el silencio. A vivir más cercanos a la naturaleza, a no consumir compulsivamente. Ni el móvil, ni el Ipad, ni el ordenador son prótesis imprescindibles para nuestro cotidiano vivir.

La sabiduría anda muy cerca de la transparencia y la sencillez. Huye, en cambio de las complicaciones, de los pensamientos contaminados, de los títulos rimbombantes, de las vestimentas fastuosas. La sabiduría hace buenas migas con el silencio que surge más allá de las palabras. Claro está, un silencio espontáneo, no forzado ni causado por la represión.

La verdadera riqueza tiene mucho que ver con la autenticidad, la sinceridad, la sensibilidad. En suma, la mejor riqueza consiste en ser uno mismo, despojarse de todo cuanto resulta innecesario, sean títulos, vestimentas o instrumentos. Haremos bien en recuperar la inocencia de la sencillez.

lunes, 2 de abril de 2012

Fe e internet: polémica servida

Paso mucho rato sentado frente al ordenador y conectado a esta red de redes que es internet. Lo confieso con cierto rubor, pero es así. En gran parte por exigencias del trabajo, pero no exclusivamente.

Internet me ha cambiado los hábitos de vida desde hace años. Leo muchísimo menos en papel y, por tanto, mis lecturas se han reducido drásticamente en extensión. En cambio hablo más por Skype, leo la prensa de mis preferencias, echo una ojeada a videos de youtube que me despiertan la curiosidad, ojeo diversas revistas...

Por supuesto, internet me sirve para organizar la contabilidad que me han encargado, con la ventaja/desventaja de que a kilómetros de distancia haya quien escudriñe los datos en tiempo real. Me sirve para poner en blanco y negro los esbozos de charlas y homilías que es preciso tener a punto. También veo alguna película, no me duelen prendas reconocerlo, y escucho música clásica. Todo lo cual me sale gratis. Tengo más que amortizado el aparato y el ADSL.

Pero no pretendo una confesión personal, sino constatar que internet ha cambiado drásticamente las rutinas de muchísima gente. Las religiones también se han visto afectadas por esta nueva tecnología y su presencia en las redes aumenta sin cesar. Los foros y los comentarios a noticias y editoriales han crecido de modo asombroso. Se difunden mensajes en dirección a los cuatro puntos cardinales, acontecen intensos debates, surgen agrias polémicas, se plasman viscerales insultos y hasta afloran nuevos cultos cibernéticos.

Portales y redes de carácter religioso

Las distintas confesiones de nuestro planeta dedican cada vez más energías a la red. Hasta el Papa Benedicto XVI se ha estrenado en twitter con cuentas en distintos idiomas a fin de que los fieles sepan de su actividad. Está claro, no es él quien las actualiza ni cabe pretenderlo. Por muy intelectual que sea el Papa y por mucha ayuda que le asista desde el más allá, a su edad ya no está para estos pinitos.

El Papa se hace presente en internet, pero los lectores no pueden interactuar con él. Esta comunicación unidireccional es la que han practicado siempre casi todas las religiones. Muchas de ellas siguen haciendo lo mismo, sólo que adaptan su mensaje a los medios actuales. Ofrecen sus propuestas, comunican sus actividades y están en los lugares por donde andan los fieles. Pero no dan pie a la interacción. Desaprovechan una gran oportunidad, si bien se ahorran unos ecos que probablemente hieran los tímpanos y los sentimientos más vigorosos.

En Internet se han creado todo tipo de portales de carácter religioso, tanto oficiosos como oficiales, los cuales abrigan dispares propósitos en sus entrañas electrónicas. Algunos pretenden despertar la movilización social, como por ejemplo la web HazteOir. Otros tratan de mejorar la imagen pública: así la Web Islam (de la Junta Islámica Española).

Internet supone un altavoz para grupos religiosos de base con sus propias reivindicaciones. Así es relativamente fácil encontrar webs que aglutinan colectivos críticos en el interior de una misma confesión. La Iglesia Católica, por su volumen, es probablemente la que más grupos de fieles de base -críticos con la jerarquía y la doctrina- mantiene repartidos por la red. Se da con variados grupos que a veces adquieren rasgos un tanto pintorescos. 

Las polémicas religiosas en Internet

Internet es interactivo y multidireccional, y por lo tanto, el terreno perfecto para cualquier debate. Por supuesto, la religión centra una buena parte de los mismos. Porque en este tema -más que en otros- todo el mundo sabe, todo el mundo opina. Los debates entre ciencia y religión, mucho más tibios en países de mayoría católica, están a la orden del día en Estados Unidos. En el centro del debate: creacionismo contra evolucionismo. Asunto tan candente que a las personalidades relevantes con frecuencia se les pregunta su opinión al respecto. 

No entro en el meollo de la cuestión. Me limito a opinar resulta penoso que un tal debate consuma tantas energías hoy en día. La ciencia es bastante elocuente. Y la Biblia no tiene que ser leída con ojos fundamentalistas. 

Los comentarios anónimos que se leen detrás de algunas noticias sobre religión, particularmente sobre la Iglesia o algunos de sus miembros más relevantes, no suelen presentarse con el sello de la corrección. Algún psicólogo de categoría debería explicar cómo es posible que en estas webs interactivas se vierta una tal cantidad de bilis. Cómo es posible que el tono adquiera una visceralidad tan sorprendente. Las infamias, los insultos, los agravios, las impertinencias, las desvergüenzas, las irreverencias, las befas… parecen inagotables y a cual más desmesurada. 

Queda mucho más por decir, pero ya que hablamos de internet, sigamos sus pautas tácitas: los artículos deben ser cortos, de otro modo al lector le da por pulsar con el dedo índice sobre el ratón. En tal caso en la pantalla se instalan otros contenidos y otros colores asoman en el cristal.    

Así es que volveré sobre el tema para opinar, sin puñetazos sobre la mesa, acerca de estos novedosos fenómenos.



jueves, 22 de marzo de 2012

Sacerdocio: ¿vocación o profesión?


Atrás quedó el “Día del Seminario”. La jornada favorece la oración para que no decaigan las vocaciones y solicita la colaboración económica de los fieles. Porque incluso a la hora de cultivar las vocaciones se requiere dinero contante y sonante.

Para tal ocasión se confeccionó un video que ha provocado comentarios de tono muy diverso. La imagen global del sacerdote no casa del todo con la que propone la teología y la pastoral. Más bien centra la cuestión en el sacerdote en cuanto protagonista. Justo es reconocer que los comentarios han resultado positivos al valorar la campaña desde el punto de vista de la técnica comunicativa.  

Bien por algunas de las promesas que va desgranando el video. Las hay acertadas. Por ejemplo la que no promete un trabajo perfecto, pero sí formar parte de un proyecto inolvidable. O aquella que no promete ver muchos resultados, pero sí la seguridad de dar fruto. O las palabras en que se aventura que el candidato quizás sienta miedo, pero asegurando a la vez que el amor es más fuerte que el miedo. 

Bien hasta aquí. Más cuestionable es la primera promesa que se me antoja muy ambigua, si es que no del todo desafortunada: Yo no te prometo un gran sueldo. Te prometo un trabajo fijo.

Las instituciones, como el individuo, tienen muy desarrollado el sentido de la supervivencia. El de la Iglesia anda bien pertrechado y no hace falta demostrarlo con sagaces ni perspicaces razonamientos. Basta con recordar que lleva dos mil años en el campo de batalla. También es verdad que, para el creyente, cuenta con la aquiescencia del más allá.  

Como fuere, en la jornada del Seminario la Iglesia ha optado por hacer una campaña un tanto agresiva y, por lo visto, en algunos momentos ha caído en la tentación de convertirse en una oficina de ocupación.

Un anzuelo para tiempo de crisis

Faltan sacerdotes, escasean las vocaciones... Bien, pues recuerda la campaña, y el video en particular, que en este ministerio el trabajo es de por vida. Difícilmente le echan a uno a la calle. Tampoco necesita recurrir a la hipoteca, puesto que numerosas y vetustas casas parroquiales esperan al párroco. No se vive como un potentado, pero tampoco hay riesgo de paro por el momento, lo que no es poco considerando que rondan los cinco millones quienes se levantan cada mañana sin tarea que realizar.  

Sin embargo, no deja de ser chocante que la vocación deba canalizarse por una vía tan prosaica. Eso del trabajo de por vida y el sueldo fijo, ¿no será un anzuelo para que piquen aquellos a quienes el miedo al paro araña las carnes? ¿Es sano asociar la vocación sacerdotal con el sueldo fijo? Lejos de mí la ingenuidad angelical de que el presbítero no necesita comer ni vestir, pero todo tiene su momento y lugar.

Mucho temo que con una tal publicidad la vocación se homologa con el sueño -tan extendido- de hacerse con un puesto en la administración. Sí, de convertirse en funcionario de por vida y sin sobresaltos. No es que tenga nada contra los funcionarios, siempre y cuando no presuman abusivamente de su vocación.

Por lo demás, ya metidos en liza, y sin perder el humor, el video debería hacer alguna referencia a la dificultad de llegar a la huelga frente al divino patrón. Y a la imposibilidad de cambiar de empresa. Y al inconveniente de transcurrir los días sin un rostro femenino con el que dialogar e intimar.

Ampliar el horizonte

Dado que el video pretende -se supone- llamar al ministerio, al apostolado, al servicio, entonces decididamente no acierta la campaña. Los mejores ejemplares de sacerdotes son los que actúan movidos por el motor de la espiritualidad, los que viven y se desviven por servir al prójimo. 

No se planteen, pues, las cosas con mirada miope. No se trata simplemente de que hay falta de personal y urgen reemplazos. No. La campaña es realmente peligrosa porque hace del sacerdocio una profesión más entre tantas otras. Y no es eso. Tantos siglos hablando de la llamada de Dios y de pronto resulta que se substituye ésta por la del trabajo fijo y un modesto sueldo. 

Conseguir vocaciones con el anzuelo del trabajo y el sueldo fijo puede que tenga éxito en un primer momento y en época de crisis. Sin embargo, a largo plazo, el individuo que se mueve por tales razones no aguantará vivir célibe, ni será su norte el servicio al prójimo, ni posiblemente sintonice con el mundo de la liturgia. Dirigir una comunidad de fieles, estar al frente de las funciones eclesiales, preocuparse del prójimo que sufre... ¿simplemente por un trabajo en tiempos de paro?

En todo caso, el pan, el sueldo fijo y el trabajo sin temor al paro se dará por añadidura. Pero jamás debiera ser el motor que impulse a ingresar en las filas del sacerdocio.

Con el planteamiento de la campaña los fieles se sienten incómodos. Y simultáneamente se les ofrece carnaza a quienes se dedican fervorosamente  a hostigar a la Iglesia. Porque es indudable que algunos sienten un enorme placer en acosarla e insultarla. Su visceral antipatía por esta Institución consigue un alto grado de excelencia. No les facilitemos la tarea.

domingo, 11 de marzo de 2012

Sacramentos: un panorama angustioso



Perdone el lector menos avezado a asuntos internos de la Iglesia. Pero aprovecho la oportunidad para plasmar un par de ideas de la conferencia que el próximo martes voy a dar en Eivissa / Ibiza, lugar al que están convocados los encargados de santuarios y ermitas de Catalunya y Baleares. Se trata de una charla sobre el simbolismo de los sacramentos. Antes de abordar el tema hago unas disquisiciones sobre el panorama en la actualidad. Es lo que ofrezco en las líneas siguientes al amigo que aborda este blog. 

No quisiera comenzar con una nota negativa, pero lo más lógico y honesto consiste en reconocer, desde el inicio, que el panorama de los sacramentos es más bien desolador. Numerosísimos son los cristianos que en la práctica prescinden de los sacramentos que les ofrece la Iglesia.

No son tan escasos los matrimonios que llevan a sus hijos a bautizar a la parroquia y todavía significativo el número de niños y niñas que hacen la primera comunión. Pero no menos cierto es que desaparecen los adolescentes y jóvenes que frecuentaban la parroquia tras la confirmación. Muchos para siempre. Alguno se casará por la Iglesia, aunque la cifra disminuye de manera galopante. Fuera de los que se relacionan con algún movimiento o grupo, es muy raro ver gente joven participando de la Eucaristía. Determinados sacramentos ya son muy minoritarios: por ejemplo, la unción y la penitencia.

Un panorama nada halagüeño. Pero vale más no desviar la mirada a fin de que el diagnóstico sea certero. Un diagnóstico, es verdad, que no vale igualmente para otras regiones del planeta. No seamos cortos de vista ni nos consideramos el ombligo del mundo. América Latina aún se mantiene, a pesar de la sangría que ocasionan las sectas. África vive un buen momento para la fe, así como la India y algunos países del Oriente lejano.

Lo dicho plantea un problema: si tantas personas en nuestro ámbito se confiesan sinceramente cristianas y les atrae la figura de Cristo, ¿cómo se explica que no quieran acercarse a los sacramentos cuando el mensaje de la la Iglesia les asegura  que son imprescindibles para mantener una buena relación con Dios?

Motivos de la desafección por los sacramentos

Aventuremos algunas razones. Los sacerdotes realizan unos gestos, ritos y plegarias que llevan siglos desarrollándose por los templos. Se entendían en los tiempos y lugares donde surgieron, en general de la matriz de la cultura romana. Y aunque algunos detalles se han actualizado en la liturgia, muchas ceremonias han dejado de ser comprensibles. Baste con pensar en las vestimentas y determinadas expresiones de las celebraciones litúrgicas.

Un segundo motivo radica en que, según una mentalidad bastante común, los sacramentos se asocian, no a la libertad y el gozo de vivir, sino a la pesada carga que para muchos significa tener que ir a misa cada domingo y allí aguantar lo que les echen. O tener que manifestar cosas íntimas en el sacramento de la penitencia... Entonces no habrá razón para extrañarse si progresivamente la gente abandona la misa, no bautiza a sus hijos, no se casa por la Iglesia, ni está dispuesta a recurrir al sacerdote cuando un familiar muere. Y menos aún aceptan ir a contar sus intimidades a un clérigo desconocido.

Tercer motivo de desafección. Uno se sacrifica si considera que el fruto del mismo vale la pena. Pero cuando los convencionalismos imponen determinados rituales y no se entienden ni se comprenden a qué vienen, entonces pronto buscará y encontrará razones para no complicarse la vida. Es lo que sucede a muchos cristianos, particularmente jóvenes. Como no entienden las ceremonias ni el sentido de los sacramentos, prescinden de ellos.

Todavía hay más y de mayor envergadura. Algunos catequetistas, y también clérigos, consideran que los sacramentos existen porque Dios lo ha dispuesto así. Jesucristo los instituyó y la Iglesia se encarga de administrarlos. Luego el buen cristiano está obligado a recibirlos, es decir, a pasar por el aro.  

El asunto debería enfocarse no a partir de Dios que manifiesta su voluntad acerca de los sacramentos, sino desde los seres humanos que expresan sus experiencias  mediante gestos simbólicos. Dado que Dios es respetuoso de la condición humana, interviene y actúa, en la vida de las personas, a través de estas experiencias. Teniendo siempre muy en cuenta que las experiencias humanas se expresan simbólicamente. Y, cuando son experiencias colectivas, también requieren algún tipo de ritual. 

El sistema según el cual los sacramentos tienen su origen en Dios, de modo un tanto arbitrario y sin tener en cuenta la realidad humana, explica que Él interviene en el gesto o el rito obrando un efecto inmediato. A condición, claro está, de que quien lo reciba no ponga obstáculo (ex opere operato). La explicación opuesta no niega que Dios tenga que ver con el sacramento, pero sí deja claro que toma muy en consideración la experiencia de la persona. Una experiencia que se expresa mediante símbolos. En realidad, las experiencias profundas sólo logran manifestarse a través de ellos. 

La primera explicación fácilmente conduce al ritualismo y la magia. La otra tiene en cuenta los sentimientos y la manera de sentir y actuar de las personas en este mundo. Y está más de acuerdo con lo que nos aportan los textos del Nuevo Testamento.

sábado, 3 de marzo de 2012

Urdangarín, el insaciable



Los indicios son abundantes y visibles. Muchos artículos en la prensa digital y de papel están convencidos de que Urdangarín usó y abusó de sus vínculos con la familia real. También lo piensa así la Fiscalía anticorrupción de Baleares. Por su parte el juez tuvo que interrogarle a lo largo de muchas horas sobre asuntos turbios que no llegaron a aclararse.

La actitud políticamente correcta exige que se considere a nuestro hombre inocente hasta tanto no se le condene. Incluso hay voces alegando que la hostilidad de cierta prensa hacia el duque se debe a una veta de republicanismo. O que el yerno del Rey es un personaje ideal para convertirlo en chivo expiatorio al hallarse encumbrado por su matrimonio, construirse un palacete y llevar un alto ritmo de vida. La inquina nacería de la pura envidia.

Llamémosle presunto inocente para ser políticamente correctos, si bien este protocolo cada vez me incomoda más. Pues se observa que no raramente los jueces dictaminan por una diferencia mínima de votos, sobre todo cuando la causa es de tipo ideológico. Se da el caso de que los votos de un signo proceden de quienes fueron elegidos por uno u otro partido… Luego uno escucha determinadas grabaciones telefónicas o inauditas confesiones de súbita pérdida de memoria y el protocolo de la presunta inocencia acaba desmoronándose. 

Después de todo, uno no es o deja de ser culpable porque lo diga el tribunal de turno. Simplemente hay que actuar como si -una vez dictada sentencia- este señor fuera culpable o inocente. Las sentencias civiles para nada afectan al fuero interno. Reconozco que lo correcto en política y en sociedad consiste en ser consecuente con la sentencia. De lo contrario se instalaría el caos. Reconozco también que si una ley o una sentencia va contra la conciencia personal o contra la justicia evidente es preciso desacatarla en la medida que a uno le corresponda.

El tal Urdangarín, Duque por gracia de su boda con la hija del Rey (otra ganga, la de tener por padre a un rey) es un exjugador de balonmano al que su carrera se le antojó corta y siguió dando pelotazos. Sus excompañeros de equipo cobran al parecer un promedio de 2.500 € al mes. El yerno ha acumulado inexplicablemente una fortuna de 11 millones, según leo en la prensa. Urdangarín, el insaciable, podría llamársele. Parapetado detrás de la Casa Real daba sablazos a diestro y siniestro. Y es que todavía debe funcionar aquello de que “si rechazas mi propuesta te enterarás de quién soy”. Desde luego, lo decía en términos más suaves e implícitos, tampoco vamos a exagerar.

El Duque montó un entramado societario para apoderarse de fondos públicos y privados a través de una entidad sin ánimo de lucro. Se ha sabido que el príncipe azul no hizo el servicio militar alegando sordera. Reconozco sin el menor sentido de culpa que no he leído el libro de Pilar Urbano sobre la Reina, pero sí una cita en la que Doña Sofía dice del yerno: “Es bueno, buenísimo y tiene un fondo espiritual y moral enorme. Un hombre muy sensible, muy bien educado, atento y además espontáneo, alegre y animado”. Sin comentarios.

“La justicia es igual para todos”, dijo el Rey. Cuesta creerlo cuando quienes hunden bancos por su afición a la burbuja inmobiliaria siguen impunes y al retirarse se asignan  sueldos millonarios. Unos dineros públicos que inyectó el Estado al banco precisamente obligado por la ineptitud del Director o por su ambición desmedida.

Confiemos en que la justicia es igual para todos. Aunque se haga cuesta arriba digerir que a la Infanta no se la llame a declarar  “porque nada tiene que ver con el asunto”. Ella que era vocal o secretaria de uno de los organismos y firmaba actas. Ella que ciertamente sabía del palacete y de los pisos comprados en Palma. ¿O quizás desconocía estos datos? ¿O tal vez era la timidez lo que impedía preguntarle a su esposo de dónde sacaba tanto combustible?

Evasión de capital e impuestos, creación de una trama de sociedades que transitaban por el Reino Unido y Belice, facturas sin justificación, cobros exagerados que no se correspondían con las tareas llevadas a cabo. Tales son los cargos que se le imputan al Duque y que otros excolegas han confirmado.

Un personaje tan decidido a la hora de hacer negocios nos sorprende ahora con su actual timidez y súbita pérdida de memoria. Mientras estaba en la cresta de la ola se mostraba valeroso y seguro de sí. Ahora, frente a las consecuencias de su obrar, aparece más bien apocado, si es que no cobarde. No sabe, no recuerda, era su socio quien transgredió la ley, le falsificaron la firma... Desconocía lo que ocurría en sus empresas… Él era una estatua silente que nada veía cuando sus socios saqueaban las arcas públicas. Él sólo pasaba por allí casualmente.

Hoy día el paro, los recortes y la crisis taladran manos y pies de muchos ciudadanos. Para más escarnio no acaba la veta de los saqueos de dinero público y siguen los sueldos obscenos de algunos banqueros y políticos. Los discursos oficiales dicen que los tiempos son recios y todos tenemos que apretarnos el cinturón. No es de extrañar que al Duque le insultaran cuando iba a declarar al juzgado, justamente en una calle cercana a la avenida llamada “Els Ducs de Palma”. Muy comprensible.





jueves, 23 de febrero de 2012

La Cuaresma en tiempos de postmodernidad


Probablemente a los lectores les extrañará -tanto como me sorprendió a mi mismo antes de reflexionarlo- pero se da el caso de que en nuestra sociedad laica, postmoderna e indiferente también se celebra la cuaresma. Como en la Edad Antigua, como en los años de la Edad Media, llamada Edad Oscura por los anglosajones (The Dark Age). Como hace un siglo, se topa uno con hombres y mujeres que siguen las mismas prácticas recomendadas por el evangelio e institucionalizadas en los primeros siglos del cristianismo.

En efecto, hoy como ayer, numerosos ciudadanos al margen de cualquier idea religiosa, no pasan por alto la mortificación del cuerpo, ni las privaciones voluntarias. Incluso dan limosna, ayunan y confiesan sus culpas.

En cuanto sucede una catástrofe de mediática envergadura la noticia llega hasta el último rincón del planeta. Entonces el individuo postmoderno, quizás poco pertrechado en su intelecto y su voluntad, pero de fina sensibilidad y fácil conmoción, es muy capaz de rascarse el bolsillo. Al tal le escapan unas lágrimas furtivas al observar la sordidez en que el terremoto, las inundaciones o la peste han precipitado a la pobre gente. Ha llegado el momento de la limosna.

¿Qué me dicen del ayuno y la abstinencia que practica el personal de la postmodernidad? Hay quien pesa los gramos del panecillo cada mañana para no excederse de la porción recomendada por los dietistas y/o los gurús. Todo un ejército de profesionales de la salud  -más algún advenedizo- andan ocupados inventando dietas y preocupados por encontrar clientes adictos. Un ayuno y una abstinencia, claro está, motivada por razones estéticas que no éticas. Más por salubridad que por austeridad. Eso sí, el vigor y el rigor con que abordan su dieta nada tiene que envidiar al fervor a las prácticas cuaresmales de los primeros cristianos en viernes santo.

Objetará el lector que el paralelismo entre la cuaresma de verdad y la postmoderna más bien se nutre de argucias ingeniosas, pero que carece de poder persuasivo. Y seguramente me retará a que nombre una correspondencia del castigo corporal que en épocas pretéritas daba mucho protagonismo a los cilicios y disciplinas. Entiéndase, un protagonismo compartido con muslos y posaderas. 

Pues me atrevo a establecer la correlación. Cilicios y disciplinas han desaparecido de la vista, pero a cambio, en muchos escaparates de la ciudad se muestran sin pudor otros instrumentos para infligir dolor. Argollas y piercings sustituyen a los antiguos utensilios de agudas puntas. Argollas, piercings, agujas para el tatuaje y un estricto ejercicio en el gimnasio son las penitencias que hombres y mujeres se imponen.

Cierto que no para purgar sus culpas o poner a raya los apetitos de de la carne que inexorablemente -como la cabra al monte- tiran hacia el placer y la holganza. La finalidad de las mortificaciones postmodernas apunta a lograr una buena acogida en la sociedad, es decir, a que los amigos queden con la boca abierta al constatar los músculos de los bíceps y admiren cómo los pectorales masculinos han ido adquiriendo la forma de un triángulo.  En el caso de las féminas importa que las medidas de tórax, cintura y caderas guarden las proporciones que mandan los cánones de la belleza, que no los del Derecho canónico. 

No resulta difícil alargar la lista de prácticas cuaresmales que se corresponden con las prácticas llevadas a cabo por los postmodernos. Sigue habiendo procesiones: largas caravanas de domingueros que van a la playa o se trasladan a su segunda residencia en la montaña.

Incluso existen prácticas equiparables a la confesión sacramental. Se emiten por ahí programas de televisión en la que el penitente es sentado en el centro de un sabiondo grupo de panelistas, los cuales le provocan de mil maneras y le inducen a confesar los pecados recordándole sus fallos mediante previas y oportunas grabaciones. Al cabo no manifiesta sus culpas en la penumbra de un templo, sino ante los focos de la televisión para que miles o millones de personas sepan de sus entuertos, por íntimos y vergonzantes que éstos resulten. 

¿Y la oración? Pues claro que en nuestros días mucha gente practica la oración al margen de la religión. Habrán escuchado acerca de los mantras del yoga, de la meditación trascendental, del Reiki. Una de las veces en que un barco vertió su carburante en costas y playas del litoral, la catástrofe sacudió muchas conciencias. Una Web proponía que se llevase a cabo una cadena de oración para pedir perdón al mar y con el fin de que la energía y la fuerza mental de los orantes aliviara el impacto de la catástrofe.

Decía así: Mando la energía de amor y gratitud al agua y todo ser viviente en las costas dañadas y sus alrededores. A las ballenas, delfines, pelicanos, peces, moluscos, plancton, coral, algas y toda criatura viviente.... Lo siento mucho, Madre Tierra. Perdónanos, por favor, Gracias. Te amamos. Una plegaria en toda regla

Concluyendo: en la postmodernidad se practica el ayuno, la abstinencia, la limosna, la confesión y la oración. No voy a acabar con un colofón elaborado a base de fácil moralina. Tampoco voy a exhortar a quienes practican una cuaresma light/laica/postmoderna/ecológica que sigan haciendo lo mismo, pero cambiando el sentido de sus obras y avizorando un poco más allá en el horizonte. Les pido simplemente que no se sorprendan cuando se topen con algún cristiano que siga la sana y venerable tradición que desde hace siglos ha establecido este tipo de prácticas. Y que mucho menos tuerzan el gesto con rictus de menosprecio.

lunes, 13 de febrero de 2012

El cuerpo en la postmodernidad


Mi penúltima entrada versó sobre la expresividad del rostro. El rostro y el corazón, junto con el cuerpo que les sirve de soporte, conforman una tríada que invita a profundizar las maravillas de una corporalidad amasada de espiritualidad o viceversa. Volvamos a la carga y miremos la tríada al trasluz. 

El cristianismo ha arrastrado una relación difícil con el cuerpo. Lo ha  magnificado en cuanto objeto de la unción sacramental y destinado a la glorificación, pero también no raramente y sin venir a cuento lo ha denigrado considerándolo lugar y ocasión de pecado. Charlemos, pues, acerca del protagonismo del cuerpo y sus ambigüedades.

No es posible hacer a menos de la dimensión corporal del ser humano. La historia de las relaciones entre fe y cuerpo ha sido estrecha, pero también tortuosa. Las grandes etapas del cuerpo, así como sus grandes pulsiones, han caído bajo la regulación o el control -como se prefiera- de la fe cristiana, aunque bien podría ensancharse la afirmación y decir que todas las religiones han ejercido control sobre las etapas y situaciones más relevantes relativas al cuerpo.
En efecto, el nacimiento, la adolescencia, la edad adulta, la enfermedad, la muerte, la sexualidad... se han vinculado estrechamente con lo religioso. Por lo demás, en el interior del cristianismo han tomado especial relevancia algunos aspectos muy corporales, tales como la ablución bautismal y la resurrección, el cuerpo y la sangre de Cristo a que alude Jesús en la última cena y que constituyen un referente permanente para el pueblo de Dios.

El centro unificador de la vida social fue la Iglesia durante siglos. El cuerpo no escapaba a su normativa ni a su simbología. Con la modernidad la Iglesia dejó de ejercer esta función y los diversos intereses que nuclean a la sociedad se van emancipando. La economía primeramente, luego también la política y así sucesivamente. Y finalmente le llegó el turno al cuerpo.

Cada uno de los intereses mencionados trata de dar sentido a las realidades que abarca. Dar sentido a los intereses y realidades humanas era lo que venía haciendo la religión. Ahora surge la competencia. No resulta, pues, extraño que el cuerpo tienda a sacralizarse y hasta en cierto modo a ser adorado.

Estamos asistiendo a una verdadera explosión por lo que atañe al protagonismo del cuerpo. La literatura, el cine y las artes apuntan hacia él, particularmente en su vertiente erótica. Las revistas científicas o de divulgación también le prestan una notable atención desde la medicina. En la ciudad hacen su aparición los gimnasios, lugares para ejercitar los músculos y cultivar los aeróbicos.

Simultáneamente se extiende el prurito de la vuelta a la naturaleza en muchas vertientes. El cuerpo respira el aire de la montaña o acaricia las olas de la playa. Los productos alimenticios deben ser lo menos elaborados posible, es decir, naturales y orgánicos. La medicina es invitada a prescribir medicamentos de procedencia vegetal.
A todo ello añádase la corriente feminista que ha reivindicado los derechos del propio cuerpo contraponiéndolos a la sociedad patriarcal. La comercialización y la publicidad han aprovechado al máximo la baza del cuerpo. Ha multiplicado hasta la saciedad las imágenes de cuerpos seductores, ha creado la necesidad de mantenerlos, vestirlos y cuidarlos con esmero.

A este propósito el afán de bienestar corporal pone en relación el cuerpo y la mente a fin de conseguir la relajación, la respiración equilibrada. El deporte trata de obtener cuerpos ágiles, musculosos y sanos, etc. Todos estos datos hablan a las claras del nuevo protagonismo del cuerpo. Hemos entrado en un nuevo paradigma cuya atmósfera conduce a la sacralización del cuerpo, la exaltación de la sexualidad y al prurito naturista.

Algunas de las cosas reseñadas en los párrafos anteriores en principio resultan positivas. El cuidado del cuerpo es digno de elogio. Sin embargo, al observar el modo concreto de la recuperación y el protagonismo del cuerpo, afloran numerosos interrogantes.
El fenómeno dista mucho de ser positivo en exclusiva. El cuerpo es con frecuencia mera mercancía destinada a la publicidad, muy particularmente en cuanto a la mujer, cuyo cuerpo se erotiza al máximo. El cuerpo es objeto de abuso a través del doping, ya sea para obtener prestaciones corporales inalcanzables de otro modo, ya sea para provocar alteraciones de la conciencia. Luego habría que referirse al aborto, a la manipulación de los genes, etc.

Por una parte se sacraliza el cuerpo y por otra se lo degrada. La recuperación del cuerpo no puede desgajarse de la recuperación de la persona integral. Ahí es donde surgen los interrogantes frente a la conducta que se observa en nuestra sociedad en la cuestión que nos ocupa. Volveremos sobre el tema.

viernes, 3 de febrero de 2012

Entre la incultura y la violencia


En Mallorca el nuevo gobierno ha modificado una ley que rebosaba sentido común. Decía que para acceder a la administración, es decir, para tratar con los ciudadanos de Baleares, era preciso entender –al menos de modo elemental- su lengua y expresarse en la misma: el catalán. Porque ésta, en su variante mallorquina, es el idioma que los nativos hablan desde hace 800 años. Me parece una norma de respeto elemental y de innegable cortesía. Así se evita cualquier sospecha de colonialismo o de dictadura. 

Pues bien, el nuevo gobierno de las Islas Baleares tiene el propósito firme de derogar esta ley. De nada sirven las protestas y alegaciones de ciudadanos y ayuntamientos. Tal como lo escuchan: ellos han decidido ir en contra de la lengua de su tierra, del idioma que mamaron desde niños. 

El castellano tiene un enorme poder de avasallamiento. La inmensa mayoría de medios de comunicación -radios, periódicos, revistas, televisiones- usan esta lengua. Y se da el caso de que un gobierno elegido para defender el patrimonio más valioso de un territorio da marcha atrás y dobla el espinazo ante otras instancias que ven con agrado una tal insolencia. Hecho inédito el que los encargados de velar por un territorio minusvaloren sus mejores activos. 

Los idiomas son enriquecedores

Personalmente nada tengo contra el castellano. Más aún, uso este idioma en el blog por cuanto pasé muchos años de docencia en tierras americanas y entre sus gentes se cuenta un buen número de lectores. Nada tengo en contra de ninguna lengua y he aprendido unas cuantas a lo largo de mi vida. No produce perjuicio alguno, sólo aporta beneficios.

Las lenguas se han conformado con los posos de generaciones que han depositado en ellas sus sentimientos y emociones, sus modos de actuar y de pensar. La lengua deviene la fibra más íntima y sensible de un pueblo. No da igual, no, expresarse en uno u otro idioma. Afirmar esto es pecar de lesa incultura. Los matices de la lengua que se succionó con la leche materna no se detectan en una lengua ajena.

A alguien le escuché decir que hablar en un idioma que no es el propio equivale a que el perro se ponga a maullar i el gato a ladrar. Puede que la comparación no sea del todo adecuada, pero tiene su gracia. Y es muy cierto que una expresión aprendida en la familia cuando niño, en el contexto del pueblo que le vio nacer, escuchada mil veces por los vecinos, nada tiene que ver con una expresión aprendida en los libros y posteriormente memorizada. 

Luego está el respeto que merecen las personas. Cuando estuve en Roma ni me rozó la mente la tentación de hablar otra lengua que no fuera el italiano. En Sto. Domingo hablaba el castellano y hasta me esforzaba por darle un acento caribeño. Y así los meses que de joven pasé en Francia y en Alemania. Me parecía totalmente incorrecto dejar de aprender el idioma que hablaba la gente del lugar. Mucho menos pretendía que hablaran el mío.

Sin embargo se encuentran por ahí personas que han vivido 50 o más años en Cataluña o Mallorca y jamás se han dignado pronunciar una palabra en el idioma del lugar. Uno cierra un ojo si es por incapacidad congénita o ignorancia invencible. Pero molesta mucho cuando es por desidia o, peor todavía, por mala voluntad. 

Y de pronto los gobernantes -hecho insólito, repito- le ponen todos los impedimentos a los ciudadanos catalanoparlantes para que usen su lengua, mientras les tienden puentes de plata para que irrumpan con una lengua ajena. 

La universalidad no consiste en vestir igual, cantar lo mismo, pensar de modo similar y hablar idéntica lengua. Muy al contrario, a esto se le llama uniformismo y tiene derivaciones con nombres todavía más feos, tales como dictadura, fascismo, totalitarismo…

Manifiesto a favor de la lengua vernácula

En defensa de estos principios un grupo de compañeros de Congregación en Mallorca hemos enviado a los medios de comunicación un manifiesto en defensa de la lengua autóctona. (http://dbalears.cat/actualitat/balears/manifest-dels-msscc-sobre-la-llengua-catalana-a-mallorca.html). Defendemos, por otra parte, lo que la Iglesia ha defendido siempre: que hay que hablar a los fieles en su lengua vernácula. Cuestión distinta es que luego se cumpla en todas las instancias.

Objetará más de uno que es preciso tener en cuenta a los inmigrantes. Totalmente de acuerdo. Precisamente dice el manifiesto citado, traducido al castellano: Nuestras experiencias personales como misioneros, en diversos continentes, nos han puesto al servicio de los inmigrantes de muchas procedencias y hemos aprendido que, cuanto antes el inmigrante se integra, tanto mejor puede ejercer sus derechos como persona y no mantenerse como convidado de segunda clase.

Acabo con otras líneas del manifiesto: Cualquier atentado en orden a imponer una lengua o cultura fuera de su territorio natural es fruto de una mentalidad violenta, aunque se revista con apariencias democráticas y suaves.