El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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viernes, 1 de mayo de 2009

Perdonen si hoy hablo de fútbol

Hoy me adentro en un tema que tiene más de emocional que otra cosa. Lo cierto es que mueve una cantidad de pasiones increíble. Los periódicos lo mantienen omnipresente, una edición tras otra. En los diarios de la TV siempre se le dedican largos minutos. La gente lo convierte en tema protagónico de sus discusiones. Desata apuestas, provoca socarronerías y no se detiene ante los insultos.

Me refiero al deporte en general y muy en particular al fútbol. Más en concreto, a la rivalidad existente entre grandes clubes: el Madrid y el Barcelona. Justamente el partido que se jugará mañana sábado y cuyos comentarios no se apagan no obstante el fragor de la deplorable crisis económica que nos afecta y de la nefasta peste porcina que nos amenaza.

Desde una óptica racional no es posible dar explicación al fenómeno. Pero es que sus raíces no se hallan en la razón, sino en la emoción. Se juega mucho más que la entrada de un balón en la portería. Rivalidades regionales, concepciones políticas, arreglos de cuentas de partidos anteriores, ideas divergentes del fútbol… todo ello choca cuando topan entre sí las piernas de los adversarios.

¿Por qué es así? ¿Por qué se confían tales argumentos al incierto vaivén de un balón? No hay respuesta. Pero sí es muy comprobable que el hincha se estremece con los pases geométricos del jugador de moda, pases que se diría trazados en tiralíneas. El público suelta un “huy…” digno de las mejores causas cuando la pelota parecía tocar la red, pero se resistió a hacerlo en el último momento. El espectador se descompone -por muy honorable que sea en la oficina- cuando el gol hace su aparición.

Se ha dicho más de una vez que el deporte, en cierto modo, ha sustituido a la religión, que vive en horas bajas. Es cierto. Hay toda una preparación ascética de los jugadores -entrenos, concentraciones, lejos de novias y esposas- que mantiene la expectativa hasta tanto llega el momento señalado. Luego se reúne una multitud de hinchas fervorosos y exultantes en el estadio. Se animan mutuamente mucho antes del inicio de la ceremonia. Son los miembros de este pueblo enfervorizado que vibra al unísono.

Hasta existe todo un lenguaje configurado por el fútbol. Numerosas publicaciones diarias, de muchas páginas, se alimentan de esta inagotable cantera. Y los medios corren detrás de los futbolistas para entrevistarlos, aun cuando resulte penoso -por anodino, trivial e insignificante- escuchar sus declaraciones. Pero son los cracs, los protagonistas, los dioses de esta novedosa religión.

El césped refulge bajo las luces. Las cámaras no se pierden detalle. Suena un himno que habla de batallas pundonorosas y persistentes. Los jugadores erguidos y en fila miran embelesados hacia las gradas. Han dicho que lo van a dar todo por los colores, por el escudo.

Empieza el partido y los espectadores rugen. El árbitro que se equivoca al pitar es la personalización del diablo. Atrae los más graves insultos sobre su persona. Se escuchan amenazas de muerte.

Acabará el partido y la decepción pesará como una losa o bien el gozo irradiará como sol de verano. Lo cual propiciará nuevos artículos en la prensa, provocará ulteriores apuestas y servirá para que los comentarios a los escritos de internet se llenen de ironías, befas, vocablos soeces y desfachatados.

El fútbol ha venido a ser una religión. Tiene su jerarquía: presidente, entrenador, directivo… Exhibe sus símbolos: camiseta, escudo, estadio… No falta el himno. Por supuesto que cuenta con entusiastas partidarios: los hinchas. Dispone de una infraestructura mediática: periódicos, programas de Televisión, emisoras, etc. No faltan los personajes más populares, que a veces se asimilan a los santos, a los mártires o a los profetas, según obedezcan al entrenador, caigan lesionados bajo los pies del adversario o critiquen sin piedad las injusticias perpetradas por el árbitro. Claro está, también hay traidores y desertores que se convierten en el blanco de las iras populares.

Cada equipo tiene su historia sagrada donde los buenos y los malos, los éxitos y los fracasos se fijan para siempre: la crónica de las grandes batallas, las hazañas de los cracs, los momentos fundacionales.

Cabe hacer una caricatura de todo ello y decir que el conjunto no tiene pies ni cabeza. Cierto, se trata de algo irracional, pero que está ahí, que mueve pasiones, propicia ganancias exorbitantes, provoca insomnios y hasta infartos. A lo largo de la semana el humor de numerosas personas tiene mucho que ver con el resultado del domingo. Lo cual alimenta las befas de unos y el sufrimiento de sus destinatarios. El sufrido hincha experimenta la postración y teme el insomnio nocturno.

Ésa es la realidad. Más allá de menosprecio o la indiferencia convendría hurgar un poco en lo que da pábulo a esta desmesura. Porque el hecho es que el fenómeno no surge de la nada. Algo debe explicar sus múltiples facetas. ¿Necesidad de distracción? ¿Urgencia de soltar adrenalina? ¿Premura de romper con el ritmo cotidiano? ¿Ganas de encontrarse con los demás hinchas de la misma religión?

Es indiscutible: el fútbol provoca estos acontecimientos y estas pasiones. No de solo pan vive el hombre. No de sola racionalidad se alimenta la persona. Lo que no parece importante, sí lo es en buena medida.

Se me ocurre que en la Iglesia de Dios acontece algo parecido. No sólo de liturgia o de doctrina vive el hombre, no sólo de razones se alimentan los feligreses. Los detalles que menosprecian los directivos, tales como la acogida en las Iglesias, el diálogo cara a cara, la accesibilidad, son importantes. Las iglesias evangélicas han sido más perspicaces para los pequeños detalles. Y les ha ido mejor. El fútbol será una religión laica y advenediza, pero puede enseñar algún pequeño detalle a la religión formal de toda la vida.


domingo, 19 de abril de 2009

Los teólogos levantan la voz

Hace unos días saltó a las páginas de la prensa un escrito de protesta de 300 teólogos. Entre los autores los hay unos más moderados que otros, los hay de enorme prestigio y con una obra voluminosa a sus espaldas, aunque también se encuentran firmas de personas desconocidas. Los hay laicos, religiosos, presbíteros diocesanos… 

En mi opinión el escrito significa que el malestar extendido en muchos ámbitos de la Iglesia está aflorando a la superficie. Quien frecuente un poco los ambientes teológicos, pastorales o simplemente eclesiales (que no necesariamente eclesiásticos) percibe enseguida que muchas opiniones y muchas actuaciones de la base no sintonizan con las de las altas jerarquías. Y, a la larga, estas situaciones trascienden a los oídos del gran público.

Buscar alternativas a la situación

Dado que las discrepancias son numerosas, ¿no podrían ponerse en pie iniciativas para el debate y los grandes foros a todos los niveles? En Facultades de Teología, en el sínodo de los obispos, en el presbiterio de las diócesis…  Creo que es la única manera de llegar a un consenso o, al menos, de escuchar las opiniones de quien piensa diversamente. Pues no. Se prefiere la vía del “ordeno y mando”. Y los disidentes son castigados. Prepárense para los sitios más difíciles e ingratos en la diócesis, tengan muy claro que se les cortará las alas en su futuro desarrollo.

No se me diga que este modo de actuar se corresponde con la estructura fundacional de la Iglesia. No es verdad. Son poquísimas cosas las que exigen una palabra última y definitiva y aun ello no impide que antes haya habido intensos y prolongados debates sobre la formulación. Así acontecía en la Iglesia antigua. Se dirá que la Iglesia no es una democracia. Cierto. Es mucho más que la fría contabilidad de los votos. Es una comunidad, una fraternidad. Y en ella el mayor está obligado a lavar los pies al más pequeño, porque es el mismo Jesús quien invita a cambiar de signo la autoridad entre los cristianos.   

La protesta está motivada por una lamentable pérdida de credibilidad de la Iglesia en los últimos años. Se formulan contenidos aparentando una gran seguridad cuando no hay argumentos tan contundentes para ello. Se recurre a intervenciones poco delicadas, se llama al orden a teólogos y escritores en cuanto opinan diversamente de las altas jerarquías. Luego ha habido toda una política de nombramientos episcopales mucho más preocupada por la sumisión que por la personalidad carismática del elegido.

A esto hay que añadir pugnas entre jerarcas por mantener la influencia en el nombramiento del sucesor o de personas afines. Es de dominio público en alguna diócesis y se habla de ello abiertamente por lo que respecta a los bandos de la Curia vaticana. Por si fuera poco el momento actual está lastrado por dolorosos casos de pederastia. Quienes están al frente insisten sobre unos temas -particularmente vinculados al inicio y al final de la vida- mientras dejan en la sombra otros más presentes en las páginas del evangelio.

Más aún: se asiste a un guiño hacia posturas que parecían obsoletas y superadas: el abrazo a los lefebvristas, la nostalgia por gestos litúrgicos preconciliares, la sintonía con movimientos muy conservadores. En cambio, a quienes desearían culminar de una vez las indicaciones del Vaticano II y hacer carne las utopías de Juan XXIII se les juzga con dureza.

No es de extrañar que el malestar se extienda como mancha de aceite, afloren las protestas y mengüe la ilusión. Unos católicos -generalmente los más inquietos- emigran hacia otras confesiones o basculan hacia el escepticismo. Los más se resignan a vivir en la rutina y la decepción. Han dejado de soñar en una Iglesia más dinámica y cercana al perfil de Jesús de Nazaret. 

Infidelidad al Vaticano II

La protesta de los 300 teólogos señala con el dedo la causa principal de la crisis actual: la infidelidad al Vaticano II y el miedo a las reformas, en particular a la de la Curia vaticana, que llega a sofocar la misma voluntad papal. Esta es también la tesis de fondo del teólogo Hans Küng cuyas memorias (la segunda parte) han aparecido no hace mucho en un grueso volumen.

Se impidió en las sesiones vaticanas tratar determinados temas espinosos que, sin embargo, requieren de un amplio consenso. Se publicaron importantes documentos con  conclusiones terminantes acerca de temáticas muy discutidas: el celibato del sacerdote, la mujer en el ministerio, la contracepción, la teología de la liberación…

¿Qué aconteció? En ocasiones se buscaron vías para sortear las afirmaciones que no conseguían la tradicional “recepción”. Pero muchos fueron deslizándose por el tobogán de la decepción. Numerosos sacerdotes dejaron el ministerio. En general la credibilidad del magisterio sufrió un tremendo golpe.

Un ejemplo a escala de esta situación se encuentra en la Iglesia holandesa. Una Iglesia entusiasta, dinámica, con una enorme participación de todos los sectores. Empezaron las censuras, los llamados al orden. Fueron elegidos pastores de ideas conservadoras muy marcadas para contrarrestar la situación. Se impuso un Concilio holandés en Roma (¡!) eligiendo a cardenales y obispos de la propia ideología de cara a los debates y conclusiones. Por descontado está decir quiénes ganaron con estas reglas de juego.

El resultado fue nefasto: los cristianos se decepcionaron, creció la frustración. De aquella Iglesia hoy día quedan unos lastimosos residuos. Iglesias vacías, pastores domesticados o resignados. Ni la alegría ni el futuro tienen protagonismo en las comunidades cristianas.  

Habría que aprender de estas situaciones históricas. Los pastores no deben buscarse entre los peones fieles, con el oído en dirección a Roma, sino entre cristianos inteligentes, entregados y con carisma para reunir y entusiasmar a los fieles. Convendría saber que es contraproducente una doble vara de medir según se trate de conservadores o progresistas. Entre paréntesis: se me dirá que es impropio este lenguaje. De acuerdo, pero sirve para entendernos.  

Los teólogos que protestan afirman su lealtad y dicen en voz alta que no piensan romper con la Iglesia aunque tengan que soportar las iras de algún jerarca. Su protesta le pone carne a un extendido sentimiento de malestar y decepción. Resultaría positivo escucharlo. Argumentar “ad hominem” tratando de encontrar carencias y ambigüedades en la vida de los firmantes no sería una buena táctica. A los argumentos hay que responder con argumentos. 



viernes, 10 de abril de 2009

"Otra cara debieran poner..."



Si el lector ya ha acumulado unos años en su cuenta intransferible, es posible que haya visto películas del género. La escena tiene, más o menos, estos trazos: una explanada en que los indios levantan enormes troncos representando a sus divinidades. Dan vueltas a los mismos cargados de plumas coloridas y danzando al son de una música repetitiva. La tribu ofrece cestos de frutas y animales a sus dioses. También pretenden ofrendarles el corazón de una mujer blanca que lograron hacer prisionera.  

Pero de pronto irrumpen los vaqueros cabalgando en el trotar de sus caballos, justo en el momento en que ya el puñal se levantaba para sacrificar a la mujer.  (Quizás en este momento la sala se llena de aplausos). Los protagonistas, y en particular el galán que los guía, desatan a la linda muchacha a punto de ser sacrificada. La salvan. Y, naturalmente, la película acaba con el matrimonio entre ambos.   

Esta imagen me ha sorprendido sin pretenderlo y creo que por asociación de ideas. Tengo la impresión de que no pocos creyentes tratan a Dios como si fuera uno de estos gruesos troncos, una especie de tótem al que hay que aplacar con frutos y sacrificios a fin de impedir que su cólera explote sobre los humanos.

Los cristianos de este perfil “cumplen” con los preceptos de Dios y de la Madre Iglesia. Hasta emprenden alguna que otra novena y no se pierden las tres avemarías antes de acostarse. Es posible que le prendan una vela a S. Antonio si algo se les extravía y que invoquen a Sta. Rita cuando algún deseo poco factible se incrusta en sus pensamientos. Ellos se sienten bastante satisfechos de sí mismos porque jamás han matado ni robado.

Pero suele darse el caso de que sus oraciones son, las más de las veces, tan frías como el acero en una noche de escarcha. Son tan mecánicas como el funcionar de la lavadora. No lo dicen, pero Dios es para ellos como el tótem para los indios primitivos: un ser duro, distante, hueco como la corteza de un tronco, lejano y mudo. ¿Un Padre misericordioso y atento con sus criaturas? Esto está bien para la retórica de las homilías, pero no para tomárselo en serio. Al final, Dios siempre acaba blandiendo su bastón.

Entonces, ¿en qué queda la Pascua?

En este contexto, ¿qué decir del domingo de Pascua? De por sí debiera ser un gran estallido de fiesta. La resurrección de Jesús es la más sorprendente e importante noticia ocurrida en la humanidad. Es motivo suficiente para atizar el gozo y la esperanza. Su resurrección es también la nuestra e incluye la promesa de que todo cuanto existe llegará a su realización plena. La vida no es una broma de mal gusto y menos una pesadilla con final desdichado.

Al comprobar tamaño gozo es de suponer que las personas del entorno preguntarán por el motivo de tanto contento. Lamentablemente, el caso es que no comprueban el mencionado gozo. Más bien en la mayoría de los templos parece reinar el aburrimiento entre los asistentes. Gentes resignadas que miran intermitentemente el reloj. Personas que salen finalmente de la Iglesia habiéndose quitado un peso de encima. Ya han cumplido.

Julien Green, escritor francés de inicios del siglo XX, perdió la fe en la juventud, pero la recuperó en la edad madura. Entonces adquirió la costumbre de situarse en la puerta de las iglesias para observar las caras de los asistentes: rostros serios, duros, en ocasiones somnolientos o tristes. A juzgar por la escena -conjeturaba él- tal parecía que en el interior del templo no les había ocurrido nada agradable.

El corrosivo Nietzsche no se cansaba de repetir que otra cara deberían poner los cristianos para convencerle de que estaban redimidos y creían en la resurrección. Tenía su buena parte de razón. Porque resucitar es vivir de verdad, en plenitud, quitar las losas de tantos sepulcros en los que vivimos soterrados. Resucitar es vivir la vida nueva que Dios nos da, lo cual tiene que ver con liquidar una buena dosis de egoísmo y alimentar una mayor alegría.  

Resucitar, dice el apóstol Pablo, es dejar atrás lo viejo. O sea, ir más allá del viernes santo, creer que la muerte no tiene la última palabra. Lo viejo queda simbolizado en la enorme piedra que sellaba el sepulcro de Jesús. Una piedra que a menudo también nos pesa porque se metamorfosea en desánimo, en exceso de realismo, de abatimiento, de cerrazón... Una piedra que simboliza un “no” a todo germen de transformación y mejoría.

Lo nuevo, en cambio, consiste en abrirse a la excelente noticia de Pascua: Jesús no está en el sepulcro. La piedra puede ser removida. La muerte, que nos corroe poco a poco, sin embargo, no tendrá la última palabra. Lo nuevo consiste en pensar que no nos espera el vacío ni el absurdo, sino la vida inmerecida que Dios quiere regalarnos.

El mensaje de la resurrección sigue pareciendo a muchos increíble. Demasiado bonito para ser cierto... Pero podrá ser creíble si el gozo inunda a sus seguidores, si se esfuerza en vivir los valores por los que Jesús dio la vida.

El lugar de Jesús está entre los vivos y no entre los muertos. Hay que salir de las tumbas que uno se fabrica a medida, donde entierra la confianza, la esperanza y el gozo. Eso significa la Pascua de resurrección. 

viernes, 3 de abril de 2009

Pastores malhumorados

El que “mira por encima”: eso es lo que significa obispo/epískopos. No en el sentido que uno podría suponer de mirar por encima del hombro de modo engreído, sino por cuanto al obispo le toca vigilar y cuidar de la grey. Lo del engreimiento, en todo caso, no tiene que ver con la etimología griega.

No me atrevería a escribirlo yo, pero ya que lo dijo un obispo (según atestigua el sacerdote y periodista Pedro M. Lamet) no rehuyamos el sano humor de sus palabras. Dijo el tal -en privado, eso sí-  que la mitra era la prolongación de un vacío. O que también podía entenderse como el apagavelas de la inteligencia. Y añadía: a veces son hombres capaces y estudiosos, pero en cuanto les dan un báculo, no sé qué les pasa que se les nubla la vista.

Preocupa que la Iglesia, encargada de predicar la buena noticia vaya adquiriendo una muy mala imagen. Además, resurge un neoanticlericalismo cerril que, en buena parte, lo suscitan las intervenciones destempladas y los modales bruscos de muchos pastores. La buena noticia no es compatible con actitudes desconsideradas y con censuras permanentes.

Abundan las emisoras de radio y televisión que hablan mal de la Iglesia, más que las que hablan favorablemente. Otro tanto dígase de los periódicos. Y mejor echar un tupido y púdico velo sobre los comentarios que aparecen en los blogs y periódicos del espacio cibernético.  

Sufrir por la defensa de unos valores humanos y espirituales vale la pena, sin duda, pero no por la incapacidad de presentar con gozo la buena noticia o por los malos ejemplos de quienes están al frente.

Es preocupante la desafección de un amplísimo sector de la gente joven, la distancia de intelectuales y artistas, la antipatía de muchas feministas y la hostilidad de buena parte del mundo obrero. Están dejando a la Iglesia por imposible. Y eso sabe mal a los que han tratado de acercarse a estos sectores a través de la cultura y del mutuo respeto.

Parecen desmoronarse muchísimos esfuerzos postconciliares. Es de fuerte actualidad lo que ya decía el iracundo Nietzsche: otra cara debieran poner para convencerme que han resucitado. No andan del todo huérfanos de razón quienes así razonan. Con un palo en una mano y un cráneo en la otra no se consigue dar la impresión de que uno vive gozosamente su fe.  Las vestimentas obsoletas y los rostros agrios no son un buen reclamo para atraer seguidores. Hay que aprender a sonreír y a vender mejor el producto de la Buena nueva. Porque chirría eso de repartir la buena noticia con cara de pocos amigos.

No se empeñen los pastores en conducir a la grey a golpe de báculo. Resultará mucho más atinado recurrir a los amables silbidos del Buen Pastor, que decía: "Venid a mí los que estáis agobiados, que yo os aliviaré".





jueves, 26 de marzo de 2009

Las memorias de un teólogo controvertido


Acabo de comprar el libro de Hans Küng, Verdad controvertida (Trotta, Madrid 2009). Se trata de un libro de más de 750 páginas y muy bien encuadernado. El autor cuenta sus memorias a partir del Vaticano II. Ya antes había publicado la primera parte de las mismas. Y precisamente porque me agradaron he comprado el libro recién publicado.

Hans Küng ha marcado la teología contemporánea. Es un gran pensador que ha escrito en profundidad sobre numerosos temas: ha inspeccionado con el bisturí las carnes de las tres religiones monoteístas, ha esbozado un proyecto de ética mundial, ha rastreado los argumentos y actitudes de grandes hombres y pensadores de la historia (Pablo, Agustín, Pascal, Lutero…), ha mirado al trasluz los argumentos y los autores que han debatido la existencia de Dios, ha recogido cuanto se ha dicho acerca de la Cristología…

Una obra gigantesca con la que sintonizo en líneas generales. También a mí me ha marcado. Personalmente leí con fruición dos libros: “¿Existe Dios?” y “Ser cristiano”. El autor tiene el don de sumergir al lector en la problemática que analiza y de desvelar el contexto en que transcurre. Sabe cuándo recurrir a la historia y cuándo a la filosofía, cuando citar y cuando argumentar pro sí mismo. Los dos libros citados los devoré con deleite y me sirvieron mucho para preparar las clases de teología durante varios lustros.

Al fin era posible dialogar con los grandes pensadores de la historia. Al fin alguien los hacía inteligibles. Küng confesaba que ningún cocinero logra ablandar la carne dura, pero él hacía un esfuerzo para hacer comestible el menú que ofrecía al lector. Y muchas veces con éxito. El se distanciaba claramente de un cierto tono tenebroso y obscurantista que desde hacía siglos envolvía a la teología y la espiritualidad.

Los aciertos de Hans Küng

Es innegable su acierto en dividir la historia en paradigmas, así como de desembarazar la cristología de cuestiones intrascendentes y en ocasiones hasta ridículas. Su esfuerzo en orden a plasmar un proyecto ético válido para toda la humanidad sólo merece elogios.

El Concilio Vaticano II llegó a dialogar con la modernidad (la revolución industrial y la revolución intelectual, los filósofos de la sospecha…). Fue una gran adquisición. En la Iglesia hay muchísima gente que no ha logrado escalar esta discreta cima. Un buen número de jerarcas viven en un escalón inferior. Quizás ni saben de qué se trata, absortos como andan en sus vestimentas y en la defensa de su autoridad.

Pues bien, H. Küng ha mostrado que el gran problema para la Iglesia no es ya la modernidad, sino la postmodernidad. Al poco de finalizar el Concilio Vaticano II, la postmodernidad encontraba luz verde. Se le asignó como fecha de nacimiento -por más que estos asuntos no la tienen nunca precisa- la revolución de mayo del 68 en París.

Y se da el caso, afirma Küng, que la Iglesia no logra entenderse con los postmodernos. Habla un lenguaje tan distinto… Sólo sabe condenar el relativismo y sancionar, desaprobar, censurar la moral que no encaja con los cánones de los viejos moralistas. No es cuestión de compartir o no las ideas -que muchas no se pueden compartir- sino conseguir hablar de tú a tú, de no sacar la espada del juicio antes que la pluma del diálogo, de no dictaminar sobre temas altamente especializados con el ademán seguro de quien todo lo sabe de antemano.

Hans Küng hace gala de una escritura lineal, inteligible y agradable. Detrás de sus páginas late la inmensa cultura de un hombre inteligente que ha estudiado y pensado desde que alcanzó el uso de razón. Un hombre inquieto, intelectualmente curioso y trabajador incansable que ha cumplido 80 años.

Empieza sus memorias diciendo que deseaba vivir la sucesión papal de Juan Pablo II. Se ha cumplido la esperanza, pero en un sentido muy ajeno al que esperaba. Suspiraba por un Papa en la línea de Juan XXIII mientras que la realidad le ha deparado otro escenario.

Su vida corrió en paralelo, durante muchos años, a la del actual Papa. Sus grandes compañeros de fatigas -confiesa- o han fallecido o están del todo inactivos. Sólo queda él y el Papa. Admite que esta circunstancia añade un plus de responsabilidad a sus memorias. En cierto modo Benedicto XVI y Hans Küng son dos paradigmas de la teología y de la Iglesia hoy día. “Desde hace tiempo me ronda la idea de que nuestras respectivas reacciones -tan diferentes entre sí- son, hasta cierto punto, ejemplares en lo que atañe al curso seguido por la Iglesia y la teología.

Está claro que no estoy de antemano de acuerdo con todo lo que ha escrito Hans Küng. Pienso que en ocasiones se ha radicalizado, quizás por la incomprensión y la cerrazón que ha encontrado entre las altas jerarquías. Pero no todo puede admitirse. Sobre todo hay ciertos puntos delicados en el origen del cristianismo y su relación con la Trinidad que no es posible asumir sin más.

La urgencia del cambio

Su vida personal parece que no es del todo ejemplar. De hacer caso a lo que se lee por ahí -que puede ser sesgado o malintencionado- le apetece vivir bien: no le disgustan los coches caros ni le hace ascos a las comodidades de la casa. Tampoco tiene reparos en viajar y alimentarse sin restricciones. Como fuere, no es cuestión de juzgar sobre su vida personal, sino sobre su teología. Aunque es posible que su estilo de vida le haya impedido atender debidamente la llamada “teología de la liberación”. Una lástima, si así fuera.

El autor que nos ocupa argumenta sus posturas y opciones. Lucha con entusiasmo por la unión de los cristianos y también por el entendimiento entre las religiones. Teme que la Iglesia vaya adquiriendo los rasgos de la secta cuando simpatiza con quienes muestran ideas fundamentalistas y cierra el paso a quienes desean una renovación a fondo. El último episodio, la rehabilitación de los obispos lefebvrianos.

Hans Küng insiste en que debe cambiarse la ley del celibato para los presbíteros, hay que dar pasos en el tema del ministerio relacionado con las mujeres y revisar las normas relativas a la contracepción. Lo exige la sociedad actual, que cada vez se aleja más de la Iglesia. Y estas cosas, sin perjuicio del evangelio, podría llevarlas a cabo el Papa, dado que reúne en su persona los tres poderes. Mientras los estados democráticos reparten en distintos ámbitos y personas, para un mayor equilibrio y participación, los diversos poderes, la Iglesia los reúne en la cúspide: el Papa es el último legislador, el definitivo juez y el indiscutible ejecutor.

Quien nos cuenta sus memorias afirma que el Papa tiene una posición ambigua sobre los textos del Vaticano II porque no se siente cómodo con la modernidad y mucho menos con la postmodernidad. También reprocha a Benedicto XVI que siempre haya vivido en medios eclesiásticos y permanecido encerrado en el Vaticano donde las críticas sólo llegan como un rumor sordo. Además, añade, ha viajado poco, no conoce el mundo real.

Es posible que algunas afirmaciones haya que tomarlas, como decían los antiguos, “cum mica salis”. Pero indudablemente el panorama empuja a la acción. La Iglesia es más amplia que la jerarquía. Hay numerosísimas organizaciones, comunidades y movimientos que desean y aspiran a una renovación. El tiempo va transcurriendo y, si no se aborda muy pronto, resultará demasiado tarde.

El hecho innegable es que muchos cristianos de base viven desengañados. Incluso un conocido cardenal, papable en su momento, ha escrito que ya no sueña con otra Iglesia. No podemos seguir como si nada sucediera. Y no basta con decir que todos somos Iglesia y tenemos las mismas responsabilidades. No. A quien toca adecuar el tiempo de la Iglesia al de la sociedad es a los pastores puestos por Dios, de acuerdo a S. Pablo, para apacentar el rebaño. En realidad, bastaría que no impidieran los movimientos que acontecen en las bases.

¿Podremos seguir soñando?

miércoles, 18 de marzo de 2009

La Iglesia en aguas polémicas



A mí personalmente me duele mucho que la institución encargada de anunciar la buena noticia (que eso significa evangelio) tenga una muy mala imagen en la sociedad. Abundan las emisoras de radio y televisión que hablan mal de la Iglesia, más que las que hablan favorablemente. Otro tanto dígase de los periódicos. Y mejor echar un tupido y púdico velo sobre los comentarios que aparecen en los blogs y periódicos del espacio cibernético.  

Es un honor constituirse en blanco de las críticas cuando ello lo motiva la defensa de los valores humanos y/o espirituales. Sin embargo, no se haga de la necesidad virtud, no se imite a la zorra de la fábula alegando que las uvas estaban verdes. En muchos casos la deteriorada imagen que ofrece la Iglesia corresponde a una realidad que nada tiene de respetable.

Ahí están las lamentables actuaciones de algunos clérigos en el escabroso terreno de la pederastia. Se ha encargado la prensa de que tales noticias den la vuelta al mundo una y otra vez y en ocasiones con comentarios sesgados o con tendencia a la generalización. Cierto, pero ha habido un núcleo de verdad.

Luego acontecen periódicamente declaraciones inoportunas de obispos dejando entrever añoranza de tiempos pasados, alineándose con opiniones y actitudes que suelen apuntar hacia la derecha. Y se leen documentos sobre opiniones -como el modelo territorial del país- en las que el evangelio ni entra ni sale. O se patrocinan emisoras de radio que alimentan insidias y dividen a los católicos.

¿Por qué, se pregunta uno, el perfil de obispo hoy en día no suele coincidir con el de un cristiano de mente abierta, con capacidad de liderazgo y autoridad moral, deseoso de dialogar con las bases y las cúspides? Cristianos así existen, pero no suele ofrecérseles la mitra. Resuenan todavía nombres que fueron grandes maestros y se echan de menos otros semejantes: Casaldáliga, Proaño, Helder Camara…

Creo que se da una cierta hostilidad hacia la Iglesia en los medios de comunicación de la sociedad. Lo deja entrever la forma de redactar las noticias, de reseñar una conferencia de prensa o difundir un comunicado. Determinados titulares no dejan la más mínima duda.  Si sirve como excusa, en ocasiones se debe a que existe un profundo desconocimiento de lo que significa la Iglesia, es decir, a ignorancia. De todos modos no raramente se da pie para tal postura.

Hay opiniones contrarias a la Iglesia que conviene relativizar y hasta acompañarlas con una sonrisa. Que si hay que vender las riquezas del Vaticano, que si la fe es un puro engaño para que los curas vivan bien… Pero hay una imagen negativa que sí debe tomarse muy en serio. El escaso entusiasmo que la jerarquía muestra por la promoción de la mujer en su propio seno, la seguridad con que habla de temas científicos, la facilidad con que se esgrimen ciertas excomuniones en casos trágicos…

Mucha gente asocia a la Iglesia con la negativa al progreso. Puede que no sea del todo verdad, pero no vamos a discutirlo ahora. Lo cierto es que el evangelio propone una buena noticia y hay innumerables campos en los que convendría concretarla. He aquí algunos: mantener un corazón limpio (ajeno a la corrupción), mostrarse misericordioso (y recriminar la injusticia), compartir los bienes (contra el capitalismo salvaje), perdonar al que actúa mal (antes que descargar la excomunión). Y así sucesivamente.

De lo contrario la buena noticia que es generosidad, amor mutuo y atención exquisita al prójimo, se convierte en una sarta de condenas y recurre a predicar el miedo mientras blande un cráneo. No es eso, no es eso.

En ocasiones hay que saber sufrir por la verdad y hasta resulta muy coherente llegar al martirio si las circunstancias lo requieren. Pero no se identifique una tal actitud con la necesidad de contraer el rostro y proferir condenas. Flaco favor se le hace así a la Iglesia.

Casos concretos

Habría que saber matizar y no caer en un extremismo contraproducente. Cierto que el aborto es un drama y un fracaso. De seguro que si se deja vía libre al embrión éste desemboca en una persona hecha y derecha. Pero de ahí a salir a la calle con pancartas alusivas al asesinato, hay un trecho. No se olvide que grandes lumbreras de la teología, como S. Agustín y Sto. Tomás, vacilaron al respecto y sostuvieron opiniones diferentes de las que mantiene la actual jerarquía. Grandes moralistas, como B. Haering, matizan acerca de la bondad o maldad del aborto en casos extremos. Por lo demás, la prohibición absoluta de atentar contra la vida humana no se ha mantenido con igual firmeza en otros ámbitos.

Y en cuanto a la polémica sobre el preservativo, está claro que urge humanizar la sexualidad y no echarse a rodar por el tobogán del hedonismo. Una sexualidad desgajada del amor a la larga sucumbe bajo una tristeza mortal. No tiene otra propuesta más que explorar todos los ángulos y experimentar todas las posturas. Nada más. Ahora bien, que el preservativo aumente el problema del sida, sin ulteriores matices, constituye una afirmación rotunda que no hace sino dar carnaza a los medios de comunicación. Ofrece en bandeja titulares hostiles.     

En conclusión: es aconsejable matizar, escalonar, medir y discernir so pena de dejarse arrastrar por las olas fundamentalistas. Conviene mantenerse firmes en los principios cuando realmente la causa está clara y vale la pena. Pero no cuando falta la claridad o la causa carece de envergadura suficiente. Porque una mala imagen de la Iglesia en nada ayuda a la evangelización.

Un cardenal escribió que había soñado con una Iglesia distinta tiempos atrás, pero que ya dejó de soñar. Yo sigo soñando, aunque no para un futuro próximo, que la Iglesia de Jesús de Nazaret mantendrá las puertas abiertas y hará del firmamento su cúpula. Sueño con una Iglesia misionera que camine con la gente, que comprenda, acompañe, que no juzgue y no condene. Que se dedique a predicar el meollo del evangelio: el amor al prójimo.

El Instituto al que pertenezco tiene un “credo” que comienza así: “creemos que Dios no nos envía a condenar a nadie. Creemos en el poder del amor que sirve hasta la muerte”. Me parece mucho más evangélico que perder el horizonte de vista e insistir, una y otra vez, en temas de bioética y sexualidad. Podrán ser importantes -y algunos lo son sin duda-, pero el horizonte es más amplio. 

Hasta el catecismo dice que los mandamientos se encierran en dos: amar a Dios y al prójimo. En su momento habrá que aludir a los embriones y los preservativos, pero el anuncio del evangelio no se reduce a estos temas. Las banderas que se enarbolan, sin embargo, suelen ser monocolores. Habrá que animarse añadirles otros colores: el de la justicia social, el de la misericordia, el del gozo...        

domingo, 8 de marzo de 2009

También mueren los compañeros de camino


Para el adolescente el pensamiento de la muerte es algo irreal o virtual si se prefiere. Mueren “los otros”. Nada tiene que ver con él. Se trata de un concepto teórico. Cuando más, un puntito que todavía no inquieta en el lejano horizonte. En la adolescencia mueren los abuelos. En esta edad ciertamente no merece crédito alguno la frase de Heidegger: “tan pronto uno nace ya es suficientemente viejo para morir”.

En la juventud es posible que el individuo sea testigo de la muerte de un viejo profesor cuyo aspecto dejaba presagiar, por lo demás, su pronto e irremediable final. Mueren también, claro está, las celebridades de tiempos atrás provocando mayor o menor eco en los medios de comunicación. Pero en tales casos son siempre “los otros” quienes mueren.

En la edad adulta caen por el camino algunos compañeros de andanzas. Personas con las que se ha estudiado, se ha jugado, se han tramado aventuras al unísono. Amigos que han tenido ilusiones comunes, se han sentado en el mismo banco de clase o han intimado en algún que otro diálogo. O simplemente personas con las cuales se ha coincidido en el mismo vagón de tren. 

Y de pronto son esos compañeros de viaje los que mueren. Es la situación que vivo hoy. Ha fallecido un compañero de estudios. Habíamos coincidido en el tramo de los estudios de filosofía allá por las montañas de Lluc (Mallorca). Luego nuestras vidas se separaron y por muchos años sólo supimos uno del otro gracias a algún amigo común, una noticia o un comentario suelto. Diversas tareas nos ocuparon, nos situamos en diversos puntos de vista. Hace tres años y medio  nos juntamos de nuevo en Madrid. El llevaba más de cuarenta años en el Colegio. Yo venía del Caribe para amoldarme al puesto de Vicario General de la Congregación.   

Los dos primeros años vi a Antonio Esparza con ilusión, entregado a sus clases y a la tarea de acompañar a los niños en el deporte. Eran las tareas que había realizado a lo largo de su vida y las que seguía llevando entre manos sin acusar cansancio. El último año y medio mayormente andaba cabizbajo e inapetente. Quizás los últimos meses le asaltó el pensamiento de una muerte cercana. Se encontraba débil, con frecuencia debía ser internado en la clínica. Cuando estaba en las dependencias del Colegio el médico le visitaba con asiduidad.    

A  veces me da por conjeturar que él, tan discreto, no quería ser moelstia para quienes le atendíamos. Tal vez anhelaba que se rompiera el hilo de vida que lo mantenía respirando fatigosamente. Una operación de colon, unos pulmones fatigados que necesitaban constantemente del oxígeno artificial para funcionar, una inapetencia crónica y otros males se le acumularon las últimas semanas…

Se nos fue el viernes, 6 de marzo, a primeras horas de la mañana. De modo inesperado, porque la muerte siempre nos coge de sorpresa, aunque sepamos muy bien que está al acecho. Éramos conscientes de que se iba apagando, disecando, evaporándose… pero no esperábamos que su adiós fuera tan repentino. Contaba 68 años.

Hoy día la gente, sobre todo la más pudiente, suele apelar a la ciencia mortuoria -porque existe una ciencia mortuoria- que recurre a modernas técnicas empeñadas en borrar, en la medida de lo posible, las huellas del dolor, de las lágrimas y las preguntas fuera de lugar. Trata de neutralizar cualquier posible sentimiento que incida excesivamente en el humor de los seres humanos, sean moribundos o sus próximos.

Al propio enfermo se le escamotea la realidad de su morir con la falsa ilusión de una mejoría próxima. O tal vez se le esconde con el recurso a medicamentos que le mantienen aletargado, apenas consciente. Se silencia el morir como si la alusión al mismo fuera una falta de educación, de mal gusto. En casa del rico no se muere.

Y, como las ciencias avanzan que es una barbaridad, una vez ocurrido el deceso, al muerto se le devolverá su color natural mediante el artificial uso del maquillaje. Se le pintará una sonrisa en los labios inertes a fin de que nadie experimente perturbación alguna ante su cadáver. Realmente, aquí no ha pasado nada, es el mensaje que se esfuerza en proclamar la mencionada ciencia mortuoria.

No ha sido esta muerte la de Antonio. En este caso todo ha resultado más normal y cotidiano. Si no se ha mencionado la muerte ha sido porque realmente no la creíamos tan cercana. Lo que bullía en el interior del extinto se nos escapa. Él no era un ingenuo, de seguro que algo sospechaba y experimentaba al respecto. Se comportó con naturalidad en el morir. Nada de aspavientos ni frases grandilocuentes.

Creo que actuó como quien sabe que es preciso luchar por la vida -el cristiano es amigo de la vida- pero que no conseguirá hacer retroceder indefinidamente a la muerte. El cristiano es ralista. Acepta que el ser humano tiene un fin, dado que por definición es perecedero. Y entonces la muerte es susceptible de ser transformada en ofrenda. Si toda la vida puede vivirse como una gradual ofrenda al Creador, el último flamear de la llama consuma la inmolación.

Pienso que no es honrado predicar el terror cuando se aproxima la muerte. No es leal capitalizar los gusanos del sepulcro con la intención de cambiar el corazón del hombre. El evangelio no explota los sentimientos de horror, ni pretende provocar el miedo para obtener la respuesta de fe. Se conforma con una apelación al buen sentido y señala con el índice a quien es capaz de acoger en su seno al difunto, más allá de nuestras coordenadas de espacio y tiempo.

El creyente confía en que el silencio de la muerte no es definitivo. De ahí que no la amordaza con la pretensión de que no atemorice el entorno. La considera como el cauce que nos conduce al más allá. Un más allá que se resiste al análisis intelectual, pero que responde a la gran promesa de Dios: un Dios de vivos y no de muertos.

Antonio fue enterrado el sábado tras la masiva asistencia de profesores de ayer y de hoy, de alumnos actuales y de años pretéritos. Allá estuvieron algunos miembros de su familia y también las Religiosas de las que fue capellán durante muchos años. Pasó casi de puntillas por la vida, pero tuvo mucha gente que lo quiso y que no desaprovechó la última despedida para hacerse presente. Cuando sacaron el ataúd de la Iglesia para ponerlo en el coche fúnebre una gran multitud estalló en aplausos espontáneos. El próximo lunes, día 9 tendrá lugar el funeral.

Antonio, descansa en paz. Requiescat in pace, cantabas en tus años mozos. 

domingo, 1 de marzo de 2009

La fe ha dejado de ser pacífica posesión

La vivencia de la fe, para quien mira a su alrededor, ha dejado de ser una conquista sosegada y pacífica. Lo fue durante muchos siglos en los que bastaba con seguir la corriente general. Ya no. Numerosas y complejas son las causas que explican el hecho. Me limito a enumerar algunas.

1. El ambiente laicista en su vertiente más dura, que por momentos se colorea de ateísmo militante, lleva a cabo una lenta, pero implacable erosión de la fe. De pronto las cosas ya no están tan claras. Y quien se dejó llevar por la corriente de una fe generalizada ahora no tiene inconveniente en engrosar las filas del agnosticismo.

2. Los medios de comunicación no raramente se ceban en los creyentes y dan por supuesto que la fe tiene las horas contadas. La humanidad ya es mayor de edad. Las tertulias y paneles no cejan en señalar con el dedo el más pequeño desliz de los connotados hombres de Iglesia. La campaña de los llamados autobuses ateos es un buen ejemplo de cómo la corriente que prescinde de Dios -o se siente incómoda con cuanto se relaciona con Él- no pierde oportunidad para presentar sus credenciales. Hay entrevistados que se apresuran a decir, antes de que se lo pregunten, que ellos no creen en Dios. Un tal clima, indudablemente obliga al creyente a subir una empinada cuesta.

3. Los más jóvenes no sintonizan con el lenguaje que usa la Iglesia, ni con sus gestos o símbolos. Cierto que la renovación no es un plato frecuente en su menú. Y no vale remitirse al dogma o a la Tradición en mayúscula. Antes de llegar a estos topes se podría hacer mucho más. Por si fuera poco hay datos que producen escalofríos en nuestra sociedad, como el veto de las mujeres en diversos frentes. Se entiende entonces que algunas encuestas arrojen el resultado de que la Iglesia es la Institución menos apreciada de la sociedad.

4. Habrá que reconocer que numerosos feligreses han optado por partidos de derecha y tienen escasa sensibilidad por los emigrantes, por un mejoramiento de la justicia social, por la ecología, por el mundo del trabajo. No sólo están por tales opciones -algo muy legítimo, después de todo- sino que pretenden vincular las mismas con la fe. Parecieran sostener que fuera de la derecha no hay salvación. Y, claro, dan pie para que otros ciudadanos de opciones diversas se refieran al contubernio político-religioso y pongan a curas y políticos de derechas en el mismo saco.    

5. Hay creyentes, escrupulosos practicantes, que no se mueven por las bienaventuranzas ni la buena noticia del evangelio, un Dios Padre benevolente, sino por temor. Viven con una permanente losa encima del alma. Harían, pero no se atreven. Dejarían de frecuentar la Iglesia, pero le temen a un eventual más allá. Obviamente una tal postura deforma y tergiversa el universo de la fe. No la hace en absoluto atractiva a quienes salpica este modo de entenderla. Se les antoja opresora, por más que les digan que es liberadora.    

6. Sabe mal decirlo, pero tampoco es honesto silenciarlo. Hoy día numerosos cristianos, particularmente los más inquietos o más en la base, no comulgan con ciertas posturas tomadas por la jerarquía. Ni con su lenguaje ni con su talante.  Creen que ya debe renunciar a todo protagonismo y no aferrarse a las pequeñas cotas del poder que mantiene con uñas y dientes. Piensan que no debería pronunciarse con tanta seguridad sobre temas discutidos y discutibles. Resultaría más ejemplar una actitud de búsqueda y diálogo y no tratar de imponer ideas o leyes que los ciudadanos rechazan. La misma imagen pública que ofrecen es lamentable: mayoría de miembros de edad avanzada, rostros adustos, ropas negras, facciones agrias, pronunciamientos tajantes, vestimentas obsoletas… Una tal imagen desagrada a muchísimos miembros de la sociedad.  

7. Algunos escándalos dados por agentes de la Iglesia añaden más leña al fuego. Hechos de pederastia que cierta prensa no se cansa de divulgar a lo largo y ancho del mundo, asuntos de dinero más bien turbios… Las tertulias de la radio y la Televisión toman pie de todo ello y acaban dando la impresión a los oyentes de que la Iglesia no es más que un gigantesco fraude. Si a todo ello se añade que la llamada emisora de los obispos tiene como emblema a locutores estrella que destilan rencor, siembran insidias y no se cansan de insultar a diestra y siniestra... ya dirán qué simpatías puede despertar la situación en los que de entrada no simpatizan con la Iglesia.    

8. Luego están ciertas formulaciones de tipo moral, particularmente en el terreno sexual, y dogmático (o que se pretende tal). No siempre y en cada caso las cosas resultan tan claras. Se trata de puntos que llevan al creyente a una espinosa situación. En especial si  reina a su alrededor una permisividad sin trabas, si el personal se jacta de las más aberrantes actuaciones. Y si llegan a sus oídos sonrisas maliciosas respecto de determinados artículos de fe.

Motivos para no desertar

1. Está claro que hay muchísima gente buena en la Iglesia. Son Centros católicos, sobre todo de religiosas, los que atienden a la mayor parte de enfermos del Sida en África. Y cuando los políticos o comerciantes huyen del país porque escuchan rumores de guerra, muchos misioneros y religiosas permanecen al pie del cañón. Es de una claridad meridiana que Caritas alivia a mucha gente que pasa por el túnel de la crisis.

2. Está claro que el atractivo de la personalidad de Jesús de Nazaret no está en declive.  Las bienaventuranzas, la utopía de una sociedad fraternal, de una igualdad sin excepciones, de un corazón limpio, de un rostro que no rehúye la brisa de la trascendencia, constituyen activos no devaluados. Siempre y cuando el individuo no prefiera echarse en brazos de la frivolidad y eludir cualquier reflexión.   

3. Está claro que la Iglesia es la patria, el hogar del creyente convencido. Por más escándalos que se den, no se marchará dando un portazo. Si el ciudadano no abandona el municipio porque el alcalde es un corrupto, el creyente no se da de baja porque entre sus filas se produzcan inmoralidades y habite más de un sinvergüenza. Por lo demás, cada uno carga con el ineludible peso de sus propias miserias. No dejaría de ser hipócrita escandalizarse con excesiva presteza.

4. Está claro, o al menos a mi me lo parece, que el horizonte de Dios ayuda a que la sociedad viva en un contexto de mayor moralidad. Las costumbres suelen ser más moderadas, las ambiciones menos explosivas. Porque el otro no se limita a jugar el papel de mero paciente, consumidor o cliente, sino que adquiere es status de hijo de Dios y de hermano. No desaparecen las humanas debilidades, pero la experiencia de Dios suaviza las aristas de la pasión y le disminuye la desmesura a la ambición.  

Sin embargo… quizás suceda lo que acontecía en el Titanic cuando estaba a punto de hundirse. Los músicos seguían con las partituras sobre los atriles mientras las aguas hundían el barco. Quienes están llamados a encontrar remedios y ser creativos discuten sobre la mayor o menor bondad de los lefebvristas, sobre si misa en latín o en lengua vernácula, sobre si tal gesto litúrgico es más o menos adecuado... Ante tal panorama el personal de a pie, con sensibilidad en las papilas gustativas de la fe, sufre la impotencia y comprueba cómo las vías de agua hacen su entrada en la poderosa embarcación.