El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Un Rey criminal y cínico


Todo el mundo asocia el nefasto nombre de Hitler con los mayores crímenes y genocidios del siglo XX. Pues no es el más relevante ni el más nefasto. Existe una larga lista de individuos despiadados, malhechores y granujas, dispuestos a matar si así se les antoja. Ahí está Stalin y su Gulac. Mao con la muy publicitada revolución cultural. Pol Plot eliminando a intelectuales, mandando hombres por miles a los trabajos forzados en Camboya… ¡Cuántos horribles asesinatos se han ido acumulando a lo largo de la historia!
¿Y Leopoldo II de Bélgica? ¿También un criminal de esta pestilente camada? Pues al parecer aventaja a todos los nombrados. Procedente de Bélgica, la civilizada nación asentada en el centro de Europa. Apenas salen a relucir los crímenes de Leopoldo II porque las víctimas no llamaban en absoluto la atención. Sólo unos diez  o doce millones de hombres y mujeres de piel negra repartidos entre varias tribus del lejano Congo…
Corrían los años en que se inventaron los neumáticos de caucho. La demanda mundial de látex, su materia prima, se disparó, pues los automóviles y las bicicletas requerían grandes cantidades del producto. Leopoldo obligó a la población indígena a un régimen de trabajo cruel. La presión y la violencia sobre los trabajadores iban en aumento.  
Los judíos asesinados por Hitler no llegaron a seis millones, la mitad de las víctimas de Leopoldo, rey de Bélgica. Este rey, número uno, del asesinato tenía, además, la desfachatez de presentarse como un benefactor favorable a los nativos. Realmente hay motivos para sorprenderse de los sórdidos ejemplares que las olas de la historia depositan en reflujo sobre nuestros días.   
El individuo de marras fue el hombre más rico del planeta hasta su muerte en 1909. Guerras, matanzas y dictadores legó al país africano. Todavía hoy la gente se mueve en un caos donde la vida vale menos que un pedazo del coltan que requieren los móviles y ordenadores. Los diamantes para ornamentar el cuello de las señoras pesan más en la balanza que el hambre de millones de indígenas. Algunos países poderosos saben bien del asunto y han tramado lazos que les beneficien. Es la herencia de Leopoldo II, al que no bastó masacrar al por mayor en vida y por eso dejó un país desvertebrado a fin de que los crímenes continuaran en el futuro.
El tal Leopoldo fue propietario personal del Estado libre del Congo. Porque estos inmensos territorios no eran una colonia belga, sino su propiedad privada. Y en ella se movían libremente miles de matones para torturar, azotar y explotar a los congoleños. Al menos hasta que los escándalos adquirieron tal envergadura que las presiones internacionales le obligaron a cederlo al país. Claro que con muchas condiciones favorables a sus herederos, en particular amantes e hijos.
Un discurso de infeliz memoria
Me ha movido a escribir estos párrafos la dosis indigerible de cinismo que se halla en uno de sus discursos que casualmente llegó a mis manos. Precisamente el que tiene que ver con el envío de unos sacerdotes misioneros al Congo belga. Palabras que indignan y escandalizan. Para más inri su autor pretendía esconderse detrás de la máscara cristiana. 
He aquí algunas frases entresacadas del citado discurso correspondiente al año 1883. Pocas veces se leen escritos tan abominables, abyectos e infames, tan abiertamente desvergonzados. Leopoldo II hizo méritos, con solo este escrito, para pasar a la historia como un ser indigno, mezquino, perverso, pérfido, egoísta, manipulador y embrutecido. Perdone el lector que me anime engrosando la lista de adjetivos. Por ganas, podría añadir alguno más.   
Sacerdotes, vosotros vais ciertamente para evangelizar, pero esta evangelización debe inspirarse ante todo en los intereses de Bélgica.
Vuestro papel principal es el de facilitar la tarea a los funcionarios de la Administración y a los empresarios. Esto quiere decir que interpretareis el evangelio de cara a proteger nuestros intereses en la colonia.
Para hacer esto vigilareis entre otras cosas que no se interesen por las riquezas que abundan en sus suelos y subsuelos, a fin de evitar que interesándose en ellas nos hagan una competencia mortal y sueñen en desalojarnos a nosotros algún día.
Vuestro conocimiento del evangelio os permitirá encontrar fácilmente textos recomendando a los fieles amar la pobreza, como por ejemplo "felices los pobres, ya que el reino de los cielos es para ellos", "es más difícil a los ricos entrar en el reino de los cielos". Haréis lo posible para que los negros tengan miedo de enriquecerse y así puedan ganarse el cielo.
Para evitar que de vez en cuando se rebelen, deberéis recurrir a la violencia. Les enseñareis a soportarlo todo aunque sean injuriados y golpeados por vuestros compatriotas de la Administración. Les invitareis a seguir el ejemplo de los santos que han puesto la otra mejilla después de haber sufrido golpes.
Insistid sobre todo en la sumisión y la obediencia. Evitad desarrollar el espíritu crítico en vuestras escuelas. Enseñad a vuestros discípulos a creer y no a razonar. Evangelizad a los negros hasta la médula de sus huesos y que permanezcan siempre dóciles.
Hacedles pagar una tasa cada semana en la misa dominical. Utilizad luego este dinero destinado pretendidamente a los pobres  para convertir vuestras misiones en centros comerciales florecientes..
Instaurad para ellos un sistema de confesión que permita denunciar a todo negro subversivo a las Autoridades investidas del poder de decisión.
Enseñad a los negros que sus obras de arte son obras de Satán, confiscadlas y llenad nuestros museos. Enseñad a los negros a olvidar a sus héroes, a fin de que no adoren más que a los nuestros. No prestéis una silla a los negros que os vienen a visitar. Dadles a lo más una colilla de cigarro. No le invitéis jamás a comer aunque él mate un pollo cada vez que vayáis a visitarle.
Queridos compatriotas, si practicáis a la letra todas estas instrucciones los intereses de Bélgica en el Congo serán salvaguardados durante siglos. Muchas gracias.

(Texto extraído de "La balance" n. 13 - 9 Agosto 1995).

viernes, 20 de septiembre de 2013

Mentiras, embustes y otros sinónimos


Imaginemos un escenario frecuente. Los ciudadanos lamentan algún recorte especialmente doloroso, tras haber sufrido ya una larga serie de tijeretazos en diversos campos. Un periodista aborda al político responsable del mismo y, sin inmutarse, éste responde simplemente que este recorte en realidad es para reforzar el servicio a los ciudadanos. 

Así, contradiciendo la evidencia, sin matizar, sin ruborizarse. ¿Un engaño o una burla? La pretensión de engañar -o de intentarlo, que no todo el mundo es tan ingenuo como suponen- se ha generalizado hasta extremos impensables. Se diría que la mentira constituye un componente de nuestra cultura. 

Una liturgia de la mentira
La mentira, el embuste, la insidia, la patraña y la calumnia han venido a ser armas de las que uno echa mano con pasmosa naturalidad. Si se puede sacar provecho del engaño, pues adelante, que todo el mundo lo hace, que nadie es un santo, que mejor adelantarse al adversario y, después de todo, “más vale prevenir que curar”. A todas estas expresiones y refranes de contenido indecente se recurre para justificar lo que no tiene justificación. 

Se ha ido tejiendo una liturgia con los mimbres de la mentira y la materia prima de los embustes. Una liturgia que también podría llamarse “ceremonia de la confusión”. En ocasiones los protagonistas de la pantomima nos irritan y nos ponen de los nervios. En otras más bien provocan la hilaridad. En efecto, contemplar a personajes bien vestidos, bien alimentados y perfumados soltando ridículas tonterías, a las que nadie con una pizca se sentido común puede dar crédito, provoca la risa. 

Dicen que el humor tiene que ver con los contrastes. Un contraste robusto tiene que ver con el político tutelado por guardaespaldas, de rostro afeitado / maquillado que se embrolla y da vueltas a la frase tratando -sin lograrlo- que la mentira parezca verdad. 

Los tiempos que nos ha tocado vivir son tiempos donde reinan las patrañas y las medias verdades. Los políticos, los economistas, los hombres de la cultura, los de la farándula y también, lamentablemente, los de las Iglesias, recurren con frecuencia a la mentira. Mienten los profesionales de la información, los funcionarios y los banqueros. Los grandes banqueros muy en particular. Quizás quepa decir aquello de que “quien tenga las manos limpias que tire la primera piedra”. 

¿Por qué las cosas son así? Propongo una hipótesis entre tantas. Para mí que quienes dicen la verdad y se niegan a encubrir a los tramposos acaban molestando y por ello se les margina. Son poco maleables, estorban, generan situaciones incómodas para quienes mandan y carecen de escrúpulos. 

En contrapartida quienes atemperan la verdad o la disimulan son los triunfadores. Sucede en el ámbito de la política, de la banca, de la empresa y en otros muchos. Tal vez esta situación hace comprensible que cuando hace su aparición una persona sincera y valiente, que no le teme al qué dirán, se la maltrata. Sus adversarios multiplican las bromas sobre su proceder y no se detienen hasta llegar a la difamación y la insidia. Al parecer no caen bien las personas transparentes y honradas que se niegan a colaborar o encubrir la mentira. 


¿Vivir en un charco de inmundicia?

Las mentiras de unos y otros, de los mentirosos profesionales, de los ocasionales y de los compulsivos, pero también de los simples ciudadanos, nos están deseducando a todos. Invitan a prevaricar para trepar más alto. 

Y esto no es todo. La economía capitalista, en su vertiente más salvaje, miente a cara descubierta o a calzón quitado, como prefieran. En realidad sólo puede funcionar a base de engaños. La letra pequeña de los contratos resulta de gran ayuda al respecto. La publicidad constituye una inmensa mentira con poquísimas excepciones. Los contratos relativos a las hipotecas sabemos cómo las gastan. Y para mí que las inversiones en bolsa son un camelo de gran tamaño. Las ganancias suelen estar relacionadas con insidias y rumores esparcidos con la peor voluntad. 

Como el pez vive rodeado de agua, así la sociedad acabará encontrando su humus en los infundios. En consecuencia se sigue votando a quienes sueltan burdas mentiras y engañan a conciencia. A quienes dicen exactamente lo contrario de lo que hacen sin molestarse siquiera en matizar ni justificar nada. ¿Será que a un amplio sector de la población le agrada que la engañen? Ya sería el colmo, pero por ahí parecen ir los tiros. 

Unos hablan del respeto a los imputados y de la sagrada presunción de inocencia, aunque los indicios del crimen desborden por todos los costados. Pero contratan abogados diestros en retorcer la ley, en inventar amparos para entorpecer los procesos. El objetivo apunta a maniatar a la justicia o presionar las balanzas que aguanta en sus manos. El fin, justifica los medios. 

Otros discursean acerca de la democracia y el Estado de Derecho, mientras alegan escuchar a las mayorías silenciosas que nada dicen y se niegan a escuchar los gritos de las mayorías cuyas voces resuenan por las calles y atraviesan las fronteras. 

Nos deseducan los farsantes, troleros y embusteros. Va siendo hora de desenmascararlos e impedir tantos embrollos. No debemos acostumbrarnos a vivir en una cultura de la mentira, es decir, en un charco de inmundicia.


martes, 10 de septiembre de 2013

En dirección hacia el Jesús de la historia


El curso pasado me estrené dando clases por internet. La Institución que me invitó y que organizaba los encuentros virtuales, además de aportar el programa y algunos recursos, era el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona. ISCREB le llaman por sus siglas que, por cierto, no suenan especialmente delicadas al oído. Pero, como acontece con toda costumbre, a fuerza de repetirlo acaba uno por parecerle la mar de normal el fonema.  

El caso es que el personal dirigente de ISCREB, a través de la Directora de estudios -Nuria Caüm- me ha transmitido una encomienda: que escriba una especie de libro digital que sirva de texto para los estudiantes de Cristología. 

Bajo el peso de la bibliografía
Tareas de este tipo he realizado varias a lo largo de los años y por eso no me negué. Luego, reflexionando conmigo mismo, sin embargo, fui consciente de que la labor no es sencilla. Sí, dispongo de mucho material, incluso de un librito que escribí en Santo Domingo titulado “Jesús, el corazón humano de Dios”. Pero un vistazo a la más reciente bibliografía sobre el tema me hizo experimentar el agobio.   

No podía escribir un texto ignorando totalmente lo que ha salido a la luz en los últimos 20 años. Ahora bien, las publicaciones conforman un río formidable de textos, artículos y escritos de todo tipo. Corren tiempos laicistas y escépticos, pero no se detienen las máquinas de las editoriales. ¿Cómo incorporar lo más relevante de estas publicaciones al encargo que he aceptado? ¿O simplemente hay que ignorarlo?

Escogeré el camino de en medio. Ignoraré todo lo que transite por los caminos de una excesiva especialización o de cuanto sea discutido de entrada. Trataré de incorporar lo que tenga visos de mayor perdurabilidad y resulte más digerible para alguien que, después de todo, sólo despliega las primeras brazadas en este mar de la cristología.  

Mis autores preferidos hasta el presente, particularmente en cristología, eran José I. González Faus, Hans Küng, José A. Pagola, Leonardo Boff y José M. Castillo. No renuncio a ellos y pienso que la mayor parte de sus escritos sigue siendo válido. Pero otros muchos autores se han sumado al pelotón. 

Hay un tema que ha merecido un cultivo excepcional: el del Jesús de la historia. Autores creyentes y escépticos, católicos y de otras confesiones han querido aportar su contribución. Con lo cual el pobre lector vaga desorientado, sin capacidad para enterarse del caudal que sueltan las editoriales. Con frecuencia anda desconcertado, además, porque las conclusiones en ocasiones son tan distintas como distantes. 

Una página de presentación
Yo tengo pensada una página introductoria al capítulo del Jesús histórico que, más o menos, dirá lo que sigue. 

Jesús es una figura histórica, sin duda, y por eso no la podemos secuestrar de su entorno ni de los datos históricos que han llegado hasta nosotros. De lo contrario construiríamos un personaje de perfil fantasmagórico y huérfano de credibilidad.

Las estampas que nos presentan a Jesús de Nazaret son por lo general muy refinadas. Piel blanca, vestidos limpios y planchados, posturas ceremoniosas... Seguro que el aspecto del Jesús de la historia no era tan pulido. Preciso es tener en cuenta que Él vivió hace más de 2.000 años, en un país oriental, de cultura muy diferente a la europea. Por otra parte, los siglos de cristianismo que nos preceden han construido un Jesús tirando a místico y poco humano. Precisamente por eso cuando algún film ha acentuando sus rasgos más humanos, ha indignado a mucha gente.

De todos modos, la investigación del Jesús de la historia -que no coincide sin más con el de la fe ni el del catecismo- es un intento de reconstrucción, una hipótesis. Tampoco hay que creer a los sabios que estudian el tema como si sus conclusiones fueran definitivas. La verdad es que entre ellos mismos difieren notablemente. Aún así, la reconstrucción histórica nos ofrece un Jesús a menudo más sugerente y sorprendente, más cerca del personaje que vivió en la Palestina del siglo primero.

El estudio de Jesús con perspectiva e intereses históricos data de la época de la Ilustración. Anteriormente nadie sintió esa necesidad o, en todo caso, no la planteó. No se ponía en duda que los evangelios eran testigos fidedignos y que remitían a las palabras y los hechos de Jesús. En tiempos del renacimiento y los orígenes del protestantismo ya algunos intelectuales notaron determinadas incoherencias, pero trataban de salir del paso como mejor se les antojaba y -sin hacerse mucho problema.

Sin embargo era previsible que llegara el momento en que se explicitaran serias dudas sobre los evangelios. El momento llegó y tuvo el efecto de un terremoto. Muchos interrogantes irrumpieron. Algunos teólogos incluso confesaron haber perdido la fe. A pesar de estos inconvenientes, la empresa de estudiar el Jesús histórico se convirtió en una aventura apasionante.

La investigación acerca del Jesús de la historia emplea los recursos y criterios que le brinda la metodología. Al final se trata de reconstruir la persona de Jesús de Nazaret, pero después de tantos años y de tantas cosas que ignoramos -de arqueología, sociología, política de la época, etc.- el resultado será inevitablemente limitado. Es necesario moderar el entusiasmo. De paso evitaremos también futuras decepciones dado que las conclusiones y propuestas cambian a menudo.

La investigación sobre el Jesús de la historia se ha convertido en un tema central en los últimos 250 años. A. Schweitzer decía que la hazaña más importante de la teología alemana era el estudio de la vida de Jesús. De hecho, nos hallamos ante un tema central para la exégesis y la teología que quiere dialogar con la cultura del entorno. La sensibilidad por la historia es un rasgo característico del hombre contemporáneo.

Los orígenes geográficos del cristianismo se pueden señalar con el dedo sobre un mapa. Las palabras más fundamentales de la fe cristiana sabemos quién y cuándo las pronunció. Otras religiones remiten al mito, pero el cristianismo lo hace a un evento histórico. Renunciar a la historia de Jesús en principio nos hunde en el docetismo, ignora el hecho de la encarnación y lleva a perder la credibilidad.

viernes, 30 de agosto de 2013

Los estudios de los políticos


Repetidamente se leen o escuchan comentarios acerca de las numerosas meteduras de pata de los políticos. La pregunta resulta inevitable: ¿qué se estudia para ser político? ¿Qué conocimientos han adquirido los diputados, los parlamentarios, los ministros y demás personal del gremio para decidir por los demás y ganarse un jugoso sueldo? 

Aguijoneado por la curiosidad, me dispuse a investigar las condiciones para formar parte del grupo político de más rango, a saber, del ejecutivo del país. Le formulé el interrogante a Google, que parece saberlo casi todo. Me respondió al cabo de pocos segundos que, de acuerdo al artículo 11 de la Ley del Gobierno, para ser miembro del Ejecutivo basta con «ser español, mayor de edad, disfrutar de los derechos de sufragio activo y pasivo, así como no estar inhabilitado para ejercer empleo o cargo público por sentencia judicial firme».

No se necesitan estudios

Ni una palabra acerca de los conocimientos requeridos. No es que sobrevalore los títulos o diplomas, ni que considere a sus poseedores un peldaño más arriba que el resto de la población. No. A lo largo de los años he tropezado con doctores -incluso doctores en varios campos a la vez- que han fracasado tristemente en todo lo que han emprendido. Sólo triunfaron en las aulas. 

No me impresiona, pues, que alguien haya frecuentado asiduamente las aulas de la universidad. Por otra parte es justo distinguir entre conocimientos técnicos y decisiones de tipo político. Las cuestiones políticas se alimentan por conductos diferentes de los académicos o técnicos. Beben de la ideología, del partido, del ADN familiar… 

Castigar al gobierno de un país en guerra puede ser moralmente bueno si un elemental sentido humanitario exige colaborar contra la injusticia y hay garantías de que no van a padecer justos por pecadores. Y puede ser malo si se hace por puros intereses económicos o de prestigio. 

Cierto que los conocimientos estrictamente técnicos no suelen tener mucho que decir a la hora de las decisiones políticas. De todos modos un individuo cultivado, bien leído y correctamente aconsejado, en principio parece aventajar a quien desconoce el pasado de los pueblos y sus costumbres. Estar familiarizado con el humus de la propia historia, saber lo acontecido en épocas pasadas, sin duda resulta un valor añadido al mero sentido común del individuo. 

No, no me arrodillo ante títulos ni diplomas. Pero me sorprende en gran medida que quienes se mueven en el Olimpo del Estado en el que me toca vivir tengan tan escasos conocimientos de los idiomas y concretamente del inglés. No menos me desconcierta que en general los ministros carezcan de experiencia profesional previa en los asuntos que van a gestionar. De sus palabras y decisiones pueden originarse grandes bienes o grandes males para muchos millones de habitantes. 

¿Quién no se asombra de que un individuo pueda ejercer de ministro de defensa y al cabo de unos meses cambiar la cartera por la de turismo o deporte? Tales cambios probablemente obedecen al prurito de contentar a los amigos, o son una total falta de respeto a la población o una broma de mal gusto. No sé encontrar otra explicación. Ni conozco ningún sector profesional donde ocurran tales cosas. Aunque también es verdad que el sector público se alimenta del dinero público -anónimo, pero fiel al guiño de quien manda- mientras que los negocios privados no disponen de ingresos ajenos. 

Decisiones políticas y técnicas

Existen decisiones políticas y decisiones técnicas. Los estudios sirven particularmente para ejercer con competencia en las cuestiones de tipo técnico. Cierto, pero no estorban en absoluto a la hora de tomar decisiones político-ideológicas. A un político no le haría ningún mal profundizar en la Constitución. Tampoco le enfermaría saber acerca de leyes laborales, presupuestos, recursos humanos, geografía nacional, etc. 

Lejos de mí lamentar el sistema democrático que Occidente se ha dado a si mismo tras muchos años de rodeos y retrocesos. Pero mantengo igualmente lejos de mi la ingenuidad de pensar que quien gana los comicios es siempre y en todo caso el mejor. Gobierne el ganador de las elecciones, pero no se vanaglorie de ser el mejor. Las elecciones tienen mucho que ver con el físico del candidato, con sus apariciones en TV, con el financiamiento (quizás ilegal) de su partido, con la fama y con tantas otras cosas ambiguas. Me abstengo de citar nombres cuya fama en el deporte, el cine o la TV les ha reportado jugosos réditos. 

Nadie se dejaría diagnosticar por quien no poseyera los oportunos estudios en medicina, ni permitiría que cualquier aficionado le pusiera en orden la dentadura. Sin embargo se encumbra a personas sin apenas estudios en los altos círculos de la política. Es de esperar que equivoquen el tipo de bisturí, operen sin anestesia, se les infecten las heridas y ahonden el mal que pretendían apaciguar. 

Uno se juega mucho confiándose a los profesionales de la salud: desde la salud al patrimonio personal. De ahí que la sociedad exija los oportunos conocimientos al respecto. Pues para dirigir un país, presupuestar millones de euros, y tomar muy delicadas decisiones, basta con estudios elementalísimos. Claro, también con la venia del partido, los dineros de quienes lo financian y las pasarelas en las cuales se mueven. 

A quien corresponda diseñe el currículum adecuado para ser buen político. Y no olvide algunos apéndices muy útiles. Por ejemplo, el candidato debería haber vivido de su trabajo profesional y no de los beneficios del partido desde jovenzuelo. En su expediente no podría figurar ninguna imputación. El tiempo máximo de actuación pública no sobrepasaría los cuatro años. 

Como Luther King, yo también he tenido un sueño. Un sueño modesto y con grandes posibilidades de que permanezca en el reino de las entelequias. Ya lo dijo Calderón de la Barca: los sueños, sueños son.

martes, 20 de agosto de 2013

Un perro, ni más ni menos



Un noble animal, el perro. Será o no el mejor amigo del hombre, pero le ayuda en mil tareas domésticas, de policía, de salvamento. Hace buena compañía acurrucado bajo una mesa o jugueteando con los más pequeños en el jardín de la casa.
De todos modos, habrá que frenar el fervor cuando empieza a implicarse una calidad de afecto  sólo destinada a otro ser humano. No es vana la advertencia. Se da el caso, no tan extraño, aunque sí extravagante, de que el hombre incapaz de encontrar consuelo en otros semejantes, se refugia en la lealtad del dócil animal. Y ahí puede empezar a complicarse la cuestión. Porque no sólo existen veterinarios -muy aceptable, después de todo-, sino también restaurantes y menús para perros, peluqueros para los canes y así siguiendo. 
Vaya por delante que el perro, como cualquier otro ser viviente, puede y debe tener su lugar en el admirable paraíso de la creación. Es de justicia que no se lo haga sufrir inútilmente e incluso que existan sociedades protectoras del animal, siempre que no se confundan los planos y se guarden las debidas distancias.
Claro que son de aplaudir los servicios que realiza el perro al hacer más cómoda la vida de su dueño y llegar en ocasiones donde al ser humano le es negado. Lo mismo le transporta a través de la nieve tirando del trineo, que se interna por barrancos a la búsqueda del montañista desorientado. Realiza la buena labor de olfatear las maletas en la aduana, por si hay doble fondo, y defiende la propiedad encomendada en mitad de la noche.
¿El prójimo es un lobo?
A nadie le duelan prendas a la hora de elogiar al animal. Pero un perro no es un ser humano y no puede convertirse en sucedáneo del amigo. No es raro escuchar argumentos favorables al perro que, más o menos, se formulan así: "el perro no me falla jamás, las personas sí me han fallado y decepcionado". Puede que algo de verdad haya en esta tremenda y dolida afirmación. Es cierto que, en ocasiones, los humanos llevan a la práctica aquello que antiguos literatos y filósofos han denunciado o simplemente constatado: "el hombre es un lobo para el hombre".
He escuchado a un respetable esposo -más en serio que en broma- una estremecedora confesión. Decía que, al llegar a su hogar, no estaba seguro de recibir un abrazo o un saludo cordial de su mujer, mientras que inexorablemente el perro le correría detrás haciéndole fiestas y jugueteando alegremente para celebrar el regreso.

Aunque sea verdad, el hecho de buscar la compañía del perro y distanciarse de la esposa ocasiona un mal irreparable a sí mismo y a los suyos. La solución no consiste en encariñarse con el perro y dar la espalda a la persona. Actuar así no es más que una vulgar huida que, por añadidura, habla muy mal del propio comportamiento. Lo razonable es analizar el porqué del escaso calor humano que demuestra el prójimo y poner luego el remedio que haga al caso.
Hay que esperar que nadie tenga la desfachatez de afirmar que la compañía del perro es más gratificante que la de un semejante. El intercambio de ideas, el encuentro de los sentimientos, la convergencia de los afectos, no es comparable al donaire de una cola que se mueve en espiral ni a la gracia de una lengua que busca la nariz de su dueño. Quien crea otra cosa merece toda compasión.
Los animales tienen su lugar
El mito de la creación del hombre, tal como se refleja en el Génesis, explica en profundidad por qué no se pueden superponer los planos. Adán descubre su soledad y su indigencia cuando mira alrededor y no ve más que animales. Desfilan ante él y a cada uno de ellos le pone nombre, lo cual significa que es dueño y administrador de todos ellos. Pero no encuentra ninguno que se le parezca ni que pueda corresponderle. Su dignidad es muy otra. No puede dialogar con el animal ni tratarle de tú. Buscar en los animales un sucedáneo de la esposa, los hijos o el amigo es una actitud abominable según la Biblia.
En cambio, con elevado sentido poético y humano, dice el texto que la mujer está formada de la costilla del varón. Entre ellos sí existe comunidad de naturaleza y cada uno se ve reflejado en los ojos del otro. La expresión de Adán al contemplar a la mujer es muy distinta de la que tiene al ver desfilar a los animales. ¡Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne!, exclama Adán. Frase que en versión libre significa: ¡Esta es la mujer de mis sueños!
El perro ladra, mientras que el hombre habla. Imposible el diálogo. El perro necesita comer, descansar y reproducirse, mientras que el ser humano, además, canta, piensa y acarrea nostalgias de perfección. Aun cuando el perro sea más leal que un ser humano, no es más que un perro. Désele el afecto que merece un perro. Nada más.  

                                    

sábado, 10 de agosto de 2013

Desafección política

La política se ha derrumbado en el descrédito. Lo confirman una y otra vez las diversas encuestas. El desprestigio de la política y la desafección a los políticos se ha instalado definitivamente en la conciencia de los ciudadanos.

La política y los políticos se han ganado a pulso que la gente les de la espalda, que desconfíen, que no quieran saber del tema. Hasta aquí se ha llegado porque los gestores de la cosa pública han ido desvinculándose del pueblo al que dicen representar, pero que en realidad no está, ni mucho menos, en el centro de sus preocupaciones. 

Cuando la mística se evapora

Difícil percibir un atisbo de entusiasmo por el bienestar del pueblo. ¿Dónde ha ido a parar la mística de decenios atrás, cuando de los mítines fluían palabras fervorosas y sinceras en pro del progreso humano y espiritual de la sociedad. El apasionamiento por los derechos humanos ha cedido el testigo a las compatibilidades fraudulentas, a los sobresueldos, al financiamiento irregular del partido. 

Luego los partidos han secuestrado los medios de información. Periódicos, emisoras, tertulianos… la mayoría están contaminados ideológicamente. Se identifica a la emisora por el tono y el contenido de la información. Los expertos en imagen, los asesores de campaña resultan imprescindibles para lograr la victoria. Pero la verdad y la sintonía con el pueblo han perdido peso. Desde que la información es un negocio --algo así he leído-- la verdad ha dejado de tener importancia. 

La corrupción, los cientos de asesores inútiles, la multiplicación del personal de confianza elegido a dedo, las trampas que salen a la superficie día sí y otro también, provocan una indignación inmediata. Pero quizás sea más grave todavía que la desconfianza y la sospecha vayan depositándose, cual posos ponzoñosos, en la conciencia del ciudadano. 

Llegado este momento aparece la desafección política, vocablo que se refiere al distanciamiento entre la ciudadanía y sus representantes. Quienes debieran solucionar los problemas de la sociedad acaban convirtiéndose en uno de sus mayores obstáculos. 

Así lo testifican las encuestas. En diciembre de 2012 el CIS afirmaba que casi uno de cada tres españoles identificaba a los políticos y a los partidos entre los tres problemas más importantes de España. Hoy día, después de los acontecimientos recientes acerca de la financiación ilegal de los partidos y los sobresueldos, que ha salpicado al mismísimo presidente, de seguro que la proporción ha crecido. 

Preocupante es que la desafección política se haya incrementado especialmente entre los jóvenes y los estudiantes. Ello lleva a pensar que se mantendrá en el próximo futuro.

No indiferencia, sino insatisfacción

Sin embargo, y a pesar de todo, cabe variar la perspectiva e interpretar la situación con algún atisbo de esperanza. La desafección que padecemos no tiene que ver tanto con la indiferencia cuanto con la insatisfacción. 

Me explico. Quienes consideran que los políticos son el problema suelen ser ciudadanos críticos y exigentes. Muchos de ellos han pasado por la universidad y han escuchado y leído sobre el tema. Aunque están frontalmente contra las corruptelas y las trampas típicas de los políticos y sus partidos, no obstante, no suelen despotricar contra la democracia. Piensan que es el régimen menos malo.

Su desafección no es consecuencia de la despreocupación o la animadversión contra la política en general, sino fruto del mal funcionamiento del sistema, regido por políticos de rostro duro, ambición extensa y vergüenza exigua. 

Con este trasfondo pienso que una posible solución -y no soy quien ha parido la idea- podría venir de que los cargos públicos procedieran de un trabajo u oficio conocido y un límite más bien breve de duración. Lo primero facilitaría el regreso a la profesión sin generar ruido y sin aferrarse como lapa al puesto. Lo segundo evitaría el fácil y excesivo acomodo al cargo/puesto/función. 

Cuando estos cauces no existen el político se resiste a marchar. Y el partido tiene que solucionar el atasco. Lo cual abre la puerta a tentaciones varias, como el financiamiento ilegal, la multiplicación de los asesores, las presiones para que compañías privadas se hagan cargo del sujeto en cuestión, etc. Al final de cuentas, los esfuerzos y tareas que el partido debiera llevar a cabo en favor de la sociedad cambian de objetivo: implantan actuaciones ambiguas para favorecer a los que quieren seguir viviendo a espaldas de los demás. 

Otro hecho a tener en cuenta y que resulta demoledor para el ciudadano es que se incorpora tranquilamente la mentira al proceso político, sin que por ello hay que pagar costes ni peajes. Un ejemplo. El presidente del Gobierno del Estado español dijo que no cumplió con el programa electoral porque así se lo demandaba su conciencia. 

Es decir, ocultó a los ciudadanos y a los votantes que pensaba hacer algo muy distinto de lo que prometía. Porque está claro que un candidato a presidente sabe cómo funciona el país en sus trazos más esenciales. Justamente elabora un programa para corregir los desajustes. Y si no tiene idea de su funcionamiento habrá que concluir que es un incapaz. Lo inadmisible es que engañe para sumar votos. En tal caso hay que dudar seriamente de la legitimidad de las elecciones. 

¿Vamos a extrañarnos de que exista desafección política y que se extienda como mancha de aceite? La esperanza radica, como he insinuado, en que la nula sintonía entre políticos y ciudadanos no la mueve la despreocupación ni el pasotismo, sino la disconformidad y la indignación. De manera que el cambio asoma por el horizonte.


martes, 30 de julio de 2013

la invisibilidad de las mujeres


Un hecho intrascendente me ha llevado a una reflexión de peso. Hace ya una temporadita que inserté una foto en el facebook, dado que me ocupo de actualizar la página del Santuari de Lluc. En ella había un número de concelebrantes mayor de lo habitual, junto con el obispo que había subido a la montaña.
Reparé, sin detenerme en el asunto, que sólo aparecían hombres y ninguna mujer en el altar y alrededores. Experimenté una vaga mala conciencia por ello. Incluso temí recibir algún improperio.  
Mis temores tomaron cuerpo en la reflexión de una lectora que, en escueta respuesta, trataba a los protagonistas de la imagen de talibanes y otras lindezas similares.  
Una desproporción clamorosa
Como a nadie le agradan los insultos, estaba por responder con un exabrupto. Me detuvo el pensar que el personal lo atribuiría al Santuario con toda lógica.  Incluso,  gracias a las apetencias morbosas de cierta prensa, era posible que diera la vuelta a Mallorca y viajara más allá de la isla.
Mientras le daba vueltas al asunto aminoró la reacción inicial de enfado y reconocí que la señora en cuestión tenía sus razones. Yo mismo he sostenido, desde hace mucho tiempo, que tantos individuos del género masculino alrededor del altar no cuadran con la sensibilidad actual. Después de todo la sociedad consta de más de un 50% de mujeres.
La desproporción es clamorosa. No es de extrañar que el llamado sexo débil -que cada se hace notar más y se fortalece- lamente la situación. Pero en la Iglesia sucede un extraño fenómeno. Ellas están física y realmente allí. Son quienes llevan el peso de la parroquia: la catequesis, la limpieza, el adorno del altar...
Están físicamente, pero no son percibidas por la jerarquía y apenas por los varones. Es un caso de presencia fáctica e invisibilidad real, por más que la expresión se incruste en la paradoja. Sí, realmente extraño que la omnipresencia de las mujeres se conjugue con su invisibilidad.
No creo equivocarme al decir que la mujer tradicionalmente se siente más predispuesta que el varón a experimentar el misterio de Dios. Dado que su cercanía a Dios y su permanencia en la Iglesia nada tiene que ver con la búsqueda de poder, preciso es concluir que su talante, su forma de estar en la Iglesia, se rige por la fidelidad.  
En las pequeñas poblaciones las mujeres suelen cuidar, limpiar y adornar el templo. Preparan los manteles para el altar, sostienen el rezo del rosario, no le hacen ascos a transcribir un acta de bautismo, ni se arredran si hay que guardar la llave del templo.
Estas mujeres, por lo general, no se plantean que las cosas pudieran ser de otro modo, que ellas bien merecerían también ejercer otro tipo de servicios más cualificados.
Si nos adentramos en el terreno del mundo de las mujeres consagradas, su número es muy superior al de sus homólogos masculinos. Sin embargo, ni que decir tiene, que la mayoría de ellas viven una vida oculta mucho más estricta que la de los consagrados del otro género. 
En cuanto a los laicos -laicas, mejor dicho- ahí están las catequistas, las voluntarias en todo tipo de actividades religiosas, las que preparan a las parejas para la boda, las que visitan a los enfermos... y un larguísimo etc.
En cuanto a la posibilidad de mujeres sacerdotes, nada parece moverse en los altos estamentos jerárquicos. Ya pueden los sacerdotes desgañitarse yendo de una parroquia a otra para atender a los fieles. Da igual que celebren tres, cuatro o más misas a fin de que la Eucaristía no falte en ningún rincón. Ellas no cuentan. Parece que así seguirá el asunto. De nada sirven las protestas y proclamas.
Estampas con trasfondo
Fue ampliamente comentada la escena que se produjo en la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid hace un par de años, concretamente en la plaza Cibeles. Entre el público, numerosos jóvenes de ambos géneros, sin ninguna distinción, sin que ello causar el menor problema. Luego la cámara subió los escalones del altar. Allí sólo había hombres.
Una escena parecida, y todavía más llamativa, aconteció en la Sagrada Familia de Barcelona. En un momento dado había que limpiar la piedra del altar de las unciones con el óleo, a la vez que vestirlo con manteles nuevos. Para la tarea aparecieron raudas unas cuantas religiosas. Pero tanto antes como después de esta escena, las mujeres permanecieron en su estado de invisibilidad.  
Con tales comportamientos, nada raro si se escucha el comentario, que yo mismo he oído a mis espaldas: “no entiendo que todavía haya mujeres que van a la Iglesia”.
Dice el evangelio: junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena (…) y cerca, al discípulo que tanto quería Jesús. Al lado de la cruz, bien visibles. El discípulo, un poco más lejos. Pero ya en el primer Concilio de Jerusalén, las mujeres se tornaron invisibles.

La tradición viene de lejos. Algún día habrá que examinar a fondo las inercias, pasividades, perezas, apatías, desidias y rutinas instaladas en nuestra Iglesia... 

sábado, 20 de julio de 2013

Declaraciones e incontinencias


Entre las numerosas enfermedades que aquejan al ser humano hay que contar con la que ocasiona un extraño virus. El que impulsa a declarar más de la cuenta. Se trata de un impulso incontrolable que actúa en las cercanías de un micrófono, una cámara o el bolígrafo del periodista. 

El individuo afectado declara sin continencia alguna, por más que se le interrogue acerca de asuntos muy alejados de sus conocimientos y habituales preocupaciones. Se diría que acaba declarando contra su propia voluntad. 

Al día siguiente no raramente cuaja una pequeña tempestad en torno a las manifestaciones realizadas, por extemporáneas o inexactas. Al declarante le toca matizar, volver atrás, decir que se le interpretó mal o sencillamente -y muy recomendable- confesar a las claras que se equivocó. 

De seguro, vale más tarde que nunca. Mejor enmendar que sostener el error. Pero ello no quita que el mal esté hecho, que la población se alarme sin motivo y disminuya más todavía la credibilidad de los gobernantes /declarantes /manifestantes. El malestar o el desprestigio han incidido en la población. La raquítica vanagloria de asomar el rostro por la pequeña pantalla, o de ejercitar las cuerdas vocales ante el micrófono, ha podido más que la sensatez. 

El mencionado virus ataca también a notables personalidades, sin excluir a altas jerarquías de la Iglesia católica. Hace unos pocos días, allá por el Caribe, un Monseñor usó un vocabulario tirando a barriobajero al referirse a los homosexuales. Ignoro si en este caso hubo rectificación. Para mí que no, pues el connotado cardenal no suele rendirse tan fácilmente. 

Hechos, que no palabras 

Por lo demás, a fuerza de acumular declaraciones, los medios de comunicación terminan por ser instrumentos repletos de palabras, que se refieren a intenciones o buenos propósitos. ¿Y los hechos? Habría que invitar a un experto a medir el volumen de las informaciones que se refieren simplemente a declaraciones o manifestación de intenciones. Con demasiada frecuencia los titulares suelen referirse a lo que tal personaje dice u opina. Muchísimo menos a lo que hace o llevó a cabo. 

El asunto es penoso. Excesiva verborrea para tan escasos acontecimientos. Tanto más penoso cuanto que el afectado por el virus que nos ocupa anda convencido de que lo que piensa es noticia. No porque sea de mayor o menor trascendencia. No. Sencillamente porque lo piensa él. Si, encima, el hombre tiende a la mediocridad, ya dirán ustedes el drama de los medios de comunicación social que no encuentran apenas hechos que llevar a la boca. Mientras que sobreabundan las ruedas de prensa, las declaraciones, los comunicados...

Luego es de toda conveniencia que los lectores/espectadores calibren cuanto se les dice de acuerdo a la comunicación en sí misma, independientemente de su procedencia. Pues no es de recibo que cosas archisabidas, de pronto adquieran importancia simplemente porque salen de labios de tal o cual personaje. Nada de pagar tributo sobre el altar de la fama. Los títulos de quien habla no mejoran los contenidos de lo que dice. Más bien sucede lo contrario: los contenidos de lo que comunica prestigian los títulos que pueda exhibir.

Otra vertiente del asunto consiste -y apunto con el dedo a la administración- en gastar ríos de tinta y palabras en cantidades industriales sobre determinados temas sobre los que no se piensa actuar. Simplemente, quien habla lo hace para salir del paso. Adopta, quizás, un ademán grave o firme con el fin de sintonizar con los destinatarios. 

Cíclicamente, aparentando una gran firmeza y hasta una justísima indignación, se refieren algunos funcionarios a las medidas que tomarán respecto de determinados usos y abusos. Amenazan con regular estrictamente tal ámbito y de que el peso de la ley caerá sin contemplaciones sobre los infractores. 

Bien podrá comprobar el lector que, al cabo de un tiempo, se repite la misma ceremonia, idénticas amenazas y similares declaraciones. Todo es cuestión de que acaezcan de nuevo los hechos que provocaron las declaraciones primeras. Así una y otra vez. Cuestión de inercias, procedimientos y rutinas.

Tal parece que estamos jugando a declarar, a escribir artículos ocurrentes o indignados, a llenar páginas de periódico. Visite el lector alguna hemeroteca y tendrá la oportunidad de comprobar tales cosas. Verifique, de paso, cómo una multitud de temas se destapan, se siguen con interés porque la sociedad se apasiona por ellos… Llegan a un clímax prominente para luego desvanecerse sin solución ni resolución. No se halló al responsable del crimen. El juicio terminó, para la prensa, a mitad del proceso. De la niña perdida nunca más se supo...

¿Será más verdad de lo que uno sospecha que la vida humana es un sueño, una comedia, un papel que a uno le han asignado? Uno es periodista y escribe. El otro es funcionario y declara. El de más allá es vanidoso y asoma el rostro por la pequeña pantalla. El que anda de pleitos escribe un comunicado para expresar la injusticia de la que es víctima. 

¿Interesa la verdad pura y escueta? ¿Nos indignamos realmente ante el crimen o todo acaba en el rictus del rostro que reclama la circunstancia a fin de reaccionar tal como el público desea?

miércoles, 10 de julio de 2013

La interpretación del silencio


Meses atrás escribí una entrada en la que lamentaba la dificultad de interpretar el silencio. Decía que si hay algo difícil de dilucidar en este planeta azul en que nos movemos los seres humanos es el silencio. Puede significar mucho o nada.

Me refería en concreto a los emails y notaba que en numerosísimas ocasiones no reciben sino la callada por respuesta. No digo la canallada, que tampoco hay que caer en la desmesura. 

La exégesis del silencio

Cuando se escucha el silencio en lugar de la respuesta tropezamos con la dificultad de interpretarlo. Puede ser que el escrito no haya llegado a destino perdiéndose por el espacio cibernético. O tal vez al receptor le deje indiferente el contenido de la nota recibida. O ignore al remitente. 

Contémplese también la posibilidad de que una respuesta implique un correlativo compromiso. En consecuencia resultará más cómodo amordazar el email e introducirlo en el disco de duro corazón o sepultarlo sin contemplaciones en la papelera de reciclaje. Puestos a explorar eventualidades y contingencias el silencio podría achacarse a la mera negligencia. O simplemente a un exceso de trabajo. 

Igualmente hay que tomar en consideración, a la hora de hacer la exegesis del silencio, la eventualidad de que el destinatario no sea ducho en la técnica del ordenador y no encuentre la dirección del remitente, por más que esté al alcance de un clic. Aun puede suceder que el aparato se haya dañado a causa de un virus indecente o de un apagón inoportuno. ¡Cuántas cosas puede significar el silencio!

Lo cierto es que un silencio persistente y tozudo causa numerosos perjuicios. Cuando la interpelación es personalizada -no un mero envío de listas- y no obtiene eco, entonces logra disminuir el flujo de la amistad y tal vez apagarla de modo definitivo. 

Para bien o para mal

Más o menos decía estas cosas en mi artículo que, por cierto, tuvo bastante aceptación, según infiero de las estadísticas que generosamente me ofrece google. No doy marcha atrás de lo dicho, pero sí deseo ampliar el ángulo de visión y reconocer que me faltaban cosas por decir a propósito del silencio. No todos los silencios son tan negativos. 

Depende de su procedencia, del cómo y del cuándo que el silencio pueda ser interpretado de muy diversos modos. Ni es necesario gozar de una gran inteligencia para entender su sentido profundo en el contexto de las circunstancias en que se produce. 

La falta de palabras, la falta de miradas y de gestos pueden ser tan elocuentes como unas parrafadas llenas de elocuencia. El silencio puede ser una herramienta la mar de útil. 

Cuando uno ha dejado de esperar en el otro, el silencio indica la opción tomada: en lugar de disimular o de discutir, mejor callar. Cuando el interlocutor no entiende o no hay posibilidad de sintonizar en idéntica longitud de onda, el silencio tal vez sea el mejor recurso. 

Existe el silencio de la huida: no se desea enfrentar una situación o una persona. Pero también existe el silencio que tranquiliza el ánimo y recobra el aliento para seguir en la tarea a pesar de todo. 

El silencio inteligente es el que tiene vasos comunicantes con aquel proverbio hindú: "cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio".

El silencio puede hacer las veces de punto y aparte. Como en el párrafo escrito, marca la transición de un tema, sentimiento o emoción. 

Es curioso. Según el momento o la circunstancia, el silencio dice: “te quiero”. O bien, “déjame en paz, no quiero saber de ti”. Es tan fácil de discernir como una mirada amorosa de una mirada resentida. 

Combinar el silencio y la palabra

Es conveniente que exista buena relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse y alternarse para lograr un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca el aturdimiento o porque crea una atmósfera de frialdad e indiferencia. 

El tiempo del silencio es el tiempo apto para acoger los hitos más auténticos de la comunicación entre personas que se aprecian. Entonces adviene el momento justo para reparar en el gesto, la expresión del rostro, la calidad de la mirada. 

El artículo en el que fustigaba el silencio no dejaba de tener su buena parte de razón. Porque me refería al mutismo de una persona que no reacciona, no obstante ser interpelada. Hay momentos en que el silencio nada tiene de sonoro ni significativo. Se convierte entonces en mudez inerte o, peor aún, en menosprecio rampante. 

Leído el escrito que me ocupa, uno sacaba la impresión de que el silencio es dañino por naturaleza. Ahora quiero dejar constancia de que, según el contexto, el silencio quizás resulte estimable, útil y hasta provechoso. Sobre todo en una sociedad en que los ruidos ensordecen al personal. En que la mayoría habla sin que se le pregunte y movida más por la ideología o el afán de negocio que por expresar una convicción o una emoción.

domingo, 30 de junio de 2013

El Papa Francisco, un fenómeno social

El Papa Francisco se ha convertido en un fenómeno que interesa en la iglesia y fuera de ella. Por curiosidad, porque ha cambiado el talante circunspecto y ceremonioso de los últimos pontífices o por otros motivos, el hecho es que con frecuencia su imagen y sus frases se asoman a los medios escritos, radiales o televisivos.  
No tomar la parte por el todo
En principio no va conmigo hacer del Papa el centro de un artículo o conversación. Considero que el ”todo” de la Iglesia de ninguna manera debe confundirse con la ”parte” que es el Papa. Cuando tal sucede -y sucede más a menudo de lo deseable- me siento incómodo. La vitalidad de la Iglesia de base supera en mucho lo que pueda llevar a cabo el Papa y no hablemos ya de lo que pueda opinar la Curia.
Sin embargo describo mi blog con las palabras ”artículos fronterizos entre sociedad e Iglesia”. Así es que no puedo escurrir el bulto. Me agrada que progresivamente mucha gente desvinculada de la Iglesia opine bien del Papa al comprobar su cercanía, sus frases directas, su amplia sonrisa, tan poco usual en ambientes vaticanos. 
Un talante distinto
Personalmente alabo su modo de expresarse sin tapujos acerca del poder y del dinero, de los males del carrerismo, de la necesidad de oler a oveja por parte de los agentes de pastoral... El contenido de lo que dice es inteligible sin necesidad de profundas interpretaciones. El tono con que lo dice elimina sentidos arcanos y segundas intenciones.
Convendrá conmigo el lector que se trata de un hecho inhabitual: en la ventana contigua a la Basílica de S. Pedro se asoma un Papa que ríe. Acostumbrados a que más bien soltara lamentos y quejidos, mucha gente ha quedado desconcertada. Algunos católicos críticos vuelven la vista hacia el Vaticano. Quizás cambien algunas cosas, piensan, sin abandonar la coraza de la desconfianza. Se comprende. Llevan muchos años aguardando el cambio de actitudes y ademanes.
Un hecho que conviene celebrar. El Papa no habla día sí y otro también de la moral sexual. Una revolución, a juzgar por lo que venía sucediendo y por las inercias que atrapan a un gran número de obispos. La moral sexual se ha desplazado para dejar su lugar a la justicia social, a la lucha contra la pobreza, al amor hacia los marginados. Bienvenido sea el cambio.
Otro hecho al que poner altavoz. El Papa Francisco ha dejado de lado algunos símbolos de poder y de lujo. Convive con otros eclesiásticos, no quiere sentarse en un trono de oro, deja de usar zapatos exóticos y esclavinas primorosas. Conversa sencillamente con religiosos y presbíteros y hasta dice cosas que no acaban de casar con la diplomacia vaticana. El Papa se levanta para saludar a quien le visita y hace cosas la mar de normales, pero que, a fuerza de observar lo contrario, se nos antojan novedosas.  
El evangelio, punto de referencia
Sin duda alguna, los primeros meses del Papa han levantado grandes expectativas. La gente necesitaba un líder que sonriera y no que meneara la cabeza a derecha e izquierda con la vista perdida y el gesto huidizo. Lo ha econtrado en el Papa Francisco. En los últimos años sólo el Presidente Obama levantó un caudal de expectativas similares entre los grandes líderes de nuestro mundo.
No es que el talante del actual Papa se hubiera evaporado en la Iglesia. Ahí permanecía, pero ocupaba posiciones secundarias, periféricas. Las grandes figuras actuaban con muy otro estilo. Y no deja de ser curioso que de pronto hayan desaparecido muchos pectorales de metales preciosos y abunden en menor medida las vestimentas de encajes exquisitos. Mimetismo se llama este fenómeno.
Personalmente me desagrada que el estilo y el tono del personal varíe según el quehacer del Papa de turno. Ello indica que el punto de referencia no es el evangelio y pone de manifiesto que las convicciones se mueven según la brisa que sopla en el momento. Aunque también es cierto que cuando la sintonía con el Papa reinante resulta discordante, los hay que dejan de citar sus escritos y sus palabras. Demuestran con ello que no están precisamente con el Papa, sino con un espejo que refleja su modo de ser. Ni una cosa ni otra resulta saludable.
Los grandes temas que demandan una solución a gritos ahí están. El Papa Francisco no los abordará a gusto de todos ciertamente. Pero si proyectamos su modo de situarse en la realidad y de opinar frente a los acontecimientos, bien podemos suponer que alguna sorpresa se abrirá paso entre el séquito de su pontificado.

Hay quien parece esperar que el Papa tropiece. Está al acecho de lo que dice, lo que hace, cómo celebra, como se desplaza entre la multitud. Es que se les antoja un tanto heterodoxo. Esperaban otro estilo, les ha cogido con el pie cambiado y no se sienten a gusto. Desaparecen sus valedores, cambian los procedimientos. Sus proyectos -quizás intrigas- se desmoronan a marchas forzadas.  

jueves, 20 de junio de 2013

Dios versus verano


Acabo de escribir un prólogo que me han solicitado para un trabajo académico. A pocas horas de estrenar verano y con una temperatura que va encaramándose reconozco que no es el mejor momento para transmitir el escrito.
¿Por qué? Porque trata de temática teológica y apunta hacia las cimas del pensamiento. Desentona, pues, del ambiente turístico mallorquín de esta época. El sol, el bochorno y la arena piden a gritos al viandante que se zambulla en la playa, se deje llevar por el vaivén de las olas mientras extravía la vista en las nubes. Acto seguido, a conversar distendidamente con un amigo mientras vacía un jarro de cerveza.
El hecho es que van por muy distinto camino las letras que siguen. Abordan el tema de Dios. Y, sin más preámbulos, reproduzco los párrafos en cuestión.
Una palabra y un concepto vilipendiado
Decía el filósofo judío M. Buber que Dios es la palabra más vilipendiada, manchada y mutilada que la humanidad ha escrito y pronunciado. No le faltaba razón porque se ha llegado a torturar y asesinar en su nombre. Nada extraño, pues, que alguien haya propuesto permanecer unos años sin pronunciarla ni escribirla.
Por otra parte aproximarse al misterio de Dios es exigente. La fenomenología religiosa se acerca a él diciendo que es un "mysterium tremendum et fascinans". Si bien, en el otro extremo, hay quienes banalizan la palabra y el concepto de Dios. Entonces, ¿con qué estado de ánimo abordarlo? Difícil tarea.  
Sin embargo, es legítimo e incluso necesario experimentar a Dios y hablar de Él. Dónde encontrar, si no, el sentido último de la vida y una solución -inicial, al menos- a la multitud de interrogantes que se nos plantan en el camino? ¿Cómo compartir estas inquietudes sin pronunciar su palabra?
Ahora bien, es del todo preciso mantenerse en un difícil equilibrio. Hablar, sí, pero con mesura. No hay que olvidar que "a Dios nadie lo ha visto nunca". Sólo el Hijo nos lo puede revelar y por eso resulta del todo imprescindible abrir la Biblia y escuchar las palabras de quien sabe del asunto. Nada de inventar teorías sin fundamento.
He aquí, pues, algunos de los motivos para hablar de Dios. Aparte de que Él es el eje de toda teología. Si se tambalea la fe en Dios, se desploma igualmente cualquier otra afirmación referida a la fe. Él se encuentra en la intersección de la inmanencia y la trascendencia de la naturaleza humana.
El centro y objetivo final de la teología no puede ser otro que el misterio de Dios, el Padre de Jesucristo, el dador del Espíritu. Es el tema que permanece más allá de las modas y los énfasis. Cualquier otra perspectiva deriva de esta.
Más allá de los ídolos
El misterio de Dios adquiere progresivamente mayor urgencia e importancia. En el primer mundo porque el secularismo y el ateísmo se extienden como mancha de aceite. Secularismo y ateísmo significan el ocaso de Dios. Apremiante batalla a tener en cuenta.
En cuanto al Tercer Mundo, que en muchos lugares se define como cristiano, las minorías luchan con todos los recursos a su alcance para defender sus privilegios y el "status" adquirido. Dicen que Dios está a favor de ellos pues que garantiza el orden y la paz. Urge, pues, hablar de la verdadera imagen de Dios y denunciar los ídolos tratan de solaparlo.
Existe una gran disparidad en la concepción y las prácticas que se pretenden derivar del mismo Dios. Esto es grave. Porque Él no es tan elástico y genérico que soporte cualquier formulación. Debe recobrar su verdadero perfil. De lo contrario seguirá siendo la palabra vilipendiada y manoseada a la que se refería Buber.
Al confrontar la moral, la trascendencia, el ecumenismo, el diálogo religioso, la lucha por la justicia con Dios -que es su motivación y su fuente- queda claro que Él no se halla ajeno al mundo, sino que se compromete con la historia humana y termina convirtiendo la muerte en resurrección, tal como la vivió Jesús, el Hijo.
Es necesario renovar la concepción de Dios. No se la debe confundir con un ídolo, sujeto pasivo, que espera y exige oraciones e incienso. Tampoco es el Ente que sirve para tapar los agujeros que la ciencia no logra explicar.
Dios es un misterio de amor que ha dejado la responsabilidad de la historia en manos humanas y nos guía a través de su Espíritu. Hay que eliminar las imágenes falsas o engañosas de Dios.
La teología nada tiene de opio para adormecer las conciencias de los ricos y alargar la paciencia de los pobres. Más bien es el pensamiento que comparten todos los que -alimentados por la experiencia de Dios- luchan en favor de los excluidos y de las víctimas de nuestro mundo. Si se quiere, los traspasados ​​de la historia.