El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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miércoles, 12 de marzo de 2014

Entre la misericordia y la crueldad



Ante todo vale decir que no conviene confundir la misericordia con la lástima. El sentimiento de lástima suele ser superficial y pasajero. El hambre y la enfermedad son lastimosos. El acento recae sobre el infortunio, más que sobre quien lo padece. Con frecuencia la lástima acaba con un chasquido de la lengua al contemplar cualquier hecho penoso. La lástima humilla y no es intercambiable con la compasión.
La misericordia es la actitud consistente en dejarse afectar por la miseria del prójimo. Va acompañada de la amabilidad y de la ayuda. Ultrapasa la simpatía para devenir una práctica. En otras palabras, se trata de un sentimiento de compasión hacia quien sufre, el cual impulsa a la ayuda. El “miserere” latín (de la raíz miseria), unido al “cor” (corazón) indica que el misericordioso muestra un corazón solidario hacia aquellos que pasan necesidad.
En principio goza de buena prensa el individuo compasivo y misericordioso. No se requiere de complicadas elucubraciones para comprender que una vida social sin pizca de compasión equivaldría a un infierno. Cualquier roce conduciría a la agresividad y las personas serían lobos para sus semejantes. Sin misericordia se diluye la verdadera humanidad y la vida social se torna despiadada.
Profetas de la anti-misericordia
Sin embargo, en algunos círculos se ha valorado muy negativamente la misericordia. El cáustico Nietszche estaba convencido de que la compasión cristiana era el invento de los vencidos de la vida, de los que se saben inferiores y de los resentidos.  Proponen los tales como virtud la protección al que es víctima de alguna minusvalía y así desvían las energías nobles que deberían emplearse en ascender hacia realizaciones más sublimes. Al sustituir la lucha por la vida por la protección a los débiles, se preservan los que no valen y no merecen seguir viviendo. En cambio, los mejor dotados malgastan sus energías en una cusa innoble en vez de emplearlas cultivando la pasión de vivir.  
Esta propuesta suena fatal a oídos de tradición cristiana, pero es asumida por muchos en la práctica. Si no en forma de positiva agresión a los débiles, sí como insensibilidad respecto de cualquier desgracia, infortunio, dolor o injusticia que suceda a su alrededor. La frase de Caín “¿acaso soy yo guardián de mi hermano?” expresa una tal actitud. Frase que en versión actualizada también suena así: “no es mi problema”.
A los amigos se los quiere, a los compañeros se los ayuda y a los enemigos se los combate. El resto no existe. La humanidad no puede ir recogiendo desechos, sino que debe deshacerse de ellos. Esta ideología no es aplaudida cuando se exaspera. Pocos alaban los  planes de exterminio nazi, aunque muchos de los que se abstienen de aplaudir sí están de acuerdo en disminuir drasticamente el presupuesto de ayuda a los pobres y ancianos, a los enfermos sin recursos y a emigrantes sin papeles. Es la ideología neoliberal.  Con toda desfachatez claman sus heraldos: que cada uno se las arregle. Cada uno es libre para subsistir.
Desterrar la misericordia de los corazones conduce en la práctica a la deshumanización. Sin este bálsamo aumenta la tensión y quizás el odio entre las diversas substratos de la sociedad. A los más pudientes el temor les invade y se encierran en zonas exclusivas y amuralladas, con vallas, guardias, perros, alarmas y cámaras de vigilancia. Cuando tal sucede la sociedad ha desembocado en el fracaso.  
Las contradicciones nos abruman. Por una parte la humanidad cada vez se interrelaciona y estrecha lazos. Piense el lector en las nuevas tecnologías de la información, en los medios de transporte. El roce resulta inevitable. Se requiere una especie de argamasa blanda entre los individuos, a fin de que los roces no se experimenten como choques y, a su vez, provoquen mayor agresividad.
Reflexionando sobre estos asuntos Freud pensó que sólo el cristianismo ha propuesto cuál debe ser este material de unión: el mandamiento del amor universal. El ejercicio de este amor lograría un plus de humanidad en nuestro planeta superpoblado e interconectado. Pero el inventor del psicoanálisis tendía al pesimismo y, por añadidura, era ateo. En consecuencia no creyó posible amar de ese modo. Más aún, lo consideró irracional. Se preguntaba qué motivos hay para amar a un desconocido, particularmente si no merece este amor.
Final con tintes bíblicos
Dios es misericordioso, como relata el núcleo de la historia de salvación en el libro del Éxodo. Por ello sale al encuentro de unas tribus de esclavos y les muestra el camino de la libertad.
Toda la simpatía y la compasión de Dios se reveló en Jesús, quien nos mostró la calidad de su misericordia. Como no tenía cosas para dar, se dio a sí mismo. Vivió abierto a los demás, a disposición. “Un hombre para los demás”, dictaminó D. Bonhöffer.
La Buena nueva del evangelio exhorta en uno de sus puntos culminantes: “sed misericordiosos como Dios es misericordioso”. Las bienaventuranzas ―privilegiada referencia― dicen así: “felices los misericordiosos porque ellos obtendrán misericordia.”

Numerosas son las páginas que demuestran cómo Jesús se dejaba afectar por el sufrimiento ajeno. Escribió un viejo teólogo en el título de su libro: “Jesús en malas compañías”. Sí, entre pobres, lisiados, leprosos, publicanos y mujeres de mala vida. Jesús tuvo compasión. Se afectó por el sufrimiento ajeno, se relacionó con el sujeto que lo padecía, lo ayudó cuando y cuanto pudo. 

lunes, 3 de marzo de 2014

El fútbol y la religión (II)



Ya es tópica la afirmación de que el deporte, en particular el fútbol, se convierte en un sucedáneo de la religión. Determinados ritos en los estadios, a poco que uno profundice en el asunto, tienen sus paralelos en la liturgia religiosa. 

Más allá de gestos concretos está el ambiente global. El hincha se siente arrebatado y experimenta lo que, con un poco de atrevimiento, cabría calificar como fenómeno casi místico. Tras el triunfo anhelado y suspirado de su equipo, mientras la multitud ruge, él vive instantes portentosos. 

Voy a tratar de jugar a las correspondencias entre la liturgia del fútbol y la de la Iglesia. Confío en la venia de quien crea que fuerzo en demasía los términos. Y, por favor, nadie se ofenda porque la intención no es, ni de lejos, faltar el respeto a nadie ni a nada. 

  • La sintonía del hincha con los colores de su equipo es tanta que desea descansar para siempre en el espacio “sagrado” del estadio. Los clubs están dándose a la tarea de construir criptas con los columbarios para las cenizas post-mortem, que los fans solicitan cada vez a mayor ritmo. 
  • Cuando los partidarios del club dialogan entre sí recurren al adjetivo “divino” con frecuencia. Los cracs son dioses. Tanto es así que los espectadores son muy capaces de hacer gestos de adoración al valorar como excepcionalmente acertada la jugada del ídolo. 
  • En los momentos previos al juego ondean las banderas. Las bufandas serpentean y mil pañuelos con referencias al equipo se agitan en las gradas. ¿Será que vitorean al Mesías? 
  • Las Iglesias tienen sus mártires y también los clubs. ¿Qué son sino los lesionados que caen en el campo de batalla ante la furia del adversario sin escrúpulos? 
  • Las concentraciones tienen como objetivo que los jugadores se encuentren en perfecta forma. Nada de distracciones, de sustancias estupefacientes, de novias o esposas. Sólo ascetismo en pos de la victoria. 
  • Los días previos al partido hay que predisponer y animar los ánimos de los partidarios. Numerosas publicaciones se encargan de esta tarea. ¿Una correspondencia con la lectura espiritual?
  • El árbitro será el blanco de las iras e insultos de los espectadores si consideran que ha sido injusto con su equipo. Por cierto, así lo creen muy a menudo. ¿Es el árbitro el diablo? En todo caso la etimología del diablo apunta a “poner división y discordia”. 
  • Actos previos a la confrontación consisten en desfiles varios. Banderas e insignias manifiestan con orgullo la identidad del club. En las procesiones religiosas la identidad se manifiesta blandiendo ciriales, cruces y pendones. Cierto que en el terreno deportivo los ánimos de los participantes andan mucho más exaltados. 
  • Los deportistas agitan la camiseta en momentos decisivos y besan con fervor el escudo. ¿Será excesivo compararlos con el beso –más pausado, eso sí- de los iconos u otras imágenes religiosas?
  • Los museos exhiben copas, trofeos, documentos… Es preciso transmitir a los visitantes las glorias y hazañas del equipo. Quienes profesan una misma fe tienen una historia sagrada cuya transmisión es confiada a los catequistas. 
  • Hay jugadores que rompen de malos modos su contrato o engañan al público profesando amor eterno al club cuando en realidad se entregan al mejor postor. Son desertores y traidores a la causa. También en la Iglesia se tropieza uno con gente de doble vida, incluso apóstatas y sacrílegos. 
  • Es de rigor guardar un minuto de silencio cuando acontece la muerte de algún personaje representativo del club. Silencio, música grave, inmovilidad. No menos la liturgia religiosa dispone de silencios significativos y músicas adecuadas. 
  • Las Iglesias tienen sus personajes representativos que se han gastado y desgastado en el apostolado y testimonio. Han sido canonizados. Determinados nombres han sido consagrados por el club. Nadie debe osar criticarlos. 
  • Los espectadores cantan masivamente estribillos a favor y en contra de algunos jugadores o directivos. También las Iglesias recurren al canto común en sus ceremonias de adoración y veneración. 
  • Cuando los obreros del fútbol ganan un trofeo lo exhiben ritualmente levantando los brazos y entre gritos jubilosos. Los iconos también se besan devotamente y la custodia se levanta con fervor. 
  • Los goles se celebran mirando al cielo, con los brazos en alto. Es una acción de gracias a un cielo laico, interesado en el buen resultado del equipo. También en las asambleas religiosas hay momentos especiales de gozo en los que la gente se mueve rítmicamente y levanta los brazos hacia el firmamento. 

En una palabra, el fútbol tiene su jerarquía: presidente, directivo, entrenador… Exhibe sus símbolos identitarios: himno, camiseta, escudo, estadio… Cuenta con entusiastas partidarios: los hinchas. Dispone de una infraestructura mediática: periódicos, programas de televisión, emisoras… No faltan personajes populares, casi dignos de veneración por parte de los hinchas. Como tampoco faltan traidores y desertores que devienen el blanco de las iras populares. 

Dejemos la moraleja para otra ocasión, aunque avancemos que sería demasiado fácil hacer caricatura de todo ello. Se trata de un fenómeno un tanto irracional, cierto, pero que está ahí. Mueve pasiones, propicia ganancias exorbitantes, provoca insomnios y hasta infartos. Dejémoslo ahí.

jueves, 20 de febrero de 2014

El fútbol y la religión (I)


El deporte, y muy en particular el fútbol, en Europa y algunos países de América Latina, incide grandemente en la sociedad. Los telediarios le dedican un muy notable tanto por ciento del espacio. Emisiones radiofónicas y muy variados periódicos gravitan alrededor del mismo. Guste o no, se trata de un dato comprobable.

Los antecedentes remotos más conocidos del deporte los encontramos en la Grecia de los juegos olímpicos. Los festivales de atletismo eran por aquellos entonces un ritual religioso. El vencedor de las competiciones recibía los mejores aplausos de sus contemporáneos al considerar que la perfección de su cuerpo y de su alma era un servicio a la divinidad. El carácter religioso de los juegos también alcanzaba a los espectadores que permanecían bajo el amparo de Zeus a lo largo del viaje hacia Olimpia.

Valga como curiosidad, si más no, que el fútbol, el rugbi y el básquet tuvieron su origen en un ambiente religioso y escolar protestante. Como era previsible, luego se emanciparon a lomos del proceso de secularización, adquiriendo la propia autonomía.   

Los juegos olímpicos de nuestro tiempo han roto definitivamente amarras respecto del ámbito religioso. Sin embargo, su fundador, el barón Pierre de Coubertin, definió el olimpismo como la religión de los atletas. Sobreentendiendo que el culto no se daba a la divinidad, sino a la humanidad. Y ahí entraban en juego la patria, la bandera, la raza, el esfuerzo… Concluía el Barón con unas líneas que van como anillo al dedo: para mí el deporte es una religión con su Iglesia, sus dogmas y cultos, pero ante todo es un sentimiento religioso. Concluyo por mi cuenta: una religión despegada de su matriz original.

Un fenómeno omnipresente

El deporte ha venido a ser un fenómeno presente y cotidiano en nuestra cultura. Trasciende los aspectos lúdicos para hacer acto de presencia en la economía, la política, el derecho, la polémica, etc. Y ejerce alguna función de tipo religioso por cuanto aglutina a muchos ciudadanos que se identifican con el equipo de sus amores. El fútbol es, a lo largo y ancho del Estado español, el mecanismo más operativo de cara a movilizar a las masas.

El deporte contemporáneo bien puede considerarse sucedáneo de la religión. Da mucho juego al ofrecer fiestas, crear mitos, inventar símbolos y rituales Al cabo actúa como firme elemento de cohesión social.  Ejerce incluso como transmisor de valores -más o menos culturales- a los pequeños que se aficionan a unos colores apenas echan a andar. Un verdadero sucedáneo de la religión.

Los jugadores de fútbol están obligados a una notable ascesis en vistas a conseguir un resultado favorable al competir. Dietas, renuncias a determinados placeres, obediencia al entrenador, ejercicios físicos adecuados… ¿No se corresponde todo ello con la ascesis religiosa que exhorta al ayuno, la templanza, la obediencia y el sacrificio?

Los espectadores forman parte del ritual. Se acercan esperanzados al estadio vistiendo las camisetas o bufandas de sus equipos, hacen un sacrificio económico en vistas a un fin que consideran vale la pena. Antes y después no se pierden lo que los periódicos publican en relación a los temas que les ocupan. Es decir, los espectadores se visten como corresponde a la función/espectáculo, sacrifican su economía en vistas a un bien superior y hacen su lectura deportiva (paralela a la lectura espiritual de los devotos).  

Los deportistas aceptan unas normas claras y exigentes. Nada de dopaje, ni de violencia contra el adversario, ni de irrespeto al árbitro. Si no se someten serán castigados con el escarnio de una tarjeta amarilla o con la expulsión a las tinieblas exteriores a la que les condenará la tarjeta roja.   

Los futbolistas de elite cobran muy jugosos sueldos. Sin embargo el juego adquiere en ellos el calor de una pasión. Y un sentimiento de plenitud los inhabita cuando consiguen la victoria. Aseguran los entendidos que el esfuerzo físico produce endorfinas responsables del bienestar del organismo. La práctica religiosa o la evangelización -sin forzar en exceso el paralelismo- también nace de una pasión y produce un fuerte bienestar psíquico.  

También contabiliza valores

El fútbol no es ajeno a determinados valores tales como la generosidad, el fairplay, la empatía, la honestidad, la tolerancia, la esperanza… Valores que igualmente adornan al buen creyente. Y si los santos han sido referentes a lo largo de los siglos, también los futbolistas ejercen este rol. En ocasiones se les coloca el “san” antes de su nombre (San Iker, por ejemplo) y se aplaude con frenesí al que logra impactar la pelota contra la red. En consecuencia están moralmente obligados a dar buen ejemplo.

Finalmente el deporte permite vislumbrar la trascendencia. El himno que al unísono proclaman miles y miles de voces, el ritual de los colores, los aplausos, los abrazos de los compañeros… Las manos que se dirigen al cielo tras el gol, la copa que aguarda junto al terreno de juego, los locutores que se desgañitan, los prohombres que contemplan el espectáculo desde la grada… Todo ello apunta, a su modo, a una vaga experiencia mística. Traspasa el muro de la cotidianeidad y la rutina.  

Volveré sobre el tema. La conclusión provisional, quizás irenista y con un exceso de moralina, la formulo así: fútbol y religión están muy lejos de ser intercambiables y uno no puede ni debe ser sucedáneo del otro. Es de todo punto necesario distinguir para no confundir. Sin embargo, pueden y deben complementarse (una vez expurgados los excesos del deporte), pues éste no carece del humus en el cual cultivar valores humanos y espirituales.  

lunes, 10 de febrero de 2014

El sueño de un mundo mejor


Nuestra sociedad oscila entre la compasión y el sadismo, entre el sentimentalismo y la crueldad. Al paso que vamos tal parece que resultará más fácil desatar una guerra nuclear que colgar a un bandido de una soga. Se digieren las mayores injusticias si no acontecen enfrente de los propios ojos. Uno es capaz de las decisiones más duras, aunque sin renunciar simultáneamente a tiernas manifestaciones de cariño.
Entre el odio y la compasión
El dato es lo suficientemente relevante como para constituir una de las características de nuestro tiempo. El ciudadano rivaliza en manifestar sus buenos sentimientos. Saluda y sonríe al vecino, se indigna cuando escucha del maltrato a menores o sobre algún caso de la violencia de género. Está dispuesto a rascarse el bolsillo para ayudar a las víctimas de un lejano y nefasto terremoto.  
Pero luego este ciudadano cambia de contexto y se metamorfosea en un individuo grosero e insensible. Pierde todo escrúpulo a la hora de insultar y menospreciar al automovilista que se cruza en su camino. No parpadea siquiera a la hora de despachar a sus ancianos padres del hogar.   
Se acepta plenamente que no hay que reparar en dinero ni esfuerzos si de salvar una vida o fertilizar a una mujer empeñada en ser madre se trata. Simultáneamente no se le ve mayor inconveniente en favorecer la eutanasia o el aborto. El ciudadano no aparta de los labios la taza del café mañanero mientras se informa acerca de matanzas y penosos exilios en un lejano país. 
Se diría que nuestra época se caracteriza por las tiernas manifestaciones y los delicados sentimientos. Aunque, en cuanto se baja la guardia, hacen su aparición la dureza, la rutina y la indiferencia. No son pocos los partidarios de que se ejecute al criminal cogido “in fraganti”. Pero casi ninguno de tales partidarios tendría la fortaleza de mirarle a los ojos y apalearle hasta que exhalara el último suspiro.  
No creo que la hipocresía se halle en el origen de este confuso entramado. No. Más bien sucede que el sentimentalismo empalagoso se extiende como mancha de aceite y es capaz de convivir con manifestaciones de cruel inhumanidad. 

El lapidario escritor que era La Rochefoucould escribió una vez que “ningún hombre puede mirar fijamente a la muerte o al sol durante mucho tiempo”. ¿Se deberá a la imposibilidad de fijar la atención en un tema aterrador que nos lleva a variar de pensamiento?¿Será éste el motivo por el que asistimos a una tal mezcla de crueldad, indiferencia y sentimentalismo?

Dado que los éxodos masivos, y las condiciones de vida de sus protagonistas, dificultan la digestión y reclaman decisiones perentorias, vale más mirar a otra parte. Pero, eso sí, sin renunciar a los buenos sentimientos. Sin dejar de acariciar la cabecita del pequeñín ni olvidar el regalito envuelto en papel de colores para el día de S. Valentín.
¿Para cuándo la tierra prometida?
A propósito de las guerras entre naciones o grupos étnicos, pasan los años y las cosas no tienen visos de cambiar significativamente. Odio y compasión se alternan. Tras las ruinas de una Europa destruida por el nazismo, y cuando se preveía la disolución de su imperio colonial, mucha gente creía que la humanidad por fín se enmendaría. Surgió el deseo firme y sincero de no repetir los horrores que tantísimo dolor habían producido. Urgía poner en pie instituciones que garantizaran la paz. La llamada comunidad internacional era el objeto del deseo invocado una y otra vez.
La ONU se creó como organismo encargado de frenar las guerras a nivel mundial. Era llegado el momento de convertir los mejores sueños en normas jurídicas vinculantes. Florecieron los tratados y las convenciones: contra el genocidio, a favor de los derechos humanos, etc.
¿Por qué tantos buenos deseos no fructificaron como se esperaba? El “nunca jamás” soñado por los pacifistas nunca llegó a tomar cuerpo. No están tan lejos los genocidios de Rwanda, de Bosnia, de Kosovo. Los enfrentamientos de los países árabes, las matanzas de los islamitas contra los cristianos en muchos lugares de nuestor mundo. Todavía permanecen en la retina las escenas de las hambrunas en algunos países africanos...
Innumerables personas de buena voluntad alimentaban la convicción sincera de que estaban por pisar la tierra prometida de la justicia, de la paz, de los derechos humanos, del hambre superada. Pero la tozuda realidad les abre los ojos una y otra vez.
Proliferan, sí, organizaciones humanitarias, abundan ONGs rebosantes de ilusión. ¿Alumbraremos finalmente un mundo más humano? No sé. Cuando la tempestad arrecia suelen tener poco peso las declaraciones de buena voluntad o las protestas indignadas de los ciudadanos.

¿Habrá que echarse entonces en el regazo del desencanto, del escepticismo o de la indiferencia? Desde luego que no. Pero no entrevemos la lucecita al final del túnel. Quizás ocurre que la causa de la paz y de los derechos humanos es comparable a una carrera de fondo y no a la de los cien metros lisos. En la defensa de esta causa conviene recelar del sentimentalismo, pues podría jugar una mala pasada. Una vez herido por el desencanto, el sentimentalismo tiende a alimentar el cinismo y aniquilar los mejores deseos de lucha.                              

jueves, 30 de enero de 2014

La densidad de un título



Estos días andan reunidos por Lluc (Mallorca), donde resido, representantes de los diversos países y comunidades donde está establecida la Congregación que dirige el Santuario del mismo nombre. El motivo, el Capitulo, que consiste en la representación de todo el Instituto según criterios preestablecidos. Se ha debido convocar cuando menos se esperaba. Ha sucedido que el Superior General elegido en 2011 murió a los 50 años sin que nadie pudiera preverlo ni ninguna enfermedad lo anunciara.

Ha habido que reunirse nuevamente, tal como mandan los cánones, y elegir no sólo al Superior, sino a todos los miembros del Consejo. En las sesiones se pasa también revista a las obras que el Instituto lleva entre manos, la vida de las Delegaciones, etc. El caso es que cuando concluya tendré que dar unas charlas a los más jóvenes del grupo que todavía se encuentran en el período de los diez años después de la profesión. 

La experiencia me advierte que nunca hay que dar nada por sentado. Decía un colega mío de otros tiempos que todo lo que está sentado hay que ponerlo de pie. Todo lo que se supone hay que comprobarlo. No le faltaba razón, pues con frecuencia datos elementales, que debieran ser más que sabidos, pasan desapercibidos. 

De acuerdo a esta visión voy a ampliar algunas ideas la mar de sencillas y básicas en los encuentros programados. Se tratará de explicarles, entre otras cosas, el título del Instituto: Misioneros de los SS. Corazones. En una especie de preludio trataré de decirles que la Buena Nueva siempre hay que transmitirla en clave cordial. Y en la conclusión pasaremos revista a algunos valores más típicos de la espiritualidad de la Congregación, valores a difundir y cultivar. Pero voy a pasar por alto la conclusión en estos párrafos, pues también conviene tomar en cuenta el eventual cansancio del lector. 

La buena nueva en clave cordial

Entre las numerosas familias que se mueven por un estilo y un carisma peculiar en la Iglesia de Dios está la de los Misioneros de los SS. Corazones. Es muy normal y legítima la existencia de una amplia gama de carismas, pues en la Iglesia de Dios -que debe ser tierra de libertad y pluralismo- cada grupo y cada persona asimilan el evangelio de acuerdo a las pautas que le sugiere su sensibilidad, carácter, educación, así como las necesidades del momento y los signos de los tiempos.

Es legítimo que suceda así, pues nadie puede pretender abarcar la totalidad de los ricos y diversos matices de la buena nueva con igual intensidad. Cierto que una cosa es subrayar y otra excluir. No sería justo ignorar datos de lo que Jesús proclamó. Cuando se deja en la sombra parte de una afirmación estamos al borde de la herejía y de la mentira. La herejía no es lo contrario a la verdad, sino una deformación de la misma. Una verdad que se ha vuelto loca, según se ha dicho.

En este sentido no hay que negar nada de lo que se halla en el NT. De manera que no es lícito excluir, pero sí subrayar. Además, lo que no lleva a cabo una persona o un colectivo, lo hace otro. Procedamos, pues, con talante aperturista, ecuménico, sabiendo que las diversas espiritualidades se complementan. Unas quieren reproducir la actividad de Jesús en medio del gentío, otras prefieren enfatizar su misericordia y acogida o contemplar a Jesús subiendo al monte para orar. El título de la Congregación nos orienta hacia sus objetivos y su estilo de vida.

Las resonancias del título

Misioneros: las buenas noticias hay que extenderlas. Se saborean mejor si no se mantienen a buen recaudo. El gozo es expansivo de por sí, necesita comunicarse. El secreto del sentido de la vida es una buena noticia que no debe guardarse bajo la mesa. Cuando las buenas noticias no se comunican se cubren de ceniza y mueren por inanición. La Iglesia entera es misionera, para esta tarea vive y existe. Es lo que le otorga sentido. Está ahí para anunciar y para congregar a los hermanos. Somos llamados a ser hijos de la luz, pero con la astucia de los hijos de las tinieblas.

Laicos: La Congregación se ha enriquecido desde hace unos años con la rama laical. De ahí que los interesados se definan como “Misioneros laicos de los SS. Corazones”. Los fieles cristianos son laicos: pertenecen al pueblo de Dios. En ello radica la dignidad y la identidad fundamental de todo cristiano. Las especificaciones y los ministerios vienen luego. La jerarquía se justifica en cuanto sirve y está en función del pueblo, no a la inversa. Los laicos se santifican como laicos y de ninguna manera son monjes a escala. Su tarea consiste en actuar como levadura trasformadora de la familia, la política, el trabajo, la cultura… El estilo laical es el modo normal y mayoritario de ser cristiano.

SS. Corazones: El corazón es símbolo de interioridad y de profundidad. Hablamos de algo que trasciende el órgano musculoso que sostiene la vida, cuyos latidos marcan la intensidad de los sentimientos que exaltan a la persona. Básicamente entendemos el corazón como la profundidad de la persona, su centro simbólico, de donde surgen los sentimientos, se enraízan las opciones y se nutren las más comprometidas decisiones. También el corazón es símbolo de afecto. Al respecto cabe decir que la persona se mueve por la vida con dos brújulas: la razón y el corazón. Con esta última -que usa mucho más, por cierto- va a la búsqueda de la ternura y advierte cosas que resultan invisibles a los ojos.

El espacio de hoy no da para más. Hasta luego.

lunes, 20 de enero de 2014

¿Recelar del ecologismo?


¿Por qué algunos creyentes -y en mayor medida quienes están investidos de autoridad- suelen recelar, con mueca incluida, de la ecología? No me refiero al rechazo que sienten determinadas jerarquías cuando escuchan acerca de grupos denominados “verdes”, a los que se suele identificar vagamente con feminismo, inconformismo y hasta un cierto anarquismo. Dicho sea de paso, no estaría mal un análisis acerca de la escasa simpatía que les despiertan.
Sin embargo, no apunto a los “grupos verdes”, sino al ecologismo sin más. Cristianismo y ecologismo se han brindado mutuos desplantes en los último decenios. Bien es verdad que va creciendo una actitud mucho más considerada hacia la ecología por parte de los creyentes. En algunos casos hasta se corre el peligro de ”divinizar” la naturaleza. Y tampoco de eso se trata.
Como fuere, tradicionalmente el seguidor fiel y convencido del hecho ecológico acusa al cristiano de pecar mortalmente contra la naturaleza. Alega que la idea procedente de la religión judeo-cristiana, que hace de la naturaleza objeto de deseo y de conquista -”llenen la tierra y sométanla”- no es de recibo.
Tampoco está de acuerdo con la concepción del ser humano como  “imagen de Dios” que se adueña de la creación, la transforma y manipula, bajo el pretexto del poder delegado por Dios, el definitivo y soberano Señor, en último término.  
Puestos a detectar desacuerdos, no parece que la idea bíblica de la historia como avance lineal desde el inicio hasta las metas finales, sea del agrado de los ecologistas. Precisamente olfatean ahí la idea característica de la modernidad, a saber, el mito devastador del progreso indefinido. Una idea a la que hacen blanco de sus iras.
Biblia y ecologismo
Pues bien, a pesar de todo, hay argumentos con los que romper una lanza en favor de la visión bíblica de la naturaleza en cuanto amiga de montes, mares y forestas. Porque el cristianismo considera que la ”explotación” de la naturaleza por el ser humano no necesariamente deja malparada la obra de la creación. Sucederá, en todo caso, cuando el dominio es irracional, inmisericorde y movido por la avidez de lucro.
De por sí la tarea humana sobre la naturaleza perfecciona la voluntad creadora de Dios. En efecto, desde las primeras páginas de la biblia surge el mandato dado a los hombres y mujeres: crecer, multiplicarse, dominar sobre los peces del mar y las aves del cielo. Sucede que el cristiano no dispone de salvaconducto para maltratar la naturaleza y abusar malamente de los recursos que ella ofrece. Más aún, muchos creyentes en Jesús han llegado a la conclusión de que el cristiano debe ser ecologista. Por más que frunzan el ceño los que han tenido alguna mala experiencia al respecto o quienes gustan de agarrarse a los prejuicios.
Se ha mostrado que la imagen de Dios derivada de los relatos bíblicos no se corresponde con la de un soberano dominante y arrogante, sino a la de un cuidadoso y atento jardinero. Es Dios quien crea el universo, luego el mundo puede de alguna manera ser considerado como la prolongación de Dios mismo. Por supuesto, sin flirtear con ninguna clase de panteísmo.
Teilhard de Chardin y S. Francisco
Más aún, los grandes autores del Nuevo Testamento, Pablo y Juan, gustan de elevar la figura de Jesús hasta horizontes cósmicos. Consideran que Él es principio de reconciliación de todos los elementos existentes y que, gracias a él, las realidades creadas se conectan entre sí. No es de extrañar que la tradición cristiana haya dado a luz a un científico, teólogo y poeta de primera magnitud, como Theilard de Chardin. Su obra equivale a un canto continuado a la materia y a sus profundas energías conectadas con el Creador.
El cristianismo no tiene por qué aceptar sin más la acusación de enemigo de la naturaleza. Ahí está el santo más popular de todos los santos, Francisco de Asís, que fue ecologista antes de que el término se inventara. El pobre de Asís debe gran parte de su irradiación poética a la cercanía y compenetración con la naturaleza.
Cabe ser cristiano y ecologista. El creyente del futuro probablemente tendrá el oído más atento a materia animada e inanimada. Y aprenderá que toda realidad es interdependiente. Entenderá con el corazón, más que con la cabeza, que la vaga e inconsciente asociación entre ecologismo, feminismo, marginación,  pacifismo, etc. se debe a los numerosos lazos invisibles que enlazan y entretejen las múltiples manifestaciones de la vida misma.  
Aunque les pese a determinados señores que reniegan de estos movimientos -quizás ven amenazada su digestión y su status- todos ellos coinciden en un común denominador: la liberación. La cual se alimenta de raíces profundamente cristianas. La verdad hace libres, proclama el evangelista Juan. Y -añado por mi cuenta-. la búsqueda de la verdad, verdaderos.

El que experimente alergia frente a alguno de los mencionados movimientos no se precipite recurriendo a descalificaciones prematuras. Podría delatarse como enemigo de la naturaleza salida de la mano del Creador. O hacerse sospechoso de estar situado en las filas contrarias a la liberación del ser humano. Graves delitos, por cierto. 

viernes, 10 de enero de 2014

Los fines y los medios


El asunto de los fines y los medios podría relacionarse con un océano turbio y turbulento que obliga a bracear como un náufrago para evadirse la duda. Difícilmente permite arribar a la orilla de las ideas claras y distintas de las que gustaba Descartes. Nada de ideas claras y distintas sobre este punto. Por lo demás, no resulta de gran utilidad pedir consejo, pues que cada consejero tiende a arrimar el ascua a su sardina.

En principio no duelen prendas a la hora de apelar al dicho de que “el fin no justifica los medios”. A la hora de la verdad y de la acción, sin embargo, el individuo recurre a equilibrios complejos y raciocinios contrapesados y compensados para, a la postre, desvirtuar el principio y encender una vela a Dios y otra al diablo.

Uno de los objetivos de la Iglesia consiste en convencer a hombres y mujeres a fin de que su conducta sea honrada, solidaria y sensible a las necesidades al prójimo. Su programa no puede ser otro que el de cultivar los aspectos espirituales/trascendentales de la persona y convencerle de que apueste decididamente por el ser antes que por el tener.

Pues yo sospecho que la sociedad interesada por el dinero, ansiosa de poder y hambrienta de prestigio ha contagiado el corazón de los creyentes que conforman la Iglesia. Porque, junto a medios irreprochables, como la Palabra de Dios y los sacramentos, hay que echar mano de otros más prosaicos: el dinero, la influencia y el prestigio. Por ahí empieza a difuminarse aquel tan bien delineado y formulado principio de que el fin no justifica los medios.   

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, el Pueblo de Dios, la Viña del Señor. Pero a la vez es una Institución que juega un papel en la historia, la sociedad y el entorno de cada uno. Esta institución -seamos realistas- necesita dinero para hacer el bien. Necesita ser respetada, gozar de un buen nivel de prestigio y mantener buenas relaciones con el entorno. ¿O acaso los seminarios, las construcciones, las cenas de los nuncios, las bibliotecas y los coches se mantienen del aire del cielo?

Con un poco de ironía
Esta Institución necesita poder, dinero y prestigio. Poder para no derrumbarse en el caos, dinero para sobrevivir y mantener sus numerosas obras. Y prestigio para caminar con la cara bien alta. Lo digo con una pequeña dosis de ironía, pero no excesiva. Difícil imaginar una Diócesis, una parroquia, una nunciatura, sin nada de poder, ni de prestigio ni de dinero. ¿Una Diócesis sin catedral? ¿Una parroquia sin locales para impartir catequesis? ¿Un párroco sin coche para trasladarse a visitar a los enfermos alejados del núcleo de la población? ¿Una oficina sin ordenador?

Lo que no veo claro, lo que me sumerge en un mar de dudas, es la cantidad de poder, dinero y prestigio que necesita la Iglesia. Para mí que, si se pisan ciertas líneas trazadas por la cordura y el sentido común, la cosa se daña sin solución. Porque nada más comprensible que los creyentes tengan necesidades muy humanas, pero es del todo inaceptable que lo ornamental, secundario o periférico pase a ser considerado principal e imprescindible. Es incoherente e inmoral caminar hacia fines nobles cabalgando  sobre medios indecorosos.

Usar de mucho dinero, aunque sea para cosas estupendas, lleva a que deban ocultarse ciertas administraciones para evitar el escándalo y la suspicacia. Siempre hay individuos poco informados y con deseos de alborotar, alegan los responsables de las finanzas. Podría contar acerca de administraciones cerradas a cal y canto.

Además, hacer el bien a gran escala supone pactar con otras fuerzas poderosas que están ahí. Ya se sabe, nadie da nada por nada. Luego de la compra viene la factura. Hay que ser prudentes, callar, mediar…  para poder seguir haciendo el bien.

Con todo lo cual a la Iglesia se le pegan en buena parte algunos de los defectos criticables de la sociedad. Se le adhiere el barro a los zapatos y cada vez camina con mayor pesadez. Al final su palabra pierde potencia y va desvaneciéndose su credibilidad. Quizás ya no se atreva a proponer una alternativa a la sociedad. Ella misma ha terminado siendo atrapada por el tener a expensas del ser y de su sagrada libertad. Y cuando se mira en el espejo de la Buena Noticia se descubre fea y desleal.  

A tales lamentables parajes puede desembocarse. De ahí mis dudas sobre los fines y los medios. No existe otra salida que volver la mirada hacia los orígenes, a Jesús de Nazaret, el que nació en un establo, no tuvo en vida donde reclinar la cabeza y murió desnudo en lo alto de una cruz. No debieran ejercer como portavoces de su mensaje los monseñores vestidos de seda y color púrpura. No, no son sus mejores representantes quienes blanden crucifijos de oro. No me parece coherente. Han pasado muchos siglos desde que aconteció la aventura de Jesús de Nazaret, pero los orígenes continúan siendo normativos. 

lunes, 30 de diciembre de 2013

Mentiras y verdades del año nuevo


¡Feliz año nuevo! Responde el interlocutor: ¡Año nuevo, vida nueva! Estas y otras expresiones semejantes saturan el aire del hogar, resuenan en las cenas de amigos o empresas. Se acompañan con besos y abrazos en un ambiente decorado con globos y confeti.

Imaginemos una escena irreal, pero no sin sentido. El velo del escenario se levanta. Irrumpe en la fiesta el pesimista vestido de negro, con los ojos entornados y los brazos caídos. Tiene todo el perfil del aguafiestas y se empeña en hurgar en la herida, a la vez que declama unas frases en tono fúnebre. Salen estas palabras de su boca:  
***
Es lo que toca decir, mentiras piadosas para despistar. Porque no tenemos un año más, sino un año menos. Del año que se fue quedan las arrugas en el rostro, las grasas en la barriga y las decepciones en el corazón.

Nada de vida nueva. Vida tan vieja como siempre, porque nada cambiará. El alcohólico no dimitirá de la botella, el estafador de cuello blanco y gesto de rapiña ya planifica sus próximas estafas para el año recién nacido. La envidia seguirá corroyendo las entrañas del que quiso y no pudo llegar.

El drogadicto jadea anhelando la primera dosis del año nuevo. En los semáforos seguirán correteando los niños de los países pobres. Sus oídos se acostumbraron a los insultos y a los desprecios. Ahora les queda el dilema de padecer las cornadas del hambre o mendigar las monedas de la humillación.

No acabará, no, en el año cuya entrada celebramos, el rosario de corrupciones, violaciones y especulaciones. Las quejas y las denuncias sobreabundan. Dirigen el dedo índice hacia los políticos que deciden su propio sueldo, hacia los banqueros que desahucian a los inquilinos y los echan a la calle. Pues en este preciso momento en que la gente con una diminuta dosis de vergüenza pide que la tierra se los trague, de la bancada de los parlamentarios una voz volverá a gritar: ¡que se jodan!

El año 2014 no evitará a los adolescentes cargar con sus pesados traumas. Ni las viejecitas podrán entrar en las tiendas para apaciguar el hambre de sus nietos. Y es que nada pueden ofrecer a cambio de los alimentos, a no ser un dolor difuso, oscuro y silencioso.

Una vez más subirán los precios y bajarán los ingresos. Dicen que es la crisis. No queda otro remedio si queremos ser competitivos. También los funcionarios y pensionistas deben arrimar el hombro y apretarse el cinturón. Pasan por alto quienes dicen tales cosas que sus sueldos son indecentes y sus ganancias obscenas. No ven ni quieren ver a su prójimo durmiendo en los escasos metros cuadrados donde se ubica el cajero automático. Que cada palo aguante su vela, contestan, si alguien les señala al harapiento con el índice. No es su problema, dicen, poniendo punto final al diálogo.

Un año más o un año menos en que los sepultureros seguirán enterrando vidas e ilusiones. No dejan de vestir corbata y guardar las buenas formas por el cuidado que les trae. Sus vidas dependen en proporción inversa de las vidas de los demás. ¿Cruel? Quizás sí, pero es la vida. El pez grande se come al chico. El pájaro tiene hambre y se zampa la lombriz. Ni uno ni otro son culpables.

Un nuevo año genera nuevas mentiras piadosas, colectivas, rutinarias, alienantes. Los niños volverán a tener hambre. Sus barrigas se hincharán al ritmo que impongan los parásitos albergados en sus intestinos. Las ratas no detendrán sus paseos furtivos de rincón en rincón, de basura en basura, de barrio en barrio.
***
¡Feliz año nuevo! ¡Año nuevo, vida nueva! Besos y abrazos mientras el personal intercambia sus felicitaciones y enhorabuenas. Pero ahora sale a escena el optimista. Se abre paso entre las botellas en desorden. Viste de blanco e ilumina su mirada. Declama en tono festivo.

Felicita cordialmente el año nuevo a los presentes porque se otea un nuevo horizonte. Es posible iniciar un cuaderno en blanco, sin manchas ni borrones. Comienza un año que deja atrás las penas, angustias, traumas y maltratos de los 365 días desaparecidos.

La vida sigue ahí burbujeando, coleteando, hormigueando. Toma cuerpo la sed de vivir y hasta quien sufre cáncer confía en que la enfermedad revertirá. Otros lo han superado. Nuevos fármacos ya se depositan en el estante de la farmacia.

Todo el mundo siente la sed del futuro. Unos se contentan con un futuro limitado y con fecha de caducidad. Otros apuntan mucho más lejos y estimulan sus deseos de una vida sin recortes ni descuentos. Una vida eterna.
***
Cada uno elige el guión del año nuevo. No es necesario negar la existencia de uno para declamar el otro. Pero el corazón siempre acaba declarándose a uno de los dos.

¡Feliz año nuevo!

jueves, 19 de diciembre de 2013

Vocabulario de Navidad

Niño. Originalmente era el protagonista de la Navidad. Consta en libros antiguos y predicaciones de tiempos añejos que se celebraba el aniversario de un niño al que los creyentes llamaban Dios. En estos días, antes que la TV emprendiera el vuelo y que las rebajas de los grandes almacenes alcanzaran el actual protagonismo, todo giraba a su alrededor. Poco a poco se concluyó que también cabía celebrar la Navidad sin Niño y hoy en día apenas resulta un elemento de mera decoración. Suele representársele en yeso o plastilina y se coloca en un rincón de la casa para entretener a los pequeños.
Diciembre. Último mes del año. Días de frío y nieve en Europa. Las sobremesas se alargan hacia finales de mes, se excita la ilusión de los pequeños, los regalos pasan de mano en mano. La presión consumista se exaspera. Debido a estos fenómenos las tiendas se animan de modo espectacular y generan cuantiosos beneficios. Se le conoce también como el mes de los comerciantes.
Leyenda. Anomalía que acontece a determinados hechos con alguna base histórica. La imaginación popular los desenfoca y deforma. Mientras quedan al margen aspectos esenciales, otros secundarios crecen monstruosamente. Fenómeno comparable a la cirugía estética, aun cuando no pretende embellecer, sino endulzar. La leyenda, en efecto, sirve para entretener a los pequeños en las largas noches invernales. Algunos creyentes se interesan incluso más por el buey y la mula, por los ríos de plata y  los angelitos que por el misterio de un seno repleto de Dios. Cuando la leyenda continúa el proceso de degradación se transforma en un idilio insípido o un infantilismo anecdótico.
Solsticio. Época del año en que el sol pasa por uno de los dos trópicos. El de invierno casi coincide con la Navidad. Los días comienzan a ganar en claridad. La luz se sobrepone a la oscuridad. Antes de que existiera la Navidad precisamente se celebraba el combate victorioso de la luz contra la penumbra en estos días. Los paganos de tiempos pasados tenían la impresión de que la vida da círculos ininterrumpidos. A la oscuridad le sigue la luz y viceversa. Los paganos de hoy también tienen la impresión de que la vida es un círculo que se muerde la cola: a las fiestas que tienen la nieve como escenario les siguen las que acontecen en la playa.
Camino. Se dice del sendero que conduce a alguna parte. En sentido figurado el gran camino lo comenzó el Niño Jesús hace 2000 años. En este camino no transita el convencionalismo, ni el fariseísmo, ni el fanatismo ni otros conceptos acabados en “ismo”, como egoísmo. Camino por el cual avanza sobre ruedas todo cuanto tiene que ver con la sinceridad, la sencillez y la fraternidad. Pero un camino que no lleva a parte alguna resulta frustrante y si se termina en el ayer es inútil. De ahí que Navidad sea un camino por el que andar aquí y ahora.
Cinismo. Conviene a la actitud de aquel que celebra el veinticinco de diciembre entre pompas de cava sabiendo que ello a nada compromete. O a aquel que brinda con la copa no obstante prever que mañana todo volverá a la normalidad de las cosas serias: el trabajo, la gasolina y los sindicatos. O también del que lima las aristas de los sucesos puntiagudos para hacerlos inocuos y sacarle el mayor provecho posible.
Indigestión. Se dice de la excesiva injerencia de alimentos que el aparato digestivo no logra asimilar. En las proximidades de Navidad tal parece que entra dentro de la normalidad sufrir indisposiciones de este tipo. La palabra se atribuye también de modo figurado a las ceremonias largas y fastuosas de la noche de Navidad en el templo, particularmente cuando las dirige un celebrante con poca traza.  
Utopía. Anhelo experimentado en Navidad, pero que no se cumple plenamente en las condiciones presentes. Tiene estrechas vinculación con las proclamaciones de los viejos profetas al desear que las espadas de conviertan en arados y los lobos pazcan junto a los corderos. También tiene que ver con sueños de profetas más recientes: … llegará un día en que nadie se fijará en el color de la piel, en que los sillones de los ministerios los ocuparán personas interesadas en el servicio del bien común…
Reino. Palabra muy común en los evangelios. Jesús vino a implantar el Reino de Dios en nuestro mundo. Esencia de este Reino es la justicia, la paz, la fraternidad. Los creyentes adoptan el compromiso de extenderlo. Inexplicablemente muchos han olvidado el Reino extasiados ante el Rey. Corren a adorar al Niño y construyen pesebres de yeso y azúcar, encienden lucecitas y cantan villancicos. Necesitan todo el tiempo para los efluvios sentimentales, las líricas místicas y los recuerdos de sabor mítico.
Ocurrencia. La que tuvo el mismo Dios, que habría rechazado por indigna más de una piadosa señora de misa diaria y más de un diplomático funcionario del Estado Vaticano. Resulta que a Dios Padre le ocurrió poner en práctica un plan desconcertante. Que un Niño naciera en el anonimato, entre un par de pobres, en un establo improvisado, adornado con telarañas (que andando el tiempo se metamorfosearían en brillantes bolas de colores). Un Niño que merecía la adoración de los humanos porque era mucho más que un Niño.

martes, 10 de diciembre de 2013

Una imagen de Dios más atractiva


A medida que pasa el tiempo tiendo menos a hablar o escribir sobre cuestiones religiosas secundarias. Me da la impresión de que ello implicaría perder oportunidades en un marcado ambiente de indiferencia, laicismo y escepticismo. Preciso es ir al grano, afrontar los asuntos más esenciales. Lo cual significa abordar el tema de Dios.

El clima que nos envuelve en muy poco ayuda a hacer la opción cristiana a nuestros contemporáneos. En parte se debe a que a la fe que predicamos y ejercemos falla al presentar la genuina imagen de Dios. Mi experiencia me dice a las claras que muchísimos creyentes se relacionan con Él por rutina, porque así se lo enseñaron de pequeños, por temor, por obligación, porque así debe ser…. A todos ellos les falta experimentar lo más importante: sentirse atraídos por Dios.

Cuando falla este resorte básico, entonces llega el día en que inevitablemente uno deja de lado su fe. Primero se recubre insensiblemente de desinterés y de olvido. Luego acontece algún hecho importante que sacude el diario vivir. Entonces el individuo toma conciencia de que la fe guardada tiempo atrás en su alhacena interior ya no está ahí, se ha evaporado.

El fenómeno de la pérdida gradual de la fe hay que achacarlo en buena parte, efectivamente, a que los creyentes han recibido una imagen deformada de Dios. Como dice el Vaticano II en uno de sus documentos, se les ha velado, más que revelado su rostro. Algunos, y no necesariamente los peores, han llegado a la conclusión de que su relación con Dios se ha vuelto insoportable. A continuación se han desvinculado de ella. No han tenido el falso coraje de vivir en un clima religioso insano que segregaba constantes sentimientos de culpa, amenazas, prohibiciones y castigos.

La transmisión de la experiencia de Dios
Las homilías del domingo todavía las escuchan varios millones de personas alrededor del mundo. Los presbíteros, diáconos y obispos predican el Evangelio, comentan los episodios protagonizados por Jesús, explican sus parábolas y comentan sus palabras. Considero urgente reflexionar acerca de qué experiencia de Dios se comunica y qué imagen de Dios se transmite. ¿Atraemos los corazones de los fieles hacia el Dios de rostro amoroso que se transparenta en los hechos y palabras de Jesús? ¿Alejamos a la gente porque nuestras palabras carecen de alma o quizás expresan sentimientos que el predicador no experimenta?

Jesús sí comunicaba su experiencia de Dios y su proyecto de construir un mundo más digno y agradable para todos a quienes escuchaban. Cierto que algunos andaban demasiado ocupados en cumplir una ley fosilizada o en atender a que no se les escapara el control de sus súbditos. Hay que contar con ello y con minucias parecidas. Pero otros sentían esponjarse su corazón porque Dios se les hacía cercano, porque recuperaban la dignidad y descubrían que el Creador era mucho mayor que las palabras de sus líderes.

Muchos fueron tras Jesús al entusiasmarse tras escuchar las palabras de las bienaventuranzas. Un corazón generoso, un  afán de construir la paz, un sentimiento fraternal hacia el prójimo… Estas cosas les cambiaban su visión del mundo. El planeta azul en que nos movemos podía ser menos mezquino y miserable de lo que era. Cabía poner su granito de arena de cara al cambio. Experimentar una especie de enamoramiento ante las palabras y actitudes de Jesús. Y de este modo engendrar una fuerza interior capaz de superar cualquier obstáculo.

Jesús lograba despertar a su alrededor el deseo de Dios. La gente comprendía que el Reino por Él predicado era mucho más gozoso que las lecturas rutinarias del sábado en la sinagoga. Acontecía que Dios era un descubrimiento inesperado, una sorpresa mayúscula. Su fuerza lograba provocar un cambio fundamental en la vida.

Los oyentes encontraban un tesoro escondido. Repletos de alegría y esperanza lo vendían todo y compraban el campo en cuyas entrañas yacía el tesoro. Quienes rodeaban a Jesús se comportaban como comerciantes de perlas finas que identificaban algunas de gran valor y las compraban al precio que fuera. Dios les resultaba atractivo y sorprendente. Nada volvía a ser como antes. Hallaban el sentido de la vida. No podían explicar su transformación, pero la experimentaban en lo más hondo.  

Ha pasado el tiempo de detenernos en cuestiones secundarias o periféricas. El ser humano está abierto a la trascendencia y quiere saber, necesita saber, el sentido de la vida. Al menos hasta tanto no pierda la sensibilidad en las papilas gustativas del alma. En su búsqueda intenta encontrar al Creador a través de los caminos que le ofrece la naturaleza y las pistas que encuentra en su propio interior.

El entorno de nuestros días no ayuda a recorrer este camino. Ni los medios de comunicación en general, ni el ambiente de la ciudad, ni las conversaciones que se escuchan en el medio ambiente. Habrá que contagiar esta experiencia a través de la vida y el ejemplo. Que perciba quien esté junto a un hombre o mujer de fe una imagen de Dios transparente y gozosa. Que nuestros contemporáneos tengan la oportunidad de un acercamiento a Dios más allá de todo hábito y rutina. 

viernes, 29 de noviembre de 2013

Cuchillas en las vallas


A decir verdad, no hemos progresado gran cosa a la hora de convivir unos con otros y en un mismo terreno. El descendiente del homo erectus, enseñaba los dientes a la entrada de la caverna y despachaba los conflictos blandiendo un fornido tronco en las manos. El homo sapiens de la península ibérica, a las órdenes de un tal Rajoy, ha mejorado la técnica y sabe fabricar finas cuchillas que sitúa en lo alto de una valla para que corten manos y pies, vientres y espaldas a quienes osan traspasar terrenos vedados. 

¿Xenofobia en la aldea global? 

Ya pueden los bien intencionados exhortar al intercambio de culturas, a la aceptación, al pluralismo a la justicia repartida por igual. Nada de intercambiar culturas. Eliminar la ajena es lo que priva. Sin embargo, las pruebas son más que evidentes: en casa del ciudadano medio se encuentra algún producto de ornamentación fabricado en Taiwán, una computadora procedente de Estados Unidos, una radio ideada en Japón, un reloj diseñado por dedos suizos. 

Dicen que en muchos locales de España se baila el ritmo de salsa y de merengue, mientras en Rusia mueven el esqueleto al son de música americana. Cuando al ama de casa no le alcanza el tiempo para cocinar el esposo se desplaza hasta la esquina para comprar un plato de arroz chino, incluida la salsa de soya. Ah!, y los ciudadanos del planeta tierra tratan mayormente de aprender el inglés para entenderse con sus semejantes de otros países. 

No obstante, todo ello acontece simultáneamente con el surgimiento de bandas locales xenófobas y clanes que ven en todos los frentes ataques ofensivos al honor del país, la bandera y los próceres. El caso es que todo ello resulta de nuevo compatible con las antenas parabólicas, las autopistas de la información, el diluvio de celulares. Nadie es capaz de ponerle dique a este proceso de mundialización. 

El trasiego de los migrantes 

El intercambio cultural y técnico se debe, al menos en buena parte, al continuo trasiego de los migrantes. Estos son, muy en particular, los que se echan la maleta al hombro para abordar el avión o la yola. Los de Melilla tienen que despojarse de bultos y mochilas porque las cuchillas que culminan la valla exigen agilidad y rapidez, lo cual no es compatible con un equipaje pesado. 

¿A qué estas ganas de transitar de un lugar a otro? Está claro, para ir a donde se viva mejor. Donde trabajando menos se pueda conseguir más. ¿Quién podrá reprocharles un tal comportamiento? Bien es verdad que, en el proceso, se difuminan valores y el país pierde brazos y cerebros, pero no todo el mundo tiene madera de héroe ni ha nacido para ser un prócer de la patria. 

Naturalmente, los que viven más o menos tranquilos en su propio país, no ceden el lugar de buenas a primeras. Miran a los recién llegados como intrusos que conviene mantener a raya. Entrará en juego el miedo a perder el trabajo, la identidad, la tranquilidad. Los que vienen son los otros y los otros siempre dan miedo hasta tanto no pasan a ser conocidos. 

Los ciudadanos xenófobos y demagogos se prestarán de buen grado a atizar y divulgar los miedos y las eventuales amenazas encarnadas por los migrantes. Llamar a la guerra patriótica suele encontrar oídos bien dispuestos. En ocasiones incluso ofrece buenos dividendos. Los gobernantes, en cuanto las cosas les salen demasiado mal, no suelen dudar en pulsar la tecla patriotera. Entonces la gente mira a otra parte, que es justamente lo que interesa al mandatario. Así le dejan tranquilo. 

Ahora bien, por más barreras que se levanten y por más obstáculos que se acumulen contra los inmigrantes, éstos empujarán y acabarán derribando, de uno u otro modo, las barreras que les impiden el paso. Por tierra o por mar, falsificando pasaportes o sobornando funcionarios, las corrientes migratorias seguirán en aumento. La gente no suele dejarse morir por inanición. 

¿Multiplicar barreras o asumir diferencias? 

Llegados a este punto, cabe optar por dos alternativas. La primera, construir una sociedad de grupos y ghettos donde se multipliquen las barreras físicas y culturales, donde se evite al que tiene otro color de piel, come alimentos extraños y habla con acento inhabitual. La segunda, esforzarse por crear sociedades en las cuales las diferencias se vayan asumiendo paulatina, gradual, armónicamente. 

La primera opción es la que exige menos creatividad y la más extendida. Hay países que exigen pasaportes, visas y otros documentos. Tienen a un nutrido ejército vigilando la frontera y exigen examinar las maletas en la aduana. Los policías se dedican a rastrear ilegales por las ciudades del país. El observador atento, de todos modos, olfatea una fuerte dosis de violencia soterrada en todo ello. En algún momento estallará de forma brutal. Entonces algunos se asombrarán impúdicamente y con una buena dosis de cinismo pedirán más mano dura. 

Bueno será enterarse de la actualidad política y social de otros países. Es aconsejable conocer otras culturas. No está de más acercarse a quien tiene la piel de otro color y abrir el oído a sus inquietudes. Con todo lo cual quizás a alguno le dé por escuchar las razones del corazón. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El Vaticano II desde el retrovisor



A lo largo de los pasados meses hemos recordado que se cumplieron 50 años desde la convocatoria del Concilio Vaticano II. El próximo día 24 se cierra el llamado “año de la fe”, en el cual se conmemoraba también este acontecimiento. Durante este tiempo me han solicitado unas cuantas charlas sobre el mismo. En el arciprestazgo al que pertenece el Santuario de Lluc en Mallorca (Lluc-Raiguer), en el del centro de la isla (Es Pla), en el Instituto de Ciencias Religiosas de Barcelona, etc. También he escrito en este mismo blog algunas entradas meses atrás. 

Después de recordar, leer los documentos y numerosos comentarios sobre los mismos, unos párrafos del excelente profesor jesuita -también misionero entregado a los pobres en América latina- de nombre Víctor Codina, me ha ayudado a aflorar unos pensamientos que no terminaban de cuajar. 

Al observar el Concilio Vaticano por el retrovisor cambia bastante el juicio que hago del mismo hoy en día. Sigo creyendo que su desarrollo y su impacto en la sociedad fue enorme y, de no haberse dado, la Iglesia actual estaría mucho más desdibujada y extraviada en medio de la crisis o tsunami que padece. Se trató del acto de magisterio más importante posterior al Vaticano I, del cual se cumplían casi cien años. Incluso el presidente De Gaulle afirmó sin reparos que se trataba del mayor acontecimiento del siglo XX.

Cambios extraordinarios

Desde el retrovisor, y tras los extraordinarios cambios que ha sufrido nuestra sociedad, el Vaticano II ya no tiene la fuerza ni la ilusión que despertó en sus inicios. Después de la revolución del mayo del 1968, que cambió tantos paradigmas y despojó de prestigio a la autoridad, las cosas nunca volvieron a ser igual. 

Desde entonces se vino abajo el muro de Berlín con todas las derivaciones ideológicas y económicas que ello supuso. Se derrumbaron las torres gemelas de Manhattan. Aconteció la revolución feminista, la píldora anticonceptiva cambió el ritmo y las posibilidades de vida de las mujeres. 

Se habló una y otra vez de postmodernidad, la globalización y la crisis económica. Las nuevas tecnologías de la información avanzaron con paso formidable. Sobre el tapete de la discusión se instaló el cambio climático, los avances en biología, los indignados… Y todavía más, sin pretensiones de ser exhaustivos: la colonización en África toca a su fin. Las brisas de la primavera árabe recorrieron los países del Norte de África.

¿Cómo no iba a afectar todo ello a nuestra época y nuestra convivencia, nuestras ideas, planes y sentimientos? ¿Y por qué la religión iba a quedar al margen?

Recuerda el citado Víctor Codina que hubo un tiempo en que el slogan decía: Cristo sí, Iglesia, no. Se dio un paso más y se formuló así: Dios sí, Cristo no. Otro paso y se escuchó decir: Religión sí, Dios no. Ahora transitamos el último eslabón: Espiritualidad sí, religión no. Y ciertos escritores, numerosos usuarios de las redes sociales, comentaristas de los diarios digitales, se han contaminado de una total antipatía a cuanto se relacione con el elemento religioso. Parece dispararles el dispositivo del insulto, la mordacidad, la dureza, la agresividad…

Retos radicales y definitivos

Un tal ambiente repercute en los creyentes. Unos se esconden, otros disimulan, los de más allá se llenan de dudas e interrogantes. ¿Qué sentido puede tener reanudar el debate sobre determinados ritos litúrgicos, la reforma de la Curia vaticana, la disminución de la práctica religiosa, la comunión de los divorciados, el celibato sacerdotal y la ordenación de la mujer?

Abórdense si es oportuno y yo confío en que algún fruto se recogerá. Pero los retos son mucho más radicales. La pregunta ya no hay que dirigirla a la Iglesia interrogándola acerca de qué dice de sí misma. Este interrogante fue válido hace medio siglo y en consecuencia todo el Concilio gravitó a su alrededor. Pero hoy la gran pregunta a formular es qué dice la Iglesia acerca de Dios. 

Escribía el ya fallecido teólogo K. Rahner, considerado por muchos el más eximio del siglo XX, que el futuro no preguntará a la Iglesia por la estructura y estética de la liturgia, ni por cuestiones discutidas en teología, ni por el comportamiento de los curiales romanos. Preguntará por el misterio inefable de Dios. Al menos, añado yo, lo preguntarán quienes todavía mantengan papilas para saborear el misterio y no lo arrinconen con ademán prepotente (y estúpido).

Nos encontramos en un momento histórico caótico en el cual muchos creen que no hay verdad, ni existe justicia y la libertad es un fraude. A la Iglesia le corresponde volver a las fuentes del Evangelio, rescatar la figura del Jesús histórico y hacer la experiencia de Dios. Una experiencia que camina en paralelo con la de los pobres, marginados y desesperanzados de nuestro mundo. 

Acabo con una cita del mencionado teólogo V. Codina: No nos engañemos, ni caigamos en la tentación de tocar violines mientras el Titánic se hunde. La Iglesia ha de ser una comunidad mistagógica, una comunidad hermenéutica, que sea mediadora y no obstáculo para el encuentro con el Dios de Jesús y con los pobres.


domingo, 10 de noviembre de 2013

¿Prensa rosa o prensa marrón?


Reconozco que en ocasiones cedo a la tentación del zapping. No muchas, porque los momentos que paso ante la TV son más bien escasos. Y entonces escojo el menú sin esperar ofertas ajenas. Incluso diré que soy selectivo: sólo acepto los platos que contienen noticiaros o el fútbol del Barça.  
Pues en uno de esos deslices dedicados al zapping asomó por la pantalla un panel de señores en torno a una mesa solemne, bien iluminada y con numerosas cámaras enfocando desde diversos ángulos. Supuse que estaban debatiendo algún tema interesante sobre nuestra sociedad. Las apariencias lo daban a entender. Pues las apariencias engañan, como es bien sabido.  
Al cabo de unos segundos caí en la cuenta de que el debate no versaba precisamente sobre economía, política o espiritualidad. Los protagonistas eran personajillos de los que pululan por las revistas llamadas del corazón. Los sesudos panelistas -hasta se diría que de gesticulación grave- investigaban si había tenido lugar el ayuntamiento de un individuo de la farándula con otro compinche.
Era de admirar los argumentos que sacaban a colación para defender las respectivas hipótesis. Se enfadaban cuando otro les contradecía. Tal parecía que les herían en lo más hondo su dignidad personal. De vez en cuando un mini-reportaje relacionado con el tema imponía una pausa a la vez que añadía más leña al fuego. Los participantes discutían, levantaban la voz, se formaba un guirigay que el moderador no lograba atajar. Un observador ignorante del asunto de seguro supondría que se estaba tratando un tema de gran enjundia y pasión.  
Me permito hacer algunas precisiones. Quizás no habría que referirse a la prensa rosa al tratar las cuestiones de parejas que se juntan y desjuntan, que hablan mal de sus rivales, que se ofrecen a los platós de TV para criticar, murmurar o testimoniar falsedades de vidas ajenas. La prensa rosa remite a cuentos de hadas, aves que cantan y vuelan entre nubes rosáceas.  Resultaría más apropiado hablar de prensa marrón que más fácilmente induce a pensar en montajes, rencores, envidias, calumnias y toda clase de elementos putrefactos. Sí, la prensa marrón remite a cavidades intestinales y emanaciones deletéreas.
Pues si de tales materias trata la prensa marrón, se preguntará el lector por qué abundan tanto estos programas en los canales de TV. Fácil respuesta: porque todo ser humano mantiene algún desagüe interior que requiere ponerse en funcionamiento. Y a fe que algunos no le dan descanso al sumidero. Abundan también porque muchas vidas vacías requieren llenarse de otras vidas que se exhiben sin pudor.
Y, por supuesto, abundan tales programas porque engrosan las cuentas corrientes de la emisora, del Director del panel, de los tertulianos, de los difamadores, de la víctima difamada en el banquillo, etc. Todo el mundo saca sus buenos beneficios. 
Los chismorreos de hoy y de ayer
La curiosidad, los rumores, los chismes y el chismorreo no son cosa de hoy. Acontecen desde tiempos inmemoriales. Se dan en el pueblo, la oficina, la escuela, el restaurant. Existe mucha gente con el instinto del chismorreo.
Tiempos atrás este proceder se personificaba en alguna típica mujer mayor del pueblo, bien conocida, que estaba al tanto de la vida de sus vecinos y nada le escapaba de sus conductas. Luego desembuchaba a los oídos de quien quisiera escuchar lo que había conseguido recoger, junto con los comentarios de otros a quienes no desagradaba linchar al prójimo. La susodicha señora no desaprovechaba ocasión para asomarse a cualquier ventana, ni le hacía ascos al menor caudal de información que tuviera al alcance.  
Esta celestina fisgona y entrometida irradiaba incluso un cierto encanto folklórico, mientras no se excediera. También es verdad que, mirada la situación desde otro ángulo, más bien daba pena. Pero resulta que hoy día no es una mujer mayor la mirona que recoge datos para intercambiar con la vecina. Hoy el asunto ha tomado proporciones gigantescas. Un pelotón de periodistas se dedican profesionalmente al poco honroso oficio de meterse donde no les llaman. O quizás sí que les llaman… y entonces todavía peor.
Como fuere, la situación ya no tiene el menor encanto. Más bien induce al vómito. Ya no es una vecina del pueblo la que fisgonea por la necesidad de llenar su vacío existencial con el chisme de vidas ajenas. Ahora las cámaras de TV, los periodistas, los banqueros, las casas comerciales a través de la propaganda, persiguen los chismes, devaneos y amoríos de los llamados famosos.

El espectador acaba interesándose por el divorcio de la señora X y la infidelidad de su cuñado. Participará en la encuesta que solicita opinión acerca de si unos inquilinos de revistas satinadas llegaron a la intimidad sexual o no. Incluso discutirá con su vecina acerca del comportamiento del duque N. o del nuevo rico X. Con todo lo cual se pone en marcha un torrente de verborrea insustancial, insípida y trivial. Nos hallamos en plena vacuidad existencial.