El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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martes, 19 de mayo de 2009

Elogio del libro

He leído en varias ocasiones sobre las bondades del libro electrónico. Hay compañías que emprenden verdaderas ofensivas para impulsarlo. Entre otras ventajas esgrimen que finalmente “el saber no ocupará lugar”. Podremos descargarnos al instante los libros que deseemos sin necesidad de amontonar ejemplares en el escaso espacio de la casa.

El hecho es que el libro electrónico lleva ya existiendo más de diez años y no acaba de calar en el público. Quizás porque a los fabricantes y vendedores les ha pasado por alto un elemento humano en el que no han reparado. Los libros gustan precisamente porque ocupan lugar. Porque son como el nido que nos forma y conforma. Porque entre sus hojas se ocultan girones del propio ser: las sorpresas, indignaciones, deseos e ilusiones que fluyeron a borbotones mientras se leían.

Todo permanece como destilado y condensado en las páginas del libro. Hasta su olor habla de los momentos gozosos en que hemos absorbido con fruición el néctar de sus páginas. Y en el invierno lluvioso, cuando toman cuerpo las secretas melancolías, una mirada al estante repleto de volúmenes, mejor o peor encuadernados, nos ata al pasado y hasta cierto punto nos orienta hacia el futuro.

Como sucede con los paisajes que han alimentado la infancia, puede que se hayan borrado del cerebro los contenidos del libro, sin embargo, en cuanto vuelven a hojearse, de nuevo se produce el milagro y aparecen las emociones evaporadas.

Páginas amarillas, lomos de piel manchada, hojas arrugadas… puede que sean libros en ruina, pero conducen hacia los secretos pasadizos que iluminaron la adolescencia y la juventud.

Estas virtudes no las tienen los libros electrónicos. Yo estoy a favor de los libros de carne y hueso -de papel y lomo de piel-, aunque hoy día lea mucho más en las pantallas luminosas de estos aparatos asépticos llamados monitores. Lo cortés no quita lo valiente.

Una memoria exterior a nosotros

Y como estos párrafos se me antojan más bien breves para conformar un artículo, voy a añadir otros pensamientos acerca de los libros. Estos aparecen cuando necesitamos saber más de lo que nuestro cerebro logra contener. La información queda fuera de nosotros. Tenemos una memoria ajena a nuestro cuerpo. Una memoria fabulosa llamada biblioteca.

El soporte que nos permite leer -al menos hasta hace poco- procede de la materia vegetal. Encima de la misma se imprimen signos en contraste con el color del fondo. Pues bien, gracias a la creatividad y a la habilidad de los antiguos somos capaces de apropiarnos de los pensamientos y las emociones de gente que murió hace muchos años. Pasan las centurias y cabe escuchar la voz del autor surgiendo de las páginas del libro. La escritura es el maravilloso invento que vincula a ciudadanos de épocas lejanas y de espacios distantes. Los libros rompen todas las barreras.

Por el módico precio de un almuerzo se puede uno enterar de lo que sucedió en la época de la civilización griega, de las emociones que embargaron el ánimo de F. Dostoievski, de la socarronería que albergaba el sutil F. Quevedo… Cabe aprender sobre el origen de las especies, la interpretación de los sueños, el misterio de las galaxias…

Caso de que la información sólo pudiera viajar de boca en boca, muy poco informados andaríamos sobre nuestro pasado y con una desesperante lentitud caminaríamos por la senda del progreso. Aunque la comparación resulte un poco cursi diré que los libros son como un corcel que nos permite viajar a través del tiempo y recoger la sabiduría de los abuelos que nos precedieron.

Esta segunda parte de mi escrito sobre los libros y su valor me la ha sugerido, por contraste, un acontecimiento poco grato. He visitado una minúscula biblioteca que tiempos atrás había puesto en pie. Sólo he encontrado ruinas. Libros maltratados que bien pudieran interponer una querella contra sus dueños si lograran desplazarse hasta el juzgado. Ellos, tan serviciales, siempre dispuestos a ofrecer el lomo y a dejarse cachear, tan repletos de sabiduría, ¿qué reciben a cambio? Se los mantiene en lugares húmedos, amontonados promiscuamente, sin protección frente al pillaje y la rapiña.

Los derechos humanos, los derechos de los animales y hasta de los vegetales. Pero, ¿y los de los libros?

lunes, 11 de mayo de 2009

Viajar puede ser provechoso o ruinoso

En mi viaje de más de ocho horas en avión -de Madrid a S. Juan de P. Rico- le he dado vueltas a los beneficios que aporta el hecho de viajar. El primero de todos ellos: cuando en determinadas circunstancias te agobia la rutina y una cierta desazón te acapara el ánimo por motivos varios, rompes con lo cotidiano. Viajar oxigena, reanima, vivifica profundamente.

Los automatismos, las inercias, los tics repetitivos son tremendamente limitativos. Llega un momento en que encadenan a la persona a su pequeño y archiconocido entorno. Lo terrible del caso es que, no sólo acaba encontrándose bien, sino que no puede hacer a menos de su diminuto, desgastado y consabido mundo. No quiere cambiar de espacio, ni de clima, ni de gastronomía. Uno está tentado de decir que individuos así van languideciendo y mueren antes de morir. Cualquier alteración de su orden les sobresalta y les produce grave malestar. Consideran que es un atentado contra su dignidad.

El viaje, en algunos casos, te permite encontrar a los amigos y conocidos con los que un día conviviste o trataste simplemente. El cambio de lugar, sobre todo si se trata de territorios realmente diferentes por la naturaleza, el clima, las costumbres, provoca un interés añadido. Uno se mueve por los nuevos andurriales con ojos nuevos. Lo ve todo distinto. Los colores son más vivos, las facciones de la gente se le antojan inconfundibles.

La belleza del paisaje… y de la gastronomía

Por supuesto, en este apartado no hay que olvidar la gastronomía. Constituye una parte importante del placer de viajar. Me parece de una pobreza alarmante añorar los platos archiconocidos del país de origen cuando se tiene la oportunidad de degustar nuevos modos de cocinar. Hasta considero una falta de respeto no apreciar cómo se combinan los alimentos, las salsas, los sabores... Pues hay quien engulle las finezas del lugar visitado añorando los platos que le alimentan los 365 días del año. Está en su derecho, aunque eche de menos platos tal vez mediocres, pero ello no le favorece. Habla de su ausencia de inquietudes, su estrechez de miras, así como de la parálisis de sus papilas gustativas.

Todos los paisajes tienen una belleza característica que brota de su originalidad. El desierto es hermoso en su adustez. También en la arena o los peñascos logra ver, quien goza del don de una mirada taladradora, la magia y la belleza del paisaje. En el cielo estrellado se reflejan sus inquietudes, en el silencio del suelo que pisa rebotan sus expectativas. El trópico, por su prte, tiene un colorido especial. Los olores y sonidos difieren de los de otras latitudes. Las playas cercanas invitan a tumbarse bajo la palmera y otear el horizonte en plan soñador.

En el desierto o en el bullir del trópico hay que apreciar la huella milenaria que han dejado los hombres y mujeres que vivieron bajo estos firmamentos. Inventores, escritores, físicos, filósofos... Y también gente capacitada para los menesteres más cotidianos: modistos, cocineros, fontaneros... Es un privilegio pisar las tierras que tantos antepasados recorrieron años atrás.

Un género típico desde la antigüedad

El género de los relatos de viaje cruza transversalmente toda la literatura. En las autopistas del lenguaje -a veces convertidas en selvas inextricables- se tropieza con aventureros, investigadores, escritores, periodistas o simples caminantes que quieren dejar el testimonio de sus emociones. Las que han provocado el camino pisado, el paisaje contemplado, las costumbres experimentadas, los seres humanos con los que han topado. Los diarios de viaje exhalan la fascinación por lo distinto, la extrañeza de lo inédito. Ciñámonos a los más clásicos: Ulises, Marco Polo, Cristóbal Colón.

Los diarios de viaje mezclan los elementos narrativos con los descriptivos y ensayísticos… Se trata de un género específico que goza de amplias libertades. Porque el viajero mira fijamente a la vida y ésta no sigue un protocolo establecido. A veces grita, otras se estremece de placer, en ocasiones reflexiona y también sabe mirar hacia atrás con ademán de historiador.

El escritor amante del género de relatos de viaje en estado puro sólo necesita de una mochila, un cuaderno y un lápiz. Se trata de un género en el que estorba la biblioteca y por eso hay que huir lejos de ella. Las notas y apuntes hay que tomarlos en los momentos menos indicados, en circunstancias peregrinas. Quizás incluso haya que levantarse a media noche para que no se evapore la idea que por un instante agitó sus alas en la mente del viajero.

Viajar equivale a descubrir nuevas tierras, aproximarse a su misterio, gozar de sus paisajes, sus personas, costumbres y manjares. Viajar invita a mantener los ojos fijos en lo novedoso y desconocido. Pero también a respetar lo que se mira, las tierras que se pisan.

Amar la tierra propia y la ajena

Quien ama su propia tierra sabe amar las de los demás y se interesa por las costumbres ajenas, por el folclore y la gastronomía de cada sitio. Así disfruta mucho más del viaje. Es de muy mal gusto comparar una y otra vez mi tierra y mis costumbres con las de los demás para criticarlas. Añorar el regreso porque no se aguanta el carácter de los nuevos vecinos y rechazar la comida típica de la localidad constituye una actitud que produce tristeza.

Soy testigo de que quienes dicen amar a su tierra y desprecian las otras, en realidad son seres humanos de inquietudes menguadas y sentimientos dudosos. Lo soy también de que quienes dicen querer mucho su lengua, pero se desinteresan de aprender otras, quizás hace esta afirmación por pura incapacidad. También la zorra de la fábula alegaba que las uvas estaban verdes, pues que no lograba alcanzarlas. Si encima no toleran que en el entorno se escuchen sonidos ajenos a su idioma único y exclusivo, tal vez haya que sospechar algún trastorno vinculado con la carestía mental y emocional.

Viajar vale la pena, a pesar de las inclemencias del tiempo, de las aglomeraciones de los aeropuertos, de las maletas extraviadas, del cansancio al fin de la jornada y del robo de que podemos ser víctimas. Estoy en San Juan de P. Rico. Ocho horas de avión me han permitido disfrutar de la magia.

viernes, 1 de mayo de 2009

Perdonen si hoy hablo de fútbol

Hoy me adentro en un tema que tiene más de emocional que otra cosa. Lo cierto es que mueve una cantidad de pasiones increíble. Los periódicos lo mantienen omnipresente, una edición tras otra. En los diarios de la TV siempre se le dedican largos minutos. La gente lo convierte en tema protagónico de sus discusiones. Desata apuestas, provoca socarronerías y no se detiene ante los insultos.

Me refiero al deporte en general y muy en particular al fútbol. Más en concreto, a la rivalidad existente entre grandes clubes: el Madrid y el Barcelona. Justamente el partido que se jugará mañana sábado y cuyos comentarios no se apagan no obstante el fragor de la deplorable crisis económica que nos afecta y de la nefasta peste porcina que nos amenaza.

Desde una óptica racional no es posible dar explicación al fenómeno. Pero es que sus raíces no se hallan en la razón, sino en la emoción. Se juega mucho más que la entrada de un balón en la portería. Rivalidades regionales, concepciones políticas, arreglos de cuentas de partidos anteriores, ideas divergentes del fútbol… todo ello choca cuando topan entre sí las piernas de los adversarios.

¿Por qué es así? ¿Por qué se confían tales argumentos al incierto vaivén de un balón? No hay respuesta. Pero sí es muy comprobable que el hincha se estremece con los pases geométricos del jugador de moda, pases que se diría trazados en tiralíneas. El público suelta un “huy…” digno de las mejores causas cuando la pelota parecía tocar la red, pero se resistió a hacerlo en el último momento. El espectador se descompone -por muy honorable que sea en la oficina- cuando el gol hace su aparición.

Se ha dicho más de una vez que el deporte, en cierto modo, ha sustituido a la religión, que vive en horas bajas. Es cierto. Hay toda una preparación ascética de los jugadores -entrenos, concentraciones, lejos de novias y esposas- que mantiene la expectativa hasta tanto llega el momento señalado. Luego se reúne una multitud de hinchas fervorosos y exultantes en el estadio. Se animan mutuamente mucho antes del inicio de la ceremonia. Son los miembros de este pueblo enfervorizado que vibra al unísono.

Hasta existe todo un lenguaje configurado por el fútbol. Numerosas publicaciones diarias, de muchas páginas, se alimentan de esta inagotable cantera. Y los medios corren detrás de los futbolistas para entrevistarlos, aun cuando resulte penoso -por anodino, trivial e insignificante- escuchar sus declaraciones. Pero son los cracs, los protagonistas, los dioses de esta novedosa religión.

El césped refulge bajo las luces. Las cámaras no se pierden detalle. Suena un himno que habla de batallas pundonorosas y persistentes. Los jugadores erguidos y en fila miran embelesados hacia las gradas. Han dicho que lo van a dar todo por los colores, por el escudo.

Empieza el partido y los espectadores rugen. El árbitro que se equivoca al pitar es la personalización del diablo. Atrae los más graves insultos sobre su persona. Se escuchan amenazas de muerte.

Acabará el partido y la decepción pesará como una losa o bien el gozo irradiará como sol de verano. Lo cual propiciará nuevos artículos en la prensa, provocará ulteriores apuestas y servirá para que los comentarios a los escritos de internet se llenen de ironías, befas, vocablos soeces y desfachatados.

El fútbol ha venido a ser una religión. Tiene su jerarquía: presidente, entrenador, directivo… Exhibe sus símbolos: camiseta, escudo, estadio… No falta el himno. Por supuesto que cuenta con entusiastas partidarios: los hinchas. Dispone de una infraestructura mediática: periódicos, programas de Televisión, emisoras, etc. No faltan los personajes más populares, que a veces se asimilan a los santos, a los mártires o a los profetas, según obedezcan al entrenador, caigan lesionados bajo los pies del adversario o critiquen sin piedad las injusticias perpetradas por el árbitro. Claro está, también hay traidores y desertores que se convierten en el blanco de las iras populares.

Cada equipo tiene su historia sagrada donde los buenos y los malos, los éxitos y los fracasos se fijan para siempre: la crónica de las grandes batallas, las hazañas de los cracs, los momentos fundacionales.

Cabe hacer una caricatura de todo ello y decir que el conjunto no tiene pies ni cabeza. Cierto, se trata de algo irracional, pero que está ahí, que mueve pasiones, propicia ganancias exorbitantes, provoca insomnios y hasta infartos. A lo largo de la semana el humor de numerosas personas tiene mucho que ver con el resultado del domingo. Lo cual alimenta las befas de unos y el sufrimiento de sus destinatarios. El sufrido hincha experimenta la postración y teme el insomnio nocturno.

Ésa es la realidad. Más allá de menosprecio o la indiferencia convendría hurgar un poco en lo que da pábulo a esta desmesura. Porque el hecho es que el fenómeno no surge de la nada. Algo debe explicar sus múltiples facetas. ¿Necesidad de distracción? ¿Urgencia de soltar adrenalina? ¿Premura de romper con el ritmo cotidiano? ¿Ganas de encontrarse con los demás hinchas de la misma religión?

Es indiscutible: el fútbol provoca estos acontecimientos y estas pasiones. No de solo pan vive el hombre. No de sola racionalidad se alimenta la persona. Lo que no parece importante, sí lo es en buena medida.

Se me ocurre que en la Iglesia de Dios acontece algo parecido. No sólo de liturgia o de doctrina vive el hombre, no sólo de razones se alimentan los feligreses. Los detalles que menosprecian los directivos, tales como la acogida en las Iglesias, el diálogo cara a cara, la accesibilidad, son importantes. Las iglesias evangélicas han sido más perspicaces para los pequeños detalles. Y les ha ido mejor. El fútbol será una religión laica y advenediza, pero puede enseñar algún pequeño detalle a la religión formal de toda la vida.


domingo, 19 de abril de 2009

Los teólogos levantan la voz

Hace unos días saltó a las páginas de la prensa un escrito de protesta de 300 teólogos. Entre los autores los hay unos más moderados que otros, los hay de enorme prestigio y con una obra voluminosa a sus espaldas, aunque también se encuentran firmas de personas desconocidas. Los hay laicos, religiosos, presbíteros diocesanos… 

En mi opinión el escrito significa que el malestar extendido en muchos ámbitos de la Iglesia está aflorando a la superficie. Quien frecuente un poco los ambientes teológicos, pastorales o simplemente eclesiales (que no necesariamente eclesiásticos) percibe enseguida que muchas opiniones y muchas actuaciones de la base no sintonizan con las de las altas jerarquías. Y, a la larga, estas situaciones trascienden a los oídos del gran público.

Buscar alternativas a la situación

Dado que las discrepancias son numerosas, ¿no podrían ponerse en pie iniciativas para el debate y los grandes foros a todos los niveles? En Facultades de Teología, en el sínodo de los obispos, en el presbiterio de las diócesis…  Creo que es la única manera de llegar a un consenso o, al menos, de escuchar las opiniones de quien piensa diversamente. Pues no. Se prefiere la vía del “ordeno y mando”. Y los disidentes son castigados. Prepárense para los sitios más difíciles e ingratos en la diócesis, tengan muy claro que se les cortará las alas en su futuro desarrollo.

No se me diga que este modo de actuar se corresponde con la estructura fundacional de la Iglesia. No es verdad. Son poquísimas cosas las que exigen una palabra última y definitiva y aun ello no impide que antes haya habido intensos y prolongados debates sobre la formulación. Así acontecía en la Iglesia antigua. Se dirá que la Iglesia no es una democracia. Cierto. Es mucho más que la fría contabilidad de los votos. Es una comunidad, una fraternidad. Y en ella el mayor está obligado a lavar los pies al más pequeño, porque es el mismo Jesús quien invita a cambiar de signo la autoridad entre los cristianos.   

La protesta está motivada por una lamentable pérdida de credibilidad de la Iglesia en los últimos años. Se formulan contenidos aparentando una gran seguridad cuando no hay argumentos tan contundentes para ello. Se recurre a intervenciones poco delicadas, se llama al orden a teólogos y escritores en cuanto opinan diversamente de las altas jerarquías. Luego ha habido toda una política de nombramientos episcopales mucho más preocupada por la sumisión que por la personalidad carismática del elegido.

A esto hay que añadir pugnas entre jerarcas por mantener la influencia en el nombramiento del sucesor o de personas afines. Es de dominio público en alguna diócesis y se habla de ello abiertamente por lo que respecta a los bandos de la Curia vaticana. Por si fuera poco el momento actual está lastrado por dolorosos casos de pederastia. Quienes están al frente insisten sobre unos temas -particularmente vinculados al inicio y al final de la vida- mientras dejan en la sombra otros más presentes en las páginas del evangelio.

Más aún: se asiste a un guiño hacia posturas que parecían obsoletas y superadas: el abrazo a los lefebvristas, la nostalgia por gestos litúrgicos preconciliares, la sintonía con movimientos muy conservadores. En cambio, a quienes desearían culminar de una vez las indicaciones del Vaticano II y hacer carne las utopías de Juan XXIII se les juzga con dureza.

No es de extrañar que el malestar se extienda como mancha de aceite, afloren las protestas y mengüe la ilusión. Unos católicos -generalmente los más inquietos- emigran hacia otras confesiones o basculan hacia el escepticismo. Los más se resignan a vivir en la rutina y la decepción. Han dejado de soñar en una Iglesia más dinámica y cercana al perfil de Jesús de Nazaret. 

Infidelidad al Vaticano II

La protesta de los 300 teólogos señala con el dedo la causa principal de la crisis actual: la infidelidad al Vaticano II y el miedo a las reformas, en particular a la de la Curia vaticana, que llega a sofocar la misma voluntad papal. Esta es también la tesis de fondo del teólogo Hans Küng cuyas memorias (la segunda parte) han aparecido no hace mucho en un grueso volumen.

Se impidió en las sesiones vaticanas tratar determinados temas espinosos que, sin embargo, requieren de un amplio consenso. Se publicaron importantes documentos con  conclusiones terminantes acerca de temáticas muy discutidas: el celibato del sacerdote, la mujer en el ministerio, la contracepción, la teología de la liberación…

¿Qué aconteció? En ocasiones se buscaron vías para sortear las afirmaciones que no conseguían la tradicional “recepción”. Pero muchos fueron deslizándose por el tobogán de la decepción. Numerosos sacerdotes dejaron el ministerio. En general la credibilidad del magisterio sufrió un tremendo golpe.

Un ejemplo a escala de esta situación se encuentra en la Iglesia holandesa. Una Iglesia entusiasta, dinámica, con una enorme participación de todos los sectores. Empezaron las censuras, los llamados al orden. Fueron elegidos pastores de ideas conservadoras muy marcadas para contrarrestar la situación. Se impuso un Concilio holandés en Roma (¡!) eligiendo a cardenales y obispos de la propia ideología de cara a los debates y conclusiones. Por descontado está decir quiénes ganaron con estas reglas de juego.

El resultado fue nefasto: los cristianos se decepcionaron, creció la frustración. De aquella Iglesia hoy día quedan unos lastimosos residuos. Iglesias vacías, pastores domesticados o resignados. Ni la alegría ni el futuro tienen protagonismo en las comunidades cristianas.  

Habría que aprender de estas situaciones históricas. Los pastores no deben buscarse entre los peones fieles, con el oído en dirección a Roma, sino entre cristianos inteligentes, entregados y con carisma para reunir y entusiasmar a los fieles. Convendría saber que es contraproducente una doble vara de medir según se trate de conservadores o progresistas. Entre paréntesis: se me dirá que es impropio este lenguaje. De acuerdo, pero sirve para entendernos.  

Los teólogos que protestan afirman su lealtad y dicen en voz alta que no piensan romper con la Iglesia aunque tengan que soportar las iras de algún jerarca. Su protesta le pone carne a un extendido sentimiento de malestar y decepción. Resultaría positivo escucharlo. Argumentar “ad hominem” tratando de encontrar carencias y ambigüedades en la vida de los firmantes no sería una buena táctica. A los argumentos hay que responder con argumentos. 



viernes, 10 de abril de 2009

"Otra cara debieran poner..."



Si el lector ya ha acumulado unos años en su cuenta intransferible, es posible que haya visto películas del género. La escena tiene, más o menos, estos trazos: una explanada en que los indios levantan enormes troncos representando a sus divinidades. Dan vueltas a los mismos cargados de plumas coloridas y danzando al son de una música repetitiva. La tribu ofrece cestos de frutas y animales a sus dioses. También pretenden ofrendarles el corazón de una mujer blanca que lograron hacer prisionera.  

Pero de pronto irrumpen los vaqueros cabalgando en el trotar de sus caballos, justo en el momento en que ya el puñal se levantaba para sacrificar a la mujer.  (Quizás en este momento la sala se llena de aplausos). Los protagonistas, y en particular el galán que los guía, desatan a la linda muchacha a punto de ser sacrificada. La salvan. Y, naturalmente, la película acaba con el matrimonio entre ambos.   

Esta imagen me ha sorprendido sin pretenderlo y creo que por asociación de ideas. Tengo la impresión de que no pocos creyentes tratan a Dios como si fuera uno de estos gruesos troncos, una especie de tótem al que hay que aplacar con frutos y sacrificios a fin de impedir que su cólera explote sobre los humanos.

Los cristianos de este perfil “cumplen” con los preceptos de Dios y de la Madre Iglesia. Hasta emprenden alguna que otra novena y no se pierden las tres avemarías antes de acostarse. Es posible que le prendan una vela a S. Antonio si algo se les extravía y que invoquen a Sta. Rita cuando algún deseo poco factible se incrusta en sus pensamientos. Ellos se sienten bastante satisfechos de sí mismos porque jamás han matado ni robado.

Pero suele darse el caso de que sus oraciones son, las más de las veces, tan frías como el acero en una noche de escarcha. Son tan mecánicas como el funcionar de la lavadora. No lo dicen, pero Dios es para ellos como el tótem para los indios primitivos: un ser duro, distante, hueco como la corteza de un tronco, lejano y mudo. ¿Un Padre misericordioso y atento con sus criaturas? Esto está bien para la retórica de las homilías, pero no para tomárselo en serio. Al final, Dios siempre acaba blandiendo su bastón.

Entonces, ¿en qué queda la Pascua?

En este contexto, ¿qué decir del domingo de Pascua? De por sí debiera ser un gran estallido de fiesta. La resurrección de Jesús es la más sorprendente e importante noticia ocurrida en la humanidad. Es motivo suficiente para atizar el gozo y la esperanza. Su resurrección es también la nuestra e incluye la promesa de que todo cuanto existe llegará a su realización plena. La vida no es una broma de mal gusto y menos una pesadilla con final desdichado.

Al comprobar tamaño gozo es de suponer que las personas del entorno preguntarán por el motivo de tanto contento. Lamentablemente, el caso es que no comprueban el mencionado gozo. Más bien en la mayoría de los templos parece reinar el aburrimiento entre los asistentes. Gentes resignadas que miran intermitentemente el reloj. Personas que salen finalmente de la Iglesia habiéndose quitado un peso de encima. Ya han cumplido.

Julien Green, escritor francés de inicios del siglo XX, perdió la fe en la juventud, pero la recuperó en la edad madura. Entonces adquirió la costumbre de situarse en la puerta de las iglesias para observar las caras de los asistentes: rostros serios, duros, en ocasiones somnolientos o tristes. A juzgar por la escena -conjeturaba él- tal parecía que en el interior del templo no les había ocurrido nada agradable.

El corrosivo Nietzsche no se cansaba de repetir que otra cara deberían poner los cristianos para convencerle de que estaban redimidos y creían en la resurrección. Tenía su buena parte de razón. Porque resucitar es vivir de verdad, en plenitud, quitar las losas de tantos sepulcros en los que vivimos soterrados. Resucitar es vivir la vida nueva que Dios nos da, lo cual tiene que ver con liquidar una buena dosis de egoísmo y alimentar una mayor alegría.  

Resucitar, dice el apóstol Pablo, es dejar atrás lo viejo. O sea, ir más allá del viernes santo, creer que la muerte no tiene la última palabra. Lo viejo queda simbolizado en la enorme piedra que sellaba el sepulcro de Jesús. Una piedra que a menudo también nos pesa porque se metamorfosea en desánimo, en exceso de realismo, de abatimiento, de cerrazón... Una piedra que simboliza un “no” a todo germen de transformación y mejoría.

Lo nuevo, en cambio, consiste en abrirse a la excelente noticia de Pascua: Jesús no está en el sepulcro. La piedra puede ser removida. La muerte, que nos corroe poco a poco, sin embargo, no tendrá la última palabra. Lo nuevo consiste en pensar que no nos espera el vacío ni el absurdo, sino la vida inmerecida que Dios quiere regalarnos.

El mensaje de la resurrección sigue pareciendo a muchos increíble. Demasiado bonito para ser cierto... Pero podrá ser creíble si el gozo inunda a sus seguidores, si se esfuerza en vivir los valores por los que Jesús dio la vida.

El lugar de Jesús está entre los vivos y no entre los muertos. Hay que salir de las tumbas que uno se fabrica a medida, donde entierra la confianza, la esperanza y el gozo. Eso significa la Pascua de resurrección. 

viernes, 3 de abril de 2009

Pastores malhumorados

El que “mira por encima”: eso es lo que significa obispo/epískopos. No en el sentido que uno podría suponer de mirar por encima del hombro de modo engreído, sino por cuanto al obispo le toca vigilar y cuidar de la grey. Lo del engreimiento, en todo caso, no tiene que ver con la etimología griega.

No me atrevería a escribirlo yo, pero ya que lo dijo un obispo (según atestigua el sacerdote y periodista Pedro M. Lamet) no rehuyamos el sano humor de sus palabras. Dijo el tal -en privado, eso sí-  que la mitra era la prolongación de un vacío. O que también podía entenderse como el apagavelas de la inteligencia. Y añadía: a veces son hombres capaces y estudiosos, pero en cuanto les dan un báculo, no sé qué les pasa que se les nubla la vista.

Preocupa que la Iglesia, encargada de predicar la buena noticia vaya adquiriendo una muy mala imagen. Además, resurge un neoanticlericalismo cerril que, en buena parte, lo suscitan las intervenciones destempladas y los modales bruscos de muchos pastores. La buena noticia no es compatible con actitudes desconsideradas y con censuras permanentes.

Abundan las emisoras de radio y televisión que hablan mal de la Iglesia, más que las que hablan favorablemente. Otro tanto dígase de los periódicos. Y mejor echar un tupido y púdico velo sobre los comentarios que aparecen en los blogs y periódicos del espacio cibernético.  

Sufrir por la defensa de unos valores humanos y espirituales vale la pena, sin duda, pero no por la incapacidad de presentar con gozo la buena noticia o por los malos ejemplos de quienes están al frente.

Es preocupante la desafección de un amplísimo sector de la gente joven, la distancia de intelectuales y artistas, la antipatía de muchas feministas y la hostilidad de buena parte del mundo obrero. Están dejando a la Iglesia por imposible. Y eso sabe mal a los que han tratado de acercarse a estos sectores a través de la cultura y del mutuo respeto.

Parecen desmoronarse muchísimos esfuerzos postconciliares. Es de fuerte actualidad lo que ya decía el iracundo Nietzsche: otra cara debieran poner para convencerme que han resucitado. No andan del todo huérfanos de razón quienes así razonan. Con un palo en una mano y un cráneo en la otra no se consigue dar la impresión de que uno vive gozosamente su fe.  Las vestimentas obsoletas y los rostros agrios no son un buen reclamo para atraer seguidores. Hay que aprender a sonreír y a vender mejor el producto de la Buena nueva. Porque chirría eso de repartir la buena noticia con cara de pocos amigos.

No se empeñen los pastores en conducir a la grey a golpe de báculo. Resultará mucho más atinado recurrir a los amables silbidos del Buen Pastor, que decía: "Venid a mí los que estáis agobiados, que yo os aliviaré".





jueves, 26 de marzo de 2009

Las memorias de un teólogo controvertido


Acabo de comprar el libro de Hans Küng, Verdad controvertida (Trotta, Madrid 2009). Se trata de un libro de más de 750 páginas y muy bien encuadernado. El autor cuenta sus memorias a partir del Vaticano II. Ya antes había publicado la primera parte de las mismas. Y precisamente porque me agradaron he comprado el libro recién publicado.

Hans Küng ha marcado la teología contemporánea. Es un gran pensador que ha escrito en profundidad sobre numerosos temas: ha inspeccionado con el bisturí las carnes de las tres religiones monoteístas, ha esbozado un proyecto de ética mundial, ha rastreado los argumentos y actitudes de grandes hombres y pensadores de la historia (Pablo, Agustín, Pascal, Lutero…), ha mirado al trasluz los argumentos y los autores que han debatido la existencia de Dios, ha recogido cuanto se ha dicho acerca de la Cristología…

Una obra gigantesca con la que sintonizo en líneas generales. También a mí me ha marcado. Personalmente leí con fruición dos libros: “¿Existe Dios?” y “Ser cristiano”. El autor tiene el don de sumergir al lector en la problemática que analiza y de desvelar el contexto en que transcurre. Sabe cuándo recurrir a la historia y cuándo a la filosofía, cuando citar y cuando argumentar pro sí mismo. Los dos libros citados los devoré con deleite y me sirvieron mucho para preparar las clases de teología durante varios lustros.

Al fin era posible dialogar con los grandes pensadores de la historia. Al fin alguien los hacía inteligibles. Küng confesaba que ningún cocinero logra ablandar la carne dura, pero él hacía un esfuerzo para hacer comestible el menú que ofrecía al lector. Y muchas veces con éxito. El se distanciaba claramente de un cierto tono tenebroso y obscurantista que desde hacía siglos envolvía a la teología y la espiritualidad.

Los aciertos de Hans Küng

Es innegable su acierto en dividir la historia en paradigmas, así como de desembarazar la cristología de cuestiones intrascendentes y en ocasiones hasta ridículas. Su esfuerzo en orden a plasmar un proyecto ético válido para toda la humanidad sólo merece elogios.

El Concilio Vaticano II llegó a dialogar con la modernidad (la revolución industrial y la revolución intelectual, los filósofos de la sospecha…). Fue una gran adquisición. En la Iglesia hay muchísima gente que no ha logrado escalar esta discreta cima. Un buen número de jerarcas viven en un escalón inferior. Quizás ni saben de qué se trata, absortos como andan en sus vestimentas y en la defensa de su autoridad.

Pues bien, H. Küng ha mostrado que el gran problema para la Iglesia no es ya la modernidad, sino la postmodernidad. Al poco de finalizar el Concilio Vaticano II, la postmodernidad encontraba luz verde. Se le asignó como fecha de nacimiento -por más que estos asuntos no la tienen nunca precisa- la revolución de mayo del 68 en París.

Y se da el caso, afirma Küng, que la Iglesia no logra entenderse con los postmodernos. Habla un lenguaje tan distinto… Sólo sabe condenar el relativismo y sancionar, desaprobar, censurar la moral que no encaja con los cánones de los viejos moralistas. No es cuestión de compartir o no las ideas -que muchas no se pueden compartir- sino conseguir hablar de tú a tú, de no sacar la espada del juicio antes que la pluma del diálogo, de no dictaminar sobre temas altamente especializados con el ademán seguro de quien todo lo sabe de antemano.

Hans Küng hace gala de una escritura lineal, inteligible y agradable. Detrás de sus páginas late la inmensa cultura de un hombre inteligente que ha estudiado y pensado desde que alcanzó el uso de razón. Un hombre inquieto, intelectualmente curioso y trabajador incansable que ha cumplido 80 años.

Empieza sus memorias diciendo que deseaba vivir la sucesión papal de Juan Pablo II. Se ha cumplido la esperanza, pero en un sentido muy ajeno al que esperaba. Suspiraba por un Papa en la línea de Juan XXIII mientras que la realidad le ha deparado otro escenario.

Su vida corrió en paralelo, durante muchos años, a la del actual Papa. Sus grandes compañeros de fatigas -confiesa- o han fallecido o están del todo inactivos. Sólo queda él y el Papa. Admite que esta circunstancia añade un plus de responsabilidad a sus memorias. En cierto modo Benedicto XVI y Hans Küng son dos paradigmas de la teología y de la Iglesia hoy día. “Desde hace tiempo me ronda la idea de que nuestras respectivas reacciones -tan diferentes entre sí- son, hasta cierto punto, ejemplares en lo que atañe al curso seguido por la Iglesia y la teología.

Está claro que no estoy de antemano de acuerdo con todo lo que ha escrito Hans Küng. Pienso que en ocasiones se ha radicalizado, quizás por la incomprensión y la cerrazón que ha encontrado entre las altas jerarquías. Pero no todo puede admitirse. Sobre todo hay ciertos puntos delicados en el origen del cristianismo y su relación con la Trinidad que no es posible asumir sin más.

La urgencia del cambio

Su vida personal parece que no es del todo ejemplar. De hacer caso a lo que se lee por ahí -que puede ser sesgado o malintencionado- le apetece vivir bien: no le disgustan los coches caros ni le hace ascos a las comodidades de la casa. Tampoco tiene reparos en viajar y alimentarse sin restricciones. Como fuere, no es cuestión de juzgar sobre su vida personal, sino sobre su teología. Aunque es posible que su estilo de vida le haya impedido atender debidamente la llamada “teología de la liberación”. Una lástima, si así fuera.

El autor que nos ocupa argumenta sus posturas y opciones. Lucha con entusiasmo por la unión de los cristianos y también por el entendimiento entre las religiones. Teme que la Iglesia vaya adquiriendo los rasgos de la secta cuando simpatiza con quienes muestran ideas fundamentalistas y cierra el paso a quienes desean una renovación a fondo. El último episodio, la rehabilitación de los obispos lefebvrianos.

Hans Küng insiste en que debe cambiarse la ley del celibato para los presbíteros, hay que dar pasos en el tema del ministerio relacionado con las mujeres y revisar las normas relativas a la contracepción. Lo exige la sociedad actual, que cada vez se aleja más de la Iglesia. Y estas cosas, sin perjuicio del evangelio, podría llevarlas a cabo el Papa, dado que reúne en su persona los tres poderes. Mientras los estados democráticos reparten en distintos ámbitos y personas, para un mayor equilibrio y participación, los diversos poderes, la Iglesia los reúne en la cúspide: el Papa es el último legislador, el definitivo juez y el indiscutible ejecutor.

Quien nos cuenta sus memorias afirma que el Papa tiene una posición ambigua sobre los textos del Vaticano II porque no se siente cómodo con la modernidad y mucho menos con la postmodernidad. También reprocha a Benedicto XVI que siempre haya vivido en medios eclesiásticos y permanecido encerrado en el Vaticano donde las críticas sólo llegan como un rumor sordo. Además, añade, ha viajado poco, no conoce el mundo real.

Es posible que algunas afirmaciones haya que tomarlas, como decían los antiguos, “cum mica salis”. Pero indudablemente el panorama empuja a la acción. La Iglesia es más amplia que la jerarquía. Hay numerosísimas organizaciones, comunidades y movimientos que desean y aspiran a una renovación. El tiempo va transcurriendo y, si no se aborda muy pronto, resultará demasiado tarde.

El hecho innegable es que muchos cristianos de base viven desengañados. Incluso un conocido cardenal, papable en su momento, ha escrito que ya no sueña con otra Iglesia. No podemos seguir como si nada sucediera. Y no basta con decir que todos somos Iglesia y tenemos las mismas responsabilidades. No. A quien toca adecuar el tiempo de la Iglesia al de la sociedad es a los pastores puestos por Dios, de acuerdo a S. Pablo, para apacentar el rebaño. En realidad, bastaría que no impidieran los movimientos que acontecen en las bases.

¿Podremos seguir soñando?