El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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miércoles, 13 de octubre de 2010

Ivette: ¿un misterio de tinieblas o un misterio luminoso?

Recordada Ivette: hace días te escribí una carta que, siguiendo las pautas tácitas del blog, tuve que finalizar porque se extendía en demasía. Constataba entonces que hay quien da un portazo a la iglesia por motivos emotivos, por rechazo a algún representante de la misma. Pienso que es tu caso. Dices haberte topado con curas farsantes e interesados.
Podríamos dialogar indefinidamente acerca de que también hay curas desprendidos y ejemplares.  Pero ya aludí a este asunto en el anterior escrito. Sólo un dato más que normalmente no asoma en las páginas de los periódicos: más de 60.000 del medio millón de sacerdotes y religiosos que se mueven por el mundo, han dejado su tierra y su familia para atender a otros seres humanos, en principio desconocidos, en una leprosería, en hospitales, en campos de refugiados, en centros para enfermos de sida…
Argumentos emotivos
Sé que cuando uno ha recibido heridas profundas, difícilmente se deja convencer por este tipo de argumentos, por más que anden avalados por cifras contantes y sonantes. La emoción siempre le gana a la razón. De todos modos debo decirte que, no obstante cuanto puedas escuchar o leer, el sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. O mejor, los hay neuróticos y hasta psicópatas -doy fe- como los hay de una enorme finura espiritual. Pero hablando en general cabe decir que es un ser humano con el deseo de seguir los pasos de Jesús y servir a sus hermanos. No siempre lo consigue, es verdad. Pero dime de un colectivo -los políticos, los abogados, los cerrajeros, los maestros- que no tengan que reprocharse serios defectos.
En este punto no raramente hay quien se unce a una lógica que nada tiene de racional. ¿El cura me defraudó? Pues abandono la Iglesia y también la fe. ¿Aplicarías esta lógica a otras circunstancias similares? No creo que a quien le tocó en suerte un alcalde corrupto saque la conclusión de que debe marcharse de la población. En todo caso luchará para que sea el alcalde quien se largue.
Ivette: tú un día te entusiasmaste con las palabras y las obras del Jesús histórico. Del personaje antes de que lo empequeñecieran -hay quien habla de secuestro- los obsesos del dogma y el derecho. Con razón. Él ha tenido una  enorme influencia en la humanidad. Los monjes del desierto abandonaron la ciudad y sus bienes para meditar día tras día sus palabras. Los mártires quedaron deslumbrados de tal manera que, si no había otra alternativa, no dudaban en morir triturados por los dientes de los leones o acribillados por los fusiles de los milicianos. Cuatro compañeros de mi Instituto sufrieron esta suerte. Mucha gente anónima no hace trampas ni se corrompe porque han decidido seguir tras las huellas de Jesús.  
¿Fuera de la Iglesia?
Yo no conozco otro modo de seguir a Jesús que en la Iglesia, por muy mezquina que sea. Fue Él mismo quien se rodeó de amigos y discípulos y quien luego exhortó a todos a que vivieran en “asamblea”. Los primeros cristianos lo tenían claro cuando compartían los bienes y la oración. Otra cosa es que lograran en plenitud el objetivo. Numerosos fieles optaron, a lo largo de la historia, por marcharse de la Institución y comenzar algo mejor. Su “Iglesia” se disolvió al poco tiempo y no se libraron de los males que un día les empujaron a dar el portazo.   
La verdad, querida Ivette, es que el asunto de la fe no se dirime a fuerza de razonar. La razón tiene su parte, claro. El puro voluntarismo no tiene sentido ni fundamento. Pero  la razón sólo nos conduce hasta el umbral de la fe. Y aquí hay que dar un salto enorme para pasar por encima de los malos ejemplos, de las heridas emocionales y de las dificultades teóricas. Incluso pienso en ocasiones que previamente al itinerario de la fe, que pasa por la razón y el corazón, uno ya ha tomado partido. 
Tú personalmente tienes la mejor voluntad y has invertido mucho tiempo en favor del prójimo. Lo has hecho gratuitamente y por filantropía, quizás por caridad años atrás. No lo digo por ti, pero quiero aludir al tema porque encaja en este contexto. En la vida hay quien queda atrapado en las viscosidades del hedonismo, en las ansiedades de la ambición, en los vericuetos del sexo o en cualquier pantano con desembocadura en el vicio. Puedes dar por descontado que los tales no tienen ningún interés en la existencia de Dios y menos en unirse a una comunidad orante y seguidora de Jesús. Ahora bien, si en cuestiones de fe el corazón tiene tanto peso, puedes deducir la conclusión que sacarán.
Hay ateos por causa de la libertad. No logran compaginar su voluntad con la de un Ser supremo. Otros lo son por pura frivolidad. No se han tomado ni un minuto para reflexionar sobre el tema. Los hay por despecho. Algunos afirman su ateísmo tras concluir que Dios no es compatible con el mal. Y todavía quedan otros géneros y especies de ateísmo. Y todos ellos pueden aducir algún tipo de razones para sostener su postura.
Considero que mantienes la fe en Dios, a pesar del portazo y no obstante algunas expresiones en las que te referías a la ambigüedad de las creencias heredadas. Determinadas expresiones lo dejan entrever: deseas bendiciones a tus amigos y conocidos. ¿Bendiciones de quién? Quiero pensar que no se trata de meras frases brotadas por generación espontánea en el humus de la cultura.  
Pues bien, no olvides esta fe. Hace unos meses mucho se ha hablado, gracias al físico Hawking, que la energía puede surgir sin causa, de la nada, por generación espontánea. Ya que tienes un acusado sentido crítico, aplícalo al tema. De la nada, nada brota. No importa presumir de filósofo para firmar esta aseveración. No te dejes embrollar por quienes ya han decidido y no buscan sino agarrarse a cualquier clavo ardiente que haga plausible su opción.
De la nada, nada sale. Existe un dilema, al final de la cuestión. Unos aceptan que el mundo es incomprensible y que en el origen hay un misterio de azar, de tinieblas que nada explica. Otros creen que la incomprensibilidad del mundo encuentra su explicación en Dios. Al menos, en buena parte. Y también confiesan que se hallan ante el misterio, pero un misterio de luz. Confían en la vida porque hay quien la sostiene y nos muestra su rostro amistoso. Este rostro que luego hablará a los hombres a través de Jesús de Nazaret. No lo tienen todo claro, ni mucho menos. Siguen haciéndose preguntas. Pero confían en la vida y en quien la sostiene.
Querida Ivette: sigamos cada uno nuestro camino con honradez y grandeza de ánimo. Sin dar la culpa de nuestras decisiones a nadie de nuestro alrededor. Tú presumes de ser una mujer adulta y crítica. Lo eres. Los malos ejemplos no deberían cambiar tus convicciones profundas.
Con mis mejores deseos y con un sincero abrazo, Manuel Soler, msscc.

domingo, 3 de octubre de 2010

Se marchó de la Iglesia dando un portazo

Querida Ivette: he ido recibiendo correos electrónicos en los que he sido testigo de tu lenta e inexorable desvinculación con la Iglesia y hasta con la fe misma. El hecho me ha dolido de verdad. Cortar el cordón umbilical con la casa materna no es cosa baladí. Uno sabe de la oleada de gente que de pronto “descubren” que nada tienen que ver con la Iglesia. Pero mi sincero aprecio por ti, el conocimiento que tengo de tus cualidades pedagógicas, de tus inquietudes culturales y de tu acogida humana aumenta el pesar que me ha producido tu decisión.  
Hemos trabado una buena amistad y nos hemos comunicado a través del email. Me duele tu decisión, tanto más cuanto que en gran parte ha sido motivada por la decepción de los sacerdotes y de lo que tú llamas una y otra vez como “estructuras de poder”.
Ateísmos, escepticismos y agnosticismos
Recordada Ivette: cada uno recorre su itinerario particular. Hay numerosas clases de ateísmos, escepticismos y agnosticismos. Teóricos y prácticos, por amor a una pretendida libertad y por pura banalidad. Los medios de comunicación, por otra parte, empujan por el tobogán del hedonismo y la frivolidad, poco amigos de la fe y el compromiso. Pero tal vez otro día hablemos del tema.
Entiendo que tu alejamiento de la fe ha sido por reacción. Te has marchado de la Iglesia con un portazo porque te ha sentido tratada injustamente. Te han exigido mucho y  muy poco has recibido a cambio. Has quedado frustrada en tus expectativas. Has detectado prepotencia en quienes estaban al frente de las instituciones en que trabajabas y un pernicioso amor al dinero en los administradores de turno.
No niego que haya sido así, aunque también oso decirte con franqueza  que he notado expresiones sesgadas en tus quejas y hasta un rencor insano en ocasiones. Incluso has prendido la mecha de una propaganda anticlerical en revancha por los sufrimientos padecidos. Comprendo tu reacción y la respeto, pero pienso que no es el camino adecuado. Puedes mostrarte en desacuerdo sin renunciar a la grandeza de ánimo.
Has focalizado tu mirada en los atropellos y arbitrariedades de que has sido objeto tú y tus compañeros/as de trabajo. Te has rebelado porque determinadas exigencias se han hecho en nombre de Jesús. Y tú, que admiras o admirabas al Jesús histórico, el que no se plegaba a las rutinas ni contemporizaba con fariseísmos mezquinos, te has indignado. Has dado un portazo y te has marchado.
Luego has encontrado multitud de razones y motivos para justificar tu postura. La pederastia de los curas, el ritualismo de las ceremonias, el interés oculto de los párrocos, las debilidades sexuales de algunos frailes… Todo ello ha reforzado tu decisión y la ha impermeabilizado de cualquier sentido de culpa. Incluso has experimentado una singular euforia tras el portazo.  
La promiscuidad entre el bien y el mal
Te diré, querida Ivette, que en la Iglesia existen estas miserias y algunas más que ignoras. Pero tu indignación te ha impedido percibir que la misma Iglesia santa y pecadora -santa y prostituta, la llamaban los SS. Padres- también ha hecho méritos para ser amada y acogida. Tanto más cuanto que en ella se sigue haciendo el memorial de la muerte de Jesús y nmerosas comunidades a lo largo y ancho del mundo se reúnen para orar.
Pienso que constituye un inconveniente, pero es preciso tomar en cuenta la realidad. En la Iglesia  -extendida por los confines de la tierra-  se acumulan ideologías y talantes de todos los tamaños y colores. Como en una galería interminable das con mujeres y hombres virtuosos e hipócritas. La bondad y la maldad se cruzan y entrecruzan por los caminos. Más aún, la bondad y la maldad surcan un mismo corazón y lo parten en dos. Con la desventaja de que el mal es mucho más noticioso y ruidoso.
A la Iglesia hay que atribuir numerosas maldades -a veces sólo errores- a lo largo de la historia. Habrás escuchado una y otra vez la cantinela de las cruzadas  con sus desmanes a diestro y siniestro. La Iglesia quemó vivos a los herejes en la inquisición y extendió el terror en muchos territorios. La Iglesia condenó a Galileo, un honesto científico que, por si fuera poco, andaba cargado de razón. La Iglesia da pábulo al carrerismo que persigue vestimentas rojas o color púrpura. La Iglesia no ha reaccionado con la contundencia debida ante la pederastia de algunos clérigos…
No seré yo quien niegue estos datos, aunque frecuentemente se convierten en tópicos manidos. He fortalecido mis espaldas para sobrellevar el peso de estas inmundicias legadas por los ancestros. Sólo quisiera que levantaras la vista y admitieras que esta misma Iglesia mezquina inventó los hospitales para los enfermos y moribundos que durante largos siglos no tenían un lugar donde morir. Esta misma Iglesia hoy día dirige la mayor parte de los Centros que existen en el África subsahariana para acoger a quienes padecen el Sida.
A propósito, cuando la guerra azota un país o una región, las ONG desaparecen con presteza. Los misioneros, ellos y ellas, suelen permanecer. No raramente mueren. La larga fila de hombres y mujeres sin trabajo no van a buscar alimentos a las casas de los políticos, sino que se dirigen a Caritas, a las parroquias y a otras instituciones católicas. Sus responsables se las arreglan para que nadie regrese a casa con las manos vacías.
La pederastia del clero da infinitas vueltas por los periódicos del mundo y los medios hacen refritos con sucesos de hace casi medio siglo. Claro que los culpables merecen la máxima condena. A los presbíteros y fieles católicos nos ha salpicado, avergonzado y humillado de mala manera. Las víctimas han padecido en sus carnes el suplicio y la amargura. Sin embargo te diré que he leído con avidez sobre el tema buscando los porcentajes de los implicados. El más pequeño se refería a un 0,6 % y el mayor a un 3%. Tú crees que los otros 97% de los presbíteros -demos este último porcentaje por válido-  hemos de aguantar las generalizaciones simplistas y los insultos soeces que se formulan a cada paso?
En la Iglesia hay mentalidades cerradas, retrógradas y hasta fundamentalistas. Las hay también muy actualizadas y alineadas con la justicia y la compasión. En la iglesia ha habido un tal Charles Maurras que era partidario de cantar el magníficat con solemnidad y mucho incienso a fin de que el pueblo no reparara en aquello de que Dios “despachará vacíos a los ricos”. Ha existido un tal Marcel Lefèvbre, conservador donde los haya. Pero resulta que también cabe encontrar a un tal Hans Kúng, a un Jon Sobrino y otros muchísimos teólogos y pastores de ideas avanzadas y deseosos de una mayor justicia. Bien es verdad que sus voces logran menos resonancia que las de la jerarquía. Los medios de comunicación confunden lamentablemente la parte con el todo.
Claro que existen hombres y mujeres ajenos a la ambición, que sufren por la marginación de la mujer en la Iglesia, que les parece fuera de lugar, en ocasiones inhumanas, determinadas prescripciones de moral sexual. Seres humanos que son más sensibles a la justicia y la fraternidad que al formalismo de los cánones y al protocolo eclesiástico. Y repara bien en el adjetivo, no vayas a confundir eclesial con eclesiástico. De acuerdo con el ámbito eclesial, pero urge matizar cuando nos referimos al eclesiástico.
Querida Ivette, esta entrada resulta excesivamente larga y sólo he escrito el prólogo. Seguiré con la carta. Un beso.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Un Ipod en el claustro

 Tenía esta entrada escrita desde hace unos cuantos días, desde que pasé unas semanas colaborando en una parroquia aneja a un claustro, pero la guardé porque otros asuntos me parecieron de mayor actualidad. Quiero rememorar ahora estos sentimientos. El recuerdo, especialmente al plasmarlo por escrito, reverdece los apacibles momentos vividos en el ayer.
Me refiero al claustro del Monasterio de La Real, dedicado a S. Bernardo y a la Virgen de la Font de Déu, que lleva más de 700 años de existencia, si bien ha variado su fisonomía a lo largo de los siglos. El primer claustro construido en Mallorca casi inmediatamente después de la conquista del Rei Jaume I.
No era la primera vez, ni mucho menos que admiraba sus columnas simétricas y la simétrica belleza del conjunto. Pero sí era la primera vez que me sorprendía con una novedosa fascinación tras la restauración a fondo de que fue objeto hace unos meses. Por lo demás, con el tiempo se ven las cosas con ojos nuevos.
Se diría que en el interior de un claustro, en el que se han ido acumulando los posos culturales, espirituales y religiosos de muchas generaciones de monjes, el transcurrir del tiempo se repite con una parecida cadencia. Se respira en él una paz, una tranquilidad y un arte que habla más a la emoción que a la razón. Y no digo estas cosas porque es lo que toca, o lo que probablemente espera el lector.   
Cierto que hace unos 170 años el claustro ya no contempla monjes encapuchados ni escuchan sus columnas los cantos gregorianos. Cierto que en un añadido al claustro -con entrada independiente, eso sí- se ha convertido en alojamiento de emigrantes procedentes de numerosos países, muchos de ellos de fe musulmana. Cierto que frecuentan el claustro algunos jóvenes con ganas de conversar sin prisas y algunos pobres suspirando por hacerse con un jersey o un par de zapatos a fin de arrinconar las prendas sobradamente amortizadas que visten o calzan. A pesar de todo, bien cabe decir aquello de que quien tuvo retuvo.
Así, pues, el ambiente del claustro ha sufrido una intensa metamorfosis. Como también ha variado el talante de sus moradores. Las habitaciones adyacentes cobijan al párroco de la Iglesia aneja, al coordinador de la comunidad y a dos presbíteros jubilados que todavía ejercen el ministerio no obstante sobrepasar los 80 años.
La verdad sea dicha, los actuales residentes no se parecen a los monjes que respiraban paz y disponían de un tiempo indefinido. Se les observa trasladándose de uno a otro extremo del corredor con prisas, atendiendo a la gente, espoleados por los timbrazos del teléfono. No raramente lamentan que el estrés llame a sus puertas. Porque, por si fuera poco, la armonía del edificio atrae a numerosas parejas que solicitan casarse en este ámbito y luego sacarse fotos que inmortalicen a los novios asomándose por entre los arcos. Otro tanto desean los padres de un buen número de bautizandos.
Pues bien, he pasado en este marco unas semanas y me ha cautivado el claustro. No es el más hermoso de Mallorca, pero sus dos pisos de columnas favorecen la admiración y la contemplación. En el espacio interno que separa los distintos corredores se levanta un original árbol en cuyas ramas posan por momentos bandadas de pájaros. También resalta una estatua de Ramón Llull, el más ilustre habitante del edificio, que lo habitó casi desde sus inicios.   
Quiero llegar con estos párrafos introductorios a decir que me he paseado largos ratos por el claustro con un Ipod enganchado a los oídos. Espero que esta circunstancia no provoque estremezca los huesos de los antiguos monjes. Deben comprender que los tiempos han cambiado y que, tras muchas horas de darle a las teclas del ordenador, es preciso oxigenar los pulmones y ejercitar las piernas. Una manera de hacerlo, espantando el aburrimiento, consiste en recurrir al mp3 para escuchar un capítulo de historia, una novela breve o un impromptus de Schubert.
Pero no hay duda que lo que pone la piel de gallina a quien se desplaza con paso lento por los corredores y se deja impregnar el alma es escuchar unas notas gregorianas que desgranan, por ejemplo, el Veni Creator Spiritus en la paz del atardecer y cuando los ruidos han dejado paso al silencio. Entonces una rara sensación de paz, difícil de describir, invade al portador del mp3 al que no queda más remedio que cerrar los ojos y sumergirse en el lago recóndito de los propios sentimientos.   
En el mundo agitado en que nos movemos se agradece la tranquilidad, el sosiego, la serenidad que desprende el claustro. A lo largo de su existencia ha sido visitado por innumerables personas, ha sido el horizonte vital de muchos monjes cistercienses. Quien pasará la noche a pocos metros de las columnas es sujeto de una experiencia intensa y reconfortante cuando el claustro recobra su placidez, la luz del día se desvanece y las sombras acuden a dormitar alojándose en los capiteles.  

lunes, 13 de septiembre de 2010

Hawking y la existencia de Dios

Ha levantado un notable revuelo el libro recién salido de la imprenta y firmado por el físico Hawking. Paradójicamente donde más ruido ha suscitado ha sido en los opuestos círculos de la gente religiosa y de los laicistas declarados.  

El núcleo del debate se centró en la siguiente cita: Dado que existe una ley como la de la gravedad, el universo pudo crearse a sí mismo de la nada, como así ocurrió. La creación espontánea es la razón de que exista algo, en vez de la nada, de que el universo exista, de que nosotros existamos. No es necesario invocar a Dios para que encienda la mecha y ponga el universo en funcionamiento.

Han salido a la palestra los filósofos/teólogos arguyendo que ciencia y religión versan sobre dominios distintos y que las afirmaciones de Hawking trascienden el terreno de la física para entrar en el de la filosofía. Y que si el autor es un reconocido físico, no deja de ser un mediocre filósofo. 

A cada ciencia su propio método
En realidad la afirmación no es nueva. Ya había dicho Laplace que la hipótesis Dios resulta innecesaria para estudiar la astronomía. Y no deja de ser muy cierto que los fenómenos físicos y astronómicos deben estudiarse según sus métodos y principios. Dios no explica as causas de su funcionamiento, puesto que Él se encuentra más allá de todo lo creado y su voluntad no puede detectarse con microscopios ni telescopios.  

Cada ciencia tiene sus principios y resulta abusivo irrumpir en ella con métodos e instrumentales ajenos. A propósito de lo cual corría una anécdota en el postconcilio. Un obispo daba una conferencia a seminaristas. Explicaba muy serio que él no sabía ni una nota del pentagrama, pero que si el Papa le mandaba dirigir la Orquesta Sinfónica de Londres, no dudaría ni un instante en coger la batuta y subirse a la plataforma del Director.

Es decir, se inmiscuiría en nombre de Dios en un terreno que tiene sus propias leyes y con la mayor presunción exigiría de Dios una especie de milagro para que le infundiera de pronto la ciencia de la música. Presunción o una penosa ingenuidad: defínanlo como prefieran. Por cierto, en la época muchos religiosos no habían cursado la carrera del magisterio, pero daban clases de matemáticas y de química… porque eran religiosos. Una extraña lógica que no distingue terrenos e irrespeta los ámbitos ajenos.

Pero así cómo la fe invade en ocasiones el terreno de la ciencia, también es muy cierto que la ciencia tampoco se ve libre de semejante acusación. Decía Ortega y Gasset que Einstein era tan buen físico que podía permitirse decir algún disparate en filosofía. Pero no, a cada uno lo que es suyo. El óptico está facultado para graduarnos los cristales de los lentes, pero que no se le ocurra imponernos la dirección en que debemos mirar.  

Que el señor Hawkins que no vaya más allá de sus conocimientos. De la nada, nada puede brotar. Me parece una afirmación la mar de convincente, una pura evidencia. Por definición la nada no puede dar a luz a entidad alguna. Si lo dice el Sr. Hawking y lo celebran los de su cuerda, allá ellos, pero a ninguna persona sensata y libre de prejuicios -filósofo o no- le convencerá la tal afirmación. El físico puede explicar el cómo del funcionamiento de los astros, de la gravedad y de los átomos. Jamás será capaz, sin embargo, de dictaminar por qué existen las cosas en lugar de la nada. 

A cada científico su propio terreno
Que el físico formule teorías sobre el comportamiento del big-bang, si ello le satisface, pero que no nos adoctrine acerca de lo que existía o no existía un segundo antes de la dichosa explosión. En este campo él sabe tanto como el último iletrado. Preciso es decirlo sin complejos.

A uno de los contendientes que saltaron a la palestra a propósito del debate se le preguntó si el método científico algún día podrá dictaminar sobre el por qué del universo, además de explicar el cómo de su funcionamiento. Y me parece muy ponderada su respuesta: es tan imposible como pensar que la física podría determinar algún día el peso del amor

La ciencia prescinde de Dios –incluso me atrevo a decir que debe prescindir de Dios-, pero no los científicos que creen en él. Los cuales no van a cambiar su fe por el ateísmo a causa de Hawking y el revuelo que se ha armado incluso antes de que su libro viera la luz. 


Una última observación. En los escritos y periódicos de tendencia laicista, o declaradamente atea, se adivinaba un grito de victoria a propósito de la opinión de Hawking. ¡El gran físico de nuestro tiempo había desenmascarado la falsedad de la existencia de Dios! Ya cabía informarlo a los cuatro puntos cardinales: Dios no existe. Sin embargo yo les haría notar que en su anterior libro sobre la historia del tiempo el mismo autor sí afirmaba la existencia de Dios. Entonces, ¿Dios existe o no existe según evoluciona la mente de Hawking? No sonrían que el asunto es serio.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El placer de la música (clásica)


En este blog mezclo artículos de ideas, comentarios de actualidad y también algunas experiencias o circunstancias más personales. Pretendo que sea un reflejo de la vida que combina todo ello en cantidades heterogéneas.
Dado que una gran parte del día la transcurro ante el ordenador, se me facilita escuchar piezas musicales de fondo. Y cuando la melodía o la orquestación me resulta particularmente grata detengo el trabajo y me concentro en las notas que difunden los altavoces. Tal parece que el tiempo queda en suspenso.
La capacidad de la música clásica para generar sentimientos y emociones se diría inextinguible. Y es que dispone de una gama tan amplia y de un trayecto tan largo como el que va de la solemnidad de un oratorio como el Mesías de Händel hasta la delicadeza y la gracia de un larghetto de Mozart. Pasando por la sabiduría y el ingenio de la flauta que suena en una Suite de Bach o las armonías y arpegios de Schubert en sus impromptus. No raramente un escalofrío se apodera del oyente. Quizás las notas le remitan a la trascendencia.
Les pasa desapercibido un mundo maravilloso a quienes no hacen el esfuerzo de educar el oído y sumergirse en este ámbito de sonidos, silencios, compases y melodías. Toda clase de música puede tener su valor… si es buena. Unos géneros más que otros, por supuesto. Ahora bien, las obras que recurren a instrumentos con larga historia detrás de sí, como el oboe, el clarinete, el piano, el órgano, el violín, difícilmente pueden ser opacados por el sintetizador o por la guitarra eléctrica.
La fascinante complejidad de los sonidos le reta al espectador a discernir el instrumento protagonista en cada momento. Pero no debe detenerse ahí, sino viajar hacia el mundo mágico de las emociones que emanan de los sonidos y volúmenes procedentes de la voz del solista o de los instrumentos de la orquesta. Todo lo cual queda complementado por los gestos -entre rituales y expresivos- que dibujan las manos del director.
Las aficiones comienzan temprano
Empezó a llamarme la atención la música clásica antes de los veinte años, cuando estudiaba filosofía. La escuchaba en discos de vinil gracias a la afición de quien ejercía de maestro. Se debió en parte a que no había muchas distracciones. En este contexto me sentaba frente al piano o ajustaba el banquillo al órgano. No tenía demasiado talento y fui autodidacta en el ramo, pero pasé buenos ratos tratando de ejecutar una sonatina de Mozart o alguna pieza facilitada de temas famosos: claro de luna de Beethoven, la serenata de Haydn, la marcha militar de Schubert…
La afición me acompañó en lo sucesivo. Me encanta escuchar a los diversos compositores y explorar el núcleo de su alma rastreando las notas que dejaron escritas en el pentagrama. Me producen verdadero placer algunas composiciones. Hoy día, sobre todo gracias a You Tube, es posible resucitar a viejos directores de fama mundial y escuchar interpretaciones de orquestas de primerísima línea.
La música clásica en mi opinión tiene más contenido que las que suelen sonar por la radio o en conciertos donde las adolescentes vociferan y se desmayan. Dicha música no es para una elite, sino para todos. Basta con acostumbrar un poquito el oído e iniciar el aprendizaje por las piezas más populares. ¿Quién no ha escuchado y agradecido la melodía de la novena sinfonía de Beethoven sobre la alegría? ¿O el aria para cuerdas de Bach? Sea en el cine o por la radio hay una gran cantidad de melodías clásicas que ya se han hecho populares. Es sólo cuestión de profundizar un poquito más.
Soy de la opinión de que no existe música seria y música ligera, sino más bien buena o mala música. El problema es que a la gente le asusta la música clásica porque la percibe como de tiempos pasados y exclusiva para eruditos. En el barrio de República Dominicana donde pasé largos años la llamaban música de muertos. En comparación con el ritmo del merengue o la bachata no andaban faltos de razón. A sus tímpanos les sonaba a funeral.
De todos modos, no me niego a mirar hacia otros horizontes y estilos. En este sentido considero que es buena música, aunque no clásica en el sentido habitual, la que produjeron los Beatles. En cambio no diría lo mismo de la música donde el protagonismo lo tiene la batería que marca el ritmo de modo repetitivo y obsesionante. O el sonido de la guitarra eléctrica que raya en la distorsión. 
Prueben, amigos, a escuchar música clásica y ya me dirán. Empiecen por los autores barrocos, sigan por los clásicos y luego los románticos. Quizás un día no le hagan ascos a escuchar la música de autores contemporáneos.

lunes, 23 de agosto de 2010

Entre el turismo y la peregrinación



He transcurrido los días de las fiestas de S. Bernat -20 de agosto- en el Monasterio de La Real (Mallorca), donde residiré unas semanas en plan de sustitución. He sido testigo de unas fiestas muy bien organizadas y de gran riqueza. Había actos para todos los gustos. Han hecho acto de presencia la cultura, los bailes populares, la música culta y la más popular, la pintura, los actos más directamente religiosos…
S. Bernat es el patrono del monasterio de La Real, el único Monasterio cisterciense de Mallorca. Se fundó en 1235 y finalizó su función con la desamortización de  1935. Al cabo de unos cuantos decenios, y en pleno proceso de degradación, se hizo cargo del mismo la Congregación de Misioneros SS. CC.
En el último decenio ha adquirido mucha notoriedad, sobre todo por sus reivindicaciones políticas y sus apariciones periódicas en la prensa. Los vecinos y los Misioneros que lo habitan han puesto en pie una Fundación en defensa del Monasterio. Estaban visceralmente en contra de que se construyera un mastodóntico hospital de la Seguridad Social a pocos metros. Consideraban el hecho como un ultraje a la historia y al arte. Aparte que para construir el edificio se han destrozado restos arqueológicos romanos de un interés nada desdeñable.
Algo ha conseguido la Fundación en orden a proteger el Monasterio. Se ha elaborado una ley según la cual se prohíbe construir en un perímetro de unos centenares de metros. Y las autoridades civiles han subvencionado la renovación del claustro del viejo Monasterio. Pero no vamos a entrar en este complejo y espinoso asunto.
Se dice que la romería de S. Bernat es la más antigua de Mallorca. Muchos ciudadanos se trasladan al Monasterio -a unos pocos kilómetros del centro de la ciudad- donde se celebra una misa y sigue la fiesta con música y los tradicionales bailes mallorquines. También los castellers ofrecen memorables actuaciones. A imagen de los de Catalunya, ponen en pie unas torres humanas que dejan estupefactos a los espectadores.    
Las fiestas se prolongan a lo largo de diez jornadas. Cada día hay ofertas variadas y de calidad. La gente del entorno acude puntualmente. La preparación de los actos supone un trabajo notable de organización y consume muchas horas a los integrantes de la Comisión encargada de las fiestas.  
Con frecuencia el Santuario, o el Monasterio en nuestro caso, es en sí mismo, un bien cultural: en él confluyen numerosas manifestaciones de cultura. Testimonios históricos y artísticos, formas de expresión lingüística y literaria, expresiones musicales típicas, actuaciones religiosas propias... En La Real laten recuerdos culturales de gran valor. La estancia de Ramón Llull en el lugar, precisamente donde escribió algunas de sus obras. Una biblioteca con un muy rico patrimonio. Un claustro de singular belleza y simetría.
El programa de las fiestas incluye actos culturales, folklóricos y también de carácter religioso. El visitante se siente empujado, directa o indirectamente, a experimentar la dimensión de lo sagrado. La historia del claustro, las realizaciones del templo y tantos otros testimonios del pasado irradian un sentimiento religioso que sólo logra pasar inadvertido cuando se lo acalla con los más mezquinos prejuicios.      
No soy amigo de edulcorar las situaciones y afirmar con la boca pequeña que de cualquier situación puede extraerse algo positivo. No va conmigo lo de convertir la necesidad en virtud. Pero comprendo que resulta más factible invitar a una excursión turístico/religiosa que a actos formalmente litúrgicos. Porque en un caso el personal se asusta y rechaza la invitación casi por instinto. Mientras que en el otro se posibilita acercar a los peregrinos a los valores sobrenaturales.
Hay que ser realistas. El homo turisticus, que hoy abunda más que en épocas pasadas, se aproxima a los valores religiosos de modo tangencial. A través de la naturaleza, la excursión, la historia, el legado artístico y el sentimiento. Si se le confronta directamente con la temática cristiana puede que se produzca una especie de cortocircuito.
En un primer momento quizás es suficiente que el ciudadano reconozca en el lugar visitado la presencia de lo sagrado. Probablemente se sienta predispuesto a considerarlo como lugar maravilloso por el paisaje, la belleza de la arquitectura y los posos depositado por los siglos. Pero quizás de un paso más y acepte que el lugar constituye un centro privilegiado del encuentro con Dios. De ahí a la oración el trecho no es tan largo. Con lo cual el turista inicia una metamorfosis que le convierte en peregrino.
Esta pedagogía obedece al afán de no condenar ni romper con los vínculos y valores del entorno. Al contrario, se aprovecha de la situación, el ambiente y el escenario para desbrozar el camino de la fe.

viernes, 13 de agosto de 2010

La tensión local - universal




Los últimos meses he estado en diferentes localidades del Estado español: Barcelona, Navarra, Mallorca y Valencia. Había que dar una mano para que la actividad normal -aunque a ritmo más perezoso durante el verano- no se paralizara. A todo el mundo le asiste el derecho a hacer unos días de vacaciones y más todavía el de enfermarse. Resulta, pues, razonable que alguien se dedique a tapar los huecos para que la marcha habitual de parroquias y comunidades no sufra en exceso.
Al peregrinar de una a otra región he ido rumiando en ese dilema o binomio tan traído y llevado, cuyos miembros pugnan por obtener la primacía: ¿local o universal? Sin ambages confieso mi desconfianza ante el universalismo que las más de las veces sólo sirve para llenarse la boca con palabras grandilocuentes. Ciudadano del mundo, sin fronteras, sin barreras… Una tal retórica oculta la cara fea del asunto: sin raíces, sin vínculos, sin haber gustado el sabor de tierra alguna.
Dígase lo que se diga, el ser humano necesita de unas raíces sólidas para desarrollarse, raíces que no crecen en el aire. Necesitan de un terruño concreto, bien localizado, de color y tamaño precisable.
Cuando las raíces hayan alimentado con su sabia al individuo, entonces éste podrá emprender el vuelo y posar el pie en otras localidades. Quizás entonces logre saborear algo de lo que es la auténtica universalidad. Pero antes tendrá que haber respirado el aire de su pueblo natal y admirado las nubes de su firmamento. Con anterioridad tendrá que haberse familiarizado con la gastronomía de su entorno. Con lo cual habrá adquirido un modo de ver, de sentir y de gustar que se convertirán en su circunstancia irreversible. Y es sabida la frase orteguiana: yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo. 
Se me ocurre que en el mundo civil pasa algo parecido a lo que reflexiona la teología acerca de la Iglesia local y universal. Donde uno reza, se siente acogido y recibe los sacramentos es un ámbito muy concreto y definible. En él se desarrolla y crece espiritualmente. Es verdad que hay otros individuos que nacen y crecen en otras iglesias distintas y lejanas. De ahí se concluye la existencia de la Iglesia universal. Un concepto, por tanto, mucho más abstracto y vaporoso.  
Así en la vida de cada día. Uno tiene que hablar una lengua, auscultar el mundo desde unos paradigmas concretos, desarrollar unos determinados sentimientos estéticos. Con este patrimonio luego se desplazará por el mundo y será más capaz de amar y admirar las tierras que pise. Su personalidad y su sentido estético se enriquecerán al contacto con otros pueblos, otros hombres y otras costumbres.
El universalismo que dice amar a todas las razas y personas y alega que todos los seres humanos son hermanos es sospechoso. A las primeras de cambio se disuelve. Mejor empezar el recorrido ofreciendo la mano al vecino para sacarle del hoyo. No sea que con la vista fija en el horizonte uno no repare en la cojera del próximo, necesitado de un hombro donde apoyarse.
Lo mismo cabe proyectar en el ámbito político. Algunos pugnan por el universalismo, sí, pero a costa de pisotear a los que están más cerca. El universalismo lo definen ellos y cuando no se ajusta a sus esquemas no vale. ¿Por qué no comenzar reconociendo la variedad de tierras, caracteres y proyectos para luego tratar de englobarlos a todos sin darles la espalda a ninguno.
Hay fuerzas poderosas empeñadas en que el mundo se reduzca a una sola cosa,  que dondequiera que vayamos encontremos lo mismo, un único modelo de consumo y confort que borre la infinita diversidad planetaria. Pero uno anhela exactamente lo contrario: encontrar en China lo que es de este país milenario, gozar de los tulipanes de Holanda, de los bailes africanos en Nigeria y de los quesos cremosos en París.
Yo prefiero que existan casas como las de Petra, esculpidas en la piedra, rascacielos como en New York y viviendas con los techos que favorezcan el deslizar de la nieve en el norte de Europa. Prefiero la variedad en gastronomía, en las leyendas, las novelas y los rituales.
La globalización conspira contra los rasgos locales, las costumbres particulares, las lenguas nativas, las músicas folklóricas. En cambio poco se preocupa de la globalización de la riqueza, de la industria y la alimentación, los únicos objetivos que justificarían su existencia.
Puede seguir el color naranja sin que por ello desaparezca el rojo y el amarillo. Lo nuevo no tiene por qué siempre y en todas partes borrar lo viejo. Al atardecer no le asiste el derecho de aniquilar el amanecer del día siguiente. Beethoven puede convivir con los Beatles.
Y yo puedo estar en Catalunya, Navarra y Mallorca apreciando sus peculiaridades, sin tener que comparar ni denigrar. No tengo necesidad alguna de reducirlas a un común denominador en cuanto a la lengua, las aficiones y las tradiciones. Pero los profetas de un universalismo pálido y escuálido no lo creen así. Hay que defenderse de ellos. Son peligrosos…

martes, 3 de agosto de 2010

Estocada a la tauromaquia

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Una descomunal polémica se ha levantado tras la prohibición del toreo en Catalunya. Las emisoras de radio y TV, las páginas de los periódicos chorreaban noticias y artículos de fondo relativos al hecho. Unos han llorado de gozo al saber que quedaba prohibido torturar a los nobles animales. Otros de indignación frente a lo que consideran un atentado a la libertad y una agresión a la cultura y el arte de España.
Mi punto de partida es que la vida de otros seres vivos no debe ser menospreciada ni envilecida. El Estado tenía ya una ley sobre la protección de los animales… en la que los toros eran excepción. ¿Tiene alguna pizca de lógica tamaña desatino?
Personalmente no me siento implicado en absoluto en lo que llaman la esencia de la cultura española, la tauromaquia. Jamás he asistido a una corrida, como tampoco la mayoría de mi familia y de los amigos que tengo. No logro percibir por parte alguna el supuesto arte de la tauromaquia. Y menos cuando desemboca en una muerte aplaudida por la multitud.  
Afortunadamente, cada vez es mayor la sensibilidad a favor de los animales. Una cosa es matarlos para alimentarse y otra muy distinta ensañarse contra el noble animal a base de banderillas, engaños y espadas. Sin contar lo que sufren antes de la corrida, pues cuando el animal sale a la plaza lleva días de sufrimiento y malos tratos. Los que andan detrás de los burladeros saben del asunto. 
Lo más escandaloso del caso es que el nacionalismo españolista ha levantado el dedo inculpador contra el Parlamento de Catalunya acusándolo de que con la abolición pretendía ir contra la cultura y el arte de España. Ha sido un supuesto constante y mil veces repetido. En cambio yo no he escuchado ni una vez en labios de los parlamentarios del veto que la decisión tuviera este objetivo. Simplemente se prohíben los toros porque es innoble torturar a un noble animal. Por lo demás, también Canarias ha prohibido hace años la fiesta y nadie se metió con sus gentes.
Los partidarios del ensañamiento alegan que la prohibición es una estocada a la libertad. Si bajo los pliegues de esta palabra tiene cabida cualquier desmán, entonces sí. Pero la libertad tiene límites: el asesinato, el robo, el fraude… y la tortura a los animales por puro placer… me atrevería a decir que por sadismo. ¿Cómo alguien puede mezclar la fiesta con la sangre, la espada y la muerte? No es un capricho prohibir actuaciones dañinas ni pararle los pies a los facinerosos. Y no digo que los aficionados a la fiesta lo sean, entiéndase bien. Sí digo que a ellos no les preocupa en absoluto la libertad del toro. 
En cuanto a que Catalunya -y sólo Catalunya- tiene interés en destruir los símbolos patrios es falso. El día en que se vetaban los toros en la Plaza de S. Jaume, había grupos que lo celebraban con champán en la madrileña Puerta del Sol. No eran catalanes infiltrados. Existe una sensibilidad creciente contra el sufrimiento de los animales sin causa ni motivo. Este movimiento ya no lo para nadie. Habrá protestas y resistencias mil, pero acabará triunfando. Basta comprobar el progreso  experimentado en los últimos diez años.  
¿La tauromaquia es una tradición española? Sí. Ahora bien, hay tradiciones buenas y menos buenas. El “siempre se ha hecho así” es un argumento muy exiguo y de una enorme mediocridad. Por lo demás, la prohibición no afecta a las fiestas en que toros y vaquillas corretean por el ruedo. Es verdad que no se libran de numerosas gamberradas, aunque tampoco terminan siendo sacrificados y acribillados con dolorosas banderillas. Los toros de S. Fermín quizás puedan seguir trotando por la estafeta y las poblaciones que se divierten con las embestidas de las bestias probablemente seguirán con el rito. El hecho se presta a la discusión y a la inconformidad. De todos modos, lo que sí debe ser desterrado sin vacilar es la sangre, la espada y la muerte. Me parece muy razonable.
Había expresado en mi anterior escrito mi propósito de comentar las lecturas que hice junto al mar, en un montículo y bajo un firmamento que sólo en el descampado se hace tan visible. Pero no quería pasar por alto el tema tratado. Otra vez será.

sábado, 24 de julio de 2010

Un verano agitado


Los acontecimientos van amontonándose en este julio radiante. Finalizó la XXV Semana de Artajona sobre la Tercera Edad. Buen balance. Basta con enumerar los títulos de las conferencias para comprobar que sigue habiendo inquietudes y que los participantes no se dieron por desahuciados. Una charla: en la vejez seguirán dando fruto. La segunda: breves reflexiones sobre la jubilación. Tercera: cómo me gustaría envejecer. Y la última la dictó el más veterano del grupo, en el umbral de los 90 años. Pues se le ocurrió este encabezado al que harían bien en atender quienes denigran la vejez: vivencia de una ancianidad en plenitud.
Claro está que no todos los llamados fueron los escogidos a la hora de asistir. Pero repito que el balance no estuvo mal. Charlas, ambiente, power points… un buen legado para los congregantes y otros amigos que vamos a colgar de la web msscc.org
Otro acontecimiento que ha hecho vibrar a la gente: España ganó el mundial. La resonancia ha sido desorbitada a mi parecer. El día de la final hice el viaje Bilbao-Palma. En la ciudad de destino me topé con una multitud de automovilistas dándole al claxon y exhibiendo banderas en actitud intemperada. Todo ello en horas nocturnas. La satisfacción general daba a entender que cada uno de los manifestantes había metido el gol de marras.
Ah! Ya no se habla de la furia española, sino del talento de los jugadores y de la elegancia del juego. Para mí que tiene mucho que ver con los protagonistas del juego nada propensos a la furia y sí muy dotados para el garbo futbolístico. Y es que la espina dorsal del equipo la conformaban jugadores de procedencia catalana y/o que jugaban el Barça.
Mucho se ha hablado de Catalunya en estos días a propósito de diversas cuestiones políticas. Nadie protestó por la victoria siendo la mayoría de los futbolistas catalanes, poco representativos de la España nacionalista. Pero en cambio las protestas adquieren un volumen ensordecedor cuando simplemente Catalunya solicita que le dejen ser lo que es: un territorio diferenciado en lengua y cultura, y que no se la discrimine en la financiación, dado que aporta mucho más de lo que recibe. Pero este es un tema que tiene la entrada prohibida en cabezas blindadas para todo razonamiento. Son muchas, por cierto, y estimulan la desafección, mientras acumulan dificultades de todo tipo.  
Unidad sí, pero sin fagocitar al vecino. Unidad sí, pero sin pisotear la identidad de los demás. Todo el mundo tiene derecho a vivir con lo que la naturaleza le ha regalado. El catalán no se ha inventado para incordiar a los castellanos. Y si no hay lugar para el catalán, entonces…
Personalmente he pasado por unos días en que la espada de Damocles pendía sobre mi cabeza. He tenido que someterme a análisis y pruebas de todas clases. En la espera y al anochecer, en particular, el gusano de la turbación trataba de mordisquearme. Entonces se agolpaban en la mente los temas decisivos y permanentes: Dios, el por qué de la vida…
La visita al Doctor, una vez recogidos todos los exámenes, podía derrumbarme el futuro. Quizás, incluso, ponerme fecha de caducidad. Pero afortunadamente, no he tenido que lamentar un diagnóstico grave. Unas pastillas y parece que las aguas volverán a su cauce.
Los días que transcurrieron hasta la visita final -envueltos en una leve angustia-, suavizaron sus picotazos gracias a cuatro jornadas pasadas en un montículo situado muy cerca de una playa, la de Tuent, en la sierra norte de Mallorca. Un paisaje embelesador, una tranquilidad que no se experimenta en la ciudad, un cielo estrellado que invita a heterogéneos sentimientos: melancolía, exultación, acción de gracias, añoranza… Y todo ello salpicado con diálogos cordiales con el amigo que me acompañó y algún visitante que vino a darnos una mano.
El mar, el sol, la luz suave de los crepúsculos, los morados y violetas que se esconden tras las nubes al finalizar el día… Es curioso, me he encontrado buscando el adjetivo que más le convenía al paisaje, a las irisaciones del momento. Un calificativo para la mole rocosa que se levantaba ante nuestros ojos, otro para el olor que desprendían los pinos… y así siguiendo. Deben tener razón quienes sostienen que la capacidad de reflexionar depende en gran parte de la palabra y que, sin ella, se le cierran las puertas al pensamiento. Mucho más al de carácter filosófico.
Me estoy excediendo en la entrada de hoy. Me guardaré el comentario que quería hacer sobre lo leído en los días de sol y mar para la próxima. Diré simplemente que me zampé varios libros de Delibes, uno de Tolstoy y hasta tuve tiempo para dedicar la atención a unas páginas de Josep Pla. No suelo leer novela a lo largo del año, pero se presta hacerlo en lo alto de un montículo con la vista al mar cercano. Comentaré las lecturas en los próximos días.

martes, 13 de julio de 2010

Sensaciones veraniegas


El verano, todavía en sus inicios, me ha atrapado en un pueblecito navarro. Estoy en un antiguo seminario menor, un edificio de dimensiones descomunales.
Contemplo desde una habitación la mole del recinto amurallado del cerco (ss. XI-XII). Me refiero al pueblo de Artajona que, según dicen, llegó a ser Reino por un lapso de tiempo. Queda el antiguo esplendor de las torres remozadas y unas casas totalmente construidas en piedra. Los organismos encargados del patrimonio cuidan el conjunto con esmero. En particular conservan la Iglesia de S. Saturnino que, siglos atrás, tenía también asignada la función de defender a la población.
Instalado en un solemnísimo edificio coronado por cuatro torres, a un par de kilómetros del cerco, contemplo el panorama desde la ventana. De los trigales solo quedan los rastrojos. Pero el color amarillo estimula las sensaciones veraniegas que el invierno iba reclamando desde tiempo atrás.
Este es el escenario en que he residido unos días, pues el Instituto al que pertenezco -Misioneros SS. CC- aprovecha los numerosos e infrautilizados metros cuadrados del lugar para que, al menos una vez al año, cumplan una función. A lo largo de unos días se han desarrollado en este asentamiento reuniones varias y hasta una semana dedicada a la Tercera Edad.
Pero el tema que me inspira estas breves letras es el de las sensaciones veraniegas que serpentean por todo el cuerpo y que han explotado en el ambiente. El campo ondulado y amarillento, el cielo azulado y transparente, el sol que se desploma sin compasión, el bochorno pegado a las paredes de la casa…
Son sensaciones agradables, no obstante la incomodidad que puedan ocasionar. Cabalgando sobre ellas hacemos planes: tantos días en la playa o la montaña. Leeré un libro con el que me he encaprichado, viajaré y charlaré distendidamente con viejos amigos. Habrá tiempo para escuchar la música clásica que me traslada a parajes de éxtasis…
Al final del verano uno saca la cuenta y suele constatar que muchos planes quedaron abortados. También habrá que contar con prisas inoportunas y reconocer que la playa no cumplió con las expectativas. Pues el mar no nos acarició con sus suaves olas, sino que nos mordió con sus insidiosas mensajeras, las medusas. Quizás en el haber del verano haya que contar con alguna salmonelosis o sorpresiva insolación.
Lo cierto es que en los primeros días de julio las sensaciones veraniegas nos hacen soñar despiertos. El ambiente nos acuna y nos toma de la mano transportándonos por un firmamento virtual. Los ojos entreabiertos, el sopor de la siesta, las aves recorriendo la inmensidad azulada... Mentalmente paso revista a los buenos momentos que julio y agosto traerá consigo.
Lo que de verdad acontezca, ya se verá al final, porque, a la postre, el verano es como la vida en escala. El verano, como la vida, en ocasiones promete, pero no cumple. No vayamos a hacer moralina, que el aturdimiento del verano tampoco propicia la labor, pero ahí queda el apunte: en el verano y en la vida conviene aferrarse a Alguien en mayúscula que sí cumple. Tú eres mi roca y mi salvación, reza el salmo. Sí, también en verano, en la modorra de la siesta y en el sol esplendoroso del mediodía.

sábado, 3 de julio de 2010

Los fantasmas de la Tercera Edad


En la entrada anterior del blog aludía a una semana de formación permanente que tenía como tema la Tercera Edad. Al finalizar una serie de lecturas resumo a vuela pluma las ideas que me resultan más relevantes sobre este asunto. Los pensamientos que, a mi parecer, debieran permear la existencia del adulto mayor. Y más todavía, debieran asomarse a la vida de quien todavía se mueve, dirige y controla porque ni que decir tiene que la vejez llegará. Claro está, siempre que uno no muera antes, lo que tampoco suele considerarse recomendable.
1. Es necesario tomar conciencia de la edad con sus consiguientes limitaciones. Nada más esperpéntico que vestir pantalones ceñidos y coloridas prendas juveniles a deshora. Cabe exigirle al individuo un comportamiento acorde a su edad. No es el momento adecuado para vestir vaqueros ceñidos, ni para que la mujer ostente unos labios color rojo vivo, ni para que tome prestado el vocabulario de los adolescentes. La madurez psicológica exige hacerse cargo del contexto vital y social en que uno vive. Caso de ignorar este presupuesto uno queda expuesto constantemente al ridículo.
2. Hay que asimilar a fondo que, con la edad, se pierden habilidades y capacidades. Preciso es saber renunciar a cuanto uno ha llevado entre manos y no armarse de rencor al ser sustituido. No es cuestión de asimilar una supuesta marginación, sino de aceptar una ley de vida. El último en enterarse de que ya no se está en forma suele ser uno mismo. Cuando llega el momento de ceder el paso, no es de buen gusto hacer el boicot y mostrar despecho. ¿Ah sí? Pues ahí os quedáis, dice más de uno sin decirlo. Al fin y al cabo nadie es irreemplazable. Los seres humanos vienen muriéndose desde el paraíso terrenal y el mundo ha seguido rodando.
3. Quienes rodean a los mayores no aguantan que se les cuente una y otra vez anécdotas que un día acontecieron. Los mayores no deben obligar a los más jóvenes a mirar hacia atrás hasta provocarles tortícolis. Déjeselos mirar hacia adelante. No hable el anciano tanto de mis tiempos. Mientras uno vive, transcurren sus tiempos frente a él. Y si inevitablemente se le cierran unas puertas, nada impide que trate de abrir otras.  
4. No aporta ningún fruto adelantar mentalmente los males que pueden sobrevenir en el transcurso del tiempo. La mayoría de los males imaginados jamás llegan a concretarse. ¿Entonces? ¿Qué extraño placer masoquista conlleva pensar una y otra vez qué horrendos y numerosos achaques se cernirán sobre uno? En la misma línea, y para no abonar el terreno de la aprensión, no es aconsejable contar con pelos y señales las dolencias propias ni escuchar pacientemente las ajenas. Pues que de este modo acaba estimulándose el substrato hipocondríaco que quizás se halle latente.  
5. Mientras uno vive, viva de verdad. Nada de morir antes de morir. ¿Por qué despedirse de este mundo a los 70 si le van a enterrar a los 80? Hay que cultivar las inquietudes que se acoplen a las circunstancias: disfrutar un paisaje, leer buena literatura, escuchar música que revitalice los sentimientos dormidos. Sí, es bueno cultivar inquietudes realizables. Incluso está bien soñar un poco, mientras se tengan bien asentados los pies sobre la tierra. Uno debe elegir entre ser persona madura con un comportamiento patriarcal: tolerante, capaz de aconsejar y estimular, o convertirse en un viejo cascarrabias amargando la vida a todo el que le rodea.
6. Finalmente hay que esperar a que acontezca el final y baje el telón definitivo. Porque para que la vida sea completa es preciso que se sucedan todas las etapas, sin acelerarlas de modo insensato. Una vida segada antes de hora es una interrupción, un aborto que no ha llegado a su meta. Por eso es importante llegar hasta el término. Un final que completa, no un final que interrumpe: así hay que vivir la muerte. Y luego esperar confiadamente que ella se metamorfosee en un nuevo nacimiento. Ya el cuerpo no logra sostener al espíritu y éste necesita un espacio mayor. Exactamente como el seno materno no puede cobijar al feto y éste requiere de un espacio más amplio. El de los brazos de Dios Padre.