El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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viernes, 18 de febrero de 2011

El espectáculo de la vanidad

Resulta un espectáculo entretenido el de explorar la vanidad de los seres humanos. Por de pronto es constatable a cada paso aquello de que cada uno presume de lo que puede. Y así uno ostenta su talento, el otro se pavonea de su cabellera y el de más allá pone a la vista los bíceps bien torneados. Se encuentra sin dificultad a quien hace gala de habilidad para sustraer dinero al fisco y -con más aprietos- quien reconoce con sano orgullo que paga todas sus deudas.
Todo el mundo encuentra algún motivo para alimentar su vanidad. El adolescente ante los ojos de sus compinches se jacta de hacer brincar su moto. El señor con bigote alardea de que, aunque en plano muy general, salió en una película ejerciendo de extra. El oscuro funcionario blande su colección de cajas de cerillas asegurando que nadie puede hacerle la competencia.  
Cuando a uno no se le ocurre ningún motivo personal para ejercer de presuntuoso, siempre podrá recurrir a alguna gloria colectiva. Sus antepasados fueron marqueses, o nació en el mismo pueblo que un famoso futbolista, o pertenece a una Orden religiosa de estricta observancia, o es pariente lejano de alguien que estuvo a punto de ganar un premio literario.   
La vanidad es una enfermedad para la cual no se ha encontrado vacuna todavía. Es vanidoso el futbolista que al meter un gol se golpea el pecho cual renacido Tarzán, indicando con tales aspavientos que nadie puede comparársele. Peca de vanidad el predicador que fustiga tal vicio, pues que también ensaya el gesto y engola la voz en el momento culminante del discurso. No es inmune a la vanidad el humorista que se dispone a dibujar una viñeta. Su mente ya adelanta los parabienes que recibirá por tan feliz ocurrencia. Y quien esto escribe no quiere eximirse de pagar el tributo que corresponda.
De todos modos hay grados que marcan diferencias entre los diversos tipos de presunción. No es lo mismo vanagloriarse de dar un millón de Euros a una Fundación benéfica que engreírse sobre la pasarela exhibiendo unas formidables delanteras. No es lo mismo, presumir de saber tocar las maracas que de poseer el saber de un gran director de orquesta. Si, como se ha dicho, los vicios y las virtudes son simétricos, entonces ufanarse de saber silbar con clase adquiere idéntica importancia -en el plano de la moral- a la de humillarse por carecer de tal habilidad.
Individuos enrevesados y retorcidos
En el asunto de la vanidad y su antónima la humildad se ocasionan embrollos mayúsculos. Hay quien confiesa ser el mayor pecador del mundo. La película sobre Sor Juana Inés, por ejemplo, se titula: Yo, la peor de todas. ¡Qué arrogancia! Tal vez suceda que quien se confiesa el mayor  pecador del mundo apunta a los réditos que le producirá tal declaración: así aumentará su fama de individuo humilde. A veces el desmadre se refleja en frases espontáneas como la de aquel que dijo: ¡a mí a humilde no me gana nadie!
El Sr. Obispo ruega por su persona en un momento dado de la Eucaristía confesándose indigno siervo. Debe tratarse de un cálculo inexacto, pues que este mismo Sr. Obispo monta en cólera descomunal cuando un párroco de su Diócesis le arroja a la cara su indignidad. ¿Y qué me dicen de quien se muestra humilde para que un día, aunque difunto, pueda recibir los elogios de los fieles cristianos gracias a sus virtudes heroicas?
Los hay, retorcidos ellos, que son vanidosos por defecto. No están donde debieran para que así surja la conversación mentando su ausencia. El día de su cumpleaños desaparecen y cuando hay una convocatoria importante en la que nadie puede faltar, ellos no se dan por enterados. Usan su ausencia como recurso para hacerse presentes. Ya que no levantarían ningún comentario de cuerpo presente, lo provocan de cuerpo ausente. Una estrategia retorcida que les permite presumir de humildad al mismo tiempo que mendigan reconocimiento. 
Puestos a embrollar las cosas, respondan a este interrogante: ¿Es más humilde quien vive en el anonimato, pasando desapercibido y en la penumbra o quien se finge orgulloso a fin de que le critiquen y así vivir realmente la humildad? ¡Buen rompecabezas! 
La vanidad constituye una mina de materia prima inacabable para elaborar refranes mil y abundar en frases irónicas. A alguien se le ha ocurrido que resultaría un negocio fabuloso si fuera factible hacer con las personas lo que hacen ciertos comerciantes avispados con algunos artículos de consumo. ¿Qué les parece si pudiera comprarse a un individuo por lo que vale de verdad y venderlo luego por lo que él imagina que vale?
Me parece muy sagaz la ocurrencia de Gustave Droz: el vanidoso es como un gallo imaginando que el sol sale para oírlo cantar. Y para quienes no cumplen lo que ya Jesucristo predicó acerca de que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, formula J. Chardonne: el pobre a quien damos limosna debería muchas veces darle las gracias a los que nos están mirando.

martes, 8 de febrero de 2011

Ministerios para el pueblo fiel

En mis años de profesor de teología -y fueron más de 30- leí a muchos autores. Tres nombres  sobresalen por encima de los demás: González Faus, José M. Castillo y Hans Küng. Otros muchos, sin embargo, me aportaron ideas y me aguijonearon en el camino: Josep Vives, K. Rahner,  L. Boff…
Gracias a la era digital me he topado, sin esperarlo, con el blog de González Faus y Castillo. Resulta tonificante constatar cómo trasladan en unos pocos párrafos la quintaesencia de sus gruesos libros. Prescinden, claro está, del aparato bibliográfico y de elementos secundarios para hacer frente a lo que resulta nuclear. Ahorran largos rodeos por los fiordos de la teología a los que tan aficionados son algunos autores. Evitan conceptos complejos y vocablos excesivamente técnicos. Cumplen a la perfección la máxima de Ortega y Gasset : la claridad es la cortesía del filósofo.
El tema de los ministerios
Uno de los temas recurrentes de José M. Castillo es el de los ministerios. En una época en que las vocaciones para los mismos escasean de modo alarmante, algunas de sus ideas cobran una notoria actualidad. La vocación presbiteral goza de exiguos pretendientes, aun cuando los miembros de este colectivo son de los pocos a los que no concierne el problema del paro.
En Estados Unidos y en Europa las vocaciones siguen menguando. Iglesias convertidas en museos, horarios de misas que se encogen, sacerdotes que atienden a varias parroquias… Por si fuera poco, los presbíteros han alcanzado una edad media preocupante. Lo cual conlleva impedimentos varios a la hora de movilizarse, como también a la hora de comunicarse con los más jóvenes. Y es que las ideas no raramente corren a la par con la edad biológica o, en todo caso, se expresan con palabras y acentos diversos según los años acumulados. Es sabido, además, que la persona con muchos lustros a cuestas tiende a hacerse invisible para el joven.  
Las ideas del viejo teólogo que es José M. Castillo gozan de un armazón consistente. Los argumentos bíblicos, teológicos, especulativos e históricos se dan cita para sostener su construcción.
A propósito de los ministerios apela al Vaticano II: todos los fieles cristianos tienen el derecho de recibir de los sagrados pastores, de entre los bienes espirituales de la Iglesia, ante todo, los auxilios de la palabra de Dios y de los sacramentos. (LG 37, 1). Pues se da el caso de que este derecho se quebranta una y otra vez. A lo largo de la geografía de América Latina y de África numerosos núcleos de población no pueden celebrar la Eucaristía. Echan de menos un sacerdote para ungir a los enfermos, para explicar el Evangelio, para organizar la ayuda a los necesitados.
Se pregunta entonces Castillo si la jerarquía eclesiástica no debería atender a este derecho, mucho antes que imponer condiciones no esenciales para ejercer el ministerio sacerdotal. El derecho es inherente a la condición misma de cristiano. Frustrarlo implica una enorme responsabilidad. En cambio son mudables y secundarias las condiciones para acceder al sacerdocio en comparación con el derecho aludido. ¿Se trata de un abuso de poder o de una persistente miopía?
No, no es que aligerando los años de estudio y dispensando el celibato los jóvenes acudan en tropel a recibir la unción del sacerdocio. Pero seguramente a alguno de ellos se le facilitaría el camino.   
De antemano escucho una respuesta que hace las veces de objeción: cuando los jóvenes no responden a la llamada, nada puede hacer el Papa ni los obispos. Tal respuesta no pasa de ser una escapatoria que rehúye enfrentar el asunto porque la jerarquía eclesial tiene la capacidad de modificar las circunstancias y condiciones de acceso al sacerdocio.
Los peligros de “la llamada de Dios”
También urge pasar de la idea de llamada de Dios a la de llamada de la comunidad. Durante más de mil años la Iglesia desconfió en principio de quienes alegaban tener una llamada de Dios para el ministerio. Prefería elegir para el mismo a quienes se resistían a ser ordenados. Los fieles cristianos de la comunidad eran quienes discernían y elegían a las personas adecuadas para ejercer el ministerio y presidir la comunidad. Sobre este punto existe una prolija documentación.
Posteriormente, sin embargo, se olvidó la llamada de la comunidad y se puso todo el acento en la llamada de Dios. Una llamada que puede ser ilusoria o interesada dado que el ser humano se desliza por recovecos y complejidades y su inconsciente muy laborioso.
El hecho es que la idea acerca del sacerdocio cambió en el segundo milenio. Mientras que en el primero constituía una responsabilidad y una pesada carga ser presbítero u obispo, en el segundo se infiltró la sutil tentación de buscar un beneficio a través de la ordenación. Tanto más cuanto más favorable a la clerecía resultaba el ambiente social. Todavía en el presente es innegable que en ocasiones algún candidato recurre a la ordenación con la aviesa intención de hacer carrera.  
La comunidad -los vecinos, la parroquia- conocen mejor que nadie las necesidades que tienen y reconocen a quien de entre ellos reúne las condiciones exigidas para servirla. El modelo de organización de la Iglesia ha variado. Y según numerosos teólogos, no precisamente para bien, ni atendiendo a los mejores argumentos de la Tradición. 
Por otra parte, parece lógico pensar que quien ha sido elegido de entre la comunidad se mostrará cercano a sus miembros y no cobijará ideas extravagantes sobre el ministerio. Las posibilidades de que ejerza su tarea en un clima afable y altruista serán numéricamente mayores que las de que se convierta en un individuo excéntrico, con raras obsesiones o afectado por alguna psicopatía. 
¿Por qué pues rechazar un modo de actuar arraigado ya en la Iglesia del primer milenio y que ofrece tan numerosas ventajas? Pues los elegidos de este modo no deberían necesariamente pasar años y más años en un Centro de Estudios eclesiásticos ni ser obligados al celibato. Tal vez haya que buscar la causa de la negativa en que no se otorga confianza al candidato que no ha pasado largos años en el Seminario. O haya que buscarla en el recelo que levanta un hombre casado y con menos dependencias económicas de la Institución. Por no hablar ya de los temores respecto de la mujer.
¿Por qué albergar tantos miedos? En todo caso debiera preocupar más el derecho quebrantado de los cristianos sin Eucaristía. Y el desprestigio de la Iglesia que progresivamente va saboreando más y más una penosa y dolorosa soledad.
Postscriptum:
a) hace pocos días ha saltado a la prensa una carta que yacía en un oscuro archivo. Testifica que en el año 1970 varios teólogos alemanes de peso, entre ellos J. Ratzinger, actual Papa, propugnaron un cambio en la norma del celibato. El profesor Ratzinger contaba 42 años. Tendrá sus explicaciones, pero no deja de sorprender cómo los cargos redondean y domestican las aristas de las ideas.  
b) ayer mismo otra noticia relacionada con el tema: 144 teólogos de habla alemana firmaron un manifiesto en el que se muestran partidarios de importantes reformas en la Iglesia. Entre las cuales la supresión del celibato, la ordenación de la mujer y la elección de obispos y párrocos por el pueblo fiel. Se trata de una noticia de envergadura. ¿Serán escuchados?

viernes, 28 de enero de 2011

Un film religioso en tiempos de secularización


Nada que ver con un film de suspense, ni con trepidantes carreras de coches, ni con el mundo inquieto de las hormonas adolescentes. Seguro que no provocará largas colas en la taquilla. Se trata de una película reposada, de talante intimista, en cierto modo un documental. Logra fotografiar los sentimientos profundos de unos hombres atrapados entre el afecto a unas gentes amistosas a las que ayudan y las amenazas de muerte que respiran unos terroristas islamitas. Deciden ser fieles a las personas que les rodean, lo cual equivale a mantenerse fieles al Dios a quien han entregado su vida.
La película ha sido premiada en el famoso festival de Cannes y muy bien tratada por la crítica. Ello no deja de sorprender cuando el clima social -y más el ambiente que rodea al mundo del cine- prefiere el glamour a la profundidad, el esparcimiento al compromiso y la apariencia a la sencillez. Sorprende un tal éxito cuando los interiores apenas se vislumbran en la penumbra y el canto gregoriano hace las veces de un leit motiv.
Por otra parte, nada hay de deslumbrante en los protagonistas. Se trata de hombres maduros, algunos de edad provecta. Sólo la densidad de los sentimientos y de las convicciones logran captar  la atención del espectador. Al cual quizás una lágrima furtiva le escapa en la butaca.
Sucesos y protagonistas
De dioses y hombres, que así se llama la obra que nos ocupa, reproduce los meses previos al secuestro y asesinato de siete monjes cistercienses. Un lamentabilísimo suceso perpetrado por integristas islamitas en Argelia el año 1966.
Los monjes ayudaban con la mayor delicadeza a los sencillos pobladores que habitan en los alrededores. Escuchan las confidencias de una joven, curan a los enfermos que acuden a la consulta. La fe musulmana de la gente sencilla no representa para ellos motivo alguno de ojeriza. Incluso integran en el saludo las expresiones típicas de la fe ajena.  
De pronto irrumpen en la sociedad individuos fundamentalistas armados hasta los dientes, toscos, con vocación asesina. Los atentados y homicidios cada vez rondan más cerca del monasterio. Los políticos les recomiendan el regreso a Francia. Entre ellos mismos surgen miedos y vacilaciones. ¿Tendrá alguna utilidad morir en aquellos parajes anónimos? Ellos quisieron ser monjes, pero no entraba en sus planes padecer el martirio.
Ahí es donde el Director desciende hasta las últimas profundidades del ser humano y explora los matizados sentimientos de fortaleza, duda y temor que respiran los monjes. El espectador se halla frente a una gran densidad de emociones. Desfilan ante sus ojos la vida y las dudas de unos seres humanos en el momento de encarar la muerte violenta. Cuando las caretas dejan de tener utilidad alguna.
Monjes sin pretensiones de héroes, de una convivencia modélica, de una fe consolidada a base de oración, trabajo y liturgia. Unos son débiles, aunque logran superar sus dudas. Otros hacen gala de un sentido común sin fisuras y hay quien confía, sin más complicaciones, en el Dios de Jesús. 
Hay escenas dignas de una obra maestra. Sobresale la del brindis con vino cuando la intuición de que los van a asesinar deambula entre ellos. Desfilan los rostros sonrientes ante la cámara, pero los rasgos físicos no son sino una excusa para fotografiar el gozo, la serenidad y la fe profunda que anidan en sus almas. El Lago de los cisnes suena como música de fondo. La agilidad y la belleza de la música se acoplan bien con la conmoción profunda de los protagonistas. 
Gran valor emotivo contienen las imágenes finales cuando la voz en off de los monjes se sobrepone a las cruces erguidas sobre la campiña nevada. En otra escena, con la respiración contenida, se visualiza la niebla y la blancura del paisaje que pisan los monjes caminando en fila hacia el lugar de la ejecución.     
La moral de un film no moralista
El film no parece tener intención moralista, aun cuando numerosas enseñanzas morales se desprenden de él. Por ejemplo:
  • Cuando se dan cita sentimientos y emociones de una enorme densidad, siempre habrá quien sienta remover sus entresijos, independientemente de sus creencias. A la postre la secularización, que arrasa con tantos hábitos y principios, no consigue corroer lo que de más auténtico cobija el corazón humano.   
  • No hay en el film hechos extraordinarios si por ello se entiende milagros o gestas brillantes. Pero, bajo el manto de la sencillez y la austeridad, ocurre el milagro de que los débiles se contagian de la firmeza de los fuertes. Y acontece la maravilla de que los primeros acaban superando el miedo y la duda.
  • No es admisible escuchar, sin mayores distingos, que la fe ocasiona divisiones y guerras. Las ha ocasionado y quizás siga provocándolas. Pero tales hechos son subproductos de la fe. Resultaría intolerable afirmar que el amor es causa de crímenes pasionales, infidelidades, suicidios… por lo cual hay que condenarlo y eliminarlo de raíz. Estas consecuencias son subproductos del amor. Aplíquese el tema a la religión, o más bien a la fe.  
  • Existen musulmanes desubicados, integristas y violentos. Junto a esta evidencia es preciso no pasarpor alto que existen musulmanes sencillos, amistosos y pacíficos. Absténganse de juicios globales que condenan sin distinción.

    martes, 18 de enero de 2011

    Dios, un invento de los curas

    Es sabido que en la época de internet, los blogs y los diarios digitales emiten información a ritmo incansable. Los cerebros de los internautas la reciben como terreno mojado sobre el que llueve con persistencia. Tan es así que, en un principio, el lector apenas reacciona a los estímulos. Luego, al paso del tiempo regurgita, por así decir, algunos párrafos o ideas sorbidos previamente en la pantalla. Pero ya la web regresó al ciberespacio y la memoria le perdió el rastro a la dirección.
    Exactamente eso es lo que le pasó a quien escribe estas líneas. Ignora quien firmaba la información ni en qué página se alojaba. Mientras leía el artículo de marras no se inmutó ni conmovió, pero al cabo de poco tiempo le golpearon por dentro los datos de una encuesta.
    Garrafal incultura
    No era para menos. Resulta que un tercio de la juventud actual en España piensa que Dios es un invento de la Iglesia y/o de los curas. Con lo cual uno se queda de piedra. Porque si no se pone en duda la sinceridad de los jóvenes, la cual enarbolan como una de sus máximas virtudes, hay que abominar de su nivel cultural.
    El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob del que habla la Biblia, y que tanto impactó a Pascal, es un invento de los curas. ¡Casi dos milenios antes de que los curas existiesen! Así lo cree un numerosísimo colectivo de jóvenes. El Dios de los musulmanes -espero que mi cuello se mantenga a buen recaudo- es un invento de la Iglesia católica. Y otro tanto el Dios del hinduismo (con una tradición de 5.000 años) y del sintoísmo. Y el de las religiones más primitivas como el animismo. Todos los dioses retoñan gracias a las artimañas tramadas por los curas. Seguramente para sacarle dinero al personal.
    La incultura avanza a pasos agigantados. La efervescencia de millones y millones de seres humanos que en la antigüedad y en el presente cobijan la inquietud del infinito y creen que el origen de cuanto existe tiene a Dios por Hacedor, han caído de bruces en la treta que prepararon los curas.
    Lamentabilísima la ignorancia y la tosquedad, por no apelar a la barbarie, de ese tercio de jóvenes españoles que atribuye a la Iglesia el invento -el artificio, el engaño- de la existencia de Dios. El Ministerio de Educación debería aplicar el estado de alarma o emergencia porque la cuestión deja de ser un asunto de creencias para convertirse en tema de elementalísima cultura. Materia de enciclopedias y bibliotecas.
    ¿Increencia o estulticia?
    La noticia me genera una duda y una inquietud. Este tanto por ciento ¿hay que clasificarlo como increyentes o como meros incultos? ¿O como incultos increyentes? ¿O como increyentes incultos? ¿O las dos cosas a la vez? Pues el despropósito no se confunde con la falta de fe. Ni la estulticia se equipara a la increencia.
    Quizás no haya que escribir hoy día un libro como el que se publicó años atrás titulado “España, país de misión”. Habrá que escribir otro cuyo título aluda a la incultura. De todos modos, es cierto que se abre un dilatadísimo campo para la misión. La evangelización tiene ante sí un vasto campo de trabajo. Porque estos mismos jóvenes, además de declararse agnósticos o ateos, consideran que la religión es un asunto sin la menor importancia, superstición de tiempos periclitados, tema superado por la ciencia.
    Con tales precedentes es más que comprensible que la Iglesia-Institución sea escasamente valorada. Tanto o menos que el estamento político, que ya es decir. A partir de ahí, lo de asistir a misa los domingos les suena ya a chino -y perdonen los tales- a muchos de estos jóvenes.
    Por supuesto, no están exentos de culpa en este terreno quienes viven una fe rutinaria y acartonada. Ni buena parte de la jerarquía que se muestra agresiva contra quien no comulga con sus ideas. Agresiva, reacia al diálogo y añorando los viejos tiempos en que desplegaba su autoridad sin trabas. No digiere que el Estado se declare aconfesional. Si bien es verdad que algunos medios de comunicación se ensañan con los defectos de la Iglesia y los magnifican. 
    Ahora bien, una cosa es señalar los defectos, los malos ejemplos de la Iglesia y otra declarar sin más que Dios es un invento de los curas. Que no todo cabe en el mismo saco. Lo dicho: la incultura campa por sus fueros. El tema religioso en el caso que nos ocupa no es, pues, asunto de increencia, sino de estulticia en primer lugar.

    sábado, 8 de enero de 2011

    Atrás quedaron las fiestas

    Algún mecanismo ancestral lleva al ser humano a sentirse incómodo cuando nada, por un momento, en el lago del bienestar y la ventura. Dicen que la fe cristiana tiene que ver con el asunto. No es el momento de dilucidarlo. Luego está la educación progresista de la que se empaparon muchos de quienes allá por los años 60 lucían una poderosa mata de pelo y las arrugas todavía no habían surcado sus rostros.  
    La educación progresista y otros ataques que apuntan al mismo flanco dicen detestar el consumismo indecente, el derroche obsceno de una sociedad que exhibe su opulencia frente a los harapos de los pobres. Y lamenta numerosas noticias sangrantes: largas filas de exiliados huyendo de la guerra, colectivos perseguidos por su fe o por su ideología, seres humanos ajusticiados y apedreados por motivos desproporcionados… 
    Con todo lo cual se opaca la felicidad que uno desearía gozar en las fiestas de Navidad y año nuevo. No faltará quien argumente que son de mal gusto. Que resulta incluso antiestético sentarse a la mesa frente a un plato desbordante de marisco o regalar juguetes innecesarios y excesivos a los pequeños.  
    Tal vez sea éste el motivo por el se escucha la exclamación: ¡Qué ganas tengo de que pase la Navidad! Quien así dice encuentra estos días melancólicos, llenos de una indefinida incomodidad. Le agobian las músicas blandas de los villancicos y los lazos de colores que exhiben los paquetes.  
    No vamos a negarles su parte de razón. Y de ahí que en esta época a más de uno se le suba el rubor a las mejillas y opine que la Navidad sirve para desgranar las vergüenzas del mundo rico. Aparte de que tanto lacito de colores tiene mucho de cursi, como el gorrito de Papá Noel que estos días se multiplica por tiendas y almacenes. Como los angelitos vaporosos que de pronto conquistan el medio. Como los versos de los niños subidos a la silla, y algunas veladas que exigen cumplir el expediente.
    Una porción de falsa progresía
    Pero también existe una porción de falsa progresía en tales sentimientos y percepciones. Quien no recuerda el hambre de los pobres a lo largo del año de pronto tuerce el ademán y desembucha todas las protestas. En los días navideños, sí, a fin de que al prójimo se le atraganten las angulas o se le indigeste el turrón.
    No es de recibo la falsa y rancia moralina de fraternidad universal por un día, ni las sonrisas acarameladas que, al poco tiempo, se transformarán en muecas. Pero existe una pseudo-progresía -no lo duden, las evidencias son claras- que necesita manifestarse caminando con las manos en los bolsillos y maldiciendo de todo.
    Los autodenominados progresistas andan convencidos de que otorga categoría exhibir un talante de indiferencia ante las navidades, al tiempo que echan pestes contra los villancicos. Consideran forzoso abominar del folklore que encierra el pesebre y del menú típico de la época.
    Cierto que el mundo anda un tanto a la deriva y necesita una fuerte dosis de solidaridad. Pero tampoco podemos cargar con el sufrimiento del planeta sobre las espaldas. También el gozo, la alegría y la ilusión forman parte del patrimonio humano del que no cabe prescindir. Y la Navidad es una buena época para sentirse bien.
    Sí, para sentirse bien, aunque sea por motivos nimios: por la mesa engalanada, por el plato típico cuyo olor se expande por todas las estancias, por el protagonismo de los pequeños que en estos días todavía sube más grados, por las visitas que un día al año asoman la nariz y atraviesan la puerta de la casa.
    La verdad sea dicha: hasta los laicistas más recalcitrantes se sorprenden a sí mismos cantando villancicos. Y cierran un ojo ante la enorme contradicción de montar un pesebre cuando ellos dicen estar a kilómetros luz de las ideas y sentimientos religiosos. Lo dicen a voz en grito, tal vez para que el interlocutor no oiga el ronroneo de una vocecita interior disconforme con las contundentes y retumbantes declaraciones.
    Quizás sea verdad
    Quizás sea verdad. La Navidad podría ser una trampa, las lucecitas de la calle, una mentira. Las sonrisas, maquillaje de un día. Terminadas las fiestas se regresa a las cosas importantes: el precio de la gasolina, el alza de la factura energética. Escuchamos acerca de las ganancias de los bancos, no obstante la crisis y las subvenciones recibidas y sabemos de las nuevas medidas -contradictorias, vacilantes, inútiles- que ha tomado el gobierno.
    Puede que sea verdad, seguramente lo es. Pero en este planeta azul que nos cobija se hace necesario romper el ritmo cansino de cada día con la fiesta. El ambiente entrañable de la Navidad es un buen momento para quebrarlo.
    Y tampoco vale generalizar: hay un tanto por ciento de ciudadanos que celebra con gozo auténtico el nacimiento de Jesús de Nazaret. El niño que ha desvelado las mayores esperanzas de la humanidad. El niño que dividió la historia entre el antes y el después. La Palabra que nos indica el Camino, la Verdad y la Vida.
    Navidad, en efecto, no se agota en las anécdotas del pesebre, en las lucecitas que guiñan el ojo desde los escaparates, ni en la mesa desbordante. Es mucho más categoría, que anécdota. Es más misterio que folklore. Es la mejor noticia que la humanidad haya recibido.

    miércoles, 29 de diciembre de 2010

    Vicios y virtudes del tiempo

    (A propósito de un nuevo año)

    El relevo del año suele acontecer entre alboroto, uvas y bailes.  La polvareda que levanta el nuevo año es tan considerable que requiere de un tiempo no irrelevante antes de posarse. Sin embargo, no hay que fiarse de las apariencias. La venida del año nuevo en medio de la noche no raramente provoca la nostalgia, marca un hito en el desvanecimiento de viejas utopías y hunde un poco más en el escepticismo o la amargura. 

    El tiempo y sus virtudes 
    En el ambiente de relevo se hacen más densos los pensamientos acerca del enigma o misterio que es el tiempo. De pronto uno se sorprende a sí mismo, absorto en la mesa de su escritorio o tumbado boca arriba, especulando sobre las peculiares, juguetonas y trágicas virtudes del tiempo. Que consisten, por ejemplo, en pintar canas a los adultos, ponerle pátina a las pinturas y cincelar arrugas en el rostro de los seres queridos. 

    La situación resulta, pues, propicia para especular acerca de las funestas consecuencias que el tiempo encierra como en una semilla. O sobre el futuro desarrollo de sus promesas. Porque todo hay que decirlo: la continuada sucesión de los instantes no sólo se dedica a envejecer al personal, a oxidar las ilusiones y a apremiar a los deudores. También gusta de convertir a los pequeños en hombres hechos y derechos. Hace sabios a los ignorantes. Lleva a buen puerto ilusiones que culminan en el beso nupcial o en el birrete de graduación.

    No está fuera de lugar la metáfora de considerar al nuevo año como un rollizo recién nacido. Que, por cierto, va a tener una vida breve: sólo trescientos sesenta y cinco días. Luego irá a parar al cementerio de años que debe existir en alguna parte. Nueva reflexión para abundar en el pensamiento de la caducidad inherente a cosas y personas. El hecho es que, cuando el pequeño hace su aparición, se estimulan los anhelos y las esperanzas de los seres humanos. Además, suele ser recibido con una calurosa y alborotada bienvenida.

    ¿Esperar o desesperar?
    Hay quienes viven el transcurrir del tiempo con mal disimulada angustia. Como un patrimonio que se les va esfumando entre las manos con más prisa de la que desearan. Para ellos no sirve la acotación de que lo mismo puede decirse que tienen un año más que un año menos. Decididamente, experimentan de modo negativo lo que califican como  agresión de las horas y los días. Tienen un año menos y déjense los filósofos o los bromistas de aplicar paños calientes al cáncer del tiempo que engulle con voracidad cuanto halla a su paso. 

    Sin embargo, también los hay que cargan con garbo los años sobre sus espaldas. Y no sólo porque su físico se mueve con agilidad, sino por cuanto intuyen que el tiempo les acerca a la meta y ésta les habla de plenitud. Al menos, desde la fe cristiana. Los brazos de Dios Padre esperan al caminante. Cuando llegue a término, con los pies doloridos y el alma vacilante, el Creador recogerá y revitalizará todas las sonrisas que esbozó a lo largo del camino. Ninguna de ellas se perderá.

    ¿Y el increyente? Difícil tarea la de darle consejos en este terreno. El tiempo acaba ganando todas las batallas y oxidando todas las esperanzas. Sólo cabe esperar la victoria llevando al contendiente al terreno que le resulta ajeno: la otra dimensión, la eternidad. 

    Mientras tanto, pienso que lo mismo quien cultiva la fe como el que duda o la niega, debe sentirse obligado a vivir el tiempo con una mentalidad avara. En este caso, una sana y permitida avaricia. Es lastimoso comprobar los desperdicios que se hacen con las horas, los días y las semanas. Los crucigramas que ni siquiera se terminan engullen los instantes como un pozo sin fondo. Los capítulos interminables de las telenovelas sumen al individuo en el letargo. Las conversaciones estúpidas y sin sentido carcomen los minutos uno tras otro... 

    Se pueden hacer multitud de cosas en la vida. Cabe revivir a Mozart escuchando su música y sumergirse gozosamente en el mundo ingrávido y sutil de la armonía total. Podemos penetrar en el alma de cualquier personaje viviente en el mundo de la literatura con solo abrir un libro... ¡Tantas cosas! Contando solo los momentos que deja libres el trabajo y la profesión.

    Los primeros días del año punzan los sentimientos con más fuerza y precisión que el resto. A veces clavan espinas dolorosas obligando a revivir tragedias sucedidas a lo largo del año que se fue. Pero también abren a la esperanza. Muchos seres humanos ponen en pie sus expectativas. Puede suceder cualquier cosa. Como la vida de un recién nacido convoca todas las esperanzas y suscita innumerables ilusiones, así el año nuevo para quien no ha arrojado la toalla de la vida.

    Un último párrafo para los ruegos de rigor. No obstante, y a pesar de todo, el año nuevo acarrea una buena dosis de esperanza en sus espaldas. ¿Por qué conformarse con que los próximos 365 días traigan cosas menos malas? ¡No, que las traigan buenas! No parece un refrán afortunado aquel que canta: "cualquier tiempo pasado fue mejor". ¿Acaso al hombre maduro o al anciano sólo les cabe hablar de "sus tiempos"...? Mientras se vive, uno tiene todo el derecho de llamar "mis tiempos" a los que discurren frente a él.

    domingo, 19 de diciembre de 2010

    La estadía en Rwanda toca a su fin


    Llevamos ya dos semanas en Rwanda, este minúsculo país perdido en la geografía de África. Ha habido diversas oportunidades de entrar en contacto con los nativos. Un contacto muy limitado porque la mayoría de la población no sabe más que el kinyarwanda, el idioma que ciertamente nosotros no hablamos. Mejor dicho, algunos compañeros que habían desarrollado su labor en el país por unos años sí que todavía lo recuerdan. 
    Cuando encontramos a alguien por los corredores de los edificios nos despachamos con un Muraho y una sonrisa. Y la gente se encuentra con solo salir de la habitación. Caso de traspasar la puerta del recinto de la misión, le rodean a uno decenas de niños a poco que estire los músculos faciales a modo de sonrisa. Niños con sus vestidos hechos jirones y pegados al cuerpo desde muchos días atrás, de tallas inapropiadas. Dan la mano una y otra vez.
    Los pequeños nos miran como nosotros miramos a las jirafas el día que nos trasladamos a la reserva de animales. Somos individuos exóticos, extrañamente blanqueados. Somos muzungu: blancos con dinero y de hábitos extraños. Los niños dan la mano una y otra vez. Sus ojazos hablan por sí solos. Se diría que esconden un trasfondo de indefinida melancolía.
    Los kilómetros hechos en la camioneta nos dan una idea del paisaje y del modus vivendi de la población. Las casas, sencillísimas, pero ya con techo de zinc. Sus moradores deben trasladarse lejos para buscar el agua, tarea confiada a los niños. Entre casa y casa suele haber un trozo de terreno que sirve para subsistir. Plátanos, habichuelas, sorgo y algún otro vegetal. Pero no todo el mundo lo tiene.
    Sólo algunos privilegiados de la calle principal disponen de luz eléctrica. La gente camina y camina por los senderos. Trasladan víveres, visitan amigos. Pasan las horas fuera de la casa cuya utilidad principal y casi única es la de cobijar el sueño. De ahí que el paso de la camioneta les resultara todo un acontecimiento y convocara a pequeños grupos que asomaban la nariz al pasar. Más aún cuando en la parte posterior viajaban blancos de pie.  Porque las personas de este color los ven normalmente montados en poderosos y elegantes vehículos.
    Pocos son los que piden dinero. Una primera impresión es que tienen un talante tímido y pacífico. Cuesta entender que las mismas personas hayan protagonizado la masacre de 1994 y que sigan produciéndose situaciones de enorme violencia. 
    Por entre la vegetación asoma la cabeza alguna antena de TV atada a un largo palo y perdida entre platanares. Unas pocas instituciones disponen de una antena parabólica. Así la misión. Por cierto vimos la victoria del Barcelona por cinco a cero uno de los domingos. Las emisoras de radio no se escuchan bien desde Kiziguro, algo mejor en Butare. Se entremezclan lenguas y canciones del país y de afuera.
    En la capital Kigali empiezan a surgir algunos edificios destacados. Llama la atención la limpieza de las calles. Hasta vimos mujeres barriendo la carretera. Todo ello a golpe de decreto presidencial: ensuciar la calle, permitirse aliviar la vejiga o escupir en vías públicas reportan severos castigos, lo mismo que caminar descalzos. Un gobierno que no se aviene a medias tintas en este ni en otros muchos puntos.
    En un desplazamiento vimos individuos vestidos de rosa en una camioneta. En otro fuimos testigos de un juicio popular. Una multitud reunida confrontaba o acusaba a los presos de nuevo ataviados con paños color de rosa. La sentencia puede costarles la vida. Cuentan que las cárceles son temibles. Por de pronto, si alguien no le lleva la comida al preso, éste muere de inanición.
    Fundaciones y proyectos
    Los colaboradores de Concordia, Fundación que patrocinan los misioneros SS. Corazones, tenían que conversar con los responsables del lugar. Les exhortaban a elaborar proyectos viables, a presentar justificantes. También visitaron los edificios y proyectos en marcha o finalizados. Sacaron fotos a los niños apadrinados y escucharon discursos de agradecimiento. El Sr. Florentino se emocionó cuando un campesino le regaló una gallina para gratificar los esfuerzos de la Fundación.
    La pobreza de los pigmeos, los primeros habitantes del país, impactó particularmente a quienes los visitamos y observamos su modo primitivo de vida. Ni cocinas, ni letrinas, ni una mediana seguridad de que comerán cuando el estómago reclame apaciguar los jugos gástricos.
    Visitamos el centro de salud de Rúkara cuya alma es Teresa Cánaves, religiosa de los SS. Corazones. Un centro modelo, muy bien organizado y limpio. Prueba palpable de que es factible casar la austeridad con un ambiente acogedor. Lleva a cabo una gran labor con los niños desnutridos, las parturientas, las curas de ambulatorio, las 500 personas a las que diariamente entregan retrovirales para que el sida frene su tarea devastadora. La excesiva fertilidad es todo un problema en uno de los países de más densa población del planeta.
    El templo de Rukara mantiene entre sus paredes la memoria de terribles episodios. En el 1994 desbordó la sangre en su interior. Numerosas personas se habían refugiado en su interior tratando de huir de la persecución de otros conciudadanos. No se respetó el lugar. Granadas y machetes acabaron con numerosas vidas. Un misionero compañero estuvo escondido por horas en un platanar para salvar la vida. En la población hay un cementerio al aire libre -como es habitual en la cultura del país- donde oramos un rato frente a la tumba del primer congregante rwandés fallecido en accidente de tráfico: Gérard Karuranga.   
    Punto final
    Hemos seguido teniendo largas sesiones en torno a la mesa con el fin de preparar los encuentros previstos para Julio próximo. No siempre hemos asistido todos los convocados. Quien ha tenido que ir a conversar con los más jóvenes sobre asuntos de importancia, quien  les han dirigido los Ejercicios o les ha dirigido charlas. Imprevistos varios han frenado el trabajo.
    Si la frase no fuera tan contradictoria, cabría decir que los contratiempos e imprevistos forman parte de la agenda diaria. Luego hemos tenido enormes dificultades con las conexiones. Imposible bajar o subir archivos. Con dificultad abríamos una web o mandábamos un correo, lo cual nos inquietaba porque había urgencias de billetes y visados que atender.  
    Estuvimos unos días en la sede del noviciado en Butare. Nos enteramos de su organización y estilo de vida. Nos obsequiaron los protagonistas con unas representaciones de notable calidad. No obstante la falta de medios, salieron al estrado convenientemente ataviados y desenvolviéndose bien en la faceta histriónica.
    No quisimos perdernos una visita guiada al parque Akagera donde divisamos jirafas, antílopes, babuinos, cebras y otros animales y aves pintorescos. En el lago sólo logramos adivinar las narices de unos hipopótamos sumergidos. Las jirafas fueron los animales más visibles obviamente, pero tampoco se escondían demasiado. Y caminaban con una elegancia que no parecía propia de una masa de carne de 1.500 kilos de promedio. Este día las máquinas digitales fueron objeto de una manifiesta explotación.   
    El día anterior a la partida, el sábado 18, hubo la ordenación sacerdotal de Nikuze, un rwandés que acababa de regresar de R. Dominicana donde había realizado los estudios de teología. La ceremonia duró casi tres horas. La comida en si fue muy sencilla, pero la acompañaron bailes, discursos, cantos y poemas, lo cual alargó la fiesta unas cuantas horas.   
    Escribo estas líneas media hora antes de salir hacia el aeropuerto de Kigali. Saldremos con tiempo porque es previsible que los policías nos paren un par de veces. También podríamos pinchar una rueda o sucedernos cualquier otro imprevisto. Aquí hay que prever lo imprevisible. Y encima no es seguro que emprendamos el vuelo a la hora señalada porque hay noticias de dificultades ocasionadas por la nieve en el aeropuerto de Amsterdam. Justamente donde tenemos que conectar con destino Madrid.