El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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jueves, 20 de junio de 2013

Dios versus verano


Acabo de escribir un prólogo que me han solicitado para un trabajo académico. A pocas horas de estrenar verano y con una temperatura que va encaramándose reconozco que no es el mejor momento para transmitir el escrito.
¿Por qué? Porque trata de temática teológica y apunta hacia las cimas del pensamiento. Desentona, pues, del ambiente turístico mallorquín de esta época. El sol, el bochorno y la arena piden a gritos al viandante que se zambulla en la playa, se deje llevar por el vaivén de las olas mientras extravía la vista en las nubes. Acto seguido, a conversar distendidamente con un amigo mientras vacía un jarro de cerveza.
El hecho es que van por muy distinto camino las letras que siguen. Abordan el tema de Dios. Y, sin más preámbulos, reproduzco los párrafos en cuestión.
Una palabra y un concepto vilipendiado
Decía el filósofo judío M. Buber que Dios es la palabra más vilipendiada, manchada y mutilada que la humanidad ha escrito y pronunciado. No le faltaba razón porque se ha llegado a torturar y asesinar en su nombre. Nada extraño, pues, que alguien haya propuesto permanecer unos años sin pronunciarla ni escribirla.
Por otra parte aproximarse al misterio de Dios es exigente. La fenomenología religiosa se acerca a él diciendo que es un "mysterium tremendum et fascinans". Si bien, en el otro extremo, hay quienes banalizan la palabra y el concepto de Dios. Entonces, ¿con qué estado de ánimo abordarlo? Difícil tarea.  
Sin embargo, es legítimo e incluso necesario experimentar a Dios y hablar de Él. Dónde encontrar, si no, el sentido último de la vida y una solución -inicial, al menos- a la multitud de interrogantes que se nos plantan en el camino? ¿Cómo compartir estas inquietudes sin pronunciar su palabra?
Ahora bien, es del todo preciso mantenerse en un difícil equilibrio. Hablar, sí, pero con mesura. No hay que olvidar que "a Dios nadie lo ha visto nunca". Sólo el Hijo nos lo puede revelar y por eso resulta del todo imprescindible abrir la Biblia y escuchar las palabras de quien sabe del asunto. Nada de inventar teorías sin fundamento.
He aquí, pues, algunos de los motivos para hablar de Dios. Aparte de que Él es el eje de toda teología. Si se tambalea la fe en Dios, se desploma igualmente cualquier otra afirmación referida a la fe. Él se encuentra en la intersección de la inmanencia y la trascendencia de la naturaleza humana.
El centro y objetivo final de la teología no puede ser otro que el misterio de Dios, el Padre de Jesucristo, el dador del Espíritu. Es el tema que permanece más allá de las modas y los énfasis. Cualquier otra perspectiva deriva de esta.
Más allá de los ídolos
El misterio de Dios adquiere progresivamente mayor urgencia e importancia. En el primer mundo porque el secularismo y el ateísmo se extienden como mancha de aceite. Secularismo y ateísmo significan el ocaso de Dios. Apremiante batalla a tener en cuenta.
En cuanto al Tercer Mundo, que en muchos lugares se define como cristiano, las minorías luchan con todos los recursos a su alcance para defender sus privilegios y el "status" adquirido. Dicen que Dios está a favor de ellos pues que garantiza el orden y la paz. Urge, pues, hablar de la verdadera imagen de Dios y denunciar los ídolos tratan de solaparlo.
Existe una gran disparidad en la concepción y las prácticas que se pretenden derivar del mismo Dios. Esto es grave. Porque Él no es tan elástico y genérico que soporte cualquier formulación. Debe recobrar su verdadero perfil. De lo contrario seguirá siendo la palabra vilipendiada y manoseada a la que se refería Buber.
Al confrontar la moral, la trascendencia, el ecumenismo, el diálogo religioso, la lucha por la justicia con Dios -que es su motivación y su fuente- queda claro que Él no se halla ajeno al mundo, sino que se compromete con la historia humana y termina convirtiendo la muerte en resurrección, tal como la vivió Jesús, el Hijo.
Es necesario renovar la concepción de Dios. No se la debe confundir con un ídolo, sujeto pasivo, que espera y exige oraciones e incienso. Tampoco es el Ente que sirve para tapar los agujeros que la ciencia no logra explicar.
Dios es un misterio de amor que ha dejado la responsabilidad de la historia en manos humanas y nos guía a través de su Espíritu. Hay que eliminar las imágenes falsas o engañosas de Dios.
La teología nada tiene de opio para adormecer las conciencias de los ricos y alargar la paciencia de los pobres. Más bien es el pensamiento que comparten todos los que -alimentados por la experiencia de Dios- luchan en favor de los excluidos y de las víctimas de nuestro mundo. Si se quiere, los traspasados ​​de la historia.

lunes, 10 de junio de 2013

Bienvenida la crisis

Apenas iniciada la dura crisis que padecemos ya algunos entreveían “brotes verdes”. Pero no, por ninguna parte se apreciaban tales brotes. Se trataba de llenar de palabras los discursos, de dulcificar engañosamente el sufrimiento de quienes la padecían, de alimentar esperanzas vanas. Han ido pasando los años e intermitentemente hay quien divisa brotes verdes o alcanza a ver la lucecita al final del túnel. 
La crisis y quienes la provocan
La crisis ha echado raíces. Será larga, dura y penosa, para qué engañarnos. Seis millones de trabajadores sin trabajo requieren de mucho tiempo para ser absorbidos. Mes tras mes las cifras del paro no mejoran o mejoran levemente para retroceder luego. Por más que se establezcan comparaciones y se rice el rizo sosteniendo que la cosa no va tan mal, el hecho es que las mejoras al cabo son ficticias.
Seguiremos siendo testigos de desahucios, de gente que no llega a fin de mes, de niños llorosos a causa del hambre, de jóvenes a quienes se les diluye la esperanza. Tropezaremos con gente que carga dramas enormes sobre sus hombros. Para algunos las recetas son como sentencias de muerte. Carecen de tarjeta sanitaria y les resulta del todo imposible hacerse con el medicamento. 
Frente a tanto sufrimiento, los ciudadanos se enteran de que hay banqueros que se retiran con los bolsillos repletos de millones. Oyen decir que los asesores, nombrados a dedo, se multiplican. Llegan a sus oídos que las bebidas de alta graduación consumidas por los políticos en el parlamento están subvencionadas con el dinero de todos.
Cada día los periódicos descubren sorprendentes y descarados casos de corrupción. Los telediarios nos asoman a los juzgados día sí y otro también. Las personalidades que debieran vertebrar el país también tienen las manos sucias…
Agobiados por tales escenas y mensajes unos se indignan, otros se desmoralizan. Impotencia, rabia, animosidad, desesperación…  Posturas y sentimientos que crecen al socaire del sufrimiento y la irritación. De seguro que aumentará el delito contra la propiedad privada. Probablemente subirá unos grados el egoísmo del personal. El gran interrogante radica en saber cómo acabará reaccionando el grueso de la sociedad. 
Yo pienso -y sobre todo deseo- que también la solidaridad vaya en aumento. Como sucede cuando acontece un terremoto o una desgracia de gran envergadura, quizás los ciudadanos sientan que las fibras de su alma reaccionan de modo positivo. A lo mejor la crisis rescata la humanidad de muchos ciudadanos, esta virtud que mantenían cubierta de cenizas.
Una pobreza que interpela
Tal vez la pobreza creciente nos interpele de cara a compartir más y mejor. Como en los barrios marginados de los países del Tercer Mundo, es posible que los vecinos se presten los vasos, se regalen una sopa y se reúnan para espantar las penas. En un escenario un tanto idealizado entreveo el despertar de la sensibilidad de la gente. Cuando es preciso dar una mano, el personal no se hade rogar.  
De la enorme crisis que nos cubre con su velo a lo mejor surge una sociedad menos corrupta y más dispuesta a la solidaridad. Unos ciudadanos menos frívolos, menos obsesionados por el consumo y más atentos al rostro sufriente de sus vecinos.
Lo han dicho personajes que merecen todo el crédito. La solución de la crisis la debemos buscar en un estilo de vida austero, menos consumista y más respetuoso con el entorno. Nos equivocaremos si queremos salir de ella a base de violentar todavía más los recursos naturales. No iremos en la dirección correcta si tratamos de escapar de la misma a base de empujones y zancadillas, enzarzados en una loca carrera para conseguir llegar primeros. No, no imitemos a la jauría de perros hambrientos que se pelean encarnizadamente para hacerse con los huesos más apetitosos.    
La crisis puede sacudirnos a fondo y superar nuestra mediocridad. Y, apelando a un estrato más profundo, debiera ayudarnos a salir de la crisis una mirada al evangelio. No podemos compartir la Eucaristía sin hacer otro tanto con el pan de cada día. No es de recibo ignorar a los millones de seres humanos despojados de su dignidad.  
¿Cómo vamos a darnos la paz los que celebramos la Eucaristía, sin tomar en consideración las multitudes a quienes se les ha desposeído de la paz y del pan? ¿Cómo vamos a vivir despreocupados cuando a nuestro alrededor hay muchos hombres y mujeres a quienes se les escapa la esperanza entre los dedos y acaban dimitiendo de la vida? 

Yo no sé dónde ni cómo desembocará la crisis que padecemos. Pero si consiguiera despertarnos de nuestras inercias y hacernos más sensibles hacia quienes sufren, quizás tendríamos que darle la bienvenida. Si nos conduce hacia un estilo de vida más austero y menos depredador, si superamos la frivolidad y el consumismo, bienvenida sea la crisis.  

viernes, 31 de mayo de 2013

Cada uno en su propia lengua


Hoy tengo dos motivos para hablar del lenguaje que normalmente se usa en la Iglesia. Sí, el que emplean los predicadores, los que escriben cartas pastorales o encíclicas, quienes administran sacramentos. El que se usa en la liturgia, la catequesis y la oración.

Vayamos con la primera razón. En un fórum propuesto a los alumnos que estudian teología por internet les preguntaba cuáles eran las dificultades mayores que se interponían entre la Iglesia y los fieles cristianos de a pie.

Yo les insinuaba algunas. La que más resonancia tuvo y a la que prácticamente todos apuntaban con el dedo, diciendo que constituía un impedimento substancial, fue el lenguaje. Algunos de los adjetivos que le dedicaron: obsoleto, anacrónico, aburrido, repetitivo, moralizante, inadaptado a nuestra época…

Cuando las respuestas resultan tan masivas… Cuando el río suena… No se trata de acomodarse o de abaratar el Evangelio, sino de usar un lenguaje significativo para el hombre de hoy. Ello exige renovar en profundidad la teología y la catequesis. A mi parecer la fe ha devenido en exceso cerebral, abstracta, dogmática, con pocas referencias al cuerpo y al corazón.

Después de unos cuatro años estudiando filosofía no es extraño que a algunos presbíteros les dé por hablar un lenguaje cartesiano y otros tomen prestados los raciocinios de la escolástica. A la gente no le resulta fácil entender los contenidos embutidos en tales envoltorios.

Hay palabras en la liturgia y en la predicación que hacen el efecto de un pedrusco caído de un sexto piso. Circulan pensamientos duros de roer. En ocasiones ni siquiera son coherentes por falta de preparación o de digestión. Y si tales productos son pronunciados con voz engolada y ademán postizo, ya dirá el lector...

Decía el famoso especialista en el lenguaje, el sabio Wittgenstein, que todo lo que se puede decir se puede decir con claridad. Aunque muchos eclesiásticos lo disimulen.

Cada uno en su propia lengua

La segunda razón para escribir hoy sobre el lenguaje es que todavía están vivos los ecos de la liturgia de Pentecostés. El día en que todo el mundo escuchó a Pedro en su propia lengua. Más allá de la exégesis que requiera la afirmación, me agrada eso de que cada uno lo entendía en su propia lengua.

Existe el lenguaje del símbolo, de la imagen y del cuerpo. El lenguaje de los hechos, el lenguaje del arte, de la música, de la pintura. Hay muchas maneras de hablar, más allá de los fonemas y palabras.

Se puede hablar a Dios en cualquier lengua, aunque la que uno aprendió pegado al seno materno será siempre la de más dulces resonancias. Debieran saberlo quienes sostienen que la lengua es sólo para entenderse. Es mucho más: un signo de la propia identidad, una prolongación de los sentimientos más íntimos, una afirmación de la tierra que le vio nacer, etc. etc.

Es un tema que me aguijonea porque hay quien desea imponer un idioma extraño al que yo aprendí de niño. ¡Y lo hacen en nombre de la igualdad y del respeto! Como si la propia lengua, por ser minoritaria, no mereciera respeto alguno. Afortunadamente el Nuevo Testamento no es de la misma opinión. Cada uno entendía a Pedro en su propia lengua.

A Dios se le puede hablar en cualquier lengua,  pero la más sonora y auténtica es la que sale del corazón. Ésta es la propia, la que tiene vasos comunicantes con el núcleo personal más auténtico. No hay necesidad de hacer una exhibición felicitando a los fieles de la plaza de S. Pedro en 50 idiomas. Al fin y al cabo el único fruto que producirá será el de provocar cincuenta tandas de aplausos evanescentes como pompas de jabón.

A los pájaros no hay que hablarles de física cuántica porque ellos entienden sólo de trinos y silbos. La nostalgia del latín, el deseo de exhibirse o la rutina del hablar en escolástico no debiera opacar el lenguaje del corazón. A cada objetivo hay que asignar los medios más oportunos.

El don de lenguas, el carisma tan elogiado por algunos grupos de cristianos, tal vez consista hoy día en lograr que cada uno entienda al otro en su propio lenguaje. Las palabras inteligibles pro cualquiera son las que cargan sobre sus lomos el afecto, la ternura, la benevolencia de quien las dice. Y éstas no requieren de grandes explicaciones. Exactamente como sucede con un cuadro de Goya, la arquitectura de la Sagrada Familia de Gaudí, la fontana de Trevi, una película de Charlot, una pieza musical de Mozart.

Hace falta renovar el lenguaje con la fuerza de Pentecostés. Que cada uno entienda en su propia lengua. La lengua que no es, sin más, el embalaje de la idea, sino la idea misma, como sostenía Unamuno.

Y otra cita para finalizar, traducida libremente del catalán. Un párrafo de Joan Maragall en “Elogi de la paraula”: Ante un grano de inspiración sagrada, queremos construir edificios de razón vanidosa, inflando ridículamente los ritmos para llenarlos de palabras que nadan muertas en la superficie de las cosas. Y la gente se cansa de escucharnos hablar vanamente con música inanimada, y nos consideran maniáticos entretenidos, y lo somos. El prurito de una perfección y una grandeza superficiales, ha convertido la palabra en un enjambre vacuo de palabras sin vida.

Joan Maragall no pensaba en el lenguaje litúrgico, catequético ni homilético al escribir tales cosas. Pero ensamblan en el tema como anillo al dedo. De verdad que sí. 

lunes, 20 de mayo de 2013

Celos en tiempos cibernéticos



Existe un vínculo invisible y apenas descriptible que une, acerca, enlaza unas personas con otras en un clima de sinceridad y confianza. Las hace sentir acompañadas, seguras, comprendidas, valoradas. Llamémosle amor, afecto o amistad. Los tales han alcanzado una cierta madurez si logran mantener los vínculos lejos de toda dependencia o insana servidumbre. El riesgo de que los sutiles lazos del afecto se transformen en cadenas nada tiene de ilusorio. Que el amante/amigo trate de subyugar o avasallar al otro es un riesgo muy real.    

El amor, el afecto y la amistad pueden cargarnos sobre su grupa y conducirnos por el camino que desemboca en la felicidad. Pero también pueden entenderse mal y manejarse peor. Entonces nos transportan hasta las puertas del infierno. En tal caso acabaría teniendo razón la famosa y lapidaria sentencia de Sartre: el infierno son los otros.

Riesgos antes desconocidos
¿Varían estas situaciones en tiempos en que los correos electrónicos y las redes sociales parecen invadir todos los espacios? Por de pronto sí es verdad que en los tiempos tecnológicos que atravesamos los afectos se expresan con matices novedosos al viajar por el espacio cibernético y hacen su aparición riesgos anteriormente desconocidos.

El deseo un tanto enfermizo de poseer al otro, absorberlo y controlarlo –a saber, el vicio conocido como “los celos”- convierte el vínculo en grillete. Entonces los ojos dejan de tener la función de proyectar el alma para convertirse en cámaras de vigilancia. La sospecha se cierne sobre cualquier gesto o palabra.

Entonces, en el ámbito de la tecnología de la comunicación, tan presente en la vida cotidiana, las suspicacias buscan maneras de esclarecer la duda. El individuo corroído por la sospecha o afectado por la vana quimera trata de clarificar la situación rastreando las huellas que la maquinaria de los aparatos dejó en sus entrañas.    

No es nueva la afirmación de que vivimos en una sociedad parecida a la que describió la novela de G. Orwell –de título 1984- en la que se detiene describiendo la labor del “Gran Hermano”. En la misma todos los ciudadanos se hallan controlados por multitud de cámaras y micrófonos. Ni siquiera las alcobas de las casas logran escabullirse del ojo del Gran Hermano.

La profecía se ha cumplido con creces. Las calles y los edificios públicos están repletas de cámaras para garantizar nuestra seguridad, según dicen. Potentísimos ordenadores registran todo cuanto hace el ciudadano con el fin -siguen diciendo- de que el acontecer de la sociedad no se vea perturbado. El hecho es que estos datos sirven para intereses políticos más o menos encubiertos y para husmear en las economías ajenas particularmente.  

Los ordenadores de familiares y amigos
El asunto deviene más odioso cuando son los familiares y amigos quienes tratan de espiarle a uno ojeando los correos electrónicos, colándose en el perfil de la red social que maneja o hurgando en los mensajes breves de su móvil. O quizás rebuscando en el historial de internet o en las descargas efectuadas a través del aparato. De todo ello queda huella, de manera que de todo ello hay quien trata de aprovecharse.

La persistente tentación de dominar al otro a fin de garantizarse una compañía o amistad a la propia medida está destinada al fracaso. La única relación válida en el amor y la amistad es la que destila confianza. El control y el chantaje sólo dan pie a que el otro ponga en marcha alguna estrategia de huida o de simulación. El resultado, la mentira, la infelicidad en ambos interlocutores.

Inútil tratar de retener al amigo o al amado/a. Si el afecto de ambos es sincero el otro permanecerá a mi lado. Si alguno de los dos no es auténtico en su amor, entonces, aunque esté ahí, en realidad ya se ha ido. Existe una chocante teoría según la cual los celos serían prueba del amor que late tras ellos. Cabría rebatirla con una frase del ilustre Cervantes: “Si los celos son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el tenerla es señal de tener vida, pero vida enferma y mal dispuesta.”


sábado, 11 de mayo de 2013

Testigos del siglo XX


Con los pies bien adentrados el siglo XXI, se me ocurre hacer un recuento de los testigos cristianos de más peso que se han sucedido a lo largo del siglo XX. En este contexto, y desde la perspectiva humana y religiosa, cabría preguntarse: ¿cuáles han sido algunos de los testigos más cualificados en el transcurso del siglo XX? ¿Quiénes representan mejor los anhelos del siglo terminado?

Ante todo me permito recordar a dos mártires, aunque ninguno de los dos pueda acreditar –desde la oficialidad eclesial- su sacrificio en favor de la fe. No tiene mayor importancia, pues la burocracia está ahí para certificar los hechos y éstos siempre son más elocuentes que los decretos.

Monseñor Oscar Romero. Obispo que fue sensibilizándose en favor de los humildes y explotados a medida que contactaba con sus feligreses. Hacia el final de su evolución espiritual se distinguió por su fervorosa defensa de los pobres, el rechazo de la violencia y el amor a la justicia. Una tal actitud le valió ser acusado de subversivo.

Recibió el Premio Paz en 1980 y ese mismo año fue propuesto para el Premio Nobel de la Paz. Se cumplen 33 años de su asesinato, que padeció mientras celebraba la Eucaristía en la catedral. Ha sido calificado como el mártir más importante del siglo XX. Es ciertamente el salvadoreño más conocido fuera de las fronteras del país. La vieja catedral donde está enterrado su cuerpo ha venido a ser un centro muy notable peregrinaciones.

Con gran desconcierto los fieles cristianos fueron testigos de cómo la beatificación de tan excelso mártir encallaba en las rocas vaticanas a lo largo de muchos años. Con enorme gozo acaban de escuchar ahora de boca del Papa Francisco su deseo de que sea beatificado.

Dietrich Bonhöffer. Teólogo alemán, animador de la llamada "Iglesia confesante". Se opuso al nazismo en nombre del evangelio. Detenido por la Gestapo en 1943, fue ahorcado por los nazis poco antes de la liberación. Su pensamiento y su ejemplo han ejercido poderosa influencia no sólo en la teología, sino también en la vida de los cristianos posteriores. Su propósito como pensador se concretó en el empeño de llevar a Dios y a la Iglesia al ámbito secular.

Ha hecho fortuna la frase de que resume su pensamiento acerca de Jesús y le califica como "el hombre para los demás". Enseñó que se puede ser profundamente cristiano en una sociedad secularizada y que la fe no debe vivirse en la periferia de la vida -en momentos aislados- sino en el centro de la vida, sin solución de continuidad.

Un Papa, Juan XXIII. Contrariamente a lo que algunos piensan, también la jerarquía tiene capacidad para estimular y para desvelar nuevos horizontes. Algunos obispos, presbíteros y papas son capaces de fomentar la unidad sin eliminar las manifestaciones de pluralidad. Juan XXIII no exhortó a superar el miedo, simplemente no lo tuvo. Y de ahí que convocara un Concilio, renovara la Iglesia, abriera puertas y ventanas.

Juan XXIII firmó encíclicas de horizontes humanistas, atentas a los signos de los tiempos. Se preocupó de los obreros, de la paz, de las mujeres discriminadas. Repetidas veces dirigió sus documentos a todos los hombres de buena voluntad. Dijo en una ocasión: "Ahora más que nunca debemos dedicarnos a servir al hombre en cuanto tal y no sólo a los católicos; a defender sobre todo y en todas partes los derechos de la persona humana y no solamente los de la Iglesia católica. No es el evangelio el que cambia: somos nosotros que comenzamos a comprenderlo mejor".

Bernhard Haering.  Religioso redentorista, renovó la moral. La rescató de la casuística, de la periferia, del formalismo y la concentró en su objetivo vital: el amor a Dios y al prójimo. Habló del seguimiento de Cristo y de las bienaventuranzas, personalizó los planteamientos éticos. No declinó proclamar en voz alta sus convicciones, aunque tuviera que pagar por ello un alto precio. Sufrió la marginación y hasta un duro juicio que le hizo sufrir profundamente.

Martín Luther King.  Hizo gala de una enorme valentía y de una encomiable serenidad. Se aprestó a luchar contra la discriminación y la injusticia que sufría su gente. Ofreció la mejilla de la no violencia al agresor racista. Clamó y proclamó la igualdad, levantó su dedo acusador en contra del racismo, tan contrario al evangelio. Hizo crecer la fraternidad y no escatimó esfuerzos para que se entrelazaran las manos de diversos colores.

Teilhard de Chardin. Científico y pensador francés. Jesuita en 1898. Desde la ciencia pasó al campo de la filosofía y la teología ofreciendo los resultados de investigaciones científicas y de intuiciones personales. Se empeñó en superar concepciones del mundo medievales y escolásticas para ofrecer una visión más acorde con la mentalidad contemporánea.

Su perspectiva es de una grandeza y solemnidad poco comunes. Supo aunar - fue su gran objetivo y su última pasión- la fe cristiana con las exigencias científicas. La persona de Jesucristo adquiere un relieve poco común en su pensamiento. Como suele acontecer a las mentalidades abiertas y lanzadas al futuro, tuvo que sufrir incomprensiones a propósito de sus puntos de vista. Gran amante de la naturaleza, apasionado del proceso de evolución.

Edith Stein. Católica convertida del judaísmo. Fue monja carmelita, notable filósofa y escritora espiritual. La Gestapo la arrestó en 1942 y la trasladó al campo de concentración de Auschwitz. Finalmente, ejecutada por los nazis debido a su ascendencia judía. Los supervivientes de este campo de exterminio dan fe de la ayuda prestada por Edith Stein a sus compañeros y vecinos. Murió en una cámara de gas. Fue beatificada por Juan Pablo II en mayo de 1987.

Edith Stein

miércoles, 1 de mayo de 2013

Monseñor Romero, camino de la canonización


Se cumplen 33 años desde que el obispo Oscar Romero muriera asesinado por un balazo en el pecho mientras celebraba la Eucaristía. Días atrás fuentes vaticanas anunciaron que el proceso de beatificación seguirá adelante. El arzobispo italiano Vincenzo Paglia, tras entrevistarse con el Papa Francisco, afirmó que la causa de la beatificación de monseñor Romero había sido desbloqueada. 

Santo por aclamación popular 

La causa se inició en el lejano 1994 y se hallaba estancada por diversos motivos y presiones. Había que hacer un examen doctrinal de sus escritos y homilías, sostenían unos. Otros consideraban que no dejaba de ser peligroso ensalzar a un eclesiástico partidario de la teología de la liberación. Los de más allá temían las reacciones de los verdugos, todavía poderosos. 

Un gran número de cristianos de todo el mundo, y particularmente salvadoreños, sentían vergüenza ajena al saber de canonizaciones de personajes cuya vida levantaba fuertes interrogantes, mientras los expedientes de la causa de Monseñor yacían en el fondo de algún cajón. Ni siquiera la evidencia del martirio lograba allanar el proceso. 

Claro que la canonización popular ocurrió inmediatamente tras su muerte. En un ambiente de mentiras y falacias, de opresiones y crueldades, de egoísmos y ruindad la gente sencilla no tuvo ningún problema para afirmar que Oscar Romero era un santo. 

La doctrina misma de la Iglesia siempre ha sostenido que los fieles gozan de un instinto –sensus fidei, le llaman técnicamente- que discierne con tino entre conductas auténticas y falsas. De ahí que Oscar Romero fuera ascendido al rango de profeta, pastor y mártir por aclamación popular. Tres títulos que constituían el eje de su pasión y su misión. 

Los peligros de la canonización oficial 

Para la gente sencilla y para quienes sienten de verdad la causa de los pobres la canonización oficial no deja de tener sus riesgos. Y es que por el mismo hecho de ensalzarlo se le distancia de los suyos. La subida al altar no debiera neutralizar su figura. El Obispo Casaldáliga -otro personaje con similar ADN- temía este proceso de alejamiento y neutralización hasta el punto de escribir que sería un pecado hacerlo santo. Y yo añadiría, haciendo un juego de palabras demasiado fácil: no hay que hacerlo santo porque ya lo es. 

A Oscar Romero se le conoce y venera como santo a lo largo y ancho de nuestro planeta. Se han publicado y escuchado miles de veces sus homilías. Se conocen sus discursos y diarios. Innumerables son los escritos, las conferencias, las películas, las poesías que ha suscitado. Por cierto, entre los poetas cantores del Arzobispo merece mención de honor el Obispo Casaldáliga. Desde hace años una escultura se yergue en la abadía de Westminster. Como acontecía en los primeros siglos del cristianismo, la canonización oficial certificará simplemente la aclamación y el afecto popular. 

En su día todos los interesados por el tema sabían que Monseñor Romero no era bien visto por la jerarquía eclesiástica en general y en particular por los obispos de su país. El Nuncio tampoco sintonizaba con su actuación. Tanto era así que solamente Monseñor Rivera, su sucesor, asistió a su entierro. 

Ha escrito el teólogo Jon Sobrino, estudioso de su biografía y admirador de su proceder, que en la Congregación de Obispos del Vaticano se planteó destituirlo. De hecho le mandaron tres visitadores apostólicos en poco más de un año. Una tal actuación es una medida extrema a la que sólo se recurre cuando una diócesis padece gravísimos problemas y conflictos. 

Bien es verdad que, una vez la bala de los mercenarios atravesó el pecho de Monseñor, las sospechas menguaron, quizás por un elemental sentido del pudor. Entonces se le juzgó con menos dureza, pero se divulgó la idea de que era un buen hombre que pecó de ingenuo y de personalidad más bien escasa. Era manipulado por otros a fin de nutrir sus intereses sectarios. Y, sin decirlo, apuntaban a los jesuitas que escuchaban con agrado las exhortaciones del entonces Superior General P. Arrupe. 

Punto final 

El Papa Juan Pablo II cambió en parte su opinión respecto del mártir Oscar Romero. Visitó el Salvador en 1983 y, no obstante la oposición del gobierno, visitó la tumba de Monseñor en la Catedral. 

Tras el desbloqueo de la canonización instado por el Papa Francisco, el peligro radica en que la persona de Monseñor Romero se oficialice, se desdibuje y se acabe presentándolo como un piadoso sacerdote, devoto celebrante de la misa, constante en el rezo de las horas litúrgicas. 

No, no es que esas cosas estén mal, de ningún modo. Sólo que poniendo en ellas el acento quizás pase a segundo plano lo más típico de su actuación. Las aristas de su personalidad, las que no digieren los hombres del poder, no pueden ni deben evadirse. Monseñor Romero fue un profeta que denunciaba los desmanes de los capitalistas, el egoísmo de los oligarcas y la crueldad de los militares. Fue un hombre rebosante de misericordia que no se resignaba a que se les cerrara el horizonte de futuro a los pobres.

domingo, 21 de abril de 2013

Las falsificaciones del sexo


En todos los ámbitos de la sociedad y de la vida acecha siempre el peligro de la falsificación, de la ambigüedad y la falacia. Unos necesitan vender y se uncen al carro de la mentira a la hora de proclamar la bondad de su producto. Los otros nada desean tanto como trepar y tratan de lograr el propósito diciendo medias verdades, las que les favorecen, y callando las que afean su conducta. Los de más allá le colocan la etiqueta de la humildad a la actitud pusilánime y sumisa que cuadraría mejor con la adulación o el infantilismo.  
Pero si hay una parcela donde el engaño y la falsificación están a flor de piel -y nunca más acertada la expresión- es la de la sexualidad. Porque los hay que se pavonean de haber entrado de lleno en el terreno de la liberación sexual cuando en realidad apenas han superado la problemática de la adolescencia. Por ninguna parte se percibe su libertad interior desde el momento que están tan atados al ritual del sexo como el drogadicto a su sustancia favorita.
Bajo el manto del sexo hay quien vende la mercancía de una profunda comunicación personal. Sin embargo, cuando tiene lugar en relaciones breves, superficiales, furtivas y con trepidantes cambios de compañero/a, resulta bastante cínico referirse a una comunicación profunda.
Revalorizar el cuerpo
Nuestra época ha sido testigo de una solemne proclama, la de la revalorización del cuerpo, con un notable énfasis en su dimensión erótica. En principio hay que aplaudir una tal circunstancia. Al fin y al cabo nada tiene de sano andar poniéndole tapujos a la realidad. Pero es de lamentar que con demasiada frecuencia el valor del cuerpo y la relevancia del erotismo acaben reducidos a una fugaz genitalización. El sexo no sobrepasa, en tales casos, la animalidad del instinto.
Dudo mucho que los encuentros genitales, vividos en un lapso de tiempo precario y temerosos de la luz, estimulen realmente la ternura y la comunicación más honda. Más bien habrá que decir que son instrumento de satisfacción personal (anhelada, más que gozada) al margen de cuanto se aproxime al amor o al afecto.
La expresión "amor libre", que hoy día apenas se usa, pero que asiduamente se pone en práctica, puede que suene bien. Después de todo nadie está en principio contra el amor ni contra la libertad. Pero también pudiera resultar una etiqueta con el fin de esconder mercancías que no han pasado por el debido control de calidad. Cabe preguntarse: ¿tiene que ver con el amor el juego sexual en que la preocupación por el otro, así como la solicitud y la fidelidad, brillan por su ausencia?
La cuestión radica en constatar si estamos asistiendo a una revalorización del sexo -que jamás puede subsistir sin el eros (la ternura) y sin el ágape (el amor desinteresado)- o si somos testigos de un paso más hacia el abismo de la trivialización.
Lejos de una persona sana y madura experimentar temor o recelo ante el cuerpo, el eros, el sexo. Lo cual no impide afirmar que cuando tales realidades no están empapadas de espíritu, acaban siendo tremendamente aburridas. Cuando detrás o debajo de la carne no late nada que no esté a la vista, mal asunto. Porque observar todos los ángulos de la anatomía corporal y olvidarse de mirarle a los ojos al interlocutor es un grave olvido. Se paga al precio de mustiar las ilusiones, unas tras otra. Y de constatar cómo se apodera del individuo un amargo sabor de boca.
Sexo, eros y ágape
Ni las recetas para incrementar el amor, ni las técnicas para lograr mayor placer -tan en boga en revistas, paneles y sexólogos/as- servirán de gran cosa a la larga. Importa, más que todo ello, que en el corazón de la persona deje de anidar el egoísmo, esta fuerza disgregadora que se obsesiona con apaciguar el instinto sin que le interese la relación profunda.
Por definición el amor consiste en la apertura, el dinamismo hacia la conformación de un nosotros. Mal se puede transitar por este camino mirando el propio ombligo y buscando en la relación con el otro los aspectos gratificantes en exclusiva. Una tal actuación afronta demasiadas contradicciones como para lograr el éxito. Acaba siendo una actuación antinatural. Y es sabido que la naturaleza se cobra con intereses los atropellos que se le infieren.
De donde se puede deducir lo siguiente, sin mucho esfuerzo y no obstante la aparente paradoja. Resulta más rentable vivir el amor tal como exige su más auténtico y profundo dinamismo que limitarse a cosechar sus aspectos sensibles y gratificantes. Constituye un fraude desechar las exigencias de amor, ternura y responsabilidad que conlleva la relación total. Desde siempre las rosas se asientan en los espinos.   
Las más hermosas vivencias humanas cuando se desquician -en nuestro caso sucede al disociar el sexo del eros y del amor desinteresado- acarrean las más dolorosas tragedias. Se sabe de numerosos idilios que acabaron en ríos de sangre. De sórdidas tragedias cuyos inicios fueron vividos en términos de romance y poesía. Y es que cuando el sexo se desgaja del amor y la ternura, la química resultante del encuentro se produce por un puro juego de intereses y gratificaciones. El afecto no logra sobrevivir en este humus.

jueves, 11 de abril de 2013

Las dolencias de los políticos


Un poco de caricatura tampoco tiene por qué sentar mal. Y la ironía en ocasiones resulta más elocuente que la elocuencia misma. Así que les ofrezco unas líneas para leer sin obturar la sonrisa si acaso viene a cuento. Y quede claro de antemano que no todos los políticos son iguales. Siempre se puede elegir entre los malos y los peores. Al menos en la época de hierro que atravesamos.

Pasemos revista a los riesgos que lleva consigo la profesión de político. Enumeremos algunos de los estragos que causa en estos esforzados profesionales. A ver si así se nos enternecen las entrañas y dejamos de acudir al escrache.

1. Sordera. Durante la campaña el candidato escucha los llantos de las personas desahuciadas, los gemidos de las madres que no logran alimentar a sus pequeños en los últimos días del mes, los gimoteos de quienes duermen bajo el puente.

Pues bien, al día siguiente de las elecciones triunfantes los tímpanos del ahora diputado, senador o ministro, dejan de ser sensibles a todo llanto, súplica y lamento. El afectado se aísla y sólo se halla disponible para los amigos cercanos, familiares y algún que otro adulador. Por cierto, familiares y amigos se convertirán en asesores y se les brindarán trabajos -es un decir- muy cotizados.

2. Ceguera. Mientras el político de vocación, pero todavía sin cargo ni beneficio, lucha por lograr su objetivo, goza de una vista envidiable. No le escapan los charcos de las calles, ni los contenes de la basura mal situados. Es capaz incluso de avistar los ingresos de la cuenta corriente de su adversario. Todo lo cual lo reporta al detalle a los periodistas y emisoras de televisión.

Una vez alojado en el ámbito confortable de la política el hombre/mujer pierde súbitamente su agudeza visual. En ocasiones da muestras de miopía extrema. De modo que desaparece de su horizonte la periferia de la ciudad. Los niños pobres y los barracones maltrechos van tornándose borrosos hasta desvanecerse. Aunque, todo hay que decirlo, su agudeza y perspicacia visual se potencia a la hora de remodelar la oficina destinada a su persona. Muebles de artesano, lámparas artísticas, moquetas confortables y sillones arrellanados exige el individuo para mejor concentrarse en el trabajo.

3. Cambios de humor. Llegado a la meta, el político recién estrenado sufre raras mutaciones en su carácter. Su manifiesta amabilidad se opaca a marchas forzadas. Al escuchar la verdad de labios de la gente común o leer los periódicos a la hora del desayuno padece fuertes arrebatos de cólera. En cambio, cuando recibe la visita del jefe o de alguna personalidad destacada saca a relucir una sonrisa obsequiosa y le sirve el café con gesto servil.

No asimila nuestro hombre que se hable mal de él ni en público ni en privado. Hasta el punto de que se le ocurre desarrollar una ley para obstaculizar cualquier género de crítica. La policía deambulará por las calles de la ciudad con unos discretos micrófonos solapados en la vestimenta y tomará buena nota de los ciudadanos que no tributan al triunfador las merecidas loas.

4. Ensanchamiento del perímetro. A medida que transcurren los años del mandato los compromisos e invitaciones para reuniones en que no falta el caviar ni el champagne se multiplican. Los almuerzos de trabajo abundaban cada vez más y, dicha sea la verdad, más tienen de almuerzo que de trabajo. En las inauguraciones y recepciones no faltan bocados exquisitos. Después de todo ningún mal hay en agasajar a los benefactores del pueblo.

En consecuencia la curva delantera de nuestros políticos crece sin prisas, pero sin pausas. A lo cual coadyuva el hecho de que ya no cruza calles ni avenidas a pie, sino montado en su limosina de cristales ahumados, pues que su agenda anda muy apretada. Y además conviene evitar cualquier riesgo, por ejemplo, toparse con algún ciudadano descontento que tenga la desfachatez de abuchearle.

El político experimenta, pues, unos cambios físicos, consecuencia de sus nuevos hábitos gastronómicos. Sin embargo una extraña afección le lleva a creer que él cada día se levanta más fuerte, más joven y atractivo. No sólo eso, sino que los demás se le antojan progresivamente más enclenques, canijos y achacosos.

5. Afecciones cardíacas. La víscera cardíaca del político padece episodios de atrofia alarmante. El corazón se le endurece día a día. El sentimiento de compasión sufre una constante evaporación. Determinadas emociones, como la rabia, la cólera y el menosprecio hacia el prójimo se refuerzan. Pero otras más positivas como la admiración, el perdón, la gratitud... van disecándose a medida que transcurre el tiempo.

Es sabido que el corazón tiene vasos comunicantes con el cerebro. Nuestro protagonista acaba recordando sólo episodios en los que resulta bien parado. Su memoria se vuelve tremendamente selectiva.

6. Condición contagiosa. Cuando el político está bien curtido y nada satisfecho en su salsa segrega unas enzimas contagiosas y hasta hereditarias. Sus hijos y nietos tratarán de recorrer el mismo trecho. Muchos miembros de la familia se ofrecerán para ser asesores o directores de empresas públicas o privatizadas. Incluso los amigos encontrarán alojamiento en tareas improductivas, pero que propician jugosos ingresos.

No todo está perdido. Muchos de los políticos, cuando acaba el período de su mandato y no logran engancharse a alguna bicoca preparada con esmero, recuperan sus condiciones anteriores. Regresan a la normalidad. Cierto que no sin secuelas. Es muy probable que la cuenta corriente haya crecido vertiginosamente.
O que la autoestima se haya multiplicado como las células de un cáncer. Pero no todo está perdido. De verdad, algunos logran recuperarse.

lunes, 1 de abril de 2013

¿...Y después de los gestos?


No me cae bien la gente que tuerce el gesto cuando le anuncias una noticia refrescante, para añadir acto seguido: sí, pero ya verás como… No creas que va a durar mucho… Lo dice con segundas intenciones… No seas ingenuo… Son palabras de cara a la galería…. No me cae bien la gente que simplemente replica por replicar, por espíritu de contradicción, por llevar la contraria.

Sin embargo, también yo estoy tentado de caer de bruces en la tentación. Me refiero a los primeros gestos del Papa Francisco. Claro que aplaudo la elección del nombre, el vestuario más sencillo, la cercanía con la gente, el cambio del sillón de oro por otro de madera, el hecho de pagar sus cuentas... No quisiera yo rebajar las expectativas, nada desearía tanto como que después de los gestos llegaran los hechos contantes y sonantes, después de los indicios las evidencias, tras las formas las cuestiones de fondo. 

Llevo suspirando por tales metas desde que se celebró el Vaticano II. Por un breve período de tiempo pareció que las cosas iban a cambiar, para luego permanecer igual. He experimentado muy de cerca que la inercia, la rutina, la negligencia, la displicencia gozan de músculo poderoso, no obstante lo que pudiera dar a entender el vocabulario. 

Se da el caso de que los gestos simbólicos a los que damos tanto realce -miradas las cosas con calma y frialdad- no debieran extrañarnos en absoluto. Lo realmente chocante y casi inconcebible era que los Pontífices anteriores vistieran unos zapatos artesanales de buey “non-nato” y raro color, que empleara un trono de oro, que recibiera sentado a los dirigentes de los diversos países. 

Nos habíamos habituado a un tal comportamiento. Y ahora lo más normal se nos antoja revolucionario y hasta transgresor. Nos entusiasma lo que desde siempre debiera haber sido y nos extraña que la desmesura vuelva a sus cauces. 

Una reforma recurrente

Hasta donde mi memoria eclesial alcanza, siempre he escuchado que la Curia debe ser reformada. Todo el mundo está de acuerdo, los Papas recién elegidos levantan expectativas en este sentido. Pero al cabo del tiempo el asunto se va difuminando. Todo se mantiene igual o con muy leves retoques. La Curia, he aquí una de las piedras de toque para medir el buen éxito en el proceder del Papa Francisco. 

No cargaría las tintas sobre la maldad de los curiales. Más bien sucede que existe un engranaje curial que frena las iniciativas, azuza pequeñas batallas entre diversas tendencias y estimula el carrerismo. Nada nuevo digo. Hasta el mismo Papa emérito Benedicto XVI se expresó en este sentido. Y otros muchos, entre los cuales el Cardenal Martini, de feliz memoria. 

El burócrata/curial apuesta por una estructura rígida, de compartimentos estancos, donde cada quien se siente soberano. Se mueve bien en un humus impersonal. Considera que los jefes tienen la función, por encima de todo, de controlar al personal. La norma, la ley es lo que determina los procedimientos. Nada de dar rienda suelta a las emociones, ni siquiera a un vocabulario demasiado amistoso. Cuando más, alguna expresión estereotipada, vagamente ingeniosa, mil veces repetida, digna de un funcionario vestido de gris. 

Acerca de este mundo cerrado, sometido al control, tendente a la adulación (y cuando falla a hacer la guerra), el Obispo Casaldáliga, ejemplar de obispo poco común, escribió unas letras a Monseñor Romero cuando éste lloró tras salir de una entrevista con el Papa Juan Pablo II. Le dijo: las curias no podían entenderte, ninguna sinagoga bien montada, puede entender a Cristo. Y también dejó unos versos para la posteridad relativos a la Curia: deja la curia, Pedro desmantela el sinedrio y la muralla. Ordena que se cambien todas las filacterias impecables en palabras de vida temblorosas. 

Contar con la oposición

Volvamos al surco. Bien por las formas y los gestos llenos de simbolismo del actual sucesor de Pedro. Sin embargo, téngase en cuenta que ya se ha levantado alguna voz mostrándose en desacuerdo con lo de no temer a la ternura ni a la bondad. El buenismo es mal consejero, venía a decir el articulista. Luego todo acaba yendo manga por hombro. 

Se escuchan ya algunos ronroneos. Pues bien, cuando empiecen las reformas en serio -si se dan, como lo esperan tantos fieles- las que rectifiquen, por ejemplo, los cauces seguidos por los dineros vaticanos, entonces los bisbiseos posiblemente se transmuten en crujir de dientes. Los poderosos de las finanzas no se dejan arrinconar tan fácilmente.

Imaginen si al Papa le da por suavizar el lenguaje que suele emplearse desde las esferas oficiales a propósito de los temas de bioética y sexualidad. El preservativo, el celibato de los presbíteros, los cuidados paliativos al final de la vida, la comunión de los divorciados, la ordenación de las mujeres... 

Se dice que el Papa Francisco es más bien tradicional en su teología y su concepto de la moral. Posiblemente algunos de los temas mencionados se mantendrán a buen recaudo en los archivos vaticanos. De todos modos habrá voces que clamarán por una revisión urgente de los mismos. A la par que no faltarán quienes se echen las manos a la cabeza si simplemente son objeto de estudio. 

¿No habrá que revisar el cómo del sacramento del perdón, que en los países de Europa emite sus últimos estertores? ¿No habrá que reequilibrar el papel de los movimientos cristianos que últimamente han campado a sus anchas y han apartado a codazos -es un decir, claro- Órdenes y Congregaciones con muchos servicios sobre sus espaldas? Por cierto, de pronto han desaparecido las pancartas que blandían y sus portavoces han hecho mutis por el foro. 

Aproximarse a estas cuestiones requiere esgrimir el bisturí y habérselas con nervios extraordinariamente sensibles. ¿Cuál será el resultado final? Lo único garantizado es que aflorará el malestar en uno u otro bando. Personalmente preferiría que se recuperaran las esencias del Concilio Vaticano II que se refieren al diálogo, a la misericordia y la comprensión antes que a la condena y la censura. 

Numerosos colectivos y grupos cristianos anhelan cambios que vayan más allá de los gestos. Han esperado a lo largo de muchos años. Bastantes de ellos emigraron hacia la indiferencia o hacia una fe intimista. Bueno sería que se les echara un cable. Aun cuando fuera más endeble del que se les ha brindado a los lefebvrianos y compañía.

viernes, 22 de marzo de 2013

Diálogo de santuarios


Se celebró el encuentro número 34 de los santuarios de Catalunya y Balears. Tuvo lugar en Lleida los días 12 y 13 de marzo. Al abrir el correo electrónico he dado con comunicaciones de algunos colegas que se me adelantaron en la comunicación. No le hago ascos a algunas de sus expresiones que me facilitan la labor.  
En el folleto-guía, una foto de la ciudad de Lleida,
lugar del encuentro. La vieja catedral en el montículo
Los rectores de santuarios tenemos mucho trabajo que hacer y nadie lo hará por nosotros. Porque "las ermitas de hoy son las discotecas, y los bancos, los nuevos santuarios", hacía notar Mn. Ramon Prat, Vicario General de la diócesis de Lleida al disertar sobre "El lenguaje de la fe de cara a la Nueva Evangelización".

Los cerca de sesenta responsables de santuarios -laicos, diáconos y presbíteros- fuimos convocados por el P. Josep Maria Sanromà, rector del Santuario de Montserrat y Coordinador del secretariado Interdiocesano de Santuarios de Cataluña, Baleares y Andorra. Él nos decía en la invitación: "los santuarios son espacios que, en medio de una sociedad alejada del mundo religioso y de la vida de la fe, deberían ser lugares privilegiados donde el hombre y la mujer de hoy pudieran hacer experiencia de la presencia amorosa de Dios".
Mesa rectora: el coordinador de los encuentros, Sanromà,
el obispo de Lleida i el obisbo encargado
de la Pastoral de santuarios en Catalunya
"Están en casa", nos decía acogiendo nuestra presencia el obispo de Lleida, Monseñor Piris. Completaba la acogida: "me felicito que hayáis elegido la Tierra Firme leridana para recrear caminos para la nueva evangelización." El obispo Agustí Cortés, Presidente del Secretariado también nos dirigió unas palabras de saludo: "os animo a que, a partir de vuestras experiencias en el Santuario, compartidas en el marco del Año de la Fe y del 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, encontréis el lenguaje que estimula la esperanza y la confianza de cara a la peregrinación de la Iglesia".

El Encuentro con compañeros de todos los obispados catalanes, trece de Mallorca y dos de Sabartés (Ariège) anima a los participantes. Todos llevamos en el corazón la sed que nuestro pueblo tiene de Dios en la árida travesía del desierto que es la sociedad de hoy en día, tan a menudo de espaldas a Dios y a los mejores valores humanos.

"Se vacían las iglesias y vienen a los santuarios". Por este motivo todos nos esforzamos que quienes llegan como turistas, o como sea, regresen como peregrinos Y, una vez en casa, se conviertan en cristianos militantes. Los cinco verbos de la peregrinación son: salir de casa (llamados por Dios). Caminar. Recibir. Permanecer (en el corazón de Dios). Y volver a casa (con su amor).

El eje de las tres conferencias estaba cruzado por la inquietud acerca de cuál es el lenguaje adecuado hoy en día para comunicar la fe. El Padre Bernabé Dalmau, monje de Montserrat, nos facilitó la reflexión sobre la carta de Benedicto XVI "la Puerta de la Fe" y nos adentró en las luces y las sombras del Concilio Vaticano II a lo largo de los últimos cincuenta años. "Cada santuario tiene que ser un faro de la fe. El paso de los años nos cambia los oídos. He aquí la necesidad de la nueva y renovada Evangelización. Jesús es la puerta. No tiene prisa, pero nos espera. No hay otro camino que nos conduzca hacia la sobriedad, la humildad, la austeridad, la constancia para vivir la vida de la Iglesia, no con nostalgia, sino con creatividad. "

Comentábamos en el trabajo de grupo: "el responsable del santuario debe tener presente que la oración más bonita, también para el ateo y para el agnóstico, consiste en maravillarse". Mosén Prat insistió en el lenguaje de la contemplación y del diálogo con los nuevos humanismos dentro de los escenarios del siglo XXI. Nadie es excluido a la hora de buscar un sentido a la vida, que bien desembocar en la belleza del cristianismo, de las bienaventuranzas operativas en las obras de misericordia.

Cerró el encuentro cura Xavier Aymerich, párroco de Molins de Rei, con el tema de rabiosa actualidad, la falta de sacerdotes en los pueblos, "Las celebraciones dominicales en ausencia de presbítero". "Hay que aunar los tres principios: Eucaristía, domingo y comunidad", afirmó monseñor Aymerich todo enfatizando el concepto de "comunidad".
Integrantes de la Delegaicón procedente de Mallorca
Visitamos el edificio típico de Lleida, la Academia Mariana, donde reza vísperas ante la Virgen Blanca. También la iglesia románica de San Martín y el santuario de la Virgen de Carrassumada (los mallorquines ya no pudimos asistir por cuestión de tiempo). Dichas visitas pusieron el broche de oro a un trabajo que nos estimula a llevar a cabo una acogida más fraternal, un espíritu de servicio evangélico y un anuncio iluminador desde los faros de los santuarios que “marianizan” a los países catalanes.

Acabo la recensión recordando que el P. Bartomeu Pericàs (fallecido el 27 de octubre del año pasado en la comunidad de Lluc) estuvo muy presente en el encuentro. Era bien conocido, pues no se perdía una cita a lo largo de los años. Cuando tenía a la vista un viaje a un santuario de Catalunya, del Estado español e incluso del ancho mundo, experimentaba una gran satisfacción. Rogamos por él en la Eucaristía, por quien dejó durante años en muy buen lugar al Santuario de Lluc. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

Riesgo de papolatría


Existe el curioso fenómeno de que a los personajes encumbrados -en la política, la economía, el deporte…- se los trata con la mayor consideración y respeto. Incluso quien viste mejor suele recibir mayores cortesías. Con frecuencia las instituciones disponen de una especie de almacén de títulos y protocolos reservados a los personajes que desempeñan cargos más elevados.

Este párrafo viene a cuento por la resonancia mediática que ha provocado la renuncia de Benedicto XVI y el anuncio de elección de un nuevo Papa. Existe el peligro muy real de caer en una especie de papolatría. La extraña palabra significa “adoración al Papa”. La teología dice muy claro que sólo existe un culto de latría: el dirigido a Dios. Pero en la práctica se conceden tales atenciones y se prodigan tales títulos al Papa que el fantasma de la sospecha acude a la cita.   
Recuerdo haber ojeado las primeras páginas del Anuario Pontificio y contar hasta 15 títulos con los que designar al Obispo de Roma. No achaco a los Papas el deseo de sobresalir y endiosarse a base de títulos y protocolos. Más allá de su voluntad personal existe una maquinaria  engrasada a base de servilismo capaz de poner en pie los más sorprendentes procedimientos.     

Cuentan los Hechos que Pedro, el primer Papa, levantó al centurión romano Cornelio que le agasajaba en exceso y le dijo: levántate que yo también soy un hombre. Pero de seguro existe algún gene que nos inclina al culto del soberano. Se encuentra en todos los campos y no se exceptúan las diversas religiones. El Faraón recibía un trato divino, como también lo prodigaba la religión de Babilonia, Asiria y Roma.

Títulos, vestimentas, protocolos

Desde Constantino se implantó en el cristianismo el culto al soberano y con el tiempo prosperó sin trabas. Al Papa se le llama “Santidad” cuando nadie es santo sino Dios, leemos en la Biblia. Se le llama infalible, cuando sólo la Iglesia -a través de las palabras del Papa que habla en su nombre- está exenta de error en cosas esenciales y en contadísimos pronunciamientos.

El protocolo exige que las altas autoridades y cualquier persona se incline o arrodille ante el Papa. El Dictatus Papae (1075) de Gregorio VII, afirma entre otras lindezas, sin ruborizarse, que sólo al Papa todos los príncipes deben besar los pies.

Dicho sea de paso, a lo largo del primer milenio quienes elegían al Papa, o mejor dicho al Obispo de Roma, era el clero romano. Dicho Obispo se consideró árbitro de la entera cristiandad cuando las discusiones no podían ser solucionadas entre los adversarios. Luego, con los cónclaves, vinieron las presiones políticas, aparecieron los cardenales (que en un principio no eran lo que son hoy día), se dieron sórdidas rivalidades, acontecieron cismas por causa de las disputas en la elección, etc.

Todo fue ocasionado por la acumulación de poder. El Renacimiento elevó al máximo la cuota de honores personales y, con ellos, de la corrupción.

Volviendo al peligro de la papolatría digamos que las masas desean tener una referencia de poder global que los represente. Todo grupo humano quiere un Rey, un General, un líder, un Papa. Ya el A. Testamento relata el empeño de poner un rey a la cabeza del país, no obstante las advertencias del Profeta de que abusaría y humillaría al pueblo. A este líder se le aclama y vitorea. Para verle se hacen miles de kilómetros. El líder, por su parte, no suele hacerle ascos a los vítores y aplausos. Más bien se habitúa rápidamente a la viscosidad del poder. 

Aparatosidad contraproducente
De acuerdo a esta lógica lo que el Papa hace siempre es lo mejor y no se escatiman elogios a sus decisiones. Juan Pablo II no renunció, no obstante su lamentable estado de salud, a la silla de Pedro. Muchos de los que se deshicieron en elogios entonces, ahora los dirigen a Benedicto XVI por su valentía y humildad en renunciar. ¡Un poco de coherencia, por favor!  

La exaltación mediática de los viajes, como también de los encuentros papales con los jóvenes no es saludable para la Iglesia de Dios. Este tipo de espectáculos olvida el guión original del evangelio. La fe y el sentimiento creyente jamás lograrán sustituirlos los escenarios grandiosos, el colorido del vestuario en los desfiles cardenalicios, la presencia de los poderosos de las naciones, los miles de personas que gritan, cantan, ríen y lloran. 

El entorno del Papa no debiera blandir símbolos de poder ni de mundana dignidad. Si el medio es el mensaje, como dijo el sabio de las comunicaciones, entonces el mensaje opaca las actitudes de Jesús que se anonadó hasta la muerte y muerte de cruz. Escribió González Faus hace unos días que  habría que suprimir a los llamados “príncipes de la Iglesia”, título casi blasfemo para una institución que se funda en Jesús como su piedra angular. No menos malentendidos ocasiona el título de Jefe de Estado atribuido al Papa. Condiciona sus gestos y palabras, obliga a unos fastos y boatos en absoluto ejemplares.

Nada más lejos de mi intención que una crítica ofensiva o destructiva hacia el papado y su modo de actuar. Simplemente, desearía un comportamiento más sencillo y evangélicamente atractivo. Me siento Iglesia, no faltaría más, y a ella he dedicado la vida. Precisamente por este motivo no puedo echar mano del conformismo ni la inercia. 

No ama más a la Iglesia quien calla sus defectos, sino quien arrima el hombro para superarlos aun a riesgo de recibir algún baculazo. Son numerosos los santos que han hablado y actuado en esta línea. El presente escrito trata de aportar un granito de arena a la opinión pública creyente con el fin de que un día sea mayoritaria y repudie tanta aparatosidad. 

Acabo. Difícilmente puede sostenerse que el Espíritu ejerce una especial intervención en la elección del Papa. La promesa evangélica simplemente afirma que el mal no podrá destruir a la Iglesia. Y en ocasiones, no precisamente gracias al comportamiento ejemplar de sus hijos más encumbrados, sino a pesar del mismo.