El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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martes, 20 de agosto de 2013

Un perro, ni más ni menos



Un noble animal, el perro. Será o no el mejor amigo del hombre, pero le ayuda en mil tareas domésticas, de policía, de salvamento. Hace buena compañía acurrucado bajo una mesa o jugueteando con los más pequeños en el jardín de la casa.
De todos modos, habrá que frenar el fervor cuando empieza a implicarse una calidad de afecto  sólo destinada a otro ser humano. No es vana la advertencia. Se da el caso, no tan extraño, aunque sí extravagante, de que el hombre incapaz de encontrar consuelo en otros semejantes, se refugia en la lealtad del dócil animal. Y ahí puede empezar a complicarse la cuestión. Porque no sólo existen veterinarios -muy aceptable, después de todo-, sino también restaurantes y menús para perros, peluqueros para los canes y así siguiendo. 
Vaya por delante que el perro, como cualquier otro ser viviente, puede y debe tener su lugar en el admirable paraíso de la creación. Es de justicia que no se lo haga sufrir inútilmente e incluso que existan sociedades protectoras del animal, siempre que no se confundan los planos y se guarden las debidas distancias.
Claro que son de aplaudir los servicios que realiza el perro al hacer más cómoda la vida de su dueño y llegar en ocasiones donde al ser humano le es negado. Lo mismo le transporta a través de la nieve tirando del trineo, que se interna por barrancos a la búsqueda del montañista desorientado. Realiza la buena labor de olfatear las maletas en la aduana, por si hay doble fondo, y defiende la propiedad encomendada en mitad de la noche.
¿El prójimo es un lobo?
A nadie le duelan prendas a la hora de elogiar al animal. Pero un perro no es un ser humano y no puede convertirse en sucedáneo del amigo. No es raro escuchar argumentos favorables al perro que, más o menos, se formulan así: "el perro no me falla jamás, las personas sí me han fallado y decepcionado". Puede que algo de verdad haya en esta tremenda y dolida afirmación. Es cierto que, en ocasiones, los humanos llevan a la práctica aquello que antiguos literatos y filósofos han denunciado o simplemente constatado: "el hombre es un lobo para el hombre".
He escuchado a un respetable esposo -más en serio que en broma- una estremecedora confesión. Decía que, al llegar a su hogar, no estaba seguro de recibir un abrazo o un saludo cordial de su mujer, mientras que inexorablemente el perro le correría detrás haciéndole fiestas y jugueteando alegremente para celebrar el regreso.

Aunque sea verdad, el hecho de buscar la compañía del perro y distanciarse de la esposa ocasiona un mal irreparable a sí mismo y a los suyos. La solución no consiste en encariñarse con el perro y dar la espalda a la persona. Actuar así no es más que una vulgar huida que, por añadidura, habla muy mal del propio comportamiento. Lo razonable es analizar el porqué del escaso calor humano que demuestra el prójimo y poner luego el remedio que haga al caso.
Hay que esperar que nadie tenga la desfachatez de afirmar que la compañía del perro es más gratificante que la de un semejante. El intercambio de ideas, el encuentro de los sentimientos, la convergencia de los afectos, no es comparable al donaire de una cola que se mueve en espiral ni a la gracia de una lengua que busca la nariz de su dueño. Quien crea otra cosa merece toda compasión.
Los animales tienen su lugar
El mito de la creación del hombre, tal como se refleja en el Génesis, explica en profundidad por qué no se pueden superponer los planos. Adán descubre su soledad y su indigencia cuando mira alrededor y no ve más que animales. Desfilan ante él y a cada uno de ellos le pone nombre, lo cual significa que es dueño y administrador de todos ellos. Pero no encuentra ninguno que se le parezca ni que pueda corresponderle. Su dignidad es muy otra. No puede dialogar con el animal ni tratarle de tú. Buscar en los animales un sucedáneo de la esposa, los hijos o el amigo es una actitud abominable según la Biblia.
En cambio, con elevado sentido poético y humano, dice el texto que la mujer está formada de la costilla del varón. Entre ellos sí existe comunidad de naturaleza y cada uno se ve reflejado en los ojos del otro. La expresión de Adán al contemplar a la mujer es muy distinta de la que tiene al ver desfilar a los animales. ¡Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne!, exclama Adán. Frase que en versión libre significa: ¡Esta es la mujer de mis sueños!
El perro ladra, mientras que el hombre habla. Imposible el diálogo. El perro necesita comer, descansar y reproducirse, mientras que el ser humano, además, canta, piensa y acarrea nostalgias de perfección. Aun cuando el perro sea más leal que un ser humano, no es más que un perro. Désele el afecto que merece un perro. Nada más.  

                                    

sábado, 10 de agosto de 2013

Desafección política

La política se ha derrumbado en el descrédito. Lo confirman una y otra vez las diversas encuestas. El desprestigio de la política y la desafección a los políticos se ha instalado definitivamente en la conciencia de los ciudadanos.

La política y los políticos se han ganado a pulso que la gente les de la espalda, que desconfíen, que no quieran saber del tema. Hasta aquí se ha llegado porque los gestores de la cosa pública han ido desvinculándose del pueblo al que dicen representar, pero que en realidad no está, ni mucho menos, en el centro de sus preocupaciones. 

Cuando la mística se evapora

Difícil percibir un atisbo de entusiasmo por el bienestar del pueblo. ¿Dónde ha ido a parar la mística de decenios atrás, cuando de los mítines fluían palabras fervorosas y sinceras en pro del progreso humano y espiritual de la sociedad. El apasionamiento por los derechos humanos ha cedido el testigo a las compatibilidades fraudulentas, a los sobresueldos, al financiamiento irregular del partido. 

Luego los partidos han secuestrado los medios de información. Periódicos, emisoras, tertulianos… la mayoría están contaminados ideológicamente. Se identifica a la emisora por el tono y el contenido de la información. Los expertos en imagen, los asesores de campaña resultan imprescindibles para lograr la victoria. Pero la verdad y la sintonía con el pueblo han perdido peso. Desde que la información es un negocio --algo así he leído-- la verdad ha dejado de tener importancia. 

La corrupción, los cientos de asesores inútiles, la multiplicación del personal de confianza elegido a dedo, las trampas que salen a la superficie día sí y otro también, provocan una indignación inmediata. Pero quizás sea más grave todavía que la desconfianza y la sospecha vayan depositándose, cual posos ponzoñosos, en la conciencia del ciudadano. 

Llegado este momento aparece la desafección política, vocablo que se refiere al distanciamiento entre la ciudadanía y sus representantes. Quienes debieran solucionar los problemas de la sociedad acaban convirtiéndose en uno de sus mayores obstáculos. 

Así lo testifican las encuestas. En diciembre de 2012 el CIS afirmaba que casi uno de cada tres españoles identificaba a los políticos y a los partidos entre los tres problemas más importantes de España. Hoy día, después de los acontecimientos recientes acerca de la financiación ilegal de los partidos y los sobresueldos, que ha salpicado al mismísimo presidente, de seguro que la proporción ha crecido. 

Preocupante es que la desafección política se haya incrementado especialmente entre los jóvenes y los estudiantes. Ello lleva a pensar que se mantendrá en el próximo futuro.

No indiferencia, sino insatisfacción

Sin embargo, y a pesar de todo, cabe variar la perspectiva e interpretar la situación con algún atisbo de esperanza. La desafección que padecemos no tiene que ver tanto con la indiferencia cuanto con la insatisfacción. 

Me explico. Quienes consideran que los políticos son el problema suelen ser ciudadanos críticos y exigentes. Muchos de ellos han pasado por la universidad y han escuchado y leído sobre el tema. Aunque están frontalmente contra las corruptelas y las trampas típicas de los políticos y sus partidos, no obstante, no suelen despotricar contra la democracia. Piensan que es el régimen menos malo.

Su desafección no es consecuencia de la despreocupación o la animadversión contra la política en general, sino fruto del mal funcionamiento del sistema, regido por políticos de rostro duro, ambición extensa y vergüenza exigua. 

Con este trasfondo pienso que una posible solución -y no soy quien ha parido la idea- podría venir de que los cargos públicos procedieran de un trabajo u oficio conocido y un límite más bien breve de duración. Lo primero facilitaría el regreso a la profesión sin generar ruido y sin aferrarse como lapa al puesto. Lo segundo evitaría el fácil y excesivo acomodo al cargo/puesto/función. 

Cuando estos cauces no existen el político se resiste a marchar. Y el partido tiene que solucionar el atasco. Lo cual abre la puerta a tentaciones varias, como el financiamiento ilegal, la multiplicación de los asesores, las presiones para que compañías privadas se hagan cargo del sujeto en cuestión, etc. Al final de cuentas, los esfuerzos y tareas que el partido debiera llevar a cabo en favor de la sociedad cambian de objetivo: implantan actuaciones ambiguas para favorecer a los que quieren seguir viviendo a espaldas de los demás. 

Otro hecho a tener en cuenta y que resulta demoledor para el ciudadano es que se incorpora tranquilamente la mentira al proceso político, sin que por ello hay que pagar costes ni peajes. Un ejemplo. El presidente del Gobierno del Estado español dijo que no cumplió con el programa electoral porque así se lo demandaba su conciencia. 

Es decir, ocultó a los ciudadanos y a los votantes que pensaba hacer algo muy distinto de lo que prometía. Porque está claro que un candidato a presidente sabe cómo funciona el país en sus trazos más esenciales. Justamente elabora un programa para corregir los desajustes. Y si no tiene idea de su funcionamiento habrá que concluir que es un incapaz. Lo inadmisible es que engañe para sumar votos. En tal caso hay que dudar seriamente de la legitimidad de las elecciones. 

¿Vamos a extrañarnos de que exista desafección política y que se extienda como mancha de aceite? La esperanza radica, como he insinuado, en que la nula sintonía entre políticos y ciudadanos no la mueve la despreocupación ni el pasotismo, sino la disconformidad y la indignación. De manera que el cambio asoma por el horizonte.


martes, 30 de julio de 2013

la invisibilidad de las mujeres


Un hecho intrascendente me ha llevado a una reflexión de peso. Hace ya una temporadita que inserté una foto en el facebook, dado que me ocupo de actualizar la página del Santuari de Lluc. En ella había un número de concelebrantes mayor de lo habitual, junto con el obispo que había subido a la montaña.
Reparé, sin detenerme en el asunto, que sólo aparecían hombres y ninguna mujer en el altar y alrededores. Experimenté una vaga mala conciencia por ello. Incluso temí recibir algún improperio.  
Mis temores tomaron cuerpo en la reflexión de una lectora que, en escueta respuesta, trataba a los protagonistas de la imagen de talibanes y otras lindezas similares.  
Una desproporción clamorosa
Como a nadie le agradan los insultos, estaba por responder con un exabrupto. Me detuvo el pensar que el personal lo atribuiría al Santuario con toda lógica.  Incluso,  gracias a las apetencias morbosas de cierta prensa, era posible que diera la vuelta a Mallorca y viajara más allá de la isla.
Mientras le daba vueltas al asunto aminoró la reacción inicial de enfado y reconocí que la señora en cuestión tenía sus razones. Yo mismo he sostenido, desde hace mucho tiempo, que tantos individuos del género masculino alrededor del altar no cuadran con la sensibilidad actual. Después de todo la sociedad consta de más de un 50% de mujeres.
La desproporción es clamorosa. No es de extrañar que el llamado sexo débil -que cada se hace notar más y se fortalece- lamente la situación. Pero en la Iglesia sucede un extraño fenómeno. Ellas están física y realmente allí. Son quienes llevan el peso de la parroquia: la catequesis, la limpieza, el adorno del altar...
Están físicamente, pero no son percibidas por la jerarquía y apenas por los varones. Es un caso de presencia fáctica e invisibilidad real, por más que la expresión se incruste en la paradoja. Sí, realmente extraño que la omnipresencia de las mujeres se conjugue con su invisibilidad.
No creo equivocarme al decir que la mujer tradicionalmente se siente más predispuesta que el varón a experimentar el misterio de Dios. Dado que su cercanía a Dios y su permanencia en la Iglesia nada tiene que ver con la búsqueda de poder, preciso es concluir que su talante, su forma de estar en la Iglesia, se rige por la fidelidad.  
En las pequeñas poblaciones las mujeres suelen cuidar, limpiar y adornar el templo. Preparan los manteles para el altar, sostienen el rezo del rosario, no le hacen ascos a transcribir un acta de bautismo, ni se arredran si hay que guardar la llave del templo.
Estas mujeres, por lo general, no se plantean que las cosas pudieran ser de otro modo, que ellas bien merecerían también ejercer otro tipo de servicios más cualificados.
Si nos adentramos en el terreno del mundo de las mujeres consagradas, su número es muy superior al de sus homólogos masculinos. Sin embargo, ni que decir tiene, que la mayoría de ellas viven una vida oculta mucho más estricta que la de los consagrados del otro género. 
En cuanto a los laicos -laicas, mejor dicho- ahí están las catequistas, las voluntarias en todo tipo de actividades religiosas, las que preparan a las parejas para la boda, las que visitan a los enfermos... y un larguísimo etc.
En cuanto a la posibilidad de mujeres sacerdotes, nada parece moverse en los altos estamentos jerárquicos. Ya pueden los sacerdotes desgañitarse yendo de una parroquia a otra para atender a los fieles. Da igual que celebren tres, cuatro o más misas a fin de que la Eucaristía no falte en ningún rincón. Ellas no cuentan. Parece que así seguirá el asunto. De nada sirven las protestas y proclamas.
Estampas con trasfondo
Fue ampliamente comentada la escena que se produjo en la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid hace un par de años, concretamente en la plaza Cibeles. Entre el público, numerosos jóvenes de ambos géneros, sin ninguna distinción, sin que ello causar el menor problema. Luego la cámara subió los escalones del altar. Allí sólo había hombres.
Una escena parecida, y todavía más llamativa, aconteció en la Sagrada Familia de Barcelona. En un momento dado había que limpiar la piedra del altar de las unciones con el óleo, a la vez que vestirlo con manteles nuevos. Para la tarea aparecieron raudas unas cuantas religiosas. Pero tanto antes como después de esta escena, las mujeres permanecieron en su estado de invisibilidad.  
Con tales comportamientos, nada raro si se escucha el comentario, que yo mismo he oído a mis espaldas: “no entiendo que todavía haya mujeres que van a la Iglesia”.
Dice el evangelio: junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena (…) y cerca, al discípulo que tanto quería Jesús. Al lado de la cruz, bien visibles. El discípulo, un poco más lejos. Pero ya en el primer Concilio de Jerusalén, las mujeres se tornaron invisibles.

La tradición viene de lejos. Algún día habrá que examinar a fondo las inercias, pasividades, perezas, apatías, desidias y rutinas instaladas en nuestra Iglesia... 

sábado, 20 de julio de 2013

Declaraciones e incontinencias


Entre las numerosas enfermedades que aquejan al ser humano hay que contar con la que ocasiona un extraño virus. El que impulsa a declarar más de la cuenta. Se trata de un impulso incontrolable que actúa en las cercanías de un micrófono, una cámara o el bolígrafo del periodista. 

El individuo afectado declara sin continencia alguna, por más que se le interrogue acerca de asuntos muy alejados de sus conocimientos y habituales preocupaciones. Se diría que acaba declarando contra su propia voluntad. 

Al día siguiente no raramente cuaja una pequeña tempestad en torno a las manifestaciones realizadas, por extemporáneas o inexactas. Al declarante le toca matizar, volver atrás, decir que se le interpretó mal o sencillamente -y muy recomendable- confesar a las claras que se equivocó. 

De seguro, vale más tarde que nunca. Mejor enmendar que sostener el error. Pero ello no quita que el mal esté hecho, que la población se alarme sin motivo y disminuya más todavía la credibilidad de los gobernantes /declarantes /manifestantes. El malestar o el desprestigio han incidido en la población. La raquítica vanagloria de asomar el rostro por la pequeña pantalla, o de ejercitar las cuerdas vocales ante el micrófono, ha podido más que la sensatez. 

El mencionado virus ataca también a notables personalidades, sin excluir a altas jerarquías de la Iglesia católica. Hace unos pocos días, allá por el Caribe, un Monseñor usó un vocabulario tirando a barriobajero al referirse a los homosexuales. Ignoro si en este caso hubo rectificación. Para mí que no, pues el connotado cardenal no suele rendirse tan fácilmente. 

Hechos, que no palabras 

Por lo demás, a fuerza de acumular declaraciones, los medios de comunicación terminan por ser instrumentos repletos de palabras, que se refieren a intenciones o buenos propósitos. ¿Y los hechos? Habría que invitar a un experto a medir el volumen de las informaciones que se refieren simplemente a declaraciones o manifestación de intenciones. Con demasiada frecuencia los titulares suelen referirse a lo que tal personaje dice u opina. Muchísimo menos a lo que hace o llevó a cabo. 

El asunto es penoso. Excesiva verborrea para tan escasos acontecimientos. Tanto más penoso cuanto que el afectado por el virus que nos ocupa anda convencido de que lo que piensa es noticia. No porque sea de mayor o menor trascendencia. No. Sencillamente porque lo piensa él. Si, encima, el hombre tiende a la mediocridad, ya dirán ustedes el drama de los medios de comunicación social que no encuentran apenas hechos que llevar a la boca. Mientras que sobreabundan las ruedas de prensa, las declaraciones, los comunicados...

Luego es de toda conveniencia que los lectores/espectadores calibren cuanto se les dice de acuerdo a la comunicación en sí misma, independientemente de su procedencia. Pues no es de recibo que cosas archisabidas, de pronto adquieran importancia simplemente porque salen de labios de tal o cual personaje. Nada de pagar tributo sobre el altar de la fama. Los títulos de quien habla no mejoran los contenidos de lo que dice. Más bien sucede lo contrario: los contenidos de lo que comunica prestigian los títulos que pueda exhibir.

Otra vertiente del asunto consiste -y apunto con el dedo a la administración- en gastar ríos de tinta y palabras en cantidades industriales sobre determinados temas sobre los que no se piensa actuar. Simplemente, quien habla lo hace para salir del paso. Adopta, quizás, un ademán grave o firme con el fin de sintonizar con los destinatarios. 

Cíclicamente, aparentando una gran firmeza y hasta una justísima indignación, se refieren algunos funcionarios a las medidas que tomarán respecto de determinados usos y abusos. Amenazan con regular estrictamente tal ámbito y de que el peso de la ley caerá sin contemplaciones sobre los infractores. 

Bien podrá comprobar el lector que, al cabo de un tiempo, se repite la misma ceremonia, idénticas amenazas y similares declaraciones. Todo es cuestión de que acaezcan de nuevo los hechos que provocaron las declaraciones primeras. Así una y otra vez. Cuestión de inercias, procedimientos y rutinas.

Tal parece que estamos jugando a declarar, a escribir artículos ocurrentes o indignados, a llenar páginas de periódico. Visite el lector alguna hemeroteca y tendrá la oportunidad de comprobar tales cosas. Verifique, de paso, cómo una multitud de temas se destapan, se siguen con interés porque la sociedad se apasiona por ellos… Llegan a un clímax prominente para luego desvanecerse sin solución ni resolución. No se halló al responsable del crimen. El juicio terminó, para la prensa, a mitad del proceso. De la niña perdida nunca más se supo...

¿Será más verdad de lo que uno sospecha que la vida humana es un sueño, una comedia, un papel que a uno le han asignado? Uno es periodista y escribe. El otro es funcionario y declara. El de más allá es vanidoso y asoma el rostro por la pequeña pantalla. El que anda de pleitos escribe un comunicado para expresar la injusticia de la que es víctima. 

¿Interesa la verdad pura y escueta? ¿Nos indignamos realmente ante el crimen o todo acaba en el rictus del rostro que reclama la circunstancia a fin de reaccionar tal como el público desea?

miércoles, 10 de julio de 2013

La interpretación del silencio


Meses atrás escribí una entrada en la que lamentaba la dificultad de interpretar el silencio. Decía que si hay algo difícil de dilucidar en este planeta azul en que nos movemos los seres humanos es el silencio. Puede significar mucho o nada.

Me refería en concreto a los emails y notaba que en numerosísimas ocasiones no reciben sino la callada por respuesta. No digo la canallada, que tampoco hay que caer en la desmesura. 

La exégesis del silencio

Cuando se escucha el silencio en lugar de la respuesta tropezamos con la dificultad de interpretarlo. Puede ser que el escrito no haya llegado a destino perdiéndose por el espacio cibernético. O tal vez al receptor le deje indiferente el contenido de la nota recibida. O ignore al remitente. 

Contémplese también la posibilidad de que una respuesta implique un correlativo compromiso. En consecuencia resultará más cómodo amordazar el email e introducirlo en el disco de duro corazón o sepultarlo sin contemplaciones en la papelera de reciclaje. Puestos a explorar eventualidades y contingencias el silencio podría achacarse a la mera negligencia. O simplemente a un exceso de trabajo. 

Igualmente hay que tomar en consideración, a la hora de hacer la exegesis del silencio, la eventualidad de que el destinatario no sea ducho en la técnica del ordenador y no encuentre la dirección del remitente, por más que esté al alcance de un clic. Aun puede suceder que el aparato se haya dañado a causa de un virus indecente o de un apagón inoportuno. ¡Cuántas cosas puede significar el silencio!

Lo cierto es que un silencio persistente y tozudo causa numerosos perjuicios. Cuando la interpelación es personalizada -no un mero envío de listas- y no obtiene eco, entonces logra disminuir el flujo de la amistad y tal vez apagarla de modo definitivo. 

Para bien o para mal

Más o menos decía estas cosas en mi artículo que, por cierto, tuvo bastante aceptación, según infiero de las estadísticas que generosamente me ofrece google. No doy marcha atrás de lo dicho, pero sí deseo ampliar el ángulo de visión y reconocer que me faltaban cosas por decir a propósito del silencio. No todos los silencios son tan negativos. 

Depende de su procedencia, del cómo y del cuándo que el silencio pueda ser interpretado de muy diversos modos. Ni es necesario gozar de una gran inteligencia para entender su sentido profundo en el contexto de las circunstancias en que se produce. 

La falta de palabras, la falta de miradas y de gestos pueden ser tan elocuentes como unas parrafadas llenas de elocuencia. El silencio puede ser una herramienta la mar de útil. 

Cuando uno ha dejado de esperar en el otro, el silencio indica la opción tomada: en lugar de disimular o de discutir, mejor callar. Cuando el interlocutor no entiende o no hay posibilidad de sintonizar en idéntica longitud de onda, el silencio tal vez sea el mejor recurso. 

Existe el silencio de la huida: no se desea enfrentar una situación o una persona. Pero también existe el silencio que tranquiliza el ánimo y recobra el aliento para seguir en la tarea a pesar de todo. 

El silencio inteligente es el que tiene vasos comunicantes con aquel proverbio hindú: "cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio".

El silencio puede hacer las veces de punto y aparte. Como en el párrafo escrito, marca la transición de un tema, sentimiento o emoción. 

Es curioso. Según el momento o la circunstancia, el silencio dice: “te quiero”. O bien, “déjame en paz, no quiero saber de ti”. Es tan fácil de discernir como una mirada amorosa de una mirada resentida. 

Combinar el silencio y la palabra

Es conveniente que exista buena relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse y alternarse para lograr un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca el aturdimiento o porque crea una atmósfera de frialdad e indiferencia. 

El tiempo del silencio es el tiempo apto para acoger los hitos más auténticos de la comunicación entre personas que se aprecian. Entonces adviene el momento justo para reparar en el gesto, la expresión del rostro, la calidad de la mirada. 

El artículo en el que fustigaba el silencio no dejaba de tener su buena parte de razón. Porque me refería al mutismo de una persona que no reacciona, no obstante ser interpelada. Hay momentos en que el silencio nada tiene de sonoro ni significativo. Se convierte entonces en mudez inerte o, peor aún, en menosprecio rampante. 

Leído el escrito que me ocupa, uno sacaba la impresión de que el silencio es dañino por naturaleza. Ahora quiero dejar constancia de que, según el contexto, el silencio quizás resulte estimable, útil y hasta provechoso. Sobre todo en una sociedad en que los ruidos ensordecen al personal. En que la mayoría habla sin que se le pregunte y movida más por la ideología o el afán de negocio que por expresar una convicción o una emoción.

domingo, 30 de junio de 2013

El Papa Francisco, un fenómeno social

El Papa Francisco se ha convertido en un fenómeno que interesa en la iglesia y fuera de ella. Por curiosidad, porque ha cambiado el talante circunspecto y ceremonioso de los últimos pontífices o por otros motivos, el hecho es que con frecuencia su imagen y sus frases se asoman a los medios escritos, radiales o televisivos.  
No tomar la parte por el todo
En principio no va conmigo hacer del Papa el centro de un artículo o conversación. Considero que el ”todo” de la Iglesia de ninguna manera debe confundirse con la ”parte” que es el Papa. Cuando tal sucede -y sucede más a menudo de lo deseable- me siento incómodo. La vitalidad de la Iglesia de base supera en mucho lo que pueda llevar a cabo el Papa y no hablemos ya de lo que pueda opinar la Curia.
Sin embargo describo mi blog con las palabras ”artículos fronterizos entre sociedad e Iglesia”. Así es que no puedo escurrir el bulto. Me agrada que progresivamente mucha gente desvinculada de la Iglesia opine bien del Papa al comprobar su cercanía, sus frases directas, su amplia sonrisa, tan poco usual en ambientes vaticanos. 
Un talante distinto
Personalmente alabo su modo de expresarse sin tapujos acerca del poder y del dinero, de los males del carrerismo, de la necesidad de oler a oveja por parte de los agentes de pastoral... El contenido de lo que dice es inteligible sin necesidad de profundas interpretaciones. El tono con que lo dice elimina sentidos arcanos y segundas intenciones.
Convendrá conmigo el lector que se trata de un hecho inhabitual: en la ventana contigua a la Basílica de S. Pedro se asoma un Papa que ríe. Acostumbrados a que más bien soltara lamentos y quejidos, mucha gente ha quedado desconcertada. Algunos católicos críticos vuelven la vista hacia el Vaticano. Quizás cambien algunas cosas, piensan, sin abandonar la coraza de la desconfianza. Se comprende. Llevan muchos años aguardando el cambio de actitudes y ademanes.
Un hecho que conviene celebrar. El Papa no habla día sí y otro también de la moral sexual. Una revolución, a juzgar por lo que venía sucediendo y por las inercias que atrapan a un gran número de obispos. La moral sexual se ha desplazado para dejar su lugar a la justicia social, a la lucha contra la pobreza, al amor hacia los marginados. Bienvenido sea el cambio.
Otro hecho al que poner altavoz. El Papa Francisco ha dejado de lado algunos símbolos de poder y de lujo. Convive con otros eclesiásticos, no quiere sentarse en un trono de oro, deja de usar zapatos exóticos y esclavinas primorosas. Conversa sencillamente con religiosos y presbíteros y hasta dice cosas que no acaban de casar con la diplomacia vaticana. El Papa se levanta para saludar a quien le visita y hace cosas la mar de normales, pero que, a fuerza de observar lo contrario, se nos antojan novedosas.  
El evangelio, punto de referencia
Sin duda alguna, los primeros meses del Papa han levantado grandes expectativas. La gente necesitaba un líder que sonriera y no que meneara la cabeza a derecha e izquierda con la vista perdida y el gesto huidizo. Lo ha econtrado en el Papa Francisco. En los últimos años sólo el Presidente Obama levantó un caudal de expectativas similares entre los grandes líderes de nuestro mundo.
No es que el talante del actual Papa se hubiera evaporado en la Iglesia. Ahí permanecía, pero ocupaba posiciones secundarias, periféricas. Las grandes figuras actuaban con muy otro estilo. Y no deja de ser curioso que de pronto hayan desaparecido muchos pectorales de metales preciosos y abunden en menor medida las vestimentas de encajes exquisitos. Mimetismo se llama este fenómeno.
Personalmente me desagrada que el estilo y el tono del personal varíe según el quehacer del Papa de turno. Ello indica que el punto de referencia no es el evangelio y pone de manifiesto que las convicciones se mueven según la brisa que sopla en el momento. Aunque también es cierto que cuando la sintonía con el Papa reinante resulta discordante, los hay que dejan de citar sus escritos y sus palabras. Demuestran con ello que no están precisamente con el Papa, sino con un espejo que refleja su modo de ser. Ni una cosa ni otra resulta saludable.
Los grandes temas que demandan una solución a gritos ahí están. El Papa Francisco no los abordará a gusto de todos ciertamente. Pero si proyectamos su modo de situarse en la realidad y de opinar frente a los acontecimientos, bien podemos suponer que alguna sorpresa se abrirá paso entre el séquito de su pontificado.

Hay quien parece esperar que el Papa tropiece. Está al acecho de lo que dice, lo que hace, cómo celebra, como se desplaza entre la multitud. Es que se les antoja un tanto heterodoxo. Esperaban otro estilo, les ha cogido con el pie cambiado y no se sienten a gusto. Desaparecen sus valedores, cambian los procedimientos. Sus proyectos -quizás intrigas- se desmoronan a marchas forzadas.  

jueves, 20 de junio de 2013

Dios versus verano


Acabo de escribir un prólogo que me han solicitado para un trabajo académico. A pocas horas de estrenar verano y con una temperatura que va encaramándose reconozco que no es el mejor momento para transmitir el escrito.
¿Por qué? Porque trata de temática teológica y apunta hacia las cimas del pensamiento. Desentona, pues, del ambiente turístico mallorquín de esta época. El sol, el bochorno y la arena piden a gritos al viandante que se zambulla en la playa, se deje llevar por el vaivén de las olas mientras extravía la vista en las nubes. Acto seguido, a conversar distendidamente con un amigo mientras vacía un jarro de cerveza.
El hecho es que van por muy distinto camino las letras que siguen. Abordan el tema de Dios. Y, sin más preámbulos, reproduzco los párrafos en cuestión.
Una palabra y un concepto vilipendiado
Decía el filósofo judío M. Buber que Dios es la palabra más vilipendiada, manchada y mutilada que la humanidad ha escrito y pronunciado. No le faltaba razón porque se ha llegado a torturar y asesinar en su nombre. Nada extraño, pues, que alguien haya propuesto permanecer unos años sin pronunciarla ni escribirla.
Por otra parte aproximarse al misterio de Dios es exigente. La fenomenología religiosa se acerca a él diciendo que es un "mysterium tremendum et fascinans". Si bien, en el otro extremo, hay quienes banalizan la palabra y el concepto de Dios. Entonces, ¿con qué estado de ánimo abordarlo? Difícil tarea.  
Sin embargo, es legítimo e incluso necesario experimentar a Dios y hablar de Él. Dónde encontrar, si no, el sentido último de la vida y una solución -inicial, al menos- a la multitud de interrogantes que se nos plantan en el camino? ¿Cómo compartir estas inquietudes sin pronunciar su palabra?
Ahora bien, es del todo preciso mantenerse en un difícil equilibrio. Hablar, sí, pero con mesura. No hay que olvidar que "a Dios nadie lo ha visto nunca". Sólo el Hijo nos lo puede revelar y por eso resulta del todo imprescindible abrir la Biblia y escuchar las palabras de quien sabe del asunto. Nada de inventar teorías sin fundamento.
He aquí, pues, algunos de los motivos para hablar de Dios. Aparte de que Él es el eje de toda teología. Si se tambalea la fe en Dios, se desploma igualmente cualquier otra afirmación referida a la fe. Él se encuentra en la intersección de la inmanencia y la trascendencia de la naturaleza humana.
El centro y objetivo final de la teología no puede ser otro que el misterio de Dios, el Padre de Jesucristo, el dador del Espíritu. Es el tema que permanece más allá de las modas y los énfasis. Cualquier otra perspectiva deriva de esta.
Más allá de los ídolos
El misterio de Dios adquiere progresivamente mayor urgencia e importancia. En el primer mundo porque el secularismo y el ateísmo se extienden como mancha de aceite. Secularismo y ateísmo significan el ocaso de Dios. Apremiante batalla a tener en cuenta.
En cuanto al Tercer Mundo, que en muchos lugares se define como cristiano, las minorías luchan con todos los recursos a su alcance para defender sus privilegios y el "status" adquirido. Dicen que Dios está a favor de ellos pues que garantiza el orden y la paz. Urge, pues, hablar de la verdadera imagen de Dios y denunciar los ídolos tratan de solaparlo.
Existe una gran disparidad en la concepción y las prácticas que se pretenden derivar del mismo Dios. Esto es grave. Porque Él no es tan elástico y genérico que soporte cualquier formulación. Debe recobrar su verdadero perfil. De lo contrario seguirá siendo la palabra vilipendiada y manoseada a la que se refería Buber.
Al confrontar la moral, la trascendencia, el ecumenismo, el diálogo religioso, la lucha por la justicia con Dios -que es su motivación y su fuente- queda claro que Él no se halla ajeno al mundo, sino que se compromete con la historia humana y termina convirtiendo la muerte en resurrección, tal como la vivió Jesús, el Hijo.
Es necesario renovar la concepción de Dios. No se la debe confundir con un ídolo, sujeto pasivo, que espera y exige oraciones e incienso. Tampoco es el Ente que sirve para tapar los agujeros que la ciencia no logra explicar.
Dios es un misterio de amor que ha dejado la responsabilidad de la historia en manos humanas y nos guía a través de su Espíritu. Hay que eliminar las imágenes falsas o engañosas de Dios.
La teología nada tiene de opio para adormecer las conciencias de los ricos y alargar la paciencia de los pobres. Más bien es el pensamiento que comparten todos los que -alimentados por la experiencia de Dios- luchan en favor de los excluidos y de las víctimas de nuestro mundo. Si se quiere, los traspasados ​​de la historia.

lunes, 10 de junio de 2013

Bienvenida la crisis

Apenas iniciada la dura crisis que padecemos ya algunos entreveían “brotes verdes”. Pero no, por ninguna parte se apreciaban tales brotes. Se trataba de llenar de palabras los discursos, de dulcificar engañosamente el sufrimiento de quienes la padecían, de alimentar esperanzas vanas. Han ido pasando los años e intermitentemente hay quien divisa brotes verdes o alcanza a ver la lucecita al final del túnel. 
La crisis y quienes la provocan
La crisis ha echado raíces. Será larga, dura y penosa, para qué engañarnos. Seis millones de trabajadores sin trabajo requieren de mucho tiempo para ser absorbidos. Mes tras mes las cifras del paro no mejoran o mejoran levemente para retroceder luego. Por más que se establezcan comparaciones y se rice el rizo sosteniendo que la cosa no va tan mal, el hecho es que las mejoras al cabo son ficticias.
Seguiremos siendo testigos de desahucios, de gente que no llega a fin de mes, de niños llorosos a causa del hambre, de jóvenes a quienes se les diluye la esperanza. Tropezaremos con gente que carga dramas enormes sobre sus hombros. Para algunos las recetas son como sentencias de muerte. Carecen de tarjeta sanitaria y les resulta del todo imposible hacerse con el medicamento. 
Frente a tanto sufrimiento, los ciudadanos se enteran de que hay banqueros que se retiran con los bolsillos repletos de millones. Oyen decir que los asesores, nombrados a dedo, se multiplican. Llegan a sus oídos que las bebidas de alta graduación consumidas por los políticos en el parlamento están subvencionadas con el dinero de todos.
Cada día los periódicos descubren sorprendentes y descarados casos de corrupción. Los telediarios nos asoman a los juzgados día sí y otro también. Las personalidades que debieran vertebrar el país también tienen las manos sucias…
Agobiados por tales escenas y mensajes unos se indignan, otros se desmoralizan. Impotencia, rabia, animosidad, desesperación…  Posturas y sentimientos que crecen al socaire del sufrimiento y la irritación. De seguro que aumentará el delito contra la propiedad privada. Probablemente subirá unos grados el egoísmo del personal. El gran interrogante radica en saber cómo acabará reaccionando el grueso de la sociedad. 
Yo pienso -y sobre todo deseo- que también la solidaridad vaya en aumento. Como sucede cuando acontece un terremoto o una desgracia de gran envergadura, quizás los ciudadanos sientan que las fibras de su alma reaccionan de modo positivo. A lo mejor la crisis rescata la humanidad de muchos ciudadanos, esta virtud que mantenían cubierta de cenizas.
Una pobreza que interpela
Tal vez la pobreza creciente nos interpele de cara a compartir más y mejor. Como en los barrios marginados de los países del Tercer Mundo, es posible que los vecinos se presten los vasos, se regalen una sopa y se reúnan para espantar las penas. En un escenario un tanto idealizado entreveo el despertar de la sensibilidad de la gente. Cuando es preciso dar una mano, el personal no se hade rogar.  
De la enorme crisis que nos cubre con su velo a lo mejor surge una sociedad menos corrupta y más dispuesta a la solidaridad. Unos ciudadanos menos frívolos, menos obsesionados por el consumo y más atentos al rostro sufriente de sus vecinos.
Lo han dicho personajes que merecen todo el crédito. La solución de la crisis la debemos buscar en un estilo de vida austero, menos consumista y más respetuoso con el entorno. Nos equivocaremos si queremos salir de ella a base de violentar todavía más los recursos naturales. No iremos en la dirección correcta si tratamos de escapar de la misma a base de empujones y zancadillas, enzarzados en una loca carrera para conseguir llegar primeros. No, no imitemos a la jauría de perros hambrientos que se pelean encarnizadamente para hacerse con los huesos más apetitosos.    
La crisis puede sacudirnos a fondo y superar nuestra mediocridad. Y, apelando a un estrato más profundo, debiera ayudarnos a salir de la crisis una mirada al evangelio. No podemos compartir la Eucaristía sin hacer otro tanto con el pan de cada día. No es de recibo ignorar a los millones de seres humanos despojados de su dignidad.  
¿Cómo vamos a darnos la paz los que celebramos la Eucaristía, sin tomar en consideración las multitudes a quienes se les ha desposeído de la paz y del pan? ¿Cómo vamos a vivir despreocupados cuando a nuestro alrededor hay muchos hombres y mujeres a quienes se les escapa la esperanza entre los dedos y acaban dimitiendo de la vida? 

Yo no sé dónde ni cómo desembocará la crisis que padecemos. Pero si consiguiera despertarnos de nuestras inercias y hacernos más sensibles hacia quienes sufren, quizás tendríamos que darle la bienvenida. Si nos conduce hacia un estilo de vida más austero y menos depredador, si superamos la frivolidad y el consumismo, bienvenida sea la crisis.  

viernes, 31 de mayo de 2013

Cada uno en su propia lengua


Hoy tengo dos motivos para hablar del lenguaje que normalmente se usa en la Iglesia. Sí, el que emplean los predicadores, los que escriben cartas pastorales o encíclicas, quienes administran sacramentos. El que se usa en la liturgia, la catequesis y la oración.

Vayamos con la primera razón. En un fórum propuesto a los alumnos que estudian teología por internet les preguntaba cuáles eran las dificultades mayores que se interponían entre la Iglesia y los fieles cristianos de a pie.

Yo les insinuaba algunas. La que más resonancia tuvo y a la que prácticamente todos apuntaban con el dedo, diciendo que constituía un impedimento substancial, fue el lenguaje. Algunos de los adjetivos que le dedicaron: obsoleto, anacrónico, aburrido, repetitivo, moralizante, inadaptado a nuestra época…

Cuando las respuestas resultan tan masivas… Cuando el río suena… No se trata de acomodarse o de abaratar el Evangelio, sino de usar un lenguaje significativo para el hombre de hoy. Ello exige renovar en profundidad la teología y la catequesis. A mi parecer la fe ha devenido en exceso cerebral, abstracta, dogmática, con pocas referencias al cuerpo y al corazón.

Después de unos cuatro años estudiando filosofía no es extraño que a algunos presbíteros les dé por hablar un lenguaje cartesiano y otros tomen prestados los raciocinios de la escolástica. A la gente no le resulta fácil entender los contenidos embutidos en tales envoltorios.

Hay palabras en la liturgia y en la predicación que hacen el efecto de un pedrusco caído de un sexto piso. Circulan pensamientos duros de roer. En ocasiones ni siquiera son coherentes por falta de preparación o de digestión. Y si tales productos son pronunciados con voz engolada y ademán postizo, ya dirá el lector...

Decía el famoso especialista en el lenguaje, el sabio Wittgenstein, que todo lo que se puede decir se puede decir con claridad. Aunque muchos eclesiásticos lo disimulen.

Cada uno en su propia lengua

La segunda razón para escribir hoy sobre el lenguaje es que todavía están vivos los ecos de la liturgia de Pentecostés. El día en que todo el mundo escuchó a Pedro en su propia lengua. Más allá de la exégesis que requiera la afirmación, me agrada eso de que cada uno lo entendía en su propia lengua.

Existe el lenguaje del símbolo, de la imagen y del cuerpo. El lenguaje de los hechos, el lenguaje del arte, de la música, de la pintura. Hay muchas maneras de hablar, más allá de los fonemas y palabras.

Se puede hablar a Dios en cualquier lengua, aunque la que uno aprendió pegado al seno materno será siempre la de más dulces resonancias. Debieran saberlo quienes sostienen que la lengua es sólo para entenderse. Es mucho más: un signo de la propia identidad, una prolongación de los sentimientos más íntimos, una afirmación de la tierra que le vio nacer, etc. etc.

Es un tema que me aguijonea porque hay quien desea imponer un idioma extraño al que yo aprendí de niño. ¡Y lo hacen en nombre de la igualdad y del respeto! Como si la propia lengua, por ser minoritaria, no mereciera respeto alguno. Afortunadamente el Nuevo Testamento no es de la misma opinión. Cada uno entendía a Pedro en su propia lengua.

A Dios se le puede hablar en cualquier lengua,  pero la más sonora y auténtica es la que sale del corazón. Ésta es la propia, la que tiene vasos comunicantes con el núcleo personal más auténtico. No hay necesidad de hacer una exhibición felicitando a los fieles de la plaza de S. Pedro en 50 idiomas. Al fin y al cabo el único fruto que producirá será el de provocar cincuenta tandas de aplausos evanescentes como pompas de jabón.

A los pájaros no hay que hablarles de física cuántica porque ellos entienden sólo de trinos y silbos. La nostalgia del latín, el deseo de exhibirse o la rutina del hablar en escolástico no debiera opacar el lenguaje del corazón. A cada objetivo hay que asignar los medios más oportunos.

El don de lenguas, el carisma tan elogiado por algunos grupos de cristianos, tal vez consista hoy día en lograr que cada uno entienda al otro en su propio lenguaje. Las palabras inteligibles pro cualquiera son las que cargan sobre sus lomos el afecto, la ternura, la benevolencia de quien las dice. Y éstas no requieren de grandes explicaciones. Exactamente como sucede con un cuadro de Goya, la arquitectura de la Sagrada Familia de Gaudí, la fontana de Trevi, una película de Charlot, una pieza musical de Mozart.

Hace falta renovar el lenguaje con la fuerza de Pentecostés. Que cada uno entienda en su propia lengua. La lengua que no es, sin más, el embalaje de la idea, sino la idea misma, como sostenía Unamuno.

Y otra cita para finalizar, traducida libremente del catalán. Un párrafo de Joan Maragall en “Elogi de la paraula”: Ante un grano de inspiración sagrada, queremos construir edificios de razón vanidosa, inflando ridículamente los ritmos para llenarlos de palabras que nadan muertas en la superficie de las cosas. Y la gente se cansa de escucharnos hablar vanamente con música inanimada, y nos consideran maniáticos entretenidos, y lo somos. El prurito de una perfección y una grandeza superficiales, ha convertido la palabra en un enjambre vacuo de palabras sin vida.

Joan Maragall no pensaba en el lenguaje litúrgico, catequético ni homilético al escribir tales cosas. Pero ensamblan en el tema como anillo al dedo. De verdad que sí. 

lunes, 20 de mayo de 2013

Celos en tiempos cibernéticos



Existe un vínculo invisible y apenas descriptible que une, acerca, enlaza unas personas con otras en un clima de sinceridad y confianza. Las hace sentir acompañadas, seguras, comprendidas, valoradas. Llamémosle amor, afecto o amistad. Los tales han alcanzado una cierta madurez si logran mantener los vínculos lejos de toda dependencia o insana servidumbre. El riesgo de que los sutiles lazos del afecto se transformen en cadenas nada tiene de ilusorio. Que el amante/amigo trate de subyugar o avasallar al otro es un riesgo muy real.    

El amor, el afecto y la amistad pueden cargarnos sobre su grupa y conducirnos por el camino que desemboca en la felicidad. Pero también pueden entenderse mal y manejarse peor. Entonces nos transportan hasta las puertas del infierno. En tal caso acabaría teniendo razón la famosa y lapidaria sentencia de Sartre: el infierno son los otros.

Riesgos antes desconocidos
¿Varían estas situaciones en tiempos en que los correos electrónicos y las redes sociales parecen invadir todos los espacios? Por de pronto sí es verdad que en los tiempos tecnológicos que atravesamos los afectos se expresan con matices novedosos al viajar por el espacio cibernético y hacen su aparición riesgos anteriormente desconocidos.

El deseo un tanto enfermizo de poseer al otro, absorberlo y controlarlo –a saber, el vicio conocido como “los celos”- convierte el vínculo en grillete. Entonces los ojos dejan de tener la función de proyectar el alma para convertirse en cámaras de vigilancia. La sospecha se cierne sobre cualquier gesto o palabra.

Entonces, en el ámbito de la tecnología de la comunicación, tan presente en la vida cotidiana, las suspicacias buscan maneras de esclarecer la duda. El individuo corroído por la sospecha o afectado por la vana quimera trata de clarificar la situación rastreando las huellas que la maquinaria de los aparatos dejó en sus entrañas.    

No es nueva la afirmación de que vivimos en una sociedad parecida a la que describió la novela de G. Orwell –de título 1984- en la que se detiene describiendo la labor del “Gran Hermano”. En la misma todos los ciudadanos se hallan controlados por multitud de cámaras y micrófonos. Ni siquiera las alcobas de las casas logran escabullirse del ojo del Gran Hermano.

La profecía se ha cumplido con creces. Las calles y los edificios públicos están repletas de cámaras para garantizar nuestra seguridad, según dicen. Potentísimos ordenadores registran todo cuanto hace el ciudadano con el fin -siguen diciendo- de que el acontecer de la sociedad no se vea perturbado. El hecho es que estos datos sirven para intereses políticos más o menos encubiertos y para husmear en las economías ajenas particularmente.  

Los ordenadores de familiares y amigos
El asunto deviene más odioso cuando son los familiares y amigos quienes tratan de espiarle a uno ojeando los correos electrónicos, colándose en el perfil de la red social que maneja o hurgando en los mensajes breves de su móvil. O quizás rebuscando en el historial de internet o en las descargas efectuadas a través del aparato. De todo ello queda huella, de manera que de todo ello hay quien trata de aprovecharse.

La persistente tentación de dominar al otro a fin de garantizarse una compañía o amistad a la propia medida está destinada al fracaso. La única relación válida en el amor y la amistad es la que destila confianza. El control y el chantaje sólo dan pie a que el otro ponga en marcha alguna estrategia de huida o de simulación. El resultado, la mentira, la infelicidad en ambos interlocutores.

Inútil tratar de retener al amigo o al amado/a. Si el afecto de ambos es sincero el otro permanecerá a mi lado. Si alguno de los dos no es auténtico en su amor, entonces, aunque esté ahí, en realidad ya se ha ido. Existe una chocante teoría según la cual los celos serían prueba del amor que late tras ellos. Cabría rebatirla con una frase del ilustre Cervantes: “Si los celos son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el tenerla es señal de tener vida, pero vida enferma y mal dispuesta.”


sábado, 11 de mayo de 2013

Testigos del siglo XX


Con los pies bien adentrados el siglo XXI, se me ocurre hacer un recuento de los testigos cristianos de más peso que se han sucedido a lo largo del siglo XX. En este contexto, y desde la perspectiva humana y religiosa, cabría preguntarse: ¿cuáles han sido algunos de los testigos más cualificados en el transcurso del siglo XX? ¿Quiénes representan mejor los anhelos del siglo terminado?

Ante todo me permito recordar a dos mártires, aunque ninguno de los dos pueda acreditar –desde la oficialidad eclesial- su sacrificio en favor de la fe. No tiene mayor importancia, pues la burocracia está ahí para certificar los hechos y éstos siempre son más elocuentes que los decretos.

Monseñor Oscar Romero. Obispo que fue sensibilizándose en favor de los humildes y explotados a medida que contactaba con sus feligreses. Hacia el final de su evolución espiritual se distinguió por su fervorosa defensa de los pobres, el rechazo de la violencia y el amor a la justicia. Una tal actitud le valió ser acusado de subversivo.

Recibió el Premio Paz en 1980 y ese mismo año fue propuesto para el Premio Nobel de la Paz. Se cumplen 33 años de su asesinato, que padeció mientras celebraba la Eucaristía en la catedral. Ha sido calificado como el mártir más importante del siglo XX. Es ciertamente el salvadoreño más conocido fuera de las fronteras del país. La vieja catedral donde está enterrado su cuerpo ha venido a ser un centro muy notable peregrinaciones.

Con gran desconcierto los fieles cristianos fueron testigos de cómo la beatificación de tan excelso mártir encallaba en las rocas vaticanas a lo largo de muchos años. Con enorme gozo acaban de escuchar ahora de boca del Papa Francisco su deseo de que sea beatificado.

Dietrich Bonhöffer. Teólogo alemán, animador de la llamada "Iglesia confesante". Se opuso al nazismo en nombre del evangelio. Detenido por la Gestapo en 1943, fue ahorcado por los nazis poco antes de la liberación. Su pensamiento y su ejemplo han ejercido poderosa influencia no sólo en la teología, sino también en la vida de los cristianos posteriores. Su propósito como pensador se concretó en el empeño de llevar a Dios y a la Iglesia al ámbito secular.

Ha hecho fortuna la frase de que resume su pensamiento acerca de Jesús y le califica como "el hombre para los demás". Enseñó que se puede ser profundamente cristiano en una sociedad secularizada y que la fe no debe vivirse en la periferia de la vida -en momentos aislados- sino en el centro de la vida, sin solución de continuidad.

Un Papa, Juan XXIII. Contrariamente a lo que algunos piensan, también la jerarquía tiene capacidad para estimular y para desvelar nuevos horizontes. Algunos obispos, presbíteros y papas son capaces de fomentar la unidad sin eliminar las manifestaciones de pluralidad. Juan XXIII no exhortó a superar el miedo, simplemente no lo tuvo. Y de ahí que convocara un Concilio, renovara la Iglesia, abriera puertas y ventanas.

Juan XXIII firmó encíclicas de horizontes humanistas, atentas a los signos de los tiempos. Se preocupó de los obreros, de la paz, de las mujeres discriminadas. Repetidas veces dirigió sus documentos a todos los hombres de buena voluntad. Dijo en una ocasión: "Ahora más que nunca debemos dedicarnos a servir al hombre en cuanto tal y no sólo a los católicos; a defender sobre todo y en todas partes los derechos de la persona humana y no solamente los de la Iglesia católica. No es el evangelio el que cambia: somos nosotros que comenzamos a comprenderlo mejor".

Bernhard Haering.  Religioso redentorista, renovó la moral. La rescató de la casuística, de la periferia, del formalismo y la concentró en su objetivo vital: el amor a Dios y al prójimo. Habló del seguimiento de Cristo y de las bienaventuranzas, personalizó los planteamientos éticos. No declinó proclamar en voz alta sus convicciones, aunque tuviera que pagar por ello un alto precio. Sufrió la marginación y hasta un duro juicio que le hizo sufrir profundamente.

Martín Luther King.  Hizo gala de una enorme valentía y de una encomiable serenidad. Se aprestó a luchar contra la discriminación y la injusticia que sufría su gente. Ofreció la mejilla de la no violencia al agresor racista. Clamó y proclamó la igualdad, levantó su dedo acusador en contra del racismo, tan contrario al evangelio. Hizo crecer la fraternidad y no escatimó esfuerzos para que se entrelazaran las manos de diversos colores.

Teilhard de Chardin. Científico y pensador francés. Jesuita en 1898. Desde la ciencia pasó al campo de la filosofía y la teología ofreciendo los resultados de investigaciones científicas y de intuiciones personales. Se empeñó en superar concepciones del mundo medievales y escolásticas para ofrecer una visión más acorde con la mentalidad contemporánea.

Su perspectiva es de una grandeza y solemnidad poco comunes. Supo aunar - fue su gran objetivo y su última pasión- la fe cristiana con las exigencias científicas. La persona de Jesucristo adquiere un relieve poco común en su pensamiento. Como suele acontecer a las mentalidades abiertas y lanzadas al futuro, tuvo que sufrir incomprensiones a propósito de sus puntos de vista. Gran amante de la naturaleza, apasionado del proceso de evolución.

Edith Stein. Católica convertida del judaísmo. Fue monja carmelita, notable filósofa y escritora espiritual. La Gestapo la arrestó en 1942 y la trasladó al campo de concentración de Auschwitz. Finalmente, ejecutada por los nazis debido a su ascendencia judía. Los supervivientes de este campo de exterminio dan fe de la ayuda prestada por Edith Stein a sus compañeros y vecinos. Murió en una cámara de gas. Fue beatificada por Juan Pablo II en mayo de 1987.

Edith Stein

miércoles, 1 de mayo de 2013

Monseñor Romero, camino de la canonización


Se cumplen 33 años desde que el obispo Oscar Romero muriera asesinado por un balazo en el pecho mientras celebraba la Eucaristía. Días atrás fuentes vaticanas anunciaron que el proceso de beatificación seguirá adelante. El arzobispo italiano Vincenzo Paglia, tras entrevistarse con el Papa Francisco, afirmó que la causa de la beatificación de monseñor Romero había sido desbloqueada. 

Santo por aclamación popular 

La causa se inició en el lejano 1994 y se hallaba estancada por diversos motivos y presiones. Había que hacer un examen doctrinal de sus escritos y homilías, sostenían unos. Otros consideraban que no dejaba de ser peligroso ensalzar a un eclesiástico partidario de la teología de la liberación. Los de más allá temían las reacciones de los verdugos, todavía poderosos. 

Un gran número de cristianos de todo el mundo, y particularmente salvadoreños, sentían vergüenza ajena al saber de canonizaciones de personajes cuya vida levantaba fuertes interrogantes, mientras los expedientes de la causa de Monseñor yacían en el fondo de algún cajón. Ni siquiera la evidencia del martirio lograba allanar el proceso. 

Claro que la canonización popular ocurrió inmediatamente tras su muerte. En un ambiente de mentiras y falacias, de opresiones y crueldades, de egoísmos y ruindad la gente sencilla no tuvo ningún problema para afirmar que Oscar Romero era un santo. 

La doctrina misma de la Iglesia siempre ha sostenido que los fieles gozan de un instinto –sensus fidei, le llaman técnicamente- que discierne con tino entre conductas auténticas y falsas. De ahí que Oscar Romero fuera ascendido al rango de profeta, pastor y mártir por aclamación popular. Tres títulos que constituían el eje de su pasión y su misión. 

Los peligros de la canonización oficial 

Para la gente sencilla y para quienes sienten de verdad la causa de los pobres la canonización oficial no deja de tener sus riesgos. Y es que por el mismo hecho de ensalzarlo se le distancia de los suyos. La subida al altar no debiera neutralizar su figura. El Obispo Casaldáliga -otro personaje con similar ADN- temía este proceso de alejamiento y neutralización hasta el punto de escribir que sería un pecado hacerlo santo. Y yo añadiría, haciendo un juego de palabras demasiado fácil: no hay que hacerlo santo porque ya lo es. 

A Oscar Romero se le conoce y venera como santo a lo largo y ancho de nuestro planeta. Se han publicado y escuchado miles de veces sus homilías. Se conocen sus discursos y diarios. Innumerables son los escritos, las conferencias, las películas, las poesías que ha suscitado. Por cierto, entre los poetas cantores del Arzobispo merece mención de honor el Obispo Casaldáliga. Desde hace años una escultura se yergue en la abadía de Westminster. Como acontecía en los primeros siglos del cristianismo, la canonización oficial certificará simplemente la aclamación y el afecto popular. 

En su día todos los interesados por el tema sabían que Monseñor Romero no era bien visto por la jerarquía eclesiástica en general y en particular por los obispos de su país. El Nuncio tampoco sintonizaba con su actuación. Tanto era así que solamente Monseñor Rivera, su sucesor, asistió a su entierro. 

Ha escrito el teólogo Jon Sobrino, estudioso de su biografía y admirador de su proceder, que en la Congregación de Obispos del Vaticano se planteó destituirlo. De hecho le mandaron tres visitadores apostólicos en poco más de un año. Una tal actuación es una medida extrema a la que sólo se recurre cuando una diócesis padece gravísimos problemas y conflictos. 

Bien es verdad que, una vez la bala de los mercenarios atravesó el pecho de Monseñor, las sospechas menguaron, quizás por un elemental sentido del pudor. Entonces se le juzgó con menos dureza, pero se divulgó la idea de que era un buen hombre que pecó de ingenuo y de personalidad más bien escasa. Era manipulado por otros a fin de nutrir sus intereses sectarios. Y, sin decirlo, apuntaban a los jesuitas que escuchaban con agrado las exhortaciones del entonces Superior General P. Arrupe. 

Punto final 

El Papa Juan Pablo II cambió en parte su opinión respecto del mártir Oscar Romero. Visitó el Salvador en 1983 y, no obstante la oposición del gobierno, visitó la tumba de Monseñor en la Catedral. 

Tras el desbloqueo de la canonización instado por el Papa Francisco, el peligro radica en que la persona de Monseñor Romero se oficialice, se desdibuje y se acabe presentándolo como un piadoso sacerdote, devoto celebrante de la misa, constante en el rezo de las horas litúrgicas. 

No, no es que esas cosas estén mal, de ningún modo. Sólo que poniendo en ellas el acento quizás pase a segundo plano lo más típico de su actuación. Las aristas de su personalidad, las que no digieren los hombres del poder, no pueden ni deben evadirse. Monseñor Romero fue un profeta que denunciaba los desmanes de los capitalistas, el egoísmo de los oligarcas y la crueldad de los militares. Fue un hombre rebosante de misericordia que no se resignaba a que se les cerrara el horizonte de futuro a los pobres.