El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

viernes, 30 de mayo de 2014

La filantropía de una estrella


Prometí concluir dos flecos que quedaron colgando en el post anterior. Uno de ellos tenía que abundar acerca de lo que supone la literatura en cuanto obra de arte capaz de abrir una ventana hacia la trascendencia.

El segundo obedecía a una interpelación de la teología de la liberación. El motivo era que yo elucubraba acerca de cómo cabe hallar a Dios en la belleza, mientras que un autor destacado de la mencionada teología afirmaba que a Dios no hay que buscarle dónde a uno se le antoja, sino dónde Él dijo que estaba: en el servicio a los pobres.

Una estrella del cine

Y aventuraba yo que quizás había puentes que lograran vincular la belleza con el servicio a los pobres. Entonces recordé unas palabras escritas por una artista de Holywood (Audrey Hepburn) que bien pudieran servir como intento de unión entre la belleza y la dedicación a los más humildes.

Vayamos con el primer fleco. Escribió la dama: para tener unos labios atractivos, di siempre palabras amables. Para tener ojos adorables, mira siempre las cosas buenas de la gente. Mi comentario es que, más allá de la piel lozana y de una fisionomía armónica, creo firmemente que existe otra belleza. No lo digo porque así lo exige el tópico, sino porque es cierto: la belleza integral se la encuentra más fácilmente en la elegancia de las actitudes, en el donaire de la acogida y la simpatía que en la ausencia de surcos en el rostro.

La apostura seduce a primera vista, pero cansa al poco rato si detrás de ella no hay más que un sujeto vulgar, de escaso cerebro y sustancioso egoísmo. Las palabras amables siempre son bienvenidas y reflejan un alma dulce, siempre que no nos las tengamos que ver con frases y ademanes afectados.

Para una figura esbelta, comparte tu comida con los que padecen hambre. Cierto que la esbeltez tiene mucho que ver con la ingestión de comida. El comer en exceso envilece. Ingerir lo justo mantiene el cuerpo a raya y, si la comida que no se consume se reparte (quien dice comida dice bienes, tiempo, dinero…), entonces el rostro adquiere una nobleza difícil de explicar, pero fácil de captar.

Para mantener la elegancia camina con la certeza de que nunca estás sola. La soledad tiene sus valores, sin duda, pero no es menos cierto que, en cuanto uno se descuida, peligra que deprecie el propio comportamiento. Somos seres sociales y la soledad excesiva torna huraño, lleva a desinteresarse del propio aspecto y olvida el código de una elemental educación. Los otros están ahí, téngase muy en cuenta.

La gente tiene derecho a ser reivindicada y redimida. Nunca rechaces ni deseches a nadie. Rechazar equivale a ahuyentar, espantar, atemorizar. Quien se siente desestimado experimenta la desaprobación. Quizás reaccione con dureza hacia el prójimo, pues que desea pagar con la misma que él sufre en sus carnes. O tal vez emigre hacia su interior llevando a cuestas su decepción. En tal caso, como el caracol, en el futuro regresará al fondo de su caparazón al más mínimo roce con el exterior.   

Con el tiempo y la madurez descubrirás que tienes dos manos: una para ayudarte a ti misma y la otra para ayudar a los demás. Más aún: ayudando al prójimo uno olvida de sus pequeños egoísmos y miserias, mientras aumenta el gozo al comprobar que su existencia cumple con una finalidad que vale la pena. 
  
Acaba la frágil artista diciendo: La belleza de una mujer no está en su figura, en la ropa que viste o en la forma cómo se peina. La belleza de una mujer tiene que ser vista en sus ojos, porque son la puerta de su alma, el lugar donde habita el amor. La belleza de una mujer no está en la moda superficial. La verdadera belleza de una mujer se refleja en la bondad con la que da amor y en la pasión que demuestra. La belleza de una mujer crece con el pasar de los años.

La literatura como obra de arte

El segundo fleco que quedó al aire en el anterior artículo era el de la literatura como obra de arte, como flecha capaz de dirigirse a la trascendencia. Hablaba de la pintura, la arquitectura, la música como vehículos de la estética y, por consiguiente, capaces de aproximarnos al ámbito de la trascendencia. 

No menos la literatura puede ser una obra de arte, generar placer, sumirnos en experiencias que superan la rutina. El lector con sentido estético sabrá individuar en los escritos valiosos las emociones que aparecen sembradas acá y allá. Apreciará la belleza del lenguaje capaz de combinar palabras que suenen bien al oído. Agradecerá que le presenten los adjetivos más adecuados, elegidos de entre un rebaño de palabras amontonadas en el diccionario. Sentado en su sillón o acostado sobre la hierba, el lector quizás emprenda una excursión hacia países lejanos, hacia los confines del universo o más allá de él. Tal vez baje hacia las profundidades de su propio ser y descubra sus confines hasta entonces ignorados. 

Como fuere, la literatura digna de ser calificada como obra de arte es una vía que nos aproxima a la trascendencia. Cuando damos con ella las emociones y las sensaciones experimentadas nos introducen —o aproximan, al menos— en la estupefacción, la fascinación, el arrobo… 


martes, 20 de mayo de 2014

El arte, vía hacia la trascendencia



Las revistas especializadas en temas religiosos, y en general los diversos medios de comunicación hablan cada vez con más frecuencia acerca del turismo religioso, de exposiciones de arte sacro, de tallas, esculturas y pinturas relacionadas con la fe. Le sonará sin duda al lector la exposición “Las edades del hombre”, así como la iniciativa que recoge muchas inquietudes y y sanas ambiciones: “Catalonia Sacra”. Sólo por citar dos muestras.
El tema de la belleza está sobre el tapete. Y aquí sería el momento de citar la frase atribuida a Dostoievsky: “la belleza salvará al mundo”. Aunque hago una acotación:  nunca la he leído en sus obras ni jamás la he visto citada en una obra en concreto. Así que estoy por creer a quienes sostienen que el autor jamás la escribió. Lo cual no impide que la idea ande cargada de razones.  
Aludir a la belleza sin más resulta abstracto. Es preciso concretar por alguna parte, tirar de algún hilo para desenredar el ovillo. Para empezar son diversas las clases de belleza. Está, por ejemplo, la que nos muestra una naturaleza exuberante: un cielo límpido y azul, un mar en calma, de colores cambiantes, unas montañas que nos avasallan dejándonos estupefactos y pensativos.
Está luego la belleza del alma, la bondad que se manifiesta en los ojos de la persona, en su semblante armonioso. A no confundir simplemente con una piel lozana, sin arrugas y de colores saludables. La belleza, en su versión bondadosa, es ese algo tan difícil de describir como el sabor de una fruta y que, sin embargo, se percibe sin restricciones. 
Por supuesto que contamos con la belleza física. La de la joven que acaba de salir de adolescencia y exhibe su lozanía, casi de modo explosivo, frente a las miradas ajenas. Belleza de unas formas graciosas y gráciles. Un rostro ovalado y simétrico, sin nada que opaque su esplendor. También el pequeño que se tambalea al caminar deja un rastro de inocencia y espontaneidad. De belleza, al cabo. 
Incluso es factible hablar de la belleza de la técnica. No sólo por las formas de los aparatos que la contienen o la ponen en práctica, sino por los servicios que presta, por su útil bondad. Es sabido que el mundo clásico, tanto el pagano como el cristiano, vinculaba estrechamente la bondad -la utilidad es un aspecto de la bondad- con la belleza.
Sin embargo la belleza que me empuja a escribir estas líneas es la de la obra de arte latente en la arquitectura, la escultura, la imagen, la música, la literatura. Se trata de una belleza comparable a la de una ventana abierta a la trascendencia. Más aún, es un empujón que obliga a encaramarse por esta ventana y escapar así de los límites en los que uno se halla preso. La belleza quiere escapar de los sucesos cotidianos, manifiesta sed de infinito, impulsa a mirar hacia el más allá.
Hay expresiones artísticas que nos ponen en contacto con la Belleza en mayúscula, entre las cuales, algunas brotan de la fe, la expresan sin trabas y la contagian. Las iglesias góticas y románicas ilustran bien lo que pretendo decir.  Bajo el techo del edificio gótico nos sentimos pequeños o quizás mejor, deseosos de plenitud… Arriba se encuentran los vitrales que filtran la luz para metamorfosearlos en colores cálidos, un tanto misteriosos. Permanecemos distantes de ese ámbito admirable. Nos cautivan las líneas verticales que se elevan hasta perderse de vista mientras fascinan la mirada y sumen el alma en un éxtasis inicial. 
La iglesia románica no es menos impactante, aunque emprende su ruta en otra dirección. Al traspasar su umbral escuchamos con fuerza una voz interior que invita al recogimiento y a la oración. La sensación se impone con autoridad. En la penumbra que guardan los muros y columnas del edificio advertimos que se han ido acumulando los posos de la fe y la plegaria de muchas generaciones. Ahí están interpelándonos y estimulándonos para que rompamos los barrotes de nuestra cárcel interior.
¿Y qué sucede con la música? Este arte, el menos tangible, es para mí el que más resonancias y sentimientos despierta. Al escuchar una pieza de música sacra, pongamos por caso el Ave Verum de Mozart, el ánimo se dilata y percibe que el Espíritu aletea en el interior de la persona. Las notas musicales vibran en el aire, tanto como hacen vibrar las fibras más íntimas del alma. Piensen en el Ave Maria de Caccini, en alguna de los corales de Juan S. Bach…
El Papa Benedicto XVI se explayaba con su vecino de butaca tras escuchar una cantata de Bach afirmando convencido de que tanta belleza no podía ser sino verdad. Una verdad, si se quiere, de carácter personal y no forzosa, pero manifiesta y fehaciente para el individuo. 
Otra belleza útil, estimulante y fascinante en ocasiones, la conforma la literatura. Pero habrá que posponer los comentarios relacionados con la misma. El espacio manda. Simplemente acabo con un escrúpulo que me inoculó la teología de la liberación. A Dios no hay que buscarle donde se nos antoja, aunque sea en la Belleza, sino dónde El dijo que estaba. Y lo dijo claro en los evangelios: en los pequeños y los pobres.
¿Me habré equivocado en estas líneas, habré circulado contra dirección? Creo que existen puentes para transitar de la belleza del arte hacia la desconcertante belleza del servicio a los pobres. Me servirá de trampolín unas muy acertadas ocurrencias de la estrella del cine Audrey Hepburn -por paradójico que parezca- acerca de cómo conseguir la belleza y la elegancia. Pero ello será en el próximo post.

sábado, 10 de mayo de 2014

Las cicatrices de la post-crisis



Una y otra vez el personal instalado en el gobierno diserta, nos informa y adoctrina acerca del cambio de tendencia en cuestión de economía y finanzas. Queda por hacer, claro, pero la victoria es segura. Ésta es la estrategia electoral y nos la repiten en cuanto la ocasión se tercia. En los mítines, las entrevistas, los periódicos, las emisores de radio y TV. 

Yo entiendo más bien poco de economia y finanzas. Sí sé que tengo a la mitad de los sobrinos en paro. Me consta también que en muchas Iglesias el personal de Caritas se desvive tratando de conseguir alimentos para todos los que están en la cola. Hace un par de años fui testigo presencial en la periferia de Barcelona.

Las cicatrices del día después

Temo que lo más triste de la crisis llegará el día después. A lo largo de años mucha gente ha luchado para lograr algunos derechos en la fábrica, en el sistema de salud y de pensiones. Unos han corrido delante de los policías, otros han sido interrogados y vejados en cuartelillos y calabozos. A unos les han birlado la beca, otros han sido fichados con la finalidad de impedirles todo ascenso en la escala social. 

Tras la crisis quedarán jirones de derechos y salarios esparcidos por entre las reformas del trabajo, los recortes en sanidad, los pluses que nunca llegaron... Sí, lo más terrible de la crisis será la post-crisis. Algún día el presidente del gobierno anunciará con ademán risueño la noticia del fin oficial de la crisis. Y ello gracias a los esfuerzos del gobierno, su buen hacer y su perseverancia. 

Sí, algún día del año 2015 nos levantaremos con la noticia que los compinches y acólitos  de los poderosos esparcirán por todos los rincones. Se nos dirá que los sacrificios valieron la pena. Algunos periodistas de pluma cotizada, bien pagados por instancias superiores, alabarán la gestión de quienes tuvieron la responsabilidad de atajar las vías de agua de la economía.

Se sorteó el rescate y cambiaron las tendencias para bien. Cierto que quedan algunos síntomas preocupantes y que conviene andar con cautela, pero los ciudadanos pueden respirar con alivio. Las políticas de ajuste han logrado su objetivo. La crisis ha quedado cautiva y desarmada como el ejército rojo en el año 1936. Basta de críticas al gobierno, lo que ahora procede es la alabanza y el agradecimiento. 

El día que se nos anuncie el final de las dificultades financieras más de uno sonreirá agradecido. El mandamás de turno recordará que él tenía razón y que no era fundada la desconfianza con que los ciudadanos se embadurnaron a lo largo de varios años. Y, claro, hay que agradecérselo.

En este tipo de discursos no se aludirá a la crisis de la ecología, ni al pésimo reparto que sufren los ciudadanos, ni al desatino de vivir como si los recursos fueran ilimitados. La crisis habrá terminado oficialmente, pero los salarios se habrán desinflado, la clase  media andará de rodillas. Los jóvenes trabajarán sin apenas cobrar, los estudiantes no podrán ejercer como tales por escasez de becas. Los que un día marcharon más allá de las fronteras seguirán lejos. Las estadísticas de los parados bajarán unas décimas. Todo requiere su tiempo, nos dirán. Lo importante es que cambie la tendencia. 

La crisis habrá terminado, pero los niños se hacinarán en las aulas, antes espaciosas. Habremos superado los días malos, sin embargo los centros de salud no nos atenderán sin pago previo. Las tendencias de la macroeconomía navegarán viento en popa, pero las recetas serán como condenas al infierno oscuro de la enfermedad sin esperanza. 

Lo peor de todo serán las cicatrices que habrán dejado en el alma los días de crisis, ahora superados, según la consigna. Estas cicatrices nos impedirán protestar en la oficina o la fábrica porque el fantasma del despido andará cerca. Se nos recordará lo que pasó hace muy poquito. Y tendremos que pasar por el aro y vivir domesticados. 

Cada uno con su sardina

Las cicatrices de la crisis que quedó atrás nos robarán una porción de solidaridad. Como felinos escaparemos al rincón a comer la propia sardina. El hambre aprieta y quizás no haya para todos.

Unos pocos años han bastado para degradar derechos y salarios, para dejar cicatrices en la piel de los ciudadanos y para inyectarles el miedo en el cuerpo. Estas cosas pasaban después de una guerra, pero ahora no ha hecho falta empuñar metralleta alguna. Bastó con que los articulistas escribieran acerca de la reciedumbre de los tiempos. Bastó con que unos señores vestidos de negro, procedentes de otros países, dictaminaran acerca de los peligros y de las medidas a tomar. 

Amenazas, miedos, intranquilidad, recelos, desconfianzas, suspicacias.... En este mar de temores se habrán diluido los derechos adquiridos con tantos sudores. Unos pocos años y el sólido castillo de las reivindicaciones logradas se ha venido abajo. Tal parece que el paisaje social ha padecido las consecuencias de un terrible incendio.

Puede que salgamos de la crisis, pero será con el cuerpo hecho jirones y el alma amedrentada. Tendremos los bolsillos más vacíos y actuaremos con menos solidaridad. Ya ablandados, confesaremos en voz baja que somos un poquito más cobardes y que hemos perdido las ganas de luchar de nuevo por los derechos ahora perdidos. 

Mientras tanto seguirán las reformas porque no se debe dormir encima de los laureles. No es sensato gastar tanto, nos dirán, pues el gasto público se sufraga con el dinero de todos. Hay que espabilarse porque, de lo contrario, la gente se aburguesa y se niega a doblar el espinazo. 

Todas estas cosas nos dirán los que se sientan en la mesa de ministros y sus bien alimentados asesores. Ellos sí hablarán sin miedo y ajenos a las cicatrices. Viven en un mundo diverso. Tienen siempre abiertas las puertas de las grandes corporaciones, sus rentas se hallan a buen recaudo. 

miércoles, 30 de abril de 2014

Entre la cabeza y el corazón


Suele darse por descontado que el núcleo fundamental y decisivo que constituye al ser humano se halla en la cabeza. Es decir, en su facultad de pensar y razonar. Así ha sucedido a lo largo de la historia, aunque es cierto que en determinadas épocas el sentimiento, el instinto y la emoción le han echado un pulso a la mente y sus facultades pensantes. Los Vedas dicen lacónicamente: “el hombre es sus ideas. La acción sigue dócil al pensamiento como la rueda del carro sigue a la pezuña del buey”.
Por su parte Descartes, el padre de la filosofía moderna, se permitía dudar metódicamente de todo, excepto de que era capaz de pensar. Dejó pergeñado su pensamiento en una frase que ha hecho fortuna: “pienso, luego existo”. Otro gran pensador contemporáneo del filósofo citado, Pascal, definió al hombre como una caña pensante. Aun cuando él otorgó fuerte protagonismo al corazón, a la afectividad.
¿Preciso es conocer antes que amar u odiar?
Se supone que los sentimientos y los resentimientos, los odios y los afectos implican un conocer previo. No cabe amar ni odiar aquello que se desconoce. El refranero lo dice con más gracia: “ojos que no ven corazón que no siente”. Y si traducimos a los originarios habitantes del Lacio la frase diría más o menos así: “nada deseo de lo que desconozco”.
En principio parece un argumento sin brecha eso de que se ama aquello de lo cual uno tiene alguna información. De donde se concluye que la cabeza precede al corazón y que la afectividad sigue sumisamente los pasos que le dicta la razón.
Sin embargo se da el caso de que principios muy tradicionales y aparentemente bien trabados de pronto ceden ante el peso de la curiosidad o la impertinencia intelectual. ¿Y si resultara que uno ama lo que ama porque antes ya siente una indefinida comezón que dirige sus ojos y su pensamiento hacia aquello que justamente desea?
No se trata de enredar al lector. Sucede que los puntos de vista posibles, así como los razonamientos susceptibles de ser modelados son ilimitados. Entonces se requiere concretar. Si nos atrae la vista un pájaro en la rama, no queda más remedio que desatender a otras ramas y otros pájaros. Cuando las pupilas enfocan hacia un punto determinado necesariamente dejan de observar el resto.
Sucede algo así como al elegir una profesión. De entre las muchas posibles no me queda más remedio que señalar una. Con lo cual le digo que no a otras muchas que solicitaban mi atención. Y cuando el vecino se casa, le dice que sí a una mujer mientras tácitamente les dice que no al resto. O así debieran ser las reglas del juego.
¿Los sentimientos antes que los pensamientos?
Ahora bien, ¿por qué enfoco hacia un punto mi pupila en lugar de girarla hacia su contrario? ¿Por qué elijo una profesión en lugar de otra? Sencillamente porque existe un mecanismo o resorte que se encarga de esta función. A este propósito dice Ortega que un pintor, un cazador y un labrador observan paisajes distintos no obstante se hallen en el mismo lugar. El panorama pictórico no lo ve el cazador, atento a los detalles que le interesan. Ni el labrador observa los eventuales lugares por donde se deslizará la liebre. Cada uno va a lo suyo.
¿Acaso no se trata de un mismo y único paisaje, bien objetivo y objetivable? Desde luego, pero una facultad previa a la razón y al entendimiento fuerza la vista hacia los intereses de cada uno. De manera que quizás no sea tan verdadero aquello de que el afecto sigue al pensamiento y resulte más bien que el pensamiento razona ya contaminado por lo que le sugiere el corazón.
Lo cierto es que andamos con dos brújulas para movernos por los senderos de este mundo. El corazón y la razón. Y suele escucharse con más atención lo que inspira el sentimiento que lo que dicta la razón.
Todo lo cual no lo digo por el mero gusto de discurrir o filosofar, sino que tiene derivaciones de extrema importancia. Es muy conveniente saber donde uno tiene aparcado su corazón. Tal vez así sepamos por qué algunos políticos muestran una especial sensibilidad por el orden público y no tienen inconveniente en echar mano de la macana en cuanto peligra la disciplina. Y, a la inversa, cómo es que otros son todo oídos para cuanto tiene que ver con la justicia social y el diálogo, mientras pasan por alto las condiciones previas que permiten impartir justicia.
La lección de los políticos vale para otros grupos y para las personas. Cada uno tiene su punto débil, su manía, sus lentes oportunamente coloreados. En la misma Iglesia, por poner un ejemplo, no se da la misma sensibilidad para todos los textos de la revelación. Unos prefieren acentuar el culto, los otros la fraternidad, un grupo se preocupa por una mayor justicia, el de más allá queda atrapado en la ley.
La conciencia de que el punto de mira personal no es único, ni privilegiado, ni centro de toda convergencia ayudaría a hablar con mayor modestia, evitaría arrogancias y manotazos. Pero antes conviene identificar cuál es el tic que me lleva a mirar siempre y sin dudarlo hacia el mismo punto del horizonte.  Por ahí empezará la solución al enigma de cada personalidad.

lunes, 21 de abril de 2014

Insultos interactivos


Como bien sabe el internauta, en el mundo de las web de última generación se ofrece la posibilidad de que el lector haga sus comentarios acerca de lo leído. Tales escritos pertenecen a un género literario que todavía no ha sido definido. Allá se dan cita los sabiondos, los que insultan soezmente, los que incurren en penosas faltas de ortografía, los que recurren a los atributos genitales para sostener el hilo de su argumentación.
No faltan, por supuesto, quienes exhiben una sublime ignorancia. Uno de ellos escribía sin ruborizarse que Blas Pascal era ateo. El otro que Jesús fue un extraterrestre. Y así sucesivamente.
Años atrás me causaban desazón los tacos oídos por radio o televisión, como también las palabrotas plasmadas en blanco y negro en revistas y periódicos. A fuerza de escucharlas y leerlas la furia se amansa y la indignación se diluye. Actualmente mis preocupaciones transitan por otros senderos.
¿Insultos agraciados?
Confesaré incluso que me produce una cierta gracia las descalificaciones, insultos, improperios, tacos, denuestos, vituperios y maldiciones que gotean algunas web digitales en cuanto empiezan a interactuar los lectores. Me imagino las muecas de quienes juntan letras inflamados en sus fobias, la rabia de los que embisten contra su adversario e incluso la agudeza procaz de algunos escribientes.
Afortunadamente quienes garabatean obscenidades desde el anonimato y escogen pseudónimos opacos no representan a la mayoría de los ciudadanos. Más aún, algunos de los tales ejercen como personas sonrientes, bien vestidas y educadas cuando actúan a cara descubierta. Se diría que el anonimato reviste a algunos con traje olor a azufre, les atornilla rabo y cuernos sin que lleguen a tomar conciencia de la metamorfosis.
Chabacanos, bastos, groseros, toscos, zafios, burdos, procaces, irreverentes… todos estos calificativos se me ocurren  mientras tomo nota de los sentimientos, ideas y emociones de los anónimos escribientes.   
Tras el período de indignación, me tomo a broma las líneas que aparecen en las webs interactivas. Sobre todo si tratan de fútbol y muy particularmente de la pugna entre Madrid y Barcelona. Uno se tropieza a cada paso con expresiones alusivas a los genitales, pero no recojo ninguna piedra para lanzarla contra los pseudónimos. En ocasiones hasta llego a admirar la imaginación desvergonzada y el insulto refinado a que puede llegar la pluma embravecida arremetiendo contra el adversario.
En familia no escuché tacos. Más crecidito sí que llegaron a mis oídos palabras groseras que procedían de fuera del hogar. Las asociaba a ambientes donde circulaba el alcohol con generosidad o donde el sexo plantaba su tienda. Ya adulto concluí que las palabrotas son, en buena parte, expresión de rebeldía. Hay un momento en la vida en que uno se siente impulsado a decir “no”, a transgredir las reglas, a buscar compinches lejos de la autoridad establecida. Entonces el humus está a punto para que brote el fruto.
Lo malo del asunto es que para algunos la evolución se estanca y a lo largo de los años sueltan tacos y palabrotas sin tregua ni descanso. Los tales resultan desagradables y odiosos de cara a la convivencia.  Peor sí lo que pretenden con su vocabulario es hacerse notar. Y no cambia mucho el asunto si su inconsciencia les impide deducir por ellos mismos que se salen del tiesto una y otra vez.  
Preocupa la ética y la estética
Quien estas líneas escribe anda bastante curado de espantos y no se escandaliza por escuchar tacos repugnantes. Mis lamentos van en otra dirección: quienes reniegan, descalifican e insultan de palabra o por escrito limitan de modo tajante el vocabulario. Empobrecen los términos de la comunicación.
Tampoco me preocupa en este punto la riqueza del idioma, sino que tomo en consideración otro punto de vista. La lengua sirve para comunicarse, pero también para convivir. La forma de hablar da cuerpo a la forma de sentir y, a la postre, de vivir. Las palabras salen de nuestra más profunda interioridad. El lenguaje no es algo que tangencialmente tiene que ver con cada uno, sino que se desprende de su esencia.  
El lenguaje hace las veces de canal que conduce a la superficie las aguas subterráneas del individuo. En las mencionadas webs que acogen comentarios digitales, escritos tal vez en un momento de pasión, rabia o rencor, afloran cada vez más vocablos groseros, vulgares y ofensivos. La vida queda reducida a los niveles más primarios e instintivos. La racionalidad parece esfumarse.
La esencia humana supera los niveles emotivos y sentimentales centrados en las emociones y sentimientos menos nobles. Claro que hay que contar con los instintos y las emociones. Bastantes sufrimientos ha ocasionado el intento de pretender eliminarlas. Pero cuando sólo aparecen en su formulación más siniestra y lóbrega, entonces mucho me temo que no avanzamos en dirección al horizonte de la cultura, de la belleza y la educación, sino más bien al contrario.   
Y no vayan a invocar la democracia o la libre expresión para otorgarse el derecho a ser maleducado. La democracia no debe convertirse en la línea que iguala a todos a partir de las actitudes y sentimientos más nauseabundos y repulsivos, sino que debiera aspirar a la igualdad a partir de una común educación, amabilidad y cultivo de la inteligencia.

Por supuesto que no abogo por construir una especie de aristocracia. Deseo simplemente una democracia que ayude a subir el nivel de la urbanidad y los buenos modales. Ello sería buena muestra de que no anda ausente del individuo la ética, ni la estética.

viernes, 11 de abril de 2014

Carta a José de Arimatea


Permíteme que te escriba unas líneas en estos días de pasión, aunque sólo te conozca de lejos y de oídas. Te llaman José de Arimatea. No eres protagonista de primera línea, pero te cruzaste con los pasos de Jesús de Nazaret y para siempre tu nombre nos resulta familiar a los que leemos los evangelios. Irradias un discreto encanto. Te imagino con la cabeza plateada, porte digno, recto en el obrar, combinando exquisitamente la valentía con la prudencia. 

Formabas parte del ilustre Consejo del Sanedrín, que se las tuvo con Jesús: le miraba con inquina, celos y sospechas. Personalmente tú no comulgabas con tales sentimientos. Bien al contrario, las palabras y gestos del Maestro te fascinaban. Tus ojos penetrantes veían en el fondo de su rostro toda la benevolencia, mansedumbre y ternura que tus colegas eran incapaces de percibir. 

La infamia de los crucificados

La infamia de los crucificados no acababa con su muerte en el madero. Luego eran mal enterrados entre sombras e ignominias. Gracias a ti no sucedió así con el Maestro. Cuenta Marcos que fuiste a pedir el cuerpo a Pilatos, el cual se sorprendió de tan corta agonía. Permitió que llevaras a cabo tu plan. Lo bajaste de la cruz, lo envolviste en una sábana recién comprada y lo depositaste en un sepulcro excavado en la roca. 

Mateo nos informa también de que el sepulcro era tuyo. Lucas añade que eras un varón bueno y justo, miembro del sanedrín. Juan dice, además, que Nicodemo estaba contigo y que compraste una gran cantidad de aromas para el entierro del cuerpo. Nos informa que eras discípulo de Jesús a escondidas. No deseabas que se aireara tu devoción por Él. No me parece bien tanto anonimato, aunque te comprendo, pues bien sabemos cómo las gastaban tus compinches del ilustre Colegio. 

Supiste que Jesús fue detenido de madrugada en el huerto de los Olivos. Se le juzgó enseguida, en estas horas poca dignas para tales menesteres. Es que los confabulados esperaban con afán y una buena dosis de odio a Jesús para hacer una parodia de juicio. Muy de mañana acudieron al Procurador romano, pues había que acabar con la vida del Maestro y a ellos no se les permitía sentenciar a muerte. Además, tenían que quedar bien frente al pueblo: Jesús, su enemigo, era un impostor que merecía ser castigado. Ellos llevaban razón.

Te enteraste de todo ello, José, la mañana del Viernes Santo. De seguro que empezaste a mover los hilos para liberar a Jesús. Pero llegaste tarde a causa de tantas precauciones. Tenías miedo, confiésalo abiertamente. El Sanedrín había amenazado con expulsar de la sinagoga a todo el que aceptase a Jesús como Mesías. 

Ahora la condena de Jesús era irreversible. Cuando los esbirros le conducían al monte Calvario se te ocurrió lo que a otros muchos pasó por alto. ¿Qué sucedería con su cuerpo? En este punto todavía estabas a tiempo de actuar. Tratarías de evitar la ignominia de que los restos de Jesús acabaran devorados por las fieras salvajes o fueran ominosamente desparramados en una fosa común. 

Pensar con rigor, actuar con valor

Recordaste el sepulcro de tu propiedad cavado en la roca viva. Fuiste a comprar la sábana y los ungüentos. Te revestirías luego de valentía para solicitar a Pilatos los despojos del Maestro. 

Acudiste, José, al Calvario con prisas. Con la ayuda de Nicodemo y el discípulo Juan desclavasteis el cuerpo del madero. Mientras su madre sollozaba, lo lavaste de la abundante sangre seca y de las heridas que tapizaban toda su piel. Lo ungiste con afecto y lo depositaste en el sepulcro. 

No es por halagarte, José, pero tú y tu colega Nicodemo superasteis el miedo y os comportasteis con valentía al hacer caso omiso del odio que respiraban los miembros del Sanedrín. Arriesgasteis el prestigio y hasta la vida. La ráfaga de odio que acabó con la existencia de Jesús bien podía arrastraros también a vosotros. Pero en los momentos difíciles se conocen los amigos. Cuando todos desparecen, la lealtad obliga a mantener el tipo y dar la cara. En esto sois dignos de admiración. 

La vida es complicada, tiene sus aristas, José. Quien espera acumular todas las certezas antes de tomar una decisión, muy probablemente nunca llevará manos a la obra. Por pretender ser demasiado prudente actuará con imprudencia. La perplejidad paraliza. Al socaire de la excusa de una mayor certeza hay quien trata de diluir su propia responsabilidad. Y así acaba uno siendo más imprudente que si hubiera actuado con menos certezas en el bolsillo. 

La verdadera prudencia toma en consideración el hecho de pensar con rigor, a la vez que actuar con valor. Reflexiona para no caer en la frivolidad, pero no desdeña la valentía, la cual no consiste en no tener miedo, sino en superarlo. No se debe dejar de actuar, pues, al fin y al cabo, quien nada lleva a cabo toma también una decisión: la de no actuar. Frente al cadáver de Jesús desapareció de tu mente cualquier cálculo humano.

No formas parte del santoral de la Iglesia católica, José. Todavía no existía la tal Iglesia por aquellos entonces. A pesar de todo, te dirijo mi plegaria confiada en esta semana. Escúchala y, a cambio, estimula la intrepidez de los creyentes. Que sean prudentes como serpientes y sencillos como palmas. Un atractivo programa.

martes, 1 de abril de 2014

Sobrepasado el ecuador de la cuaresma


En cuanto me hablan del día mundial de algún suceso, objetivo o conmemoración, a mi me entra una indefinible desazón envuelta de escepticismo. Personalmente no me gusta celebrar una fecha previamente plasmada en el calendario. A no ser que se trate de acontecimientos y fechas muy personales: el aniversario del día en que uno vino al mundo, las bodas de plata...

No me va celebrar simplemente porque el calendario lo manda. Festejar un hecho que tiene escasa relación personal con uno se me antoja un tanto artificial. Así me siento cuando leo en la agenda que el día tal toca el turno al día de la mujer, de la madre, de Haloween, de la paz, de los humedales, del cáncer, del sueño, de la discriminación racial y de una inacabable retahíla. Porque quedan pocos días ­—–si es que alguno— sin su correspondiente memoria, recuerdo o celebración. 

¿No sucede otro tanto con la Cuaresma, la Pascua, la Navidad y demás tiempos o festividades litúrgicas? Sí y no. Porque no se celebra tanto un día específico, cuanto una actitud en la vida, un objetivo, un camino que se recorre. Lo manda el calendario, pero quien vive en el contexto de la fe no sólo lo celebra porque está escrito, sino más bien está escrito porque siente el deseo y la necesidad de celebrarlo. 

Dándole vueltas a esta cuestión he pensado que valía la pena refrescar para mí y para el eventual amigo lector, algunos datos acerca de los días que transcurrimos. 

La pedagogía de la Cuaresma

En primer lugar cabe decir que la cuaresma nació en plan pedagógico. Sí, para enfatizar el núcleo de la fe cristiana, el triduo pascual, el cual sitúa en primer plano la muerte y resurrección de Jesús. Abordar el triduo sin una preparación no parecía congruente. Los lances importantes se preparan. Se pensó en aproximarse a la fecha bajo el número cuarenta. Tales fueron los días que Moisés, Elías y el mismo Jesús pasaron en la montaña y/o el desierto. Por más que el número tenga bastante de simbólico.

Ya desde muy temprano esta época se aprovechó, además, para intensificar la preparación doctrinal y moral de los candidatos al bautismo. Porque por aquellos entonces no se cerraba el expediente con una charla en la oficina del párroco o en la sala donde un catequista echa su perorata a los padres del bautizando. 

Se comprende, pues, que a lo largo de la Cuaresma adquieren mayor relieve los elementos relacionados con el bautismo, ya sean oraciones, lecturas o símbolos varios. Por supuesto, también se habla de la penitencia y su auténtico significado que básicamente implica un cambio de camino y actitud. 

Tratándose de un tiempo fuerte ­—así se le conoce— nada más natural que desfilen por la pasarela de la liturgia los elementos que conforman los pilares cristianos: el éxodo, la peregrinación por el desierto, la alianza, el exilio, el profetismo...

La Cuaresma hace las veces de un despertador que recuerda la seriedad de la vida. Podemos arrepentirnos de lo que hacemos, pero no podemos borrarlo de nuestra biografía. El tiempo corre en línea recta hacia un final. Para el creyente termina en los brazos de Dios Padre. Entonces no extrañará que también se evoque el esfuerzo, la purificación, la transformación, la oración, el ayuno....

El gesto de la ceniza

Empieza la Cuaresma exhortando a que el individuo se convierta y crea en la Buena Nueva. Y ello acompañado con el gesto de poner la ceniza en la frente. Una ceniza que pretende bajarle los humos a la persona: también él, tan elegante, tan deportista, tan adinerado, se convertirá un día en ceniza. No se trata de amedrentar porque sí, sino de tocar con la mano el fondo más real, y oscuro a la vez, de la existencia humana. 

Algunos símbolos elocuentes de este tiempo son:

· El Desierto con su carga metafórica de austeridad, con la exigencia de no extrovertirse porque allí sólo hay piedras y un cielo inmenso. 

· La Luz. Las tinieblas nos atemorizan, nos llevan a tropezar. La luz pone orden y claridad en la vida. Un símbolo la mar de inteligible. Jesucristo es la luz. Entre tantas voces y minúsculas linternas, es aconsejable decidirse por la luz del mediodía. 

· El Agua que busca el sediento, que apaga la sed, que purifica y fecunda la tierra. El agua que, cuando falta, se adquiriría a cambio de cualquier otro bien. 

· También hacen su aparición en Cuaresma otros símbolos: la salud, el perdón... Por supuesto, la cruz y la resurrección. 

En el camino cuaresmal también encontramos a diversos personajes de los que podemos aprender. Alguno, por cierto, nos enseña lo que no debemos hacer. Es muy aconsejable eso de aprender de todo el mundo. De unos lo que conviene llevar a cabo y de otros lo que importa evitar. 

Se nos pone en el camino, a fin de que los imitemos, a Jeremías el Profeta, a la Samaritana, al Zaqueo convertido, al Padre del Hijo pródigo, al buen ladrón. Sobre todo y muy por encima de todos, a Jesús de Nazaret. Por contraste, se nos muestra el perfil de otros personajes cuyo comportamiento es del todo preciso esquivar: los ancianos que van tras de la casta Susana, la mujer adúltera, el hermano mayor del hijo pródigo...

Feliz y provechosa Cuaresma.

sábado, 22 de marzo de 2014

Los santuarios de Catalunya y Baleares

Encuentro nº 35 de encargados de ermitas y santuarios en Catalunya y Baleares


Grupo de presbíteros y laicos mallorquines asistentes al encuentro
El autor, en medio, representó al santuario de Lluc
Los días 10 y 11 de marzo nos reunimos para el encuentro anual los encargados de ermitas y santuarios de Catalunya y Baleares. Fue el número 35 de la serie. De los fundadores sólo permanece al pie del cañón el presbítero Ramón Rossell. Por cierto, él ni es de Catalunya ni de Baleares, sino de Andorra. 


Este año el tema versó acerca de cómo integrar en el turismo religioso la riqueza artística, cultural e histórica que contienen los santuarios.

El entorno de un santuario, la naturaleza que lo rodea, el arte y la historia de los edificios, las leyendas que gravitan sobre el mismo, el silencio y los encuentros que allá tienen lugar: todo estos elementos pueden y deben ser evangelizadores. Hay que esforzarse para que se conviertan en reclamo del sagrado en un mundo que se aleja del mismo. 


Asistieron doce personas de Mallorca entre sacerdotes y laicos, representantes de diferentes santuarios. Me tocó asistir en nombre del Santuario de Lluc, pues una de las tareas que realizo es la de atender a los peregrinos. En total éramos unas cincuenta personas, aproximadamente la mitad laicos y la otra mitad presbíteros. Nota curiosa: además de la participación de Andorra la había también de la Catalunya francesa (Notre Dame de Sabartés). 

El encuentro de este año tuvo lugar en Sitges, comarca del Garraf, diócesis de Sant Feliu de Llobregat. Las celebraciones litúrgicas tuvieron diversos escenarios: el santuario de la Virgen de Vinyet (Sitges) y la Basílica de Santa Maria de Vilafranca del Penedès. Visitamos otros santuarios e Iglesias: S. Sebastián de los Gorgs, Sta. Maria de Sarroca, S. Francisco y S. Bartolomé de Vilafranca.

Iglesia de S. Matín Sarroca en el Alt Penedés

S. Sebastián de los Gorgs, antiguo cenobio benedictino
en el municipio de Avignonet del Penedès

Dio la bienvenida el Obispo Agustín Cortés, Presidente del Secretariado, mientras que coordinó el encuentro el P. José Sanromà, monje de Montserrat y coordinador del Secretariado. Enseguida se trató el tema del proyecto artístico y evangelizador de Catalonia Sacra. 


El Sr. Daniel Font abundó sobre el proyecto de Catalonia Sacra. La intención de su puesta en pie no se limita a restaurar el patrimonio, sino que también marca otros objetivos. La idea tomó cuerpo en 2009 y nació con unas cuantas inquietudes: tomar conciencia de la riqueza e importancia del patrimonio cultural y artístico. Favorecer el acceso a la gente al patrimonio a fin de que puedan hacer la experiencia del sagrado. Explicar, dar las máximas razones del por qué del patrimonio. Generar actividad económica para poder mantener edificios y otras obras de arte. Ayudar a cada obispado a hacer su propio camino. Establecer lazos con el mundo del turismo, lo que implica trazar unas rutas de monasterios, iglesias de montaña, del románico, etc. 

El eje del proyecto se sitúa en la web www.cataloniasacra.cat, la cual ofrece abundante información. Las nuevas tecnologías juegan un papel destacado en el proyecto (web, facebook, twitter, boletines electrónicos...). Se vincula el proyecto con las instituciones patrimoniales y turísticas. Ahí es donde tienen cabida los santuarios. 

El segundo tema versó sobre cómo visitar una Iglesia para entender el significado de los espacios, la función del patrimonio, la riqueza del arte, las resonancias litúrgicas. Con gran claridad de ideas y no menos conocimientos explicó su contenido el Sr. Marc Sureda, también miembro de Catalonia Sacra. 

Al día siguiente, a una mesa redonda participaron cinco laicos explicando su tarea. Se titulaba: El enriquecimiento de los laicos a partir de su trabajo en el santuario. Llevaron la voz cantante: Magdalena Lladó (Casa natal de Santa. Catalina Tomás, en Valldemossa); Margarita Martorell (San Blas, en Campos); Josep Isern (La Misericordia, de Canet), y Joan Vilamassana (Sta. María, de Yuca). 

La última charla versó sobre qué piden los peregrinos/visitantes al santuario y tomaron parte cinco encargados de otros tantos santuarios. Glosaron diversas experiencias de acogida, así como algunas anécdotas más significativas en lo referente a la vida del lugar. 

El encuentro se evaluó muy positivamente, entre otras cosas, por la confianza que se va generando entre los participantes. Algunos ya hace muchos años que asisten. Complació el hecho de que no se programaran tantas conferencias y, a cambio, se visitaran diferentes Iglesias y santuarios, por cierto, con guías competentes y relacionados con Catalonia Sacra. 

Una conclusión, más experimentada e intuida que escrita y explicada, es la de que el santuario es todavía —o tal vez hay que decir que vuelve a serlo— un espacio de reclamo hacia el sagrado en medio de un mundo que lo ignora demasiado a menudo. Nuestra sociedad desconoce lo que significa e implica el sagrado, sin embargo busca la manera de suplir esta carencia. A lo largo de la investigación hay quien se acerca a los santuarios, ya en silencio, ya con interrogantes a cuestas. Entonces es muy importante la respuesta que se le da, la acogida que experimenta. Será el momento de comunicarle la alegría cristiana, la alegría de la fe, el gozo del Evangelio. 

Terminada la encuentro me viene a la mente lo que he escuchado en alguna ocasión: “las piedras tienen alma.” Las piedras de los santuarios ciertamente conservan en su interior muchos secretos. Sobre ellas los siglos han acumulado numerosas experiencias. En el entorno del santuario se han ido apilando experiencias gozosas, emociones de todo tipo. Las piedras han sido testigos de lágrimas y de sonrisas. Se han metamorfoseado en ventana a fin de abrir horizontes de trascendencia a los peregrinos. Y aún tienen que decir muchas más cosas, pero tienen tiempo y por eso no se apresuran. Sus credenciales son la tranquilidad, la paz y el silencio. Precisamente los atributos que más seducen a los peregrinos.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Entre la misericordia y la crueldad



Ante todo vale decir que no conviene confundir la misericordia con la lástima. El sentimiento de lástima suele ser superficial y pasajero. El hambre y la enfermedad son lastimosos. El acento recae sobre el infortunio, más que sobre quien lo padece. Con frecuencia la lástima acaba con un chasquido de la lengua al contemplar cualquier hecho penoso. La lástima humilla y no es intercambiable con la compasión.
La misericordia es la actitud consistente en dejarse afectar por la miseria del prójimo. Va acompañada de la amabilidad y de la ayuda. Ultrapasa la simpatía para devenir una práctica. En otras palabras, se trata de un sentimiento de compasión hacia quien sufre, el cual impulsa a la ayuda. El “miserere” latín (de la raíz miseria), unido al “cor” (corazón) indica que el misericordioso muestra un corazón solidario hacia aquellos que pasan necesidad.
En principio goza de buena prensa el individuo compasivo y misericordioso. No se requiere de complicadas elucubraciones para comprender que una vida social sin pizca de compasión equivaldría a un infierno. Cualquier roce conduciría a la agresividad y las personas serían lobos para sus semejantes. Sin misericordia se diluye la verdadera humanidad y la vida social se torna despiadada.
Profetas de la anti-misericordia
Sin embargo, en algunos círculos se ha valorado muy negativamente la misericordia. El cáustico Nietszche estaba convencido de que la compasión cristiana era el invento de los vencidos de la vida, de los que se saben inferiores y de los resentidos.  Proponen los tales como virtud la protección al que es víctima de alguna minusvalía y así desvían las energías nobles que deberían emplearse en ascender hacia realizaciones más sublimes. Al sustituir la lucha por la vida por la protección a los débiles, se preservan los que no valen y no merecen seguir viviendo. En cambio, los mejor dotados malgastan sus energías en una cusa innoble en vez de emplearlas cultivando la pasión de vivir.  
Esta propuesta suena fatal a oídos de tradición cristiana, pero es asumida por muchos en la práctica. Si no en forma de positiva agresión a los débiles, sí como insensibilidad respecto de cualquier desgracia, infortunio, dolor o injusticia que suceda a su alrededor. La frase de Caín “¿acaso soy yo guardián de mi hermano?” expresa una tal actitud. Frase que en versión actualizada también suena así: “no es mi problema”.
A los amigos se los quiere, a los compañeros se los ayuda y a los enemigos se los combate. El resto no existe. La humanidad no puede ir recogiendo desechos, sino que debe deshacerse de ellos. Esta ideología no es aplaudida cuando se exaspera. Pocos alaban los  planes de exterminio nazi, aunque muchos de los que se abstienen de aplaudir sí están de acuerdo en disminuir drasticamente el presupuesto de ayuda a los pobres y ancianos, a los enfermos sin recursos y a emigrantes sin papeles. Es la ideología neoliberal.  Con toda desfachatez claman sus heraldos: que cada uno se las arregle. Cada uno es libre para subsistir.
Desterrar la misericordia de los corazones conduce en la práctica a la deshumanización. Sin este bálsamo aumenta la tensión y quizás el odio entre las diversas substratos de la sociedad. A los más pudientes el temor les invade y se encierran en zonas exclusivas y amuralladas, con vallas, guardias, perros, alarmas y cámaras de vigilancia. Cuando tal sucede la sociedad ha desembocado en el fracaso.  
Las contradicciones nos abruman. Por una parte la humanidad cada vez se interrelaciona y estrecha lazos. Piense el lector en las nuevas tecnologías de la información, en los medios de transporte. El roce resulta inevitable. Se requiere una especie de argamasa blanda entre los individuos, a fin de que los roces no se experimenten como choques y, a su vez, provoquen mayor agresividad.
Reflexionando sobre estos asuntos Freud pensó que sólo el cristianismo ha propuesto cuál debe ser este material de unión: el mandamiento del amor universal. El ejercicio de este amor lograría un plus de humanidad en nuestro planeta superpoblado e interconectado. Pero el inventor del psicoanálisis tendía al pesimismo y, por añadidura, era ateo. En consecuencia no creyó posible amar de ese modo. Más aún, lo consideró irracional. Se preguntaba qué motivos hay para amar a un desconocido, particularmente si no merece este amor.
Final con tintes bíblicos
Dios es misericordioso, como relata el núcleo de la historia de salvación en el libro del Éxodo. Por ello sale al encuentro de unas tribus de esclavos y les muestra el camino de la libertad.
Toda la simpatía y la compasión de Dios se reveló en Jesús, quien nos mostró la calidad de su misericordia. Como no tenía cosas para dar, se dio a sí mismo. Vivió abierto a los demás, a disposición. “Un hombre para los demás”, dictaminó D. Bonhöffer.
La Buena nueva del evangelio exhorta en uno de sus puntos culminantes: “sed misericordiosos como Dios es misericordioso”. Las bienaventuranzas ―privilegiada referencia― dicen así: “felices los misericordiosos porque ellos obtendrán misericordia.”

Numerosas son las páginas que demuestran cómo Jesús se dejaba afectar por el sufrimiento ajeno. Escribió un viejo teólogo en el título de su libro: “Jesús en malas compañías”. Sí, entre pobres, lisiados, leprosos, publicanos y mujeres de mala vida. Jesús tuvo compasión. Se afectó por el sufrimiento ajeno, se relacionó con el sujeto que lo padecía, lo ayudó cuando y cuanto pudo. 

lunes, 3 de marzo de 2014

El fútbol y la religión (II)



Ya es tópica la afirmación de que el deporte, en particular el fútbol, se convierte en un sucedáneo de la religión. Determinados ritos en los estadios, a poco que uno profundice en el asunto, tienen sus paralelos en la liturgia religiosa. 

Más allá de gestos concretos está el ambiente global. El hincha se siente arrebatado y experimenta lo que, con un poco de atrevimiento, cabría calificar como fenómeno casi místico. Tras el triunfo anhelado y suspirado de su equipo, mientras la multitud ruge, él vive instantes portentosos. 

Voy a tratar de jugar a las correspondencias entre la liturgia del fútbol y la de la Iglesia. Confío en la venia de quien crea que fuerzo en demasía los términos. Y, por favor, nadie se ofenda porque la intención no es, ni de lejos, faltar el respeto a nadie ni a nada. 

  • La sintonía del hincha con los colores de su equipo es tanta que desea descansar para siempre en el espacio “sagrado” del estadio. Los clubs están dándose a la tarea de construir criptas con los columbarios para las cenizas post-mortem, que los fans solicitan cada vez a mayor ritmo. 
  • Cuando los partidarios del club dialogan entre sí recurren al adjetivo “divino” con frecuencia. Los cracs son dioses. Tanto es así que los espectadores son muy capaces de hacer gestos de adoración al valorar como excepcionalmente acertada la jugada del ídolo. 
  • En los momentos previos al juego ondean las banderas. Las bufandas serpentean y mil pañuelos con referencias al equipo se agitan en las gradas. ¿Será que vitorean al Mesías? 
  • Las Iglesias tienen sus mártires y también los clubs. ¿Qué son sino los lesionados que caen en el campo de batalla ante la furia del adversario sin escrúpulos? 
  • Las concentraciones tienen como objetivo que los jugadores se encuentren en perfecta forma. Nada de distracciones, de sustancias estupefacientes, de novias o esposas. Sólo ascetismo en pos de la victoria. 
  • Los días previos al partido hay que predisponer y animar los ánimos de los partidarios. Numerosas publicaciones se encargan de esta tarea. ¿Una correspondencia con la lectura espiritual?
  • El árbitro será el blanco de las iras e insultos de los espectadores si consideran que ha sido injusto con su equipo. Por cierto, así lo creen muy a menudo. ¿Es el árbitro el diablo? En todo caso la etimología del diablo apunta a “poner división y discordia”. 
  • Actos previos a la confrontación consisten en desfiles varios. Banderas e insignias manifiestan con orgullo la identidad del club. En las procesiones religiosas la identidad se manifiesta blandiendo ciriales, cruces y pendones. Cierto que en el terreno deportivo los ánimos de los participantes andan mucho más exaltados. 
  • Los deportistas agitan la camiseta en momentos decisivos y besan con fervor el escudo. ¿Será excesivo compararlos con el beso –más pausado, eso sí- de los iconos u otras imágenes religiosas?
  • Los museos exhiben copas, trofeos, documentos… Es preciso transmitir a los visitantes las glorias y hazañas del equipo. Quienes profesan una misma fe tienen una historia sagrada cuya transmisión es confiada a los catequistas. 
  • Hay jugadores que rompen de malos modos su contrato o engañan al público profesando amor eterno al club cuando en realidad se entregan al mejor postor. Son desertores y traidores a la causa. También en la Iglesia se tropieza uno con gente de doble vida, incluso apóstatas y sacrílegos. 
  • Es de rigor guardar un minuto de silencio cuando acontece la muerte de algún personaje representativo del club. Silencio, música grave, inmovilidad. No menos la liturgia religiosa dispone de silencios significativos y músicas adecuadas. 
  • Las Iglesias tienen sus personajes representativos que se han gastado y desgastado en el apostolado y testimonio. Han sido canonizados. Determinados nombres han sido consagrados por el club. Nadie debe osar criticarlos. 
  • Los espectadores cantan masivamente estribillos a favor y en contra de algunos jugadores o directivos. También las Iglesias recurren al canto común en sus ceremonias de adoración y veneración. 
  • Cuando los obreros del fútbol ganan un trofeo lo exhiben ritualmente levantando los brazos y entre gritos jubilosos. Los iconos también se besan devotamente y la custodia se levanta con fervor. 
  • Los goles se celebran mirando al cielo, con los brazos en alto. Es una acción de gracias a un cielo laico, interesado en el buen resultado del equipo. También en las asambleas religiosas hay momentos especiales de gozo en los que la gente se mueve rítmicamente y levanta los brazos hacia el firmamento. 

En una palabra, el fútbol tiene su jerarquía: presidente, directivo, entrenador… Exhibe sus símbolos identitarios: himno, camiseta, escudo, estadio… Cuenta con entusiastas partidarios: los hinchas. Dispone de una infraestructura mediática: periódicos, programas de televisión, emisoras… No faltan personajes populares, casi dignos de veneración por parte de los hinchas. Como tampoco faltan traidores y desertores que devienen el blanco de las iras populares. 

Dejemos la moraleja para otra ocasión, aunque avancemos que sería demasiado fácil hacer caricatura de todo ello. Se trata de un fenómeno un tanto irracional, cierto, pero que está ahí. Mueve pasiones, propicia ganancias exorbitantes, provoca insomnios y hasta infartos. Dejémoslo ahí.

jueves, 20 de febrero de 2014

El fútbol y la religión (I)


El deporte, y muy en particular el fútbol, en Europa y algunos países de América Latina, incide grandemente en la sociedad. Los telediarios le dedican un muy notable tanto por ciento del espacio. Emisiones radiofónicas y muy variados periódicos gravitan alrededor del mismo. Guste o no, se trata de un dato comprobable.

Los antecedentes remotos más conocidos del deporte los encontramos en la Grecia de los juegos olímpicos. Los festivales de atletismo eran por aquellos entonces un ritual religioso. El vencedor de las competiciones recibía los mejores aplausos de sus contemporáneos al considerar que la perfección de su cuerpo y de su alma era un servicio a la divinidad. El carácter religioso de los juegos también alcanzaba a los espectadores que permanecían bajo el amparo de Zeus a lo largo del viaje hacia Olimpia.

Valga como curiosidad, si más no, que el fútbol, el rugbi y el básquet tuvieron su origen en un ambiente religioso y escolar protestante. Como era previsible, luego se emanciparon a lomos del proceso de secularización, adquiriendo la propia autonomía.   

Los juegos olímpicos de nuestro tiempo han roto definitivamente amarras respecto del ámbito religioso. Sin embargo, su fundador, el barón Pierre de Coubertin, definió el olimpismo como la religión de los atletas. Sobreentendiendo que el culto no se daba a la divinidad, sino a la humanidad. Y ahí entraban en juego la patria, la bandera, la raza, el esfuerzo… Concluía el Barón con unas líneas que van como anillo al dedo: para mí el deporte es una religión con su Iglesia, sus dogmas y cultos, pero ante todo es un sentimiento religioso. Concluyo por mi cuenta: una religión despegada de su matriz original.

Un fenómeno omnipresente

El deporte ha venido a ser un fenómeno presente y cotidiano en nuestra cultura. Trasciende los aspectos lúdicos para hacer acto de presencia en la economía, la política, el derecho, la polémica, etc. Y ejerce alguna función de tipo religioso por cuanto aglutina a muchos ciudadanos que se identifican con el equipo de sus amores. El fútbol es, a lo largo y ancho del Estado español, el mecanismo más operativo de cara a movilizar a las masas.

El deporte contemporáneo bien puede considerarse sucedáneo de la religión. Da mucho juego al ofrecer fiestas, crear mitos, inventar símbolos y rituales Al cabo actúa como firme elemento de cohesión social.  Ejerce incluso como transmisor de valores -más o menos culturales- a los pequeños que se aficionan a unos colores apenas echan a andar. Un verdadero sucedáneo de la religión.

Los jugadores de fútbol están obligados a una notable ascesis en vistas a conseguir un resultado favorable al competir. Dietas, renuncias a determinados placeres, obediencia al entrenador, ejercicios físicos adecuados… ¿No se corresponde todo ello con la ascesis religiosa que exhorta al ayuno, la templanza, la obediencia y el sacrificio?

Los espectadores forman parte del ritual. Se acercan esperanzados al estadio vistiendo las camisetas o bufandas de sus equipos, hacen un sacrificio económico en vistas a un fin que consideran vale la pena. Antes y después no se pierden lo que los periódicos publican en relación a los temas que les ocupan. Es decir, los espectadores se visten como corresponde a la función/espectáculo, sacrifican su economía en vistas a un bien superior y hacen su lectura deportiva (paralela a la lectura espiritual de los devotos).  

Los deportistas aceptan unas normas claras y exigentes. Nada de dopaje, ni de violencia contra el adversario, ni de irrespeto al árbitro. Si no se someten serán castigados con el escarnio de una tarjeta amarilla o con la expulsión a las tinieblas exteriores a la que les condenará la tarjeta roja.   

Los futbolistas de elite cobran muy jugosos sueldos. Sin embargo el juego adquiere en ellos el calor de una pasión. Y un sentimiento de plenitud los inhabita cuando consiguen la victoria. Aseguran los entendidos que el esfuerzo físico produce endorfinas responsables del bienestar del organismo. La práctica religiosa o la evangelización -sin forzar en exceso el paralelismo- también nace de una pasión y produce un fuerte bienestar psíquico.  

También contabiliza valores

El fútbol no es ajeno a determinados valores tales como la generosidad, el fairplay, la empatía, la honestidad, la tolerancia, la esperanza… Valores que igualmente adornan al buen creyente. Y si los santos han sido referentes a lo largo de los siglos, también los futbolistas ejercen este rol. En ocasiones se les coloca el “san” antes de su nombre (San Iker, por ejemplo) y se aplaude con frenesí al que logra impactar la pelota contra la red. En consecuencia están moralmente obligados a dar buen ejemplo.

Finalmente el deporte permite vislumbrar la trascendencia. El himno que al unísono proclaman miles y miles de voces, el ritual de los colores, los aplausos, los abrazos de los compañeros… Las manos que se dirigen al cielo tras el gol, la copa que aguarda junto al terreno de juego, los locutores que se desgañitan, los prohombres que contemplan el espectáculo desde la grada… Todo ello apunta, a su modo, a una vaga experiencia mística. Traspasa el muro de la cotidianeidad y la rutina.  

Volveré sobre el tema. La conclusión provisional, quizás irenista y con un exceso de moralina, la formulo así: fútbol y religión están muy lejos de ser intercambiables y uno no puede ni debe ser sucedáneo del otro. Es de todo punto necesario distinguir para no confundir. Sin embargo, pueden y deben complementarse (una vez expurgados los excesos del deporte), pues éste no carece del humus en el cual cultivar valores humanos y espirituales.