Artículos fronterizos entre sociedad e Iglesia. Anotaciones personales acerca del entorno. Reflexiones del día a día.
El Santuario de Lluc, donde reside el autor.
jueves, 23 de septiembre de 2010
Un Ipod en el claustro
lunes, 13 de septiembre de 2010
Hawking y la existencia de Dios
Cada ciencia tiene sus principios y resulta abusivo irrumpir en ella con métodos e instrumentales ajenos. A propósito de lo cual corría una anécdota en el postconcilio. Un obispo daba una conferencia a seminaristas. Explicaba muy serio que él no sabía ni una nota del pentagrama, pero que si el Papa le mandaba dirigir la Orquesta Sinfónica de Londres, no dudaría ni un instante en coger la batuta y subirse a la plataforma del Director.
Es decir, se inmiscuiría en nombre de Dios en un terreno que tiene sus propias leyes y con la mayor presunción exigiría de Dios una especie de milagro para que le infundiera de pronto la ciencia de la música. Presunción o una penosa ingenuidad: defínanlo como prefieran. Por cierto, en la época muchos religiosos no habían cursado la carrera del magisterio, pero daban clases de matemáticas y de química… porque eran religiosos. Una extraña lógica que no distingue terrenos e irrespeta los ámbitos ajenos.
Pero así cómo la fe invade en ocasiones el terreno de la ciencia, también es muy cierto que la ciencia tampoco se ve libre de semejante acusación. Decía Ortega y Gasset que Einstein era tan buen físico que podía permitirse decir algún disparate en filosofía. Pero no, a cada uno lo que es suyo. El óptico está facultado para graduarnos los cristales de los lentes, pero que no se le ocurra imponernos la dirección en que debemos mirar.
Que el señor Hawkins que no vaya más allá de sus conocimientos. De la nada, nada puede brotar. Me parece una afirmación la mar de convincente, una pura evidencia. Por definición la nada no puede dar a luz a entidad alguna. Si lo dice el Sr. Hawking y lo celebran los de su cuerda, allá ellos, pero a ninguna persona sensata y libre de prejuicios -filósofo o no- le convencerá la tal afirmación. El físico puede explicar el cómo del funcionamiento de los astros, de la gravedad y de los átomos. Jamás será capaz, sin embargo, de dictaminar por qué existen las cosas en lugar de la nada.
A cada científico su propio terreno
La ciencia prescinde de Dios –incluso me atrevo a decir que debe prescindir de Dios-, pero no los científicos que creen en él. Los cuales no van a cambiar su fe por el ateísmo a causa de Hawking y el revuelo que se ha armado incluso antes de que su libro viera la luz.
viernes, 3 de septiembre de 2010
El placer de la música (clásica)
lunes, 23 de agosto de 2010
Entre el turismo y la peregrinación
viernes, 13 de agosto de 2010
La tensión local - universal

martes, 3 de agosto de 2010
Estocada a la tauromaquia
sábado, 24 de julio de 2010
Un verano agitado
martes, 13 de julio de 2010
Sensaciones veraniegas
sábado, 3 de julio de 2010
Los fantasmas de la Tercera Edad
miércoles, 23 de junio de 2010
Prejuicios y ocurrencias en torno a los “adultos mayores”
Estos días estoy preparando una charla para “La Semana de Artajona”. Cada año, en verano, el Instituto de Misioneros SS. CC. propone un tema de formación permanente. Es un decir lo de la semana, pues dura dos o tres días por lo general.
Las Congregaciones envejecen, como sabe todo el mundo. Si bien habría que matizar: en el continente africano van surgiendo una buena cantidad de vocaciones jóvenes. El hecho es que la “Semana” está dirigida a los nacidos en el Estado español y la mayoría de ellos son personas que han alcanzado una edad notable.
Según estadísticas fiables, la edad media del clero anda por los 65, la edad de la jubilación. Aunque tendremos que dejar de vincular esta cifra a la jubilación si, como parece, los políticos van a retrasarla un par de años debido a la crisis económica. De todos modos, la verdad sea dicha, no resulta de mucho consuelo esta fatal o inevitable declaración.
Me ha tocado organizar la mencionada semana y desde un principio noté indisimulado rechazo en los charlistas a los que invitaba y en los oyentes que iban enterándose del tema. Prejuicios, tabúes, recelos y desconfianzas se insinuaban -cuando no se manifestaban abiertamente- en el personal. Eso de abordar la vejez o la Tercera Edad o el ser adultos mayores (vocabulario que últimamente ha propuesto la ONU) se hace cuesta arriba.
El hecho es que no por dejar de plantarle cara los años se detienen. Un paréntesis jocoso me recuerda una tal actitud. En el tribunal el juez le pide a una señora que declare su edad. La señora vacila y deja pasar largos segundos… Se impacienta el juez y toma de nuevo la palabra para decirle: señora, el tiempo corre en contra de usted. Es que los años son los que son y mejor echar mano de un sano realismo que ponerse a silbar mirando al infinito con las manos en los bolsillos. Como si el asunto no fuera con uno.
A propósito de los años acumulados he dado con algunas frases que ponen el dedo en la llaga con una pizca de humor. Una de ellas reza así: Todos deseamos llegar a viejos y todos negamos que hayamos llegado. La otra: Esto de los años yo no lo entiendo, que aunque es bueno cumplirlos, no lo es tenerlos. Y una tercera: La vejez existe cuando se empieza a decir: nunca me he sentido tan joven.
Sin dejar el humor al margen, me revolotea por la mente una cita de Ortega y Gasset que no recuerdo con exactitud, pero sí la idea. Aludo a ella para consuelo de los mayores, que no todo tiene que ser negativo lo que escuchen sus oídos. Pues el fino ensayista, de sublime estilo literario, viene a decir que resulta agradable observar a los jóvenes: las carnes prietas, la silueta firme, agilidad, viveza… Pero lo es mucho menos escucharles: bromas insulsas, conversaciones baladíes, carencia de ideas, incapacidad de relacionar unas épocas con otras…
Reproduzco un par de párrafos de la religiosa Dolores Aleixandre, que me parece una cabeza bien amueblada, poco amiga de los tópicos y las vulgaridades.
La Biblia ofrece una espléndida pista para alcanzar la excelencia: nosotros visualizamos el futuro como algo que está “delante” y el pasado como lo que queda “detrás” pero la Biblia ofrece otra manera más lógica de percibir el tiempo: el pasado, ya vivido, lo conocemos y está ante nosotros, mientras que el futuro, desconocido, está detrás, a nuestra espalda: “Recuerdo los días ante mí, reflexiono en todas tus obras” afirma un salmista (Sal 143, 5). El creyente es, por tanto, como un viajero que viaja hacia el futuro caminando de espaldas: se dirige sin temor hacia lo que aún no conoce, apoyado en la fidelidad de Dios, ya experimentada a lo largo de su historia pasada que está ya ante sus ojos.
Es una excelente manera de mirar al pasado no con la mirada “necrófila” de quien lo ve del color de la nostalgia o de los resentimientos, sino de una manera “biófila”, que nos llene de agradecimiento, nos dé un talante de positividad y de alegría y nos capacite para descubrir lo que de nuevo y sorpresivo nos trae el hoy.
La realidad de la vejez hay quien la convierte en drama, en temor, en sinsentido, en resquemor, en rebelión. Pienso que resulta mucho más cabal y sensato acogerla meramente como una realidad que diluye unas capacidades, pero que también abre horizontes a quien tiene ojos profundos y se resiste a doblegar el lomo bajo el peso de la rutina.
Y desde la fe, la vejez se hace pretexto para la oración. Sea la plegaria, por una vez, el punto final de estas líneas: Señor, líbrame del desengaño que me acecha. Ante tantos ideales que se han vuelto cadáveres tengo la tentación de dejar de luchar. Pero no me dejes caer en la tentación de la rutina, el despecho o la indiferencia. Así sea.







