El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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domingo, 25 de septiembre de 2011

¿Vaticano III? No, gracias


Estos días han aflorado viejos apuntes de mis clases de teología con el trajín del cambio de residencia. Las citas referentes al Concilio Vaticano II se infiltraban una y otra vez entre los párrafos. He reflexionado acerca de los efectos del acontecimiento conciliar, el de mayor trascendencia para el catolicismo del siglo XX.
Dentro de unos meses se cumplirán 46 años del Concilio Vaticano II. Una asamblea que despertó enormes expectativas e ilusiones, las cuales fueron agostándose paulatinamente. Hoy día el Concilio ha dejado de ser una referencia en la práctica. No lo afirmo porque rebaje su aportación doctrinal y pastoral, sino por dos motivos distintos. Primero, su desarrollo se ha frenado desde arriba. Segundo, los tiempos han cambiado sustancialmente.
El Vaticano II reconoció unos problemas de fondo que estaban ahí, pero se pasaban por alto aplicando la vieja y nefasta estrategia del avestruz. Sí, la estrategia de hundir la cabeza en la arena cuando el peligro acecha y falta el coraje para afrontarlo.
Mi generación anhelaba con toda el alma -allá por los años ’60- una renovación de la Iglesia, de la liturgia, la pastoral, la vida religiosa. El Vaticano II despertó enormes expectativas... que se han ido diluyendo con el paso de los años. Tanto es así que la convocatoria de un Concilio Vaticano III me dejaría indiferente. De vez en cuando uno lee o escucha acerca de la necesidad de convocarlo. Años atrás yo pensaba así también. He cambiado de opinión. Me explico.
No obstante las esperanzas que levantaron el vuelo con la convocatoria conciliar, la magna Asamblea llegó tarde. Inició el diálogo con una modernidad que ya empezaba a derretirse en las arenas movedizas de la posmodernidad.
Tras el Concilio, y en buena parte gracias a él, surgió la Teología de la liberación. Un movimiento que se comprometió a fondo con los pobres y se empeñó en transformar sus vidas y no sólo interpretarlas. Un movimiento que no sólo no dejó de lado la referencia religiosa, sino que se inspiró en el núcleo más central del evangelio: el buen samaritano, el amor al prójimo, la solidaridad, la responsabilidad…  
Esta teología era fruto de una gran vitalidad y encendió muchas antorchas a su alrededor. Multitud de comunidades de base se esparcieron por la geografía universal. Muchos fieles cristianos pagaron con su vida la defensa de los valores de Jesús y su evangelio. Fueron los cristianos de avanzadilla, los mártires que sellaron su fe y su compromiso con el testimonio del mayor amor.
Miedos, temores y reticencias
Las jerarquías de la Iglesia han tenido miedo de desarrollar el Vaticano II y mucho más de aceptar la explosiva vitalidad de la Teología de la liberación. Lideró este temor el Papa Juan Pablo II. Él cerró muchas puertas, aun cuando en su recorrido por el planeta se ganó muchos auditorios y ofreció una imagen progresista gracias a su potencial comunicador.
Fue un Pontificado repleto de temores. Bien documentadas están sus reticencias durante las sesiones conciliares y sus pronunciamientos una vez subido al solio pontificio. En algunos aspectos, como la moral social y económica, era realmente progresista. También al denunciar la intrínseca maldad de las guerras. Pero en la dimensión interior de la Iglesia mostró un muy diverso talante: echó el cerrojo a demandas como el celibato opcional, al ministerio de la mujer, una moral sexual más humana, la elección más participativa de los obispos…
Visto con perspectiva histórica, los frenos y las interpretaciones forzadas para revertir el  Concilio obtuvieron eco en algunos movimientos, aunque no en amplísimos sectores cristianos. Numerosas comunidades de base y asociaciones varias han lamentado estas maniobras. Lo cual ha generado una situación de malestar bastante generalizado que ha tenido sus puntos más visibles en el acoso a algunos teólogos prominentes y la parálisis en la renovación de las estructuras eclesiales. Hasta parece que los responsables pasan por alto aquello de cambiar algo para que todo siga igual.
En mi muy personal opinión, y sea dicho con el máximo respeto, el intento de amordazar el concilio constituye un caso bastante clamoroso de rechazo del magisterio… por el mismo magisterio.
Todo lo cual ha tenido consecuencias. La Iglesia ha perdido autoridad y relevancia en la sociedad civil. Se la tilda de reaccionaria y se la considera una antigualla. Y con frecuencia no es creíble la escapatoria de recurrir a la custodia de un mensaje sagrado e inalterable. Algunos intelectuales y mujeres afirman que determinadas proclamas ofenden la inteligencia. Se han producido numerosos abandonos de presbíteros, religiosos y religiosas. Sin hablar de los numerosos laicos que, al otear el panorama, deciden por el exilio interior. Dicho de otro modo, desertan en silencio.
Pasó el tren de los Concilios
Con todos estos argumentos se diría que urge un III Concilio Vaticano para rescatar el anterior de la serie y ponerlo finalmente en órbita. Pues no. Los cambios habidos en nuestro planeta durante los últimos decenios han sido de tal envergadura que un tercer Concilio lo considero fuera de lugar.
Las grandes cuestiones de la actualidad son otras hoy en día. En estos momentos urge interpretar y acompañar la profunda mutación que se produce en la sociedad. Claro que para ello hay que quitarse las legañas de los ojos y otear el futuro más que volver la cabeza hacia el pasado. Preciso es sacudir los temores y emprender novedosas iniciativas.
A casi cincuenta años del Concilio una asamblea parecida resultaría del todo insuficiente para afrontar interrogantes eclesiales que van más allá de una determinada confesión. Pasó de largo el tren de los Concilios. Ha llegado el momento de organizar un foro mucho más amplio… Ya no se trata sólo de problemas en el interior del catolicismo. Ahora es preciso abordar situaciones interreligiosas, suprareligiosas y básicamente humanas.
En este marco los obispos no representan las voces más autorizadas de nuestro momento histórico. Su bagaje ideológico suele hallarse más cerca de quienes los eligieron que de los fieles a ellos confiados. Tanto más cuanto que han desaparecido las grandes figuras de años atrás: Pedro Casaldáliga, Oscar Romero, Helder Camara, Samuel Ruíz…
Las cuestiones trascendentes, las preguntas más profundas se han desplazado hacia otros foros en los que los obispos tienen poco que decir. Y acabo con un botón de muestra que confirma esta afirmación. La atención de la Iglesia suele centrarse en problemas domésticos, mientras adopta una actitud defensiva de modo permanente frente a la sociedad. No es la actitud del evangelizador.
La jerarquía no percibe los grandes temas que mueven e interesan al hombre corriente, el cual quisiera escuchar una palabra sabia y esperanzada acerca de determinadas propuestas vitales. Por ejemplo, orientaciones sobre la crisis económica, sobre los crímenes de género y los abusos sobre la mujer, sobre los inmigrantes que se ahogan en las pateras... Estos temas han de preocupar en mayor medida.
De otro modo se confirmaría la sentencia que, más en serio que en broma, formuló un día el teólogo González Faus: la Iglesia jerárquica ha fabricado más ateos que Marx y Nietszche juntos.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Mi nueva circunstancia


En la cabecera del blog unas líneas indican que el lector encontrará, entre otros temas, anotaciones personales acerca del entorno y reflexiones del día a día. Debo abordar, pues, mi nueva circunstancia. 

Hace un par de meses que mi Congregación acaba de salir del Capítulo, es decir, de una reunión formal y  representativa de todo el Instituto, que acontece cada determinado período de años en Órdenes e Institutos religiosos. Cada seis en los Misioneros SS. Corazones.

El Capítulo evalúa los trabajos llevados a cabo, planifica el futuro y elige a los que estarán al frente los próximos seis años. Es una gran oportunidad para la renovación del personal y de las ideas. Se trata de uno de los escasos espacios donde resplandece la democracia en la Iglesia. 

Aunque tampoco hay que pecar de ingenuos. No existe campaña ni candidatos, pero hay quien discretamente calla sus expectativas y la de los suyos, mientras otros arrinconan el pudor disertando acerca de sus aptitudes o de las de quienes tienen interés en promocionar. En los días de elecciones los tales se muestran simpáticos, efusivos y acogedores. Se arriman particularmente a quienes -venidos de lejos- desconocen el escenario y el panorama.

Es cuanto da de sí la naturaleza humana. Fuera de lugar estaría cualquier resentimiento o acritud, aunque sí conviene aprovechar las enseñanzas que destilan estos episodios. Como fuere, he acabado el período para el cual me eligieron Vicario y Secretario General y en consecuencia hay que replantear en diálogo la nueva misión. 

He vivido los dos últimos en Barcelona y los cuatro anteriores en Madrid. No tenía mucha importancia la residencia por cuanto mi trabajo estaba frente a la pantalla del ordenador. Claro que había diferencias entre vivir en una u otra ciudad, en una u otra comunidad, sobre todo cuando el clima político se tensa como acontece hoy en día. Catalanes y castellanos tienen visiones opuestas de lo que implica la convivencia y la libertad. Dejemos los detalles para mejor ocasión.

Más contactos reales, menos contactos virtuales
Reconozco que no hacía bien a mi salud corporal ni psíquica las excesivas horas que pasaba ante el ordenador. Un aparato que no sólo hacía las veces de oficina de trabajo, sino también de radio, TV, pantalla de cine, teléfono, prensa, correo, confidente, etc. Y, claro, si dedicaba siete o más horas diarias al ordenador/computadora, no podía dedicárselas a otras tareas. Bien es verdad que, dadas las circunstancias, tampoco había mucha oferta a nivel pastoral en mi entorno.

Ha llegado el momento del cambio, una oportunidad que me satisface en varios aspectos. Menos burocracia, un poquito más de pastoral, contacto directo con la gente de carne y hueso. Sube la estadística de los encuentros reales y desciende la de los encuentros virtuales.  Disfrutaré de un entorno paisajístico de gran hermosura y llevaré a cabo un trabajo útil. Aun cuando mi DNI me asegura que he llegado a la edad de la jubilación, pienso desoír la advertencia por el momento. 

Mi nueva comunidad es la que está al servicio del Santuario de LLuc. Para los que desconozcan el lugar, digamos a grandes trazos que viene a ser como un Montserrat en Mallorca. A escala, claro está. Es el Santuario más importante de la isla, centro de religiosidad popular, de espiritualidad, asociado a la defensa de la identidad mallorquina, cargado de tradiciones. 

Los mallorquines están orgullosos del lugar. Un paraje que no sólo alberga un Santuario y una imagen secular de la Virgen, sino que constituye un escenario boscoso repleto de robles y alcornoques, poblado de piedras fantásticas en sus formas, colores y tamaños. Un territorio -la Sierra norte o de Tramontana- recientemente declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

Los peregrinos y los turistas, con objetivos distintos, acuden por miles al Santuario. En algunos momentos los alrededores asemejan un hormiguero ambulante en el que abundan los vestidos extravagantes, se disparan los flashes y se entrecruzan los idiomas.  Los peregrinos visitan a la Virgen morena, buscan un reconstituyente espiritual para sus crisis o simplemente coronan la montaña con talante agradecido. 

Elogio del cambio
Todavía mis tareas no están del todo perfiladas, pero supongo que se ramificarán en la atención a los peregrinos, la crónica del santuario, las celebraciones litúrgicas, quizás alguna responsabilidad en el archivo… Como suele acontecer, poco a poco uno va acumulando cometidos. Un miembro se trasladó a otra comunidad, el otro enfermó o surgieron nuevas necesidades… 

Cambiar de casa y de trabajo cuesta más cuantos más años se van amontonando. Pero, vistas las cosas desde otro ángulo, la variación del lugar y de la tarea constituyen la gran oportunidad para no acartonarse ni anquilosarse. 

Es del todo aconsejable evitar llegar a eventuales situaciones penosas con el transcurrir de los años. Nada más deplorable que repetirse año tras otro, arrastrándose con más pena que gloria, quizás mientras quienes transitan por el mismo camino desean fervorosamente habérselas con otros rostros y programas. La rutina acecha al cabo del tiempo. La tentación de pensar que uno es el mejor sin respetar a quienes están alrededor no deja de ser un peligro real.   
El cambio pone fin a estas tentaciones y peligros. Liquida aquellas situaciones en las que a uno se le ha subido el poder o la vanagloria a la cabeza y ha perdido el mundo de vista. Es preciso cambiar el rumbo antes de que los propios automatismos y usanzas le lleven a considerar a sus prójimos cual diminutas hormigas que se pisotean sin siquiera parar mientes en el hecho.  

lunes, 5 de septiembre de 2011

Obesidad mental

Es bien sabido que en la era internet, a caballo de las redes sociales y de los power, llegan a todos los rincones noticias, chistes, críticas y las más variadas boutades. De vez en cuando el camino cibernético lo recorren materiales valiosos cuyo final no debiera ser la papelera de reciclaje.
Uno de estos materiales es el que recoge el núcleo del mensaje que el profesor Andrew Oitke publicó en su libro obesidad mental. Su autor es profesor en la universidad de Harvard. No es que diga cosas tan originales, pero sí las formula de manera sencilla, atractiva e inteligible.
El lector reconoce inmediatamente la validez de lo escrito. Sucede como en tantos pequeños inventos que han tardado siglos en tomar cuerpo. Así las ruedecitas para transportar la maleta, la tostadora y un largo sinfín. A uno no se le ocurren tales innovaciones, pero el ambiente está a punto para recibirlos con entusiasmo en cuanto ven la luz.
Una vez circulan en la sociedad no queda más remedio que reconocer su enorme utilidad y tributar el debido honor a quien les dio forma. Porque pareciera que cualquiera podía hacerlo… pero sólo un preciso autor lo llevó a cabo. En nuestro caso el mensaje que recoge el título obesidad mental también se diría que podía ponerlo cualquiera en blanco y negro. Se respiraba en el ambiente su presencia y su urgencia. Sin embargo, fue un preciso señor con nombre y apellido quien lo dotó de palabra.  
El citado profesor, catedrático de antropología en Harvard, se propuso poner el dedo en la llaga de algunos problemas que sufre nuestra sociedad. Afirma el señor Andrew Oitke que hace apenas unas décadas la humanidad tomó conciencia de los peligros que conlleva el exceso de grasa debido a una alimentación caprichosa y al margen de toda norma.
Pues bien, el docente considera que abusos semejantes acontecen en el campo de la información. Su diagnóstico es que nuestra sociedad está más abarrotada de prejuicios que de proteínas, más intoxicada de lugares comunes que de hidratos de carbono. Todo el mundo opina, aun sin saber de lo que opina.
“Los cocineros de este fast food intelectual son los periodistas y comentaristas, los editores de la información y los filósofos, los argumentistas y realizadores de cine. Los noticieros y telenovelas son las hamburgers del espíritu, las revistas y novelas son los donuts de la imaginación.”
El problema radica en la familia y la escuela
“Cualquier padre responsable sabe que sus hijos enfermarían si comieran solamente dulces y chocolate. No se entiende, entonces, cómo es que tantos educadores aceptan que la dieta mental de los niños esté compuesta por dibujos animados, videojuegos y telenovelas. Con una alimentación intelectual tan cargada de adrenalina, sexo, violencia y emoción... es normal que esos jóvenes nunca consigan después una vida saludable y equilibrada.”
Uno de los capítulos que más escuecen lo titula los Buitres. Escribe: el periodista se alimenta hoy casi exclusivamente de cadáveres de reputaciones, de detritos, de escándalos, de los restos mortales de las realizaciones humanas. La prensa dejó hace mucho de informar, para solo seducir, agredir y manipular.
El texto describe cómo los reporteros le dan la espalda a la realidad para centrarse en el lado polémico, morboso y chocante de cuanto acontece. Sólo la parte muerta y podrida de la realidad es la que llega a los periódicos.
Es muy cierto que los ciudadanos viven en gran parte de sobreentendidos, de lo que dicen los periódicos o televisiones, sin pasar los contenidos por el cedazo de una crítica rigurosa. Entonces aumenta la información, pero no sirve para mejor conocer la verdad, sino para acumular más banalidades en el cerebro o para hacer de los ciudadanos un rebaño que pace en los medios de comunicación sin hacer uso de su inteligencia crítica. Las opiniones son meros ecos de lo que las agencias publican en los periódicos o echan al aire en las emisoras.
Llega el verano y hay que tragarse los tópicos de siempre: los peligros del sol, los beneficios de la dieta. Se habla de la historia y aparecen las trivialidades más manidas. Sobre Kennedy, Mandela, Sadam…. Uno dice lo que ha leído o escuchado sin más. Saltan a la palestra los presidentes del momento y todo el mundo conoce a Obama, a Sarkozy, a Zapatero…. Y se les juzga por su físico o por los ecos que llegan del país que gobierna.
Dice exactamente el profesor: Todos saben que Kennedy fue asesinado, pero no saben quién fue Kennedy. Todos dicen que la Capilla Sixtina tiene techo, pero nadie siquiera sospecha para qué sirve. Todos creen que Saddam es malo y Mandela es bueno, pero desconocen el por qué. Todos conocen que Pitágoras tiene un teorema, pero ignoran qué es un cateto.
Conclusión: No sorprende que, en medio de la prosperidad y abundancia, las grandes realizaciones del espíritu humano estén en decadencia. La familia es discutida, la tradición olvidada, la religión abandonada, la cultura se banalizó, el folklore entró en caída libre, el arte es fútil... paradojal o enfermo. Florece la pornografía, el charlatanismo, la imitación, la insipidez, el egoísmo.
No hay por qué poner trágico el ademán e invocar los vocablos grandilocuentes. No, evítese recurrir a la edad de las tinieblas, o citar el fin de la civilización. Se trata simplemente, según el profesor, de una cuestión de obesidad.
Los hombres y mujeres de nuestros días sufren de excesivo tejido adiposo en el raciocinio, los gustos y los sentimientos. Puede que el mundo requiera reformas de envergadura, que sea necesario desarrollar nuevos valores y proponer un fuerte correctivo al rumbo de la sociedad. Pero sobre todo, y con más urgencia necesita de una dieta sobria que volatilice las grasas excesivas que impiden el normal comportamiento del cerebro y sus capacidades pensantes.


miércoles, 24 de agosto de 2011

JMJ. Balance


Finalizó la Jornada Mundial de la Juventud y el Papa regresó a sus estancias romanas. A lo largo de unos cuantos días la Iglesia se ha dejado sentir. Los medios de comunicación se han hecho eco  -más de lo que uno imaginaba- de las arengas, homilías, celebraciones, símbolos, bailoteos…
A primera vista el observador diría que existen razones para calificar el espectáculo como expresión de una fe pujante y briosa. Aparte de que tanta juventud risueña, irradiando gozo sin necesidad de recurrir al botellón ni a otras expresiones de baja estofa, levantaba el ánimo y contagiaba la sonrisa. Porque es cierto que el comportamiento de los grupos ha sido ejemplar. Ni un coma etílico, rarísimas disputas con quienes les increpaban e injuriaban.
Ésta es la cara risueña de la Iglesia que en Madrid vivió unos días de gozo exultante. Bien por la euforia y el entusiasmo, bien por los cantos y los bailes, bien por el sacrificio de aguantar horas y horas bajo el sol a temperaturas extremas. Bien por su comportamiento modélico.
El aspecto festivo y celebrativo de la fe constituye una dimensión que vamos perdiendo. Entre otras cosas porque los bancos de las Iglesias cobijan por lo general a personas mayores, de vestidos oscuros y semblantes circunspectos. Bienvenida sea, pues, la manifestación de gozo exultante que se derramaba por las calles madrileñas y alegraba el panorama de una ciudad por norma general desierta en agosto.
La fe en Jesús no tiene inconveniente en asumir las expresiones gozosas  que cada pueblo genera. Más aún, el regocijo y la jovialidad deben formar parte de ella. Mal síntoma cuando las fisionomías se metamorfosean gradualmente en rostros adustos, ceñudos y severos.  
Una mirada crítica
Sin embargo… me asaltan algunas sospechas. ¿Y si la explosión de júbilo tuviera raíces comunes con las que provoca la consecución del título de liga o el alarde de un ídolo de la canción? Entonces se trataría de una actitud menos vinculada a la fe. Un modo de proceder previsible pues que la vitalidad de los jóvenes requiere vías de escape.
Slogans, pancartas, gritos y aclamaciones las vemos también en manifestaciones muy dignas, como la protesta contra la guerra, contra el terrorismo. Y en otras más ambiguas, de carácter sindical, deportivo… De ahí la pregunta: ¿y por qué no aclamaciones, gritos de júbilo, símbolos y banderas para  manifestar la fe conjuntamente?
Considero que los jóvenes protagonistas tienen todo el derecho al espectáculo de la fe. Siempre y cuando no sean usados para decir lo que en principio no sale de su boca. A saber, que los católicos son muchos, que tienen un peso en la sociedad y no se les debe minusvalorar. Las manifestaciones no deberían cultivar el tono beligerante que, a juzgar por sus ideas y calculadas manifestaciones, desean los organizadores.
Bien por el espectáculo ruidoso de la fe. Pero conste que no constituye éste su principal núcleo. En frase un tanto manida, pero no menos válida, la fe cristiana implica ser voz de aquellos a quienes se silencia. De los ilegales, los que andan anémicos por la calle, los que no se atreven a salir a la luz del día porque carecen de papeles.
Por ahí sí que damos con el aspecto central de la buena noticia de Jesús de Nazaret. Las parábolas, las bienaventuranzas y mensajes que formuló apuntan hacia tales objetivos, de contenido humano y solidario.  
Bien por el espectáculo ruidoso de la fe, pero cuidado con ceder a la tentación de imitar el talante y las actitudes de los poderosos. Que el Papa no es el emperador, ni los cardenales son príncipes (a pesar del tópico), ni los obispos senadores… Entre vosotros, dice Jesús, no sea así, no sometan a la gente ni se hagan llamar bienhechores. Los últimos son los primeros a los ojos de Dios. Quien quiera ser importante, lave los pies de sus hermanos.  
Paradojas evangélicas difíciles de digerir, pero que concentran el jugo del mensaje cristiano. Cuando uno observa las enormes plataformas donde se sitúa el Papa y los obispos, cuando se aprecian las vestimentas extravagantes y coloridas de quienes rodean el altar… no se perciben buenas sensaciones. Aunque el entorno aclame, proclame y gesticule.
Regreso a la cotidianeidad
Se me antoja excesiva la demostración de poder, de boato y de protocolo, aunque a muchos de los peregrinos y de la gente sencilla le encante la representación y hasta se emocione y se sobrecoja ante tanto esplendor. Desde el evangelio habría que decir, no obstante: no es eso, no es eso
Ni los discursos del Papa son, sin más, palabra de Dios, ni el boato por sí mismo es un reflejo de la gloria celestial. Esperamos la llegada de la Iglesia triunfante. Todavía nos movemos en la Iglesia militante. No transcurren ante nosotros tiempos de resurrección, sino en gran parte de viernes santo. 
Bien por el espectáculo ruidoso de la fe, pero los cuatro días de la Jornada Mundial de la Juventud, con el Papa incluido, se han agotado. Ahora hay que regresar a la normalidad cristiana del día a día. Esta normalidad se construye con los mimbres de la catequesis, la solidaridad, la participación en las celebraciones eucarísticas.
Los jóvenes que han expresado su gozo y su algarabía han de ser levadura. A ellos les toca canalizar sus sentimientos asistiendo a las celebraciones, colaborando con los párrocos, reuniendo a los feligreses, ayudando a los inmigrantes… Ellos deben demostrar con hechos que las celebraciones eucarísticas no son en exclusiva para las personas  mayores, vestidas de de gris, aquejadas de achaques varios y apoyados en sus muletas.   
Si realmente las cosas van por estos cauces, bienvenida sea la fiesta de la Juventud Católica en Madrid. A pesar de las enormes ambigüedades que ha conllevado, del marketing, de las vestimentas cardenalicias, de la capitalización hecha por los organizadores… A pesar de que los cristianos no logremos aclararnos si el Papa vino como sucesor de Pedro para animar la fe de los creyentes o como Jefe del Estado Vaticano que debe codearse y moverse con diplomacia y protocolo entre los altos personajes de la política.  
Bienvenida la JMJ si en su tronco se desarrollan tales frutos. 

lunes, 15 de agosto de 2011

JMJ. El medio y el mensaje


Mañana, día 16 de agosto, empieza la Jornada Mundial de la Juventud. Un acontecimiento que diversas Asociaciones consideran debería calificarse como “católica”. En buena lógica tienen razón. Pero hurguemos a unos centímetros de mayor profundidad en el asunto. Conviene hacerlo porque, con la avalancha de noticias y artículos de fondo, en pro y en contra, resulta inevitable que más de uno te espete la pregunta: ¿Qué piensas tú de la venida del Papa? No preguntan, no, por la Jornada Mundial, sino por la venida del Papa. 

Nos gusta individualizar y proyectar los acontecimientos en una fisionomía. Juegan el Barça y el Madrid y muchos periódicos sacan la foto de Messi y Cristiano. Dos rostros enfrentados. España y Francia tienen problemas económicos y las emisoras de radio citan una y otra vez a Zapatero y a Sarkozy.

Pues sí, vuelve el Papa y algo hay que contestar la pregunta que lo mismo puede estar motivada por el morbo que por el desconcierto. Por de pronto -religiosos o no- no les tengo simpatía a los acontecimientos multitudinarios. Será una alergia o fobia congénita, pero huyo de las multitudes y de los grandes montajes. En tales circunstancias se me dispara una alarma interior indicándome el peligro próximo de adoptar la psicología de los borregos. Incluso físicamente me produce rechazo caminar  al ritmo y compás de la aglomeración.    

La Iglesia no debiera caer en la tentación frecuente de movilizar a las multitudes. En particular cuando la música de fondo que acompaña al acontecimiento cobra un tono triunfalista y beligerante. El mensaje de la convocatoria apunta a un claro objetivo: estamos aquí, tenemos peso en la sociedad, somos capaces de movilizar mucha gente. Ténganlo en cuenta los adversarios. Y quizás ni siquiera se evita la tentación de que todo ello se aderece a mayor gloria de los organizadores y otros protagonistas.  

Pienso que los grandes montajes no son de ayuda para la fe. Sólo en muy contadas ocasiones, a mi entender, hay que recurrir a ellos. La fe requiere normalmente de un clima recogido, reflexivo y arropado por la pequeña comunidad.  

Pienso que las grandes movilizaciones no ayudan a promover la fe, sino que más bien le hacen daño. Por lo general ofrecen a la sociedad una visión de la Iglesia aliada con los poderes más conservadores, que son quienes manejan el dinero y detentan el poder. La Iglesia tiene todo el derecho de manifestar su doctrina y visión. Pero yo, como parte de ella, también me creo con derecho a decir que así no. Unas palabras, por cierto, que han hecho suyas numerosos grupos cristianos de base. 

Reflexiones a propósito del acontecimiento

De seguro que hay mucha demagogia en quienes atacan los gastos que genera la Jornada. El dinero público fluye sin cesar hacia los sindicatos y numerosas ONG de rostro ambiguo sin que casi nadie mueva un dedo. Por lo demás, es cierto que la venida del Papa va a activar la economía. Y, después de todo, si hay lugar para las celebraciones deportivas en espacios públicos, como la Cibeles o Canaletas, y también para las marchas del orgullo gay, no veo porqué deban descartarse las del orgullo católico. Aunque no es éste el núcleo del asunto. 
El asunto se plantea así: si el Estado es aconfesional, nada extraño que en las filas del laicismo se vean con muy malos ojos los privilegios que otorga el gobierno al acontecimiento. Se prestan instalaciones de acogida para jóvenes, el aeródromo de Cuatro Vientos y la plaza de Cibeles de Madrid, además de facilitar "exenciones fiscales" a las empresas que patrocinan el acto. Y se dan todas las facilidades para los visados en esta ocasión.

Los viajes terrestres y aéreos de los jóvenes suponen un enorme costo. No quisiera yo tropezar en la demagogia criticada, pero pienso que hay otras prioridades.  El cuerno de África grita su hambre y los niños mueren. Una acción conjunta de todos los cristianos, parecida a la de la Jornada Mundial, a favor de los hambrientos de Somalia, resultaría más evangélica y daría al mundo una imagen más creíble de la Iglesia. En todo caso alguna iniciativa de este tipo, de vez en cuando, daría mucho oxígeno a los católicos. José M. Castillo escribió, a este propósito, un artículo acerca de los viajes de Jesús y los del Papa Benedicto. 

Dios quiera que -ya todo decidido- quienes asistan a los actos saquen buen provecho de los mismos. Pero al mismo tiempo debieran reflexionar sobre la sentencia del Apóstol Santiago, que recuerda el núcleo más auténtico del cristianismo: la religión pura y sin mancha a los ojos de Dios Padre consiste en ayudar a los huérfanos y las viudas en sus necesidades.

Siempre me ha llamado la atención aquella frase de MacLuhan: el medio es el mensaje. Una frase que este visionario de la informática y los medios audiovisuales acuñó entre finales de los sesenta e inicio de los setenta. Significa que el medio y el mensaje caminan cogidos del brazo. En el caso que nos ocupa el medio es el Papa viajando con su papamóvil, su numeroso séquito, a quien escolta una joven guardia suiza creada para la ocasión. Es el protagonista que subirá a unas majestuosas plataformas en el corazón de la ciudad y será vitoreado por multitud de voces… 

¿Y el mensaje? El mensaje es -debiera ser- la austeridad, la pobreza, la solidaridad, la tolerancia… Cuando el mensaje no concuerda con el medio, la huella más profunda la deja el medio. La gente regresa a su casa con las imágenes que se le grabaron en la retina. Las palabras se las lleva el viento, sobre todo cuando disuenan del conjunto, pero las imágenes permanecen en la memoria.  

Acabo. Una de las cosas que me deprimen es celebrar la Eucaristía en amplias Iglesias con los bancos desiertos. Quizás 20 ó 25 personas -con frecuencia menos- y generalmente de edad avanzada. Esta es la realidad de cada día. La asumo pensando que el cristianismo no es para la gran masa. Las exigencias morales, la perseverancia, el amor desinteresado no tienen buena prensa en las multitudes. Y no es el caso de examinar los motivos por los cuales asisten los que asisten. Quizás la decepción sería más considerable.  

Esta estampa habitual de pronto es desmentida por innumerables siluetas jóvenes que invaden las calles de la ciudad, bailotean, gritan enardecidas, confiesan su fe y expresan su gozo. Con todo, la realidad es muy tozuda. El día a día habla claro: los fieles disminuyen a marchas forzadas. Las multitudes de la Jornada Mundial de la Juventud (católica) se desvanecerán el día 21. Entonces las cosas regresarán a la normalidad. Y quienes vitoreaban al Papa quizás lleven en el bolsillo el preservativo que con fervorosa elocuencia combatía el discurso pontificio.

sábado, 6 de agosto de 2011

Un ateísmo superficial y mediocre

La ausencia de Dios de la plaza pública, es decir de la televisión, la prensa, la Universidad, de la Justicia y de tantos otros lugares no tiene el aspecto de un rechazo militante y contundente. No es el ateísmo de los viejos maestros de la sospecha.
La ausencia detectada consiste en una indiferencia práctica que ni siquiera se plantea el problema de la existencia de Dios. Los argumentos a favor o en contra de su existencia se han depositado en el desván de los trastos inútiles. Que Dios exista o no, despierta nulo interés. No es un valor digno de ser tenido en cuenta. Los pensadores no promocionan el tema. Tal parece que desde la filosofía, desde la literatura y la política se ha decretado la insignificancia de Dios.
La indiferencia es un fenómeno de nuestros tiempos post-modernos. La modernidad no creía mucho en Dios, quizás lo consideraba un estorbo. Pero creía en el hombre. Capitalistas y marxistas decían luchar por el hombre. La postmodernidad ha ampliado su escepticismo y tampoco parece interesarle gran cosa el humanismo.
Quizás una remota aunque no irrelevante raíz de indiferencia religiosa se encuentra en el desconcierto, el disgusto y el cansancio de las luchas intelectuales y políticas que asolaron Europa tras la Reforma tridentina. Los debates y las elucubraciones interminables, mayormente de  carácter teológico, fatigaron al personal. De hecho de estos lodos brotó el deísmo, una religión natural y racional cuyos adeptos tildaban de fanáticas a las Iglesias que pretendían el monopolio de la verdad.
Y los lodos de entonces acabaron evolucionando en un ateísmo explícito. Movimientos obreros e intelectuales fueron despidiéndose gradualmente de la fe. Ya no tanto por cuestiones teóricas, sino por las injusticias y opresiones que las Iglesias silenciaban. Así en el siglo XIX
En nuestros  días la increencia es un fenómeno de masas que afecta a todos los grupos sociales, más allá de su ideología de derechas o izquierdas. Nada de declararse ateos tras sopesar los argumentos concernientes a Dios. Nada de negar a Dios por compromisos revolucionarios. No. Ahora nos encontramos con ateos apáticos, con una increencia heredada, cuyo legado se acepta sin más.  
El fracaso de las utopías modernas ha desembocado en el escepticismo radical de los postmodernos. Éstos no encuentran nada en qué creer ni en qué apasionarse. Interesa simplemente que cada uno se las arregle como pueda y agote los placeres que le salen al paso. Sin consideraciones morales de ninguna clase.
Añádase a ello que el bienestar económico ha abotargado la sensibilidad y  los interrogantes de tipo religioso son considerados superfluos y exentos de significado para la vida.
¿Un desinterés temporal o definitivo?
De todos modos no estaría fuera de lugar preguntarse si el desinterés respecto de las cuestiones últimas es total y definitivo o si, más bien, éstas quedan veladas detrás de las preocupaciones utilitaristas e inmediatas, tras la satisfacción del placer logrado y el bolsillo rebosante. Puede que Dios no haya desaparecido de modo permanente, sino que meramente se haya eclipsado.
No es el momento de dilucidarlo. Sólo quiero resaltar que me parecería mejor un ateísmo visceral como el de Feuerbach, solemne como el de Nietzsche, luchador como el de Sartre, o comprometido como el de Marx. Pero un ateísmo por comodidad, un ateísmo que no se plantea el por qué, se me antoja de poca monta. Me lleva a pensar en la frivolidad, en la banalidad de quien lo sustenta. Se trata de la misma chabacanería que induce al espectador a escoger la ordinariez de algunos programas televisivos y a reírle las gracias a los gestos del showman cualquiera sea el contenido de lo que relata.   
Nietzsche tiene una famosa parábola en la cual describe cómo un loco camina con su linterna encendida a plena luz del sol. En medio de la gente que abarrota el mercado se pone a gritar: ¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios! La multitud se ríe de él. No calibran la importancia de haber perdido a Dios.
Nietzsche es ateo, pero intuye la trascendencia de haber matado a Dios. Y escribe: ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos, cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros?
El mensaje es claro. Frente al dramatismo de las palabras que anuncian a los hombres el grandioso acontecimiento de la muerte de Dios y les exigen que afronten sus consecuencias, a los ateos frívolos, mediocres y banales sólo se les ocurre la carcajada. Como si nada tuviera que ver la muerte de Dios con la vida de los hombres.
Sea ateo quien ha sopesado los argumentos, quien considere que Dios es adversario del hombre, quien piense que la tradición lo ha engañado. Pero una increencia asumida con actitud mediocre y vulgar, sin confrontarla mínimamente con el sentido de la vida, asumiéndola sin que provoque el menor trauma… me parece indigna de quien se considera animal racional.   

miércoles, 27 de julio de 2011

"Uno crece" (Facundo Cabral)

Hasta el día de hoy no había recurrido a ningún texto ajeno para cumplir con la obligación autoimpuesta de pegar unas letras periódicas en el blog. Sin embargo, mi estado de ánimo actual sintoniza con unas frases de Facundo Cabral, el cantante y compositor argentino que fue asesinado recientemente. Me las envió un amigo que trabaja en la Patagonia y las pego en el blog. No meramente por salir del paso, sino porque considero que gozan de suficiente calidad para que otros las lean y les sirvan de alimento en horas bajas.

Imposible atravesar la vida ...
sin que un trabajo salga mal hecho,
sin que una amistad cause decepción,
sin padecer algún quebranto de salud,
sin que un amor nos abandone,
sin que nadie de la familia fallezca,
sin equivocarse en un negocio.

Ese...ese es el costo de la vida.

Sin embargo lo importante no es lo que
suceda, sino, como se reacciona.
Si te pones a coleccionar heridas
eternamente sangrantes,
vivirás como un pájaro
herido incapaz de volver a volar.

Uno crece cuando no hay vacío de esperanza,
ni debilitamiento de voluntad, ni pérdida de fe.

Uno crece cuando acepta la realidad y tiene
aplomo de vivirla.
Cuando acepta su destino, pero tiene la
voluntad de trabajar para cambiarlo.

Uno crece asimilando lo que deja por
detrás, construyendo lo que tiene por
delante y proyectando lo que puede ser el porvenir                                                                                  Crece cuando supera, se valora, y sabe dar frutos.

Uno crece cuando abre camino dejando
huellas, asimila experiencias... ¡Y siembra raíces!
 
Uno crece cuando se impone metas, sin
importarle comentarios negativos, ni prejuicios,
cuando da ejemplos sin importarle burlas, ni desdenes,
cuando cumple con su labor.

Uno crece cuando se es fuerte por carácter,
sostenido por formación, sensible por temperamento...
¡Y humano por nacimiento!..

Uno crece cuando enfrenta el invierno,                                                                                                 aunque pierda las hojas.
Recoge flores aunque tengan espinas y
marca camino aunque se levante el polvo.

Uno crece cuando se es capaz de afianzarse
con residuos de ilusiones, capaz de perfumarse, con residuos de flores...
¡Y de encenderse con residuos de amor...!

Uno crece ayudando a sus semejantes,
conociéndose a sí mismo y dándole a la vida más de lo que recibe.

Uno crece cuando se planta para no retroceder...
Cuando se defiende como águila para no dejar de volar......
Cuando se clava como ancla y se ilumina como estrella.
Entonces...entonces es, cuando Uno Crece.
Uno crece cuando se entrega de Corazón a los propósitos de Dios.
Uno crece dejando que Jesús lo acompañe a lo largo de la vida.


domingo, 17 de julio de 2011

Docta ignorancia o ignorancia instruida


Siempre me ha llamado la atención el título de un viejo libro, escrito hacia mitad del siglo XV: De docta ignorantia. Se escribió en latín y su autor fue Nicolás de Cusa. Podríamos traducirlo como acerca de la docta ignorancia o ignorancia instruida.
Me agradan las paradojas o los conceptos que parecen excluirse mutuamente como los que nos ocupan. El libro es un tanto farragoso. Me quedo con el título y abordo sin más el tema. Existe una ignorancia supina que ignora absolutamente todo de todo. Nada sabe, por ejemplo, de la electricidad porque desconoce su existencia. En cambio existe otra ignorancia, la de quien posee algunos datos sobre el tema y sabe de corriente alterna, de watios y de resistencias. Pero no atisba el último por qué ni último cómo del fenómeno de la electricidad. Aquí se sitúa la ignorancia instruida.
Ignorancias de distinto grado
Existe la ignorancia garrafal del individuo que ignora todo lo que es su historia y en la práctica actúa como si el mundo comenzara con él. Pero también la ignorancia instruida de quien no sabe los pormenores del pasado de su pueblo, si bien deduce que los monumentos y los inventos que halla a su alrededor, ciertamente no son obra suya ni tampoco de sus progenitores. En tal caso el individuo no sabe, pero tampoco vaga por el terreno pantanoso y oscuro del no saber. Puede sentirse algo más seguro que el ignorante sin paliativos.
La ignorancia es la noche de la mente: pero una noche sin luna y sin estrellas. La frase se atribuye a Confucio. La ignorancia sin adjetivos equivale a una noche total. Se desconocen los límites, el contexto y las posibilidades de cuanto uno halla ante sí o lleva entre manos. La ignorancia docta o instruida, mantiene cierta familiaridad con el asunto, reconoce los límites e intuye determinadas posibilidades. No logra solucionar el último porqué, pero no anda lejos del camino que a él conduce.  Equivale a la noche alumbrada por alguna estrella.
Sócrates, el famoso filósofo, maestro del todavía más célebre Platón, irritaba a las autoridades atenienses al sostener que era más sabio que el Oráculo de Delfos, el cual era considerado el non plus ultra de la sabiduría. Lo decía porque, a diferencia de la mayoría de las personas -incluidas las autoridades atenienses-, sabía que no sabía nada.
El hecho es que el principio de la sabiduría reside en conocer lo poquísimo que sabemos de la realidad. Porque, vamos a ver, ¿qué sabemos de las distancias insondables de las galaxias? ¿Y del mundo de los átomos o de la antimateria? ¿Qué conocimientos tenemos (a no confundir con la fe) de un mundo trascendente? ¿Cómo inició el ser humano en esta tierra y cuál será su destino? ¿Quién es capaz de definir objetivamente la esencia del amor más allá de la metáfora o la poesía?
Sabemos muy poco de lo que realmente interesa, aunque algunos especialistas tengan conocimientos profundos de un tema concreto. Porque es verdad que los especialistas de la informática, por poner un ejemplo, saben todo de los cables y chips del ordenador. Aún en tales casos, los especialistas saben todo… de casi nada.
Náufragos en el océano de la información
Y aquí abordo la paradoja de la ignorancia en nuestros días. Llueven sobre nosotros, de modo permanente, opiniones de expertos. Nombres famosos o menos conocidos, con un doctorado en la tarjeta de visita o sin él, nos aconsejan qué pensar y cuál es la opinión a adoptar. Lo mismo en filosofía que en política y no hablemos en el campo del comercio. Nos dicen qué hemos de pensar, pero no por qué hemos de pensar.
Por otro lado, la mayoría de los seres humanos no estamos bien dotados cuando se trata de detectar las tonterías que escuchamos alrededor. No tenemos las herramientas suficientes para poner en funcionamiento el pensamiento crítico. Un pensamiento muy necesario para no naufragar en esta sociedad donde tantas voces se escuchan, tantos canales de televisión nos adoctrinan, tantas emisoras de radio nos exhortan y tantos periódicos, digitalizados o no, pretenden enseñarnos la senda de la verdad a seguir. 
La información en nuestros días está siempre disponible en tiempo real a través de computadoras, teléfonos inteligentes, tabletas electrónicas y lectores de libros. Pero carecemos de las habilidades requeridas para reflexionar sobre esta información. O quizás no nos tomamos la molestia porque se nos ha domesticado. Flotamos como náufragos en un océano de informaciones.  El problema no radica en el acceso a la información, sino en la incapacidad de procesarla.
Paso a la conclusión de modo precipitado. Sé que unas reflexiones previas la madurarían. Pero también arriesgo a que el artículo resulte excesivo para el estómago del lector. Al grano. Es probable que la humanidad haya padecido desde la noche de los tiempos -y siga con la dolencia- un déficit de pensamiento crítico. Por eso continúa apoyando guerras injustas, aun cuando a uno mismo le asignen la misión de convertirse en carne de cañón. Y vota a personas que hacen esfuerzos denodados para enriquecer  más a los ricos. Y cree con cándida estupidez que las cartas, los astros o ciertas medicinas estrafalarias le rescatarán de sus problemas de salud física o mental.  Y…

jueves, 7 de julio de 2011

Entrada número cien

Se cumplen cien entradas del blog. Lo inicié a finales del año 2007, pero en aquel año y el siguiente apenas si escribí unos cinco artículos. Al principio fue una excusa para explorar el funcionamiento de este recurso informático que cada vez levantaba más el vuelo. Me asaltaban varios interrogantes al emprender la tarea. ¿Quiénes serían los lectores? ¿Tendría la perseverancia de actualizarlo periódicamente? ¿Cada cuanto en concreto?
Al cabo de cien entradas algunos interrogantes han encontrado respuesta. No me ha faltado la perseverancia de renovarlo cada 10 días. Bien es verdad que en ocasiones he echado mano de viejos escritos y los he maquillado para que fueran presentables a pesar del tiempo transcurrido. Más de un millar han aparecido, tiempo atrás, en diversos periódicos y revistas de distintos países.
El rostro de los lectores queda muy difuminado. Sólo sé de unos pocos que me los comentan y de otros pocos que dejan algún comentario en facebook, pues lo enlazo con esta red social. Tengo indicios de que buena parte de los lectores son antiguos alumnos de teología que asistieron a mis clases en República Dominicana y Puerto Rico. Por este motivo lo escribo en castellano y no en catalán. También un número indeterminado de congregantes se asoma al blog. Ayuda a ello el hecho de que les envío noticias y documentación del Instituto de vez en cuando y en el correo consta la dirección automática del blog.
Luego hay internautas que se topan con el blog casualmente. El contador me asegura que tengo visitas de Rusia y China, entre otros países con los que mantengo nula relación. También puede ser que los buscadores lo ofrezcan a quien pregunta por alguno de los temas tratados. En el pasado septiembre puse el mencionado contador en la web y he constatado que un promedio de 20 lectores diarios se internan en la página. En total superan con creces los seis mil en 10 meses.   
La actitud con la cual uno escribe en el blog es más distendida y menos formal que la que exige presentar un artículo en el periódico o en una revista. Invita, además, a usar la primera persona. Y pienso que el lector lo agradece.
Los beneficios del blog
El blog estimula la observación y el sentido crítico acerca de lo que sucede en el entorno. Aun de modo inconsciente, la obligación autoimpuesta de plasmar en blanco y negro los pensamientos y sucesos sobre el dorso de la web, induce a vivir con la conciencia más despierta. Y cuando uno se dispone a teclear sus ideas e impresiones consigue desvanecer la bruma que las envuelve. Le presta cuerpo a los acontecimientos y emociones. Y es que de la reflexión silenciosa a la explicación oral o escrita media un trecho muy notable. Que lo digan a los estudiantes que aseguran saberse la materia y, sin embargo, se les atolla en los labios en el momento más inoportuno.
Antes de ponerme a escribir se me hace cuesta arriba elegir el tema y el enfoque. Ambos se requieren para que el escrito deje alguna huella en el lector. ¡Dejar huella en el lector! Ardua tarea cuando nos invade un océano de informaciones y la oferta supera la demanda. Pero hay que afrontar el reto o resignarse a la total irrelevancia.
La tarea de escribir cada diez días un artículo exige una perseverancia que no está al alcance de cualquiera. Como también un espíritu reflexivo y la capacidad de sentarse un buen rato. ¿Cualidades corrientes y abundantes? Ni muchísimo menos. Miren en derredor y saquen conclusiones.
Una vez elegido el tema y su enfoque no me resulta tan difícil rellenarlo de carne y hasta intentar algún pinito literario. Simultáneamente o, en una primera revisión del borrador, hay que adjudicarle al nombre el adjetivo que más le cuadre. Para lo cual hay que disponerse a iniciar la búsqueda y captura de este extenso rebaño que pace en las páginas del diccionario. El adjetivo precisa y pone en su justo contexto la expresión.
También considero importante dotar las frases de un cierto ritmo y musicalidad. Hablo de prosa y no de poesía, pero la precisión, la música y el ritmo no están reñidos ni mucho menos con un texto en prosa. Detesto los escritos que plasman el pensamiento tal como fluye, sin miramiento alguno para con la forma. Huyo del vicio común consistente en amontonar palabras mediocres, improvisadas, anodinas. Aun cuando el fondo sea valioso, me caen de las manos este tipo de escritos estropajosos y desaseados.   
Para mí que escribir periódicamente tiene algo de terapéutico. Determinados pensamientos que merodean por la mente, una vez expresados, son comparables al pus que ha despedido la herida. Alivian al individuo. O si se quiere, las palabras que van apareciendo en la pantalla son comparables al vapor de agua que fluye de la caldera. La presión aminora, la persona se relaja.
Reconozco que he escrito en ocasiones teniendo presentes determinadas fisionomías. Es posible que alguien conocedor de la persona y las circunstancias haya podido sacar conclusiones muy aproximadas. Por supuesto, no pongo nombres ni doy pistas demasiado fáciles. No es mi deseo hacer mal a nadie. Sí trato de explorar y expresar la realidad según la diagnostico. 
Aterrizo refiriéndome a una figura señera de la literatura catalana. EJoan Maragall, de finales del s. XIX e inicios de XX, es autor de poesías muy bellas. Una vez leídas o escuchadas uno queda seducido tanto por las imágenes e ideas como por la musicalidad de sus palabras. Entran ganas de obnviar todo comentario para permanecer en silencio oteando la ventana hacia el infinito que el autor ha entreabierto.
El insigne Joan Maragall dice, más o menos, en uno de sus escritos, que la palabra es lo más maravilloso de este mundo, pues que en ella se abraza y confunde lo más sorprendente del cuerpo y el espíritu. Tal parece que la naturaleza encauce sus mejores esfuerzos en orden a dar a luz al ser humano y que éste llega a su más alta cima, a su mayor éxtasis, al pronunciar la palabra. Una locución que es la expresión de sus anhelos más entrañables y el alegato de su mejor capacidad de diálogo.