El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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domingo, 21 de abril de 2013

Las falsificaciones del sexo


En todos los ámbitos de la sociedad y de la vida acecha siempre el peligro de la falsificación, de la ambigüedad y la falacia. Unos necesitan vender y se uncen al carro de la mentira a la hora de proclamar la bondad de su producto. Los otros nada desean tanto como trepar y tratan de lograr el propósito diciendo medias verdades, las que les favorecen, y callando las que afean su conducta. Los de más allá le colocan la etiqueta de la humildad a la actitud pusilánime y sumisa que cuadraría mejor con la adulación o el infantilismo.  
Pero si hay una parcela donde el engaño y la falsificación están a flor de piel -y nunca más acertada la expresión- es la de la sexualidad. Porque los hay que se pavonean de haber entrado de lleno en el terreno de la liberación sexual cuando en realidad apenas han superado la problemática de la adolescencia. Por ninguna parte se percibe su libertad interior desde el momento que están tan atados al ritual del sexo como el drogadicto a su sustancia favorita.
Bajo el manto del sexo hay quien vende la mercancía de una profunda comunicación personal. Sin embargo, cuando tiene lugar en relaciones breves, superficiales, furtivas y con trepidantes cambios de compañero/a, resulta bastante cínico referirse a una comunicación profunda.
Revalorizar el cuerpo
Nuestra época ha sido testigo de una solemne proclama, la de la revalorización del cuerpo, con un notable énfasis en su dimensión erótica. En principio hay que aplaudir una tal circunstancia. Al fin y al cabo nada tiene de sano andar poniéndole tapujos a la realidad. Pero es de lamentar que con demasiada frecuencia el valor del cuerpo y la relevancia del erotismo acaben reducidos a una fugaz genitalización. El sexo no sobrepasa, en tales casos, la animalidad del instinto.
Dudo mucho que los encuentros genitales, vividos en un lapso de tiempo precario y temerosos de la luz, estimulen realmente la ternura y la comunicación más honda. Más bien habrá que decir que son instrumento de satisfacción personal (anhelada, más que gozada) al margen de cuanto se aproxime al amor o al afecto.
La expresión "amor libre", que hoy día apenas se usa, pero que asiduamente se pone en práctica, puede que suene bien. Después de todo nadie está en principio contra el amor ni contra la libertad. Pero también pudiera resultar una etiqueta con el fin de esconder mercancías que no han pasado por el debido control de calidad. Cabe preguntarse: ¿tiene que ver con el amor el juego sexual en que la preocupación por el otro, así como la solicitud y la fidelidad, brillan por su ausencia?
La cuestión radica en constatar si estamos asistiendo a una revalorización del sexo -que jamás puede subsistir sin el eros (la ternura) y sin el ágape (el amor desinteresado)- o si somos testigos de un paso más hacia el abismo de la trivialización.
Lejos de una persona sana y madura experimentar temor o recelo ante el cuerpo, el eros, el sexo. Lo cual no impide afirmar que cuando tales realidades no están empapadas de espíritu, acaban siendo tremendamente aburridas. Cuando detrás o debajo de la carne no late nada que no esté a la vista, mal asunto. Porque observar todos los ángulos de la anatomía corporal y olvidarse de mirarle a los ojos al interlocutor es un grave olvido. Se paga al precio de mustiar las ilusiones, unas tras otra. Y de constatar cómo se apodera del individuo un amargo sabor de boca.
Sexo, eros y ágape
Ni las recetas para incrementar el amor, ni las técnicas para lograr mayor placer -tan en boga en revistas, paneles y sexólogos/as- servirán de gran cosa a la larga. Importa, más que todo ello, que en el corazón de la persona deje de anidar el egoísmo, esta fuerza disgregadora que se obsesiona con apaciguar el instinto sin que le interese la relación profunda.
Por definición el amor consiste en la apertura, el dinamismo hacia la conformación de un nosotros. Mal se puede transitar por este camino mirando el propio ombligo y buscando en la relación con el otro los aspectos gratificantes en exclusiva. Una tal actuación afronta demasiadas contradicciones como para lograr el éxito. Acaba siendo una actuación antinatural. Y es sabido que la naturaleza se cobra con intereses los atropellos que se le infieren.
De donde se puede deducir lo siguiente, sin mucho esfuerzo y no obstante la aparente paradoja. Resulta más rentable vivir el amor tal como exige su más auténtico y profundo dinamismo que limitarse a cosechar sus aspectos sensibles y gratificantes. Constituye un fraude desechar las exigencias de amor, ternura y responsabilidad que conlleva la relación total. Desde siempre las rosas se asientan en los espinos.   
Las más hermosas vivencias humanas cuando se desquician -en nuestro caso sucede al disociar el sexo del eros y del amor desinteresado- acarrean las más dolorosas tragedias. Se sabe de numerosos idilios que acabaron en ríos de sangre. De sórdidas tragedias cuyos inicios fueron vividos en términos de romance y poesía. Y es que cuando el sexo se desgaja del amor y la ternura, la química resultante del encuentro se produce por un puro juego de intereses y gratificaciones. El afecto no logra sobrevivir en este humus.

jueves, 11 de abril de 2013

Las dolencias de los políticos


Un poco de caricatura tampoco tiene por qué sentar mal. Y la ironía en ocasiones resulta más elocuente que la elocuencia misma. Así que les ofrezco unas líneas para leer sin obturar la sonrisa si acaso viene a cuento. Y quede claro de antemano que no todos los políticos son iguales. Siempre se puede elegir entre los malos y los peores. Al menos en la época de hierro que atravesamos.

Pasemos revista a los riesgos que lleva consigo la profesión de político. Enumeremos algunos de los estragos que causa en estos esforzados profesionales. A ver si así se nos enternecen las entrañas y dejamos de acudir al escrache.

1. Sordera. Durante la campaña el candidato escucha los llantos de las personas desahuciadas, los gemidos de las madres que no logran alimentar a sus pequeños en los últimos días del mes, los gimoteos de quienes duermen bajo el puente.

Pues bien, al día siguiente de las elecciones triunfantes los tímpanos del ahora diputado, senador o ministro, dejan de ser sensibles a todo llanto, súplica y lamento. El afectado se aísla y sólo se halla disponible para los amigos cercanos, familiares y algún que otro adulador. Por cierto, familiares y amigos se convertirán en asesores y se les brindarán trabajos -es un decir- muy cotizados.

2. Ceguera. Mientras el político de vocación, pero todavía sin cargo ni beneficio, lucha por lograr su objetivo, goza de una vista envidiable. No le escapan los charcos de las calles, ni los contenes de la basura mal situados. Es capaz incluso de avistar los ingresos de la cuenta corriente de su adversario. Todo lo cual lo reporta al detalle a los periodistas y emisoras de televisión.

Una vez alojado en el ámbito confortable de la política el hombre/mujer pierde súbitamente su agudeza visual. En ocasiones da muestras de miopía extrema. De modo que desaparece de su horizonte la periferia de la ciudad. Los niños pobres y los barracones maltrechos van tornándose borrosos hasta desvanecerse. Aunque, todo hay que decirlo, su agudeza y perspicacia visual se potencia a la hora de remodelar la oficina destinada a su persona. Muebles de artesano, lámparas artísticas, moquetas confortables y sillones arrellanados exige el individuo para mejor concentrarse en el trabajo.

3. Cambios de humor. Llegado a la meta, el político recién estrenado sufre raras mutaciones en su carácter. Su manifiesta amabilidad se opaca a marchas forzadas. Al escuchar la verdad de labios de la gente común o leer los periódicos a la hora del desayuno padece fuertes arrebatos de cólera. En cambio, cuando recibe la visita del jefe o de alguna personalidad destacada saca a relucir una sonrisa obsequiosa y le sirve el café con gesto servil.

No asimila nuestro hombre que se hable mal de él ni en público ni en privado. Hasta el punto de que se le ocurre desarrollar una ley para obstaculizar cualquier género de crítica. La policía deambulará por las calles de la ciudad con unos discretos micrófonos solapados en la vestimenta y tomará buena nota de los ciudadanos que no tributan al triunfador las merecidas loas.

4. Ensanchamiento del perímetro. A medida que transcurren los años del mandato los compromisos e invitaciones para reuniones en que no falta el caviar ni el champagne se multiplican. Los almuerzos de trabajo abundaban cada vez más y, dicha sea la verdad, más tienen de almuerzo que de trabajo. En las inauguraciones y recepciones no faltan bocados exquisitos. Después de todo ningún mal hay en agasajar a los benefactores del pueblo.

En consecuencia la curva delantera de nuestros políticos crece sin prisas, pero sin pausas. A lo cual coadyuva el hecho de que ya no cruza calles ni avenidas a pie, sino montado en su limosina de cristales ahumados, pues que su agenda anda muy apretada. Y además conviene evitar cualquier riesgo, por ejemplo, toparse con algún ciudadano descontento que tenga la desfachatez de abuchearle.

El político experimenta, pues, unos cambios físicos, consecuencia de sus nuevos hábitos gastronómicos. Sin embargo una extraña afección le lleva a creer que él cada día se levanta más fuerte, más joven y atractivo. No sólo eso, sino que los demás se le antojan progresivamente más enclenques, canijos y achacosos.

5. Afecciones cardíacas. La víscera cardíaca del político padece episodios de atrofia alarmante. El corazón se le endurece día a día. El sentimiento de compasión sufre una constante evaporación. Determinadas emociones, como la rabia, la cólera y el menosprecio hacia el prójimo se refuerzan. Pero otras más positivas como la admiración, el perdón, la gratitud... van disecándose a medida que transcurre el tiempo.

Es sabido que el corazón tiene vasos comunicantes con el cerebro. Nuestro protagonista acaba recordando sólo episodios en los que resulta bien parado. Su memoria se vuelve tremendamente selectiva.

6. Condición contagiosa. Cuando el político está bien curtido y nada satisfecho en su salsa segrega unas enzimas contagiosas y hasta hereditarias. Sus hijos y nietos tratarán de recorrer el mismo trecho. Muchos miembros de la familia se ofrecerán para ser asesores o directores de empresas públicas o privatizadas. Incluso los amigos encontrarán alojamiento en tareas improductivas, pero que propician jugosos ingresos.

No todo está perdido. Muchos de los políticos, cuando acaba el período de su mandato y no logran engancharse a alguna bicoca preparada con esmero, recuperan sus condiciones anteriores. Regresan a la normalidad. Cierto que no sin secuelas. Es muy probable que la cuenta corriente haya crecido vertiginosamente.
O que la autoestima se haya multiplicado como las células de un cáncer. Pero no todo está perdido. De verdad, algunos logran recuperarse.

lunes, 1 de abril de 2013

¿...Y después de los gestos?


No me cae bien la gente que tuerce el gesto cuando le anuncias una noticia refrescante, para añadir acto seguido: sí, pero ya verás como… No creas que va a durar mucho… Lo dice con segundas intenciones… No seas ingenuo… Son palabras de cara a la galería…. No me cae bien la gente que simplemente replica por replicar, por espíritu de contradicción, por llevar la contraria.

Sin embargo, también yo estoy tentado de caer de bruces en la tentación. Me refiero a los primeros gestos del Papa Francisco. Claro que aplaudo la elección del nombre, el vestuario más sencillo, la cercanía con la gente, el cambio del sillón de oro por otro de madera, el hecho de pagar sus cuentas... No quisiera yo rebajar las expectativas, nada desearía tanto como que después de los gestos llegaran los hechos contantes y sonantes, después de los indicios las evidencias, tras las formas las cuestiones de fondo. 

Llevo suspirando por tales metas desde que se celebró el Vaticano II. Por un breve período de tiempo pareció que las cosas iban a cambiar, para luego permanecer igual. He experimentado muy de cerca que la inercia, la rutina, la negligencia, la displicencia gozan de músculo poderoso, no obstante lo que pudiera dar a entender el vocabulario. 

Se da el caso de que los gestos simbólicos a los que damos tanto realce -miradas las cosas con calma y frialdad- no debieran extrañarnos en absoluto. Lo realmente chocante y casi inconcebible era que los Pontífices anteriores vistieran unos zapatos artesanales de buey “non-nato” y raro color, que empleara un trono de oro, que recibiera sentado a los dirigentes de los diversos países. 

Nos habíamos habituado a un tal comportamiento. Y ahora lo más normal se nos antoja revolucionario y hasta transgresor. Nos entusiasma lo que desde siempre debiera haber sido y nos extraña que la desmesura vuelva a sus cauces. 

Una reforma recurrente

Hasta donde mi memoria eclesial alcanza, siempre he escuchado que la Curia debe ser reformada. Todo el mundo está de acuerdo, los Papas recién elegidos levantan expectativas en este sentido. Pero al cabo del tiempo el asunto se va difuminando. Todo se mantiene igual o con muy leves retoques. La Curia, he aquí una de las piedras de toque para medir el buen éxito en el proceder del Papa Francisco. 

No cargaría las tintas sobre la maldad de los curiales. Más bien sucede que existe un engranaje curial que frena las iniciativas, azuza pequeñas batallas entre diversas tendencias y estimula el carrerismo. Nada nuevo digo. Hasta el mismo Papa emérito Benedicto XVI se expresó en este sentido. Y otros muchos, entre los cuales el Cardenal Martini, de feliz memoria. 

El burócrata/curial apuesta por una estructura rígida, de compartimentos estancos, donde cada quien se siente soberano. Se mueve bien en un humus impersonal. Considera que los jefes tienen la función, por encima de todo, de controlar al personal. La norma, la ley es lo que determina los procedimientos. Nada de dar rienda suelta a las emociones, ni siquiera a un vocabulario demasiado amistoso. Cuando más, alguna expresión estereotipada, vagamente ingeniosa, mil veces repetida, digna de un funcionario vestido de gris. 

Acerca de este mundo cerrado, sometido al control, tendente a la adulación (y cuando falla a hacer la guerra), el Obispo Casaldáliga, ejemplar de obispo poco común, escribió unas letras a Monseñor Romero cuando éste lloró tras salir de una entrevista con el Papa Juan Pablo II. Le dijo: las curias no podían entenderte, ninguna sinagoga bien montada, puede entender a Cristo. Y también dejó unos versos para la posteridad relativos a la Curia: deja la curia, Pedro desmantela el sinedrio y la muralla. Ordena que se cambien todas las filacterias impecables en palabras de vida temblorosas. 

Contar con la oposición

Volvamos al surco. Bien por las formas y los gestos llenos de simbolismo del actual sucesor de Pedro. Sin embargo, téngase en cuenta que ya se ha levantado alguna voz mostrándose en desacuerdo con lo de no temer a la ternura ni a la bondad. El buenismo es mal consejero, venía a decir el articulista. Luego todo acaba yendo manga por hombro. 

Se escuchan ya algunos ronroneos. Pues bien, cuando empiecen las reformas en serio -si se dan, como lo esperan tantos fieles- las que rectifiquen, por ejemplo, los cauces seguidos por los dineros vaticanos, entonces los bisbiseos posiblemente se transmuten en crujir de dientes. Los poderosos de las finanzas no se dejan arrinconar tan fácilmente.

Imaginen si al Papa le da por suavizar el lenguaje que suele emplearse desde las esferas oficiales a propósito de los temas de bioética y sexualidad. El preservativo, el celibato de los presbíteros, los cuidados paliativos al final de la vida, la comunión de los divorciados, la ordenación de las mujeres... 

Se dice que el Papa Francisco es más bien tradicional en su teología y su concepto de la moral. Posiblemente algunos de los temas mencionados se mantendrán a buen recaudo en los archivos vaticanos. De todos modos habrá voces que clamarán por una revisión urgente de los mismos. A la par que no faltarán quienes se echen las manos a la cabeza si simplemente son objeto de estudio. 

¿No habrá que revisar el cómo del sacramento del perdón, que en los países de Europa emite sus últimos estertores? ¿No habrá que reequilibrar el papel de los movimientos cristianos que últimamente han campado a sus anchas y han apartado a codazos -es un decir, claro- Órdenes y Congregaciones con muchos servicios sobre sus espaldas? Por cierto, de pronto han desaparecido las pancartas que blandían y sus portavoces han hecho mutis por el foro. 

Aproximarse a estas cuestiones requiere esgrimir el bisturí y habérselas con nervios extraordinariamente sensibles. ¿Cuál será el resultado final? Lo único garantizado es que aflorará el malestar en uno u otro bando. Personalmente preferiría que se recuperaran las esencias del Concilio Vaticano II que se refieren al diálogo, a la misericordia y la comprensión antes que a la condena y la censura. 

Numerosos colectivos y grupos cristianos anhelan cambios que vayan más allá de los gestos. Han esperado a lo largo de muchos años. Bastantes de ellos emigraron hacia la indiferencia o hacia una fe intimista. Bueno sería que se les echara un cable. Aun cuando fuera más endeble del que se les ha brindado a los lefebvrianos y compañía.

viernes, 22 de marzo de 2013

Diálogo de santuarios


Se celebró el encuentro número 34 de los santuarios de Catalunya y Balears. Tuvo lugar en Lleida los días 12 y 13 de marzo. Al abrir el correo electrónico he dado con comunicaciones de algunos colegas que se me adelantaron en la comunicación. No le hago ascos a algunas de sus expresiones que me facilitan la labor.  
En el folleto-guía, una foto de la ciudad de Lleida,
lugar del encuentro. La vieja catedral en el montículo
Los rectores de santuarios tenemos mucho trabajo que hacer y nadie lo hará por nosotros. Porque "las ermitas de hoy son las discotecas, y los bancos, los nuevos santuarios", hacía notar Mn. Ramon Prat, Vicario General de la diócesis de Lleida al disertar sobre "El lenguaje de la fe de cara a la Nueva Evangelización".

Los cerca de sesenta responsables de santuarios -laicos, diáconos y presbíteros- fuimos convocados por el P. Josep Maria Sanromà, rector del Santuario de Montserrat y Coordinador del secretariado Interdiocesano de Santuarios de Cataluña, Baleares y Andorra. Él nos decía en la invitación: "los santuarios son espacios que, en medio de una sociedad alejada del mundo religioso y de la vida de la fe, deberían ser lugares privilegiados donde el hombre y la mujer de hoy pudieran hacer experiencia de la presencia amorosa de Dios".
Mesa rectora: el coordinador de los encuentros, Sanromà,
el obispo de Lleida i el obisbo encargado
de la Pastoral de santuarios en Catalunya
"Están en casa", nos decía acogiendo nuestra presencia el obispo de Lleida, Monseñor Piris. Completaba la acogida: "me felicito que hayáis elegido la Tierra Firme leridana para recrear caminos para la nueva evangelización." El obispo Agustí Cortés, Presidente del Secretariado también nos dirigió unas palabras de saludo: "os animo a que, a partir de vuestras experiencias en el Santuario, compartidas en el marco del Año de la Fe y del 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, encontréis el lenguaje que estimula la esperanza y la confianza de cara a la peregrinación de la Iglesia".

El Encuentro con compañeros de todos los obispados catalanes, trece de Mallorca y dos de Sabartés (Ariège) anima a los participantes. Todos llevamos en el corazón la sed que nuestro pueblo tiene de Dios en la árida travesía del desierto que es la sociedad de hoy en día, tan a menudo de espaldas a Dios y a los mejores valores humanos.

"Se vacían las iglesias y vienen a los santuarios". Por este motivo todos nos esforzamos que quienes llegan como turistas, o como sea, regresen como peregrinos Y, una vez en casa, se conviertan en cristianos militantes. Los cinco verbos de la peregrinación son: salir de casa (llamados por Dios). Caminar. Recibir. Permanecer (en el corazón de Dios). Y volver a casa (con su amor).

El eje de las tres conferencias estaba cruzado por la inquietud acerca de cuál es el lenguaje adecuado hoy en día para comunicar la fe. El Padre Bernabé Dalmau, monje de Montserrat, nos facilitó la reflexión sobre la carta de Benedicto XVI "la Puerta de la Fe" y nos adentró en las luces y las sombras del Concilio Vaticano II a lo largo de los últimos cincuenta años. "Cada santuario tiene que ser un faro de la fe. El paso de los años nos cambia los oídos. He aquí la necesidad de la nueva y renovada Evangelización. Jesús es la puerta. No tiene prisa, pero nos espera. No hay otro camino que nos conduzca hacia la sobriedad, la humildad, la austeridad, la constancia para vivir la vida de la Iglesia, no con nostalgia, sino con creatividad. "

Comentábamos en el trabajo de grupo: "el responsable del santuario debe tener presente que la oración más bonita, también para el ateo y para el agnóstico, consiste en maravillarse". Mosén Prat insistió en el lenguaje de la contemplación y del diálogo con los nuevos humanismos dentro de los escenarios del siglo XXI. Nadie es excluido a la hora de buscar un sentido a la vida, que bien desembocar en la belleza del cristianismo, de las bienaventuranzas operativas en las obras de misericordia.

Cerró el encuentro cura Xavier Aymerich, párroco de Molins de Rei, con el tema de rabiosa actualidad, la falta de sacerdotes en los pueblos, "Las celebraciones dominicales en ausencia de presbítero". "Hay que aunar los tres principios: Eucaristía, domingo y comunidad", afirmó monseñor Aymerich todo enfatizando el concepto de "comunidad".
Integrantes de la Delegaicón procedente de Mallorca
Visitamos el edificio típico de Lleida, la Academia Mariana, donde reza vísperas ante la Virgen Blanca. También la iglesia románica de San Martín y el santuario de la Virgen de Carrassumada (los mallorquines ya no pudimos asistir por cuestión de tiempo). Dichas visitas pusieron el broche de oro a un trabajo que nos estimula a llevar a cabo una acogida más fraternal, un espíritu de servicio evangélico y un anuncio iluminador desde los faros de los santuarios que “marianizan” a los países catalanes.

Acabo la recensión recordando que el P. Bartomeu Pericàs (fallecido el 27 de octubre del año pasado en la comunidad de Lluc) estuvo muy presente en el encuentro. Era bien conocido, pues no se perdía una cita a lo largo de los años. Cuando tenía a la vista un viaje a un santuario de Catalunya, del Estado español e incluso del ancho mundo, experimentaba una gran satisfacción. Rogamos por él en la Eucaristía, por quien dejó durante años en muy buen lugar al Santuario de Lluc. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

Riesgo de papolatría


Existe el curioso fenómeno de que a los personajes encumbrados -en la política, la economía, el deporte…- se los trata con la mayor consideración y respeto. Incluso quien viste mejor suele recibir mayores cortesías. Con frecuencia las instituciones disponen de una especie de almacén de títulos y protocolos reservados a los personajes que desempeñan cargos más elevados.

Este párrafo viene a cuento por la resonancia mediática que ha provocado la renuncia de Benedicto XVI y el anuncio de elección de un nuevo Papa. Existe el peligro muy real de caer en una especie de papolatría. La extraña palabra significa “adoración al Papa”. La teología dice muy claro que sólo existe un culto de latría: el dirigido a Dios. Pero en la práctica se conceden tales atenciones y se prodigan tales títulos al Papa que el fantasma de la sospecha acude a la cita.   
Recuerdo haber ojeado las primeras páginas del Anuario Pontificio y contar hasta 15 títulos con los que designar al Obispo de Roma. No achaco a los Papas el deseo de sobresalir y endiosarse a base de títulos y protocolos. Más allá de su voluntad personal existe una maquinaria  engrasada a base de servilismo capaz de poner en pie los más sorprendentes procedimientos.     

Cuentan los Hechos que Pedro, el primer Papa, levantó al centurión romano Cornelio que le agasajaba en exceso y le dijo: levántate que yo también soy un hombre. Pero de seguro existe algún gene que nos inclina al culto del soberano. Se encuentra en todos los campos y no se exceptúan las diversas religiones. El Faraón recibía un trato divino, como también lo prodigaba la religión de Babilonia, Asiria y Roma.

Títulos, vestimentas, protocolos

Desde Constantino se implantó en el cristianismo el culto al soberano y con el tiempo prosperó sin trabas. Al Papa se le llama “Santidad” cuando nadie es santo sino Dios, leemos en la Biblia. Se le llama infalible, cuando sólo la Iglesia -a través de las palabras del Papa que habla en su nombre- está exenta de error en cosas esenciales y en contadísimos pronunciamientos.

El protocolo exige que las altas autoridades y cualquier persona se incline o arrodille ante el Papa. El Dictatus Papae (1075) de Gregorio VII, afirma entre otras lindezas, sin ruborizarse, que sólo al Papa todos los príncipes deben besar los pies.

Dicho sea de paso, a lo largo del primer milenio quienes elegían al Papa, o mejor dicho al Obispo de Roma, era el clero romano. Dicho Obispo se consideró árbitro de la entera cristiandad cuando las discusiones no podían ser solucionadas entre los adversarios. Luego, con los cónclaves, vinieron las presiones políticas, aparecieron los cardenales (que en un principio no eran lo que son hoy día), se dieron sórdidas rivalidades, acontecieron cismas por causa de las disputas en la elección, etc.

Todo fue ocasionado por la acumulación de poder. El Renacimiento elevó al máximo la cuota de honores personales y, con ellos, de la corrupción.

Volviendo al peligro de la papolatría digamos que las masas desean tener una referencia de poder global que los represente. Todo grupo humano quiere un Rey, un General, un líder, un Papa. Ya el A. Testamento relata el empeño de poner un rey a la cabeza del país, no obstante las advertencias del Profeta de que abusaría y humillaría al pueblo. A este líder se le aclama y vitorea. Para verle se hacen miles de kilómetros. El líder, por su parte, no suele hacerle ascos a los vítores y aplausos. Más bien se habitúa rápidamente a la viscosidad del poder. 

Aparatosidad contraproducente
De acuerdo a esta lógica lo que el Papa hace siempre es lo mejor y no se escatiman elogios a sus decisiones. Juan Pablo II no renunció, no obstante su lamentable estado de salud, a la silla de Pedro. Muchos de los que se deshicieron en elogios entonces, ahora los dirigen a Benedicto XVI por su valentía y humildad en renunciar. ¡Un poco de coherencia, por favor!  

La exaltación mediática de los viajes, como también de los encuentros papales con los jóvenes no es saludable para la Iglesia de Dios. Este tipo de espectáculos olvida el guión original del evangelio. La fe y el sentimiento creyente jamás lograrán sustituirlos los escenarios grandiosos, el colorido del vestuario en los desfiles cardenalicios, la presencia de los poderosos de las naciones, los miles de personas que gritan, cantan, ríen y lloran. 

El entorno del Papa no debiera blandir símbolos de poder ni de mundana dignidad. Si el medio es el mensaje, como dijo el sabio de las comunicaciones, entonces el mensaje opaca las actitudes de Jesús que se anonadó hasta la muerte y muerte de cruz. Escribió González Faus hace unos días que  habría que suprimir a los llamados “príncipes de la Iglesia”, título casi blasfemo para una institución que se funda en Jesús como su piedra angular. No menos malentendidos ocasiona el título de Jefe de Estado atribuido al Papa. Condiciona sus gestos y palabras, obliga a unos fastos y boatos en absoluto ejemplares.

Nada más lejos de mi intención que una crítica ofensiva o destructiva hacia el papado y su modo de actuar. Simplemente, desearía un comportamiento más sencillo y evangélicamente atractivo. Me siento Iglesia, no faltaría más, y a ella he dedicado la vida. Precisamente por este motivo no puedo echar mano del conformismo ni la inercia. 

No ama más a la Iglesia quien calla sus defectos, sino quien arrima el hombro para superarlos aun a riesgo de recibir algún baculazo. Son numerosos los santos que han hablado y actuado en esta línea. El presente escrito trata de aportar un granito de arena a la opinión pública creyente con el fin de que un día sea mayoritaria y repudie tanta aparatosidad. 

Acabo. Difícilmente puede sostenerse que el Espíritu ejerce una especial intervención en la elección del Papa. La promesa evangélica simplemente afirma que el mal no podrá destruir a la Iglesia. Y en ocasiones, no precisamente gracias al comportamiento ejemplar de sus hijos más encumbrados, sino a pesar del mismo.

sábado, 2 de marzo de 2013

El Papa, ¿Jefe de Estado?




No deja de sorprender el revuelo mediático ocasionado por la renuncia de Benedicto XVI. Cualquier detalle es comentado ampliamente. Si es de carácter privado, mucho mejor. La prensa organiza un festín con todo ello. Más o menos como cuando muere una vedette de la pantalla,  alcanza la cima del ranking de goles un futbolista o hay que agasajar a un político famoso.
A mi entender una de las explicaciones de la resonancia adquirida por tales acontecimientos es que numerosas personas viven la vida a través de la biografía ajena. Dado que su existencia resulta monótona por fuera y carece de profundidad por dentro, tratan de compensarlo poniéndose en la piel del famoso. Entonces con facilidad se les escapa una lágrima y se conmueven con la emoción que se desprende de la gloria o a la desventura del personaje mediático.    

A mí personalmente me desagrada que las emisoras televisivas, que miran millones de personas, se detengan a detallar la textura y el color de los zapatos que vestirá el Papa emérito. Se trata de detalles que no hacen ningún bien a la Iglesia y ofrecen pábulo abundante para los críticos dispuestos a despellejar al vecino. No hablemos si los tales vecinos proceden del ámbito eclesiástico.

Considero negativa toda la parafernalia acaecida con la despedida del Papa. Salen a colación frivolidades de todas clases. Se calla en cambio lo que realmente debería interesa a los creyentes. En consecuencia, una vez más, el mensaje queda distorsionado.  Llaman poderosamente la atención al hombre de hoy, sea o no creyente, los protocolos y títulos que desprenden tufillo aristocrático. Chocan de frente con lo que el evangelio propone acerca de la autoridad y la misión.

La Iglesia no es una democracia sin más, pero ello no impide que en todas sus actuaciones brille la sencillez y la transparencia. La sensibilidad actual detecta fácilmente la vanidad agazapada detrás de los títulos, los vestidos pomposos y los honores en general. Si añadimos que con frecuencia los títulos son desproporcionados y las vestimentas afeminadas, ya dirán...   
Los títulos, honores y vestimentas son el lastre que ha venido depositándose en la Institución a través de los siglos. Pero un día u otro es preciso deshacerse de todo ello porque deforma el rostro de la Iglesia. Hay datos en el Nuevo Testamento y en la historia que hablan con mucha elocuencia acerca de la sencillez y del buen ejercicio de la autoridad. Esta es la tradición más genuina y a ella hay que volver.
No se olvide que el medio es el mensaje. Los comportamientos vanidosos y pomposos opacan el bien que pueda realizar el sujeto. El lujo y la ostentación son un antitestimonio y desacreditan la opción por los pobres. Los seguidores de Jesús lo son de aquel que nació en un establo y murió desnudo en una cruz. 
La raíz de muchas actitudes y comportamientos inadecuados tienen que ver con la estructura de la Iglesia tal como hoy día funciona. A saber, con el  Papa como Jefe de Estado. Los estados pontificios no son exigidos por la naturaleza de la Iglesia, más bien al contrario. Pero cuando el historiador Döllinger lo dijo en público, fue tildado de Judas. Un libro que exaltaba la unidad de Italia rápidamente encontró el índice libros prohibidos. El síl.labus de Pío IX condenaba la proposición de que despojar de soberanía a la Sta. Sede sería un servicio a la libertad de la Iglesia.

Razones a favor y en contra

Existen razones a favor y en contra para sostener la existencia del Vaticano como Estado.  Las minúsculas dimensiones del Estado que es hoy en día echa por tierra la acusación de que la actuación papal constituya injerencia alguna en potencias extranjeras. Por lo demás, el Vaticano no posee los tanques por los que preguntaba Stalin. Ha sucedido lo que tantas veces en la historia: la Iglesia protesta indignada cuando le arrebatan sus riquezas mundanas, pero acaba dando gracias a Dios por la libertad y agilidad que le confieren posteriormente.

La Iglesia debe ser independiente. Es conveniente que así sea puesto que Roma está llamada a ser referencia de unidad entre todas las Iglesias. Caso de que el Papa ejerciera su papel en el interior de otro Estado  -sobre todo si fuera muy poderoso- está claro que las presiones recibidas serían muy fuertes. La potencia política que lo alojara trataría de manipularlo en su favor.

Hablemos ya de los inconvenientes. Aun cuando el Vaticano tiene unas dimensiones minúsculas, no deja de ser un Estado, un centro de poder mundano. Lo cual puede contaminar la misión del sucesor de Pedro. El hecho de ser Jefe de Estado sitúa al Papa en un entorno que no es el que escogió Jesús de Nazaret, ni el que recomendó a sus seguidores. Los interlocutores del Papa disponen de poder terrenal de manera que él se halla -aun sin quererlo- gravitando en torno de los ricos y poderosos. En consecuencia se distancia de los pobres y olvidados de la tierra.  

En busca de la solución

El hecho de ser un Estado envuelve al Vaticano en una atmósfera de protocolos, diplomacias y suntuosas recepciones. Le obliga a unas actuaciones que nada tienen en común con el discurso misionero en el que Jesús exhorta a los suyos a caminar sin sandalias y sin dinero en la faja. Se dirá que los tiempos han cambiado. De acuerdo, pero el estilo no tiene por qué cambiar.

En el futuro -y recuerdo haberlo escuchado en alguna parte- cabría buscar una solución que armonice las ventajas y los inconvenientes de la situación actual. Descartemos una solución demagógica de ruptura total dado que estos cambios son de difícil digestión y posiblemente provocaría enormes dificultades, al menos en un principio. El Papa podría residir en el Estado del Vaticano sin ser Jefe de Estado. Como los obispos son ciudadanos de sus respectivos estados. La tarea política de Jefe de Estado quedaría reservada a un laico.  

De este modo podría garantizarse la máxima independencia de este Estado, a la vez que preservar la máxima libertad para el ministerio del Papa. Claro está que entonces habría que acostumbrar a los gestores a un nuevo estilo. Los cambios deberían ser graduales, como no puede ser de otro modo cuando las implicaciones son de gran magnitud y fuertes implicaciones. Como fuere, en algún momento hay que ponerse en camino.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Hablemos del Papa



Suelo comentar algunos hechos más remarcables de la actualidad en este blog. La renuncia del Papa lo ha desatado tal río de palabras que casi se me van las ganas de añadir unas pocas más. Y es que a todo el mundo parece interesarle el asunto, aun cuando en su vida no haya pisado un templo o incluso haya destilado bilis anticlerical a borbotones. Muchas palabras y mucha frivolidad.  

De estupideces varias

Sin embargo voy a hacer un breve comentario para clarificarme a mí mismo las ideas y ponerlas un poco en orden. Porque se han dicho muchas cosas y algunas de ellas me parecen francamente estúpidas. He leído, por ejemplo que ha dimitido para que la gente hable menos de la corrupción del Partido Popular. Tal como lo leen. 

Otro escribió que había renunciado porque su función consistía en cerrar la posibilidad de que Carlo Martini fuera elegido Papa. Una vez ha fallecido el candidato ya no tenía razón de mantenerse en el cargo. Lo único digno de alabar de tales ocurrencias es la capacidad creativa del cerebro que las ha segregado. Por más que se trate de un cerebro más bien obtuso.

Otras declaraciones quizás no sean estúpidas, pero sí fuera de lugar. El secretario personal que fue de Juan Pablo II dijo que debía continuar con la tarea, pues de la cruz no se baja. En primer lugar pienso que el ministerio petrino no es ninguna cruz desde el momento que no suelen faltar candidatos.  

En segundo lugar me parece muy lógico que cuando uno no puede llevar a cabo la tarea encomendada lo confiese honradamente y deje el lugar a otro. Enmascarar la permanencia recurriendo a la cruz se me antoja perverso y hasta síntoma de adicción al mando. Renunciar es muy humano. No hay que sacralizar al Papa que no deja de ser un hombre.

En este punto esgrimo un argumento que ha sido motivo de conversación frecuente con mis colegas. Existe una norma, firmada por el Papa, que obliga a los obispos a renunciar a su ministerio y a los cardenales a no ser electores al llegar a una determinada edad. El motivo es claro: la edad afecta a la agilidad mental y tiende a encoger los horizontes. Un señor avanzado en edad tiene suficientes preocupaciones tratando de mantener a raya la artritis, la osteoporosis o la diabetes.  

Ahora bien, quien pone en circulación esa norma se exime de ella. Me parece una incoherencia total y hasta un comportamiento poco pudoroso. Con más motivo debe aplicarse a quien afronta mayores responsabilidades. El Espíritu de Dios no exime de los estragos que ocasionan los años. Reconocer un hecho tan elemental sin duda es signo de lucidez y valentía.      

A propósito de las alabanzas que ha recibido Benedicto XVI al renunciar deseo hacer un inciso. Si mal no recuerdo alguno de sus voceros tuvo asimismo palabras laudatorias porque Juan Pablo II se mantuvo en el papado hasta el último momento, no obstante el deprimente espectáculo ofrecido. Por favor, no acomoden las ideas en dirección a los vientos. Tengan sus propias convicciones.  

Huérfano de carisma

He leído que al actual Papa le faltaba la adrenalina y el carisma de Juan Pablo II. Muy cierto. No ha besado el asfalto ni se ha exhibido moribundo en el estrado. No ha fascinado por su espectacularidad. Con su proceder tímido y huidizo parece repetir a cada instante que no es el hombre que se ajusta al cargo.  

Decididamente, lo suyo son los libros. Le sobrepasan las pugnas entre facciones. Seguramente no sabe ni quiere apoyar a unos en contra de los otros. No entiende el mundo retorcido y traicionero de las finanzas. No se esperaba los robos desleales de su mayordomo que, además, le han dejado en evidencia.  Tales acontecimientos –opino- dejaban entrever un Papa que no dominaba la situación.  

Sí que trató de poner coto y dejar claro que tendría tolerancia cero respecto del nefasto e indigno vicio de la pederastia. Y para ello sacó fuerzas de flaqueza. También se esforzó por desenmascarar a este monstruo de la maldad, el engaño y la doble vida que resultó el fundador de los legionarios, Maciel. En este punto dicen los analistas que se quedó corto. Sabía mucho del asunto, pero Juan Pablo II no estaba por la labor de fulminarlo. Él no se lo echó en cara y luego accedió a su beatificación.

Quinielas e interrogantes

Han empezado las quinielas, tarea frívola que, por cierto, los periódicos copian unos de otros. Probablemente por el menguado conocimiento que los periodistas tienen del tema. Sea quien sea el próximo Papa, hay hechos y situaciones que no pueden esperar más.  

¿Hasta cuándo el Papa seguirá siendo Jefe de Estado? ¿Por qué no delega los tres poderes que ya han separado todos los estados modernos -el legislativo, el judicial y el ejecutivo- y él permanece como punto de unión y referencia? ¿No ha llegado la hora de que la colegialidad a todos los niveles, acordada en el Vaticano II, y la reforma de la Curia se concreten finalmente?

Hay cuestiones urgentes: humanizar la sexualidad, aceptar el papel emergente de la mujer, admitir a los divorciados sin culpa, actualizar el sacramento del perdón (prácticamente marginado en gran parte del mundo), apresurar el paso en el terreno del ecumenismo, etc. etc.

La herencia de Benedicto XVI me atrevería a decir que está compendiada en sus libros. Y considero más valiosos los que escribió siendo profesor de Universidad que los que vinieron luego, ya cardenal y Papa. En el trecho que va de profesor a Cardenal fue redondeando muchas aristas de su pensamiento. Por lo visto las responsabilidades influyen en las ideas.

Personalmente aplaudo la renuncia de Benedicto XVI y no vi con buenos ojos la permanencia de Juan Pablo II -postrado, más que sentado- en la silla de Pedro. Cuando una persona considera que sus fuerzas físicas o anímicas sufren merma y no puede cumplir con la tarea encomendada, nada más sano y lógico que la renuncia. 

domingo, 10 de febrero de 2013

Teología por internet



Desde hace un par de años he sido invitado a formar parte de los profesores del ISCREB (Institut Superior de Ciències Religioses de Barcelona). Por circunstancias varias no he podido decidirme hasta ahora a dar el paso.  

Caminar del brazo de la teología

No es que disponga de más tiempo, pero al menos sé dónde voy a residir en el próximo futuro y conozco algo más las tareas que llevo a cabo en el Santuario de Lluc (Mallorca). He aceptado dirigir y coordinar una síntesis del Cristianismo (parte II) que ofrece una visión realmente resumida de la antropología teológica, la moral cristiana, la escatología, la eclesiología, los sacramentos y la liturgia.

Espero que tanto abarcar no vaya en perjuicio del buen apretar, como afirma el refrán. De todos modos siempre he sido amigo de las síntesis por cuanto obligan a decir en  pocas palabras conceptos dispersos y hasta farragosos. Uno debe recoger las líneas del horizonte y, en un difícil juego de magia, convertirlas en píldoras de andar por casa.

No digo que la síntesis desemboque en una teología más barata, sino que exige una gran capacidad -con su correspondiente esfuerzo- de recapitulación, de compendiar, integrar, resumir y recopilar. Como también un esfuerzo de sinopsis.

Llevo 8 años al margen de la docencia teológica, tarea que ha marcado mis años jóvenes y adultos. No digo que la añore, pues en algún período anduve saturado de clases. Sin embargo, después de este largo paréntesis no me parece mal sumergirme de nuevo en el ambiente teológico con el que he camino del brazo a lo largo de tantos años.  

Todavía no estoy muy familiarizado con el programa / software que facilitará el estudio y sostendrá las relaciones entre profesores y alumnos. Pero no creo que me resulte difícil entender su funcionamiento. Paso muchas horas frente a la pantalla del ordenador y de algo tiene que servir.

Tengo la impresión de que se puede incluso atender mejor a los estudiantes desde el ordenador que desde el aula. Uno elige el momento oportuno para mandar el correo electrónico y para revisar el material. En el aula física la hora de clase pasa con rapidez y luego ya alumno y profesor no suelen encontrarse.

Situarse en un mundo disperso

El concilio Vaticano II (1962-1965) trató de actualizar los métodos y contenidos de la teología católica. Posiblemente ha sido el apartado que  se ha librado en mayor medida de la grave involución sufrida en otros campos.  

Las mil opiniones que escuchamos alrededor, las infinitas opiniones que hallamos en la red virtual, exigen tener unos conocimientos básicos y sistematizados del universo de la fe. De otro modo uno se pierde por los senderos del bosque. No digamos si, como algunos afirman con buena dosis de sarcasmo, la teología consiste en buscar un inexistente gato negro en el interior de una habitación oscura.

Muchos son los motivos para el estudio de la teología. Los laicos deben jugar un papel mucho más relevante del que tienen. El secularismo ha invadido la sociedad y muchos sucumben ante su empuje por falta de argumentos y también -justo es decirlo- porque siempre resulta más fácil seguir la corriente.

¿Qué pensar del ecumenismo, del diálogo interreligioso, del agnosticismo, del ateísmo, del celibato sacerdotal, del papel de la mujer en la Iglesia? ¿Hasta qué punto obligan las opiniones del Papa y de los obispos? ¿Tan mala es la teología de la liberación? ¿Cómo enfocar los enormes problemas que plantea la bioética y la banalización de la sexualidad? 

La teología puede ayudar a poner un poco de orden en estos asuntos. Me atrevería incluso a decir que puede ayudar a mirar con mayor penetración la enorme problemática de la convivencia, la cuestión social, la crisis que nos devasta... La teología -la fe sistematizada- no es ajena al bullicio cotidiano que nos toca vivir. Estimula el estudio de la situación para luego hacer una opción consecuencte y en conciencia.  

Hay que acabar con el tópico de que la teología es una especie de metafísica para ángeles y que exige necesariamente conocimientos de griego y de latín. Gracias a su estudio logramos penetrar en las antigüedades del mundo bíblico, desvelar los vericuetos de la historia de la Iglesia, enterarnos de las emociones y raciocinios de la patrística griega y latina, elaborar una opinión acerca de los acontecimientos de cada día.

Son muchos los que razonan en el ámbito religioso con los recursos adquiridos en la catequesis de comunión o confirmación. Sin embargo, ningún adulto saldría a la calle exhibiendo su vestido infantil, con pantalones cortos incluidos. Ni nadie que sepa manejar la bicicleta presumirá de tener conocimientos válidos para conducir un camión.

Una reina destronada

Por mucho tiempo se consideró a la Teología como “la reina de las ciencias”. Es cierto que mirando hacia pasadas generaciones se constata que las mentes más brillantes se dieron al estudio de la teología. Pero muchas cosas han cambiado hoy en día y cuando alguien dice estudiar teología, se le espeta sin más: ¿para qué sirve?

Sin embargo, las cosas más inútiles, desde un punto de vista crematístico, son las que dan mayor sentido a la vida.  El amor, el humor, el sentido, la sensibilidad, la sabiduría… no sirven para nada. Son valores por sí mismos. Ahí situaría yo también el estudio de la teología.

La que un día era llamada reina de las ciencias, la teología, ha sido destronada y exiliada. Otros personajes se disputan el trono. La economía, el pragmatismo, el hedonismo… Un sentir bastante común de nuestros tiempos postmodernos sostiene que la verdad no es importante. Importa que la vida funcione y yo me lo pase bien.  
Así entendidas las cosas, de seguro que la teología tiene muy poco que decir. Se la puede arrinconar sin escrúpulos.