El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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miércoles, 30 de octubre de 2013

Ínfulas principescas



Para hacerse famoso también sirve la ostentación y el despilfarro. Tristemente famosos se hacen algunos. El nombre del obispo titular de Limburg, en Alemania, ha dado repetidas veces la vuelta al mundo. Su nombre se asocia a los 35 millones gastados en el palacio y aledaños que ordenó construir.

Cuando un magnate gasta tales cantidades para su personal bienestar o por pura ostentación, la indignación ronda cerca. Piensa uno en los múltiples beneficios que podrían llevarse a cabo con semejante suma. Cuando el tal es un obispo cuya tarea principal consiste en predicar el evangelio y dar ejemplo del mismo, entonces la irritación sube de grado. 

No se trata de si el dinero se adquirió legítimamente, sino del escándalo que produce el hecho. Son contadísimos los ciudadanos en el mundo que pueden gastar tan millonarias cantidades. Si encima el responsable se fotografía junto a un lujoso coche sin pudor alguno, y se enteran los feligreses de que su bañera costó 15.000 €… me limito a los puntos suspensivos.

Ganar en credibilidad

¿Qué credibilidad puede otorgársele a una persona con tales hechos? Nos hallamos frente al típico obispo con ínfulas principescas que se siente superior al común de los mortales y al cual no se le ha adherido ni una mota de evangelio. Lo más triste es que el descrédito salpica a todos los fieles, pues un obispo en teoría pasa por muchos filtros ya que en él se refleja -debiera reflejarse- el rostro de la Iglesia. 

Los creyentes tienen el derecho y el deber de defenderse y segregar de la comunidad a personajes de este cariz. Una cosa es pecar por debilidad y otra empecinarse a lo largo del tiempo. Si este señor se manejaba así en lo tocante a la virtud de la pobreza, una regla de tres sugiere cómo se las gastaría respecto de otras virtudes. 

El Papa Francisco le ha relevado de sus funciones, pues con buen criterio trata de adecentar el rostro de la Iglesia. Ha impartido una oportuna lección para otros obispos de estilo y modos renacentistas. Que ofrecen fiestas con camareros vestidos de etiqueta y no les duelen prendas a la hora de amontonar maderas preciosas en sus habitaciones. A los tales les agrada fotografiarse rodeados de personajes linajudos y adinerados mientras se desenvuelven con ademanes señoriales. 

Paralelamente -porque tiene vasos comunicantes- parece que está en proceso de extinción el modelo majestuoso de jerarca que recurre al ejercicio autoritario del poder. Un modelo que se parapeta en su palacio y escucha complacido las adulaciones de sus subordinados. Que favorece el servilismo y reprime a quien osa formular alguna crítica. 

Los fieles están llamados a impedir que individuos de este talante narcisista suban el escalafón jerárquico. Los presbíteros y los fieles necesitan pastores afables, atentos, dialogantes, humildes y pobres de verdad. Sólo así el evangelio resultará creíble. 

La coherencia del Papa Francisco

Todavía existen ámbitos eclesiásticos que admiran el lujo de tiempos periclitados. Pero el actual Papa va denunciando, día a día, un tal modo de pensar y actuar. Determinadas vestimentas, propias de una corte imperial y cortesana, transmiten el mensaje tácito de que quien así se adereza se siente superior a sus congéneres. ¿No lleva ello a pensar en el altivo fariseo más que en el humilde publicano? 

Este mundo suntuoso y de rancio tufo resulta grotesco a la sensibilidad actual. Quienes usan tan peculiares vestidos y modos se equivocan de medio a medio. Mientras suponen que sus modales impresionan a la gente del entorno, se da el caso de que esta gente no entiende cómo en los tiempos que corren alguien puede disfrazarse con tan mal gusto.

El Papa Francisco trata de que la coherencia evangélica no camine en paralelo con los usos y costumbres cortesanos. Ha pronunciado frases muy duras al respecto. En una entrevista publicada en el diario italiano “La Repubblica” ha asegurado que trabajará por una Iglesia sin cortesanos, alejada del narcisismo que ha caracterizado a muchos jefes de la Iglesia. 

Sigue diciendo que los más afectados por el narcisismo son las personas que tienen mucho poder. Y añade todavía: "¿Sabe qué pienso sobre esto? Los cabezas de la Iglesia han sido a menudo narcisistas, adulados por sus cortesanos. La Corte es la lepra del Papado".

Jesús juzgó con severidad a los fariseos que se mostraban rigoristas, exigentes y daban por supuesta su superioridad. Con ese talante cabe apostar sin riesgos que sus actitudes eran poco humanas, escasamente compasivas, altamente presumidas y despreciativas.

A Jesús le eliminaron porque su manera de ser y de hablar llegó a hacerse insoportable para los grupos solidificados en sus ideas y empedernidos en su orgullo. Del Papa Francisco ya algunos grupúsculos empiezan a decir cosas muy feas. Una de ellas es la blasfemia vestida de oración: “ilumínalo o elimínalo”. Señal de que ha dado en el clavo. Ya lo advirtió el erudito Cervantes: “¿Ladran? Luego cabalgamos”.

domingo, 20 de octubre de 2013

A vueltas con la guerra civil


El próximo jueves tengo que dar una charla en la catedral de Mallorca. Forma parte de un ciclo de conferencias con motivo del año de la fe. Se enfoca desde el sentir de la isla. Mi tema es el de los mártires del Coll (Barcelona) que dieron testimonio de su fe en los primeros días de la guerra civil del 1936. La mayoría de los ajusticiados procedían de Mallorca.

Precisamente con las beatificaciones masivas celebradas en Tarragona el fuego se ha atizado nuevamente y numerosos escritos destilan fuerte irritación. Unos han lamentado que se perdiera otra oportunidad de pedir perdón, de reconocer errores y de beneficiarse, por tanto, de los efectos sanadores del perdón.

Los más polarizados a la izquierda han clamado que se trataba de un acto politizado, a favor de una Iglesia franquista, insensible al clamor de los pobres, hoy como hace 77 años. Una Iglesia que sólo honra a los muertos de un bando y cubre con un manto de silencio, si no de desprecio, a los del otro. 

Una espiral sin fin

No creo que sea conveniente espolear la escalada. El terreno se presta a echar en cara aquello de “y tú más”, con lo cual la espiral se agiganta. Una y otra vez se apela al agravio comparativo. Sólo voy a tratar de puntualizar algunos extremos.

1. Los muertos de la guerra civil tienen que ser vistos en el contexto de una historia visceralmente tensa, injusta y compleja. Acercarse al acontecimiento desde un punto de vista anecdótico y contabilizando los muertos de uno u otro bando difícilmente hará justicia a lo acontecido en la incivil explosión de violencia del año 36.

2. El contexto es que existió maltrato y agresiones a la Iglesia por parte de amplios sectores. Pero no puede silenciarse que estos sectores consideraban que la Iglesia/jerarquía (no les importó gran cosa la distinción) se hizo cómplice de un sistema político y social que explotaba y reprimía a las clases populares. Alguna responsabilidad tuvieron en la crispación que desembocó en el conflicto bélico. 

3. Posteriormente la jerarquía de más peso en la Iglesia española se decantó por el levantamiento franquista. La carta pastoral sugerida por el mismo Franco al Cardenal Gomá no dejaba lugar a dudas de la postura asumida por la mayoría de obispos, aunque con algunas honrosas excepciones. El escrito estaba destinado a contrarrestar la condena de amplios sectores del catolicismo europeo y americano. 

4. Dicho esto no debiera cuestionarse la inocencia de la inmensa mayoría de los sacerdotes, religiosos y laicos asesinados por los milicianos. Ellos estaban al margen de intrigas y complots. Vivían embebidos en sus estudios, en su catequesis y en la administración de sacramentos. Su día a día transcurría con sencillez y fe viva. Si algo se les puede echar en cara es que su fe era un tanto ingenua.

Presbíteros y católicos asesinados por tropas franquistas

5. Es cierto que los presbíteros asesinados por las tropas franquistas no han gozado de gran resonancia. Hubo curas vascos ajusticiados por estar implicados en la cultura del país sin que ni de lejos renegaran d su fe. Otros personajes, como Carlos Cardó, fue un intelectual catalanista y promotor de un cristianismo social. Fue perseguido por ambos bandos. 

6. En Mallorca está el caso del cura Jeroni Alomar Poquet que fue fusilado por ayudar a escapar a algunos republicanos a Menorca donde todavía no dominaba el franquismo. Se trata de un caso en el que sí se puede hablar de martirio porque fue su fe cristiana la que le inspiraba la caridad con que trataba de salvar la vida de sus prójimos. 

6. También es cierto que, excepto el cura Poquet, la mayoría de estos sacerdotes y laicos no murieron directamente por su fidelidad a la fe, sino por otras causas, aunque muy nobles. Sin embargo, la Iglesia beatifica a quienes murieron a causa de su fe. 

7. Posiblemente fuera conveniente una petición de perdón relativa a la actitud de la Iglesia en la guerra civil y que la hiciera la Conferencia Episcopal. Nunca está de más el perdón. Pero también hay que decir que se pidió en la Asamblea conjunta ya en los años 60, aunque no llegó al tercio requerido para su aprobación oficial. Desde entonces numerosos personajes representativos han apelado al perdón y la reconciliación. En la reciente beatificación de Tarragona también ha habido referencias al perdón. Juan Pablo II pidió perdón por los pecados de la Iglesia. 

8. Tenemos todo el derecho de honrar y venerar a unos mártires que murieron por su fe, a veces perdonando explícitamente a sus verdugos. No nos avergonzamos de homenajear a quienes dieron la vida en la prueba del mayor amor. Ellos murieron por odio a una forma de ser Iglesia que ellos no representaban. Pagaron por unas responsabilidades que no eran suyas.

jueves, 10 de octubre de 2013

Beatificaciones en Tarragona


Un muy numeroso grupo de mártires del pasado siglo, exactamente 522, serán beatificados en Tarragona el próximo día 13. Se prevé que asistan alrededor de 25.000 personas. De ellas unos 4.000 serán familiares. Participarán un centenar de obispos, un tercio de los cuales procedente del exterior. Se prevé la asistencia de 1.400 sacerdotes.

Acudirá también a la cita el Presidente de la Generalitat, Artur Mas, así como algunos miembros de su gabinete. Lo cual será motivo de interpretaciones varias, de acuerdo a las diversas filias y fobias. 

El acontecimiento ha vuelto a atizar la polémica. Que si muertos de primera o de segunda, que si es oportuna o no la canonización. Personalmente escribí un libro sobre los mártires del Coll (Barcelona) que alcanzó una segunda edición en versión castellana y catalana. También un folleto en ambas lenguas. 

Este hecho propició la ocasión para que me invitaran repetidas veces a hablar públicamente sobre el tema, principalmente en Mallorca. Ello antes y después de la beatificación que tuvo lugar en Roma en octubre del 2007, si no ando equivocado. Una ceremonia parecida a la que se llevará cabo en Tarragona, tanto por las personas que sufrieron el martirio como por las circunstancias en que lo padecieron. 

No voy a abundar en la polémica. Simplemente mi opinión coincide con una proclama que publicó mi Congregación y de la cual reproduzco un par de párrafos:

Os prometemos que nuestra intención no es mirar hacia atrás ni organizar revanchas de ningún tipo. Más bien, aprovechamos la oportunidad para hacer examen de conciencia y evaluar cuáles son nuestras alianzas. Pedimos perdón, humildemente, por las veces que la Iglesia no estuvo de parte de los pobres y descuidó el ministerio de reconciliación universal que le correspondía.

No nos avergonzamos tampoco de rendir homenaje a quienes dieron la vida, que es la prueba de amor más grande, en el seguimiento del buen Jesús... Reconocemos públicamente que nuestros hermanos y hermanas fueron víctimas del odio a una forma de ser Iglesia que ellos no representaban... en la periferia marginada de la metrópoli, vivían dedicados a la evangelización, al cuidado de los enfermos y a enseñar las primeras letras a los hijos de los obreros... Murieron perdonando, aceptando una condena injusta y sin apelación para que otro mundo fuera posible.

Creo legítimo, pues, canonizar a unas personas que, por lo general pagaron por responsabilidades que no eran las suyas. Fueron usados como símbolos de un sector de la Iglesia que demostró muy escasa sensibilidad social. Y pagaron el precio de unos odios desmesurados y desorbitados que no hablan nada bien del otro bando. Los asesinos querían matar unas ideas o a unos individuos que incidían en la marcha del país retrasando el progreso de los pobres. Pero dispararon sus fusiles contra personas de carne y hueso, del todo inocentes de intrigas políticas. 

Hoy, sin embargo, quiero añadir algunas ideas al asunto. La sensibilidad religiosa ha variado al cabo de los años. Los mártires desempeñaban un papel esencial en la piedad popular en tiempos de cristiandad. Sus muertes gloriosas llevaban a invocarlos, a desear su intercesión en el momento de la muerte. 

Era éste un lenguaje y un pensamiento típico de la cristiandad, que daba sus últimos coletazos allá por los años 30. No hay por qué renegar del mismo. Pero hoy día se ha pasado la página de la cristiandad. No invocamos a los mártires para que sean nuestros abogados en el morir porque tampoco imaginamos a Dios organizando un juicio espantoso y aterrador. 

El tipo de santidad de la época, por otra parte, casa poco con la sensibilidad de nuestros días, que transcurren en plena postmodernidad. Ascetismo, devoción mariana intensa, observancia que incluía algunas futilidades, tendencia a la fuga mundi: tales eran las virtudes más exaltadas de la época y las más practicadas por lo general. Virtudes, sí, pero más pasivas que activas, por lo demás. 

Al escribir estas cosas de ninguna manera quiero desmerecer el martirio de quienes lo sufrieron. Cuando alguien entrega la vida por una causa merece un silencio preñado de respeto. Si es por la fe en Jesús, entonces el creyente se arrodillar ante su cadáver y toma nota de que la Iglesia sigue siendo creíble, no obstante el lodo que la mancilla. 

No hay que desmerecer el mérito del martirio, pero la huida del mundo y una exagerada piedad mariana no parece que sean los raíles por los que pueda discurrir la piedad de un joven en nuestros días. Ese tipo de devoción no puede ser esgrimido como modelo para las nuevas generaciones. Y conste que los próximos beatos pudieron hacer un gran bien a su alrededor. Seguramente lo hicieron.

La beatificación y/o canonización de los santos ha significado desde los primeros siglos que la iglesia primitiva, y luego la de la Edad Media, se alimentaba de héroes. Han transcurrido muchos lustros. No vivimos en la era de la cristiandad. Nuestros modelos por lo general tienen un perfil distinto. Y nos hallamos en horas bajas en cuanto a las plegarias dirigidas a los santos. 

No quiero ser malicioso, pero en ocasiones lo más visible de la beatificación/canonización consiste en una gestión de preparación burocrática engorrosa y económicamente onerosa. Normalmente emprenden la tarea con éxito las congregaciones religiosas, que disponen de recursos, medios y motivaciones para lograr el objetivo propuesto. Si ello redunda en beneficio de dichos religiosos, bienvenida sea la beatificación, después de todo. Y si de rebote también sale beneficiado algún dicasterio vaticano... todo el mundo tiene derecho a vivir.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Un Rey criminal y cínico


Todo el mundo asocia el nefasto nombre de Hitler con los mayores crímenes y genocidios del siglo XX. Pues no es el más relevante ni el más nefasto. Existe una larga lista de individuos despiadados, malhechores y granujas, dispuestos a matar si así se les antoja. Ahí está Stalin y su Gulac. Mao con la muy publicitada revolución cultural. Pol Plot eliminando a intelectuales, mandando hombres por miles a los trabajos forzados en Camboya… ¡Cuántos horribles asesinatos se han ido acumulando a lo largo de la historia!
¿Y Leopoldo II de Bélgica? ¿También un criminal de esta pestilente camada? Pues al parecer aventaja a todos los nombrados. Procedente de Bélgica, la civilizada nación asentada en el centro de Europa. Apenas salen a relucir los crímenes de Leopoldo II porque las víctimas no llamaban en absoluto la atención. Sólo unos diez  o doce millones de hombres y mujeres de piel negra repartidos entre varias tribus del lejano Congo…
Corrían los años en que se inventaron los neumáticos de caucho. La demanda mundial de látex, su materia prima, se disparó, pues los automóviles y las bicicletas requerían grandes cantidades del producto. Leopoldo obligó a la población indígena a un régimen de trabajo cruel. La presión y la violencia sobre los trabajadores iban en aumento.  
Los judíos asesinados por Hitler no llegaron a seis millones, la mitad de las víctimas de Leopoldo, rey de Bélgica. Este rey, número uno, del asesinato tenía, además, la desfachatez de presentarse como un benefactor favorable a los nativos. Realmente hay motivos para sorprenderse de los sórdidos ejemplares que las olas de la historia depositan en reflujo sobre nuestros días.   
El individuo de marras fue el hombre más rico del planeta hasta su muerte en 1909. Guerras, matanzas y dictadores legó al país africano. Todavía hoy la gente se mueve en un caos donde la vida vale menos que un pedazo del coltan que requieren los móviles y ordenadores. Los diamantes para ornamentar el cuello de las señoras pesan más en la balanza que el hambre de millones de indígenas. Algunos países poderosos saben bien del asunto y han tramado lazos que les beneficien. Es la herencia de Leopoldo II, al que no bastó masacrar al por mayor en vida y por eso dejó un país desvertebrado a fin de que los crímenes continuaran en el futuro.
El tal Leopoldo fue propietario personal del Estado libre del Congo. Porque estos inmensos territorios no eran una colonia belga, sino su propiedad privada. Y en ella se movían libremente miles de matones para torturar, azotar y explotar a los congoleños. Al menos hasta que los escándalos adquirieron tal envergadura que las presiones internacionales le obligaron a cederlo al país. Claro que con muchas condiciones favorables a sus herederos, en particular amantes e hijos.
Un discurso de infeliz memoria
Me ha movido a escribir estos párrafos la dosis indigerible de cinismo que se halla en uno de sus discursos que casualmente llegó a mis manos. Precisamente el que tiene que ver con el envío de unos sacerdotes misioneros al Congo belga. Palabras que indignan y escandalizan. Para más inri su autor pretendía esconderse detrás de la máscara cristiana. 
He aquí algunas frases entresacadas del citado discurso correspondiente al año 1883. Pocas veces se leen escritos tan abominables, abyectos e infames, tan abiertamente desvergonzados. Leopoldo II hizo méritos, con solo este escrito, para pasar a la historia como un ser indigno, mezquino, perverso, pérfido, egoísta, manipulador y embrutecido. Perdone el lector que me anime engrosando la lista de adjetivos. Por ganas, podría añadir alguno más.   
Sacerdotes, vosotros vais ciertamente para evangelizar, pero esta evangelización debe inspirarse ante todo en los intereses de Bélgica.
Vuestro papel principal es el de facilitar la tarea a los funcionarios de la Administración y a los empresarios. Esto quiere decir que interpretareis el evangelio de cara a proteger nuestros intereses en la colonia.
Para hacer esto vigilareis entre otras cosas que no se interesen por las riquezas que abundan en sus suelos y subsuelos, a fin de evitar que interesándose en ellas nos hagan una competencia mortal y sueñen en desalojarnos a nosotros algún día.
Vuestro conocimiento del evangelio os permitirá encontrar fácilmente textos recomendando a los fieles amar la pobreza, como por ejemplo "felices los pobres, ya que el reino de los cielos es para ellos", "es más difícil a los ricos entrar en el reino de los cielos". Haréis lo posible para que los negros tengan miedo de enriquecerse y así puedan ganarse el cielo.
Para evitar que de vez en cuando se rebelen, deberéis recurrir a la violencia. Les enseñareis a soportarlo todo aunque sean injuriados y golpeados por vuestros compatriotas de la Administración. Les invitareis a seguir el ejemplo de los santos que han puesto la otra mejilla después de haber sufrido golpes.
Insistid sobre todo en la sumisión y la obediencia. Evitad desarrollar el espíritu crítico en vuestras escuelas. Enseñad a vuestros discípulos a creer y no a razonar. Evangelizad a los negros hasta la médula de sus huesos y que permanezcan siempre dóciles.
Hacedles pagar una tasa cada semana en la misa dominical. Utilizad luego este dinero destinado pretendidamente a los pobres  para convertir vuestras misiones en centros comerciales florecientes..
Instaurad para ellos un sistema de confesión que permita denunciar a todo negro subversivo a las Autoridades investidas del poder de decisión.
Enseñad a los negros que sus obras de arte son obras de Satán, confiscadlas y llenad nuestros museos. Enseñad a los negros a olvidar a sus héroes, a fin de que no adoren más que a los nuestros. No prestéis una silla a los negros que os vienen a visitar. Dadles a lo más una colilla de cigarro. No le invitéis jamás a comer aunque él mate un pollo cada vez que vayáis a visitarle.
Queridos compatriotas, si practicáis a la letra todas estas instrucciones los intereses de Bélgica en el Congo serán salvaguardados durante siglos. Muchas gracias.

(Texto extraído de "La balance" n. 13 - 9 Agosto 1995).

viernes, 20 de septiembre de 2013

Mentiras, embustes y otros sinónimos


Imaginemos un escenario frecuente. Los ciudadanos lamentan algún recorte especialmente doloroso, tras haber sufrido ya una larga serie de tijeretazos en diversos campos. Un periodista aborda al político responsable del mismo y, sin inmutarse, éste responde simplemente que este recorte en realidad es para reforzar el servicio a los ciudadanos. 

Así, contradiciendo la evidencia, sin matizar, sin ruborizarse. ¿Un engaño o una burla? La pretensión de engañar -o de intentarlo, que no todo el mundo es tan ingenuo como suponen- se ha generalizado hasta extremos impensables. Se diría que la mentira constituye un componente de nuestra cultura. 

Una liturgia de la mentira
La mentira, el embuste, la insidia, la patraña y la calumnia han venido a ser armas de las que uno echa mano con pasmosa naturalidad. Si se puede sacar provecho del engaño, pues adelante, que todo el mundo lo hace, que nadie es un santo, que mejor adelantarse al adversario y, después de todo, “más vale prevenir que curar”. A todas estas expresiones y refranes de contenido indecente se recurre para justificar lo que no tiene justificación. 

Se ha ido tejiendo una liturgia con los mimbres de la mentira y la materia prima de los embustes. Una liturgia que también podría llamarse “ceremonia de la confusión”. En ocasiones los protagonistas de la pantomima nos irritan y nos ponen de los nervios. En otras más bien provocan la hilaridad. En efecto, contemplar a personajes bien vestidos, bien alimentados y perfumados soltando ridículas tonterías, a las que nadie con una pizca se sentido común puede dar crédito, provoca la risa. 

Dicen que el humor tiene que ver con los contrastes. Un contraste robusto tiene que ver con el político tutelado por guardaespaldas, de rostro afeitado / maquillado que se embrolla y da vueltas a la frase tratando -sin lograrlo- que la mentira parezca verdad. 

Los tiempos que nos ha tocado vivir son tiempos donde reinan las patrañas y las medias verdades. Los políticos, los economistas, los hombres de la cultura, los de la farándula y también, lamentablemente, los de las Iglesias, recurren con frecuencia a la mentira. Mienten los profesionales de la información, los funcionarios y los banqueros. Los grandes banqueros muy en particular. Quizás quepa decir aquello de que “quien tenga las manos limpias que tire la primera piedra”. 

¿Por qué las cosas son así? Propongo una hipótesis entre tantas. Para mí que quienes dicen la verdad y se niegan a encubrir a los tramposos acaban molestando y por ello se les margina. Son poco maleables, estorban, generan situaciones incómodas para quienes mandan y carecen de escrúpulos. 

En contrapartida quienes atemperan la verdad o la disimulan son los triunfadores. Sucede en el ámbito de la política, de la banca, de la empresa y en otros muchos. Tal vez esta situación hace comprensible que cuando hace su aparición una persona sincera y valiente, que no le teme al qué dirán, se la maltrata. Sus adversarios multiplican las bromas sobre su proceder y no se detienen hasta llegar a la difamación y la insidia. Al parecer no caen bien las personas transparentes y honradas que se niegan a colaborar o encubrir la mentira. 


¿Vivir en un charco de inmundicia?

Las mentiras de unos y otros, de los mentirosos profesionales, de los ocasionales y de los compulsivos, pero también de los simples ciudadanos, nos están deseducando a todos. Invitan a prevaricar para trepar más alto. 

Y esto no es todo. La economía capitalista, en su vertiente más salvaje, miente a cara descubierta o a calzón quitado, como prefieran. En realidad sólo puede funcionar a base de engaños. La letra pequeña de los contratos resulta de gran ayuda al respecto. La publicidad constituye una inmensa mentira con poquísimas excepciones. Los contratos relativos a las hipotecas sabemos cómo las gastan. Y para mí que las inversiones en bolsa son un camelo de gran tamaño. Las ganancias suelen estar relacionadas con insidias y rumores esparcidos con la peor voluntad. 

Como el pez vive rodeado de agua, así la sociedad acabará encontrando su humus en los infundios. En consecuencia se sigue votando a quienes sueltan burdas mentiras y engañan a conciencia. A quienes dicen exactamente lo contrario de lo que hacen sin molestarse siquiera en matizar ni justificar nada. ¿Será que a un amplio sector de la población le agrada que la engañen? Ya sería el colmo, pero por ahí parecen ir los tiros. 

Unos hablan del respeto a los imputados y de la sagrada presunción de inocencia, aunque los indicios del crimen desborden por todos los costados. Pero contratan abogados diestros en retorcer la ley, en inventar amparos para entorpecer los procesos. El objetivo apunta a maniatar a la justicia o presionar las balanzas que aguanta en sus manos. El fin, justifica los medios. 

Otros discursean acerca de la democracia y el Estado de Derecho, mientras alegan escuchar a las mayorías silenciosas que nada dicen y se niegan a escuchar los gritos de las mayorías cuyas voces resuenan por las calles y atraviesan las fronteras. 

Nos deseducan los farsantes, troleros y embusteros. Va siendo hora de desenmascararlos e impedir tantos embrollos. No debemos acostumbrarnos a vivir en una cultura de la mentira, es decir, en un charco de inmundicia.


martes, 10 de septiembre de 2013

En dirección hacia el Jesús de la historia


El curso pasado me estrené dando clases por internet. La Institución que me invitó y que organizaba los encuentros virtuales, además de aportar el programa y algunos recursos, era el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona. ISCREB le llaman por sus siglas que, por cierto, no suenan especialmente delicadas al oído. Pero, como acontece con toda costumbre, a fuerza de repetirlo acaba uno por parecerle la mar de normal el fonema.  

El caso es que el personal dirigente de ISCREB, a través de la Directora de estudios -Nuria Caüm- me ha transmitido una encomienda: que escriba una especie de libro digital que sirva de texto para los estudiantes de Cristología. 

Bajo el peso de la bibliografía
Tareas de este tipo he realizado varias a lo largo de los años y por eso no me negué. Luego, reflexionando conmigo mismo, sin embargo, fui consciente de que la labor no es sencilla. Sí, dispongo de mucho material, incluso de un librito que escribí en Santo Domingo titulado “Jesús, el corazón humano de Dios”. Pero un vistazo a la más reciente bibliografía sobre el tema me hizo experimentar el agobio.   

No podía escribir un texto ignorando totalmente lo que ha salido a la luz en los últimos 20 años. Ahora bien, las publicaciones conforman un río formidable de textos, artículos y escritos de todo tipo. Corren tiempos laicistas y escépticos, pero no se detienen las máquinas de las editoriales. ¿Cómo incorporar lo más relevante de estas publicaciones al encargo que he aceptado? ¿O simplemente hay que ignorarlo?

Escogeré el camino de en medio. Ignoraré todo lo que transite por los caminos de una excesiva especialización o de cuanto sea discutido de entrada. Trataré de incorporar lo que tenga visos de mayor perdurabilidad y resulte más digerible para alguien que, después de todo, sólo despliega las primeras brazadas en este mar de la cristología.  

Mis autores preferidos hasta el presente, particularmente en cristología, eran José I. González Faus, Hans Küng, José A. Pagola, Leonardo Boff y José M. Castillo. No renuncio a ellos y pienso que la mayor parte de sus escritos sigue siendo válido. Pero otros muchos autores se han sumado al pelotón. 

Hay un tema que ha merecido un cultivo excepcional: el del Jesús de la historia. Autores creyentes y escépticos, católicos y de otras confesiones han querido aportar su contribución. Con lo cual el pobre lector vaga desorientado, sin capacidad para enterarse del caudal que sueltan las editoriales. Con frecuencia anda desconcertado, además, porque las conclusiones en ocasiones son tan distintas como distantes. 

Una página de presentación
Yo tengo pensada una página introductoria al capítulo del Jesús histórico que, más o menos, dirá lo que sigue. 

Jesús es una figura histórica, sin duda, y por eso no la podemos secuestrar de su entorno ni de los datos históricos que han llegado hasta nosotros. De lo contrario construiríamos un personaje de perfil fantasmagórico y huérfano de credibilidad.

Las estampas que nos presentan a Jesús de Nazaret son por lo general muy refinadas. Piel blanca, vestidos limpios y planchados, posturas ceremoniosas... Seguro que el aspecto del Jesús de la historia no era tan pulido. Preciso es tener en cuenta que Él vivió hace más de 2.000 años, en un país oriental, de cultura muy diferente a la europea. Por otra parte, los siglos de cristianismo que nos preceden han construido un Jesús tirando a místico y poco humano. Precisamente por eso cuando algún film ha acentuando sus rasgos más humanos, ha indignado a mucha gente.

De todos modos, la investigación del Jesús de la historia -que no coincide sin más con el de la fe ni el del catecismo- es un intento de reconstrucción, una hipótesis. Tampoco hay que creer a los sabios que estudian el tema como si sus conclusiones fueran definitivas. La verdad es que entre ellos mismos difieren notablemente. Aún así, la reconstrucción histórica nos ofrece un Jesús a menudo más sugerente y sorprendente, más cerca del personaje que vivió en la Palestina del siglo primero.

El estudio de Jesús con perspectiva e intereses históricos data de la época de la Ilustración. Anteriormente nadie sintió esa necesidad o, en todo caso, no la planteó. No se ponía en duda que los evangelios eran testigos fidedignos y que remitían a las palabras y los hechos de Jesús. En tiempos del renacimiento y los orígenes del protestantismo ya algunos intelectuales notaron determinadas incoherencias, pero trataban de salir del paso como mejor se les antojaba y -sin hacerse mucho problema.

Sin embargo era previsible que llegara el momento en que se explicitaran serias dudas sobre los evangelios. El momento llegó y tuvo el efecto de un terremoto. Muchos interrogantes irrumpieron. Algunos teólogos incluso confesaron haber perdido la fe. A pesar de estos inconvenientes, la empresa de estudiar el Jesús histórico se convirtió en una aventura apasionante.

La investigación acerca del Jesús de la historia emplea los recursos y criterios que le brinda la metodología. Al final se trata de reconstruir la persona de Jesús de Nazaret, pero después de tantos años y de tantas cosas que ignoramos -de arqueología, sociología, política de la época, etc.- el resultado será inevitablemente limitado. Es necesario moderar el entusiasmo. De paso evitaremos también futuras decepciones dado que las conclusiones y propuestas cambian a menudo.

La investigación sobre el Jesús de la historia se ha convertido en un tema central en los últimos 250 años. A. Schweitzer decía que la hazaña más importante de la teología alemana era el estudio de la vida de Jesús. De hecho, nos hallamos ante un tema central para la exégesis y la teología que quiere dialogar con la cultura del entorno. La sensibilidad por la historia es un rasgo característico del hombre contemporáneo.

Los orígenes geográficos del cristianismo se pueden señalar con el dedo sobre un mapa. Las palabras más fundamentales de la fe cristiana sabemos quién y cuándo las pronunció. Otras religiones remiten al mito, pero el cristianismo lo hace a un evento histórico. Renunciar a la historia de Jesús en principio nos hunde en el docetismo, ignora el hecho de la encarnación y lleva a perder la credibilidad.

viernes, 30 de agosto de 2013

Los estudios de los políticos


Repetidamente se leen o escuchan comentarios acerca de las numerosas meteduras de pata de los políticos. La pregunta resulta inevitable: ¿qué se estudia para ser político? ¿Qué conocimientos han adquirido los diputados, los parlamentarios, los ministros y demás personal del gremio para decidir por los demás y ganarse un jugoso sueldo? 

Aguijoneado por la curiosidad, me dispuse a investigar las condiciones para formar parte del grupo político de más rango, a saber, del ejecutivo del país. Le formulé el interrogante a Google, que parece saberlo casi todo. Me respondió al cabo de pocos segundos que, de acuerdo al artículo 11 de la Ley del Gobierno, para ser miembro del Ejecutivo basta con «ser español, mayor de edad, disfrutar de los derechos de sufragio activo y pasivo, así como no estar inhabilitado para ejercer empleo o cargo público por sentencia judicial firme».

No se necesitan estudios

Ni una palabra acerca de los conocimientos requeridos. No es que sobrevalore los títulos o diplomas, ni que considere a sus poseedores un peldaño más arriba que el resto de la población. No. A lo largo de los años he tropezado con doctores -incluso doctores en varios campos a la vez- que han fracasado tristemente en todo lo que han emprendido. Sólo triunfaron en las aulas. 

No me impresiona, pues, que alguien haya frecuentado asiduamente las aulas de la universidad. Por otra parte es justo distinguir entre conocimientos técnicos y decisiones de tipo político. Las cuestiones políticas se alimentan por conductos diferentes de los académicos o técnicos. Beben de la ideología, del partido, del ADN familiar… 

Castigar al gobierno de un país en guerra puede ser moralmente bueno si un elemental sentido humanitario exige colaborar contra la injusticia y hay garantías de que no van a padecer justos por pecadores. Y puede ser malo si se hace por puros intereses económicos o de prestigio. 

Cierto que los conocimientos estrictamente técnicos no suelen tener mucho que decir a la hora de las decisiones políticas. De todos modos un individuo cultivado, bien leído y correctamente aconsejado, en principio parece aventajar a quien desconoce el pasado de los pueblos y sus costumbres. Estar familiarizado con el humus de la propia historia, saber lo acontecido en épocas pasadas, sin duda resulta un valor añadido al mero sentido común del individuo. 

No, no me arrodillo ante títulos ni diplomas. Pero me sorprende en gran medida que quienes se mueven en el Olimpo del Estado en el que me toca vivir tengan tan escasos conocimientos de los idiomas y concretamente del inglés. No menos me desconcierta que en general los ministros carezcan de experiencia profesional previa en los asuntos que van a gestionar. De sus palabras y decisiones pueden originarse grandes bienes o grandes males para muchos millones de habitantes. 

¿Quién no se asombra de que un individuo pueda ejercer de ministro de defensa y al cabo de unos meses cambiar la cartera por la de turismo o deporte? Tales cambios probablemente obedecen al prurito de contentar a los amigos, o son una total falta de respeto a la población o una broma de mal gusto. No sé encontrar otra explicación. Ni conozco ningún sector profesional donde ocurran tales cosas. Aunque también es verdad que el sector público se alimenta del dinero público -anónimo, pero fiel al guiño de quien manda- mientras que los negocios privados no disponen de ingresos ajenos. 

Decisiones políticas y técnicas

Existen decisiones políticas y decisiones técnicas. Los estudios sirven particularmente para ejercer con competencia en las cuestiones de tipo técnico. Cierto, pero no estorban en absoluto a la hora de tomar decisiones político-ideológicas. A un político no le haría ningún mal profundizar en la Constitución. Tampoco le enfermaría saber acerca de leyes laborales, presupuestos, recursos humanos, geografía nacional, etc. 

Lejos de mí lamentar el sistema democrático que Occidente se ha dado a si mismo tras muchos años de rodeos y retrocesos. Pero mantengo igualmente lejos de mi la ingenuidad de pensar que quien gana los comicios es siempre y en todo caso el mejor. Gobierne el ganador de las elecciones, pero no se vanaglorie de ser el mejor. Las elecciones tienen mucho que ver con el físico del candidato, con sus apariciones en TV, con el financiamiento (quizás ilegal) de su partido, con la fama y con tantas otras cosas ambiguas. Me abstengo de citar nombres cuya fama en el deporte, el cine o la TV les ha reportado jugosos réditos. 

Nadie se dejaría diagnosticar por quien no poseyera los oportunos estudios en medicina, ni permitiría que cualquier aficionado le pusiera en orden la dentadura. Sin embargo se encumbra a personas sin apenas estudios en los altos círculos de la política. Es de esperar que equivoquen el tipo de bisturí, operen sin anestesia, se les infecten las heridas y ahonden el mal que pretendían apaciguar. 

Uno se juega mucho confiándose a los profesionales de la salud: desde la salud al patrimonio personal. De ahí que la sociedad exija los oportunos conocimientos al respecto. Pues para dirigir un país, presupuestar millones de euros, y tomar muy delicadas decisiones, basta con estudios elementalísimos. Claro, también con la venia del partido, los dineros de quienes lo financian y las pasarelas en las cuales se mueven. 

A quien corresponda diseñe el currículum adecuado para ser buen político. Y no olvide algunos apéndices muy útiles. Por ejemplo, el candidato debería haber vivido de su trabajo profesional y no de los beneficios del partido desde jovenzuelo. En su expediente no podría figurar ninguna imputación. El tiempo máximo de actuación pública no sobrepasaría los cuatro años. 

Como Luther King, yo también he tenido un sueño. Un sueño modesto y con grandes posibilidades de que permanezca en el reino de las entelequias. Ya lo dijo Calderón de la Barca: los sueños, sueños son.

martes, 20 de agosto de 2013

Un perro, ni más ni menos



Un noble animal, el perro. Será o no el mejor amigo del hombre, pero le ayuda en mil tareas domésticas, de policía, de salvamento. Hace buena compañía acurrucado bajo una mesa o jugueteando con los más pequeños en el jardín de la casa.
De todos modos, habrá que frenar el fervor cuando empieza a implicarse una calidad de afecto  sólo destinada a otro ser humano. No es vana la advertencia. Se da el caso, no tan extraño, aunque sí extravagante, de que el hombre incapaz de encontrar consuelo en otros semejantes, se refugia en la lealtad del dócil animal. Y ahí puede empezar a complicarse la cuestión. Porque no sólo existen veterinarios -muy aceptable, después de todo-, sino también restaurantes y menús para perros, peluqueros para los canes y así siguiendo. 
Vaya por delante que el perro, como cualquier otro ser viviente, puede y debe tener su lugar en el admirable paraíso de la creación. Es de justicia que no se lo haga sufrir inútilmente e incluso que existan sociedades protectoras del animal, siempre que no se confundan los planos y se guarden las debidas distancias.
Claro que son de aplaudir los servicios que realiza el perro al hacer más cómoda la vida de su dueño y llegar en ocasiones donde al ser humano le es negado. Lo mismo le transporta a través de la nieve tirando del trineo, que se interna por barrancos a la búsqueda del montañista desorientado. Realiza la buena labor de olfatear las maletas en la aduana, por si hay doble fondo, y defiende la propiedad encomendada en mitad de la noche.
¿El prójimo es un lobo?
A nadie le duelan prendas a la hora de elogiar al animal. Pero un perro no es un ser humano y no puede convertirse en sucedáneo del amigo. No es raro escuchar argumentos favorables al perro que, más o menos, se formulan así: "el perro no me falla jamás, las personas sí me han fallado y decepcionado". Puede que algo de verdad haya en esta tremenda y dolida afirmación. Es cierto que, en ocasiones, los humanos llevan a la práctica aquello que antiguos literatos y filósofos han denunciado o simplemente constatado: "el hombre es un lobo para el hombre".
He escuchado a un respetable esposo -más en serio que en broma- una estremecedora confesión. Decía que, al llegar a su hogar, no estaba seguro de recibir un abrazo o un saludo cordial de su mujer, mientras que inexorablemente el perro le correría detrás haciéndole fiestas y jugueteando alegremente para celebrar el regreso.

Aunque sea verdad, el hecho de buscar la compañía del perro y distanciarse de la esposa ocasiona un mal irreparable a sí mismo y a los suyos. La solución no consiste en encariñarse con el perro y dar la espalda a la persona. Actuar así no es más que una vulgar huida que, por añadidura, habla muy mal del propio comportamiento. Lo razonable es analizar el porqué del escaso calor humano que demuestra el prójimo y poner luego el remedio que haga al caso.
Hay que esperar que nadie tenga la desfachatez de afirmar que la compañía del perro es más gratificante que la de un semejante. El intercambio de ideas, el encuentro de los sentimientos, la convergencia de los afectos, no es comparable al donaire de una cola que se mueve en espiral ni a la gracia de una lengua que busca la nariz de su dueño. Quien crea otra cosa merece toda compasión.
Los animales tienen su lugar
El mito de la creación del hombre, tal como se refleja en el Génesis, explica en profundidad por qué no se pueden superponer los planos. Adán descubre su soledad y su indigencia cuando mira alrededor y no ve más que animales. Desfilan ante él y a cada uno de ellos le pone nombre, lo cual significa que es dueño y administrador de todos ellos. Pero no encuentra ninguno que se le parezca ni que pueda corresponderle. Su dignidad es muy otra. No puede dialogar con el animal ni tratarle de tú. Buscar en los animales un sucedáneo de la esposa, los hijos o el amigo es una actitud abominable según la Biblia.
En cambio, con elevado sentido poético y humano, dice el texto que la mujer está formada de la costilla del varón. Entre ellos sí existe comunidad de naturaleza y cada uno se ve reflejado en los ojos del otro. La expresión de Adán al contemplar a la mujer es muy distinta de la que tiene al ver desfilar a los animales. ¡Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne!, exclama Adán. Frase que en versión libre significa: ¡Esta es la mujer de mis sueños!
El perro ladra, mientras que el hombre habla. Imposible el diálogo. El perro necesita comer, descansar y reproducirse, mientras que el ser humano, además, canta, piensa y acarrea nostalgias de perfección. Aun cuando el perro sea más leal que un ser humano, no es más que un perro. Désele el afecto que merece un perro. Nada más.  

                                    

sábado, 10 de agosto de 2013

Desafección política

La política se ha derrumbado en el descrédito. Lo confirman una y otra vez las diversas encuestas. El desprestigio de la política y la desafección a los políticos se ha instalado definitivamente en la conciencia de los ciudadanos.

La política y los políticos se han ganado a pulso que la gente les de la espalda, que desconfíen, que no quieran saber del tema. Hasta aquí se ha llegado porque los gestores de la cosa pública han ido desvinculándose del pueblo al que dicen representar, pero que en realidad no está, ni mucho menos, en el centro de sus preocupaciones. 

Cuando la mística se evapora

Difícil percibir un atisbo de entusiasmo por el bienestar del pueblo. ¿Dónde ha ido a parar la mística de decenios atrás, cuando de los mítines fluían palabras fervorosas y sinceras en pro del progreso humano y espiritual de la sociedad. El apasionamiento por los derechos humanos ha cedido el testigo a las compatibilidades fraudulentas, a los sobresueldos, al financiamiento irregular del partido. 

Luego los partidos han secuestrado los medios de información. Periódicos, emisoras, tertulianos… la mayoría están contaminados ideológicamente. Se identifica a la emisora por el tono y el contenido de la información. Los expertos en imagen, los asesores de campaña resultan imprescindibles para lograr la victoria. Pero la verdad y la sintonía con el pueblo han perdido peso. Desde que la información es un negocio --algo así he leído-- la verdad ha dejado de tener importancia. 

La corrupción, los cientos de asesores inútiles, la multiplicación del personal de confianza elegido a dedo, las trampas que salen a la superficie día sí y otro también, provocan una indignación inmediata. Pero quizás sea más grave todavía que la desconfianza y la sospecha vayan depositándose, cual posos ponzoñosos, en la conciencia del ciudadano. 

Llegado este momento aparece la desafección política, vocablo que se refiere al distanciamiento entre la ciudadanía y sus representantes. Quienes debieran solucionar los problemas de la sociedad acaban convirtiéndose en uno de sus mayores obstáculos. 

Así lo testifican las encuestas. En diciembre de 2012 el CIS afirmaba que casi uno de cada tres españoles identificaba a los políticos y a los partidos entre los tres problemas más importantes de España. Hoy día, después de los acontecimientos recientes acerca de la financiación ilegal de los partidos y los sobresueldos, que ha salpicado al mismísimo presidente, de seguro que la proporción ha crecido. 

Preocupante es que la desafección política se haya incrementado especialmente entre los jóvenes y los estudiantes. Ello lleva a pensar que se mantendrá en el próximo futuro.

No indiferencia, sino insatisfacción

Sin embargo, y a pesar de todo, cabe variar la perspectiva e interpretar la situación con algún atisbo de esperanza. La desafección que padecemos no tiene que ver tanto con la indiferencia cuanto con la insatisfacción. 

Me explico. Quienes consideran que los políticos son el problema suelen ser ciudadanos críticos y exigentes. Muchos de ellos han pasado por la universidad y han escuchado y leído sobre el tema. Aunque están frontalmente contra las corruptelas y las trampas típicas de los políticos y sus partidos, no obstante, no suelen despotricar contra la democracia. Piensan que es el régimen menos malo.

Su desafección no es consecuencia de la despreocupación o la animadversión contra la política en general, sino fruto del mal funcionamiento del sistema, regido por políticos de rostro duro, ambición extensa y vergüenza exigua. 

Con este trasfondo pienso que una posible solución -y no soy quien ha parido la idea- podría venir de que los cargos públicos procedieran de un trabajo u oficio conocido y un límite más bien breve de duración. Lo primero facilitaría el regreso a la profesión sin generar ruido y sin aferrarse como lapa al puesto. Lo segundo evitaría el fácil y excesivo acomodo al cargo/puesto/función. 

Cuando estos cauces no existen el político se resiste a marchar. Y el partido tiene que solucionar el atasco. Lo cual abre la puerta a tentaciones varias, como el financiamiento ilegal, la multiplicación de los asesores, las presiones para que compañías privadas se hagan cargo del sujeto en cuestión, etc. Al final de cuentas, los esfuerzos y tareas que el partido debiera llevar a cabo en favor de la sociedad cambian de objetivo: implantan actuaciones ambiguas para favorecer a los que quieren seguir viviendo a espaldas de los demás. 

Otro hecho a tener en cuenta y que resulta demoledor para el ciudadano es que se incorpora tranquilamente la mentira al proceso político, sin que por ello hay que pagar costes ni peajes. Un ejemplo. El presidente del Gobierno del Estado español dijo que no cumplió con el programa electoral porque así se lo demandaba su conciencia. 

Es decir, ocultó a los ciudadanos y a los votantes que pensaba hacer algo muy distinto de lo que prometía. Porque está claro que un candidato a presidente sabe cómo funciona el país en sus trazos más esenciales. Justamente elabora un programa para corregir los desajustes. Y si no tiene idea de su funcionamiento habrá que concluir que es un incapaz. Lo inadmisible es que engañe para sumar votos. En tal caso hay que dudar seriamente de la legitimidad de las elecciones. 

¿Vamos a extrañarnos de que exista desafección política y que se extienda como mancha de aceite? La esperanza radica, como he insinuado, en que la nula sintonía entre políticos y ciudadanos no la mueve la despreocupación ni el pasotismo, sino la disconformidad y la indignación. De manera que el cambio asoma por el horizonte.


martes, 30 de julio de 2013

la invisibilidad de las mujeres


Un hecho intrascendente me ha llevado a una reflexión de peso. Hace ya una temporadita que inserté una foto en el facebook, dado que me ocupo de actualizar la página del Santuari de Lluc. En ella había un número de concelebrantes mayor de lo habitual, junto con el obispo que había subido a la montaña.
Reparé, sin detenerme en el asunto, que sólo aparecían hombres y ninguna mujer en el altar y alrededores. Experimenté una vaga mala conciencia por ello. Incluso temí recibir algún improperio.  
Mis temores tomaron cuerpo en la reflexión de una lectora que, en escueta respuesta, trataba a los protagonistas de la imagen de talibanes y otras lindezas similares.  
Una desproporción clamorosa
Como a nadie le agradan los insultos, estaba por responder con un exabrupto. Me detuvo el pensar que el personal lo atribuiría al Santuario con toda lógica.  Incluso,  gracias a las apetencias morbosas de cierta prensa, era posible que diera la vuelta a Mallorca y viajara más allá de la isla.
Mientras le daba vueltas al asunto aminoró la reacción inicial de enfado y reconocí que la señora en cuestión tenía sus razones. Yo mismo he sostenido, desde hace mucho tiempo, que tantos individuos del género masculino alrededor del altar no cuadran con la sensibilidad actual. Después de todo la sociedad consta de más de un 50% de mujeres.
La desproporción es clamorosa. No es de extrañar que el llamado sexo débil -que cada se hace notar más y se fortalece- lamente la situación. Pero en la Iglesia sucede un extraño fenómeno. Ellas están física y realmente allí. Son quienes llevan el peso de la parroquia: la catequesis, la limpieza, el adorno del altar...
Están físicamente, pero no son percibidas por la jerarquía y apenas por los varones. Es un caso de presencia fáctica e invisibilidad real, por más que la expresión se incruste en la paradoja. Sí, realmente extraño que la omnipresencia de las mujeres se conjugue con su invisibilidad.
No creo equivocarme al decir que la mujer tradicionalmente se siente más predispuesta que el varón a experimentar el misterio de Dios. Dado que su cercanía a Dios y su permanencia en la Iglesia nada tiene que ver con la búsqueda de poder, preciso es concluir que su talante, su forma de estar en la Iglesia, se rige por la fidelidad.  
En las pequeñas poblaciones las mujeres suelen cuidar, limpiar y adornar el templo. Preparan los manteles para el altar, sostienen el rezo del rosario, no le hacen ascos a transcribir un acta de bautismo, ni se arredran si hay que guardar la llave del templo.
Estas mujeres, por lo general, no se plantean que las cosas pudieran ser de otro modo, que ellas bien merecerían también ejercer otro tipo de servicios más cualificados.
Si nos adentramos en el terreno del mundo de las mujeres consagradas, su número es muy superior al de sus homólogos masculinos. Sin embargo, ni que decir tiene, que la mayoría de ellas viven una vida oculta mucho más estricta que la de los consagrados del otro género. 
En cuanto a los laicos -laicas, mejor dicho- ahí están las catequistas, las voluntarias en todo tipo de actividades religiosas, las que preparan a las parejas para la boda, las que visitan a los enfermos... y un larguísimo etc.
En cuanto a la posibilidad de mujeres sacerdotes, nada parece moverse en los altos estamentos jerárquicos. Ya pueden los sacerdotes desgañitarse yendo de una parroquia a otra para atender a los fieles. Da igual que celebren tres, cuatro o más misas a fin de que la Eucaristía no falte en ningún rincón. Ellas no cuentan. Parece que así seguirá el asunto. De nada sirven las protestas y proclamas.
Estampas con trasfondo
Fue ampliamente comentada la escena que se produjo en la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid hace un par de años, concretamente en la plaza Cibeles. Entre el público, numerosos jóvenes de ambos géneros, sin ninguna distinción, sin que ello causar el menor problema. Luego la cámara subió los escalones del altar. Allí sólo había hombres.
Una escena parecida, y todavía más llamativa, aconteció en la Sagrada Familia de Barcelona. En un momento dado había que limpiar la piedra del altar de las unciones con el óleo, a la vez que vestirlo con manteles nuevos. Para la tarea aparecieron raudas unas cuantas religiosas. Pero tanto antes como después de esta escena, las mujeres permanecieron en su estado de invisibilidad.  
Con tales comportamientos, nada raro si se escucha el comentario, que yo mismo he oído a mis espaldas: “no entiendo que todavía haya mujeres que van a la Iglesia”.
Dice el evangelio: junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena (…) y cerca, al discípulo que tanto quería Jesús. Al lado de la cruz, bien visibles. El discípulo, un poco más lejos. Pero ya en el primer Concilio de Jerusalén, las mujeres se tornaron invisibles.

La tradición viene de lejos. Algún día habrá que examinar a fondo las inercias, pasividades, perezas, apatías, desidias y rutinas instaladas en nuestra Iglesia... 

sábado, 20 de julio de 2013

Declaraciones e incontinencias


Entre las numerosas enfermedades que aquejan al ser humano hay que contar con la que ocasiona un extraño virus. El que impulsa a declarar más de la cuenta. Se trata de un impulso incontrolable que actúa en las cercanías de un micrófono, una cámara o el bolígrafo del periodista. 

El individuo afectado declara sin continencia alguna, por más que se le interrogue acerca de asuntos muy alejados de sus conocimientos y habituales preocupaciones. Se diría que acaba declarando contra su propia voluntad. 

Al día siguiente no raramente cuaja una pequeña tempestad en torno a las manifestaciones realizadas, por extemporáneas o inexactas. Al declarante le toca matizar, volver atrás, decir que se le interpretó mal o sencillamente -y muy recomendable- confesar a las claras que se equivocó. 

De seguro, vale más tarde que nunca. Mejor enmendar que sostener el error. Pero ello no quita que el mal esté hecho, que la población se alarme sin motivo y disminuya más todavía la credibilidad de los gobernantes /declarantes /manifestantes. El malestar o el desprestigio han incidido en la población. La raquítica vanagloria de asomar el rostro por la pequeña pantalla, o de ejercitar las cuerdas vocales ante el micrófono, ha podido más que la sensatez. 

El mencionado virus ataca también a notables personalidades, sin excluir a altas jerarquías de la Iglesia católica. Hace unos pocos días, allá por el Caribe, un Monseñor usó un vocabulario tirando a barriobajero al referirse a los homosexuales. Ignoro si en este caso hubo rectificación. Para mí que no, pues el connotado cardenal no suele rendirse tan fácilmente. 

Hechos, que no palabras 

Por lo demás, a fuerza de acumular declaraciones, los medios de comunicación terminan por ser instrumentos repletos de palabras, que se refieren a intenciones o buenos propósitos. ¿Y los hechos? Habría que invitar a un experto a medir el volumen de las informaciones que se refieren simplemente a declaraciones o manifestación de intenciones. Con demasiada frecuencia los titulares suelen referirse a lo que tal personaje dice u opina. Muchísimo menos a lo que hace o llevó a cabo. 

El asunto es penoso. Excesiva verborrea para tan escasos acontecimientos. Tanto más penoso cuanto que el afectado por el virus que nos ocupa anda convencido de que lo que piensa es noticia. No porque sea de mayor o menor trascendencia. No. Sencillamente porque lo piensa él. Si, encima, el hombre tiende a la mediocridad, ya dirán ustedes el drama de los medios de comunicación social que no encuentran apenas hechos que llevar a la boca. Mientras que sobreabundan las ruedas de prensa, las declaraciones, los comunicados...

Luego es de toda conveniencia que los lectores/espectadores calibren cuanto se les dice de acuerdo a la comunicación en sí misma, independientemente de su procedencia. Pues no es de recibo que cosas archisabidas, de pronto adquieran importancia simplemente porque salen de labios de tal o cual personaje. Nada de pagar tributo sobre el altar de la fama. Los títulos de quien habla no mejoran los contenidos de lo que dice. Más bien sucede lo contrario: los contenidos de lo que comunica prestigian los títulos que pueda exhibir.

Otra vertiente del asunto consiste -y apunto con el dedo a la administración- en gastar ríos de tinta y palabras en cantidades industriales sobre determinados temas sobre los que no se piensa actuar. Simplemente, quien habla lo hace para salir del paso. Adopta, quizás, un ademán grave o firme con el fin de sintonizar con los destinatarios. 

Cíclicamente, aparentando una gran firmeza y hasta una justísima indignación, se refieren algunos funcionarios a las medidas que tomarán respecto de determinados usos y abusos. Amenazan con regular estrictamente tal ámbito y de que el peso de la ley caerá sin contemplaciones sobre los infractores. 

Bien podrá comprobar el lector que, al cabo de un tiempo, se repite la misma ceremonia, idénticas amenazas y similares declaraciones. Todo es cuestión de que acaezcan de nuevo los hechos que provocaron las declaraciones primeras. Así una y otra vez. Cuestión de inercias, procedimientos y rutinas.

Tal parece que estamos jugando a declarar, a escribir artículos ocurrentes o indignados, a llenar páginas de periódico. Visite el lector alguna hemeroteca y tendrá la oportunidad de comprobar tales cosas. Verifique, de paso, cómo una multitud de temas se destapan, se siguen con interés porque la sociedad se apasiona por ellos… Llegan a un clímax prominente para luego desvanecerse sin solución ni resolución. No se halló al responsable del crimen. El juicio terminó, para la prensa, a mitad del proceso. De la niña perdida nunca más se supo...

¿Será más verdad de lo que uno sospecha que la vida humana es un sueño, una comedia, un papel que a uno le han asignado? Uno es periodista y escribe. El otro es funcionario y declara. El de más allá es vanidoso y asoma el rostro por la pequeña pantalla. El que anda de pleitos escribe un comunicado para expresar la injusticia de la que es víctima. 

¿Interesa la verdad pura y escueta? ¿Nos indignamos realmente ante el crimen o todo acaba en el rictus del rostro que reclama la circunstancia a fin de reaccionar tal como el público desea?

miércoles, 10 de julio de 2013

La interpretación del silencio


Meses atrás escribí una entrada en la que lamentaba la dificultad de interpretar el silencio. Decía que si hay algo difícil de dilucidar en este planeta azul en que nos movemos los seres humanos es el silencio. Puede significar mucho o nada.

Me refería en concreto a los emails y notaba que en numerosísimas ocasiones no reciben sino la callada por respuesta. No digo la canallada, que tampoco hay que caer en la desmesura. 

La exégesis del silencio

Cuando se escucha el silencio en lugar de la respuesta tropezamos con la dificultad de interpretarlo. Puede ser que el escrito no haya llegado a destino perdiéndose por el espacio cibernético. O tal vez al receptor le deje indiferente el contenido de la nota recibida. O ignore al remitente. 

Contémplese también la posibilidad de que una respuesta implique un correlativo compromiso. En consecuencia resultará más cómodo amordazar el email e introducirlo en el disco de duro corazón o sepultarlo sin contemplaciones en la papelera de reciclaje. Puestos a explorar eventualidades y contingencias el silencio podría achacarse a la mera negligencia. O simplemente a un exceso de trabajo. 

Igualmente hay que tomar en consideración, a la hora de hacer la exegesis del silencio, la eventualidad de que el destinatario no sea ducho en la técnica del ordenador y no encuentre la dirección del remitente, por más que esté al alcance de un clic. Aun puede suceder que el aparato se haya dañado a causa de un virus indecente o de un apagón inoportuno. ¡Cuántas cosas puede significar el silencio!

Lo cierto es que un silencio persistente y tozudo causa numerosos perjuicios. Cuando la interpelación es personalizada -no un mero envío de listas- y no obtiene eco, entonces logra disminuir el flujo de la amistad y tal vez apagarla de modo definitivo. 

Para bien o para mal

Más o menos decía estas cosas en mi artículo que, por cierto, tuvo bastante aceptación, según infiero de las estadísticas que generosamente me ofrece google. No doy marcha atrás de lo dicho, pero sí deseo ampliar el ángulo de visión y reconocer que me faltaban cosas por decir a propósito del silencio. No todos los silencios son tan negativos. 

Depende de su procedencia, del cómo y del cuándo que el silencio pueda ser interpretado de muy diversos modos. Ni es necesario gozar de una gran inteligencia para entender su sentido profundo en el contexto de las circunstancias en que se produce. 

La falta de palabras, la falta de miradas y de gestos pueden ser tan elocuentes como unas parrafadas llenas de elocuencia. El silencio puede ser una herramienta la mar de útil. 

Cuando uno ha dejado de esperar en el otro, el silencio indica la opción tomada: en lugar de disimular o de discutir, mejor callar. Cuando el interlocutor no entiende o no hay posibilidad de sintonizar en idéntica longitud de onda, el silencio tal vez sea el mejor recurso. 

Existe el silencio de la huida: no se desea enfrentar una situación o una persona. Pero también existe el silencio que tranquiliza el ánimo y recobra el aliento para seguir en la tarea a pesar de todo. 

El silencio inteligente es el que tiene vasos comunicantes con aquel proverbio hindú: "cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio".

El silencio puede hacer las veces de punto y aparte. Como en el párrafo escrito, marca la transición de un tema, sentimiento o emoción. 

Es curioso. Según el momento o la circunstancia, el silencio dice: “te quiero”. O bien, “déjame en paz, no quiero saber de ti”. Es tan fácil de discernir como una mirada amorosa de una mirada resentida. 

Combinar el silencio y la palabra

Es conveniente que exista buena relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse y alternarse para lograr un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca el aturdimiento o porque crea una atmósfera de frialdad e indiferencia. 

El tiempo del silencio es el tiempo apto para acoger los hitos más auténticos de la comunicación entre personas que se aprecian. Entonces adviene el momento justo para reparar en el gesto, la expresión del rostro, la calidad de la mirada. 

El artículo en el que fustigaba el silencio no dejaba de tener su buena parte de razón. Porque me refería al mutismo de una persona que no reacciona, no obstante ser interpelada. Hay momentos en que el silencio nada tiene de sonoro ni significativo. Se convierte entonces en mudez inerte o, peor aún, en menosprecio rampante. 

Leído el escrito que me ocupa, uno sacaba la impresión de que el silencio es dañino por naturaleza. Ahora quiero dejar constancia de que, según el contexto, el silencio quizás resulte estimable, útil y hasta provechoso. Sobre todo en una sociedad en que los ruidos ensordecen al personal. En que la mayoría habla sin que se le pregunte y movida más por la ideología o el afán de negocio que por expresar una convicción o una emoción.