El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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martes, 14 de diciembre de 2010

Impresiones y evocaciones desde Rwanda

Vista parcial del templo de Kiziguro (Rwanda)
Una vez dejadas atrás las sorpresas y sinsabores del viaje llegamos a la población de Kiziguro. Ocupa el centro de la población, sin que nadie ni nada se lo discuta, la misión que un día levantaron los PP. Blancos. Consta de Iglesia, habitaciones, establo, huertos y otras dependencias. Una vegetación agradable, aunque no muy tupida. Las numerosas colinas -le llaman el país de las mil colinas- no están muy pobladas de árboles, tal vez porque se levantan a una altura de 1.600 metros sobre el mar. Motivo también por el cual el calor, no obstante hallarse en pleno trópico, es muy soportable. Primavera perpetua.
La habitación que me han ofrecido es muy espaciosa, aunque apenas amueblada y con un baño que funciona a medias. Hay problemas de agua, aun cuando se han instalado varios depósitos de gran capacidad para recoger la de lluvia. Es que las vacas y las cabras parecen nunca saciadas.  

Me cuentan que la habitación en que duermo estaba destinada al Rey cuando había monarquía y visitaba el poblado. De lo cual hace apenas 50 años. También el obispo descansaba en ella cuando incursionaba por el lugar. Hay que agradecer los esfuerzos de nuestros anfitriones, pues incluso olía a pintura fresca. Cierto, dejaba que desear, pero no me quejo en absoluto. La austeridad es una virtud y compartirla en grado notable por unos días no hace mal a nadie. Al contrario, nos acerca a los pobres y a los que viven este ambiente a lo largo de toda la vida. Tampoco me sorprendía tanto, después de los doce años pasados en un barrio periférico de Sto. Domingo.    

La mesa del comedor y la del aula
Las comidas han sido abundantes. Bananas, habichuelas, arroz, cerveza casera, carne de vaca con mucha experiencia sobre sus cuernos… Comidas preparadas de modo exótico para nosotros, pero nada que decir. Si algo hay cultural en este mundo es la gastronomía. Resulta propio de ignorantes y provincianos dictaminar qué es más o menos comestible. Nos disculpábamos por no probar algunos bocados, como los insectos voladores que nos decían tener sabor a gamba, y los anfitriones lo entendían. Las frutas tropicales, por lo demás, muy deliciosas: plátanos, papayas, piñas, maracuyás…

Llegamos de noche y al día siguiente, dado que llevábamos retraso y no habían llegado todos los esperados, reorganizamos el horario. El objetivo apuntaba a conocer al máximo el país desde nuestros intereses. Por lo cual teníamos que visitar a algunas religiosas, a los Laicos misioneros, a los colaboradores de la Fundación Concordia patrocinada por la Congregación, las dos casas del Instituto… También queríamos saber datos sociológicos y políticos del país y del África en general, así como acerca del talante psicológico de sus habitantes. Y no queríamos perdernos una excursión a la reserva de animales. Luego las estrecheces del tiempo y las esperas inesperadas trastocaron el plan.

Por supuesto, la mayor inversión del tiempo iba a consistir en las sesiones de trabajo alrededor de la mesa. Nos propusimos como tarea perfilar la temática a debatir en el próximo capítulo para luego tomar decisiones y llegar a acuerdos bien pensados. Para lo cual era preciso examinar las aportaciones hechas por cada Delegación. Finalmente había que reunirse con el grupo de los congregantes más jóvenes que todavía no habían cumplido los diez años a partir de la profesión. Y los consejeros reunirnos con los componentes de la Delegación rwandesa.

Las sesiones de trabajo se alargan, aunque no siempre logramos comenzarlas cuando según el horario indicado. Los imprevistos -perdonen la contradicción- se diría que forman parte de la agenda del día. Andamos escasos de tiempo, entre otros motivos, por los retrasos de los viajes. También el avión del P. Amengual y los colaboradores de Concordia llegó tarde.

Aunque tratamos de imprimir poco en papel, a veces la obligación se impone. Estaba al corriente de que los virus hallan buen caldo de cultivo en las ordenadores rwandeses, así y todo no dejó de sorprenderme que saltaran del ordenador al pendrive y viceversa con gran gozo y no menor descaro. Ellos fueron los culpables de que una impresora instalada hubiera desaparecido sin más. Intentamos imprimir la hoja con varias impresoras sin éxito. Fuimos a una institución cercana y el éxito seguía sin sonreír. Hubo que viajar hasta la capital. Sin embargo, los móviles abundan y funcionan sin intermitencias.

El templo, los fieles y la liturgia
Participamos en algunas misas dominicales que superaban las dos horas. No hay prisa. Se dejan abundantes espacios de tiempo para el canto, las colectas, el sermón, los avisos… No nos enteramos de las lecturas y homilías porque todo se dice en kinyarwanda, la lengua del país. El francés lo hablan algunas personas más cultas. En los últimos años el inglés se impone con fuerza empujado por los nuevos gobernantes. Los funcionarios que hablan francés podrían tener nexos con el anterior gobierno. De modo que algunos lo conocen lo saben, pero hablan en inglés y exigen el english only.

Llaman poderosamente la atención los cantos larguísimos, con suaves cadencias y marcado ritmo que, sin embargo se solapa entre los sonidos. Cantos hermosos y melodiosos sin llegar a pegadizos. Algunos se acompañan con gestos que, de un momento a otro, se transforman en danza. Realmente elegantes los movimientos de brazos y manos, sobre todo por parte de las mujeres. Las palmadas abundan y los aplausos se desatan al levantar la hostia. Todo el mundo anda silencioso y recogido. Los niños no son excepción. Numerosos monaguillos/as rodean el altar.

En la misa primera de Kiziguro, a las 7:00 de la mañana -la gente no tiene pereza y se levanta con el alba- asisten unas 1.800 personas. Por supuesto, la secularización ha encontrado apenas brecha por donde colarse en Rwanda. La gente se apretuja en los bancos sin reparos. Como la mayoría  andan más bien escasos de carnes, la ya de por sí espaciosa nave multiplica su capacidad. Siempre cabe uno más en el banco.    

El templo fue construido previendo esta multitud. Es de ladrillos, muy sobrio, pero no reñido con la estética. Muchos fieles han debido caminar kilómetros hasta llegar al lugar. Lo cual ya deja suponer que los olores corporales de la multitud se entremezclan y conforman un ambiente peculiar. Me dicen quienes conocen el paño que se ha avanzado mucho en este punto, aunque la meta no se halla todavía al alcance de la mano.
Se alarga la crónica y habrá que poner punto final para no contravenir las reglas tácitas de este tipo de entradas. Pero seguiremos dándole al mazo.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Viaje al corazón de África


Los presagios no eran buenos. En el comedor del Colegio que la Congregación tiene en Madrid llegaban refunfuñando dos colaboradores de Concordia cuyo viaje a Camerún se frustró. Sólo llegaron a Casa Blanca (Marruecos). Regresaron sin maletas, tras haber pasado la noche en blanco, y tras pagar el billete de regreso del propio bolsillo. Ni con los euros en la mano se les concedió hotel. Y los empleados de la aerolínea, al avizorar una tropa de viajeros que se les venía encima consideraron que lo mejor era desaparecer de la circulación sin contemplar perjuicios ajenos.

Los dos interesados se desfogaban durante la comida en Madrid, donde justamente estábamos los que íbamos a viajar al día siguiente. Uno de sus temores no nos afectaba, es verdad. El de la recepción que iban a tener por parte de sus respectivas mujeres, que ya se habían mostrado muy reacias al viaje. No, no temían la violencia de género –del género femenino- pero sí otras represalias.

El grupo de los cuatro –yo viajaba con Antoni, Gaspar y Emilio- partimos al día siguiente, 3 de diciembre. Nos tocó en suerte (mejor, en desgracia) esperar  cuatro horas el avión en Barajas. El aparato llegaba tarde por problemas de nieve en aeropuertos del centro de Europa. El proyectado viaje a Amsterdam se dio, pero cuando llegamos ya el avión de conexión había ya emprendido el vuelo. Vueltas y más vueltas en el aeropuerto para saber nuestro destino. Les dimos a leer nuestra carta de embarque a unas máquinas de cuyas tripas salió una nueva ruta de viaje: al día siguiente nos llevarían a Bruselas y de allí a Kigali. En medio de todo, una desgracia asimilable. Algún anónimo funcionario había hecho bien su trabajo y la máquina apaciguaba la incertidumbre.

Naturalmente, la columna vertebral nos desaconsejaba dormir en el aeropuerto. Por otra parte, los eventuales merodeadores del lugar no eran todos de fiar. Así que seguimos dando vueltas para obtener el hotel al que -decía la agencia contactada telefónicamente- teníamos derecho. Llegamos al mismo tras esperar un buen rato el autobús en el frío y la nieve holandesa. Aquí nos tranquilizamos porque la habitación y la comida sobrepasaron nuestras expectativas. Por supuesto, no salimos del edificio por el frío del entorno y porque se hallaba en las afueras de la ciudad.

Pasar por este género de aventuras es mucho más llevadero si sucede en grupo. Hasta uno puede permitirse bromas y recordar anécdotas al hilo de los acontecimientos. Además, uno sabe inglés, el otro francés, el de más aquí aprendió de experiencias anteriores, mientras al de más allá se le descubre una especial maña para tratar con el personal de servicio sin descontrolarse cuando la tentación del denuesto ronda cerca.

Nos hallamos, pues, en Amsterdam. Nos montamos en el autobús hacia el aeropuerto para abordar el avión tras los controles policiales de rigor. Una vez en la cabina se nos comunica que también la nieve ha cubierto las pistas del aeropuerto de Bruselas y se requiere tiempo para ponerlo en condiciones. Anuncian dos horas de espera, con lo cual tampoco llegaremos a tiempo para la conexión hacia Kigali. Alguno insinúa que debiéramos contemplar el regreso a Madrid. Pero afortunadamente, antes de hurgar en la vena pesimista, partimos mucho antes de lo anunciado.

El viaje hacia Kigali fue bueno. Meritorias atenciones en el avión. Unas ocho horas de vuelo y llegamos a la capital de Rwanda. Perdíamos altura en vistas al aterrizaje, pero no aparecían las luces que suponíamos alumbrando las casas y la ciudad. Ya muy cerca de la pista reparamos en que sí estaban allá, aunque con luminiscencia muy mortecina. Ni siquiera opacaban el brillo de las estrellas.  

Una preocupación que no nos angustiaba era la de falta de visado de entrada al país. Lo habíamos pedido con suficiente antelación e insistido una y otra vez por internet, dado que no hay consulado rwandés en España. Encontramos la respuesta en el correo electrónico una vez ya instalados en casa. Pero no nos preocupaba el asunto porque sabíamos que lo inexcusable era el pago de la visa y no la visa en sí. Efectivamente, pasamos por taquilla sin mayores aprietos. Cierto que antes Gaspar se cuidó de ablandar al agente hablándole del personaje que viajaba en el grupo: que si Vicaire Général, que si Monsieur l’Évêque o algo por el estilo. Salimos incólumes, fuera cual fuera el efecto del breve discurso.

En tierra rwandesa
Ya en suelo rwandés, entrevimos al P. Petero detrás de la barrera. Venía a buscarnos. Deseábamos abrazarle, pero una de las maletas se retrasaba tozudamente augurando un final infeliz. Bien es verdad que el disgusto quedaba paliado por la alegría de reencontrar las otras maletas, algunas de las cuales contenían material para los rwandeses. De hecho ya en Madrid le había dado un beso a la mía en los que se me antojaba la frente de la maleta y me despedí por si acaso no volvía a reunirme con ella.

De todos modos nos faltaba una, justamente la que encerraba entre sus pliegues unos cuantos turrones y embutidos con los cuales teníamos intención de celebrar conjuntamente el “éxito” del viaje y hasta la proximidad de las navidades. Nos quedamos sin comestibles. Hicimos la correspondiente reclamación insistiendo en que estábamos desolés, aun cuando la señorita que nos atendía sólo hablaba inglés. Porque ahora, como es notorio, en Rwanda el francés sufre un desconsiderado arrinconamiento.  

Ya en la carretera, temperatura ideal, sobre todo para quienes veníamos de un entorno bajo cero. Nos sobraban los abrigos y jerseys. Saludamos a Petero que ya le había echado mano a la camioneta. Nos dispusimos a viajar un centenar de kilómetros hasta Kiziguro donde íbamos a pernoctar. Pero las bromas y comentarios se nos helaron en la garganta cuando de pronto, en mitad del camino, una piedra impactó contra el retrovisor y lo hizo añicos. Afortunadamente la pieza paró el golpe porque, de lo contrario, la víctima de los añicos habría sido la cabeza de nuestro anfitrión y conductor.

Un ruido espantoso, un susto morrocotudo y nada de parar la camioneta por si alguien pretendía que nos detuviéramos con la insana intención de atracarnos. En medio de la noche y en campo contrario no era cuestión de entablar batalla alguna.
Las impresiones sobre los desplazamientos, tareas y contactos que ya van cuajando, para una próxima entrega. 

jueves, 2 de diciembre de 2010

Adviento sigiloso


Discretamente, sin ruido, hace su entrada sigilosa el ciclo de adviento. En una sociedad escasamente religiosa, percibe su rumor sólo quien tiene las antenas prestas y no ha echado por la borda todas las inquietudes emparentadas con la fe cristiana. Inquietudes, por cierto, que ni la ciencia positiva ni la misma filosofía logran aquietar. Ambas se declaran insolventes frente a las últimas interpelaciones.
Las fechas festivas y los diversos ciclos del año no sobrevienen de improviso. El calendario se encarga de darles curso a su debido tiempo. Y es que a las fiestas y a los diversos momentos del año se les asigna la función de desperezar a la gente y  levantar la vista hacia el horizonte. Sugieren romper en pedazos la rutina y gozar de tantas maravillas a las que hábitos y costumbres van opacando con una gruesa costra
Hace falta un calendario, pero no para celebrar la fiesta porque toca, para cubrir el expediente. Todo lo contrario, para prepararla con gozo. Todo el mundo ojea un calendario colgado en alguna pared de la casa. También la Iglesia tiene su calendario o su ciclo litúrgico. Y éste inicia unas semanas antes que el civil.
Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma, Semana santa... Por cultura general, sino por otros motivos, a mucha gente le suenan estas expresiones. Marcan los distintos puntos de la reflexión, la predicación y las vivencias de los cristianos a lo largo del año.
El Adviento es un misterio de esperanza cristiana. Cada vez que nace un niño, ha dicho un poeta hindú, algo nos indica que Dios sigue confiando en los hombres. Pero adviento nos trae el anuncio de un niño reflejo de Dios, que luego será adolescente, joven y adulto. Un niño en el que Dios habita total y plenamente. El puede enseñarnos el camino porque es la Luz y la Vida. Cabe, pues, afirmar con rotundidad que Dios sigue confiando y esperando en los hombres.
Por el solo hecho de que nuestra tierra haya sido pisada por Jesús de Nazaret ya vale la pena vivir en ella, luchar y esperar. En Adviento recogemos a manos llenas, con avidez, toda esta esperanza. Épocas vendrán en que andemos más escasos de ella.
En el Adviento resuenan nítidamente las palabras de los viejos profetas anhelando que los lobos aprendan a convivir con los corderos. En efecto, existen hombres lobos, voraces, que delinquen sin escrúpulos, a costa del sufrimiento ajeno. Y hay hombres corderos, mansos chivitos que cuentan tan solo como platos aderezados para los banquetes de los poderosos.
Nuestro Adviento lo preside María, la que meditaba estas cosas en su corazón, la madre silente. Ella enseña que, en ocasiones, el silencio vale más que la palabra. Habla de recogimiento, de entrega generosa y anónima. Ella enseña a vivir grávidos de Dios. Impulsa a dar a luz lo mejor de nosotros mismos, lo que tenemos guardado muy adentro. Que no sale por temor, por cobardía, por pereza.
El Adviento es memoria del pasado, recuerdo de la venida física de Jesús, en nuestra carne. Pero también es compromiso para el presente: si el niño no mueve a compartir sus actitudes altruistas y honradas, si no empuja a asimilar sus criterios, de nada servirán finalmente los hermosos recuerdos.
Por lo demás, Adviento también apunta al futuro, al día en que se realice la utopía de los profetas. Cuando los lobos aprendan a convivir con los corderos y a las espadas se les asigne la función de los arados.
Hay cosas imperiosas en la vida. Como buscar el alimento de los hijos o un hogar para el próximo matrimonio. Urge reparar el frigorífero y darle una mano de pintura a la pared. Se trata de cosas que es preciso afrontar sin retraso. Hay otras que se pueden dejar para mañana y aparentemente todo sigue igual. Sin embargo, lo más urgente no suele coincidir con lo más importante.

lunes, 22 de noviembre de 2010

El extraño atractivo de la queja

Es un hobby extendido el de la queja. Un deporte profusamente practicado. Se diría que muchos mortales son incapaces de desgranar el día a día sin acudir a la queja. Hasta los usos del lenguaje ratifican estas afirmaciones.
Le preguntan a uno cómo le va en tal asunto. Y dado que le va bien, pero es adicto a la queja y a la lamentación, contesta: “la verdad, no puedo quejarme...” Es decir, a él lo que le agradaría es poder quejarse, pero las circunstancias no dan para ello. Es una verdadera lástima que no pueda quejarse con lo que disfrutaría haciéndolo.
La tarea que lleva entre manos le va bien, quienes se mueven alrededor lo saben y, en consecuencia, no puede quejarse. Y ya que no puede quejarse, al menos no renuncia al derecho de quejarse de que no puede quejarse. Una laberinto gramatical y conceptual, pero que no está reñido con el embrollo mental del sujeto.
El extraño afán de lamentarse
¿A qué se deberá el afán de la lamentación? ¿Por qué a uno le satisface poderse quejar? Posiblemente porque de este modo descarga la culpa de sus propias tribulaciones en otras personas. Lo de menos es de lo que uno se queja y a quién. Lo de más, que se puede quejar. Es un alivio la queja. Hasta permite sentirse más importante.
Profundicen en el asunto y se convencerán que es así. Los señores encumbrados y de prestigio se diría que acarrean un cesto de quejas sobre los hombros. A juzgar por lo que venimos diciendo, tal parece que vale la pena aguantar un rosario de desgracias si a la postre el lamento y la queja pueden fluir gozosamente de los labios.
Llaman poderosamente la atención algunos diálogos en que los participantes pugnan por sobresalir a causa de alguna desgracia. En ocasiones hasta resultan de una comicidad pasmosa. Los implicados aumentan y exageran las dolencias como si el que más acumulara fuera a ganar una copa o un honroso diploma.
Los tales hablan de sus males y maleficios, de las enfermedades que ni los médicos son capaces de atajar. Contabilizan las operaciones quirúrgicas, enseñan las cicatrices cual si de trofeos se tratara. La última palabra, la que cierra la boca a los contrarios la dice en tono victorioso quien proclama estar definitivamente desahuciado por los doctores.
Posiblemente el lector ha sacado de antemano la conclusión de los párrafos precedentes. Como puede deducir, conviene dejar de abonar un terreno ya suficientemente abonado con toda clase de llantos, quejidos, suspiros, gimoteos y jeremiadas.

De lo contrario acabaremos creando entre todos un ambiente lloroso y tristón. Cultivaremos un entorno contrario al gozo y al asombro que, sin embargo, constituyen virtudes propicias para mantener la marcha del día. Sin un pedazo de alegría y satisfacción para mantener el alma en pie, sucumbiremos ante la más leve contrariedad.

Nada de cultivar el arte de la queja ni el lamento. Lejos de nosotros los lloros, los suspiros y vagidos. Cuando a usted le interpelen con un ¿cómo le va? no inicie una retahíla de males ni quejas. Preocúpese más bien de animar al interlocutor con gesto animoso y palabra optimista. Que es mejor contagiar la sonrisa que la mueca. 

viernes, 12 de noviembre de 2010

El viaje del Papa desde el retrovisor





Con ocasión de la visita del Papa a Santiago y Barcelona se han movilizado numerosas  campañas y actuaciones. Quienes las propulsaban deseaban manifestar su opinión y tomar postura ante la figura de Benedicto XVI. Como es de suponer el abanico de opiniones y tendencias resultó variado, pintoresco y ameno. Y todavía queda lugar para otras iniciativas: las hubo sorprendentes, extravagantes, rastreras.
Iniciativas en pro y en contra
En el interior mismo de la Iglesia se han dado posturas muy críticas. Por ejemplo, la de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII. Afirman los tales que Benedicto XVI ejerce de manera antidemocrática su función como autoridad religiosa y que su papel en cuanto Jefe de Estado es un contrasentido en abierta oposición al Evangelio. Luego lamentan que el Papa no viaje como peregrino, sino como un personaje que desea ser aclamado. Como también que la organización más ha apuntado a gestionar un fenómeno de masas más que otra cosa.    
El personal al margen de la Iglesia, o decididamente en contra de ella, no ha desaprovechado la ocasión para hacerse escuchar. Han clamado contra un viaje que no respeta la sana laicidad y mezcla productos heterogéneos como son la Iglesia y el Estado. Algunos sectores han trinado contra los costes del viaje, temática que halaga a muchos oídos, aunque también suele pisar la raya de la demagogia.
No hablemos ya de quienes se dedican al insulto soez y visceral contra el Papa y cuanto representa. Los tales se manifiestan generalmente en publicaciones un tanto marginales y muy en particular en el espacio que los artículos de internet ofrecen para que los lectores manifiesten su opinión. Se leen párrafos de muy mal gusto. Algunos carecen de otro argumento que no sea el de mentar los genitales. Dicho sea de paso, por lo general las expresiones bracean sobre un mar de faltas de ortografía.  Y todavía cabría aludir a otras iniciativas más rastreras.
Decía Pio XII que la libertad de prensa en la Iglesia es esencial y justo es favorecerla. Pues con toda modestia voy a ejercerla. Pero como la intención es constructiva al cien por cien, vamos a comenzar con aludir a elementos positivos.
Los viajes papales y sus costos
Con Pablo VI los Pontífices, a mitad de los años sesenta, comenzaron a viajar por el mundo. Luego vino Juan Pablo II con un vigoroso carisma popular y sus viajes alrededor del planeta se multiplicaron. Lo llamaron el Papa viajero o el Papa peregrino. Se movía con garbo entre las multitudes y no le hacía asco a las cámaras. En este punto la Iglesia ha sabido adaptarse. Y no ha desentonado a la hora de recurrir a las nuevas tecnologías, si bien sigue recelando de la prensa y propende más a adoctrinar que a informar.
En cuanto a los gastos del viaje, un Estado sabe bien que la llegada de un personaje notorio como el Pontífice romano implica gastos de seguridad y de acogida. Los representantes políticos del país tienen que movilizarse y favorecer el buen éxito del viaje. Por lo demás, la visita permite asomarse al templo a 150 millones de televidentes y muchos más escucharán el nombre de Barcelona. ¿Qué enorme cifra se necesitaría para conseguir una publicidad semejante?
Cierto que hay quien no comulga con la fe cristiana y rechaza toda religión. De acuerdo. También hay numerosos ciudadanos que no comulgan con el Dalai Lama, ni con Woody Allen, ni con la mujer de Obama, ni con los jeques árabes y, sin embargo, no les parece mal que se movilice la policía y los representantes políticos les rindan honores.
Abundemos en este punto. Tenga el lector por cierto que a una buen parte de la población no le interesa en absoluto ciertas películas de baja estofa que son subvencionadas con dinero público. Muchísimos ciudadanos preferirían que el dinero de todos no se volcara en sueldos a asesores fantasmas ni que fueran a parar al bolsillo de los autores de ciertos estudios de una más que dudosa utilidad. Pues resulta que a algunos grupos sólo les da por protestar airadamente por la visita del Papa. Tienen numerosas ocasiones de defender el dinero público, pero las echan a perder… hasta que un día Benedicto XVI les despierta anunciando su visita al país.  
Desearía otro estilo
Dicho esto, añado que desearía un estilo distinto para los viajes papales. Para comenzar me parecería mucho más apropiado que no tuvieran que rendirle homenajes de Jefe de Estado. Los tiempos no son los mismos, desde luego, pero no logro imaginarme, ni en sueños, que Jesús aceptara ejercer como tal. Se trata de un tópico mil veces escuchado, aunque hasta el presente nadie ha derrotado el argumento.   
Los viajes papales logran un impacto poco común. Concentran a muchísima gente, consiguen repercusión mundial a través de los medios de comunicación. En tiempos de laicismo y aprietos religiosos, es de agradecer. Ahora bien, no perdamos la perspectiva. El Papa existe para dirigir y animar la exhortación de Jesús: id por todo el mundo y extended la Buena Noticia…
¿Sirven a este fin los viajes de los Papas? Los protocolos y el boato no parece que favorezcan precisamente la evangelización. Dijo un sabio: el medio es el mensaje. El medio son las cámaras, el papamóvil, el cortejo, los saludos de los prohombres… Pero se da el caso de que el evangelio prohíbe llevar oro, plata, alforja, dos túnicas… Se requiere de una exégesis realmente complicada y sesgada para compaginarla con los movimientos pontificales.
La evangelización se hace cuesta arriba en el contexto que nos ocupa. Porque evangelizar implica decir cosas desagradables para los potentados de este mundo. Y si los potentados están a dos pasos, sonriendo, dando la mano y colaborando en los gastos del viaje, ya me dirán los delicados, primorosos y ponderados equilibrios que deben trenzarse.    
Es indudable que los viajes de los Papas tienen aspectos positivos. Ahora bien, Juan Pablo II concentraba multitudes al conjuro de su figura y las cámaras lo buscaban con avidez. Sin embargo, dejó a la Iglesia sumida en profunda crisis, se aceleró la salida de seminaristas, los valores cristianos fueron relativizándose, asomaron graves escándalos en el interior de la Iglesia, las parroquias cada vez eran visitadas por menos fieles...
¿En qué quedaron las aclamaciones, los aplausos, las multitudes y el alboroto de los medios de comunicación? Fuegos de artificio. Cuando terminó la representación se apagaron las luces y la gente regresó a lo suyo. Por lo demás, no es verdad que el Papa vaya a conocer mejor a los fieles católicos del país visitado teniendo en cuenta su modo de viajar y rodeado de tanta pompa. No lo creen ni aquellos que lo dicen.
En resumen: hay aspectos positivos en los viajes del Papa. Tienen un enorme eco en la comunidad mundial. Los gastos que ocasionan se ven compensados con creces por las ventajas que suponen a nivel de propaganda y de dineros que atrae el acontecimiento. Es un personaje que dignifica el lugar visitado. Pero por lo que se refiere a los beneficios de la fe, a la animación de la comunidad cristiana, a la evangelización de la sociedad… siento declararme más bien escéptico.

martes, 2 de noviembre de 2010

De la muerte y el morir

El otoño va deslizándose por el hemisferio norte y de pronto, apenas puesto el pie en el mes de noviembre, nos topamos con la fecha conmemorativa de todos los difuntos. Un día que trae recuerdos y nostalgias del mundo de los que se fueron. O mejor, de los que un día vivieron codo a codo con nosotros, de los que mantenemos la memoria, de quienes nos estuvieron estrechamente vinculados por razones de familia o amistad.
Razón de más para incursionar en una temática expresamente olvidada y mantenida en el anonimato. Casi diría rechazada, como si de un mal pensamiento se tratara. Me refiero a la muerte, o al morir, que es expresión con resabios más personales.
A una persona hay que juzgarla por lo que dice...y por lo que calla. Lo cual es igualmente válido de cara a los medios de comunicación social. De la muerte se calla mucho más de lo conveniente. Entendámonos, se habla de las muertes fruto de accidentes, de las coloreadas de sangre homicida o suicida. Pero, en tales casos, la noticia no está en la muerte, sino en el morbo que la acompaña.
Se alude también a la muerte en la fotografía del difunto, en las invitaciones o los panegíricos. En tal caso, ¿no será la muerte el pretexto para la vanidad familiar? Y aun del mismo difunto (aunque en tal circunstancia, obviamente, por delegación): se rememoran sus cargos y títulos. De modo que cuando la muerte se atreve a asomar el cráneo, enseguida hay quien se apresura y afana para desviar y banalizar su mensaje.  
Morir en casa del rico
Empecemos por aclarar que en casa del rico no se muere. Esto se hace en la clínica. En un lugar aséptico, blanqueado, con el ambiente debidamente perfumado. Cuidan del moribundo unas enfermeras impecablemente uniformadas, profesionales, entrenadas para disimular los sollozos y los estertores del momento. Nada de herir la sensibilidad del enfermo ni de quien lo visita.
Se diría que el paciente desaparece del ángulo visual de la familia. Claro que ésta visita al candidato a morir. Tampoco hay que herir la sensibilidad por el otro extremo. Podría generar sentimientos de culpabilidad, lo cual, al decir de los psicólogos, no reporta nada positivo.
Morir en casa del pobre
En cambio sí se muere en la casa del pobre, que es la casa de la inmensa mayoría en los países del Tercer Mundo. Generalmente se trata de un morir precoz, injusto y a destiempo. Fui testigo de ello durante mis años de actividad por República Dominicana. Expiran multitud de niños en los primeros meses o años de existencia. Quizás por carecer de unas monedas con las cuales adquirir una medicina común.
Expiran adultos en los años de plenitud que, sin embargo, son para ellos años de decrepitud. Las condiciones precarias del trabajo, las jornadas agotadoras, las preocupaciones del mañana y tantas otras desgracias, les han ido erosionando las energías y minando la salud.
Pocas familias de las clases humildes han dejado de experimentar la muerte en algunos de sus miembros, sean niños, adultos o ancianos. Y es que ellos mueren a los ojos de todos. La muerte no es disimulada. Se la ve venir y cebarse en las carnes. La cama del moribundo está allí, en el centro de la estancia, y uno se tropieza con ella al entrar y al salir. Se oyen los gemidos del enfermo, se percibe cómo avanza el cáncer que corroe sus huesos.
No raramente la receta del médico equivale a una sentencia de muerte. Las medicinas no están al alcance de tan menguados recursos. Por todo ello, la muerte es compañera permanente de viaje para los pobres. Y, claro, les asusta menos, puesto que la conocen de cerca. Mueren con mayor naturalidad y sin aspavientos. Quizás también por estos motivos se atreven a mirar de frente al dolor.
Sopesadas todas las circunstancias, ¿no es preferible este morir al de los ricos? Una vida sin final es una vida irreal. Luego resulta más ajustado a la verdad tocar con la mano el límite de la vida.

Morir en casa del cristiano
Si hay que aludir al morir en casa del cristiano, digo que no debe predicarse el terror ante la muerte. No es leal capitalizar los gusanos del sepulcro con la intención de cambiar el corazón del hombre. El evangelio no explota los sentimientos de horror, ni pretende provocar el miedo para conseguir la fe. Le basta una llamada al buen sentido y señala a quien es capaz de acoger en su seno al difunto, más allá de nuestras coordenadas de espacio y tiempo.
El creyente confía en que el silencio de la muerte no es definitivo. No tiene, pues, necesidad de silenciar su mensaje ni rememorar al siniestro personaje blandiendo la guadaña envuelto en negras vestimentas.
El hombre, la mujer de fe acumulan numerosos interrogantes a la hora de morir. Todo análisis intelectual se hace trizas al chocar contra el tsunami de la muerte. Sólo sabe una cosa: que el derrumbe de su físico vehicula la gran promesa de Jesús: nos espera un Dios de vivos y no de muertos.