El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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sábado, 7 de mayo de 2011

A propósito de una boda real

El presente post ha superado ampliamente el momento de su publicación. Ha quedado obsoleto de acuerdo a las exigencias de la noticia. Alega como excusa que en los criterios de su autor una boda real no es tan importante como para alterar el calendario del blog. Y, por supuesto, que no interesa la noticia, ni siquiera el comentario, sino la tercera o la cuarta dimensión del acontecimiento. Al grano.
Existe en el entorno europeo una fina sensibilidad para la democracia. Sin embargo, los príncipes relevan a los reyes, al margen de toda participación ciudadana, y el gesto encuentra mucha gente dispuesta al aplauso. En otros contextos y situaciones -piensen en los hijos de los dictadores- el personal bulliría de indignación y las protestas resonarían en todas las esquinas de la política internacional.
Se casa un príncipe con una princesa y millones de personas permanecen embelesadas ante el televisor. Admiran el vestido de la novia, la belleza de la catedral -de Westminster, en el caso que nos ocupa-, los cánticos del coro, los estrafalarios sombreros de las señoras invitadas al acto. Disfrutan ante el espectáculo de los caballos tirando la carroza y los protagonistas saludando al público.
El personal prefiere entretenerse con el espectáculo antes que reflexionar acerca del sentido de la institución monárquica en pleno siglo XXI. Por un día olvidan que las calles repletas de gente que aclama a los novios hace muy poco reventaban de protestas por los recortes de los servicios médicos, de la educación y de otros renglones del presupuesto.
Todo muy irracional. Pero soy consciente de que hay asuntos en la vida que traspasan las fronteras de la razón. Lo comprendo porque también hay muchos miles de personas -entre los que me cuento- cuyo sueño es más dulce cuando el Barça gana el partido. De ahí que no me indigne contra los televidentes que se pasaron unas horas contemplando el cuento de hadas de la boda real. Aunque existe una diferencia notable: a nadie se le obliga ser del Barça, mientras que a determinados ciudadanos no les queda más remedio que rascarse el bolsillo para sufragar los cuantiosos gastos de los reyes.   
Hay factores que en algo explican la irracionalidad de la gente aclamando a los reyes en la calle o derramando una lágrima frente a la tele. En el interior de cada persona palpita un cuento de hadas. Ya pueden arreciar las críticas al gobierno en tiempos de crisis, ya pueden preguntarse los sesudos columnistas por el sentido de una institución caduca, ya pueden izarse las banderas republicanas… El hechizo del cuento de hadas pulveriza cuantos argumentos le salen al paso. 
Me da por pensar que, en el fondo, toda la pompa y boato de los príncipes casaderos se origina en el inconsciente. El ciudadano anónimo por un momento desea o envidia vivir como un príncipe/princesa. Imagina ser el protagonista de la ceremonia. Como en los cuentos infantiles el lector vive por ósmosis la aventura del protagonista del cuento. Lo mismo vuela, que se casa con una pareja adorable o tiene a sus órdenes a todos los conejos del Reino. Dejémosle, pues, que se libere del cepo de la rutina mientras no haga mal a nadie.   
En el caso británico resulta, además, que si la novia es una plebeya venida a más por la elección del príncipe, la realidad se acerca a la fantasía. Refuerza el conjunto el hecho de que años atrás, en Inglaterra, una princesa mítica también besó en la boca al hijo de la Reina frente a las multitudes hechizadas. Más tarde derramaría lágrimas por la traición del esposo. La gente la admiró por su belleza y generosidad. Esta princesa que murió en circunstancias oscuras y en plena juventud, es la madre del novio que será Rey un día. Perfecto coctel de amor, traición y tragedia.
En las esquinas de la mítica habitan princesas rotas, princesas surgidas de la plebe y príncipes deseosos de metamorfearse en reyes. Éstos llevan el pecho repleto de medallas, aquellas visten vestidos vaporosos. El mito, la fantasía, el deseo de un protagonismo imaginario habita el espectáculo de la boda real y aguijonea a la gente a invadir la calle para aclamar la proyección quimérica de sus propios sueños. 
El magnetismo funciona a pesar de las ideas de cada cual, de los partidos republicanos, de los chistes en los bares y los comentarios mordaces de los columnistas. Las bodas reales, precisamente porque recurren a un aparato excesivo y barroco, adquieren  mayor atractivo. El espectáculo del exceso otorga un plus de magia a la vida gris del ciudadano anónimo.

miércoles, 27 de abril de 2011

Una montaña y una Virgen



El 27 de abril es una fiesta muy sentida en Catalunya, un colectivo diferenciado en el conjunto del Estado español con el que mantiene complejas reivindicaciones. La Virgen de Montserrat, conocida popularmente como la Moreneta, es su patrona.

Lo de la diferenciación salta a la vista incluso en la advocación mariana que nos ocupa.  Se da el caso de que en castellano los fieles se refieren a la Virgen, mientras que los catalanes creyentes lo hacen a la Mare de Déu. Unos ponen el acento en la virginidad y los otros en la maternidad. 

La Virgen monserratina se venera en el Santuario de Montserrat que, a su vez, se asienta en una cordillera de montañas de formas caprichosas, puntiagudas, espectaculares, como cortadas con una sierra. De ahí  letra del poeta J. Verdaguer al componer el himno: amb serra d’or els angelets serraren aquests turons… (con sierra dorada los ángeles aserraron estos montes… ).

Montaña, Santuario e imagen se han convertido en lugar de peregrinaje para los creyentes y de visita obligada para los turistas. Para los catalanes constituye un símbolo entrañable que les sintoniza con la religiosidad de los ancestros. El paraje les susurra coplas poéticas al oído y les recuerda que de los peñascos surgieron voces aguerridas en defensa de la propia lengua y cultura.    

La leyenda: más allá de la historia
La leyenda es una metahistoria: va más allá de la historia. Irriga con la poesía y el sentimiento unos acontecimientos demasiado trillados. Pues la leyenda dice que encontraron la imagen unos niños pastores en el siglo IX. Tras atisbar una luz en la montaña, los niños descubrieron la descubrieron en el interior de una cueva. El obispo quiso trasladarla a la población cercana de Manresa, pero la estatua pesaba demasiado. El mitrado interpretó la circunstancia como el deseo de la Virgen de permanecer en el lugar del hallazgo. Ordenó la construcción de la ermita de Santa María, origen del actual monasterio.

La imagen que en la actualidad se venera es una talla románica del siglo XII tallada en madera de álamo. Representa a la Virgen con el niño sentado en su regazo y mide unos 95 centímetros de altura. En su mano derecha sostiene una esfera que simboliza el universo. El niño tiene la mano derecha levantada en ademán de bendecir, mientras que en la mano izquierda sostiene una piña.

La imagen es dorada, con excepción de las manos de María y el niño, de color negro, lo que le ha originado el apelativo popular de la Moreneta (la morenita). Pertenece al grupo de las llamadas vírgenes negras, tan extendidas en Europa en tiempos del románico, como atestiguan numerosos estudios. Si bien en el caso de la Virgen montserratina no todos están de acuerdo. Parece que la oscuridad de la faz y de las manos tiene una explicación más prosaica: el paso del tiempo, el humo de los cirios…

El 11 de septiembre de 1844, el Papa León XIII declaró oficialmente a la Virgen de Montserrat como patrona de Cataluña. Fue la primera imagen de España en ser coronada. Y en este contexto no está fuera de lugar afirmar que cada colectivo cultiva especial cariño hacia alguna determinada advocación cuajada en la tierra donde habita. Constituye un hecho antropológico y pastoral de envergadura y que no debiera desdeñarse. Toca las fibras profundas de la persona.

La actual Iglesia es de estilo gótico. Tuvo que padecer ultrajes y destrucciones por las tropas francesas en 1811. Durante la dictadura de Franco fue refugio del sentimiento nacional. Se produjeron graves conflictos entre la comunidad eclesiástica y las autoridades franquistas.

En varios países latinoamericanos hay réplicas de la devoción y la imagen de la Virgen de Montserrat. Me causó una agradable sorpresa enterarme -cuando residía en P. Rico- que también la advocación existía en la isla. En la población de Mayagüez, en el sur, se asienta el santuario de la Monserrate. Los catalanes, en sus viajes a través de la geografía, plantaron semillas de la devoción que albergaban muy dentro de sí y que dieron su fruto.

Uniformadores e impositivos
En la fiesta de la Virgen de Montserrat -hoy, 27 de abril- despiertan sentimientos muy distintos y matizados, de difícil definición, aunque con algún común denominador: sentimientos catalanistas, de religiosidad popular, de arraigo a la tierra, de comunión con los antepasados, de defensa de la lengua y la cultura…

Los obispos de Catalunya hicieron público un escrito el 21 de enero pasado titulado: al servicio de nuestro pueblo. En el mismo citan lo que 25 años antes ya habían escrito sus predecesores: reconocemos la personalidad y los rasgos nacionales propios de Catalunya, en el sentido genuino de la expresión, y defendemos el derecho de reivindicar y promover todo cuanto esto comporta, de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia.

Recurren también a unas palabras de Juan Pablo II: los pueblos europeos unidos no aceptarán la dominación de una nación o cultura sobre las otras, sino que sostendrán el derecho común  a todos de enriquecer a los demás con su propia diversidad.  

Si una y otra vez hay que defender derechos tan primarios es sencillamente porque no se dan por sentados. Quienes van por el mundo con ánimo uniformista y ademán impositivo se sienten extrañamente agredidos. Pero no debiera ser así. La defensa de los propios rasgos no constituye un grito de guerra contra los vecinos. No es por incordiar a los castellanoparlantes que existe la lengua catalana. 

Fiesta de la Virgen de Montserrat. Los intensos y más profundos sentimientos del ser humano parecen tener vasos comunicantes. El elemento religioso no vive al margen del sentimiento que suscita la tierra y la propia cultura. He aquí la fe inculturada, amasada conjuntamente con la historia, la lengua y la cultura.

domingo, 17 de abril de 2011

Semana Santa: procesiones y opiniones


Tema polémico el de las procesiones de Semana Santa y que requiere ser abordado desde diversas perspectivas. El fondo de la verdad sólo suele hacerse encontradizo a base de matizar y distinguir.   

¿Folklore sí o folklore no?
Indudablemente las procesiones parecen hechizar a mucha gente. No cabe negarles su poder de atracción. Llega el momento esperado y los pasos se abarrotan de costaleros, los cofrades se ponen su clavel en la solapa y los espectadores invaden las calles, algunos con el taburete a cuestas.

Los sabiondos no reprimen el comentario: a lo largo del año no pisan una Iglesia ni los cofrades ni los mirones, pero luego las calles revientan de gente dispuesta a ver los desfiles. Acabado el espectáculo, se guardan las capuchas en el baúl de los recuerdos y con ellas la dosis de religiosidad que se les pueda adherir. Hasta dentro de doce meses. ¿Mueve este tinglado la fe, el folklore, el arte popular  o el sentimentalismo?

Dicen unos que las procesiones son un modo de expresar la religiosidad. Quien participa de ella canaliza así su credo. Quien la contempla reacciona con respeto y acaso el clima de silencio y emoción termina cuajando en una oración. Una súplica a la Virgen, un santiguarse más consciente, un beso al Cristo muerto… La procesión, en consecuencia, haría la función de una catequesis.

No niego sin más todo ello, aun cuando debo confesar que la estética de las procesiones me deja totalmente frío. Ni me emocionan las saetas ni me impresionan los tambores. Mi sentido de la belleza bebe de muy otras aguas. El espectáculo de los encapuchados se me antoja lúgubre y lóbrego.

Personalmente catalogo las procesiones en el departamento de folklore: una expresión cultural que recurre a la música, las costumbres y las tradiciones. Unos elementos que por lo visto tocan el alma de los cofrades. Un folklore que tiene como coartada o subterfugio el misterio de la pasión y muerte de Jesús.

De todos modos reconozco que existen otros gustos y otras miradas. Admito que el conjunto puede despertar algún sentimiento o emoción de tipo religioso. Es posible que la estética de las procesiones estimule las papilas de la religiosidad y hasta levante algún interrogante acerca de una vaga trascendencia. Pero no en mayor medida que la belleza de la luna llena sobre el mar o que un bosque tupido atravesado por los rayos del sol. 

¿Una procesión atea?
Me entero por la prensa que el laicismo radical y los fieles de la anti-Iglesia tienen una extensa hoja de ruta. Ahora le toca el turno a la Semana Santa. Se anunció una procesión atea que desfilaría por las calles de Madrid el jueves santo. Luego las autoridades competentes la prohibieron. La organizaban colectivos feministas, homosexuales y ateos. Si se hallan en el mismo saco no es culpa mía, pues que así lo he leído. Más aún, creo que se trata de elementos heterogéneos que no hay por qué alinear en la misma fila. Por supuesto, en este plagio procesional las Cofradías y Hermandades tenían nombres ofensivos y provocativos para los católicos.

Escasa creatividad demuestran los organizadores cuando copian el patrimonio de quienes desean combatir. De muy poca visibilidad deben gozar cuando su procesión tiene que mezclarse con las de la Semana Santa para que los ciudadanos perciban su presencia.

Algunos escritos favorables a la procesión no tan sólo apuntan a provocar, ofender y denigrar, sino que también tratan de argumentar. Niegan el derecho de los cofrades y de los espectadores a invadir las calles de la ciudad que son de todos, por supuesto. Alegan sus autores que los ateos o indiferentes no tienen por qué soportar espectáculos que les desagradan y privativos de un grupo de gente. Dicen además que el gobierno no debiera permitir tales desmanes. Pues se trata de grupos que muerden la mano que les da de comer. Sí, protestan contra el aborto y otras leyes cuando los católicos reciben jugosas subvenciones para Caritas u otras organizaciones.

Pueden caer más o menos simpáticas las procesiones, pero no cualquier argumento se sostiene a la hora de denigrarlas. En primer lugar, el gobierno no da de comer a los católicos. Las subvenciones no proceden del bolsillo del presidente de ministros, sino de los impuestos de los ciudadanos. Y si se pueden trasferir muchos millones a los Sindicatos y otros tantos a los numerosos asesores políticos cuyos trabajos se ignoran, no veo por qué no se puedan entregar unas migajas a organizaciones como  por ejemplo Caritas. Una asociación en la que básicamente colaboran voluntarios, ayuda a numerosos parados, proporciona alimentos a mucha gente y hasta les paga la hipoteca a familias al borde de la desesperación.   

Entiendo que no a todos los ciudadanos les agraden las procesiones de Semana Santa. ¿Tienen que desaparecer entonces? De ninguna manera. Si la calle es de todos, pues es de todos. ¿A santo de qué los homosexuales, bisexuales y travestis sí pueden organizar cabalgatas y manifestaciones ataviados con taparrabos minúsculos y disfrazados con vestimentas de pésimo gusto?  Yo me aguanto la náusea y reprimo los adjetivos si se tropiezan conmigo en la calle o aparecen en la pantalla del televisor. Bien pueden tomar ejemplo quienes vean con disgusto las procesiones de Semana Santa.

He escuchado muchas veces que si uno no quiere ver una película ofensiva para los ojos religiosos, pues que se quede en casa. Si no desea ver un programa crítico contra la Iglesia, que cambie de canal. Pues eso. Quien no quiera ver procesiones en Semana Santa mate el tiempo en la cocina preparando una nueva receta. Pero que no esté relacionada con la gastronomía de Cuaresma o Semana Santa. Se daría de bruces con sus propios demonios y contradicciones.
  
Conclusión final
Dicho lo cual declaro nuevamente mi escasa simpatía por las procesiones. Me cuesta asociar la sana piedad con un desfile de señoras exhibiendo peinetas y repletas de joyas. Se me hace cuesta arriba imaginar a Jesús rodeado de hombres encapuchados con no se sabe qué pretensiones. Las procesiones de Semana Santa se me antojan desfiles para alimentar la vanidad y fruto de un rancio populismo cultural.

A juzgar por las Iglesias medio vacías y las calles repletas, las procesiones son más atractivas que las funciones litúrgicas. Las procesiones se corresponden con una liturgia callejera de mucho movimiento, con sonidos originales y un conjunto de gran colorido.

La liturgia oficial, en cambio, no consigue llegar al alma del pueblo. Probablemente es así, aunque el remedio no consiste en rebajar unas ceremonias austeras, pero densas de significado religioso, a un puro espectáculo teatral. Porque de espectáculo se trata y a las pruebas me remito. En estos días se ven numerosos anuncios que dicen así: Semana Santa de XXX, declarada de interés turístico nacional. Apuesto a que Jesús de Nazaret no preveía un éxito de esta traza. 

jueves, 7 de abril de 2011

La incultura triunfante


Tengo un hermano que ejerce de maestro y muy de vez en cuando charlamos sobre su tarea. Cuenta y no acaba acerca de los alumnos, de los padres y de quienes programan el sistema educativo. Insiste en que calcula los días restantes para la jubilación. Otros maestros que conozco no andan lejos de estas impresiones. 

Voy a elaborar en versión libre y cargando un poco las tintas, para que mejor se entienda, lo que he captado. Empiezo por decir que debe resultar difícil convencer a los alumnos de la bondad del estudio y la educación. El adolescente, todavía con tenue sombra por bigote, exhibe un aire displicente, poco espontáneo -la personalidad no ha cuajado todavía- y pregunta por qué le obligan a estudiar cosas tan enrevesadas e inútiles como la historia o la geografía.

La utilidad de la cultura

El maestro/a echa mano de sus mejores reservas y responde que, aunque no lo perciba a primera vista, se trata de asignaturas convenientes y útiles. Incluso para la vida de cada día. Gracias a la geografía sabemos donde vivimos, lo cerca o lejos que estamos de otros países, conocemos los nombres y el estado de los ríos que nos alivian la sed, posibilitan el regadío y la higiene… En un loable ejercicio de comprensión añade que, gracias a la geografía, cabe entender mejor al compañero que procede de Marruecos o de Bolivia.

De los labios del adolescente parece desprenderse un "baah” permanente. Pero el maestro/a no se arredra y se atreve a abordar la historia a continuación. Es la materia que oganiza, en abreviada síntesis, las diversas etapas de tiempos pretéritos. Gracias a ella sabemos lo que probablemente hacían los primeros pobladores del planeta y cómo se las arreglaban para sobrevivir. La historia relata cómo se sucedieron los diversos imperios y pueblos de la tierra. Cada uno con su peculiar concepción del arte, del trabajo, de la cocina…

Esta asignatura llamada historia, que tan antipática les cae a algunos -sigue la  enternecedora maestra- es capaz de explicar por qué algunas chicas de la clase llevan velo en la cabeza. Incluso permite saber el motivo por el cual un país tiene el gozo o sufre la pesadilla de tener un Rey.

La verdad sea dicha, al adolescente estos datos se le antojan rancios y del todo ajenos a sus intereses personales. Nada le aportan desde el momento en que puede usar la videoconsola y el móvil sin saber ni pizca de personaje histórico alguno. El va a la discoteca de turno sin que le quite el sueño lo que hacían los romanos en las termas ni cómo se peleaban los griegos en el paso de las Termópilas.

No pierde la paciencia el enseñante y trata de sacarle jugo a su última alusión al Rey. De nuevo agradece a la historia el hacernos sabedores del motivo por el cual un señor de apellido Borbón es el Rey y no otro. Al mismo se le asigna un muy jugoso presupuesto. Un dinero, por supuesto, que pagamos entre todos a través de Hacienda. Esto sí que afecta nuestra vida de cada día, pues hasta se refleja en la  cesta de la compra.  

El maestro/a trata de cerrar el discurso con broche de oro: en consecuencia, la historia y la geografía tienen su razón de ser. Aparte de que nos permiten situarnos en el mundo, en nuestras coordenadas de espacio y tiempo. No somos los primeros habitantes de la tierra. Hemos recibido en herencia multitud de esfuerzos, inventos y obras artísticas: la luz, las catedrales, el arte de cocinar, la astronomía, los avances médicos, etc. etc. La maestra cree haber ganado la batalla tras un suspiro de alivio y suponiéndose vencedora en el envite.

La zafiedad, un valor en alza

Pues no hay tal. ¿Para qué quiere saber el mentado adolescente, con sombra de bigote, dónde está Bolivia si no piensa viajar nunca a este exótico país? ¿Y para qué quiere saber cómo el Borbón ha llegado a ser Rey si de todos modos siempre se pagan impuestos? Además, que no los paga él, sino sus padres. Así que menos rollo.

Naturalmente a individuos de este cariz les resbala si un país es democrático o no. Si acontece una matanza sangrienta entre tribus de un país africano a él le da exactamente igual que si viven un idilio permanente. Si un tercio de la población del planeta pasa hambre… a él que le registren. Todo lo cual lo suelta con gesto displicente que adquiere un punto de desvergüenza. Exhibe su ignorancia con descaro. Nada de lo que la maestra diga le sirve ni le interesa. La pobre ha dedicado su vida a perder el tiempo y a incordiar al prójimo.

Quien dice geografía e historia, dice lengua, matemáticas y biología. Todo lo desprecia el jovencito, sin que la música y la literatura constituyan excepción. Lo malo del caso es que los padres no rara vez comulgan con estas o semejantes actitudes. En todo caso no batallan en contra. El adolescente, que no tiene bigote, pero tampoco es tonto, observa que no son los científicos ni los catedráticos quienes más cobran ni más fama tienen, sino los artistas, los deportistas y la farándula que aparece en los programas del corazón. Con lo cual consideran que sus incultas teorías llevan toda la razón.

Hemos llegado al punto en que presumir de zafio y maleducado está bien visto y levanta las simpatías de alrededor, sean padres, compinches o espectadores. Ciertas boutades incultas -en programas televisivos, por ejemplo- levantan risas aquí y por allá. Un desprecio en toda regla a la cultura y a la educación.  

Bastante pena tiene quien no ha podido levantarse una mediana cultura y va por el mundo inseguro y amedrentado. No es a éste a quien hay que denostar, sino a quien no quiere saber y se regodea en su propia ignorancia.   

Ha llegado el momento de reaccionar. Lo difícil es saber por dónde comenzar: si por la televisión, por los padres, por los mismos jóvenes… Hay un Ministerio de educación que algo debe saber al respecto. Pero de continuar las cosas como andan, las vocaciones a la enseñanza entrarán en peligro de extinción. Y se creará un clima oscurantista y tosco que dominará el panorama. A medio plazo quizás las bibliotecas sean pasto de los ratones.

lunes, 28 de marzo de 2011

Valores y vergüenzas de la izquierda


Derechas e izquierdas, dos vocablos que dan mucho juego. Palabras de perfil vaporoso, pero recurrentes al referirse al espectro ideológico en el ámbito de la política.  Quizás por su  imprecisión y elasticidad logran sortear numerosas contradicciones.
  
Existen otros puntos de vista y paradigmas bipolares para tantear el asunto de las ideologías. Tales como pacifistas-militaristas, demócratas-oligárquicos, partidarios de la globalización y del antisistema, liberales-socialistas, ecologistas-capitalistas, etc. etc. El hecho es que el tópico derechas-izquierdas fagocita otras referencias alternativas.   

De acuerdo a la acepción común la derecha equivale a la ideología conservadora, atenta a la defensa de las prerrogativas y privilegios de los poderosos. Ve con buenos ojos las altas cunas y las voluminosas fortunas. Mientras que la izquierda lucha por una mayor igualdad y democracia. Prefiere la libertad individual al orden social. No le interesa tanto el libre mercado cuanto potenciar el valor de la igualdad y la dignidad personal. 

Todo esto es la teoría que no coincide sin más con la práctica. Pero las palabras sirven para entendernos en principio, si bien es posible que a la postre enmarañen la situación. Basta con observar a quienes ondean la bandera de la izquierda mientras no escatiman recortes sociales, aumentan los impuestos indirectos y hacen guiños cómplices a las grandes fortunas.

No acaba aquí la ceremonia de la confusión. Determinados sueldos de izquierdistas convictos y confesos multiplican por diez o quince veces el de un trabajador promedio. Y puestos a echar más leña al fuego recuerde el lector la larga lista de gente con etiqueta de izquierda a los que se ha pillado con las manos en la masa. 

Un guiño a la izquierda

Si los comportamientos se correspondieran con el significado de las palabras firmaría con gusto la frase que escribió J. B. Metz hace ya muchos años en el libro “más allá de la religión burguesa”: El carrusel de la política se movería más bien hacia la izquierda si girase según la melodía del evangelio

Es un hecho cierto que en nuestro mundo superdesarrollado mueren anualmente unos 40 millones de personas por hambre. Y un centenar de millones de niños son esclavos laborales o sexuales. Pero apenas 300 personas poseen el 45 por ciento de los bienes de la humanidad. Y un centenar de países en los últimos años ha retrocedido en su bienestar. Perdonen si las cifras no son exactas, aunque de todos modos provocan vértigo.  

Si las izquierdas fueran lo que deben insistirían en que la lucha contra tal escándalo constituye la causa primera de la humanidad. Mientras no se la aborde con decisión, las otras pueden esperar.  Mucho se alejará de los cuarteles de la izquierda quien piense que vale la pena seguir ahondando el surco del progreso mientras la brecha entre unos y otros se va agigantando.  

Suele apelarse a la Constitución para cualquier nimiedad. Que si un referéndum es o no constitucional, que si las condiciones de permanencia de los jueces van contra la Carta magna… En cambio no suele citarse la Constitución cuando dictamina que todo ciudadano tiene derecho al trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia. Lo cual incumbe particularmente a los poderes públicos. 

Miles de ciudadanos duermen en la calle y otros tantos arañan las cuerdas de la guitarra en el metro para conseguir unas monedas. Sin embargo la Constitución proclama que todo el mundo tiene derecho a una vivienda digna y adecuada. En buena lógica la conclusión es que existe mucho político inconstitucional. Dato de gran envergadura, aunque los periodistas y los panelistas no suelen traer a colación este asunto.  
Luego llega el día de la Constitución y se organiza el gran tinglado. Los prohombres de la  política, de la ciencia o la literatura se prestan a leer sus páginas con solemne ademán. Se organizan cenas y recepciones para dejar constancia del enorme aprecio por la Carta magna. Un homenaje del vicio a la virtud, como diría Talleyrand. Un alevoso acto de hipocresía. 

El diálogo, el universalismo….

Se asocia a las izquierdas la incapacidad para dialogar.  A Luis XIV se le ocurrió un día decir: El Estado soy yo. La frase hizo historia. Consta que Pío IX le dijo al cardenal Guidi: la Tradición soy yo. La izquierda no dice literalmente el progreso soy yo, pero lo manifiesta en perífrasis varias. Los nobles de antaño se enorgullecían de tener la sangre azulada. Los de izquierda se enorgullecen de tener las ideas limpias y la verdad entera. La han atrapado, la han encerrado en su zurrón y no piensan soltarla. 

La izquierda en principio es universalista, o así lo proclama. Sólo que con frecuencia se trata de un universalismo raquítico. Todos deben pasar por el mismo aro. Años atrás, todo el mundo tenía que vestir al estilo Mao-Tse-Tung. Todos hablar la misma lengua y cultivar el mismo cereal. Nadie podía eximirse de pensar según las categorías de los líderes. Lo cual tiene bastante que ver con el fascismo. Y es que los extremos se tocan. 

El genuino universalismo no consiste en respirar el mismo aire, sino en dejar que cada uno respire el aire de su entorno. No en hablar una misma lengua, sino en permitir hablar la lengua que la cultura y la historia le brinda a cada uno. Consiste el mencionado universalismo en reconocer que no a todos los individuos ni a todos los pueblos les sienta bien el mismo traje. De otro modo las proclamas de universalidad resultan chatas y miopes.   

La izquierda pinta a la derecha como unos señores perversos, con facciones de perro bulldog e incisivos de doberman. Sin embargo, sucede que la realidad es enormemente compleja y está enferma de pecado estructural. El sistema anda renqueante, pero un mal sistema bien gestionado es manifiestamente mejor que un mal sistema gestionado con torpeza.

La derecha no tiene ningún interés en hacer justicia a los pobres, pero quizás tiene la mano izquierda -ya es casualidad que sea la izquierda- más diestra a la hora de crear riqueza. Desde este punto de vista maltrata al pobre en menor medida. Porque la nefasta y horrible teoría del goteo a veces se cumple. Y la riqueza llega a todos a medida que desborda el cauce. Del todo inmoral el postulado, pero no deja de tener su efectividad.  

La izquierda considera que es preciso sustraer los bienes de los ricos para repartir el botín entre los pobres. Sólo que cuando los ricos se dan cuenta de la estratagema, esconden sus dineros y se acabó el goteo. O cometen un error de cálculo o son más ingenuos de lo que uno esperaba.

Habría que reforzar las buenas intenciones de la izquierda, pero uno se desmoraliza cuando observa su afición al travestismo. Es decir, cuando sustituye las más genuinas reivindicaciones, como el derecho a tener una casa, un trabajo y un plato de comida, por la protesta en contra de la escuela concertada, en contra de la clase de religión y a favor de la píldora del día después. La operación tiene menos costos y deviene rentable ante la opinión pública. Pero a cambio de dar gato por liebre. Lo cual no debería ser de izquierdas.

viernes, 18 de marzo de 2011

Una Cuaresma bailable


Tal parece que la Cuaresma del 2011 va a tener mucho que ver con la danza. Llegó hace unos días un email a mi buzón electrónico con el siguiente título referido a un versículo del salmo: cambiaste mi luto en danza. Encabezaba un escrito cuyo autor era el reconocido teólogo benedictino y maestro Zen Willigis Jäger.
A los pocos días encontré de nuevo el artículo en varios blogs y en facebook. Empezaba con estas palabras: a mí la Cuaresma hoy, aquí y ahora, me suena a danza… Y terminaba con estas otras: La creación es la Danza de Dios.
El autor había dado en el clavo. El estilo se alejaba manifiestamente de las charlas, retiros y ejercicios convencionales de Cuaresma. Sí, la letra hablaba del poder, del tener, del aparentar… pero la música era muy diversa de lo que acostumbran a escuchar los oídos de los fieles cristianos.
Puestos a hablar de la danza, el título me bailaba en la cabeza y se tropezó en algún pliegue del cerebro con el mismo versículo del Salmo citado. Estaba allí alojado desde hacia varios años. Encabezaba en esta ocasión un artículo firmado por la conocida religiosa Dolores Aleixandre.
Incluía Aleixandre en sus páginas una poesía de Madeleine Delbrel que no tiene desperdicio. Me detengo un momento en esta mujer cuyo nombre es muy posible que les suene. Nació en una familia indiferente a la religión. A los 12 años eligió ser creyente. A los 15 hubo quien la convenció de abandonar todo tipo de religiosidad. Pero a los 20 decidió definitivamente abrir las puertas y ventanas de su alma a la fe.
Los escritos de Madeleine manifiestan finas dotes poéticas y una profunda vivencia mística. Lo que no le impidió vivir en el suburbio y dialogar con marxistas de pelo en pecho. Muchos la consideran una de las personalidades espirituales de mayor calado del siglo XX. Murió en pleno concilio Vaticano II. Su causa de beatificación yace -o quizás danza, a despecho de la Curia- en Roma.
Un “pas à deux”
Al remitente del email mencionado al inicio de este escrito se le antojaba que la vivencia de Dios del P. Joaquim Rosselló, el Fundador de la Congregación a la que pertenezco, encajaba muy bien con el fondo y la forma del articulista. Pues bien, dado que el P. Rosselló transita por el largo camino de la beatificación, a la par que Madeleine Debrel, imagino que ambos se habrán dado la mano al encontrarse y hasta quizás hayan intentado un pas à deux.
En honor a la verdad no consta que el P. Joaquim conociera paso de baile alguno ni que le interesara la danza. Más bien su porte y su biografía dan a entender que carecía de talento danzante y de talante bailarín. Pero es cierto que su espiritualidad no tenía parentesco alguno con la del ceño fruncido y que se movía con agilidad por los caminos luminosos que Dios le iba revelando.  
Los tiempos que le tocaron vivir al P. Rosselló eran muy recelosos respecto de la proximidad entre varón y mujer. El mismo se mostraba grandemente recatado en este asunto y no se permitía confianzas que ni de lejos pudieran derivar en amoríos. Pero en el más allá este tipo de cautelas ya no son necesarias. Y seguramente las carencias del acá en cuestión de canto y danza resultan plenamente colmadas.
Así pues, no habría que maravillarse si la pareja Joaquín y Madeleine cantan y danzan juntos allá arriba en el azulado firmamento. Y en los momentos de descanso quizás comentan la habilidad seductora de Dios que, gracias al cantabile del bosque, el presto de la tempestad y el adagio de la liturgia les marcaba ágilmente el paso de sus vidas.  
La danza del Espíritu
He aquí algunos versos extraídos de la poesía de Madeleine. Recréense en ellos y así, de seguro, la Cuaresma del 2011 no se les atragantará.
Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir,
ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.
No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado,
saber detenerse y deslizarse en vez de caminar.
Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.
Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor.
Haznos vivir nuestra vida,
no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula,
no como un partido en el que todo es difícil,
no como un teorema que nos rompe la cabeza,
sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,
como un baile,
como una danza entre los brazos de tu gracia,
con la música universal del amor.
Señor, ven a invitarnos.

martes, 8 de marzo de 2011

Elecciones en el estamento episcopal


Cuando un periodista se le acerca a un obispo, micrófono en ristre, el clérigo no suele poner buena cara. Mentalmente activa la alarma porque sospecha que el hombre de la prensa no se arrima con buenas intenciones. Teme ser el blanco de preguntas capciosas o conjetura que le quieren arrancar algún secreto que debe mantener a buen recaudo.

El periodista es considerado un intruso, no un cauce entre la Institución y los fieles cristianos. Es evidente que en general la Iglesia institucional (perdonen la inexactitud del término, pero así nos entendemos mejor) desconfía de la prensa. La busca para la propaganda, pero la rehuye cuando se le requiere para una entrevista cara a cara y sin redes protectoras.

Este breve preámbulo viene a cuento por cuanto la semana pasada se celebraron unas elecciones en la Conferencia Episcopal Española y los periodistas revolotearon por la casa. No voy a tratar el tema como un analista lo haría: manejando datos estadísticos, confidencias de los interesados, con las antenas prestar para  captar las apetencias de los personajes en liza.

No me sitúo en esta perspectiva sencillamente porque no soy analista. En el ámbito en que me muevo no me llega de modo directo el bullir de la trastienda. No tengo otra ventana a la que asomarme que las publicaciones periódicas, algunas de ellas especializadas en el tema. Ahora bien, los comentarios de quienes se mueven por estos ámbitos ayudan a leer entre líneas y a escrutar los entresijos. Además, las expresiones de los rostros en las imágenes y las declaraciones, por más que recatadas, dejan entrever lo que se cocina en la rebotica.  

Por otra parte tampoco soy tan lego en el asunto. Conozco algunas reacciones típicas del estamento episcopal. Asistí a unas cuantas reuniones con obispos cuando era Vicepresidente de la CONDOR (Confederación de Religiosos de R. Dominicana) y de la COR (Confederación de Religiosos de Puerto Rico). También los he visitado por asuntos congregacionales e incluso por problemas personales de los que no salí muy bien parado. Todo lo cual aporta una modesta experiencia.

Cuestión de nombres y sutilezas
Cuando el periodista recurre al lenguaje que maneja y que entiende el común de los mortales, el Obispo hace como que no entiende. ¿Candidatos conservadores, moderados y progresistas? No existen tales categorías en la Iglesia, replica el mitrado. Y quizás añada: anda usted muy despistado. Si el entrevistado se nutre de la veta devota no es aventurado pensar que aludirá al Espíritu Santo, que es quien cuida de estas cosas.
A los obispos no les agrada que les apliquen las categorías político-sociales de lucha por el poder, ni que les califiquen como conservadores o progresistas. Pero ésas son las categorías que entiende el común de los mortales, incluidos los fieles católicos interesados en el asunto. Me dirán que la Iglesia está más allá de las categorías humanas. Cierto, pero la más ortodoxa teología admite plenamente que no deja de ser humana. Necesita, pues, de categorías, mediaciones y lenguajes humanos.

En las elecciones episcopales no hay campaña, no se pegan carteles por las Iglesias ni tampoco se organizan partidos. Ahora bien, el observador experto sabe que no hay campaña institucionalizada, pero la hay sin institucionalizar. Incluso existen lo que se llama en la jerga muñidores de votos. Es decir, obispos muy atareados echando cables a los indecisos. A los cuales quizás llega alguna propuesta relacionada con el Comité ejecutivo  o la presidencia de una Comisión.

Hay obispos contentísimos con la labor de quien ha estado al frente de la CEE y los hay descontentos por muchos motivos. Lo cual se echa de ver simplemente observando cómo se reparten los votos de unos y otros.   

En clave sutil y con la sordina propia del alto estamento clerical, que no pierde la compostura en la palabra, ni el birrete en el gesto, lo cierto es que el episcopado funciona, más o menos, como otros colectivos frente a las elecciones.  ¿No hay partidos? No, les llaman sensibilidades. ¿No hay candidatos? No, pero sí líderes de diversas corrientes. Por supuesto, también los portátiles funcionan con mayor intensidad los días previos a las elecciones y hasta los emails se multiplican, aun cuando la cibernética no constituya el punto fuerte del episcopado.  

El nuevo -más bien viejo- Presidente de la Conferencia Episcopal es bien considerado por unos. No seamos malévolos, pero hay quien tiene motivos para estarle agradecido. Sin embargo, otros andan descontentos con su estilo autoritario, poco amigo de ceder responsabilidades, huérfano de carisma y de liderazgo espontáneo.

Dicen del Cardenal Rouco que es muy listo y que tiene todos los cabos bien atados después de tantos años en el poder. Conoce el momento oportuno en que el nombramiento de un nuevo obispo puede decantar la balanza. Defiende unos contenidos que considera le otorgarán buenos réditos: reconquista de la familia, la escuela y la parroquia. Pinta un cuadro en blanco y negro. La sociedad no puede ir peor: matrimonio homosexual, jóvenes por mal camino, total relativismo…  Conclusión: hay que cerrar filas a su alrededor.   

Preguntas con respuestas implícitas
Las encuestas y muchos artículos periodísticos resultan tristemente desfavorables a la Iglesia. Ya no se trata de un grupito con ínfula de progresía. Parte muy notable de la sociedad se manifiesta visceralmente en contra de la Iglesia o muestra su desagrado por la imagen que ofrece. Incluso numerosos movimientos creyentes de base se expresan en este sentido.
¿No resultaría muy conveniente, pues, romper con el próximo pasado que nos ha conducido hasta aquí y ofrecer rostros nuevos, palabras esperanzadoras e iniciativas más ilusionantes? Yo tengo muy claro que la Iglesia es plural y que no es lícito confundir la jerarquía con el pueblo fiel. Pero el ciudadano medio con demasiada facilidad toma la parte por el todo y al Cardenal Rouco por la Iglesia de España.

Son ya muchos años de desgaste. Nadie habrá tenido tanto poder ni durante tiempo como el recién elegido Presidente de la CEE. Un Presidente cuyo rostro no transparenta precisamente ilusión. Y sus palabras conforman una retahíla de quejas que surten el efecto previsible de no entusiasmar a nadie. La Iglesia que ofrece el Cardenal es la del ceño fruncido, lo cual asusta a la gente, que prefiere descansar en brazos más afables.

La prensa ha comentado la decepción del cardenal por haber recibido los votos justos y dar la impresión de división en el episcopado. El deseaba una confirmación masiva.  Considero que habría sido mucho más elegante y magnánimo no aferrarse al sillón, sino dejar paso a otros colegas más jóvenes y con ideas nuevas. A veces la mejor manera de servir a la Iglesia consiste en desplazarse hacia el anonimato.

Renovar y hasta regenerar la familia y la escuela es un programa que ningún católico rechaza. Pero las declaraciones contra el matrimonio homosexual, contra el aborto, contra la asignatura de educación para la ciudadanía se han sucedido repetitiva y cansinamente. Surge la pregunta: ¿ con la intención de erosionar al gobierno? Se echa de menos una voz que defienda los derechos sociales, a los inmigrantes, a los que sufren los recortes económicos en sus carnes, una voz en pro del 0,7% para el Tercer Mundo. ¿Por qué tan escasa sensibilidad hacia estos temas sangrantes y punzantes?

Por si hiciera falta, dejo constancia de que nada más lejos de la intención del autor que ofrecer una crítica destructiva del ministerio de los Obispos y de su Presidente. Quien ama a la Iglesia quiere lo mejor para ella. Y el rechazo de la ciudadanía, reflejado en las encuestas, le ocasiona angustia y sufrimiento. El silencio confunde, pues fácilmente se echa mano del mismo alegando mayorías silenciosas. Manifestar el deseo de otra Iglesia más acogedora, afable y dialogante me parece una obligación a favorecer con las armas que uno posea y a la que nadie debe dar la espalda.

lunes, 28 de febrero de 2011

Nada que aprender


Desde hace unos días vengo rememorando tiempos pretéritos de mi vida. Un ejercicio que tiene algo de agridulce. Melancolía y añoranza por los fragmentos de la existencia que quedaron atrás y no volverán, pero también gozo por lo experimentado y aprendido de unas circunstancias que ayudaron a crecer y madurar.   
Eran otros años y otras geografías. También era diferente la tarea que tenía asignada. Dándole vueltas a los recuerdos me he topado mentalmente con un personaje que no me cayó ni me cae simpático, pero que me ha inspirado los párrafos que siguen. Al grano, sin más prolegómenos, y con el talante que indica la sentencia: mirando hacia atrás sin ira.
Jamás les asalta la duda
Existe un ejemplar de hombre o de mujer -a decir verdad, más de hombre que de mujer-  particularmente abundante en jerarquías de diversa índole, que ha llegado a la fantástica conclusión de que lo sabe y lo ha entendido todo. No hay problema para el que no tenga respuesta. La solución a cualquier eventual pregunta la mantiene alojada en la punta de la lengua. Dispone de las respuestas como de las píldoras de un frasco. 
Suele tratarse de individuos biológicamente reacios a cualquier palabra crítica que les roce el vestido. La toman como una ofensa personal, injusta, malvada. En consecuencia, no debe quedar sin castigo. Es muy posible que gocen de notable talento, que se desenvuelvan bien y aten cabos con un alto grado de sentido común.
Pero el tiempo ha jugado en contra de ellos. A medida que transcurrió se les subieron a la cabeza las alabanzas, se embriagaron de aplausos y reverencias. Y acabaron íntimamente convencidos de que su única misión consiste en enseñar y manifestar sus pensamientos para que otros los ponderen, elogien y practiquen. 
Se suben al estrado y abren los labios con la seguridad de que la cátedra les pertenece. Nada tienen que aprender, jamás les asalta la duda acerca de si andarán equivocados. Dan por sentado que han atrapado la verdad en sus redes y que, por tanto, forma parte de su monopolio personal. Hacen de la tal verdad una especie de coraza con el fin de protegerse de las adversidades y contrariedades de cada día.
Han elaborado, con más fantasía que realismo, unos postulados que consideran inmutables e intocables. En cuanto la ocasión se propicia los revisten con ropaje constitucional, doctrinal o jurídico. Y ya nada tienen que añadir, les basta con repetir una y otra vez la argumentación. Un peligro que acecha, más si cabe, a personas declaradamente religiosas
Viven de rentas, desechan cualquier interrogante que revolotee alrededor de su cerebro. Mucha gente les escucha opinar con tal aplomo que dan por supuesta su enorme sabiduría. Bien es verdad que suele tratarse de un tipo de gente escasa de ideas y sobrada de encomios. La purpurina del decorado y el empaque del gesto les deslumbra.
En el interior de su búnker
El común de los mortales se siente asaeteado por multitud de interrogantes y dilemas. Ellos no. Desde lo alto de su cátedra, de su ambón, de su tribuna o su estrado, al resguardo de cualquier ráfaga de duda, dictaminan a diestra y siniestra.
No aceptan confrontaciones abiertas. Consideran que el papel que les ha tocado en suerte consiste en elaborar respuestas y señalar soluciones. Y las guardan bien clasificadas. No tienen por qué discutir con cualquier inculto o advenedizo que tenga la desvergüenza de contradecirles.
Sus verdades ejercen la función de paraguas. Les impiden mojarse con las dudas inquietantes que llueven sobre los demás mortales. Digo mal, sus seguridades no son tanto comparables al paraguas cuando a las gruesas paredes de un búnker. Paredes de acero que impiden el paso del interrogante, la duda, el titubeo, del sufrimiento que afecta a quien busca afanosamente la verdad. Los muros construidos alrededor de su habitáculo velan para que no sea alterado su sueño e impiden que penetre por sus poros la más leve dubitación.
Andan demasiado seguros por la vida. Tanto más dolorosa les resultará la caída. Nadie posee la verdad entera y sin resquicios. Además, por la verdad se puede sufrir, pero no hacer sufrir.
Se dice por ahí que los líderes no pueden permitirse la debilidad de dudar, aunque en su interior desfallezcan y se sepan ignorantes. Peligrosa convicción que puede llevar al precipicio a quienes les están sometidos. La inmoralidad de conducir a un pueblo, un grupo o una institución hacia el caos, la consideran menos grave que el reconocimiento del error por parte del líder.  
Vale más que muera un hombre que no un pueblo. Así dictaminó el pontífice que juzgaba a Jesús en su pasión. Palabras injustas en aquella ocasión, pero que contenían una enorme verdad. En muchas otras circunstancias seguramente resulta más adecuada la sentencia: mejor que muera un hombre por el pueblo que no toda una multitud.
Porque nadie está llamado, por mucho carisma que se le suponga, a la tarea de esparcir verdades monolíticas a su alrededor. Una tal actitud equivale a vestir una falsa careta, a nutrirse de mentiras. Pero los engaños suelen tener vida breve. Lo dice plásticamente un refrán catalán: las mentiras tienen las piernas cortas.