El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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viernes, 12 de noviembre de 2010

El viaje del Papa desde el retrovisor





Con ocasión de la visita del Papa a Santiago y Barcelona se han movilizado numerosas  campañas y actuaciones. Quienes las propulsaban deseaban manifestar su opinión y tomar postura ante la figura de Benedicto XVI. Como es de suponer el abanico de opiniones y tendencias resultó variado, pintoresco y ameno. Y todavía queda lugar para otras iniciativas: las hubo sorprendentes, extravagantes, rastreras.
Iniciativas en pro y en contra
En el interior mismo de la Iglesia se han dado posturas muy críticas. Por ejemplo, la de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII. Afirman los tales que Benedicto XVI ejerce de manera antidemocrática su función como autoridad religiosa y que su papel en cuanto Jefe de Estado es un contrasentido en abierta oposición al Evangelio. Luego lamentan que el Papa no viaje como peregrino, sino como un personaje que desea ser aclamado. Como también que la organización más ha apuntado a gestionar un fenómeno de masas más que otra cosa.    
El personal al margen de la Iglesia, o decididamente en contra de ella, no ha desaprovechado la ocasión para hacerse escuchar. Han clamado contra un viaje que no respeta la sana laicidad y mezcla productos heterogéneos como son la Iglesia y el Estado. Algunos sectores han trinado contra los costes del viaje, temática que halaga a muchos oídos, aunque también suele pisar la raya de la demagogia.
No hablemos ya de quienes se dedican al insulto soez y visceral contra el Papa y cuanto representa. Los tales se manifiestan generalmente en publicaciones un tanto marginales y muy en particular en el espacio que los artículos de internet ofrecen para que los lectores manifiesten su opinión. Se leen párrafos de muy mal gusto. Algunos carecen de otro argumento que no sea el de mentar los genitales. Dicho sea de paso, por lo general las expresiones bracean sobre un mar de faltas de ortografía.  Y todavía cabría aludir a otras iniciativas más rastreras.
Decía Pio XII que la libertad de prensa en la Iglesia es esencial y justo es favorecerla. Pues con toda modestia voy a ejercerla. Pero como la intención es constructiva al cien por cien, vamos a comenzar con aludir a elementos positivos.
Los viajes papales y sus costos
Con Pablo VI los Pontífices, a mitad de los años sesenta, comenzaron a viajar por el mundo. Luego vino Juan Pablo II con un vigoroso carisma popular y sus viajes alrededor del planeta se multiplicaron. Lo llamaron el Papa viajero o el Papa peregrino. Se movía con garbo entre las multitudes y no le hacía asco a las cámaras. En este punto la Iglesia ha sabido adaptarse. Y no ha desentonado a la hora de recurrir a las nuevas tecnologías, si bien sigue recelando de la prensa y propende más a adoctrinar que a informar.
En cuanto a los gastos del viaje, un Estado sabe bien que la llegada de un personaje notorio como el Pontífice romano implica gastos de seguridad y de acogida. Los representantes políticos del país tienen que movilizarse y favorecer el buen éxito del viaje. Por lo demás, la visita permite asomarse al templo a 150 millones de televidentes y muchos más escucharán el nombre de Barcelona. ¿Qué enorme cifra se necesitaría para conseguir una publicidad semejante?
Cierto que hay quien no comulga con la fe cristiana y rechaza toda religión. De acuerdo. También hay numerosos ciudadanos que no comulgan con el Dalai Lama, ni con Woody Allen, ni con la mujer de Obama, ni con los jeques árabes y, sin embargo, no les parece mal que se movilice la policía y los representantes políticos les rindan honores.
Abundemos en este punto. Tenga el lector por cierto que a una buen parte de la población no le interesa en absoluto ciertas películas de baja estofa que son subvencionadas con dinero público. Muchísimos ciudadanos preferirían que el dinero de todos no se volcara en sueldos a asesores fantasmas ni que fueran a parar al bolsillo de los autores de ciertos estudios de una más que dudosa utilidad. Pues resulta que a algunos grupos sólo les da por protestar airadamente por la visita del Papa. Tienen numerosas ocasiones de defender el dinero público, pero las echan a perder… hasta que un día Benedicto XVI les despierta anunciando su visita al país.  
Desearía otro estilo
Dicho esto, añado que desearía un estilo distinto para los viajes papales. Para comenzar me parecería mucho más apropiado que no tuvieran que rendirle homenajes de Jefe de Estado. Los tiempos no son los mismos, desde luego, pero no logro imaginarme, ni en sueños, que Jesús aceptara ejercer como tal. Se trata de un tópico mil veces escuchado, aunque hasta el presente nadie ha derrotado el argumento.   
Los viajes papales logran un impacto poco común. Concentran a muchísima gente, consiguen repercusión mundial a través de los medios de comunicación. En tiempos de laicismo y aprietos religiosos, es de agradecer. Ahora bien, no perdamos la perspectiva. El Papa existe para dirigir y animar la exhortación de Jesús: id por todo el mundo y extended la Buena Noticia…
¿Sirven a este fin los viajes de los Papas? Los protocolos y el boato no parece que favorezcan precisamente la evangelización. Dijo un sabio: el medio es el mensaje. El medio son las cámaras, el papamóvil, el cortejo, los saludos de los prohombres… Pero se da el caso de que el evangelio prohíbe llevar oro, plata, alforja, dos túnicas… Se requiere de una exégesis realmente complicada y sesgada para compaginarla con los movimientos pontificales.
La evangelización se hace cuesta arriba en el contexto que nos ocupa. Porque evangelizar implica decir cosas desagradables para los potentados de este mundo. Y si los potentados están a dos pasos, sonriendo, dando la mano y colaborando en los gastos del viaje, ya me dirán los delicados, primorosos y ponderados equilibrios que deben trenzarse.    
Es indudable que los viajes de los Papas tienen aspectos positivos. Ahora bien, Juan Pablo II concentraba multitudes al conjuro de su figura y las cámaras lo buscaban con avidez. Sin embargo, dejó a la Iglesia sumida en profunda crisis, se aceleró la salida de seminaristas, los valores cristianos fueron relativizándose, asomaron graves escándalos en el interior de la Iglesia, las parroquias cada vez eran visitadas por menos fieles...
¿En qué quedaron las aclamaciones, los aplausos, las multitudes y el alboroto de los medios de comunicación? Fuegos de artificio. Cuando terminó la representación se apagaron las luces y la gente regresó a lo suyo. Por lo demás, no es verdad que el Papa vaya a conocer mejor a los fieles católicos del país visitado teniendo en cuenta su modo de viajar y rodeado de tanta pompa. No lo creen ni aquellos que lo dicen.
En resumen: hay aspectos positivos en los viajes del Papa. Tienen un enorme eco en la comunidad mundial. Los gastos que ocasionan se ven compensados con creces por las ventajas que suponen a nivel de propaganda y de dineros que atrae el acontecimiento. Es un personaje que dignifica el lugar visitado. Pero por lo que se refiere a los beneficios de la fe, a la animación de la comunidad cristiana, a la evangelización de la sociedad… siento declararme más bien escéptico.

martes, 2 de noviembre de 2010

De la muerte y el morir

El otoño va deslizándose por el hemisferio norte y de pronto, apenas puesto el pie en el mes de noviembre, nos topamos con la fecha conmemorativa de todos los difuntos. Un día que trae recuerdos y nostalgias del mundo de los que se fueron. O mejor, de los que un día vivieron codo a codo con nosotros, de los que mantenemos la memoria, de quienes nos estuvieron estrechamente vinculados por razones de familia o amistad.
Razón de más para incursionar en una temática expresamente olvidada y mantenida en el anonimato. Casi diría rechazada, como si de un mal pensamiento se tratara. Me refiero a la muerte, o al morir, que es expresión con resabios más personales.
A una persona hay que juzgarla por lo que dice...y por lo que calla. Lo cual es igualmente válido de cara a los medios de comunicación social. De la muerte se calla mucho más de lo conveniente. Entendámonos, se habla de las muertes fruto de accidentes, de las coloreadas de sangre homicida o suicida. Pero, en tales casos, la noticia no está en la muerte, sino en el morbo que la acompaña.
Se alude también a la muerte en la fotografía del difunto, en las invitaciones o los panegíricos. En tal caso, ¿no será la muerte el pretexto para la vanidad familiar? Y aun del mismo difunto (aunque en tal circunstancia, obviamente, por delegación): se rememoran sus cargos y títulos. De modo que cuando la muerte se atreve a asomar el cráneo, enseguida hay quien se apresura y afana para desviar y banalizar su mensaje.  
Morir en casa del rico
Empecemos por aclarar que en casa del rico no se muere. Esto se hace en la clínica. En un lugar aséptico, blanqueado, con el ambiente debidamente perfumado. Cuidan del moribundo unas enfermeras impecablemente uniformadas, profesionales, entrenadas para disimular los sollozos y los estertores del momento. Nada de herir la sensibilidad del enfermo ni de quien lo visita.
Se diría que el paciente desaparece del ángulo visual de la familia. Claro que ésta visita al candidato a morir. Tampoco hay que herir la sensibilidad por el otro extremo. Podría generar sentimientos de culpabilidad, lo cual, al decir de los psicólogos, no reporta nada positivo.
Morir en casa del pobre
En cambio sí se muere en la casa del pobre, que es la casa de la inmensa mayoría en los países del Tercer Mundo. Generalmente se trata de un morir precoz, injusto y a destiempo. Fui testigo de ello durante mis años de actividad por República Dominicana. Expiran multitud de niños en los primeros meses o años de existencia. Quizás por carecer de unas monedas con las cuales adquirir una medicina común.
Expiran adultos en los años de plenitud que, sin embargo, son para ellos años de decrepitud. Las condiciones precarias del trabajo, las jornadas agotadoras, las preocupaciones del mañana y tantas otras desgracias, les han ido erosionando las energías y minando la salud.
Pocas familias de las clases humildes han dejado de experimentar la muerte en algunos de sus miembros, sean niños, adultos o ancianos. Y es que ellos mueren a los ojos de todos. La muerte no es disimulada. Se la ve venir y cebarse en las carnes. La cama del moribundo está allí, en el centro de la estancia, y uno se tropieza con ella al entrar y al salir. Se oyen los gemidos del enfermo, se percibe cómo avanza el cáncer que corroe sus huesos.
No raramente la receta del médico equivale a una sentencia de muerte. Las medicinas no están al alcance de tan menguados recursos. Por todo ello, la muerte es compañera permanente de viaje para los pobres. Y, claro, les asusta menos, puesto que la conocen de cerca. Mueren con mayor naturalidad y sin aspavientos. Quizás también por estos motivos se atreven a mirar de frente al dolor.
Sopesadas todas las circunstancias, ¿no es preferible este morir al de los ricos? Una vida sin final es una vida irreal. Luego resulta más ajustado a la verdad tocar con la mano el límite de la vida.

Morir en casa del cristiano
Si hay que aludir al morir en casa del cristiano, digo que no debe predicarse el terror ante la muerte. No es leal capitalizar los gusanos del sepulcro con la intención de cambiar el corazón del hombre. El evangelio no explota los sentimientos de horror, ni pretende provocar el miedo para conseguir la fe. Le basta una llamada al buen sentido y señala a quien es capaz de acoger en su seno al difunto, más allá de nuestras coordenadas de espacio y tiempo.
El creyente confía en que el silencio de la muerte no es definitivo. No tiene, pues, necesidad de silenciar su mensaje ni rememorar al siniestro personaje blandiendo la guadaña envuelto en negras vestimentas.
El hombre, la mujer de fe acumulan numerosos interrogantes a la hora de morir. Todo análisis intelectual se hace trizas al chocar contra el tsunami de la muerte. Sólo sabe una cosa: que el derrumbe de su físico vehicula la gran promesa de Jesús: nos espera un Dios de vivos y no de muertos.

sábado, 23 de octubre de 2010

La difícil interpretación del silencio

Apreciado amigo: Lamentas la escasa fluidez de los e-mails en las relaciones con compañeros comunes y debo decirte que desde hace años tengo la misma queja a flor de labios. Tanto más que mi trabajo me exige solicitar datos y obtener respuestas. Ya no se trata de que las personas que uno aprecia y con las que presumía tener firmes vínculos no respondan, sino que en ocasiones urge saber si se ha recibido un cheque o se ha cumplimentado un encargo importante.
Sólo se escucha el silencio. No digo mal: se escucha el silencio. Y los hay tan solemnes como la misa solemne de Beethoven y tan elocuentes como los de un parlamentario trinando visceralmente contra el partido opositor.  
Se da el caso de que algunos agradecen un regalo del año anterior (una agenda, por ejemplo)... cuando ya los meses se agotan y recuerdan que necesitan otra para el año próximo. Pero en fin, como de todo hay en la viña del Señor, algunos buenos amigos nos sentimos gozosos de poder comunicarnos gracias a la cibernética. Hasta nos mandamos alguna foto jocosa que hemos pescado por la red, adornamos el texto con ilustraciones, le añadimos música, quizás un archivo de voz y nos contamos cosas que nos hacen sonreír.
Nada importante si se mira el asunto desde la perspectiva de la eternidad (sub specie eternitatis), como decía el venerando Padre Rodríguez o el Kempis. Con todo, le dan un poco de sazón al discurrir de cada día.
Vayamos al grano. Mis lamentos tienen que ver con la dificultad que implica la interpretación del silencio. Si hay algo difícil de dilucidar en este planeta azul en que nos movemos los seres humanos es el silencio. Puede significar mucho o nada. Cierto: hay momentos para hablar y otros para callar, pero no van por los senderos del Qohelet lo que las líneas siguientes pretenden decir. Tratan de explicar que los correos cargan sobre sus espaldas electrónicas la necesidad o la ilusión de una respuesta. Y en numerosísimas ocasiones no reciben sino la callada por respuesta. Por asociación de palabras iba a decir la canallada. Pero no, que resultaría del todo desmesurado.
Ahí tropezamos con la dificultad de interpretar el silencio. Puede ser que el escrito no haya llegado a destino perdiéndose por el espacio cibernético. Puede que al receptor le deje indiferente el remitente o el contenido de la nota recibida.  
También hay que contemplar la posibilidad de que una respuesta implique un correlativo compromiso. En consecuencia es más cómodo amordazar el email e introducirlo en el disco de duro corazón o sepultarlo sin contemplaciones en la papelera de reciclaje. Puestos a explorar eventualidades y contingencias el silencio podría achacarse a la mera negligencia. O simplemente a un exceso de trabajo. 
En acotación al margen aconsejaría dosificar de modo estricto la excusa del trabajo. Porque cuando a uno le interesa algo de verdad... de seguro que encuentra el tiempo. Sin embargo, suele ser la razón más esgrimida. Buena excusa que, además, le permite a uno decir tácitamente lo ocupado que anda y, en consecuencia, lo importante que es. 
Igualmente hay que tomar en consideración, a la hora de hacer la exégesis del silencio, la eventualidad de que el destinatario no sea ducho en la técnica del ordenador y no encuentre la dirección del remitente que, por cierto, está a la distancia de un clic. Aun puede suceder que el aparato se haya dañado a causa de un virus indecente o de un apagón inoportuno. ¡Cuántas cosas puede significar el silencio!
Lo cierto es que un silencio persistente y tozudo causa numerosos perjuicios. Cuando la interpelación es personalizada -no un mero envío de listas- y no obtiene eco, entonces logra disminuir el flujo de la amistad y tal vez apagarla de modo definitivo. El poeta lamentaba la soledad en que quedan los muertos. Si hubiera conocido el correo electrónico lloraría los bytes y megabytes perdidos en el espacio como una solitaria basura cósmica que jamás encontrará respuesta y que deja a sus remitentes llenos de dudas e interrogantes.
¿Habrá suicidios cibernéticos por un e-mail no correspondido? Doy fe de que, al menos, se detectan bajones preocupantes en la intensidad de la ilusión y del compañerismo.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Ivette: ¿un misterio de tinieblas o un misterio luminoso?

Recordada Ivette: hace días te escribí una carta que, siguiendo las pautas tácitas del blog, tuve que finalizar porque se extendía en demasía. Constataba entonces que hay quien da un portazo a la iglesia por motivos emotivos, por rechazo a algún representante de la misma. Pienso que es tu caso. Dices haberte topado con curas farsantes e interesados.
Podríamos dialogar indefinidamente acerca de que también hay curas desprendidos y ejemplares.  Pero ya aludí a este asunto en el anterior escrito. Sólo un dato más que normalmente no asoma en las páginas de los periódicos: más de 60.000 del medio millón de sacerdotes y religiosos que se mueven por el mundo, han dejado su tierra y su familia para atender a otros seres humanos, en principio desconocidos, en una leprosería, en hospitales, en campos de refugiados, en centros para enfermos de sida…
Argumentos emotivos
Sé que cuando uno ha recibido heridas profundas, difícilmente se deja convencer por este tipo de argumentos, por más que anden avalados por cifras contantes y sonantes. La emoción siempre le gana a la razón. De todos modos debo decirte que, no obstante cuanto puedas escuchar o leer, el sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. O mejor, los hay neuróticos y hasta psicópatas -doy fe- como los hay de una enorme finura espiritual. Pero hablando en general cabe decir que es un ser humano con el deseo de seguir los pasos de Jesús y servir a sus hermanos. No siempre lo consigue, es verdad. Pero dime de un colectivo -los políticos, los abogados, los cerrajeros, los maestros- que no tengan que reprocharse serios defectos.
En este punto no raramente hay quien se unce a una lógica que nada tiene de racional. ¿El cura me defraudó? Pues abandono la Iglesia y también la fe. ¿Aplicarías esta lógica a otras circunstancias similares? No creo que a quien le tocó en suerte un alcalde corrupto saque la conclusión de que debe marcharse de la población. En todo caso luchará para que sea el alcalde quien se largue.
Ivette: tú un día te entusiasmaste con las palabras y las obras del Jesús histórico. Del personaje antes de que lo empequeñecieran -hay quien habla de secuestro- los obsesos del dogma y el derecho. Con razón. Él ha tenido una  enorme influencia en la humanidad. Los monjes del desierto abandonaron la ciudad y sus bienes para meditar día tras día sus palabras. Los mártires quedaron deslumbrados de tal manera que, si no había otra alternativa, no dudaban en morir triturados por los dientes de los leones o acribillados por los fusiles de los milicianos. Cuatro compañeros de mi Instituto sufrieron esta suerte. Mucha gente anónima no hace trampas ni se corrompe porque han decidido seguir tras las huellas de Jesús.  
¿Fuera de la Iglesia?
Yo no conozco otro modo de seguir a Jesús que en la Iglesia, por muy mezquina que sea. Fue Él mismo quien se rodeó de amigos y discípulos y quien luego exhortó a todos a que vivieran en “asamblea”. Los primeros cristianos lo tenían claro cuando compartían los bienes y la oración. Otra cosa es que lograran en plenitud el objetivo. Numerosos fieles optaron, a lo largo de la historia, por marcharse de la Institución y comenzar algo mejor. Su “Iglesia” se disolvió al poco tiempo y no se libraron de los males que un día les empujaron a dar el portazo.   
La verdad, querida Ivette, es que el asunto de la fe no se dirime a fuerza de razonar. La razón tiene su parte, claro. El puro voluntarismo no tiene sentido ni fundamento. Pero  la razón sólo nos conduce hasta el umbral de la fe. Y aquí hay que dar un salto enorme para pasar por encima de los malos ejemplos, de las heridas emocionales y de las dificultades teóricas. Incluso pienso en ocasiones que previamente al itinerario de la fe, que pasa por la razón y el corazón, uno ya ha tomado partido. 
Tú personalmente tienes la mejor voluntad y has invertido mucho tiempo en favor del prójimo. Lo has hecho gratuitamente y por filantropía, quizás por caridad años atrás. No lo digo por ti, pero quiero aludir al tema porque encaja en este contexto. En la vida hay quien queda atrapado en las viscosidades del hedonismo, en las ansiedades de la ambición, en los vericuetos del sexo o en cualquier pantano con desembocadura en el vicio. Puedes dar por descontado que los tales no tienen ningún interés en la existencia de Dios y menos en unirse a una comunidad orante y seguidora de Jesús. Ahora bien, si en cuestiones de fe el corazón tiene tanto peso, puedes deducir la conclusión que sacarán.
Hay ateos por causa de la libertad. No logran compaginar su voluntad con la de un Ser supremo. Otros lo son por pura frivolidad. No se han tomado ni un minuto para reflexionar sobre el tema. Los hay por despecho. Algunos afirman su ateísmo tras concluir que Dios no es compatible con el mal. Y todavía quedan otros géneros y especies de ateísmo. Y todos ellos pueden aducir algún tipo de razones para sostener su postura.
Considero que mantienes la fe en Dios, a pesar del portazo y no obstante algunas expresiones en las que te referías a la ambigüedad de las creencias heredadas. Determinadas expresiones lo dejan entrever: deseas bendiciones a tus amigos y conocidos. ¿Bendiciones de quién? Quiero pensar que no se trata de meras frases brotadas por generación espontánea en el humus de la cultura.  
Pues bien, no olvides esta fe. Hace unos meses mucho se ha hablado, gracias al físico Hawking, que la energía puede surgir sin causa, de la nada, por generación espontánea. Ya que tienes un acusado sentido crítico, aplícalo al tema. De la nada, nada brota. No importa presumir de filósofo para firmar esta aseveración. No te dejes embrollar por quienes ya han decidido y no buscan sino agarrarse a cualquier clavo ardiente que haga plausible su opción.
De la nada, nada sale. Existe un dilema, al final de la cuestión. Unos aceptan que el mundo es incomprensible y que en el origen hay un misterio de azar, de tinieblas que nada explica. Otros creen que la incomprensibilidad del mundo encuentra su explicación en Dios. Al menos, en buena parte. Y también confiesan que se hallan ante el misterio, pero un misterio de luz. Confían en la vida porque hay quien la sostiene y nos muestra su rostro amistoso. Este rostro que luego hablará a los hombres a través de Jesús de Nazaret. No lo tienen todo claro, ni mucho menos. Siguen haciéndose preguntas. Pero confían en la vida y en quien la sostiene.
Querida Ivette: sigamos cada uno nuestro camino con honradez y grandeza de ánimo. Sin dar la culpa de nuestras decisiones a nadie de nuestro alrededor. Tú presumes de ser una mujer adulta y crítica. Lo eres. Los malos ejemplos no deberían cambiar tus convicciones profundas.
Con mis mejores deseos y con un sincero abrazo, Manuel Soler, msscc.

domingo, 3 de octubre de 2010

Se marchó de la Iglesia dando un portazo

Querida Ivette: he ido recibiendo correos electrónicos en los que he sido testigo de tu lenta e inexorable desvinculación con la Iglesia y hasta con la fe misma. El hecho me ha dolido de verdad. Cortar el cordón umbilical con la casa materna no es cosa baladí. Uno sabe de la oleada de gente que de pronto “descubren” que nada tienen que ver con la Iglesia. Pero mi sincero aprecio por ti, el conocimiento que tengo de tus cualidades pedagógicas, de tus inquietudes culturales y de tu acogida humana aumenta el pesar que me ha producido tu decisión.  
Hemos trabado una buena amistad y nos hemos comunicado a través del email. Me duele tu decisión, tanto más cuanto que en gran parte ha sido motivada por la decepción de los sacerdotes y de lo que tú llamas una y otra vez como “estructuras de poder”.
Ateísmos, escepticismos y agnosticismos
Recordada Ivette: cada uno recorre su itinerario particular. Hay numerosas clases de ateísmos, escepticismos y agnosticismos. Teóricos y prácticos, por amor a una pretendida libertad y por pura banalidad. Los medios de comunicación, por otra parte, empujan por el tobogán del hedonismo y la frivolidad, poco amigos de la fe y el compromiso. Pero tal vez otro día hablemos del tema.
Entiendo que tu alejamiento de la fe ha sido por reacción. Te has marchado de la Iglesia con un portazo porque te ha sentido tratada injustamente. Te han exigido mucho y  muy poco has recibido a cambio. Has quedado frustrada en tus expectativas. Has detectado prepotencia en quienes estaban al frente de las instituciones en que trabajabas y un pernicioso amor al dinero en los administradores de turno.
No niego que haya sido así, aunque también oso decirte con franqueza  que he notado expresiones sesgadas en tus quejas y hasta un rencor insano en ocasiones. Incluso has prendido la mecha de una propaganda anticlerical en revancha por los sufrimientos padecidos. Comprendo tu reacción y la respeto, pero pienso que no es el camino adecuado. Puedes mostrarte en desacuerdo sin renunciar a la grandeza de ánimo.
Has focalizado tu mirada en los atropellos y arbitrariedades de que has sido objeto tú y tus compañeros/as de trabajo. Te has rebelado porque determinadas exigencias se han hecho en nombre de Jesús. Y tú, que admiras o admirabas al Jesús histórico, el que no se plegaba a las rutinas ni contemporizaba con fariseísmos mezquinos, te has indignado. Has dado un portazo y te has marchado.
Luego has encontrado multitud de razones y motivos para justificar tu postura. La pederastia de los curas, el ritualismo de las ceremonias, el interés oculto de los párrocos, las debilidades sexuales de algunos frailes… Todo ello ha reforzado tu decisión y la ha impermeabilizado de cualquier sentido de culpa. Incluso has experimentado una singular euforia tras el portazo.  
La promiscuidad entre el bien y el mal
Te diré, querida Ivette, que en la Iglesia existen estas miserias y algunas más que ignoras. Pero tu indignación te ha impedido percibir que la misma Iglesia santa y pecadora -santa y prostituta, la llamaban los SS. Padres- también ha hecho méritos para ser amada y acogida. Tanto más cuanto que en ella se sigue haciendo el memorial de la muerte de Jesús y nmerosas comunidades a lo largo y ancho del mundo se reúnen para orar.
Pienso que constituye un inconveniente, pero es preciso tomar en cuenta la realidad. En la Iglesia  -extendida por los confines de la tierra-  se acumulan ideologías y talantes de todos los tamaños y colores. Como en una galería interminable das con mujeres y hombres virtuosos e hipócritas. La bondad y la maldad se cruzan y entrecruzan por los caminos. Más aún, la bondad y la maldad surcan un mismo corazón y lo parten en dos. Con la desventaja de que el mal es mucho más noticioso y ruidoso.
A la Iglesia hay que atribuir numerosas maldades -a veces sólo errores- a lo largo de la historia. Habrás escuchado una y otra vez la cantinela de las cruzadas  con sus desmanes a diestro y siniestro. La Iglesia quemó vivos a los herejes en la inquisición y extendió el terror en muchos territorios. La Iglesia condenó a Galileo, un honesto científico que, por si fuera poco, andaba cargado de razón. La Iglesia da pábulo al carrerismo que persigue vestimentas rojas o color púrpura. La Iglesia no ha reaccionado con la contundencia debida ante la pederastia de algunos clérigos…
No seré yo quien niegue estos datos, aunque frecuentemente se convierten en tópicos manidos. He fortalecido mis espaldas para sobrellevar el peso de estas inmundicias legadas por los ancestros. Sólo quisiera que levantaras la vista y admitieras que esta misma Iglesia mezquina inventó los hospitales para los enfermos y moribundos que durante largos siglos no tenían un lugar donde morir. Esta misma Iglesia hoy día dirige la mayor parte de los Centros que existen en el África subsahariana para acoger a quienes padecen el Sida.
A propósito, cuando la guerra azota un país o una región, las ONG desaparecen con presteza. Los misioneros, ellos y ellas, suelen permanecer. No raramente mueren. La larga fila de hombres y mujeres sin trabajo no van a buscar alimentos a las casas de los políticos, sino que se dirigen a Caritas, a las parroquias y a otras instituciones católicas. Sus responsables se las arreglan para que nadie regrese a casa con las manos vacías.
La pederastia del clero da infinitas vueltas por los periódicos del mundo y los medios hacen refritos con sucesos de hace casi medio siglo. Claro que los culpables merecen la máxima condena. A los presbíteros y fieles católicos nos ha salpicado, avergonzado y humillado de mala manera. Las víctimas han padecido en sus carnes el suplicio y la amargura. Sin embargo te diré que he leído con avidez sobre el tema buscando los porcentajes de los implicados. El más pequeño se refería a un 0,6 % y el mayor a un 3%. Tú crees que los otros 97% de los presbíteros -demos este último porcentaje por válido-  hemos de aguantar las generalizaciones simplistas y los insultos soeces que se formulan a cada paso?
En la Iglesia hay mentalidades cerradas, retrógradas y hasta fundamentalistas. Las hay también muy actualizadas y alineadas con la justicia y la compasión. En la iglesia ha habido un tal Charles Maurras que era partidario de cantar el magníficat con solemnidad y mucho incienso a fin de que el pueblo no reparara en aquello de que Dios “despachará vacíos a los ricos”. Ha existido un tal Marcel Lefèvbre, conservador donde los haya. Pero resulta que también cabe encontrar a un tal Hans Kúng, a un Jon Sobrino y otros muchísimos teólogos y pastores de ideas avanzadas y deseosos de una mayor justicia. Bien es verdad que sus voces logran menos resonancia que las de la jerarquía. Los medios de comunicación confunden lamentablemente la parte con el todo.
Claro que existen hombres y mujeres ajenos a la ambición, que sufren por la marginación de la mujer en la Iglesia, que les parece fuera de lugar, en ocasiones inhumanas, determinadas prescripciones de moral sexual. Seres humanos que son más sensibles a la justicia y la fraternidad que al formalismo de los cánones y al protocolo eclesiástico. Y repara bien en el adjetivo, no vayas a confundir eclesial con eclesiástico. De acuerdo con el ámbito eclesial, pero urge matizar cuando nos referimos al eclesiástico.
Querida Ivette, esta entrada resulta excesivamente larga y sólo he escrito el prólogo. Seguiré con la carta. Un beso.