El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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martes, 30 de septiembre de 2014

La luz blanca del otoño


Hasta el día de hoy no se me había ocurrido escribir unas líneas acerca del cambio de estación. No voy a incursionar en las molestias varias que suelen atribuirse a dicho cambio. Abundan los comentarios sobre el particular en los periódicos. Ya se preocupan las revistas de llenar páginas y más páginas acerca de lo que ocurre cuando disminuyen las horas de luz, cuando baja o sube la temperatura corporal, cuando de pronto aparece la ansiedad, la angustiosa migraña o los molestos dolores reumáticos. Dejo de lado estos pormenores porque tampoco sabría decir gran cosa.  

Cambiantes estados de ánimo

De todos modos no me resisto a reproducir el tópico acerca del otoño, la estación que acabamos de inaugurar. Dicen que en esta época aumentan las depresiones y hasta aparecen trastornos de pánico. Ello tendrá que ver, tal vez, con las precipitaciones que abundan en mayor medida y con las horas de luz que menguan de un día para otro. Los rayos del sol se tornan más recatados y pudorosos. Los problemas afectivos, al parecer, establecen algún tipo de relación con la luminosidad del firmamento. 

Los mencionados trastornos se registran más en otoño y en invierno, aunque cada estación, a su modo, influye en el individuo a su modo. En primavera, ansiamos la llegada del verano que parece demorarse hasta avivar la impaciencia. En verano, las oleadas de calor también afectan y crean en la persona la sensación de un cansancio desproporcionado. En esta estación aumentan los estados de ánimo eufóricos y quienes sufren el trastorno de la bipolaridad suelen empeorar los síntomas. 

La escasez de la luz en invierno provoca desequilibrios en mayor número. Por norma general, sin embargo, las depresiones suelen desaparecer al cabo de unos días. 

Tristeza y melancolía

La mayoría de la población considera que el otoño lleva consigo un deje de tristeza y melancolía. Se caen las hojas de los árboles, cuyo color verde se metamorfosea en amarillo y desemboca en el marrón. Color que, por cierto, ignoran los poetas. Sin embargo, el otoño no deja de tener su belleza. Estimula una vaga nostalgia, eleva los pensamientos hacia la bóveda del firmamento, cubre de niebla los sentimientos. 

Otoño ofrece un banquete de ideas, dichos y metáforas a los líricos y rimadores. Se refieren a las hojas áureas y rojas que, en su caída, conducen el pensamiento hacia el infinito. Aluden una noble paz otoñal y no pasan por alto los fenómenos meteorológicos: el agua que moja el cristal, el cristal que deforma los labios de quien mira a través de la ventana. El cuerpo parece ser afectado por una rara ingravidez y perder contacto con el suelo, quizás aturdido por la atmósfera otoñal.   

El paraje que hospeda el transcurrir de mis días está situado en las montañas de Lluc, la Sierra mallorquina que recorre el lado oeste de la isla de Mallorca. El otoño envuelve el conjunto con sus sombras ya en las primeras horas de la tarde. Advierte que pronto llegarán días de horas todavía más breves en el cercano invierno. Los peregrinos y turistas han subido la montaña por la mañana, pero se aprestan a tomar el camino de regreso. La paz instala su morada en el lugar. Sólo se escuchan algunos gritos de los pequeños músicos cuando salen en tromba a jugar al patio.

A lo largo del otoño los caminos permanecerán encharcados, las laderas de las montañas destilarán agua y los musgos conquistarán amplias porciones de terreno. Las ovejas dejarán de balar de noche. También ellas buscan placidez, quietud y descanso. Los pensamientos se extraviarán a ratos perdidos y se alojarán cabe las nubes que se desplazan apacibles por el firmamento. 

Las estaciones del hombre

Se me ocurre que las cuatro estaciones se corresponden de alguna manera con las cuatro etapas de la vida del individuo. En primavera el niño/adolescente/joven descubre el mundo. La energía se le acumula en el cuerpo y en el espíritu. Es el momento de tejer los sueños que luego, tal vez, logre realizar en parte.   

El verano marca la época de las realizaciones, del crecimiento espiritual. Es llegado el momento de desplegar los proyectos planificados, de sacarle el rédito a la fogosidad que se aloja en el cuerpo. A continuación menguará la efervescencia, las nubes reflejarán una luz lechosa. Se instalará el otoño que, a su vez, dejará paso franco al invierno. Entonces la actividad se reduce a marchas forzadas y el individuo se apresta a la retirada. Se refrena la vitalidad, la soledad aumenta y el individuo, con sus sueños y realizaciones, se derrama en el océano de la eternidad.  

Cada persona es como una geografía con su propio clima y su peculiar calendario. Cada uno dibuja a lo largo de la vida los iconos que hablan de él, elige sus músicas favoritas y colecciona sus autores preferidos. Hay personas cuyo clima es fácil de descubrir. Son previsibles en sus lloros y en su genio, en su malhumor y en su euforia. Otros, en cambio, gozan de un clima constante. 

Sea comprensivo el lector con estos pensamientos otoñales, con los sentimientos impregnados de nostalgia. Todo ello bañado por la luz blanca que no ceja en el esfuerzo de alumbrar la creatividad de un aprendiz de poeta.   

sábado, 20 de septiembre de 2014

Cuando la confianza desfallece



La desconfianza se ha apoderado de los ciudadanos. Observan cómo políticos que ejercieron altas responsabilidades o miembros relevantes de la policía local o estatal desfilan ante los jueces. Y siempre he creído que son una minoría los malhechores señalados por la justicia. Muchos más eluden la pena por demostrarse más hábiles, por dejar menos huellas. 

La desconfianza ha desplegado su tienda entre nosotros. Por alguna rara asociación de ideas recuerdo los años que viví en P. Rico. Allá encontré a personas maravillosas, de gran finura espiritual. Pero el ambiente general estaba contaminado por el crimen, por el temor de toparse con algún drogadicto de pocos escrúpulos azuzado por la falta de los endiablados polvos. 

Las advertencias de los progenitores a sus retoños eran constantes. Ponían en guardia a los suyos para que fueran prudentes a la hora de contactar con algún viandante, recelosos al abrir la ventanilla del coche, precavidos con la cartera…. Las zonas que recibían el nombre de “urbanizaciones” estaban bien blindadas. Un guardia solicitaba a quien deseaba traspasar el umbral a quién deseaba visitar. Y luego de anotar la matrícula y el nombre, telefoneaba al residente para pedir si autorizaba el paso. En ocasiones la operación se repetía unos metros más adelante. Las casas solían alimentar un par de perros de gran tamaño, con los colmillos prestos a cebarse en las masas traseras de quien se les antojara sospechoso. 

Son comprensibles estos escenarios, frutos del temor y de las experiencias vividas. Experiencias lamentables con atracadores, drogadictos y gente del hampa. Los periódicos cuentan y no acaban acerca de tiros en la nuca por ajustes de cuenta, sobre casas y bancos atracados, a propósito de furgones desvalijados y múltiples “carjacking”.

A causa de tal panorama cada vez son más escasos quienes se aventuran a ejercer de peatones. Y cuando casual o excepcionalmente se disponen a dar unos pasos lo hacen con ánimo presuroso, miran con ojos escrutadores a quien osa solicitar alguna información. Y así, personas comunicativas en el restaurante, en la Iglesia, en la charla de sobremesa, se transforman y aparecen por la calle con facciones hoscas y suspicaces. 

Vaya por delante que no es este clima de temor el que se vive en las calles que frecuento, pero sí se ha instalado en los ciudadanos una grave desconfianza respecto de sus prójimos. No temen ser acometidos con un cuchillo o un revólver, aunque sí les ronda la sospecha de que el vendedor ambulante les quiere engañar, el trilero está dispuesto a estafarles y el ladronzuelo acecha sus carteras.

A la vista de tantos políticos e individuos de cuello blanco con las manos sucias, el ciudadano sí se hace a la idea de que le estafan desde las ventanillas de la administración y no digamos desde las sesiones de los Consejos de ministros. El ciudadano descubre que hay miles de asesores —muchos de los cuales sin credenciales de ninguna clase—, se entera de que a quienes mandan les llueven dietas sin razón y cobran de no sé cuántas oficinas unas nóminas que no se corresponden con trabajo alguno. Naturalmente, el ciudadano pierde la confianza y cualquier decisión política se le antoja que pretende el objetivo de desvalijarle. Está harto de recortes y de que las palabras caminen paralelas —sin encontrarse jamás— con la realidad. 

Sin confianza se derrumba la convivencia

Se está dañando la base de la convivencia. Sin confianza resulta de todo punto imposible la humana convivencia. ¿Dónde irá a parar la amistad si pienso que el otro mantiene relaciones cordiales conmigo sólo para luego penetrar en mi casa y vaciar la caja fuerte? ¿En qué queda el noviazgo si sospecho que el otro es un avispado que simplemente utiliza mis sentimientos para contraer matrimonio y conseguir los papeles de residencia que necesita? 

Es imposible montarse a un taxi, comer en un restaurante, visitar al psicoanalista sin una dosis mínima de confianza. Hay que darla por descontado, además, porque es imposible verificarla en cada momento y situación. No hablemos ya de las relaciones en el mundo del trabajo, del negocio y de la cultura. Si dudo en principio de la fiabilidad y solvencia del otro, se paraliza de inmediato cualquier contacto. 

Desde un punto de vista religioso el hecho no deja de ser aún más preocupante. Resulta que, quien no ha experimentado la aceptación de otros semejantes, queda tan marcado en su interior que, a su vez, tampoco podrá hacer la experiencia de ser aceptado por Dios. De tales dimensiones es el misterio de la convivencia humana que hace imposible proyectar en Dios determinadas sensaciones y sentimientos si previamente no se han experimentado en la vida cotidiana. 

A quien los vecinos se le antojan no fiables y sí amenazantes verá el mundo entero como realidad engañosa. Si todo nos muestra su cara hosca, oscura, terrorífica… ¿cómo vamos a pensar que Dios será distinto? Conceptos como la alianza, el perdón, la fraternidad, no se entienden sin una inicial y espontánea confianza mutua. Y nótese que estamos hablando de conceptos y hechos fundamentales en el ámbito de la fe cristiana. 

Cuando la convivencia humana se ve amenazada porque la confianza languidece ocurre una catástrofe de enormes dimensiones. Empieza a languidecer, al mismo tiempo, la capacidad de fiarse de Dios. Se trata de un pensamiento bastante común en la teología de nuestros días.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Los otros analfabetos


Un año más está a punto de empezar un nuevo curso por los pagos en que me muevo. Los pequeños, como los universitarios, preparan el material escolar y han asumido que la llamada a las aulas es inminente. En las ciudades el día comenzará con un hormigueo de mamás, niños, adolescentes y universitarios por las calles. Ponen rumbo a las aulas. El ritmo es otro que en las vacaciones recién terminadas. La familia rueda en torno al horario escolar. A muchos abuelos les espera la tarea de acompañar a sus respectivos nietos. Los libros —nuevos o viejos— reposan ya en la mochila escolar. La señal de salida está dada. 

Así, hay que concluir que, año tras año, la cultura va en aumento, no obstante las pillerías de unos, la pereza de otros y la rutina de los más. Sí, el personal dispone en principio de mayor información. El mero hecho de rozar con el pupitre ayuda a la hora de amueblar el cerebro con diversos y variados datos. 

Lo que no concede el pupitre ni la pizarra es un aumento en la cuota de responsabilidad y conciencia moral. De seguro que aumenta la escolaridad, comparada con años atrás, pero al mismo tiempo crece el índice de delincuencia. En cuanto a la corrupción, sobre todo en la empresa pública, las noticias del periódico hablan con elocuencia. Por lo que a la familia se refiere han dejado de ser noticia los matrimonios rotos, los malos tratos y hasta la aparición en escena de algún cuchillo de notables proporciones. 

Los protagonistas de la corrupción de mayor rango ciertamente saben leer, usan tarjeta bancaria y probablemente llevan consigo un maletín de piel. Existen otros delincuentes que tienden al analfabetismo. Pero, al cabo, ambas especies delinquen porque la corrupción no tiene que ver con el nivel de cultura y alfabetización, sino con la honradez, la responsabilidad y el respeto al prójimo. 

Mejor formar que informar

Se puede ser ilustrado y erudito a la vez que egoísta, irresponsable y hasta terrorista. La instrucción consiste en acumular conocimientos sobre determinados fenómenos, cifras e ideas. Pero tiene poco que decir cuando suena la hora de la práctica moral. De donde se deduce que los ordenadores son más “instruidos” que los seres humanos. El ordenador, como el erudito, maneja un mayor volumen de datos que, lo mismo pueden servir para dar de comer al Tercer Mundo que para aumentar el arsenal atómico. 

La educación, en cambio, apunta a desarrollar a la persona en todas sus dimensiones. Formar, más que informar, es su tarea. La voluntad, la sensibilidad, la imaginación —junto con la inteligencia— juegan un rol destacado en la formación.

Con la instrucción sola no basta. Saber listas de reyes, escritores, capitales y símbolos químicos está bien. Sirve como buen ejercicio mental y ayuda a ganarse la vida. Pero la opción acertada ante el misterio que es la vida y la muerte, ante el prójimo que amo u odio… eso no lo proporciona la instrucción ni la información. 

En el país existe una multitud de informadores dependientes del Estado y/o de la empresa privada. El programa, el horario, las evaluaciones… todo está bien reglamentado. En cambio escasean los formadores. La familia suele abdicar en los maestros y éstos con demasiada frecuencia piensan que su obligación termina con la transmisión de conocimientos. 

El problema se agrava cuanto más se depuran las técnicas de la enseñanza y aumentan las posibilidades del vicio. El instruido tiene más herramientas a su alcance. Con ellas puede hacer más bien o más mal. Depende del uso. Quien sabe leer, lo mismo puede llenarse la cabeza de novelas pornográficas que de de la espiritualidad de S. Juan de la Cruz.

El sabio es capaz de actuar con sensatez en las cuestiones prácticas, en particular sabe tratar debidamente con los demás y gestionar sus propias emociones. Pero no es propiamente sabio el ilustrado, con capacidad para saber cómo funciona el último cable del robot o para conocer los enmarañados comportamientos de los dineros en la bolsa. 

La causa del desequilibrio

¿Por qué el desnivel entre cultura y analfabetismo moral? Una respuesta contundente seguramente es imposible, pero sí cabe apuntar a algunos elementos que quizás ayuden a su formulación. En primer lugar –más allá de la propia opción moral, y ateniéndonos al papel del maestro− la masificación en las aulas, las de los colegios y las de la Universidad. Los nombres de los estudiantes constan en el fichero de la Secretaría, pero no en la mente y el afecto del profesor. En tales condiciones, ¿cómo transmitir una visión de los valores más vitales? ¿Cómo influir en los centros afectivos del educando? 

Otro factor negativo consiste en la excesiva especialización. A las personas que saben mucho de un tema, muy poco de los demás y transitan por el mundo con una deficiente calidad humana, les interesa parapetarse detrás de los conocimientos de que disponen. Personas de este calibre esconden más de lo que enseñan. 

Un tercer elemento que atiza el fuego del analfabetismo moral es la falta de vocación para la enseñanza. La generalización sería imperdonable, pero en numerosos casos la vocación brilla por su ausencia. Muchos maestros cumplen con su jornada laboral y ya está. Los alumnos son para ellos el pretexto para el cheque de final de mes.

Profesor viene del latín “profiteri” que significa profesar, decir íntimamente la verdad. Quien enseña sin conectar con lo más hondo de su verdad no puede ser llamado ni educador ni profesor. 

sábado, 30 de agosto de 2014

Éxitos que acarrean fracasos


Asombra la complejidad del ser humano. Por más que el psicoanálisis escudriñe hasta los últimos confines de su intimidad, no logra sacar a flote conclusiones ni resultados definitivos o plenamente satisfactorios. Quizás se le pida demasiado a esta ciencia que, por lo demás, no es exacta. Desde el diván del psicoanalista no se otean todos los horizontes.

Si recurrimos a los sociólogos, antropólogos y demás, tampoco ellos nos dan la medida exacta del corazón que rige los destinos de cada hombre o mujer. Por supuesto que los esfuerzos de todos ellos desvelan un poco el secreto de la humana existencia, pero no ofrecen la última clave de su comportamiento.

Se ha dicho y repetido que en la actualidad se abren posibilidades insospechadas lustros atrás. Podemos avanzar en múltiples campos y facetas. Disponemos de un notable margen a la hora de modelar nuestros músculos y de hablar un idioma extranjero. Somos capaces de familiarizarnos con los signos del pentagrama y aproximarnos a los misterios de la genética… No faltan en la sociedad quienes desempeñan con competencia y eficacia profesional sus tareas. 

Sin embargo, muchos fracasan en el objetivo principal: ser personas humanas dignas y competentes. Dan vueltas en torno de sí mismos, sin llegar a desentrañar el sentido de su existir. Se deprimen, sufren, viven atrapados, atrofian sus mejores posibilidades. 

El entorno invita a moverse, relacionarse, multiplicar los contactos con los demás. No hablemos ya del campo virtual donde en un día se pueden hacer trescientos amigos. Bien enfocado el asunto, y con mesura, tales posibilidades enriquecen a la persona. Pero en cuanto uno se descuida, se dispersa y fragmenta hasta el punto de desfigurar su esencial modo de ser. A veces sucede por no defraudar unas exigencias sociales muy discutibles, otras por pretender desempeñar unos roles que más bien resultan máscaras. 

Las ocupaciones nos arrastran como un torbellino. Los medios de comunicación asaltan nuestra intimidad. Vivimos deprisa y agitados. Tenemos el oído presto para lo que es más urgente, pero se da el caso de que lo urgente difícilmente suele coincidir con lo importante. Se piensa que uno mismo siempre está ahí para reflexionar. Mañana habrá tiempo, un mañana que acaba por no llegar jamás.

Orgullosos, pero amenazados

Pronto nos habituamos a las ventajas y posibilidades que la técnica, la medicina y la cultura nos brindan. Pedimos que no falte el ADSL, exigimos medicamentos sofisticados. Nos parece normal que internet ofrezca un menú casi infinito sobre ciencia, literatura, medicina e información general. Seguramente no valoramos en su justa medida las comodidades que tenemos al alcance de la mano, a la distancia de un clic. Bueno sería un suplemento de gratitud a nuestros ancestros y a quienes empujaron los logros conseguidos. 

Como fuere, el hombre actual, a diferencia de años atrás, se siente menos orgulloso de los resultados obtenidos. Empieza a recelar incluso de su propio poder, sospechando —como el aprendiz de brujo— que quizás todos los avances se le desplomen sobre su cabeza y le conviertan en víctima propiciatoria. 

En todo caso las complejas estadísticas, censos, cómputos, padrones e índices de desarrollo se tornan mudos cuando se les interpela acerca de la cuestión definitiva: si la vida del ser humano ha devenido más humana, libre y gozosa. Porque pudiera suceder que uno ande bien equipado, pero… ¿y si termináramos siendo una pieza de la enorme maquinaria en funcionamiento? ¿Y si el poder de los artilugios y las técnicas se descontrolan, se derrumban sobre nosotros y nos aplastan? 

Puede que la sociedad funcione de modo eficiente, pero ya nadie sabe apenas a qué oficinas van a parar las secretas informaciones sobre el ciudadano, ni quién carga con la responsabilidad de que sólo la verdad sea registrada. Nadie sabe dónde ir a reclamar si le falla la justicia o el ordenador le acusa de un delito que no ha cometido. Andamos perdidos en un laberinto del que apenas se escapa a golpe de cheque o de influencia.

Hay más coches de lujo circulando por las avenidas, más electrodomésticos en los hogares. Lamentablemente al precio de que otros muchos jamás los posean. Existe mayor grado de bienestar, del todo compatible con un mayor grado de marginación. Se multiplican las fábricas al ritmo de la contaminación. Los duración de la vida se ha alargado por varios años, pero no se puede afirmar que ha mejorado la calidad del vivir en gozo, poesía y solidaridad, que es justamente lo que le pone la etiqueta de felicidad a la vida. 

Quizás afinamos más en los derechos humanos de los ciudadanos, aunque mientras tanto se multiplican las facciones en los partidos y los divorcios en las familias. Aparecen los delincuentes como hongos y sobreviene a muchos la muerte antes de hora. Por no mencionar las crueldades de los yihadistas y compinches. 

Cada vez más ciudadanos toman conciencia de que el hombre de nuestra sociedad se halla un tanto perdido, víctima de sus propios logros, esclavizado por las fuerzas que ha desencadenado, amenazado en su intimidad más profunda. Por supuesto que lamentar los avances obtenidos sería una estupidez. Lamentemos que los avances no hayan servido para que los ciudadanos se hayan dado un baño de humanidad. No es el instrumento el culpable de nuestros males, sino de las intenciones frívolas o egoístas de quienes los manejan.

miércoles, 20 de agosto de 2014

La pedagógica leyenda del Rey Midas

                          


Resido en la hermosa isla de Mallorca, repleta de turistas en esta época veraniega. Cada noche los noticieros de la televisión —y otro tanto se diga de los demás medios de comunicación del lugar— dedican un notable espacio a asuntos relacionados con la corrupción y los juzgados. El conjunto no da para sacar conclusiones ejemplares y sí, en cambio, para menguar la confianza en el género humano. 

El yerno del que fue Rey hasta hace unos meses, la princesa su consorte, la Presidenta del Consell de Mallorca, la cúpula del partido “Unió Mallorquina”, periodistas y regidores, banqueros y contables... todos declaran ante los jueces. Unos se libran de la cárcel pero no de la multa. Otros tienen más suerte y no pagan con su dinero ni con su libertad. Unos pocos acaban entre barrotes. Uno de ellos, el que fuera Presidente del gobierno balear. Estoy convencido de que otros muchos no dejaron huellas suficientes de sus fechorías y de ahí que sigan en sus casas. Su conciencia no refulge más que la de los condenados. 

Exactamente lo mismo sucede a nivel del país. Cada día se descubren nuevos chanchullos, en ocasiones de gran envergadura. El mismísimo Presidente del Gobierno está bajo sospecha y muchos índices acusadores le señalan, por más que el tal señor aparente que el asunto no va con él. 

Por asociación de ideas, por un vaporoso afecto hacia los mitos reconocidos de nuestra cultura, mi pensamiento se dirige al Rey Midas. Sí, el que convertía en oro cuanto tocaba con sus manos, pero también el que lamentó profundamente esta capacidad. La leyenda más conocida del tal Rey cuenta que se tropezó con un dios extraviado y le puso en la dirección correcta. El dios Sileno quiso agradecer el favor accediendo a la petición del Rey, fuera cual fuera. Se le ocurrió pedir que se convirtiera en oro todo cuanto tocara.

El Rey actuó con total imprudencia y demostrando escasas luces. Le cegó la ambición y el oportunismo. Luego aconteció lo que era previsible. Cualquier alimento o bebida se convertía en oro antes de arribar a su estómago. Cuanto más metal amarillo acumulaba, tanto más hambre padecía. Fue el justo castigo a su ambición. Se cumplió aquello de que “por la boca muere el pez”. Se arrepintió, claro, y de nuevo suplicó al dios que le retirase tan extraordinario don. Así lo hizo mandando que se lavara las manos en un río.

Una leyenda sin desperdicio

Se me antoja una leyenda sin desperdicio, de una pedagogía sin igual. Nuestros contemporáneos necesitan escucharla a fin de no caer en la trampa. En el oro, en el dinero, se supone la solución a todas las necesidades, deseos y caprichos. Lo es en parte, pero al precio de que todo se convierta en oro, al precio de renegar de la condición humana y de lamentar luego tanto desvarío. 

Se arrepiente uno de declarar ante el juez, de ser perseguido por los fotógrafos cual vulgar chorizo, de sufrir el menosprecio de los articulistas en la prensa y de escuchar los insultos de la gente de a pie. Habían sido personajes famosos años atrás. A su paso se doblaban los espinazos y los ciudadanos ansiaban fotografiarse junto a ellos. Ahora se encuentran solos, abominados y aborrecidos.

El Rey Midas vino a ser ejemplo de las palabras —aún no escritas— del evangelio: “la ceguera propia de la riqueza ahoga la Palabra y no puede producir fruto”. El oro corroe el sentido de la vida, es el abono más apropiado para alimentar la autosuficiencia. Quien cree conseguirlo todo a golpe de cheque —lo mismo en el supermercado que en los tribunales— suele mirar por encima del hombro a su prójimo necesitado. Los demás no tienen rostro, sólo son pacientes, clientes, consumidores. Individuos a los que sacar algún beneficio o blanco de sus trapacerías. 

Tal es la confianza depositada en el dinero que acaban pro perder la perspectiva, pisan la raya de la cordura y llevan a cabo tejemanejes y canalladas que acaban descubriéndose. El mal olor a podredumbre y el volumen de la trastada ya no pueden mantenerse en el anonimato. Al contacto con el oro el corazón se endurece y la vista no distingue más que el color del dinero. Al resplandor de su brillo se planean jugarretas ruines, se establecen pactos deshonrosos y se ponen en pie amistades infames. Un brillo insano, artificial y perjudicial que nada positivo presagia.

Más allá del relato legendario me imagino a nuestro protagonista cayendo de bruces en la soberbia. El Rey Midas, antes de arrepentirse de la fatalidad que le perseguía, empezó a sobrevalorarse al comprobar que a su alrededor yacían montones de oro. Se sintió poderoso, tasó por más de la cuenta su coeficiente intelectual. Pensó que los pobres lo eran por faltarles el sentido de la oportunidad.

El Rey Midas caminó por los senderos sucesivos de la ambición, la imprudencia, la desesperación, la soledad y el arrepentimiento. Se me antoja que el itinerario de los poderosos caídos en desgracia transita caminos parecidos. Algunos han viajado desde el palacio hacia la cárcel con parada y fonda en los tribunales.

lunes, 11 de agosto de 2014

Carta a María de Nazaret


En próximas fechas se celebrarán fiestas de la Virgen muy populares: la Asunción a mitad de agosto y el nacimiento a principios de septiembre. Esta última suele coincidir con numerosos festejos en villas y campos. Y la Virgen carga sobre sus espaldas tradiciones valiosas, costumbres curiosas y algún que otro acto folklórico entre anodino y grotesco. Se me ocurre escribirle una carta abundando acerca de su rol —de acuerdo a mi entender— y confiando que a ella le parezca bien el contenido. Después de todo habito en el santuario mariano más visitado de Mallorca y comparto con los feligreses que suben la montaña.  

María —o Miriam, como te llamaban en Nazaret— de seguro estás al corriente de las muchas celebraciones y festejos que se hacen en tu honor. Los estudiosos de tu época, atentos a las costumbres que vigían por entonces, aventuran que tú no supiste de letra. Pero tras tantos años en el cielo, rodeada de doctores y doctoras de la Iglesia, seguro que la situación ha cambiado. De seguro sabes muy bien lo que tus hijos se llevan entre manos.  
Un cambio asombroso
Es asombroso lo que ha sucedido contigo. Hace 2.000 años te conocían los familiares, unas cuantas amigas de adolescencia y luego también los discípulos más cercanos a tu Hijo Jesús. Hoy, en cambio, nuestro mundo está sembrado de santuarios marianos. Miles de mujeres se identifican con tu nombre. Tus imágenes parecen reproducirse por generación espontánea. Articulistas y charlistas escudriñan las pocas palabras que nos dejaste y hasta dicen muchas cosas de su propia cosecha.
Sorprende cómo, en determinadas épocas, te han ensalzado sin mesura y hasta han hecho de ti bandera de no sé cuántas virtudes. No hace tantos años que una literatura un tanto barroca te llamaba Princesa, Rosa, Torre de Marfil, etc. etc.
Mucho me temo, sin embargo que, con el mejor deseo de enaltecerte, se te alejaba de nuestra realidad de cada día. Tan arriba colocaban tu pedestal que te veíamos borrosa y desenfocada. No sé lo que pensarás, pero yo prefiero volver los ojos a tus orígenes que nos hablan de sencillez y cercanía. Quiero venerarte, claro está, pero sin dejar de imitarte. Siempre he sospechado que hay quien se llena la boca con títulos y frases para deleitarse. Sí, para expansionarse en sus afectos marianos y bajar luego con buena conciencia los peldaños del santuario a fin de cometer sus trastadas.  
En un cartel colocado en el pórtico de una Iglesia leí una vez: “Dios la llenó de gracia, nosotros de joyas”. Un tanto provocativo sí lo era el autor de la frase, aunque no andaba tan huérfano de razón. Porque los textos normativos de la fe te presentan sin adornos, humilde mujer de Nazaret, sierva del Señor.
No acabo de entender por qué el integrismo, el triunfalismo, el chauvinismo han tratado de secuestrarte una y otra vez. Tampoco comprendo por qué ciertas oraciones rezuman de interjecciones y admiraciones cuando se dirigen a ti. ¿Será para disimular lo menguado de su contenido? Ni llego a descubrir el motivo por el cual tanta gente tiene la extraña manía de involucrarte en amenazas y lúgubres mensajes. La verdad es que tú irradias muy otra atmósfera.
Una cosa es cierta, tú compartiste las preocupaciones de un hogar, experimentaste la dificultad de la fe, te inquietaste cuando tu hijo adolescente se perdió por el camino, te indignaste cuando tuviste que pagar a los romanos un impuesto de tu escaso presupuesto. Y, al final, supiste decir que sí. Aún resuena por el espacio cósmico el sí de la Anunciación. El sí que convirtió tu seno en el punto de encuentro entre Dios y el hombre. El sí que ha impulsado tantos otros “sí” de tus hijos creyentes.
En la penumbra
A lo largo de los siglos muchos han visto en ti a la Abogada de los humildes y los humillados. Durante dos milenios la liturgia te ha celebrado como Madre de Dios. Ahí están tus títulos de grandeza y no necesitas otros. Los ojos de los creyentes tienen motivos suficientes para fijarse en ti, que cambiaste el nombre de Eva por el de Ave, como dice un bello cántico en tu honor.  
Me da la impresión de que tu estilo estuvo marcado por la mesura y la penumbra. Fuiste presencia confortante para Jesús, para José, para los Apóstoles, para tus vecinos. Pero no lo proclamabas voz en grito. Exactamente como el sol calienta y alumbra sin que apenas nos demos cuenta. Como la raíz de un árbol que sustenta tronco, ramas y frutos, pero se mantiene en el anonimato.
Para mí que la mejor manera de quererte consiste en seguir tus huellas. Construir fraternidad desde el anonimato, con esfuerzo, oración y trabajo. Decir sí cuando hay que decirlo, aunque no se vislumbre adónde nos conducirá. Repetir que Dios ensalza a los humildes y despacha vacíos a los potentados. Repetirlo y obrar en consecuencia.
Nada tengo que decir contra las flores que los peregrinos depositan a tus pies, ninguna queja tengo contra los piropos que tus fieles van desgranando mientras susurran las letanías. Pero prefiero rezar el “Magnificat” y no desviarme de tus huellas. No seré yo quien baje tu estatua del pedestal, pero prefiero imaginarte entre las vecinas de Nazaret con las manos callosas.

Un filial abrazo. 

miércoles, 30 de julio de 2014

La simpleza de enfadarse


Enfadarse o impacientarse son dos hechos o dos procesos que, mirados al trasluz de la sensatez, tienen muy poco sentido. Dos declaradas tonterías. ¿Por qué? Pues para empezar porque el sujeto que se enoja y se impacienta es el mismo que tiene la culpa de lo que le pasa. Nadie le obliga a ponerse de mal humor, a agitar su psicología, ni a gritar con malos modos a quien se halla alrededor. En todo caso le empujan y aguijonean, que no es lo mismo. 

Muy pocas veces vale la pena alterarse. Mejor decidir que los ladridos ajenos no alcanzan a perturbar la serenidad de uno o, si se prefiere una metáfora no menos prosaica, que los rebuznos del entorno no le afecten. Al fin y al cabo es sabido aquello que no ofende el que quiere sino el que puede.

¿Quiero con esto decir que uno debe seguir su camino y hacer caso omiso de las protestas o lamentos que apuntan hacia él como destinatario? Desde luego que no. La tozudez, por asociación de ideas, lleva a pensar en los asnos. O a suponer de antemano que a uno siempre le asiste la razón. Una tal actitud mucho tendría que ver con la arrogancia o la prepotencia o con ambas cosas a la vez. 

Nunca está de más mantenerse dispuesto a escuchar y a recelar de las razones de uno. Pues la presunción de que el propio coeficiente intelectual es superior al del prójimo no suele arrojar buenos resultados. Las ideas y las actitudes son susceptibles de mejoramiento. Nada mejor que el espejo que son los ojos ajenos para caer en la cuenta de los propios errores o de las sinrazones que uno esgrime, a poco que se le suban los humos a la cabeza.

Lo que pretendo dar a entender, al referirme a los ladridos y a los rebuznos, es que las advertencias del prójimo no deben ser razón para alterarse, aunque resulte saludable escucharlas. Y en este sentido tal vez no ayude demasiado la referencia a los sonidos emitidos por perros y asnos. El hecho de enfadarse es una sandez porque, después del trabajo de enfadarse, uno debe abordar la tarea de desenfadarse, como bien formula la sabiduría popular al afirmar que el que se enfada tiene dos trabajos. 

El dudoso atractivo del enojo

La gente se enfada, a pesar de todo, porque este estado de ánimo irradia un cierto atractivo. Da la impresión de que uno vive con más intensidad. Al amigo de los enojos le sucede quizás lo que al amigo de los tragos. En un primer momento experimenta una manifiesta euforia, exactamente como el que se echa una copa de más entre pecho y espalda. Una euforia engañosa, claro está. 

Tanto el que ingiere tragos como el que suelta exabruptos regresan a la normalidad, al cabo de un tiempo. Entonces perciben que se han encaramado más de lo conveniente. Se hallan situados en lo alto de un pico, sienten vergüenza por las miradas de las que son objeto. Les sabe mal haber hecho el ridículo. El que ha abusado del alcohol y el que se ha enfadado viven una situación parecida. El bebedor, a causa de una copa de más, reconoce que metió la pata ejerciendo de indebido protagonista. El enojado no desea sino regresar apresuradamente del volcán de sus exabruptos y daría cualquier cosa por volver atrás de la destemplanza manifestada. 

Más difícil de regresar al estado normal le resulta al hombre público que se excedió con los insultos y se pasó de la raya con su verborrea desbordante ante el micrófono. Un defecto, por cierto, muy común y repetido, el de la incontinencia verbal. El micrófono produce una euforia de la que uno se arrepiente apenas ha acabado de hablar. Luego es probable que el eco de lo que dijo le persiga a lo largo de los años, siempre que no se extinga la memoria a su alrededor.

Lo cierto es que, atendido el conjunto, es más aconsejable echar mano de la paciencia que del enojo. Al fin y al cabo los embrollos en que uno se mete tendrá que solucionarlos él mismo. Definitivamente, todo da a entender que es más inteligente revestirse de paciencia. Es decir, vale la pena mantenerse en posesión tranquila de uno mismo. Entre otras cosas porque el paciente está en mejores condiciones de actuar y reaccionar que el individuo agitado, nervioso y bullicioso. Por eso suele ser una receta acertada la de reestrenar la paciencia a quien la agotó previamente. 

Perder la paciencia equivale a extraviar algo todavía más valioso: la plena y serena posesión de uno mismo. Porque enfadarse consiste en huir de sí, de los tranquilos dominios en que uno se halla asentado. Pero al perder pie en el terreno sólido y conocido del propio hogar, fácilmente el individuo es presa de las olas de la ira. ¿Adónde le llevará este coctel explosivo elaborado a base de ira e impaciencia?

domingo, 20 de julio de 2014

Una pregunta que dura 2.000 años

Acabo de entregar un texto de Cristología para que sirva como punto de referencia a los estudiantes de una reconocida institución académica. Perdonen que no diga el nombre, pues forma parte del convenio. Ya no es mía, sino de quien la encargó. Me solicitaron la tarea con el fin de actualizar y hacer más atractivos los textos de que disponían.  
Es una tarea que me agrada la de redactar resúmenes y apuntes que ofrezcan las líneas generales de un determinado tema teológico. Y tiene sus escollos, no crean. Hay que elegir las cuestiones de más peso entre las muchísimas que tienen que ver con el asunto. Es preciso optar por una determinada línea que otorgue coherencia al conjunto y al mismo tiempo no desautorizar otras visiones que se mantienen en dentro de la ortodoxia.
Luego es preciso ahorrar palabras para no alargar en exceso las hojas de referencia. También hay que escoger los adjetivos apropiados de entre el numeroso rebaño que pace silente en las páginas del diccionario. Se precisa mantener el interés para que el lector no pierda la paciencia o acabe noqueado por el aburrimiento. 
No comencé de cero porque trabajos semejantes he realizado bastantes en mis largos años de profesor en Mallorca, Santo Domingo y Puerto Rico. En este espacio ofrezco al eventual lector una página del prólogo recién escrito.

Cristiano no lo es, sin más, quien cree en Dios, sino quien cree en Jesucristo o, mejor aún, el que cree en el Dios de Jesucristo. A este Dios que nadie ha visto nunca excepto el Hijo. Él es quien nos lo revela. Aunque con frecuencia hay quien está dispuesto a dar más crédito a los propios prejuicios o los conceptos heredados y estereotipados que al Hijo revelador.
El remedio a estas distorsiones radica en escuchar de nuevo y con toda atención a Jesús de Nazaret. Porque el nombre de cristiano exige el seguimiento a su persona, celebrar su memoria y sentirse convocado por Él junto con otros hermanos.
Con lo cual debemos abordar de nuevo la pregunta que resonó hace dos mil años, cuando Jesús preguntó a los suyos: “¿y vosotros quién decís que soy yo?” La historia todavía no ha terminado de responder la pregunta. La cristología debe seguir repensando el alcance de la persona y la obra salvadora de Cristo, de acuerdo con las circunstancias de cada momento.
Quien formulaba la pregunta tenía probablemente la apariencia y las maneras de un campesino, aunque la tradición pictórica nos los muestre con un perfil muy distinto. Caminaba por las calles de Palestina rodeado de gente inculta, huérfano de títulos y soportes. No disponía de dinero, ni de buenas relaciones sociales, ni de armas. Los poderosos lo miraban de reojo y no sin recelo. Hacía tambalear sus costumbres, parecía predicar a un Dios revolucionario, nuevo y desconcertante. Comía con pecadores, perdonaba a las adúlteras y no le preocupaba demasiado la tan venerada Ley de Moisés.
En realidad, tampoco los pobres lo entendían del todo. Los enfermos, una vez curados, olvidaban el favor y a su autor. La multitud iba detrás de él para saciar el estómago. Para los miembros del partido radical y violento tenía maneras demasiado suaves. Mientras que para los guardianes del orden resultaba peligroso, ya que su carisma y su afabilidad rendía a la gente a sus pies. Era un peligro, sí, por cuanto enseñaba cosas inauditas para un buen judío. Por ejemplo, que el sábado es para el hombre, y no al revés.
Los hombres cultos le despreciaban, la casta sacerdotal estaba convencida de que era un blasfemo. Los amigos lo abandonaron al experimentar la malevolencia de sus adversarios e intuir hasta donde eran capaces de llegar. La muerte rondaba cerca. Cuando la losa selló su sepulcro todo hacía presagiar que la aventura había finalizado de manera irreversible. La Ley le había devuelto el golpe. Los hombres del orden podían dormir tranquilos de nuevo. Nadie estropearía su digestión.  
Veinte siglos después el mundo sigue fascinado por la personalidad de Jesús. La historia se divide entre el antes y el después de su nacimiento. En todas las culturas, desde todos los puntos geográficos surge quien quiere seguirlo, quien está dispuesto a profundizar sus palabras, quien desea contagiar el mensaje a su alrededor. No obstante las crisis económicas y el auge de los laicismos, las editoriales gastan ríos de tinta publicando sobre Él. Y cada domingo un gran número de hombres y mujeres se sienten convocados cabe el altar para hacer memoria de su última cena.
Hay quien traspasa los muros de un monasterio para reflexionar de por vida sobre su palabra, quien renuncia al dinero, al placer, a la familia, a fin de extender su influencia y aumentar el número de los discípulos. Por causa de Jesús muchas personas, ayer y hoy, han abrazado el martirio, muchas mujeres han dedicado su vida a los enfermos y a la enseñanza de los pobres.
¿Quién es Jesús? Habrá que tomar en serio sus palabras y sus criterios si, como dijo, es el camino, la verdad y la vida. Necesitamos, en efecto, de alguien que nos dé la mano cuando caminamos desorientados, que nos ofrezca ternura y esperanza, que nos haga vislumbrar un futuro más optimista.
La cristología puede consolidar algunos conocimientos y abrir nuevos horizontes hacia Jesús, el Cristo. Cierto que la teología no es la fe, ni tiene la menor posibilidad de sustituirla, pero se deja guiar por esta fe mientras realiza la tarea de ilustrarla y sistematizarla.
La imagen de Jesús que cada uno guarda en su mente y su corazón, condiciona inevitablemente su imagen de Iglesia, su actitud moral, su reflexión sobre la vida religiosa o la vida laical. Un perfil triunfal o humilde de Jesús, intolerante o acogedor, condiciona las actitudes y sentimientos respecto del propio ideal de vida y del trato con el prójimo. La cristología nos lleva de la mano a las fuentes para comprender mejor su misterio y luego actuar en consecuencia. 

jueves, 10 de julio de 2014

Inventos equívocos


Todos los inventos tienen sus detractores, sus fanáticos y sus agoreros. Cuanto más trascendente resulta ser el invento, mayor es la intensidad que ponen unos y otros en venerar o atacar el objetivo. Así ocurrió con los trenes, los automóviles, el teléfono y la electricidad. La cibernética no iba a ser una excepción.
Bienvenido sea toda idea y todo artilugio que ayude a hacer la vida más llevadera y más solidaria. Ahora bien, por lo general los inventos son armas de doble filo. Su bondad está en relación directa con el uso que se les dé. De ahí que nadie debería precipitarse en la alabanza incondicional, como tampoco prestarse a apocalípticos e intempestivos vaticinios.
Habría que echar mano de antiguas experiencias para caminar con cautela por este mundo movedizo de la técnica y sus avances espectaculares. Los viejos pensadores de la Ilustración estaban convencidos de que la información resultaría un arma letal para la injusticia. En cuanto la maldad apareciera al descubierto, sus causantes huirían avergonzados y no se les ocurriría repetir las bajezas realizadas.
Sin embargo, ha transcurrido un tiempo prudencial desde los ilustres ilustrados. En ocasiones la información desanima al malhechor, pero lo cierto es que hoy día nos bombardea de tal manera que nos resbala. Acabamos siendo impermeables al aguacero constante en que se convierten las agencias de noticias sirviéndose de instrumentos cómplices: fax, correo electrónico, web, teléfono, celular, redes sociales, etc.
Informaciones imposibles de ser digeridas
Apenas llega a nuestros oídos una noticia, una masacre, un terremoto... ya inicia el reflujo, dado que otras informaciones más recientes y quizás de más calibre requieren la atención. Con lo cual acabamos fabricando un callo interior que adormece las fibras más sensibles.
Las matanzas y las ejecuciones, las hambrunas y las catástrofes por lo general suponen una inyección de compasión o indignación hacia nuestros semejantes. Pero la información constante acerca de las injusticias y los sufrimientos a lo largo y ancho del mundo acaba por hacer las veces de un poderoso anestésico que inmuniza frente al dolor ajeno. Los excesos agotan toda capacidad de indignación. Nadie puede estar indignándose o compadeciéndose en serio cada cinco minutos.
En el caso del último y más impactante invento, el de la computadora, se encuentra uno con reacciones para todos los gustos. Desde el que lo reverencia situándolo en la cumbre del desarrollo humano hasta el que lo denigra como una puñalada al corazón de la humanidad.
Personalmente la computadora se me antoja un fabuloso invento que facilita la vida a numerosas personas y acelera el ritmo de los negocios y los archivos. Internet es una ventana al mundo, un artilugio para ponerse al día en mil asuntos, para divertirse, para comunicarse con rapidez y economía. Aunque sigue siendo un artefacto, un instrumento, un medio para un fin. Se puede usar bien y se puede usar mal. Puede alimentar inquietudes o abotargar actitudes.
Sí, puede usarse mal y contribuir, entre otras cosas, a que nuestra ciencia se aloje más lejos de nosotros mismos. Hasta ayer la enciclopedia de papel recogía una enorme dosis de sabiduría. Por ello quizás pareció fuera de lugar enseñar a los niños unas listas de sabios, de ríos, de fechas relevantes o de gobernantes. Bastaba con acudir al libro que cargaba sobre su lomo todos estos datos. Pero no es lo mismo... La capacidad de recordar, de combinar conocimientos y de razonar quedó malparada.
Hoy día la ciencia se ha especializado de manera alarmante. El viejo sueño de un Aristóteles, de un Leonardo Da Vinci o incluso de un Voltaire de acumular todo el saber en una mente humana ya es del todo imposible. Tampoco existen enciclopedias que resuman toda las gamas de la ciencia. Se dan libros especializados en tecnología digital, en Biblia, en álgebra, en electricidad, en mitos antiguos...
Dependientes de una memoria exterior
¿Resultan favorables o negativos los avances que nos ocupan? Yo no pongo ni quito rey, simplemente digo que se pueden usar bien o mal. Viene a cuento el pasaje de Fedro escrito por el filósofo Platón. Resulta que Theut, uno de los antiguos dioses, mostró a un rey de Egipto toda la gama de sus artes. En cuanto a la escritura le dijo que “haría más sabios y más memoriosos a los egipcios, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría”.
El rey no se entusiasmó con la novedad. Alegó que semejante invención "es olvido lo que producirá en las almas de quienes la aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos". Los temores del rey apuntaban a que, al fiarse de la escritura, el individuo enajenaría su sabiduría. Sería incapaz de valerse por sí mismo. Ya para siempre necesitaría de una muleta exterior a él a fin de desenvolverse debidamente.

El paso a que nos hemos abocado es de mayor gravedad. Almacenamos cuanto sabemos en la memoria de una computadora. ¿Necesitaremos llevar en el bolsillo un artilugio digital que nos ayude a contar, a pensar, a recordar nuestras sensaciones vividas? Nos adentramos por preocupantes encrucijadas. Aunque, por supuesto, sé muy bien que la historia no vuelve atrás y que, a pesar de todo, la computadora es un maravilloso invento.   

lunes, 30 de junio de 2014

La ambigüedad de las circunstancias




La joven había nacido en Italia y se la conocía con el nombre de Patricia. No era físicamente agraciada, pues un grano inoportuno le creció entre nariz y pómulo. Los rasgos del rostro perdieron armonía, lo cual la relegó a ciudadana invisible. Pues es un hecho que para muchos varones las mujeres que no destacan por sus rasgos faciales armoniosos, por sus curvas insinuantes y atractivas, o por una mata de pelo lustrosa y generosa, en la práctica no existen. Pasan inadvertidas por las calles de la ciudad. 

Volvamos al núcleo del asunto. Un día Patricia quería viajar, pero los horarios de los trenes no le cuadraron. Se desplazó a la carretera más próxima y empezó a expresar, cabe la orilla, con gestos explícitos, su deseo de que algún automovilista la condujera hasta la cercana población. 

Unos por afán de llegar temprano a casa, los otros porque desconfiaban en principio de la gente de la carretera -andaba mucho maleante suelto por ahí- lo cierto es que pasó un largo rato gesticulando inútilmente. 

De pronto alguien detuvo el vehículo. Con lentitud examinó la silueta y el rostro de Patricia. Al observar la protuberancia junto a la nariz le espetó con cruel indelicadeza: “eres demasiado fea para que te lleve conmigo”. Patricia permaneció sola, muy sola, sobre el asfalto y con unos deseos irrefrenables de romper en llanto. 

Pasados unos días, atenuado el trauma, la muchacha leía distraidamente el periódico cuando vio la fotografía del hombre que le dirigió tan despiadadas palabras en la carretera. Decía la noticia que había asesinado a diecisiete jóvenes de muy buen ver que buscaban quien las condujera a su casa al final de la jornada. 

Aquí acaba esta historia entretejida con mimbres de crueldad, de angustia, de indelicadeza y sangre. Pero el terreno está abonado para iniciar una reflexión al socaire de la crónica. 

Los defectos, un reto hacia el éxito 

Patricia, acomplejada por su grano en pleno rostro, bien habría podido un día acudir al quirófano del cirujano plástico y acabar para siempre con lo que creía la causa de sus desventuras. Ahora yacería inerte tras ser asesinada. Patricia no pasó por el quirófano y el grano en el rostro se convirtió para ella en el símbolo de su salvación. Era el icono que le recordaba la dicha de seguir viva. 

La historia suscita interrogantes y reflexiones. Una idea que probablemente ha aflorado en el lector: a Patricia la salvó un defecto. Y para mí que se trata de una afirmación con mayor densidad de la que uno le atribuiría a primera vista. Los defectos perjudican al sujeto que los soporta, pero también pueden transformarse en áncora de salvación.

Los defectos impiden en un primer momento la plena realización de la persona. Pero, bien manejados, pueden ser causa de numerosos éxitos. La historia rebosa de ejemplos. Un tal Demóstenes padecía graves defectos de pronunciación. Un deseo tenaz le llevó a batallar contra su defecto y se convirtió en el más célebre orador de la antigüedad. 

Mucho más cerca de nosotros, una muchacha de color padecía de una cierta cojera. Tras ejercicios y terapias sin fin, se convirtió en campeona olímpica de velocidad. Perdone el lector que no concrete nombres, fechas ni lugares, pues sólo recuerdo vagamente la moraleja. 

Los defectos pueden hundir, pero también pueden ayudar. Lo que uno percibe como negativo es posible que, convenientemente asimilado, se convierta en un formidable reto y luego en camino hacia el éxito. A algunos les cuesta un esfuerzo casi sobrehumano concentrarse en sus estudios, pero su vitalidad e imaginación les convierten quizás en grandes compositores, excelentes pintores o escritores de gran capacidad descriptiva. 

Se ha definido la perfección como la posesión de todas las cualidades requeridas. Pero cabe preguntarse: requeridas... ¿para qué? Si Patricia tomara la palabra diría que la perfección consiste en tener todas las cualidades requeridas... para morir asesinada. 

Moraleja: aunque en principio hay que tratar de superar las carencias, también puede ser una buena conclusión la de trabar amistad con los propios defectos. Después de todo, no carece de verdad aquello de que conviene hacerse amigo de los enemigos que no se logran vencer. 

Tras la moraleja, una postdata. Entiéndase la intención de este escrito. De ningún modo se pretende defender una especie de pesimismo radical y elogiar por principio cuanto de negativo existe alrededor. Simplemente, la imperfección puede ser acicate para la lucha, camino hacia una mayor madurez y finalmente estímulo para el triunfo. 

Tampoco hay que tomar como regla lo que pueda ser excepción. Sin embargo, sigue siendo verdad que en ocasiones cabe escribir derecho con líneas torcidas, que es posible sacar bien de un mal. Y finalmente téngase muy en cuenta que la lucha templa el camino hacia el éxito. Quien lo posee todo sin esfuerzo no raramente adquiere rasgos abúlicos y deja de interesarle cualquier meta.

viernes, 20 de junio de 2014

La desventura de los aduladores


Cuando un conocido -y más un amigo- consigue ascender en el ansiado escalafón parece de toda lógica que se le felicite. Quizás el hombre -o la mujer, no vayan a anfadarse los amigos del lenguaje inclusivo- lo ha estado deseando íntimamente. Cuando al anochecer se queda solo, con el cargo sobre las espaldas y con el título en la mano, ensancha los músculos faciales en actitud beatífica. Sonríe de felicidad, se siente realizado. 

En este momento ya no tiene que actuar con recato diciendo que él es indigno del cargo conseguido. Ni le es necesario insistir en que su talante consiste en mantenerse siempre a disposición de la causa, pues que no tiene otra meta más que servir y servir. 

Entiendo muy bien que más de uno se sienta en serios aprietos a la hora de felicitar al afortunado. Francamente, no desea ser considerado, ni de lejos, uno más en el coro de los aduladores. Porque es a raíz de ascensos, títulos y premios, que se dispara de manera automática y sin pudor el reflejo adulatorio. Quien mantiene una dosis de dignidad en el cuerpo se lo piensa dos veces antes de prodigar la sonrisa dental, doblar el espinazo y recurrir a cualquier tópico elogioso. 

Se comprende, digo, la reticencia en las felicitaciones. Pues en cuanto el asunto se mira al trasluz de la sensatez se llega a la conclusión, en muchos casos, que el ascenso o el título no comportará un mejoramiento de la persona. Más bien hay que temer lo contrario. El poder, la gloria y los honores son de naturaleza narcótica y adictiva. Las adulaciones tienen la extraña capacidad de embotar la inteligencia. 

De ahí que cueste felicitar honradamente al recién ascendido. El individuo se pasó años y años pendiente de las órdenes de sus superiores. Encajaba humillaciones sin rechistar, se privaba de fiestas y vacaciones si así se lo sugerían o si lo consideraba una buena estrategia en orden a acumular méritos. La familia siempre quedaba en segundo término. Ante todo la oficina, la sonrisa al jefe, la espera de una orden telefónica. 

En los momentos de menor inhibición -una canción en el ambiente, un trago en el estómago- el insistente candidato al medro confesaba su secreto. Estaba convencido de que la mejor manera para medrar en política (el lector puede elegir otros campos) era no tener jamás un no en los labios para el que manda. Importaba satisfacer al jefe, aunque ello implicara descontentar a los iguales o subordinados. Ese era su secreto. Flexible con los fuertes, duro con los débiles. 

El nuevo jefe se traslada en carro oficial, con chofer y escolta. Lo más triste del asunto es que quizás se instale sobre su cabea un aura de felicidad. Porque, si así fuera, hay que desesperar de todo remedio. Si un fondo de amargura y de infelicidad se alojaran en su interior, cabría la lejana posibilidad de que cambiara el rumbo y se redimiera de tanta insensatez. 

Se me ocurre divagar y pensar que un día el feliz ascendido o titulado puede perder su cargo o su nombramiento. ¿Quiénes serán sus amigos? No los tendrá. Pues la cadena de aduladores se rompe en cuanto el falso ídolo cae en desgracia. Después de todo, los aduladores viven y medran a costa de escuchar a quien puede ascender a uno. Si nada puede ofrecer, en buena hora puede despedirse de los elogios ajenos. 

El jefe caído en desgracia tal vez se refugie en los brazos de la familia. Pero en realidad su esposa, sus hijos y sus allegados se han acostumbrado a prescindir de él. Su actitud ante el superior lo mantenía en la oficina o en el trabajo. Fuera domingo o jueves, lo primero eran sus metas. Ahora ya no tienen gran cosa en común. 

A nuestro protagonista se le podría aplicar la frase de Joyce cuando otras eran las prendas de vestir: con el sombrero en la mano se llega lejos. Pero mucho antes existía ya la especie del adulador. Cuenta Plutarco que, preguntado Bías sobre cuál era el animal más peligroso, respondió lo siguiente. Si hablas de las bestias, el tirano; si de los animales domésticos, el adulador. 

El adulador ansía por sobre toda otra cosa sentar sus posaderas en la poltrona soñada. Aunque puede darse el caso de que luego no sepa qué mandar, ni cómo, desde lo alto de su sillón. Sería triste que tuviera que razonar así: soy el jefe... por tanto, lo soy. Puede acontecerles esta reflexión un poco malévola a los que llegaron a la cima sin las necesarias cualidades para desenvolverse en ella.

Sea líder quien tenga algo que aportar, no simplemente el que desea honores de sus semejantes. El auténtico jefe sabe leer las necesidades de los suyos en las pupilas de los ojos ajenos. El jefe sucedáneo sólo busca reflejar su imagen en las pupilas de los subordinados.

martes, 10 de junio de 2014

¿Monarquía? No, gracias.

La disyuntiva acerca de si monarquía o república nos acosa por los cuatro costados en estos días. Algo habrá que decir al respecto. Vaya por delante que ambos conceptos se asocian a un modo de hacer y de pensar marcado por los revueltos años 30 y se aborda el tema más con las vísceras que con la razón.


Uno escucha el vocablo monarquía e inmediatamente la mente divaga por conceptos tales como derechas, oligarquía, conservadurismo, capital, bancos, Iglesia, corrupción…. Y en cuanto resuena la palabra república toman cuerpo las nubes de la anarquía, el desorden, el caos, el izquierdismo, las milicias, el odio a lo religioso, etc. 

Tales constelaciones se han conformado años atrás y la literatura de la guerra civil abunda sobre el particular. Pero de por sí se trata de dos diversos modos de organizar el Estado y la convivencia. En otros países existen monarquías muy avanzadas en lo social y Repúblicas claramente escoradas a la derecha. 

Me propongo expresar mi punto de vista sin focalizar en exceso el asunto en lo que sucedió en la España de los años 30, cuando los ciudadanos usaron la cabeza para embestir más que para pensar. Lo cual desembocó en una cruda y sangrante guerra incivil. Voy a exponer las razones por bloques.

1. Exigencias democráticas

La monarquía se alimenta de un humus que nada tiene de democrático. Tiene que ver con la biología e hay quien pretende incluso que con la elección divina. No es de razón argumentar desde estos supuestos en pleno siglo XXI. La cultura democrática da por sentado que el poder último se asienta en la ciudadanía. Cuando un gobernante no cumple o desagrada, se elige a otro y se acabó. Cualquier ciudadano, en teoría, puede ser jefe de Estado. Obama, hijo de una madre pobre y un padre africano ha llegado a la más alta magistratura en uno de los países más poderosos de nuestro mundo. 

Las monarquías se rodean de un ambiente jerárquico y cortesano que agranda la distancia respecto de los ciudadanos. Por muy campechano que sea, el Rey se sitúa un peldaño más arriba. ¡Por sus venas corre sangre azul! Se trata de una especie de vasallaje desfasado y humillante. Por si fuera poco, el Estado penaliza a quien osa criticar o mofarse del Rey en los medios de comunicación. Y puede exhibir su inmunidad/impunidad por más crímenes que cometa. ¡¿Iguales ante la ley?!

¿Dónde queda la igualdad de oportunidades? Por esencia la monarquía se alimenta de una raíz antidemocràtica. Cierto que en muchas Repúblicas tampoco a la gente se la trata igual ante la ley, pero al menos no se consagra esta teoría. Añádase a ello que en el interior de la misma monarquía –la española, al menos—, tiene preferencia el varón a la mujer. ¿En qué país vivimos?

2. Ínfulas exhibicionistas 

La realeza tiene mucho que ver con palacios, cortesanos, joyas y vestidos. Las revistas de páginas satinadas exhiben y magnifican cuanto acontece alrededor de la familia real. ¿Pertenece la monarquía al ámbito del gobierno o de la farándula? 

El monarca, Jefe de Estado, se mueve básicamente en círculos empresariales y financieros. Es verdad que algunos grupos derechistas han rebajado su fervor por el Rey, pero con él están a partir un piñón el ejército, la patronal y la banca. La apoyaron y ahí se mantienen porque les ofrece un orden constitucional favorable. También respiran aires parecidos –y con pena lo digo— los hombres de Iglesia. Con excepciones, es verdad. 

3. Gastos excesivos y ofensivos

A los reyes y los príncipes les sufragamos los palacios, los viajes en yates, las correrías en las pistas de esquí, los caprichos cinegéticos, las cabalgatas y el golf. Disponen de un sistema de ayudantes, secretarios y escoltas. A cambio leen algún discurso (que por supuesto no escriben) y saludan de vez en cuando. El sueldo de los Reyes y su familia ha sido durante años un asunto totalmente opaco para la sociedad. Últimamente se han dado cifras tratando de amortiguar el golpe de la caída. 

Aún así, se sabe que la familia real gasta muchísimo más de lo que supone el sueldo. Los presupuestos de los diversos ministerios se encargan de camuflar los gastos que corresponden a los desfiles, escoltas, viajes, recepciones y un larguísimo etc. ¿Por qué la gente común debe pagarle gastos suntuarios a un Rey que ni siquiera tiene que responder de sus eventuales crímenes? 

4. De la mano de Franco

Añádase a todo ello que en España la actual monarquía vino de la mano de Franco, el dictador. Un hombre que en su singular intento de regenerar la sociedad aportó la muerte de 192.684 seres humanos y 300.000 desaparecidos. Cifras que he leído y no sé si pecan por exceso o por defecto. Franco, un individuo que con su dictadura sumió al país en un enorme retraso económico y cultural. 

El 18 de julio de 1978, la Casa del Rey publicó el siguiente texto: “Hoy se conmemora el aniversario del Alzamiento Nacional que dio a España la victoria contra el odio y la miseria, la victoria contra la anarquía, la victoria para llevar la paz y el bienestar a todos los españoles. Surgió el Ejército, escuela de virtudes nacionales, y a su cabeza el Generalísimo Franco, forjador de la gran obra de regeneración.”

5. Otros flecos

Por supuesto que existen Repúblicas con gobernantes ineficaces, injustos y hasta pervertidos. Nada tiene de riguroso compararlas con las monarquías más decentes. Se trata de realidades heterogéneas. 

Hay partidos en el país que dicen tener ADN republicano, pero que votan en monárquico porque hace más de 30 años se avinieron a un pacto. Renunciar a los propios principios no se me antoja un correcto proceder. Y, en todo caso, los pactos pueden cambiar transcurridos 30 años. 

Sin ánimo de ofender, pero imagine el lector que el descendiente destinado a Rey sale psicológicamente tarado o con inclinaciones masoquistas o simplemente resulta inepto. ¿No cabe sino aguantarlo y resignarse? ¿No será estúpido un tal proceder? Y conste que las familias reales son pródigas en alumbrar individuos psicópatas, crueles, caprichosos, lujuriosos y dictadores. Repase el lector la biografía de Felipe V, por ejemplo, y sabrá de qué va la cosa. 

¿Qué hace un Rey que no pueda hacer cualquier otro Jefe de Estado? Me atrevo a decir, con ironía no gratuita, que sí hace algo más. En caso de colisión entre la patria que rige y la familia a la que pertenece, el Rey suelen decantarse por quienes alegan tener sangre azul. 

Motivo de más para pensar a fondo si hay que depositar un voto monárquico o republicano en el caso de que uno pudiera pronunciarse. Un caso que no es el caso. Y es que no hay motivo para referéndum alguno, dicen las fuerzas constituidas: “Lo que no está en la Constitución no existe”. Y, añado yo, muchas cosas que están tampoco existen. Por ejemplo, que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada.”