¿Qué celestiales atractivos esconde el poder? ¿Qué
diabólicos placeres produce la sensación de decidir sobre la vida de otros?
Divino o diabólico, no cabe duda de que la tecla del poder pone en acción
formidables apetencias psicológicas.
Apetencias de mando
Existen personas a las que no les falta nada en el plano
económico, que tienen sus necesidades afectivas resueltas. Personas que viven
felices en el círculo de sus amistades y profesionalmente se han realizado.
Pues bien, de pronto surge en ellas un insaciable prurito de mandar, de que se
hable de ellos.
Aun cuando saben de los afanes, presiones e ingratitudes
que envuelven al poder, nada consigue frenarlos. Se tiran de cabeza a este mar
inclemente en busca del prestigio y de experimentar la libido del mando. Aun
cuando se haga mofa del individuo, se le ridiculice, se le amontonen burlas y
escarnios, caricaturas y parodias. Da igual. El poder ante todo y sobre todo.
Cualquier puesto a la cabeza de una asociación, un grupo,
un club deportivo es bueno para saciar sus inclinaciones. Aunque el terreno
privilegiado hacia el cual corren desbocados es el del humus político. Ahí es
donde la libido del mando se despacha a su gusto.
No es por azar que la Biblia mantiene muchas
interrogantes acerca del poder. El libro del Apocalipsis lo presenta bajo la
metáfora de un animal monstruoso que recibe sus recursos del dragón, el diablo.
Se trata de un monstruo tan asombroso que logra impactar a toda la tierra. La
gente sigue a la bestia y exclama: ¿Quién
como la fiera? ¿Quién puede combatir con ella?
El lenguaje y el pensamiento popular también apuntan al
poder como realidad perversa, diabólica. El poder tiende a engrosar sin mesura
ni discreción. Por lo cual, no raramente, acaba en despotismo, tiranía y
dictadura. Basta con echar una ojeada a la historia para convencerse.
Una nefasta espiral
Escribió Hobbes: indico,
en primer lugar, como tendencia general de todos los hombres, un perpetuo e
inquieto deseo de poder y más poder, que cesa sólo con la muerte. Y la causa de
esto no siempre es que se espere un placer más intenso… sino el hecho de no
poder mantener el poder sino adquiriendo más poder.
Ahí radica la clave de muchos autoritarismos: primero hay
que asegurar el mando, echar sólidos cimientos. Luego hay que marginar a los
que compiten por mi mismo poder. Más tarde, silenciar a los que protestan, pues
pueden aglutinar un movimiento contrario a mi situación. Y así se va
construyendo una nefasta espiral dispuesta a engullir cuanto obstáculo se le
ponga enfrente.
Tampoco fue fruto de la casualidad que los antiguos
emperadores romanos, en la cúspide de su soberanía, se les ocurriera hacerse
llamar dioses y señores. Forma parte de la lógica del poder que embriaga,
endiosa y crea dependencia.
Evidentemente, con ello no pretendo decir que el poder
sea objetivamente malo. No lo es. Más aún, resulta del todo necesario, a menos
que regresemos a la jungla donde, por otra parte, los poderes no se eliminan,
sino que se obtienen por medios todavía más primitivos y bestiales.
De todos modos, el poder es tremendamente peligroso. Goza
de tal viscosidad que no hay modo de desengancharse del mismo. Primero se lo
desea íntimamente, luego no consigue uno deshacerse de él. El afectado dice que
quisiera huir, en potencial, pero que el destino le ha puesto ahí, o que le
necesitan y que es insustituible. La pura realidad es que no tiene voluntad
eficaz de apartarse de su compañía.
Una tentación, un abismo
En tiempos de campaña política me parecen del todo
saludables tales reflexiones. Que los ciudadanos no crean ingenuamente cuanto
se les susurra al oído o se les transmite desde la pequeña pantalla. Se dice,
por ejemplo, que se pretende el poder para servir al pueblo y solucionarle sus
carencias…
¿Corresponde una tal afirmación a la realidad? Si se
hacen proclamas de trabajar a favor del pueblo y de la causa común, ¿cómo se
entiende que se busque el poder con malas artes y amenazas? ¿Cómo es posible
que para alcanzar la cima del poder se recurra al fraude? ¿A esto se le llama
servir? Mal se puede decir de ciertos gobernantes que entregan la vida por el
pueblo cuando requieren de la silla presidencial como del aire que respiran.
Tanto afán por servir al prójimo huele a chamusquina.
S. Gregorio Magno llamó al poder “un abismo, una
tempestad”. Ambicionarlo equivale a exponerse sin causa a la tentación. Es
muestra de que se ignoran sus tremendos dinamismos y, por ende, no se está
preparado para ejercerlo. Sentenció el santo: “usa sabiamente el poder aquél
que sabe al mismo tiempo administrarlo y resistirle”.
1 comentario:
El meu comentari és sobre La paràbola de los erizos.
L'he trobat de molt fina psicologia. Adaptar-se a l'atre, essent un mateix. Apropar-s'hi sense fer-se mal l'un a l'altre.
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