El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Lluc y el simbolismo del entorno (y II)


El bosque y los árboles

Los bosques excitaron la imaginación de las sociedades prehistóricas. El conjunto de árboles tenía vida, pero no se movían de un lugar a otro. Cambiaban de aspecto, pero permanecían atrapados en un lugar muy concreto. Para los primitivos los árboles eran muy valiosos: ofrecían alimento, leña y eran aptos para ser transformados en diferentes objetos útiles.

Muy a menudo las diferentes tradiciones asocian el bosque sagrado a ritos de iniciación. Los más indicados apropiados para ello eran los bosques de encinas. Bajo estos árboles los druidas y los antiguos griegos, entre otros, realizaban los ritos más secretos y discutían los asuntos más importantes de la tribu. El vocablo Druida hace referencia al conocimiento de la encina. Y es que atribuían a este árbol numerosas propiedades curativas, casi un poder mágico. En la antigua Grecia la encina simbolizaba la fuerza y la justicia.

Bien se puede considerar que los bosques fueron los primeros templos de la humanidad, lugar en el que se rendía culto a diferentes divinidades y donde éstas se alojaban. La encina fue el árbol sagrado y venerado por los habitantes a lo largo de las regiones bañadas por el Mediterráneo. En Mallorca había abundantes y extensos bosques de encinas. Los ritos funerarios estaban relacionados con la proximidad y el simbolismo de este árbol.


Ya sólo falta decir que Lluc estaba saturado de encinas y que los difuntos de diferentes épocas prehistóricas eran enterrados en cuevas rodeadas de estos árboles. Desde el mismo nombre lucus, se nos sugiere un lugar sagrado. Aquí habitaban los dioses, se enterraba a los muertos y se llevaban a cabo ritos para que la vida fuera dirigida y facilitada per las deidades que tutelaban los acontecimientos humanos.  Todo un ambiente y una atmósfera que de alguna manera aún perdura. Purificada de supersticiones, el alma humana sigue vinculada a los elementos de la naturaleza y no puede hacer nada salvo bracear en el océano del misterio.

El cielo azul

Muchas culturas relacionan el color azul con la divinidad. El motivo es que lo asocian al firmamento —el cielo, habitáculo de Dios— que percibimos como azul. El azul evoca también la eternidad, a lo mejor porque los elementos que se nos antojan más gigantescos y duraderos, como el mar y el cielo, los percibimos de este color.

El azul pues, tiene relación con la calma, la tranquilidad y la melancolía porque sugiere estos estados de ánimo.  De hecho, la obra Azul del poeta Rubén Darío afirma que este color se opone a la desesperación y al sufrimiento y, en cambio, conecta con la esperanza y el ideal. Considera que el azul es el color de los sueños y del arte. El color del océano y del firmamento.

En Lluc hay días en los que el cielo se tapa con la neblina o las nubes. Sin embargo la mayoría de las jornadas veraniegas muestra un azul brillante, sin nube alguna. Entonces genera un estado de gozo, casi de excitación, caminar per los viejos senderos observando el horizonte.


No se olvide la sotana azul de los monaguillos que deambulan por estos parajes cantando a la Virgen. No son angelitos, como muchos visitantes suponen, pero sí saben salir bien ordenados hacia el presbiterio y trepar por el pentagrama. Sus educadas voces son capaces de inducir al llanto a más de un peregrino.

De noche cabe admirar el mantel oscuro del firmamento que cubre Lluc, virgen de toda contaminación lumínica y repleto de lucecitas fulgurantes. El conjunto inspira sentimientos de poesía, aguijonea la imaginación. El conjunto habla de trascendencia asegurando que, más allá del entorno cercano, Alguien acompaña nuestros pasos con ternura. Entonces el peregrino pone su pensamiento rumbo a la imagen de la Virgen de Lluc con su hijo en brazos. Y de la imagen da un salto hacia el misterio con mayúscula del que también balbucean la cueva, los árboles y el cielo azul.  

domingo, 12 de agosto de 2018

Lluc y el simbolismo del entorno (I)


Llevo ya unos cuantos años viviendo en el santuario de Lluc. Poco a poco el entorno va penetrando por los poros de la persona casi inconscientemente. No estará de más tratar de describir la experiencia de quien merodea por el lugar. Dividiré el escrito en dos partes.

A menudo se oye de boca de los excursionistas, sea que suban a Lluc a pie o en vehículo, que es agradable respirar aire puro, otear el horizonte azul y caminar entre encinas centenarias. Más aún si el balar de las ovejas y cabras resuena en los alrededores. ¿Por qué no profundizar en la experiencia que supone subir la montaña y poner nombre a las emociones y a los estados de ánimo que cada elemento del entorno produce en el caminante?

La montaña

La Serra de Tramuntana es el conjunto montañoso más extenso de Mallorca. Unos 90 kilómetros de largo per unos 15 de ancho: desde el Cap de Formentor hasta la Mola d’Andratx. Más de 10 kilómetros superan los 1.000 metros de altura. Lluc se sitúa en la zona norte de la Serra. Aquí, dice el poeta Costa i Llobera, entre montes solitarios, Maria, com a Reina, té un castell.


No es indiferente al sentimiento humano y religioso la situación geográfica del Santuario de Lluc. La montaña simboliza universalmente la proximidad con el mundo espiritual o divino. Está más cerca de lo que llamamos cielo y que un tradicional modo de hablar considera vivienda de Dios.

Desde la montaña se domina el mundo de los humanos. A la cima se le atribuye el punto de encuentro entre cielo y tierra. Las peregrinaciones a menudo tienen como objetivo algún santuario situado en lo alto de una montaña. Éste es el caso de Lluc. Entre los numerosos significados de la peregrinación se incluye el de dejar atrás el día a día para ascender a la altura y en algún modo acercarse a la transcendencia.

Por otro lado, la montaña incluye también el concepto de estabilidad y permanencia, e incluso el de pureza. Si se nos permite aludir a una de les tradiciones de nuestro mundo, la china, diremos que la montaña se opone al agua. La inmutabilidad frente al cambio permanente.

En la Biblia grandes acontecimientos tienen lugar en la cima de una montaña. He aquí una muestra:  El Moriah, en el que Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo. En el Sinaí Dios se aparece a Moisés y le hace entrega de las tablas de la Ley. El Tabor es la colina en la que Jesús se transfigura. El Calvario es el montículo en el que muere clavado en la cruz. La montaña como escenario de grandes hazañas en el judaísmo y el cristianismo, pero también en muchas otras tradiciones.

Hay que subir para llegar a Lluc. Muchas generaciones, desde hace 750 años han hecho este camino y lo han sembrado de leyendas. Lluc, en lo alto de una montaña, donde se respira aire limpio y puro, desde donde a menudo se observa un firmamento incontaminado. Aquí se alza el Santuario, el castillo de la Virgen.  

La cueva

Los místicos cristianos frecuentemente hacían referencia a la cueva. Eckhart comparaba la gruta a la chispa del alma. Sta. Teresa aludía a ella como un castillo interior. Desde la psicología, pero ya antes de que existiera esta ciencia, la cueva es un símbolo del inconsciente y un lugar idóneo para el encuentro con Dios.

No es extraño comparar la cueva con el corazón humano. El corazón está en el interior de la persona. En él el individuo se sumerge y profundiza en sus pensamientos. Los primeros monjes no sólo iban al desierto, sino que muchos de ellos decidieron vivir en una cueva. Allá habitaban en compañía de una profunda quietud. El yo egoísta, el ruido, la imaginación desbordante y también las angustias, todo lo dejaban a la entrada de la cueva para encontrarse con el  yo auténtico y más profundo.

Salida de la conocida como
"cova dels morts" a poca distancia del santuario
En el entorno de Lluc tiene lugar la espectacular acción de la erosión cárstica. El adjetivo, que suena un poco extraño, designa un terreno compuesto por rocas de carbonato cálcico. Este material, si se halla en la superficie, se disuelve poco a poco por la acción del agua. Entonces configura algunas rocas, valga la extrapolación, en formas imaginativas como el camell. Y si el material está cubierto por capas de tierra entonces el agua drena en dirección horizontal por el terreno cárstico y lentamente va construyendo las cuevas.

El valle conocido como Cometa dels Morts aloja un buen número de cuevas. La más conocida es la cova dels morts. El topónimo tiene relación con los restos de enterramientos de la época talayótica. Por cierto, esta cueva fue excavada por un religioso de la comunidad del santuario, el P. Cristòfol Veny, y parte del material se puede ver en el Museo de Lluc.

El extenso encinar que se halla alrededor de las cuevas, les rocas cinceladas por la lluvia de siglos, el azul infinito del firmamento… sugirieron a los habitantes de la prehistoria que esta región era habitada por sus deidades. Un sitio en el que enterrar a sus muertos. Un paraje mágico que los romanos llamaron lucus, adaptando fonemas anteriores. Y lucus significa precisamente bosque sagrado.

Lluc participa del simbolismo de la cueva: lugar sagrado, de quietud imperturbable. Lluc se encuentra rodeado de árboles, de rocas, de un cielo incontaminado. En la cueva no hay elementos que puedan distraer de la presencia y la experiencia de Dios. Lluc está situado en un valle e irradia paz. Recuerda que los antepasados se hallan muy cerca, en el seno de la tierra. Con ellos se hace presente todo un conjunto de costumbres y estilos de vida. El momento y el lugar son propicios para reflexionar sobre el misterio del tiempo y de la transcendencia. Dins el cor de la muntanya —el corazón, símbolo de la cueva— Mallorca guarda un tresor. (Continuará)

miércoles, 1 de agosto de 2018

Cien mil visitas al blog


A estas horas el contador de mi blog —que generosamente (?) me proporciona Google— me informa de que 100.000 transeúntes han pasado por la web cuya clave tengo en mi poder. Claro que no todo el que pasa lee el artículo hasta el final, en cualquier caso, todos ellos han estado frente a la página y algo habrán ojeado desde el momento que entraron en el lugar.

Voy a celebrar este número redondo de artículos “leídos” tratando de aflorar algo del trasfondo que sostiene la tarea.  

Una autoexploración

Escribir es un ejercicio de autoexploración. Es preciso exprimir los sentimientos para que segreguen los vocablos adecuados. De ahí que cuanto más uno escribe, más se conoce a sí mismo. Sus emociones, sus sentimientos, sus ideas solapadas entre las rendijas del alma.

El proceso de escribir podría compararse incluso con una especie de alquimia que tiene que ver con el pensar, el sentir y la realidad de las cosas que nos rodean. Me atrevo a decir que escribir es una forma de relacionarse con el mundo de alrededor. Cada uno tiene su forma de mirar el mundo como cada ave tiene su forma de volar. La escritura atestigua justamente esta propia y exclusiva forma de mirar el mundo.

Recuerdo haber leído en alguna parte que “buscando escribo y escribiendo busco”. Un excelente resumen de lo que me propongo decir. Escribir es una aventura refinada. Casi diría que genera endorfinas. Naturalmente, siempre que el sujeto tenga las papilas gustativas suficientes para degustar el manjar.

Una terapia

Escribir puede equivaler a una consulta con el psicólogo. Plasmar en un folio en blanco aquello que nos preocupa, la rutina diaria, lo que nos agrada y lo que nos fastidia ayuda a sostenerse en los días aciagos. Hay quien escribe para no ahogarse, para no salir derrotado de los días malos que inevitablemente desfilan en la vida de uno. Incluso el hecho de ocupar un tiempo para lo que yo quiero, y me gusta, ayuda a sobreponerse al estrés.
Hay cosas que a uno le incomodan, pero que no tiene la oportunidad de decir en voz alta. O simplemente no le parece correcto. O no se anima a desembucharlas. Con la escritura se facilita el proceso. Algunas ideas quedarían para siempre en el anonimato si no fuera porque hallan salida en el papel o la web que las sostiene. 

Un modesto legado

Cada día que pasa tenemos un día más o, quizás mejor, un día menos. Nadie vive más allá de la fecha de caducidad marcada —aunque invisible— en su lomo. ¿Por qué no dejar unos pensamientos, un libro, unas cuartillas a los nietos o simplemente a los que nos sobrevivirán? Puede que no les interesen, pero puede que sí.

Con la escritura se siembran pedacitos de uno mismo en el interior del prójimo. Aun cuando uno no sea muy leído, siempre las semillas permanecen ahí, dispuestas a enterrarse en el alma ajena.  Escribir es un coloquio con uno mismo y con el vecino que se tome la molestia de descifrar el escrito.

Normalmente las palabras se disuelven al poco tiempo de resonar en el aire. Los escritos tienen mayor garantía de solidez. Los fonemas se apagan al poco rato, en cambio, permanece la posibilidad de leer lo que se plasmó en blanco y negro. Además, el hecho de estampar ideas en el papel permite escapar de la rutina y la inercia. Escribir, afirmó Larra, es llorar. Sí, pero también puede ser imaginar y explorar.

Con el blog uno se comunica. He tenido numerosos estudiantes en las aulas de varios centros de enseñanza. Entre ellos, los de Sto. Domingo (República Dominicana) y Puerto Rico. Pienso en los rostros de aquellos estudiantes. Y me consta que más de uno lee estos escritos. A la distancia de miles de kilómetros causa satisfacción saber que estamos en comunión. Luego el que un día fue alumno reflexionará y diferirá o no de lo leído. Pero, por un momento, habrá bebido de la fuente que le he proporcionado.

Perfilar las ideas

Las ideas suelen tener unos perfiles difuminados. Son suficientemente consistentes cuando las piensa uno mismo. Pero en cuanto se quieren expresar al prójimo, cuando hay que convertirlas en palabras, entonces se requiere que los perfiles sean sólidos y contundentes.

Tengo experiencia de ello en mis muchos años de enseñanza. Los alumnos iban tranquilos al examen. Habían dado vueltas en su cabeza a la idea que expresarían frente al tribunal. Sin embargo, luego —no sólo por nerviosismo— no eran capaces de expresar lo que sí estaba muy claro para sí mismos. Trataban de formular el concepto, pero los bordes se desmoronaban como mantequilla en el microondas. Mi consejo era que la mejor manera de recordar y dar forma a las ideas consistía en escribir un guión, un resumen, los aspectos más sobresalientes de las mismas.

No raramente surgen de nuestro interior sensaciones de contornos indefinidos. Se completarán, como si un puzle se tratara, a medida que se desmenucen las emociones, los relatos y anécdotas vividas. Pero todo ello acontece si uno mantiene la pluma entre los dedos o las dos manos sobre el teclado. De no ser así las ideas acaban difuminándose y desmoronándose finalmente en el caos.

Frente a la cuartilla en blanco, con la disposición de emborronarla, y obligado a soltar amarras, se le dan vueltas a las ideas y a los sentimientos. A lo largo de la experiencia se descubren matices que antes habían pasado desapercibidos.

El placer de escribir

Al escribir uno navega por aguas familiares y conocidas. Escoges los adjetivos que te placen. Nadie te contradice —al menos en el momento que presionas las teclas— y la bonanza empuja el bajel.

Escribir es un placer, por otra parte, siempre que uno alimente inquietudes y tenga un mínimo de gusto literario. Recrear —que no copiar— el estilo de los grandes escritores y verificar que se consiguen algunas metas, sin duda proporciona un notable placer espiritual.

Las palabras son como un enorme rebaño que pace en el diccionario. Constituye un placer elegir una entre muchas. La que se ajuste al tono, al contexto, a lo que se pretende comunicar, al propio carácter.

Cada uno tiene su forma de mirar el mundo como cada pájaro tiene su forma de volar. La escritura atestigua justamente esta propia y exclusiva forma de mirar el mundo.
Gracias a los 100.000 navegantes de mi blog.

domingo, 22 de julio de 2018

Teleadicción

                        

Atado a la pequeña pantalla, siente menos interés por la vida real. ¿Cómo es posible? Si la televisión precisamente pretende informar de la vida real... Pues es así, y ya decían los antiguos que contra los hechos no valen argumentos. Se clasifica la televisión como medio de comunicación, pero por una paradoja de la vida —la vida abunda en paradojas— acaba funcionando como medio de aislamiento.


Imágenes esclavizantes


El hombre se fue a dormir tarde porque le retenían en el sofá unas imágenes la mar de atractivas. Se le esfumó el tiempo sin darse cuenta. Al día siguiente se resintió de ello y su labor fue menos productiva. Al regresar al hogar estaba cansado. Para descansar se hundió en la butaca y permaneció estático ante la pantalla durante largas horas.

Y así, día a día, los vínculos con la pantalla van reforzándose y llega un momento en que resultan sencillamente esclavizantes. Puesto que el individuo está fatigado, la televisión le emborracha de imágenes sin tener que moverse, sin necesidad de elegir, sin la molestia de pensar. Ni siquiera se le exige poner en funcionamiento la fantasía. Se la sirven a la carta.

Ahora bien, quien contempla el televisor y se entera de muchísimos acontecimientos —casi es testigo personal a través de las imágenes— tiene la sensación de que está implicado en la trama de hechos que mueven la sociedad. Se siente ciudadano del mundo. Es capaz de dar cuenta de lo que sucede en Singapur, tiene datos, según cree, para emitir juicios sobre diversos gobernantes de lejanos países. 

                             
¿A dónde conducen estas actitudes y sensaciones? A todas partes y a ninguna parte. Para ser más precisos, empiezan y acaban en la butaca situada frente al televisor.

La pantalla embelesa y crea adicción. Nada más fácil, nada más suave que dejarse arrastrar y apresar por las imágenes. No hace falta el menor esfuerzo. En cambio, engendrar un proyecto de vida requiere activar apetencias y estimular afanes. Pide, sobre todo, la voluntad de llevarlo a la práctica.


El mundo del teleadicto, como el de cualquier otro que mantiene embotados sus sentidos, se limita drásticamente. Rueda en torno a la sustancia que su organismo —o su psique— reclama a gritos. Ello le hace perder el sentido de las proporciones. Porque nada considera más importante que el objeto de su impulso ansioso. 

Los párrafos anteriores explican por qué la televisión se convierte fácilmente en un medio de incomunicación o aislamiento. Pero hay más razones. Resulta que a los dieciocho meses el niño empieza a interesarse por los destellos de la pequeña pantalla. Veinte años después ha visto un millón de anuncios, unos mil por semana. Al menos en los países USA.


Penosas consecuencias


Contemplar la televisión se hace, en buena parte, a costa de hablar y escribir. Ahora bien, en cuanto pasa el tiempo y uno siente menos necesidad de hablar, de comunicarse, de expresarse, suelen aparecer los problemas emocionales. Pues que uno no puede vivir sin comunicarse. 

Más aún, la televisión obstaculiza a los jóvenes el aprendizaje que necesitan para afrontar con éxito los retos que se les presentarán en la vida. Sucede que, a causa del aparato, escapan de la realidad cotidiana en la que debieran sumergirse, tal como lo exige su edad, su papel en la familia, sus aficiones del momento. 

Se vuelven apáticos de cara a la participación pública. Gozan de menos tiempo para compartir con la familia, para las tareas escolares, para el hogar, el deporte, el sueño. Uno acaba permaneciendo a solas con la televisión. ¿Y la llaman un medio de comunicación?

El hecho de jugar, de hablar, de discutir tiene mayor importancia de lo que se pensaría. La interacción enseña a los más jóvenes a relacionarse. Se preparan, sin darse cuenta, para la vida real. Pero si no juegan ni se relacionan, el sano crecimiento psíquico encontrará mil obstáculos. 

Y las dotes creadoras enmohecerán, las relaciones se irán marchitando gradualmente. De modo que el peligro de la televisión no solamente radica en impedir conversaciones, juegos y relaciones. Está también en el vacío que impone a su alrededor. Lo cual acaba modelando negativamente el carácter de los implicados. Porque no sólo de televisión vive el hombre.


La televisión puede favorecer el aislamiento y convertirse en un medio de incomunicación. El que la contempla tiene la sensación de llevar una vida trepidante, de estar enterado de las razones profundas que mueven a la sociedad, así como de los mínimos detalles que acontecen en la ciudad. En realidad, todo su dinamismo termina en el esfuerzo que le exige sentarse en la butaca. Se completa, si se empeñan, en el ejercicio que lleva a cabo cuando se levanta del mullido sillón para irse a la cama.

lunes, 9 de julio de 2018

Zoolatría

Un noble animal, el perro. Será o no el mejor amigo del hombre, pero le ayuda en mil tareas domésticas, de policía, de salvamento. Hace buena compañía acurrucado bajo una mesa o jugueteando con los más pequeños en el jardín de la casa.
De todos modos, habrá que frenar el fervor cuando empieza a implicarse una calidad de afecto sólo destinada a otro ser humano. No es vana la advertencia. Se da el caso, no tan extraño, aunque sí extravagante, de que el hombre incapaz de encontrar consuelo en otros semejantes, se refugia en la lealtad del dócil animal. Y ahí puede empezar a complicarse la cuestión.
Vaya por delante que el perro, como cualquier otro ser viviente, puede y debe tener su lugar en el admirable paraíso de la creación. Es de justicia que no se lo haga sufrir inútilmente e incluso que existan sociedades protectoras del animal, siempre que no se confundan los planos y se guarden las debidas distancias.
Claro que son de aplaudir los servicios que realiza el perro al hacer más cómoda la vida de su dueño y llegar en ocasiones donde al ser humano le es negado. Lo mismo le transporta a través de la nieve tirando del trineo, que se interna por barrancos a la búsqueda del montañista desorientado. Realiza la buena labor de olfatear las maletas en la aduana, por si hay doble fondo, y defiende la propiedad encomendada en mitad de la noche.
A nadie le duelan prendas a la hora de elogiar al animal. Pero un perro no es un ser humano y no puede convertirse en sucedáneo del amigo. No es raro escuchar argumentos favorables al perro que, más o menos, se formulan así: "el perro no me falla jamás, las personas sí me han fallado y decepcionado". Puede que algo de verdad haya en esta tremenda y dolida afirmación. Es cierto que, en ocasiones, los humanos llevan a la práctica aquello que antiguos literatos y filósofos han denunciado o simplemente constatado: "el hombre es un lobo para el hombre".

He escuchado a un respetable esposo -más en serio que en broma- una estremecedora confesión. Decía que, al llegar a su hogar, no estaba seguro de recibir un abrazo o un saludo cordial de su mujer, mientras que inexorablemente el perro le correría detrás haciéndole fiestas y jugueteando alegremente para celebrar el regreso.
Aunque sea verdad, el hecho de buscar la compañía del perro y distanciarse de la esposa ocasiona un mal irreparable a sí mismo y a los suyos. La solución no consiste en encariñarse con el perro y dar la espalda a la persona. Actuar así no es más que una vulgar huida que, por añadidura, habla muy mal del propio comportamiento. Lo razonable es analizar el porqué del escaso calor humano que demuestra el prójimo y poner luego el remedio que haga al caso.
Hay que esperar que nadie tenga la desfachatez de afirmar que la compañía del perro es más gratificante que la de un semejante. El intercambio de ideas, el encuentro de los sentimientos, la convergencia de los afectos, no es comparable al donaire de una cola que se mueve en espiral ni a la gracia de una lengua que busca la nariz de su dueño. Quien crea otra cosa merece toda compasión.
El mito de la creación del hombre, tal como se refleja en el Génesis, explica en profundidad por qué no se pueden superponer los planos. Adán descubre su soledad y su indigencia cuando mira alrededor y no ve más que animales. Desfilan ante él y a cada uno de ellos le pone nombre, lo cual significa que es dueño y administrador de todos ellos. Pero no encuentra ninguno que se le parezca ni que pueda corresponderle. Su dignidad es muy otra. No puede dialogar con el animal ni tratarle de tú. Buscar en los animales un sucedáneo de la esposa, los hijos o el amigo es una actitud abominable según la Biblia.
En cambio, con elevado sentido poético y humano, dice el texto que la mujer está formada de la costilla del varón. Entre ellos sí existe comunidad de naturaleza y cada uno se ve reflejado en los ojos del otro. La expresión de Adán al contemplar a la mujer es muy distinta de la que tiene al ver desfilar a los animales. ¡Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne!, exclama Adán. Frase que en versión libre significa: ¡Esta es la mujer de mis sueños!
El perro ladra, mientras que el hombre habla. Imposible el diálogo. El perro necesita comer, descansar y reproducirse, mientras que el ser humano, además, canta, piensa y acarrea nostalgias de perfección. Aun cuando el perro sea más leal que un ser humano, no es más que un perro. Désele el afecto que merece un perro. Nada más.  
La persona tiene un corazón llamado a compartir de tú a tú con otras personas. Solamente en la periferia del mismo debiera haber espacio para el afecto hacia el animal. Porque el corazón humano tiene muy otras características que el del perro. Y quien prodiga en exceso el afecto al animal da muestras de que su corazón no alcanza la medida deseada. Peligro que se le atrofie esta su víscera central. Entonces acaba habitando la galería de personajes desprovistos de corazón. 

jueves, 21 de junio de 2018

Ocultismo


El párrafo ha salido de los labios de un elegante ejecutivo, vestido a la moda, de gesto afable. Nada de largas barbas, vestimentas estrafalarias o miradas vidriosas en el vacío: 
A nosotros, los hermanos, nos tocará sacar al pueblo selecto que vivirá en un lugar escogido hasta que la tierra esté nuevamente en condiciones de ser habitada. De los mares surgirán nuevas tierras y cuando un doble arco iris resplandezca como señal de una nueva alianza entre Dios y los hombres, pasaremos el pueblo selecto a habitar nuevas tierras y nuevos mares...
Aseguran los gnósticos o los teósofos que tenemos muchos más cuerpos que el físico y que el astral (que ya es mucho asegurar...) Certifican que existen muchas más dimensiones de las que normalmente percibimos.
Dicen que los órganos exteriores de la vista, el tacto, el oído y el gusto son erróneamente tomados por el ignorante o el insensato por los verdaderos órganos o sentidos. Pero aquél que se detenga y piense —explican, convencidos— tendrá que reconocer que los órganos exteriores no son sino los intermediarios entre el universo visible y el verdadero oído interior.

Afirman muchas cosas maravillosas y enseñan su doctrina a los que desean salir de la ignorancia o la insensatez. Los que no tienen estas ocurrencias están irremediablemente perdidos. Lejos del autor de este escrito acusar de falsarios a quienes tales cosas dicen o practican. Aunque sí le desagrada que ellos usen con demasiada frecuencia los términos de ignorantes o insensatos referidos a los que no se sientan en la misma mesa.

El mundo está lleno de iniciados, de grupos selectos o simplemente crédulos, o tal vez con buen olfato financiero, o con hambre de sensaciones refinadas. Vaya usted a saber. De todos modos, nada hay que achacar a quien trata de profundizar y ejercer unas prácticas esotéricas. Que para algo está la libertad. Siempre y cuando el asunto no degenere en psicopatías o proselitismos de mala ley. Y, después de todo, posiblemente sea mejor esta actitud ante la vida que la de buscar el alcohol y el sexo como horizonte último.
Lo que ya uno comparte menos es que traten de secuestrar a Jesús de Nazaret sosteniendo, con toda seriedad, que Él era de los suyos. Precisamente una de las cosas que más convencen de Jesús es que él se sitúa al margen de cualquier ocultismo y esoterismo. Ni establece a su alrededor un grupo de iniciados, ni recurre a gestos extravagantes o revestidos de caracteres mágicos.

domingo, 10 de junio de 2018

Sin Biblia ni crucifijo


Los periódicos se apresuraron a dejar constancia de que la toma de posesión del jefe de gobierno del Estado español había prometido el cargo en una mesa sin Biblia ni crucifijo. Siguieron idéntico camino el resto de los ministros.


Unos lo celebraron y otros se escandalizaron. ¿Qué decir sobre el tema? Por una parte, sabe mal que un símbolo tan universal e incorporado en la cultura occidental resulte arrinconado. No sólo es cuestión de cultura. Jesús fue un hombre que dio la vida por tomar partido en favor de los humildes, los pobres, los sin voz. Fue un ser humano transparente, valiente, que apostó por construir una convivencia en la libertad y el amor.

Un crucifijo no hace ningún mal. Otra cosa es que se rastree la historia y se detecten numerosos actos de injusticia y de crueldad presididos por el crucifijo. Una presidencia contra la voluntad del crucificado. Una presidencia vilemnte forzada. En nombre de Jesús se han cometido muchas barbaridades, ciertamente. Pero no las cometió Él, sino hombres y mujeres que tuvieron la desfachatez de hablar en su nombre. Y quizás para sacar un provecho egoísta.

La Biblia y el crucifijo son símbolos universales de la fe cristiana. Ahora bien, enfoquemos también el aspecto positivo de la situación mencionada. En primer lugar, no se le puede reprochar al presidente ni a los ministros que actúen mal, dado que hemos convenido en que el Estado no es confesional.

En segundo lugar, pienso que el gesto contribuye grandemente a la clarificación y a la transparencia. Lo que interesa en un gobierno es que obre según justicia en sus decisiones y decretos. Recurrir a la Biblia y al crucifijo para tapar así multitud de corrupciones, indecencias y despotismos me parece de muy mal gusto. Se me antoja que es una manera de confundir a quienes tienen sentimientos religiosos y no gozan de muchas luces.

Años atrás sucedió una anécdota, que viene a cuento, en el Instituto al que pertenezco. Un encargado de la casa tenía necesidad de un cocinero. El hombre pedía consejo para acertar en la elección. En una ocasión le dijeron: el señor X es muy buena persona. Tiene una conciencia finísima y es de admirar su trato amable y respetuoso. Le respondió el encargado que le parecía muy bien el comportamiento de dicho señor, pero él iba en busca de un buen cocinero. Su buen hacer en la cocina era lo que le interesaba.

De un gobierno se espera justicia, imparcialidad, entereza y honestidad. Si no actúa de acuerdo con estos principios, la Biblia y el crucifijo sólo sirven para tapar el hedor de la corrupción, los favoritismos indecorosos y la manipulación. Quien tenga intención de actuar aviesamente, por favor, desembarace la mesa del juramento de todo símbolo religioso. Que cargue él sólo con las consecuencias de sus actos. No recurra a la hipocresía de unos símbolos para esconder su avidez y codicia.

Se me ocurre que ciertos procederes oscuros en realidad —y en sentido figurado— modifican la cruz y la convierten en una esvástica. Por lo demás, creo que en demasiadas ocasiones se pervierte la cruz erigiéndola en símbolo de poder y riqueza. Hay cruces de oro colgando en los cuellos de señoras ricas, vestidas a la última moda, que sirven como altavoz para proclamar la riqueza de la persona. Hay cruces de notable tamaño en las solapas de cardenales y obispos que tal vez hablan sin voz de lo poderoso que es su portador.

En los inicios del cristianismo el símbolo de la cruz apenas se usaba. Les avergonzaba a los creyentes un signo que recordaba la terrible muerte infligida a los criminales. El pudor les impedía pintar o esculpir la cruz en lugares públicos. Los seguidores de Jesús tardaron algunos siglos en digerir lo que significaba. Preferían el símbolo del pez o el del buen Pastor o la silueta del resucitado. En las catacumbas romanas no se hallan crucifijos ni crucificados.

La primera pintura de Jesús en la cruz corresponde a una blasfemia procedente del mundo pagano. La silueta de Jesús adopta la cabeza de un asno. ¡Qué disparate el de adorar a un Dios crucificado! Eso pretendía significar el dibujo.


¡Qué diferencia con nuestros tiempos! La cruz ha ido perdiendo aristas, se ha convertido en adorno o se solapa bajo el ansia de poder. Entonces ¿vale la pena mantener el crucifijo y la Biblia sobre la mesa del primer ministro y arriesgar que su proceder salpique dichos símbolos? A más de uno se le hará odioso el símbolo de la cruz y de la Biblia al contemplar el espectáculo de la corrupción que ofrece quien juró ante ellos.  

jueves, 31 de mayo de 2018

Fundamentalismo


Al lector atento no le pasa desapercibido que los impulsos fundamentalistas o integristas, bajo diversas etiquetas y barnices, endurecen a la sociedad y provocan procesos de enfrentamiento e intolerancia. Opino que el fundamentalismo es nefasto y de muy malas consecuencias. Sin embargo, puede colarse disimuladamente bajo el amparo de virtudes tan respetables como la obediencia, la firmeza, la claridad. Se me ocurren algunos rasgos fundamentalistas que pugnan por introducirse en la misma Iglesia católica y que convendría ponerlos en cuarentena antes de permitirles el paso.
Un primer rasgo, la absolutización de aquello que no es absoluto constituye una típica ideologización. Numerosas cuestiones de teología o moral se afirman con un énfasis que sólo debería dirigirse a las verdades sustanciales e irreversibles de la fe. Cuando se solicita para datos periféricos una indebida adhesión total y maciza, se arriesga a que todo el conjunto pierda credibilidad. El Vaticano II se refirió a la "jerarquía de verdades". Resulta evidente que, aunque la verdad como tal no puede dejar de ser cierta, no toda formulación tiene la misma importancia en el organismo de la fe. También éste tiene su corazón y su yugular.
Un segundo rasgo, el rechazo del mundo actual, con sus claros rasgos seculares y pluralista en valores morales y culturales. Un mundo que está a favor de la libertad religiosa y se muestra favorable a la interpretación razonada y metódica de los textos bíblicos. El fundamentalista rechaza cordialmente estos planteamientos y ni siquiera se digna entrar en la discusión. Prefiere elaborar una imagen monolítica de la fe. Una fe que no comprende el mundo actual, que lo anatematiza porque le produce pánico. Capitula ante la cultura moderna o postmoderna y sólo se le ocurre blandir un cristianismo rígido, válido para agredir y excomulgar.
Un tercer rasgo: afirmar la obediencia a la autoridad, pero una obediencia ciega y sin distingos. Las formulaciones de tipo moral, dogmático y disciplinar emanadas de los jerarcas no se razonan, simplemente se aceptan. Lo cual implica renunciar al núcleo más típico del ser humano: su racionalidad, su libertad. La fe supone, al final del camino, un salto en el vacío, en las manos de Dios. Pero no requiere continuos brincos con los ojos cerrados. Este extremo se complementa con la persecución a quien piensa diversamente. A poco que el clima se enrarezca surgirán los espías, los archivos secretos. 

Integrismo eclesial y político
Un cuarto rasgo, el integrismo eclesial y político. Las mentes dibujadas a escuadra y compás propenden a atar todos los cabos, a actuar según el modelo de los antiguos despotismos ilustrados. Simplemente le colocan la etiqueta divina al proyecto que se proponen llevar a cabo. Suspiran por alcanzar el mayor influjo posible en la Iglesia y la sociedad. Nada de humilde fermento ni de anónima levadura. Aquí hay que jugar fuerte. Y empiezan las visitas estratégicas, las negociaciones secretas y los acuerdos de aposento. Con lo cual puede suceder que se predique el evangelio con métodos antievangélicos. Algo tan paradójico como ridículo.
Un último rasgo, el aislamiento del resto de la sociedad. Los integristas, en cuestión de fe, piensan de modo muy diverso al ciudadano medio. Ello no les lleva a dudar de sus presupuestos, antes bien los reafirma y fortalece. Los otros son unos flojos, ineptos y descreídos. Así razona nuestro protagonista. Es la típica reacción fundamentalista. Y quien siga discutiéndola arriesga convertirse en destinatario de los golpes que propinan los iluminados. Golpes psicológicos, espirituales o crudamente físicos. Balas, bombas y puñales son recursos que algunos fundamentalistas no dudan en usar para defender lo que alegan ser voluntad de Dios.
Todo psicólogo advierte que quienes disponen de una estructura anímica más frágil necesitan mayor seguridad y apoyo. Los fundamentalistas se apiñan unos contra otros para defenderse a sí mismos de su propia inseguridad y luego, como el niño que canta para espantar la oscuridad, presumen de convicciones sólidas y del deseo de salvaguardarlas al precio que sea.

Afortunadamente, el cristiano medio tiene un sentido común que le inmuniza contra las opciones de este cariz. No comulga con el integrista que niega la razón y la libertad, que se sumerge en el oscurantismo o echa mano de la violencia. En efecto, el integrista no necesita ver, pues lo tiene todo claro. No le sirve juzgar, dado que la sentencia ha sido dada. Sólo está de acuerdo en actuar.
Sin embargo, la fe es demasiado grande como para que se la confunda con tan mezquino proceder. Las ideas y el talante del fundamentalista le intoxican el corazón hasta dejar de percibir cuanto sea ternura, delicadeza y respeto al prójimo.

viernes, 18 de mayo de 2018

Intolerancia

La sensibilidad de nuestros contemporáneos ya no admite marcha atrás en cuestión de pluralismo. Consideran que es el primero y más amplio soporte de la democracia, de la tolerancia y de los derechos humanos. Gracias al pluralismo se contrastan los pareceres, mientras que la intolerancia y el temor al disidente devienen la tumba de la sana convivencia.  Cuando alguien tiene miedo trata de defenderse, y la mejor defensa es un buen ataque, según se dice en el ámbito deportivo y fuera de él.  

Hay principios tales como la libertad de conciencia, de la sana disidencia y la legítima oposición, que hoy casi nadie, con un poco de pudor, tiene el valor de negar. Y lo mismo dígase del derecho a la libertad de investigación, el acceso sin trabas a la información, a la publicidad, a contribuir a una opinión pública.

Entiéndase, claro está, que tales derechos son válidos mientras no entren en conflicto con los de otros semejantes. Y que el pluralismo no debe degradarse a mera yuxtaposición de opiniones divergentes. No se trata de adoptar el ademán pasivista y fatalista ante cuestiones éticas o de principios, sino de reconocer la diversidad de horizontes de nuestros contemporáneos. Luego, si no está ausente la buena voluntad, ya se hallará espacio para el diálogo y para mantener con fervor las propias opciones.

Sin embargo, existen grupos que tienden al aislamiento y recurren a peculiares criterios que casan mal con el pluralismo por el que transitamos. Ellos sustentan una concepción de unidad que entra en conflicto con cualquier disidencia. Viven un clima de sospecha y rechazo frente a quienes no se conforman con repetir lo que otros le dictan al oído, ni están por vivir en el infantilismo permanente. 

Cuando una expresión de saludable pluralismo se le antoja al que manda una ofensa personal o una actitud intolerable, hay que esperar represiones, castigos y escarmientos. El intolerante enarbola la bandera de la unidad e invoca un extraño derecho a salvaguardarla. Lo cual le ofrece el pretexto para arremeter sin contemplaciones contra el que no se plegó a los criterios establecidos.

Los individuos más comprometidos, adultos y creativos, se hallarán más expuestos a sufrir el ostracismo y la represión. Mientras que los más mediocres, esmerados en no salirse del camino trillado, no encuentran obstáculos para mantener sus rutinas, ni motivos para sacudir su pereza mental. No estorban, de ahí que incluso se les premie con cargos y prebendas. Para cualquier sociedad o grupo humano una situación así resulta sangrantemente empobrecedora.

El miedo al pluralismo estimula a los amigos de la falsa unidad a arrancar la cizaña. Según creen, es mala hierba todo aquello que no les resulta familiar. Y, por cierto, no destaca entre sus cualidades la de otear el horizonte a fin de mirar al trasluz los comportamientos, ideas y criterios que van más allá de lo conocido y rutinario.

En ocasiones los militantes de la unidad sin fisuras son sinceros. El carácter, la formación, las heridas de la vida les han llevado a esta convicción. A cerrar puertas y ventanas, a levantar verjas y vallas. Pero en otros casos tienen intereses que defender. Piensan medrar bajo esta causa. O quizás su desidia y flojera les produce vértigo ante la eventualidad de abandonar los razonamientos de siempre. O tal vez consideran que en el terreno del “mando y ordeno” tienen más posibilidades de mantenerse en el candelero que bajando a la arena del diálogo.

Un grupo humano que —más allá de unos mínimos que le otorgan identidad y congruencia— no permite al individuo comportarse de manera adulta, libre y razonable, se verá precisado a pagar un alto precio. Sus componentes actuarán como niños, considerando bueno aquello que no les acarrea castigos y malo lo que sus dirigentes designan como tal.

No llegará muy lejos la credibilidad de un grupo con tales características. Un (mal) síntoma que permite identificarlos es el hecho de que sus dirigentes se han ido distanciando de la base. Pero no menos indicador es que multipliquen las condenas y las amenazas. Todo ello atestigua un miedo paralizante a perder el prestigio, a menguar los ingresos, a echar de menos las reverencias y los tratamientos.
Cuando se confunde la felicidad con la rutina y la novedad se considera una ofensa personal contra el que manda, mal va la cosa. A los tales la sangre que les llega al corazón carece de oxígeno, pues que respiran el aire de ámbitos cerrados y lóbregos. Un corazón al que le falta el oxígeno se asfixia a corto plazo.

lunes, 7 de mayo de 2018

Impertinencia

Al informar acerca del dolor que causan las catástrofes naturales (volcanes, inundaciones, seísmos...) o los muy lamentables actos terroristas, se le plantean al periodista graves y complicados dilemas de carácter ético.


Hoy día una gran parte del caudal informativo que fluye de los medios de comunicación se nutre de catástrofes, tragedias y accidentes de diverso tipo, que dejan tras de sí un impresionante reguero de víctimas, de padecimientos, de sollozos, de escenas emotivas en grado máximo. La posibilidad técnica de vivir al momento las consecuencias de un atentado, un terremoto o un asesinato, suscitan problemas éticos inexistentes en épocas pasadas.

Informar de hechos impregnados de dolor constituye uno de los desafíos más delicados a los que se enfrenta el periodista en el ejercicio de su profesión. ¿Qué pensar del informador que llega al lugar del siniestro, cámara en ristre, le da la vuelta al cuerpo sangriento y se sacia de sacar fotos y más fotos? Dispara con ansiedad para que la competencia no se adelante a la primicia. Su actitud profesional ante el sufrimiento ajeno nada tiene de delicada. Sin embargo, los valores de la profesión jamás deberían pasar por encima de los valores humanos.

Es preciso encontrar el equilibrio justo entre el deber de informar, en situaciones de dolor intenso y emotivo, y el respeto a los derechos de quienes las protagonizan. Cuando los familiares de un adolescente fallecido en un atentado piden respeto a su intimidad, ¿puede el periodista pasar por encima de la solicitud y sacar fotos desgarradoras o seguir preguntando acerca del suceso aunque el interlocutor estalle de dolor y no logre reprimir las lágrimas?

Se dan casos, escenas y acontecimientos que generan intensos sentimientos de aflicción o consternación. En este contexto está de más la intromisión de las cámaras o las preguntas fuera de lugar, como también las especulaciones innecesarias. Con más motivo si el mismo protagonista solicita el respeto a su intimidad.

No se trata, claro está, de dejar el dolor en el anonimato, sino de no interferir en los momentos delicados en que las víctimas son asistidas. En tales circunstancias no hay que aprovechar para coleccionar imágenes indiscretas -a veces del todo irrespetuosas- ni airear vivencias dolorosas que pertenecen en exclusiva a la persona afectada. Sin olvidar que ciertas informaciones pueden causar luego un daño suplementario a las víctimas.

La expresividad de las manifestaciones en la hora del dolor es muy viva. Se comprende que los receptores se sientan interesados y atraídos -en ocasiones con notable dosis de morbo- hacia los acontecimientos y escenas del entorno doloroso. El informador entonces tiene la tentación de aprovecharse injustamente del grado de emotividad generado y, a la vez, sacar rentabilidad a su labor.

Pero el dolor es una experiencia muy personal y a quien sufre le asiste todo el derecho a exigir no ser molestado. El tratamiento informativo del sufrimiento exige sensibilidad, compasión, discreción y respeto. De modo particular en la vertiente gráfica.

Aparte las escenas de accidentes naturales o de carácter terrorista se ha introducido una modalidad que muchas televisiones explotan y que ha logrado aceptación en el público. Se trata de interrogar de modo impertinente y embarazoso a fin de que el interlocutor se sienta mal y hasta, si es posible, deje resbalar una lágrima. En ocasiones la víctima no aguanta más a causa de las miradas ajenas y estalla en sollozos. Pero las cámaras insisten en los primeros planos, dando fe de cada pliegue del rostro y de cada lágrima que resbala por la mejilla. 

Algunos le llaman televisión-basura a estas realizaciones. Creo que no andan desacertados. Porque aquí ni siquiera se trata de informar de lo que ha acontecido, sino de transmitir en directo la desolación, las lágrimas, la incomodidad y la emoción a fin de mostrarlo obscenamente a los telespectadores. El objetivo, captar a más lectores o telespectadores y acrecentar méritos económicos o profesionales. Realmente, una actitud obscena.

Mientras los inescrupulosos profesionales de la información ponen rumbo hacia estas metas consiguen también sacarle callo a su corazón y embotar su propia sensibilidad. No saben sintonizar con el dolor ajeno, pero sí lo hacen a la perfección, y con el mayor descaro, con el sueldo extra. Son profesionales sin ética, meros personajes sin corazón, que enseñan cómo no hay que actuar cuando andan los sentimientos de por medio. Para ellos se ha construido la galería de personajes huérfanos de corazón.