El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

viernes, 3 de febrero de 2012

Entre la incultura y la violencia


En Mallorca el nuevo gobierno ha modificado una ley que rebosaba sentido común. Decía que para acceder a la administración, es decir, para tratar con los ciudadanos de Baleares, era preciso entender –al menos de modo elemental- su lengua y expresarse en la misma: el catalán. Porque ésta, en su variante mallorquina, es el idioma que los nativos hablan desde hace 800 años. Me parece una norma de respeto elemental y de innegable cortesía. Así se evita cualquier sospecha de colonialismo o de dictadura. 

Pues bien, el nuevo gobierno de las Islas Baleares tiene el propósito firme de derogar esta ley. De nada sirven las protestas y alegaciones de ciudadanos y ayuntamientos. Tal como lo escuchan: ellos han decidido ir en contra de la lengua de su tierra, del idioma que mamaron desde niños. 

El castellano tiene un enorme poder de avasallamiento. La inmensa mayoría de medios de comunicación -radios, periódicos, revistas, televisiones- usan esta lengua. Y se da el caso de que un gobierno elegido para defender el patrimonio más valioso de un territorio da marcha atrás y dobla el espinazo ante otras instancias que ven con agrado una tal insolencia. Hecho inédito el que los encargados de velar por un territorio minusvaloren sus mejores activos. 

Los idiomas son enriquecedores

Personalmente nada tengo contra el castellano. Más aún, uso este idioma en el blog por cuanto pasé muchos años de docencia en tierras americanas y entre sus gentes se cuenta un buen número de lectores. Nada tengo en contra de ninguna lengua y he aprendido unas cuantas a lo largo de mi vida. No produce perjuicio alguno, sólo aporta beneficios.

Las lenguas se han conformado con los posos de generaciones que han depositado en ellas sus sentimientos y emociones, sus modos de actuar y de pensar. La lengua deviene la fibra más íntima y sensible de un pueblo. No da igual, no, expresarse en uno u otro idioma. Afirmar esto es pecar de lesa incultura. Los matices de la lengua que se succionó con la leche materna no se detectan en una lengua ajena.

A alguien le escuché decir que hablar en un idioma que no es el propio equivale a que el perro se ponga a maullar i el gato a ladrar. Puede que la comparación no sea del todo adecuada, pero tiene su gracia. Y es muy cierto que una expresión aprendida en la familia cuando niño, en el contexto del pueblo que le vio nacer, escuchada mil veces por los vecinos, nada tiene que ver con una expresión aprendida en los libros y posteriormente memorizada. 

Luego está el respeto que merecen las personas. Cuando estuve en Roma ni me rozó la mente la tentación de hablar otra lengua que no fuera el italiano. En Sto. Domingo hablaba el castellano y hasta me esforzaba por darle un acento caribeño. Y así los meses que de joven pasé en Francia y en Alemania. Me parecía totalmente incorrecto dejar de aprender el idioma que hablaba la gente del lugar. Mucho menos pretendía que hablaran el mío.

Sin embargo se encuentran por ahí personas que han vivido 50 o más años en Cataluña o Mallorca y jamás se han dignado pronunciar una palabra en el idioma del lugar. Uno cierra un ojo si es por incapacidad congénita o ignorancia invencible. Pero molesta mucho cuando es por desidia o, peor todavía, por mala voluntad. 

Y de pronto los gobernantes -hecho insólito, repito- le ponen todos los impedimentos a los ciudadanos catalanoparlantes para que usen su lengua, mientras les tienden puentes de plata para que irrumpan con una lengua ajena. 

La universalidad no consiste en vestir igual, cantar lo mismo, pensar de modo similar y hablar idéntica lengua. Muy al contrario, a esto se le llama uniformismo y tiene derivaciones con nombres todavía más feos, tales como dictadura, fascismo, totalitarismo…

Manifiesto a favor de la lengua vernácula

En defensa de estos principios un grupo de compañeros de Congregación en Mallorca hemos enviado a los medios de comunicación un manifiesto en defensa de la lengua autóctona. (http://dbalears.cat/actualitat/balears/manifest-dels-msscc-sobre-la-llengua-catalana-a-mallorca.html). Defendemos, por otra parte, lo que la Iglesia ha defendido siempre: que hay que hablar a los fieles en su lengua vernácula. Cuestión distinta es que luego se cumpla en todas las instancias.

Objetará más de uno que es preciso tener en cuenta a los inmigrantes. Totalmente de acuerdo. Precisamente dice el manifiesto citado, traducido al castellano: Nuestras experiencias personales como misioneros, en diversos continentes, nos han puesto al servicio de los inmigrantes de muchas procedencias y hemos aprendido que, cuanto antes el inmigrante se integra, tanto mejor puede ejercer sus derechos como persona y no mantenerse como convidado de segunda clase.

Acabo con otras líneas del manifiesto: Cualquier atentado en orden a imponer una lengua o cultura fuera de su territorio natural es fruto de una mentalidad violenta, aunque se revista con apariencias democráticas y suaves. 

martes, 24 de enero de 2012

La expresividad del rostro




Tengo el propósito de renovar la entrada del blog cada 10 días. Y lo he conseguido a lo largo de estos años, con mínimas variaciones. Pero en ocasiones uno se siente un tanto agobiado por esta obligación autoimpuesta. De manera que voy a echar mano del fragmento de una charla que ofrecí en el arciprestazgo donde trabajo: el de Lluc-Raiguer, en la Sierra norte de la isla mallorquina. Descansaba en una de mis carpetas porque ya hace años que la había dictado en un contexto académico. De todos modos, la naturaleza de la misma no envejece tan fácilmente. 

En el rostro adquiere la máxima densidad el yo humano. Porque, además, tal parece que el rostro posee vasos comunicantes con el corazón. Los pensamientos, opciones y decisiones del corazón se reflejan, ante todo, en el rostro. Nada extraño que haya obtenido resonancia la expresión epifanía del rostro y que incluso esté en la base de rigurosos estudios filosóficos.

El rostro como vanguardia de la persona

Llamamos persona a la unidad profunda del sujeto que se despliega en su dimensión espiritual y corporal. Es un centro consciente y dinámico, un sujeto capaz de comunicarse con el prójimo al que hay que atribuir toda dignidad.

Se ha definido la persona como la libre realización de su naturaleza. Una naturaleza que no puede prescindir de su corporeidad. Gabriel Marcel insistía en que no tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo. Y es de evidencia inmediata que donde el cuerpo adquiere mayor densidad, capacidad de comunicación y personalidad es en el rostro. En el rostro se transparenta la progresiva y libre realización de la naturaleza personal. El rostro es expresión y presencia de la persona.

El rostro es mucho más que unos determinados centímetros de piel o una precisa extensión corporal. No cabe homologarlo con otras regiones del cuerpo, pues su densidad y significado en cuanto a la comunicación y la expresión es mucho más relevante.

Las emociones propias y las relaciones interpersonales dibujan y transfiguran las diversas expresiones del rostro. En el rostro irrumpe, acontece, se transparenta la persona, en él se registran incluso los sentimientos, emociones y actitudes del individuo. En ocasiones el rostro se hace palabra y entonces me permite conocer todavía más a fondo y con detalle los pensamientos y sentimientos del prójimo. Una buena parte de verdad contiene la afirmación de que, a los cuarenta años, cada uno tiene el rostro que se ha labrado a lo largo de su vida.


Es significativo notar que nadie ve directamente su propio rostro, a no ser con la ayuda del algún instrumento como el espejo o una superficie reluciente. ¿Será porque el rostro no es para mí, sino para el otro? El rostro es por sí mismo un lenguaje silencioso, trasparenta el yo íntimo de modo más efectivo que el resto del cuerpo. Los pliegues del rostro y el talante de la mirada irradian la intencionalidad, la interioridad y la emotividad profunda de la persona. 

A pesar de todo, en el rostro puede instalarse la ambigüedad. Es posible manifestar sentimientos y emociones que en realidad no se experimentan. Ni la mirada acogedora, ni la sonrisa abierta, ni el semblante afable garantizan inequívocamente que la actitud interior se corresponda con tales expresiones. De manera que la persona puede ocultarse a través de su rostro. Pero en este caso hablamos más bien de excepciones, represiones y falsificaciones.

El rostro como indicador ético

Cuando enfrente de mí vislumbro un rostro se me hace visible su interioridad, su dignidad. El otro no es equivalente a lo otro (las cosas), ni al animal, porque tiene un rostro. Sólo el que viva replegado herméticamente sobre sí mismo y no perciba el rostro de su prójimo será capaz de tratarle como si no tuviera dignidad alguna. Es decir, como un objeto al que manejo según mis intereses y conveniencias.

El rostro del interlocutor me lleva a percibir de modo inmediato -sin necesidad de reflexiones ni argumentos- que el otro no debe ser instrumentalizado para saciar mis intereses. El posee una dignidad que no debe ser violada, no es medio sino fin, como insistentemente recordara Kant.

El otro es fuente de sentimientos y de iniciativas. Desde la antropología teológica todo ello significa que también él es imagen de Dios. Desde la convivencia humana implica que él es tan digno como yo y no lo puedo subordinar a mis conveniencias.

Tales planteamientos levantan serios interrogantes sobre algunas actividades comunes en nuestra sociedad contemporánea. Por ejemplo, la muy desarrollada publicidad. La propaganda tiene como objetivo convencer racional o irracionalmente al otro, con los recursos de que disponga y (muchas veces) sin reparar en escrúpulos. Se le pretende convencer para que acepte ideas de tipo político o compre determinados productos económicos. La publicidad tiende a tratar al otro como cliente, paciente, consumidor, votante... Olvida su personalísimo rostro, ocupado como se halla en favorecer los propios intereses crematísticos o ideológicos.

El rostro es como el indicador del misterio personal. Ahora bien, este  misterio necesita de un ambiente cálido y de acogida para manifestarse. Si tropieza con miradas duras y actitudes desconfiadas la persona rehúsa la apertura y permanece clausurada. Tal como acontece con el caracol que se esconde cuando sus antenas detectan obstáculos cercanos. Para favorecer la transparencia del misterio personal hay que mirar el rostro del prójimo con paciencia, respeto y amor. La mirada que no respeta envilece, destruye, disecciona.


viernes, 13 de enero de 2012

El tiempo, ese enigma


Llego a tiempo con la reflexión puesto que apenas hemos consumido uno de los doce meses del año. La situación invita, pues, a mirar al trasluz esta realidad tan familiar y común que es el tiempo. Una realidad que nos atrapa irremediablemente.
Sabemos muy bien qué es el tiempo… o quizás no habría que afirmarlo con tanta seguridad. Porque si por una parte lo asociamos a algo usual, rutinario y corriente, por la otra no deja de ser una realidad enigmática. A propósito, S. Agustín se pregunta con su claridad y profundidad habituales: ¿Qué es el tiempo? Si nadie me pregunta yo lo sé. Pero si quiero explicarlo al que me pregunta, entonces no lo sé.
El tiempo, ese flujo ilimitado que carga sobre sí todos los acontecimientos de la naturaleza y de la historia. Nada absolutamente acontece fuera de él.  El ser humano ha tratado de domesticarlo, racionalizarlo y dominarlo. Se ha propuesto atraparlo clasificándolo desde diversos puntos de vista. Lo ha atomizado en semanas, horas, minutos, segundos…. A tal propósito le ha ayudado la observación de los ciclos naturales. Día y noche, verano e invierno…
Pero el tiempo humano adquiere una mayor densidad. Tiene que ver también con conflictos e injusticias, con gozos y sufrimientos. El tiempo aséptico y neutral que marcan las manecillas del reloj es uniforme y transcurre ajeno a cualquier sensación, sentimiento o emoción. En cambio, el tiempo humano -por ejemplo, el de la joven que espera el día de la boda- está bañado de deseo e ilusión. El tiempo humano se colorea de gozo, ansiedad, temor…
Una conversación amistosa y satisfactoria o un film agradable puede que dure una hora y media según el cronómetro, pero la sensación es que pasó como una exhalación. Mientras que unos minutos de ansiedad o de intenso dolor físico se hacen interminables. 
El año nuevo abre el horizonte a todas las expectativas. Como en un recién nacido, todo puede acontecer. No obstante las decepciones y dificultades del año que se fue, el corazón humano sigue esperando. Se dirá tal vez que el nuevo año llega con malos auspicios. Da igual. La esperanza se regenera a sí misma, renace de sus cenizas, como sucede con la mitológica ave fénix, de plumaje rojo, anaranjado y amarillo incandescente. 
El corazón humano no se resigna a una decepción indefinida. Espera que el año, al cambiar de cifra, sea más propicio. Y la auténtica razón de fondo es que, huérfana de esperanza, la vida se evapora.
Una bendición hecha carne

El libro bíblico de los Números, del que echa mano la liturgia en el umbral de cada año, expresa con fuerza y profundidad los anhelos que laten en el corazón humano. El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.
Ahora bien, una bendición no deja de ser un deseo. Y los deseos, por buenos que sean, no deben confundirse con la realidad. Pero se da el caso de que la bendición que nos ocupa no es un deseo huero, sino un deseo hecho carne. En efecto, la Palabra se hizo carne. La bendición de Dios se ha hecho historia, se ha hecho carne y hueso en Jesús.
El eterno fluir del tiempo ha saboreado su plenitud al ser visitado por el Creador de la historia. El Emanuel, el Dios con nosotros, se ha hecho compañero de camino. El nombre que le impusieron José y María fue el de Jesús, es decir, Dios salva. El tiempo, ese enigma que se despliega en apariencia neutral, esconde en el seno a su mismo Creador.  

No obstante el anhelo de paz, el interior de cada uno conjetura que el nuevo año heredará los defectos e injusticias de su predecesor. Entonces, si la bendición de Dios es más que un buen deseo y se ha concretado en la carne de Jesús, ¿por qué no llega la paz, la justicia, la convivencia leal?
Ahí radica el interrogante por antonomasia. Resulta que las bendiciones, aunque procedan de Dios, no obran automáticamente y mucho menos fuerzan la voluntad del ser humano. Los pastores fueron al portal. Los Reyes iniciaron un largo camino. Hace falta justamente iniciar el camino y acudir al portal. Quien no abre los ojos ante la luz seguirá a oscuras. Quien en el fondo de su ser no espera o no cree en bendición alguna, seguirá atrapado en su insignificante y mediocre mundillo.
Dicen los científicos que el tiempo es la magnitud física que permite medir la duración o separación de las cosas sujetas a cambio. Dicen los creyentes que el tiempo es el misterio de la historia en el cual la Palabra de Dios se hace carne e invita a todo ser humano a escuchar su voz y seguir sus pasos.  

Convendrá el lector en que para beneficiarse de algo físico se requiere alargar la mano y apoderarse de ella. Acabo con un chiste que bien ilustra la moraleja. Una devota señora oraba con fervor para que le tocara la lotería. Un feligrés cercano, justamente vendedor de lotería, escuchó su plegaria. Se permitió darle una palmadita en el hombro y decirle: por su parte hará bien en comprar algún número.

martes, 3 de enero de 2012

Urgencias médicas



No había acudido nunca a urgencias médicas, pero llega el día en que, como manso corderito, hay que aprestarse a ir al matadero.

No se trata de un relato autobiográfico lo que me dispongo a contar, aunque tampoco anda lejos de serlo. Después de todo resulta inevitable que en cualquier escrito se incrusten detalles más personales. Se ha dicho que toda historieta anda preñada de referencias subjetivas. Es que cuando uno escribe transmite su visión, sus pensamientos, sus emociones, su modo de posicionarse ante la sociedad, aun sin hacer referencia explícita a su propia persona.  

Para que te atiendan inmediatamente en urgencias lo más aconsejable es ir chorreando sangre. De otro modo, la señorita de la recepción, más preocupada por su propio aspecto que por el del enfermo, apenas se inmuta. Ante la insistencia responde que comunicará al médico el apremio. Lo dice con mayor displicencia que la tendera de la esquina. Al fin y al cabo el dolor es ajeno y el sueldo lo recibirá íntegro por más que las carnes se le abran al inoportuno visitante. Dicho sea sin generalizar y sin minimizar.    

Ambiente aséptico el de urgencias. Telefonistas con pinganillos, batas blancas que van y vienen. Gente que espera resignada. El todo queda impregnado por un indefinido olor a medicamento.   

Hasta en el momento de hacer cola en urgencias algunas jóvenes no renuncian a su innata coquetería. No escatiman el colorete en la mejilla ni el vestido bien combinado. Peor para ellas. Deben pensar los médicos que no andarán tan enfermas si mantienen intactas las ganas de atraer las miradas ajenas.

Si te aqueja el dolor, recurre a la paciencia. Si estás ansioso, trata de serenarte. Son algunos de los consejos que escucha el paciente en la sala. No proporcionan gran consuelo, la verdad sea dicha. Mientras tanto uno espía los síntomas y los dolores que padece tratando de clasificar su dolencia. También con la finalidad de explicarle al galeno el disturbio que acontece en el  organismo.   

No hay otra alternativa más que la de confiar en los médicos. Cuando la salud no escasea los médicos son objeto de mil bromas. Pero en el momento de la dificultad no queda sino ponerse en sus manos. Y confiar en que no le falle la vocación ni la profesión.   

Un letrero muy visible en urgencias advierte que no se atiende por orden de llegada, sino de gravedad. Uno mira los rostros de los resignados pacientes, tratando de adivinar qué les duele y la intensidad de su dolor. Calcula que nadie anda tan quebrantado como él mismo. Por tanto confía en que su nombre, pronunciado por una voz en off, esté al caer. Pero no, una y otra vez la voz falla a favor de otros nombres y apellidos.

Finalmente le llaman a uno. Craso error pensar que será asistido de modo inmediato. Al paciente le depositan en una camilla y lo encierran en un cuarto al que llaman box para ahorrarse ulteriores detalles y carencias. Los cuartos de hora, si no las horas enteras, van consumiéndose. Cuando ya la desesperación empieza a hacer mella asoma el rostro de una enfermera. No pone manos a la obra. Simplemente trata de reconfortar al enfermo diciéndole que el Doctor no tardará en llegar.

Siguen desfilando los minutos que se estiran como el chicle y por fin el enfermo es objeto de atención. La enfermera vestida de blanco extrae de la vena una porción de sangre con más fuerza que maña. Su rostro bien acicalado no hacía suponer una actuación tan basta. De todos modos no olvida manifestar que el Doctor está al llegar.

Mientras tanto el paciente, en su box, con la mirada en el techo, elucubra acerca de su aventura. Le da por pensar que los médicos, enfermeras y auxiliares han enfrentado a muchos hipocondríacos. Suponen, por tanto, que los pretendidos pacientes andan repletos de antojos. No es verdad que a uno le duela la próstata, el otro tenga el colon irritado y al de más allá se le opaque la vista. Lo que pasa es que son unos desaprensivos sin escrúpulos que se proponen perturbar la placidez de los profesionales de la salud.    

El Doctor llega. Entonces hay que estimular la memoria para recordar el motivo por el cual uno se halla en el box de urgencias. El médico  no parece muy interesado en el asunto.  En todo caso prefiere mirar la pantalla del ordenador y susurrar algo ininteligible a la enfermera sentada a su vera. El Doctor escucha escéptico el relato del paciente. Él tiene mucha experiencia y sabe lo que le sucede antes de que se lo cuenten. No está dispuesto a que le den gato por liebre.

El Doctor alivia escasamente al paciente, pero a cambio ordena análisis y radiografías varias. Llegados a este punto la intimidad anda por los suelos y alguien que pasa por el lugar con ganas de charlar se detiene para decirle al enfermo que lo que le sucede no tiene importancia. Lo que le aconteció a él sí era grave. Acto seguido se levanta la camisa y muestra las cicatrices del bisturí cual trofeos ganados en ardua batalla.

El paciente va acomodándose en la camilla. Al cabo de unas horas es probable que hayan llegado los resultados de los análisis y que el Doctor recuerde que el enfermo yace aparcado en alguno de los boxes. Entonces asoma de nuevo para mandarle finalmente a casa deseándole lo mejor.  

En mi caso al día siguiente la salud empeoró. Era previsible por cuanto el médico no dispuso tratamiento alguno. Ya no quise repetir la experiencia. Así que me internaron en una clínica a la que me daba derecho un modesto seguro. Porque hasta hace poco los religiosos ni siquiera teníamos derecho a acogernos a la Seguridad Social y había que apañárselas de otros modos.

Me guardo algunos interrogantes que despertó la aventura de la visita a urgencias. No quiero abusar de la paciencia del lector. Algún día habrá ocasión de volver sobre ellos.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidad en compañía del asno y del buey

Se atribuye a S. Francisco de Asís la representación primera del nacimiento de Jesús. La tradición del Belén o pesebre (que así se llama según el lugar) viene, pues, de lejos. Desde estos tiempos lejanos hay memoria de que el buey y el asno -año tras año- se presentan a todas las citas. Es curioso, sin embargo, que de ninguno de ambos animales da fe el evangelio de la infancia de Lucas. Y menos los de los otros evangelistas que ni siquiera hablan de cuevas, establos o pesebres.

¿A qué viene, pues, la escena? Tiene su razón de ser por cuanto desde los primeros tiempos cristianos se citó al Profeta que dice: Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo. Pero Israel no conoce, mi pueblo no discierne (Is 1, 3). Se trata de una constatación que puede traducirse así: muchos seres humanos son incapaces de reconocer a su Señor como Mesías, pero el buey y el asno sí distinguen al Creador en el niño del pesebre. Se trata de un simbolismo, de una metáfora, claro está, pero que tiene su atractivo y no deja de interpelar a quien se acerca a la cueva.

Sigamos, pues, con la metáfora, ya que otros la iniciaron. Los animales tienen olfato para Jesucristo, mientras que las personas humanas andan como perplejas y ofuscadas ante el misterio. O quizás sucede que se afanan tanto en lo que se les antoja inaplazable que no les alcanza el tiempo para lo que es realmente importante. Existe el peligro de volverse ciego y perder el olfato ante el rostro de Jesús. Lo podemos comprobar a cada paso en nuestra sociedad. Mucha gente camina desorientada. Tienen hambre de misterio, el instinto les empuja a otear la trascendencia, pero sólo se les ocurre buscarla en rincones exóticos o esotéricos.

Los tales no saben aplicar el sentido del olfato cuando levantan la cabeza en vertical, la dirección que indica el camino hacia Dios. Y la confusión es total cuando se trata de reconocer a los que deambulan con el corazón traspasado por las muchas lanzas que enristra la miseria, la desesperación y el derroche de sus contemporáneos. Pasan por delante sin verles.

En época navideña es justo prestar un poco más de atención a las razones del corazón. Las pulsiones y los instintos profundos de la naturaleza humana seguramente comprenden mejor la fiesta que supone la venida de un Niño a nuestro mundo. Un Niño que puede enseñarnos el camino hacia otro modo de vivir menos egoísta y rutinario. Un Niño capaz de darnos una mano para sacarnos del pozo de la inconsciencia y la autosatisfacción. 

Hay que atender a las razones del corazón porque, de lo contrario, la cabeza se erige en portavoz del entero ser humano y esgrime mil argumentos para demostrar que un Niño impotente, nacido en un oscuro rincón del planeta, nunca va a salvar a nadie. La cabeza tiene muchos mecanismos de defensa para llegar a creer que las cosas andan razonablemente bien e impermeabilizarse para todo lo que suene a Redención o Salvación. 

¿Con que fin esperar a Alguien -como pretende el Adviento- si nada me va a aportar? Sin duda, con las razones del corazón resultará más fácil alojar al Niño y a su Madre en el propio interior ya que no hay sitio para ellos en otros albergues.

Decía S. Antonio María Claret, con un punto de ingenuidad y con la retórica sentimentaloide del siglo XIX: con el vaho o aliento de afectos de amor de Dios hay que calentar al Niño Jesús, que está tiritando de frío”… “la comunidad ha de imitar al buey por su paciencia, constancia y amor al trabajo”.

Como se ve, la metáfora da mucho juego y puede alargarse sin peligros, si se atiende más al corazón que a la cabeza. El buey y el asno calentaron con su aliento al recién nacido, aterido de frío… El cristiano consciente también debiera ser alguien que nutre y calienta cuanto hay de valioso a su alrededor. Y valiosas son todas aquellas semillas de mayor sinceridad y sensibilidad que encuentran obstáculos para su nacimiento: una Iglesia más cercana y menos encopetada, una sintonía mayor con nuestros contemporáneos, una mayor valoración del papel de la mujer, un fuerte deseo de que no se instalen diversas medidas a la hora de administrar la justicia…

En los evangelios hay personajes que se constituyen en ejemplos intachables para saber cómo actuar. Basta recordar a S. José, la Virgen, los pastores, Simeón, a Nicodemo… También los hay que son claros ejemplos de comportamientos a evitar: Herodes, Pilatos, Judas, Salomé… Digamos que hay un asno y un buey que no menos sirven para indicar el camino a seguir. 

En Navidad no pueden censurarse estas imágenes y las ingenuas reflexiones que provocan. Pues en esta época se permite estirar las metáforas como un chicle y escuchar cómo palpitan las razones del corazón. No es difícil observarlo: ahí están, en un rincón de la sala, los abuelos y nietos rodeados de musgos y figuritas de barro. Parecen haberse desconectado del ambiente rutinario de siempre y se diría que viven un éxtasis a escala infantil. Por cierto, entre las figuras no falta un buey y una mula. O quizás no se trata de una mula, sino de un asno. No se distingue bien y, a fin de cuentas, para lo que interesa, da igual.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Un paisaje con emociones


Reconozco con una pizca de vergüenza que hasta bien entrado en años no valoré las bellezas del paisaje ni aprecié la hermosura de la naturaleza. Afortunadamente ahora vivo en un entorno privilegiado donde la belleza agreste se esparce sin moderación y trato de recuperar el tiempo perdido.

Aunque nunca he cultivado el género paisajístico, voy a intentar un artículo de esta índole con el propósito de redimir mis faltas. Pido de antemano la comprensión del lector por si el resultado se le antoja exiguo.

El caminante recorre la senda mientras sus ojos contemplan el paisaje que rodea el santuario de Lluc, en la sierra norte de Mallorca. Las posibilidades de elegir uno u otro camino son varias, las que los siglos han ido aparejando para desplazarse hasta las poblaciones cercanas o adentrarse en algún lugar más sugestivo del bosque. Caminos pedregosos, escoltados por robles y encinas, tutelados por enormes peñascos que asoman desde las alturas.

Los infinitos pasos que los caminantes de pasadas generaciones anduvieron en la superficie del camino han contribuido a que los posos de los ancestros -sus penas y sus gozos, sus llantos y sus risas- se hayan depositado junto a las piedras del camino. Con lo cual la vereda adquiere una mayor solera.

Un profundo silencio se apodera de los atajos del lugar cuando el sol se esconde detrás de las montañas. Un silencio intenso y profundo como no es posible percibirlo en la ciudad. Una quietud muda que parece detener el transcurrir del tiempo. Acudiendo a la metáfora grandilocuente cabría decir que la tierra detiene su doble afán giratorio para no importunar al viandante.

Huérfano de sol, el paisaje difumina gradualmente las siluetas de los montes. Poco a poco su ciclópea masa se desvanece y hay que esforzarse para adivinar el perfil de la montaña. Hasta que la noche traga completamente el panorama.   

En las horas diurnas los bosques de robles y encinas apenas dejan pasar los rayos del sol. Sobre todo en invierno, la humedad se torna viscosa al acoplarse con el musgo. La vista se derrama por los amplios espacios umbrosos.

A lo largo de la senda enormes peñascos de color grisáceo desafían la ley de la gravedad. Cuando el caminante levanta la vista los localiza encima de su cabeza y no logra reprimir el vago temor de que pudiera quedar atrapado bajo toneladas de materia inerte a poco que el agua y la intemperie sigan erosionando la naturaleza.   

El paisaje muestra un surtido de rocas de todos los tamaños y formas. El espectador dibuja en su fantasía un boceto de camello, de tortuga o cualquier otro animal. Las numerosas estrías son producto de las aguas que, a lo largo de los milenios, han ido desgastando la piedra. Han sido cinceladas por este laborioso e infatigable escultor.  

Los peñascos enhiestos provocan al caminante. Le recuerdan, sin necesidad de palabras, su modestísimo lugar en la naturaleza. Una pobre hormiguita que no da la talla frente a las rocas gigantescas. Y ya iniciada la lección, las rocas, las encinas, el cielo dilatado hasta el infinito aprovechan para meter baza y hacer gala de su poderío.  

El paisaje incluye también las nubes: cúmulos, cirros, estratos... Arriba, en el firmamento azulado, se exhiben numerosas gasas fabricadas con vapor de agua. Van y vienen, se forman y transforman. Los colores no faltan a la cita: según la estación y la luminosidad del día, el cielo se torna azul trasparente o quizás aparecen pinceladas difusas color violeta. Tal vez un rojo intenso se apodera de pronto de la bóveda celeste.
No lejos de los caminos la carretera asfaltada zigzaguea por las laderas de la montaña. Son las venas de la naturaleza mallorquina ya domesticada por los humanos. Y, allá en el fondo, las siluetas imponentes de la cordillera. Una serie de montañas habitadas a lo largo del tiempo por numerosas generaciones. Se las han arreglado para adaptarse a la lluvia, al frío y al calor. Han puesto en pie las construcciones que requería el medio. Han inventado hábitos y costumbres, han suscitado modos de convivencia y creado una peculiar gastronomía.

Por los suelos de los caminos abundan las bellotas. Semillas frágiles, árboles en potencia. Los cerdos de antaño daban buena cuenta de ellas. Unos balidos recuerdan que también forman parte integrante del paisaje las ovejas y cabras que mordisquean entre matorrales.  

A no olvidar los aromas selváticos que envuelven al caminante ni las abundantes tonalidades de verde que se extienden por las laderas. Es posible que inesperadamente el espectador perciba una cuerda por la que se desliza un jovenzuelo amigo de la aventura arriesgada. Se dispone a acariciar con los dedos de la mano el rostro del peligro mientras desplaza su cuerpo por entre los peñascos.   

Desde las cimas de los montes se divisan valles magníficos que se parcelan en cultivos de diversos colores. En tanto la ladera no alcanza el valle, unas murallas de piedra viva impiden que la tierra se deslice y eche a perder la cosecha de la aceituna. Es la obra de unos campesinos que, años atrás, trabajaron con tesón y sudor para levantar los extensos parapetos que impiden el deslizamiento de las tierras. Se hacía preciso salvaguardar los olivos de troncos retorcidos y añosos, de una singular belleza.  
La belleza del paisaje estimula la experiencia de la trascendencia.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Sin esperanza se evapora la vida


En la entrada anterior hacía unas consideraciones sobre la esperanza en tiempos de desaliento e indiferencia. Decía también que el desencanto de la postmodernidad, el cansancio de la esperanza, no ha de considerarse tanto como un espacio en el cual inculturarse, sino más bien como una hora baja de la humanidad que es preciso superar.

Esto es así porque Jesús luchó por una causa y se obstinó en alcanzarla no obstante los escollos que halló en el camino. Su causa fue el Reino de Dios. Si alguna palabra sabemos con total certeza que salió de sus labios, ésta es Reino de Dios. Una palabra que fue a la vez su pasión, su eje y su norte. Por ella tomó todos los riesgos y acabó en la cruz. 

Jesús fue hombre de esperanza, con una opción fundamental -por decirlo con palabras más actuales- centrada en la construcción del Reino. La opción fundamental no es algo periférico o accidental, sino que se instala en el centro más genuino de la persona. 

Hacia el Reino de Dios se avanza transformando la sociedad que nos ha tocado en suerte. La tierra es el único camino que tenemos para ir al cielo. Sólo podemos construir el Reino en el interior de la historia. De ahí que el cristiano deba ser contemplativo y activo a la vez. Contemplativo para engendrar esperanza. Activo para fermentar la masa de nuestra sociedad. 

Un cristianismo sin esperanza y sin utopía resulta impensable. Ya no se correspondería con el seguimiento del apasionado que fue Jesús de Nazaret. Y cuando más se necesita de la esperanza es justamente en las horas bajas de la humanidad, como la que estamos transitando. 

Esperanza a toda prueba

Muchas esperanzas han muerto porque no eran sino expectativas disfrazadas del color de la esperanza. La verdadera esperanza es la que no tiene agarradero alguno en la evidencia, ni en la ciencia, ni en la certeza humana. Nos apoyamos en la pura fe. Nos sostenemos en la roca de Dios, que esto afirmamos al decir Amén. Jesucristo es el único sí que no falla. El Señor es el buen Pastor que no abandona a sus ovejas aunque caminen por valles de tinieblas. 

Esta esperanza, elaborada a base de fe y amor se constituye en hilo conductor de la espiritualidad en la noche oscura que atravesamos. Dadas las circunstancias que nos toca vivir el papel del cristiano debe consistir en el testimonio de la inconformidad y el propósito de no claudicar. 

Si tuvieran razón quienes argumentan que las utopías han fracasado y que ya no es posible una convivencia más humana, entonces Dios mismo habría fracasado, juntamente con el proyecto de Jesús. Y, por supuesto, la humanidad entera. 

No sabemos cómo ni cuándo. Quizás nos toque en suerte caminar como Moisés sabiendo que no entraremos en la tierra prometida. O también puede suceder que de pronto surja una luz inesperada. En todo caso no nos resignamos a dar por acabada la historia, como algunos se empeñan en predicar. Como si nada hubiera que esperar porque sólo va a darse más de lo mismo. 

Sin la esperanza todo se torna rutinario y anodino. Se anuncia a Dios sin entusiasmo, se exhorta a una conversión desprovista de alegría. Y es que la Buena Noticia sólo se contagia si antes es experimentada a fondo. La gente lo nota. Sin esperanza lo echamos todo a perder.


• Sin esperanza Jesucristo permanece al nivel de los personajes del pasado. Velamos a un muerto, diría Nietzsche con su cáustica literatura.


• Sin esperanza el evangelio se queda en letra muerta, equiparable a otros extraordinarios libros del pasado.


• Sin esperanza la Iglesia no va más allá de una mera organización con mucha burocracia sobre sus espaldas. Registros, contabilidad, reuniones…


• Sin esperanza el trabajo pastoral se convierte en una actividad profesional paralela a la del funcionario.


• Sin esperanza la evangelización equivale a propaganda religiosa.


• Sin esperanza la acción caritativa se queda en eficiente servicio social, lo cual es de agradecer, claro está.


• Sin esperanza la liturgia se congela y desemboca en un ridículo exhibicionismo.


• Sin esperanza los carismas se reducen a loables cualidades humanas.


• Sin esperanza las actividades pastorales están sujetas a las probabilidades del cálculo, como acontece con las actividades comerciales.


• Sin esperanza la catequesis no es más que adoctrinamiento y acumulación de informaciones.

Para que nuestra esperanza resulte más eficiente y fructífera, he aquí una cita del obispo Helder Camara, de grata memoria: cuando alguien sueña en solitario lo soñado se queda en sueños. Cuando todos soñamos al unísono, entones el sueño se hace realidad.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Adviento: esperanza para tiempos desesperanzados


El vocablo más afín al adviento es el de la esperanza. No me propongo elaborar una homilía, pues este blog apunta hacia otros objetivos. Pero los lectores permitirán unas palabras de reflexión que tienen que ver con el tiempo litúrgico del adviento en tiempos de desesperanza.
Nos encontramos en tiempos difíciles para ilusionar al personal. Hablar de utopías y de transformación social a algunos se les antoja un discurso pasado de moda, si es que no ridículo. Muchos factores parecen darse cita para dificultar la utopía y la esperanza...
El socialismo real ha fracasado desde hace años. El capitalismo está enormemente cuestionado en estos momentos. Y el clamor de los indignados contra banqueros y políticos -de derechas como de izquierdas- es elocuente en este sentido.
Parece que la posibilidad de cambiar el mundo con vistas a una mayor igualdad y fraternidad, se ha disipado. Los ideales de los años '60 se han vuelto obsoletos. Los tiempos han cambiado. ¿No nos queda más que la desesperanza y el lamento?
El perfil de los desesperanzados
Antes de aproximarnos a la respuesta (que trataré de esbozar en la próxima entrada) digamos que, desde luego, cargamos con una mochila repleta de desesperanza y decepción. Basta con echar un vistazo al perfil del postmoderno que, a grades rasgos, podríamos calificar como sigue:
Hombre light. La comparación ya es vieja. Así como en la alimentación se buscan alimentos sin calorías, sin grasas, sin cafeína, etc., de igual manera el hombre de nuestra sociedad rebaja sus expectativas y sus compromisos.
Se interesa por muchas cosas, pero de manera epidérmica. Va de un asunto a otro. Un símbolo de esto, los clips de la TV: escenas, planos, decorados que cambian constantemente. Es un individuo que todo lo trivializa y ni siquiera tiene criterios para saber qué es importante y qué no lo es.
Sabe de una tradición de desengaños y de fracasos de ideologías. Ahora ya no quiere ilusionar más. No tiene certezas ni convicciones. Sí dispone de mucha información, pero esto no le ayuda a ser más sabio, sino en todo caso más culto.
Hombre hedonista. Cuando hay poco que esperar, lo mejor es disfrutar del presente. La vida es placer y si no, no es vida. Lo más fácil, la comodidad atrae irresistiblemente. Hay resistencia a aceptar normas. Es bueno lo que apetece y malo, lo que desagrada.
Espectador pasivo. La pasividad es una de las características del hombre de hoy. Espectador que no se compromete. No se mueve por metas u objetivos, sino que es movido, empujado por otros, por la publicidad. Consume con avidez todo tipo de productos y vivencias. Pero tanta velocidad no le lleva a ningún sitio. No tiene otro objetivo que el de saciar sus caprichos del instante, sin proponérselo se uno a medio o largo plazo.
Por eso no va con él eso de cargar con responsabilidades. Es un individuo masificado, productor, consumidor ... Su humus es el ocio, su mente está configurada por la TV. Incapaz de pensar sin la muleta de los tópicos del momento. Sus respuestas emocionales son totalmente previsibles. Se comporta con buena educación, pero su actitud y sus palabras suenan a hueco.
Buscador de seguridad. Ante la crisis, el individuo busca seguridad. No deja de ser un instinto muy humano. La sociedad del malestar amenaza a satisfechos: los sin trabajo, los inmigrantes... Es normal que los marginados quieran sobrevivir y alguno de ellos recurra al robo ya la violencia. Respuesta: más seguridad, más policía, menos inmigración. De aquí al racismo, la xenofobia, el conservadurismo… todo menos ponerse en el lugar del que sufre. Más bien se mira al otro como competidor y enemigo de quien hay que protegerse.
Imposible un cristianismo postmoderno
Hay quien argumenta de este modo: nos hallamos en un mundo y una cultura posmodernos, que ha dejado de creer en utopías, tradiciones e instituciones. Hay que ser realista y reconocer que nuestra sociedad ha llegado, como se ha dicho, al final de la historia. Sólo acontecerá más de lo mismo. Si el cristianismo alega que quiere encarnarse en cada cultura, debe también encarnarse en esta cultura posmoderna ...
Sin embargo este argumento es una falacia. La renuncia a grandes visiones globales, el desistir en la tarea de transformar el mundo, el refugio en la isla de mi vida (el fragmento) renunciando a toda esperanza de cambio... no es una forma cultural como cualquier otra. Si lo fuera, habría que considerarla un signo de los tiempos y en consecuencia, respetarla e incluso inculturar el cristianismo en ella.
Los elementos posmodernos mencionados no proceden de raíces auténticamente humanas/humanizantes, ni mucho menos cristianas. La inculturación  del cristianismo en la postmodernidad no es posible. Hay que saber cómo acercarse al hombre posmoderno, pero no asimilar a su forma de ser.
Renunciar a la visión global, a la pretensión de transformar el mundo, el compromiso histórico, preferir el placer fácil al esfuerzo y al compromiso, disfrutar el presente desentendiéndose del futuro... no es compatible con los fundamentos del evangelio.
Jesús nunca se hubiera acomodado a la posmodernidad, pues en resumidas cuentas no es sino el desencanto de la modernidad, el cansancio de la esperanza, una hora baja de la humanidad, deprimida por las muchas decepciones sufridas. Un seguidor de Jesús no puede dejarse abatir por esta hora de cansancio.
Seguiremos en la próxima entrada. Bienvenidos al adviento.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La experiencia del duelo


Noviembre se asocia a la memoria de los difuntos en el ámbito cristiano. No estarán, pues, fuera de lugar unas consideraciones sobre el duelo. Un tema que, como el de la muerte, se va arrinconando porque la pauta tácita exige actuar como si aquí no hubiera pasado nada. Un tema que, por supuesto, va muchísimo más allá del vestido negro de marras.

Declaro de antemano no poseer ningún conocimiento especial acerca de este asunto. Simplemente me propongo amalgamar algunas experiencias que me ha tocado vivir, sobre todo en el desarrollo del ministerio. Y me ayudaré también -una vez digerida la enseñanza- de las consideraciones de los expertos. 

El vocablo duelo, si nos retrotraemos a su etimología de procedencia griega, significa combate entre dos. Se me antoja bien elegida la palabra, pues en efecto se desarrolla un combate entre dos. Por una parte preciso es desvincularse del sujeto irremediablemente perdido. Imposible llevarlo a cuestas, aunque sea metafóricamente. Por la otra la impresión positiva cuya huella deja el difunto en las amistades y allegados debe ser incorporada a la personalidad de quien le sobrevive, formar parte de su identidad.    

El duelo cumple una función de carácter psíquico. Aligera la mente de los recuerdos asociados a quien desapareció del mundo de los vivos a fin de poder caminar sin agobios. Pero, a la vez, los incorpora -ya como destilados- a su propia identidad con el fin de que no se pierda lo mejor de la amistad, la cercanía y la intimidad vividas conjuntamente.   

La variedad del duelo
Es sabido que los rituales y ceremonias del duelo adquieren diversos aspectos según lugares y culturas. En la actualidad las opiniones acerca de cómo llevarlo a cabo se han vuelto muy elásticas. Quien considera una obligación sacrosanta organizar un velorio en torno al finado, quien decide obviarlo juntamente con todos los ritos anejos: visitar la tumba, celebrar exequias, vestir determinadas prendas…

Las discrepancias no son menores a la hora de decidir si los niños deben contemplar la figura del difunto o resulta más favorable para su vida emocional escamotearles la estampa.  

He asistido a escenas que personalmente considero fuera de lugar. Me ha sucedido al entrar en contacto con grupos evangélicos de Puerto Rico. Venía a decir el predicador, o el feligrés más osado, con mímica categórica –digno de exhibir en momento más oportuno- que usted no debe entristecerse, sino más bien alegrarse. Su ser querido está gozando con Cristo. Hay que cantar y reír. Y le reprendía por su tristeza. 

No, no es aconsejable forzar tales situaciones. La esperanza en el más allá, la confianza en la felicidad del difunto no impide una real tristeza por su partida del mundo de los vivos. Disimularlo o hacer como si no fuera así, lo único que consigue es violentar los sentimientos o sencillamente caer de bruces en la hipocresía. 

Otro momento que requiere el mayor tacto es el que se produce al dirigir unas palabras a los allegados. Importa acompañar y consolar con la presencia física. Un cálido apretón de manos o un abrazo sincero resultará más apropiado que cualquier discurso. En los momentos trascendentales, como el de la muerte, las palabras suenan  a hueco más que nunca. Si el acompañante no dice nada, o dice muy poco, probablemente se lo agradecerán.   

Duelo normal y duelo patológico
Bueno será animar a la persona en duelo los primeros días posteriores a la muerte para que no se deprima. Debe descansar, comer, tratar de normalizar su vida. En ocasiones el dolor conduce a reacciones y actitudes extrañas o dañinas, tales como recurrir al alcohol, al tabaco o a los ansiolíticos de forma compulsiva. 

En cambio no parece haber motivo para impedir que el afectado por la muerte de un ser querido recuerde a quien se fue. Que llore también cuanto desee. Resultaría muy inoportuno, por otra parte, que en tales circunstancias a alguien se le ocurriera reprender o adoptar un discurso magisterial.  

En ocasiones el duelo puede adquirir -según he escuchado de bocas expertas- rasgos patológicos. En un extremo hay a quien le da por negar la realidad. Aquí no ha pasado nada. En el otro los hay quienes -profundamente afectados por el acontecimiento-  muestran síntomas preocupantes en su comportamiento: ritos, pensamientos y discursos extraños. Puede adueñarse de ellos, en casos graves, el delirio místico o quizás el deseo de vivir en el cementerio, de no querer descansar...

Entre los imponderables que pueden acontecer en las situaciones que nos ocupan está el hecho de que el cuerpo del fallecido no aparezca. En tal caso no es raro que el duelo se prolongue indefinidamente. ¿No sucede algo, por ejemplo, así en los miles de personas que perdieron algún familiar durante la dictadura argentina? Tienen a quien llorar y despedir, pero no saben dónde llorar ni donde rezar, pues que desearían hacerlo frente al cuerpo del finado. 

El duelo es un proceso por el que hay que pasar. El sobreviviente debe hacer frente a la vida sin angustias ni agobios excesivos. De ahí la necesidad de desvincularse de quien se fue. Sin embargo, es muy justo que la relación establecida a lo largo de años, quizás de contenido muy cordial, sea incorporada a la propia personalidad. Tal es el objetivo que persigue el duelo y de esta manera consigue los beneficios que le son propios. 

viernes, 4 de noviembre de 2011

De obispos y elecciones


Estamos en época de elecciones. Como suele ser habitual, también los obispos  meten baza. El objetivo consiste en iluminar el quehacer cristiano en un entramado de intereses partidistas contrapuestos y desbocados.    

Digo muy sinceramente que me agradaría coincidir con las indicaciones que hizo públicas la Conferencia Episcopal Española y que, a través de los obispos diocesanos, se exhortó leer en todas las misas del pasado fin de semana. Más aún, me duele que las críticas estén tan a la orden del día. Damos una imagen de Iglesia dividida. 

Justo es reconocer que en ocasiones hay quien se excede en sus diatribas a la jerarquía. Me refiero a los fieles que están dentro de la Iglesia. No debiera convertirse en una especie de deporte eso de abonarse a la crítica episcopal. En cuanto a los que están fuera del ámbito eclesial y/o visceralmente militan en contra no hace falta calificar lo que dicen o en ocasiones vomitan.  

La ambigüedad del silencio
A pesar de todo me animo a plasmar unas palabras acerca de la carta en cuestión. Después de todo, desde los tiempos de los SS. Padres se escuchan voces animando a hablar con libertad a los miembros de la Iglesia. La verdad os hará libres, escribió el evangelista S. Juan. Y, desde luego, no se identifica quien más calla con quien más ama a la Iglesia.  El silencio es tremendamente ambiguo. Cubre un amplio abanico que va desde el desinterés hasta el desprecio. 

Voy a tratar de expresarme casi telegráficamente sobre algunos puntos de la carta. En primer lugar los obispos afirman que no imponen a la sociedad un derecho que proceda de la Revelación. Se comprende: numerosos ciudadanos no comparten la tal Revelación. Si esta consideración estuviera más a flor de piel, nos ahorraríamos agrias polémicas con los ciudadanos no creyentes. 

Con toda lógica dicen los señores mitrados que se reconoce la legitimidad moral de los nacionalismos que desean una nueva configuración de la unidad del Estado. Pero contra toda lógica  el lector lee a continuación las siguientes líneas: Es necesario tutelar el bien común de la nación española en su conjunto, evitando los riesgos de manipulación de la verdad histórica y de la opinión pública por causa de pretensiones separatistas… 

¿Cómo quedamos? Es legítimo el nacionalismo que aspira a la independencia, pero hay que tutelar la unidad de la nación española en su conjunto… Y añaden los jerarcas que las pretensiones separatistas pueden manipular la verdad histórica. ¿No pudiera suceder también al revés como se constata con frecuencia? Temo que los fieles salgan más desconcertados que iluminados tras tales afirmaciones. 

El escrito se refiere a la grave crisis económica actual. Es de alabar la referencia. Pero cuando casi cinco millones de personas sufren la humillación y el sufrimiento del paro, parece que el énfasis debería ser mayor. Y la oportunidad era pintiparada para fustigar algunos defectos causantes de la situación, tales como el fraude fiscal, la fuga de las grandes fortunas, los sueldos obscenos de ciertos banqueros y políticos... Una alusión a las hipotecas impagadas que echan a la gente a la calle tampoco habría sido inoportuna.

En la carta hacen su aparición algunos temas que ya se han convertido en habituales. Rechazo del aborto, la eutanasia, el matrimonio homosexual, la obligatoriedad de la clase de religión… Tengan por cierto los señores obispos que los fieles saben muy bien lo que piensan acerca de tales asuntos. Y la rutinaria repetición de la letanía más bien engendra cansancio y fastidio. 

El escollo del partidismo
Los comentarios que he leído acerca del escrito afirman, por lo general, que el conjunto desprende un tufillo de partidismo político. La mención a las iniciativas libres en cuestión de economía, la unidad de España, el aborto, la homosexualidad, la religión en la escuela... 

Posiblemente consideran los altos eclesiásticos que el PP es preferible para gestionar estos asuntos. Sin embargo, les aseguro que sus abanderados no anularán la ley del divorcio ni la del matrimonio/unión homosexual. Y se hace muy cuesta arriba creer que mostrarán una mayor preocupación por los marginados de la sociedad. El personal que maneja los bancos y los centros de poder económico suelen hacer migas con el citado partido. Entonces…

El terrorismo no escapa al juicio de los obispos. Dicen que una sociedad libre y justa no puede tener a los terroristas como interlocutor político. Me suena a la música del actual partido popular. Sin embargo el obispo Juan María Uriarte, cuando gobernaba el señor Aznar, se sentó en la mesa de diálogo entre el ejecutivo y la ETA. Algunos meses más tarde, ante las elecciones del 2000, los obispos no criticaron estos contactos, sino que alabaron la búsqueda sincera de la paz.  

En mi opinión personal no se va a dar la pretendida iluminación que desea la carta. Porque hay contradicciones en el mensaje episcopal, porque se le nota que cojea por la derecha y finalmente porque los programas de los partidos políticos son una mezcolanza de aciertos y desaciertos cuya valoración depende mucho de las gafas ideológicas del lector.   

Dadas las actuales circunstancias de pérdida de poder adquisitivo y el triste panorama de los parados y los que pierden su casa por no pagar la hipoteca, mi deseo habría sido que se hubieran centrado en este punto. Después de todo, Jesús habló más del amor -la ayuda, la generosidad, la caridad- que de la sexualidad y la unidad política de las naciones.