El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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viernes, 10 de agosto de 2012

Orientación mercantil



Quien posea unas migajas de ilustración histórica sabe muy bien que la religión -siglos atrás- era protagonista de la sociedad. Los reyes gobernaban en nombre de Dios y a nadie tenían que dar cuentas. Las diversas instituciones gravitaban a su alrededor. Las enfermedades se atribuían a castigos divinos o posesiones diabólicas y el remedio adecuado se llamaba oración o exorcismo. Los agricultores organizaban procesiones y rogativas para obtener la lluvia cuando la sequía se intensificaba.

Estos hábitos y tradiciones no se cambian de un día para otro. Cincuenta años atrás todavía en el papel moneda impreso en España se leía: Francisco Franco, caudillo por la gracia de Dios. Y el dólar sigue exhibiendo la leyenda: in God we trust.

Quienes hoy día llevan acumulado medio siglo sobre sus espaldas han sido testigos de cambios enormes por lo que a la fe y la vida cristiana pública se refiere. Son testigos de cómo muchísimos niños crecen sin bautizar. Las vocaciones religiosas se han congelado de golpe. Las Iglesias se han vaciado de feligreses. A quienes les duele la garganta no acuden a S. Blas. Y así un largo etcétera.

La política no tiene que pedir permiso a la religión para desarrollar sus planes. Dios no es el fontanero que acude a reparar los desperfectos ocasionados en nuestro mundo.   Ello está en consonancia con la genuina opinión del Vaticano II al afirmar que la sociedad ha llegado a su mayoría de edad y las realidades profanas gozan de propia autonomía.

El caso es que del respeto a la autonomía de las realidades terrenas y la legitimidad del proceso de secularización hay quien pretende deducir la privatización de la fe. Y el creyente dice que hasta ahí podíamos llegar. Porque si la Iglesia debe esconderse en la sacristía y sólo le es lícito al creyente rezar en la alcoba, entonces asistimos a la deconstrucción de la fe.

La fe es misionera y resulta muy razonable que se exponga y se invite a escuchar. Más aún, la libertad de expresión es prerrogativa de las sociedades bien organizadas. ¿No podría la Iglesia expresar su opinión de modo respetuoso cuando multitud de personajes y personajillos expresan la suya al margen de todo respeto?

Entre la relevancia y la identidad

La tendencia bastante generalizada a ponerle sordina a la fe tiene lugar porque en nuestra sociedad predomina el perfil del individuo de orientación mercantil, según expresión de Erich Fromm. Se trata de personas que se experimentan a sí mismas como una mercancía. Se tasan teniendo en cuenta la mayor o menor cotización que su estilo de vida y su rol adquiere en el mercado.

Una tal comprensión de la propia persona genera una enorme inseguridad. Si la autoestima no depende de lo que uno es, sino de cómo cotizan los valores en el mercado del momento, entonces siempre penderá la amenaza del desprestigio y la reprobación sobre la propia cabeza.

El proceso de emancipación de la sociedad respecto de la religión ha disminuido la cotización de la fe. Si en las sociedades tradicionales la religión era la clave de bóveda que sostenía el entramado del conjunto, ahora ha quedado devaluada. Las cosas realmente importantes para quienes dejan huella y asoman su rostro en los medios son la economía, el deporte, la técnica, farándula…

El creyente -y en particular los agentes de pastoral- afrontan una profunda crisis de relevancia. Hacen una oferta que ellos consideran de capital importancia y comprueban que apenas interesa a nadie. En vista de lo cual unos abandonan –presbíteros, religiosas y laicos comprometidos que han emigrado a diferentes estados y quehaceres- y a otros les da por cambiar de imagen y de vocabulario.

El que llevaba a cabo una tarea de carácter específicamente religioso ahora silenciará las motivaciones que fundamentaban su quehacer. Para compensar acentuará su tarea social a favor de Caritas, una ONG, su dedicación a la enseñanza o su compromiso con los discapacitados. En una palabra, el relieve no lo otorgará a las raíces cristianas que nutren su actuación, sino a los frutos sociales que la sociedad pondera y valora. 

Sin embargo este cambio de look consigue superar la crisis de relevancia al precio de caer de bruces en la crisis de identidad. Ahora bien, los grupos de Iglesia deben tener un perfil y una identidad propia. De otro modo nada les distingue de los numerosos grupos humanistas o comprometidos a favor de la sociedad. Y ello decepciona a quienes buscaban precisamente las raíces, las motivaciones, lo que trasciende a la vista.

No se interpreten estas palabras como un flirt con los movimientos conservadores y aun fundamentalistas. En absoluto. No se lea entre líneas lo que no hay. La tesis o la moraleja de los párrafos que anteceden consiste simplemente en que no es sano para la salud psicológica ni espiritual contaminarse de la orientación mercantil. Las cosas valen por el valor que tienen en sí mismas. No deben medirse según la cotización que adquieren en el mercado de valores.

lunes, 30 de julio de 2012

Un silencio clamoroso


 
Si para S. Juan de la Cruz existía una soledad sonora muchos cristianos de hoy auscultan un silencio clamoroso. Es el de la jerarquía española, particularmente de la Conferencia Episcopal. Hay motivos para la estupefacción ante tamaña afonía cuando la sociedad vive una situación extrema. Se admira uno de la demora para pronunciarse sobre temas económicos y sociales frente a la premura con que se abordan otros relativos a la familia y la sexualidad.

Vaya por delante que me parece juicioso el principio de que los representantes de la comunidad cristiana mantengan neutralidad frente a los diversos partidos y que las críticas no den la impresión de censurar a alguna ideología o formación política en sí misma. Se requiere cautela con el fin de no traspasar la línea sutil que discrimina la política de sus consecuencias morales.  

Sin embargo, el principio de neutralidad no debiera funcionar como coartada para evadir el compromiso. Pues que también existe otro principio, decisivo para los cristianos, el de la encarnación. Desde que Jesús se hizo carne y se pronunció sobre la inmoralidad, la indiferencia y la hipocresía de algunos contemporáneos, ya sabemos lo que corresponde. 

Política con moral al fondo

Por supuesto, la Iglesia no dispone de ningún recetario con soluciones de tipo técnico. Sólo algunos fundamentalistas sueltos le exigen tal cosa. Tampoco propone ningún sistema económico o político. Le basta con que la dignidad humana sea respetada y promovida en todos ellos, como opinaba la Sollicitudo Rei Socialis.


De todos modos los aspectos temporales y terrenales mantienen vínculos con el fin último de la persona. A saber, la convivencia, la paz y la felicidad. Eso meramente desde el ángulo humano. Desde la perspectiva de la fe dicho fin incluye también morar junto a Dios para siempre. En ambos casos se precisa tomar en consideración las actitudes morales y éticas. 

Si el gobierno debe gastar el dinero de todos en un aeropuerto donde no aterrizarán aviones o debe dedicarlo a atender a los emigrantes sin papeles es una decisión política, pero de enormes consecuencias morales. Otro tanto se diga acerca de si hay que recortar servicios en hospitales o más bien en coches oficiales. 

Desde el punto de vista moral la Iglesia tiene algo que decir. De otro modo se le aplicará aquello de que quien calla otorga, sea o no verdad. Le corresponde reclamar, entre otras cosas, la mentira de que fuera del mercado no hay salvación. Deberá decir en voz alta que ningún progreso está permitido si no es en vistas al desarrollo de la persona. Otros avances con diferentes propósitos, deben ser descartados por más que se exhiban con la barriga preñada de eficiencia.  

Quienes merecen mayor atención son los ciudadanos atrapados en el paro, sin vivienda, con salud precaria. Si los recursos no llegan a todo, se recorte en sueldos de políticos y banqueros. Se persiga a los defraudadores de hacienda, se impongan más obligaciones a quienes más tienen. Para ello existe el Estado, que no para regirse por la ley de la selva.

Hay que poner coto a la dramática situación de la sociedad, a la cual no se llega de la noche a la mañana. Antes se han recorrido muchos kilómetros por senderos de mediocridad y se han atravesado a nado lagunas putrefactas de corrupción. Se han abonado innumerables intereses privados y se ha colocado a los amiguetes en sitios donde se cobra mucho más de lo que se trabaja.  

El sistema económico que nos ha arrastrado hasta el umbral de la tragedia -para muchos, descalabro consumado- se ha mostrado incapaz de pensar en el valor del ser humano por sí mismo. Ha llegado el momento de proclamarlo desde todos los púlpitos y propiciar otras salidas. Ya no se trata de poner parches, sino de enfocar la vida con otro talante, con más generosidad y mayor grado de solidaridad.

La Iglesia, un referente social

La Iglesia es notoriamente denostada y ninguneada en amplios sectores de nuestra sociedad. Incluso en las encuestas ha tenido el deshonor de ser la Institución menos valorada… Ha llegado la hora de que se ponga en pie y trate de ser un referente. Pero no por sus influencias ni por sus amaños políticos, sino por su valentía en denunciar la corrupción y su creatividad en favor de los pobres.

Claro que para ello no estaría mal recuperar una mayor cohesión interna, huir del nepotismo y de las ansias de poder que en nada ayudan a mejorar la imagen. Al tiempo que los pastores bien pudieran ofrecer un rostro menos ceñudo. Mucho mejor harían en tender una mano amistosa que en levantar el dedo índice condenando a diestro y siniestro. Al fin y al cabo -no se pierda de vista- Jesús vino para enseñarnos a amar. 

Por supuesto, si la Iglesia somos todos, nadie acapare la exclusiva. Precisamente fuertes cotas de malestar se generan al tomar la parte por el todo: la jerarquía por la entera comunidad cristiana. La Iglesia es plural y nadie debería amordazarla. Pero a la hora de luchar contra la corrupción y estimular el compromiso, todos los hombros deben moverse al mismo ritmo.

sábado, 21 de julio de 2012

Una crónica de locura y sangre

Tela pintada recientemente por el artista
Just Nicolàs. Está expuesta en un
altar lateral de la ermita de S. Honorat
en Randa (Mallorca).

Eran los primeros días de la incivil guerra civil iniciada en el Estado español el 18 de julio, tras el levantamiento de los militares. Cinco días después, en la periferia de Barcelona, fueron asesinados cuatro religiosos del Instituto al que pertenezco, junto con unas religiosas franciscanas. Se cumplen 76 años del fatídico suceso. Reproduzco el epílogo que escribí en las dos ediciones del libro titulado: “Los atajos de Dios. Hermanados con lazos de sangre”. Y en catalán: "Les dreceres de Déu. Agermanats amb llaços de sang”. Un resumen del mismo se publicó también en ambas lenguas en formato folleto.

Una crónica de amor, locura y sangre

Cuatro religiosos -entre otros muchos- cayeron abatidos por las balas en aquella locura colectiva que fue la guerra civil del año 1936. Con ellos, dos religiosas que velaban en la cabecera de los enfermos y enseñaban a los niños las primeras letras. También una señora capaz de morir por ceder un rincón de la casa a unos clérigos acosados. La tragedia hermanó a los caídos con lazos de sangre.

Los testigos que convivieron con los protagonistas de esta historia, o les conocieron de cerca, ofrecen un testimonio sin fisuras: se trataba de personas sencillas, sin ambiciones y sin iniciativas de grandes vuelos. En general cabe hablar de personas retraídas, tímidas y en algún caso hasta de débil complexión.

Vivían en el anonimato en un barrio obrero y periférico de Barcelona. Los religiosos presbíteros se dedicaban a minis­terios pastorales más bien modestos: catequesis a los niños, celebración de sacramentos... Los coadjutores realizaban tareas domésticas y llevaban a cabo cuanto se les encomendaba. Seguían de cerca el patrón del buen religioso de la época: disciplinado, recto en toda situación, cumplidor de las Reglas.

Por su parte las religiosas franciscanas trasnochaban para velar a los enfermos que las solicitaban. O ponían todo su empeño en entretener, a la vez que enseñar, a los pequeños que les confiaban los padres trabajadores a lo largo del día. Y la Sra. Prudencia, mujer de delicados sentimientos, atendió de mil amores a su esposo tuberculoso, impartió catequesis en lugares necesitados e inventó mil maneras de recoger fondos a favor de los más humildes. 

Apenas si este puñado de creyentes era conocido más allá del pequeño círculo en que se desenvolvía. ¿Cómo podían provocar reacciones enconadas, repletas de odio y venganza? ¿En qué manantiales bebieron sus asesinos para acumular tanta saña contra personas tan ostensiblemente inocuas?

Sólo se comprende el asesinato si los verdugos apun­taban a una causa, una idea y una fe que se hallaba más allá de los nombres y apellidos de los ajusticiados. Los MM. SS. CC., las Hnas. Franciscanas y la Señora Prudencia eran meros símbolos. Sin embargo, los milicianos no dispararon contra símbolos ni ideas, sino contra seres de carne y hueso, débiles e indefensos. No destrozaron una abstracción, sino el corazón y el cerebro de unas personas que nada tenían que reprocharse. Si querían acabar con individuos favorables a la injusticia y el despotismo, se equivocaron a todas luces. No eran ellos los genuinos representantes de este sector.

Los mártires del barrio de El Coll conforman un hermoso legado patrimonial para quienes formamos parte de sus institutos y sabemos de su historia. Este grupo hermanado por las balas y la sangre habla con elocuencia acerca de lo que importa en la vida, de los objetivos últimos. Unos eran reli­giosos presbíteros, otros religiosos coadjutores. Dos de los componentes habían profesado como religiosas Franciscanas. Había una laica. Siguieron diversos caminos, tuvieron diferen­tes tareas, desempeñaron roles disímiles.

Presbíteros o no, laicos o clérigos, varones o mujeres, todos mostraron el mismo empeño en ser fieles a su conciencia y dar la mano al prójimo. Al final no rehuyeron entregar la vida por el Amado y enterrarse como grano de trigo en el surco.

Personas como las que nos ocupan dan credibilidad a la Iglesia. Los mártires son necesarios -como "era necesario que muriera el Hijo del Hombre"- para demostrar que la evan­gelización, la lucha y el compromiso de la Iglesia no permanece al nivel de las meras palabras. Hay momentos en la vida que de nada sirven las caretas. Todo se juega a una carta. Los hechos son entonces enormemente aleccionadores.

Admitamos que el lastre de la Iglesia -siempre santa y pecadora- enturbiara la situación y que los victimarios alegaran pretextos para llevar adelante sus impulsos incendiarios y para disparar los gatillos de sus fusiles. Lo cierto es que la voluntad de dar la vida por una causa constituye un argumento inapelable de la propia sinceridad y de la más estricta coherencia. Y, si la causa del martirio es Jesús de Nazaret, entonces los creyentes permanecemos orantes en silencio. Admiramos a los fusilados y damos gracias a Dios.

Las páginas del libro relatan una tragedia que desbordó en orgía de sangre. Desgranan la sencillez y el anonimato de los protagonistas. De personas totalmente ajenas a planteamientos políticos o estrategias militares, que se encontraron atrapadas en unas coordenadas de espacio y tiempo. No rehuyeron decir que sí. Amaron con el mayor amor posible.

 

miércoles, 11 de julio de 2012

Diagnóstico sobre la fe



Estoy preparando estos días lo que en el vocabulario de la tradición eclesial recibe el nombre de “Ejercicios espirituales”. Para los menos familiarizados con el nombre y su contenido, ahí va una breve explicación.  

Se trata de unos días de silencio –sin caer en la caricatura- para tomarle el pulso al transcurrir de la propia vida. Este ambiente facilita largos ratos de oración al ahuyentar el peligro de la extroversión. Lo más habitual es que los Ejercicios duren una semana, aunque pueden alargarse más. Quienes los practican con cierta regularidad -religiosos/as, sacerdotes, laicos comprometidos- suelen hacerlos anualmente.

Además de la mencionada oración y las exposiciones del Director el conjunto se complementa con las horas litúrgicas y la Eucaristía. También se ofrece la oportunidad de escribir unas páginas de carácter personal y es posible que se lleve a cabo alguna conversación de calado espiritual con quien dirige la marcha de estos días.

Hay diversas tradiciones de ejercicios, entre las cuales sobresale la que se origina en S. Ignacio de Loyola. Tales Ejercicios los encuentro, además de poco actualizados, un tanto enjutos y repetitivos. Por supuesto que no les niego en absoluto su valor ni el enorme provecho que mucha gente ha sacado de ellos. No se me enfaden los jesuitas, es simplemente cuestión de gustos y puntos de vista.

Yo he elegido un tema que ayude al auditorio (más bien menguado, me supongo) a no rehuir los vientos adversos que soplan sobre la sociedad por lo que a la fe se refiere. Es aconsejable tomarle el pulso a la situación actual, aventurar un diagnóstico y apertrecharse para hacer frente a los contratiempos que salgan al paso. El tema lo he titulado así: fe, esperanza y caridad en tiempos de indiferencia. Quizás un tanto disperso, es verdad, pero tampoco hay por qué explorar todos sus vericuetos.

Este largo prólogo antecede a lo que realmente pretendo en la entrada del blog. A saber, proponer al lector ( y a los ejercitantes en su momento) un diagnóstico un tanto crudo, como yo lo percibo, respecto de la fe en el aquí y ahora.

Diagnóstico sobre la fe en nuestro tiempo

A los cristianos de hoy nos toca vivir en un mundo en el que muchos hombres han desplazado a Dios de su vida y viven como si Él no existiera. Para muchos, habituados a situaciones distintas, el hecho resulta novedoso, sorprendente y lamentable. Vaya de antemano que no pretendo dramatizar para así mejor llamar la atención.  

- Muchos niños no están bautizados, no saben qué es eso de los sacramentos. No se pronuncia la palabra fe, ni Dios, ni Jesús en su casa. Su educación prescinde plenamente de la dimensión religiosa.

- En muchos foros se niega explícitamente su existencia. La increencia, la indiferencia, el ateísmo, nos rodean y amenazan nuestra vida de fe. Y nadie está inmune. Se trata de un fenómeno social amplio y difuso.

- La TV, con sus abundantes programas chabacanos, con frecuencia se mofa del tema religioso, de sus personas representativas y de sus símbolos.

- Es espeluznante lo que se llega a escribir en los comentarios de las webs interactivas. Cierto que a veces las críticas son merecidas (pederastia, asuntos de dinero turbios...), pero en general no se da pie para tanta animadversión y una tal abundancia de bilis.  

- No cabe pasar por alto el considerar los errores, escándalos, el poco tacto, las provocaciones de algunos personajes connotados de la Iglesia.

- Igualmente el espectáculo de una liturgia rutinaria, amortiguada (Misas con gente dispersa y pasiva) y cuyos participantes -más bien asistentes- en su mayoría son personas con muchos años sobre las espaldas.

- No raramente se escucha que los cristianos creen cosas extrañas y sostienen una moral sexual poco humana. Lo que no deja de ser verdad cuando se aborda con visión fundamentalista.

Un tal ambiente necesariamente nos afecta porque no vivimos fuera del mundo. Nos influye en la manera de entender la vida de nuestros prójimos, sus valores y comportamientos. No digo que este panorama lleve a perder la fe sin más, pero sí que pueden minar la viveza, la intensidad, la transparencia con que se vivía años atrás.

Y levanta dudas, claro. Un ambiente en que la gente no despega el nombre de Dios y la Virgen de sus labios nada tiene que ver con una especie de pacto tácito global para no pronunciarlo. Una fe dada por supuesto constituye una pacífica posesión. Se la acepta con menos interrogantes que si a cada momento se la incrimina o se sospecha de ella.

Creyentes y no creyentes habitamos un mismo suelo, respiramos el mismo aire. Necesitamos replantear y avivar los fundamentos de nuestro creer y esperar, para afianzarlos y poder dar razón de ellos a quienes nos rodean.

Naturalmente que la charla debe continuar para proponer el modo de hacer frente a este ambiente adverso. Pero también es una regla tácita que las entradas del blog no deben alargarse en exceso ni su autor abusar de la paciencia de los lectores.




domingo, 1 de julio de 2012

Palabras a los peregrinos

Pronto se cumplirán nueve meses de mi subida a Lluc con la tarea de atender a los peregrinos del santuario. Los meses de abril, mayo y junio son los más ajetreados. Los peregrinos han subido por miles.

La crónica registra las visitas multitudinarias de los pueblos de la isla, tanto del interior de la isla (Part Forana) como del litoral (Marinas), así como la jornada de los enfermos y de los presbíteros de la isla en las que presidió la Eucaristía el Sr. Obispo.

Los extranjeros suelen visitar la Basílica y otras dependencias del lugar sin que soliciten ulteriores servicios. Unos y otros no se pierden la visita al camarín donde reposa la imagen de la Virgen. Protestantes, escépticos o ateos, todos siguen los pasos que les conducen hasta la imagen. Excepcionalmente alguno protesta por adorar imágenes. Su estilo en el libro de visitas le delata: se trata de algún evangélico o pentecostal revestido de ardores proféticos para la ocasión.

En las celebraciones que me ha tocado presidir he echado mano de unas palabras que animaran a los fieles y no perdieran de vista el contexto de su peregrinaje. Aproximadamente les he dicho lo que sigue. Y perdonen que la traducción de los versículos poéticos en mallorquín dejen que desear.

Un poesía de Tomás Aguiló cuando se coronó la Virgen, hace 128 años, dice así:

Porque en Lluc renace la esperanza,
y brilla siempre más viva su fe.
De todas partes de nuestra isla
por miles acuden los peregrinos.

1. A propósito de la esperanza

A lo largo de su existencia, el ser humano engendra numerosas esperanzas, de distinto tamaño y color, acordes con los diversos períodos de su vida.

Tal vez la esperanza de un amor grande y satisfactorio en la juventud, como también de una soñada profesión. Puede que persiga un éxito científico, literario o deportivo, determinante para el resto de su vida. No obstante, aun cuando estas esperanzas se cumplan, el individuo percibe claramente que sus ilusiones van más allá. 

Y cuando no se cumplen cunde el mal sabor de boca. A propósito, años atrás, coleteaba la esperanza de construir un mundo perfecto gracias a los aportes de la ciencia, las ventajas de la técnica y una política de fundamentos científicos y honrados. Sabemos que estos ideales se han truncado sin remedio. 

Lo experimentamos cada día en nuestras carnes cuando se recortan las becas de nuestros hijos, cuando la espera en urgencias médicas se hace interminable. Cuando nos enteramos de las hecatombes producidas en los bancos, sin que nadie se responsabilice. Bien al contrario, los maleantes se marchan con indemnizaciones obscenas y sueldos inmorales. 

Necesitamos tener esperanzas -más grandes o más pequeñas-, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, todas las demás se muestran insuficientes. Esta gran esperanza coincide con Dios, que abraza el universo y otorga sentido a la vida. Dios que también habla en estos lugares a través de la Madre de su Hijo Jesús.

2. Volver a las raíces

Tras peregrinar muchos años por la vida hemos dejado jirones de ilusión a lo largo del camino, pero el hecho de subir hasta la montaña lucana significa que no las hemos perdido todas. Las que nos quedan las proyectamos en la sonrisa de la imagen de la Virgen que parece confortarnos en las dificultades y llenar una vez más el corazón de gozo.

Porque Lluc es esta extensión de terreno poblada por árboles y peñascos que ya nuestros antepasados, antes del cristianismo, identificaron con la expresión bosque sagrado (Lucus). En él percibían y percibimos al Espíritu del Creador planeando por encima de las numerosas encinas y imponentes peñascos. Hoy sigue susurrándonos y sorprendiéndonos. 

Lucus es el bosque sagrado donde corre la savia que, como dice el poeta, es la saba antiga i pura que fa el cor més mallorquí (Costa i Llobera). Lluc une la fe y el lenguaje, el amor de la tierra y de quienes nos rodean, es la Institución mallorquina por excelencia, como afirmó un día el Obispo Campins, de feliz memoria. Constituye un ámbito privilegiado para reencontrarnos con las raíces profundas de la tierra, con los valores culturales, con las virtudes de nuestros antepasados, con el folclore, con el paisaje. Especialmente cuando se mueven vientos contrarios desde el mismísimo gobierno autonómico.

Quizás algún visitante -gracias a la belleza del paisaje, de la naturaleza y del silencio- escucha de nuevo la voz de Dios susurrándole al oído. Lo cual daría la razón a aquel verso del poeta Costa y Llobera: Lluc es todavía para Mallorca el sacrosanto rincón del hogar. 

3. María, estrella de la esperanza

Los fieles cristianos saludan a la Virgen, desde hace más de mil años, con el himno latino Ave Maris Stella (Ave, Estrella del Mar). La vida humana es comparable a un viaje a través de las aguas marinas, en ocasiones turbulentas. Como los antiguos navegantes, lograremos mantener el rumbo mirando las estrellas del firmamento que nos indican el rumbo. 

Los astros y estrellas son nuestros antepasados, pobladores de estas tierras, que han sabido vivir honradamente. Ellos centellean con resplandores de esperanza. Pero el astro mayor es Jesucristo. Y junto a Él, María, la estrella de la esperanza. Ella con su asentimiento hizo que cielo y tierra convergieran. Ella nos indica el camino por el mar de la historia. Lo hace a través del esbozo de su sonrisa difuminada en el misterio.

jueves, 21 de junio de 2012

Jesús y María a través del corazón


El día de la fiesta del corazón de María (16 de junio), la comunidad del Santuario de Lluc asistió a la inauguración/bendición de una pintura que representa a Jesús y a María contemplados a través de su corazón. Porque a Jesús se le puede mirar al trasluz de su pobreza, de su actitud profética, de su acercamiento a los humildes…. Las múltiples y diversas escuelas de espiritualidad, como también los fundadores de Órdenes y Congregaciones, han escogido su propio punto de vista. De ahí tanta diversidad.

Ahora bien, se da el caso de que no raramente las reflexiones, o más bien exclamaciones, de los adeptos a ambos corazones adolecen de un trato poco delicado hacia los textos del Nuevo Testamento. La devoción que nos ocupa está entretejida de ornatos y arabescos que, por lo general, no responden a la sensibilidad de nuestros contemporáneos. En la mayoría de los portales de internet que se ocupan del tema se proyecta una devoción pálida, lastimera y escasamente fundamentada.

No es suficiente con las buenas intenciones huérfanas de sentido crítico. Urge un viraje que recoja la abundante riqueza de la Tradición, a la vez que elimine los excesos y las deficiencias, el lastre acumulado a lo largo de los siglos. Es preciso entroncar la espiritualidad del corazón de Jesús con la sensibilidad del hombre y la mujer de hoy y olvidar las pinturas kitsch y las exclamaciones del siglo XIX.

Mi empeño a lo largo de mucho tiempo, como el de algunos de mis colegas, se ha concretado en darle un giro a esta tradición pictórica de rostros acaramelados y mejillas sonrosadas. Así como a la tradición literaria de expresiones lastimeras y quejumbrosas que responden a gustos literarios decididamente venidos a menos. La tarea resulta espinosa, pues no se desvía tan fácilmente el flujo de la tradición. Ni se abaten sin más los prejuicios acumulados.

Guía para contemplar el cuadro

El P. Ramon Ballester, que sigue de cerca las tendencias artísticas del momento y no carece de arrestos para establecer pautas en el museo del santuario, a falta del director/a que aguardamos, ha asesorado al pintor y explica el cuadro en los siguientes términos:

La pintura de los Sagrados Corazones de Jesús y de María contiene todo un mensaje bíblico y espiritual que quiere expresar la nueva lectura doctrinal hecha por la Congregación de MM.SS.CC. en sus decretos capitulares y diversos estudios.

Jesús Resucitado muestra las heridas de la Pasión testificando que ha dado la prueba del amor más grande, hasta donde ha llegado su entrega por amor (Jn 15). Destaca el pecho con la herida de la lanza que muestra el corazón abierto, traspasado (Jn 19,34-35). Es un Cristo triunfante de la muerte, que ha pasado por la cruz, la cual viene a ser como su trono dramático, a la vez que glorificador. De ahí que la sonrisa de su rostro confirme la esperanza de los creyentes.

La actitud invita a la contemplación y al compromiso de seguir contemplándolo en quienes hoy también se les traspasa el corazón. A ellos hay que servir con amor samaritano.

María se encuentra a su lado en actitud de oración de intercesión. Ella nos fue dada como Madre desde la Cruz (Jn 19,26-27) y participó de la Pasión de su Hijo como lo profetizó el viejo Simeón: una espada le atravesaría el alma (LC2, 35).

Ella conserva en su corazón numerosos recuerdos del Hijo (Lc 2,51) y rememora la encarnación del Hijo en su seno. Pide ahora que se hagan carne en nosotros las palabras del Evangelio...

El autor del cuadro

El pintor se llama Just Nicolàs, nacido en El Vendrell (Tarragona) el año 1946. Ha cultivado diversas técnicas: acuarela, aceite, cerámica, escultura. Sus obras han merecido reconocimientos internacionales. Su pintura es actual. A mí personalmente me complacen sus colores festivos y claros que conforman una especie de granulado. En sus obras echa mano de recursos varios para que la pintura resulte ágil y dinámica.

Puede que el autor de la tela no sea muy conocido en el mundo de las exposiciones y las ventas, pero es un buen pintor, con un estilo definido y cuya obra sintoniza con la sensibilidad actual en las formas, volúmenes y colores. Aúna en equilibrada síntesis algo del cubismo de Picasso y de los rostros estilizados de Modigliani. Se llama Just Nicolás, nacido en Catalunya y con familia en Mallorca.

El cuadro que nos ocupa preside la capilla interna de la comunidad de los Misioneros SS. Corazones del Santuario de Lluc. Lo contemplamos cada mañana mientras nos susurra que es preciso dejarse traspasar en el servicio a los traspasados. El Cristo de rostro juvenil nos infunde esperanza. Como Él, también nosotros estamos llamados a dejar atrás la cruz, la lanza y la espada. Lo cual se consigue si, como exhortaban los viejos profetas, se lucha por cambiar las espadas por arados y las lanzas por podaderas.

lunes, 11 de junio de 2012

Democracia agostada

Democracia: ¿real o formal?
El habitante promedio de nuestro planeta desea en principio penetrar en la sala de máquinas donde se cocinan las grandes decisiones de la comunidad y hasta asomarse a las cañerías ocultas por donde fluyen las mentiras, las ambiciones e incluso los delitos. Sí, desea saber lo que se desliza por las cloacas inferiores de inferiores de este espacio ornamentado y elegante que es el parlamento/senado. 
Al presbítero le ronronea detrás de la oreja la exhortación, que viene de lejos, de no destapar abiertamente sus preferencias políticas, sobre todo en el púlpito y en apariciones públicas. El razonamiento que sostiene la norma es válido: una predicación pública favorable a personas o actuaciones de marcado sello partidista de inmediato pone sobre aviso a los del partido contrario. En principio la Iglesia no debe posicionarse a favor de unos u otros cuando las decisiones y realizaciones pueden ser muy variadas.
Hoy en día, ya sea por motivo de las elecciones o por las dificultades de la crisis se habla de política por activa y pasiva. Tratemos de enfocar el asunto no a partir de la política que fluye por los diversos partidos, sino de la política en cuanto caudal previo a los mismos. La impresión inicial es que la democracia vigente en multitud de países parece descender a buen ritmo por el tobogán de la decadencia. Se observa meridianamente que quien manda es el partido y no el pueblo. Cuando tal sucede, la democracia degenera en partitocracia. Los partidos se preocupan mucho más de usar (¿usurpar?) la autoridad del pueblo que de representarlo debidamente.
Es de toda evidencia. Asigna el sueldo al político la maquinaria del partido (aunque para este asunto fácilmente convergen todos ellos). Sin embargo, quien de verdad contribuye al sueldo con su trabajo es la gente del pueblo. Se da el caso, por otra parte, que raramente se concede libertad de voto. Lo que el partido quiere y no lo que el representante del pueblo desea es lo que se va a votar. Quien transgreda esta norma sagrada se convierte en chivo expiatorio sobre el cual se ejerce la más rigurosa represalia. 
Representar al pueblo implica actuar de manera responsable a fin de que cunda el progreso y una mayor libertad. Pero sucede que cuando un partido está en la oposición actúa de modo totalmente desleal. Su objetivo consiste en desacreditar y derrumbar a quien gobierna. Si las artimañas usadas para ello dañan al país entero… resulta secundario. Luego, al pasar de la oposición al gobierno, le pide lealtad al partido contrario, la misma lealtad que él escatimó. ¿Les suena?
Regenerar la democracia
A estas alturas no creo haya muchas dudas de que los discursos parlamentarios tienen utilidad nula de cara al progreso del país. Los discursos de hecho sirven para -además de lucir la propia oratoria- zaherir, satirizar, reprender y ultrajar. Siempre y cuando el personal se mantenga despierto en sus escaños, lo cual no hay que suponer de antemano. Todo ello con la vista puesta en los titulares de prensa del día siguiente. Eso a medio plazo. A largo plazo, el gran objetivo permanece inmutable: mantenerse en el poder o -para la oposición- erosionar a quien gobierna.
Una democracia más auténtica y transparente exigiría una ley electoral menos favorable al bipartidismo, que acabara de una vez con la disciplina de partido, que no fueran los mismos políticos quienes se asignaran el sueldo, que una comisión ajena a los mismos controlara el gasto público.
Estas cosas, expresadas de muy diversas formas, se respiran en el ambiente, las transmiten las tertulias radiofónicas a través de las ondas y hasta se ventilan en las conversaciones entre vecinos. Las han recogido muchos movimientos ciudadanos al reclamar democracia real y soberanía popular. Porque de democracia formal, ficticia y virtual los ciudadanos andan más que hartos.
En este asunto de la política no debiera tanto interesar cambiar de amo cuanto dejar de ser sumiso al amo de turno, para tomar las riendas de las propias decisiones, las de la ciudad y del país a través de auténticos representantes. Creo que era Mahatma Gandhi quien decía que no es lo que importa cambiar de amo, sino dejar de ser perro. 
Importa dejar de ser sumiso y pasivo en cuanto ciudadano. Esa sí sería una adquisición fundamental. Pasar de perro a humano y luego a ciudadano. Ejercer con plenitud y justicia los propios derechos. Democratizar el poder y comprometerse a construir un entramado distinto que resultara más respirable, confiable y relajante

viernes, 1 de junio de 2012

Recuperar gestos y símbolos

El autor del artículo disertando sobre los símbolos
Hace un par de meses escribí una entrada que versaba sobre el panorama -poco alentador-de los sacramentos. Aprovechaba el fragmento de una conferencia que me encargaron para el XXXIII Encuentro de Santuarios en Ibiza correspondiente a Cataluña y las Islas Baleares. Si entonces ofrecía el inicio de mi exposición, ahora expongo el final.


En la liturgia prevalece el lenguaje de los símbolos. Un lenguaje más intuitivo y afectivo, más poético y gratuito que el de la palabra o el signo. Se comprende: la liturgia es una acción, un conjunto de signos performativos que nos llevan a la comunión con el misterio y a experimentarlo, más que a entenderlo. Es una celebración y no una doctrina o catequesis.

a) Razón antropológica referente al signo y el símbolo

El ser humano alimenta sentimientos e ideas en su interior, pero también las expresa exteriormente con palabras, gestos y actitudes. Y no es que tenga sentimientos, y luego los exprese para que los demás se enteren. No. Sucede que los sentimientos no son del todo humanos, ni completos, hasta que no se expresan, hasta que la idea no deviene palabra. La razón de ello radica en la dimensión corporal y espiritual de la persona: cuerpo en el espíritu y espíritu en el cuerpo.

Así, en la celebración litúrgica, la alabanza no es plenamente humana ni cristiana hasta que resuena en la voz y el canto. El sentimiento de conversión y la respuesta del perdón no se realizan del todo si no se manifiestan en las palabras de arrepentimiento: el yo acuso y el yo te absuelvo es una acción sacramental, simbólica, significativa, que reviste de materia la vivencia interior.

b) El símbolo va mucho más allá del signo

No se debería contemplar la celebración sacramental sólo desde la perspectiva del signo, por muy eficaz que sea. También hay que tomar en consideración las acciones simbólicas. La palabra vino es el signo / palabra que habla de una conocida bebida, pero la palabra no apaga la sed, ni emborracha a quien la escribe. El vino hay que beberlo. El gesto simbólico de dos novios que se entregan el anillo de bodas no sólo pretende informar de su amor: es un lenguaje más real que el de las palabras que indican su mutuo amor.

Tales símbolos no sólo comunican lo que quieren representar. Comunican, transforman, producen una nueva realidad. Equivalen a beber el vino, aunque más de uno considere el símbolo como antónimo de la realidad. Las palabras y el gesto de la absolución llevan a su realidad el encuentro reconciliador entre Dios y el pecador. El comer y beber de la Eucaristía es el lenguaje, simbólico y eficaz, de la comunicación que Cristo nos hace de su Cuerpo y su Sangre, y de la fe con que nosotros lo acogemos...

c) La función del Santuario ante el símbolo

Ahora habría que aplicar todo lo que precede a la pastoral de los santuarios. Pero aquí surge la gran dificultad. Por un lado los santuarios no pueden pasar por alto la fuerte institucionalización de los sacramentos que mantiene la Iglesia. Por el otro, es verdad que el espacio sagrado del santuario afina el sentimiento y facilita la apertura hacia el símbolo. Abundemos sobre el particular.

En nuestra sociedad a menudo la búsqueda de Dios se lleva a cabo en espacios religiosos que facilitan la interpretación personal de la fe. En los santuarios el aspecto subjetivo suele adquirir un mayor protagonismo. Quienes los visitan se predisponen para sentir una mayor vinculación con la trascendencia.

El santuario es un espacio propicio para los llamados católicos a su manera, los que no tienen más compromisos que los que ellos mismos se autoimponen, por ejemplo, a través del cumplimiento de una promesa. El peregrino tiende más a la expresión privada y subjetiva de la fe que al seguimiento de un rígido ritual.

En este contexto la persona se muestra más sensible a la acción de los símbolos. Cierto que los sacramentos cristianos están muy institucionalizados en la Iglesia y de ahí proceden muchas resistencias. Pero también es verdad que la gente postmoderna está más por el sentimiento y la emoción que por el razonamiento y la lógica. En este sentido sintoniza más con el símbolo, la experiencia y la emoción.

Muchas veces los peregrinos vienen después de largas ausencias parroquiales y quizás con una franca hostilidad hacia la Iglesia. Entonces el santuario debe ser una puerta siempre abierta a quien quiera reencontrarse con Dios y reconciliarse con sus hermanos. Para ello es importante la presencia de personal sensibilizado a fin de aprovechar la circunstancia.

Difícil tarea la de conjugar la función acogedora del santuario con la recepción de los sacramentos establecidos por la Iglesia. Este es el reto y la tarea. Me he limitado a exponer los términos y las dificultades. Dios quiera que sepamos encontrar la respuesta.

martes, 22 de mayo de 2012

Arte, belleza y trascendencia


Desde hace unos meses aparece por las páginas de los periódicos la expresión atrio de los gentiles. Alude a un ámbito de diálogo y reflexión entre creyentes y escépticos o ateos. Un lugar donde todos puedan convergir en amistoso y respetuoso encuentro. No faltan interrogantes ni inquietudes comunes.

El Papa Benedicto XVI y el Cardenal Ravassi son considerados los promotores de los diversos encuentros programados. Todavía no hace una semana -los días 17 y 18 de mayo- se desarrolló una de estas sesiones en Barcelona. Se centró en la relación entre la belleza y la fe cristiana. Su lema rezaba así: Arte, belleza y trascendencia. En la elección del tema y en el lugar elegido para su conclusión influyó la grandiosidad de la Basílica de la Sagrada Familia.

La iniciativa del Atrio de los Gentiles apunta a reunir a interlocutores creyentes y no creyentes. Trata de construir un puente entre ambos talantes. Se puede creer o no en Dios, pero la cerrazón previa no hablaría bien de unos ni de otros. Tantas generaciones crecidas al socaire de la fe, tantas filosofías creyentes, tantas inquietudes e interrogantes como acechan al ser humano, no pueden ignorarse sin más.   
La programación de Barcelona terminó en la Basílica de la Sagrada Familia con este reclamo: El diálogo de las voces: poesía y música.
Con razón se ha dicho que el divorcio entre la fe y la cultura es uno de los dramas de nuestra época. En un ambiente hostil para la fe los creyentes experimentan la tentación de defenderse cerrando puertas y ventanas, a la vez que emigrar hacia las tareas intraeclesiales. Pero la fidelidad a la fe exige apertura y no clausura. Actuar de otro modo equivaldría a traicionar la secular tradición de la Iglesia que desde los inicios se confrontó con las culturas del entorno.
En la sesión de Barcelona la materia común de diálogo se centró en cómo  el arte y la belleza pueden constituir un sendero que desemboca en la trascendencia. El cardenal Gianfranco Ravasi valoró el diálogo entre arte y fe como camino para llevar al hombre hasta el horizonte del misterio. Pues el verdadero arte genera inquietud y no deja indiferente. Luego parafraseó a Miró con la frase el arte no representa lo visible, sino lo invisible.
El conseller de Cultura de la Generalitat, Ferran Mascarell, se hizo presente en la inauguración y consideró oportuno el debate en un momento en que la abundancia de información no garantiza profundidad ni criterio. Hoy estamos sometidos a palabras pasajeras sin contenido -lamentó el conseller- agradeciendo a la vez un espacio de reflexión tan necesario como el arte, la belleza y la trascendencia. Concluyó su discurso afirmando que la cultura no es un mero entretenimiento, sino el fundamento del hombre.
A modo de reflexión
Este hecho de crónica invita a reflexionar un poco más a fondo sobre el tema. Tomo como punto de partida la experiencia de que basta con ser un poco hábiles para convencer al interlocutor de la propia razón. O para arrancar los aplausos de un auditorio. Por algo un viejo refrán de la Edad Media afirmaba que la razón tiene la nariz de cera. Es decir, se la puede modelar como uno desee.
Si las cosas son así, ¿de quién fiarnos? Del impacto que produce la belleza. Sí, porque el hombre no es sólo razón. La belleza tiene mucho que ver con las raíces profundas del ser humano. El encuentro con la belleza equivale al dardo que da en el centro del alma, desprende las escamas de los ojos y lleva a descubrir nuevos horizontes de juicio y de valor.  
Una música puede provocar el éxtasis en el oyente. Hasta el punto de llegar a la firme convicción de que la armonía de sus notas sólo puede surgir de la Verdad en mayúscula.
Se confirma entonces aquello de que la mejor apología de la fe cristiana se encuentra por un lado, en sus santos y, por otro, en la belleza que la fe genera. La fe brota con fuerza cuando las miradas se concentran en el quehacer de los santos y en la belleza que transporta hacia la trascendencia.
Una belleza -importa el matiz- que por pura paradoja puede tomar forma incluso en un rostro desfigurado. Sucede cuando la belleza llega hasta el extremo y se revela más fuerte que la mentira y la violencia.
Precisamente en el rostro desfigurado del Siervo de Isaías aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que llega hasta el extremo y que por ello se revela más fuerte que la mentira y la violencia. En el momento culminante el rostro de Jesús pierde incluso su forma humana. Justamente aquel rostro que los salmos anunciaban como el más bello entre los hijos de los hombres.
En el hechizo de la música, en las estrellas resplandecientes, en el impacto de unos versos… en todo ello se desparrama la Belleza y obliga al individuo a interrogarse acerca de la trascendencia. Pero más allá de la belleza/estética quien más nos acerca a la belleza/trascendencia es el mismo Cristo a través de los gestos y palabras de su vida. El resplandor de Jesucristo proyectado en el rostro de los hombres y mujeres que vivieron con honradez y sin pretensiones desmesuradas.

sábado, 12 de mayo de 2012

¿Qué es eso de la inteligencia espiritual?


A estas alturas quien más quien menos ha escuchado acerca de la llamada inteligencia emocional. La raíz remota de la expresión y el concepto tiene su origen en Howard Gardner que se refirió a las inteligencias múltiples. Lo cual responde a una precisa realidad. Nadie es inteligente sin más, sino para algo en concreto: la música, la orientación espacial, las matemáticas, los idiomas, la filosofía… 

Posteriormente otro autor llamado Daniel Goleman tuvo un enorme éxito al dar a luz el concepto de inteligencia emocional. Entendía con el mismo la capacidad de identificar las emociones, expresarlas y canalizarlas de modo que, a la postre, no dañaran la persona de quien procedían ni a la gente de su entorno. 

Un paso más apareció, ya a principios de nuestro siglo, el concepto de inteligencia espiritual de la mano de Zohar y Marshall. En el mundo anglosajón, así como en Estados Unidos, obtuvo enseguida una gran repercusión.

La expresión remite a la capacidad del ser humano de interrogarse acerca del sentido último de la existencia. Las otras inteligencias no disponen de las debidas antenas para captar este sentido. Por supuesto, hablamos de inteligencia espiritual obviando cualquier confesión religiosa en concreto.

Qué es y cómo se desarrolla

Dicen los entendidos que esta inteligencia no se transmite tanto por instrucción cuanto por interacción. Del mismo modo que se aprende la lengua materna -por interacción y por estímulos externos- de igual modo sucede con la inteligencia espiritual. 

Gracias a ella el ser humano se capacita para la búsqueda de sentido. Formula preguntas relativas al por qué y para qué nos encontramos en este mundo, qué nos es dado esperar… 

Este tipo de inteligencia nos permite distanciarnos de la realidad -siempre tan bulliciosa- y así lograr una crítica imparcial, una mayor libertad y sentido del humor. En una palabra, nos indica que no estamos atrapados por el medio, como les sucede a los animales, sino que gozamos de un mundo propio y libre (hasta cierto punto, claro).

La inteligencia espiritual ofrece las herramientas para que consigamos asombrarnos y maravillarnos ante la realidad. Es decir, ante la belleza encerrada en la pintura, la literatura, la música, los paisajes, la intimidad con el prójimo…

Con este tipo de inteligencia desarrollamos el sentido holístico. Nos experimentamos unidos al Todo. Sin caer en ningún género de panteísmo, no hay duda de que este sentimiento ayuda a desarrollar relaciones más armónicas. Los grandes maestros orientales consideran estos objetivos los más importantes y auténticos.  

Dicho todo esto, ¿cómo un individuo puede lograr el progreso en la inteligencia espiritual? ¿Cómo cultivarla? El profesor Francesc Torralba, muy interesado en divulgar estas enseñanzas y un intelectual muy apreciado en los últimos años, indica cuatro vías.  

1) La práctica asidua de la soledad. En la calma y la soledad se halla el humus que invita a plantearse preguntas. Ahí es donde germina la vocación y el proyecto de vida.  

2) La práctica de la reflexión. Con la reflexión –que siempre tiene algo de filosofía- se ponen en pie numerosos interrogantes que se daban por sentados. Entonces acaece el asombro y la comprensión profunda de las cosas, así como una toma de conciencia de la identidad de la propia persona.  

3) El contacto con el arte. Hay composiciones musicales -clásicas o no- que le transportan a uno al país de la belleza y lo elevan al éxtasis. Y lo que se dice de la música cabe ampliarlo a cualquier tipo de arte o de relación humana amistosa. Estas experiencias abren una ventana hacia la trascendencia.

4) La experiencia de fragilidad. Cuando asoma la enfermedad en la vida, cuando el envejecimiento se hace más palpable, cuando se acerca el final, los interrogantes acerca del sentido bullen en toda su plenitud. 

Los beneficios de la inteligencia espiritual

Se preguntará el lector: ¿y qué saco de todo ello, cuáles son los beneficios contantes y sonantes? Es evidente que no se trata de beneficios financieros ni de ventajas sociales. Si bien es cierto que una vida bien asentada y sosegada proporciona beneficios a la hora de generar iniciativas de diverso tipo.  

La inteligencia espiritual desarrollada se distancia de la cultura del usar y tirar, del zapping, de la necesidad de los constantes estímulos externos. Contribuye en gran medida a hacer un proyecto de vida, aun cuando haya que remar contra corriente.  

La inteligencia espiritual es capaz de mirar con el corazón que, como es sabido, profundiza en mayor medida que la de los ojos. Busca lo auténtico y fundamental en las relaciones humanas. Todo lo cual lo refleja en la conversación superando las frivolidades, los tópicos y las habladurías.

En cambio, cuando la inteligencia espiritual se atrofia sobreviene un estado de desasosiego equivalente a lo que Sartre llamaba la náusea y los existencialistas vacío existencial. No es extraño que un tal sentimiento desemboque en algún tipo de violencia o de conducta autodestructiva. 

El citado profesor Torralba considera un gran error educar como si sólo el ser humano tuviera tres dimensiones: la biológica, la psicológica y la social. ¿Por qué arrinconar la dimensión espiritual? Sin esta inteligencia es muy probable que el individuo tropiece en el abismo del fanatismo o el maniqueísmo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

El símbolo del corazón

Pertenezco a una Congregación cuyo título le suena a más de uno a tiempos periclitados: Misioneros de los Sagrados Corazones. La expresión les lleva a imaginar unos cuadros o estampas de colores vivos, rostros acaramelados y mejillas sonrosadas. Unas pinturas -digámoslo claramente- de mal gusto. En la jerga pictórica lo llaman kitsch. 

 Si el espectador medio trata de recordar la letra que acompaña a los cuadros devaluados a que me refiero, irá a buscarla en el pozo de las expresiones lastimeras y quejumbrosas. El resultado, un texto de sabor barroco y de contenido intimista que retrotrae a muchos años atrás y a unos gustos literarios decididamente venidos a menos. 

Mi empeño a lo largo de mucho tiempo, como el de algunos de mis colegas, se ha concretado en darle un giro a esta tradición pictórica y literaria a fin de modernizar el texto, la pintura y la música del entorno de las figuras de Cristo y María contemplados desde su corazón. La tarea resulta espinosa, pues no se desvía tan fácilmente el flujo de la tradición. Ni se abaten sin más los prejuicios acumulados.

Saco a colación el tema porque estos días en la comunidad del Santuario de Lluc tenemos a un pintor con nosotros. Puede que no sea muy conocido en el mundo de las exposiciones y las ventas, pero es un buen pintor, con un estilo propio bien definido y cuya obra sintoniza con la sensibilidad actual en las formas, volúmenes y colores. Aúna en equilibrada síntesis algo del cubismo de Picasso y de los rostros estilizados de Modigliani. Se llama Just Nicolás, nacido en Catalunya y con familia en Mallorca.

Un cuadro de los SS. Corazones
Queremos que nos pinte un cuadro de los SS. Corazones para la capilla. Apuntamos a unas imágenes que rompan con la citada tradición empalagosa, todavía viva en muchos ámbitos. Deseamos cambiar la inercia de unos rostros y gestos que se han elaborado desde el paradigma intimista. Es decir, pensamos en imágenes que no rechinen en relación a la sensibilidad de nuestros días y que traspasen los límites del horizonte intimista.

Le explicamos al pintor que la figura del Corazón de Jesús es la del resucitado. Pero mantiene las llagas -la del costado en particular- porque el que resucitó es el mismo que fue crucificado. Las señas de identidad son las heridas que perduran, ahora glorificadas. La resurrección de Cristo es la apoteosis de quien antes llegó a expropiar su vida en favor de los más pequeños, pobres y marginados. Sus palabras firmes incomodaban a los poderosos y a los que conducían las riendas del pueblo. Tanto molestaban que le estrecharon el cerco hasta clavarlo en la cruz. 

Se ha abusado del corazón en el ámbito de la devoción religiosa y también en el del mundo de los sentimientos. Del abuso religioso ya he dicho unas palabras. Añado que la manía por dibujar en detalle las aortas, venas y ventrículos, no casa con lo que se pretende. Un esbozo estilizado que remita al corazón es suficiente. 

El abuso del corazón en el mundo de los sentimientos está a la vista: abundan tanto en dibujos y palabras que producen una inflación desagradable. Los colores pasteles y la purpurina en cantidades excesivas provocan una mueca de fastidio.

Interesa hablar del corazón en cuanto símbolo, aceptado casi universalmente como centro de la persona y sede de sus afectos. Necesitamos del símbolo. Sobre todo cuando queremos desvelar realidades estrechamente unidas a los intereses, deseos o afectos más profundos.

Las matemáticas y los razonamientos precisos resultan de poca ayuda en este terreno. En cambio sí se logra comunicar algo de ello a través de la metáfora y la poesía. Todavía no se ha definido qué es el amor con palabras claras y definitivas. Sin embargo, probablemente tocan las fibras más sensibles y llevan a comprender algo del amor ciertas escenas de llanto, la poesía, las imágenes cinematográficas, las expresiones radiantes, las actitudes jubilosas...

La necesidad del símbolo
Se necesita el símbolo al referirnos a realidades religiosas que no nos es dado apresar. La vista, el tacto y los otros sentidos nos sirven de muy escasa ayuda para el caso. Y es que tales realidades siempre se hallan más allá. Sólo se nos abre una brecha en orden a apuntar hacia ellas y evocarlas con el símbolo y la metáfora.

Dios siempre es mayor... Mayor que nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestros proyectos, nuestras palabras... Por eso, si no nos resignamos definitivamente al silencio, no nos queda más remedio que echar mano de los símbolos. Ellos nos permiten vislumbrarlo entre sombras.

El signo y el símbolo son un lenguaje que comprende cualquiera. Y ningún signo tan expresivo como el corazón. Es como una llave que abre mil puertas. Tanto si hablamos de nuestra realidad más interior y personal como si nos referimos a conceptos y hechos religiosos, el corazón ofrece unos servicios de los que no podemos prescindir. 

La pintura firmada por el pintor Just nos ayudará a ubicarnos en el corazón de Cristo y su Madre para otear desde allí las amplias perspectivas de la fe. Desde este lugar privilegiado contemplaremos los aspectos más cordiales de Dios, valoraremos las enseñanzas de Jesús acerca de la interioridad, de un corazón pobre, limpio y manso. Apreciaremos la actitud orante de María, la discípula del corazón traspasado. Y, por supuesto, trataremos de que todo ello nos lleve a servir al Traspasado en los traspasados