El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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jueves, 22 de marzo de 2012

Sacerdocio: ¿vocación o profesión?


Atrás quedó el “Día del Seminario”. La jornada favorece la oración para que no decaigan las vocaciones y solicita la colaboración económica de los fieles. Porque incluso a la hora de cultivar las vocaciones se requiere dinero contante y sonante.

Para tal ocasión se confeccionó un video que ha provocado comentarios de tono muy diverso. La imagen global del sacerdote no casa del todo con la que propone la teología y la pastoral. Más bien centra la cuestión en el sacerdote en cuanto protagonista. Justo es reconocer que los comentarios han resultado positivos al valorar la campaña desde el punto de vista de la técnica comunicativa.  

Bien por algunas de las promesas que va desgranando el video. Las hay acertadas. Por ejemplo la que no promete un trabajo perfecto, pero sí formar parte de un proyecto inolvidable. O aquella que no promete ver muchos resultados, pero sí la seguridad de dar fruto. O las palabras en que se aventura que el candidato quizás sienta miedo, pero asegurando a la vez que el amor es más fuerte que el miedo. 

Bien hasta aquí. Más cuestionable es la primera promesa que se me antoja muy ambigua, si es que no del todo desafortunada: Yo no te prometo un gran sueldo. Te prometo un trabajo fijo.

Las instituciones, como el individuo, tienen muy desarrollado el sentido de la supervivencia. El de la Iglesia anda bien pertrechado y no hace falta demostrarlo con sagaces ni perspicaces razonamientos. Basta con recordar que lleva dos mil años en el campo de batalla. También es verdad que, para el creyente, cuenta con la aquiescencia del más allá.  

Como fuere, en la jornada del Seminario la Iglesia ha optado por hacer una campaña un tanto agresiva y, por lo visto, en algunos momentos ha caído en la tentación de convertirse en una oficina de ocupación.

Un anzuelo para tiempo de crisis

Faltan sacerdotes, escasean las vocaciones... Bien, pues recuerda la campaña, y el video en particular, que en este ministerio el trabajo es de por vida. Difícilmente le echan a uno a la calle. Tampoco necesita recurrir a la hipoteca, puesto que numerosas y vetustas casas parroquiales esperan al párroco. No se vive como un potentado, pero tampoco hay riesgo de paro por el momento, lo que no es poco considerando que rondan los cinco millones quienes se levantan cada mañana sin tarea que realizar.  

Sin embargo, no deja de ser chocante que la vocación deba canalizarse por una vía tan prosaica. Eso del trabajo de por vida y el sueldo fijo, ¿no será un anzuelo para que piquen aquellos a quienes el miedo al paro araña las carnes? ¿Es sano asociar la vocación sacerdotal con el sueldo fijo? Lejos de mí la ingenuidad angelical de que el presbítero no necesita comer ni vestir, pero todo tiene su momento y lugar.

Mucho temo que con una tal publicidad la vocación se homologa con el sueño -tan extendido- de hacerse con un puesto en la administración. Sí, de convertirse en funcionario de por vida y sin sobresaltos. No es que tenga nada contra los funcionarios, siempre y cuando no presuman abusivamente de su vocación.

Por lo demás, ya metidos en liza, y sin perder el humor, el video debería hacer alguna referencia a la dificultad de llegar a la huelga frente al divino patrón. Y a la imposibilidad de cambiar de empresa. Y al inconveniente de transcurrir los días sin un rostro femenino con el que dialogar e intimar.

Ampliar el horizonte

Dado que el video pretende -se supone- llamar al ministerio, al apostolado, al servicio, entonces decididamente no acierta la campaña. Los mejores ejemplares de sacerdotes son los que actúan movidos por el motor de la espiritualidad, los que viven y se desviven por servir al prójimo. 

No se planteen, pues, las cosas con mirada miope. No se trata simplemente de que hay falta de personal y urgen reemplazos. No. La campaña es realmente peligrosa porque hace del sacerdocio una profesión más entre tantas otras. Y no es eso. Tantos siglos hablando de la llamada de Dios y de pronto resulta que se substituye ésta por la del trabajo fijo y un modesto sueldo. 

Conseguir vocaciones con el anzuelo del trabajo y el sueldo fijo puede que tenga éxito en un primer momento y en época de crisis. Sin embargo, a largo plazo, el individuo que se mueve por tales razones no aguantará vivir célibe, ni será su norte el servicio al prójimo, ni posiblemente sintonice con el mundo de la liturgia. Dirigir una comunidad de fieles, estar al frente de las funciones eclesiales, preocuparse del prójimo que sufre... ¿simplemente por un trabajo en tiempos de paro?

En todo caso, el pan, el sueldo fijo y el trabajo sin temor al paro se dará por añadidura. Pero jamás debiera ser el motor que impulse a ingresar en las filas del sacerdocio.

Con el planteamiento de la campaña los fieles se sienten incómodos. Y simultáneamente se les ofrece carnaza a quienes se dedican fervorosamente  a hostigar a la Iglesia. Porque es indudable que algunos sienten un enorme placer en acosarla e insultarla. Su visceral antipatía por esta Institución consigue un alto grado de excelencia. No les facilitemos la tarea.

domingo, 11 de marzo de 2012

Sacramentos: un panorama angustioso



Perdone el lector menos avezado a asuntos internos de la Iglesia. Pero aprovecho la oportunidad para plasmar un par de ideas de la conferencia que el próximo martes voy a dar en Eivissa / Ibiza, lugar al que están convocados los encargados de santuarios y ermitas de Catalunya y Baleares. Se trata de una charla sobre el simbolismo de los sacramentos. Antes de abordar el tema hago unas disquisiciones sobre el panorama en la actualidad. Es lo que ofrezco en las líneas siguientes al amigo que aborda este blog. 

No quisiera comenzar con una nota negativa, pero lo más lógico y honesto consiste en reconocer, desde el inicio, que el panorama de los sacramentos es más bien desolador. Numerosísimos son los cristianos que en la práctica prescinden de los sacramentos que les ofrece la Iglesia.

No son tan escasos los matrimonios que llevan a sus hijos a bautizar a la parroquia y todavía significativo el número de niños y niñas que hacen la primera comunión. Pero no menos cierto es que desaparecen los adolescentes y jóvenes que frecuentaban la parroquia tras la confirmación. Muchos para siempre. Alguno se casará por la Iglesia, aunque la cifra disminuye de manera galopante. Fuera de los que se relacionan con algún movimiento o grupo, es muy raro ver gente joven participando de la Eucaristía. Determinados sacramentos ya son muy minoritarios: por ejemplo, la unción y la penitencia.

Un panorama nada halagüeño. Pero vale más no desviar la mirada a fin de que el diagnóstico sea certero. Un diagnóstico, es verdad, que no vale igualmente para otras regiones del planeta. No seamos cortos de vista ni nos consideramos el ombligo del mundo. América Latina aún se mantiene, a pesar de la sangría que ocasionan las sectas. África vive un buen momento para la fe, así como la India y algunos países del Oriente lejano.

Lo dicho plantea un problema: si tantas personas en nuestro ámbito se confiesan sinceramente cristianas y les atrae la figura de Cristo, ¿cómo se explica que no quieran acercarse a los sacramentos cuando el mensaje de la la Iglesia les asegura  que son imprescindibles para mantener una buena relación con Dios?

Motivos de la desafección por los sacramentos

Aventuremos algunas razones. Los sacerdotes realizan unos gestos, ritos y plegarias que llevan siglos desarrollándose por los templos. Se entendían en los tiempos y lugares donde surgieron, en general de la matriz de la cultura romana. Y aunque algunos detalles se han actualizado en la liturgia, muchas ceremonias han dejado de ser comprensibles. Baste con pensar en las vestimentas y determinadas expresiones de las celebraciones litúrgicas.

Un segundo motivo radica en que, según una mentalidad bastante común, los sacramentos se asocian, no a la libertad y el gozo de vivir, sino a la pesada carga que para muchos significa tener que ir a misa cada domingo y allí aguantar lo que les echen. O tener que manifestar cosas íntimas en el sacramento de la penitencia... Entonces no habrá razón para extrañarse si progresivamente la gente abandona la misa, no bautiza a sus hijos, no se casa por la Iglesia, ni está dispuesta a recurrir al sacerdote cuando un familiar muere. Y menos aún aceptan ir a contar sus intimidades a un clérigo desconocido.

Tercer motivo de desafección. Uno se sacrifica si considera que el fruto del mismo vale la pena. Pero cuando los convencionalismos imponen determinados rituales y no se entienden ni se comprenden a qué vienen, entonces pronto buscará y encontrará razones para no complicarse la vida. Es lo que sucede a muchos cristianos, particularmente jóvenes. Como no entienden las ceremonias ni el sentido de los sacramentos, prescinden de ellos.

Todavía hay más y de mayor envergadura. Algunos catequetistas, y también clérigos, consideran que los sacramentos existen porque Dios lo ha dispuesto así. Jesucristo los instituyó y la Iglesia se encarga de administrarlos. Luego el buen cristiano está obligado a recibirlos, es decir, a pasar por el aro.  

El asunto debería enfocarse no a partir de Dios que manifiesta su voluntad acerca de los sacramentos, sino desde los seres humanos que expresan sus experiencias  mediante gestos simbólicos. Dado que Dios es respetuoso de la condición humana, interviene y actúa, en la vida de las personas, a través de estas experiencias. Teniendo siempre muy en cuenta que las experiencias humanas se expresan simbólicamente. Y, cuando son experiencias colectivas, también requieren algún tipo de ritual. 

El sistema según el cual los sacramentos tienen su origen en Dios, de modo un tanto arbitrario y sin tener en cuenta la realidad humana, explica que Él interviene en el gesto o el rito obrando un efecto inmediato. A condición, claro está, de que quien lo reciba no ponga obstáculo (ex opere operato). La explicación opuesta no niega que Dios tenga que ver con el sacramento, pero sí deja claro que toma muy en consideración la experiencia de la persona. Una experiencia que se expresa mediante símbolos. En realidad, las experiencias profundas sólo logran manifestarse a través de ellos. 

La primera explicación fácilmente conduce al ritualismo y la magia. La otra tiene en cuenta los sentimientos y la manera de sentir y actuar de las personas en este mundo. Y está más de acuerdo con lo que nos aportan los textos del Nuevo Testamento.

sábado, 3 de marzo de 2012

Urdangarín, el insaciable



Los indicios son abundantes y visibles. Muchos artículos en la prensa digital y de papel están convencidos de que Urdangarín usó y abusó de sus vínculos con la familia real. También lo piensa así la Fiscalía anticorrupción de Baleares. Por su parte el juez tuvo que interrogarle a lo largo de muchas horas sobre asuntos turbios que no llegaron a aclararse.

La actitud políticamente correcta exige que se considere a nuestro hombre inocente hasta tanto no se le condene. Incluso hay voces alegando que la hostilidad de cierta prensa hacia el duque se debe a una veta de republicanismo. O que el yerno del Rey es un personaje ideal para convertirlo en chivo expiatorio al hallarse encumbrado por su matrimonio, construirse un palacete y llevar un alto ritmo de vida. La inquina nacería de la pura envidia.

Llamémosle presunto inocente para ser políticamente correctos, si bien este protocolo cada vez me incomoda más. Pues se observa que no raramente los jueces dictaminan por una diferencia mínima de votos, sobre todo cuando la causa es de tipo ideológico. Se da el caso de que los votos de un signo proceden de quienes fueron elegidos por uno u otro partido… Luego uno escucha determinadas grabaciones telefónicas o inauditas confesiones de súbita pérdida de memoria y el protocolo de la presunta inocencia acaba desmoronándose. 

Después de todo, uno no es o deja de ser culpable porque lo diga el tribunal de turno. Simplemente hay que actuar como si -una vez dictada sentencia- este señor fuera culpable o inocente. Las sentencias civiles para nada afectan al fuero interno. Reconozco que lo correcto en política y en sociedad consiste en ser consecuente con la sentencia. De lo contrario se instalaría el caos. Reconozco también que si una ley o una sentencia va contra la conciencia personal o contra la justicia evidente es preciso desacatarla en la medida que a uno le corresponda.

El tal Urdangarín, Duque por gracia de su boda con la hija del Rey (otra ganga, la de tener por padre a un rey) es un exjugador de balonmano al que su carrera se le antojó corta y siguió dando pelotazos. Sus excompañeros de equipo cobran al parecer un promedio de 2.500 € al mes. El yerno ha acumulado inexplicablemente una fortuna de 11 millones, según leo en la prensa. Urdangarín, el insaciable, podría llamársele. Parapetado detrás de la Casa Real daba sablazos a diestro y siniestro. Y es que todavía debe funcionar aquello de que “si rechazas mi propuesta te enterarás de quién soy”. Desde luego, lo decía en términos más suaves e implícitos, tampoco vamos a exagerar.

El Duque montó un entramado societario para apoderarse de fondos públicos y privados a través de una entidad sin ánimo de lucro. Se ha sabido que el príncipe azul no hizo el servicio militar alegando sordera. Reconozco sin el menor sentido de culpa que no he leído el libro de Pilar Urbano sobre la Reina, pero sí una cita en la que Doña Sofía dice del yerno: “Es bueno, buenísimo y tiene un fondo espiritual y moral enorme. Un hombre muy sensible, muy bien educado, atento y además espontáneo, alegre y animado”. Sin comentarios.

“La justicia es igual para todos”, dijo el Rey. Cuesta creerlo cuando quienes hunden bancos por su afición a la burbuja inmobiliaria siguen impunes y al retirarse se asignan  sueldos millonarios. Unos dineros públicos que inyectó el Estado al banco precisamente obligado por la ineptitud del Director o por su ambición desmedida.

Confiemos en que la justicia es igual para todos. Aunque se haga cuesta arriba digerir que a la Infanta no se la llame a declarar  “porque nada tiene que ver con el asunto”. Ella que era vocal o secretaria de uno de los organismos y firmaba actas. Ella que ciertamente sabía del palacete y de los pisos comprados en Palma. ¿O quizás desconocía estos datos? ¿O tal vez era la timidez lo que impedía preguntarle a su esposo de dónde sacaba tanto combustible?

Evasión de capital e impuestos, creación de una trama de sociedades que transitaban por el Reino Unido y Belice, facturas sin justificación, cobros exagerados que no se correspondían con las tareas llevadas a cabo. Tales son los cargos que se le imputan al Duque y que otros excolegas han confirmado.

Un personaje tan decidido a la hora de hacer negocios nos sorprende ahora con su actual timidez y súbita pérdida de memoria. Mientras estaba en la cresta de la ola se mostraba valeroso y seguro de sí. Ahora, frente a las consecuencias de su obrar, aparece más bien apocado, si es que no cobarde. No sabe, no recuerda, era su socio quien transgredió la ley, le falsificaron la firma... Desconocía lo que ocurría en sus empresas… Él era una estatua silente que nada veía cuando sus socios saqueaban las arcas públicas. Él sólo pasaba por allí casualmente.

Hoy día el paro, los recortes y la crisis taladran manos y pies de muchos ciudadanos. Para más escarnio no acaba la veta de los saqueos de dinero público y siguen los sueldos obscenos de algunos banqueros y políticos. Los discursos oficiales dicen que los tiempos son recios y todos tenemos que apretarnos el cinturón. No es de extrañar que al Duque le insultaran cuando iba a declarar al juzgado, justamente en una calle cercana a la avenida llamada “Els Ducs de Palma”. Muy comprensible.





jueves, 23 de febrero de 2012

La Cuaresma en tiempos de postmodernidad


Probablemente a los lectores les extrañará -tanto como me sorprendió a mi mismo antes de reflexionarlo- pero se da el caso de que en nuestra sociedad laica, postmoderna e indiferente también se celebra la cuaresma. Como en la Edad Antigua, como en los años de la Edad Media, llamada Edad Oscura por los anglosajones (The Dark Age). Como hace un siglo, se topa uno con hombres y mujeres que siguen las mismas prácticas recomendadas por el evangelio e institucionalizadas en los primeros siglos del cristianismo.

En efecto, hoy como ayer, numerosos ciudadanos al margen de cualquier idea religiosa, no pasan por alto la mortificación del cuerpo, ni las privaciones voluntarias. Incluso dan limosna, ayunan y confiesan sus culpas.

En cuanto sucede una catástrofe de mediática envergadura la noticia llega hasta el último rincón del planeta. Entonces el individuo postmoderno, quizás poco pertrechado en su intelecto y su voluntad, pero de fina sensibilidad y fácil conmoción, es muy capaz de rascarse el bolsillo. Al tal le escapan unas lágrimas furtivas al observar la sordidez en que el terremoto, las inundaciones o la peste han precipitado a la pobre gente. Ha llegado el momento de la limosna.

¿Qué me dicen del ayuno y la abstinencia que practica el personal de la postmodernidad? Hay quien pesa los gramos del panecillo cada mañana para no excederse de la porción recomendada por los dietistas y/o los gurús. Todo un ejército de profesionales de la salud  -más algún advenedizo- andan ocupados inventando dietas y preocupados por encontrar clientes adictos. Un ayuno y una abstinencia, claro está, motivada por razones estéticas que no éticas. Más por salubridad que por austeridad. Eso sí, el vigor y el rigor con que abordan su dieta nada tiene que envidiar al fervor a las prácticas cuaresmales de los primeros cristianos en viernes santo.

Objetará el lector que el paralelismo entre la cuaresma de verdad y la postmoderna más bien se nutre de argucias ingeniosas, pero que carece de poder persuasivo. Y seguramente me retará a que nombre una correspondencia del castigo corporal que en épocas pretéritas daba mucho protagonismo a los cilicios y disciplinas. Entiéndase, un protagonismo compartido con muslos y posaderas. 

Pues me atrevo a establecer la correlación. Cilicios y disciplinas han desaparecido de la vista, pero a cambio, en muchos escaparates de la ciudad se muestran sin pudor otros instrumentos para infligir dolor. Argollas y piercings sustituyen a los antiguos utensilios de agudas puntas. Argollas, piercings, agujas para el tatuaje y un estricto ejercicio en el gimnasio son las penitencias que hombres y mujeres se imponen.

Cierto que no para purgar sus culpas o poner a raya los apetitos de de la carne que inexorablemente -como la cabra al monte- tiran hacia el placer y la holganza. La finalidad de las mortificaciones postmodernas apunta a lograr una buena acogida en la sociedad, es decir, a que los amigos queden con la boca abierta al constatar los músculos de los bíceps y admiren cómo los pectorales masculinos han ido adquiriendo la forma de un triángulo.  En el caso de las féminas importa que las medidas de tórax, cintura y caderas guarden las proporciones que mandan los cánones de la belleza, que no los del Derecho canónico. 

No resulta difícil alargar la lista de prácticas cuaresmales que se corresponden con las prácticas llevadas a cabo por los postmodernos. Sigue habiendo procesiones: largas caravanas de domingueros que van a la playa o se trasladan a su segunda residencia en la montaña.

Incluso existen prácticas equiparables a la confesión sacramental. Se emiten por ahí programas de televisión en la que el penitente es sentado en el centro de un sabiondo grupo de panelistas, los cuales le provocan de mil maneras y le inducen a confesar los pecados recordándole sus fallos mediante previas y oportunas grabaciones. Al cabo no manifiesta sus culpas en la penumbra de un templo, sino ante los focos de la televisión para que miles o millones de personas sepan de sus entuertos, por íntimos y vergonzantes que éstos resulten. 

¿Y la oración? Pues claro que en nuestros días mucha gente practica la oración al margen de la religión. Habrán escuchado acerca de los mantras del yoga, de la meditación trascendental, del Reiki. Una de las veces en que un barco vertió su carburante en costas y playas del litoral, la catástrofe sacudió muchas conciencias. Una Web proponía que se llevase a cabo una cadena de oración para pedir perdón al mar y con el fin de que la energía y la fuerza mental de los orantes aliviara el impacto de la catástrofe.

Decía así: Mando la energía de amor y gratitud al agua y todo ser viviente en las costas dañadas y sus alrededores. A las ballenas, delfines, pelicanos, peces, moluscos, plancton, coral, algas y toda criatura viviente.... Lo siento mucho, Madre Tierra. Perdónanos, por favor, Gracias. Te amamos. Una plegaria en toda regla

Concluyendo: en la postmodernidad se practica el ayuno, la abstinencia, la limosna, la confesión y la oración. No voy a acabar con un colofón elaborado a base de fácil moralina. Tampoco voy a exhortar a quienes practican una cuaresma light/laica/postmoderna/ecológica que sigan haciendo lo mismo, pero cambiando el sentido de sus obras y avizorando un poco más allá en el horizonte. Les pido simplemente que no se sorprendan cuando se topen con algún cristiano que siga la sana y venerable tradición que desde hace siglos ha establecido este tipo de prácticas. Y que mucho menos tuerzan el gesto con rictus de menosprecio.

lunes, 13 de febrero de 2012

El cuerpo en la postmodernidad


Mi penúltima entrada versó sobre la expresividad del rostro. El rostro y el corazón, junto con el cuerpo que les sirve de soporte, conforman una tríada que invita a profundizar las maravillas de una corporalidad amasada de espiritualidad o viceversa. Volvamos a la carga y miremos la tríada al trasluz. 

El cristianismo ha arrastrado una relación difícil con el cuerpo. Lo ha  magnificado en cuanto objeto de la unción sacramental y destinado a la glorificación, pero también no raramente y sin venir a cuento lo ha denigrado considerándolo lugar y ocasión de pecado. Charlemos, pues, acerca del protagonismo del cuerpo y sus ambigüedades.

No es posible hacer a menos de la dimensión corporal del ser humano. La historia de las relaciones entre fe y cuerpo ha sido estrecha, pero también tortuosa. Las grandes etapas del cuerpo, así como sus grandes pulsiones, han caído bajo la regulación o el control -como se prefiera- de la fe cristiana, aunque bien podría ensancharse la afirmación y decir que todas las religiones han ejercido control sobre las etapas y situaciones más relevantes relativas al cuerpo.
En efecto, el nacimiento, la adolescencia, la edad adulta, la enfermedad, la muerte, la sexualidad... se han vinculado estrechamente con lo religioso. Por lo demás, en el interior del cristianismo han tomado especial relevancia algunos aspectos muy corporales, tales como la ablución bautismal y la resurrección, el cuerpo y la sangre de Cristo a que alude Jesús en la última cena y que constituyen un referente permanente para el pueblo de Dios.

El centro unificador de la vida social fue la Iglesia durante siglos. El cuerpo no escapaba a su normativa ni a su simbología. Con la modernidad la Iglesia dejó de ejercer esta función y los diversos intereses que nuclean a la sociedad se van emancipando. La economía primeramente, luego también la política y así sucesivamente. Y finalmente le llegó el turno al cuerpo.

Cada uno de los intereses mencionados trata de dar sentido a las realidades que abarca. Dar sentido a los intereses y realidades humanas era lo que venía haciendo la religión. Ahora surge la competencia. No resulta, pues, extraño que el cuerpo tienda a sacralizarse y hasta en cierto modo a ser adorado.

Estamos asistiendo a una verdadera explosión por lo que atañe al protagonismo del cuerpo. La literatura, el cine y las artes apuntan hacia él, particularmente en su vertiente erótica. Las revistas científicas o de divulgación también le prestan una notable atención desde la medicina. En la ciudad hacen su aparición los gimnasios, lugares para ejercitar los músculos y cultivar los aeróbicos.

Simultáneamente se extiende el prurito de la vuelta a la naturaleza en muchas vertientes. El cuerpo respira el aire de la montaña o acaricia las olas de la playa. Los productos alimenticios deben ser lo menos elaborados posible, es decir, naturales y orgánicos. La medicina es invitada a prescribir medicamentos de procedencia vegetal.
A todo ello añádase la corriente feminista que ha reivindicado los derechos del propio cuerpo contraponiéndolos a la sociedad patriarcal. La comercialización y la publicidad han aprovechado al máximo la baza del cuerpo. Ha multiplicado hasta la saciedad las imágenes de cuerpos seductores, ha creado la necesidad de mantenerlos, vestirlos y cuidarlos con esmero.

A este propósito el afán de bienestar corporal pone en relación el cuerpo y la mente a fin de conseguir la relajación, la respiración equilibrada. El deporte trata de obtener cuerpos ágiles, musculosos y sanos, etc. Todos estos datos hablan a las claras del nuevo protagonismo del cuerpo. Hemos entrado en un nuevo paradigma cuya atmósfera conduce a la sacralización del cuerpo, la exaltación de la sexualidad y al prurito naturista.

Algunas de las cosas reseñadas en los párrafos anteriores en principio resultan positivas. El cuidado del cuerpo es digno de elogio. Sin embargo, al observar el modo concreto de la recuperación y el protagonismo del cuerpo, afloran numerosos interrogantes.
El fenómeno dista mucho de ser positivo en exclusiva. El cuerpo es con frecuencia mera mercancía destinada a la publicidad, muy particularmente en cuanto a la mujer, cuyo cuerpo se erotiza al máximo. El cuerpo es objeto de abuso a través del doping, ya sea para obtener prestaciones corporales inalcanzables de otro modo, ya sea para provocar alteraciones de la conciencia. Luego habría que referirse al aborto, a la manipulación de los genes, etc.

Por una parte se sacraliza el cuerpo y por otra se lo degrada. La recuperación del cuerpo no puede desgajarse de la recuperación de la persona integral. Ahí es donde surgen los interrogantes frente a la conducta que se observa en nuestra sociedad en la cuestión que nos ocupa. Volveremos sobre el tema.

viernes, 3 de febrero de 2012

Entre la incultura y la violencia


En Mallorca el nuevo gobierno ha modificado una ley que rebosaba sentido común. Decía que para acceder a la administración, es decir, para tratar con los ciudadanos de Baleares, era preciso entender –al menos de modo elemental- su lengua y expresarse en la misma: el catalán. Porque ésta, en su variante mallorquina, es el idioma que los nativos hablan desde hace 800 años. Me parece una norma de respeto elemental y de innegable cortesía. Así se evita cualquier sospecha de colonialismo o de dictadura. 

Pues bien, el nuevo gobierno de las Islas Baleares tiene el propósito firme de derogar esta ley. De nada sirven las protestas y alegaciones de ciudadanos y ayuntamientos. Tal como lo escuchan: ellos han decidido ir en contra de la lengua de su tierra, del idioma que mamaron desde niños. 

El castellano tiene un enorme poder de avasallamiento. La inmensa mayoría de medios de comunicación -radios, periódicos, revistas, televisiones- usan esta lengua. Y se da el caso de que un gobierno elegido para defender el patrimonio más valioso de un territorio da marcha atrás y dobla el espinazo ante otras instancias que ven con agrado una tal insolencia. Hecho inédito el que los encargados de velar por un territorio minusvaloren sus mejores activos. 

Los idiomas son enriquecedores

Personalmente nada tengo contra el castellano. Más aún, uso este idioma en el blog por cuanto pasé muchos años de docencia en tierras americanas y entre sus gentes se cuenta un buen número de lectores. Nada tengo en contra de ninguna lengua y he aprendido unas cuantas a lo largo de mi vida. No produce perjuicio alguno, sólo aporta beneficios.

Las lenguas se han conformado con los posos de generaciones que han depositado en ellas sus sentimientos y emociones, sus modos de actuar y de pensar. La lengua deviene la fibra más íntima y sensible de un pueblo. No da igual, no, expresarse en uno u otro idioma. Afirmar esto es pecar de lesa incultura. Los matices de la lengua que se succionó con la leche materna no se detectan en una lengua ajena.

A alguien le escuché decir que hablar en un idioma que no es el propio equivale a que el perro se ponga a maullar i el gato a ladrar. Puede que la comparación no sea del todo adecuada, pero tiene su gracia. Y es muy cierto que una expresión aprendida en la familia cuando niño, en el contexto del pueblo que le vio nacer, escuchada mil veces por los vecinos, nada tiene que ver con una expresión aprendida en los libros y posteriormente memorizada. 

Luego está el respeto que merecen las personas. Cuando estuve en Roma ni me rozó la mente la tentación de hablar otra lengua que no fuera el italiano. En Sto. Domingo hablaba el castellano y hasta me esforzaba por darle un acento caribeño. Y así los meses que de joven pasé en Francia y en Alemania. Me parecía totalmente incorrecto dejar de aprender el idioma que hablaba la gente del lugar. Mucho menos pretendía que hablaran el mío.

Sin embargo se encuentran por ahí personas que han vivido 50 o más años en Cataluña o Mallorca y jamás se han dignado pronunciar una palabra en el idioma del lugar. Uno cierra un ojo si es por incapacidad congénita o ignorancia invencible. Pero molesta mucho cuando es por desidia o, peor todavía, por mala voluntad. 

Y de pronto los gobernantes -hecho insólito, repito- le ponen todos los impedimentos a los ciudadanos catalanoparlantes para que usen su lengua, mientras les tienden puentes de plata para que irrumpan con una lengua ajena. 

La universalidad no consiste en vestir igual, cantar lo mismo, pensar de modo similar y hablar idéntica lengua. Muy al contrario, a esto se le llama uniformismo y tiene derivaciones con nombres todavía más feos, tales como dictadura, fascismo, totalitarismo…

Manifiesto a favor de la lengua vernácula

En defensa de estos principios un grupo de compañeros de Congregación en Mallorca hemos enviado a los medios de comunicación un manifiesto en defensa de la lengua autóctona. (http://dbalears.cat/actualitat/balears/manifest-dels-msscc-sobre-la-llengua-catalana-a-mallorca.html). Defendemos, por otra parte, lo que la Iglesia ha defendido siempre: que hay que hablar a los fieles en su lengua vernácula. Cuestión distinta es que luego se cumpla en todas las instancias.

Objetará más de uno que es preciso tener en cuenta a los inmigrantes. Totalmente de acuerdo. Precisamente dice el manifiesto citado, traducido al castellano: Nuestras experiencias personales como misioneros, en diversos continentes, nos han puesto al servicio de los inmigrantes de muchas procedencias y hemos aprendido que, cuanto antes el inmigrante se integra, tanto mejor puede ejercer sus derechos como persona y no mantenerse como convidado de segunda clase.

Acabo con otras líneas del manifiesto: Cualquier atentado en orden a imponer una lengua o cultura fuera de su territorio natural es fruto de una mentalidad violenta, aunque se revista con apariencias democráticas y suaves. 

martes, 24 de enero de 2012

La expresividad del rostro




Tengo el propósito de renovar la entrada del blog cada 10 días. Y lo he conseguido a lo largo de estos años, con mínimas variaciones. Pero en ocasiones uno se siente un tanto agobiado por esta obligación autoimpuesta. De manera que voy a echar mano del fragmento de una charla que ofrecí en el arciprestazgo donde trabajo: el de Lluc-Raiguer, en la Sierra norte de la isla mallorquina. Descansaba en una de mis carpetas porque ya hace años que la había dictado en un contexto académico. De todos modos, la naturaleza de la misma no envejece tan fácilmente. 

En el rostro adquiere la máxima densidad el yo humano. Porque, además, tal parece que el rostro posee vasos comunicantes con el corazón. Los pensamientos, opciones y decisiones del corazón se reflejan, ante todo, en el rostro. Nada extraño que haya obtenido resonancia la expresión epifanía del rostro y que incluso esté en la base de rigurosos estudios filosóficos.

El rostro como vanguardia de la persona

Llamamos persona a la unidad profunda del sujeto que se despliega en su dimensión espiritual y corporal. Es un centro consciente y dinámico, un sujeto capaz de comunicarse con el prójimo al que hay que atribuir toda dignidad.

Se ha definido la persona como la libre realización de su naturaleza. Una naturaleza que no puede prescindir de su corporeidad. Gabriel Marcel insistía en que no tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo. Y es de evidencia inmediata que donde el cuerpo adquiere mayor densidad, capacidad de comunicación y personalidad es en el rostro. En el rostro se transparenta la progresiva y libre realización de la naturaleza personal. El rostro es expresión y presencia de la persona.

El rostro es mucho más que unos determinados centímetros de piel o una precisa extensión corporal. No cabe homologarlo con otras regiones del cuerpo, pues su densidad y significado en cuanto a la comunicación y la expresión es mucho más relevante.

Las emociones propias y las relaciones interpersonales dibujan y transfiguran las diversas expresiones del rostro. En el rostro irrumpe, acontece, se transparenta la persona, en él se registran incluso los sentimientos, emociones y actitudes del individuo. En ocasiones el rostro se hace palabra y entonces me permite conocer todavía más a fondo y con detalle los pensamientos y sentimientos del prójimo. Una buena parte de verdad contiene la afirmación de que, a los cuarenta años, cada uno tiene el rostro que se ha labrado a lo largo de su vida.


Es significativo notar que nadie ve directamente su propio rostro, a no ser con la ayuda del algún instrumento como el espejo o una superficie reluciente. ¿Será porque el rostro no es para mí, sino para el otro? El rostro es por sí mismo un lenguaje silencioso, trasparenta el yo íntimo de modo más efectivo que el resto del cuerpo. Los pliegues del rostro y el talante de la mirada irradian la intencionalidad, la interioridad y la emotividad profunda de la persona. 

A pesar de todo, en el rostro puede instalarse la ambigüedad. Es posible manifestar sentimientos y emociones que en realidad no se experimentan. Ni la mirada acogedora, ni la sonrisa abierta, ni el semblante afable garantizan inequívocamente que la actitud interior se corresponda con tales expresiones. De manera que la persona puede ocultarse a través de su rostro. Pero en este caso hablamos más bien de excepciones, represiones y falsificaciones.

El rostro como indicador ético

Cuando enfrente de mí vislumbro un rostro se me hace visible su interioridad, su dignidad. El otro no es equivalente a lo otro (las cosas), ni al animal, porque tiene un rostro. Sólo el que viva replegado herméticamente sobre sí mismo y no perciba el rostro de su prójimo será capaz de tratarle como si no tuviera dignidad alguna. Es decir, como un objeto al que manejo según mis intereses y conveniencias.

El rostro del interlocutor me lleva a percibir de modo inmediato -sin necesidad de reflexiones ni argumentos- que el otro no debe ser instrumentalizado para saciar mis intereses. El posee una dignidad que no debe ser violada, no es medio sino fin, como insistentemente recordara Kant.

El otro es fuente de sentimientos y de iniciativas. Desde la antropología teológica todo ello significa que también él es imagen de Dios. Desde la convivencia humana implica que él es tan digno como yo y no lo puedo subordinar a mis conveniencias.

Tales planteamientos levantan serios interrogantes sobre algunas actividades comunes en nuestra sociedad contemporánea. Por ejemplo, la muy desarrollada publicidad. La propaganda tiene como objetivo convencer racional o irracionalmente al otro, con los recursos de que disponga y (muchas veces) sin reparar en escrúpulos. Se le pretende convencer para que acepte ideas de tipo político o compre determinados productos económicos. La publicidad tiende a tratar al otro como cliente, paciente, consumidor, votante... Olvida su personalísimo rostro, ocupado como se halla en favorecer los propios intereses crematísticos o ideológicos.

El rostro es como el indicador del misterio personal. Ahora bien, este  misterio necesita de un ambiente cálido y de acogida para manifestarse. Si tropieza con miradas duras y actitudes desconfiadas la persona rehúsa la apertura y permanece clausurada. Tal como acontece con el caracol que se esconde cuando sus antenas detectan obstáculos cercanos. Para favorecer la transparencia del misterio personal hay que mirar el rostro del prójimo con paciencia, respeto y amor. La mirada que no respeta envilece, destruye, disecciona.


viernes, 13 de enero de 2012

El tiempo, ese enigma


Llego a tiempo con la reflexión puesto que apenas hemos consumido uno de los doce meses del año. La situación invita, pues, a mirar al trasluz esta realidad tan familiar y común que es el tiempo. Una realidad que nos atrapa irremediablemente.
Sabemos muy bien qué es el tiempo… o quizás no habría que afirmarlo con tanta seguridad. Porque si por una parte lo asociamos a algo usual, rutinario y corriente, por la otra no deja de ser una realidad enigmática. A propósito, S. Agustín se pregunta con su claridad y profundidad habituales: ¿Qué es el tiempo? Si nadie me pregunta yo lo sé. Pero si quiero explicarlo al que me pregunta, entonces no lo sé.
El tiempo, ese flujo ilimitado que carga sobre sí todos los acontecimientos de la naturaleza y de la historia. Nada absolutamente acontece fuera de él.  El ser humano ha tratado de domesticarlo, racionalizarlo y dominarlo. Se ha propuesto atraparlo clasificándolo desde diversos puntos de vista. Lo ha atomizado en semanas, horas, minutos, segundos…. A tal propósito le ha ayudado la observación de los ciclos naturales. Día y noche, verano e invierno…
Pero el tiempo humano adquiere una mayor densidad. Tiene que ver también con conflictos e injusticias, con gozos y sufrimientos. El tiempo aséptico y neutral que marcan las manecillas del reloj es uniforme y transcurre ajeno a cualquier sensación, sentimiento o emoción. En cambio, el tiempo humano -por ejemplo, el de la joven que espera el día de la boda- está bañado de deseo e ilusión. El tiempo humano se colorea de gozo, ansiedad, temor…
Una conversación amistosa y satisfactoria o un film agradable puede que dure una hora y media según el cronómetro, pero la sensación es que pasó como una exhalación. Mientras que unos minutos de ansiedad o de intenso dolor físico se hacen interminables. 
El año nuevo abre el horizonte a todas las expectativas. Como en un recién nacido, todo puede acontecer. No obstante las decepciones y dificultades del año que se fue, el corazón humano sigue esperando. Se dirá tal vez que el nuevo año llega con malos auspicios. Da igual. La esperanza se regenera a sí misma, renace de sus cenizas, como sucede con la mitológica ave fénix, de plumaje rojo, anaranjado y amarillo incandescente. 
El corazón humano no se resigna a una decepción indefinida. Espera que el año, al cambiar de cifra, sea más propicio. Y la auténtica razón de fondo es que, huérfana de esperanza, la vida se evapora.
Una bendición hecha carne

El libro bíblico de los Números, del que echa mano la liturgia en el umbral de cada año, expresa con fuerza y profundidad los anhelos que laten en el corazón humano. El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.
Ahora bien, una bendición no deja de ser un deseo. Y los deseos, por buenos que sean, no deben confundirse con la realidad. Pero se da el caso de que la bendición que nos ocupa no es un deseo huero, sino un deseo hecho carne. En efecto, la Palabra se hizo carne. La bendición de Dios se ha hecho historia, se ha hecho carne y hueso en Jesús.
El eterno fluir del tiempo ha saboreado su plenitud al ser visitado por el Creador de la historia. El Emanuel, el Dios con nosotros, se ha hecho compañero de camino. El nombre que le impusieron José y María fue el de Jesús, es decir, Dios salva. El tiempo, ese enigma que se despliega en apariencia neutral, esconde en el seno a su mismo Creador.  

No obstante el anhelo de paz, el interior de cada uno conjetura que el nuevo año heredará los defectos e injusticias de su predecesor. Entonces, si la bendición de Dios es más que un buen deseo y se ha concretado en la carne de Jesús, ¿por qué no llega la paz, la justicia, la convivencia leal?
Ahí radica el interrogante por antonomasia. Resulta que las bendiciones, aunque procedan de Dios, no obran automáticamente y mucho menos fuerzan la voluntad del ser humano. Los pastores fueron al portal. Los Reyes iniciaron un largo camino. Hace falta justamente iniciar el camino y acudir al portal. Quien no abre los ojos ante la luz seguirá a oscuras. Quien en el fondo de su ser no espera o no cree en bendición alguna, seguirá atrapado en su insignificante y mediocre mundillo.
Dicen los científicos que el tiempo es la magnitud física que permite medir la duración o separación de las cosas sujetas a cambio. Dicen los creyentes que el tiempo es el misterio de la historia en el cual la Palabra de Dios se hace carne e invita a todo ser humano a escuchar su voz y seguir sus pasos.  

Convendrá el lector en que para beneficiarse de algo físico se requiere alargar la mano y apoderarse de ella. Acabo con un chiste que bien ilustra la moraleja. Una devota señora oraba con fervor para que le tocara la lotería. Un feligrés cercano, justamente vendedor de lotería, escuchó su plegaria. Se permitió darle una palmadita en el hombro y decirle: por su parte hará bien en comprar algún número.

martes, 3 de enero de 2012

Urgencias médicas



No había acudido nunca a urgencias médicas, pero llega el día en que, como manso corderito, hay que aprestarse a ir al matadero.

No se trata de un relato autobiográfico lo que me dispongo a contar, aunque tampoco anda lejos de serlo. Después de todo resulta inevitable que en cualquier escrito se incrusten detalles más personales. Se ha dicho que toda historieta anda preñada de referencias subjetivas. Es que cuando uno escribe transmite su visión, sus pensamientos, sus emociones, su modo de posicionarse ante la sociedad, aun sin hacer referencia explícita a su propia persona.  

Para que te atiendan inmediatamente en urgencias lo más aconsejable es ir chorreando sangre. De otro modo, la señorita de la recepción, más preocupada por su propio aspecto que por el del enfermo, apenas se inmuta. Ante la insistencia responde que comunicará al médico el apremio. Lo dice con mayor displicencia que la tendera de la esquina. Al fin y al cabo el dolor es ajeno y el sueldo lo recibirá íntegro por más que las carnes se le abran al inoportuno visitante. Dicho sea sin generalizar y sin minimizar.    

Ambiente aséptico el de urgencias. Telefonistas con pinganillos, batas blancas que van y vienen. Gente que espera resignada. El todo queda impregnado por un indefinido olor a medicamento.   

Hasta en el momento de hacer cola en urgencias algunas jóvenes no renuncian a su innata coquetería. No escatiman el colorete en la mejilla ni el vestido bien combinado. Peor para ellas. Deben pensar los médicos que no andarán tan enfermas si mantienen intactas las ganas de atraer las miradas ajenas.

Si te aqueja el dolor, recurre a la paciencia. Si estás ansioso, trata de serenarte. Son algunos de los consejos que escucha el paciente en la sala. No proporcionan gran consuelo, la verdad sea dicha. Mientras tanto uno espía los síntomas y los dolores que padece tratando de clasificar su dolencia. También con la finalidad de explicarle al galeno el disturbio que acontece en el  organismo.   

No hay otra alternativa más que la de confiar en los médicos. Cuando la salud no escasea los médicos son objeto de mil bromas. Pero en el momento de la dificultad no queda sino ponerse en sus manos. Y confiar en que no le falle la vocación ni la profesión.   

Un letrero muy visible en urgencias advierte que no se atiende por orden de llegada, sino de gravedad. Uno mira los rostros de los resignados pacientes, tratando de adivinar qué les duele y la intensidad de su dolor. Calcula que nadie anda tan quebrantado como él mismo. Por tanto confía en que su nombre, pronunciado por una voz en off, esté al caer. Pero no, una y otra vez la voz falla a favor de otros nombres y apellidos.

Finalmente le llaman a uno. Craso error pensar que será asistido de modo inmediato. Al paciente le depositan en una camilla y lo encierran en un cuarto al que llaman box para ahorrarse ulteriores detalles y carencias. Los cuartos de hora, si no las horas enteras, van consumiéndose. Cuando ya la desesperación empieza a hacer mella asoma el rostro de una enfermera. No pone manos a la obra. Simplemente trata de reconfortar al enfermo diciéndole que el Doctor no tardará en llegar.

Siguen desfilando los minutos que se estiran como el chicle y por fin el enfermo es objeto de atención. La enfermera vestida de blanco extrae de la vena una porción de sangre con más fuerza que maña. Su rostro bien acicalado no hacía suponer una actuación tan basta. De todos modos no olvida manifestar que el Doctor está al llegar.

Mientras tanto el paciente, en su box, con la mirada en el techo, elucubra acerca de su aventura. Le da por pensar que los médicos, enfermeras y auxiliares han enfrentado a muchos hipocondríacos. Suponen, por tanto, que los pretendidos pacientes andan repletos de antojos. No es verdad que a uno le duela la próstata, el otro tenga el colon irritado y al de más allá se le opaque la vista. Lo que pasa es que son unos desaprensivos sin escrúpulos que se proponen perturbar la placidez de los profesionales de la salud.    

El Doctor llega. Entonces hay que estimular la memoria para recordar el motivo por el cual uno se halla en el box de urgencias. El médico  no parece muy interesado en el asunto.  En todo caso prefiere mirar la pantalla del ordenador y susurrar algo ininteligible a la enfermera sentada a su vera. El Doctor escucha escéptico el relato del paciente. Él tiene mucha experiencia y sabe lo que le sucede antes de que se lo cuenten. No está dispuesto a que le den gato por liebre.

El Doctor alivia escasamente al paciente, pero a cambio ordena análisis y radiografías varias. Llegados a este punto la intimidad anda por los suelos y alguien que pasa por el lugar con ganas de charlar se detiene para decirle al enfermo que lo que le sucede no tiene importancia. Lo que le aconteció a él sí era grave. Acto seguido se levanta la camisa y muestra las cicatrices del bisturí cual trofeos ganados en ardua batalla.

El paciente va acomodándose en la camilla. Al cabo de unas horas es probable que hayan llegado los resultados de los análisis y que el Doctor recuerde que el enfermo yace aparcado en alguno de los boxes. Entonces asoma de nuevo para mandarle finalmente a casa deseándole lo mejor.  

En mi caso al día siguiente la salud empeoró. Era previsible por cuanto el médico no dispuso tratamiento alguno. Ya no quise repetir la experiencia. Así que me internaron en una clínica a la que me daba derecho un modesto seguro. Porque hasta hace poco los religiosos ni siquiera teníamos derecho a acogernos a la Seguridad Social y había que apañárselas de otros modos.

Me guardo algunos interrogantes que despertó la aventura de la visita a urgencias. No quiero abusar de la paciencia del lector. Algún día habrá ocasión de volver sobre ellos.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidad en compañía del asno y del buey

Se atribuye a S. Francisco de Asís la representación primera del nacimiento de Jesús. La tradición del Belén o pesebre (que así se llama según el lugar) viene, pues, de lejos. Desde estos tiempos lejanos hay memoria de que el buey y el asno -año tras año- se presentan a todas las citas. Es curioso, sin embargo, que de ninguno de ambos animales da fe el evangelio de la infancia de Lucas. Y menos los de los otros evangelistas que ni siquiera hablan de cuevas, establos o pesebres.

¿A qué viene, pues, la escena? Tiene su razón de ser por cuanto desde los primeros tiempos cristianos se citó al Profeta que dice: Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo. Pero Israel no conoce, mi pueblo no discierne (Is 1, 3). Se trata de una constatación que puede traducirse así: muchos seres humanos son incapaces de reconocer a su Señor como Mesías, pero el buey y el asno sí distinguen al Creador en el niño del pesebre. Se trata de un simbolismo, de una metáfora, claro está, pero que tiene su atractivo y no deja de interpelar a quien se acerca a la cueva.

Sigamos, pues, con la metáfora, ya que otros la iniciaron. Los animales tienen olfato para Jesucristo, mientras que las personas humanas andan como perplejas y ofuscadas ante el misterio. O quizás sucede que se afanan tanto en lo que se les antoja inaplazable que no les alcanza el tiempo para lo que es realmente importante. Existe el peligro de volverse ciego y perder el olfato ante el rostro de Jesús. Lo podemos comprobar a cada paso en nuestra sociedad. Mucha gente camina desorientada. Tienen hambre de misterio, el instinto les empuja a otear la trascendencia, pero sólo se les ocurre buscarla en rincones exóticos o esotéricos.

Los tales no saben aplicar el sentido del olfato cuando levantan la cabeza en vertical, la dirección que indica el camino hacia Dios. Y la confusión es total cuando se trata de reconocer a los que deambulan con el corazón traspasado por las muchas lanzas que enristra la miseria, la desesperación y el derroche de sus contemporáneos. Pasan por delante sin verles.

En época navideña es justo prestar un poco más de atención a las razones del corazón. Las pulsiones y los instintos profundos de la naturaleza humana seguramente comprenden mejor la fiesta que supone la venida de un Niño a nuestro mundo. Un Niño que puede enseñarnos el camino hacia otro modo de vivir menos egoísta y rutinario. Un Niño capaz de darnos una mano para sacarnos del pozo de la inconsciencia y la autosatisfacción. 

Hay que atender a las razones del corazón porque, de lo contrario, la cabeza se erige en portavoz del entero ser humano y esgrime mil argumentos para demostrar que un Niño impotente, nacido en un oscuro rincón del planeta, nunca va a salvar a nadie. La cabeza tiene muchos mecanismos de defensa para llegar a creer que las cosas andan razonablemente bien e impermeabilizarse para todo lo que suene a Redención o Salvación. 

¿Con que fin esperar a Alguien -como pretende el Adviento- si nada me va a aportar? Sin duda, con las razones del corazón resultará más fácil alojar al Niño y a su Madre en el propio interior ya que no hay sitio para ellos en otros albergues.

Decía S. Antonio María Claret, con un punto de ingenuidad y con la retórica sentimentaloide del siglo XIX: con el vaho o aliento de afectos de amor de Dios hay que calentar al Niño Jesús, que está tiritando de frío”… “la comunidad ha de imitar al buey por su paciencia, constancia y amor al trabajo”.

Como se ve, la metáfora da mucho juego y puede alargarse sin peligros, si se atiende más al corazón que a la cabeza. El buey y el asno calentaron con su aliento al recién nacido, aterido de frío… El cristiano consciente también debiera ser alguien que nutre y calienta cuanto hay de valioso a su alrededor. Y valiosas son todas aquellas semillas de mayor sinceridad y sensibilidad que encuentran obstáculos para su nacimiento: una Iglesia más cercana y menos encopetada, una sintonía mayor con nuestros contemporáneos, una mayor valoración del papel de la mujer, un fuerte deseo de que no se instalen diversas medidas a la hora de administrar la justicia…

En los evangelios hay personajes que se constituyen en ejemplos intachables para saber cómo actuar. Basta recordar a S. José, la Virgen, los pastores, Simeón, a Nicodemo… También los hay que son claros ejemplos de comportamientos a evitar: Herodes, Pilatos, Judas, Salomé… Digamos que hay un asno y un buey que no menos sirven para indicar el camino a seguir. 

En Navidad no pueden censurarse estas imágenes y las ingenuas reflexiones que provocan. Pues en esta época se permite estirar las metáforas como un chicle y escuchar cómo palpitan las razones del corazón. No es difícil observarlo: ahí están, en un rincón de la sala, los abuelos y nietos rodeados de musgos y figuritas de barro. Parecen haberse desconectado del ambiente rutinario de siempre y se diría que viven un éxtasis a escala infantil. Por cierto, entre las figuras no falta un buey y una mula. O quizás no se trata de una mula, sino de un asno. No se distingue bien y, a fin de cuentas, para lo que interesa, da igual.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Un paisaje con emociones


Reconozco con una pizca de vergüenza que hasta bien entrado en años no valoré las bellezas del paisaje ni aprecié la hermosura de la naturaleza. Afortunadamente ahora vivo en un entorno privilegiado donde la belleza agreste se esparce sin moderación y trato de recuperar el tiempo perdido.

Aunque nunca he cultivado el género paisajístico, voy a intentar un artículo de esta índole con el propósito de redimir mis faltas. Pido de antemano la comprensión del lector por si el resultado se le antoja exiguo.

El caminante recorre la senda mientras sus ojos contemplan el paisaje que rodea el santuario de Lluc, en la sierra norte de Mallorca. Las posibilidades de elegir uno u otro camino son varias, las que los siglos han ido aparejando para desplazarse hasta las poblaciones cercanas o adentrarse en algún lugar más sugestivo del bosque. Caminos pedregosos, escoltados por robles y encinas, tutelados por enormes peñascos que asoman desde las alturas.

Los infinitos pasos que los caminantes de pasadas generaciones anduvieron en la superficie del camino han contribuido a que los posos de los ancestros -sus penas y sus gozos, sus llantos y sus risas- se hayan depositado junto a las piedras del camino. Con lo cual la vereda adquiere una mayor solera.

Un profundo silencio se apodera de los atajos del lugar cuando el sol se esconde detrás de las montañas. Un silencio intenso y profundo como no es posible percibirlo en la ciudad. Una quietud muda que parece detener el transcurrir del tiempo. Acudiendo a la metáfora grandilocuente cabría decir que la tierra detiene su doble afán giratorio para no importunar al viandante.

Huérfano de sol, el paisaje difumina gradualmente las siluetas de los montes. Poco a poco su ciclópea masa se desvanece y hay que esforzarse para adivinar el perfil de la montaña. Hasta que la noche traga completamente el panorama.   

En las horas diurnas los bosques de robles y encinas apenas dejan pasar los rayos del sol. Sobre todo en invierno, la humedad se torna viscosa al acoplarse con el musgo. La vista se derrama por los amplios espacios umbrosos.

A lo largo de la senda enormes peñascos de color grisáceo desafían la ley de la gravedad. Cuando el caminante levanta la vista los localiza encima de su cabeza y no logra reprimir el vago temor de que pudiera quedar atrapado bajo toneladas de materia inerte a poco que el agua y la intemperie sigan erosionando la naturaleza.   

El paisaje muestra un surtido de rocas de todos los tamaños y formas. El espectador dibuja en su fantasía un boceto de camello, de tortuga o cualquier otro animal. Las numerosas estrías son producto de las aguas que, a lo largo de los milenios, han ido desgastando la piedra. Han sido cinceladas por este laborioso e infatigable escultor.  

Los peñascos enhiestos provocan al caminante. Le recuerdan, sin necesidad de palabras, su modestísimo lugar en la naturaleza. Una pobre hormiguita que no da la talla frente a las rocas gigantescas. Y ya iniciada la lección, las rocas, las encinas, el cielo dilatado hasta el infinito aprovechan para meter baza y hacer gala de su poderío.  

El paisaje incluye también las nubes: cúmulos, cirros, estratos... Arriba, en el firmamento azulado, se exhiben numerosas gasas fabricadas con vapor de agua. Van y vienen, se forman y transforman. Los colores no faltan a la cita: según la estación y la luminosidad del día, el cielo se torna azul trasparente o quizás aparecen pinceladas difusas color violeta. Tal vez un rojo intenso se apodera de pronto de la bóveda celeste.
No lejos de los caminos la carretera asfaltada zigzaguea por las laderas de la montaña. Son las venas de la naturaleza mallorquina ya domesticada por los humanos. Y, allá en el fondo, las siluetas imponentes de la cordillera. Una serie de montañas habitadas a lo largo del tiempo por numerosas generaciones. Se las han arreglado para adaptarse a la lluvia, al frío y al calor. Han puesto en pie las construcciones que requería el medio. Han inventado hábitos y costumbres, han suscitado modos de convivencia y creado una peculiar gastronomía.

Por los suelos de los caminos abundan las bellotas. Semillas frágiles, árboles en potencia. Los cerdos de antaño daban buena cuenta de ellas. Unos balidos recuerdan que también forman parte integrante del paisaje las ovejas y cabras que mordisquean entre matorrales.  

A no olvidar los aromas selváticos que envuelven al caminante ni las abundantes tonalidades de verde que se extienden por las laderas. Es posible que inesperadamente el espectador perciba una cuerda por la que se desliza un jovenzuelo amigo de la aventura arriesgada. Se dispone a acariciar con los dedos de la mano el rostro del peligro mientras desplaza su cuerpo por entre los peñascos.   

Desde las cimas de los montes se divisan valles magníficos que se parcelan en cultivos de diversos colores. En tanto la ladera no alcanza el valle, unas murallas de piedra viva impiden que la tierra se deslice y eche a perder la cosecha de la aceituna. Es la obra de unos campesinos que, años atrás, trabajaron con tesón y sudor para levantar los extensos parapetos que impiden el deslizamiento de las tierras. Se hacía preciso salvaguardar los olivos de troncos retorcidos y añosos, de una singular belleza.  
La belleza del paisaje estimula la experiencia de la trascendencia.