El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

lunes, 23 de abril de 2018

Amante a plazo fijo




Me inclinaba yo a pensar que el corazón humano era en esencia el mismo, con sus sentimientos de amor y de odio, de venganza y de ternura. Podían pasar los años y se repetían las emociones y hasta las situaciones con pequeñas variantes. Un día, de pronto, asoma la sorpresa por entre las páginas de un periódico. 

En efecto, cuenta la prensa que un psicólogo ha propuesto una nueva modalidad de convivencia matrimonial. A saber, un contrato entre los dos candidatos, que no recurra a palabras altisonantes y con fecha de expiración a corto plazo. 

El psicólogo inventó la receta, y ya una pareja se aprestó a presentarse ante notario y firmar el contrato. Las cláusulas del mismo dicen que van a convivir matrimonialmente por un período de dos años. Luego decidirán si renovar o despedirse. Uno de los artículos redactados por el notario señala que la mujer hará la cama y el varón limpiará los platos. Y siguen otras condiciones.

Reconozco que no se me habría ocurrido una tal propuesta. Yo era de la opinión que la convivencia matrimonial, dada su peculiar naturaleza, tiende hacia la totalidad y no es compatible con condiciones restrictivas. Imaginaba yo que la novia, junto al altar, o ante el alcalde, se sentiría ofendida si el futuro consorte le declarara amor por unos años determinados (dos, cuatro, seis), y pusiera condiciones a la convivencia: mientras no enfermes o no engordes, por poner unos ejemplos. 

Se me antoja, en efecto, que la inclinación amorosa por el otro queda devaluada y hasta ridiculizada cuando tales cosas suceden. En lugar de las palabras usuales acerca del amor eterno que une a ambos, y de la pasión sin fin que les une, los protagonistas quedan tan satisfechos con proponer dos o tres años de cama común. Y luego, si te he visto no me acuerdo. Las efusiones, las promesas de eternidad, se relegan a mera retórica hormonal. Cuando el instante se ha evaporado, lo que procede es usar el lenguaje legal y esperar a que finalice el contrato.

Aquello de que el matrimonio es un proyecto entre dos personas, de por vida, sin condiciones, habrá que revisarlo, de acuerdo a este nuevo proceder. Lo de que el corazón humano es siempre el mismo, tendrá que ser nuevamente puesto sobre el tapete. La idea de que el amor hace referencia a la totalidad y suspira por la eternidad, queda puesta en cuestión.


El nuevo invento es muy pragmático. En efecto, cuando un matrimonio fracasa hay que estar rondando por pasillos burocráticos en busca del divorcio, los interesados pasan malos ratos y casi siempre acaban endureciéndose y amargando la vida. Pues bien, problema resuelto, si se popularizan los contratos temporales. Traumatizan mucho menos, a lo que se ve.

¿Qué pasa con los hijos? Quizás pueden servir como elementos para equilibrar el contrato. Por ejemplo, uno de los cónyuges trabaja y el otro se ocupa del niño. Y cuando expira el contrato, se echa a suertes con cuál de los padres va a seguir viviendo. Aunque no necesariamente tiene que ser así. En último término, existen casas de asistencia infantil con las cuales podría negociarse el asunto.
Más difícil seguramente resultará ajustar las frases pasionales a la nueva modalidad matrimonial. En lugar de referirse al compañero como al “amor de mi vida” habrá que llamarle simplemente “amor de dos años”. Luego convendrá atarse un pañuelo al dedo meñique para no olvidar la fecha de expiración del contrato. 

Mirado el asunto a fondo y al trasluz, tampoco resulta tan novedoso. Se dice que un oficio, tan viejo como la humanidad, también relaciona el amor con los plazos fijos y hasta de carácter mucho más breve. ¿Será cierto aquello de que no hay “nada nuevo bajo el sol?”
Si el amor eterno se encoge para ser amor por unos años y a plazo fijo, habrá que prohibir al corazón usar palabras grandilocuentes, pasionales, o meramente cariñosas. Se convertirá en un corazón cohibido y disminuido. Mala cosa cuando la víscera que la persona lleva en el pecho justamente está diseñada para expandirse y repartir vida. Es que el amor a plazo fijo tiene consecuencias más graves de lo que pudiera pensarse. Termina por asesinar silenciosamente la auténtica naturaleza del amor y de la sede donde reside, el corazón. 

lunes, 9 de abril de 2018

Si no tengo amor, nada soy (S. Pablo)

Hay que calificar como excelente el empeño de llevar a cabo los deberes que uno ha asumido o debe asumir. Frente a la sobreabundancia de frivolidad y falta de compromiso en la que nuestra sociedad se halla inmersa, es de agradecer la postura comprometida de no dar un paso atrás en las tareas a realizar. Sin embargo, hacer muchas cosas por la obligación que impone un mero deber árido y enjuto, a la larga le pone a uno de mal humor. Se requiere también el ingrediente del amor. Un empeño sin grietas te hace implacable. Y este comportamiento no se halla precisamente en el haber de las virtudes.  

La justicia resulta esencial para vivir con honradez, para sobrenadar en el mar de los sobornos y de las amistades que presionan para lograr sus ambiciosos propósitos. Huir del soborno, ofrecer la mano a los débiles son actitudes muy dignas, hijas de la justicia. Pero una justicia sin amor te endurece. Quizás, incluso, lleve a encarnizarte contra tu prójimo.

Gran instrumento el de la inteligencia para moverse por la vida. Hay que saber cuándo hablar y cuándo callar. Es preciso bregar con muchas circunstancias para que las cosas salgan bien. Sobre todo, saber cómo gestionar los sentimientos. Resulta del todo imprescindible para salir airoso de las mil batallas diarias. No obstante, ten presente un detalle: la inteligencia sin amor acaba haciendo de ti un ser cruel.

La persona amable es bien recibida en todas partes. Se aprecia su sonrisa, sus cumplidos, sus palabras halagadoras. Quien siembra amabilidad normalmente no cosecha bofetones, a menos que se tropiece con algún psicópata o desalmado. Cierto, aunque la amabilidad carente de amor te metamorfosea en un ser hipócrita. Abundan las sonrisas que velan una lengua viperina. Como también las palabras aduladoras que obedecen a precisos intereses creados.

Bien está que en tu habitación destierres el desorden. Tus costumbres no rompen la armonía de un buen comportamiento. En cada momento lo que toca, sin extravagancias ni excentricidades. Nada de caprichos fuera de lugar. De acuerdo, aunque deberías examinar si tanto orden no acaba haciéndote un ser rígido y complicado para los que te rodean.

Presumir de honor es más propio de épocas periclitadas que no de nuestros tiempos. Aunque quizás ello se deba a una distinta concepción del honor. Hoy día ha desaparecido de la circulación el duelo a causa de ofensas que lo mancillaban, según se creía. Sin embargo, es cierto que disgusta profundamente ser tachado de frívolo, irresponsable, insolvente, mentiroso... También estos defectos atentan contra el honor que priva en nuestros tiempos. Pues bien, puedes estar repleto de honor hasta los bordes, pero, si te falta el amor, no dejarás de ser un altanero arrogante.  

Bien está que uno pueda vivir sin temor a que le falte el pan de mañana. La dignidad humana se resiente cuando las necesidades más básicas no pueden ser satisfechas. El pan, la casa, los zapatos son propiedades de las que nadie debiera carecer. Una vez conseguidas hay que mantenerse en guardia para que el elenco de las posesiones no crezca desmesuradamente. Un tal deseo te ataría a las cosas y si, además, careces de amor hacia el necesitado y eres incapaz de compartir, entonces te conviertes en un simple y vulgar avaro.  

En la historia han abundado las gentes de profundas creencias religiosas. La brújula de su fe las marcaba un bien definido rumbo. Saber hacia dónde caminar, bien atrechado de los instrumentos que puedas necesitar, es del todo elogiable. Mucho más que sentirse perdido en la inmensidad del cosmos, sin una estrella a través de la cual orientarse.  Pero la fe no debe restarte la necesaria cuota de humanidad —de amor, al cabo— o te volverás inflexible y fanático. Podrías confundir los ritos circunstanciales y transitorios con la realidad última e inmutable.


Quede claro que el amor posee muchos nombres y calificativos. No vayamos a caer en el reduccionismo de verlo sólo en el beso apasionado de un hombre y una mujer. Hay amor paternal y filial, amor al prójimo necesitado y a un montón de causas humanitarias. Existe, naturalmente, el amor a Dios por el que tantos han llegado incluso a dar su vida. Cada uno elige a lo largo de su vida cuál es el amor que cultivará con más ahínco. Hay amores que otorgan más sentido que otros, pero la vida enteramente huérfana de amor es una vida sin sentido.  


Todo lo cual se refleja en aquel verso de Dante Alighieri: “el Amor mueve al Sol y las demás estrellas”.

jueves, 29 de marzo de 2018

Paradojas de la Iglesia

Una de las paradojas —maravilla a la vez de esta institución milenaria que es la Iglesia radica en que bajo su manto se cobijan personas con talantes muy diversos. En ocasiones se diría que opuestos. Exitosos empresarios tienen su nombre anotado en los mismos archivos que las humildes monjas de clausura. A unos no les tiembla el pulso arriesgando en la bolsa, mientras las otras prefieren cantarle salmos al Señor tras gruesos muros de hormigón. 

Bajo la techumbre de esta Iglesia variopinta y plural viven personas de ideas humanistas y progresistas, pero también seres humanos un tanto enfermizos, petrificados en el pasado. Nada desean tanto como escuchar lo que tienen que hacer —claro, explícito y mensurable— para asegurarse un rincón en el celestial paraíso.     

Del seno fecundo de la Madre Iglesia, tan centenaria ella, han surgido personalidades desbordantes, cautivantes y comprometidas. Tales como S. Francisco de Asís, S. Agustín, Juan XXIII, Oscar Romero. Sin embargo, también se remiten a la Iglesia personas altaneras, pendencieras, prepotentes y trepadoras. Los libros de historia de ayer y de hoy garantizan la verdad de la afirmación.

En la Iglesia ha habido vírgenes y ascetas, mártires y monjes, sencillas madres de familia, jóvenes de ideales ardientes, religiosas que han envejecido junto al lecho del enfermo o se marcharon a vacunar a niños famélicos en el corazón de África. Y, por supuesto, se han dado innumerables casos de individuos mediocres, sacerdotes apegados al dinero, obispos con criterios mundanos, religiosos con horizontes mezquinos.

El Espíritu es quien capacita a la Iglesia para tan amplio abrazo. De Él se dice que es calor para el corazón helado, que flexibiliza al intolerante, que rebosa ternura, que acoge a la diversidad de los fieles sin comprometer la unidad de la fe. En la festividad de Pentecostés los creyentes celebran el ser y el quehacer del Espíritu. Se trata de una fiesta entrañable para los que saben sumergirse en lo más profundo de sí mismos, donde precisamente El establece su habitáculo. 

El Espíritu se resiste a ser aprisionado en unos artículos del código de derecho canónico. Se le dibuja como paloma que surca los aires en libertad. Su metáfora es la brisa inasible, el fuego de imprevisible flamear. El espíritu se experimenta, pero no se ve ni se toca, nadie sabe de donde viene ni a donde va.    

El Espíritu favorece aquello que en la Iglesia es movilidad y carisma, tolerancia y diversidad. Y es que la vida necesita, sí, unas estructuras y una estabilidad. Pero requiere también la terapia adecuada para ahuyentar la rutina y evitar la esclerosis.

Hay quien ha contrapuesto la Iglesia de la estructura a la del carisma, la de la norma a la de la profecía. A ambas les asiste todo el derecho de ciudadanía en el Pueblo de Dios. Aunque inevitablemente en algún que otro momento se genera la tensión. Las ideas que proceden de la cumbre no siempre coinciden con las de los líderes más carismáticos y de mayor autoridad moral. Es comprensible que quien detenta las riendas del poder prefiera los esquemas conocidos y los programas previstos. La novedad suele provocarle recelo y nerviosismo.


Unidad en la diversidad es uno de los frutos tradicionalmente atribuidos al Espíritu. Por eso nadie debiera pretender que los creyentes lleven el mismo corte de pelo, usen vestimenta confeccionada según un mismo patrón y traten de que sus circunvoluciones cerebrales tengan idéntico diseño. Son metáforas, claro está, pero que apuntan a precisas realidades.       

Apagaría el Espíritu —a lo cual se oponía S. Pablo— quien pretendiera que las voces ajenas sonaran como un eco de la propia. La Paloma en mayúscula no se deja atrapar ni siquiera en jaula de oro. El día en que algo así sucediera habría que solicitar permiso para hacer la experiencia de Dios. Padeceríamos un intenso frío que acabaría congelándonos los huesos. Las bienaventuranzas serían substituidas por las reverencias. En suma, sobrevendría el eclipse del Espíritu y las cosas adquirirían el color gris y anodino de la uniformidad. 

sábado, 17 de marzo de 2018

Un premio para la hospedería de Lluc

"Siurell de plata"
con el nombre de la hospedería
En los últimos tres años la hospedería ha mejorado de modo notable. Buena muestra de ello son el cambio de mobiliario y cortinas, así como pequeños detalles que favorecen la comodidad de los visitantes. A este propósito cabe destacar la calefacción que funciona con biomasa. Por tales motivos el P. Manuel Soler, en nombre del Prior y la comunidad, y acompañado por quienes trabajan en el día a día en la hospedería, (Sebastià Sureda, gerent, Juan A. Amengual, responsable del lloc), juntamente con los colaboradores Pere Fullana i Rafa Duran, recibió el mencionado premio. Tuvo lugar en la sede de la CAEB, en Palma, dia 9 de març. La organización encargó al personal de Lluc el agradecimiento de los otros dos premios. El P. Manuel Soler escribió el breve discurso que reproducimos a continuación, traducido al castellano.  

Autoridades, Presidente de l’Associació Balear d'Agroturismes i Turisme d'Interior, Señoras y Señores.

Permitidme que inicie mi intervención con un saludo del Prior del Santuari de Lluc, el P. Ricard Janer, quien hoy  se ha desplazado con la Escolania para assistir a varias representacions a Andalucía y no puede hacerse presente en este acto.


Entre nosotros, hoy, hay entidades y ciudadanos que han sido galardonados estos años pasados con el Siurell de Plata. Nosotros estamos aquí porque hemos merecido este año un reconomiento público y queremos agradecer al jurado que nos ha otorgado este galardón. Y lo quiero expresar como representante de l’Hostatgeria del Santuari de Lluc, pero muy particularmente también en nombre del Grup Excursionista del Foment de Turisme de Mallorca i dels Margers del Consell de Mallorca

Las tres entidades, justamente, compartimos valores y objectivos, la de hacer de Mallorca y de los espacios naturales un locus amoenus, conservar sus fortalezas, disfrutarlas y educar a la ciudadanía con la finalidad de que respete y conserve el entorno. El Santuari de Lluc ocupa un lugar en el corazón de Mallorca y de los mallorquines, un lugar más consolidado aún gracias al compromiso del Foment del Turisme y con el apoyo de las instituciones.

Parlamento del P. Manuel Soler en la sede de la CAEB
Hoy día suben la montaña de Lluc personas muy diferenciadas. Está la ola de ciclistas desde hace unos años, hay quien busca tranquilidad y paz. Otros van de excursión, quieren respirar aire puro y llenar su retina de paisajes repletos de rocas y encinas. Naturalmente que no faltan las peregrinaciones individuales o en grupos. La mayoría de vistantes, de todos modos, no deja de visitar la imagen en el Camarín.

Todos ellos necesitan ser acogidos. Un Santuario, alejado de pueblos y ciudades, necesita acoger al personal en cosas materiales y, por supuesto, también en el aspecto espiritual. Con una sonrisa que no sea forzada ni meramente propagandística. Con más motivo si piden ser escuchados,  quieren participar de un acte de culto o buscan un sentido más profundo a la vida. No es la más adecuada una acogida standard.

Los encargados del Santuario deben tener bien presente la responsabilidad de la acogida. Conviene que dispongan de una preparación no sólo técnica, sino también espiritual. Bien se puede afirmar que la espiritualidad de los dirigentes del Santuario —sacerdotes o seglares— es la de la acogida.

La acogida supone una actividad interior personal y voluntariosa. Implica una sincera amabilidad. Desea compartir. En cambio el mero hecho de recibir tiende a ser pasivo e incluso puede coexistir con una actitud a la defensiva o de cumplir el expediente. Se puede recibir a alguen sin acogerlo.

La acogida tiene unas derivaciones. Para empezar con lo más material y visible, pide desarrollar todo lo que tiene que ver con las instalaciones e  infraestructuras. Vale la pena cuidar de la dignidad y belleza del edificio y su funcionalidad, así como de su seguridad. Muy oportuno será tener lista la cafetería, habitaciones, sales de estar, zones verdes y de descanso. Es importante la limpieza. Estos detalles invitan inconscientmente a los peregrinos y visitantes a quedarse más tiempo en el santuario y quizás a regresar.

Concretamente Lluc se ha esforzado para que los visitantes y peregrinos dispusieran de una habitación confortable. Desde el lejano siglo XVI se construyeron los porxets para los peregrinos y sus monturas. Y mucho esfuerzo que costó. A finales del sigo XIX el restaurador y Prior Joaquim Rosselló tuvo la lucidez de edificar unas habitaciones adecuadas y un restaurante que aún hoy día es admirable per sus dimensiones y por su  ornamentación.  

Y estos años pasados se ha cambiado el mobiliario de las habitaciones y se ha combinado la estancia en las celdas con los  servicis de sa  Fonda. También se ha montado todo un sistema de calefacción de  biomasa. Si antes ir a Lluc era sinónimo de padecer frío, ahora no es así. Ahora equivale a gozar de una temperatura confortable mientras quizás se observa caer la nieve a través de la ventana.

Todo ello ha sido fruto de un trabajo en equipo, bien gestionado y bien dirigido, un grupo de profesionales que diariamente cuida de la limpieza, la recepción, sa Fonda, la administración, el mantenimiento, la comunicación y las visitas, un equipo humano que ha consolidado un estilo de acogida y aporta al Santuario una personalidad y una identidad que lo hacen especialmente atractivo para el visitante, el peregrino o el turista.


Muchas gracias, en nombre de todos los galardonados. Dels Excursionistes del Foment del Turisme aprendemos cada dia a disfrutar y a  respetar el medio, y els Margers nos han ayudado a restaurar aquella obra titánica de nuestros antepasados que adornaron la Serra con collares de piedra.


Muchísimas gracias en nombre de todos nosotros.

viernes, 9 de marzo de 2018

Fe y cultura. Estado de la cuestión


No raramente se escucha que uno profesa tal religión, que la ha cambiado, que no tiene ninguna… Como si ello equivaliera a tener una filiación política, pertenecer a un partido, o a un club. En tal caso la religión resultaría un caparazón externo que el ser humano se viste, se quita o deja de poner.  Sería religioso porque nació en tal país o porque recibió determinada educación o porque un vecino le convenció o porque gozaría de una sensibilidad especial en este campo.

Sin embargo la religión nada tiene que ver con la cosmética que uno se aplica o no. La persona es un ser religioso —prescindamos ahora de qué religión— por naturaleza, aunque no es éste el lugar para desarrollar la afirmación. Desde su nacimiento el individuo es empujado por un resorte misterioso que le conduce más allá de sí mismo. Somos excéntricos en el sentido de que no tenemos el centro en nosotros mismos, sino que giramos alrededor de Otro. No nos conformamos con lo que llevamos entre manos, nos sentimos insatisfechos, nos interrogamos y vamos detrás de un sentido definitivo para las cosas y para nosotros mismos.

El hecho es que la relación entre fe/religión y cultura es un tema complejo. Por una parte la persona nace con una raíz religiosa, aunque puede que ésta no llegue a florecer. La cultura, por otra parte, juega un papel decisivo en este florecimiento dado que marca a la colectividad y a cada persona que forma parte de ella. Se da una relación permanente y profunda entre fe y cultura. Basta con echar un vistazo a las costumbres, los refranes, las festividades, las edificaciones, el arte, para convencerse de ello.

En nuestros días la mencionada relación se complejiza por cuanto ha surgido una pluralidad de religiones —o su negación— en la sociedad occidental. Y, por si fuera poco, también la cultura ha dejado de ser unidimensional. Múltiples son las formas culturales que encauzan el pensar y actuar de los individuos. También el pensar y actuar acerca de lo religioso.

Fe y cultura caminan entrelazados. La experiencia religiosa no tiene otro modo de expresarse que en el interior del marco cultural en el que acontece. Por su parte la dimensión religiosa no puede prescindir de la cultura. Los intentos hechos en esta dirección no tienen ninguna garantía de éxito. El ateísmo oficial de lo que fue la Unión Soviética ha dejado nuevamente paso a la expresión y a la experiencia religiosa, por poner un ejemplo. La manera de vivir la fe está condicionada por la cultura ambiental. La cultura ambiental no deja de recibir el influjo de las expresiones religiosas.

Nada más natural que así suceda, pues la persona religiosa pertenece necesariamente a una cultura. Y la cultura se edifica gracias a una multiplicidad de aportaciones gastronómicas, literarias, institucionales, musicales, religiosas… Esta idea la expresaba Juan Pablo II cuando decía que «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada y fielmente vivida» (Discurso fundacional del Consejo pontificio para la cultura, 1982).
Hacia una definición

Hoy día el hecho cultural ha adquirido un relieve indiscutible. Es objeto de investigación y aparece de modo transversal en numerosos campos. La Iglesia también se ha pronunciado en diversos documentos y congresos. Claro está que el término no tiene que ver sólo con el nivel intelectual, la erudición o el «saber estar», sino  que cabría definirlo así:  «el conjunto complejo que comprende el saber, las creencias, el arte, la ética, las leyes, las costumbres y cualquier otra aptitud o hábito adquirido por el hombre como miembro de la sociedad.» (E.B. Tylor). Esta definición es más que centenaria, pero hoy día se ha impuesto de modo generalizado.
La cultura es todo el ambiente humanizado por un grupo; es su manera de comprender el mundo, de percibir al hombre y su destino, de trabajar, de divertirse, de expresarse por medio de las artes, de transformar la naturaleza por medio de las técnicas y los inventos. La cultura es el producto del genio del hombre, entendido en su sentido más amplio: es la matriz psicosocial que se crea, consciente o inconscientemente, una colectividad; es su marco de interpretación de la vida y del universo; es su representación propia del pasado y su proyecto de futuro, sus instituciones y sus creaciones típicas, sus costumbres y sus creencias, sus actitudes y sus comportamientos característicos, su manera original de comunicarse, de producir y de intercambiar sus bienes, de celebrar, de crear obras que revelen su alma y sus valores últimos […] La cultura es la mentalidad típica que adquiere todo individuo que se identifica con una colectividad; es el patrimonio humano transmitido de generación en generación (H. Carrier, Diccionario de la cultura. Estella: Verbo Divino, 1994, 150-161).

La inculturación de la fe

En nuestros días, en el contexto en que nos movemos, es indudable que la secularización ha hecho mella. Se ha incrementado la distancia entre el quehacer cristiano y la cultura del entorno. De ahí la importancia de impregnar de sentido cristiano las realidades culturales. Una fe impermeable a la cultura no llega a desarrollarse en plenitud. 

También precisa decir que el diálogo entre fe y cultura no siempre desemboca en un mutuo acuerdo. La fe debe tomar distancias, en ocasiones, a la hora de juzgar la bondad o maldad de la cultura ambiental. No puede decir que sí a todo. No raramente tendrá que negarse a aceptar determinadas realidades y, en cambio, proponer criterios y juicios de muy distinto signo de los que halla en su entorno. De lo contrario la fe se tornaría acomodaticia, perdería su identidad y, a la postre, dejaría de ser una fuerza útil para el mejoramiento de la cultura.


Los cristianos contribuirán a conformar una cultura más valiosa si, por una parte, valoran los esfuerzos de quienes tratan de que la vida se torne más humana. Pero también sus aportaciones deben ser críticas. No pueden justificar cualquier decisión o realidad simplemente porque resulta mayoritariamente aceptada. A los cristianos corresponde estimular el sentido ético y la responsabilidad ante los pobres, así como favorecer el bien común. Finalmente deberán testimoniar la fe y, como exhorta el Nuevo Testamento, dar razón de la esperanza, de manera que la hagan inteligible a quienes viven a su alrededor.


En tiempos de crisis, en contextos de fuerte pluralismo cultural, la fe tiene el derecho y la obligación de estimular y desarrollar su potencial humanista. La fe cristiana está capacitada para influir en la cultura del entorno a fin de que sea cada vez más altruista y no se cierre a la trascendencia.

sábado, 24 de febrero de 2018

El Sísifo de nuestros días


La llamada cultura postmoderna surge como reacción a la modernidad. Y, en contraste con ella, afirma que no existe el progreso, aunque tampoco hable de decadencia. Muchos postmodernos proclaman sencillamente que ni una cosa ni la otra. La historia ha llegado a su término por cuanto nada hay que esperar. Los acontecimientos se entrecruzan sin sentido ni finalidad.

Un tal planteamiento lleva a reflexionar sobre la tragedia que supone para muchos individuos el vivir totalmente desprovistos de ilusión e ideales. Una tragedia no sólo religiosa, sino también humana. En épocas pasadas los habitantes de nuestro mundo, a mi entender, no eran mejores ni peores, pero sí tenían un "para qué", más preciso, una finalidad siempre presente en su actuar. Este "para qué" era, en general, de carácter religioso, aunque podía sustituirse por alguna relevante obra o meta de carácter humanista.

Pues bien, mucha gente, en nuestra actual sociedad, es capaz de vivir años y más años sin preguntarse para qué vive. La maquinaria social parece pensada para esquivar la pregunta. Continuamente inventa cosas para frenar o entretener los interrogantes más profundos. Presenta, en extenso menú, toda clase de diversiones que eviten la reflexión.


Hasta en los momentos más preñados de interrogantes, como el morir, se las arregla nuestra sociedad para disimular la trascendencia de la situación. Y se le ocurre velar al muerto lejos de casa, en un local blanco y aséptico, ofrecer una tacita de café al visitante, maquillar al difunto para disimular su real estado de difunto. La cuestión es que no se note la trágica circunstancia.

Huérfanos de preguntas e inquietudes, muchos se limitan a dejarse resbalar por la vida. No levantan interrogantes, no buscan respuestas. Viven, eso es todo. Aunque yo dudaría de que el mero transcurrir de días, semanas y años merezca ser llamado vivir. Quizás habría que inventar un nuevo verbo: "desvivir". Indicaría con más propiedad la idea formulada.

Nos pasa, quizás, como a los coches. Todo ellos tienen una clarísima finalidad: correr, trasladar a sus inquilinos, atravesar campos y ciudades. Pero esa respuesta nos deja insatisfechos. Nos sabe a poco. Quisiéramos saber un posterior y quizás último para qué. Después de atravesar autopistas y poblaciones... ¿a dónde pretendemos llegar? ¡Es muy lícito y razonable saberlo!

¿No será que corremos y atravesamos paisajes en dirección hacia la nada? Pero entonces no se da otro objetivo que el de correr sin objetivo. Exactamente. Muchos seres humanos parecen hacer del vivir -del desvivirse- la única meta. Convierten lo provisional en definitivo. Empujan uno a uno los días sin interesarse por el tiempo a largo plazo. Un día salen a comer al restaurante, el otro le regalan una flor a su esposa, de pronto levantan un negocio de electrodomésticos...


Empujar un día tras otro, sin apenas horizonte, puede que evite complicaciones, inquietudes y nostalgias. Pero es un vivir más cercano al del animal irracional o al del vegetal que al del ser humano. Y, por favor, no se confunda esta actitud con el consejo evangélico que exhorta a no preocuparse por el mañana. Aquí se trata de no agobiarse por el comer y tener, que no de desinteresarse por el sentido de la vida. 

Vivir por vivir conduce a la larga a seguir la opinión del clásico: "Carpe diem": aprovecha la ocasión. Comamos y vivamos que mañana moriremos. Uno recoge todo cuanto halla al paso. Con avidez caza las oportunidades al vuelo. Tanto es el prurito de gozar y acumular que, paradójicamente, al cabo desemboca en la ansiedad y el desasosiego.

Es del todo preciso saber a dónde uno se dirige. Un coche necesita estacionar en un momento dado, como un buque aspira a atracar en algún puerto. Por más bonita que sea la travesía, nadie pone su ideal en vivir en alta mar para esperar no se sabe qué ni cuándo. El trabajo cotidiano e inmediato, carente de expectativa e ilusión, pierde su sentido, se derrumba estrepitosamente.

El antiguo mito de Sísifo acertó a plasmar uno de los mayores castigos que pueda sufrir un hombre, el de trabajar agotadoramente para, de antemano, saber que sus esfuerzos son del todo inútiles. La piedra subida al precio de tanto sudor por la ladera de la montaña, se despeña con estrépito, una y otra vez, hacia el pie de la misma. Sólo que el Sísifo de nuestros días no acaba de ser consciente de la situación.

Un corazón que late día y noche sin saber para qué, acumula frustración. Un día se negará a seguir funcionando. Lo preveía Teilhard en sus especulaciones: el día en que el individuo sepa que su tarea no sirve para nada, decretará una huelga de brazos caídos, se negará a seguir viviendo. Un corazón frustrado y desangelado, sin inquietudes ni perspectivas, tiene los días contados.

martes, 13 de febrero de 2018

Casaldáliga, un obispo nada convencional

El día 10 de febrero de 2018 el periódico "Ara Balears" publicó un dossier sobre el obispo Pere Casaldàliga con motivo de su próximo 90 cumpleaños. Uno de los artículos llevaba mi firma. Lo traduzco al castellano para que sea también accesible a los antiguos alumnos que siguieron, por unos años, mis calses en Sto. Domingo y Puerto Rico. 

Mi relación con el obispo Casaldáliga ha sido esporádica, pero no así mi admiración hacia su persona. En 1992 se conmemoró el "encuentro de culturas" en Sto. Domingo (República Dominicana). El obispo Casaldàliga gozaba de un firme prestigio entre los obispos y teólogos reunidos. La gente se dirigía a él con el mayor respeto.

Habló en público un par de veces y, entre acto y acto, algunos teníamos ocasión de dialogar brevemente con él. Dos cosas recuerdo especialmente: su profundo desagrado de que el Cardenal de Sto. Domingo recurriera a instancias civiles para impedir la entrada a algunos obispos connotados por su ideología progresista. También sus dudas a la hora de responder si quería más Sao Félix, donde vivía, o Balsareny, donde había nacido. "Aún respiro en catalán" fue el título de un libro que escribió más tarde.

En los años '80 y '90 en Latinoamérica aparecieron grandes figuras de obispos que abrieron caminos y que numerosos seguidores escuchaban de buen grado. Se trataba de personas creíbles al cien por cien. Helder Cámara, Sergio Méndez Arceo, Leónidas Proaño, Oscar Romero ... Hace tiempo que todos han desaparecido, excepto Casaldàliga. Ellos, ciertamente, no evocaban el clérigo enmohecido en el interior de la sacristía, al contrario. Casaldàliga formaba parte del grupo de obispos inquietos y carismáticos, dispuestos a decir cosas que la mayoría prefería callar.

En el lejano octubre de 1971 fue consagrado obispo en una de las regiones más marginadas del planeta. La invitación que hizo a los fieles dejaba entender una manera inédita de introducirse en el ministerio episcopal. Decía: "tu mitra será un sombrero de paja ... caminarás con la lluvia, la serena y la mirada de los pobres ... Tu báculo será la verdad del Evangelio". La primera carta pastoral que publicó hablaba de la obligación de decir la verdad. Un editorial respondió enseguida con malos modos: le espetaba que era un prelado delirante, un hombre de mala fe, un demagogo farisaico. Así trataban de  atemorizar al obispo que ya sabían era imposible de sobornar.

Una característica importante de nuestro personaje es que el gusano de la poesía ya le roía el alma desde que era seminarista. Diarios, revistas y radios le sirvieron para producir versos y poemas. Empleaba la poesía como altavoz para difundir las mejores causas que bullían en su interior. Leonardo Boff, un prolífico teólogo brasileño, últimamente preocupado por el medio-ambiente, ha comparado su obra con la de San Juan de la Cruz.

Ordenado sacerdote en 1952, experimentó muy de cerca el drama de la inmigración, el trabajo precario, el vicio, las ilusiones frustradas. Fue en Sabadell y después en Barcelona. Él mismo diría que entonces descubrió el hombre-masa en los rebaños que salían del metro, que llenaban las fábricas y transitaban por las calles. Sus superiores le destinaron a Madrid para dirigir la "Revista de Testimonio y Esperanza". Eran las postrimerías del franquismo. Le agradaba la tarea, pero sus inquietudes eran más anchas y comprobaba que su Congregación -los claretianos- no ajustaba el paso al "ajornamento" que pedía el Concilio Vaticano II. Junto con otros compañeros enviaron una carta al General de la Orden conminándole a aceptar las directrices del Vaticano II o ellos buscarían otra instancia donde trabajar.

En Medellín la Iglesia proclama que quiere hacer una opción por los más pobres. Era lo que Casaldàliga deseaba con todo el corazón. Su trabajo en Latinoamérica confirmó definitivamente este anhelo. Sao Félix, en la región de Mato Grosso, fue su destino. Una caseta de 6 x 4 metros lo alojó desde julio de 1968.

Decidió acabar con toda sombra de colonialismo. Había que promocionar el hombre integral. Era muy necesario poner en pie comunidades que dieran a luz a una iglesia nueva. Mientras trabaja por tales objetivos, sufrió numerosos contratiempos. Uno de los más graves, el de la protesta, junto con un compañero a un cuartel de la policía. Lamentaron la paliza injustificada que los agentes propinaron a una mujer. Los agentes, bien conocidos por sus brutalidades, los recibieron en tono agresivo e insultante. El compañero les dijo que denunciaría a los superiores su proceder. Uno de los policías lo abofeteó y luego le disparó en la cabeza. Difícil de explicar la conmoción de Casaldàliga.

Nuestro protagonista celebra misas en tono reivindicativo y a menudo se niega a celebrar por efemérides o personajes que maltratan y/o manipulan al pueblo. Le llueven las acusaciones en Roma. Viaja a algunos países centroamericanos y su presencia resulta poco grata, pues muchos clérigos recelan de su compromiso social.

Incluso lo llaman de Roma. Con Pablo VI siempre tuvo empatía, pero no así con Juan Pablo II. No acudía a las obligatorias visitas "ad limina" porque se le antojaban demasiado burocráticas y poco evangélicas, según explicó en una carta dirigida al Papa. Por cierto, una carta en la que expresó ideas hipersensibles para la jerarquía. Él es libre y no lo mueven las recompensas ni los prestigios humanos.

Se puede decir claro y sin reservas: a sus 90 años Casaldàliga es un obispo nada convencional, un ser humano digno de toda admiración. Un catalán ejemplar y universal. 

miércoles, 31 de enero de 2018

Personas de frontera


Quien vive cerca de la frontera conoce muy bien su convencionalismo. La frontera no es más que una línea imaginaria. El paisaje, las aves y el clima, la ignoran plenamente. Pero el habitante en el entorno conoce también sus reales condicionamientos. Las gentes de la región están habituadas a los guardias y a los trámites burocráticos. Saben que los de la otra parte son distintos, que obedecen a otras leyes y costumbres. 

La frontera une y separa a la vez

Lo paradójico de una frontera es que une: un país con otro, una región con la colindante. Y a la vez separa: la región X pasa a ser distinta de la región Y. De manera que la frontera se erige en un símbolo lleno de densidad. Desconocer la frontera empobrece: olvida que los hombres no son iguales. Marcar en exceso la línea fronteriza endurece las posiciones y convierte al prójimo en extraño y extranjero. 

Hay que saber vivir con garbo y elegancia la línea fronteriza entre Iglesia y sociedad secular. No hay que renunciar a la pasión por Dios ni a la pasión por el mundo. El talante católico, obligado por sus mismas raíces semánticas, apunta hacia la apertura y la totalidad. No es que desconozca las fronteras, sino que las ve como cauces favorables a la intercomunicación. 

Ahora bien, quien mejor ejercerá el papel de puente entre ambas partes de la frontera será quién sepa colocar una pierna en cada lado. Es decir, quien comulgue con los mejores ideales que mueven a la Iglesia y, a la vez, se considere hombre de su tiempo, hermanado con los progresos y ambigüedades de nuestra sociedad. 

Resulta incómoda la vida en la frontera. Por eso muchos hacen de ella una barrera, una verja que les proteja su identidad. Ven amenazas y peligros en todo signo de apertura. Recelan de quien observan estrechando las manos. No están bien cimentados en ambas partes. Les sobreviene una especie de xenofobia religiosa, de miedo a lo que no les resulta conocido y familiar. 

Construir puentes y no muros

En el fondo les afecta el síndrome de la seguridad institucional. Señalan como enemigos, disidentes y traidores a quienes tratan de levantar puentes. Ellos interpretan que se está facilitando el asalto al enemigo. Este síndrome siempre es de lamentar, pero más aún cuando se convierte en estratagema compensatorio. Es decir cuando se anatematiza al prójimo para tener la sensación de que yo no soy como él. Y, por tanto, puedo gozarme en mi buena conciencia. 

Si el lector permite alargar un poco más todavía la metáfora de la frontera diría que las oportunidades de comunicarse y pasar de un lado a otro en la práctica son mayores de las que prevé la burocracia oficial. Es sabido que no siempre se transita por el lugar legítimamente reconocido. En ocasiones hay que abrir senderos nuevos para intercambiar la buena mercancía, proceso que beneficiará a los habitantes de ambos lados. Pero ello es visto con malos ojos por los centinelas. De ahí que un tal comportamiento tenga sus riesgos. 

Al creyente de frontera le tocará, de vez en cuando, hablar de modo extraño para el mundo eclesiástico, así como dejar oir palabras que se le antojarán disonantes a la sociedad secular. En uno de los ámbitos tendrá que introducir un poquito más de libertad y espontaneidad. En el otro se verá obligado a disminuir el clima de frivolidad que se adueña de la población.

Una cosa es cierta. Aquellos a quienes les ha tocado vivir en el terreno difícil de la frontera merecen reconocimiento y afecto. Necesitan solidaridad para saberse acompañados. De lo que menos que requieren es de recelos, críticas o condenas.

viernes, 19 de enero de 2018

Entre la fe y la cultura religiosa

La polémica acerca de si es conveniente o no estudiar religión en la escuela parece no tener fin. Se suceden las leyes, se atiza el fuego, se recogen argumentos de todas clases y colores. Un ejército de analistas, editorialistas y panelistas opinan sobre el particular. Nos agobian con sus dictámenes y juicios categóricos.


También quiero colaborar con mi granito de arena. El tema se columpia, de vez en cuando, sobre la ola de la actualidad y no deja de ser tentador dejar constancia de la propia opinión. Después de todo, uno de los propósitos de este blog consiste en clarificar los pensamientos de quien escribe, explicitándolos y ordenándolos a través de la escritura. Porque lo que no se expresa con frecuencia permanece en una nube gaseosa que no se deja aferrar cuando las circunstancias lo precisan.     

Distinguir para aclarar

A lo largo de muchos años me he ido convenciendo de que es del todo necesario distinguir entre educación de la fe y cultura religiosa. La fe hay que cuidarla en la familia y la comunidad religiosa, llámese parroquia o cualquier otra entidad o confesión del signo que sea. Luego está la enseñanza religiosa de carácter cultural que tiene que ver, por ejemplo, con la historia de las religiones, al papel de la Biblia en la literatura, la función de la Iglesia en las costumbres sociales, etc.  

Estos temas hay que abordarlos en igualdad de oportunidades con los demás conocimientos típicos de la escuela y la Universidad. Se trata de cuestiones que han permeado la cultura occidental y han movido a muchos seres humanos a adoptar determinadas actitudes, a veces heroicas, como es el caso de los mártires. Nos las tenemos que ver con hechos que han dejado una profunda huella en la historia. ¿Quién ha influido más que Jesucristo en nuestro mundo? Si se le destierra de los conocimientos propios de la cultura general el educando se moverá en un terreno falso y manipulado, no logrará captar el significado de muchos símbolos, pinturas, libros, etc.  

Cualquier religión o confesión que haya ocasionado cambios en la mente de los hombres y condicionado el curso de la historia merece ser tenida en cuenta.

Con el paso de los años me he reafirmado en la distinción entre catequesis y cultura religiosa. El estudio de la catequesis en el ámbito escolar más bien resulta contraproducente. Es suficiente comprobar cómo las hornadas de los estudiantes —finalizados los años de la escuela— arrinconan todo cuanto desprende un vago efluvio religioso. Con el inicio de la universidad cambia el ambiente y a no tardar suelen derrumbarse los débiles cimientos de la fe.


No es ningún secreto que numerosos profesores de religión se las ven canutas a la hora de conseguir la imprescindible atención por parte de los alumnos. Entonces no raramente planean una estrategia para alcanzar —casi uno está tentado de decir “mendigar”— el interés de los adolescentes o jóvenes. Y cambian furtivamente el programa. Donde la guía didáctica se refiere a los sacramentos se habla de la amistad. Cuando toca estudiar la Biblia se plantea el tema del aborto. En lugar de los actos litúrgicos se propone la fraternidad entre los pueblos. En otras palabras, arrastran vergonzantemente por las aulas el programa relativo a la religión/catequesis. ¿Entonces?

Dios está a otro nivel

Duele que se ponga a la altura de los quebrados al Dios Padre de Jesús. Se pretende fijarlo junto a la geografía del país y las fórmulas físicas a memorizar. Uno se pregunta si es que Dios tiene tan baja autoestima que compite por conseguir un puesto en la pizarra.

Este Dios impuesto lo asocio, y no sé exactamente por qué, a algunos personajes tétricos y siniestros que han salpicado los últimos capítulos de la historia global. Un Pinochet y un Videla de misa y comunión diaria... un Bush y un Aznar que deciden, con la mayor frivolidad y el menor escrúpulo, bombardear un país y provocar muertos por miles.  

Lo asocio al dios en minúscula, venerado por ciertos capitalistas exaltados, que compensan su voracidad, sus fraudes, sus sueldos blindados y su jubilación escandalosa con algún momento de oración o lo que ellos entienden por tal.

En ese dios nadie puede creer honradamente. Porque es el mismo que mueve los músculos de algunos eclesiásticos endureciéndoles el rostro mientras miran aviesamente a su alrededor. Imposible creer en el dios que permite el insulto y discrimina según el color de la piel. Un dios así no es digno de crédito.


En cambio yo me siento seducido por la grandeza del Dios que inspiró  los pinceles del Greco, los éxtasis de Sta. Teresa, la estética de Claudel, la búsqueda científica de Teilhard de Chardin. Estos personajes de primer rango tienen algo que decir a los niños y jóvenes que frecuentan las aulas, por más que no les hablen de misas ni rosarios.

¿Qué puede entender un muchacho, al pisar las losas de un museo, si no sabe distinguir la Asunción de la Ascensión, la Virgen de Sta. Magdalena y Jesucristo de S. Pablo? ¿Y qué captará del sentimiento que asoma en el rostro de los místicos si jamás ha experimentado la más leve conmoción de una vibración religiosa?

domingo, 7 de enero de 2018

Criterios de madurez

¿Hay algo más saludable que sonreírse a tiempo y con cariño de los aspavientos del prójimo? ¿No es refrescante y oxigenador sorprenderse a sí mismo y en plan humorístico, poniendo el índice sobre la boca a los impulsos interiores que exigen más consideraciones y más honores de quienes nos rodean? A estas metas tiene acceso la madurez. 
Pero exactamente... ¿en qué consiste? Porque los grandes conceptos con frecuencia evocan sin definir. Y, de tanto usarlos, la gente no se molesta en escudriñar lo que trajinan sobre el lomo. ¿Hay criterios más o menos precisos que permitan hablar de la madurez?
Equilibrar la autoestima, la razón y la afectividad
Ante todo, urge combinar con exactitud el valor de uno mismo, su autoestima, con sus deficiencias y limitaciones inevitables. Sin un mínimo de confianza básica en la vida, se hace difícil afrontar las dificultades y contratiempos cotidianos. Pero una cosa es el yo real y otra el yo ideal. Sólo los narcisistas o los adolescentes fantasean acerca de la imagen de su propio yo y luego la confunden con su real ser y quehacer. Cuando la megalomanía se impone, el individuo se muestra incapaz de gozar con las pequeñas cosas de la vida. Es víctima de un desasosiego que le conduce al desánimo y a la queja pertinaz. 
A medida que la persona crece tiene que aprender a tomar posturas ante la vida. No es suficiente con vivir de modelos abstractos: causas cautivadoras, valores puros, ideales trascendentes... No. Es preciso saber qué es lo mejor en un momento dado. Arriesgarse y escogerlo. Aunque la decisión, mirada desde el otro costado, siempre supone una mutilación... 
Una personalidad madura logra balancear el corazón y el cerebro, la afectividad y la razón. La razón busca la luz y muchas veces la consigue. Entonces accede a la objetividad, a la visión de conjunto, a los términos del problema. Ahora bien, la razón tiene su rol, pero el verdadero motor de la vida es el corazón. Y desde Pascal queda dicho que el corazón tiene razones que la razón desconoce.
El hombre maduro sabe que algunas de sus acciones no se sostienen desde la pura lógica, pero que es preciso seguir haciéndolas. A veces cierra un ojo y mira a otro lado porque es consciente de que la intransigencia abre heridas y envenena la convivencia. Pero también sabe que hay una línea crítica que no puede traspasar, a no ser que renuncie a todo lo que es y ha construido.  
Vivir sin caretas
No ha llegado a un mínimo aceptable de madurez el que tiene que estar ocultando permanentemente cuanto siente o piensa, sus proyectos o sus miserias. Porque, en tal caso, demuestra no andar en orden consigo mismo. Se halla embrollado, desdoblado. Sin embargo, no se piense que es fácil alcanzar esta meta. Los golpes recibidos y las frustraciones experimentadas enseñan a calcular los riesgos. Advierten de que no hay que exponerse demasiado. Uno guarda en la punta de los labios aquello de que más vale prevenir que curar y que en boca cerrada no entran moscas.

No obstante, quien se repliega, se amarga y desconfía, no irá muy lejos. Y habrá renunciado a su libertad interior. Será esclavo de lo que otros dicen o piensan. Vivirá espiando futuros golpes que, en realidad, quizás nunca lleguen. La persona inmadura da la sensación de que está desquiciada: lo que muestra hacia fuera no se corresponde con lo que realmente vive por dentro. Será el miedo la causa, o tal vez una imagen distorsionada de sí mismo o, quien sabe, una actitud que ha cristalizado en la mentira existencial.
La sexualidad en su lugar
¿Y qué sucede a la persona madura en cuanto a su autoafirmación y sexualidad? No se culpabiliza de sus sentimientos de orgullo ni de sus apetencias sexuales. Los siente él, pero es la naturaleza a la que pertenece quien le transmite tales impulsos.  Sabe, además que la persona y la relación interpersonal, al final, valen mucho más que la satisfacción de sus necesidades. Y que el mero roce de la piel acaba produciendo una gran dosis de aburrimiento. Otorga a la amistad y la ternura mayor valor que a la relación genital, aunque no huye de ésta ni la minusvalora. La coloca en su justo lugar.

Al varón y a la mujer llegados a un cierto grado de madurez les encanta seguir en la lucha, disfrutar de lo que han ido creando y ganando con su esfuerzo. Pero sin avidez, sin que el éxito ajeno coloque sombra alguna en sus vidas. Si llega el caso, hasta están decididos a dar una mano a la competencia. Sobre todo, para empujar causas hermosas.
El ser humano maduro sabe responder acerca de las grandes constantes de su vida. Explica, sin mayores dificultades, cómo el pasado ha influido en su presente y la eventual dirección que tomará el mañana. Muy al contrario de quienes no saben sino describir anécdotas y sucesos deslabazados al contar su propio vivir, la persona madura ha percibido la unidad de su existencia, le ha tomado el pulso a las diversas dimensiones del tiempo: pasado, presente y futuro. Aprecia incluso las experiencias negativas porque en algún momento ha podido sacar lecciones positivas de ellas.
La madurez es un itinerario en el que se hace camino al andar. Sirve, entre otras cosas, para ahuyentar dosis excesivas de bilis y úlceras de estómago innecesarias.