El Santuario de Lluc, donde reside el autor.

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viernes, 1 de abril de 2016

A un señor corriente

Las cartas abiertas suelen estar dirigidas a algún personaje más o menos célebre. Personaje conocido, sea para bien o para mal. Carta con el objeto de censurarle o expresarle su admiración.

Dado que soy alérgico al culto a la personalidad he pensado que no estaría de más una carta a usted, señor corriente o de la calle. Cabría decir también a una señora corriente o de la calle, pero la expresión suena muy mal. Enigmas de la gramática. No sólo las personas, también el lenguaje hace sus discriminaciones.

Sin embargo, inmediatamente me he preguntado si tengo que dirigirme a usted tal como es, de verdad, en su interior. Si tal vez es mejor que le trate como lo hacen quienes le ven desde fuera o como cree usted que le ven los ojos ajenos. Tres posibilidades.

El problema es serio y remite a aquella divertida y profunda sentencia del escritor Mark Twain: “el hombre es más complejo de lo que parece: cada persona adulta lleva dentro de sí, no uno, sino a tres individuos diversos”. Seguía diciendo nuestro escritor: “tomen a cualquier señor llamado Juan. He aquí al primer Juan: el hombre que cree ser; el segundo Juan es tal como lo ven los otros; finalmente el tercero, el que es en realidad”.

Cómo te ves.

El primer Juan es el que cada uno mima dentro de sí. Somos nosotros como nos vemos, es decir, como creemos que somos. Porque usamos lentes de color de rosa al observarnos. Créame que es así, señor corriente. También usted usa medidas muy favorables, incluso manipuladas, a la hora de medir sus cualidades y su grandeza de ánimo. Unas medidas que cambia por otras cuando se dispone a medir a su prójimo.

Lo suyo ―lo mío, lo nuestro― por ser suyo se le antoja la mar de gracioso. Y lleva al agua a su molino con pasmosa facilidad. O el ascua a su sardina con la mayor de las habilidades. Y cree ser el protagonista de todas las fiestas, aunque en realidad nadie repare en usted.

Si el asno tuviera conciencia, es posible que, al escuchar los aplausos de su entorno, ―dirigidos al caballero que monta sobre él― pensara que se le tributan a su figura. Sonreiría, realizaría gestos de asentimiento con su cabeza, ya que no sería capaz de levantar las patas delanteras con los dedos en forma de V (de victoria). Qué duda cabe que haría un triste papel, tan triste como el que lleva a cabo, a veces, un señor corriente.

Cómo te ven.

El segundo Juan es el que ven los otros, los que miran con ojos maliciosos y penetran más allá de las apariencias, buscando ocultos defectos e intenciones. Probablemente con exceso de pasión e intuición.

Los defectos de este segundo Juan son mucho más graves y serios que los del primero. Cuando el Juan que uno piensa ser bebe una copita de más, pongamos por caso, juraría que ello favorece su ingenio. En cambio, el segundo Juan que ven los otros comentan que el hombre es un borrachín empedernido, que conviene huir de él para no tener que aguantar sus bromas desprovistas de toda gracia.

La conducta que el primer Juan atribuye a un nerviosismo circunstancial, los ojos de los vecinos lo achacan a su carácter insoportable, intolerante y vengativo.

Cómo eres

Llegamos así al tercer Juan, al que es usted en realidad y en el fondo último de la verdad. Bien mirado, éste es el que debe interesarle, señor corriente. Éste es el que, con el tiempo, suele mantenerse a flote. No le importe que sus vecinos piensen mejor o peor de usted. Esfuércese por ser lo que debe ser.

Suele suceder que los otros interpretan maliciosamente lo que uno lleva a cabo. No se desviva tratando de que piensen mejor. No prodigue explicaciones a su entorno. A la larga, cuando los posos han caído en el fondo, las cosas suelen clarificarse. Por supuesto, no sea masoquista tratando de que los otros piensen peor de lo que es, que la humildad es la verdad, como bien dijera Sta. Teresa en sus tiempos.

Interésese, señor corriente, de ser lo que es. Vale más ser que aparentar. Vale más ser que tener. Vale más ser que hacer. El ser siempre aventaja a los otros verbos. Los ayudas de cámara de los grandes personajes lo saben bien. A ellos les toca constatar de cerca lo que es su señor y no lo que aparenta.

Bajo ciertos títulos y celebridades se esconden vulgares mediocridades. Muchos diplomas colgados por las paredes no necesariamente dan fe de la propia ciencia. En muchas ocasiones son testigos de un insano deseo de protagonismo. Entonces las paredes hablan con elocuencia, pero no en favor, sino en contra.

Señor corriente: por lo general no va a contentar a quienes lo rodean. Ni Jesús lo consiguió. Él se lamentó de sus contemporáneos: cuando escuchan la flauta no se alegran, cuando se les cantan canciones tristes no lloran. A Juan, que no comía ni bebía, lo tildaron de demonio. Al Hijo del Hombre, que sí comía y bebía, le echaron en cara que era glotón y borrachín, amigo de publicanos y pecadores.

Si, de todos modos, no va a conseguir los aplausos que pretende, no sucumba a la esquizofrenia de ser de un modo y aparentar de otro. Ocúpese y preocúpese de ser ―de ser realmente― lo mejor que pueda.


Estrecho fuertemente su mano 

lunes, 21 de marzo de 2016

Un Viacrucis de dos estaciones

Estos días abundan los viacrucis en las Iglesias. No es original hacer un paralelismo entre los padecimientos de Jesús y los de nuestros contemporáneos más desafortunados. Original no es, pero sí real. Y he meditado en las dos primeras estaciones que, en cierto modo, resumen las que vienen después: la condena a muerte incluye todos los sufrimientos y menosprecios posteriores. La indiferencia es el humus o la atmósfera, como se prefiera, que acompaña los sufrimientos de los excluidos. 

La primera estación del viacrucis tiene un título escueto, pero cruel: Jesús es condenado a muerte. Se me ocurre más de un paralelismo entre determinadas condenas de hoy día y la de Jesús.

Sentencia de muerte

La sentencia la pronuncian los que detentan el poder en ambos casos. Jesús carga con la cruz de la injusticia y las envidias de sus contemporáneos. ¡Es demasiado protagonista! ¡La gente va detrás de él y abandona a los capitostes de toda la vida! Pero ellos son la autoridad, los legitimados para enseñar y pontificar.

En otra lejana escena, la mujer, madre de cuatro hijos, abre la puerta de la nevera y no encuentra nada para darle a sus hijos que gimotean a causa del hambre. Los han condenado los recortes de las autoridades. Dicen que eran imprescindibles. Lo eran, si había que construir aeropuertos que nunca se estrenaron y polideportivos fantasmas, que procuraban sabrosas comisiones. 

Necesariamente había que recortar los sueldos si los cargos de confianza y los consejeros aumentaban en progresión geométrica. Los bancos no podían quedar sin créditos. No iban a limitar el número de senadores o diputados, pues la democracia podría perder quilates.

Los eurodiputados requieren un trato acorde con su status. Asiento de primera en avión, restaurantes de varias estrellas, taxis y camas muelles. ¿Cómo iban a subvencionarse todos estos gastos sin hacer recortes? ¿Cómo pagar pensiones abultadas, a lo largo de la vida, a todos aquellos que sentaron sus posaderas en congresos y senados sin hacer recortes en educación y salud? No se pidan peras al olmo.

La madre de cuatro hijos sufre cuando sus hijos lloriquean porque desean aliviar los tirones del estómago. Decide ir al supermercado, pues no aguanta la situación. Entra, mira los estantes, da una y otra vuelta, observa a su alrededor… Al final acaba cogiendo unas lonchas de jamón que esconde disimuladamente bajo el jersey. Y antes de salir también alarga el brazo para hacerse con unas latas de conservas que desliza en el bolsillo.

Se sonroja mientras trata de salir por el carril donde no hay caja cobradora, pero sí hay unos artefactos que pitan cuando un código subrepticio pretende traspasarlos. A la mujer le horroriza que la encuentren en semejante situación. ¿llevará código escrito el objeto del robo? ¿Podrán comer un día más sus hijos pequeños? ¿Y si la descubren a la salida, donde seguro que hay gente conocida del barrio? Siente un enorme pánico por las consecuencias que pudieran derivarse de su actuación.

Dicen que casi doce millones de ciudadanos caminan esta estación del viacrucis a lo largo y ancho del Estado. Están a las puertas de la exclusión. Cae sobre ellos una condena a muerte de la dignidad personal. Pagan los sueldos de los eurodiputados, los privilegios de los potentados, los beneficios de las grandes corporaciones, las grandes construcciones inútiles, llevadas a cabo por la ambición de sacar tajada donde no corresponde.  

La globalización de la indiferencia

La segunda estación recuerda que Pilatos se lavó las manos ante la gente. Pecado de indiferencia, uno de los más extendidos. El rostro de Jesús ante Pilato y frente a la multitud en nada recuerda a un Dios todopoderoso. La omnipotencia del Padre se ha mudado en debilidad. Jesús no tiene el menor aspecto de triunfador. En todo caso la semejanza es con los torturados y los mártires.

Un Mesías crucificado tiene todos los números para decepcionar a la gente. En principio no interesa un Dios que desciende a los abismos del sufrimiento humano. La mayoría quiere soluciones más que solidaridad. No alcanzan a ver que Dios se hace compañero de quienes, día a día, también cargan su cruz en la sociedad contemporánea. Y menos que esta cercanía tenga como finalidad animarles para luchar contra toda injusticia, para que  los excluidos ―todos juntos― puedan regresar a la casa común.

Profetiza la Biblia que Jesús no tiene forma humana y se arrastra como un gusano. La historia se repite. Muchísimos seres humanos son relegados, expulsados de la sociedad. Viven como arrastrándose: buscan en los contenedores cualquier cosa para aliviar el estómago. Duermen bajo un puente. No se atreven a hacerlo en el estrecho espacio del cajero automático porque siempre hay quien se regocija propinándoles puntapiés.

Se avergüenzan de vivir así aun cuando la culpa no reside en ellos. Los han ido arrinconando a fuerza de hipotecas, de impuestos, de recortes. Perdieron la casa, les abandonaron los familiares más próximos. Ahora parecen gusanos arrastrándose más que seres humanos coronados de dignidad. 

Nos acostumbramos a ver y escuchar noticias cargadas de odio, de intolerancia, de persecución y miseria. Apelamos a la resignación o al paternalismo. Damos un chasquido con la lengua cuando las escenas de marras aparecen en televisión. En realidad estamos impulsando la globalización de la indiferencia. De nuevo un Pilatos corporativo se lava las manos.

Es urgente salir de la indiferencia y mirar con compasión auténtica a quienes sufren. Una compasión que comprometa a la acción. Hacer algo, aunque sea poco. De lo contrario la compasión suena a hueco, a falsedad. Y no vale sentir lástima por quienes sufren lejos de nosotros. Es un engaño, sino se comienza tendiendo la mano a los de cerca. 

sábado, 12 de marzo de 2016

Las lamentaciones de la Virgen según Ramón Llull

En el próximo viernes santo Lluc será escenario de la representación de el Plant de la Verge (lamento de la Virgen), una valiosa pieza literaria escrita por Ramon Llull. Con más motivo en esta ocasión en que se cumple el 700 aniversario de su muerte.

Cada vez son más los fieles ―a pesar de constituir un grupo minoritario― que suben la montaña para escuchar las lamentaciones de la Virgen, fruto de la devoción y el sentido estético del conocido como hijo mayor de nuestra raza. Y cada vez más, observando los buenos frutos que cosecha, otras iglesias de Mallorca recuerdan los lamentos de Nuestra Señora.

El Santuario de Lluc, desde hace unos quince años, ha recobrado este hermoso escrito repleto de emoción, ternura y sentimiento. Anteriormente se recitaba el Sábado Santo, pero ahora se ha desplazado al Viernes Santo por sus similitudes con el Viacrucis.

Los Blauets o escolanes complementan el recitado del texto con el canto de las estrofas del Stabat Mater de Pergolessi. Y en un determinado momento rodean a quien hace las veces de Virgen María sugiriendo que el pueblo fiel desea consolar su pena y soledad.

El conjunto, recitado por Caterina Valriu ―que hace de Nostra Dona― y relatado por Gabriel Campos ―el cronista― resulta conmovedor. Ambos lectores son profesores en la Universidad de las Islas Baleares.

Hace unas semanas que la Delegación de comunicación del obispado me hizo una  entrevista sobre el tema. Luego se colgó en la web del obispado de Mallorca y también lo reprodujo la TV autonómica mallorquina, IB3. Lo comparto con los lectores del blog. 

Normalmente el blog está en castellano porque residí a lo largo de 22 años en el Caribe, entre República Dominicana y Puerto Rico, y lo leen algunos amigos y estudiantes que asistieron a mis clases por entonces. La entrevista está en mallorquín, pero presumo que les bastará un pequeño esfuerzo para entender su contenido. 


miércoles, 2 de marzo de 2016

María, eco de la misericordia de Dios (y II)

B) Jesús compasivo, la Virgen misericordiosa

“Yavé, Yavé es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad” (Ex. 34,6). De acuerdo a lo dicho hasta ahora, la misericordia de Dios se hace visible en el corazón de Jesús y en el corazón de María. 

Jesús fue misericordioso. Tomó en serio el sufrimiento de sus hermanos, no permaneció sordo ante el lamento de los necesitados. Se hizo vulnerable, pues el amor necesariamente se expone al riesgo del sufrir. Su amor fue compasivo, presto a compartir y a cargar con la pena del prójimo (Mt. 11,28-30). 

La inclinación de Jesús hacia los oprimidos no se debió a una emotividad superficial o transitoria. Constituyó uno de los ejes sobre los que ancló su imagen de Dios y su predicación del Reino. Jesús comparó el pecador a la oveja extraviada que el pastor persigue con afán. Al hijo pródigo, cuyo regreso mantiene al Padre oteando el horizonte.

A Jesús le afectaron las lágrimas de la madre desolada y sintió compasión. Devolvió vivo al joven difunto a su madre (Cf. Lc. 7,11-15). Cuando vio llorar a María, la hermana de Lázaro, “se reprimió con una sacudida” (Jn. 11,33). “. . .le dio lástima de ellos y se puso a curar a los enfermos. . .” (Mt. 14,14). “Viendo al gentío, le dio lástima de ellos, porque andaban fatigados y decaídos como ovejas sin pastor” (Mt. 9,36). De modo explícito se dice en varias ocasiones que sintió compasión. 

El vocablo hebreo que indica la misericordia (“rajamin”) tiene que ver con el seno materno, con los vínculos que se tejen en el ámbito maternal. El desamparado depende y se aferra a las entrañas de quien le sostiene. La palabra evoca el amor tierno y delicado. Tiene connotaciones de calor, proximidad, confianza, sensibilidad.

Los hechos misericordiosos de Jesús no son sino derivaciones de sus más hondos criterios. En sus labios encontramos la frase de Oseas: “corazón quiero y no sacrificios” (Mt. 9,13; 12-7). El proclamó que los misericordiosos alcanzarán misericordia, que urge acercarse al hombre caído junto al camino para convertirlo en prójimo. Su primer discurso insinúa ya cuáles serán sus gestos y dónde hallará sus preferencias: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor” (Lc. 4,18-19).

Maternidad y misericordia se unen en María de modo natural. Su misericordia se manifiesta en las palabras del Magnificat a favor de los pobres y humildes, en la simpatía mostrada en las bodas de Caná, en la donación generosa de su Hijo. Se nos acerca de este modo, casi de manera palpable, la misericordia del Padre, fuente de toda misericordia: en su Hijo Jesucristo y en la Madre que nos lo entrega. Junto a la cruz, María agranda su corazón gestando en su seno a los hermanos de Jesús y hasta a la entera humanidad. 

El pueblo cristiano experimentó pronto el corazón misericordioso de María y a Ella acudió ya a finales del siglo III con la plegaria "Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios". La Iglesia en Oriente la invoca como la "Eleousa", "la misericordiosa Virgen de la ternura". En Occidente se la proclama "Madre de misericordia" en el canto de la Salve. A través de su fibra maternal María deja entrever el rostro misericordioso del Padre. Por eso también el creyente se dirige a ella en apremiante súplica: “Monstra te esse Matrem!” ¡Muéstranos tu corazón de Madre!

C) El primer mártir, la Reina de los mártires

Volviendo al paralelismo entre Jesús y María recordemos que Jesucristo es el primer y ejemplar mártir de la historia cristiana. Su muerte violenta fue consecuencia de un mensaje y una práctica. Los fariseos le castigaron por blasfemo, porque decía que se hacía igual a Dios y que el ser humano debe valorarse en mayor grado que el descanso sabático. Los romanos le castigaron porque se les antojaba peligroso. Movilizaba a la gente, la muchedumbre iba detrás de él… 

Fue el primer mártir. De hecho ya en el NT se le llama "mártir fiel y verdadero" (Ap 3,16; 1,5). Mártir significa testigo. El dio testimonio de boca y con hechos ante un tribunal (cf. I Tim 6,13; cf. Ap 1,5). Lo que indica la calidad del martirio es la causa por la que uno lucha y el porqué de su muerte. Los dolores y sufrimientos no son en nada desdeñables, pero no constituyen el meollo del asunto. No es aconsejable enfatizar ni insistir en la tortura y el sufrimiento.

Cierto que María no sufrió la cruz física. Pero su maternidad le llevó a vivir el martirio en su corazón. En el sufrimiento de la cruz, el corazón de la Madre se colmó de compasión. Lo cuenta admirablemente el viejo himno “Stabat Mater”. Por eso las letanías aclaman a María como Reina de los mártires: en ella el martirio ha encontrado una expresión inédita. El sufrimiento compartido, ancho como el mar y penetrante hasta el tuétano del alma. 

El dolor de la Virgen, aunque encuentra en el misterio de la cruz su mayor significación, fue captado por la piedad mariana también en otros acontecimientos de la vida del Hijo en los que la madre participó personalmente. Algunas escenas de la infancia de Jesús son muy tenidas en cuenta: la presentación de Jesús en el templo y las palabras de Simeón: “una espada te atravesará el alma”. La huida a Egipto. La pérdida del hijo en el Templo. El encuentro entre madre e Hijo que, según la tradición, tuvo lugar en el camino del Calvario. La crucifixión: junto a la cruz de Jesús estaba su madre... “Jesús, al ver a la Madre, y junto a ella, su discípulo al que más quería, dijo a la Madre: mujer, ahí tienes a tu Hijo" (Jn 19, 25-26). Finalmente, los dolores de María cuando su Hijo es descendido de la cruz, acogido en su regazo y depositado en el sepulcro. 

La piedad popular ha contemplado todas estas escenas de dolor en un “via-crucis” paralelo, el de la Madre dolorosa (“Via Matris Dolorosae”). Y ha hablado de los siete puñales clavados en su corazón. La solidaridad y misericordia de María -la mujer nueva- con los pobres, los sufrientes y los menospreciados de nuestro mundo, simbolizados en el Hijo Traspasado, está a la vista. El corazón de María no se desentiende de sus hijos. Late para siempre, junto al corazón traspasado de su Hijo. Permanece en sintonía con los hombres que, en la persona del discípulo Juan, le han sido entregados a fin de que los cuide con afecto maternal.

lunes, 22 de febrero de 2016

María, eco de la misericordia de Dios (I)

Un tema que aflora con frecuencia en este año es el de la misericordia. El Papa Francisco vuelve una y otra vez sobre esta virtud que él considera la viga maestra del cristianismo. Ha condensado su pensar en la Bula «Misericordiae Vultus» (El rostro de la Misericordia).

Deseo complementar esta visión ―si la pretensión no es excesiva― recurriendo a la aportación de la Virgen acerca del tema. Después de todo la misericordia es del género femenino. 
Y siempre se ha dicho que la acogida, la compasión, la indulgencia, la clemencia son virtudes típicas de la mujer. 

Mi intención consiste simplemente en subrayar que María es un eco de la misericordia de Dios. Si se venera su corazón junto al de Jesús, nada impide que recordemos su acogida misericordiosa como una onda que expande la clemencia de su Hijo. 

Puede que el lenguaje sea demasiado académico. Es el tributo que hay que pagar por los 40 años de docencia en las aulas. 
A)    El rostro masculino y femenino de Dios

Valgan estas líneas como un esbozo, casi esquema, de unas ideas que indudablemente requerirían más espacio. Léanse sólo como alusiones o evocaciones que claman por un desarrollo ulterior.

Toda la tradición bíblica y cristiana concuerda en que Dios no tiene ninguna connotación corporal, ni menos sexual. Muy al contrario que en otras religiones, Dios no es varón ni mujer. Esta afirmación implica que es Espíritu y no carne. El es Dios y no hombre, como dicen los profetas. 

Sin embargo, la Biblia parece ver a Dios con rostro masculino. Ya sea proyectando en él la figura del Padre o la del Hijo. Un tal ángulo de visión algo revela de la naturaleza de Dios. Manifiesta que a Él hay que atribuir las cualidades del Padre (varón) siempre que se haga caso omiso de la connotación sexual. Pues hay que seguir manteniendo que Dios es Espíritu. 

La revelación de Dios como Padre no deja en la sombra, no obstante, que Él incluye también en su ser las cualidades de la Madre. Y, a decir verdad, no son pocos los textos bíblicos que directa o indirectamente se refieren a Dios como Madre. Por supuesto, los SS. PP. continuaron hablando en este sentido, así como los últimos Papas. Por no aludir a las insistentes razones de la teología feminista. 

Entonces Dios es Padre y Madre. Todo atisbo de bien tiene en Dios su origen. Las perfecciones de que están dotados varón y mujer no pueden tener otra fuente. Por lo demás, se dice explícitamente en el Génesis: "Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó"(Gen 1, 27). No puede ser de otro modo. Los datos convergen. 

Jesús -varón- fue pensado por Dios como el lugar y receptáculo de la revelación de Dios al mundo. Se le encomendó la tarea de manifestar al Padre. Las perfecciones de Dios se colorearon en él de masculinidad. Fue el espejo del Padre entre los hombres, la segunda persona de la Trinidad -el Hijo- que asumió la carne humanizándose. 

¿No es razonable que Dios se revelara igualmente en una tonalidad femenina? Las perfecciones femeninas de Dios no podían quedar en la sombra. Una amplia corriente de la tradición cristiana ha señalado al Espíritu Santo como la persona que mejor encarna lo femenino en Dios. Leonardo Boff ha explicitado el tema en años pasados. No podemos detenernos sobre el particular, pero digamos simplemente que el Espíritu se ha simbolizado en el agua, que alude al arquetipo femenino. El Espíritu es receptáculo y fruto, a la vez, del amor entre Padre e Hijo. También la Virgen recibe el poder fecundante del Espíritu en la anunciación. Además, el Espíritu es femenino en el vocablo hebreo “ruah”.

El cauce femenino en el que Dios se revela y en el que se proyecta de modo particular la figura del Espíritu es María de Nazaret. Hay afirmaciones clásicas en la historia de la teología y la liturgia que parecen afirmarlo implícitamente. El Espíritu ha hecho de la Virgen su templo y su tabernáculo. Ella es Sagrario del Espíritu Santo (LG 53). Resulta fuera de lugar hablar de la encarnación del Espíritu Santo en María o de su unidad hipostática[1]. Pero concédase que en la Virgen acontece en grado notable la revelación de lo femenino de Dios y que es muy lícito apuntar algún tipo de paralelismo con Jesucristo. De alguna manera puede afirmarse que, si Jesús es el rostro masculino de Dios, María es su rostro femenino.

(Continuará)
[1] Sorprendentemente Leonardo Boff, El rostro materno de Dios (Madrid 1979) 114 ss, sostiene la hipótesis de la unión hipostática de María con el Espíritu Santo. 

viernes, 12 de febrero de 2016

El engreído

Los taínos -viejos habitantes del Caribe- fumaban e inhalaban unas sustancias que les producían fuertes alteraciones en su ánimo y conducta. En contexto religioso asociaban los efectos producidos por la droga con una mayor cercanía de la divinidad. Desde aquellas lejanas épocas se han inventado numerosísimos productos adictivos. Todos con un denominador común: acostumbran el organismo a la sustancia en cuestión y el individuo no puede hacer a menos de ella. 

Se da el caso de que no todas las sustancias adictivas tienen la apariencia de polvos, resinas, líquidos, hojas o pastillas. Algunas son incluso inmateriales. Justamente las que irradian los vapores más sutiles y perniciosos. Tanto es así que los interesados ni siquiera advierten inicialmente las consecuencias. No tienen conciencia alguna de culpabilidad. 

Existe el precipitado conocido con el nombre de soberbia, que no se aspira por vía nasal. Tampoco requiere de la jeringuilla intravenosa para ser inoculada, ni es necesario fumar humo de especie alguna. Se la asimila por ósmosis. De ahí su peligrosidad. Resulta difícil la prevención, pues que no es fácilmente detectable. Puede ser demasiado tarde cuando se adviertan sus efectos nocivos.

Cabría decir que existen dos diversas presentaciones del mismo producto. En primer lugar, la vanagloria, que puede ser descubierta con relativa facilidad. Basta con observar cómo los rasgos de la cara del protagonista se ensanchan de satisfacción cuando alguien se presta a adularlo. O comprobar su vestimenta impecable, cortada por afamadas tijeras. O echar un vistazo al brillo que irradian sus zapatos. Las togas en ámbito académico también juegan un papel relevante en el asunto. 

Pero luego está el orgullo, la soberbia o el engreimiento, que constituye una fórmula mucho más peligrosa. En un tanto por ciento notable los adictos a la droga de la vanagloria pasan a ser consumidores de este otro preparado de efectos más contundentes. 

Entre los usuarios se cuentan, por lo demás, personas dignas, trabajadoras, responsables. Lo mismo pertenecen al campo de la ciencia, de la cultura, de la política o de la Iglesia. Normalmente los deportistas, los artistas y el personal de la farándula suelen contentarse con la fórmula de la vanagloria.

Sucede igualmente que el adicto necesita mayores dosis de sustancia tóxica en la medida en que su perfil público va tomando rasgos más dignos, austeros e incorruptibles. Para mantener el papel de persona notable y responsable que le exige la sociedad necesita atiborrarse de droga. Como el actor mediocre, siente la urgencia de un trago antes de salir al escenario. O como el deportista que pasó la noche lejos de su alcoba requiere una dosis de anfetamina para afrontar el reto. 

No existe otra curación, hoy por hoy, y no obstante todos los adelantos de la medicina, que un tratamiento de choque a partir de la verdad desnuda. Se desconoce otro medio de combatir la adicción. Y es del todo necesario iniciar la cura con fuertes propósitos de perseverancia. 

En ocasiones se da la circunstancia de que el afectado se ve obligado a rebajar el listón de sus prestaciones, a desdibujar su imagen de hombre serio o de aflojar las riendas de la tensión, para poder prescindir de la droga en cuestión. Ello ocasiona gran pesar en el protagonista, pues que nada aprecia tanto como la imagen pública que con esmero ha ido perfilando. Pero ése es el precio a pagar. Todo tratamiento tiene algún efecto secundario que es preciso aceptar sin remilgos.

En casos graves, difíciles, o de avanzado estado de intoxicación no queda más remedio que saborear el fracaso. Mejor si es público y notorio. De otro modo la preocupación por la imagen impide una genuina curación. No hay que lamentarse demasiado de ello, aunque resulte doloroso. Después de todo, se desvanece una imagen y se recupera una persona real. El interesado vuelve a ser una persona de carne y hueso, que no necesitará sumergirse en la espiral de la adicción para sobrevivir. 

Yo no sé si el autor inspirado de un salmo bíblico intuiría todas estas cosas cuando plasmó en palabras inmortales aquella súplica: no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Le asistía toda la razón del mundo. Porque, en nombre de Dios, de la propia sabiduría o por pura prepotencia, el hecho es que hay multitud de personas disputándole la gloria al mismísimo Dios. 

El adicto a la vanagloria, al orgullo, a la soberbia, a la pedantería, posee un corazón de tamaño diminuto, pero con tendencia compulsiva a inflarse de modo desmedido. Lo cual le conduce a un final catastrófico. De tanto hincharse, la víscera que impulsa la sangre y contiene las esencias de la persona termina por explotar. Y ya tenemos al engreído inutilizado por falta de corazón. 

domingo, 31 de enero de 2016

El peligro de la masificación

Bien está la socialización del individuo. Somos seres sociales y la vida humana se hace imposible al margen de los demás. Los niños lobos no son ciertamente ningún ideal que alcanzar. Lo cual no significa que la vertiente pública ­—el ruido, las ideas, la publicidad— tengan que ahogar a la persona y arrastrarla hacia la masificación. Se habla poco del tema porque se ha mitificado un tanto la dimensión social y pública del hombre y la mujer, pero conviene reflexionar sobre el asunto.

Lo público y lo privado

La vida familiar, por poner un ejemplo, ha sufrido la invasión de lo público sobre lo privado. Incluso las fiestas familiares como los cumpleaños o la Navidad fácilmente se trasladan a lugares públicos, a restaurantes o parques. Y la conversación distendida desaparece para ganar todo el protagonismo unas pequeñas pantallas a las que sus dueños miran embelesados. Lamentable y penoso el espectáculo de ciertas reuniones en las que los participantes no dejan de fijar la vista en los artefactos en cuestión. Con lo cual nos acercamos a los de lejos y nos alejamos de los de cerca que están en cuerpo y alma junto a nosotros. Lastimosa estampa.

Las nuevas formas de vivir, las comunicaciones digitalizadas, los programas de televisión, los grandiosos espectáculos desarrollados en grandes salas conducen a la masificación. De buen grado mucha gente renuncia a su esencia más genuina a cambio del bullicio, la movida y la fiesta.  

No se diga que la dimensión individual es algo negativo. En absoluto. Lo será si se excede la mesura. No se confunda individualidad con egoísmo. Se trata de dos conceptos muy distantes. El egoísmo sólo se ocupa de uno mismo y gravita en torno al propio provecho. Éste es el criterio por el que se mueve. En cambio la individualidad simplemente exige disponer de espacios privados porque todo el mundo necesita estar a solas consigo mismo de vez en cuando.

Cuando la socialización se torna apabullante da la impresión de que uno se le priva de ideas propias y originales. Se diría que toma cuerpo una ley férrea, aunque invisible: los gustos deben ser iguales a los de los vecinos y las opiniones transgreden la buena educación cuando no coinciden con las de quienes nos rodean.

Huir de la masificación y el rebaño

Otro ejemplo de masificación: el ruido de la calle. El silencio se anula, el ruido sobrepasa los decibelios propuestos por el sentido común. La calle se introduce en nuestro silencio, en nuestros hogares, en los locales cerrados y los invade. Al individuo no le queda más remedio que renunciar a estar solo consigo mismo. Se ve obligado a participar de los ruidos y las voces estentóreas de los demás.

Las vías y plazas le ganan la partida al hogar y al silencio. Lo curioso del caso, por no decir penoso, es que la pérdida de individualidad —y casi diría de identidad— se viste con paños devotos. Si uno anda en el bullicio es porque está muy interesado por sus prójimos. Quiere ayudarlos cuanto pueda. Cuando en realidad sería mucho más sincero confesar la incapacidad de durar un cuarto de hora sentado estudiando, escribiendo, contemplando, escuchando música o simplemente admirando el paisaje. Tales justificaciones aparecen con demasiada frecuencia en labios de personas que no soportan el silencio ni saben reflexionar sus propias inquietudes.

Sin embargo, es verdad que al individuo en general —y no solo quien le tiene pánico a descansar sobre sus posaderas— se le dificulta la soledad. Los demás le rodean y abruman. Más ejemplos. Las casas han ido empequeñeciendo, entre otras cosas, porque cada vez se pasa menos tiempo en ellas. Las familias tienden a comer fuera y permanecer muchas horas en el espacio público. Cuando están en casa se dedican a usar aparatos que les roban su intimidad. 

Los muros de las casas son cada vez más delgados y apenas detienen el vocerío que surge de las plazas y calles. Por no mentar discotecas y bares. Cuando no está en marcha la televisión funciona la radio o algún aparato que arroja ondas sonoras al aire. El espesor de los muros de las casas en la Edad Media eran comparables a los de un castillo. Hoy se construyen con materiales frágiles y tenues. Apenas nos defienden del ruido exterior. Más adecuado resulta equipararlos a los de una colmena que a los de un castillo. 

El hecho es que la persona parece volverse porosa, como también la casa que habita. Entonces las ideas y los gustos personales pierden solidez. Se diría que el aire común transporta los conceptos, ideas y símbolos, mientras cada individuo se sirve la porción que le apetece. Pero todo ello cortado con el mismo patrón. Y cada uno tiene la sensación de que podría intercambiarse con el vecino que tiene a su lado. Se evapora el afán de ser intransferible y único. La circunstancia fuerza a encajar en el marco común, a disolverse en el colectivo.

Dicen los estudiosos que en la antigüedad el Estado tenía todos los derechos y casi ninguno las personas. Hasta la vida del individuo pendía del Estado. Peligra que retrocedamos a tiempos pretéritos y olvidemos las conquistas del renacimiento, de la ilustración y de los últimos siglos.

No me parece una meta saludable la de apuntar al colectivismo sin matices, la de revivir la nostalgia del rebaño. Nada de caminar apretados unos contra otros, con la cabeza caída y los balidos como banda sonora. Cuando la mayoría se transforma en rebaño, a no tardar surgen los pastores-dictadores y los mastines-mordedores. Los fascismos de antaño sirven de excelente muestra. 

jueves, 21 de enero de 2016

Una infanta en el banquillo

En Mallorca llevamos muchos, muchos meses que los noticieros de la TV y de las emisoras de radio abren con el caso Nóos y transcurren muchos minutos hasta que se desvanece. ¿Motivo? La infanta se halla en el foco de la atención. Por allí hormiguean juristas y abogados, investigados y periodistas, fiscales y policías, así como improvisados comentaristas, pero es la infanta quien ocupa el cogollo y se halla en el meollo.   

En Mallorca probablemente sabemos más que en otros pagos de las gestas de la infanta, pues ella y su esposo eran justamente «duques de Palma». Lo eran hasta que él hizo unos chistes con el nombre de la ciudad, los ciudadanos protestaron y las autoridades les privaron del rancio título nobiliario. Luego unos obreros se encargaron de hacer desaparecer el rótulo que prestaba su nombre a una importante avenida. 

¿Quién es el protagonista?
En el juicio recién abierto en Mallorca, tras varios años de instrucción, está muy presente el caso Noos que ha zarandeado a la monarquía y la ha dejado un tanto postrada. Con un poco de malicia se compararía a un elefante herido por el tiro certero de un cazador en tierras africanas. La infanta se constituye en el centro de atención. Juristas, periodistas, abogados, imputados e investigados, televisiones, curiosos y fiscales parecen contar sólo como telón de fondo en el que resalta Doña Cristina, la de Borbón.

Tampoco falta el expresidente de Baleares, Jaume Matas. Se las tiene que ver con uno más de los múltiples juicios que le esperan. Algunos ya los ha dejado atrás, aunque no sin las cicatrices que son las penas de cárcel acumuladas. Tal parece que el hombre se hubiera dado prisa en delinquir en sus días de gloria. Debe tener su dificultad tramar tantos delitos en el tiempo que ocupó la presidencia. Al menos habrá que reconocerle una pasmosa creatividad.

En realidad, Matas debiera ser el centro de la atención, la presa codiciada de los fotógrafos, mucho más suculenta que la infanta. Al menos si se mide el paño con los centenares de miles de euros que hay de por medio. Sus fechorías son más numerosas y graves que las de Cristina. A los habitantes de las islas Baleares les ha sumido en la deuda para los futuros lustros. Particularmente con la obra de Son Espases, ―mastodóntico hospital― y la serie de concesiones que del mismo se desprenden. 

Tanto es así que el hombre avizora largos años a la sombra y trata de negociar con el fiscal una sustanciosa reducción de penas. A cambio de reconocer algunos fraudes, cohechos y malversaciones, confía en ahorrarse la estancia de varios años entre barrotes. Incluso se halla presto a desprenderse de su palacete, situado en pleno casco de la ciudad palmesana.

A pesar de todo, el protagonismo de la infanta es indisimulable. Los periódicos, las revistas, los programas color rosado de la tele han observado cada uno de los centímetros de su rostro. Si su expresión denota tristeza, si su alma está tensa, si su sufrimiento es profundo y subterráneo...

Una excesiva defensa
Periodistas, público y comentaristas hacen minuciosa exégesis de la cara y del lenguaje no verbal de la infanta. También elucubran acerca de su maquillaje y otras menudencias. Algunos creen adivinar que efectivamente se halla enamorada de su marido y de ahí que firmara todo lo que éste le pusiera al alcance de su bolígrafo. Su pecado está teñido de amor insondable, de la ciega pasión que la tiene como abducida ante la voluntad de su pareja. Éste fue su delito. Bien merece misericordia.

Había en la jornada inicial del juicio una abogada del Estado, dos fiscales públicos y tres abogadas particulares. Todos ellos afirmaban con ardor y convencimiento que la infanta no debía ser juzgada, pues hay una doctrina que lo impide. No importa el delito, sino el acusador. Eso es lo que comunicaban con énfasis los letrados, con gran desconcierto de quienes todavía no están contaminados por las artimañas jurídicas. Como lo leen: el tamaño de la falta no depende de la transgresión, sino del acusador.  

Dicen una y otra vez los ministros y personajes importantes del poder que todos somos iguales ante la ley. Lo dijo incluso el padre de la infanta sentada en el banquillo. Sin embargo, las voces más potentes de la sala exigían una excepción para la infanta. Había que buscar alguna brecha por donde zafarse de una ley que pretende ser -menuda impertinencia- igual para todos. Y es que lo de que hacienda somos todos debe entenderse cual mero slogan publicitario. Y si todos somos iguales ante la ley todavía queda una escapatoria: la ley puede no ser igual para todos.

No se escucharon los mismos argumentos en favor de la mujer del socio de Urdangarín, cuando era acusada de igual delito que el de la infanta. Algo no cuadra en todo ello. Como no cuadra eso de que Hacienda no somos todos. Justamente cuando parecía interiorizado por una gran parte de los ciudadanos que sí lo somos… Es admirable la capacidad de retorcer los conceptos para encajarlos en el marco de los propios intereses. 

Un consejo a los enardecidos defensores de la infanta. Tanto interés toman en el asunto que dan la impresión de no ser en absoluto imparciales. Ahora bien, los letrados que cobran un sueldo público debieran serlo. Están ganándose a pulso una pésima imagen. El asunto dejará huella en sus carreras. Y a la infanta tampoco le hace ningún bien una tan aguerrida defensa.

En ocasiones el tiro sale por la culata. Quizás todavía están a tiempo. Apunten en dirección a la otra presa, la del expresidente Matas. Y no para defenderlo, sino para que la justicia triunfe por encima de fraudes, dolos, estafas y bribonadas.  

lunes, 11 de enero de 2016

Apología de la confianza


Permita el lector que abandone los comentarios de estricta actualidad para incursionar en el mundo interior de las ideas. Le aseguro que no se trata de una pérdida de tiempo. Los mejores análisis de los hechos los realiza quien mantiene un amplio bagaje en el fondo de su trastienda mental. La teoría es importante. No he comprobado la cita, pero la he leídos. Resulta que el adicto a la práctica que era Karl Marx afirmaba que «la teoría es la mejor praxis». Porque de nada sirve correr si no se tiene claro hacia dónde ir.

En muchas ocasiones se advierten conductas que no se comprenden a primera vista ni se consigue rastrear en ellas el hilo de la lógica. Sucede sencillamente que los seres humanos somos menos racionales de lo que cabría sospechar de quienes se autodefinen como animales racionales.

Éste es un tema favorito en el transcurrir de los años. Lo he afrontado en otros artículos y charlas. Además tiene que ver con la espiritualidad del corazón. Y, por cierto, muchas consecuencias cabe sacar del mismo. 

Las razones del corazón
Aún con el riesgo de resultar un tanto simplista cabría decir que la persona tiene básicamente dos deseos. Uno que se origina en su mente: conocer/saber. El otro que surge de su corazón: compartir/amar. Los grandes descubrimientos, a todos los niveles, son fruto de la mente que trata de desentrañar los enigmas de su entorno. Las grandes amistades, los enamoramientos, los grupos, se construyen porque el corazón anhela imperiosamente ser tenido en cuenta, ser objeto del afecto ajeno, a la vez que depositar sus cuidados y afectos en el prójimo.  

En la vida diaria, sin embargo, el ser humano no es susceptible de ser escindido entre razón y corazón. Es uno e indivisible. Sus opciones, experiencias y misterios debe resolverlos unitariamente. Es decir, en la práctica, con un corazón que razona. O con una razón que se mueve por corazonadas. Bien conocida es la máxima de Pascal: el corazón tiene sus razones que la razón desconoce.

Nuestra época vive seguramente marcada por la técnica y la racionalidad, aunque coexista paradójicamente con enormes dosis de magia y superstición. Aunque la postmodernidad ponga en primer plano el sentimiento y la emoción. El hecho es que con facilidad se olvida ―a nivel temático, consciente― que la totalidad del conocimiento (en sentido amplio) no procede en exclusiva de la razón, sino también de la afectividad o el corazón. Ello en mayor medida de lo que suele imaginarse.

En multitud de casos y circunstancias el individuo no obra por lo que le dicta la razón, sino por lo que le sugiere el corazón. En realidad, la vida se paralizaría si nuestros actos y decisiones fueran guiados y garantizados por la sola razón. Cuando alguien monta en un taxi desconoce si el conductor está capacitado para conducirle a su destino, si le querrá atracar o se le dañará el vehículo. Cuando el paciente entra en un quirófano no tiene plena garantía de que el médico acertará en su actuación. Cuando el cliente toma asiento cabe la mesa de un restaurante desconoce, a nivel puramente racional, si la comida servida resultará sana o dañina.

Por supuesto que se trata de ejemplos un tanto extremos, pero no debieran dejar de inquietar. Sucede que nos movemos más por la intuición o la afectividad que por meras conclusiones racionales. El acto de confianza no se explica del todo racionalmente en ningún caso. Pues la confianza precisamente comienza donde termina la seguridad racional. Después de todo, el animal racional que es el ser humano resulta no ser tan racional. Necesita de la fiesta, el amor y el riesgo como del pan de cada día.  

Entre la razón y el corazón
La razón camina hacia la claridad, desmenuza los pros y los contras de la coyuntura, trata de ordenar y planificar. En cuanto crece a expensas del corazón invade el terreno como un cáncer y la racionalidad adquiere rasgos caricaturescos: frialdad, objetividad a ultranza, intolerancia. Puede que el racionalista irradie mucha luz, pero ciertamente no expande el menor calor. Le falta abrir los oídos a las razones del corazón.

En el extremo contrario, el corazón tiende hacia el misterio, la profundidad, la receptividad. También al corazón le acechan determinados riesgos: el de marginar la razón y desplazarse hacia lo caótico y pasional. En tal caso sobrevienen toda clase de excesos, añoranzas y desbordamientos. Quien opta por el corazón ahogando la voz de la razón irradiará calor en el mejor de los supuestos, pero ninguna luz.

Al tratar con objetos es justo que se busque la mayor seguridad y garantía racional. En ello cifra la técnica su tarea. Pero cuando la relación no es de persona a cosa, sino de persona a persona, entonces varía la cuestión. La persona del otro, en efecto, no está ordenada al dominio ni a la explotación, sino a la convivencia libre y gozosa. El otro es y será siempre un misterio y no un objeto a manipular. La intimidad ajena no debe ser violada ni tomada por asalto. Ni se debe ni se puede, porque cuando tal acaece entonces el misterio personal que es cada uno, se esconde bajo su caparazón y rehúsa la relación.

La conclusión se impone. La única manera de acceder al misterio que es el otro consiste en la insinuación y la confianza. Cuando ha brotado un ambiente de mutua confianza se hace factible la comunión y el diálogo íntimo. No antes. Dicho con el vocabulario que venimos usando, ello equivale a declarar que la conexión personal con el otro es tarea del corazón más que de la razón. El corazón insinúa, comparte, se fía. La razón acecha, instrumentaliza, fuerza. O, al menos, tiende a ello si no para mientes en las razones del corazón.

Si un amigo quiere garantizar racionalmente y hasta el extremo el afecto de su amigo, puede despedirse de la relación. El afecto se ha desvanecido. Cuando la esposa pretende pruebas jurídicas del afecto de su esposo, el amor se ha evaporado. Un mínimo de confianza es exigido previamente a la hora de tratar con seres humanos que poseen dignidad, misterio e intimidad.

viernes, 1 de enero de 2016

Carta al año nuevo



Bienvenido, año nuevo

Querido año: te imagino como un rollizo recién nacido. Vas a tener vida breve: tan solo 365 días para pasar luego a este cementerio de años que debe existir en alguna parte. Al nacer estimulas las esperanzas y los anhelos de los seres humanos. Por lo general eres bien recibido, incluso con estrépito y algarabía.

Sin embargo, no te fíes de las apariencias. Tu aparición en mitad de la noche no raramente provoca la nostalgia, marca un hito en el desvanecimiento de viejas utopías y hunde un poco más en el escepticismo o la amargura. De ahí las voces, las uvas y las campanas. Todo este frenesí pretende ahuyentar los miedos como quien canta en la oscuridad.

A medida que vayas desgranando tus días irás repartiendo gozos y penas. Cuando el 31 de diciembre te encuentres decrépito y desdentado, la gente ―a la que habrás sostenido por 12 meses en tu regazo― te dará la espalda y repetirá su atolondramiento con los ojos puestos en tu sucesor. 

¿Sabes que algunas personas viven el paso del tiempo con angustia, cual capital que se les esfuma irremediablemente? Piensan que tienen un año menos y no un año más. Luchan impotentes contra este adversario invencible que es el tiempo. Se amargan, claro, y desfallecen. 

Otros, en cambio, sienten que los años les llevan de la mano hacia los brazos de Dios Padre. Conservan su frescura y espontaneidad. El niño que un día fueron se mueve y patalea dentro de ellos, se resiste a morir. Por eso son capaces de irradiar calor humano en su mirada y de soñar despiertos. Viven a tope, gozan de los detalles más insignificantes, apuran todas las sanas oportunidades que les brindas a lo largo de tu existir.

Las horas a precio de saldo

Te lo diré confidencialmente, querido año nuevo. Me preocupan los ingentes desperdicios de minutos y horas que se amontonarán a lo largo de tu reinado. ¡Cuántas horas estériles! ¡Cuántos sueños que no sirven para descansar, sino para vivir en modorra permanente! El sonambulismo anda más extendido de lo que se diría. 

Si los desperdicios de tiempo fueran visibles, allá desde el espacio se les identificaría como un enorme cementerio de coches desguazados. Lo siento por ti, año nuevo, en tu primer mes de vida, pero tu generosidad no va a ser correspondida. Los humanos convertirán depositarán sus horas en cúmulos de residuos inútiles, como los arsenales de desperdicios que se amontonan en los basureros.

Mi deseo es que al final de tus días no tengas que vender a precio de saldo innumerables horas estériles. Todas estas horas dilapidadas en la modorra de los crucigramas ni siquiera terminados, en los amoríos fastidiosos de las series televisivas o en las carreras de los policías persiguiendo al malhechor. Las tardes perdidas en torno a una radio que berrea canciones insulsas acompañadas con recurrentes tragos de alcohol. 

Hay que vivir el tiempo con una mentalidad avara. Una sana y permitida avaricia en este caso. No me opongo, por supuesto, a los paseos oxigenantes, a escuchar una música que ponga bálsamo en las heridas interiores. Nada tengo contra las conversaciones de sobremesa que alivian el corazón de preocupaciones excesivas. Tales cosas no equivalen a perder tiempo, sino más bien a ganarlo. 

Pero sí me parecen sinsentido las horas muertas ante la tele o gastadas en conversaciones estúpidas, en un letargo interminable. ¡Con la de cosas que se pueden hacer en la vida! Es preciso vivir a tope. Nada más triste que dar por finalizada la biografía antes de morir.

Ruegos y lamentaciones 

Tengo mis quejas que voy a exponerte en confianza. Como cada año, pequeño 2016, también nos regalas una pequeña cantidad de sebo y una dosis de prudencia excesiva. Nos amordazas levemente la boca con el fin de hallar mil excusas para callar cuando debiéramos hablar. Pretendes que compremos el hecho como fruto de la experiencia. 

Además, a tu llegada hay que cambiar la agenda. Muchos planes inconclusos se desvanecen en la oscuridad. Hay que poner al día las direcciones de amigos y conocidos. Preciso es borrar algún nombre porque el tal falleció. O porque desapareció sin dejar rastro o porque se distanció insensiblemente. La pátina que el tiempo le pone a las cosas se deja sentir. Con tu llegada nos clavas espinas dolorosas.

Pero también nos abres a la esperanza. No quiero conformarme con que este año nos traiga cosas menos malas, pues deseo que nos las traiga buenas. No estoy de acuerdo en que no empeore la situación social, sino que confío en su mejoramiento. No me parece refrán afortunado aquel el que canta que cualquier tiempo pasado fue mejor. No veo por qué el hombre maduro y el anciano deba decir “en mis tiempos…” Mientras vive, uno tiene todo el derecho de llamar “mis tiempos” a los que discurren frente a él. 

Perdona estas disquisiciones recién nacido 2016. Ya tendrás tiempo de adquirir tu propia filosofía. No quiero abrumarte más. A tu edad hay cosas que no son para tus oídos ni para tu mente apenas abiertas a la luz de la conciencia. 

Un abrazo    

martes, 22 de diciembre de 2015

¡Plácida Navidad! / Bon Nadal!

Molts anys!
Que passeu un Nadal plàcid i profitós.
Que no hi falti la virtut de la germanor,
ni tampoc un tros de torró.
Que la Mare de Déu ens aixoplugui amb el seu mantell,
i ens alliberi de tot fardell.


¡Felicidades!
Mi deseo, que paséis una Navidad plácida y provechosa.
Que no se eche de menos el ambiente de fraternidad,
ni una dosis de espiritualidad.
Que la Virgen nos cobije bajo su manto
y nos libre de todo quebranto




Potser que el video de felicitació
tingui una mirada folklòrica i intimista:
la neu, el tió, els torrons, els reis...
De segur que altres felicitacions ompliran aquest buit

i tindran més present el vertader protagonista.
Per una vegada, i sense que serveixi de precedent,
ens quedarem amb records d'infància
tenyits de tradicions populars nostranes.
Després de tot el Nadal també és això.


Puede que el video de felicitación
se exceda en el acento floklórico e intimista:
la nieve, los turrones, los reyes....
Seguro que otras felicitaciones llenarán el vacío
y tendrán más presente al verdadero protagonista.
Por una vez, y sin que sirva de precedente,
nos quedaremos con los recuerdos de infancia,
coloreados de tradiciones populares y familiares.
Después de todo Navidad también es esto.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Navidad tridimensional


La tentación para quien escribe a las puertas de la Navidad se viste de tópico moralista: hay que rehuir la navidad consumista, folklórica y sentimental. Una tentación razonable, después de todo, dado que en estos calificativos se aloja el peligro. Cedamos en parte a la tentación, pero no tanto por lo que de baladí y consumista conlleva la fecha sino más bien por el peligro de celebrarla sin el Niño. El acento lo pongo en lo que le falta y no en lo que le sobra.

Disimulemos los excesos. Después de todo una navidad algo desenfocada la avalan tímidamente el peso de la tradición y el hecho de que no estamos diseñados a escuadra y compás. Lo cierto es que, a fuerza de limar aristas y vaciar los símbolos de sus contenidos originales podemos llegar —y llegamos de hecho— a esta extraña paradoja: celebrar la navidad sin niño, es decir, sin protagonista. En otras palabras, levantamos todo un escenario de luces y colores para iluminar… la nada.

¿Cómo sucede tal fenómeno? Se saca el niño del pesebre y se llena de turrones. Se limpian las telarañas del establo y se adorna con un árbol rebosante de metales brillantes y de surtidos colores. En lugar de recordar a José y María se colocan un montón de revistas frívolas en una butaca. También se echa fuera del lugar al buey y la mula de la tradición si impide el despliegue del mueble bar.

Perdone el lector esta inocente dosis de cinismo, si es que el cinismo puede ser inocente. El hecho es que estamos por celebrar la navidad y conviene saber qué tipo de navidad. Porque las hay de diferentes tamaños, colores y medidas: desde la orgiástica a  la familiar. Como también existe la navidad que mira hacia el pasado, empuja el presente y sueña con el futuro. Detengámonos en ello.

Pasado, presente y futuro

En primer lugar Navidad nos lleva a volver la vista atrás. En nuestra historia, en un lugar localizable en el mapa, aconteció algo digno de mención. Deslumbrante por una parte: apenas los ojos de la fe son capaces de resistir la luz que se desprende del misterio. Sin embargo también se trató de un hecho común, pues innumerables son los niños nacidos bajo las duras condiciones de la pobreza y la cálida acogida del afecto.

Aquel niño inició un camino de honradez, de fraternidad y sinceridad. Desde entonces los senderos de nuestro mundo ya no son tan oscuros. Ahora bien, el camino está hecho para conducir a alguna parte, de otro modo desemboca en la frustración y el absurdo. De ahí que este camino iniciado hace dos mil años debe continuar. Por ello navidad es también un presente.

En este punto parecen entrar en liza dos diversas visiones o conflictos. Unos dicen que Jesús vino para implantar un Reino y a sus seguidores toca extender este Reino de paz y de justicia. Hay que poner, pues, el acento en la tarea inaugurada. Lo cual puede inducir a olvidar al Rey, absorto como está el personal en el Reino, en el campo de trabajo. Quienes así piensan no saben muy cómo manejarse en la navidad, el nacimiento del Rey.

Los otros sacan dispar conclusión. Dios se ha hecho niño. Es preciso correr a adorarlo, a obsequiarle generosamente. Construyen pesebres de yeso y azúcar, cantan canciones y adornan el lugar con lucecitas de colores. ¿Y el Reino que vino a poner en marcha? Lamentablemente pasa más bien desapercibido, se lo margina. Todo se resuelve en efluvios sentimentales y recuerdos de sabor mítico.

A la postre navidad es un camino que desemboca en los brazos de Dios Padre. Entre tanto exige un esfuerzo esperanzado, un soñar despiertos con ansia de futuro mejor.  Así se comportaban los viejos profetas proclamando el anhelo de enormes utopías: construir arados de las espadas y que los lobos pastorearan pacíficamente junto a los corderos.  

Cosas parecidas han soñado también otros profetas más cerca de nosotros. Martin Luther King, por ejemplo, tuvo el sueño de que un día la gente dejara de fijarse en el color de la piel y que en las poltronas de los ministerios se sentaran personas con ganas de trabajar por el bien común.

Navidad es un hecho tridimensional. El acontecimiento que fue en el pasado, el que debe influir en nuestro hoy de cada día y el que será en el futuro. Son las tres patas que necesita este taburete navideño para no cojear de superficialidad.

La verdad dolorosa es, sin embargo, que la fecha con demasiada frecuencia se construye  con materiales frívolos y acaba sonando a huero. Pasados los días del bullicio no quedan sino ilusiones maltrechas y sueños frustrados. Los materiales con que se levantó la fiesta resultaron en exceso endebles y anodinos. El resultado final era de prever.

Al avizorar la navidad del 2015 no parece que las espadas vayan a convertirse en arados ni que los lobos renuncien a comerse a los corderos. Más bien resuenan ecos de espadas y cañones. Se fabrican bombas para ceñirlas a la cintura y se amenaza a los adversarios de cultura distinta con palabras duras. Por fortuna también la navidad puede vivirse en el corazón del individuo y en el hogar familiar. Ojalá sean éstas más pacíficas e ilusionantes que la navidad de nuestro mundo globalizado.



                                                                          

viernes, 4 de diciembre de 2015

El evangelio no proporciona recetas


Por carácter, por convicción o neurosis, un buen número de individuos demandan de la sociedad —la empresa, la escuela, la Iglesia...— un programa detallado de lo que deben hacer, de sus derechos y obligaciones. Quieren sentirse seguros, tienen la compulsiva necesidad de sentirse seguros, no se fían de los principios genéricos de los cuales es preciso extraer conclusiones y aplicaciones detalladas.

El peso de la libertad

Más aún, los amantes de los programas bien previstos, minuciosamente elaborados, los admiradores del orden como valor primario, quienes prefieren las esclerotizadas convenciones sociales a la espontaneidad de las relaciones humanas, no raramente mantienen una queja, más o menos tácita, hacia el evangelio.

Ellos quisieran que la Buena Nueva les ofreciera recetas bien precisas para cada problema que les incomoda. Quisieran poder escuchar el evangelio como un CD y tomar nota, con puntos y comas, de lo que deben hacer. Les agradaría que, al leerlo, les quedara claro por quién deben votar, hasta dónde llega el erotismo y empieza la pornografía, qué cantidad de dinero pueden ahorrar y qué suma compartir. Son amigos de las cosas claras, definidas e inmutables.

No pueden soportar que el ser humano esté en continua evolución, que progrese en ideas y afine la sensibilidad. Les desconciertan las situaciones de diferentes tonalidades, la libertad de conciencia y de pensamiento. Se adivina en el fondo del corazón de los tales un indisimulado temor ante la vida, frente a las situaciones imprevisibles. Se intuye una total falta de espontaneidad. Necesitan las órdenes de otros, requieren de normas y cosas a las que aferrarse.

¿Quién no ha dado con instituciones y/o movimientos eclesiales de talante muy conservador que hoy día tienen un éxito insospechado y desconcertante? Años atrás, estaba en boga la corriente Lefevriana, luego hay que citar a los Legionarios, los Heraldos de Cristo Rey, los del “Lumen Dei” y otras muchos, quizás menos radicales en sus expresiones, pero que defienden idénticos dominios.

Estos grupos, Institutos o personas necesitan caminar cogidos de la mano. No les interesa la reflexión, el talante crítico, la personalidad, la libertad... Estos conceptos se les antojan secundarios, o más bien peligrosos. Los desechan. Quieren saber cómo, cuándo, adónde. Que les digan lo que hay que hacer y cumplirán el encargo. Pero si quienes mandan no bajan a detalles y permanecen en la nebulosa, entonces es de temer que se adueñe de ellos la confusión, el caos, la angustia, el temor y la inseguridad. En este humus crece el fundamentalismo más rampante.

Tales individuos incluso se hallan en la disposición de avenirse a un trato que se les antoja favorable. Abdicar de todos los valores relativos a la libertad y la conciencia mientras les aseguren que nada tienen que temer si siguen las pisadas de sus valedores. Se liberan entonces del peso enorme que supone para ellos la responsabilidad de decidir personalmente.

Sin embargo la persona adulta no puede aceptar un evangelio hecho de recetas y píldoras. Resultaría un tanto ofensivo dictarle a la persona —desde el exterior— lo que tiene que hacer, pensar y decidir. La sed del ser humano no se apaga con aguas tan superficiales. El individuo que ha llegado a un cierto grado de madurez ha de buscar y reflexionar en cada momento, nada ni nadie puede excusarle de consultar con su conciencia, de afrontar la duda y cargar sobre sus hombros el el peso de tomar una decisión arriesgada. 

La verdad os hará libres

Los creyentes no somos ejecutivos de un código de moral. Ni simples cumplidores de una ética que lo tiene todo previsto. Ni funcionarios de una tentacular multinacional que sería la Iglesia. Somos gente que no rechaza la propia responsabilidad y que está obligada a escribir la propia historia en los momentos de lucidez como también en los de menor claridad.

Los evangelios no dan siempre soluciones hechas y acabadas, indiscutibles y definitivas. Hay que aceptarlo. Pero sí ofrecen siempre un rayo de luz que ilumina el camino ofreciendo líneas de acción comprometidas. Las soluciones que brinda oscilan en el amplio margen de la calidez humana, la generosidad, la justicia y el respeto al prójimo.

Ello es suficiente, al menos para quien mantenga el corazón limpio, no pretenda hacer trampas y manifieste una mínima capacidad para meditar la Palabra de Dios en todas y cada una de las imprevisibles situaciones en las que se hallará.